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Perder de vista al mundo [Privado - Yrumir]

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Perder de vista al mundo [Privado - Yrumir]

Mensaje por Reyson el Sáb Ago 12, 2017 8:38 pm

Ese tenía que ser el lugar, esos techos afiladamente apuntados hacia el cielo que aparecían en el horizonte y esas luces empezando a brillar a medida que el sol bajaba. El nuevo reino en que Seraphiel vivía... o eso esperaba. Era la primera señal de civilización que Reyson veía en largo tiempo de vuelo, no había tenido oportunidad de aprender mucho de las fronteras y los reinos fuera de Tellius, pero pensaba que ese tenía que ser el lugar prometido. Hallar algo que viviera al final de su viaje por Valentia le daría algo de alivio.

El trayecto había llegado a hacerse inquietante. Su objetivo al acudir al continente sureño siempre había sido Senay, ese lugar en que aparentemente regía un laguz halcón, pero pronto había decidido ese desvío al comprender que se encontraba relativamente cerca, como para ir en busca de la otra garza también. Sólo para verle y saber que estaba a salvo. Claro que aún significaba unos días de viaje, incluso al ritmo de vuelo de un ave en lugar de cualquier torpe vehículo, pero tal cosa jamás había molestado al príncipe blanco. Ya no tenía miedo. Así como había llegado a aceptar que no había lugares seguros en el mundo, había perdido el temor a que sus alas lo llevaran donde necesitara ir. Surcando los cielos por lo alto, a veces observaba ausentemente la desolación de ese continente por debajo y a veces hacía ojos ciegos, dado que de todos modos no se involucraría con ello, sólo prestando atención al horizonte que le esperaba. Batía sus alas blancas con calma, cuidadoso de no agotarse, y cuando deseaba dormir o se ponía hambriento hallaba árboles en flor a los que descender. A la naturaleza le importaba muy poco la presencia o ausencia de los humanos. Inclusive los árboles maltratados volvían a dar flor y fruto, si se les daba tiempo, y a ofrecer cobijo para el ave de largas plumas y enorme cola. A la luz del día, Reyson entonaba pequeños cantos para ellos. Imbuía magia en sus palabras de ánimo para la vegetación y la tierra maltratadas. Luego, jamás sintiéndose solitario, emprendía otra jornada de vuelo.

Pero, después de un par de días, las señales de combates humanos se habían hecho demasiadas para su bienestar espiritual. Empezaba a ver los restos de campos de batalla recientes. La angustia se sentía pesada en el aire, como brea pegada a sus plumas, haciendo más agotador el vuelo. Hasta los árboles habían comenzado a aparecer quemados y torcidos, y entonces sí se había sentido sólo, como si tocara el fin del mundo y no fuera a hallar nada más del otro lado. Por eso era que la aparición de un sitio vivo y civilizado le daba tanto alivio. Aún así, sin haber sobrevivido todo ese tiempo a base de descuidos ni confianzas, la garza no descendió al lugar sino que lo sobrevoló todavía. Observaba, más que cualquier otra cosa. Percibía. Sentía un ambiente enrarecido y a la vez algo que le llamaba con una buena bienvenida. Finalmente, descendió a una ciudad sureña cerca del mar, persiguiendo una sensación familiar y agradable. En pequeña medida se sentía como una ciudad dragón, uno de esos sitios en que toda vida era centenaria.

Pero pensaba que tenía que haberse equivocado, de alguna forma, porque cuando cambió su forma y sus pies pisaron tierra, lo que vio a su alrededor no fueron dragones. No fueron laguz, de hecho. Un puñado de humanos transitando las calles y los edificios pasaron cerca de él sin detenerse, aunque lo miraban. En breve, Reyson cruzó miradas también con un par de tigresas laguz que paseaban platicando entre ellas, ajenas a los humanos. Sintiéndose confundido y algo agitado, el príncipe dirigió sus pasos fuera del camino principal, medio queriendo detenerse a componerse y medio temiendo al concepto de quedarse quieto entre presencias humanas. Sus plumas se erizaban con escalofríos. Quería partir, definitivamente quería dejar el lugar, pero se tornaba noche cerrada y él no podría volar a oscuras. Al final, sin pensarlo, terminó metiéndose al primer edificio de aspecto medianamente vacío que halló.

Se trataba de una biblioteca. Al entrar tenía que bajar algunos tramos de escalera y sus rellanos de gran tamaño, pero una vez entre las estanterías, se hacía mucho más fácil encontrar soledad. Con las manos hechas puños a su lado, caminando aprisa, Reyson pasó de largo la recepción y se adentró directamente, sin planear parar hasta no sentirse completamente ajeno a la agitación. Sólo allí pararía. Sus alas iban sólo a medio plegar a su espalda, como si en cualquier momento fuera a terminar de abrirlas y emprender vuelo. Rozó un par de estantes con las puntas más largas de las plumas.
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Hacha larga de bronce [2]
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Elixir [2]
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