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Los Hombres Muertos no Delatan [Privado | Alice]

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Los Hombres Muertos no Delatan [Privado | Alice]

Mensaje por Mikaela el Mar Jul 25, 2017 4:55 pm

A Mikaela se le dificultaba de sobremanera discernir si la inquietud que percibía entre las filas efectivamente existía, o si estaba sólo en su cabeza. El reino no lucía más cercano a perecer de lo que había lucido hacía un año, al contrario, pequeños progresos se habían realizado en ese intervalo, en especial en cuanto a inteligencia referente a los invasores emergidos. Mantenerse a flote era inmensamente distinto a vencer y la milicia lo entendía, más conscientes ahora que sabían que la maldita Ruptura estaba en su reino, actuando en consecuencia, reorganizando y mejorando constantemente las estrategias de defensa. Pero persistían con cada vez mejor eficacia y podía decirse que mejoraban. Tenían una situación aún más difícil que poner a su favor, aunque a su vez se hubiesen tornado mucho más diestros en manejarla, buscando en cada paso el camino a la verdadera solución. Lo cierto era que en ese ambiente que sólo Mikaela percibía como tenso y asfixiante, esas miradas que todo el tiempo creía tener sobre él en particular tenían un motivo distinto.

Había sido casi una semana ya desde que la hermana de su padre, una clériga de la fe de Forseti todavía en la flor de su vida y bien apreciada en su entorno, había fallecido súbitamente. La versión comúnmente dicha de los hechos dicataba que había fallecido en el último combate defensivo que repelía tropas emergidas, pero la verdad era que el cadáver había estado profundamente dentro del castillo todo el tiempo. La mujer no había salido siquiera al campo de batalla, su esposo estaba seguro de eso y reclamaba la búsqueda de una explicación. En épocas como aquellas no había recursos ni tiempo para dedicar a algo así, tristemente poca importancia podía darse a una muerte más cuando tantos soldados y civiles caían cada día, peligrando la misma existencia del reino, por lo que los reclamos del viudo no ganaban mucho más que palmadas de simpatía y recomendaciones de rezar por el descanso de la dama. Nadie apuntaba dedos hacia Mikaela y era posible que nadie llegase a hacerlo, pero el branded no podía dejar de pensar al respecto. No cesaba de anticipar que alguien hiciera las conexiones y descubriera que era él quien se había escabullido a matar a la mujer santa, ni de pensar en Forseti, quien sabía las verdades tras todo. No identificaba con exactitud qué era lo que tanta inquietud le generaba, y a la vez era todo en general. Ansiaba la oportunidad de acabar con el viudo y acallar todo el asunto al fin, mas a su vez dudaba demasiado de hacerlo. Forseti se manifestaba en sus sueños y ominosamente bajaba su espada.

Su modo de mantenerse tranquilo y estable era pensando en un orden de prioridades, un orden que repasaba y atendía cuando todo parecía cerca de irse de sus manos. La primera prioridad siempre era su objetivo final, la lista de oficiales del ejército de Silesse que necesitaba muertos antes de que su propio tiempo allí se acabara. La segunda, mantener su coartada igual que siempre y seguir siendo favorecido por ciertos superiores en particular. La tercera, el cumplimiento de su trabajo, pues todavía sentía gran lealtad hacia su reino y bien podría seguir siendo de utilidad escalar un poco más los rangos. De allí en más, el resto de factores importaban mucho menos, incluida su escasa vida personal. Recordándose lo que era más importante sabía por donde empezar en tiempos difíciles, mas en vista de que volver a matar justo en ese entonces podría ser sospechoso, se remitía a las siguientes prioridades. Se dedicaba por completo a su trabajo y a sus superiores predilectos, resguardándose en ello para pensar menos y, con suerte, olvidar lo que le afligía. Iba de una cosa a la otra sin pausa, sin quedarse a solas consigo mismo ni distraerse, y así conseguía proseguir.

Había llegado a hacerse conocedor de útil información por parte de un general cercano. La Ruptura no era secreto ya, lamentablemente ni a nivel nacional ni continental, anulando toda medida o esfuerzo adicional que pudiera realizarse para mantener a los civiles tranquilos, pero había detalles más o menos relevantes que el ejército mantenía para sí aún. La locación exacta no se revelaba a menudo y se prohibía todo intento de aproximación irresponsable. Aquel y otros detalles había que a Mikaela le interesaban, involucrado como estaba en el nuevo planteamiento de todas las defensas del reino; intentaba contactarse con cualquier soldado que hubiera estado en la misión o siquiera en la zona en sí para aprender más, pero no había sido sino hasta endulzar largamente su amistad y su actitud servicial para con su superior que había obtenido un nombre. Sólo uno: Alice Schuberg. Al parecer, ningún otro soldado de Silesse que rondara la zona en esa época había regresado con vida. Otros habían acudido en misiones más cuidadosas después, pero quien había estado allí en el momento revelador y podía contar la historia era sólo aquella jinete pegaso. Y lo familiar que le era su nombre había resultado un verdadero alivio para Mikaela.

Alice había entrado a la milicia el mismo año que él. No habían sido cercanos en ese momento, Mikaela no lo era con nadie que no necesitase convenientemente serlo, pero desde ese entonces le conocía. Un par de extrañas coincidencias fuera del reino, en el ducado de Mitgard, le habían hecho tratar con ella más a menudo y deliberadamente en mejor modo; circunstancias que ahora agradecía como inesperada buena suerte. Podía hablarle con soltura, podía abordarla sin que fuera particularmente extraño. Resuelto, realizó un par de preguntas sobre el estado y el sitio en que se encontrara la mujer, y se encaminó en busca a las barracas del numeroso destacamento de pegasos. Si bien no estaba completamente prohibido que un hombre ingresara, era extraña y curiosa la ocasión en que uno consideraba prudente hacerlo, pues era sabido que los sensibles animales que descansaban allí no apreciaban las visitas desconocidas. El mismo soldado entraba con sumo cuidado al lugar sobre la azotea de un gran pabellón, intentando no aproximarse ni demasiado ni muy rápidamente, aún sin ser aquella la primera vez que estaba allí. Una asistente dejó sus tareas un instante para llevar el mensaje de que buscaba a la joven Schuberg, mas entre tanto Mikaela no dudó en seguir. Sus pasos eran lentos y no hacía el menor amago de interactuar con los pegasos, pero estos, ese día más que cualquier anterior, parecían especialmente renuentes a su presencia, mirándolo demasiado y resoplando o dando inquietos pequeños pasos en sus lugares. La desazón se dibujó en sus juveniles facciones, súbitamente preocupado de lo que los animales intuían respecto a él. Mikaela agachó la cabeza hasta que su cabello casi cubrió la vista de sus ojos y detuvo su andar un instante.



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Re: Los Hombres Muertos no Delatan [Privado | Alice]

Mensaje por Alice Schuberg el Sáb Ago 05, 2017 6:51 am

Habían pasado escasas semanas desde que Alice entregó el informe sobre la ruptura de Jugdral, situada en la región continental de Silesse. El enorme cráter, cuya naturaleza estaba lejos de ser esclarecida, había sido localizado por ella y la ayuda de un equipo independiente. Demasiados soldados habían perdido la vida buscando la procedencia de los emergidos, sumado al desbordamiento que ya sufrían para defenderse de la amenaza, el gobierno no había destinado ningún recurso más allá de buscar voluntarios. Alice aplicó a la misión con la ingenua esperanza de que mejorase su situación profesional, y lo consiguió. Encontró la ruptura, convenientemente oculta en el bosque, lejos de la vista de los pegasos. Fue posible encontrar la entrada tras seguir el rastro de los emergidos, mas no fue una tarea fácil lidiar con los rezagados. Eventualmente, información detallada sobre la ruptura fue entregada por Alice a sus superiores, estaba segura de que obtendría méritos acorde al logro que había conseguido.

Pero sólo obtuvo un agradecimiento, un pago y una orden expresa de no difundir la información entonces entregada. En esencia, su situación era la misma ahora. El ascenso no llegó, dándose de bruces de forma patética con la realidad, las expectativas que se había hecho fueron demasiado ambiciosas. No estaba segura del motivo: Quizá fuera su  mala conducta ocasional, su juventud, su procedencia o puede que una combinacion de todas ellas. Consiguió adelantar su instrucción, pero no obtenía resultados similares en la escala jerárquica.

Por otra parte, la realidad que vio entonces en la tundra que aloja la ruptura le había quitado el sueño durante días. Las fuerzas estaban coordinándose bien, cosechando buenos resultados en el control de los emergidos en la zona circundante a la ruptura, pero aquél agujero era inmenso. ¿Qué pasaría si salieran emergidos a su máxima capacidad? Quizá la poderosa Grannvale, pero Alice tenía dudas de su país en ese aspecto. Conocía los horrores de la guerra con los emergidos, los cuales fueron capaces de arrasar varias poblaciones en una sola noche y asaltar un complejo fortificado por más de dos días sin que el número de enemigos se viera afectado. Había dudas de si existía una victoria final, un momento en el que los emergidos cesaran. Esa realidad se estaba consumando en otros continentes, para bien o para mal, pero tales noticias aún no habían llegado a Jugdral donde la situación estaba estancada.

Afortunadamente, Alice no tenía demasiado tiempo de pensar, pues la rutina mantenía su mente ocupada. No estaba satisfecha con el trabajo pero poco más podía hacer aparte de esperar y obtener veteranía, pues por otra parte le resultaba gratificante servir al pueblo en la manera que lo estaba haciendo. Lo mismo de cada día. Ella ya estaba arreglada y uniformada, realizando el mantenimiento diario de sus armas y armadura, cuando una criada entró a los barracones para dejar un recado. A pesar de su relato fue neutral y correcto, el mensaje era del todo inusual: Un chico estaba en el pabellón de las jinetes y había preguntado por Alice. Era infrecuente  la irrupción de un hombre en aquella zona, por respeto o sentido común, los pegasos no acostumbraban comportarse amigablemente con ellos. Estas curiosas situaciones siempre generaban cierto cuchicheo entre las compañeras de barracas, aunque Alice no compartía esas costumbres, simplemente salió en busca de aquél que la había citado.

Por eficiencia y conveniencia, los pegasos descansaban en su propia zona, acondicionada como si fuera una cuadra, con la diferencia de que las paredes y los techos eran de gruesa piedra y no de madera. Aquella parte de la fortaleza estaba completamente preparada para las jinetes de pegaso, situada en la parte alta de la misma y con una amplia plataforma en el exterior para que pudieran alzar el vuelo o aterrizar con espacio suficiente. De ese modo eran capaces de atender los avisos o las amenazas rápidamente, requiriendo de un tiempo muy corto para estar en el aire. La estructura constaba de varios “pasillos”, con espaciosos habitáculos a ambos lados del camino donde decansaban los animales, una de las entradas daba al exterior, la otra a las barracas de las jinetes. Allí fue donde Alice encontró a un cabizbajo subteniente. - Con que eras tú... - Aunque algo perturbados por la presencia del joven, los pegasos habían abandonado su actitud hostil para prestar atención a la Schuberg. - Deberías haber entrado por el acceso principal. Y mucho menos quedarte ahí parado delante de los pegasos, los pones nerviosos. - Reprochó a Mikaela, de forma controlada, pues no quería intranquilizar a los pegasos más de lo que estaban. - Hace mucho que no coincidíamos, subteniente, me alegra volver a verle. - Añadió después, mucho más conciliadora, su rostro se mostraba amigable pero sobrio. - ¿Quiere pasar dentro o hablamos fuera? - Fuera cual fuera su respuesta, Alice estaba preparada. Sujetaba un grueso abrigo de lana y cuero con el antebrazo, pegado al cuerpo para que no se le resbalase.
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Re: Los Hombres Muertos no Delatan [Privado | Alice]

Mensaje por Mikaela el Miér Sep 06, 2017 3:13 am

Según se entendía, los pegasos eran capaces de percibir una suerte de pureza del alma hallada casi siempre en doncellas, a las que podían aceptar como sus compañeras vitalicias. Muy rara vez se veían casos en que los animales aceptaran la presencia de un varón cerca o como jinete, apenas como acompañantes a sus dueñas la mayoría de veces. De las excepciones se sabía más que nada del extranjero. Aún así, Mikaela temía a sus reacciones inquietas, imaginando que más allá de verle varón, de alguna forma le estuviesen viendo impuro por los crimenes de los que era culpable, la vengatividad decidida que jamás se apagaba en su corazón. No tenía nada de qué retractarse ni arrepentirse, y aún así, le pesaba sentirse otra vez maldito, sentirse casi descubierto. Recordaba con seguridad que los pegasos no reaccionaban así cuando le acompañaba una de las generales de división con quien en un par de ocasiones anteriores había subido a ese lugar.

Un efecto similar ocurrió cuando Alice se aproximó. Viendo un rostro conocido y a una persona aceptada, al parecer, los animales se serenaban un tanto. El joven miró a su alrededor con algo de asombro, presenciando el espontáneo cambio regresar calma a las caballerizas, antes siquiera de posar la vista en ella. Al hacerlo suspiró y se vio sin más opción sino inclinar la cabeza en disculpa, en su momento ingresar así había parecido mejor idea para hallar con rapidez a Alice, pero se había confiado en demasía para andar entre los pegasos sin más. Si en cualquier momento se le acusara de actuar extraño, suponía que tendría que excusarse con todo lo que su familia había atravesado recientemente. - Lo lamento. He llegado a acariciar uno sin que se aleje antes, pensé que así estaría bien, pero claramente no. Algún día... - Dijo, componiéndose enseguida y dibujando una pequeña sonrisa en sus labios. Pese a todo, seguía teniendo interés y no veía por qué ocultarlo, principalmente porque creía que una montura voladora podría serle útil en el futuro. Sería cuidadoso, pero lo más probable era que no desistiera. Al erguirse nuevamente, correspondió sin dudar a los ojos azules que le observaban, comprendiendo ya que la mirada de color frío y el semblante distante era algo que compartían, pero que no debía de interpretar como poco afable. A los estándares de personas como ambos de ellos, era un recibimiento suficientemente bueno.

- Gracias por salir, Schuberg. También es bueno verle. - Mikaela respondió, sin osar contacto físico sino dejando que la inclinación de la cabeza fuera su saludo. Le daba algo de curosidad ver el trato de la joven pasar de "tú" a "usted", desde regañarlo a dejar esa parte atrás, pero cuidadosamente mantuvo el suyo en lo formal. Era bueno relacionarse, pero rehuía con cautela a formar amistades demasiado cercanas. Igualmente se aproximó para alcanzarla, moviéndose sin gestos bruscos para no volver a exaltar a los pegasos, cuanto menos hasta que se alejara un poco de aquella área. - ¿Estará bien permanecer fuera? Mantendré distancia de las caballerizas para no incordiar a los animales, claro. - Consultó, por asegurarse. Puesto a su lado, se percibía la diferencia que ponía a Mikaela sólo uno o dos escasos centímetros más alto que Alice, mas no permaneció quieto allí más que un par de segundos; tal como decía, extendió el brazo un poco en la dirección en que invitaba a la otra miembro del ejército a caminar con él y enseguida se puso en marcha, dispuesto a salir del pasillo de caballerizas.

Quedaban a plena vista, por supuesto, desde cualquier ventana lateral de las barracas. No había problema con ello, sino todo lo contrario, pues Mikaela prefería aquella imagen de dar un simple paseo con una especie de amiga antes que andar escabulléndose y luciendo secretivo; y creía entrever ya, a lo lejos, alguna figura femenina apoyada junto a una ventana que volvía la cabeza a tan inusual visión. Cuidó mantenerse a la par de la joven, aunque reservado de semblante, como casi siempre. Podía alabar en fuero interno la sagacidad de la jinete pegaso en asumir que había algo puntual de lo que pensara hablarle, asunto al que se refirió con tacto primero. - Escucho que le ha estado yendo bien últimamente, de la general de esta división. También que había estado en una misión peligrosa, pero veo que logró terminarla sana y salva. - Dijo, mirándola de soslayo por entre livianos mechones rubios que el viento de las alturas mecían. Teniendo magia curativa a mano, sólo las heridas graves, mal atendidas o sanadas a destiempo dejaban rastros duraderos. No pudo evitar el pensamiento de que si de una persona de su apellido u otro de los grandes nombres en el ejército de tratara, con los últimos logros de Alice un ascenso habría sido otorgado de inmediato.



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Re: Los Hombres Muertos no Delatan [Privado | Alice]

Mensaje por Alice Schuberg el Mar Sep 26, 2017 6:35 pm

Al escuchar la explicación que dio el subteniente, aunque no negó la duda razonable, sí que le resultó extraño. Al igual que su divagación, parecía insinuar que algún día podría ser capaz de congeniar con algún pegaso. A ojos de Alice, quien ni siquiera había escuchado los rumores de los jinetes de pegaso masculinos de Akaneia, era una fantasía peligrosa. Pero no dijo una palabra, no sentía que el trato que tenían en ese entonces le diera derecho a cuestionar sus creencias, ni tampoco dar consejos. - No está mal... La mayoría de las veces quien intenta tocar a un pegaso de ese modo acaba llevándose un buen mordisco. - Con la intención de prevenir al chico, y quizá de alejarlo de tales pensamientos, Alice verbalizó las amenazas de las monturas. Lo había vivido de primera mano, aunque de forma infrecuente, algunos varones de infantería -la mayoría reclutas novatos- acababan llevando su mano ensangrentada a la enfermería. Tan descuidados o insensatos como para molestar a las monturas sin la compañía de sus dueñas, ya fuera con una inocente caricia o una desconsiderada provocación, en la mayoría de los casos acababan alejándose del lugar amedrentados. Tal y como hizo Mikaela, pero su caso no acabó provocando un revuelo mayor del que producía su mera presencia. Y es por eso que Alice le extrañó la situación.

No le dio más vueltas, o simplemente algo le distrajo, unos relinchos muy cercanos en donde estaba la pareja. A su espalda, un pegaso de crines castañas empezó a golpear con el casco delantero derecho la puerta de madera de la cuadra para llamar la atención de su jinete. - Tuviste suerte de no avanzar más, Ícaro disfruta arrancando mechones de pelo a los polizones. - Bromeó. Aunque su boca cerrada no gesticulara la carcajada, la chica expiró abruptamente, dos repeticiones. Los pegasos se parecían a sus dueñas, eso se rumoreaba, y el compañero de Alice cumplía a rajatabla esa norma no escrita. Era tozudo y malhumorado, incluso con otros pegasos y compañeras de barraca. - Eh, ya vale, ya estoy aquí. - Regañando cariñosamente a Ícaro, primero posó suavemente su mano derecha en un puño, dando un pequeño golpe en el hocico del equino. Por supuesto, ni siquiera le produjo molestias, la mano cubierta por un guante de cuero acolchó todo el impacto. Después, abrió la palma y empezó a acariciarlo. Todas las jinetes de pegaso tenían su “magia”, un alma pura y serena, incluso en la beligerante Schuberg. Sonrió con cierta travesura mientras seguía mimando a su animal intercalando caricias y palmadas. Icaro respondió empujando a Alice con la cabeza – No hagas eso. Sabes que no es la hora todavía. Esto ha sido una ocasión especial. -  Golpeó su hocico nuevamente con el dorso de su puño y empujándolo para que su cabeza no saliera de la cuadra. Respondió entonces a Mikaela. - Sí, fuera está bien, vamos.

Sabiendo aquello, la joven no tardó en cubrir su cuerpo con el grueso abrigo para acompañar al subteniente lo suficientemente resguardada del frío. Un paseo tranquilo e íntimo de no ser por las miradas que, en un absurdo intento por pasar desapercibidas, se proyectaban desde el interior de las barracas. Ojos pegados a las vidrieras o que directamente se asomaban por las ventanas entreabiertas, las compañeras más directas de la jinete no podían evitar fisgonear en aquella infrecuente situación. Desde el punto de vista de Alice era razonable, pues la mayoría de los varones que hacían visitas a las jinetes de pegaso no tenían motivos precisamente profesionales. Ellas prácticamente vivían en las barracas, por lo que era bastante habitual que los primeros encuentros se produjeran en ese mismo lugar. Se sabía que la pareja congeniaba cuando la mujer aprovechaba su tiempo libre para dirigirse al pueblo o a otras divisiones del campamento en caso de que el varón también perteneciera al ejército. En este caso había más expectativas si cabía, ya que Mikaela se había dejado ver en otras ocasiones acompañado de las jinetes responsables del escuadrón, pero este era la primera ocasión en la que quería hablar personalmente con ella. Alice nunca disfrutó participando de los cuchicheos, no le suponía ningún tipo de distracción, pero entendía el interés que acaparaba en sus compañeras.

Y aún sabiendo claramente que el chico nunca acudiría con tales intenciones, estaba segura de que sería el foco de rumores durante los próximos días, quizá semanas. Eso le resultaba hartamente molesto. Pero mostrar esa incomodidad sólo serviría para generar más preguntas por parte de las chicas -e incluso Mikaela-, lo mejor que podría hacer es darle lo que ellas querían ver. Así pues, actuó con la normalidad que la situación merecía, ignorando miradas ajenas y concentrándose únicamente en la conversación. - La verdad es que sí, en las últimas misiones he conseguido comentarios muy positivos, por lo que he leído de los reportes que redactó mi superior. - Comentó, dando veracidad a la información que poseía el subteniente, más no pudo mostrar un rostro conforme ni satisfecho. Las recompensas que había visto en su instrucción en forma de una graduación temprana no se estaban viendo correspondidas ahora que formaba parte del escuadrón. Se esforzaba a diario y tomaba riesgos por sus compañeras, algunas decisiones no siempre acertadas pero en su cómputo global le respaldaban buenas estadísticas. Sabía que en dos años no lograría ascensos inmediatos, pero tampoco esperaba que su trabajo se viera ignorado. - Por su parte, no hace falta un informe para saber noticias suyas. - Añadió, sin ningún tono de crítica, aunque llevaba sintiendo envidia de su situación desde antes de que se conocieran formalmente. Entraron con la misma edad pero él, por simple herencia, convertía sus hazañas -igual de meritorias que las de Alice a su entender- en ascensos inmediatos. Tenía gente a su mando que le duplicaban la edad, un sueldo mucho más cuantioso y, sobre todo, una retroalimentación de su poder nobilialio. Si los familiares están arriba, el ascenso para su legado era infinitamente más sencillo. - Muy buenas demostraciones de habilidad y mando. - Y también cosas horribles que sucedían alrededor de su apellido, algunas de ellas recientes, pero no sentía que tuviera la suficiente confianza como para sacar aquél tema.

- Hay una importante diferencia entre la gravedad de lo que presencié y el peligro al que me expuse, si le soy sincera. - Matizó, tras unos segundos empleados en meditar sobre lo que ocurrió hace unos días. - Me limité a observar cómo volvían a su guarida, o lo que fuera eso, tras haber saqueado varios poblados durante la noche. Fue horrible. - No habian dejado nada ni nadie en pie ese día, las aldeas quedaron asoladas y carbonizadas. Su rostro se agravó al instante, recordando la impotencia que experimentó entonces. - Combatí algunos rezagados que se quedaron en los alrededores, pero no estuve sola. Me ayudó un chico que tenía un poder impresionante. - Hizo el amago de describir su transformación, alzando los brazos  como si fueran alas, quizá complementaría con algunas onomatopeyas, pero vio lo absurdo de la situación. - Es difícil de explicar, casi no parecía humano, pero no creo que lo entienda si no lo ve con tus propios ojos. - A fin y al cabo, Alice pensaba que los laguz solo vivían en los cuentos y en las leyendas, siendo aquellas criaturas oriundas de los continentes de Tellius y Akaneia en su mayoría. Ignoraba que Mikaela portara su sangre y por lo tanto no le merecía la pena intentar convencerle de su existencia. Dejó su descripción en una nebulosa de misterio.

- Supongo que querrás más detalles, incluso de que fuera ese el motivo de su visita. - Concluyó, recordando la importancia y el secretismo que se le ordenó guardar. - Descuida, no me importa. - Añadió, al ver cierta “culpabilidad” en los ojos del rubio, antes de que él pudiera excusarse. - Esa información le llegaría de una forma u otra, y no es la primera vez que recurre a mí para tener un adelanto de los reportes. En cierto modo, me agrada que cuente conmigo para estas cosas. - Mostrando una sonrisa más distendida, Alice posó sus ojos sobre el horizonte que otorgaba la zona elevada del castillo donde se encontraban.
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Re: Los Hombres Muertos no Delatan [Privado | Alice]

Mensaje por Mikaela el Lun Nov 06, 2017 5:11 pm

Sabía que debía ser cuidadoso, pero esa era la primera vez que tenía que pensar siquiera en la posibilidad de perder cabello a mordisco de pegaso. Rápidamente, de forma inconsciente, se alejó un paso adicional y se llevó una mano a la cabeza, acomodándose el cabello un poco más chato contra la misma. Bastante cariño le tenía a su imagen y bastante le servía a veces, como para arriesgarse. Broma o no, le había dado un susto bastante real y no muy bien disimulado en su instante. Quedándose alejado mientras la mujer mimaba a su montura, Mikaela se aseguró de memorizar el aspecto de su crin al menos; no fuera a ser uno de esos animales celosos con sus dueños y con una vena vengativa, como para buscarle el cabello al subteniente después. Cuando la jinete hubo terminado su intercambio, bastante inocente y tierno para una persona tan dura, él le intentó sonreír despreocupadamente. - Sí... si Ícaro no debería salir ahora, mejor que no. - Concordó, disimulando.

Asumía que Alice debía estar de muy buen humor para comportarse como acababa de hacer, cosa que no creía haber visto antes; lo cual era bueno, en cualquier caso. Quizás la atrapaba en un día especialmente accesible. Así, de buena expectativas, Mikaela no tardó en tomar lugar a su lado y caminar a su ritmo, de momento ignorante a las testigos de sobra en todo el escenario. Tenía los ojos en la joven Schuberg, cuando no revisando por sobre el hombro que los pegasos hubieran quedado atrás, respondiendo con suma rapidez a sus palabras. - Gracias, pero... ya aspiraría yo a un honor tan grandioso como el de la misión que completó usted. Déjeme centrarme en eso por hoy. - Dijo. Cuales fueran las noticias suyas que ella manejara, lo cierto era que no quería la menor atención sobre su persona en una época tan delicada. Todo le sabía a sospecha, no confiaba en poder quedarse en calma; mejor rehuir la conversación de sí desde temprano y escuchar a la dama con su más neutro y distante semblante.

- Pudieron haber sido miles, o decenas de miles emergidos, según me imagino, en el punto de origen... aunque no la atacaron, era y es un serio peligro. - Comenzó por acotar, convencido al menos de eso. Pausó en confundido silencio por la mímica de la persona que supuestamente había ayudado a Alice a salir a salvo de aquel asunto. Parpadeando algunas veces, el rubio se recordó que la persona a la que oía no tenía perfil ni de supersticiosa ni de crédula. Por raro que sonara, razonable que ella no quisiera ahondar en esa parte, lo más probable era que la verdad fuese exactamente como ella la describía. Debía ser lo que parecía: un laguz deambulaba por Jugdral y había coincidido con la soldado. El subteniente hizo nota mental de ello con cautela, pues tales criaturas eran aún más enemigas de los mestizos que un humano promedio. Perdurando en esos pensamientos, fue tomado por sorpresa por las  por las próximas palabras de la dama, que se adelantaban a lo que buscaba con su visita. No obstante, no se lo negaba. Con una sonrisa culpable apareciendo en sus facciones, el joven se limitó a agregar, encogiéndose de hombros con cierto desentendimiento del incluso asunto del laguz. - Vine aquí porque creí que la mejor fuente serían sus propias palabras, listo para creerle respecto a lo que fuera que vio en ese lugar, aunque... eso también parece un posible riesgo a considerar en la zona: criaturas del extranjero. -

En ese momento, un sonido fuera de lugar llamó su atención, ameritando que apartara la mirada enseguida de Alice, ceño ya fruncido al buscar lo que habría sido. Tardíamente cayó en cuenta de que no se trataba de más que una risita femenina algo distante, proveniente de un par de muchachas sentadas junto a uno de los mayores ventanales del edificio de barracas. El pequeño momento de una jinete pegaso tan seria como Alice haciendo pantomimas y un subteniente tan serio como Mikaela sonriéndole por ello había causado suficiente gracia. Nada cómodo con la vigilia, el varón las miró para comprobar que se estaban quedando todavía en la ventana, para luego poner a andar otra vez. Alice se había detenido en buen sitio del amplio camino sin techar, pero sería mejore seguir bordeando el lugar, buscarse uno donde el ángulo desde las barracas no fuera favorable para amigas chismosas. Por supuesto, nada dijo en voz alta de ese indiscreto detalle, sólo prosiguiendo para oídos de quien le acompañaba. - Cualquiera cosa que recuerde o que pueda decirme de la Ruptura me ayudaría mucho. Quiero trabajar con la nueva información lo más activamente que pueda. -



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