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[Entrenamiento] Do I not destroy my Enemies when I make them my Friends? [Priv. Kuroyuki]

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[Entrenamiento] Do I not destroy my Enemies when I make them my Friends? [Priv. Kuroyuki]

Mensaje por Sissi el Dom Sep 24, 2017 3:01 pm

Había extrañas historias que circulaban sobre la selva. La gente decía que allí vivía un monstruo, una criatura grande y negra que atacaba a cualquiera que osara entrar en sus dominios: exploradores, caravanas, e incluso meros paseantes que solo deseaban recoger flores o frutas. Nadie se libraba del terror de la figura que les aguardaba en el interior de la jungla, protegida por la sombra de las altas copas y la exuberante vegetación. Los rumores que corrían sobre el lugar atestiguaban que estaba maldito, que pesaba sobre él un terrible encantamiento. Unos afirmaban que habían sido los chamanes de las tribus caníbales los que la habían lanzado, otros que los causantes de ese mal karma eran los emergidos. Los más supersticiosos rezaban a Naga para librarles del mal de ojo de Grima. Fuera cual fuera el culpable, el miedo se había instaurado en muchas personas, que ahora temían poner un pie en la selva por miedo a ser atacados por el monstruo que en ella vivía. Los niños tenían prohibido adentrarse allí, aunque con las historias que contaban las viejas sobre el bosque tropical ninguno osaría contradecir a sus padres, pues no deseaban que tal terrible criatura les visitara en pesadillas también, o se los llevara en un saco para luego comérselos.

La primera vez que Sissi había escuchado algo sobre el tema, pensó que eran meras leyendas, pero con el paso del tiempo había llegado a creer que había algo de verdad en ello. Al principio, fue complicado separar el mito de la realidad, pero tras mucho indagar, llegó a diversas conclusiones:

Primero: tal criatura debía ser real, pues algo desconocido había roto las caravanas que transitaban la selva. No creía que sus propios comerciantes, cuyo método de vida era aquel, se dedicaran a destruir los productos que transportaban. Además, según todas las versiones, no eran ni emergidos ni tribus indígenas. Debía de ser algo más; Segundo: la criatura no parecía matar, sino que solo destruía y boicoteaba la logística, para desgracia de Sissi. Había tenido muchas pérdidas en mercancía y dinero por los ataques. Incluso uno de los barquitos que navegaban por el Río Jade se había hundido, con una inmensa cantidad de oro en su interior. La situación comenzaba a salirse de control; Tercero: cuando preguntó si acaso la criatura era un oso, le dijeron que era mucho más grande, podía volar, y que era de color negro y rosa. En un susurro, una mujer comentó que parecía un dragón. Esta afirmación le preocupó tanto que decidió ser ella misma la que tomara cartas en el asunto, lo que fue alabado por los ciudadanos que pensaban que solo la Reina podría terminar con la Maldición que pesaba sobre la selva.

Habría sido sencillo mandar a alguien más a solucionar el problema, pero la Reina de Sindhu estaba verdaderamente preocupada por lo que estaba sucediendo. Cualquier situación que amenazara la seguridad ciudadana era de su competencia, y no enviaría a ninguna otra persona a hacerse cargo de ello. Así, Sissi había reunido a un pequeño convoy compuesto por dos guías, algunos soldados de toda índole, y un par de magos. Más que nada, quería descubrir la verdad que se escondía entre la jungla salvaje. Si, efectivamente se trataba de una persona la que estaba haciendo aquello, esperaba poder solucionarlo todo por medio de la diplomacia. En caso de que la criatura no quisiera razonar, la manakete no se había olvidado de llevar su Dragonstone. Sus acompañantes eran más una formalidad que necesidad. En los últimos tiempos, su cuerpo dracónico se había fortalecido en combate, creciendo incluso su altura al estar transformada. Había desarrollado, además, algunas habilidades que antes le eran desconocidas, pero que con el paso del tiempo había ido aprendido a usar y controlar. Confiaba en sí misma para proteger a su amado pueblo, y a su nuevo país.

La selva se mostraba ante ella como un lugar frío y oscuro, diferente a otras veces que la había visitado. Era la época monzónica, y caía sobre el grupo una potente tromba de agua. Iban casi todos a caballo, menos algunos soldados, y los exploradores que caminaban a pie y despejaban el camino con sus afilados machetes. Sissi montaba un semental de color gris con pequeños lunares blancos, y una crin trenzada. Estaba empapada, y ni siquiera el parasol de tela había evitado que el agua de la lluvia la mojara por entero. La comitiva estaba en condiciones iguales. En varias ocasiones, habían sugerido a la Reina dar marcha atrás y volver a resguardo, no obstante, Sissi había replicado que debían terminar con la situación de una vez por todas, y que no sería bueno esperar meses a que finalizase la estación de los monzones. A saber qué sucedería si lo dejaban correr.

Aunque, en el fondo, se arrepentía un poco de continuar en esa mediocre situación. Tenía frío y toda la ropa se pegaba de forma desagradable a su cuerpo. Llevaba tantas capas que le era muy pesado moverse. Por suerte iba encima de un caballo. Su ropa consistía en unos amplios pantalones de patrones geométricos dorados, rectos y largos, y que daban la impresión de que llevaba una falda. En la parte superior llevaba una camisa roja de manga larga y bordados blancos, cuyo extremo inferior le llegaba hasta los muslos. Una tela verde de seda, decorada con hilos de oro, cubría su cabeza, pero no evitaba que su cabello rosa estuviera tan mojado como si se hubiera dado un baño. No portaba apenas joyas, salvo un anillo en forma de sol, y varios pendientes en las largas orejas de manakete. Se alegraba de haber llevado prendas cómodas, pues sus sastres la matarían si supieran el desastre al que las estaba sometiendo. Tiritó y pensó en la calidez de su cama esa mañana. Sentía que había pasado una eternidad.

Ropa de Sissi:

Afiliación :
- SINDHU -

Clase :
Sacred Manakete

Cargo :
Reina de Sindhu

Autoridad :
★ ★ ★ ★ ★

Inventario :
Dragonstone [3]
DragonStone Plus [4]
Daga de bronce [1]
Lágrima de Naga
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Re: [Entrenamiento] Do I not destroy my Enemies when I make them my Friends? [Priv. Kuroyuki]

Mensaje por Kuroyuki el Vie Dic 08, 2017 11:31 pm

Kuroyuki disfrutaba los días de lluvias torrenciales, más incluso cuando los últimos meses habían sido tan problemáticos para ella. El motivo era sencillo, el mal tiempo alejaba a los causantes de los dolores de cabeza de la niña dragona: Los humanos. Habían sido un problema intermitente para la jungla desde hace siglos, abusando de los recursos que ésta proporcionaba, amenazando su equilibrio y sostenibilidad. El crecimiento de los humanos los había vuelto una plaga y un desastre natural en sí mismo, o así habría sido de no haber cumplido con su deber de guardiana de la selva. Eventualmente, en cada nueva generación o relevo de poder de las distintas colmenas humanas, las incursiones en la selva se volvían virulentas: Tala, caza y pesca descontroladas, sin respeto alguno por la naturaleza. Incluso llegaban a dañar y matar a seres de su misma especie, los cuales tachaban de indígenas o salvajes por el hecho de haber aceptado y respetado las reglas de la naturaleza y vivían en perfecta armonía con el ecosistema de la selva. Los ataques indiscriminados forzaban la respuesta de la guardiana. Kuroyuki, aunque durmiente la mayor parte del tiempo, era capaz de percibir aquellas amenazas gracias a sus desarrollados sentidos, los cuales le otorgaban una especie de omnipresencia en la jungla.

Resguardada en una cueva de un volcán durmiente, se mantenía seca y caliente mientras vigilaba en sueños la selva. Como todo sueño, la realidad estaba distorsionada, pero era capaz de incluir las percepciones exteriores y adaptarlas a su mundo para darle un sentido, un significado. Kuroyuki se transportaba a los distintos lugares de la selva, prácticamente invariantes a lo largo de los siglos, lugar en el que vivió desde su nacimiento. El curso de los ríos y las elevadas montañas y volcanes estaban grabados en su mente, le permitía plasmarlos en sus sueños y así orientar el resto de señales que recibía.

En aquella ocasión, la lluvia enturbiaba su sentido del oído, un sonido torrencial que incluía en sus sueños por medio de una enorme cascada en el horizonte en un atardecer interminable. El suelo estaba lleno de agua cristalina sobre relieves de cristal  que imitaba la geografía de la selva de lo que ahora llamaban Sindhu. Estaba sola en el inmenso escenario onírico, como era costumbre. La inmaculada e inmóvil capa de agua generaba ondas en multitud de puntos, representando las formas de vida que podía percibir la manakete en un amplio rango. Las deformidades eran breves y pequeñas, apenas se propagaban, se repetían en zonas similares. Era comprensible, los animales se resguardaban de la lluvia y tendían a no moverse demasiado. Dentro de su dureza, la jungla estaba calmada y ordenada. Eso le agradaba a Kuroyuki. La niña se sentó sobre el manto acuoso y siguió observando el mapa cristalino, cambiando de punto en punto a placer. Así planeaba estar durante horas, esperaba que días, confiando en que la época de lluvias y sus intervenciones recientes alejaran a los humanos un tiempo considerable.

La manakete los había atacado múltiples veces las últimas semanas. Había aparecido una nueva colmena, especialmente organizada, y había conseguido coordinar a muchas otras que ya existían. Todas actuaban de forma conjunta esta vez, abusando de nuevo de la jungla para sus infantiles objetivos. Fue un suceso inesperado y difícil de controlar, en un primer lugar había intentado amedrentar a los que estaban talando y cazando de forma abusiva, pero en vista a que no conseguía hacerles aprender se vio obligada a instaurar un reinado de terror sobre todos los no nativos que se atrevían a pisar la selva. No sólo los explotadores, también a recolectores concienciados y transeúntes. Destrozó carros, quemó acampadas y hundió barcos fluviales sin distinción con el fin de dar un mensaje tajante: Aquél lugar no era de su propiedad. A diferencia de otras plagas, la humana era fácil de dirigir, no solía ser necesaria la violencia explícita. Una vez que se destruyen sus medios y se les amedrentaba lo suficiente solían cambiar su rumbo o controlar su desmedida codicia. Ella confiaba en que aquello ocurriría, tal y como había sucedido otras veces en el pasado.

Kuroyuki encontró un patrón de movimiento en el agua. Un grupo numeroso y en movimiento continuo, la manakete dedujo que debía tratarse de humanos. - Quizá me estén buscando... - Meditó, siguiendo con la mirada el curso que estaban llevando. No era nuevo para ella, muchas veces habían intentado encontrar al dragón negro, pero simplemente la jungla era demasiado extensa para conseguirlo. - Aburrido... - Añadió, pero no dejaria de mirarlos, ya que nada más relevante estaba pasando en los alrededores. Le resultaba extraño que salieran de expedición en mitad de las lluvias torrenciales. - Tres horas. - Sentenció, ese sería el tiempo que les daría antes de salir a ahuyentarlos. Debía estar preparada, si realmente estaban buscándola irían preparados para combatirla, quizá la obligaran a herir a alguien o algo peor. Eso no le agradaba, su sentido existencial era el de proteger la vida, fuera cual fuera, pero no le temblaría el pulso si llegaba el momento. Si herir o matar a algunos mantenía a salvo al resto, así procedería.

Una nueva señal apareció en mitad del grupo, una cuya amplitud era mayor a la de todos los demás. Kuroyuki observó aquella onda que no tenía fin, generando ecos de sí misma, como si hubiera sido producida por el lanzamiento de una piedra. Sucedió algo que no había esperado. La ondulación rebotó cuando ésta llegó a sus pies, haciendo que la dueña del sueño produjera su propia perturbación. Eso significaba que. - Es un dragón, y me ha encontrado. - Frunció el ceño, contrariada por el hecho de que un manakete pudiera estar colaborando con ellos, ya fuera voluntariamente o de forma forzosa. - No tengo otra opción, supongo. Que vengan.
Afiliación :
- Sindhu -

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Manakete

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Re: [Entrenamiento] Do I not destroy my Enemies when I make them my Friends? [Priv. Kuroyuki]

Mensaje por Sissi el Dom Feb 11, 2018 2:50 pm

A la Reina le fascinaba la selva, la vegetación exuberante que le hacía parecer imponente y terrible. Muchas de las plantas podrían matar a un beorc, incluso a un laguz que no pudiera encontrar una cura antes de perecer por el veneno. Su cuerpo estaba hecho para soportar hasta cierto punto tales males, además de que tantos años de estudio de las ciencias naturales le habían dotado del conocimiento necesario como para no comerse plantas de las que no estuviera segura de su toxicidad. Cualquiera podría perderse en los caminos inexistentes de la jungla, acabar en el otro extremo del país por error, o en la boca del lobo. Era común, lamentablemente, hallar emergidos en ese bello y salvaje paraje. Muchos habían perecido en encontronazos con esas criaturas que asolaban el mundo. Sin embargo, y a pesar de los peligros que acechaban entre las copas de los árboles tropicales, o estaban escondidos entre los frondosos arbustos de los estratos inferiores, Sissi no podía evitar maravillarse ante tal poder.

Amaba y respetaba la naturaleza, aún más después de haber vivido durante tantos siglos en un desierto donde apenas crecía nada, salvo en los oasis y en la vereda de los pocos ríos que recorrían Hatari. Antes de llegar a Valentia, no hubiera creído que existiera tanto verde en un solo lugar del mundo, tan acostumbrada que estaba al amarillo. Luego estaba la lluvia. Sí, estaba incómoda y deseaba volver al resguardo de su palacio, pero tal milagro del cielo era un espectáculo al que aun debía acostumbrarse. Miró hacia arriba, y las gotas perladas de agua mojaron su rostro. Inspiró el aire cargado del olor de las tormentas, y lo exhaló con suavidad. Tenía frío, tiritaba un poco bajo las extensas capas de ropa empapada, pero eso no la desviaba de su objetivo. Sus acompañantes hablaban entre ellos en un intento por animarse y distraerse de la penosa situación. Por delante iba una exploradora, que les informaría por adelantado si había algún problema o enemigo en el camino. Por su parte, los guías les estaban dirigiendo a la última localización donde se había avistado a la oscura criatura.

- Mi Reina, estamos a punto de llegar. – le avisó uno de ellos, un laguz tigre que iba a pie, y que conocía a la perfección esa zona de la selva. Sissi dejó de mirar al cielo, y bajó el rostro para mirarle y asentir en agradecimiento. – Muy bien. – le dijo amable, y palmeó el cuello de su caballo como para animarle a continuar el traicionero camino. Era increíble cómo los guías podían dirigirles a través de la maleza, hallando senderos imposibles de discernir para un neófito en el terreno, como lo era ella. Entonces, como si hubiera sido golpeada por la corriente eléctrica de un rayo, la manakete se incorporó y se quedó muy quieta. Giró la cara en otra dirección diferente a la que iban, y frunció el ceño hacia el follaje como si se tratase de un puzle sin resolver. Su aura de manakete le había devuelto una presencia que hacía mucho que no sentía. Al igual que le sucedía con los medio-hijos, y los emergidos, descubrir la existencia de un miembro de su raza se le hacía sencillo, pues era como encontrar una luz en plena oscuridad.

Por unos instantes pensó que quizás se trataba de su adorado hermano, Kija, pero sabía que eso era imposible. Activó de forma consciente su habilidad de apaciguar a los que se encontrasen a su alrededor, a fin de que el dragón desconocido lo reconociera y supiera que eran amigos, no enemigos. Todas las pruebas señalaban que esa podría ser la causa de la destrucción que había tenido lugar en la jungla. Conocía, mejor que nadie, la territorialidad de su raza. Los dragones protegían lo suyo con celosía e incluso violencia. En caso de peligro hacia sus seres queridos, o aquello que habían jurado defender, un manakete no dudaría en actuar. Naga había acudido al auxilio de la humanidad en incontables ocasiones, y la misma Sissi se interponía continuamente entre las amenazas y su pueblo. Le preocupó que se tratase de un dragón de la raza terrenal, los que se habían negado a seguir las directrices de su Reina y se habían vuelto locos por su propia hubris. Nunca había visto a ninguno, pues la mayoría habían sido asesinados por los propios manaketes, o por héroes beorc de todos los continentes. Ni siquiera estaba segura de si acaso era posible que uno de ellos siguiera vivo después de tantos años, pero la duda le asaltó y preocupó.

Se volvió hacia el grupo, que la estaba mirando con expresión de confusión, pues no se había movido de su posición en unos minutos, y les dijo: Sé dónde está. Es un dragón como yo, pero no conozco sus intenciones. Puede estar preso de la locura y eso le hace ser tan agresivo, o quizás es un dragón caído y por eso ataca a los seguidores de Naga. Sea como sea, es un enemigo demasiado peligroso. No deseo que salgáis heridos, a pesar de que conozco vuestras habilidades y capacidades en batalla. Iré sola, puede que me escuche y atienda a razones al ver que somos hermanos de distinta madre. Un grupo armado no es recomendable para la vía diplomática. – comenzó a decir mientras se bajaba del caballo con ayuda del laguz tigre. Hubo algunas protestas, pero el hecho de que el enemigo fuera un manakete les provocaba terror. Habían visto luchar a la monarca de Sindhu y no deseaban enfrentarse a alguien así que, además, podría no atender a razones.

- Es posible que deba entrar en combate, si no se detiene en su camino de destrucción, por lo que os pediré que regreséis, o al menos os alejéis de aquí. Está demasiado cerca y no conozco su poder. Me sentiría más tranquila sabiendo que no os podrá hacer daño tanto por intención como por error. - se arrebujó en sus mojadas prendas y adquirió una pose elegante y recta. – En caso de que algo me suceda, corred a palacio y avisad a la Mano de la Reina, pero no entréis en combate. Ha demostrado ser un combatiente preciso e inteligente, y ninguno posee la capacidad de matar dragones. Aun así, no os alarméis, juro luchar contra este enemigo y proteger Sindhu, si acaso las palabras no fueran suficientes para alejarle de la violencia.

Tras unas palabras de despedida por parte del grupo, Sissi se internó sola en la exuberante vegetación. Lo único que le podía guiar era su intuición de manakete. A menudo se tropezaba con raíces del suelo, o debía rodear amplias zonas repletas de follaje que le impedían el paso. Le volvió a llover encima, y tuvo que hacer una pequeña parada pues apenas podía ver dónde caminar, aunque por suerte duró unos pocos minutos antes de que el cielo volviera a aclararse. Cada vez sentía más cercana la presencia de su hermano de raza. Poco a poco, lanzaba su propia aura en un intento por verse amable y no intimidante. También hablaba a la selva, por si acaso podía escuchar sus palabras: No soy el enemigo, solo deseo hablar. Por favor, hazte presente. – aunque no sabía dónde estaba con exactitud, sí que se había dado cuenta de que estaba yendo cuesta arriba. El aire tenía cierto olor a azufre, por lo que supuso que estaba en las inmediaciones de uno de los tantos volcanes de Sindhu. - ¿Por qué te escondes de una hermana de raza? Ambos sabemos del otro. No tiene sentido que trates de ocultarte de mí. Vengo con intención de dialogar y conocerte. No tengas miedo.
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Re: [Entrenamiento] Do I not destroy my Enemies when I make them my Friends? [Priv. Kuroyuki]

Mensaje por Kuroyuki el Lun Jul 09, 2018 12:26 am

Kuroyuki siguió observando al grupo de exploradores durante varios minutos, sin cambio o movimiento alguno, mientras ella y el otro manakete analizaban la presencia del contrario. La nativa, desde su plano onírico, pudo sentir cómo el aura del extraño cambió, transmitiendo una intensa sensación de tranquilidad. Ondas con una resonancia especial, perfectas, que habrían conseguido apagar la suspicacia agresiva de la manakete de no ser por la distancia que los separaba. El hecho de que estuviera intentando manipularla la enfureció más. Su falsa bondad no podía engañarla, más bien no debía, todos los que no vivían en la jungla la querían por sus recursos sin respetar el equilibrio y acababan maltratándola para conseguirlos. En sus mil años de vigilancia no fue la primera vez que trataron de ganarse su favor para que mirara hacia otro lado cuando los benefactores cobraran su inversión de forma abusiva, siempre fue consciente de que no sería la última.

Lo que sucedió a continuación la confundió: El manakete se estaba moviendo si la compañía del resto de beorcs, demostrando que podía ser estúpido de varias formas: Estar seguro de convencerla para que dejara desprotegido su hogar o demasiado confiado en que podría doblegarla a la fuerza. Fuera como fuera, Kuroyuki confiaba en que decepcionaría las expectativas de los extranjeros, y con suerte -y algún que otro susto- finalmente dejarían de posar sus ambiciosos ojos en la pureza de la jungla. La princesa de la nieve negra observó como el sujeto se iba acercando de forma poco eficiente, con cierta desorientación y una velocidad intermitente, como si la misma naturaleza estuviera dificultando cada uno de sus pasos. Las plantas lo trastabillaban, el fango atrapaba sus pies haciendo sus pasos más pesados, la lluvia se intensificaba de tanto en cuanto y lo obligaba a detenerse mientras ésta arreciaba. La niña milenaria estimó que siguió en aquellas condiciones durante más de tres cuartos de hora, mas su intención de llegar hasta donde se encontraba no había desaparecido.

La paciencia se agotó. - Esto está llegando demasiado lejos. - Sentenció, escudriñando por última vez la esencia del manakete dentro de sus sueños, analizando la perturbación del aura aliviadora que éste generaba. Su fachada le resultaba repulsiva, como el hecho de que estuviera colaborando activamente con los humanos. Aún no sabía el qué, pero estaba segura de que existía un plan detrás de todo aquello. Dando por supuesto la familiaridad de su raza, creyó que intentaban llegar hasta el lugar de su guarida con aquél acercamiento diplomático. Fuera verdad o no su suposición y aunque contaban con un método para detectarla, a Kuroyuki no le convenía que supieran donde vivía con exactitud. Con una profunda expiración, el mundo que había creado en su imaginación empezó a desvanecerse: El suelo de cristal se quebró de forma suave, y los fragmentos se precipitaron al infinito con una caída lenta, que ignoraba las leyes de la gravedad del mudo real. El agua que reposaba encima de la superficie sufrió el mismo efecto, aglomerándose en motas esféricas y transparentes. La joven de aspecto de mariposa dejó caerse igualmente, con los ojos cerrados, la ligera sensación de vértigo e ingravidez acabaron eventualmente con su sueño.

Al abrirlos, sintió la tranquilidad que le provocaba el orden de la cueva que había sido su hogar desde que tenía uso de razón. Era el espacio más amplio, seco y cálido que podía encontrarse en medio de la jungla gracias a la energía remanente del volcán durmiente en el que se alojaba. El habitáculo era prácticamente diáfano, a excepción de sendas librerías repletas de tomos de diversa índole. En el centro, la inquilina había colocado un pedestal de piedra que se beneficiaba del mismo calor que poseía el suelo rocoso. En un primer lugar parecía poco adecuado para que la infante descansara, no obstante, las grandes alas de la manakete le proporcionaban colchón y cobertura más que cómodas para ella. Estaba acurrucada en posición fetal encima del altar, sus alas la rodeaban y la protegían en ese estado somnoliento. El sueño había finalizado por el momento, no volvería a su gran letargo hasta que atajara a aquellos que amenazaban su hogar.

Fue al encuentro del otro manakete. La lluvia intermitente que caía sobre su piel desnuda le provocaba una sensación de frío agradable, y se valió de la vegetación para avanzar rápidamente hasta su objetivo. A diferencia de su torpe semejante ella evitaba caminar por el suelo, utilizaba sus alas para saltar varios metros de rama en rama y mantener una ventaja de altura privilegiada. Así esquivaba las enmarañadas raíces y resbaladizos senderos, además del ataque de los depredadores que acechaban en la maleza, si es que hubiera alguno lo suficientemente desesperado de tratar de hacer de un manakete la presa del día. Todas aquellas facilidades se sumaron al hecho de que podía orientarse a la perfección en un lugar que conocía como la palma de su mano. Como resultado Kuroyuki avanzaba el doble de rápido que su contraparte y no tardó en llegar al inevitable encuentro. Aguardó en lo alto de una rama, escondida y sigilosa, dejando que fuera la otra persona quien diera los últimos pasos. Llegado a aquél punto la esencia de ambas era demasiado intensa como para que la del pelo rosa no se percatara que estaba a pocos metros de ella, por otro lado, Kuroyuki empezó a “sufrir” los efectos de la presencia de la dragona sagrada.

Su intención inicial habría sido atacarla de inmediato de no ser por aquella niebla relajante que emanaba. - ¿Por qué crees que tengo miedo? ¿Qué razón tendría para esconderme? Estoy en mi hogar, no necesito ocultarme de nadie... - Respondió a sus preguntas lanzadas al viento, las cuales pudo escuchar como un susurro en la lejanía. Su percepción le permitía detectar formas de vida a larga distancia, cuando éstas se acortaban, era incluso capaz de sentir el movimiento de los animales a través de las hojas, al igual que el eco del cantar de los pájaros a kilómetros de distancia. El habla no era una excepción, menos cuando las palabras fueron entonadas para que ella pudiera escucharlas. - Sin embargo, tú... Deberías. Nunca has estado aquí. - De no ser así, se habrían encontrado en el amplio lapso de tiempo, sin embargo, apareció justo cuando trataba de espantar a los humanos. - Mírate... De haber sido humana ya estarías muerta, porque no sabes nada de mi hogar, luces como una presa. TÚ SÍ deberías tener miedo. - La mano que sostenía su dragonstone se agravó en el agarre cuando remarcó las dos primeras sílabas de la frase final, estrechando su vínculo mágico a ésta. Había reducido su poder para apagar el brillo de sus alas y ojos, sin embargo, la manakete de pelo rosado ya estaba girando su rostro cuando Kuroyuki contestó, así que no había motivo para no estar preparada para un enfrentamiento. Un intenso tono rojo despertó de sus alas al igual que sus orbes comenzaron de desprender un tono dorado. Se lanzó desde la rama elevada hacia el suelo, no sin antes pasar justo al lado de la pelirrosa posando una de manos a medio transformar para llevarse un jirón de tela de su poco práctico atuendo. En época de lluvias, las prendas en la selva solo servían para quedarse frías, húmedas, pesadas y pegadas a la piel; un foco de debilidad y enfermedades. Kuroyuki entendió que sería útil si la “liberaba” de parte de su carga, sin herirla, mas tratando de conseguir un mensaje claro de amenaza.

- Ahora ya me conoces mejor. Dime, ¿De qué quieres hablar? ¿De tu amistad con los avariciosos humanos? ¿De tu cooperación para dañar mi casa? ¿O acaso venías a disculparte por todo lo que habéis hecho?

Ropa de Kuroyuki:
(?)
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Re: [Entrenamiento] Do I not destroy my Enemies when I make them my Friends? [Priv. Kuroyuki]

Mensaje por Sissi el Sáb Ago 25, 2018 12:51 am

Sissi había visto a criaturas salvajes antes: a los lobos corriendo libres entre las dunas del Desierto de la Muerte, a las aves indómitas de la selva que la despertaban cada mañana con sus cánticos, a los caníbales beorc que se negaban a ser parte de la civilización. Ella misma había sido considerada en innumerables ocasiones un ser fiero e ingobernable, ¿acaso era posible controlar a un manakete? La historia había demostrado que, si un dragón no quería hacer algo ya fuera por orgullo o cabezonería, ese algo quedaría sin hacerse. Pocas personas tenían el poder necesario para ello, la mayoría hermanos y hermanas de raza, y apenas unos pocos beorc elegidos y con las armas adecuadas para enfrentarse a una supremacía tan grande como la que poseían los manaketes. Por eso supo nada más quedar frente a frente con la niña, que ella era una criatura salvaje, y no alguien gobernado por la razón: medio transformada, con su Dragonstone incrustada en sus mano, y un aura de hostilidad que trataba de luchar contra la suya pacifista.

Y aun así, Sissi no tuvo miedo, incluso cuando tomó un trozo de sus ropajes como una advertencia de lo que le haría si no se iba. Se mantuvo en su lugar, sin perder terreno, los ojos dorados fijos en la niña manakete, como si así pudiera entenderla mejor. Estaba claro para ella que la desconocida no vivía en sociedad y, por tanto, no sabía nada de lo que le sucedía al mundo. Debía de haber estado dormida durante mucho tiempo, podía reconocer las pistas que daban su aspecto. No se dejó engañar por su aspecto joven, u no subestimó su poder. Aunque estuviera tranquila y no hubiera adoptado una postura ofensiva contra ella, eso no quería decir que Sissi la perdiera de vista o no estuviera alerta. Llevaba consigo su propia dragonstone escondida en su pecho y que a la luz desprendía una luminosidad especial, poderosa. Las palabras de la niña manakete indicaban que no quería escucharla, y aun así Sissi lo intentó: Tienes razón. No conozco estas tierras del todo, es algo que estoy tratando de remediar. – admitió con gentileza y humildad. - Y tampoco creo que debas esconderte, y sin embargo desapareces tras atacar a personas inocentes. Eres tú la que no sabe nada de tu propio hogar, de los profundos cambios que están sucediendo en todo el mundo.

Dejó caer la tela rasgada al suelo. Ya no la necesitaría. Entre las copas de los árboles comenzaron a caer gotas de agua, de nuevo se avecinaba una tormenta. - Lo lamento, pero no me disculparé por aquello que me acusas. La avaricia de la que hablas es solo necesidad, lo sabrías si hubieras decidido preguntar antes de atacar a mi pueblo. Dañar tu casa nunca ha sido mi intención. Estoy aquí para protegerla y evitar que caiga en manos de las criaturas que amenazan con destrozar todo a su paso. Los emergidos no tendrán piedad si se apoderan de este lugar. Puede que no me creas, pero yo no soy el enemigo. ¿No podemos ser amigas? – sugirió, pero hasta la optimista reina de Sindhu sabía reconocer a alguien que no tenía interés en formar una amistad. Igualmente lo intentó porque Sissi era, ante todo, alguien que prefería las palabras a la violencia. No perdía la fe, aunque con la extraña no podía arriesgarse a ser herida ahora que era monarca de un reino.

Sissi entendía como pensaba la niña porque ella también era manakete, también tenía un alma dragón. Esa pelea no se resolvería con palabras, ni con la ostentación de ningún título, por lo que ni siquiera le hizo saber que era la nueva reina de Sindhu. No. Eso se tendría que solucionar como las criaturas salvajes que eran en el interior: con la supremacía del más fuerte sobre el más débil. No le gustaba esta alternativa, pero la reina no tenía más opción. Podía sentirla luchar contra su aura pacifista, que solo podía llegar a funcionar hasta cierto punto y no obraba milagros. La niña manakete no quería hablar con ella, no quería tratar con ella en absoluto. Y, sin embargo, Sissi no podía dejar que volviera a su rutina de atacar a su gente y destruir los cargamentos de oro y comida, necesarios para la subsistencia del país. Si debía luchar, lucharía, como en incontables ocasiones había hecho contra los emergidos y otros enemigos que habían osado agredirla a ella y a su pueblo. Desde que hubiera despertado de su letargo, en lo que le parecía un tiempo muy lejano atrás, se había ido haciendo más fuerte, sus habilidades incrementadas con su acercamiento a su alma dragón.

Incluso su tamaño había incrementado, llegando a medir casi seis metros como su padre antes que ella. No perdería contra la niña manakete, había sacrificado mucho para llegar a construir un país y dar un hogar a su gente, y no dejaría que todo cayera en el olvido por una jovencita terca que no era capaz de mirar más allá de las copas de los árboles y reconocer que el mundo estaba cambiando, y que una debía acomodarse a esa evolución o perecer con lo antiguo. A Sissi le había costado mucho aceptar esa verdad, y su error le había costado la vida de cientos de ciudadanos y la absoluta destrucción de la Ciudad Redonda en Hatari. Se negaba a perder. Sindhu era ahora suyo, y como cualquier dragón, se sentía posesiva de su nueva tierra y nuevo país. No lo cedería, ni dejaría que estuviera en manos de nadie más que de ella misma. Así, una luz la envolvió en su haz luminoso cuando decidió que era momento de transformarse. No esperaría a ser atacada por la niña, pues no le cabía duda que la otra estaba aguardando el momento perfecto para hacerlo. Su cuerpo antropomórfico era débil, pero sus escamas eran duras e infranqueables, se habían fortalecido con cada batalla y cada gota de sangre derramada.

Segundos después, en el lugar donde antes estaba la figura mojada de la Reina de Sindhu quedó una imponente manakete dorada, tan brillante que podría competir contra el mismo astro solar. El aura que antes rodeaba a Sissi era de tranquilidad y gentileza, pero con esa forma irradiaba fuerza y poder. Fijó sus grandes ojos almendrados en la niña manakete a medio transformar y la observó con detenimiento desde su lugar en la tierra. Tenía las alas extendidas, como a punto de volar, pero aún no abandonaba su lugar en el suelo. Su pose era la de una criatura que no tenía miedo. ¿Y por qué habría de tenerlo? No soy ninguna presa. Si no quieres hacerte daño, será mejor que te rindas ahora. – pronunció con voz profunda, muy diferente a la voz gentil que había hablado con anterioridad. Y no mentía, esa era su advertencia, si la extraña deseaba luchar, lucharían. No dejaría que hiciera más daño.

OFF:
Sissi usa su Dragonstone Plus (?)
Afiliación :
- SINDHU -

Clase :
Sacred Manakete

Cargo :
Reina de Sindhu

Autoridad :
★ ★ ★ ★ ★

Inventario :
Dragonstone [3]
DragonStone Plus [4]
Daga de bronce [1]
Lágrima de Naga
Pócima Ligera
.

Support :
Sera
Chrom

Especialización :

Experiencia :

Gold :
2058


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Re: [Entrenamiento] Do I not destroy my Enemies when I make them my Friends? [Priv. Kuroyuki]

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