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[Campaña de liberación] Tambores de guerra [Ancelot, Ethan, Aries, Sorel]

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[Campaña de liberación] Tambores de guerra [Ancelot, Ethan, Aries, Sorel]

Mensaje por Ancelot Levallois el Sáb Sep 09, 2017 11:35 am

El astro rey asomó tras las colinas del horizonte, anunciando una nueva mañana que sería distinta a todas las demás. Se acabaron las puestas a punto, las conjeturas y los sueños; comenzaba el auténtico sendero hacia la gloria, aquella que les había esperado desde que su casa cayera en desgracia. Ancelot quería estar presente para saborear ese cambio que se notaba en el aire, en la vibración de su corazón y en el impulso de su sangre. Quería ser el primero en sentir los rayos de sol acariciando su piel, quizás temiendo no volver a ver ningún nuevo amanecer. Había despertado realmente temprano y se situaba en la periferia del campamento, armado y embutido en su reluciente armadura, porte estoico y mirada clavada en la lejanía de un horizonte naciente. El cielo aún se decidía entre el crepúsculo y el alba, y el lienzo pintado en la bóveda mostraba una preciosa combinación de tonos anaranjados, dorados y violáceos. Así comenzaba su triunfante andadura, tal y como imaginó en el mejor de sus sueños.
Tres soles con sus tres lunas habían transcurrido. La puesta del cuarto traía consigo un olor diferente; se respiraba en la brisa que se mecía por la estepa. Ancelot creyó imaginar en su dulce aroma el embriagador gusto de la sangre, y su lengua, tímida como una muchacha de la corte, se deslizó suavemente por la comisura de sus labios.

Mi Señor —Garthe apareció a su espalda, inseparable. Era su escudo protector, el hombre que salvaguardaba la integridad del heredero de los Levallois—. ¿Doy el aviso a los demás?

El lord entrelazó las manos a la espalda. Se había preparado para la ocasión con todo lo necesario, capa anclada a los hombros inclusive. Él ya estaba listo, pero no deseaba apurar a sus hombres más de la cuenta. Apiadarse de aquellos que seguían sus pasos era también el deber de un noble de su talla.
Negó débilmente, aunque Garthe pudo apreciar el gesto dada su atención. La figura de Ancelot resaltaba majestuosa, contorneada por los primeros haces de luz, y daba la impresión de ser un auténtico líder.

La mayoría ya estarán despiertos. Dudo que hayan podido dormir mucho esta noche —se mantuvo allí, estoico, como una bandera clavada para anunciar su presencia. Sobrecogedor—. Dales un par de minutos más, no tardarán en aparecer.

Como deseéis —se inclinó su fiel vasallo—. Ensillaré vuestro caballo de mientras, mi Señor.

Un leve asentimiento bastó para que el hombre se retirase tras su servicial ofrecimiento. Ancelot no miró atrás; los pasos del guardia fueron indicio suficiente para asegurarse de que Garthe se alejaba en la dirección que él mismo se había impuesto, dejando al moreno en la soledad de sus pensamientos. Él tampoco había dormido mucho esa noche, incapaz de conciliar el sueño imaginando los gritos en mitad de la batalla. Para el noble era su primera aproximación real a una guerra, y en su condición de líder, debía comandar una pequeña escuadra para empezar a demostrarle al mundo que su huella, por muy diminuta que aún fuera, estaba por crecer.
No tenía miedo; no temía al cruento y feroz abrazo de la contienda. Al contrario. La idea le entusiasmaba, le estimulaba. Quería sentir el peligro burbujeando en sus venas; quería experimentar la intensidad de una victoria. En su mente, una batalla sólo se concebía como un triunfo. Sabía que no podría descubrir el amargo sabor de la derrota, pues en su vocabulario no existía lugar para la retirada o el abandono, no hoy. Hoy era ganar o morir.

Y ya se sabe  que los muertos no padecen.
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Re: [Campaña de liberación] Tambores de guerra [Ancelot, Ethan, Aries, Sorel]

Mensaje por Aries Rondo el Sáb Sep 09, 2017 2:41 pm

Con los primeros y más tenues rayos de sol, la Caballero Pegaso se encontraba fuera de su tienda, arrodillada en un rincón. Dedos entrelazados y ojos cerrados; parecía sumida en una plegaria.

-Santa Elimine… –rezaba en un susurro, apenas brisa-. Hoy, en el día más importante de mi vida, permíteme ser tan justa y tan valiente como mi destino exige. Permite que mi sangre sea fría y mi corazón de acero. Que mi lanza no tiemble, ni mis aliados sientan temor a mi lado. Y si caigo, acepta mi sacrificio como una ofrenda. Para Ti… y para él…

Permaneció un momento más así, en silencio, sin cambiar su posición ni abrir los párpados. Había dormido lo justo esa noche, pero no se encontraba cansada. Estaba demasiado despierta, de hecho; demasiado inquieta. Frunció ligeramente el ceño en su plegaria, apretó un poco más sus manos entrelazadas. Algo dentro de su pecho parecía querer tragárselo todo. Un gigante se acercaba y no sabía si estaba preparada, si acaso toda instrucción que había recibido desde el día de su nacimiento bastaría hoy. Sabía que no podía tener dudas, ni podía tener miedo. No debía, no podía, no debía.

-Santa Elimine… –volvió a susurrar, su tono más angustiado, como si deseara agarrarse a los pies de la diosa. Inhaló profundamente, exhaló. Y recordó esas tempestades de nieve que en más de una ocasión la sorprendieron por los blancos bosques. Y recordó el miedo de la primera, el respeto de la segunda, y la seguridad de la tercera. Y es que, es en las más oscuras horas…

-Es en las más oscuras horas… cuando los justos son más justos, y los valientes…

Más valiente. Así creyó alzarse Aries tras terminar su rezo. Se giró con unos pocos pasos, y su rostro endurecido mutó a una expresión más dulce al acercarse a Nívea, aunque no hubiera sonrisas ese día. Acarició una mejilla de la pegaso, acercó su frente a la otra.

-Voy a cuidarte –Otro susurro, otro pequeño secreto para su única compañera en tierra de extraños-. Por favor, cuida de mí.

Y al separarse de ella, Aries se colocó su casco, tomó firmemente su lanza y se preparó para marchar con gesto serio. El mundo estaba despertando. La guerra no esperaría mucho más. Caminó por un campamento silencioso en su mayor parte, hasta divisar en la distancia una figura por la que siempre, siempre detendría sus pasos. La espalda de su Señor. Solitario, Ancelot parecía mantener la vista fija en el horizonte, en ese precioso cuadro que el cielo pintaba para todos ellos, valerosos sacrificios de reyes. La joven jinete exhaló, entrecerró ligeramente los párpados y se preguntó: ¿Tendría miedo él? Y al perderse como se perdía en el firmamento, en ese más allá que a todos esperaba, ¿vería él la gloria, quizás…, o la muerte?

Unos pasos más terminaron colocándola a una distancia prudente tras el noble.

-Mi señor… -le llamó con los ojos fijos en su espalda; su primera prueba de valentía, que superó sin titubear. Tenía una pregunta para él. La había tenido desde hacía dos lunas, y necesitaba darle forma antes de ver correr la sangre. Porque, él…- ¿Creéis que la muerte es vil e infame?

Porque él era, quizás, la pieza que le faltó a sus plegarias. La voz que precisaba escuchar. La respuesta a todo...
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Re: [Campaña de liberación] Tambores de guerra [Ancelot, Ethan, Aries, Sorel]

Mensaje por Ethan Laskaris el Dom Sep 10, 2017 1:10 pm

No fue el sol ni el incesante nerviosismo bajo la lengua lo que le despertó. Tampoco fue el sonido de las aves o el cargar del metal, no fue nada de eso. Ethan abrió los ojos como el que ve nacer el mundo y un resplandor rosáceo lo saludó de vuelta. Notaba el peso de dos vidas en sus párpados y el ansia de sus dedos por encontrarlos. ¿Estaba vivo? Se había sentido morir en el sueño, en esas visiones de guerra y de sangre.

- ¡Ethan! ¡Ethan! ¡Despierta! - Una piedrecita encontró el camino hasta su pie, un gesto tan suave como ineficaz de haber seguido dormido. - ¡Nos vamos!

Ethan encontró los ojos de Sean con una tímida Dulcinea a su lado, tenía los labios apretados y el sonrojar del que no descansa por las noches. En su mirar encontró la razón para erguirse, para bajar de las templadas ramas de Lycia y caminar con su familia hasta el frío desnudar de Bern.

- ¿Qué tan tarde es? - Le contestó mientras tocaba tierra. Se acercó con la decisión del patíbulo, del que se ahoga en la soga antes de posarla en su cuello. Una caricia a la yegua castaña y otra a ese pelo enredado de él.

- N-no lo sé, te estaba buscando, creo que el resto se está reuniendo con nuestro Señor. Está todo cargado ya, faltan un par de rezagados...

Ethan esbozó una sonrisa, como el deslizar de la pluma sobre el papiro, rápida y despreocupada. Y entonces vio esa cabellera rubia, la más corta, la que sólo se consigue al tostar el trigo en verano. No sabía qué estaba haciendo, pero podía verlo en la lejanía, ese caminar inquieto del mago. No era su primera batalla, por lo que le había contado Ancelot, ya había visto el perecer y el arrastrar, el temblar de los cuerpos bajo la legión sin rostro. ¿Cómo era capaz de servir? Los dioses, tanto los nuevos como los viejos, sabían cuánto le costaba a él marcharse de allí. Pero tenía que hacerlo, su muerte tenía que significar algo o los habría perdido por nada.

- Sean, yo... - El pequeño, el más joven, le dio una palmada en la espalda y su labio tembló en una mueca de felicidad.

- Ve, Dulcinea y yo te esperamos con los demás.

Ethan asintió y dirigió su rostro al nuevo integrante de la partida. A Sorel, el superviviente, el mago, el que volvería a caminar sobre la muerte. Le dirigió una mirada de aprecio y orgullo, de pena e incomprensión, del que comparte el mismo destino.

- ¿Estás bien...? - Le asaltó, a modo de saludo. - Tiene que ser difícil volver a la batalla.


Última edición por Ethan Laskaris el Dom Sep 10, 2017 9:01 pm, editado 1 vez
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Re: [Campaña de liberación] Tambores de guerra [Ancelot, Ethan, Aries, Sorel]

Mensaje por Sorel el Dom Sep 10, 2017 3:53 pm

El sol había salido ya. El ajetreo en el campamento iba in crescendo. - Venga… - dijo el joven de la compañía, viendo como el joven rubio tenía la cabeza enterrada entre la sábana. Le dio un par de palmadas en la espalda, recibiendo un pequeño movimiento en respuesta. - Sorel, espabila… Que todos los demás ya están listos. - terminó sacudiéndolo, hasta que el rubio medio entreabrió los ojos. - Déjame… sólo un ratito más… - comentó un Sorel aún medio durmiente mientras intentaba escaparse de nuevo hacia la sábana.

Un pequeño encuentro para ver quién era más perseverante. Ganó Vasyl desde el mismo momento en el que lo sacó de la cama y lo tiró en el suelo, sobre la hierba y la tierra firme. Un auch salió de su boca, mientras se reincorporaba frotándose la cara para quitarse el polvo. - ¿Pero qué pasa? - preguntó de un bostezo. - Que salimos ya, date prisa. - Como si le hubiesen dado con una campana junto al oído, se enderezó con rapidez. - ¡¿Cómo?! ¡E-en seguida estoy! - y se puso a recoger sus libros en el macuto, ponerse la capa y las botas. - Estaremos con los demás. - añadió señalando a su hermano en el exterior para alejarse. Ellos sí llevaban un rato preparados.

Tardó un poco, pero una vez que se aseguró de no dejarse nada, salió corriendo hacia fuera. Lo cierto es que en dos días uno no se aprende el campamento así como así, ¿sabes? El rubio no era una excepción… y eso que cuando no pudo dormir la noche anterior, y la anterior, se dedicó a darse una vuelta por él. Pero el mundo nocturno es otro totalmente distinto del iluminado por el astro rey. - Pero… ¿a dónde han dicho que iban? - se preguntó mientras intentaba recorrer todos los trayectos con la mirada. Al final, empezó a caminar abrazado a su tesoro, a la búsqueda de una pista. “Espero que no suceda otra vez...” pensaba con un temor que le secaba la garganta (porque los ronquidos de sus últimas horas de sueño no tuvieron nada que ver, nada de nada...).

Al final, terminó encontrando una cara conocida, y fue hacia ella con una sonrisa… o mejor dicho, ella fue hacia él. - ¿Estás bien? Tiene que ser difícil volver a la batalla. - Unas palabras que le cambiaron la cara en cuestión de un instante. Con el ajetreo mañanero parecía habérsele olvidado qué era lo que sucedía hoy… una de las causas que lo tuvo en vela hasta un momento indefinido de la noche. - La verdad… es que de los nervios no he pegado ojo. - Si Vasyl o su hermano hubieran escuchado aquella conversación, seguramente habrían añadido un comentario del tipo “Pues tus ronquidos bien que dirían lo contrario..” El joven mago, aún se frotaba los ojos con cierta frecuencia entre algún que otro bostezo… toda la luz de la mañana le molestaba un poco. - ¿Y tú qué tal has pasado la noche?... ¿Estás preparado para lo de hoy? - esta última pregunta la hizo perdiendo fuerza, bajando la mirada… No sabía cómo podría interpretarlo el otro, pero realmente necesitaba escuchar de alguien que no era el único nervioso.
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Re: [Campaña de liberación] Tambores de guerra [Ancelot, Ethan, Aries, Sorel]

Mensaje por Ancelot Levallois el Dom Sep 10, 2017 4:26 pm

Respiraba la brisa mañanera y los pulmones se le llenaban de orgullo e impaciencia. Podía diferenciarlas. Dispares sensaciones pero igualmente entrelazadas, una ambigüedad tan real como su propia existencia. Había un cosquilleo besando su piel bajo la armadura, pero no era la brisa, ni tampoco su imaginación. Era un hormigueo del que ni la más férrea coraza podía protegerle. ¿Nervios? ¿Miedo? ¿Emoción? No podía averiguarlo.
Pero algo estaba claro en ese redil de huellas difusas. Esa mañana, Ancelot se sentía implacable, y notaba que sus sentidos estaban verdaderamente despiertos. Porque escuchaba los gritos. Porque olía la sangre. Porque palpaba el acero. Porque saboreaba la victoria y porque veía la gloria. Quizás hoy muriese, joven y destinado al olvido. Pero ahora... ahora estaba más vivo que nunca.

Mi señor… —la voz de Aries sonó a su espalda, ocupando la suficiente distancia como para no ser considerada intrusiva. Para Ancelot, aquella profunda meditación que le confería la soledad era un importante remanso de paz. Pero la voz de Aries no traía el caos consigo. Traía poesía y belleza—. ¿Creéis que la muerte es vil e infame?

Aries era como una niña, una niña a punto de jugar a la guerra. Toda la vida preparándose para algo a lo que ni siquiera podía dar respuesta, segura de su destino. Y ahora que por fin se acercaba al ansiado umbral que le permitiría descubrirlo, las preguntas aparecían ante ella. Es normal: los niños se hacen preguntas que no siempre pueden contestarse. ¿Podía acaso Ancelot culparla de intentar averiguar el simbolismo de algo tan oscuro como la muerte? No, por supuesto que no.
Su capa se meció irregularmente, siguiendo los designios del viento. La inmóvil figura del Lord, sin embargo, sólo fue solemne de espaldas a ella. Si trataba de ver su rostro, adivinaría una sonrisa sorpresiva y perpleja, tan sutil como la caricia de una madre. Aquella pregunta le pilló desarmado y desnudo, y ahora se convertía en una feroz bestia a la que debía combatir con los dedos de las manos. ¿Cuántas veces se había formulado semejante respuesta?

Para su suerte, ya creía conocerla.

¿Es eso lo que crees de la muerte? ¿Crees que es vil e infame? —cuestionó con voz plácida, pretendiendo ser escuchado incluso de espaldas a ella. Sus manos continuaban entrelazadas tras la capa ondeante—. La muerte es el terror del vigoroso y el anhelo del moribundo. Es el pincel del asesino y el arma del artista. Puede ser vil e infame, es cierto, pero también puede ser piadosa y honorable. Puede ser un castigo o un remedio. Una encerrona... o una salida. La muerte tiene cientos de nombres, pero sólo uno de ellos la define de verdad —se giró entonces sobre sus pasos, buscando con el glacial de su mirada aquella figura hecha de nieve. Su esperanza—. Es auténtica, Aries. Mientras que la vida está llena de mentiras, la muerte es sincera. Cuando viene a por ti, jamás te engaña —y se acercó un poco más a ella, quedando próximo, tanto que creyó escuchar el retumbante tronar de sus latidos—. Al final la muerte es tan sólo un punto de vista, así que no dejes que nadie te diga cómo definirla. Ni siquiera yo puedo hacerlo. Es algo que sólo tú puedes decidir —se atrevió a regalarle una sonrisa, mientras la incitaba a contemplarle con un dedo amable bajo la barbilla—. Imagínala... y simplemente, será.

Se perdió el tacto, la mirada y la respiración. Ancelot ya había esperado demasiado. Sabiendo que la hora apremiaba, comenzó a caminar en dirección contraria a Aries, dándole la espalda tras cruzarse con ella. Que la soldado estuviera lista significaba que los demás hombres ya debían haber comenzado a prepararse.
Si Aries no hacía nada por impedirlo, la figura de su Señor terminaría perdiéndose en la lejanía, silenciosa como un secreto bien guardado.
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Re: [Campaña de liberación] Tambores de guerra [Ancelot, Ethan, Aries, Sorel]

Mensaje por Aries Rondo el Dom Sep 10, 2017 6:43 pm

La primera respuesta no tardó en dejarse escuchar. Emergió de labios de Ancelot en forma de otra pregunta, y fue precisamente ese tono que el joven empleó, calmado y paciente, lo que la salvó de sonar como una acusación. Ancelot no era una persona demasiado cercana, pero había demostrado saber tratar a sus soldados con respeto, prestándose a escucharles.

-¿Es eso lo que crees de la muerte? ¿Crees que es vil e infame?

-¡No, mi Señor…! -se apresuró ella en responder, claramente preocupada por haber transmitido el mensaje erróneo. Ella, que desde el día que nació se había preparado para recibir a la muerte como la pieza final que daría sentido a toda una vida, no podía interiorizar por completo las palabras de Ethan. Le confundían. Incluso le preocupaban. Bajó ligeramente la cabeza, hablando con menos urgencia esta vez-. No me han enseñado a temer a la muerte, mi Señor. Pero admito que es… algo que a mí todavía no me ha arrebatado nada –confesó la gran diferencia entre Ethan y ella, honesta. Algunos, simplemente, tenían mucho que perder.

Ancelot no se giró para mirarla. No todavía. Dejó que el sonido de su capa ondeando en el viento llenara el silencio por un instante más, antes de ofrecerle una verdadera respuesta; una parte de sus pensamientos, como noble y hombre de guerra que mucho había perdido ya en manos de esa compañera llamada muerte. Y al hablar de ésta, Ancelot no quitó la razón a Ethan, mas tampoco se la robó a Aries. La muerte, según el joven Lord, tenía el poder de ser tan horripilante e indeseada como bella y piadosa. Honesta, en toda su posible crueldad, e incluso, a veces, más fácil de lidiar que la propia vida. Y en la mente de Aries, cada palabra sonó a verdad. Fue como ver los copos de nieve caer, como respirar el aire gélido y familiar de Ilia. Y se abrieron un poco más sus párpados con ese brillo diferente en los ojos, pues por primera vez desde que saliera de aquel que llamó su hogar, Aries sentía que una persona la comprendía. Que todo volvía a cubrirse de sentido.

Cuando Ancelot se acercó, volvió a encontrarse con ese rostro joven que apenas podía parpadear en su presencia, semblante paralizado por una extraña e innombrable fascinación. Esta vez él buscaría el mentón de la soldado con el frío tacto de su guantelete, como una dulce petición. Que no apartara sus ojos celestes de él, que le observara pronunciar cada regalo hecho palabra, pues aquellas eran para ella y sólo para ella. ‘Imagínala… y simplemente, será’, dijo, sentenció, grabó, con la sabiduría de esos mil años que le faltaban. Y así sería.

Y Aries, criada entre lanzas y armaduras, no supo cuándo hizo más frío, si al notar el guantelete de su Señor sobre la piel, o ahora que ya no podía sentirlo más. Él marchaba en dirección al campamento, listo para la batalla venidera. Había llenado otro corazón de sangre, de fuerza, y ya sólo quedaba marchar. La soldado quedó con la mirada al frente, hacia ese horizonte en el que los ojos del Lord se habían perdido hacía un momento; allí, donde la muerte mora y espera. Jugó a imaginar lo que él, y entonces se giró para vislumbrar esa espalda que poco a poco se alejaba con oculta expresión, y esos hombros que seguían firmes aunque ningún otro soportara tanto peso.

Inhaló, exhaló. Y, endureciendo su expresión para ser más caballero que niña, también ella terminaría girándose hacia los pasos de Ancelot. Iría tras él, en la distancia, a su espalda. Donde siempre debía estar.
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Re: [Campaña de liberación] Tambores de guerra [Ancelot, Ethan, Aries, Sorel]

Mensaje por Ethan Laskaris el Lun Sep 11, 2017 12:46 pm

[BGM]


El semblante de Sorel se marchitó y Ethan imaginó el caer de pétalos de sus labios. Era normal que no hubiera dormido, a decir verdad, creyó ser de los pocos que habían conseguido pegar ojo, aunque a qué precio. Cuando él le devolvió la respuesta, ya tenía la sonrisa preparada, una triste y llena de polvo.

- No creo que haya nadie preparado para esto. - Se condenó, no sabía si hacía bien en decirle la verdad, pero ya no podía retractarse. Cogió aire y su voz se tornó brisa, suave y cálida. - Llevo esperando este día desde... desde hace mucho. Y aunque hubiese pasado otro año, una década, un siglo, no creo que pudiese alzar la vista sin preguntarme qué hice mal. - Tragó saliva y clavó sus ojos de miel en un turquesa revuelto, en un paladeo de azar. Llevó su mano al pecho del mago y colocó la palma en su zurda. Podía sentir el batir de alas de un pájaro, de su jaula de paja y acero. Entonces habló. - Pero no temas... - Susurró. - Si tus dedos tiemblan en batalla, o si tu grimorio se rompe, estaré ahí. - Los ojos de Ethan sonreían, un pozo de pesar y otro de calma. - Te protegeré con mi espada. - Sintió el reptar del fuego donde se fundía su tacto. Su piel ardía, y la de Ethan quiso quemarse con él. - Al fin y al cabo, ahora somos familia.

Separó su roce y esperó. Esperó que aquella promesa calmara lo que la guerra había roto. Muchos podían morir hoy, y sabía que no sería capaz de protegerles a todos, pero necesitaba hacerlo. Necesitaba darle la seguridad que él no tenía. La de que su espada se cobraría un ejército aunque sus piernas se quebraran. Que su Señor era astuto y quería lo mejor para ellos.

Miró hacia el tumulto, donde parecía reunirse el campamento y supuso que Ancelot estaría allí. Que le daría un discurso digno de un noble, y Ethan tendría que despedirse de sus caras, por si el destino le impedía verlas mañana.

- Vamos, Sorel. - Musitó con aprecio. Ya no había celos, ni rabia, era su igual. Otra manzana mordida de guerra. - Nos están esperando.

Pudo entrever el temblar de Sean y el erguir de Dylan. El ceño perpetuo de Kieran, la complicidad de los hermanos, el resaltar de Garthe y la voluminosa coraza de Ambrus. Allí estaban los caballos, y a su lado debería lucir Durren. Ethan caminó hacia el círculo, pausado, y aunque no podía obligarle, esperó que su compañero le siguiera.

Un último pensamiento cruzó su mente, ¿Estaría ella allí? ¿Vería en sus mejillas el dolor del difunto o la abnegación del soldado? Y de ser así, ¿Sus ojos enmarcarían el mar o el cielo?
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Re: [Campaña de liberación] Tambores de guerra [Ancelot, Ethan, Aries, Sorel]

Mensaje por Sorel el Lun Sep 11, 2017 5:44 pm

Conforme escuchaba a su compañero, sentimientos encontrados se forjaban en su interior. Si bien hizo aflorar parte de su inquietud hasta su piel, por otra parte parecían cautivarlo aquellas palabras… ¿Quién podía esperar algo así? Algo que no trae más que la desgracia y la infelicidad a quienes se regodean con ella… la guerra, la muerte. No apartó en ningún instante sus ojos azulados de la cara del otro joven de cabellos claros como las nieves. Su voz, cálida como las primaveras tardías en el convento, le reconfortaba de cierta manera. Puede que no hubieran empezado con el mejor pie aquel día hace dos lunas, pero a diferencia de los demás, había algo en Ethan que lo hacía confiar.

Se llevó una pequeña sorpresa cuando la mano de la mano derecha de su señor fue postrada sobre su pecho, sobre su corazón. Un tacto cálido, como el sol de la mañana, amable como el posarse de una paloma. Cuando su mano se detuvo allí, simplemente él no tenía ni idea de qué hacer, qué decir… Su mirada se cruzó, se mantuvo, como deteniendo por un instante el mundo y las prisas. Hasta que unos susurros penetraron en su interior con la fuerza de una cascada y la suavidad de un arroyo recién nacido. - No temas… si tus dedos tiemblan en batalla, o si tu grimorio se rompe, estaré ahí. - Pese a la calma que portaban, esa voz lo hizo estremecerse por completo en su interior, con todo recién revuelto. Era justo lo que necesitaba. Simplemente abrió aún más los ojos, sosteniendo la mirada de miel sonriente que le transmitía serenidad.

- Te protegeré con mi espada. - Una promesa. - Al fin y al cabo, ahora somos familia. - Un motivo. En conjunto, una esperanza capaz de desterrar la mayor de las oscuridades. Estaba en una circunstancia particular… si bien no se habían marchado los nervios y las preocupaciones, las palabras de Ethan parecían dejarlas en segundo plano, escondidas tras un velo de conveniencia.

Cuando quiso darse cuenta, sintió un frío abandonado en su pecho… El contraste fue como pasar del verano al invierno en solo una noche. Puede que no fuera el mejor momento ni la mejor circunstancia, pero no pudo evitar agradecérselo con una sonrisa algo nerviosa cuando el otro inició el camino. - Ethan… esto… ha significado mucho para mí… yo… - Puede que estuviera con la mirada baja, pero no pudo contenerse y lo abrazó, como si buscara el calor en mitad del invierno, como el que se aferra a la esperanza cuando todo a su alrededor se pierde; enterrando sus dedos entre la ropa del otro. - No sé cómo podré agradecértelo… De verdad. ¡Cuenta conmigo para lo que sea! - añadió, como si se hubieran recargado sus baterías. - Vamos, que como tú bien dijiste, nos están esperando. - añadió mientras fue tirando de él hacia el resto de la compañía.
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Re: [Campaña de liberación] Tambores de guerra [Ancelot, Ethan, Aries, Sorel]

Mensaje por Ancelot Levallois el Miér Sep 13, 2017 9:02 am

Cuando Ancelot se adentró de nuevo en el campamento pudo reconocer a muchas caras que ya pululaban por él. Los hombres a su servicio ya habían comenzado a congregarse sin necesidad de que nadie les llamara, tal y como él había informado con anterioridad. Eran muchachos ordenados, y aunque no tenían la disciplina de un ejército real, guardaban cierta armonía a la hora de formar, algo que hacía las cosas mucho más sencillas para el joven heredero Levallois. La mayoría de los presentes ya estaban listos, aunque algunos todavía se encontraban preparando lo básico y necesario para el viaje; armas, provisiones y agua. En el establo, los caballos ya estaban listos y ensillados. El ambiente en el campamento normalmente era jovial, alegre y risueño, pero esa mañana el silencio devoraba las palabras y una sensación de intranquilidad flotaba en el aire. Todos habían respondido a la cita pese a albergar miedo en sus corazones, y eso decía mucho de ellos, de sus deseos y de sus ansias de libertad.
Ancelot no era el hombre más cercano del mundo, pero sus súbditos confiaban en él y seguían su espalda, y a la hora de la verdad estaban allí para probarlo. ¿Lo hacían por orgullo, respeto o miedo? Lo cierto es que al Lord le era indiferente; poco importaba si caminaban tras él por el honor de servirle o por el deseo de venganza. Lo importantes era que, al final, él los guiaba y ellos se movían. Y mientras eso continuara siendo así, las posibilidades de éxito seguirían intactas. Porque Ancelot confiaba en sí mismo, pero también confiaba en los demás.

Los últimos en llegar fueron Ethan y Sorel, que aparecieron juntos con un ánimo visiblemente más positivo que el resto de sus compañeros. Seguramente habían hablado, y por cómo conocía a Ethan, Ancelot tuvo claro que éste debía haber infundido coraje. Les miró por un instante, pero no pareció increpar su reciente llegada; en su lugar les dedicó una leve sonrisa de agradecimiento. Fuera cual fuere el motivo que les hubiese revitalizado, le gustaba verles así.

Formad —los miró a todos, y su voz se impuso a esa ausencia de ruido que perduraba desde la noche anterior.

Puede que todos le siguiesen, pero Ancelot necesitaba más que nunca a hombres seguros de sí mismos, soldados que creyeran en su causa. Poco importaba todo lo que habían soportado si simplemente los conducía hacia su final; debían elevar los ánimos y eso era también su responsabilidad y su cometido.
En ese momento, el Lord escuchó el agradable paso de unos cascos a su espalda. Cuando se giró, Garthe sostenía las riendas de un hermoso corcel negro, alto y fuerte como ningún otro. Era un animal magnífico, cuya crin oscura se mecía casi con tanta elegancia como la suya propia. Incluso para los que jamás lo hubiesen visto debía de ser fácil averiguar que se trataba del caballo del Lord. Había sido un regalo de su padre por su mayoría de edad, y aún tras todo este tiempo, el corcel atesoraba tan sólo ocho años a su espalda, por lo que todavía podía considerarse como un animal joven y enérgico. Se llamaba Tormenta. En cuanto Garthe le entregó el ronzal a su señor, éste amansó el leve nerviosismo que mostraba con una amable caricia en la zona frontal del su hocico. El animal se relajó visiblemente, y fue el momento que el Lord aprovechó para, finalmente, montarlo.
Ancelot se subió a su caballo y lo espoleó suavemente para conducirlo hasta donde la pequeña tropa se agrupaba, con Garthe ya sumado al pelotón. Su presencia hizo que todos los presentes se colocaran en posición, tal y como él había pedido recientemente. En silencio, observó sus caras, mientras se ladeaba de un lado a otro a lomos del corcel.

Sus hombres le necesitaban a él, y él los necesitaba a ellos. Era el momento de intervenir.  

Estáis asustados. Lo sé —comenzó diciendo, calmo pero alto, imponiéndose al silencio—. Veo el miedo en vuestros ojos y no puedo culparos por ello. La mayoría de nosotros ya ha conocido al enemigo al que nos enfrentamos, y todos sabemos que no se contendrá a la hora de intentar aniquilarnos —desde la privilegiada altura que le concedía su caballo, Ancelot se mostraba como una figura poderosa, llena de vigor—. Sois muchos los que, junto a mí, os visteis obligados a huir de nuestro reino el día que los Emergidos aparecieron —su voz todavía no se alejaba de ese tono impersonal que solía atribuirse, pero se leía una determinación distinta en su mirada. No pretendía sermonearles; era un discurso alentador—. Seguro que no habéis olvidado el hosco clamor de sus tambores de guerra ni el temblor de la tierra a su paso. Seguro que todavía soñáis con aquel día, recordando la primera llamada de alerta y el último grito de retirada. Y lo hacéis, no me cabe duda, porque no podéis evitar pensar que en ese preciso instante todas vuestras vidas cambiaron. Nos arrebataron nuestro pasado, nuestra familia, amigos y hogar. A todos nos quitaron algo que apreciábamos —Tormenta se agitó tímidamente, pero el Lord lo amansó con una maestría impropia—. Pensábamos que nuestras montañas eran insondables y nuestros muros infranqueables, y nuestra confianza se convirtió en nuestro verdugo —frunció el ceño—. Pagamos el precio de la arrogancia con creces, y sin embargo, aquí estamos. Aquí seguimos. En pie. ¿Cuántos pueden decir lo mismo?

Pausó unos segundos, unos instantes que aprovechó para cerrar los ojos y ver en sus recuerdos aquel fatídico día. Su única derrota, la única mancha que figuraba en su impoluto historial. Sabía que no volvería a perder, que esta vez sería triunfar o morir. Cuando abrió de nuevo los ojos, el arrojo de mil hombres se reflejó en el brillo cobalto de su tajante mirada.

Somos sólo unos pocos —apuntó—. Unos pocos hombres asustados que han sido capaces de sobrevivir al infierno del exilio. Unos pocos hombres asustados a los que se les ha dado la posibilidad de recuperar lo que les pertenecía. La oportunidad de traer un nuevo amanecer, de cambiar el futuro —su voz comenzaba a aseverarse, a mezclarse con la determinación de su mirada y la pasión de su corazón—. ¿Acaso pensáis desperdiciarla? ¿Tenéis idea de cuántos han tenido que caer para que hoy estemos aquí? ¿De cuántos se cambiarían por nosotros? —la prédica se había vuelto ardiente como el fuego. Incluso Tormenta apremiaba el paso, como si la voz de su amo le impacientara y deseara cabalgar hacia su gloria—. Somos la esperanza de un pueblo que muere lentamente. El miedo que hoy sentimos no es un castigo. ¡Abrazadlo, pues es un privilegio!

En un arrebato entusiasta, con la necesidad de extender su vehemente voluntad ante aquellos hombres, Ancelot desenvainó su espada, y la hoja silbó como si hubiese sido capaz de arañar el mismísimo diamante. Se alzó el filo, como un sendero hacia los cielos.

No imaginéis, soldados de Bern. No recordéis. ¡No soñéis! —bramó con fuerza—. Dejad esas ocupaciones para mañana, cuando celebremos —se giró sobre su corcel, y la capa oscura se meció con tanta clase que hasta habría quienes dirían que podía controlarla con su mente. Ahora los ojos de Ancelot se posaban en las montañas tras la estepa, la cordillera que encerraba a Bern entre huestes enemigas—. Seguidme hoy, amigos, pues el pasado es historia. ¡Cabalgad conmigo! ¡Venid! ¡Venid a luchar o a morir a mi lado, pero venid! —se viró de nuevo para ver los ojos que ahora mostraban sus súbditos, y deseó encontrar en ellos el fuego—. ¡Construyamos juntos el amanecer más radiante que el hombre haya visto nunca!

Aquella arenga pondría punto y final a su discurso. Tras ello, tiraría de las riendas de Tormenta y lo haría girar sobre sus pasos, valiente, para comenzar la travesía hacia la gloria o el ocaso de su nombre. Su última voz sería una orden.

¡Marchamos!

El pistoletazo de salida ya se había producido. La carrera por la libertad no había hecho más que empezar.
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Re: [Campaña de liberación] Tambores de guerra [Ancelot, Ethan, Aries, Sorel]

Mensaje por Aries Rondo el Miér Sep 13, 2017 1:51 pm


Formad.

Y a la primera orden de Ancelot, no hubo uno solo de sus fieles hombres que no se colocara en posición. Aries observó la escena con la curiosidad de una extraña, decidiéndose finalmente a ocupar un lugar en una de las esquinas cuando todos hubieran terminado de formar, sin imponerse sobre ningún otro soldado. Junto al resto, y con el corazón en un puño, observó cómo Ancelot se alzaba sobre el horizonte a lomos de un corcel azabache como sus cabellos. Imponente noble caído que aún sabía brillar como ninguno.

El joven Lord volvería entonces a alzar la voz, llenando el gélido silencio de la mañana. Lo hizo para hablar del enemigo, de su hogar, de la deshonra vivida y de la oportunidad de recuperar todo aquello que les fue robado a cada uno, aún a riesgo de bailar con la muerte. A ellos, que lo habían perdido todo, él les habló de esperanza. A ellos. Pero Aries, que seguía siendo una extraña librando las batallas de otros, escuchó cada palabra y observó cada gesto de su señor con ojos y corazón abiertos. Se perdió en ese arrojo, en esa manera de infundir coraje en sus hombres. Que si ellos tenían miedo, él sería valiente por todos. Y si ellos sucumbían ante la desesperanza, él la mantendría viva en su pecho. Ancelot era un gigante. Un gigante deseando comerse el mundo. Y si aquella no era la causa de Aries, ella la haría suya, porque no hubo nada que deseara más en ese momento, no, que ser escalera y alzarle alto. Alto, muy alto y que Ancelot pudiera tocar el cielo, donde le correspondía estar.

Miró de reojo a su alrededor, a los rostros de los verdaderos receptores de aquellas palabras, y creyó ver en sus ojos ese brillo de una llama que acaba de prender. Las palabras de Ancelot se habían clavado también en ellos. Quizás en ellos más que en nadie. Y trató de entender ese dolor que todos se habían tragado hasta ahora, esas estacas que, días atrás, ella misma había vislumbrado en una mirada rota y una voz quebrada.

Llegó entonces la última orden, una única palabra que sonó a cuerno de guerra.

¡Marchamos!

Aries se giró rápidamente hacia Nívea. Montó sobre su lomo, con un pecho que se hinchaba y deshinchaba al vaivén de un rugido interno, y no supo por qué, sus ojos buscaron la nieve. Aunque ésta no la mirara a ella, la buscó.

[ . . . ]

Con paso firme y silencioso, la pequeña tropa tomó el camino de la ladera de la montaña. Nívea caminaba como el resto de soldados, pues no debía llamar la atención desde el aire o podría alertar a los enemigos del inminente ataque. El Lord sabía hacia dónde se dirigían: un torreón que vigilaba uno de los pasos de la frontera con Lycia.

Y así, pasadas un par de horas, pudieron divisar la bandera de Akaneia alzada en lo más alto del distante torreón, tal y como uno de los soldados había informado tras un viaje de reconocimiento. Blank, que así se llamaba el soldado, había avisado también de que el enemigo contaría con lo que le pareció una veintena de hombres, unos pocos caballos y ningún medio volador. Quizás les superaban en número por ahora, ¿pero lo harían acaso en destreza, en coraje?

Ocultos tras las rocas, los valientes soldados esperaron la señal del Lord. Ninguno sabía por cuántos segundos más podrían ser testigos de la luz del sol, ni a cuántas más exhalaciones tendrían derecho. Pero una cosa sí sabían, una sola: el tiempo no se detendría y era ya la hora. La hora de los justos y los valientes...
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Re: [Campaña de liberación] Tambores de guerra [Ancelot, Ethan, Aries, Sorel]

Mensaje por Ethan Laskaris el Jue Sep 14, 2017 4:46 am

Unas manos furtivas apresaron su torso y un alud que le supo a recuerdo le colonizó las mejillas. No se lo esperaba. Una muestra tan honesta de cariño, tan cálida y esas manos temblorosas aferrándose a él. Por unos segundos se sintió un héroe de cuento, un filo alado, se sintió volar en los ojos de él. Su mentón se coronó en sonrisa, sorprendido, y le correspondió levemente el abrazo.

- No necesitas darme las gracias. - Susurró, cómplice, mientras se rompía el abrazo. Una mano a la nuca, ojos al cielo y miel en los labios. Seguía dándole vueltas a ese contacto tan repentino, se sentía extrañamente halagado, incluso feliz. - Para eso estoy. Cuenta conmigo.

Cuando Sorel retomó el camino y tiró de él sintió el remar a contra-río, y como si se tratase del oleaje apacible en un día de pesca, disfrutó del mar. Del verano que le calentaba la muñeca.

La mirada de su Señor se posó en Ethan y sintió la caricia de su amigo recorrerle la garganta. Tenía esa facilidad para leerle el pensamiento. Lo sintió como un viento afín posándose en su espalda y a medida que su discurso avanzaba, adivinó el hormigueo de la espada en la yema de sus dedos. Las palabras de Ancelot impulsaron el clamor de sus hombres, la agonía que se amontonaba en sus párpados; tenían que recuperar su hogar. Y tras subirse en su corcel, negro como el ardid de un cuervo, el campamento se vistió de arrojo y de guerra. Le dedicó un pequeño vistazo a Sorel y otro a Aries, que en ese momento ensillaba a Nívea.

- Rezo a Mila, a Naga, y a los dioses que están por venir... Por favor, que no muera nadie hoy... - Un susurró que se escondió entre el rugir del metal y el murmullo de cascos.


[...]


Ya habían pasado varias horas y sintió el peso del sol en su pelo. El calor que no era calor de Bern, y las rocas escarpadas que se convertían en firma de su reino. Por un segundo creyó ver a los caballeros wyvern danzar, el blandir de hachas y relucir de escamas que tanto orgullo había llevado a la región de montañas nevadas. Pero ni alas membranosas ni nieve parecían domar el monte, sólo la quietud del que espera. Del que observa a su Señor agazapado. Una sola mirada bastaría para avanzar, para encontrarse con esos enemigos que no veía y que parecían superarle en número.

Agarró con fuerza el pomo de su espada y notó como los músculos de su espalda se tensaban. Ansiaba el conflicto y a la vez lo temía, de haber sido él un explorador, no hubiera podido contenerse. Paladeaba la venganza, huérfana y rota, en la lengua. Un rencor que no quería, una agonía que le hacía desear arrancarse la piel a tiras. Su rostro buscó a Ancelot, y lo encontró allí, no muy lejos, junto a Garthe. Sus ojos describían tensión y entrega. ¿Temería a la muerte?, se preguntó. Y de ser así, si Ethan cayera hoy, ¿Lo vería al otro lado?
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Re: [Campaña de liberación] Tambores de guerra [Ancelot, Ethan, Aries, Sorel]

Mensaje por Sorel el Jue Sep 14, 2017 6:21 am

Ethan realmente era como un chorro de agua fresca, un oasis en mitad del desierto… aunque Sorel nunca haya conocido ninguno. Simplemente había hecho magia con él, con su inseguridad, con su temor, solo necesitando un par de palabras para forjar una sonrisa en su cara.

Una vez llegados con el resto, la tensión de la atmósfera era palpable. Al rubio le daba la impresión de que en aquel instante desentonaban con esa pequeña aura alegre que traían, siendo incapaz de mantener la vista en algún lugar distinto del suelo… aunque su señor estaba frente a ellos, en silencio. Levantó un poco para admirar aquella figura al alba, y la pequeña sonrisa que les dirigió lo llenó de calma, quitando el peso de sus propias preocupaciones y dejándole erguirse de nuevo como un orgulloso soldado de su señor.

A su orden, todos se pusieron en posición. A su orden, el sol emergió de entre las montañas a sus espaldas, dándole un aspecto aún más regio y noble a Ancelot sobre su corcel. - Estáis asustados. Lo sé. - inició así su discurso, rompiendo el inquietante silencio que los tenía a todos en vilo. Y era una gran verdad lo que había dicho. “Sí, puede que esté asustado… pero eso no me hará flaquear.” pensó el mago, dirigiendo por un instante la mirada hacia Ethan para devolverla al instante hacia el frente, cautivado por la presencia de su señor, por su carisma, por su liderazgo, por aquellas palabras que seguramente a muchos lectores le habrán puesto como a mí los pelos erizados de todo lo que transmiten. “¡Ahora tengo una familia y nos apoyaremos mutuamente!” puede que la determinación de un muchacho de poco más de metro y medio de alto no resulte demasiado imponente, pero en su mirada quedaba más clara con cada nueva palabra del noble exiliado de sus tierras.

[...]

¿Las palabras de Ethan le habían despejado por la mañana? Sí. ¿Las palabras de Ancelot lo habían puesto en tensión e infundieron fuerza en su corazón? También. ¿Estaba el rubio en plenas facultades en estos momentos? Para nada.

Aunque la primera hora de camino fue sin problema ninguno, aparte de lo incómodo y tenso que resultaba marchar en silencio, solo escuchándose el sonido de los pasos. A partir de ahí, todas esas horas de sueño que no durmió la noche anterior empezaron a volver, haciéndolo bostezar con cierta desgana mientras avanzaba e intentaba mantenerse despierto cada vez que se hacían pequeñas detenciones de inspección del terreno. “A ver, Sorel, recuerda la táctica… Vasyl y Blank son los exploradores, se adelantan para revisar que todo esté despejado o estemos en situación ventajosa…” empezó a repasar en su mente. “En caso de que no volvieran, signif… No, los dos hermanos van a volver. Porque el plan de lord Levallois es infalible e irá como el agua corriente.” se lo decía cada vez que se adelantaban. No podía permitirse que el temor anidara en su corazón y nublara sus futuras acciones. Aquel día debía estar por y para su nueva familia… Y lo repitió hasta aquella última vez, en la que se detuvieron a cubierto, pudiendo observarse el torreón con la bandera enemiga. Hacía un rato que pareció eterno que los dos exploradores salieron como primera avanzadilla de reconocimiento. La inquietud parecía extenderse entre todos los presentes. Tardaban demasiado…

Hasta que vieron aparecer de vuelta a Vasyl.
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Re: [Campaña de liberación] Tambores de guerra [Ancelot, Ethan, Aries, Sorel]

Mensaje por Ancelot Levallois el Jue Sep 14, 2017 3:29 pm

La marcha duraría aproximadamente tres horas. A lomos de su negro corcel, Ancelot lideraba el paso y guiaba a sus súbditos hacia uno de los torreones vigías de Bern, donde esperaba ondear la bandera de su familia tras declararse victorioso. Los soldados, que le seguían ordenadamente detrás, caminaban con paso decidido y tembloroso al mismo tiempo. No eran más de una docena de hombres, pero su estructura militar se había vuelto disciplinada como la de cualquier regimiento, y si el lord contara con más unidades a sus espaldas, ellos serían la cabeza de la hueste sin ninguna duda. Y es que, a pesar de ser un hombre frío y algo distante, incluso él había terminado cogiendo afecto por todas aquellas personas. Quizás fuese porque los pequeños grupos, como ya se sabe, establecen vinculaciones que las masas no pueden soñar con alcanzar. O tal vez fuera porque en realidad, y aunque no supiese valorar semejante detalle, estaba rodeado de personas extraordinarias.

Los cotilleos y bromas habían terminado; todos marchaban hacia la batalla y nadie tenía motivos para sonreír esa mañana. Hacía algo de frío dada la altitud del paso montañoso, pero nadie se preocupaba por ese detalle. A primera hora, Ancelot había enviado una avanzadilla compuesta por los hermanos del escuadrón para verificar el terreno y comenzar con su plan. Blank y Vasyl eran sus mejores exploradores y no tenían igual a la hora de rastrear, así que fueron las opciones a las que el líder recurrió en primer lugar. Si algo salía mal, ellos eran los que más opciones tenían de sobrevivir y de regresar a salvo. Incluso tras días perdidos en la montaña, puede que fuesen capaces de seguirles la pista. Él lo sabía, y ellos habían aceptado su papel sin rechistar.
Había pasado algo más de una hora desde que ambos se adelantaran, tiempo suficiente como para que hubiesen regresado tras su exploración, pero ninguno de los dos había aparecido aún. Este hecho fue el más comentado a lo largo del trayecto. La preocupación por sendos arqueros se instaló en los presentes como una enfermedad contagiosa, y sólo la figura de Vasyl en la lejanía consiguió arrancar un poco de optimismo. El joven se acercó al grupo, mas venía solo. Los rostros de preocupación incrementaron al comprobar que Blank no estaba por ninguna parte.

¡Vasyl! —el más joven de todos, Sean, fue el primero en reaccionar. Salió del pelotón y corrió hacia su amigo, visiblemente preocupado— ¡Has vuelto! ¿Dónde está Blank?

Sin embargo, una vez estuvo cerca del recién llegado, comprobó que sus labios se mantenían adornados por una sonrisa triunfal. Queriendo su minuto de gloria, el arquero -y cocinero de la tropa- alzó un puño con el pulgar hacia arriba y miró a su Lord, orgulloso y con el pecho hinchado.

¡Mi señor! —exclamó, y todo el mundo supo en ese momento que, quizás, se habían preocupado sin necesidad—. ¡Todo está preparado para empezar! Blank se encuentra en posición.

Se cuadró al instante al comprobar que se había venido arriba y que había olvidado sus formas. Los demás presentes no comprendían nada, especialmente Sean, que quedó visiblemente desconcertado.  Nadie les había dicho qué ocurría, aunque al parecer Ancelot era el responsable de todo aquello. ¿Una orden personal a sus dos exploradores? Eso parecía. El lord les alcanzó rápidamente a lomos de Tormenta, que caminaba con paso tranquilo.

Tranquilízate, Sean, y vuelve a tu puesto. Blank dará comienzo a nuestra ofensiva —miró a directamente a Vasyl entonces, ignorando el entusiasmo plasmado de primeras—. ¿Pactaste la señal con tu hermano?

El cocinero se mantuvo firme, aún arrepentido de su grosera intervención. Por su parte, Sean asintió confuso pero aliviado, y regresó con los demás.

Con claridad, mi Señor —contestó con respeto el arquero, aún rígido—. Será tan nítida que no habrá margen de error.

Ancelot sonrió y espoleó suavemente a su corcel, que reanudó entonces la marcha.

Bien hecho, Vasyl —le felicitó, pero no demostró demasiado entusiasmo. El moreno era prudente, y no quería creerse vencedor antes de tiempo—. Regresa con tus compañeros.

El resto del trayecto estaría lleno de preguntas, pero las respuestas sólo las encontrarían al llegar.

[ . . . ]

El torreón de Escarcha Negra se alzaba como un gigante de piedra oscura. Era la mayor torre vigía de la frontera con Lycia, y se hallaba en lo alto de una cadena montañosa escarpada. A sus pies se desplegaba un terreno estable donde descansaba una vieja cuadra y un pequeño cuartel de armas. Antaño, guardias reales eran asignados a la torre para velar por la seguridad del reino, pero ahora que los Emergidos habían conquistado el país, era un edificio abandonado. Algunos enemigos, sin embargo, usaban la construcción como su pequeño fortín personal y se refugiaban en él.
El pelotón de Ancelot llegó hasta el lugar sin hacer demasiado ruido. Sobre una loma de mayor altura, los soldados observaron el panorama y comprobaron que los informes no habían sido erróneos: al menos una veintena de Emergidos custodiaban el lugar, aunque en las afueras no habría más de doce. Los demás debían encontrarse en el interior de la torre y, de algún modo, tendrían que hacerlos salir.
Ancelot incitó a sus muchachos a no ser vistos, pidiéndoles que se alejaran por seguridad de la pendiente ventajosa que les proporcionaba la altura. Si les detectaban perderían el factor sorpresa.

Preparaos —masculló, y su voz baja fue el indicativo de que nadie más debía hacer un solo ruido. Había llegado el momento—. A mí señal, descenderemos y acabaremos con ellos.

Tormenta bufó levemente, pero Ancelot calmó al caballo con una palmada suave en el cuello. Sus ojos azules se posaron entonces en Vasyl, en quien recaía el próximo movimiento.
El explorador se adelantó, se deslizó hasta bajar sin ser visto y se situó tras un tumulto rocoso en la montaña, apoyando la espalda. Entrelazó las manos y dejó una pequeña obertura entre los dos pulgares, la cual llevó hasta los labios. Cuando sopló, el sonido de un pájaro cantor emanó de su garganta con una claridad pasmosa, llenando el hueco silencio de la montaña con su melodía.

Pasaron varios segundos eternos, pausados y distantes, y de repente, una silenciosa flecha prendida sobrevoló el cielo desde una posición desconocida, aterrizando en el pajar del establo. Los fardos prendieron y las llamas se propagaron a la madera, y los caballos comenzaron a relinchar con horror, asustados por las ascuas y el calor. El ruido y la cortina de humo alertaron a los Emergidos, y mientras que los que se encontraban en el exterior ponían a salvo a sus monturas -que huyeron despavoridas en cuanto les concedieron la libertad-, las puertas del torreón se abrieron y el resto de soldados brotó como si de un grifo se tratara. Todos a una, alarmados, comenzaron a trabajar para tratar de apagar el incendio, el cual se había provocado, para ellos, por causas desconocidas. Pero la realidad era que, desde una posición lejana y a cubierto, Blank asentía a sus compañeros.

Allí estaban todos sus oponentes; distraídos, expuestos, vulnerables. Y poco importaba que les superaran en número, era una oportunidad inigualable. El momento había llegado.
Ancelot desenvainó en lo alto de la loma, aún sentado sobre su bella montura, y el cobre de su espada chirrió como un grito espectral.

¡Soldados de Bern, hermanos! ¡Es la hora! —bramó con la fuerza de cien hombres—. ¡Cargad!

Espoleó a Tormenta y el caballo respondió alzándose sobre sus cuartos traseros, engrandeciendo la figura del líder antes de emprender la carrera. Los cascos de sus cuatro patas, seguidos por el pequeño escuadrón a su espalda, hicieron temblar la colina y obligaron a los Emergidos a volver la vista hacia ellos, sorprendiéndose por su repentina aparición. Habían sido emboscados en su propia casa. El plan había funcionado a las mil maravillas.

Mientras descendía por la pendiente, el corazón de Ancelot rugió como nunca. Sintió la adrenalina borbotando en las venas, y en ese momento descubrió que no sólo había soñado con ese instante, sino que, además,  lo había estado deseando.

Si sobrevivía, sin duda lo recordaría como el día más glorioso de su existencia.
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Re: [Campaña de liberación] Tambores de guerra [Ancelot, Ethan, Aries, Sorel]

Mensaje por Aries Rondo el Jue Sep 14, 2017 8:27 pm

Esperó como una soldado más, en pie junto a Nívea. Y mientras acariciaba su lomo para asegurarse de que la pegaso se mantenía en calma, Aries miró discretamente a su alrededor, a esos rostros que ahora compartían el mismo silencio. Era extraño. Aquellos soldados eran muy distintos a ella, incluso luchaban por una causa diferente, guiados por esas cien heridas que a ella le faltaban. Y sin embargo, al verles allí con tanta expectación y tensión en sus rostros, Aries se sintió por primera vez parte de todos ellos. Porque hoy la victoria sería de todos, y la derrota…

No. No habría derrota. No debía considerarla siquiera. Frunció ligeramente el ceño para sí misma y negó con la cabeza. Sus ojos se posarían entonces, quizás por mero instinto, sobre los de Sorel. También él la miraba a ella justo en ese momento, con ese azul del cielo que ni la huella de la guerra podría robar. Aún así le notó nervioso, más que la mayoría de los demás soldados. Y no fue ella quien quiso romper el silencio de su Señor; tampoco tendría palabras que entregarle que pudieran infundir más valor que las de Ancelot. Así, tan sólo le sonrió, dulce, quizás un poco nerviosa también. Un ‘no estás solo’ que no necesitó más que aquel pequeño gesto cómplice.

Se borró despacio su sonrisa cuando después sus ojos, inevitablemente, volvieron a buscar la nieve. Ethan también aguardaba en silencio, bebiendo de la tensión del momento junto al resto de sus compañeros. En principio no pareció percatarse de la mirada ajena, y quizás por eso a ella le fue más fácil mantenerla sobre él. Le observó sin que se diera cuenta; su lenguaje corporal, lo poco que podía entrever de esa expresión tan concentrada. Ethan tenía un don, con las palabras, los gestos y las miradas. Sabía retumbar y doler; siempre fue extraño, quizás el más extraño de todos. Tanto que Aries se encontró a sí misma, y no por primera vez, preguntándose qué habría ahí dentro en ese instante, a las puertas de la guerra.

Al percatarse de que el joven giraba la cabeza, ella hizo lo propio y apartó rápidamente la mirada. Se sintió cobarde. ¿Acaso sería más fácil mirar a los ojos del enemigo, justo antes de quitarle la vida? Inhaló profundamente, discreta, de cara a Nívea y de espaldas al mundo.

Pronto regresaría uno de los soldados que se adelantaron, y, para regocijo de todos, lo hizo con buenas noticias.

[ . . . ]

También para Aries sería aquel torreón un gigante de piedra oscura, imponente a los ojos y bajo el pecho. Era el punto de partida, la primera estocada. Montó sobre Nívea con la bandera de la casa Levallois bien sujeta a su lanza, y volvió a esperar en la tormenta de aquel silencio. Casi aguantó la respiración. A la señal del Lord, su nueva vida comenzaría. No podía esperar. No quería oírla. No podía esperar.


-¡Soldados de Bern, hermanos! ¡Es la hora! –la voz de Ancelot se alzó sobre cada latido y cada exhalación, y por un instante no existió nada más en el mundo. Entonces todo ocurrió muy despacio, como el eco de un sueño lejano coronado por el relinchar de Nívea. Y entonces toco ocurrió muy rápido, pues cuando Aries se dio cuenta, había alzado el vuelo y avanzaba a toda velocidad. Pero el tiempo se había detenido con el grito de una docena de hombres que bien pudo haber sido el de cien, pues así sonaron para ella en aquel eterno instante, inmortalizado por siempre en sus recuerdos. Corrieron. Hacia el enemigo, hacia la incertidumbre, hacia la victoria. Corrieron.

Corrieron hasta que el tiempo volvió a fluir con el violento choque de las primeras espadas, y Aries no pudo ver más que ese enemigo de ahí. Ese sobre el que hizo descender a Nívea como un trueno, lanza en mano. No podía pensar, no sabía pensar. No debía. Clavó la lanza en el hombro del enemigo y lo empujó a un lado antes de ascender. No. No. Ancelot le había pedido muerte. Sangre. Debía apuntar al corazón, debía…

Y mientras descendía de nuevo sobre aquel mar de locura, sorda y ciega, no se percató de ese arquero cuya punta de flecha ya miraba en su dirección, hacia las blancas crines de un pegaso que, como todos, sabría sangrar…

Nota informante:
((Los personajes que salen malheridos de esta batalla se han decidido por dados externos, para ayudarnos del azar.))
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Re: [Campaña de liberación] Tambores de guerra [Ancelot, Ethan, Aries, Sorel]

Mensaje por Ethan Laskaris el Jue Sep 14, 2017 11:41 pm

[BGM]


La foresta enmarcó la silueta de Vasyl y Ethan tuvo que coserse el corazón al pecho. Su pelo revuelto, sus labios fruncidos. ¿Dónde estaba Blank...? El color quería abandonar su rostro, pero no se puso en lo peor, aún no. Sus dedos se aferraron con fuerza el cuero tachonado. Y entonces se sintió caer, levemente, hasta que vio la señal, aquel plan oculto que parecía haber tejido su Señor. Con los ojos afilados y cierto reproche, le taladró la nuca. Aquel pelo negro como pata de araña, a veces se le olvidaba con quién estaba tratando. Sabía que pretendía lo mejor, no le cabía duda, pero deseó que por esta vez le hubiera hecho partícipe de sus tejemanejes.

Vasyl se deslizó como una sombra hasta recostarse tras una roca, mano en alza y tensión en su cuello. El canto de un ave rasgó el cielo, un brío maldito que pareció mecer el bosque. Ethan sufrió la inclemencia del tiempo segundo a segundo y, entonces, vio nacer la flecha. Como un ruiseñor en llamas, trazó la curva perfecta desde la nada hasta el todo. Se posó en la paja, y el caos comenzó a brotar. Las llamas lamieron el heno dorado y el relinchar de caballos pareció viajar al norte.

Una espada se alzó para perforar sus oídos.

- ¡Soldados de Bern, hermanos! ¡Es la hora! ¡Cargad!

Y sus cabellos nevados se mecieron con el rugir de una legión. Dulcinea le rozó el hombro y pasó junto a él, jinete invisible que quiere hacerse ver. Entonces sus costillas se enebraron de fuerza, de electricidad contenida, y él que se había quedado retratado en retaguardia  avanzó con pies que eran alas y manos que eran sables. Abrazó la brutalidad de la vanguardia como se esperaba de un Laskaris, con la diligencia del acero y el bullir de la forja. Y bajó el brazo como el que besa el yunque y su enemigo encontró en él la furia del martillo. Su hoja acarició el filo enemigo, yemas que arullan la cabeza de un niño, y con un giro de muñeca severó la conexión entre el arma y su propietario. Si debía sentir dolor, no lo sabía, si debía amar a alguien, no le importaba. La voz de su madre resonó en su trono, uno de muerte y hueso, y entonces le atravesó el pecho.

Un trueno, o quizá el estallar de su propia respiración, iluminó el cielo. ¿Aliado o emergido? Buscó el origen pero una lanza mordió su brazo. O lo que parecía su brazo, porque lo sintió doler y el relinchar de Dulcinea inundó su garganta. Vio a Sean, rodeado, sangrante y decidido, enarbolando una jabalina contra el jinete enemigo. Y Dylan cayó, de espaldas, tras él. Un hacha casi le partía en dos, y su cara lucía menos molesta ahora. Menos insolente, más humana. Y entonces notó el miedo reptando por sus piernas, y el paralizar de sus dedos frente el horror.

Esa era su casa.

Su hogar.


[...]


Bajó los brazos con el asir de la derrota, con el pesar del esclavo. Sus ojos se cerraron con el mal de cien soles.

- No entiendo a qué viene esto. P-pensaba...

- ¿Qué pensabas? ¿Que el mundo era fácil? ¿Que ser feliz era lo único que importa?

- No, yo... Creía que te quedarías... Por mí.

El silencio cortó el espacio que los separaba. Sus piernas querían asentir y vencer el miedo. Una flor, sin esencia, se escapó de su cárcel y se estrelló a su lado.

- Entonces eres más ingenuo de lo que creía.


[...]


Bajó la espada y Dylan se cubrió de escarlata. Pupilas agarrotadas y pies nuevos, un agradecer sin consumar en la boca, el soldado se irguió con el pesar posado en sus pestañas. Pero Ethan ya se daba la vuelta, incauto, para comprobar que él seguía ahí, que Sean seguía vivo. Y lo vio en el horizonte, cabalgando sobre la yegua castaña con el asta aún en su regazo. Respiraba, ¿Verdad? Lo vio astillar el torso de otro adversario antes de que el oxígeno volviese a anegar sus pulmones.

Antes de que pudiera acunar el alivio, Nívea batió las alas frente a Ethan y una lanza, quizás la más diestra, perforó el hombro enemigo. Una herida fatal, mas no letal. El emergido retrocedió, compungido, esqueleto de carne. Un segundo alzar conquistó el cielo. Un trapaleo en la brisa, el relincho albo.

'Yo… nunca he matado.'

La silueta de Aries pareció lacerar la bóveda celeste, y el espadachín no pudo soportar el peso de esas alas. Bajó la vista, dolido de arrojo y guerra, de gravedad, de palabras grises que embarraban su costado.

'¿Cómo... la imaginas tú...?'

Y entonces lo vio, el tensar de la flecha, el amanecer de plumas blancas en un abrazo. Se sintió fuego devorando la maleza, infierno en la tierra. La saeta silbó, y su espada, su cuerpo, su alma, se interpusieron en su ocaso.
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Re: [Campaña de liberación] Tambores de guerra [Ancelot, Ethan, Aries, Sorel]

Mensaje por Sorel el Vie Sep 15, 2017 4:36 am

Su corazón se encogió unos segundos, su garganta se atenazó al no ver al otro joven con el que había compartido tienda en los últimos dos días… “¿No habrá...?” La suerte estuvo de su lado, haciendo que el gesto de Vasyl le impidiera seguir con aquel deprimente tren de pensamiento. - ¡Todo está preparado para empezar! - anunció el muchacho, a la orden de su señor, todos tomaron posiciones.

[...]

Al grito de carga, toda aquella energía a su alrededor, toda esa fuerza, todos esos sentimientos… lo hicieron sentirse pequeño, demasiado pequeño para aquel lugar, para aquella batalla. Él no daba la altura… se lo dijo su maestro, se lo decían sus compañeros, incluso lo dio a entender aquel mago errante que se cruzó durante unos instantes durante su travesía. Era un peso muerto, incapaz de seguir el ritmo a todos sus compañeros, a su señor… a su familia. ¿Qué hacía él allí? No se había ni acercado a la estampida que abrió el combate y ya le temblaban las piernas, le fallaba la respiración, se le desbocaba el corazón ante la mera idea de acercarse.

Dio un tímido paso atrás.

- No temas… Si tus dedos tiemblan en batalla, estaré ahí. -

Escuchó aquella voz con gran nitidez, como si el autor de aquellas palabras estuviera justo delante de él, de la misma forma que se las dijo por primera vez. “Al fin y al cabo, ahora somos familia.” completó él en su mente. Respiró hondo y descendió todo lo deprisa que pudo, intentando dejar atrás el miedo y las dudas, con un deber en mente.

[...]

Su primera vez.

El ruido contínuo del choque entre los aceros, los gritos incesantes, el relinchar de los caballos, el golpear de los cascos en la tierra. Una palabra: Caos. Todo en movimiento, todo grandes figuras que no se detenían… porque si lo hacían significaba que su vida se había terminado… Y aún así, el joven mago a penas era capaz de ver nada a través de la muralla de sus aliados.

Portaba los sentimientos, el espejismo de la decisión que necesitaba, y tenía ganas de hacer cosas… ¿Pero de qué sirve poder disparar cuando no ves ni un solo hueco entre tus aliados desde el que poder golpear al enemigo?

No supo por qué lo escuchó en medio de toda aquella algarabía. Un quejido, nítido, como si fuera lo único que sonaba; que le hizo girar automáticamente la cabeza en aquella dirección… Y reconoció a quien lo emitió, a quien intentaba proteger, y de qué… “... estaré ahí. Te protegeré con mi espada. Ahora somos familia. ¡Cuenta conmigo para lo que sea!” Recuerdos fugaces de aquella conversación que lo espolearon a actuar, a correr hacia el frente.

- Necesito ver. - se decía con urgencia. Ser bajo en el campo de batalla es un gran hándicap si necesitas línea de visión. Puede que Delphi lo escuchara, para desgracia de Ambrus, quien parecía haber perdido el equilibrio y se arrodilló sobre su pie derecho. Cambió su dirección, directo hacia el blindado y rechoncho soldado. - Con permiso. - anunció mientras subía en carrera por su espalda, usándolo como rampa y trampolín para adquirir durante unos fugaces instantes aquello que tanto ansiaba el joven mago. Control del campo.

Un vistazo rápido durante el ascenso. Dos arqueros, los responsables de aquella herida que lo empujó a actuar de aquella forma. Cambio de trayectoria. El momento en el que inició el primer movimiento que le se exigía. “El relámpago… es una cabeza de serpiente.” pero sabía que solo con un hechizo básico no bastaría… necesitaba darle algo más. “Cambio de trayectoria ascendente… el lazo de reses.” Con eso, con suerte podría afectar a ambos… Pero necesitaría algo con más fuerza. “El poder de las tormentas… El crisantemo.” Había iniciado el movimiento, tenía claro todo el hechizo… y le daría tiempo a ejecutarlo aún antes de caer a tierra.

El olor a ozono, los pelos erizándose cuanto más cerca estuvieran del mago. El interior de su palma brillaba en un tono pálido, azulado. Y en cuanto dejó su mano ejecutora preparando una descarga, observó aquella colosal sombra que iba directa hacia él con clara intención de aplastarlo, a escasos centímetros de su cara.

Próximo turno:
Puede que no saliera al 100%, pero habrá un rayo-kaboom bajo los arqueros. Porfa, tened cuidado con eso y la electricidad en el ambiente. (Safety tips with Sorel)
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Re: [Campaña de liberación] Tambores de guerra [Ancelot, Ethan, Aries, Sorel]

Mensaje por Aries Rondo el Vie Sep 15, 2017 3:11 pm

Nota:
((Posteo con permiso de Ancelot, que hoy es posible que no pueda hacerlo él.))

Ni siquiera en el firmamento podía escapar del ensordecedor grito de la guerra. De aquella locura hecha espada y carne; del extraño vértigo de un adiós. Tan sólo empleó un segundo para mirar hacia abajo y verles a todos, pero no, no supo qué vio.

Entonces consiguió fijarse en ese emergido, a punto de atacar por la espalda a uno de los soldados. Ni siquiera conocía el nombre de éste, pero recordó sus ojos por primera vez tras una flecha, desconfiados y agresivos. Y no necesitó más. Nívea volvió a cortar el aire con un trueno agudo en su garganta, para descender sobre el enemigo por segunda vez. El Lord les pidió muerte, y muerte debían entregarle. Pero entonces, en el último momento, Aries creyó ver unos ojos bajo el casco de su enemigo, y su lanza pareció moverse por cuenta propia. Atravesó el brazo del emergido que sostenía una espada, y aquellos segundos bastaron para que el soldado aliado rematara la faena que ella no había sido capaz de consumar.



Aries jadeó, agitada, abrumada por aquel caos entre rostros desencajados, donde los monstruos parecen personas y las personas monstruos. El mundo se veía distinto desde la tierra y necesitó otro segundo. Uno más. Entonces juró haber escuchado la voz de Ethan a su derecha. Quizás fue un grito, quizás un gruñido. Y alzó Nívea sus patas delanteras, majestuosa, uniéndose al coro de aquella locura cuyo nombre, en ese momento, Aries olvidó. Y creyó que el tiempo ya no era tiempo, y que ya no había más sonido que el eco del relincho de su corcel. Porque Aries vio una flecha, una flecha apuntando hacia Nívea, y se sintió perder el corazón. Todo se detuvo, hasta el más lejano reloj de arena. No quiso el siguiente segundo, ni ningún otro que viniera tras él. Que no llegaran nunca.

Pero el tiempo no perdona y la flecha voló para cumplir su cometido con la carne, voraz. Mas no fue la de Nívea la que se encontraría con su filo por el camino. Fue algo más, algo salido de la nada. Nieve. Fuego. Ethan. Ethan. Ethan. -E.. than…

-¡¡Ethan!! –Ya no fue un mero susurro, ni una torpe exhalación de sus pulmones. Aries sangró aquel nombre por la garganta, ojos abiertos y cadenas sobre el corazón. No vio dónde se había clavado la flecha, pero vio su espalda retroceder un paso, malherido y pasto de dos enemigos cercanos que no dudarían en sacar provecho. Y vio también su sonrisa de aquel primer día, su mano alzada sobre Nívea. Y le vio caminar con ella por el río. Y le vio perder su color con el filo de unas palabras, y le vio arder después con el mar en los ojos. Y todas, todas y cada una de las palabras que Ethan había compartido volvieron a ella para devorarle las entrañas. Porque Ethan dolía antes, y hoy más que nunca.

Fluyó con el viento el estandarte de su lanza, bandera que se alza con el batir de alas blancas. Aries tocó el cielo una vez más, una última vez, para descender con la letalidad de cien tempestades. Y esta vez fue su lanza violentamente directa al corazón del enemigo, con tan implacable fuerza que éste terminó clavado en la tierra. De su pecho abierto brotó aquel rojo lacerante; mancilló al blanco y arrasó con la pureza. Manchó. Y no importó, porque Aries ya estaba retirando su lanza de aquel cuerpo inerte para girarla y ensartarla, rápida como una exhalación, contra la garganta del segundo enemigo.

Qué certera había sido aquella flecha, qué letal, que con su única punta había conseguido atravesar a dos soldados.

Y mientras los arqueros ardían con una fuerza eléctrica que repentinamente nació de sus pies, el joven Sean corrió hacia un malherido Ethan para socorrerle. Aries no quiso volver a mirar atrás. No quiso ver cómo se desangraba. No quiso que él la mirara cubierta de escarlata, vil e infame. Y si el corazón de Ethan estaba a punto de detenerse, no quiso saberlo. No quiso. Los tambores de guerra habían comenzado a rugir dentro de su pecho y recordó que ella sólo debía ser lanza y acero. Volvía Nívea a alzarse sobre sus patas traseras y Aries buscó al Lord con los ojos. Ancelot, el único que debía guiar su brazo, sus pensamientos. Sus latidos.

La guerra pesaba.
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Re: [Campaña de liberación] Tambores de guerra [Ancelot, Ethan, Aries, Sorel]

Mensaje por Ancelot Levallois el Sáb Sep 16, 2017 2:42 pm

Para Ancelot el tiempo se había detenido; avanzaba a un paso lento y casi narcótico. Mientras descendía la colina, la nada le envolvía y su camino se convertía en una autopista diáfana. Era como cabalgar entre la bruma, como atravesar una oscuridad tan densa que parecía no tener fin. En sus ojos, un único objetivo se canalizaba y todo lo demás dejaba de existir. Veía a aquellos seres que fingían tener humanidad -que a su juicio no eran más que monstruosas alimañas sin corazón-, y sentía que su espada estaba más preparada que nunca. Deseaba matarlos, exterminarlos. Los contemplaba y un profundo y cruel deseo penetraba en su alma, uno que borraba toda su compasión. Quería que su acero condenara sus vidas, convertirse en el artífice, en el ejecutor de la masacre. Nadie como él, que lo perdió todo a costa de aquellas infames huestes, para autoproclamarse titiritero de la muerte.

Continuaba descendiendo. Su desbocado corazón retumbaba con la fuerza de un martillo, golpeaba el pecho deseando salir despedido de su prisión. Se sentía salvaje, libre y feroz como una bestia. El rugido de la batalla era toda una inyección de adrenalina en la sangre; notaba el paso de aquella excitación reptando por sus venas, como si una serpiente hubiera anidado dentro de su ser. Su respiración se convirtió en una suave pero agresiva sinfonía de seda, convulsa e irregular. Todavía sentía la humedad de su propia lengua acariciando el paladar, un instintivo impulso causado por la infinita y dolorosa espera. Nunca antes, jamás creyó desear tanto algo como la inminente estocada de su espada sesgando la carne contraria.

Tormenta terminó su descenso, rápido como una centella, y una estela negra fue lo único que los ojos del Emergido pudieron contemplar antes de que la cabeza se separara de sus hombros. Ancelot la rebanó con un grito furioso, y en ese momento, un eléctrico y gratificante espasmo acalambró todos y cada uno de los poros de su piel. Fue el culmen de esa inigualable y  gloriosa sensación, demente éxtasis de aquel que sueña despierto y  descubre su lugar en el mundo. Sentirse vencedor no había sido una simple impresión; la emboscada surtió tanto efecto que incluso esa ventaja se notó real, cierta y verdadera. No habían venido para intentarlo. Estaban allí para conseguirlo.

¡No os contengáis! —apremió a sus hombres, ya sumido en la batalla. Realizó una parada prodigiosa y contraatacó cercenando otra garganta—. ¡Que no quede ni uno en pie!

A lomos de su corcel, Ancelot era si cabía aún mejor guerrero. La velocidad y el coraje de su montura lo convertían en un poderoso gigante imbatible, difícil de alcanzar y letal desde su ventajosa posición. Por parte de sus hombres, la carga fue tan exitosa que prácticamente pudieron acabar con la mitad de enemigos de una sentada, dejando un número equitativo de contendientes para todos los que allí se habían presentado.
El asalto hizo que el regimiento se dispersara y cada uno librara su propia batalla. Ancelot estaba demasiado centrado en sus oponentes como para recaer en todos sus hombres, y lo único que pudo hacer fue confiar en ellos mientras él se libraba de cuantos Emergidos podía.

Sin embargo, hubo algo que llamó su atención.

A escasos metros de su posición, el clamor de un trueno y la repentina  aparición de una explosión eléctrica le sobresaltó. Dos arqueros enemigos sufrieron la descarga y las quemaduras que esta les provocó acabaron con ellos en un instante. Los ojos de Ancelot se deslizaron hacia el artífice, y en cuanto lo hizo, descubrió a Sorel siendo golpeado por un gigantesco escudo que lo arrojó al suelo, alejándolo varios metros de su posición inicial. Una enorme presencia enlatada en una robusta armadura se había encargado de golpearle con todas sus fuerzas, y ahora caminaba para, aprovechando el aturdimiento, poner fin al molesto mago.
El Lord frunció el ceño y espoleó a Tormenta con premura, obligándole a variar su trayectoria para dirigirse hacia la enorme mole de hierro. El emergido, sobrenatural entre los suyos, se posicionó justo encima de Sorel, y pisoteó su pecho con una de sus enormes y raudas botas para impedir que escapase. En su diestra, una maza del grosor de un tronco se elevaba hacia las nubes, preparándose para dejar caer sobre la cabeza del rubio todo el peso de su furia. Su objetivo era aplastarla por completo.

Pero nada pudo hacer. Desde la posición de Sorel, lo que el mago pudo ver fue una espada atravesando el rostro de su oponente, una hoja que se incrustaba desde el cráneo y emergía por su boca, robando su vida en décimas de segundo. Aún subido a su caballo, Ancelot retiró el filo con rapidez y empujó al inmenso hombre hacia un lado, para que al caer por la inercia no aplastara a su joven súbdito.

¿Estás bien? —se preocupó por él. Desmontó de Tormenta con un ágil movimiento y le palmeó el lomo al animal, para que este corriese y huyera del campo de batalla cuanto antes. El caballo relinchó y efectuó su escapada dejando solo a su jinete, que mientras, tendía la mano al indefenso y joven rubio—. Trata de no exponerte tanto al peligro, Sorel. La vanguardia no es lugar para un mago; seguro que Sir Laevatin te aleccionó sobre ello.

Mientras le ayudaba a auparse, la batalla se fraguó con bastante éxito. Sus hombres, con el coraje de un grueso de verdad y promovidos por una táctica que parecía haber funcionado, fueron reduciendo el número de emergidos drásticamente, poco a poco. Los ojos de Ancelot aún no se habían cruzado con los de su amigo Ethan, y tampoco había conseguido localizar a Aries. Había estado demasiado ocupado despachando contendientes desde que su asalto comenzara, y mantener la atención en sus aliados no era tan fácil como mantenerla en sus enemigos. Sorel, de algún modo, había tenido suerte.

No obstante, esa suerte no les sonreiría a todos continuamente.

Un chirrido atravesó los cielos y penetró molesto en sus oídos, el grito de una criatura que al menos todo habitante de Bern debía conocer bien.

¡Wyverns!

Los ojos de Ancelot fueron directos al cielo, y entonces lo vio. Un jinete que domaba a la feroz bestia con el blasón de Akainea en su armadura. Un Emergido que, sin ser originario de su tierra, había aprendido cómo montar a aquellas fascinantes y peligrosas criaturas y ponerlas a su servicio.
Sintió que su corazón se paraba, que su voz no respondía. Si hacía un momento creía que su ventaja era notoria, ahora se daba cuenta de cuán equivocado estaba. Mientras ellos habían permanecido debilitados en el exilio, los Emergidos habían conseguido progresar por sí mismos, e incluso se apoyaban de sus propias tradiciones para incrementar su poder militar.
No supo qué hacer, no supo qué decir. La bestia sobrevoló por encima de ellos y su gruñido le heló la sangre. Tenía la envergadura de dos caballos y la longitud de un árbol, y volaba a una velocidad apabullante. El batir de sus alas generó una ventolera que revolvió su cabellera, un aviso de lo que estaba por venir. Cuando el wyvern rodeó el torreón y se perdió en las nubes, volvió a aparecer instantes después con un descenso imparable. Atravesó el campo de batalla, y en cuanto tuvo un objetivo a tiro, lo atrapó.

Las zarpas de la criatura sujetaron fuertemente a Dylan, que no pudo evitar escapar de aquel destino y fue elevado hacia la oscura y nublada bóveda. El lancero gritó de pavor, pero su voz se perdió en la lejanía, a las puertas de los cielos. Aquel sería el hecho que precedería al caos, a la caída de la fe y al tormento. El preámbulo de la catástrofe. Cuando el colosal ser hubo obtenido una altura considerable, sus garras se abrieron y el cuerpo de su víctima se precipitó al vacío.

Se hizo un silencio tenebroso, incómodo. La angustia de la inminente caída quedó incrustada en la garganta de cada uno de los presentes, que impotentes, contemplaron el descenso de su siervo, amigo y compañero con el corazón encogido.
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Re: [Campaña de liberación] Tambores de guerra [Ancelot, Ethan, Aries, Sorel]

Mensaje por Sorel el Dom Sep 17, 2017 1:38 pm


Dolió.

Una gran pared de hierro que lo envió varios metros fuera de la batalla, contra la tierra. En su nariz se mezclaban los olores del ozono y la herrumbre. En la distancia pudo escuchar un gran ruido explosivo, y la batalla se tiñó de celeste durante un breve instante. La chamusquina jugaba ahora con los otros dos olores. Él miraba hacia el cielo, dolorido, intentando respirar con algo de esfuerzo. Existía otro sonido, como un caer pesado y repetitivo, cada vez más fuerte… como si temblara la tierra. Intentó reincorporarse, pero el dolor no le dejó. Una gran sombra fue apareciendo en lo poco que podía ver… una sombra cargada con una armadura pesada, que no era Ambrus; era mucho más tenebroso e imponente.

Solo pudo arrastrarse un poco, no lo suficiente. Más de un quintal le cayó encima, clavándolo al suelo a través del pecho, dejándolo a medio aplastar. Una pesada bota metálica lo aprisionaba contra el suelo, haciéndolo incrustarse contra la tierra, dejándolo indefenso cual escarabajo bajo una sandalia, a punto de romperse.

Un árbol de metal ascendió… una maza de batalla, con una cabeza casi más gruesa que el propio cuerpo del mago. Sus últimos días pasaron ante sus ojos, todos aquellos a quienes conoció, todos aquellos que le cuidaron, todos aquellos que ahora eran su nueva familia… Vasyl, Sean, Durren, Ambrus, Aries, Ancelot… Ethan… No había tenido tiempo ni oportunidad de despedirse. Simplemente, les había fallado.

El sonido del chapoteo, la caída al lateral de aquella herramienta de apisonamiento, lo hicieron abandonar aquel abismo de lamentos. Un brillo metálico, manchado de un carmesí oscuro, emergió desde la boca de aquel gigantesco enemigo. Al desaparecer, aparte de un borboteo rojo, desagradable y viscoso que apareció por donde se esfumó el filo, aquella gran mole cayó hacia un lateral, liberando al joven muchacho.

Conforme caía, pudo verlo, envuelto en la luz del día, contrastando con la sombra que se desplazaba. Grácil y elegante, descendiendo de su caballo aún con la espada manchada, con aquel filo que le salvó la vida. Le tendió la mano para ayudarlo a ponerse en pie, cual enviado de los dioses. - Trata de no exponerte tanto al peligro. La vanguardia no es lugar para un mago; seguro que Sir Laevatin te aleccionó sobre ello. - le comunicó su señor. No tenía palabras, no le salía ni un solo sonido de la garganta. El rubio fue a levantar el brazo izquierdo para tomar aquel apoyo, pero no le respondía, no era capaz de moverlo… simplemente era como un títere que le dolía. Con la diestra pudo alzarse gracias a la ayuda de su señor.

El hombro izquierdo le colgaba, con el brazo tambaleándose sin fuerza, solo con molestia. Miró alrededor, buscando dónde había terminado su grimorio… había salido volando sobre un pequeño desnivel a su espalda. El resto de los libros parecían seguir de una pieza dentro del macuto que lo acompañaba colgando tras él. Así que ascendió lentamente, bordeando el desajuste del terreno mientras se sujetaba el codo, intentando que no empeorara su situación. Desde aquel par de metros arriba pudo observar la victoria directamente a los ojos, a la muerte siendo dominada a base de hierro y sudor. Eran dos los enemigos que quedaban allí abajo, en inferioridad absoluta… Así que el plan de su señor había sido todo un éxito absoluto.

O no.

Un sonido estridente, sonando por encima de la torre. Su corazón se heló, como el de la oveja en el pasto que escucha el aullido del lobo a media noche. Levantó la mirada y vio descender aquel gigantesco relámpago negro, que casi lo hizo tropezar a él del viento que desató a su paso, y ascendió de nuevo arrastrando tras de sí a alguien más… Sus gritos apuñalaban su corazón, quebraban cualquier pequeño temple que le quedara en su voluntad… simplemente lo hacían temblar cuando lo soltó, como el gato que juega con su comida.

Pero en lugar de seguir jugando con Dylan, lo abandonó a su suerte. Al pasar de un lado al otro del torreón de piedra, lo perdió de vista. No aparecía de nuevo aquella oscura silueta por los cielos, recordándoles a todos su supremacía. Y no aparecería de nuevo por lo alto, voló sobre el suelo, a escasa distancia de la hierba del páramo y la tierra revuelta, con el siguiente objetivo en el punto de mira.

La criatura escamosa voló silente, como el águila que aún cuenta con el impulso de un vertiginoso descenso. Extendió sus garras, preparándose para abrazar a la presa más sencilla de esta ocasión, esa pequeña oveja rubia descarriada y apartada de todos en el punto más alto del campo.

Cuando el mago se giró, por suerte o por instinto, solo pudo cerrar los ojos y agacharse. Dos silbidos a su espalda, un arañazo en el hombro sano, y un empujón que lo llevó rodando desnivel abajo. Pero no lo apresó… Su familia se encargó de evitarlo.
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Re: [Campaña de liberación] Tambores de guerra [Ancelot, Ethan, Aries, Sorel]

Mensaje por Aries Rondo el Dom Sep 17, 2017 5:03 pm


Escaneando aquel jardín de locuras que tenían por campo de batalla, los ojos de Aries se clavaron en una escena distante. Fue como si le acabaran de herir con un puñal. Sorel, dulce chico del río, estaba en el suelo, atrapado entre la tierra y el metal de unas botas pesadas. El enemigo alzaba su arma sobre él con claras intenciones de pronto desenlace, y el corazón de Aries volvió a pararse. Exhaló su nombre con urgencia y estiró la mano hacia él. Demasiado lejos, muy lejos de su alcance.  No te vayas, chico del río, no te…

Y cuando Aries ya creyó ver la cabeza de Sorel abierta, se detuvo repentinamente el enemigo, como si una mano negra acabara de cortar sus hilos para robarle el tiempo. Y el mundo borroso comenzó a dibujar nuevas figuras que hacía un momento no existían. Una espada atravesándole la boca, y en el otro extremo, sujetándola con firmeza, la muerte.

Ancelot Levallois. Señor de la guerra, heraldo de la fatalidad. Montaba sobre su corcel sin temblar mientras atravesaba el cráneo del emergido; divino castigo para quien osa pisar su tierra por demasiado tiempo. Y ante la atónita mirada de la jinete, el joven Lord retiró la espada con elegancia y maestría, desmontando acto seguido para ayudar al pobre caído. Había algo sobrecogedor en aquella escena, algo visceral y escalofriante. Algo hermoso, inexplicablemente bello. Aries se sintió presa de una garra que le aprisionaba constantemente el corazón, y no hubo una sola imagen, una sola, que no le hubiera quemado las retinas ese día.

Entonces se dio cuenta; apenas resonaba el crepitar de espadas a su alrededor. ¿Acaso… había terminado la batalla? Ah, pero necio es el que sueña con el fin de la guerra entre el fuego y la muerte, pues ésta no tardaría en estremecer al mismo firmamento con una repentina tempestad hecha rugido. Y emergió de entre las nubes, inmensa y atroz, aquella pesadilla de alas negras que supo helar la sangre de cada valiente soldado. Un Caballero Wyvern, una mera sombra de esos que, antaño, surcaban los cielos de Bern en su defensa. Triste ironía.

Como otros tantos, Aries alzó la cabeza con labios bien separados y ojos bien abiertos. Había escuchado historias sobre la letal presencia de esos jinetes, y como siempre, las palabras no hacían justicia a la fuerza con la que la realidad golpea. Su pegaso relinchó, presa del malestar y el miedo, moviendo sus patas con nerviosismo ante aquella presencia que usurpaba su cielo. Su precioso cielo. Y volvió entonces a alzar las delanteras, más amenazante que nunca, cuando aquella criatura descendió rápida y peligrosamente cerca de su posición.

-¡Nívea…! –gritó Aries ante el violento arrebato de la yegua, una sacudida tan repentina que hizo caer a la jinete al suelo. Se levantó el viento y  todo pareció ocurrir en cuestión de un segundo. Escuchó un grito casi al tiempo que se golpeaba con la caída, y cuando quiso saber qué acababa de ocurrir, sus ojos se abrieron con horror para ver la figura del Wyvern alzándose de nuevo hacia el firmamento, con uno de los soldados atrapado entre sus garras. Un soldado, un amigo, un hermano, un hijo.

No debía pensar siquiera. Mente, no te nubles. Rodillas, no tembléis. Aries se incorporó rápidamente, obviando el dolor tras el golpe. Agarró fuertemente su lanza y montó a Nívea, con la rapidez y la desesperación de quien se queda sin aire. Y así era.

-¡Vuela! –le ordenó, y la pegaso desplegó sus enormes alas para conquistar ese hogar celeste que le había sido arrebatado. Su jinete la dirigió a gran velocidad tras el enorme Wyvern, en una posición más baja que éste. Rodearon la negra torre ante la mirada de los demás soldados, que desesperanzados no pudieron hacer más que observar el destino de su compañero. Así, cuando el Wyvern estuvo a suficiente altura, sus garras se abrieron para dejar caer a su presa al vacío, al silencio. Aries no respiró. No apartó los ojos de él.

'Ésta es mi familia, Aries.'

Y estiró su brazo hacia la figura en el aire, buscando llegar a tiempo, agarrarle como si buscara aferrarse a la misma vida.

'…Mi familia, Aries…'

Y sintió aquel fuerte tirón al conseguir aferrarse al brazo del joven con el suyo. Sintió la fuerza del mundo tirar de ella y se sintió caer. Y a punto estuvo de hacerlo si no fuera por el posicionamiento de Nívea, que con un movimiento rápido consiguió estabilizar a su jinete. Le tenía. Le tenía...

-¡¡Agárrate fuerte a mí!! -gritó Aries al soldado, mirándole a los ojos con el arrojo de quien teme y persevera, y no permite rendirse a ninguno de los dos. Nívea no tardó en acercarse a tierra, donde los demás soldados esperaban para alcanzar a su compañero. Sólo entonces Aries soltó aquella mano y le dejó caer en zona segura, sin detener su carrera como un mero vendaval que pasa de largo. Ojos como lanzas sobre el Wyvern, volvió a ascender. El jinete emergido ya volaba en su dirección, alabarda lista para la primera acometida.

-Nívea… -susurró ella, corazón encerrado en un puño y una mirada que ardía entre sus propias grietas. No hubo nada más que él en el mundo, nada más que ella. Y llegó, tras un suspiro, el estruendo del primer choque de armas, con las garras del colosal Wyvern rozando por poco la piel de la pegaso. Algunas plumas se deslizaron con el viento, cayendo a tierra como lentas estrellas fugaces. Él era más fuerte. Aries pudo notarlo con ese primer impacto que casi la desestabilizó. Pero no importaba; no había más camino que aquel que él marcaba ahora, ni más dirección que la suya. Volvió a girar Nívea para encarar a su enemigo una vez más, buscando, por orden de su jinete, una segunda embestida que bien podría ser la última. Aries respiró. Apenas vio nada. ¿Era esa la muerte? ¿Era ese su rostro?

¿Era ésta la gloria?
Afiliación :
- ILIA -

Clase :
Pegasus Knight

Cargo :
Guardia

Autoridad :

Inventario :
Lanza de bronce [3]
Vulnerary [3]
Dagas de bronce [1]
.
.
.

Support :
Sorel
Ethan

Especialización :

Experiencia :

Gold :
984


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Re: [Campaña de liberación] Tambores de guerra [Ancelot, Ethan, Aries, Sorel]

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