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[Campaña de liberación] Tambores de guerra [Ancelot, Ethan, Aries, Sorel]

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Mensaje por Invitado el Lun Sep 18, 2017 1:53 am

[BGM]


Demasiado fuego, demasiada agua. Sus arcadas se separaron con la sorpresa del ayer y sus manos se alzaron hasta rozar la semilla, aquel vestigio del aire que había anidado en primavera. Una rosa roja brotó de su pecho, y sus espinas le abrazaron el abdomen con el carmesí del otoño que guarece, de ese danzar de pétalos caídos. Perdió el equilibrio, astillado, y dio un paso atrás. Su espada se había perdido en algún punto de su descenso al averno y de él sólo quedó ceniza, ceniza de un fuego voraz e infame. Ahora los brazos reposaban en su torso, en el torrente escarlata que bañaba el cuero tachonado y se sintió desvanecer.
¿Se estaba muriendo?

Ethan terminó por caer de espaldas, inquieto y herido, ruiseñor fantasmal que pierde sus alas. Se sintió inundar el campo de batalla, pero el dolor no llamaba a la puerta, sólo se sentía débil y confuso. Observó el asir de una segunda flecha y sus ojos viajaron con rapidez a Aries, rotos de angustia. La vio mover los labios, pero no escuchaba nada, no oía nada. ¿Su voz? ¿Cómo era su voz? Y entonces lo notó, una corriente rabiosa le acarició la espalda y se hizo el fulgor, el parpadeó incesante, y una bestia furiosa pareció emerger del abismo para devorarlos a todos. Ethan vio cómo se invertían la tierra y el cielo, un trueno que ansiaba volverse tormenta, y los dos arqueros murieron en un instante.

El espadachín arrugó la nariz, abrumado por el ozono y el quemar de la carne. Dejó de sentir el brazo izquierdo, pero no le preocupaba, su mente estaba en... Aries. ¿Dónde estaba Aries? Su castaño busco el azul, y se encontró con la despedida en su espalda. No le miraba, no quería verle. Él, que había recibido una flecha por ella, que habría acogido mil espadas en su garganta, se sintió desgarrar.

Alargó el brazo derecho, intentando alcanzarla, tan lejos... tan lejos que hasta la sintió cerca. Y sus dedos fueron apresados por un mar de lágrimas. Sean se interpuso en su línea de visión y empapó su pelo.

- No... No te mueras... -Sollozó él, joven y cascado. Sus mejillas en un arrebolar de viento y marea. - ¡Por favor! Llévame a mí.

Y su pecho de insufló de rabia, de gozo, de alivio. De tanto peso que adivinó sus propias raíces en los ojos de su amigo.

- ¡Quita de ahí! - Un preocupado Vasyl empujó a Sean, y le robó su sitio junto al espadachín. - No se va a morir. No si me dejas parar la hemorragia. - Le abrió la pechera con el rasgar de un cuchillo de caza. - He visto muchas heridas de flecha, créeme. Esto... - Una ligera presión en la herida, aún apuntalada por la saeta emergida. Si no le había dolido antes, lo hizo ahora; una sacudida pareció morderle el hombro y triturarlo con sus dientes invisibles, moler sus huesos hasta que su voz se alzó desobediente y un grito atravesó sus labios. - Va a doler.

- Ya lo ha hecho... - Consiguió formar él, inconsciente de si habría llegado el mensaje a su destinatario, y no lo supo. Una ligera tos encharcó la comisura de su boca, rojo y perla, y la cara de Vasyl se contrajo de pánico.

Un rugido pareció helar su estertor, el blanco que solía surcar el cielo se tornó negro y vio el sesgar de una sombra azabache  domando el aire. Era un caballero wyvern, el orgullo de Bern, descendiendo sobre el torreón de Escarcha Negra. Y lo que creyó día fue noche, el blasón de Akainea le cosió las palabras a la lengua. El alivio se transformó en veneno, viscoso y ácido en el tragar. Fue testigo del estremecer de Vasyl, el temblar del que susurra sobre su piel desnuda. El relinchar de Nívea y el quejido de Aries le hicieron volver el mentón hacia ellas, la yegua parecía asustada.

- ¿Qué... hago?

Las palabras de Vasyl recobraron su atención. Lo vio recorrer el campo de batalla con la mirada, el mecer del pasto bajo las llamas. Antes de que pudiera asimilarlo, la bestia se abalanzó sobre Dylan, garras en alza, y el horror de su garganta estalló en los oídos de Ethan. Vasyl ocultó el rostro y Sean se irguió, serrando su nombre con los dientes.

El batir de plumas a su izquierda le estremeció, y una Aries volvía a montar apurada.

- Aries... - Manchó su nombre. Deseó que salvase a Dylan, que le devolviera su familia intacta, que volase con esas alas que parecían azotar las nubes. Lo deseó tanto que creyó quebrar su alma. Sin embargo, también temía por ella. Se sintió dividido, perdido en un vórtice de oscuridad. Entonces, el wyvern soltó a su amigo, su compañero de armas, y observó el arrojo de la lluvia ante él, el silbar del acero. Dylan bramó, desesperado. Y el peliblanco tuvo que cerrar los párpados, aguacero y piedra, incapaz de ver su final.

- Lo... ¡Lo ha cogido! - Gorgoteó Sean, un brillo radiante germinó en sus pupilas.

- Ve, corre, necesitará alguien que atienda sus heridas. - Le espetó Vasyl, y Sean se giró hacia Ethan, acongojado. - Yo me encargo de parar su hemorragia, ve.

El peliblanco asintió y sus piernas brincaron hacia Dulcinea, a pocos pasos. Un galope que se alejó con avidez mientras Aries descendía con Dylan aferrado a su mano. Pero no hubo tranquilidad, ni calma, ni el relucir del que ha saboreado el sosiego momentáneo. El wyvern, umbrío, escogió una nueva presa. Se precipitó como un ave rapaz, hacia el suelo, y abrió las fauces, buscando la carne de un Sorel solitario, en la lejanía.

- ¡No...! - Su hálito se volvió mudo.

- ¡Dispara! - Fue orden y plegaria, fue ruego, fue ansia. Sabía por qué no había blandido su arma nada más verle, por qué temía soltar la herida de su torso. Sorel no iba a morir por su culpa, habían estado a punto de perder a Dylan, no permitiría la muerte del mago con su prudencia. No cuando le había dicho que estaría ahí para él, y aunque no fueron sus dedos los que asieron la flecha y tensaron el arco, si fue su exhalación la que acunó el cese de su estela. La saeta rasgó la ladera en su cumbre y, con ella, también el ala izquierda del animal. Éste rugió, furioso y asustado, y retomó el vuelo a escasos centímetros de Sorel. Se elevó, decidido pero menos ágil. La saeta había atravesado limpiamente el tejido membranoso del animal, y aunque debía doler, seguía surcando el cielo ante toda expectativa.

Ethan volvió a toser, y Vasyl soltó el arco para poder comprimir la herida. Era difícil con el astil en medio, pero todos los presentes sabían que retirar la punta resultaría en morir desangrado.

- ¿Qué haces? ¡Tienes que acabar con él! - La voz de Kieran apareció tras él, cargada de rabia. Su mano señalaba al terror nocturno y a la mañana clara. Aries enarbolaba la lanza, por Bern, por su familia. Se enfrentaba al jinete enemigo en una contienda aérea brutal.

- A esta distancia podría matar a Aries... - Susurró, hueco. Era evidente que le costaba asimilar la situación, la impotencia.

Kieran apretó los dientes, belleza y tormento en una mueca de hastío, de furia. Parecía sufrir enormemente, detestar aquel engendro alado con todas sus fuerzas. De no haber visto a su caballo junto a él, habría pensado que cargaba el óbito a sus espaldas. ¿Qué... le habría pasado?

El jinete cogió el arco de Vasyl y una de sus flechas del carcaj. El arquero se contrajo, incapaz de levantar las manos del pecho de Ethan.

- ¡No lo hagas! - Exclamó el cocinero.

- La matará. - Dijo él, venganza en la sien. - Nos matará a todos. - Las dos figuras danzaban en el cielo. El tensar de las palas y el eje alineado. - No quiero... De verdad, no quiero... - Pequeñas lágrimas ardían en sus mejillas. Se convirtió en lamento de viuda, en hacha de verdugo, en todas esas esquirlas que parecían colonizar su eco. - Pero alguien tiene que hacerlo.

- Aries... No... - Y su voz se agrietó, súplica en labios de huérfano. Buscó a Ancelot con la mirada, suplicante, sólo él podía pararle. Su tono, su presencia, su porte, lo necesitaba ahora. Sabía que sólo le escucharía a él. Era su Lord, al fin y al cabo. Y el óxido de la sangre horadó su paladar, amargo y profano.
Ethan no era noble, no era justo, no era valiente. Él no era nada.

Pero ella... Ella lo era todo.
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Mensaje por Invitado el Mar Sep 19, 2017 12:22 pm



Aún trataba de descubrir cuándo había abandonado toda esperanza. En su interior, quizás tan sólo unos instantes atrás, Ancelot brindaba por una incontestable victoria sin precedentes, pero la realidad había cambiado tanto que aquella sensación ahora parecía un simple espejismo. El sabor de la ceniza había sustituido a la sangre, acerbo e insulso. Ningún botín podía compensar la pérdida de uno de sus hombres, y ni siquiera la adquisición de aquella vieja torre lograría limpiar el regusto a fracaso que suponía su imperdonable descuido. Así lo sentía. Sus ojos abiertos contemplaron la fatalidad, el amargo sabor de un triunfo que escapaba de sus manos, una liebre blanca y esquiva en la foresta nevada. El mundo se desmoronaba a su alrededor, y lo hacía con la misma facilidad que aparentemente le había catapultado al éxtasis, como si buscara reírse de su liderazgo, de su ambición y de sus sueños.

Cuando las garras de la bestia apresaron a Dylan, el corazón del Levallois dio un giro mortífero. En aquellas zarpas no sólo se escapaba un súbdito, soldado o hermano. Se enroscaban alrededor de una promesa de futuro, de un camino sin recorrer. Huían con la prueba viviente de que su estrategia se había derrumbado cual castillo de naipes. Podía ganar a los Emergidos, pero con la caída del lancero sin duda habría perdido ante sus propios hombres, y esa sería una derrota incurable. Un fracaso en su primera contienda, una mancha que ni el agua más pura podría borrar.
Frunció el ceño. Su garganta se convirtió en un desierto y se secó en lo que dura un suspiro. Salivó con urgencia, como si aquella situación destapara sus carencias e inseguridades. El miedo que jamás debía sentir se hizo presente y amenazó con arrastrarle hasta el fango, donde los líderes como él no tenían cabida. De repente, la coraza pesaba y la capa le asfixiaba. Tenía que hacer algo y su mente buscó soluciones con premura, y fue entonces cuando la ineludible evocación de dos sílabas se hizo gigantesca.

Aries.

No hizo falta que dijera nada, ni una sola palabra. Tampoco necesitó una mirada, siquiera un gesto. Ninguna orden tuvo que salir de sus labios para que la esperanza cabalgara hacia los cielos a lomos de su magnífica pegaso, y ese fue el detalle más significativo para Ancelot. Su corazonada no estaba basada en conjeturas vacías: era completamente cierta. Aries empuñaba el arma más poderosa jamás blandida, el motor que promueve a los hombres a convertirse en héroes o magnicidas. Un nuevo hormigueo se hizo presente en su espalda, pero este sería distinto a todos los demás.  
El batir de las de Nívea dejó atrás un rastro de plumas que bien podrían haber sido cálamos de un ángel. La figura de Aries se debatía entre lo terrenal y lo divino, mientras que, en una heroica acción sin precedentes, alcanzaba a su enemigo y se anticipaba a sus movimientos. Dylan cayó como un peso muerto, pero la experta jinete intercedió y consiguió atraparlo al vuelo, sujetándolo de una mano que en algún momento amenazó con descolgarse. El terror, congelado en los rostros de sus hombres, cesaría cuando los pies del soldado por fin llegaron a tierra firme.

Entretanto el wyvern descendió buscando una nueva presa, pero para suerte de todos, esta vez se iría con las garras vacías. Sorel, expuesto como un corderito descarriado, recibió una embestida de Garthe que lo salvó de aquellas zarpas, y un suspiro de alivio pareció exhalarse en varias bocas a la vez, camuflado entre los gritos de pánico y rabia. Los ojos de Ancelot, sin embargo, no habían sido capaces de seguir otra figura que no fuera aquella estela blanca que dibujaba la yegua alada, la cual ahora ascendía hacia las nubes para enfrentarse contra su oponente cara a cara. Puede que Aries no lo supiese, pero en aquel momento su valentía había salvado mucho más que una vida. De algún modo, la credibilidad de Ancelot era ahora estable gracias a ella, y eso era algo que el líder de ningún modo podría obviar.
Su quietud, encerrada entre una mezcla de asombro y aprensión, delataba que jamás había sido tan vulnerable y, a la vez, tan poderoso como en ese preciso instante.

Sin embargo, una nueva emoción más se deslizó con peligro hasta encadenarle al silencio, y esta no sería tan gentil como el batir de las plumas blancas. Agrietó su corazón y lo despedazó trozo a trozo, como si fuera un puzle en manos de un niño demasiado pequeño. En un forcejeo desafortunado, la lanza de Aries cayó desde la bóveda y se incrustó en la tierra, mostrándole al Lord una imagen de la que había huido incluso en sus peores pesadillas.
Allí estaba Ethan, su mejor soldado y único amigo. El único peón insustituible en su ecuación, el único por el que gustoso se abriría el pecho si eso pudiera salvarlo. Había sido alcanzado por una flecha traicionera y descansaba bajo el cuidado de Vasyl, que presionaba la hemorragia para que el espadachín no perdiera demasiada sangre. Su más inmediato síntoma se tradujo en una angustia espeluznante. El miedo vibró por cada uno de sus nervios hasta inyectarse en la sangre, y un frío parecido al que visita a los moribundos en su lecho de muerte le paralizó. ¿Hasta allí había llegado Ethan? ¿Una batalla a su lado y ya está, para simplemente dejarse ir por el punzón de una saeta? Su paladar se hendió como un secadal y su rodillas temblaron, patético y débil líder incapaz de tolerar un adiós. ¿Estaba realmente preparado para la guerra?

Quiso asegurarse antes de dejarse caer, dando valor a su vergüenza también. Se acercó débilmente, y la frontera de sus pasos la marcó aquella lanza ensartada en la montaña, blanca y radiante como el marfil. Estaba coronada con la bandera de los  Levallois, el orgulloso blasón que ondearía en el asta de aquella torre y le enseñaría al mundo, enemigos y posibles aliados, que un pequeño grupo de hombres venció y sobrevivió al cruento arrumaco de la batalla. Reconoció entonces la herida, aún desde su prudente distancia, y supo que no era mortal. Con aquellos primeros auxilios sobreviviría un día más, y otro, y todos los que estuvieran por venir. Ethan había expuesto su carne por él, pero la muerte no se llevaría su alma.

De repente, su miedo se disipó. Había flaqueado por una serie de circunstancias que no supo prever, y el gigante, sin saberlo, se había convertido en ratoncito. Creyó que Sorel moriría, pero no fue así. Creyó que Dylan moriría, pero no fue así. Creyó que Ethan moriría, pero no fue así.
Y ahora, Aries podía morir... pero no sería así.

Su ceño se frunció mostrando esa arruga feroz que le había convertido en el hombre más respetado de su familia. De repente, el corazón volvió a latir como una estampida furiosa, más rápido que el trote de un caballo. Regresó la saliva a su garganta, y el gusto se sintió milagroso. La sequedad se había convertido en un bloque de hielo que ahora se deshacía en su boca y le devolvía la voz y la autoridad. Ya no le temblaban las rodillas, se alzaban como orgullosas torres indestructibles, y su porte se había convertido en la reconocible silueta de la victoria. Sinónimo de gloria, orgullo y poderío.

Cuando Kieran tomó el arco y apuntó al cielo, Ancelot supo que él no estaba preparado para disparar. Y un hombre incapaz es como un eslabón roto en la cadena: se sostiene con suavidad hasta que finalmente la tensión lo parte en dos. Si aquella flecha alcanzaba a Aries...

No quiero... De verdad, no quiero... Pero alguien tiene que hacerlo.

Ancelot agarró la lanza engastada en la roca, la sostuvo entre los dedos -aún sin desencajarla de su grieta- y sintió el peso de una horda a su espalda. Jamás había empuñado una de esas armas, pero su pulso no temblaba. Kieran era una torre a punto de caer en esos momentos, y él, un mar en calma.  
Descubrió la mirada hecha súplica en ojos de Ethan, e inhaló tan profundamente que su pecho se hinchó dos veces más de lo normal. No necesitó palabras para comprender aquel ruego silencioso. Estaba listo.

Si disparas esa flecha lo lamentarás, Kieran —su voz laceró el espacio existente entre ellos y penetró en los oídos del soldado hasta dejarlo paralizado. No pretendía que sus palabras pareciesen una amenaza, pero de algún modo, el vulnerable guerrero  se sintió inseguro y desprotegido, como si tras la voz de su Señor aguardara la tragedia o, incluso, la propia muerte. Y tal vez así fuera—. Estás temblando, y no voy a consentir que pongas en riesgo a ninguno de los nuestros. Baja ese arco.

Sus nudillos se endurecieron cuando los dedos se aferraron a la lanza. En sus manos sintió el ardor de un fuego inexistente que quemaba, como si una lumbre de largas ascuas besara su palma. El astil era lo mismo que un estandarte, y no había mayor orgullo que empuñar el símbolo de su prole, un blasón que le embravecía como último y único descendiente de un linaje que había sido amenazado con la extinción. Así, haciendo fuerza, desencajó la cabeza de aquella lanza de la profunda piedra, y el estallido de su propio interior se convirtió en pálpito, en fervor.
Sus hombres le miraron con la expectación de quienes creen haber visto algo único. Quizás, con aquella determinación y ese gesto despiadado, Ancelot pareció más líder que nunca.
La voz que ya había vuelto a su garganta se hizo un trueno, desgarrada por la vehemente furia.

¡¡Aries!! —elevó sus ojos al cielo y diferenció a la valquiria blanca, moviéndose como una gacela ante su depredador. Desarmada, la jinete no podía más que evitar los ataques de su oponente si no quería convertirse en un simple recipiente de carne. El rugido del Lord captó la atención de su súbdita, y para cuando ésta recayó en él, descubrió al portador de su lanza. En sus manos, la bandera parecía más libre que nunca.

No hicieron falta más palabras; Aries pareció captar el sentido de aquella llamada, y como un resorte, descendió en busca de su pica. Ancelot la sostenía para ella, la custodiaba del mismo modo que un guardia protegiendo a su rey. La estela que dejó tras de sí fue seguida de aquel Emergido y la bestia que había conseguido domar, que gruñó e inyectó el miedo en los corazones quebrados. Un fulgor blanco perseguido por uno negro; parecía que la oscuridad quisiera asolar la luz, devastar su inocencia y consumir su claridad. ¿Cómo podrían evitarlo?
Los ojos de Ancelot y Aries se cruzaron cuando la distancia se redujo, y en aquel corto lapso de tiempo, ella, lejos de encontrar miedo, frialdad o inquietud, descubrió un embravecido mar de llamas, salvaje e indómito.
Cuando la chica alargó el brazo para agarrar su lanza, el Lord se deslizó suavemente y dejó que su súbdita pasara de largo. Su objetivo venía justo detrás.

Ancelot jamás sintió semejante tronar removiendo su interior. El silbido de mil espadas chocando contra el acero opresor, el hervor de la sangre hasta evaporarse en la piel. Si aquel wyvern era un monstruo criado para matar, él también se despojaría de su humanidad. Se convirtió en una bestia inicua, en un deseo tan pérfido como la muerte. Agarró la lanza con ambas manos y apretó los dedos con tanta fuerza que los nudillos blanquecieron, tersos. Sus dientes, antes constreñidos, se despegaron para liberar un aullido implacable, un grito que liberó todo el delirio que apresaba su corazón, cuyo eco resonó en la cumbre. Su sed de sangre aumentó cuando la lanzada se hizo apremiante y el frenesí se apoderó de su razón, donde sólo los instintos más primitivos sobrevivieron.
La enorme criatura descendió buscando alcanzar a Aries, pero en su intento de llegar hasta ella, una lanza se interpuso en su camino. Se incrustó en su cuello y lo atravesó por completo, promovida por el impulso de su diligente descenso. El batir de sus alas gigantescas generó un vendaval y la inercia de la caída arrastró a Ancelot al suelo, que fue prácticamente arrollado por aquel peso muerto en el que se había convertido el majestuoso wyvern. Mientras, el jinete salió despedido por el estrepitoso aterrizaje y rodó por el suelo hasta desplomarse en un saliente rocoso que detuvo su avance, donde quedó visiblemente aturdido.

En la misma zona donde su montura había caído se elevó una nube de polvo que cubrió la plazoleta, y tras el estruendo, el silencio se apoderó de la cumbre montañosa como si nunca nadie hubiese estado allí.
Tuvieron que pasar unos segundos hasta que una figura, difuminada entre la cortina de tierra, se alzó con gesto quejumbroso. La silueta de Ancelot se hizo más evidente con los segundos, y sus hombres pudieron encontrarle desclavando aquella lanza del cuello de su víctima, que ya hacía varios segundos que había dejado de agonizar.
Con el arma en sus manos, caminó despacio y abandonó la humareda, conteniendo una tos que quería escapar de sus labios y que no mostró por orgullo.

Se deslizó con una sensible cojera hacia el saliente rocoso en el que se había estrellado el jinete del wyvern, y cuando por fin lo alcanzó, diferenció a aquel ser sin alma en un estado moribundo, todavía vivo.  
Ancelot se proyectó ante sus ojos como los mayores héroes y villanos de la historia solían hacer: con soberbia y un gesto tan altivo que robaba la respiración. La piel que acostumbraba a ser impoluta estaba ahora sacudida por salpicaduras de barro y gravilla. Tenía una brecha a la altura de la frente que había deslizado un reguero de sangre a través de su rostro, pasando justo por encima del ojo izquierdo. Su pelo negro era ahora una maraña de hebras oscuras, y su impasible y clara mirada azul, un glacial donde poner fin a una vida de guerra.
No dijo nada, no quiso regalar una sola palabra. Aún con la lanza en mano, aún con la bandera y su escudo vivo en ella, ensartó el corazón de su enemigo con un impulso lento, buscando su agonía, y finalmente lo dejó ir en paz. La muerte había venido a por él, y lo había encontrado.

Fue el último corazón que dejó de latir, el último de una hueste que había perecido ante los sueños y la venganza de un hombre y sus soldados. Allí no quedaba ninguno más en pie, se acabó.

La batalla había terminado.
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Mensaje por Invitado el Mar Sep 19, 2017 3:58 pm

Tronaron de nuevo las lanzas en el firmamento. Y fue tal la violencia de aquel segundo impacto, tal la fuerza del Caballero Wyvern, que Aries creyó ver el cielo del revés. Cedió el arma entre sus manos, desterrada hacia tierra firme, y su dueña sólo pudo mirar cómo la esperanza se derramaba ante sus ojos. La vio clavarse en el suelo rocoso, lejos, muy lejos de los brazos que debían empuñarla. Vio su bandera ondeando al viento, ya sin su jinete, y no supo qué temió más, si la muerte respirándole en la nuca o aquel vacío repentino en su corazón. Se sintió soldado desterrado, Caballero sin honor, sin causa y sin razón.

Perdóname, Nívea. Madre…

Y entonces, justo antes de devolver la vista hacia su enemigo, la luz de la esperanza pareció mandarle una pequeña señal. Fue un tenue destello, el del sol reflejado sobre la punta de una flecha que miraba en su dirección. Ellos, bravos soldados del ejército Levallois, matarían al enemigo si ella les proporcionaba el tiempo suficiente. Incluso ahora que se sentía desnuda, se dio cuenta de que aún podía ser lanza y escudo. Así, los ojos de Aries volvieron sobre el jinete Wyvern, con un brillo retador y una maniobra que logró esquivar su siguiente ataque por muy poco. Gritó Nívea, agitó sus alas en aquel último baile contra la muerte. El de los segundos agónicos, que son tan largos y son tan pocos, y saben a todo lo que alguna vez hubo tocado. Y a todo lo que nunca podría rozar.

-¡¡Aries!!

Y llegó la siguiente sacudida en el firmamento, una voz clara y rotunda. La esperanza hecha nombre. Un nombre hecho orden. Ella le miró con ojos abiertos tras una nueva maniobra, y le vio en tierra, lejano y grande. Ancelot, en cuyas manos anidaban los hilos de su vida, sujetaba firmemente su lanza, extendiéndosela para que bajara a tomarla. La rendición no era una opción; él le ordenaba seguir luchando. Y en aquel porte noble halló Aries la cima de una montaña, el amanecer en el horizonte. Esas mil estrellas que seguimos cuando está oscuro, y que tratamos de alcanzar con las manos.

Ella burló a la muerte una vez más, esta vez por voluntad ajena, y voló rauda hacia su Lord. Y cuando estuvo cerca, ya con el brazo extendido para alcanzar esa gloria que se le pedía tomar, vio arder los ojos de Ancelot y creyó perder la respiración. Se dio cuenta, sí, de que él ya no la miraba a ella sino más allá. El Lord se apartaba en el último momento, impidiendo que la jinete tomara su lanza y permitiendo que simplemente pasara de largo. Y en la velocidad de su vuelo, Aries miró hacia atrás, alarmada, con un ‘mi señor’ que quería volver a desgarrarle la garganta pero no consiguió salir. Ni siquiera pudo exhalar.

Vio la embestida de la bestia, la lanza en su garganta, el polvo levantado con el estruendo de torres que se derrumban. Escuchó aquel gruñido ensordecedor, mensajero del último aliento de la criatura Wyvern, y entonces hubo silencio. O Aries creyó que fue silencio, porque ella ya no oía nada, sorda del mundo, salvo de su propia respiración que volvía a sus pulmones. Desmontó a Nívea sin apartar sus ojos bien abiertos de la humareda, todavía muda. Que gritaran los demás con esa voz que le faltaba a ella. Y dio pasos, cada vez más rápidos, hasta que una figura dibujada entre el polvo de la tierra los detuvo.

Ancelot emergía victorioso junto al cadáver del Wyvern, lanza en mano y un nuevo objetivo a la vista. Cojeó ligeramente, mas no necesitó ayuda para caminar. Tampoco la buscó. Sería él, líder del mundo y rey sin corona, quien clavaría justamente una lanza en el pecho del último jinete emergido, poniendo un punto y final a la batalla.


Se hizo entonces un nuevo silencio, uno más ruidoso bajo el sol de la mañana que pronto fue menos gris. Más sol y menos luna. Y fue extraño. Había un nuevo tronar en el corazón de Aries, cuyos ojos no podían apartarse de aquella imagen pintada por su señor; algo que asomaba tímidamente entre sus pulmones, aún sin nombre.

Un sonido les llamó desde las nubes. Ella alzó la vista para ver de un águila sobrevolando sus cabezas, libre en un cielo sin bestias ni tormenta, testigo del final de una pesadilla. Y fue el hermoso eco de aquella voz la llamada que finalmente la hizo reaccionar. Sus piernas volvieron a encontrar la fuerza que necesitaban para ponerse en marcha y correr, correr hasta situarse junto a Ancelot. Le miró por un instante con indescriptibles emociones en los ojos, con todo eso que ella no sabía nombrar y que quizás él sí. Tan sólo fueron dos segundos sin palabras; al tercero ella se giraría hacia su lanza para arrancarla de aquel cuerpo sin vida, y correr de vuelta a Nívea.

Montó sobre el lomo de la pegaso y ésta volvió a desplegar sus enormes alas blancas. Juntas volaron hacia la cima del torreón, donde ondeaba la bandera equivocada, la que nunca debió haberse izado en aquellas tierras. Aries clavó su lanza en una grieta del suelo de roca, retiró rápidamente la bandera enemiga, y colocó en su lugar aquel escudo por el que tanta sangre se había derramado aquel día. La bandera de la casa Levallois de Bern.

Entonces miró hacia abajo, hacia aquellos hombres junto a los que se le había permitido compartir el miedo y la pena. Les miró a todos y cada uno de ellos, cada uno con sus heridas y sus cicatrices, sus sueños y sus pesadillas, y esos mismos latidos que en aquel momento parecieron sonar al unísono, pues uno ya había alzado los puños con un grito de victoria, y otro le siguió, y otro y otro. Y las voces de unos cuantos soñadores se alzaron, una vez más, como las de cien. Brillaron sus ojos, brillaron ellos, vivos, vivos, porque la noche había sido larga y sus pasos, hoy, grandes. Y Aries, viéndoles así, creyó entonces darle nombre a una de esas emociones que le habían estado devorando el alma y robándole toda palabra.

El ardor de la euforia, experimentado por primera vez en su vida.


Spoiler:
((Tengo que decirlo. GRACIAS a los tres por esta pasada de escena, por todo el hype y los feels que habéis compartido conmigo. Afirmo estar ante uno de los mejores roles que he tenido nunca. Sois grandes, en serio, y no sabéis lo feliz que me hace estar construyendo esta historia con vosotros ;w;))
Anonymous
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Mensaje por Invitado el Miér Sep 20, 2017 12:08 am

[BGM]


No sabía si maldecir su suerte o aceptar aquel designo divino; uno de ellos debía morir, todas las señales apuntaban a ese precepto. Tampoco tenía una opinión beligerante en cuanto a estar postrado con un Vasyl claramente dividido. La vida parecía estar probando a la tropa Levallois, demandándole un trozo de su hueste. Ese era el problema de la carne, la limitación del saco de huesos que articulaba su pensamiento. La muerte era vil e infame, sí, y se encontraba en las esquinas de su cuerpo. Porque, ¿De quién sería la sangre que bañaría la flecha? Cuando la lanza se proclamó libre del agarre de la jinete y se incrustó en el lecho rocoso, un pozo pareció sondar su alma. Sus ojos vagaron buscando a Ancelot, cincel y piedra que esculpían su impotencia y su rabia. Si alguien debía morir hoy para merecer la victoria, que fuese él. Joder, que fuese él. Nadie le esperaba en casa, nadie le lloraría una vez que hubiese terminado esto.

-Si disparas esa flecha lo lamentarás, Kieran - Su Señor, coloso difuso entre mortales, asió el asta y esgrimió fuego con el helar de su lengua. - Estás temblando, y no voy a consentir que pongas en riesgo a ninguno de los nuestros. Baja ese arco.

El corazón de Ethan pareció volver a latir, sin saber cuándo se había parado. Sin embargo, el temblar de Kieran se congeló en el tiempo, y como la oveja que huye del carnicero, se notó cocear y mentir, revolverse en la mirada de quién se consideraba juez y verdugo, para finalmente dejar fenecer el arco en el suelo. La amenaza pareció controlar la disidencia, el libre pensamiento, el sacrificio y la mortaja del osado, él que no encontraba otra salida para evitar la masacre de alas negras.

Con un Kieran claramente dolido, el joven Levallois proyectó el nombre de la caballero y el jinete la vio descender. Lluvia dorada que mora en la tormenta, su respiración en pausa y el entumecimiento de los dedos que ansiaban la saeta. Entonces se grabaría en él la lección no escrita, el arte de la guerra, aquella opción que nadie creía posible y la sonrisa de Ethan contrastó con la sorpresa de su compañero. Porque... el peliblanco lo conocía, confiaba en él, había visto la determinación en sus ojos; aquel infierno que no traía justicia, mas si la promesa de una muerte. Y no sería la de Aries.

Cuando la pica atravesó la garganta del wyvern, Ethan se preguntó si aquel animal era culpable de los designios de su amo. Y entonces el eco de la duda revolvió su vientre, porque... de ser aquellos emergidos los súbditos de algún rey tirano, ¿Podría aplicar la misma moral en sus rostros? ¿Tendría la bondad y la imprudencia de concederles su lástima? El último latido enemigo cesó con el besar de una lanza. Ethan se sintió sucio, y liviano, y con el doblar de la felicidad palpitando en la herida de su torso. Habían sobrevivido. No podía creerlo. Su familia... Había sobrevivido.

Sus ojos se cerraron con el esbozo de una risa cansada. Ethan se imaginó volar y con el mismo batir de pestañas, se hizo la oscuridad.


[...]


'No estoy aquí para sembrar tu ira, ni tu gozo, ni el pesar de tus labios', un remolino le acogió en su seno, desconcierto y malestar de aguas heladas. 'Soy la Hoz que reclama la cosecha, espinas que hechas de tierra se alzarán hasta el cielo'. Ojos rojos y dientes afilados en el oscilar del abismo. 'Vendré a cobrar la promesa', escamas verdes de gracia en el relucir del averno. 'Será mío el acuerdo y tuya la sangre, no hay duda, con ella regaré la tumba de tus seres queridos'. La vio, querida y ansiada, la muerte.'Tres devoraré y tres caerán: Uno por amigo, uno por enemigo, y otro por familia'.
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Mensaje por Invitado el Miér Sep 20, 2017 6:37 am

Caer rodando, intentando frenar repetidas veces con la cara, no es el mejor modo de terminar… pero si con eso se termina vivo, es más que suficiente.

Cuando se detuvo, mareado, entre la humareda de polvo y el barro, ya no terminaba de tener claro qué era el cielo y qué era la tierra. Solo sabía que le dolía, tantas cosas que no sabría ni contarlas, que no sabría decir de qué no padecía. Pasaron pequeñas eternidades en las que no se enteró de nada de lo que acontecía a su alrededor. - Auch… - Su primera palabra… o intento de comunicación… Lo importante era transmitir que seguía vivo, que por muy hecho polvo que estuviera, saldría de aquella.

- ¿Estás bien, canijo? - Al principio le sonó como un desconocido, y eso que en el campamento estaban todos bastante diferenciados como para que alguien se confundiera con otra persona. Tardó un poco, pero al final lo logró… puede que un poco ayudado con verle la cara a esa persona con la que mantenía conversación. - ¿Garthe? - Pudo verlo, con menos detalles que de normal, con el pecho y los brazos arañados y cubiertos de tierra… aparte de unos cuantos desgarrones y cortes que parecían ser superficiales en aquel cuerpo firme e imponente. Y fue consciente…

- G...gracias… - Se le hizo muy extraño… No solo el estar hablando con él, si no el hecho de que Garthe hiciera algo por alguien distinto de Ancelot. Las únicas veces que lo había visto hablando en el campamento, era para dirigirse hacia su señor; lo cual explicaba el porqué se le hizo tan extraña su voz cuando se la ofreció. Voz que respondería. - Son para nuestro Señor. Él quiere una victoria y perder a un hombre es una derrota. Solo cumplí su voluntad. - Aquellas palabras transmitieron un sentimiento con cierto sabor agridulce, que se formaría en el interior de la mente del joven mago. “Vale, sí suena muy Garthe. Se acabó pensar que le caigo bien o que soy especial.

Todo en el campo de batalla parecía haberse quedado en calma, incluso en la mirada de Garthe podía intuirse aquello. ¿Se habría terminado el combate y él solo fue vapuleado por un emergido gigantesco? El guerrero se acercó, como si toda la carga física del enfrentamiento pasado no fuera más que un simple entrenamiento. Al lado del rubio, dejó salir un comentario de su boca. - Va a doler. - ¿Eh? - y entonces, Sorel lo entendió. Un quejido desgarrador le fue arrancado de su boca de un par de movimientos de manos fuertes y firmes. - No cargues peso en ese hombro. - añadió antes de retirarse calmadamente, dejando tirado en el suelo a Sorel, con una lágrima a punto de escaparse de cada ojo… pero pudiendo mover de nuevo el brazo izquierdo al reincorporarse, sin terminar de creérselo.

Aún le dolía el hombro, pero la mejora fue sustancial… bastó para darse cuenta con su recién recuperada mano lo mucho que le dolía la nariz o la mejilla izquierda con solo rozársela. “Pues menudo golpe que me dio ese gigantón…” pensaba mientras encontró el libro en el mismo sitio donde no llegó a recogerlo la vez anterior… otra vez desde abajo, con un escalofrío recorriéndole la espalda solo de pensar en lo que acababa de suceder, de lo que su familia logró evitar… y al rubio no le gustaría tener que repetir aquello. Sentirse como un cordero descarriado en mitad de ningún lugar, sin poder hacer nada aunque no hubiera nada que hacer. Ser una víctima indefensa, depender totalmente de los demás… La muerte quiso abrazarlo, pero otros dos hombres lo alejaron de sus gélidas manos.

No se atrevía a subir de nuevo, simplemente se quedó con la mano estirada hacia aquel grimorio que no alcanzaba, inseguro. Fue Blank, quien lo tomó en las manos. Una mirada al libro y otra al mago, y se lo dejó caer a su dueño. Ni una palabra, ni una sonrisa, ni un sonido al volver. ¿Cuándo había llegado él hasta allí? Nadie lo sabe, al mejor de los dos exploradores no hay quien lo descubra… Pero aún así, el mago no dudó. - Gracias. - Lo guardó junto a los otros libros, no sin antes sacudir toda la tierra que pudo de sus tapas y sus páginas, y puso rumbo hacia donde estarían los demás.

Su corazón se heló nada más salir de la zona baja del desnivel, al encontrar a una enorme criatura negra y escamosa tendida junto a él. Con sus ojos cerrados, la boca abierta mostrando aquellos mortíferos dientes, una poza de sangre que borboteaba coágulos oscuros con cierta pereza abierta en el cuello… - Así que esto es un wyvern… - Era el primero que veía, la primera vez que lo encontraba tan de cerca, con tanto detalle. Aquellas garras casi habían supuesto la muerte de tres personas en aquella batalla… y la suya era una de ellas. No pudo evitar llevarse la mano al hombro derecho, con aquel arañazo superficial. Si bien aquella criatura lo aterraba, lo fascinaba a igual proporción. Le costaba mucho apartar la mirada de su cuerpo cubierto de escamas, de aquellas alas que harían despegarse una casa del suelo, de aquella… “¿Y esto?” pensó, inmediatamente en cuanto vio un poco de fluido amarillo anaranjado, espeso y viscoso, fluir por debajo de la cola del gigantesco reptil. Se acercó, como el niño que en el fondo era en estas situaciones, cargado de curiosidad, a mirar… y encontró algo sorprendente. “¿Restos de cáscaras?... Entonces, eso amarillo era un huevo. Y por lo tanto… ¡estaba montando una dragona!” un razonamiento brillante, al nivel de cualquier niño de pueblo que haya convivido con gallinas un poco de tiempo, y con una trascendencia similar a saber que las pacas que se incendiaron eran de avena y cebada, no de alfalfa.

El rubio, contento y orgulloso de su descubrimiento avanzó lo más rápido que pudo para ir con el resto; aunque solo andando, no tenía fuerzas para correr. O eso se pensaba hasta que lo vio a él… tendido en el suelo, con los ojos cerrados, la piel más blanca de lo normal.

Se quitó la bolsa con los libros, la dejó caer al suelo mientras salía corriendo hacia el joven de pelo plateado, gritando su nombre una y otra vez. ¿Cómo podía haberse olvidado de él si se lanzó de cabeza al enfrentamiento en cuanto lo vio herido? Su cabeza simplemente no funcionaba, daba igual lo que le dijeran, no lo oía. Simplemente seguía llamándolo. - ¡Ethan! - una y otra vez, con todas sus fuerzas, negándose a creer que se marchara para siempre. No había otra palabra que supiera salir de su boca en aquel momento. “No me dejes… dijiste que estarías ahí… porque ahora éramos familia…
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Mensaje por Eliwood el Miér Sep 27, 2017 11:45 pm

Tema cerrado. 110G a cada participante.

Ancelot ha gastado un uso de su espada de bronce.
Ethan ha gastado un uso de su espada de bronce.
Sorel ha gastado un uso de su tomo de trueno.
Aries ha gastado un uso de su lanza de bronce.

Todos obtienen +2 EXP.

Gracias al aumento de experiencia, Ethan obtiene el primer skill de la rama Myrmidon:

[Campaña de liberación] Tambores de guerra [Ancelot, Ethan, Aries, Sorel] - Página 2 Desenvaine Desenvaine - Ataque realizado con el mango de la espada en lugar del filo, al desenvainarla. En lugar de herir, esta técnica sirve para atontar al enemigo y posiblemente paralizarle por un turno, pues al golpear el área del estómago le frena y quita el aire. Es especialmente útil en caso de no querer dañar a la otra persona.

Y Aries obtiene el primer skill de la rama Pegasus Knight:

[Campaña de liberación] Tambores de guerra [Ancelot, Ethan, Aries, Sorel] - Página 2 Salvador Salvador - Permite al caballero aprovechar su rápida movilización sobre pegaso, además del espacio extra sobre este, para retirar a otra unidad del campo de batalla. Una vez que esté con el caballero, al protegido no se le podrán dirigir ataques ni atención enemiga, pasando a ser indetectable, a la vez que se le considerará oculto en caso de tener un límite de espacio o necesitar ingresar a un sitio.

Se procede a su tirada gratuita del dado Suerte, cuyo resultado será la recompensa para todos.
Afiliación :
- LYCIA -

Clase :
Great Lord

Cargo :
Marqués de Pherae

Autoridad :
★ ★ ★

Inventario :
Vulnerary [1]
espada de acero [5]
.
.
.
.

Support :
Marth [Campaña de liberación] Tambores de guerra [Ancelot, Ethan, Aries, Sorel] - Página 2 Iwzg0SR
Lyndis [Campaña de liberación] Tambores de guerra [Ancelot, Ethan, Aries, Sorel] - Página 2 JEIjc1v
Nils [Campaña de liberación] Tambores de guerra [Ancelot, Ethan, Aries, Sorel] - Página 2 JEIjc1v
Izaya [Campaña de liberación] Tambores de guerra [Ancelot, Ethan, Aries, Sorel] - Página 2 JEIjc1v

Especialización :
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Experiencia :
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Gold :
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Mensaje por Narrador el Miér Sep 27, 2017 11:45 pm

El miembro 'Eliwood' ha efectuado la acción siguiente: Lanzada de dados


'Suerte' :
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Support :
None.

Experiencia :
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Gold :
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