Hora en el foro


Síguenos
Conectarse

Recuperar mi contraseña

TWITTER
afiliados


Project Fear.less

Crear foro

[Entrenamiento] Espada Alada [Alice]

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

[Entrenamiento] Espada Alada [Alice]

Mensaje por Roy el Miér Ago 09, 2017 1:35 pm

Almas que se encuentran entre los cruces de la vida.
Incierta era la certeza sobre qué les deparará en el camino de la misma.


El reflejo de una imagen convexa, juvenil y pelirroja, se hallaba entre los ojos saltones que imposibles de ocultar yacían con su inminente curiosidad por esa misma figura reverberando en sus retinas. El equino se mostraba manso, apacible y receptivo, con esa mirada suya sobre la persona acariciando su pardo costado, cosa que le hacía ondear sutilmente la cola en agrado por el gesto tan confiando del muchacho. La gran cabeza alargada apenas y se curvaba tras de sí para observar cómo aquella mano humana, joven y enguantada, surcaba sus crines castañas con la dedicación que se le daría a una tela aterciopelada; se notaba en el chico el asombró por semejante espécimen, embelesado por su porte, por la firmeza de sus patas, por la suavidad de su piel. Él no sabía qué tan bueno se podría considera un caballo, no conocía demasiado de sus características cómo para asegurarse que un semental cómo aquel sería una montura ideal, pero algo en su interior, más allá de las cualidades físicas que le otorgasen una envidiable aptitud, sentía una extraña pero especial predilección por Quirón.

Es increíble... ¿En serio padre me estaba reservando ésto? - Inquirió el muchacho con sus ojos rutilando de emoción a la imagen del cuadrúpedo animal. El mayordomo, junto al cuidador de los establos y cabellerizas, asintió a las palabras ajenas con una amable sonrisa al ver la complacencia en el renombrado heredero del marqués. Era bien sabido que el señor de aquellas tierras haría lo que fuera por el bienestar y felicidad de su hijo, siempre y cuando estuviera en sus amplias posibilidades, claro estaba.

Así, pues, el cuidador le dio unas indicaciones al futuro jinete de aquel frisón, instándolo a tener cautela con el mismo a la hora de cabalgar por ahí.

El equino, a pesar de tener un carácter dócil y tranquilo, era bastante impulsivo cuando partía a sus anchas en los exteriores. Era enérgico y poderoso, con la tendencia a descarriarse a las ordenes de su domador. Era como el viento, que puede ser una afable brisa y de repente pasar a un atroz vendaval. Y si algo particularizaba físicamente al animal, era una gran mancha blanca entre los ojos con forma de rombo, así mismo que el pelaje alrededor de sus cascos eran igual de blancos. Sin más, el joven pelirrojo dio muestra de anuencia a las palabras contrarias. Su diestra subió al estribo y su izquierda le seguía de un salto hasta al otro lado, aupándose al lomo del caballo hasta equilibrarse en la silla. Se sentía invencible en la misma.

Recuerde llevarlo despacio, señorito. - Sugería el mayordomo, esperando que éste atendiera a la cautela, mientras el cuidador abría la puerta con cuidado para darle paso libremente al muchacho. - Su padre me mataría si a usted... - Y el huracán zarpó, abofeteando a uno de los vasallos más serviles y antiguos del castillo con una impetuosa aparición que llevaba por encima la bandera de una abundante y rojiza melena. Los cascos resonaron por todo el espacio y los soldados en las cercanías dieron paso el joven cabalgando desbocado, llegando hasta el patio de armas, donde los caballeros y guardias contemplaban la escena que desbordaba pura energía, y desapareciendo en la gran puerta hasta perderse en la esquina.

Ya en los alrededores del castillo, el corcel y su jinete transcurrían libremente por los campos colindantes. El aire arreciaba contra sus cuerpos, imponiendo férrea resistencia en tal vertiginosa faena, mientras el sol de la mañana se despuntaba en lo alto hasta irradiar con toda su fuerza. Y se sentía estupendo, y se sentía imponente. Era un instante que emulaba al vuelo y su deseo era precisamente ese: poder volar, viajar sobre las nubes de la bóveda celeste. Ir más allá hasta donde la vista alcanzaba aunque su humanidad desafortunadamente no se lo permitiese. Pero su rojo cabello se alborotaba, desordenándose aún más de lo que normalmente estaba. Sus ropajes, de blanca camisa abotonada y mangas largas hasta las muñecas donde nacían sus guantes canela, con un pantalón marrón hasta esconderse bajo las rodillas por el comienzo y protección de blancas botas largas, eran las típicas de quien va a un paseo de equitación.

Su indumentaria, aquel día, estaba a la medida, cómoda tras caer en el salón principal justo cuando coincidió con Lyndis al pasar. Aún lo recordaba y sus pómulos se matizaban de un tenue carmín, avergonzado por semejante fallo; sin embargo, decidió no recordarlo más, allí sólo iría a disfrutar del viento golpear su faz, de sentirse dueño de su destino mientras las bridas se mantenían ceñidas bajo sus dedos. Y fue entonces que su cabalgata poco a poco se vio viendo con menor intensidad, menguando su velocidad hasta verse parar en lo alto de una colina y allí, finalmente, descansar.

Sólo un árbol y una piedra al costado yacía en ese lugar solitario. Podía ver parte de la ciudad, a su pueblo trabajar, pues la ubicación de su hogar se hallaba en lo alto de un promontorio rodeado de un amplio terreno llano, pero no demasiado aislado de la popular comunidad que para llegar debían transcurrir por el único camino principal cuesta arriba, aunque la pendiente no era demasiado pronunciada realmente.

La transpiración del joven comenzaba a humedecer sus prendas, pegándose incómodamente a su tez trigueña. El contorno de su espalda se marcaba, así como sus brazos y pecho a la tela. Respiraba, pero no por cansancio, sino por lo emocionado que se hallaba luego de haber saciado aquel ímpetu por una velocidad desmesurada. Y el caballo, inquieto, se movía de un lado a otro mientras el trataba de manejarlo con la vista ensimismada en el azul lejano. El mar. Sencillamente, era fantástico, aunque aquel color le recordaba a algo; le recordaba a alguien en concreto por el tono en sus ojos y su cabello. Pero pese a ello, su abstracción de pronto se vio diluida por una serie de sonidos en la lejanía; y desde allí, en su alta posición, podía tener un buen campo de visión. Y entonces lo vio, a unas trescientas yardas de su ubicación.

Justo en aquel camino que conducía al castillo, un carruaje tirado por un par de caballos era perseguido por un grupo de hombres armados, y eso se juzgaba por la prisa del carro y los jinetes alejados que le estaban dando caza por una distancia y tiempo que ignoraba. ¿Qué podía hacer? El muchacho sopesó, no llevaba ningún arma, y regresar al castillo a dar aviso y pedir auxilio le tomaría demasiado tiempo, algo de lo que no disponía por la cercanía de los perseguidores. Tenía que actuar, y eso era... ya. - ¡Hyah! - El caballo de guerra se alzó en sus dos patas traseras, relinchando con brío al ser espoleado por el jinete que le instaba a la rauda arremetida. Y no tardó, pues, dado que aquella brisa que normalmente descansaba en las caballerizas, se convirtió en un impetuoso vendaval sobre la alta colina. Y salió, temerario y en descenso a la pendiente, viéndose por el sendero de tierra y a contracorriente.

El frisón al galope se lanzaba de frente, casi frenando al conductor acompañado de un soldado cuando éste le vio. Sin embargo, su terror se desvaneció al hallar una mano alzada en el aparecido que con vértigo se acercaba atrevido, pues, inmediatamente a ello, el chico inclinó su postura hacia adelante ofreciendo menos resistencia al aire, atizando a su animal con las riendas en mano a imprimir mayor potencia y velocidad. Y el corcel, gustoso, accedió como jamàs había sido visto por su cuidador, demostrando su poderío hasta pasar de largo y por un costado del vehículo. Pero el muchacho, por un efímero instante, captó a la orilla de su azulado ojo un tono dorado y brilloso. Y es, cómo si fuera a cámara lenta, que halló una inesperada mirada azulada, rodeada por una tez pálida y aterciopelada desde el interior del carruaje a través de la ventana. Y fue un visto y no visto, pues su embate no cesó en contemplación a lo que yacía por delante de su determinación: el grupo de bandidos.

No eran más que un sexteto, una comitiva que no podría enfrentar sin más, pero su impetuosa velocidad y frontalidad harían a sus monturas vacilar. Era su plan. Y así lo hizo, pues su osadía no se deshizo.

Los bandidos titubearon ante aquel aparecido que no frenaba su galope insensato. Parecía que iría a estrellarse contra ellos, junto a un semental bajo sus riendas y esa sonrisa de quien seguro está de sí mismo, o intenta estarlo, cuando estaba a punto de embestirlos. Pero sea cómo fuera, y aunque sus mentes criminales estaban dispuestas a alcanzar su presa, los animales entre sus bridas no pensaban lo mismo, hasta verse toda la comitiva desbaratada por el paso fugaz de un huracán barriendo la formación en dos y su incesante persecución hasta partirlos a la mitad. - ¡Já!

Imposibles de controlar a sus monturas, se vieron frustrados e impotentes ante el terror que sufrieron de casi ser arrollados por un flecha parda y curiosamente escarlata. No pudieron sino más que dejar marchar a su presa en vista de la cercanía del castillo. No se arriesgarían a entrar en los lindes del mismo. ¿Pero dónde estaba el aparecido? Pues tal y cómo llegó, así desapareció.

Poco después, los caballeros y guardias recibían a las puertas del castillo a un agitado y asustado conductor. Sus palabras fueron, más que dichas, escupidas entre el pavor que aún atenazaba su razón. Fue llevado a descansar mientras un soldado, que había escoltado desde el puerto al vehículo, explicó lo más que pudo lo sucedido, y que, de haberlos enfrentado en solitario, no estaría allí para contarlo. ¿Dónde quedaba el valor característico de todo habitante Lyciano, y aún más del marquesado de Pherae en donde sus caballeros portaban el estandarte de un coraje inquebrantable? Tal parecía que era todavía joven, demasiado para ser claros, y uno sin mucha experiencia en combate; posiblemente un descuido a raíz de la paz lograda en el reino. Bien podían no haber ejércitos emergidos, pero aún quedaban esos malolientes forajidos. Y entonces, el joven soldado que había estado al lado del conductor, pareció reconocer a quien les auxilió ingresando por el gran portón y a los lomos de un pardo frisón.
Afiliación :
- LYCIA -

Clase :
Lord

Cargo :
Heredero a Marqués

Autoridad :
★ ★

Inventario :
Espada de bronce [2]
Vulnerary [3]
.
.
.
.

Support :
None.

Especialización :

Experiencia :

Gold :
324


Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: [Entrenamiento] Espada Alada [Alice]

Mensaje por Alice Schuberg el Jue Ago 10, 2017 9:28 pm

Las noches con dolor cesaron hace semanas, aquellas acompañadas de terribles pesadillas hace días. Pero ahora, los sueños de Alice estaban vacíos, de un modo u otro no conseguía encontrar descanso.

Y así había seguido desde el infortunio acaecido en Regna Ferox hacía casi tres meses, lugar donde perdió a su pegaso y salvó su vida por la mínima. Pudo oír sus lesiones mientras los sanadores de Altean la trataban, con medios físicos y mágicos, ninguno de ellos exento de aflicción: Los huesos del brazo izquierdo se partieron a raíz de los fuertes golpes del martillo de guerra, una costilla fracturada por la caída de su montura y sobre su ojo derecho, no sabían si se recuperaría del traumatismo y la infección. Era una lesión delicada, molesta, con una evolución lenta e intermitente. Las sanadoras de Lycia tampoco salieron de dudas entonces, aparte de seguir tratando el mal, y esperar a que los síntomas cesaran o empeoraran obligando a extirpar a la chica el globo ocular.

El dolor, la conmoción y todas las posibles consecuencias de una batalla contra los emergidos habían caído sobre ella, un martirio tal que la muerte habría sido un desenlace menos tortuoso que la supervivencia. Fue una experiencia abrumadora que consiguió romper no sólo el cuerpo, si no la mente de la jinete. Incontables emociones negativas erosionaron su ya de por si temperamental forma de ser. Su humor se volvió inestable: La energía que desprendía en el pasado quedó apagada desde entonces, mostrando una apatía característica en las depresiones. Acompañado de cambios de humor infrecuentes pero explosivos, generando conflicto, un comportamiento errático de una persona que había sufrido demasiado.

El tiempo había traído consigo signos de mejora en la salud de la joven, alivio físico en primer lugar, que trajo consigo mejores condiciones para el descanso. Su cuerpo estaba respondiendo bien a los remedios, los huesos habían soldado adecuadamente, aunque una venda con cabestrillo cubría un brazo izquierdo pendiente de rehabilitación. Alice estaba en un estado en el que no sólo podía tomar paseos, si no que era altamente recomendable que los tomase. Lord Eliwood, quien había invitado a la señorita a terminar su recuperación Lycia, estaba muy al tanto de su evolución. Cuando llegó el momento, organizó para ella diversas escapadas a los alrededores del castillo para así combatir el enclaustramiento tan prolongado que había tenido mientras se reponía de las heridas. Tal actividad llegó un día como aquél, para su sorpresa, pues no siempre estaba atenta a los avisos que le daban sus cuidadores.

Fue despertada bastante temprano esa mañana, después de curar su ojo derecho y vestirse tomó un carruaje que le llevó por los alrededores de Pherae. Desconocía la duración ni el itinerario, pero no pareció importarle a Alice. Tampoco el hecho de que terminaran abruptamente con su descanso. Aunque le resultara molesto en primera instancia, en el fondo, agradecía tener aquellos peculiares pasatiempos. Abrió los amplios ventanales para tomar un primer bocado de lo que le esperaba ese día. El clima era agradable: El sol era permisivo con aquellos a quien iluminaba, con una intensidad que no quemaba la piel sin importar cuanto tiempo estuviera expuesta, brindando un tenue y relajante calor. La brisa acompañaba de igual modo, tan suave que acariciaba pelo y ropa, haciendo que ondeara sutilmente. La combinación de ambos elementos era armoniosa, Alice tomó una gran bocanada de aire y la dejó escapar en un suspiro. Al otro lado del portón principal esperaba un elegante carruaje tirado por dos caballos, parecía cómodo a simple vista, lo suficientemente espacioso para que no se sintiera encajonada. Se le escapó una tímida sonrisa, algo que no acostumbraba a hacer últimamente. Las vistas desde la habitación del castillo que alojaba, a cierta altura, eran demasiado prometedoras como para rehusarse a tomar aquel paseo.

Eventualmente la joven de cabello dorado salió al patio para tomar aquél transporte. Ataviada con ropajes de su característico tono azul zafiro con detalles blancos en la parte central, pero esta vez elegiría algo más elegante. No había dejado de gustarle aquél que se asemejaba al atuendo de un ama de casa, pero no lo vio conveniente para aquél día especial. Buscó un punto medio entre la comodidad y la belleza, optando por un mono azul corto acompañado de una rebeca blanca. Para tapar sus piernas, superpuso una falda larga azul de fina tela que acababa en sus talones. Se calzó unas sandalias, consciente de que era posible que hicieran parte del camino a pie, pero no grandes distancias. Hubo algo que no había cambiado y que posiblemente no cambiaría jamás: su cinta de pelo. Larga y blanca, que separaba el flequillo de los largos mechones de la parte frontal de la cabeza, desviando su caída convenientemente para que no dificultaran la visión de la mujer. Su bordado: una flor de cuatro pétalos, cuya morfología no era fácilmente reconocible. Alice no salio de su alcoba hasta que vio su reflejo en el espejo, quería volver a sentir esa mezcla de emoción y diversión en tomarse su tiempo en arreglarse para tener el semblante que deseaba. No estaba en su mejor condición física pero se sintió a gusto con su apariencia, por lo que no tardó en darse el visto bueno. No le dio ninguna importancia a la discreta tela negra que cubría la parte derecha de su cabeza, haciendo la función de venda y parche ocular.

Dama y comitiva, la cual constaba del conductor y un guardia de confianza, tomaron el carruaje dando así inicio a la tranquila travesía.

Como era de esperar, el castillo pertenecía a una ciudad, y era esa ciudad la primera zona que debían atravesar si querían salir a campo más abierto. Y es era el destino que tomaba el carruaje, si es que no había otra sugerencia por parte de la invitada. Había una separación considerable entre feudo y villa, la cual tomaba un tiempo recorrerla, los verdes paisajes correspondían al buen tiempo que hacía en el marquesado. Era una vista tranquila y agradable que contrataba con el bullicio del pueblo portuario una vez llegaron, pero no lo hacía menos entretenido. Alice paseó por la plaza principal, los astilleros y el mercado, siempre custodiada por el diligente guardia, para que ella pudiera desenvolverse sin peligro alguno. No escatimó en gastos, sobre la marcha preparó un sinfín de regalos para su familia de Illia, ropa, cerámica, tallados, exportaciones varias... Hacía mucho que no se distraía en la ciudad, compraba... con la llegada de los emergidos esa actividad desapareció, pero Lycia había lidiado con aquella amenaza, la vida allí volvía a ser como antes. Era nostálgico. La mañana se completó con un dulce típico de la zona que Alice no dudó en consumir de inmediato, seguido de un profundo cansancio, cerca de dos horas era un buen lapso tiempo para un paseo por el pueblo.

Tan pronto como entró en la carroza su cuerpo se sintió pesado, y se durmió. Mas ese sueño tampoco iba a ser profundo.

[…]

El carruaje había llegado a salvo al castillo, bajo resguardo de las murallas de piedra. No obstante, el revuelo y el pánico se habían apoderado de los más jóvenes de la corte. Así eran el conductor y el guardia, quienes aún no habían conseguido quitarse el susto del cuerpo. La criada a cargo de Alice fue quien le abrió la puerta, preguntando al instante por su estado. Al salir del carro sentía más impotencia que miedo, más enfado que congoja. Una profunda desazón. Sin embargo, tomó aire, controló su ánimo: Arruinaron el perfecto día, pero todo había salido bien. Decidió acabar con la sobredimensión del problema de forma serena pero tajante. - Sólo eran un puñado de chiquillos. Debieron verme comprar demasiado en el mercado y decidieron venir a por mí. No estaban preparados, ni siquiera organizaron bien la emboscada. Si bien son un problema, no son un peligro inmediato. - Miro a todos los allí presentes, con decisión, un único ojo era suficiente para transmitir el orden que estaba buscando. No había motivos para generar una alarma en todo el castillo, los responsables pertinentes se harían cargo del incidente en algún momento.

Sin embargo, su ojo izquierdo buscaba una última persona, una flecha bermeja que pasó en dirección contraria al carro cuando éste estaba siendo perseguido. Habría dicho que se trataba del mismísimo marqués el que se había lanzado a su rescate, de no ser por las noticias que habían circulado los últimos días.

A fin de cuentas, sabía que Eliwood nunca sería tan incauto como para enfrentarse con esa falta de juicio y en inferioridad numérica. - Roy... - Masgulló en el mismo instante que una joven silueta atravesaba el portón del castillo. El vivo reflejo de su padre, pero más osado, más insensato.

Irónicamente, le recordaba a ella misma, hace menos de tres meses.

- ¡Es roy! ¡El fue quien nos ha auxiliado! - Anunció el soldado una vez lo vio llegar, señalando, agradeciendo su tan providencial hazaña. Al menos, todos se arremolinaron en torno al sujeto y no al suceso. Era más productivo para Alice aquello que cundiera el pánico, pero no podía estar más lejos de sentir aprobación por Roy.

Alice no dijo ni una palabra, simplemente entró al patio interior del castillo, donde solicitó que bajaran su equipo de entrenamiento.


Última edición por Alice Schuberg el Mar Ago 15, 2017 2:42 pm, editado 1 vez
Afiliación :
- SILESSE -

Clase :
Falcon Knight

Cargo :
Soldado (Ejército de Silesse)

Autoridad :

Inventario :
VULNERARY [3]
Esp. de bronce [2]
Lanza de bronce [2]
Lanza de bronce [2]
Lanza de bronce [2]
.

Support :
None.

Especialización :

Experiencia :

Gold :
445


Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: [Entrenamiento] Espada Alada [Alice]

Mensaje por Roy el Vie Ago 11, 2017 10:13 pm

Perlada la frente de sudor, con el cabello revuelto ante una calurosa aventura acaecida minutos atrás, respiraba entrecortado mientras trataba de disimular la natural agitación con cierta dificultad. Si su padre se le apareciera en ese instante, y supiera lo que había hecho, sin duda se le saldría el corazón; era demasiado cuidadoso con él, pero esperanzado yacía en que más tarde lo descubriera, cuando las cosas hubieran pasado y la marea hubiera bajado. Los pasos del pardo corcel resultaba en una imagen de porte resuelto y elegante, como si su jinete hubiera acabado de llegar indemne y victorioso tras una apoteósica batalla, cosa no muy bien precisa para lo que su realidad atañe, aunque igual de osada y precipitada en pos a salvaguardar el bienestar de los demás, de los indefensos contra los agresores. Era un ideal loable y natural de todo caballero en Pherae, y él, necio, se había lanzado en solitario a embanderarlo.

Guardias y algunos caballeros, tras escuchar al joven soldado de confianza, pero que no era más que todavía un escudero, se arremolinaron en torno al valiente heredero a pesar de no compartir, algunos, esa imprudencia entre algunas frases de reprimenda, pero también de elogios ante un acto, aunque peligroso, igual de valeroso. Y era cierto, había sido algo atrevido, pero las circunstancias así lo apremiaban y así lo exhortaron, primando por la ajena integridad más allá de su propia seguridad. De tal modo, ya estaba hecho, y había sido un suertudo de salir ileso y entero. Fin de la discusión.

Roy desmontó, notando como el mayordomo corregía al soldado por el tuteo que éste le había lanzado nada más al verlo. El joven se acercó, tirando de las bridas a su corcel, hasta llegar a nivel del entrado en sus años con un gesto risueño, desestimando un poco aquel sermón que le estaba dando al otro menor. - No pasa nada, descuide. Pero cambiando de tema, ¿podrían llevar a Quirón a descansar? Hizo un buen trabajo y debe de estar agotado. - El mayordomo, junto al escudero, observaban al más pequeño con un gesto curioso. Su forma de hablar, de gesticular, aunque no era algo vulgar, tampoco era demasiado formal como se acostumbraba a ver entre los demás miembros de la alta sociedad. Roy en ese aspecto era poco convencional, algo que su padre trataba de corregirlo pero con resultados poco fructíferos.

Así pues, su mano enguantada se posó en el hombro metálico del joven escolta, con unos años demás, y se encaminó tras la estela dorada luego de dejar a buen resguardo a su montura en el establo junto al cuidador de caballos. Y es que, ante de desmontar, había presenciado a una figura lejos del corrillo que había acordonado todo el espacio para recibirlo, y justo apenas cruzó el umbral del gran portón. Pero al contrario de todos ellos, dicha presencia sólo se alejó.

Las botas blancas siguieron los pasos que habían sido dejados, cruzando hasta el patio interior donde lo último que escuchó fue, precisamente, la palabra «entrenamiento» vagar cómo un corto eco. Y allí la vio, de espalda a él. Una larga caída, sedosa y acendrada, exhibiendo la intensidad de un áureo color que hasta resultaba cegador en reflejo a la luz del sol. Era el matiz dorado que antes hubiera visto. Una chica, a juzgar por su silueta que se estrechaba en la cintura formando una curvilínea figura, ataviada de exuberantes pero a la vez modestas prendas que la destacaban entre la multitud. Y era esa mezcla entre dorado, azul y blanco que le daban un aire renovado, muy fresco al mirar, en contraste al jovenzuelo de tonalidades neutras, blancas y marrones, bajo esos ojos azules y melena bermeja. Y entonces, aclaró su garganta antes de llamar la atención de la muchacha, pues la misma era una personalidad que su padre le había mencionado días antes. Esperaba no equivocarse. - Alice... ¿no?

Eliwood le había hablado sobre los invitados que se hallaban en el castillo; cómo Lyndis, la heredera de Caelin, de la que su historia y procedencia era bastante aventurera; o el Príncipe del Reino de Altea, que cuyo nombre recaía en Marth, y con quien aún no se había topado a la vez que, curiosamente y según lo sabido, se emparentaban por una edad similar. Y por último, estaba ella, convaleciente tras una cruenta guerra.

Su padre solía ser anticipado en muchos aspectos, y a pesar de sus palabras, le sería abstracta la identidad y belleza de la dama hasta que Roy se la encontrara. Cabello rubio y ojos azules, sobreviviente de una batalla perdida. El marqués no había escatimado en darle algunas indicaciones a su hijo luego de haber desconocido el aspecto de los invitados, especialmente de su cruce con la futura dirigente de Caelin, y bien que le había servido aquello cómo para reconocer a la chica en ese momento. - ¿Te encuentras bien? - Preguntó con genuina preocupación, mientras permanecía a unos cuantos pasos de distancia a la espera de una respuesta. No obstante, Roy no reparaba al revuelo que se había formado entre sus prendas, que aunque en la faena no quedaron alborotadas, sí acabaron un poco sueltas hasta otorgarle un aspecto más holgado y menos formal. Era natural.

Lamento lo sucedido, de verdad. Espero que no hayas resultado lastimada. Iré tras de ellos, así que no hay de qué preocuparse más. - Claro, conciso y directo. Roy no era alguien que se quedara de brazos cruzados ante semejante suceso, era más de armas tomar aunque su diplomacia se impartiera en primera instancia. Tenía en cuenta las implicaciones que eso podría conllevar, y puede que se repitiera si lo dejara pasar, por lo que tenía un deber por solventar. De todas formas, aunque aquello sonaba muy general, atendía al bienestar de la chica como primer lugar. Un noble ideal. Pero parecia demasiado temerario e impulsivo a su pesar.
Afiliación :
- LYCIA -

Clase :
Lord

Cargo :
Heredero a Marqués

Autoridad :
★ ★

Inventario :
Espada de bronce [2]
Vulnerary [3]
.
.
.
.

Support :
None.

Especialización :

Experiencia :

Gold :
324


Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: [Entrenamiento] Espada Alada [Alice]

Mensaje por Alice Schuberg el Mar Ago 15, 2017 3:39 pm

El calzado de cuero de la dama remitía un tenue eco en la amplia bóveda de la entrada principal del castillo. Repeticiones coordinadas bajo un tempo vivace, pisadas de una persona nerviosa que inútilmente podía disimular su enfado mientras caminaba. Entre chasquidos de lengua avanzaba hacia el interior del edificio, sintiéndose impotente por el intento de asalto que había protagonizado. Había dejado sus reticencias atrás, dispuesta a tomar todo lo que el día iba a ofrecerle, pero ahora se arrepentía de haber puesto un pie fuera del castillo. Y no por el susto, era su incapacidad de defenderse la que le hacía sentir esa rabia, sumado a la locura del hijo de Eliwood que perfectamente podría haber acabado en tragedia. En medida considerable, se sentía responsable por ello, y en consecuencia un profundo enfado recaía sobre si misma. Es por eso que, al llegar al patio interior del feudo, mandó que inmediatamente bajaran sus cosas. El tiempo de descanso había llegado a su fin, pensaba desquitarse practicando hasta que el agotamiento fuera más insoportable que su ira.

- Traigan mi espada, mi lanza y mi armadura. Tráiganlo todo. También un estoque de entrenamiento. - Imperó con expresión de rabia en su rostro y un tono de voz elevado. La desafortunada criada que recibió el encargo no dudó ni un instante en hacer todo lo que ella había ordenado. Era el primer episodio fuerte de enfado de Alice había tenido desde que llegó a Pherae junto con Eliwood, mas los sirvientes parecían estar prevenidos de aquello, así que no hubo ningún comentario o consejo que hiciera referencia al estado de salud de la invitada. Simplemente la sirvienta obedeció y salió rauda hacia sus aposentos. Seguramente volvería con dos o tres ayudantes, pues la cantidad de objetos que demandó no era fácil de lidiar por una sola persona. Un breve periodo de silencio se produjo, sólo interrumpido por los pasos de alguien que también pasaba por el patio interior. Esos pasos se detuvieron a su espalda, demasiado pronto como para que se tratara de la sirvienta con sus cosas. Giró la cabeza en un amago de mirarlo de reojo, pero esa necesidad de descubrir quién era desapareció cuando éste la llamó por su nombre, dubitativo.

Roy no pudo verlo, pero una efímera sonrisa se esbozó en la cara de la joven. - Así es... - Afirmó en un tono tranquilo, aún de espaldas. Se tomaría su tiempo antes de voltearse y tener al heredero del marqués cara a cara. Sabía de ella a través de su padre, eso supuso. Alice tenía gran estima hacia Eliwood, descubrir que también tomo su tiempo en hablar a Roy sobre ella hacía que esa admiración creciese. Desde el momento que se conocieron, él fue un apoyo hasta en los momentos en los que su humor era lejos de ser tratable. Él supo conducir su frustración de forma satisfactoria en todo momento, incluso entonces, sin ni siquiera estar presente su simple recuerdo conseguía aliviarla. Alice también sabía de Roy, más de lo que él sabía de ella, pues la escasa diferencia de edad entre ellos fue aliciente para que Eliwood acabara hablando de su hijo predilecto en muchas de las conversaciones que tuvieron a lo largo de los días. O puede que él siempre acabara hablando de su descendiente sin importar las circunstancias, sea como fuere, había conseguido contagiar a toda su corte e invitados el profundo cariño que éste profesaba a Roy. Aún con los reproches que la dama tenía, se los guardó, concentrándose en la parte positiva: Todos habían salido ilesos.

Sin embargo, ella no podía librarse de su autocrítica, y es por eso que seguiría adelante con el entrenamiento. Eventualmente, Roy volvió a preguntar, esta vez para comprobar si se había hecho daño durante la persecución. Le llevó varios segundos responder. - Sí. - Contestó forma poco clara y convincente, sus heridas eran de orgullo. - Todo esto me lo hicieron hace unos meses. - Mientras tanto había procedido a desprenderse de la tela que mantenía su brazo izquierdo en una postura cómoda -en alto y pegado contra su torso- deshaciendo el nudo que mantenía ambos extremos unidos alrededor del cuello. Guardó la tela del cabestrillo en uno de los bolsillos de la rebeca de manga larga. Ya que le resultaría incómodo practicar con una prenda que no estuviera fijada al cuerpo, hizo lo mismo con la rebeca. Solo el mono cubría su torso entonces, dejando al descubierto brazos, hombros y la parte superior de su espalda. Su hombro y brazo izquierdo estaban cubiertos con vendas con el objetivo de impedir movimientos bruscos en una zona cuya musculatura estaba debilitada, previniendo en gran medida que pudieran lesionarse. Esa delgadez era especialmente notable a la altura del antebrazo, apenas piel y huesos eran cubiertos por la venda.

Alice aún no se había dado la vuelta, y nada dijo aparte de un escueto “sí”. Pero las siguientes palabras de Roy forzaron una rápida respuesta por parte de la dama.

- ¡No! - Prohibió a Roy con un grito, enojada por su insinuación de dar caza a los bandidos que encaró hace unos minutos. Empezó un giro sobre su pierna izquierda para dejar de darle la espalda, no obstante, el movimiento y la actitud hostil de Alice frenaron poco antes de culminar el movimiento. - No. - Su rostro mostraba también matices de preocupación, no quería que saliera solo al peligro, no debía, había un sinfín seguidores de su padre que se harían cargo de los malhechores. - Por favor, quédate conmigo. - Añadió con un deje de súplica. El vestido azul cubría el torso y busto de la mujer casi por completo, unicamente dejaba entrever de forma sutil el inicio del escote. Una irregularidad en la piel, a la altura del omóplato derecho podía ser vista por el heredero ahora: Una cicatriz en forma de estrella, producto de una perforación con una lanza, sucedió semanas antes de las heridas que había sufrido en su última desventura.

Su ojo izquierdo miró de arriba a abajo el aspecto del pelirrojo. Completamente desprotegido, con ropas cómodas, ligeras y en definitiva no pensadas para el combate. Pero había un hecho que le enojaba aún más. - A dónde pensabas ir, si ni siquiera llevas contigo un arma. - Alice no daba crédito a lo que estaba viendo, entró en cólera, su ceño se apretó al igual que su entrecejo. - ¿De verdad te has lanzado así contra los bandidos? ¡En qué estabas pensando! - De haber tenido confianza con él lo habría retorcido por el gaznate, pero apenas lo conocía y debía guardar las pocas formas que le quedaban, eso le resultaba aún más frustrante. - ¿Acaso no tienes sentido del peligro o es que eres un adicto a la adrenalina? ¿Tan idiota eres? ¿Quieres acabar como yo? - Inquirió, visiblemente alterada por la falta de juicio de su interlocutor.
Afiliación :
- SILESSE -

Clase :
Falcon Knight

Cargo :
Soldado (Ejército de Silesse)

Autoridad :

Inventario :
VULNERARY [3]
Esp. de bronce [2]
Lanza de bronce [2]
Lanza de bronce [2]
Lanza de bronce [2]
.

Support :
None.

Especialización :

Experiencia :

Gold :
445


Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: [Entrenamiento] Espada Alada [Alice]

Mensaje por Roy el Mar Ago 15, 2017 8:23 pm

Sin duda, firmeza y autoridad transmitían aquellas ordenes explícitas que la moza más cercana atendió con prisas, rauda y fugaz, hasta desaparecer en una de las tantas esquinas. Y le sorprendió de igual sobremanera aquella figura que desprendía un alabado aire de diligencia, cargado de presunta irritación al igual que frustración cuya notoriedad era evidente mediante su tono imperioso de voz, pero el muchacho bermellón, silencioso, se mantuvo al margen de tales ordenes que incomprensibles para él aludían a la urgida necesidad de la doncella que tenía a unos pocos pasos de sus pies. Sólo entonces, cuando al fin la misma reparó en su presencia, Roy pudo darse cuenta de la feminidad ausente entre las cuerdas vocales tras aquellas exigencias. Había rebajado su tono a uno más calmo y sosegado, aunque el deje de dureza se percibía aún todavía cuando sus palabras le salían suaves y con cierta parsimonia.

Era una extraña mujer, sin duda, que evocaba cierta personalidad brusca hasta contrastar con los estándares de una dama según la alta alcurnia. Pero ella era una soldado, por lo que sabía, y eso explicaba tal actitud aguerrida. Su padre le había comentado algunos detalles particulares sobre ella, especialmente el trato que sería adecuado el darle; no obstante, tal comportamiento que Eliwood apelaba a su hijo tener, sería considerado por el mismo según su criterio y juicio. Una curva ascendente, suave y condescendiente, trazó una sonrisa en la tez trigüeña de aquel jovenzuelo, postrado de pie y a la paciente espera sobre la vuelta de la chica.

Pero... semejante grito sólo dejó abiertamente sorprendido al susodicho.


La expresión del pelirrojo no pudo ser menos que atónita ante la abrupta reacción de la rubia, con el gesto sutilmente pasmado sin haber intuido tal inesperado acto. De haberse la fémina propuesto a darle una bofetada, tal vez lo hubiera logrado ante la guardia baja del contrario. No había sopesado que sus confiadas palabras hubieran desencadenado aquellas emociones contenidas, hirviendo y rebasadas en un sólo momento. Pudo haber jurado que el girar de Alice le hubiese agitado su cabello rojizo, así como ella indirectamente y asimisma lo hizo con su amplia falda azulada y detalles níveos, revoloteando un amplio alce que dejó ver aún más sus piernas y tobillos. Pero nada más ocurrió, sólo fue un sobresaltó que le provocó.

Los zafiros de Roy, aquellas joyas que tenía por ojos marinos, recorrieron todo el contorno que su campo de visión le podía obsequiar. Y su mirar se perdió en una iris parecida a la suya, más brillante y celeste sin embargo, pero que escondía una arraigada amargura. Fue un vistazo que era enmarcado por los mechones dorados, justo donde unos cuantos hilos áureos escondían a medias esa oscura tela al otro lado. ¿Qué le había pasado? Pero entonces unas palabras, mucho más suavizadas, precedió a tal agresivo arrebato. Y hubiera sido un hecho incoherente y hasta demente, pero el heredero de aquellos dominios no pareció conmocionarse más allá de lo sucedido. Sólo se paseó con su mirar por sobre la figura de la mujer, atisbando cada parte posible de su ser y le extrañó, particularmente, aquella marca indeleble en su blanca piel. La contempló, la admiró en un momento hasta escuchar la seguidilla de palabras mientras se incorporaba, notando cómo el tono variaba conforme los gestos de Alice cambiaban.

Sin duda, y lo vislumbró, en aquellos graduales pero impetuosos cambios de humor. La suavidad a la dureza, la tranquilidad a la agresividad. Pero en silencio, y por naturaleza, Roy sin conocerla trataba de comprenderla. Sólo dejó que se explayara cuanto quisiera, que desahogara si lo necesitaba, hasta que la oportunidad del silencio le dio lo necesario para actuar con prudente certeza. No había más que eso.

No, para nada. No fue mi pensar acabar lastimado... En realidad tan tonto no soy. - Y al contrario de ella, su respuesta fue más amena, haciendo acopio de una sencillez y gestos apacibles que instaban tranquilizar a la doncella. Y prosiguió. - Si lo he hecho, no fue sin advertir una brecha entre los bandidos. Pero, aún cuando eso no hubiera sucedido, tampoco me habría sido un real impedimento. La seguridad de las personas es lo que ciertamente me importa. - Firme, igual o aún más que ella, articuló su decisión. No lo hizo crudo, seco o displicente, sino con cierto tacto y mesura pero que no dejaba ausente esa franqueza de un alma transparente e igual de benevolente. Ladeó con sutileza el cuello, inclinando un poco su cabeza, rehaciendo una amable sonrisa entre la nariz y su baldía barbilla. Y habría de ser extraño, pues la mano izquierda del muchacho junto a su guante ceñido en el mismo, reposó con suavidad en el hombro diestro y al descubierto de la rubia para aplacar su alterada furia. Se arriesgaba, sin embargo, a que ésta le rechazara de un manotazo.

No obstante, pero, en ese pequeño altercado el pelirrojo también vislumbró algo.
Pues ajeno no se encontraba de apreciar la figura de la dama.


Además, hubiese sido imperdonable que algo te hubiera ocurrido estando yo allí. ¿Qué caballero se resistiría a proteger tal belleza? - Humor, quizás para aliviar la tensión, y rió no con afán de menospreciar o atizar su malhumor. Y se notaba la tozudez del chico, aunque realmente hubiera desconocido que la rubia yacía en aquel carruaje tirado por los caballos, pero fue afortunado de estar justo en el instante en que ella, quisiera o no, más lo necesitó. Ya suponía Roy por dónde iban los tiros cuando ésta le reclamó.

Me quedaré a tu lado, si al menos eso te ayuda a tranquilizarte, pero a cambio deberás acompañarme a un lugar una vez la moza traiga tus cosas. ¿Te parece? - Y no dijo a dónde, pero era un misterio implícito que añadía para incentivar a la mujer a serenarse de sus inquietas mezclas de emociones... si ésta aceptaba, claro estaba. Roy, aún así, actuaba de una manera muy conciliadora pese a lo que afrontaba, pues sabía que, en parte, su osada actuación fue el detonante de aquella concluyente reacción, e incluso trataba de ser amigable con ella luego del sobresalto que se había llevado cuando ésta casi se le había abalanzado, pero no se sintió agredido u ofendido sin embargo; no estaba en sus genes ser tan delicado, y ello lo demostraba con una actitud apacible y condescendiente pero que no opacaba la convicción de sus palabras vigentes. Era duro, era determinado. Un curioso comportamiento que, cuya jovalidad, no desestimaba las palabras de la azul y dorada dama, pues se compaginaba con una seriedad que se acentuaba amenizada.


Y bien... ¿Qué dices?
Afiliación :
- LYCIA -

Clase :
Lord

Cargo :
Heredero a Marqués

Autoridad :
★ ★

Inventario :
Espada de bronce [2]
Vulnerary [3]
.
.
.
.

Support :
None.

Especialización :

Experiencia :

Gold :
324


Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: [Entrenamiento] Espada Alada [Alice]

Mensaje por Alice Schuberg el Jue Ago 17, 2017 8:29 am

La expectativa de conflicto había quedado negada por la absoluta parsimonia de Roy, desde que le estaba lanzando la reprimenda, él simplemente parecía ajeno a la conversación centrándose en otra cosa. Ya que mantuvo su vista firme en la del pelirrojo todo ese tiempo, pudo notar como sus ojos vagaban en determinados momentos, pero no reparó en donde los posaba ya que ella había hecho lo mismo poco antes. Aunque lo suyo fue una pasada más rápida y directa, buscando -y encontrando- motivos por los que recriminarle la osadía de encararse a los asaltadores, el demostró que estaba en un estadio por encima en aquella conversación. Al igual que su padre, no se dejó llevar por las acusaciones de la dama ni entró en la misma dinámica, que tan poco sana era para llegar a un buen término entre ambas partes. No. El heredero a marqués dejó que Alice expresara su enojo con él, sin interrumpirla para que se desahogara, respondiendo más adelante con decisión y tranquilidad.

La distancia inicial entre ellos ya se había acortado por parte de la dama a algo menos de la mitad, habiendo dado varios pasos en su dirección mientras le recriminaba, y ahora era el turno de Roy de seguir reduciendo ese trecho. Mientras explicaba el por qué de sus decisiones con buenos argumentos otorgándole un aura convincente, el joven de roja cabellera había complementado sus palabras con un abanico de gestos mucho más amplia. Con ademanes y expresiones corporales amigables para combatir los movimientos toscos de la dama enfurecida, también había cuidado su acercamiento de tal forma que no resultara invasivo, finalmente deteniéndose a los dos palmos de distancia. Los profundos y oscuros ojos zafiro del muchacho estaban tan cerca que incluso podía verse reflejada en ellos. Su rostro severo se calmó en gran medida al ser consciente de que su beligerancia estaba siendo tibiada por el chico, por no decir ignorada. Su sincera y despreocupada sonrisa no consiguió ser del todo convincente, pero sí logró canalizar los negativos sentimientos de la moza de mechones dorados. Desde ese momento, y a pesar de la reprobación que aún era presente, los reproches estaban tornándose en sutil inseguridad al no saber como rebatir sus argumentos.

El delicado contacto de la mano enguantada fue la evidencia definitiva, la que confirmaba que era la ira la que estaba hablando por Alice. Y no había mejor forma de combatirla que con cierta condescendencia y actitud conciliadora. La seguridad en su semblante se desmoronaba progresivamente: La mirada flaqueó hasta que se vio obligada a retirarla, seguido de un insonoro chasquido de lengua, la tensión de sus músculos faciales se agravó por la indecisión a la hora de iniciar su réplica. Y no era por falta de disconformidad, todo lo que había explicado Roy le pareció insuficiente excusa, mas no encontraba la forma de poder expresarlo. Cuando estaba alterada sufría un carrousel de estados de ánimo incapaz de controlar, y llegó algo que consiguió desprender un nuevo matiz en su psique.

Su mirada se amplió atónita por un cumplido que no esperaba, su cabeza se agachó levemente en señal de vergüenza. Podría decirse que, si no era algo que le dijeran a primera vista, sí que había lidiado con esa clase de piropos en situaciones de etiqueta con total naturalidad. Ese no era aquél contexto: Ni la situación, ni el sujeto ni el ánimo. De igual modo fue incapaz de controlar el coloramiento de sus mejillas, cuyo contraste era más que evidente con la palidez natural de su piel. En un acto reflejo sujetó al pelirrojo por el jubón con su mano derecha, por la parte baja del hombro -cerca del pectoral-, un agarre firme pero medido sobre la tela que la separaba de la piel del chico sin llegar a descolocar toda la prenda de su cuerpo. Del mismo modo procedió con la izquierda, llevando la mano a la misma altura de su hombro derecho. Los músculos del brazo permitían el movimiento, pero no el agarre. Su antebrazo estaba muy débil, aún no podía sujetar, aplicar presión y mucho menos realizar agarres firmes sin sentir un fuerte dolor en el intento. En vez de eso, apoyó su palma extendida.

- E-eso... - Balbuceó con poca intensidad y la cabeza apuntando hacia el suelo de piedra del patio. - Eso no es cierto.

Alice tenía motivos para dudar de su propia belleza: Su cuerpo estaba lleno de marcas, irregularidades y cicatrices. Empezando por la ya visible estrella de su hombro derecho y las oscuras telas que cubrían la parte derecha de su rostro. Y no eran las únicas telas que escondían deformidades, pues detrás de aquellas vendas de su antebrazo izquierdo esperaban un sin fin de cicatrices. Aún rosadas, recientes, amplias y molestas, de todas las formas y longitudes. Un sin fin de cirugías fueron necesarias para llevar la reparación de su cúbito y radio a buen término, acomodar los nervios de la mano y en definitiva hacer que en la rehabilitación de la extremidad ésta no quedara inútil. Aún quedaba por ver si quedarían secuelas irreversibles en la flexibilidad o movimiento, pero al menos se aseguraron de que éstas no fueran determinantes. Por otro lado, su estado de forma desmejorado y frágil le daba feminidad, pero no era del agrado de la guerrera. En muy poco tiempo vio como su cuerpo había sufrido cambios muy bruscos y diversas deformidades que a saber si serían permanentes. Sobre todo su amoratado e inflamado ojo derecho.

Se mantuvo silente, manteniendo el contacto con el joven hasta que él separó la mano de su hombro. En ese lapso, la cercanía de ambos permitió a la captación de diversas sensaciones. Como la respiración del chaval, que hacía que las manos de la joven tuvieran un vaivén sutil. La presión del contacto por ambas partes hacía evidencia de la diferencia de temperatura entre ambos. El cuerpo tibio de la chica contrastaba con el calor de él, que había estado expuesto a más esfuerzo y radiación solar. Una sensación cálida se filtraba a través de la ropa, tanto de su guante como de la camisa, un calor agradable a su modo, cuya intensidad se asemejaba al sol a primera mañana. El alboroto de sus prendas ayudaba a que la fragancia del adolescente se desprendiera. Una mezcla de aromas llegaban al olfato: Los productos con los que se lavaba el ropaje daban una sensación de frescura y limpieza mientras que los jabones y colonias aportaban una fragancia intensa y agradable sobre el cuerpo del joven. Un olor más se les unía, producto de la transpiración, pero no llegaba a ser una sensación desagradable. Por parte de la mujer destacaban detalles de jazmín en su cuerpo, quizá demasiado, pues pretendía camuflar el aromas de los ugüentos que aplicaba sobre sus heridas. Cuando el contacto físico llegó a su fin, su mano derecha imitó el apoyo de su homóloga. Con ambas palmas extendidas, retrocedió dando pasos cortos hacia atrás hasta que sus brazos quedaron completamente extendidos, aplicando un poco de fuerza sobre el chico para ayudarse en ese movimiento.

El preguntó cual era su respuesta, ella no dijo nada.

Con un tímido ademán con la cabeza, en señal de consentimiento, Alice dio su visto bueno. Al haber estado cabizbaja por un buen rato, algunos de sus mechones frontales habían salvado la barrera de su cinta, resultando en una molesta barrera para la visión de la chica. Se entretuvo reordenando su cabello, sin decir ni una palabra, intentaba recuperar la compostura después de el cúmulo de emociones. Aún se le veía intranquila, algo molesta, pero existía una gran diferencia si se comparaba con la actitud hostil de antes.
Afiliación :
- SILESSE -

Clase :
Falcon Knight

Cargo :
Soldado (Ejército de Silesse)

Autoridad :

Inventario :
VULNERARY [3]
Esp. de bronce [2]
Lanza de bronce [2]
Lanza de bronce [2]
Lanza de bronce [2]
.

Support :
None.

Especialización :

Experiencia :

Gold :
445


Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: [Entrenamiento] Espada Alada [Alice]

Mensaje por Roy el Vie Ago 18, 2017 5:39 pm

«No hay mejor batalla ganada, que aquella que sea evitada.»

Reminiscencias de una voz delicada, femenina y apacible que reverberaba en los confines de una mente serena. Roy había optado por un camino distinto al que las emociones contrarias hubieran querido conducirlo, haciendo gala de un cuidado en sus palabras que, lejos de ser metódicas, salían naturalmente según lo que sentía y pensaba. La mejor vía para ensalzarse contra aquella eufórica cólera, era ofreciéndole lo opuesto, mas no lo adverso. Era como el agua que debe ser encauzada, no a una represa que la contenga, sino que fluya hasta que desemboque en un amplio sitio donde nadie salga herido; y parecía haber funcionado, pues el más joven no le daba más leña a ese fuego que podía quemarlo, no le daba razones para seguir peleando, en cierto modo, dado que se le escapaban los porqué de aquella actitud irritada.

Toda aquella escena que Alice demostraba le era un poco injustificada, dado su ignorancia con respecto a la completa historia de la dama, pero era consciente de que tras aquella rabia debía tener algún precedente cómo para alterarse a tales niveles. ¿Acabar cómo ella? Sólo enlazar sus frases le daban una pequeña idea, y tal parecía que su temeraria hazaña habría evocado un trágico pasado, y uno muy similar al que a ella en su momento le hubiera castigado. De estar en lo cierto, Roy estaba frente a una persona traumada cuyas secuelas le recordaban día tras día aquel fatídico instante.

Trátala con mucho cuidado, diría su padre.
Quizás entendía ahora el porqué, y no sólo físicamente.

Las subsiguientes reacciones fueron una mezcla extraña para el chico, creyendo que aquel agarre a sus ropajes sólo era la antesala de otro arrebato por la rubia dada sus osadas palabras. Ver el tono carmín aparecer en sus mejillas, curioso por esa rosácea coloración, acentuándose en sus pómulos pálidos hasta expandirse por todo el óvalo que conformaba su blanco rostro. Pero aquellas manos sujetándolo, y con esa postura cabizbaja, transformó la sonrisa residual del muchacho ante su jovial comentario en una mueca de incierta cómo nerviosa expectación. ¿La habría enfurecido? Estaba a punto de dar un paso hacia atrás cuando algo difícil de escuchar le refrenó. El mascullar por parte de la mujer le hizo enarcar ambas cejas, manteniendo un gesto dubitativo ante el opuesto comportamiento tan variopinto.

Estático, pues, se contuvo de realizar algún movimiento brusco, pero el tiempo le dio la razón en que no habría ninguna venidera agresión. Era cauto, era medido, y mientras aquello se suscitaba podía ver los dos largos mechones amarillos descender junto a otros, pero mucho más cortos, y por encima de una blanca tela adornando su cabellera, cinta que separaba su flequillo de aquel par de sedosas y doradas caídas que ondeaban ante el paso de una suave brisa. Algo yacía bordado allí, algo que los zafiros masculinos podían detallar con claridad ante la cercanía y postura de la doncella. A veces la vida regalaba oportunidades, y aquella era una de ellas para apreciar un grabado que no era fácilmente reconocible por los demás. Todo un mundo parecía esconderse en esa delgada y femenina existencia, otrora más regia y esculpida entre las batallas, pero justo allí el jovenzuelo sólo hallaba la representación de la vulnerabilidad humana, y una que él no desdeñaba para nada.

Al final, la escasa distancia se fue ampliando hasta llegar a romper el contacto, pero allí la esencia de ambos quedó como un perfume emblemático, cual estela de un navío entre el océano. El tibio calor de aquellas palmas blancas se mantuvo grabado en el cuerpo del joven noble, así como una sutil arruga entre sus prendas a causa de la delgada mano derecha. Silencio era lo que había de cada lado, pacífico e irresoluble mientras la flor de jazmín y el néctar de manzana le obsequiaban un toque especial al conflictivo encuentro, así cómo las inquietudes de Alice y la armonía de Roy yacían enfrentándose cómo grandes elementos opuestos. Diferentes fragancias, distintos temperamentos.

«La mejor manera de calmar a una fiera, es dándole bocadillos.
Sé cortés con la rabia, hijo, y jamás darás motivos.»

Alice accedió y Roy sonrió. Su madre solía ser tan sabia con sus palabras, y esa vez lo ayudó. - Estupendo.


[...]


La palabra del hijo del marqués no podía ser menospreciada, pues, si algo le caracterizaba, era el férreo cumplimiento de todo aquello que éste aclamaba. Así, desde el cielo soleado y despejado, un punto dorado y otro bermejo irrumpían en un llano y campestre terreno que se extendía hasta las faldas de una espesa arboleda. La verde hierba crecía, no demasiado alta, pero lo suficiente cómo para tirarse y quedar dormido a la intemperie sin incomodarse. El viento mecía con delicada suavidad los cabellos llamativos, tanto el largo y sedoso cómo el corto y esponjoso. Los campos rodeando al castillo, allí en su parte trasera, se abrían desolados con el sol despuntándose entre lo alto. A un lateral, bien lejos, yacía el mar; y al otro, en la lejanía, los montañas fronterizas. ¿Para qué Roy la había traído a un sitio abierto? La sombra de la alta muralla a su espalda cubría su cuerpo.

Tres criados se postraban tras de ellos, descritos como un hombre mayor, una mujer de mediana edad y una joven similar a ellos, pero ninguno traía las exigencias de la rubia chica. El pelirrojo había dispuesto, aún por sobre las ordenes de la misma, a traer un par de elementos que no eran precisamente aquel set de batalla para el encuentro, viéndose éstos nuevos objetos envueltos en unas fundas, y al mismo tiempo había encomendado a emprender la búsqueda de los forajidos al verse ocupado, entre otras indicaciones varias, claro.

Su botas se hundían en el césped mientras era seguido por el grupo de criados algo rezagados. Era cómo un pequeño y tranquilo paseo en aquel amplio y solitario campo, liberándose del encierro, de la cerámica y el cemento; disfrutar del aire fresco y el sol que comenzaba a irradiar plácidamente la cubierta de sus cuerpos. Roy se veía más entero luego de haberse ajustado sus prendas, dejando sólo unos cuantos botones sueltos desde su cuello hasta la altura baja de su pecho, permitiendo que las corrientes invadieran su torso y aminorar la natural sudoración por el calor. Ello, sin lugar a dudas, le daba un aspecto más holgado, informal y hasta despreocupado aún cuando su indumentaria estaba reorganizada. Quería estar lo más suelto y fresco que pudiese en dichos terrenos.

Quisiera preguntarte algo, si no es mucho pedir, Alice. - Rompió el silencio. - Llegaste a decirme que podría haber acabado cómo tú. ¿Te refieres a tu salud o algo más? - Una pregunta genuina, un interés de por medio, viéndose claramente en los profundos y azules ojos del heredero...
Pues era claro que dentro de ella habitaba un profundo desasosiego.
Afiliación :
- LYCIA -

Clase :
Lord

Cargo :
Heredero a Marqués

Autoridad :
★ ★

Inventario :
Espada de bronce [2]
Vulnerary [3]
.
.
.
.

Support :
None.

Especialización :

Experiencia :

Gold :
324


Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: [Entrenamiento] Espada Alada [Alice]

Mensaje por Alice Schuberg el Dom Ago 27, 2017 4:18 pm

El heredero a marqués se mostró satisfecho con la respuesta de la invitada, pero no pudo contagiar su entusiasmo a Alice. Ella no articuló ninguna palabra mientras éste daba nuevas directrices a los sirvientes. La orden de no traer las cosas de la chica, reemplazándolas por artículos de su elección no fue muy bienvenida, pues las ganas de desahogar su intranquilidad -que aún preservaba a pesar de haberse desecho del enfado- con la práctica de espada seguían presentes. No dijo nada al respecto, no porque se sintiera cohibida por el suceso anterior, la culpable de su mudez era un pesado sentimiento de apatía. A pesar de que toda traza de enfado había desaparecido, la joven de mechones dorados -finalmente ordenados de nuevo sobre su cabeza- mostraba una falsa calma producto de un vacío emocional. Era el estado más común en ella los últimos meses, aún estaba adolorida y enferma a nivel físico y mental, pasarían muchas semanas antes de que se recuperara por completo.

Y así fue como la pareja se dispuso a salir del castillo, de nuevo, pero esta vez se mantendrían en las zonas más aledañas. Con la seguridad que aportaba tener la muralla justo a su lado, una pequeña comitiva de cinco personas estaba paseando por los campos colindantes, la cual constaba de los dos protagonistas acompañados por un trío de ayudantes de lo más variopintos. Con edades y condiciones muy distintas, los dos hombres llevaban el mismo tipo de indumentaria mientras que la mujer llevaba la homóloga femenina. La diferencia en ese grupo era una divertida y conmovedora situación: Sin importar la experiencia, todos ellos trabajaban por el bienestar de la corte y los invitados con profesionalidad. Los tres seguían a la pareja, uno detrás de otro y manteniendo una distancia significativa para no resultar invasivos. El joven, más inexperto, era el que se mantenía al final de la cadena mientras que la mujer de mediana edad seguía el paso del más experimentado. Daba la casualidad de que, de haberse ordenado por alturas, el resultado habría sido el mismo.

Las condiciones climáticas no habían variado en toda la mañana: El sol seguía su rumbo alrededor de la cúpula, incidiendo su luz desde otro ángulo, y las escasas nubes que habían sobre el cielo se habían movido sutilmente debido a la suave brisa. Parecía que el tiempo se había congelado, un evento que era de agradecer por la joven pues, aunque no lo exteriorizara, le estaba agradando aquél paseo como disfrutó su excursión en el pueblo. El sol aún no estaba en su punto álgido, permitiendo que sobre la hierba se proyectaran la sombras de las altas edificaciones, un cobijo a salvo del sol en caso de que lo necesitaran. No era ese momento aún. Se habían alejado unos metros de la muralla de piedra, bajando consecuentemente parte de la colina que alojaba el castillo, con el sol incidiendo directamente, Alice sentía el calor del astro de forma más intensa que en los primeros momentos de la mañana. Eso hacía que el impacto de la brisa se notara con más intensidad, un contraste de temperatura que no era tan agradable como hace unas horas pero que aún así apetecía disfrutarlo.

No se arrepentía de haber acompañado al hijo de Eliwood, mas sentía que ya había pasado por aquello, un deja vu cuyo origen se debía a que el devenir de los acontecimientos con el marqués y con Roy se habían producido de forma muy similar. De tal palo tal astilla, opinaba Alice consigo misma, pues no sólo eran físicas las similitudes entre padre e hijo. La forma con la que la habían tratado fue demasiado similar como para que fuera coincidencia. ¿Quizá fue Eliwood quien le diera algunos consejos a la hora de tratar con ella? No podía descartarlo. Mientras caminaban y contemplaban el paisaje, era inevitable que acabaran cruzando miradas por unos instantes. No había intercambio de palabras pero sí de expresiones faciales: sonrisas amplias por parte del pelirrojo y tranquilidad sincera de la mujer dorada, mientras contemplaban el contraste geográfico del horizonte. Siguieron así hasta que se detuvieron, entonces, los criados esperaron a unos metros situándose uno a cada lado del anciano.

El campo que estaban pisando constaba de hierba de considerable altura, la pisada se sentía acolchada mientras que las hojas de alrededor acariciaban los pies de la joven a la altura del tobillo. Era un terreno que evocaba su infancia, muy similar al de las verdes praderas de Renais, aunque también echaba de menos hundir sus botas en la nieve de Silesse. Había pasado mucho tiempo desde que se fue, lo que pensaba que iba a ser un viaje de ida a vuelta a Magvel acabó alargándose por un cúmulo de imprevistos.

Eventualmente, el armonioso silencio que habían levantado llegó a su fin, convenientemente ya que de haberse prolongado más habría trascendido al incómodo. Un aviso primero, después, una pregunta. Era una cuestión razonable, nacida precisamente de las palabras que ella había usado para increparle. A pesar de eso, responderla no era nada cómodo para ella, despertando de nuevo cierta intranquilidad. - Suponía que con verme sabrías la respuesta. - Divagó sin mirar al pelirrojo, en vez de eso clavó su mirada al profundo color azul del océano del horizonte. - Me vi envuelta en una situación similar a la tuya. Tratábamos de replegarnos pero una linea de enemigos bloqueaba el paso. Yo me encargué de romper sus lineas justo como lo hiciste tú, aunque en mi caso iba armada y protegida. Aún así pagamos un alto coste por ello. - Explicó con tono apático. Recordó mientras hablaba el instante en el que su montura cayó a causa de las múltiples lanzas. Con los ojos cerrados, su rostro se mostró molesto de nuevo. - Pero me gusta hablar de eso. - Tras la sentencia, se alejó unos pasos de Roy, dándole la espalda.

Pasaron unos segundos antes de que se volteara, con ambos brazos caídos, se podía diferenciar cómo el derecho estaba bajo cierta presión, producto de tener la mano apretada en un puño. Luego llevó el brazo hacia su pecho, ajustando innecesariamente la rebeca -que había vuelto a ponérsela antes de salir del castillo- y uniendo uno de sus botones altos de la prenda. Entonces se volvió hacia Roy, justo detrás suya esperaban los criados del castillo. Pudo observar dos objetos enfundados, mas no estaba familiarizado con ellos. - Tu padre me contó que eras un espadachín de los que no quedan. Y afirma con fe ciega que tu habilidad y tus acciones lo ensombrecerán muy pronto. - Comentó, tratando de precipitar el momento en el que ambos practicaran con aquello que custodiaban los sirvientes, sabía que tarde o temprano llegaría, pero quiso encaminar el contexto para que no tuviera que esperar demasiado. - Me ha hablado mucho de ti, te tiene un aprecio infinito.
Afiliación :
- SILESSE -

Clase :
Falcon Knight

Cargo :
Soldado (Ejército de Silesse)

Autoridad :

Inventario :
VULNERARY [3]
Esp. de bronce [2]
Lanza de bronce [2]
Lanza de bronce [2]
Lanza de bronce [2]
.

Support :
None.

Especialización :

Experiencia :

Gold :
445


Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: [Entrenamiento] Espada Alada [Alice]

Mensaje por Roy el Lun Sep 04, 2017 5:53 pm

Acogedora era la brisa que batía los cabellos coloridos, rozando las pieles con excesiva parsimonia hasta hallar la suavidad de un lento abrazo etéreo que obnubilaba cada humano sentido. La calidez que surcaba aquellos campos, con el rocío del astro sobre los rozagantes cuerpos, era menos intenso que las miradas azules y su extravío entre el lienzo marino, entre las fuerzas de un oleaje tranquilo, y en el trabajo de los barcos pesqueros con sus redes extendidas en la búsqueda de un día productivo. No fue entonces que el paseo se detuvo justo en aquel punto, bajo la sombra de un árbol, distanciándose de los metales, de los trajes y las formalidades, que pululaban sin descanso entre los dominios del castillo. Roy lo veía, veía la alta torre que le daba la espalda, y la muralla rodear todos los flancos guareciendo la importancia de aquel feudo con apacible recelo. Y entonces, entre el ulular del viento y el aroma oceánico llegar desde el puerto, que la dorada doncella divagó sus palabras sin mirarle y con franqueza.

Y era cierto, pero prefería escucharlo desde la misma lengua de ella, con su perfume cerca y su mirada venidera.

Una imagen, miles de sonidos. El rey cayendo a cuestas por sobre el horizonte mortecino. Las chispas revoloteando entre la estridencia acerada, y la sangre desparramarse sobre una tierra guerrera pero ahora mancillada. El fragor de una batalla desesperanzada, cuyos alaridos entre llantos y lastimeros gemidos, resonaban de quienes a las garras de la muerte se presumían perdidos. Una ópera a la derrota, inminente, que exhortaba a la retirada urgente. Y entonces, cómo lo hubiera hecho él contra los bandidos, ella reveló haberse dispuesto cómo la punta de la lanza a romper un muro que obstruía aquella única oportunidad de huía, acabando de aquella forma tan frágil y antaño lamentable, y peor hubiera sido antes, hasta encontrarse allí, junto a él, evocando aquellas imágenes que le generaban centenares de sensaciones desagradables. Y él calló, pues, notando la apatía que le daba la espalda femenina y que encubría algo más que él percibía.

Silencio de lado y lado.
Un puño estrechamente cerrado.


Y luego ella volteó, y luego él la miró. Fue imposible de ocultar aquel cambio en la coloración del pigmento natural en las mejillas del joven bermellón, sutil sin embargo, por el mero defecto de no saber abordar tal pequeño halago que había surgido dentro de aquellos rosáceos y femeninos labios. Pero eran palabras que no venían de ella, sino un eco de quien otrora las mencionó y ahora ella mencionaba. Y entonces, una tímida sonrisa, de esas risueñas y humildes que se catalogan tácitamente avergonzadas, se le escapó a la faz del chico junto a una mirada que se removía con mesurada inquietud hacia un punto distinto, uno que no fueran aquellos ojos de cielo entre el vestido azul y detalles níveos.

Mi... padre sólo exagera. Él es así... - Comedido, pues, desestimaba levemente aquellas palabras. Le avergonzaban, pero hondamente las apreciaba. Y se daban muchos los casos donde padres e hijos no compartían esa libertad de mostrar sus sentimientos y pensamientos tan efusivos con los demás, cohibiendo aquella intensidad entre la rigidez de una aristócrata formalidad. Aquello no ocurría en casa, no con Eliwood jamás. - Pero te puedo mostrar lo que sé hacer, y así desafogas tus ansias también. - Con la jovialidad de un carácter sereno, Roy le dedicó una afable sonrisa a su compañera de paseo.

Ladeó su cabeza y avistó a los criados, que con un cabeceo en seña atrajo al más anciano, quien portaba aquellas rectas y cuidadas herramientas. Los dos restantes aguardaron en su sitio. Entre las manos de la mujer, cuyo pelo rizado hasta los hombros caía castaño, aguardaba con una canasta sostenida entre sus dedos delgados. Y el más joven, escualido y con ojos saltones, permanecía en completo silencio con unos paños blancos colgando en uno de sus alargados antebrazos.

Se lo agradezco, señor Mirrs. - Otro cabeceo, pero en acentuación a sus palabras, precedió cuando una de las fundas yacía entre sus palmas. Y allí, con la lentitud merecida de una delicada reliquia, el heredero a marqués relució una rara espada dentro de la occidental cotidianidad . - Un Shinai. Una espada de bambú, de un dojo en Ostia, traída de Hoshido. - Anticipó, observando las facciones de Alice en búsqueda de un rastro de reconocimiento a por el arma que sostenía entre sus enroscados dedos. Claramente, su intención era practicar, no entablar un duelo, por lo que había sido preferente en traer aquel objeto que allí reposaba recto con la punta, cubierta de cuero, mirando al despejado cielo.

Los brazos del muchacho, pues, se estiraban en horizontal respecto a su figura vertical, demostrando la constitución de su masa muscular junto al peso irrisorio de la espada ante los ojos de la muchacha, sin dejar la flexibilidad de las varas en resistencia a las corrientes de aire que surcaban en aquellos campos colindantes. Observó, entonces, el arma en alza. - Muchas de sus partes son las mismas que una espada normal, pero con nombres propios de su país, y algunos añadidos para validar los golpes y hacer de ésto un estilo nuevo. - Apuntó, diligente y resuelto. - No sólo se trata de dar con tu oponente, sino también de no golpear fuera del área de corte, o de impactos, en la espada contraria mientras éste se defiende. - Doble precaución. Había una tira de cuero con un nudo especial justo a un centímetro por debajo del medio de la espada, que, en conjunto con la punta de la misma, definía la única zona válida que se podía golpear en toda su longitud. Si se fallaba, fuese dándole en otro sitio que no estuviese dentro de ese margen de espacio, sería un punto en contra para aquel que lo erraba.

Y Roy, en defensa, podía hacer que ella lo cometiera, y viceversa.

Puedes golpear a tu rival, o puedes hacer que te golpee fuera del área al bloquear su arma... si eres habilidosa, claro está. E incluso realizar estocadas. Dos maneras de ganar, dos maneras de perder. - Expresó aquel, guardándose la diferencia de emplear un arma cómo aquella; fuese por dejarle a la aludida que lo descubriera, o suponer que con sólo ver esa hoja representativa de una espada reconociera que no era plana, y, por ende, mayor resistencia contra el aire al blandirla a pesar de ser liviana. Y entonces, con un movimiento recto y seco, el shinai en lo alto descendió en un parpadeo hasta queda en semiperfecto horizontal. Le faltaba practicar. Lo alzó, y volvió a emplear el mismo movimiento mientras sus pies, separados a pocos palmos uno delante del otro, avanzaban en igualdad quedando siempre en el mismo lugar. Y siempre se escuchaba el rasgar del aire, y siempre se veía cómo la hoja se curvaba ante el mismo, suavemente, en reflejo a su flexibilidad e impuesta velocidad.

Un punto por cada acierto, uno menos por cada fuera de área. Dos ganas por una estocada, uno pierdes por si la fallas. Con tres ya ganas. - Estableció, seguido del paso de sus botas hasta la muchacha, trasgrendiendo la uniformidad de la hierba hasta acortar la poca distancia que les separaba. Procuró no resultar invasivo para la contraria. Entonces, los guantes masculinos ofrecieron el arma con la empuñadura y pomo por delante, cediendo el primer pase en una mirada plácida hacia la dama; sólo era un ofrecimiento por si ella aceptaba. El mar que contemplaba al cielo, un Roy que observaba a Alice. El fuego que danzaba sobre uno, la luz que coronaba sobre la otra. Y la voz risueña que aplicó en condescendencia pudo resbalar entre un suave movimiento de lengua. - ¿Te apetece?
Afiliación :
- LYCIA -

Clase :
Lord

Cargo :
Heredero a Marqués

Autoridad :
★ ★

Inventario :
Espada de bronce [2]
Vulnerary [3]
.
.
.
.

Support :
None.

Especialización :

Experiencia :

Gold :
324


Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: [Entrenamiento] Espada Alada [Alice]

Mensaje por Alice Schuberg el Jue Sep 14, 2017 8:41 pm

Ver como la piel del rostro del joven heredero hacía el amago de tornarse del color de su cabellera, producido por los inesperados halagos de la dama, le resultaba ciertamente entrañable. Ese suceso fue un recordatorio de la franja de edad que los separaba la cual, aunque estrecha, era un recorrido temporal en el que se podían vislumbrar los característicos matices de alguien que empieza a enfrentarse a su propia autonomía. Una libertad que es peleada por los adolescentes, derrochando la rebeldía típica de aquél que siente la confianza de desligarse del cuidado paternal, pero que aún así no es capaz de tomarse con la consecuente madurez todo lo que tiene que ver con ellos. Es una etapa complicada, en la que no se es un niño pero tampoco un adulto, un laberíntico limbo en el que la mayoría de personas se han perdido. Sin saber exactamente si era humildad lo que provocó que desmintiera las palabras de su padre o era por el mero hecho de llevarle la contraria, la joven de pelo dorado buscaba algo en los ojos del chico que le permitiera salir de dudas, pero él escondió su mirada concienzudamente de la de Alice. No conseguiría desvelar aquella incógnita pues el joven pelirrojo recupero la compostura en un instante.

Cuando Roy respondió en dos tiempos, ella replicó. - Exagerar es el trabajo de un padre, supongo. - Serena y sonriente, dio un punto favor de su argumento pero con un matiz de subjetividad: La suposición de que lo que él podía hacer había sido sobreestimado, pero, ¿Hasta qué punto las afirmaciones de Eliwood sobrepasaban la realidad? Roy respondería a esa pregunta poniendo en práctica sus habilidades de esgrima, así lo había dispuesto en el momento en el que salieron y los criados llevaban los utensilios necesarios para ello. No hubo confirmación por parte de Alice, no estando dispuesta a admitir que aún necesitaba canalizar la frustración de la mañana con el uso de la espada, mas la mirada hacia las fundas que cargaban los criados era una afirmación más que suficiente. El joven llamó la atención del mayor con un ademán, éste se acercó diligente y le hizo entrega uno de los objetos que portaba. Alice había reconocido la forma de espada y partes características de tal arma, pero la certeza de aquello que veía se desvaneció al percatarse de la ausencia de filo y del material del que estaban hechas. Era algo que nunca había visto, por lo que ni siquiera tuvo tiempo de molestarse de que hubiera traído espadas de madera. Tras un primer vistazo, no aparentaban ser tan adultas como las espadas de acero sin afilar que se utilizan en los entrenamientos, pero tampoco parecían un juguete. Con aquella incógnita en mente, espero a que Roy exclareciera sus dudas.

- Shinai... - Repitió, de forma prácticamente inaudible, esperando que pronunciar su nombre le ayudara a recordarlo. No obstante, sentía que esas sílabas poco familiares se le escaparían de la mente tan pronto como se despistara, aunque la extravagancia del artefacto permanecería inmutable en su cabeza por mucho tiempo. Algo que parecía una quimera entre una espada y una vara, con un saliente de tela a la mitad de un falso filo cilíndrico, cuyo material vegetal distaba mucho de los árboles a los que estaba acostumbrada. Con sólo describirla era suficiente para concluir que, incluso tratándose de un arma de entrenamiento, emplearla correctamente no era similar a las espadas comunes occidentales. La disciplina también era intransigente, la banda en la mitad de la espada delimitaba la zona con la que se podía golpear al oponente. Demasiada información para ser procesada, eso generó algunas dudas: - ¿Pasa algo si el defensor bloquea golpeando la parte alta del arma de atacante? - Le quedó claro que la parte baja del shinai no debía golpear ni ser golpeada, pero no entendió qué ocurría si le bloqueaban por la parte alta. Acostumbrada a los duelos usuales, el concepto de ganar puntos por bloquear o ser golpeado con determinadas partes de la espada le parecía desequilibrado. A primera vista parecía que el atacante era el que tenía desventaja.

Su frente se arrugó levemente mientras intentaba absorber toda la información, durante la exhibición del joven bermejo, realizando una serie de ataques rápidos en una postura de combate inédita para ella.

Tras las reglas de impacto y una pequeña exhibición, explicó el sistema de puntuaje. Simple, directo, sencillo de entender. Roy ofreció una espada gemela para la dama, tomando ella el mango de la misma con celeridad. No contestó al ofrecimiento todavía, primero evaluaría el peso, forma y detalles de la reliquia durante unos segundos. - Está claro que es un duelo más elaborado que los de “primer golpe”. - Comentó, haciendo alusión a los ejercicios que ella acostumbraba a hacer, una competición en el que el primero que golpeaba ganaba. Daba igual la parte del arma, el número de bloqueos o fallos, simplemente el que primero alcanzaba al otro se llevaba el juego. Silente por unos segundos más, empezó a adoptar posturas con el arma empuñada. Dejando para el final el estilo que había empleado Roy, primero probó mantener una pose que había aprendido hace poco: Una en la que solo se requiere el uso de una mano, un estilo ideal teniendo en cuenta que su brazo izquierdo aún tenía poca movilidad y fuerza. Con la parte derecha del cuerpo adelantada y la siniestra pegada a la espalda, Alice ejecutó la guardia que empleaba el padre de Roy, Eliwood, a la hora de combatir. Un estilo que se lo enseñó él mismo cuando practicaron el Altea, después de semanas alejada del entrenamiento aún recordaba esa postura. Mantenerla era sencillo, pero se dio cuenta de la inviabilidad de ese estilo cuando realizó un tajo al aire. La ausencia de filo del shinai se traducía en una resistencia adicional al aire que resultaba molesta combatir con un solo brazo.

Mas su extremidad izquierda aún no podía soportar mucha presión.

- Deja que lo entienda... Me das un arma que no había visto nunca y que requiere el uso de las dos manos para emplearla eficientemente, cuando mi brazo izquierdo aún no está en condiciones; unas reglas y estilo de lucha con los que no estoy familiarizada y te ofreces como oponente, alguien que claramente tiene experiencia en este campo. Parece que sólo quieres vapulearme y frustrarme. - Comentó, cortante, con cierta suspicacia en su mirada. - No es que me niegue a intentarlo, pero... - Tras meditarlo un par de segundos, propuso una enmienda. - Requiero al menos dos juegos de práctica para acostumbrarme, después, pelearemos en serio. - Solicitó un trato permisivo por parte del pelirrojo al inicio, que le permitiera entender las mecánicas y calentara su brazo izquierdo. - Además, gana el mejor de tres... o de cinco... no se cuanto dura cada juego... ni de cuanto tiempo disponemos. - Algo dubitativa en eso último, simplemente se situó a una distancia prudencial de su compañero, estirando el brazo izquierdo cuidadosamente. - Si te parece bien, claro... - La débil extremidad martirizaba a Alice con pinchazos y hormigueos cada vez que forzaba el estiramiento, pero ella ignoró esas molestias, finalmente empuñó el shinai con ambas manos e imitó -burdamente- la postura del pelirrojo.

- Mientras tanto... dime... ¿Qué es lo que se lleva el ganador del vencido? - Preguntó, mostrando el interés de establecer una apuesta, un motivo por el que ambos competirían al máximo nivel cuando llegara la ocasión.
Afiliación :
- SILESSE -

Clase :
Falcon Knight

Cargo :
Soldado (Ejército de Silesse)

Autoridad :

Inventario :
VULNERARY [3]
Esp. de bronce [2]
Lanza de bronce [2]
Lanza de bronce [2]
Lanza de bronce [2]
.

Support :
None.

Especialización :

Experiencia :

Gold :
445


Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: [Entrenamiento] Espada Alada [Alice]

Mensaje por Contenido patrocinado

Contenido patrocinado

Volver arriba Ir abajo

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba

- Temas similares

Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.