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[Social] Lo que las batallas dejan [Ancelot, Ethan, Aries, Sorel]

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Mensaje por Invitado el Dom Sep 24, 2017 6:40 pm

- No deseo molestarle. Me marcharé. - Respondió ella, con la mayor cordialidad posible… Pero lo cierto es que ambos muchachuelos se sintieron decepcionados, especialmente el más joven de los dos. No obstante, tampoco tuvieron mucho tiempo para mostrarse de aquella forma. No cuando apareció él.

- Si pretendíais ir a ver a Ethan, podéis hacerlo. Pero no os demoréis mucho, por favor; necesita descansar. - Las palabras de un gélido glaciar, más portentoso y fuerte que una montaña, con aquella aura de depredador que convertía a los demás en su presa. Los dos jóvenes se mantuvieron firmes ante su señor. - Sí, mi señor, seremos breves. - respondió con entusiasmo Sean. - Acompáñame, Aries. - Por una vez, Sorel fue capaz de mantenerse todo el tiempo firme, nada de instintos que le forzaran a arrodillarse… Bueno, sí que estaban esos instintos, pero fue capaz de dominarlos con mucho esfuerzo.

Su señor se volvió, la chica lo siguió, y Garthe volvió hacia arriba… ¿Cuándo había bajado? En aquel momento dio igual, ambos jóvenes los vieron subir. Las mejillas de Sean se tornaron de un ligero color amelocotonado, pero que pasaba desapercibido respecto al morado rojizo que invadía en general la cara de ollares dilatados del mago y la mirada tensa y perdida. Cuando se dio cuenta, el jinete se giró con rapidez. - Sorel, ¿estás bien?

La respuesta fue una gran bocanada de aire, que apagó aquella tonalidad claramente anormal. No le quitó el color de los moratones, pero las zonas no heridas de su cara volvían a recuperar el color humano. Una pequeña pose de júbilo. - ¡Bien! ¡Lo logré! - masculló para sí mismo. - ¿Eh? - ¡Venga, vamos! - El rubio volvía a estar cargado de ánimo, aunque en esta ocasión tenía un buen motivo para ello. “¡Lo hice! ¡He aguantado la mirada de Lord Levallois sin amedrentarme!... aunque no lo haya mirado por encima de las calzas… ¡Pero lo hice!” pensaba entusiasmado mientras subían los dos a buen ritmo las escaleras, casi como si fuera una amistosa carrera… que ganó Sean. Sí, Sorel ignoró ese hecho que fue olvidarse de respirar durante todo el tiempo que estuvo la presencia de Ancelot ante ellos, su subconsciente simplemente le quiso evitar una nueva pérdida de ánimos… Puede que perdiera la carrera, pero había ganado una victoria contra sí mismo.

- ¡Ethaaaaaan! - gritó efusivamente el jinete mientras giraba por la puerta, perdiéndose de la vista del mago. Sorel, más cansando e incapaz de seguirle el ritmo, ascendió con más esfuerzo y lentitud. Se cruzó un instante su mirada con la del gigante que custodiaba la otra puerta. “¿De qué querría hablarle? Supongo que le dará las gracias por lo de Dylan… ¿O habrá algo más? ¡Aries, sé fuerte, justo como tú me enseñaste!” pensaba con determinación y sus mejores deseos en ese instante previo a asomar su cabeza tímidamente por la puerta. - Ethan… ¿Puedo pasar? - terminó por atreverse a preguntar. ¿El porqué preguntaba? Ni él mismo lo sabía.


Última edición por Sorel el Dom Sep 24, 2017 6:57 pm, editado 1 vez (Razón : Formatos)
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Mensaje por Invitado el Dom Sep 24, 2017 7:54 pm

La soledad de su cuarto le aterraba, quizás porque sentía su cuerpo tan deshecho que le inquietaba no poder reconstruirse. Pero a su vez, agradecía que nadie fuera consciente de su estado. Bueno, salvo Ancelot, él siempre se enteraba. En alguna parte de su pecho yacía la fuente de toda esa angustia, un manantial que inducía al descontrol de sus instintos. ¿Quién le habría sacado la flecha? A través de la venda pudo discernir el malva de una infección incipiente. Ardía, sentía su frente febril, su brazo izquierdo parecía sumergirse en lava, y su pecho exudaba esa ponzoña que alguien había cubierto con hierbas medicinales. Quizás para enmascarar el olor, porque dudaba que la ortiga lechuguera de Bern sirviese para algo. Ethan nunca se había preocupado por aprender magia reconstructiva, al contrario que su hermano Liam, y es que el peliblanco no estaba dotado para la magia.

Un pequeño suspiro de melancolía le arreboló los párpados, no se había sentido así con Sorel, tan revuelto y cansado. Al despertar todo fue frescura, limpia y seca, y con Ancelot empezó a brotar el candor del que arrulla a su amado. Se sentía forja, no martillo, y notó el desvalir de sus huesos como clavos.

- ¡Ethaaaaaan! - El grito de Sean cubrió la sala, puerta recién abierta y manos en aspa. Lo cubrió con el tropezar de su abrazo. El peliblanco ahogó la angustia y se mordió el labio, empezaba a ver borroso. - ¿Cómo estás? ¡¿Te duele algo?! ¡Me alegro mucho de que estés bien! Espera, no era así, déjame empezar de nuevo... ¿Estás bien?

El vaivén de sus labios lo dejó sordo. Aflojó su agarre y le miró esperanzado. Antes de que pudiese contestar, la cabellera dorada de Sorel brotó del marco. Aún en el pasillo, un hilillo de voz le preguntó despacio.

- Ethan… ¿Puedo pasar? - El espadachín sonrió, encantado con la idea de tenerlos a su lado. Si bien se sentía mal, prefería sentirse mal acompañado. Aunque siempre con la premisa de que ellos no fueran testigos de ningún achaque. Mientras fuera capaz de ocultarlo, podrían estar allí. Si empezaba a desvariar, o arrojaba de nuevo sus órganos en un cubo de estaño, elegiría solitud.

Ethan asintió levemente, y le hizo un hueco a cada lado de su cama. La cara de Sean empezaba a difuminarse un poco, pequeños trazos de acuarela en un lienzo laido.

- Creía que te habías marchado. - Era consciente de que a oídos ajenos, eso sonaría melancólico o extraño. Sean se giró levemente hacia Sorel. Notaba el emanar de su cuerpo, volcán astuto. Una gota de sudor colmó su nariz. - Sean, ¿Estás ahí?

- C-claro, estoy justo aquí. - Un roce y el anclar de nudillos. Ethan miró al mago, su faz aún intacta, sin el roer de pincel ni el ceñir del esclavo.

- ¿No te parece hermoso? - Le dijo, voz en alza. - Sean, ¿Dirías que Sorel es guapo?
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Mensaje por Invitado el Lun Sep 25, 2017 5:06 am

Verlo asentir lo hizo pasar. Le costaba un poco mantener la mirada en alto, a pesar de que lo único que veía era a Sean dando un abrazo al chico de cabello plateado. - Creía que te habías marchado. - Cuatro palabras que volaron directamente contra aquel triunfo que se había marcado segundos atrás. - Sí… bueno… Supuse que Lord Levallois querría hablar contigo a solas… Y luego me crucé con… - A pesar de la respuesta cada vez más farfullada que daba el rubio, seguía escuchando todas las palabras ajenas.

- Sean, ¿Dirías que Sorel es guapo? - Los dos jóvenes parpadearon un momento, mientras el eco de las palabras de Ethan se desvanecía. Se intercambiaron unas miradas con ojos abiertos como platos y bocas sin saber qué sonidos dejar escapar. Los dos más inexpertos en el campo allí presente se tiñeron levemente de rojo. - Ho-hombre... yo es que no sé mucho… pero diría que es n-normalito, ¿no? - dijo con cierta inseguridad, recuperando la visión de su compañero lesionado… Aunque para inseguridad, la que se estaba acumulando dentro de la mente del rubio. “¿Acaba de preguntar si soy guapo? ¿Ethan? Yo pensaba que esas preguntas eran cosas de chicas… ¿Habré vivido equivocado todos estos años? ¿Tendría que haberme preocupado por eso de ser guapo? Pero… ¿Lo de ser guapo no era lo que decían mis hermanas de esos chicos con los que querían casarse?” Era un duro debate consigo mismo, un debate que realmente no lo llevaba a ningún lugar que no fueran más y más dudas a las que intentaba encontrar respuesta sin éxito.

Al final, vencido por su amalgama de confusión, se acercó lentamente a la cama y se dejó caer a los pies mirando el techo. - No sé por qué has hecho esa pregunta… ¿No tendrías que hacérsela si eso a… Aries? Vamos… que yo sepa, las chicas saben responder mejor a esas cosas... - Palabras, dejadas caer al aire… Y como si hubiera sucedido por arte de magia, la cara de Sean se iluminó de un brillo rojizo procedente de sus mejillas. - Espera… ¡No me digas que Ethan es de esos! De esos hombres que… ya sabes… - gritó sorprendido, tan sorprendido que hizo incorporarse al rubio. - ¿Esos? ¿Ya sé? Creo que me he perdido... - Comentó el mago con sinceridad. - ¿A qué vienen esos gritos? Ethan tiene que descansar. ¿De qué hablabais? - Un Garthe agitado se presentó también en la puerta. - ¡N-N-N-NADA! - respondió inmediatamente Sean, totalmente rojo.

El coloso le dedicó una mirada a los tres presentes, asintió y se retiró. A los pocos segundos, Sean fue cual exhalación a cerrar la puerta con la mayor delicadeza posible. - Entonces… ¿qué me he perdido? - añadió el mago alzando los hombros interrogante, mirando al jinete, sin terminar de captar toda la tensión que existía en el ambiente, que se bastaba con solo Sean para que fuera palpable. El más joven de los tres negó con la cabeza, intentando quitarle importancia al asunto, acercándose de nuevo hasta Ethan para abrazarlo. - Que sepas que me da igual lo que prefieras. Yo voy a seguir queriéndote como un hermano y te guardaré el secreto. - le dijo.
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Mensaje por Invitado el Lun Sep 25, 2017 9:26 am

Comenzó como algo simple. Algo casi inocente, bajo el peso inconmovible de la inquietud. Aries se encontró encerrada en el despacho del Lord, inmóvil y en manos de sus propios latidos, mientras él, silencioso y pausado, paseaba por los aposentos para comprobar el polvo del inmueble. Ya fuera por mera inconsciencia o por disfrute personal, Ancelot parecía gustar de prolongar aquella tensa y tortuosa incertidumbre como si se tratase de un juego para él.

Finalmente, informó de que aquel sería su despacho, y le dio las gracias por venir. Ella, falta de palabras, no pudo más que inclinar la cabeza en señal de respeto. Y llegó otra pausa más, otro momento que el Lord ocupó con otros asuntos en la quietud del habitáculo. Aries se sintió ratón. Su mente le jugó malas pasadas, y cada vez vio más posible que Ancelot no la hubiera llamado con buenas noticias. Respiró con calma, aguantó firme. Cuando él volvió a hablar, lo haría con otro agradecimiento; esta vez por salvar a aquel soldado, Dylan. Ella casi creyó escuchar un “pero”.

-Aún así, y como habrás imaginado, no te he hecho venir únicamente para felicitarte, Aries. Estás aquí porque quiero advertirte sobre algo –dijo él, y volvió a abrazar la quietud del momento por una nueva eternidad. Otra de pensamientos confusos y preocupados, reflejados en un rostro de cordero. Ya sólo sería cuestión de... ¿cuántos segundos?


El silencio terminó con una mención al barracón de aquella torre, un asunto en el que Aries no había querido pensar. Pero, antes de proseguir, Ancelot se despegó del escritorio y caminó hacia ella. Y volvió a cortar el aire con el eco de cada paso, como sólo él sabía. Cada vez más cerca. Caída a un lado, una de las manos de Aries se cerró en gesto tenso y nervioso, mientras sus ojos se mantuvieron obligados sobre el Lord. Obediente y sumisa. Entonces él, que parecía tratar de amedrentarla con cada palabra y cada mirada, sentenció el comienzo de ese algo sobre el que Aries había elegido ser ignorante: ella no dormiría junto al resto de sus hombres.

La razón dibujada por Ancelot fue un veneno desconocido abrasándole los oídos. Garras de una bestia que debía conocer pero que apenas era capaz de imaginar. Hombres… Jóvenes... No han probado nunca a una mujer. Volvían a ella las palabras de su madre, esas que nunca pretendió olvidar pero que simplemente… había querido echar a un lado, ocultarlas. ’No te fíes de los hombres. Manchan.’ Pero ella… Desde que había llegado al campamento, había sido capaz de compartir algo grande con aquellos soldados. Tan grande que por un momento, quizás, ella creyó…

Y aquel tacto de dedos sobre su piel, intrusivos, esta vez quemó. Se notó a sí misma separar un poco más los labios con una inhalación, tras la cual trató desesperadamente de aguantar el aire en sus pulmones, bajo el escrutinio de aquellos ojos afilados que no, no la dejaban respirar.

-Hay más de diez hombres custodiando esta torre, Aries. –La voz de Ancelot le pareció despiadada. Le hizo sentirse lejos del hogar-. Jóvenes o veteranos, no importa-. Sintió vértigo. Vértigo… Ponzoña en sus entrañas...- Cuando cae la noche, todos ellos están pensando en ti.

Fue como caer. Como tener un puñal a las puertas de su pecho. El mundo de los hombres se había convertido en una vorágine de sombras desconocidas, un lugar parco en consuelo y alivio. ¿Qué sabría ella, comparada con su madre y con el mismo Lord? ¿Sabía algo, acaso? Pensó en Ethan, en la nieve de sus cabellos y la miel de sus manos, torrente de primavera. Pensó en Sorel, en sus lágrimas y en ese abrazo que le recordó tanto a casa. Incluso en Kieran, agresivo y distante y amable. De pronto le parecieron más extraños que nunca. Y de pronto creyó no entenderles. Y llegó a temerles. Y llegó a sentirse culpable. Y llegó a sentirse sola. Mas no supo hallar mayor depredador en ese momento, no, que aquel buscando su piel y sus ojos, hecho de oscuras confesiones en los labios.

Agudo fue el silencio que reinó por largos instantes, cuando el lobo achicó el cordero. Hasta que el cordero, aun presa de un miedo inconfesable, encontró la suficiente valentía. Y esta vez ella también buscaba su mirada. Buscaba y juzgaba desde el respeto de un soldado. Tres palabras bastaron, y su voz, aun sumisa, consiguió no temblar.

-…¿Y vos, Señor?...
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Mensaje por Invitado el Lun Sep 25, 2017 3:10 pm

Cuando las palabras se desvanecieron en el aire, la tez de su compañero mutó en rojo, en el cobrizo de pómulos bastardos. Extrañado, dirigió su mentón hacia Sorel, que también lucía asombro, colorado. ¿Había dicho algo bizarro? Su cabeza parecía flotar, acolchada, en un mar de sortijas y joyas brillantes. Le costaba enfocar la vista, se estaba fatigando.

- Ho-hombre... yo es que no sé mucho… pero diría que es n-normalito, ¿no?

Su nariz se contrajo, y su ceño hizo lo propio, levemente resentido. '¿Normalito? Sean debía estar más ciego que él ahora mismo'. Antes de que pudiese profesar su desacuerdo, se hizo el cuchillo que sesgó su lengua.

- No sé por qué has hecho esa pregunta… ¿No tendrías que hacérsela si eso a… Aries? Vamos… que yo sepa, las chicas saben responder mejor a esas cosas...

A lo mejor estaba equivocado. A lo mejor Sorel no era tan atractivo como pensaba. Quizás fuese el delirio, que le hacía buscar razones donde sólo había vaho. Aún así, ¿Qué era aquello? Ese brillo que nacía en su mandíbula y moría en sus labios. No lo entendía. Si eso no era encanto, debía ser fiebre. Le pondría nombre, aunque sólo fuese para poder controlarlo.

- Aries... Ella también es hermosa. Sí, tal vez sepa a lo que me refiero. - Un susurro, sólo para ellos, una reflexión hecha cuento.

- Espera… ¡No me digas que Ethan es de esos! De esos hombres que… ya sabes…

Los ojos de Ethan se iluminaron, esperanzados. ¿De esos que qué? ¿Había un nombre para aquellos que ven la belleza en ambos sexos? Un pequeño pinchazo cubrió su oído, y un revoltijo de voces, quizás de Garthe, y de Sean, o puede que incluso suya, inundó el espacio. Lo próximo que escuchó con claridad ya no tenía forma, venía en idea y arraigó en él como pensamiento.

- Que sepas que me da igual lo que prefieras. Yo voy a seguir queriéndote como un hermano y te guardaré el secreto.

- Yo... No prefiero nada. - Paladeó, ave en la oscuridad de su mente, jaula de noche y bermejo. - De ir por una senda, elegiría la de en medio. Siempre por en medio.


[...]


- ¿Qué camino prefieres? ¿Bosque o cordillera? - Inquirió el pelirrojo, ofreciéndole un brazo para que montase tras él. Ethan le dedicó una mirada de soslayo a su pegaso, con una promesa en los ojos.

- ¿No muerde, verdad? - Su pelo blanco se meció en la subida, un pequeño relincho escapó de los belfos del corcel, y sin dejarlo decidir, alzó el vuelo. - Deva... mordía...

Se agarró bien a su compañero, evitando caer, pero aquel pegaso se encabritó en pleno cielo y dio una pirueta.

- ¿Izquierda o derecha? Tiamo se está impacientando.

Ethan sonrió, niño de primavera, joven e inquieto. Soltó sus manos y las levantó, para acariciar las nubes, el olor de mar, de río, de invierno.

- Por en medio.


[...]


- ¿O-oh?, oh... ¡Oh! ¡Ya entiendo! - Un golpe sordo, ahogado, como el de dos manos atrapando el eco. - Una vez escuché sobre eso en la a-aldea; un hombre que y-y-yace con mujeres y h-hombres, creí que era mentira. Que intentaba engañarme un trotamundos de esos.

Ethan sonrió, tranquilo en su tormento. Debía abrasar, se sintió prender en algún momento.

- ¿Y yo? ¿Os parezco atractivo? - Alzó los brazos y giró enérgicamente la cabeza. Aquello podría malinterpretarse, y Sean era como un hermano. No quería ni la más mínima confusión al respecto. - No es que pretenda nada, es sólo curiosidad.

Hubo una breve pausa. Una risa cantarina brotó de su garganta.

- Obviando mi estatus de lisiado, claro.
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Mensaje por Invitado el Miér Sep 27, 2017 8:44 am

Se mantuvo allí, en su sitio, como buena súbdita a su mandato, servil y formal cual peón dispuesto en el tablero. Aries no rompió esa proximidad asfixiante, o más bien, no pudo hacerlo. Bajo el yugo de una cercanía capaz de robar el alma, la experta jinete de inmaculado blanco soportó el peso de un mundo que se volvía más y más peligroso. Ancelot supo leer esto en sus ojos, comprendió que el miedo anidaba en su corazón con tan sólo un vistazo al espejo de su alma... Y no le importó. Si el miedo podía rescatarla de ese peligro, tan primitivo como el hambre, su fin justificaría los medios.
Él seguía mirándola, contemplándola con la implacable fuerza de un juez a punto de condenar un crimen. ¿Cómo debería sentirse una gacela si estuviera obligada a servir a un depredador que desea devorarla? Quizás esa era la premisa que ahora mismo sobrevolaba los pensamientos de la soldado, y por supuesto, Ancelot no pretendía cambiarla. Si él era lobo, ella era cordero. Un cordero que había vivido toda una vida en su rebaño y que, de repente, deambulaba en una manada salvaje.

Sin embargo, aún lejos de oponerse a los designios de su Señor, Aries supo arriesgarse a depositar en ese aire tan viciado una cuestión atrevida, necesaria. Una pregunta que despejara algo más que una duda inconclusa: que le diera seguridad.

…¿Y vos, Señor?...

La pregunta no pilló por sorpresa a Ancelot, que aún continuó sosteniendo esa barbilla tersa con la yema de los dedos. Presionó ligeramente el pulgar sobre el labio de la chica, lo suficientemente suave como para no resultar molesto, pero sí notorio. Los ojos del Lord, llamas en la escarcha, parecían clavarse en su alma como una pesadilla acechante; como si, aún bajo toda esa armadura impoluta, él pudiese verla desnuda. Pareciese que añorara el beso de la piel contra la piel, de la carne que no se paladea.

Con imperturbable gesto y una calma envidiable, los ojos de Ancelot se deslizaron por el rubor de mejillas ardientes, pasaron hasta el lóbulo derecho y se perdieron, finalmente, en el contorno de aquella boca menuda. Era como si, sin voz, quisiera contestar a su pregunta. Que Aries sintiera lo que los varones piensan cuando el deseo los vuelve débiles y peligrosos. Que conociese la demencia, la locura; la vesania escondida en el interior de todo hombre. Su instinto clamaba por mostrársela, y gustoso se habría rendido a su seductor reclamo.
Sin embargo, supo poner fin a ese peligroso e irresistible juego de fascinación. Lejos de demandar o exigir nada, el heredero de su familia terminó complaciendo a su vasalla y dio voz a sus pensamientos, dejándolos fluir en libertad.

Todos están pensando en ti —repitió de nuevo, incidiendo en ese global del que no se excluía. Sólo por si no quedó claro, su afirmación se volvió rotunda—. Yo también.

Mas no haría nada por importunarla, por mucho que sus palabras lo convirtieran en una amenaza para ella. Su gesto quedaría ahí, en ese delgado umbral que separa la cordura del enloquecimiento, y no volvería a dar indicios de debilidad o apremiante necesidad. Los dedos de su diestra finalmente la soltaron, la liberaron, como si hubiesen tentado demasiado a la suerte. No sería más su prisionera. Ella era su aliada, y había demostrado un compromiso incuestionable para con su causa. No lo pondría en riesgo.

Se despegó dando un paso atrás, concediéndole algo de más espacio. No habría sonrisas en sus labios, pero sí palabras honestas en su lengua. Sería su último obsequio.

Soy un hombre con principios, Aries. Te advierto porque deseo protegerte. Nunca tomaría nada de ti que tú no quisieras entregar, y tampoco permitiría que nadie lo hiciera —aseguró con claridad y severidad al respecto—. Eres mi soldado, y como tal , sólo te pediré que sigas ondeando mi bandera en el asta de tu lanza. A cambio, te prometo respeto y un lugar a mi lado, allá donde nuestros éxitos nos lleven.

Y tras haber aclarado esto, su asentimiento pondría fin a tan caldeada reunión. Un leve gesto de cabeza reforzado por la única sonrisa -sutil- que le mostraría ese día.

Cuando tengas claro dónde quieres instalarte, házmelo saber —sentenció—. Puedes retirarte.

Esperó pacientemente a que ella obedeciese su permiso, mirándola de arriba a abajo. Había algo en ella que clamaba en su interior, pero no sabía darle forma. Sólo sabía que deseaba  que Aries se fuera cuanto antes, algo que su imperturbable expresión no denotó. Y es que en parte se había dejado llevar.
Ahora su corazón era un tambor desbocado, un trueno retumbante en el cielo nocturno. Necesitaba refugiarse en la soledad de sus pensamientos.


Última edición por Ancelot Levallois el Miér Sep 27, 2017 3:03 pm, editado 1 vez
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Mensaje por Invitado el Miér Sep 27, 2017 12:58 pm

- Yo no prefiero nada. De ir por una senda, elegiría la de en medio. Siempre por en medio. - fueron las palabras que Ethan le dedicó al inexperto Sean, cuya reacción resultaba un tanto llamativa… aunque no pudo evitar mover los pensamientos del rubio. “Yacer con mujeres y hombres… ¿Dónde está el escándalo? Yacer significa estar tumbado con otra persona…” pensó, analizando fríamente todas aquellas palabras. “No sé dónde ve el problema o el escándalo de yacer con una cosa u otra…” fue su veredicto final, aunque no llegó a decirlo.

- ¿Y yo? ¿Os parezco atractivo? - Si el rubio hubiera estado bebiendo habrían sucedido una de las dos siguientes situaciones: o el líquido habría sido proyectado con tal fuerza que regaría la puerta, o se habría atragantado muy fuertemente. “Debe ser por la fiebre… ¡¿No le dije antes que esas cosas sería mejor preguntarle a Aries?! Vamos, una chica sabe lo que tiene que tener un chico para ser guapo, ¿no?” Sorel se llevó una mano a la cara. Maldijo por lo bajo en el instante que su palma tocó la piel inflamada de su faz, y la apartó rápidamente.

Le dedicó una mirada a Sean… Parecía estar en un estado catatónico: ojos muy abiertos, el pulso temblando como una hoja al viento, más rojo que el corazón de una fragua. Casi parecía poder verse tras esas manos cómo se habían hecho un manojo sus cuerdas vocales. El mago no entendía el porqué. - Yo creo que sí. - Cuatro palabras que dijo sin inmutarse. Cuatro palabras que giraron con brusquedad y aún más ímpetu la cabeza del joven jinete, cambiando el objetivo de su paralizada y sorprendida mirada, aunque no fuera capaz de hablar. - Vamos… No me importaría estar toda la tarde hablando contigo cara a cara… así que supongo que por eso no eres feo, no me haces querer apartar la mirada... Y… - necesitó hacer una pausa para pensar qué añadir detrás de ese “y”, aunque tampoco tardó demasiado, pues aquellos recuerdos venían solos. - Bueno, sabes usar la espada… yo creo que eso es algo atractivo. - Como si hubieran sido ayer, recordaba la gran mayoría de los enfrentamientos que veía por la ventana… Sin lugar a dudas, todos eran excelentes, pero ninguno le hacía mantener la vista tanto como los de Ancelot enfrentándose a Ethan.

- E-e-e-eso si-si-significa q-que… - A ojos de Sorel, y seguramente de cualquier humano, Sean estaba al borde del colapso. Parecía como si todos esos nervios, toda la agitación le dejara expulsar el aire e impidiera tomar aliento. - ¿Qué significa? ¿Qué problema hay en estar con lo que uno quiera? Porque para mí no hay ninguno... - Puede que estuviera un poco harto de la situación, de no enterarse de nada de lo que acontecía casi a centímetros de su cara. Él simplemente se plantó donde estaba sentado, cruzó los brazos y frunció el ceño.
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Mensaje por Invitado el Miér Sep 27, 2017 2:55 pm

Él no la dejaría ir. No todavía. No con esos ojos que parecían desear rasgar hasta el último rincón de su alma, ni con esos dedos cada vez menos fríos sobre su piel. Notó la presión del pulgar que busca una fresa al comienzo de la primavera, y sintió vértigo. Vértigo, porque sus propios ojos habían viajado, brevemente y obligados por aquel tacto, hacia los labios de su Lord. No supo por qué. O lo intuyó, y tuvo miedo. Se mantuvo firme, aguantando la respiración; mirada de nuevo sobre aquellos punzantes orbes azules que seguían allí. Que no se iban. Que no la liberaban. Y al tronar de su pecho se sumó entonces aquella confesión, tan simple como despiadada. Una metamorfosis.

-Yo también.

Aries no pudo aguantar más una necesaria y temblorosa exhalación. Tampoco la inhalación posterior, ni la siguiente. Y en el silencio creyó escuchar la tenue melodía de su propia respiración, sola. Confundida, paralizada, sin sentido en sus pensamientos. Mantenerle la mirada a Ancelot se antojó entonces como una gran prueba de valor que Aries no conseguía superar por momentos. Quiso cerrar los párpados, y cuando lo hizo, aquel tacto se esfumó; sólo quedó su huella, el cosquilleo de un recuerdo sobre y bajo la piel. Ella le miraría como el cordero al lobo, preguntándose a quién tenía delante. No halló respuesta. Tan sólo obtendría el consuelo de las siguientes palabras de Ancelot, dibujándose como un aliado que, a pesar de todo, sólo quería protegerla. ¿Acaso puede evitar el lobo haber nacido con colmillos?

Pero ella no estaba segura de nada, no lo entendía. Ni a él ni a sí misma. Sólo supo que tenía una estaca clavada en el pecho, que sus rodillas temblaban. Quiso huir, maldita cobarde. Y entonces Ancelot le entregó una promesa: la respetaría, la mantendría a su lado sin mancharla jamás. Sería el Lord que ella esperaba de él, y ella su leal soldado. Guerra, y nada más. Como siempre debió ser desde que saliera de la Orden; o desde el día que nació.

-Cuando tengas claro dónde quieres instalarte, házmelo saber. Puedes retirarte –dijo finalmente el joven noble, dando por concluido aquel sorpresivo y tenso elenco de confesiones. Ella quedó en el sitio por un momento más, mirándole sin poder reaccionar. Había algo en su Lord que le arañaba las entrañas. Siempre estuvo ahí, pero hoy estaba más que nunca. Y quería huir, sí, pero por alguna razón, de pronto le costaba. Era como si una cadena tirase de ella, como si necesitara despejar aquel insondable misterio que tenía delante. Creyó ver una extraña puerta al alcance de su mano, una que daba a ese mundo que Aries siempre se perdió y que -tuvo que recordárselo- temía. Inhaló. Dio un paso atrás, el primero, necesitando un poco más de distancia para respirar, pensar, y simplemente funcionar. Entonces encontró su voz.

-Dormiré con Nívea en el pajar –decidió. Nívea olía a hogar-. Mi Señor...

Y con una respetuosa reverencia, Aries abandonó el habitáculo. No miró a Garthe al salir. Y al caminar hacia las escaleras, el eco de unas voces conocidas llegó hasta sus oídos y detuvo su paso momentáneamente. Giró la cabeza rápidamente hacia la puerta contigua, descubriéndola como la enfermería en la que debía reposar Ethan. Ethan, chico de nieve que roba el dolor de las flechas, junto a un animado Sorel. Y se imaginó a sí misma atravesando aquel umbral para verles los ojos, y se sintió enferma, herida de palabras e ideas monstruosas que aún pesaban demasiado.

-……

Prosiguió su camino bajando por las escaleras. No había nadie a la vista en la planta de abajo. Así, Aries se acercó a la pared de piedra y pegó la espalda a ella. Alzó la cabeza, exhaló; fue un profundo suspiro, una descarga de todo ese peso acumulado en su pecho. Aún notaba sus rodillas débiles y un extraño cosquilleo en el estómago que no supo catalogar, si agradable o desagradable. Miró hacia la puerta con un nuevo pensamiento, una cuerda a la que agarrarse. Nívea. Nívea olía a hogar y deseaba estar con ella, ser la Aries de siempre, la Aries que...

Cobarde.
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Mensaje por Invitado el Miér Sep 27, 2017 9:38 pm

La pregunta flotó en aire y se adhirió al ambiente gentil de la habitación. Ethan pudo ver cómo florecían nuevos tonos de rojo ante él. Obnubilado por la fiebre, esperó su contestación.

- Yo creo que sí.

Una sonrisa felina acunó su rostro. Complacido, observó la conversación que iba tomando forma a sus pies. Sean se giró con un dedo acusador frente a su compañero. De haber dicho que no, hubiera tenido que tomar medidas al respecto.

- Vamos… No me importaría estar toda la tarde hablando contigo cara a cara… así que supongo que por eso no eres feo, no me haces querer apartar la mirada... Y… - La sonrisa de Ethan mutó en sus labios, y un pequeño ceño colonizó su frente. ¿Cómo que mi cara no le molesta para hablarme? ¿Eso qué quería decir? Estuvo a punto de recalcar que eso no sonaba a un halago cuando Sorel prosiguió con una nueva afirmación. Sean seguía estupefacto. - Bueno, sabes usar la espada… yo creo que eso es algo atractivo.

Entonces lo comprendió, esa era la idea que tenía Sorel de hacer un elogio. Era terriblemente puro, tanto que no se daba cuenta del alcance de su pregunta. Ethan abrió más los ojos, intentando enfocar la escena para no perderse ningún detalle de lo que aquella chispa de curiosidad estaba ocasionando.

- E-e-e-eso si-si-significa q-que… - Sean se escandalizaba con facilidad. De alguna forma pareció captar un sentido oculto que Ethan no estaba pillando. Que Sorel admirase a los espadachines y no le llamara feo no era precisamente una declaración de intenciones. Estaba exagerando.

- ¿Qué significa? ¿Qué problema hay en estar con lo que uno quiera? Porque para mí no hay ninguno...

- ¿Estar con lo que uno quiera...? - Murmuró el peliblanco. No sabía si intentaba defender sus gustos particulares o si eran los de Ethan, con sus más y sus menos, los que creía estar avalando. Sus ojos escrutaron el rostro del mago, pequeños haces de luz que se iban difuminando. El sudor alcanzó su cuello, pequeños ríos de lava que danzaban hasta su clavícula. - ¿Y con quién quieres estar tú?

Los pensamientos del espadachín viajaban a gran velocidad, debatiéndose entre presente, futuro y pasado. Alzó su brazo hacia Sorel, nave de carga, sus dedos como palomas que van a anidar al heno, a su cabello dorado. Pero no fue un hogar lo que halló al otro lado, no fueron suspiros, ni caricias. Era dolor, el fango que bombeaban sus venas. Y allí sentado sintió mareo, sintió vértigo y sintió náusea. También le supo a oscuridad amarga, a paladeo de viento, a noche turbia. Un relámpago pareció sacudir su pecho y su mano retornó al torso, a su piel quemada. Un pequeño quejido resbaló de sus labios. La herida, a medio camino entre su corazón y su hombro, palpitaba, ardía con tanta intensidad que ya no podía evitarlo.

- Lo siento... - Musitó él mientras se desarropaba. - ¿Podríais abrir la ventana? Me... me estoy ahogando. Creo que llevo demasiada ropa, o es el tiempo, algo que... ¿Qué estábamos hablando? - Su respirar se convirtió en jadeo. - Oh, sí... Soy... Eres... No sé, ¿Po-podríais abrir la puerta también?

Ethan se revolvió mientras unas manos frías le agarraban; dejó de ver, de oír, su mente nublada.

- Sorel, está ardiendo, ¡T-tiene mucha fiebre...!

- Liam, suéltame. Ya te he dicho que no me pasa nada. - Algo le hizo retroceder, una sombra que pareció obligarle a tumbarse en la cama. - No, aquí hace calor, déjame salir. ¡Liam! N-no puedo respirar con tanta sábana.

- D-deberíamos llamar a Blank, o a Vasyl, alguno de ellos sabrán qué hacer.
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Mensaje por Invitado el Jue Sep 28, 2017 4:55 am

- ¿Y con quién quieres estar tú? - Aquel dedo que lo apuntaba no parecía importarle, solo esas seis palabras haciendo eco en su cabeza. Se le borró el ceño fruncido… o al menos el causado por no entender, para pasar a uno que se formaba por el esfuerzo. “¿Con quién quiero estar yo?” pensaba. Lo cierto era que desconocía la respuesta. Sospechaba de una respuesta posible… “Con mi familia…” Eran palabras que le pesaban, que se veía demasiado pequeño como para poder decirlas tan rápidamente, aunque todos le dieran su apoyo. Y cuando estuvo a punto de lograrlo, el sonido no llegó a liberarse.

- ¡V-voy! - Puede que tardara un poco en darse cuenta de lo que sucedía en ese instante (porque de lo que era antes, no parecía haberse coscado), pero reaccionó con rapidez. Tuvo que saltar para poder abrir bien aquella ventana. - ¡Ventana abierta! Voy a por la puerta. - Inició una nueva carrera hacia el punto opuesto de la habitación, escurriéndose por el camino más corto, por debajo de la cama. Aunque cuando llegó a aquella gran madera, la encontró levemente abierta. Sorpresa de un instante de inactividad, nada que no se arregle desplazándola hasta el máximo en el siguiente. - Sorel, está ardiendo, ¡T-tiene mucha fiebre...! D-deberíamos llamar a Blank, o a Vasyl, alguno de ellos sabrán qué hacer. - Palabras apresuradas, que transmitían la urgencia y… siendo que ninguno de los dos sabía cómo actuar, ir a buscar a alguien con experiencia era lo más sabio. - ¡Voy! - Un nuevo grito, fugaz, veloz, como la nueva carrera que inició escaleras abajo. Saltaba escalones, más de los que debería… puede que se jugara las piernas en alguna que otra ocasión, pero al final todo salió bien, por suerte.

Al salir por la puerta del torreón, se encontró con Dylan y Kieran compartiendo unas palabras mientras preparaban maderas. - Sabes… entre tú y yo, espero que me toque en la cama de al lado de… ya sabes quién. - Que te lo has creído. Esa va a ser mía. - Sonrisas de complicidad y miradas de rivalidad a la vez. Pero él no tenía tiempo. - ¡¿Dónde están los hermanos?! - Su voz, sonando de repente a sus espaldas, los sorprendió. - Pues arreglando el establo, con el resto. ¿Por qué no estabas tú también? - Pero para cuando aquella pregunta salió de su boca, él no estaba allí para recibirla; si no que estaba en camino para cumplir su cometido: avisar a los expertos.
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Mensaje por Invitado el Jue Sep 28, 2017 5:31 am


Y el tiempo pasó entre gusanos de seda. Ese día, el día de la primera victoria del ejército Levallois, Aries se mantuvo tan cerca como pudo de Nívea. No dejó por ello de ayudar a los demás soldados, sobre todo a la hora de arreglar el establo quemado para que los caballos pudieran pasar la noche. Pero tampoco habló demasiado ni se relacionó más de lo estrictamente necesario. Algunas pequeñas sonrisas amables, algunas palabras educadas. No les conocía. Hoy menos que ayer. El resto del tiempo estaría con su pegaso, su única compañera, acariciando su lomo y compartiendo historias en su oído; para ella y nadie más.

-Nívea… -susurraría-. ¿Sabes que a la luna la mordió un ratón? Nunca la he visto curarse…

Mutó el cielo, de azul a naranja, de naranja a rojo. Mutó el cielo y ella seguía igual. Miraba cada dos por tres hacia el torreón, donde creía adivinarle, malherido de una flecha que no debió ser suya. ¿Dormido, despierto? Había visto a Sorel llegar apurado, con la palabra 'fiebre' en los labios. Luego había visto a los dos hermanos regresar de la enfermería, con mejores noticias. Se había dicho a sí misma que sólo deseaba dejarle descansar, que ningún momento parecía bueno. ¿Y a quién quería engañar? El rojo encendido del cielo se estaba apagando despacio, como la llama de mil vidas, y Aries supo que no siempre tendría la oportunidad de subir unos cuantos escalones para hablarle.

Suspiró.

-Voy a ver a Ethan… -susurró de nuevo a su pegaso, abrazándola por el cuello para ocultar su rostro en ella, como si buscara protegerse del mundo-. Me dejas ir, ¿verdad? Siempre fuiste la más valiente.

Y con aquella despedida, Aries marchó hacia la torre. Subió un escalón, y otro, y otro, y sintió el peso de una culpa que se había provocado a sí misma. Se detuvo frente a la puerta; no había voces en el interior esta vez. Una lenta inhalación más tarde, sus nudillos se alzaron para tocar dos veces, suavemente. No entraría sin permiso, menos aún sin saber si él dormía. El permiso, sin embargo, no tardó en llegar. Ethan estaba despierto.

La joven supo adoptar una expresión seria antes de abrir la puerta. Entonces fue como moverse de forma automática. Se adentró, despacio, en aquella habitación tejida por los pensamientos de un náufrago, donde la nieve y la miel le acariciaron las retinas con algún latido perdido. O quizás no había nieve ni había miel. Y, cerrando la puerta tras de sí, dio unos pasos hasta situarse en un punto intermedio entre la cama y la salida. Firme, impersonal. Y al verle allí, sobre ese lecho con el que Ethan habría compartido sangre y sudor, la seriedad en la expresión de Aries pareció mutar por un instante a una más dócil, más culpable. No sabía si le reconocía, ¿pero quién era Ethan de todos modos? Seguía siendo cuanto menos el mismo que se abrió el pecho ante ella, el que la miró, valiente, con ojos húmedos. El que le robó una flecha. Los labios de Aries se habían separado por un instante. Volvió a cerrarlos. Entonces, tras unos segundos más, habló sin titubear como si las palabras hubieran estado ya en su cabeza, y simplemente las dejara caer allí.

-He venido a darte las gracias –anunció-. Hoy salvaste la vida de Nívea, y con ella también la mía, pues sin Nívea… yo no sería nada. –Esta vez bajó un poco la cabeza, ojos al suelo; el peso de la culpa-. Mi deuda contigo es impagable. Sólo quería decírtelo.

Y ya está. Había tardado casi un día entero en venir a verle para esto, para simplemente darle las gracias. ¿Se habría dado cuenta él? ¿Le importaría acaso? Aries encogió los dedos discretamente, cerrando uno de sus puños como quien se muerde la lengua.
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Mensaje por Invitado el Jue Sep 28, 2017 3:12 pm

[BGM]


Al despertar, de nuevo en aquella habitación de piedra varada, se encontró con el sopesar de sus propios pensamientos. No había nadie al otro lado de sus párpados, de sus mantas agujereadas, nadie a sus pies para darle calor con sus lágrimas. Tampoco es que necesitara un aumento de temperatura, se encontraba bien, ya no le ardían las entrañas. Las ventanas y las puertas cerradas impedían que el eco del exterior le arropara. Distinguió un destello anaranjado a través de la cristalera, el atardecer de Bern era especial, a tan sólo unas pocas millas de Lycia podía sentirlo... Podía sentir el palpitar de la nieve en las montañas, aquel rojizo, esa brizna de rosa, la fútil marejada que revolvía el cielo. Era como verse a sí mismo en un espejo, aquel cielo le hablaba de heridas en la nieve, de un corazón que se doblaba en sus esquinas.

Suspiró, las yemas de sus dedos acariciaron la venda nueva. Ortiga, otra vez, y distinguía sobre la mesa un líquido cristalino que debía ser amapola o azucena. No recordaba bien qué había pasado tras la visita de Ancelot, tampoco tenía claro si había ocurrido algo importante. Sin embargo... ¿Por qué? ¿Por qué ahora le dolía el alma y no la flecha?

Dos pequeños toques, sutiles sobre la puerta, cesaron el vagar de su subconsciente.

- Pasa, pasa. - Se acomodó sobre la cabecera de la cama, no era la postura ideal, pero al menos no le encontrarían postrado y convaleciente. Lo que menos deseaba era preocupar innecesariamente con su pequeña... lesión.

Un paso, no supo si culpable o inocente, sesgó el aire. Tras ese lo siguió otro parejo, un breve caminar, más cordial. Sus ojos se encontraron y Ethan no supo esconderse de su yugo. No quiso, tampoco. La miel observaba el cavilar del cielo.

- He venido a darte las gracias. - Los latidos acelerados. - Hoy salvaste la vida de Nívea, y con ella también la mía, pues sin Nívea… yo no sería nada. - Ethan batió sus pestañas, ligeras, anonadadas. - Mi deuda contigo es impagable. Sólo quería decírtelo.

Él desvió su rostro hacia el firmamento sangrante, el que lucía otoño allí, lejano, en las montañas.

- No me debes nada. Yo... - Las palabras se atoraron en su garganta. - Habría dado mi vida por cualquiera de vosotros. Nívea y tú, eh... S-sois importantes para mí.

Su propia lengua se volvía un témpano en su presencia. Aries le hacía sentir inquieto, como si la piel le picara, parecía haber comido mariposas y su estómago se sentía rebelde. Ethan volvió a mirarla, manos sudorosas, voz frustrada.

- No me gusta sentirme así. Débil. Yo... Necesito saberlo. Aries, ¿Tú... me odias?

Aquella pregunta se despeñó de sus labios, como si pesara demasiado. Se sintió esclavo del respirar, de su exhalar eterno.  

- Te dije tantas cosas horribles, y luego... Yo pensaba que nunca vendrías. Que había hecho algo imperdonable.
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Mensaje por Invitado el Jue Sep 28, 2017 4:49 pm


También había tormentas en primavera. Ethan estaba hecho de ellas.

Le vio mirar por la ventana, perderse en aquellas montañas tan lejanas, como si deseara evitar sus ojos. No; como si deseara estar en otra parte, buscando el consuelo de la libertad. Aries se sintió prisión, sucia y mugrienta, y la melancolía anidó en sus párpados mientras Ethan no la miraba. Quizás era él quien ya no veía la nieve en ella, ahora que la guerra la había obsequiado con su cruel marca. Lo había temido, lo había imaginado. Pero ella entró valiente en aquella habitación, y no se marcharía hasta escucharle, así tuviera él que arrancarle el pecho. Esperó con el corazón en un puño, soldado por tercera vez ese día.

Y llegó aquel ‘no me debes nada’ de labios de Ethan, que afirmó, con cierta dificultad, que tanto Nívea como Aries eran importantes para él. Tiempo presente, lo eran todavía. Ella parpadeó, abriendo ligeramente más los ojos porque de pronto parecían pesar menos. Sólo un poco menos. Sin embargo, cuando el joven la miró al fin con esas dos tormentas que tenía en el rostro, ella temió leer un “pero” en él. Y no, no fue tal. Ni siquiera se lo esperó.

-Aries, ¿Tú... me odias?

Quedó paralizada, su expresión cautiva por la sorpresa. Qué curioso. Fue de algún modo como mirarse a un espejo, como escuchar esa misma pregunta que una y otra vez se había hecho ella misma sobre él. Y supo que si en algún momento ella se había creído valiente, Ethan siempre, siempre demostraba serlo mucho más. En cualquier momento, en cualquier ámbito. Él creyó que ella nunca vendría; ella había creído que él no la esperaba. ¿Habían estado equivocados los dos...?

Volvieron a cerrarse sus blancas manos, caídas a cada lado de sus muslos. Aries buscó la fuerza de ese impulso que extraería sus palabras, para que danzaran junto a las que él le había regalado. Ethan no merecía menos.

-H-hay… -encontró su voz y la notó temblorosa. Frunció el ceño; empezaría de nuevo, aunque los gusanos de seda estuvieran alimentándose de su estómago-. Hay algo en ti, Ethan…

Inhaló. Se recordó a sí misma esa mañana durante la contienda, hecha de acero y justicia. ¿Por qué no podía ser la misma ahora? Ah, sí... sabía por qué no. Por él.

-…Algo en ti que me hace cobarde… –confesó, casi sin respirar, aquel contraparte de las palabras que él le había dicho en el río. Y entonces se dio cuenta de que, rota la primera barrera, podía hablar. Hablar más alto, dejar salir algunos de esos pensamientos desordenados, porque él los escucharía todos. Y todos terminarían, de una forma u otra, reflejados en esos ojos que, sí, seguían siendo de miel-. Pensé que, ahora que mis manos han probado la sangre, me había convertido en algo que detestas. Que si volvía a mirarte tú mirarías hacia otro lado. Pero, Ethan, tú…

El encuentro con Ancelot volvía a pincharle por dentro. El vértigo. Aries llevó sus manos cerradas sobre el pecho y su voz se tiñó con la desesperación de una súplica; dio un solo paso hacia adelante, hacia él. Pájaro herido en invierno que trata de estirar sus alas buscando el sol, necesitándole.

-Ethan, ¿qué soy? ¿Qué ves cuando me miras? … ¿Crees que algún día podrás ver en mí a un soldado como los demás? ¿A una hermana…?
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Mensaje por Invitado el Jue Sep 28, 2017 10:03 pm

[BGM]


El silencio le condenó a colgar de sus brazos. La vio allí, muy quieta, y temió. Claro que temió. Ella podía odiarle por ser un mar revuelto, por herirla, por robarle su sosiego, por esas palabras de río que enturbiaban sus recuerdos.

- H-hay… - Se notó desvanecer, pero no movió ni un ápice de su cuerpo. Se merecía saber qué cosas detestaba de él. Por qué lo hacía. Quizás aún fuera posible arreglar aquello. Sospechó mil razones, y quiso escucharlas todas. - Hay algo en ti, Ethan…

No podía respirar. No debía hacerlo. Tenía que ser paciente. ¿Acaso no fue él quién se desbordó primero?

- …Algo en ti que me hace cobarde…

Entonces se hicieron grietas en su garganta. Notó él acariciar del aire abandonando su cuerpo. No había dicho que le temiera, no, se había llamado cobarde. Ethan fue abriendo más y más los ojos, y en su hablar se halló hueco.

- Pensé que, ahora que mis manos han probado la sangre, me había convertido en algo que detestas. Que si volvía a mirarte tú mirarías hacia otro lado. Pero, Ethan, tú…

Ella se convirtió en espejo. En agua cristalina. En lago helado. En nieve de Bern y de Ilia. Él había creído que lo odiaba, y a su vez, eso debió pensar ella.

- ¡Yo nunca...! - Su voz cobró fuerza para luego cesar. No fuera que un pero ocultase su asombro.

- Ethan, ¿qué soy? ¿Qué ves cuando me miras? … ¿Crees que algún día podrás ver en mí a un soldado como los demás? ¿A una hermana…?

Y no fue una risa ni un llanto lo que encontró al otro lado. Fue sabiduría, y fue sed. Era miedo malherido, y sangre, mucha sangre en sus labios  Había un palpitar en su rostro que le hizo dudar. ¿Qué era Aries para él...?

- Yo... no habría recibido una flecha por ti si no te considerase familia. - Ethan convirtió en caricia su mirar. En el candor que desprendía su piel. En envidia, en abrazo. - Eres más que una hermana. Eres... Aries. - No habría verdugo esta vez, ni ponzoña, ni herida. Con tanta guerra sólo sabía pronunciar letras amables, puede que un salmo de paz fuera lo que astillara el corazón de los monstruos como él; tanta luz le hería.  - Nunca serás vil, ni infame. Nunca serás muerte para mí. Porque lo que tu lanza imparte es más que eso; es justicia.

Hizo una breve pausa, el tragar del que no pretende inquina.

- ¿Sabes por qué lo creo? - Tanta honestidad le rompería las costillas. - Porque sólo has matado a aquellos que pretendían cobrarse una vida. - Ethan retiró la manta y se levantó, temblando levemente, la mitad de su torso expuesto para que ella lo viera. - Yo... solía pensar que toda muerte era deshonra, y asumo que aún no disfruto en cercenar a alguien que palpita. Pero después de hoy, de una batalla que pudo cobrarse a tanta gente querida... - Alzó el brazo y, temiendo espantarla, lo mantuvo a medio camino entre su rostro y el suyo, puente sobre un abismo que desconocía. - Gracias por salvar a Dylan. Gracias por recuperar un pedacito de mi hogar. Gracias por no perecer hoy. Gracias... por no ser mía.

Y ahí yacía su confesión, su amago, la finta del que nació beato y en el lupanar crecía. Se sorprendió a sí mismo errando en el final. Su lengua se hizo un nudo.

- V-ver la mía. Mi muerte, digo. - Se corrigió. Se dio la vuelta, claramente avergonzado. - Debe ser la fiebre, hoy no hago más que decir cosas raras. - Apoyó la cabeza en la pared, el frescor de la piedra interfiriendo en su cercanía. - De verdad, yo... No te deseo. - Carraspeó. Se sentía enfermo. - Es decir, no de esa forma. No... No sé qué estoy diciendo. Eres preciosa, como Nívea, claro que sí, pero... no sé amar. - Le dijo, aún de espaldas. - No sé... amar.

Un segundo, se giró hacia ella, ojos sinceros que esgrimían pavor. Sorel brotó en su mente, apenas le conocía. Y aún así, esas palabras fueron a parar a oídos de Aries, otra desconocida. Se sintió confuso y dividido.

- ¿Alguna vez... te has enamorado?
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Mensaje por Invitado el Vie Sep 29, 2017 7:27 am


Las primeras palabras de Ethan supieron dulces en sus oídos, como las caricias que esas manos le habían regalado a Nívea desde el primer día, y que Aries tan sólo había podido imaginar. Dulces, y a su vez, fueron también tempestad. Apretó un poco más una de sus manos contra su pecho, como quien intenta mantener a su corazón en el sitio. Parecía querer salirse, abandonarla a ella para… ¿a dónde iría si realmente pudiera saltar, a quién buscaría?

Ethan se había convertido en un manantial sanador, palabra tras palabra, confesión tras confesión, y Aries dejó poco a poco de ser sucia. Le vio ponerse en pie, tembloroso y malherido por esa flecha que había recibido por ella. Le vio estirar el brazo como quien busca otro para no caer. Y a punto estuvo ella de dar otro paso hacia él, de alzar la mano y tomar la suya con ese dulce vértigo que Ethan le dibujaba en el estómago. Pero entonces las palabras parecieron atragantarse en la boca del joven soldado; se acuchilló a sí mismo con ellas, y a su paso también la acuchilló a ella.

Gracias por no ser mía.

No las comprendió. Aries no… Algo en ellas sonaba extraño, diferente, pero en un principio no supo si para bien o para mal. Él ya se había girado, tembloroso de voz, como si mirarla quemara ahora. ¿Qué era aquello…? ¿Incluso Ethan era capaz de la más inocente cobardía? Le vio apoyar la frente en la pared, buscando el consuelo de la fría roca, y ella quedó paralizada en el sitio.

-De verdad, yo... No te deseo. -El siguiente latido fue más fuerte y dolió más-. Es decir, no de esa forma. No... No sé qué estoy diciendo. Eres preciosa, como Nívea, claro que sí, pero... no sé amar. –Y Aries se encontró a sí misma bajando la mirada hacia el suelo, hacia un lado, presa de esa misma vergonzosa cobardía que hacía tan sólo un momento había azotado a su amigo, cual enfermedad contagiosa. Él lo había achacado todo a la fiebre; quizás ella también tenía un poco. Fiebre. Porque le ardían la cabeza y las mejillas, y sus rodillas parecían de nuevo débiles, como cuando estuvo en presencia del Lord. Otra vez ese indescriptible vértigo, ese abismo desconocido frente a ella.

Ethan la había llamado preciosa. Como a Nívea. Como aquel primer día a Nívea. Esa palabra que ella no había olvidado, que repitió varias veces sólo para intentar adivinar a qué sabía. "Preciosa".

Y hubo algo en todo ello que la hizo inmensamente feliz, niña blanca que no comprende el mundo en el que se ha metido.

Y hubo algo en todo ello que no parecía estar bien, que le supo más y más amargo a cada segundo.

Las palabras de Ethan casi sonaban a disculpa, como si necesitara explicarse con ella… ¿por qué…? Aries se llevó una mano al vientre, sobre una puñalada invisible, trató de controlar su respiración. Le pinchaban los ojos y tampoco sabía por qué. Si él la miró ahora, ella no pudo hacer lo mismo.

-¿Alguna vez... te has enamorado?

Aquella pregunta fue directa y rotunda. Quizás le puso nombre de gigante al vértigo y a la incertidumbre, pero no vino con respuestas. Aries creía saber amar; amaba a Nívea, amaba a Elimine, amaba la justicia y la libertad. Pero, ¿enamorarse…? ¿Ese sentimiento obsesivo, a veces caricia y a veces puñal? ¿Ella se…?

Encogió ligeramente los dedos sobre su vientre. Abrió un poco más los párpados por un instante de pensamientos difusos, de rostros y miradas, y gusanos de seda que a veces parecen ser mariposas, y otras, la mayoría del tiempo, simplemente se retuercen en mil lamentaciones. Entonces, con poco más que un susurro, Aries le ofreció la respuesta más honesta que acababa de hallar en su interior. Su propia confesión, no sólo para él sino para sí misma.

-…No lo sé…

Agachó un poco más la cabeza, como quien se siente culpable bajo la mirada de un juez; porque había algo en Ethan que la hacía cobarde, cada vez más. Y con ese todavía misterioso 'gracias por no ser mía' retumbándole por dentro, Aries sonrió un poco para sí.

-Pero creo que yo tampoco sabría hacerlo… Y tampoco creo que deba… –dijo. Tras eso fue capaz de alzar un poco la cabeza y los ojos, esta vez hacia él. Ethan había destapado aquella caja de pandora; quizás con él podría hablar. ¿Se sentiría mejor si hablaba, se arrepentiría, podría dormir esa noche?

-Hoy… el Lord me dijo… que cuando cae la noche, los hombres piensan en las mujeres. –Buscó sus ojos, cualquier atisbo de algo que pudiera hallar en ellos. No decayó su propia sonrisa, ni la melancolía dibujada en ella-. Eso… no es amor, ¿verdad?

Debía marcharse, dejarle descansar. Huir de aquella habitación que se había vuelto demasiado cálida. O demasiado fría. Pero Ethan, casi tan confundido como la propia Aries, parecía tener más respuestas que ella. Sólo necesitaba una respuesta más de sus labios y se marcharía; se lo prometió a sí misma. Sólo… una más…
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Mensaje por Invitado el Vie Sep 29, 2017 11:48 pm

La contestación de Aries le supo a sal sobre herida. ¿Cómo que no debía amar? ¿A qué se refería...? No estaba seguro de si aquello la colmaría de gloria o de condena. En todo caso, le asaltaron más dudas, ¿Habría un cerrojo para el corazón? De ser así, ¿Dónde podría comprarlo? ¿Saldría barato? De algún modo, primitivo y soez, sus entrañas le gritaban que agarrase sus manos y le dijera que todo iría bien. Que no amarían juntos. Que aquello era perfecto, y osado, y triste a la vez. Pero en su cabeza eso sonaba a mentira, a nieve sobre barro, al vaporoso desliz de un amante furtivo.

Entonces escuchó, siguió atento, con la amargura sobre la lengua.

- Hoy… el Lord me dijo… que cuando cae la noche, los hombres piensan en las mujeres.

Los ojos de Ethan se sintieron pesados. ¿Así le vería ella?

- Eso… no es amor, ¿verdad?

Ethan, ni docto ni experto en el arte de amar, no sabía qué decirle. No sabía nada, aún así, habló con lo que tenía en el pecho.

- No creo que haya una hora del día para amar. No quisiera cuestionar a mi Señor más de lo necesario, pero... Eso me suena a deseo, un tema bastante diferente.

Ethan se llevó la mano a la nuca, una sonrisa ondeó en su rostro, tan leve... casi translúcida.

- No todos los hombres somos iguales; no todos sueñan con batallar, ni en conquistar mujeres, ni en cobrarse tesoros cada día. - El timbre de su voz se cascaba. - Yo... Era revoltoso, ¿Sabes? Pero mi hermano no, él quería leer y estudiar, labrarse una vida. Yo pensaba en aventura, en... irme lejos, a él sólo le interesaban su magia y su familia. - El vasallo buscó su mirada, le acosaban los recuerdos y en ella encontró un ancla para no hundirse en su melancolía. - De caer la noche, él no pensaría en ti. Y de hacerlo, serían odas de admiración y no de lujuria, tenlo claro.

Ethan pasó junto a Aries, sus manos apenas se rozaron. Una vez de espaldas, su tono fue más animado.

- La primera vez que te vi... se me partió el corazón. Fui testigo de tu miedo, tu angustia, la saeta... y lo hice mío. Me pasa a menudo, me entrometo aunque me repita que no, que eso no va conmigo. - Él se giró hacia ella, su cabello como mortajas de oro en una cascada. - Pero... Por un breve instante me sentí útil. Me sentí fuerte. Ese día se me prometió una flecha, y aunque no de Kieran, encontró su camino. - Sus palabras culminaron en susurro. - Si te pierdes, si te ahogas, si no encuentras la salida... Grita mi nombre, y me convertiré en espada y escudo, en el mismo infierno, por ti. - Una sonrisa, extraña; ni amarga ni dulce, una dádiva de niebla. - Al fin y al cabo... somos familia.
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Mensaje por Invitado el Sáb Sep 30, 2017 6:04 am


Deseo. ¿Sería aquel el nombre de esa mancha de la que su madre advirtió? Esa que dejan los hombres con sus manos, casi con su presencia. ¿Y no acababa de decir Ethan que no la deseaba? Que él era diferente, siempre tan diferente a todo lo demás. Y lo fue. Ella se había quedado buscando tan sólo una respuesta más, y a cambio él le regaló la caricia de una historia. El soldado de la flecha, más seguro ahora con las palabras, le habló de su hermano, de ese pedacito del Ethan de antaño. A su hermano le gustaba la magia, a Ethan la aventura. Y Aries le miró con la fascinación de quien ama escuchar cada nota; ojos sobre él, labios ligeramente separados. La herida de su faz parecía haber menguado con el bálsamo de aquella voz, porque Ethan la había llamado preciosa y ahora quería hablarle, y había algo realmente hermoso en sus historias. En él.

Aries se preguntó entonces qué habría sido de ese hermano del que Ethan hablaba en pasado. Y quizás logró comprender, o imaginar, de dónde vendrían sus lágrimas de hace dos días. Quiso preguntar pero no lo hizo. No pudo, pues Ethan parecía florecer por momentos, iluminarse de algo que le hacía sonar un poco menos triste, un poco menos preocupado. Con un roce de su mano sobre la de Aries, tan ligero que casi podría haberlo imaginado ella, el joven dio unos pocos pasos hasta situarse de espaldas. Habló de nuevo, liberándose poco a poco de sus pesos anteriores; su voz fue clara, como un manantial en primavera. Y no sería Aries quien lo enturbiara, no. Él tan sólo quería hablar más; ella tan sólo quería escuchar. Y así lo hizo cuando se giró para mirar su espalda, para observar el dulce blanco de su cabello. Nieve.

-La primera vez que te vi... se me partió el corazón.

Qué extraño, pensó ella, encontrar en esa frase otro espejo. ¿Acaso se le rompió a ella el corazón al verle por primera vez, con aquella sonrisa y esa mano cálida, y esas palabras tan dulces hacia Nívea? ¿Roto? ¿Por qué…? Él siguió hablando, terminó girándose hacia Aries, y encontró en ella la misma silente fascinación con la que le miró el primer día, con esas mejillas rosadas que parecían alimentarse de cada palabra y gesto que él le entregara.

-Si te pierdes, si te ahogas, si no encuentras la salida... Grita mi nombre, -dijo él entonces, quizás la misma promesa que le había hecho a cada uno de los hermanos de su pequeño y gran ejército-, y me convertiré en espada y escudo, en el mismo infierno, por ti. –Y si a él se le había prometido una flecha, ¿qué se le prometió a ella?

-Al fin y al cabo... somos familia.

Algo cálido había anidado en su pecho. Ese algo que volvía a hacerla inmensamente feliz, y que a su vez traía consigo un gusto amargo. Y no pudo evitar una pequeña sonrisa, tímida y honesta, fruto de la forma en que Ethan acababa de acariciarle el corazón. Aún le latía más deprisa de lo habitual, asediado por esa pequeña guerra entre mariposas y gusanos. Pero era un dolor dulce, decidió. Ethan simplemente dolía, un poco; debió haberle partido el corazón, sí, la primera vez que le vio, sin darse cuenta. Y aun así le gustaba estar allí, con él.

-Yo… vengo de una orden de Caballeros Pegaso en Ilia, oculta entre las montañas –se animó a decir. Sentía que él le había entregado mucho, que se había dejado conocer. Quizás ella pudiera darle un poquito también. Que si él recibía una flecha, supiera por quién lo hacía-. Es una fortaleza enorme y blanca. Es preciosa… –Otra vez esa palabra-. Allí sólo hay chicas. Niñas y mujeres. Yo nunca había visto a un hombre hasta que partí en busca del ejército Levallois, y tenía… un poco de miedo. Encontré algunos bandidos por el camino que buscaban herir a Nívea. A un guerrero que mataba sin contemplaciones. A Sorel, el chico del río, al que creí un enemigo por verle acercarse. Y entonces te vi a ti. Y tú eras diferente.

Las palabras salían conforme llegaban a su cabeza. Por alguna razón, era fácil hablar con él ahora. Quizás sólo lo sería hoy, esa noche. Sus dedos comenzaron a jugar distraídamente unos con otros, a medio entrelazar sobre su vientre.

-Llevo dieciocho años en la Orden, compartiendo mis días con jóvenes Caballero que, como yo, saben que algún día marcharán. Quizás por eso, incluso tras todos estos años, no he traído conmigo nombre alguno que gritar cuando me ahogue. Nunca antes nadie me había… llamado su familia. -Y bajaron sus ojos, sin querer, para posarse sobre una de las manos de Ethan. Un latido como un pequeño pinchazo hizo desaparecer su sonrisa. Se obligó a buscar de nuevo la miel de aquellos ojos, dócil, y se sintió doler. Porque ya no había palabras. Porque sentía que Ethan le había regalado demasiado, y ahora ella quería entregarle el mundo, y no… no supo cómo.

-E-Ethan… -dijo, con la urgencia en ojos y voz de quien quiere sangrar un poco más a través de las palabras; de quien teme al abismo y aun así desea lanzarse a él. Desgarradoramente honesta-. Yo… no me arrepentí de haber matado a esos emergidos que te pusieron en peligro. Incluso si por un momento me creí vil e infame en tus ojos, en los míos no había nada sucio en protegerte. Yo… tan sólo partí de la Orden con una lanza, y no soy más que soldado. Por eso la única promesa que puedo hacerte… es que mataré. Mataré… por ti.
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Mensaje por Invitado el Sáb Sep 30, 2017 3:37 pm

[BGM]


Se formó una media luna en su rostro, su sonrisa despuntando con el titilar de dos luceros azules. Había tanto brillo en ella, un relucir fantasmal, como el de un barco que horada las olas con su quilla. Ethan se quedó allí, a su lado, observando el gobernar de un océano en calma. Ya habría momentos para cosechar tormentas, para beber tempestades, ahora quería disfrutar de aquel sosiego. Así lo hizo, con sus dedos jugando con la venda, sus pies descalzos sobre el frío suelo, su frente marchita. A él se lo tragó el pretérito.

Ethan había regalado una historia, y por descontado, recibió la de Aries como un cuento. Uno que acunaba grandes verdades sobre quién era esa chica de cielo.

-Yo… vengo de una orden de Caballeros Pegaso en Ilia, oculta entre las montañas. Es una fortaleza enorme y blanca. Es preciosa… - No se lo imaginaba, no podía hacerlo. Deseó poder verla algún día, recorrer cada piedra y cada lid. - Allí sólo hay chicas. Niñas y mujeres. Yo nunca había visto a un hombre hasta que partí en busca del ejército Levallois, y tenía… un poco de miedo. Encontré algunos bandidos por el camino que buscaban herir a Nívea. A un guerrero que mataba sin contemplaciones. A Sorel, el chico del río, al que creí un enemigo por verle acercarse. Y entonces te vi a ti. Y tú eras diferente.

Ethan separó los labios, ligeramente sorprendido. ¿Nunca había visto un hombre? ¿En su vida? Entonces supuso que ese miedo que vio el primer día sería pavor ante lo desconocido. En aquella pequeña tropa, la única mujer era Aries, y más que mujer era niña. Una joven que temía. Las palabras que su Señor le había confiado sobre el deseo y que ella le había repetido a él tras hablar sobre el amor... No eran un mero coloquio en una conversación cualquiera. Pensó en lo perdida que se sentiría allí, en el recibimiento de Kieran, en las conversaciones de soldados que alguna vez llegarían a sus oídos y lo supo. Supo que el mundo era de lobos y ella sería cordero. Como Sean. Como Sorel. Como Liam.

El número de personas que verdaderamente importaban había aumentado en la última semana, ahora contaba con... Sintió un breve pinchazo sobre el corazón, y sus ojos se posaron en las pestañas de Aries, ágiles y activas.

- Llevo dieciocho años en la Orden, compartiendo mis días con jóvenes Caballero que, como yo, saben que algún día marcharán. Quizás por eso, incluso tras todos estos años, no he traído conmigo nombre alguno que gritar cuando me ahogue. Nunca antes nadie me había… llamado su familia. - El peliblanco le dedicó una sonrisa amplia y honesta. Él no era sería reo de la desesperanza, era consciente de que el filo de su espada no era infinito. Pero.. estaba rodeado de héroes -como Ancelot-, de soldados ejemplares -como Aries- y de personas de pureza exquisita -como Sorel-.

- E-Ethan…

Él enfocó su vista. La urgencia de su voz era palpable, su sangre se reactivó, antes dormida.

- Yo… no me arrepentí de haber matado a esos emergidos que te pusieron en peligro. Incluso si por un momento me creí vil e infame en tus ojos, en los míos no había nada sucio en protegerte. Yo… tan sólo partí de la Orden con una lanza, y no soy más que soldado. Por eso la única promesa que puedo hacerte… es que mataré. Mataré… por ti.

Aquello debió repugnarle, romperle en mil pedazos; pero ella era justa, y valiente. Sus letras eran un bálsamo que curaba las heridas. Ethan las recibió con orgullo. Él asintió, pacto por pacto, juramento y voluntad en una entrega.

- Intenta no morir. - Le dijo, miel y no abeja. - Aún quedan muchas batallas por delante.

Él se acercó un poco más a ella y, dubitativo, le asió las manos. Le temblaban y no era propio de él. Ethan no pedía, él tomaba. Entonces, con la mudez en el rostro quebró el silencio de sus labios.

- No me temas, por favor.

Y rompió el enlace. Brotó otra sonrisa en su faz, una más alegre y abierta.

- Iba a dar un paseo ahora, ¿Te importa si me ausento? Tengo... que hacer algo fuera.

Y salvo que escuchase una negativa por su parte, él se marcharía, como iba, pies descalzos y el bagage de cien días.
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Mensaje por Invitado el Sáb Sep 30, 2017 5:30 pm


Intenta no morir’, dijo él, aceptando las palabras de Aries sin mostrar repudio esta vez. Quizás ya no lo sentía, o quizás simplemente se lo tragó para contentar a otra persona. Ethan se acercaría un poco más, dos pasos, y a punto estuvo ella de dar un tercero hacia atrás; otra vez cobarde. Pero no, no lo dio. Tan sólo le miró con la misma expresión tímida y curiosa, casi sorprendida. Las manos de Ethan volvieron a regalarle su candor, y esta vez no dolieron sobre sus muñecas. No dolieron, pues tomaron las suyas con dudas, extrañamente temblorosas. Aries las miró, y se preguntó, sin poder evitarlo, si Ethan quería tocarla siquiera.

-No me temas, por favor.

Aquellas palabras le hicieron alzar la mirada rápidamente para buscar sus ojos.

-¡Yo no…! –trató de decir, pero él ya estaba soltándole las manos para regalarle otra sonrisa, más amigable, más abierta, ¿más verdadera…? Era extraño. Qué extraño.

-Iba a dar un paseo ahora, ¿Te importa si me ausento? Tengo... que hacer algo fuera.

Y Aries quedó congelada por un instante más, mirándole como si de pronto ya no le conociera. Pero sí debía conocerle, porque aquel dolor era ahora familiar. Terminó dibujando una pequeña, tenue sonrisa en sus labios; su mejor esfuerzo. Y con un ‘gracias por escucharme’, se despidió del joven de cabellos níveos y pies descalzos.

[ . . . ]

Ya tumbada sobre el pajar, vestida con una túnica blanca que le quedaba grande, Aries observaba los pedacitos de luna que podía vislumbrar a través de la madera a medio derruir del pequeño establo. No cerraba los ojos. No podía dormir. Demasiados sucesos habían ocurrido en un solo día; fue como haberse convertido en una persona diferente en cuestión de horas, como haber sumado una pesadilla a un sueño, a una pesadilla, a un sueño…

Recordó el tronar de las espadas, los gritos en ese horror que llaman guerra. El miedo. La euforia. La sangre. La sangre. La sangre.  Recordó el río en el que creyó haber renacido, las lágrimas de Sorel. Los ojos de Ancelot, su tacto frío sobre la piel. El misterio tras las palabras de Ethan.

’¿Alguna vez... te has enamorado?’

Inhaló, melancólica, y volvió a llevarse otra vez la mano al vientre. No había mariposas allí, decidió. Sólo gusanos. Quizás estaba manchada, como su madre decía. El mundo de los hombres era extraño y difícil, y ahora se sentía vacía. Vacía, extraña y difícil. Quizás hoy habló demasiado. Se aferró demasiado. Se acercó demasiado. ¿Por qué lo había hecho? ¿A qué necesidad respondían sus acciones? Nunca había tenido amigas demasiado cercanas en la Orden de la Ventisca, ni le había importado buscar nada más allá de llevarse bien. La curiosidad por un mundo nuevo no debía cambiar este hecho, ahora menos que antes. Aquí menos que allí. Su lanza era de acero; tendría que ser de acero también ella. Sólo acero y sólo nieve.

Cerró los párpados. Nívea estaba a su lado; todo estaba bien. Las heridas siempre sanan y el dolor se pasa. Mañana volvería al río y renacería. Una vez más, Aries renacería…
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Mensaje por Invitado el Sáb Sep 30, 2017 7:16 pm

El día resultó agotador como pocos a lo largo de su vida… Mil cosas pasaron, muchas horas trabajó, muchas lágrimas derramó, y estuvo bastante tiempo escaleras arriba y abajo. Cuando las energías se agotan, los niños buenos se van a la cama… Y eso hizo el rubio cuando apenas el astro rey decidía retirarse.

Se tiró en una de las literas de abajo y fue casi inmediato. ¿Ponerse cómodo? Eso es para quien se lo puede permitir o para quien le importe… Sorel no era ni lo uno ni lo otro. El olor a cerrado y a extraños se había mitigado bastante durante la jornada de ventilación y aireación en la que incluso él había trabajado sacudiendo telas con ayuda de Ambrus.

Mantenerse ocupado en el trabajo le permitía distraerse y no pensar. Habían pasado realmente demasiadas cosas… y lo que más le frustraba, era no entender a qué se referían. Las únicas cosas que lo ponían de verdadero buen humor era que Ethan parecía que se recuperaría en no demasiado, y además, gracias a Aries, ya había dado el primer paso en superar el miedo que le causaba la presencia de su señor. ¿Haber ganado la batalla? Eso estaba bien… pero realmente sentía como que había hecho bastante poco, que había sido una carga que tuvieron que salvar dos veces… aunque el recuerdo del rescate de Ancelot, realmente era digno de impresionarlo en un retrato.

[...]

Una vez asentada la noche, la comida empezó a correr entre las manos de la compañía. Sopa de verduras, una de las infinitas especialidades de Vasyl. Todo el caldero de cobre lleno, hasta arriba. Si bien siempre se prefería cuando había carne, la carne es mucho más cara, y hay que adaptarse a los tiempos de guerra.

Vasyl llevó un par de platos, para Ancelot, para Garthe y para Ethan; del mismo modo que indicó a su hermano que fuera a buscar al pequeño bello durmiente.

Blank lo intentó. Lo sacudió, le dio un par de golpes… incluso lo tiró de la cama con bastante poca delicadeza. Lo único que recibió en respuesta fueron sonoros ronquidos y murmullos que no decían nada. Con un suspiro, el arquero lo tomó en brazos y lo volvió a dejar sobre aquella cama, dispuesto a reportar al cocinero.

[...]

Había algo. En el ambiente. Había cambiado. No le gustaba. Fue realmente consciente de aquel hecho cuando abrió los ojos en mitad de la oscuridad e inspiró hondo. El olor entre salino, ácido y avinagrado, concentrado entre aquellas gruesas paredes de piedra. Entre aquella desagradable sensación que le hacía arrugar la nariz (y por consiguiente que le molestara la nariz) y un ligero dolor acentuado en el rostro, entre otras cosas, el rubio sabía perfectamente que allí no sería capaz de volver a dormirse.

No era la primera vez que aquel particular aroma llegaba a sus narices, pero eran sitios más desahogados. Así que hizo lo que consideró mejor: tomó la sábana con él y salió a la búsqueda de un nuevo lugar donde dormir. “¡Aquí empieza mi aventura de exploración nocturna!” pensaba con energías. Energías que en ese momento eran inútiles para dormir.

Se hizo un esquema rápido en la cabeza. “Arriba están Lord Levallois y la enfermería… No me parece bien arriesgarme a despertar a Ethan porque no me guste el dormitorio oficial… y de Lord Levallois ya ni hablamos. Creo que en el resto de habitaciones sería dormir sobre el suelo… así que eso solo me deja una opción. ¿Por qué no se me ocurrió antes?” se preguntó mientras iniciaba su descenso, descalzo, por las escaleras. Abrió con sigilo la puerta, y se escurrió cual sombra hasta el reconstruido establo.

Las yeguas, su nueva compañía nocturna, parecieron inquietarse un poco al asomar él por la puerta, todas mantenían la cabeza en alto hacia él y dejaban escapar algún resoplido. Chistó con suavidad, manteniendo las palmas abiertas en alto, susurrando un par de ‘Calma, calma.’ para intentar tranquilizarlas. Por el momento parecía haber bastado, pues el silencio volvió al establo, solo acunado por el sonido de las respiraciones.

Una nube dejó manar la luz del plenilunio, la dejó filtrarse entre un par de maderas juguetonas. Un blanco tan puro que parecía fantasmal e hipnótico. La yegua alada, tumbada y recogida en el único lugar donde la oscuridad reinaba.

Habían pasado varios días desde la última vez que la tocó. Cálida. Suave. Pura. Tranquilizadora. Era como la tentación que lo llamaba. Un paso, corto, sintiendo e ignorando el fresco de la tierra y el tacto de la paja. Un segundo, aún más lento. Y al tercero, tropezó con una especie de palo o algo así. No llegó a caer, pero la alteración había llegado. - ¡¿Pero quién se dejó algo tirado?! - exclamó sin pensar, súbitamente… y como es normal, todas las yeguas allí presentes se sobresaltaron e incluso algunas se pusieron en pie… incluso algún relincho azotó la noche.
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