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[Entrenamiento] Honor de Acero [Lloyd]

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[Entrenamiento] Honor de Acero [Lloyd]

Mensaje por Roy el Lun Ago 21, 2017 6:33 am

El naútico zafiro extraviado en el ambar.
El fuego ondeante por el viento fantasma.

La corona del alba, alzándose vehemente en la áurica lejanía. El rocío de la mañana se extendía a la intemperie mientras una suave brisa, cálida y occidental, mecía las hojas y hierbas de la naturaleza en una danza con matices de parsimonia. Un clima templado, un cielo despejado. El amanecer se hacía un idilio para aquellos ojos que desde temprano aguardaban el ascenso del rey astro; discos azules que yacían expectantes bajo las mortecinas estrellas que aún permanecían salpicando la bóveda celeste desde lo infinitamente alto. Y era allí, apostado entre el borde del balcón fuera de la alcoba, a una buena altura del suelo donde los guardias se veían pululando el castillo cómo pequeños puntos negros, que una melena rojiza, abundante y esponjosa ondeaba de manera sinuosa al son de la brisa matutina. Ese frescor acariciar su piel, ese frío tan cómodo y característico que desperezaba todos sus sentidos.

De pronto, un par de toques a la puerta desviaron su atención, seguidos de una pronta aparición que apelaba a la presencia del aludido. Aquellos ojos zafiros, profundos e intensos como el mar mismo, se pasearon en la figura visitante a su dormitorio privado, y con una afable sonrisa y voz jovial pidió un momento más antes de bajar. El criado asintió y dio media vuelta con una dócil reverencia, expresando un claro respeto por su señor antes de desaparecer tras el marco de la puerta. El aludido suspiró, no le gustaba tanta formalidad, pero poco después su azul mirar regresó a esa pintura aureal que tantas imágenes, sonidos y caricias le daba a evocar.

«Donde sea que estés, ojalá estés bien... Mamá.»


[...]


El largo mesón en el salón comedor se veía repleto de una inestimable ausencia. Sólo el silencio, sólo el murmullo del viento, acompañaba a la única figura que allí se encontraba. No había nadie más que esa presencia adolescente entre infinitas sillas vacías, con bandejas de plata y vajilla de porcelana en pleno auge de su desayuno al frente suyo; huevos fritos con queso de cabra, unos tocinos y también puré de manzana; pan blanco, bien tostado y picado en rebanadas, con miel o la mantequilla a un costado para ser aderezados. Unos frijoles por aquí, algunos vegetales por allá, frutos frescos y secos cómo manzanas y nueces acompañadas por leche de vaca recién ordeñada, e incluso chocolate espeso o café negro por si lo deseaba. Un lujo para la plebe, lo normal para él. Pero, cómo era bien sabido entre la servidumbre del castillo, no necesitaba de algo excesivo para luego ser desperdiciado. Sólo lo necesario.

Así pues, luego de terminar, y cómo era una costumbre para él, acabó por recoger los trastos y llevarlos por su propia mano a la zona de lavado en la cocina, en vano, pues los mismos criados nada más al verlo le despojaron de todo aquel peso... cómo también le era una costumbre para ellos. El muchacho agradeció sinceramente y se marchó tranquilamente, no sin estar pensativo durante todo el recorrido.

Su padre había salido de viaje, y seguramente tardaría unos cuantos días. Lyndis continuó su camino, y esperaba que le fuera bien en la nueva etapa de su vida. Alice seguía convaleciente, por lo que no se le ocurría siquiera molestarla donde descansaba. Por ello, y más, y desde que había regresado de la capital, no se había sentido tan solitario cómo en esa mañana en particular, pues incluso su perro guardián no llenaba esa vacua necesidad. Parecía ido, parecía perdido. Sus pasos terminaron en el patio de armas, cerca de la entrada, y poco después las herraduras de su pardo corcel anduvieron por él mientras se veía acompañado por un par de leales soldados. Esa vez no iba a pasear por los alrededores del castillo mientras el astro se despuntaba en aquel apacible amanecer, esa vez iba a la ciudad en sí misma a explorar cómo antaño lo hacía, años ya, entre esa ligera pubertad.


[...]


El camino desembocó a las calles adoquinadas de la villa, con la gente abriendo y barriendo las entradas de sus negocios, conversando o caminando de un lado a otro; mercancías del puerto, carretas andando, la cotidianidad empezaba suavemente a despertar tal y cómo la paz de un reino libre sólo podía otorgar. Pherae era una tierra idílica, un sitio ideal para vivir en armonía.

Aquel joven a los lomos del caballo apenas podía siquiera imaginar cómo aquel pacífico panorama, meses atrás, había sido totalmente distinto cuando aún eran asediados por esos invasores conocidos en todos los rincones cómo emergidos. Recreaba la tensión y desasosiego en cada cara de su pueblo, los continuos rumores y el agobiante miedo, pero, gracias a su padre y el apoyo de personajes conocidos y héroes anónimos también sea dicho, se pudo exclamar por fin la libertad de una tierra siempre caracterizada por su inherente paz. Sentía un inmenso orgullo por su progenitor, una increíble admiración, pero extrañamente no la podía expresar a viva voz. ¿Por qué?

El ensimismamiento de aquella cabeza cubierta por su rojiza melena se vio desvanecida por una voz que le llamó. El joven volteó, era uno de sus guardias apuntando a una dirección. La azul mirada se encontró con una pequeña disputa en medio de la plaza central, riña que sólo se entablaba mediante elevadas palabras entre un hombre mayor y otro aún más mayor... muscularmente hablando, por lo que parecía ser a causa de un puesto comercial desbarato. El pelirrojo vaciló un momento, no era algo serio en sí mismo hasta que el anciano, de las palabras, se fue de las manos a por el más fornido que ni cosquillas le hizo. Era algo irrisorio los intentos del entrado en años por darle un escarmiento a su adversario, pues el mismo sólo bastaba con estirar su brazo y plantar su gran mano en la cabeza del contrario, y así, mantenerlo alejado sin esfuerzo de por medio.

No obstante, también era extraño ver un conflicto así de público como aquel, pues el gentilicio de la ciudad era siempre caracterizado por su diplomacia y cortesía, una idiosincrasia arraigada entre los ciudadanos, tal y cómo en los caballeros resaltando el honor y un valor innato, cosa que aludía a esos comerciantes cómo simples visitantes. El chico, desganado, suspiró con profundo hastío, desmontando del corcel y delegando las bridas a sus escoltas quienes se apresuraron a seguirle, pero se vieron desalentados ante una orden conclusiva del susodicho. Él lo iba arreglar por sí mismo.

Las largas botas resonaron entre el pavimento, avanzando sin prisa pero sin tampoco excesiva pausa. No iba a dejar que tal desorden, por muy banal que fuese, se suscitara en plena mañana y menos en un lugar tan concurrido cómo ese. Y así, práctico y tranquilo, intervino entre ambos cuando la gente no mostraba iniciativa de apartarlos. - Perdonen ustedes, pero... éste no es el lugar ni el modo para resolver sus diferencias. Si son tan amables, les pediría que se retiren del sitio. Están asustando a las personas y también hay niños. - Al menos, con sus palabras, pudo detener el conflicto físico, no sin notar cómo individuos ajenos al mismo parecían estar divirtiéndose por la riña antes sus residuales sonrisas, pero, al contrario de ellos, el más alto y ancho que el joven tenía al frente, no tomó de buena gana las palabras que dijo, y eso se notaba a leguas de distancia en su mirada y gesto encrudecido. No tardó en hablarle con un tono grave y duro cómo el acero mismo.

Sólo era un crío desconocido, y claro, el muchacho sólo llevaba una indumentaria ordinaria.
Por lo que, si no quería salir lastimado, largarse sería lo sensato.

Un jubón simple, sin demasiadas costuras u ornamentos, con un grueso pantalón, e igual de sencillo que se escondía en un par de largas botas hasta por debajo de las rodillas, era lo que vestía el chico. No llevaba nada más, nada que aludiera demasiado su procedencia... Excepto una aparente y enfudada espada, a su diestra y en su cinto. Ello, por supuesto, sumado a la condición foránea del par, sólo le hizo víctima de una displicencia tal que los hombres siguieron con su disputa improductiva. El chico suspiró, otra vez. - En ese caso, deberé llamar a los guardias... - Y la dureza se plantó en los ojos del grandullón, más sólida y agresiva que el filo de un acero, desviando su atención por la advertencia que el menor atrevidamente le impuso; o más que una advertencia, para el sujeto era una amenaza incluso, y una que no se la tomó con gusto. Dicho y hecho, casi alzándose a dos metros de altura del suelo, el hombre avanzó hacia el pelirrojo con pasos pesados y agigantados hasta dejar al viejo de lado.

La sombra del coloso se postró ante el muchacho,
el cual ni se alteraba en ese altercado.


¿Llamarás a los guardias? No creo que puedas hacerlo si te faltan los dientes, mocoso. - Ronco y retórico, le devolvía la amenaza al chico que, con un gesto demasiado neutro, sentía el pulso acelerar fácilmente en sus adentros. ¿Tenía ahora miedo? ¿Nervios? ¿O estaba ansioso? Su silencio delataría lo primero, mas aquella azulada mirada firme y clavada decía lo opuesto. Aquello era una invitación, un reto, una implícita provocación. Los escoltas querían intervenir pero la indicación fue clara, hasta que la gravedad de la voz contraria se volvió a presentar con más agresividad.

¿Me estás desafiando, niñato? ¡Pues a ver qué piensas luego! - Y la gran palma se abalanzó para agarrarlo... En vano. La figura del muchacho se había esfumado hacia un lado, dejando la extremidad barrer el aire ante un desplazamiento de sus pies cual pista de patinaje. Suave y fluido, raudo y decidido. El mayor quedó con ese vacío, burlado, pero con más ganas de alcanzarlo, una y otra vez mientras las piernas del menor se deslizaban entre el pavimento de aquella plaza y su torso eludía los agarres con audaz perspicacia. Un ritmo constante, rápido y sinuoso, que exhibió la flexibilidad que usaba en defensiva mientras, a su vez, sus ojos visualizaban el movimiento de los hombros para predecir la dirección del más grande que, de agarres, pasó con puñetazos a la furibunda ofensiva . - ¡Ya deja de moverte, coño! - Y sólo bastó aquel grito, con el puño en alza y brazo retraído hasta tras de la espalda, para ver el gran descuido en toda su masa humana.

Un paso seguido de otro, y el cuerpo del pelirrojo avanzó con la diestra afianzada en el mango de la espada. El metal brilló y una estocada impactó, en seco, entre el plexo solar mediante el pomo del arma quedando medio resguardada. Sí, sólo extrajo una parte de su arma para ejecutar una inversa y no-letal estocada, dejando poco más de un tercio de la hoja a la vista y evidentemente fuera de la vaina. El cuerpo del más pequeño sólo redujo, en un instante, la distancia en un impulso hueco hacia adelante, como un salto corto al tener una pierna al frente y justo cuando no había guardia alguna que defendiera a su contrincante. El resto cayó por su propio peso.

El  estruendo de algo grande desplomarse reverberó, dejando a un sujeto boca abajo y acongojado en el piso. El polvo se alzó y el silencio, con la gente alrededor, fue lo que quedó como un eco inaudible hasta que él mismo lo rompió. -  Ésto no era necesario, de verdad... - Y suspiró, por última vez, ante algo tan sencillo y poco descriptivo. Y resguardó la espada dejando su mano en el pomo de la misma arma.
Afiliación :
- LYCIA -

Clase :
Lord

Cargo :
Heredero a Marqués

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Espada de bronce [2]
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Re: [Entrenamiento] Honor de Acero [Lloyd]

Mensaje por Lloyd el Lun Ago 28, 2017 5:39 pm

Pherae, Pherae… Había algo en esas tierras que despertaba en su interior gratos recuerdos de un ayer que, por mucho que lo desease con toda su alma, no volvería a presentársele. Puede que Bern fuese el lugar que le vio crecer tanto en cuerpo, mente, y destreza, largos años pasados allí para entrenarse en lo que un día esperaría el Colmillo de él. Pero el reino al este de Elibe no era el único lugar en el que puso pie durante sus años mozos. Conoció las extensas planicies verdes de Sacae, también los gélidos parajes de Illia. Y, por supuesto, la tierra a la que perteneció el valeroso Roland: Lycia. Sin embargo, de entre todos los marquesados que componían la liga que fundó el héroe, Pherae fue el que más rememoraba. ¿Por qué, exactamente? Bien era cierto que una de sus más afamadas características era la crianza de caballos, la principal razón de su pequeño viaje. Claro que, toda tierra de caballos casi siempre era también conocida por ser tierra de caballeros.

«¿Y cuáles son los deberes de los caballeros?» fue una de las tantas preguntas que de niño le hizo a su padre cuando viajaba junto a él por el marquesado. El recuerdo era tan vívido que aún tenía grabada la forma en la que Brendan Reed se mesaba la barba y rumiaba para sus adentros; lo que le dijo fue que los caballeros se encargaban de salvaguardar su patria con honor, defendiendo al indefenso y encargándose de que la ley se cumpliese allá donde su jurisdicción se extendiese. «¿Entonces serían como nosotros, padre?», la pregunta en cuestión le sacó una sonrisa socarrona a su padre, que volvió a adoptar un porte serio al instante y le respondió que sí, pero al mismo tiempo que no. Así pues, le aclaró que podían tener bastantes similitudes, pero con una gran diferencia, y es que los caballeros estaban atados irremediablemente a la palabra absoluta de su señor, la ley en aquel momento. Por supuesto, él le inquirió en qué distaban exactamente las leyes de los monarcas y la Ley del Colmillo, pues ambas debían de contestar por las injusticias del pueblo. Brendan se limitó a decirle que con el tiempo lo entendería.

En parte sí que llegó a entender lo que quiso decir su padre en ese momento, pero había cosas que todavía que se escapaban de su comprensión pese a sus años de experiencia. ¿Qué era un caballero? Estaba claro que dependiendo del territorio, podía significar una cosa u otra. En Pherae, por muy cruda que fuese la realidad en muchos sitios, era de las pocas excepciones que se tenía al caballero por la figura que se representaba en los cuentos y novelas. Justos, leales, nobles…

Lloyd todavía recordaba las callejuelas de la ciudad que recorrió en su niñez, poco habían cambiado. Puesto que hasta el día siguiente no podría hacerse con el viejo contacto de su padre para negociar con los equinos, quiso invertir su tiempo en deambular de un lado a otro, en busca de algo nuevo por allí. Quizás con la premisa de que se toparía con esos afamados caballeros de los que se sentía orgulloso Pherae, además de su marqués. Pero todo apuntaba a que no sería ese el día. Lo único al alcance de su vista eran los animados lugareños aprovechando las ofertas del mercado. Por un momento pensó que incluso demasiado animados. Pero, oh, el alboroto que captó su atención no era otra cosa que un pequeño altercado que absorbió la presencia de los ciudadanos que andaban cerca, formando un círculo alrededor de uno de los tenderetes. Sintiéndose contagiado en parte por la morbosidad del público, Lloyd se acercó y oteó por encima de las cabezas la figura de un hombre tan corpulento que no tendría que envidiarle nada a su hermano, y otra más pequeña, y más entrada en años realizando un esfuerzo fútil por abalanzarse sobre aquella mole de músculos. Sobraba decir que para el alto, aquel acto no le suponía ni un mísero desafío si capaz era de mantener en raya al anciano con la palma de su mano. Le acompañaron las risas entremezcladas con el bullicio, un pequeño recordatorio de que en reyertas tan mundanas como esta, absolutamente nadie estaría por la labor de interceder y detener a aquellos dos individuos. Pero sí de plantarse allí como una panda de mirones que disfrutaban del espectáculo. No era la primera vez que se encontraba con estos casos, y viendo que aquello no le llevaría a nada que fuese productivo, Lloyd suspiró e hizo ademán de dar media vuelta.

Lo que le hizo detenerse fue aquel destello rojo, tan similar al que desprendía una llama. Hubo alguien que sí se atrevió a interceder y plantarle cara al hombre más alto, y resultó ser un muchacho pelirrojo, de vivaces ojos zafirinos, y que rondaría la quincena. A simple vista, un muchacho cualquiera, tenaz, como los de la mayoría de su edad, y que no sabía en qué se estaba metiendo.  Simple vista, claro. ¿O acaso un muchacho cualquiera llevaría colgada una espada en el cinto?

A parte de la presencia del arma, hubo algo más, otra cosa que captivó a Lloyd y le instó a seguir con una mirada metódica y llena de intriga al chico. Entonces, se desató el primer acto de violencia por parte del gigante, alzando su portentosa mano para descargarla sobre la faz del joven. Pero sus nudillos tan solo conectaron con el aire. Lloyd afiló aún más su mirada, una que, a diferencia del resto de presentes, estaba lo bastante curtida para captar y valorar aquella finta ejecutada con una limpieza de movimiento y juego de pies impecables. Y lo que le precedió fueron más muestras de lo que estaba deseando presenciar desde el primer momento: uno tras otro, el chico realizaba esquives con la gracilidad y ligereza de una hoja danzando en el aire, sin perder el ritmo de los pasos por cada manotazo errado que sacudía el otro.

Iracundo, el grandullón se sentenció con un intento de puñetazo que le hubiese partido los dientes a cualquiera que tuviese en frente. El joven lo visualizó, del mismo modo que estuvo haciéndolo con el resto de sus acometidas. Y en el momento que su mano se deslizó a la empuñadura de su espada, los ojos de Lloyd centellearon con intensidad.

Un golpe seco, extrayendo en parte el arma con fluidez. El extremo de la empuñadura impactó sobre el pecho desprotegido del hombre.

Y cayó con todo su peso en el pavimento.

[…]

Quería más. No supo cómo le surgió semejante deseo, pero quería ver más. Hacía años de la última vez que las habilidades en la esgrima de alguien despertaban en él aquella fulgurante llama. No se iba a mentir a sí mismo; todavía era joven, y aun faltaría hasta que su estilo estuviese refinado. Sin embargo, era ver la destreza de ese muchacho y contemplar un sinfín de posibilidades que ningún otro pudiese tener a su alcance.

Fue paciente, sentándose sobre un barril que le quedaba cerca y aguardando a que la muchedumbre satisfecha con el resultado de la contienda se disolviese para volver a sus mundanos asuntos. Solo entonces, le clavó una intensa mirada al muchacho de cabellera roja y, cuando lo tuvo lo bastante cerca para que se percatase, le dedicó unos aplausos lentos, pero rítmicos. —Un juego de pies ejemplar. Son pocos los que he visto con semejante soltura —le dijo, condescendiente—. No sabes sólo como moverte, si no a dónde moverte. Se precisa de un buen temple para analizar los gestos del rival con tan poco margen de tiempo. —Apoyó su codo derecho sobre la rodilla y se llevó la mano al mentón—. Si me permites importunarte con una pregunta: ¿quién fue el que te enseñó a pelear de esa manera?
Afiliación :
- BERN -

Clase :
Myrmidon

Cargo :
Capitán del Colmillo Negro

Autoridad :
★ ★

Inventario :
Vulnerary [3]
esp. de bronce [2]
esp. de bronce [2]
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None.

Especialización :

Experiencia :

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