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[Campaña de liberación] Guerreros rurales (Priv. Corrin y Gerard)

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[Campaña de liberación] Guerreros rurales (Priv. Corrin y Gerard)

Mensaje por Alanna el Jue Jul 20, 2017 5:29 pm

Aquella mañana reinaba ante todo el ulular del viento. Era el único sonido que se podía escuchar en los campos de cultivo colindantes a los pequeños poblados del área rural de Ylisse, sin una triste alma por allí que arase el terreno o recogiese los frutos de la cosecha de ese año que tanto sudor y lágrimas costaron. En los pueblos no era muy diferente, pues lo que venían siendo las animadas plazoletas, siempre rondando el último chismorreo entre las esposas de los ganaderos, estaban completamente desiertas. Muchos de los pueblerinos decidieron hacer caso a las indicaciones de los guardeses y evacuar la zona antes de que fuese demasiado tarde, aunque otros tantos amaban su tierra y hogar lo suficiente como para negarse a abandonarlo, por lo que prefirieron resguardarse en sus casas hasta que el peligro pasase. Fuera como fuese, los vientos de ese día traían consigo malos presagios.

La tensión en el ambiente era tan densa que podía cortarse con un cuchillo. Sobre todo, en un pequeño puesto de vigilancia que quedaba a unos pocos metros de la aldea más retirada. A diferencia del resto, destacaba por ser el único lugar en el que quedaba algo de vida, pues a los pies de este se hallaban cerca de una veintena de hombres, todos ellos armados como fuese. Los guardeses de los pueblos, la guardia fronteriza, mercenarios…

¡De ninguna manera! ¡No pienso permitirlo! —Y allí estaba ella, con los brazos en jarra y alzando la voz con genuino cabreo. Alanna, que en esos momentos estaba echa una furia, se plantó delante de un hombre que le sacaba cabeza y media, de barba desaliñada y mirada enervada. —Acordasteis con esta gente que les ayudaríais a defender sus tierras y a echar a los invasores que vienen por el este. ¡Es cuestión de tiempo que lleguen hasta aquí! ¡No podéis retractaros y abandonarnos justo ahora!

Mayor razón para que nos larguemos de aquí, cría estúpida. —El tipo en cuestión con el que discutía, el líder de la milicia de mercenarios, chasqueó la lengua ante su tozudez. Tal y como dijo Alanna, se les contrató para apoyar a los pocos defensores con los que contaban y suplir la inexperiencia en combate de algunos. Ese fue el trato, pero…—En ningún momento acordamos luchar contra esos demonios con piel de hombre. No estoy tan tarado como para que mi grupo y yo nos lancemos a una misión suicida, y menos teniendo aquí a una cabeza hueca que no sabe a lo que se enfrenta.

Alanna apretó los puños y fulminó con la mirada al mercenario, indignada antes las palabras que le dedicaba. ¡Pues claro que sabía a lo que se enfrentaba! El último informe que recibieron fue que el pequeño ejército que avanzaba hasta su posición portaba el blasón de un país que se hallaba más allá del mar de Akaneia. Para ser concisos, del continente que se hallaba en el norte, Jugdral. Cualquier soldado, mercenario, o individuo que estuviese puesto en los asuntos políticos del país sabría que toparse con un pelotón que marchase alzando la bandera extranjera era sinónimo de problemas. Implacables y sin ningún ápice de compasión, sus tropas ya habían causado estragos en Ylisse, y se desconocía cual era el motivo o el aliciente que movía a aquellos hombres con la infamia de carecer de sentimientos. Vivían por y para la guerra.

Estaba aterrada, claro. ¡Cómo no iba a estarlo a sabiendas de que esos desalmados fueron los que le quitaron la vida a Hellen! Era horroroso con solo imaginarse sus últimos momentos, con lo poco que le habían contado del modo de operar que tenían esas malas bestias. Pero no podía mostrarse débil y permitir que tantos meses dejándose la piel para estar preparada y lista para batirse contra ellos quedasen en saco roto. —¡Cobardes! ¿Acaso sois capaces de dejar en la estacada a estos pobres…? ¡Ah! —Alanna cayó de culo al suelo tras el empujón que le dio el líder de los mercenarios, ya harto. —Suficiente. Mátate tú sola si tantas ganas tienes de hacerte la heroína delante de unos campesinos.— Ladeó la cabeza hacia sus hombres y vociferó—: ¡Nos largamos!

Dicho y hecho. El mercenario y sus seis hombres cargaron con sus armas y dieron media vuelta, sin dirigirles la mirada al resto de guardias que los observaban marcharse con aprensión. Uno de los guardeses más jóvenes se acercó a Alanna y le tendió la mano para ayudarla a levantarse, la cual aceptó con la cabeza gacha. —Entonces… traeré ayuda… —masculló en voz baja. Se espolsó la ropa y encaró a quienes se quedaron a luchar con una expresión confiada que forzó—. Iré a buscar más gente dispuesta a luchar para que nos ayude. Os lo prometo. —Los otros se quedaron callados, observándola con una expresión indescriptible. Si tuvieron intención de responderle, Alanna no lo sabría, porque salió disparada al pueblo de al lado.

Y ahora, ¿qué hacía? Dijo que iba a buscar ayuda, pero no era tan tonta para engañarse a sí misma y pensar que, de haber quedado alguien con las agallas de plantarles cara a los invasores, ya habrían acudido al resto. O tal vez si lo era, porque empezaba a pensar que lo de “cría estúpida” que le soltó ese tipejo le venía como anillo al dedo si pretendía que un grupo de guerreros inexpertos y una mercenaria les plantasen cara a un pelotón de soldados entrenados. No sabía exactamente por qué razón corrió al pueblo, si fue por lo desesperada que estaba, o porque no se atrevía a mirar a aquellos hombres a la cara de la vergüenza que la corroía.

Nada más llegar a la plaza del mercadillo, se llevó las manos a la boca para hacerse oír —¡Los invasores están a punto de venir! ¡Necesitamos que todo aquel que pueda empuñar un arma nos ayude! — Apretó los labios en una fina línea, «Por favor, que venga alguien…».
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Re: [Campaña de liberación] Guerreros rurales (Priv. Corrin y Gerard)

Mensaje por Corrin el Lun Jul 31, 2017 11:05 am

No podía creer que ya hubieran transcurrido varios días desde que había tenido lugar la memorable batalla en la que su compañero de viaje y ella se habían enfrentado a un numeroso grupo de emergidos, insaciables de sangre y violencia, consiguiendo salvar a los pueblos costeros de la zona de un destino atroz. Podía considerar aquella como su primera batalla real, sin entrenamientos, sin tiempo para pensar en una verdadera estrategia, sin fuertes hombres entrenados y valerosos que la apoyaran, pero también sin remordimientos. Probablemente aquella había sido la más imprudente de sus obras, pero también la más satisfactoria al escuchar las alabanzas y la gratitud que expresaban los aldeanos cuando hubieron desembarcado. No podía pensar en mejor manera de haber comenzado sus andanzas por aquellas tierras vecinas pero desconocidas a la vez, y tampoco encontraba el momento para continuar investigando y ayudando, en caso de ser necesario.

Varios días de camino con la compañía del caballero habían resultado en una relación de amistad y confianza aún sin necesidad de expresarlo con palabras. Contaba con su mano en caso de apuros, no le cabía duda alguna, y también para ayudar a los demás. Sabía que aquel no era su reino, de ninguno de los dos, pero existían ocasiones donde la procedencia no era lo más importante, sino las intenciones de los actos, aquello forjaba la naturaleza y la personalidad de un hombre o una mujer, y con ello el cómo se sería recordado.

Montados a lomos del caballo del joven, podía divisar a lo lejos las primeras casas, desperdigadas, que indicaban la presencia de una población en los siguientes metros. Sonrió para sí misma, cerrando los ojos durante un par de segundos. Lo cierto era que prefería caminar a pie en vez de cabalgar a lomos del equino. Estaba acostumbrada a recorrer largas distancias con sus pies desnudos, y realizar el camino sobre el animal le había producido cierto dolor de piernas que no iba a admitir. Por lo menos era cierto que la distancia recorrido había sido mucho mayor, así que no todo habían sido inconvenientes –Pronto vamos a llegar, lo cierto es que tengo curiosidad por conocer sobre esta aldea también, su situación es bastante cercana al reino de Nohr, así que a lo mejor comparte algunas costumbres con ellos, ¿crees que podría ser así? –preguntó a su acompañante.

No se encontraban demasiado lejos de la frontera, además. Ante cualquier problema podría sencillamente excusarse y regresar a su hogar, con su padre y sus hermanos si el peligro acechante era superior a sus fuerzas y posibilidades, pero pretendía continuar por lo menos durante algunas aldeas más, nunca desvelando su verdadera identidad. La incursión de una princesa enemiga en otro reino supondría casi una declaración de guerra o la ruptura de la paz que por el momento reinaba entre Ylisse y Nohr. No podía arriesgarse a aumentar el peso sobre los hombros de su hermano mayor. Si nadie sabía quién era, ninguno de ellos correría peligro.

Cuando hubieron llegado, finalmente, a la entrada del poblado bajó del lomo del animal. Le acarició por su buen servicio antes de proseguir a pie, a su lado. Las casas eran sencillas, de una o dos plantas como mucho. Por suerte el suelo pavimentado de las calles principales arrojaba una sensación de no encontrarse en un pueblo pequeño. Sabía que las aldeas fronterizas no eran más grandes, pero tampoco las más pequeñas debido a su importancia milita y económica para el reino en el que se hallase. También le sorprendió la cantidad de hombres armados con los que se estaban cruzando, especialmente por el rostro.

Tengo la sensación de que algo está pasando, Gerard –observó desde abajo a su compañero. Después de la larga charla que habían compartido días atrás tras su batalla contra los emergidos habían accedido a utilizar sus nombres propios. Simplemente sus nombres, como dos personas iguales que trabajan juntos, mano a mano, durante el viaje que les espera.

Muchos de ellos caminaban apresurados de un lugar a otro, dando voces que a veces no entendía por las palabras rudas y expresiones coloquiales que utilizaban. Frunció el ceño, porque desprendían una sensación de alarma que era capaz de reconocer –Creo que deberíamos preguntar qué es lo que ocurra, quizás no haya sido el mejor momento para venir a este lugar, aunque desde lejos no parecía que fuéramos a encontrarnos nada extraño –tragó saliva un momento, la sensación de alerta le recorrió todo el cuerpo, sería mejor que encontraran pronto una respuesta, la cual no tardó demasiado en llegar.

¡Los invasores están a punto de venir! ¡Necesitamos que todo aquel que pueda empuñar un arma nos ayude! –aquellas palabras resonaron no muy lejos de allí. La calle en la que se encontraban conducían a lo que parecía ser la plaza central de la población. Se apresuró hacia aquella muchacha que pedía ayuda a gritos, tenía que conocer el peligro si estaba solicitando ayuda. Lanzó una mirada fugaz al caballero, caminando delante de él. Sabía bien que al tratarse de una mujer sería menos agresivo si comenzaba a hacer preguntas que si lo hacía un hombre, así que se acercó, dejando un par de metros entre ella misma y su interlocutora –Mi compañero y yo acabamos de escuchas vuestras súplicas, joven, me preguntaba si serías tan amable de explicarnos la situación, somos dos forasteros que viajamos por este reino y desconocemos qué podría causar tal revuelo.

Tenía una mala sensación, solo esperaba que no fuera a cumplirse de nuevo.
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Re: [Campaña de liberación] Guerreros rurales (Priv. Corrin y Gerard)

Mensaje por Gerard Van Reed el Lun Jul 31, 2017 6:47 pm


Estaban aún en las primeras horas del día, uno algo nublado. Las heridas superficiales que había sufrido Gerard en la batalla estaban ya cicatrizándose, por lo que cabalgaba en perfectas condiciones ya. Se encontraba en buena forma; a pesar de lo que llevaba ya viajando desde que había dejado Grannvale, entre combates aquí y allá, no perdía su toque. Empuñaba su lanza, ya bastante desgastada, con la mano que tenía libre. En aquella ocasión, se encontraba cabalgando por zonas rurales de Ylisse con Corrin, la joven de cabellos cenicientos junto a la que había derrotado a los emergidos que atacaron el barco al que llegó al continente.  

Habían atravesado el mar hasta llegar a tierra continental, para luego emprender el viaje hacia el suroeste; tras una llanura, pronto vislumbraron campos de cultivo. Seguramente, habría algún pueblo ganadero cerca. Sterkenburg era un caballo fuerte, de guerra; llevar a dos personas no le era un sobreesfuerzo. Además, Corrin era una joven de esbelta figura, no constituía una gran carga para la bestia. Miró la parte trasera de su cabeza mientras cabalgaba; cabello ceniciento, orejas puntiagudas… ¿era realmente humana? Akaneia estaba llena de misterios. De lo que no había duda era, por supuesto, la enorme nobleza de la chica, y lo mucho que le debía. Sí. Hasta que no saldase su deuda, no dejaría su lado. No se limitaría a facilitar el viaje de la chica mediante su caballo. Iba a protegerla con todo su ser.

Asintió ante la pregunta de su compañera de viaje. - Sí, milady Corrin. - Intentaba no llamarla tanto "milady", pero la deuda aún permanecía activa, por lo que por supuesto, la trataría como alguien de mayor autoridad, además de las normas de etiqueta típicas.  - Según lo que sé, en Nohr creen en Grima. En Ylisse, en cambio, en Naga. Mantendrán su fe en la luz, ¿o se habrán corrompido con la oscuridad del dragón oscuro? La verdad es que es una pregunta fascinante, y una prueba de fe para los aldeanos. - Por supuesto, Gerard, como ex templario, enseguida se iba al tema religioso.  Y claramente, como guerrero anti herejes, conocía, al menos de nombre, las religiones de la mayoría de países. Podía pararse horas hablando de religión, de lo importante que era mantener la luz y rechazar la oscuridad.

Efectivamente, llegaron a un poblado ganadero normal y corriente, como había vislumbrado a lo lejos. Ajustó el paso de su caballo al de Corrin, que había bajado ya, y se adentraron en la aldea. - Mi instinto me dice lo mismo. Y creo que os equivocáis, Corrin. Si de verdad ocurre algo malo… - Asintió hacia ella, su voz llena de determinación. -… hemos llegado justo a tiempo para ayudar. - Por su honor como caballero. Y estaba seguro de que ella sentiría lo mismo. Tenía todos los ideales de un noble caballero, al fin y al cabo.

De todos modos, aldeanos corriendo de un lado a otro, algunos huyendo, hombres llevando armas…  algo estaba ocurriendo, sin duda. Un ataque, probablemente. ¿Bandidos? Oh, cómo le gustaría ver bandidos de vez en cuando, que la respuesta sea tan sencilla como que unos malhechores se cebasen de pobres plebeyos. Pero hasta entonces, no había sido esa la verdad. Como confirmando dicha línea de pensamientos, una voz les alertó desde delante. Una joven de cabellos dorados estaba pidiendo ayuda. Detectó un hacha de aspecto simple pero firme en el cinto de la chica, por lo que era posible que se tratase de una de las defensoras del pueblo, que sería parte de la guardia local. Corrin se le adelantó para hablar con ella; inicialmente se quedó observando, pero tras mirar a su alrededor una vez más, quiso cerciorarse de algo. Agarró firmemente su lanza, aunque mantuvo su posición, algunos metros por detrás de Corrin.

- Tengo experiencia militar; ¿podríais decirnos más sobre estos “invasores”? - Paró un momento. Recordó lo que había visto en el mar, aquellas banderas se había podido observar en el barco enemigo. - ¿Sabéis si llevan estandartes del continente de Jugdral, por una casual? - La misma bandera que había estado ondeando el suyo, como buque mercante Grannveliano. Estaba completamente seguro de que Grannvale no había enviado tropas. Y claro, ya sabía que los soldados de ojos rojos no eran humanos normales. ¿Pero y si había un país en cada continente que los enviaba, realmente? No, no, demasiadas conjeturas. Por entonces, solo cabía esperar la respuesta de aquella joven de cabellos dorados, y sus indicaciones. Como viajeros, no tenían una mayor autoridad que la que tendría ella. Estaba preparado para seguir órdenes, si hacía falta. Por ejemplo, usar su caballo para explorar y detectar el número y tipo de enemigos sin duda ayudaría a preparar una defensa, si es que realmente el poblado estaba bajo ataque, como parecía.
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Re: [Campaña de liberación] Guerreros rurales (Priv. Corrin y Gerard)

Mensaje por Alanna el Jue Ago 03, 2017 1:17 pm

La garganta le dolía de lo que estaba conteniendo sus insufribles ganas de gritar a pleno pulmón, o incluso de llorar, porque la frustración la estaba superando con creces. Nadie salió de sus casas o se acercó hasta la plaza para acudir a su llamada de auxilio. Claro que, ¿no era eso lo que se temió desde un principio? Estaba haciendo allí la estúpida, demostrándoles a quienes se resguardaron en sus hogares y a los que quedaban por evacuar que no tenían ni los hombres, ni las armas suficientes para defender sus casas y campos de los invasores de Judgral. Con esas premisas, acababa de tirar por los suelos cualquier posibilidad como una tonta. No iba a venir nadie, por mucho que lo exclamase a los cuatro vientos, o le rezase a los dioses.

O eso último creyó como imposible, porque lo que sucedió a continuación casi podría haberse considerado como un milagro que la mismísima Naga le brindó en un acto de compasión. El eco de unos cascos contra el pavimento la hizo detenerse en cuanto se dispuso a vociferar otra vez y se volteó. Allí, en frente suya, fue sorprendida por la repentina aparición de dos figuras bastante peculiares, porque lo último que Alanna se esperaba es que acudiese alguien que no fuese un campesino o mercenario. Una joven dama de cabellos cenizos y ojos carmesíes, y detrás suya un muchacho que montaba en un destrero. Ambos con indumentarias que no podían pertenecer a un cualquiera. Y, lo más importante, ambos armados.

La chica fue la primera en hacer contacto con ella, presentándose por ambos como dos viajeros que estaban de visita por Ylisse, y le inquirió acerca del problema en cuestión. Su tono, tan cortes y refinado, la cogió desprevenida y provocó que se irguiese por acto reflejo, como en la época en la que solía recibir en su viejo hogar a los invitados más distinguidos. Ya sospechaba por sus vestimentas, pero con la lengua que se gastaba era obvia su procedencia de buena familia. Seguramente se aplicase lo mismo a su compañero. Aquel tono educado obligó a Alanna desenterrar sus propios modales de alta alcurnia que creía ya olvidados. —Invasores, milady. Hace unas pocas horas se dio la voz de alarma por un ejército extranjero que se dirigía a los poblados de esta zona. Pertenezco a la compañía destinada en la línea de defensa, pero somos muy po… —Calló de súbito, dándose cuenta a tiempo de lo que estuvo a punto de revelarle y, de una forma u otra, dejarle caer que necesitaban ayuda de inmediato.

Así pues, ¿por qué no se lo dijo? Tenían armas, seguro que no las llevarían en sus cintos de adorno si se fijaron en el estado de evacuación de la aldea y optaron por acercarse a ella a preguntar, en vez de hacer lo más lógico y marcharse antes de que la oleada les pudiese salpicar. Sin embargo, dentro de ella se estaba librando un conflicto entre su desesperación y su moral que le impedía, simple y llanamente, pedirles ayuda tal cual. ¡Por Naga, no podía hacerles aquello! Estaban allí, como si hubiesen llegado desde los cielos por sus plegarias, y sabía que sería la última oportunidad que las divinidades le darían, pero su conciencia le impedía arrastrar a dos extranjeros que ninguna obligación tenían con ellos y que luego les ocurriese cualquier desgracia en el campo de batalla.

Pero por cada segundo que seguía en silencio, debatiéndose que hacer, era otro segundo que el ejército de monstruos restaba a que los alcanzasen. «Dioses, ¿qué hago? Si les fuerzo y algo sale mal…No me lo perdonaría nunca». Hasta que el joven jinete se adelantó a ofrecer su ayuda, alegando tener conocimientos militares. Pero, oh, la guinda del pastel fue su interés por si el enemigo portaba el blasón de Judgral. Alanna abrió los ojos como platos. —¡¿L-los conocéis, mi buen señor?! —Y pese a saber de quienes se trataban, de las atrocidades que cometieron en su país, de que semejantes bestias no podían ser humanas por su crueldad, eran capaces de ofrecerse voluntarios.

Entonces, un rumor le llegó desde los campos de cultivo que no quedaban demasiado lejos de su posición, escuchándose el choque de metales, el puro clamor de la batalla. Sudor frio resbaló por la nuca de Alanna, con el conocimiento de que el tiempo se le agotó.

Decidió tragarse su moral y, por mucho que le pesase, ser egoísta en un momento crucial. —Entonces, si sabéis a lo que nos enfrentamos y tenéis experiencia en la guerra, os lo suplico: ayudadnos, por lo que más queráis. Soy la única mercenaria que queda de los que se contrató, los demás nos han abandonado en el último momento, y tan solo quedan guardias que, como mucho, se habrán enfrentado a bandidos que no suponían una gran amenaza. —Inclinó la cabeza, con los ojos vidriosos—. ¡Por favor, os lo suplico! Haré cualquier cosa que me pidáis, lo que haga falta, pero ayudadme a que esta buena gente no muera en vano.
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Re: [Campaña de liberación] Guerreros rurales (Priv. Corrin y Gerard)

Mensaje por Corrin el Sáb Ago 05, 2017 7:40 pm

Miró de reojo a su compañero cuando empezó con aquellas conjeturas referentes a la religión de la zona, al conflicto que nunca se resolvería: Naga, Grima, Anankos. Hasta donde tenía conocimiento era uno de los motivos que favorecían la aparición de guerras y batallas a veces, incluso, entre reinos vecinos, como ya había pasado con el suyo propio. Más de una vez había tildado aquello como descabellado, sin embargo, teniendo en cuenta que era lo que movía a las personas, quizás fuera el asunto con mayor importancia –Lo cierto es que la cuestión que planteas es cuando menos interesante, caballero Gerard, no obstante debo reconocer que perteneciendo este pueblo a Ylisse, aun cuando se encuentre en la frontera, podría considerarse un acto de traición que sus creencias fueran las del vecino, ¿podríais imaginaros tal situación? No solamente estarían aislados por sus propios vecinos, sino probablemente por el reino entero, por eso aunque su devoción sea distinta, probablemente deberían ocultarlo –respondió. Lo cierto era que no quería entrar en ningún tipo de conflicto o discusión en aquel momento, cuando las cosas parecían tornarse verdaderamente serias. Su compañero también lo había sentido, la tensión era palpable en el ambiente y por ello deberían dejar las cuestiones religiosas para otro momento.

Cerró los ojos durante unos segundos para poder concentrarse de nuevo  en el problema actual. Parecía ser que sobre aquella aldea una sombra pronto iba a cernirse, buscando sumergir todo en profunda oscuridad. Pretendía acabar no solo como la vida individual de cada persona, sino con la energía y la viveza de un pueblo entero, porque nuevamente los emergidos, aquellos demonios humanos pero incapaces de sentir dolor alguno, pretendían atacar a un pequeño pueblo del reino de Ylisse. No podía ser casualidad, no cuando apenas unos días atrás otra batalla había tenido lugar. Desconocía el motivo, pero los atacantes parecían tener en su mira el reino vecino al suyo. ¿Formaría parte de alguna estrategia? ¿Sería puro azar? ¿Permanecerían allí o cruzarían la frontera, adentrándose una vez más en su hogar? ¡NO! No solamente por su reino, sino por esos aldeanos, debían hacer algo.

No le sorprendía tampoco que los seres demoníacos llevaran el estandarte de Jugdral, estaban actuando de la misma forma que ya lo habían hecho con anterioridad, provocando que la tensión entre los continentes aumentara si se tenía desconocimiento del autor del ataque. No entendía bien a qué jugaban, qué pretendían o si tenían un líder que les indicaba en cada momento cómo proceder, pero desde luego aquello no era una acción dejada al azar. Estaba premeditada, igual que los ataques indiscriminados.

Se acercó más a la joven, acortando la poca distancia que las separa, lo suficiente para tomar su mano, con el ceño ligeramente fruncido –Podéis confiar en nosotros, nos es la primera vez que luchamos contra los emergidos, tenemos experiencia, comprendo vuestras dudas pero, a diferencia de lo que podáis pensar, nosotros mismos nos estamos ofreciendo –aquello no entraba en sus planes. La primera cruzada contra aquellos enemigos había sido tediosa, con numerosas pérdidas de valientes marineros , pero habían logrado sobrevivir gracias a los aportes conjuntos que habían realizado. Aquella vez, sin embargo, se iban a encontrar en un escenario mucho más amplio que un navío, lo cual también agradaba las posibilidades de peligro. No podía imaginar la opresión y la impotencia que debía sentir la rubia ante el ataque inminente y el abandono de sus compañeros. Cobardes.

No parece que las posibilidades sean demasiado altas si contamos con pocas fuerzas y además estas no tienen demasiada experiencia –suspiró ligeramente, mirando al caballero de reojo. Nuevamente el peso de la batalla recaería sobre ellos y sobre su nueva compañera, quien también parecía curtida en batallas. Pese a aquellas súplicas, denotaba un carácter fuerte y con voluntad, que solamente poseen aquellos que no tienen miedo. O cuanto menos saben enfocarlo al ataque –Será mejor que nos posicionemos de forma estratégica, ¿existen algunos bidones o productos inflamables que podamos usar? Quizás haya algún arquero entre los soldados que pueda sernos de ayuda en ese caso, de lo contrario pienso que deberíamos formar barricadas y obligarlos… -se quedó callada de pronto, al escuchar la cercanía de los enemigos, no daría tiempo a preparar nada.

Ya están aquí –sentenció, con la mirada fija a lo lejos. Los sonidos metálicos de las armaduras y el polvo que levantaban del rural camino así lo confirmaban. La batalla estaba a punto de comenzar.
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Re: [Campaña de liberación] Guerreros rurales (Priv. Corrin y Gerard)

Mensaje por Gerard Van Reed el Dom Ago 06, 2017 12:51 pm


La joven parecía más que inquieta. ¿De verdad era una mercenaria? Su intenso deseo por proteger a esos aldeanos sugería que sería una noble soldado que defendía Ylisse, no un simple matón a sueldo. Por aquello y el dialecto que usaba, Gerad no pudo evitar verse reflejado en ella por un momento. - Vuestro anhelo es puro, milady. Os ayudaremos a lidiar con estos viles bellacos. - Asintió con la cabeza. Se giró hacia Corrin, de todas formas, esperando una confirmación, pero no era más que protocolo. Por supuesto que la joven de cabello cenizo aceptó. No la conocía del todo bien, pero ese tipo de cosas de ella las tenía claras.

Esperaba tener tiempo para hablar de estrategias y tácticas con los aldeanos y los pocos hombres armados que quedasen, como había empezado a hacer su compañera de viaje, pero fueron interrumpidos. - Sí. No hay tiempo para idear un plan, Corrin. - Como había dicho ella, si se enfrentaban a emergidos, con toda seguridad estarían en desventaja en cuanto a experiencia, y al parecer, también en cuanto a números.

No había tiempo que perder. Cabalgó con su destrero hacia donde procedía el choque de metales, adelantándose a las dos jóvenes para observar el campo de batalla antes de sumergirse en él. Pasó casa tras casa, recorriendo así el sendero que atravesaba el pueblo, hasta la otra entrada del pueblo. Y allí estaba un escenario semejante al que se había imaginado. Uno que había visto en otras ocasiones; la más reciente, a bordo de aquel navío. Soldados de miradas vacías se enfrentaban a una claramente inferior fuerza compuesta de poco más que milicianos, hombres con escasas protecciones y armas simples, como lanzas y hacha de baja calidad. Para colmo, vio a unos pocos con armas improvisadas, como horcas. Además de esto, eran menos, y algunos estaban luchando con el miedo grabado en sus seres, gritando atemorizados. Los enemigos eran, claramente, emergidos, y de no hacer nada, desbordarían con extrema facilidad a la defensa del pueblo, aún sin ser más que una veintena en total, aunque solo pudiese fijarse en los que había delante.

Esperó entonces a que llegase Corrin y la doncella de cabellos dorados antes de cargar a lo loco, como solía hacer antaño. - Dos unidades acorazadas, lanceros, espadachines… Pero no es la primera vez que sobrevivimos a algo así. - No era jinete de pegaso, por lo que no tenía vista aérea, pero al menos a los enemigos más cercanos sí podía identificarlos. - Una situación muy parecida a la de hace unos días, milady. Espero que esta vez no tengan wyverns. - No podía estar seguro de lo que había dicho; al fin y al cabo, la última vez aquel semidragón había estado como escondido. Pero asintió de todas formas con la cabeza hacia Corrin al decir aquello, para intentar darle ánimos… aunque sin sonreír, como de costumbre.

Se dirigió entonces hacia aquella valiente y noble mercenaria. - Confío en que habréis evacuado ya a niños, ancianos y enfermos. - No había tiempo que perder, pero era un hombre que respetaba la escala de autoridad, y su primera impresión de ella había sido muy positiva. -Vos sois miembro oficial de la defensa del pueblo, a diferencia de nosotros. ¿Alguna estratagema a seguir, milad-...? - Pero un grito de dolor hizo que girase la cabeza. Dos de los guardas se encontraban en el suelo ya, sufriendo por el dolor de sus heridas. No; no podía esperar más. - ¡Adelante, Sterkenburg!- Y así cargó Gerard, sin esperar a una posible táctica que mejorase la situación y revertiese las tornas.

Lanza en mano, se preparó para cargar contra el emergido que se encontraba más cerca de la entrada, el que había superado ya a varios guardias. Agitó las riendas una y otra vez para conseguir más velocidad, calculó bien la distancia a la que debía atacar -tarea fácil gracias a su experiencia como caballero templario- y usó la inercia que le proporcionó su caballo para abatir a su enemigo de un solo golpe, gracias a haber apuntado cuidadosamente al corazón de aquel soldado. Por supuesto, no lograría lo mismo con el resto, pues su lanza no era más que una simple arma de bronce, y acababa de usar el factor sorpresa. Pero aún así, pelearía lo mejor que pudiese contra aquellos seres, para enviarles de vuelta al abismo del que fuese que procedían.

Después de todo, le generaba una total repulsión que hubiese gente como aquellos mercenarios que había descrito la joven de cabellos dorados. ¿Aceptar el dinero, para luego huir con el rabo entre las piernas? Cada vez le repudiaba más que su cargo como caballero errante se comparase tan a menudo con el de una simple espada a sueldo. Esa mañana Gerard lucharía no solo para defender a los inocentes, como había jurado hacía tantos años al ser nombrado caballero. No. También lo haría para demostrar que él era mucho más que un mercenario. Por su orgullo y su honor. Y por Naga, la diosa en la que aún creía firmemente, a pesar de todo lo ocurrido.
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Re: [Campaña de liberación] Guerreros rurales (Priv. Corrin y Gerard)

Mensaje por Alanna el Miér Ago 09, 2017 4:17 pm

El acto de la joven de cabellos blanquecinos por cogerle la mano la dejó del todo patidifusa, encogiéndose sobre si misma por algo que a grandes rasgos, resultaba tan banal entre dos mujeres. Aun así, consiguió sosegarla por un momento, el justo para atender a sus palabras. Alanna notó la seguridad y la convicción en su tono, además de que el joven jinete se le unió a su ofrecimiento. Se seguía sintiendo como una persona horrible, pese a que ambos alegaban ofrecerse sin necesidad de que ella tuviese que rogar. De todas formas, ya no había marcha atrás. —Os lo agradezco de todo corazón. Prometo que tal muestra de honor no será en vano, y haré todo lo que esté en mi mano para pagárosla. —Se llevó una mano al pecho. Ellos habían jurado ayudarla con toda su buena voluntad. Ella iba a jurar que no permitiría a esos monstruos hiciesen daño a nadie, ni a los pueblerinos, ni a esta buena gente.

Pero debían actuar ya. Los restallidos de los metales entrechocando eran más fuertes que nunca, y eso imposibilitó elaborar cualquier estrategia. El caballero fue el primero en salir a trote hacia la salida del pueblo, aprovechándose de la velocidad de su montura. Alanna le hizo un gesto a la muchacha para que la siguiese. —¡Rápido, por aquí! —Echó a correr, con el corazón golpeteándole el pecho de lo desbocado que estaba. Una parte de ella no quería imaginarse lo que encontraría al atravesar las calles y alcanzar los campos. Pero la realidad l golpeó con toda su crudeza y se topó de narices con una encarnizada… ¿contienda? No, aquello era más bien brutalidad y abuso contra unos pobres campesinos que, como mucho, se podían defender a duras penas. Sus armas y protecciones no podían compararse con el equipo militar con el que contaban sus rivales, ya de por sí superiores en habilidad y atacándoles sin compasión alguna, ni tan poco por una razón lógica. Lívida de pura rabia, agarró su hacha sin sacarla del cinto y apretó los dientes. Tenía miedo, pero también un inconmensurable deseo de descargar su frustración contra esos malnacidos.

Los murmullos del joven caballero la disuadieron de su arrebato, en especial cuando oyó de sus labios la palabra: —¡¿W-wyverns?! —Con la cara blanca como una sábana, miró al cielo para darse cuenta de que se trataba de una falsa alarma. Suspiró de alivio. ¡Por Naga! Ni loca quería a una de esas bestias aladas en su contra. Así pues, su compañero la inquirió con el proceso de evacuación. —En efecto, se están llevando evacuaciones y dudo mucho que no falte mucho para que terminen, pero… —Esbozó una mueca, afligida—. Todavía queda gente en las casas, y la mayoría de ellos se niegan a abandonarlas. Sé que os sonará terco por su parte, pero no quieren perder lo poco que les queda aquí. Lo único que podemos hacer por ellos es evitar que… —Calló con los gritos desesperados que tronaron en el aire. Allá donde mirase, no había más que guardias malheridos en el suelo, o acongojados por la crueldad de los invasores. El muchacho partió en pos de defenderlos con su destrero. Era imperativo que hiciese lo mismo cuanto antes, por lo que le pidió a la dama albina: —Cubrid a vuestro compañero. Yo me encargaré de este flanco y me uniré a vos de inmediato—. Le dio un toque en el hombro antes de armarse con su hacha y salir corriendo a la batalla.

Apretó su agarre en la empuñadura y esprintó hacia el que consideró el problema más grande con el que podrían lidiar, en más de un sentido. Su objetivo se trataba de los dos guerreros acorazados que, santo cielo, se alzaban como unos malditos titanes de hierro que imponían a los pueblerinos que osaron enfrentarse a ellos, ya fuese para frenar su avance o evitar que causasen más estragos. Los guardias apenas se atrevían a arrojarse sobre ellos del pavor que les infundían, limitándose a apuntarles con unas mediocres lanzas que temblaban en sus manos. Alanna aceleró de tal forma que casi parecía estar corriendo en el aire, arqueó el brazo con el que sostenía el hacha y dio una larga zancada que la propulsó hacia el coloso. No descargó el peso de su arma de manera inútil contra un objetivo blindado, si no que dirigió el impacto hacia su hombrera. Chispas saltaron del choque del metal, pero consiguió que la pieza de metal saliese por los aires. Trastabilló al aterrizar, justo a tiempo de percatarse de que el hombre acorazado se fijaba en ella, con unas cuencas vacías y enrojecidas que le provocaron un escalofrío.

Entonces, la punta de una lanza se hundió en el hombro desprotegido, y después otras dos más. Los guardias que no se quedaron perplejos por la entrada de Alanna fueron lo bastante avispados para aprovechar aquella oportunidad de oro. No obstante, el gigantón se volteó, ignorando que tuviese tres lanzas clavadas en la carne. En el momento que le dio la espalda, Alanna volvió a la carga una vez más, desatando un grito de guerra y dejando caer su hacha en el cuello del monstruo. Pasaron un par de segundos insufribles hasta que este se tambaleó y cayó al suelo como un plomo.

Le arrancó el arma de su cuerpo y se pasó una mano por la sudorosa frente. Resopló, y apuntó a la otra unidad acorazada. —¡No son invencibles, ya lo habéis visto! ¡Todos juntos y caerán! —Esperaba que sus palabras de aliento consiguiesen el efecto deseado en los aldeanos. Ya había visto con sus propios ojos que podían ser capaces si colaboraban. No iban a caer si antes luchar.
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Re: [Campaña de liberación] Guerreros rurales (Priv. Corrin y Gerard)

Mensaje por Corrin el Jue Ago 10, 2017 12:16 pm

No había necesidad de palabras cuando con una simple mirada podían entenderse entre los tres. Estaban preparados y listos para la batalla, tanto mental como físicamente. Incluso si no contaban con tiempo suficiente para poder trazar un plan no perderían, se alzarían victoriosos porque la humanidad estaba de su lado, no perderían contra unos demonios desalmados como esos emergidos. Asintió nuevamente al caballero y la joven rubia, antes de soltar su mano para dirigirse al frente. Corrió detrás de su ahora compañera, notando como la sangre circulaba velozmente por toda la extensión de su cuerpo. Notaba el palpitar de las yemas de los dedos, llenos de tensión por la batalla que se avecinaba. Cuando hubieron llegado a la entrada del pueblo, donde ya se encontraba el castaño, la visión que se les ofreció fue desalentadora. Aquel escenario no era mucho mejor que el del navío donde apenas unos días atrás había combatido, mas la determinación de los aldeanos en este caso parecía dudar en comparación con la de los marineros.

Desenvainó su espada, mirando al frente sin apenas pestañear –¿Contra qué nos enfrentamos, caballero Gerard? –preguntó, aun cuando sabía que la pregunta no era necesaria. Había tomado por costumbre utilizar aquel distintivo con su compañero desde que se habían presentado a la taberna, incluyendo a lo largo de su viaje. Sabía que estaba orgulloso de serlo, por lo que no le suponía esfuerzo alguno añadirlo –Sus fuerzas son poderosas… mas yo también espero que esta vez no cuenten con la ayuda de un wyvern –miró a la joven acompañante con la que contaban, notando su temor hacia un posible dragón enemigo. Aquella era la reacción más normal. Se trataba de una bestia en mano de unos enemigos ya lo suficientemente poderoso sin necesidad de contar con un animal salvaje y aterrador, robusto y rápido. Un compañero letal. Un enemigo letal, para ellos –No os preocupéis, por el momento parece que no se encuentra entre los enemigos, si bien debemos tener presente que podría ser su baza secreta, no podemos descuidarnos en ningún momento, estad atenta, por favor –le rogó. Su buen corazón la honraba, no le gustaría que pereciera en aquella batalla.

Le sorprendió que todavía se estuvieran llevando a cabo evacuaciones, aunque no tanto que hubiera quienes se reusaban a abandonar su hogar. Si ella se viese obligada a dejar su reino sentiría una pena e impotencia insoportables, y lucharía por quedarse en su lugar, así que comprendía bien a esas inocentes personas.

Pero las vidas de los aldeanos ya estaban comenzando a disminuir. Los emergidos no habían dado tregua alguna, ni siquiera habían lanzado ningún aviso sobre el inicio de la batalla, solo mataban indiscriminadamente a cualquiera que se interpusiera entre su objetivo y ellos. No necesito de la sugerencia de la rubia para salir corriendo al frente, empuñando la espada con ambas manos –Cuidaos bien, joven mercenaria, si necesitáis ayuda en ese flanco, ¡avisad! –gritó, antes de que el fragor de la batalla y los aceros enfrentados ensordecieran cualquier palabra que buscase salir de su boca.

Los emergidos se habían dividido en dos flancos. El mayor, situado en el frente, era donde se encontraban ella y el caballero, luchando para evitar una entrada directa en la aldea. El más pequeño, intentando abarcar más terreno por una zona lateral, era donde se encontraba la joven de cabellos dorados, luchando con fiereza. Era necesario acabar con ambos, pero si lograban sostener el envite principal y acabar con el flanco menor, podían contar con una posibilidad. Volvió a correr detrás del caballo de su compañero, sorprendiendo a un emergido que aguardaba a que este se encontrara despistado para atacar. No vio venir el filo de su espada, la cual se clavó en el costado penetrando casi sin resistencia alguna. Debían aprovecharse de los huecos en las armaduras para dar golpes certeros, pues aun estando heridos o moribundos eran igual de peligrosos.

Escuchó vítores por la zona donde la joven se encontraba. Probablemente alguien habría asestado un buen golpe, alimentando la moral y el espíritu de sus compañeros. Ellos necesitaban hacer lo mismo con ese frente, todos unidos serían capaces de vencerlos. Se desvió ligeramente hacia la derecha, procurando no estorbar al caballero, para proteger a uno de los aldeanos que peleaba contra un emergido que prácticamente le doblaba en tamaño. Amortiguó el golpe contra su hoja, notando un fuerte calambre a lo largo de sus brazos, pero por lo menos había evitado que se derramara sangre. No aguantaría mucho más de aquella manera pues la fuerza del enemigo era más que considerable. Tuvo suerte de que el joven aldeano supiera reaccionar, saliendo del shock en el que se encontraba para clavarle su hacha de leñador en el pie al emergido. No profirió ningún grito de dolor, no pareció detenerse, no se asimilaba a un humano –¡Huid ahora mismo! –logró gruñir al muchacho, el cual no necesitó pensárselo para acatar aquella sugerencia. Corrin, una vez el otro estuvo lo suficientemente lejos del alcance del emergido, dio un fuerte salto hacia atrás, rodando por el suelo para evitar una herida mortal. Notó un palpitar en el brazo izquierdo. Le había alcanzado aunque fuera superficialmente. Aquel monstruo era un duro rival.
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Re: [Campaña de liberación] Guerreros rurales (Priv. Corrin y Gerard)

Mensaje por Gerard Van Reed el Sáb Ago 12, 2017 6:17 pm


Las doncellas guerreras se unieron enseguida a la batalla, Corrin yendo a su lado y la joven de cabellos dorados al flanco. Gerard combatió lo mejor que sabía, contando con su experiencia previa frente a aquellos seres. Debido al gran número de aliados con escasa o nula experiencia, decidió que en vez de entablar combate con unidades por separado, se centraría en usar la velocidad que le proporcionaba su montura y la longitud de su lanza para dañar al mayor número posible de emergidos, con la esperanza de atraer su atención y de que los aldeanos lo tuviesen más fácil en sus duelos.

Primero penetró el brazo de un espadachín que estaba por atravesar a un aldeano que se encontraba en el suelo, y a continuación avanzó un metro con su caballo y apuntó al hombro de otro enemigo que había cerca, un lancero. Efectivamente, el primer emergido acabó soltando su espada debido a la herida repentina; como también estaba herido en un costado, dos aldeanos cerca clavaron sus armas de bronce en él. El lancero pasó a perseguir al caballero, pero este simplemente le evadió. A continuación, fue directo hacia otro de los emergidos que estaban entablando combate contra sus aliados… ¡en ese caso, con Corrin! Un alto y corpulento emergido que portaba un hacha se dirigía a ella de forma impasible.

Gerard no dudó; sí, era un caballero, pero había aprendido ya que había veces, como era la defensa de inocentes que se veían envueltos en un conflicto mayor que ellos, era más importante preservar vidas que tener una lucha justa. Es por ello que, mientras el emergido “bárbaro” se encontraba de espaldas, repitió lo que había estado haciendo hasta entonces, y con su lanza atravesó al emergido a través del hueco que tenía su armadura bajo el brazo de su arma. Sin duda, eso le facilitaría el duelo a Corrin. Sin tener tiempo de intercambiar más que una mirada de complicidad y asentir la cabeza, siguió con su cometido. Así, no intentaba dar golpes letales, sino herir y dejar incapacitados lo antes posible a sus enemigos, dejándoles el ataque final a los aldeanos.

En un momento de respiro, giró la cabeza hacia la otra parte de la batalla, donde había oído un grito femenino desenfrenado. La joven de cabellos dorado dio un poderoso hachazo en uno de los enemigos de pesada armadura, consiguiendo abatirlo. Sin duda, demostraba no solo valor y nobleza, sino saber combatir, y para colmo, saber cuándo usar las palabras adecuadas para así subir de ánimo a sus aliados. Sonrió ligeramente. ¿Cuántas valientes y capaces guerreras más encontraría en Ylisse? De todos modos, a pesar de que quisiese ir a ayudarla, en el centro había aún más enemigos, y no podía dejar a Corrin, a quien le debía la vida, desprotegida.

Justo cuando estaba pensando en aquello, como si de un mal agüero se tratase, de repente, se escuchó un temblor de lejos. Una figura salió de uno de detrás de una de las casas a toda velocidad; tras cruzar la esquina, se dirigió a la entrada del poblado, donde se encontraban luchando. El jinete, de ojos rojos, montaba un enorme pero veloz caballo negro con el que enseguida cargó hacia los defensores. Pasó cerca de uno de los aldeanos que se encontraban heridos en el suelo, pero en vez de atacarle, siguió cabalgando hacia el grupo mayor, y en concreto, hacia el lado derecho del grupo… exactamente donde estaba Corrin. El emergido fue acercándose progresivamente, de treinta a veinte metros, quince… hasta que otro jinete se interpuso en su camino. - ¡Tu rival soy yo!- Gerard, que le había visto venir desde lejos, le dirigió una potente lanzada que el emergido bloqueó con destreza.

Al menos, el ataque fue suficiente para detener al jinete de ojos rojos, que enseguida puso distancia entre los dos, y entonces, en lugar de cargar hacia la chica de nuevo, encaró al caballero. Gerard entendió a la perfección sus intenciones. Tal vez  aquellos seres no tenían sentimientos, pero sus tropas sí parecían inteligentes. (Espero que no tengan otras unidades ocultas como ese jinete.) Giró la cabeza hacia Corrin. - Milady, parece algo más fuerte que los demás, mas volveré a vuestro lado enseguida. Mi lanza no perderá ante un jinete emergido, os lo aseguro.  Volvió a dirigirse a aquel enemigo, dispuso su lanza y alzó la voz. - ¡Acepto el reto, ser! - Agitó las riendas y dio una patada al costado de su caballo, para máxima velocidad. El emergido hizo lo mismo.

El corazón de Gerard le latía fuertemente por el fragor de la batalla, y concretamente entonces, por tal duelo que estaba teniendo. Pocas veces había tenido la oportunidad de enfrentarse a jinetes que no fuesen sus compañeros de academia en entrenamientos, pues como templario, solía enfrentarse a magos herejes o a asesinos que atentaban contra la vida de algún noble importante. No a caballeros con su mismo armamento.

Por supuesto, su objetivo principal era el de luchar para proteger a los inocentes. Pero muy en el fondo, Gerard disfrutaba combatiendo, y más aún haciéndolo por una causa como aquella, como un caballero. Y, por supuesto, era importante demostrarse ser mejor jinete que cualquiera de los emergidos que hubiese.

Estaban a veinte metros de distancia. Diez, cinco…  las lanzas, con las puntas dirigidas el uno al cuerpo del otro. ¿Cuál de los dos saldría victorioso?
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Re: [Campaña de liberación] Guerreros rurales (Priv. Corrin y Gerard)

Mensaje por Alanna el Mar Ago 15, 2017 9:27 am

No era la primera vez, ni dudaba en que sería la última de todas, que cruzaba armas con aquella plaga de nefastas criaturas de ojos rojos. Había escuchado historias terribles sobre sus asedios, se había enfrentado a ellos y, comprobado en sus propias carnes que el título de “monstruos” no se les concedió exclusivamente por su falta de emociones, o su incapacidad para sentir dolor. Luchaban como si de verdaderas bestias se tratasen, pero lo más temible de todo, es que no llegaban a comportarse como bestias en su plenitud; podían razonar, como cualquier otro ser humano. Su grave error fue confiarse en que semejantes criaturas contasen con una capacidad de adaptación que asustaba.

Fue así como el segundo invasor acorazado resultó ser un auténtico problema con el que lidiar. De la muerte de su otro compañero, había sacado en claro que si dejaba actuar a los campesinos, débiles en comparación suya, aunque numerosos, tendría la desventaja. Quizás por eso adoptó un estilo de combate mucho más agresivo que el del otro: con su enorme lanza en mano, la ondeó con una potencia desmesurada que repelió las delgadas armas de los guardias con suma facilidad. Aquellos que no retrocedieron por el golpe, lo hicieron más que nada por la congoja de ser partidos por la mitad. Alanna, que estaba sintiendo que sus ánimos infundidos se iban disipando como una llama que estaba a punto de extinguirse, no perdió más tiempo y se propulsó de una patada a la espalda del gigantón, en un intento de repetir la misma estratagema que con el anterior. Sin embargo, lo que no pensó fue que este aprendiese del descuido que marcó el fin del otro, y que estaba preparado para afrontar un ataque sorpresa. El corazón de Alanna se detuvo por unos segundos cuando su rival giró la cabeza y la miró con aquellos ojos con el color de la sangre. Acto seguido, enarboló la lanza y la echó hacia atrás para golpearle en el costado con el mango. Notó que el aire se le escapaba de los pulmones, para luego salir rodando por los suelos.

Dolía. Dolía lo que no estaba escrito. Se retorció sobre sí misma y se llevó una mano a la zona del golpe. No daba crédito a la suerte que tuvo, ya no solo porque no acabase con una costilla rota, también estaba el hecho de que su enemigo usó la parte roma de su arma. Tirada como estaba en el suelo, un escalofrío la sacudió de imaginarse lo que pudo haber pasado si se hubiese tratado de la punta de la lanza.

Entonces, el invasor se volteó del todo y comenzó a avanzar hacia a ella. Sus pesados pasos retumbaban en la tierra como los de un oso gigantesco que se abalanzaba a por su presa. Su cabeza pronto hizo dar la voz de alarma, y Alanna se apresuró en clavar las uñas en el suelo para impulsarse y levantarse con un salto. Corrió de frente hacia él, embriagada por la sensación de peligro inminente que despertaba sus instintos de luchar, de sobrevivir. Vio la lanza del invasor acercarse a su rostro, a una velocidad que parecía que el tiempo se hubiese ralentizado. El corazón le dio un vuelco, la señal de la que se sirvió para responder ante ello y arrojarse al suelo con una sesgada. El filo del metal tan solo le rozó uno de sus mechones de pelo, hasta que se perdió de su vista y acabó deslizándose justo debajo del acorazado. Su diestra pronto agitó su hacha para arremeter contra una de sus piernas, encajando en el hueco libre que quedaba detrás de la rodilla.

El efecto fue inmediato. El titán se derrumbó e hincó una rodilla. No sentiría dolor, pero seguía siendo un ser de carne y hueso, y toda herida tenía sus consecuencias. —¡Ahora! —gritó a pleno pulmón. Lo que siguió a ello fue el aluvión de lanzazos que le cayó por parte de los guardias, aprovechándose de los espacios entre las placas de metal. Alanna supo que no haría falta que interviniese contra un enemigo que ya estaba sentenciado, por lo que les dejó el resto a ellos y corrió calle abajo, para ayudar al otro flanco.

Precisamente, en el que había dejado a la dama y al caballero a cargo. En mitad de la carrera se fijó que dos figuras trotaban a una velocidad vertiginosa, con sendas lanzas en mano y dispuestas a hacer contacto entre ellas. Reconoció a su joven aliado, confrontando a otro jinete que cabalgaba sobre una bestia negra. Asumiendo que una batalla entre monturas se le escapaba de sus posibilidades, se dirigió de inmediato a apoyar a la muchacha. La avisó agitando un brazo. —Joven dama, el otro flanco del frente ya ha sido reducido. Contad con mi apoyo para lo que se avecina, y también con el resto de aliados que se nos unirán en breves. —Una pizca de alivió la invadió al haberse visto capaz de alentar a los pueblerinos inexpertos con un poco de arrojo. Más, se prometió a si misma que debía ser cuidadosa de ahora en adelante y evitar situaciones como las de antes. Apretó con fuerza la empuñadura de su hacha y asintió—. Cuando estéis lista.
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Re: [Campaña de liberación] Guerreros rurales (Priv. Corrin y Gerard)

Mensaje por Corrin el Vie Ago 25, 2017 10:07 am

Se llevó una mano al brazo, al lugar que le escocía como consecuencia del corte. Las yemas de sus dedos tocaron la herida llenándose del carmesí líquido que fluía por sus venas. No parecía ser importante pero lo suficiente para que llamara la atención y la hiciera dudar de la precisión y fuerza de sus futuros movimientos durante unos segundos, mientras aún tenía frente a sí a aquel emergido grande, de poderosos brazos, portador de un hacha. Volvió a prepararse para el ataque cuando atisbó por un momento la sombra de su amigo el caballero. Miró fijamente a los ojos del emergido para que no sintiera la presencia de su compañero, el cual le asestó una lanzada por la espalda, debilitando a su rival. Corrin asintió, esbozando una leve sonrisa antes de ver cómo se alejaba una vez más para socorrer a los aldeanos que habían decidido batallar por su hogar. No dejó pasar la provechosa oportunidad que ahora se le presentaba, acercándose velozmente al enemigo por el flanco no herido, pues supuso que por el otro tendría más dificultades de atacar –aunque había sido capaz de ver cómo aquellos seres eran capaces de seguir en pie atacando aun cuando se encontraran moribundos–.

Esquivó un ataque, tal y como esperaba que se produjera. Cualquier ser trataría de defenderse ante una amenaza aproximándose, pero Corrin lo había supuesto. Era una reacción lógica. No quería arriesgarse con aquella oportunidad que se le había presentado usando complejos ataques o tratando de acabar con su vida haciendo florituras, algo sencillo pero efectivo era más que suficiente. Apretó con fuerza la empuñadura de la espada, realizando un movimiento ascendente. La hoja penetró desde la ingle hacia el tren superior del cuerpo, usando ambas manos para que el golpe fuera certero. No permitió que reaccionara, recuperando su espada para darle una fuerte patada y golpearle una vez más donde anteriormente le había herido ya el caballero. Una vez hubo caído, no fue capaz de reprimir una sonrisa de satisfacción –Por fin, uno menos –indicó para sí misma.

Buscó con la mirada otro oponente. Se perdía entre las diversas reyertas que estaban teniendo lugar, de forma dispersa, en el campo de batalla. Por un segundo dudó hacia qué lugar dirigirse, procurando buscar con rapidez la mejor opción. ¿Abrir una especie de cortafuegos para separar en dos bandos a los enemigos y tener así más posibilidades o ir directamente a defender la entrada del pueblo, aunque ello supusiera una pelea directa y continua contra los enemigos?  Se decantó por la segunda opción, no segura de la resistencia de los pobres aldeanos que habían decidido levantar las armas contra los emergidos.

Se llevó una sorpresa cuando un jinete emergido apareció sobre la colina. Su cara, feroz como ningún otro, parecía entender la mayor dificultad de su empresa ahora que ellos tres habían aunado fuerzas con los aldeanos para así proteger el lugar, si bien su rostro no desprendía emoción alguna. Ni tristeza, preocupación, alegría. Solamente muerte. Su corazón dio un pequeño vuelvo al comprobar que ya contaba con un oponente: Gerard. Sabía que podía contar con su fuerza y valerosidad, pero no por ella sentía preocupación. No dudaba de sus capacidades, más bien temía las de su oponente. Pretendía observar aquel envite, pero el resto del terreno no iba a protegerse solo. Se deshizo con relativa facilidad de otro emergido, atacando su costado con firmeza. Justo en ese momento la joven de cabellos dorados apareció a su lado, por lo que esbozó una sonrisa cómplice –Me alegro de que hayáis salido victoriosa de vuestra pelea, tenéis valor y destreza, me alegro de ser vuestra compañera –dijo, con un todo desenfadado aunque rápido. Era necesario volver a centrarse –Debemos resguardar la entrada, es la última posibilidad antes de que siembren el caos entre los más indefensos, creo que debemos correr hasta aquel lugar –explicó a la joven, señalando con la mano –Podemos abrirnos paso con relativa facilidad si las dos seguimos luchando como hasta ahora, limpiando el escenario de esta escoria –de esa forma hacían dos trabajos a la vez.

Encabezó la partida, abriéndose paso con su espada. Sus movimientos eran más rápidos que los de su compañera, motivo por el cual había emprendido la marcha. En cambio ella podía proteger bien el resto de flancos y asestar los golpes finales a los adversarios que resistieran el primer golpe. Era una buena formación.

Una vez hubieron luchado contra varios enemigos que se interponían en su camino, fueron capaces de llegar hasta la primera casa del pueblo, el primer lugar a defender, ellas serían el último escollo a superar si los demonios de ojos rojos querían cumplir con su objetivo, al cual parecían acercarse cada vez más, a paso firme –Debemos mantenernos aquí cueste lo que cueste, abriendo un poco el círculo cuando veamos que no permitimos la libre entrada a los enemigos –le indicó a la joven, esperando por si tenía alguna propuesta mejor antes de llevar a cabo su plan. Se iban acercando con de forma desperdigada, consecuencia de los combates con los que poco a poco tenían que lidiar para llegar hasta allí. Incluso llegó un momento en el que los enemigos dejaron de aparecer.

Extrañada, observó a sus compañeros, respirando entrecortadamente dado el esfuerzo al que se estaban sometiendo. No lograba procesar aquella ¿victoria? tan sencilla cuando dos bolas de fuego, refulgiendo como diminutos soles enfurecidos cruzaron el cielo por encima de sus cabezas, dirigiéndose directamente a unas de las casas de la aldea. Pronto comenzaron los estallidos, el crepitar del fuego, el sonido de la madera ardiendo y las llamas bailando al son de los gritos de la familia que moraba el domicilio. Su sorpresa se vio ensombrecida por la aparición de dos figuras que asomaban por el horizonte. Se encontraban ataviados con lo que parecían ser túnicas con capucha, sin dejar su apenas rostro visible. Un recuerdo no demasiado lejano le asaltó la memoria. En su lucha en el barco mercante, junto con el caballero, aquellas esferas ígneas también aparecieron. Se vio en la necesidad de morderse el labio, antes de gritar:

-¡Magos, cuidado con sus ataques, son peligrosos! –dejándose los pulmones para que todos su aliados pudieran ser conscientes del peligro al que se enfrentaban. La batalla, parecía, no había hecho más que comenzar.
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Re: [Campaña de liberación] Guerreros rurales (Priv. Corrin y Gerard)

Mensaje por Gerard Van Reed el Vie Ago 25, 2017 2:53 pm


El choque de metales se hizo más que aparente: resonó en toda la cercanía. Las lanzas de ambos habían chocado, ambas en la misma dirección, apuntando la misma zona, el mismo punto vital. Y sin embargo, ambos usuarios lograron empujarlas más allá de su cuerpo, dejando el enfrentamiento inicialmente en empate.

Sin embargo, ninguno de los dos cedieron. El jinete volvió a girarse tras recorrer unos metros por la inercia, y ni Sterkenburg ni Gerard hacían muestras de querer detener el enfrentamiento, por lo que cargaron de nuevo. Y luego otra, y otra vez. Fue así como se dio lugar a breves y reiteradas competiciones de fuerza y destreza, de menos de uno segundo, en las que ambos intentaban superar las defensas del otro, con el objetivo de apartar la otra lanza para dejar vía libre a la suya.

Gerard apretó los dientes. ¿Cómo iba a dejarse ganar, con todo lo que tenía por delante? Era un caballero adiestrado por las enseñanzas de Naga, forjado en el campo de batalla, marcado por el desasosiego, por el deshonor, y por la firmeza para sobrellevarlo. Apretó su arma con más fuerza, y se preparó. Esa sería la última acometida, aunque tuviese que descuidar momentáneamente sus defensas. Sabía lo que eso significaba: no era inmortal, como antaño pensaba. Pero no iba a perder todavía.

La justa no acabó en empate, pues la última carga le puso fin. El jinete que salió victorioso logró su cometido, clavando su lanza en ristre en la parte débil de la armadura del rival, el cuello. El gran y oscuro caballo de guerra del jinete abatido no pudo sino seguir con su inercia varias docenas de metros, perdiéndose así en la lejanía, seguramente sobresaltado debido a la pérdida de su amo. Gerard, aún respirando con dificultad tras el breve pero intenso esfuerzo físico, y con el sudor empezando a bajar por su rostro, observó desde lo alto del suyo al emergido caído, que poco tardó en dejar de moverse a pesar de no exhalar grito de dolor alguno.

¿Qué serían aquellos seres? Tal y como le había dicho aquella espadachina de su país vecino hacía ya una eternidad y como había podido comprobar en el campo de batalla, durante aquel aciago día, y en muchas ocasiones después de aquello, no eran humanos normales. No sentían dolor, no eran aparentemente capaces de comunicarse… Todavía le era difícil comprender su existencia. - Que Naga se apiade de tu alma antes de que vuelva al abismo. - Poco podía hacer, pues, salvo adherirse a aquello que le había sido enseñado. Soldados de los dioses oscuros; sí, sin duda aquella debía ser su identidad. Y como guerrero de la luz, su cometido era desterrarles de vuelta al infierno.

Poco pudo descansar, sin embargo, pues de camino de vuelta, antes de que pudiese volver a la refriega, dos destellos se encendieron encima suya. (¡¿Fuego?!) Dos esferas llameantes viajaron imponentes en una trayectoria arqueada desde la lejanía hasta una de las casas del pueblo, cual meteoritos que traían destrucción sobre la tierra. El fuego rápidamente se extendió a todo el techo de la casa, e incluso al edificio adyacente.

- ¡Puede que haya gente en las casas! - No tenía mucho tiempo para pensar. Con su caballo, podría llegar rápidamente a las casas, e incluso derribar la puerta. Pero ¿y los magos? Alguien debía combatirles, y Gerard estaba muy acostumbrado a pelear contra ellos, incluso lo había hecho recientemente. - ¡He combatido antes contra usuarios de la magia elemental y negra! ¡Yo me enfrentaré a ellos, pero alguien debe ir a socorrerles! - Gritó, esperando que algún aldeano le hubiese visto vencer en el duelo y accediese a hacerle caso. Volvió a agitar las riendas, dirigiéndose al origen de la destrucción más inmediata, ignorando, aún en contra de su voluntad, el resto de duelos que estaban teniendo lugar en aquella escaramuza.

- ¡Adelante, Sterkenburg! - Los había visto de lejos: dos usuarios de fuego, y un tercero, de túnica púrpura, que se hallaba con la cabeza baja y las manos en alto, aparentemente inmóvil. Frente a él, los otros dos magos, como protegiéndole. Gerard frunció el ceño, de lejos: había visto otras veces conjuraciones de ese estilo, y si no se equivocaba, el mago oscuro estaba apuntando al campo de batalla en la entrada del pueblo, no al caballero Grannveliano. Si no se daba prisa, sin duda alguien en ese campo de batalla comprobaría los horrores que solo los más viles herejes podían liberar sobre sus enemigos: (Magia… negra…) Solo podía rezarle a Naga, internamente, pues tenía a tres enemigos por delante a abatir por sí solo, dos antes de llegar al mayor de los herejes. ¿Lograría interrumpir a tiempo el conjuro oscuro de aquel destacado hechicero?


Última edición por Gerard Van Reed el Sáb Ago 26, 2017 12:41 pm, editado 1 vez
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Re: [Campaña de liberación] Guerreros rurales (Priv. Corrin y Gerard)

Mensaje por Alanna el Sáb Ago 26, 2017 12:30 pm

Alanna le dio el visto bueno con un asentimiento al plan de actuación que propuso la dama de cabellera cenicienta. No quiso pensar mucho en los elogios que le dedicó por su pequeña victoria con los dos colosos acorazados, porque llamarla a ella “Valiente”… Torció la boca con disimulo, en un momento que la chica estaba mirando a otra parte. No, lo más apropiado hubiese sido temeraria por la de insensateces que estaba cometiendo, una tras otra. Su alusión a su destreza, en cambio, la aceptó con un poquito de gozo. Eso es que su entrenamiento estaba teniendo sus frutos.

Siguiendo los pasos de la dama en la vanguardia, posicionó su hacha en ristre, vigilando con ojo meticuloso en todo momento la estela de la espada de la otra que surcaba el aire con la ligereza de una pluma. Su velocidad empuñando el arma era digna de elogio, y gracias a ella conseguía asestarles estocadas certeras a los invasores que les salían al paso, aunque no resultaban ser letales. Pero de esa premisa se encargaba Alanna, siguiendo sus maniobras de cerca y preparando el hacha para rematar la faena que le dejó la chica en bandeja. Literalmente. No blandiría el arma más heroica, ni la más práctica, pero la letalidad del filo de un hacha no debía de subestimarse. Y quien se mofara diciendo que emplearla parecía sencillo, se merecía que le propinasen una bofetada, por necio y bocazas. No por nada se pasó los dos últimos años dejándose la piel para perfilar las nociones con las que le instruyó Hellen.  

Uno por uno, fueron abatiendo a los enemigos hasta que llegaron al primer edificio que delimitaba la entrada del pueblo, el punto clave más importante si querían frenar la avanzada invasora de que se internasen en las áreas más vulnerables de la localidad. La joven dama ya estaba estipulando la formación a tomar para defender la entrada de esos monstruos cuando Alanna se permitió echar un vistazo por encima de su hombro para comprobar cómo marchaban las otras contiendas y frunció el ceño, extrañada. Volvió su atención a la espadachina y le dijo: —Si seguimos impidiendo que sus tropas avancen desde aquí podríamos obtener la ventaja en posición. Noto que cada vez hay menos fuerzas enemigas que se nos interpongan, y si el resto de nuestros aliados se nos unen, ya no deberían tener oportunidad alguna. —Seguro que ella también se dio cuenta mientras se desplazaban e iban derrotando a los invasores; no llegaban oleadas tan concentradas y organizadas como las del principio, incluso llegando a toparse con hombres desperdigados.

Y aquello significaba que debían estar teniendo éxito en repeler el ataque. No había más guerreros enemigos que pudiesen ser una auténtica amenaza en los alrededores, y al poco presenció cómo su compañero jinete sentenciaba el fin de su contienda con el caballero de la bestia negra. Exhaló un suspiro como si lo hubiese estado guardando en sus pulmones desde que comenzó la batalla y sonrió, apretando su puño libre en señal de celebración. Parecían estar enderezando su entuerto de una manera implacable, y de seguir así…

Hasta que las vio. Desde el horizonte, dos enormes estrellas que fulguraban tanto como el mismísimo sol descendieron del cielo formando un arco. A su paso, dejaban una estela flamígera en el aire, y hasta que no las presenció desde más cerca, no se percató de una ínfima parte de la peligrosidad que albergaban aquellas dos masas de llamas que volaban con el aspecto de dos cometas mortales. Entonces, el corazón se le detuvo en el mismo instante en el que alcanzaron una casa de las cercanías y sus llamas comenzaron a devorarla.

«No…», Alanna se quedó clavada como un alfiler en el sitio, trémula, y giró la cabeza con miedo hacia la colina a la que señalaban y voceaban el resto de sus compañeros, alcanzando a ver a las dos figuras envueltas en túnicas que extendían sus brazos. Magos. ¡Magos! ¡¿Cómo podía ser?! Ya estaban teniendo arduas dificultades en su gesta para que unos pobres aldeanos luchasen contra un ejército que les superaba en experiencia de combate y en armas. Les había costado horrores insuflarles el coraje necesario para que les confrontasen con sus pocos recursos bélicos, y ahora el enemigo les desvelaba su as bajo la manga. Uno para ponerse pensar en la crueldad que los movía para ser capaces de traer hechiceros a una mera aldea en las zonas rurales. Un retortijón le subió por el estómago y se doblego sobre si misma, incapaz de asimilar lo que estaba ocurriendo a su alrededor.

Y entonces escuchó los sonoros y desesperados gritos de auxilio. Abrió mucho los ojos al darse cuenta de que no venían del campo de batalla, si no de la casa azotada por las llamas. —Dioses, no… —balbuceó con un hilillo de voz, pálida. Se recompuso como pudo justo a tiempo de ver cómo el joven caballero declaraba a viva voz que se enfrentaría a los magos. Se quedó anonada de todo ese arrojo que desprendía, pese a lo desalentadoras que sonaban sus intenciones. Pero, a saber cómo, estaba reuniendo el valor suficiente para trotar a toda velocidad, con la intención de batirse con ellos. Se acordó entonces de los remordimientos que la carcomían por querer involucrarles en su batalla, del miedo por los daños irreparables que pudiese causarles su egoísmo. Pero ahora se daba cuenta: ellos estaban luchando por propia voluntad, con o sin la necesidad de sus súplicas. Mientras, ella estaba aterrada desde el primer momento que no fuese capaz de estar a la altura, y lo odiaba. Ya se sintió así una vez. «Nunca más», apretó los dientes con rabia contenida.

Clavó dos fervientes ojos en la casa ardiendo y tomó una profunda bocanada de aire. Puede que no confiase en ser tan valiente como la pintaban, pero al menos tenía su temeridad. —Ayudad a vuestro compañero cuanto antes. Dejadme a mí el socorrerles —le dijo a la peliblanca con seriedad. Le alzó una mano ante cualquier respuesta negativa que le fuese a dar, o cualquier asomo de duda que le surgiese—. Si no se detienen a esos magos ya, más casas arderán y toda esta lucha será en vano. Confiadme esta labor a mí, por favor —y dicho eso, echó a correr hacia el edificio envuelto en llamas. Frenó al estar a unos pocos metros de la puerta, todavía intacta, y se quedó paralizada durante unos momentos allí. Los gritos de la familia que estaba atrapada en su interior volvieron a hacerse oír, lo suficiente para que todas sus dudas se disiparan. «Valor, Alanna», y con un nuevo impulso, se arrojó hacia la puerta para para derribarla con su hacha, directa hacia el abrazo mortal de las llamas.
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Re: [Campaña de liberación] Guerreros rurales (Priv. Corrin y Gerard)

Mensaje por Corrin el Mar Ago 29, 2017 11:06 am

Durante unos segundos se mantuvo paralizada, con las yemas de los dedos acariciándose sutilmente sus propios labios ante la sensación de espanto y de sorpresa, observando el caos que en apenas unos segundos habían creado los emergidos al lanzar aquellos orbes ardientes. El resultado podía ser más que catastrófico si no encontraban una solución efectiva cuanto antes, ¿pero cómo luchar contra magos, cuyos poderes eran claramente superiores a ellos, guerreros de distancias más cortas? Ni que decir, además, de aquel encapuchado de color púrpura, situado en el centro y flanqueado por los dos magos portadores de tomos de fuego. Jamás había tenido la oportunidad o la desdicha de observar cómo se fraguaba un ataque de tal entidad. Magia negra. ¿Sería tan temible como todos decían? No contaba con demasiada información al respecto, su hermano mayor nunca había permitido que entrenara contra ningún brujo semejante. ¿Qué debía esperar?

Caviló vacilante, mirando a la joven de cabellos dorados socorrer velozmente a los habitantes de los hogares afectados por el temible envite enemigo. Apenas había contado con el tiempo necesario para entender las palabras, decididas, de su loable compañera, por lo que no tuvo más remedio que aceptar y dejar que la rubia tomase la carga de evacuar a los aldeanos. En cierta parte lo entendía, pues ella misma les había asegurado que mantendrían a salvo el lugar de los atacantes, resultado complicado si tenían en cuenta la escasez de individuos dispuestos a luchar por ello –¡De acuerdo, tened cuidado una vez más! No permitáis que vuestra impotencia os nuble el juicio, actuad con precaución! –le respondió, quizás demasiado tarde para que fuera escuchado, sin embargo necesitaba decir aquellas palabras. Creía en ellas, que la ayudarían a mantener la cabeza fría, como siempre repetía Xander.

Se encaminó sin más tiempo que perder junto al caballero, quien ya había emprendido su marcha, sin demora, en dirección a los usuarios de magia. Aquello parecía una nueva locura, ya tan conocidas para ella, que en un estallido de valor provocaba que el joven castaño no siempre tuviera en cuenta las posibles consecuencias. ¡Un ataque directo a lomos de su montura era demasiado previsible! Le estaban viendo acercarse desde el principio, y no contaba con ningún arma de largo alcance como ellos, aquello no podía terminar bien.

Preocupada por la posibilidad de una nueva víctima, corrió  hacia un lado, atravesando las vallas que delimitaban el comienzo de la aldea, utilizando árboles, fardos de paja y otros objetos voluminosos para disimular su avance. Frente así tenía una extensión llana, sin obstáculos, con el pasto meciéndose al son de la ligera brisa que soplaba de poniente. Parecía como un canto que invocaba a la tranquilidad, pero nada más lejos de la realidad. Necesitaba recorrer aquella extensión lo más rápido posible y tratar de alcanzar a uno de los magos elementales que se encontraban escoltando a su compañero de manto púrpura. Supuso que se encontraban distraídos por la carrera del caballero, el cual veloz pero cautelosamente mantenía su dirección. Los pulmones le ardían, los oídos le pitaban y notaba la sangre recorrer cada extremo de su cuerpo tratando de correr lo más velozmente que sus piernas y sus pies descalzos le permitían. Nunca llegaría antes que el caballero, pero posiblemente sí después del primer ataque. Si lo evitaba, como quería y deseaba, quizás pudiera sorprender a uno de los enemigos, el cual, para su desasosiego, conjuraba un nuevo globo incandescente.

Solo un poco más, aguantad, por favor, ¡solo un poco más!”.

Desenvainó elegantemente la espada cuando hubo llegado lo suficientemente cerca de su enemigo como para tomarle por sorpresa. Pero la sorpresa se la llevó ella cuando observó unos ojos fijos, penetrantes, tan rojos que parecían absorber la sangre con la mirada, clavados sobre ella. No pertenecían al mago que tenía a apenas unos metros de ella, sino de aquel al que escoltaban. El mago oscuro. Los labios del enemigo se movieron, pronunciando unas palabras ininteligibles para ella. Un movimiento rápido de su mano generó una nebulosa purpúrea, con destellos granate y añil, los cuales aparecieron a su alrededor. Trató de moverse, ondeando su espada para zafarse de aquel fantasmagórico ataque, pero no parecía repelerlo. Un sentimiento de ansiedad comenzó a apoderarse de ella. Se llevó una mano al pecho, no comprendía qué ocurría, ¿por qué sentía aquel dolor? No había nada que estuviera dañándola, pero el daño era real, lo notaba profundo, atrapando sus esperanzas entre ramos de espino. Miró de soslayo al emergido que le estaba provocando aquel pesar. Ni una sonrisa, ni un destello de remordimiento, nada. Trató de boquear un par de veces, recuperando el aire que sus pulmones necesitaban desesperadamente. ¿Cómo deshacerte de algo que no sabías lo que era? O quizás… ¿Era así como se sentía la magia negra? Apretó los ojos, ni siquiera se había percatado que se encontraba en el suelo de rodillas. Aquel dolor que no se puede ver, ese.

Ese es el peor.
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Re: [Campaña de liberación] Guerreros rurales (Priv. Corrin y Gerard)

Mensaje por Gerard Van Reed el Miér Ago 30, 2017 6:30 pm


La temeraria carga de Gerard seguía en curso. Galopaba y galopaba, tronando sobre la tierra, en dirección a la fuente de aquella devastación en forma de sangre y ceniza que se estaba originando en el pueblo, ya una docena de metros detrás suya. Sabía que debía poner fin a tal estrago de inmediato.

Por suerte o por desgracia, el mago negro del fondo seguía conjurando el hechizo, su mirada puesta en la entrada del pueblo. Eso le permitió a Gerard  concentrarse en los otros dos, que en cuanto se hubo acercado lo suficiente el jinete, conjuraron casi en sintonía dos bolas de fuego más, con un retardo posiblemente intencionado para lanzarlas una detrás de la otra.

¿Cuántas veces se había enfrentado ya a usuarios de tomos? Fuego, relámpago, truenos, y sobretodo aquella oscura disciplina de la magia negra. Como anterior caballero anti magos, conocía bien todas ellas. Y solo unos días atrás había combatido contra magos equivalentes. Sabía, pues, el curso aproximado a tomar para esquivar sus ataques. Tiró de las riendas con tal de que su caballo se desviase hacia la izquierda, evadiendo así la primera bola con relativa facilidad. Para la segunda, tuvo que hacer muestra de su habilidad de montura, desviando todo su cuerpo hacia un lado. La esfera ígnea le rozó el brazo, pero por suerte, también la había esquivado.

Era su momento. Lanza en mano, mirada determinada, acabó de acortar distancias con el enemigo, dispuso su arma en ristre y, apuntando bien, sumó su fuerza a la inercia que llevaba. Su lanza atravesó exitosamente con toda facilidad el pecho del primero de los magos, penetrando en las finas túnicas del conjurador, no diseñadas para ofrecer protección a esa distancia. Se alejó rápidamente para evitar la represalia de los otros; había tenido suerte, pero si seguía así, podría conseguirlo.

Sin embargo, su corazón dio un vuelco ante lo que sucedió de repente. Una sombra apareció en su escaramuza, espada alzada en alto, pero... - ¡Corrin! - Un pequeño vacío se sumó en el interior del caballero al darse cuenta de lo que ocurría. La joven con el cabello de ceniza, a pesar de no haber sido alcanzada visiblemente por ningún ataque, había caído de rodillas al suelo, sus orbes rojos cerrados, sus jóvenes rasgos ahora revelando intensas muecas de dolor.  

Por supuesto, Gerard no tardó en reaccionar. Clavó decididamente su lanza en el suelo con tal de poder contar con ambas manos, fue rápidamente hacia la caída Corrin y, echándose de nuevo a un lado, hizo uso de sus dos extremidades para tirar de los brazos de la chica, posicionándola sobre su caballo, justo delante de él. - Corrin. ¡Corrin! - Debido al estado de la chica, para que no cayese del caballo la envolvió con el brazo izquierdo, llevando el rostro de la chica a su pecho y cubriéndola con su capa.

- ¡Si podéis oírme, respirad hondo y no os mováis! La magia oscura daña el espíritu o el interior del cuerpo, mas confiad en mí: os recuperaréis. - Dio las órdenes a su corcel para que volviese unos metros más atrás con tal de recuperar así su lanza, que sostuvo firmemente hacia sus enemigos. Los dos enemigos remanentes se hallaban impasibles y acechantes a solo una decena de metros. Tenía muy claro qué debía hacer. - Os protegeré. - Añadió, mirándola de reojo. La sensación de desasosiego no desapareció, ni teniéndola en sus brazos. Si era alcanzada una vez más, estaría en grave peligro... pero no. No dejaría que le hicieran más daño. Debía eliminar a sus enemigos con presteza.

La carga, pues, fue reemprendida para poner fin a esa batalla de una vez por todas. Tronó una vez más por el campo, manteniendo su agarre en la chica. Galopando en línea recta, pudo acortar rápidamente la distancia entre sus enemigos y él. Sin embargo, los enemigos ya estaban conjurando una vez más.

Diez metros. Un aura oscura empezó a formarse a su alrededor. Cinco metros. El aura se acercaba lenta pero progresivamente a él. Cerró los ojos. ¿Sería aquel realmente el fin?

-Entonces, os lo prometo, Lady Corrin: aunque sea de forma temporal, seré vuestro caballero. Seré la espada que derrote a vuestros enemigos y el escudo que os proteja de todo daño.-

Las palabras pronunciadas con anterioridad y la sensación que le era devuelta a través de las yemas de sus dedos - los revueltos pero sedosos cabellos de su doncella - le decían que no temiese a las escasas expectativas de victoria, pues un fuego se había encendido de nuevo en su interior, por segunda vez aquella semana. La nobleza y  valentía de Corrin le habían impactado desde el primer momento. No había dudas en su corazón: Corrin le importaba. Y por supuesto, había hecho un juramento. No dejaría que le pasase nada.

Sus ojos se abrieron una vez más. La luz dentro de él acabó despejando todos los miedos y las dudas y guió sus brazos, que condujeron la lanza hacia aquel demonio de ojos rojos. - ¡La luz de Naga pone fin a tu herejía en estas tierras! - Como un relámpago, la simple pero confiable lanza de Gerard alcanzó el cuello del enemigo, logrando así abatir con éxito al emergido de morada vestimenta antes de que sobre el jinete pudiese cernirse del todo el aura de oscuridad, que acabó desapareciendo con la muerte de su conjurador.

Aún respirando con dificultad, Gerard susurró unas palabras. - Aguantad, milady, solo queda... un enemigo.- Sin embargo, dejó caer su lanza, pues no le quedaban demasiadas fuerzas. ¿El motivo? Todavía quedaba uno de los magos… que había logrado alcanzar su espalda de lleno con una tercera esfera ígnea, esta vez ocasionando considerable daño.

A duras penas podía contener las muecas de dolor y seguir a caballo debido al intenso ardor que sentía detrás de él. La armadura había absorbido parte del impacto, pero sin duda, había sido herido. ¿De verdad lograría abatir también al tercer mago?
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Re: [Campaña de liberación] Guerreros rurales (Priv. Corrin y Gerard)

Mensaje por Alanna el Jue Ago 31, 2017 3:59 pm

De haber una sensación similar a la de adentrarse en las mismísimas y abrasadoras entrañas del infierno, sin duda sería aquella. Por fuera, la pequeña y humilde casa al pie de la entrada ya desalentaba de verla arder. Pero pasar a su interior fue mil veces peor. Nada más atravesar la puerta con su hacha, una densa cortina de humo se abalanzó sobre Alanna, asfixiándola e irritándole los ojos en el momento. Entre toses, se cubrió la cara con un brazo, mientras que con el otro apartaba el humo con enérgicos aspavientos. Se aclaró la garganta por enésima vez y, al verse capaz de volver a abrir sus llorosos ojos, miró en derredor.

Fuego, humo y cenizas. El recibidor de la casa se había transformado en una pila de madera humeante y que crujía, resentida por el efecto devastador de las llamas. Alanna resolló, azorada por el ambiente abrasador que la advertía de la alta peligrosidad que suponía permanecer allí durante demasiado tiempo. A pesar de ello, era consciente de los riesgos al decidir entrar por su propia cuenta, y de que aquello también se les aplicaría a los residentes que estaban atrapados en la casa. Cada segundo contaba si no quería que su incursión fuese en vano, de modo que se atrevió a dar los primeros pasos en aquel horno. Más, fueron pocos hasta que la cabeza comenzó a darle vueltas, afectada por el excesivo calor, y que sus pulmones, resentidos por las continuas batallas y carreras a los que estuvieron sometidos, eran incapaces de asimilar el escaso oxígeno con el que contaba.

Las fuerzas le fallaron, logrando hincar la rodilla antes de que se desplomase por completo. Sufrió un nuevo ataque de tos, más angustioso que el anterior, y se llevó una mano al pecho. Sus músculos ya no le respondían de forma coherente a sus órdenes, y la falta de aire no hacía sino agravar su lucidez en aquel momento. Se alentó a apoyar el hacha en el suelo y a aferrarse a esta con ambas manos, notando que su agarre se debilitaba rápidamente. Sería todo lo cabezona que quisiera, pero llegados a ese punto, con las fuerzas escasas para jadear como un perro, sabía que ni con toda la testarudez del mundo podría solventar el aprieto en el que se acababa de meter. ¿Era así como uno se sentía al no poder recurrir ni a su orgullo para persistir? Derrotada, y con un amargo regusto en la boca al darse cuenta de que esta iba a ser su última insensatez de todas.

Los párpados le pesaban tanto que se le fueron cerrando los ojos lentamente… —Mamá… — Hasta que una débil vocecilla llegó a sus oídos—. Mamá, despierta, por favor. — Estiró un poquito el cuello hacia la puerta que tenía a unos escasos metros, de la que creía escuchar los sollozos de una niña—. Tengo miedo, mamá… — Entonces, una pequeña chispa le hizo recordar el por qué estaba allí, peleándose con su maltrecho cuerpo en un intento por hacerlo reaccionar: habían personas allí, atrapadas por el fuego. Sus súplicas eran incapaces de llegar más allá de las cuatro paredes y el ensordecedor chasquido de las llamas.

Pero sí que le llegaban a ella.

“No permitáis que vuestra impotencia os nuble el juicio.”

Una promesa que desde el primer momento sabía que no podría cumplir. ¿Era presa de la impotencia? Como nunca antes. Como para no estarlo cuando la desesperación la instaba a realizar locuras como aquella, solo por no volver a ser la chiquilla inútil y a merced de los designios de su familia; por no volver a ser Anisse. Y mientras ella flaqueaba, la dama y el caballero seguían encarnizándose con el enemigo allí afuera, a aquellas bondadosas personas que les juró devolverles el gran favor que le estaban haciendo.

Un brote de energías del que desconoció su procedencia la imbuyó, otorgándole la última oportunidad que clamaba con todo su ser. Sus puños se cerraron con fuerza sobre la empuñadura del hacha y se incorporó entre tambaleos, con sus ojos clavados en la habitación contigua. Dio un paso. Y otro más. A partir de ahí, los siguientes fueron más céleres, y entonces ya se encontraba esprintando a la puerta con el hacha en alto, ondeándola con un grito de guerra. La madera se astilló con la potencia del metal y Alanna frenó en seco al atravesar el vano. Allí, encogida como un ovillo, una niña la miraba sorprendida con unos ojos humedecidos en lágrimas. A su vera, una mujer de mediana edad yacía en el suelo boca abajo, inconsciente. —Mi mamá… Mi mamá no se despierta —gimoteó la pequeña. Un par de lágrimas rodaron por sus mejillas enrojecidas.

Alanna se olvidó por un momento del incendio, componiendo una expresión condescendiente y se acercó a la pequeña, inclinándose y susurrándole con una voz suave. —No tengas miedo. Voy a ayudaros a ti y a tu madre. —Se viró hacia la mujer y procedió a examinarla con un chequeo rápido. Respiraba. «Gracias a Naga…», cerró los ojos y dejó que una cascada de alivio la inundase. El tiempo apremiaba, por lo que procedió a hacer acopio de sus últimas reservas de aliento y tomó a la madre de la chiquilla en brazos. —No te separes en ningún momento de mí. Te prometo que os sacaré de aquí. —Y cuando la niña obedeció, se encaminó con unos pies pesados por la angosta pasarela que formaban los tablones incinerados y los pilares de fuego.

Nada más cruzar la puerta que daba al exterior, el brillante fulgor de la luz del día la bañó con todo su esplendor, recompensándola con una brizna de aire puro y libre de humo. Como si se tratase de una delicadísima pieza de porcelana, inclinó la espalda y dejó en el suelo a la mujer, a la que su hija se arrojó, desbordada por el miedo y la preocupación. Alanna también fue azotada por sus propias preocupaciones, en especial las que estaban relacionadas con sus dos compañeros de batalla. Su primer impulso fue el de correr como el viento y acudir en su ayuda. Sin embargo, al momento de mover su pierna, esta le falló y su cuerpo entero cayó como un peso muerto a tierra. Acababa de llegar a su límite, y lo único que pudo hacer fue sumirse en un profundo letargo.
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Re: [Campaña de liberación] Guerreros rurales (Priv. Corrin y Gerard)

Mensaje por Corrin el Miér Sep 06, 2017 6:58 pm

Conocía la posición en la que se encontraba, en medio del territorio tomado por el enemigo, apenas a unos cuantos metros de distancia de los magos emergidos a los que había pretendido derrotar, ilusa de ella. Conocía el alcance de la magia, incluso había observado entrenamientos entre su hermano pequeño, Leon, y alguno de sus vasallos o compañeros. La magia que manejaban, aquella tan oscura como el cielo sin estrellas, poseía unos poderes que escapaban de su entendimiento. Pero en aquel momento, y muy a su pesar, había descubierto cuáles eran las consecuencias de ser alcanzado por un usuario de magia negra. En cierto modo no era capaz de entender cómo todavía se encontraba viva, sin haber sido alcanzada por ningún otro conjuro elemental de los magos que flanqueaban a su atacante.

Desconocía si se trataba de otro efecto de aquel hechizo mágico que había recaído sobre ella, pero notaba como si estuviera siendo arrastrada de alguna forma. ¿Iría al infierno o a algún lugar donde se encontraba Grima? Abrió los ojos e, inesperada aunque reconfortantemente, era su compañero el caballero quien se estaba haciendo cargo de ella en esos momentos de debilidad, cuando no podía valerse por sí misma. Cerró los ojos nuevamente durante apenas un par de segundos para agradecer la suerte que había tenido. Las probabilidades de salir ilesas del escenario en el que se encontraban no eran para nada esperanzadoras, pero allí se encontraba, sobre el fiel caballo del castaño, notando bajo su mejilla el pecho del mismo –Parece que… ahora soy yo quien os debe una –llegó a decir, esbozando una pequeña sonrisa. No quería preocupar aún más a Gerard, menos aún cuando se hallaba concentrado en acabar con los magos, que continuaban enviando azotes hacia su posición.

Tampoco se olvidaba de su joven compañera de cabellos áureos. No escuchaba su voz en la lejanía ni mucho menos se encontraba a su lado combatiendo, por lo que aún debía encontrarse en la zona de las construcciones, calcinándose consecuencia de los ataques. Se revolvió en la montura, llevándose una mano a la cara cuando hubo recuperado el aliento. No podía permanecer parada en brazos de nadie mientras sus amigos corrían un destino incierto.

Se llevó una mano hacia su espalda, moviéndose cuanto el dolor que apenas remitía le permitía. Palpó dentro de uno de sus bolsillos, provisto de elementos necesarios para el viaje y, finalmente, encontró aquello que estaba buscando. ¡Por fin! Por lo menos con aquello esperaba recuperar su capacidad de combate, no podía quedarse de brazos cruzados mientras todos se esforzaban. No se iba a conformar con ser una damisela en apuros que no hacía más que estorbar. Jamás. No tenía reparo en pedir ayuda, pero tampoco en permitir que los demás hicieran todo el trabajo al cual se habían comprometido, de buena fe. Agarró con fuerza el vulnerary, para evitar que se cayese y se lo tomó de un solo trago, esperando que los efectos repusieran sus fuerzas y aliviaran sus heridas. Por suerte, así fue. Por desgracia también en ese momento se percató del rostro de dolor que recorría al caballero, girando la cabeza rápidamente en dirección al mago que restaba -¡Gerard! Debéis tener cuidado, aguardad, pienso yo encargarme de él, ya habéis hecho suficiente por mí –se lo agradecería después, más detenidamente, ahora necesitaba volver a la acción.

Bajó del caballo con una agilidad que creía perdida, suspirando de alivió cuando sus piernas no cedieron al sentir el suelo bajo sus pies. Parecía, efectivamente, que todo había vuelto a la normalidad. Se concentró en distraer la atención del mago, no podía dejar que alcanzara de nuevo a su compañero –¿Podéis buscar a nuestra compañera, caballero? Creo ser capaz de enfrentarme a este enemigo y así os alejaréis del escenario de combate, necesitáis recuperaros, ¡aprovechad para buscar a la chica! –le sugirió al castaño. Se movía en zigzag, rápido y lento para confundir a su rival. Pronto hubo llegado hasta donde se encontraba su espada, recogiéndola del suelo.

¡Eh, tú, emergido, será mejor que sigas mirándome a mí, soy tu oponente! –le gritó, por si pretendía cambiar de objetivo en aquel momento. Echó un rápido vistazo a su compañero, su cara no parecía mejorar, teniendo en cuenta lo que una quemadura de semejante envergadura debería estar provocándole. Se mordió el labio por dentro antes de correr nuevamente rumbo a su oponente. Apretaba la espada con fuerza, quizás demasiada, llegando incluso a hacerse algo de daño, pero la tensión del momento le obligaba a ello; también la concentración. Esquivó grácilmente dos oleadas ígneas que no distaron mucho de ella, temiendo en ocasiones por la posibilidad de que su pelo ardiera y se extendiera al resto del cuerpo, pero por fortuna no fue así.

Una vez a una distancia tan cercana el mago se encontraba des protegido. Sus ojos refulgieron de rabia y odio contenidos, no distando demasiado del color de su oponente. Su espada se deslizó en un movimiento rápido desde el cuello hasta el costado, apartándose hacia un lado por si, con sus últimas fuerzas restantes, el emergido lograba atacar, pero no le dio tregua alguna. Desde la nueva posición profirió otra estocada, teniendo como consecuencia el desplome al suelo de su contrincante. Liberó el aire que había estado conteniendo. Esa pequeña batalla había terminado, pero todavía quedaban muchas cosas por hacer. ¡Demasiadas!
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Re: [Campaña de liberación] Guerreros rurales (Priv. Corrin y Gerard)

Mensaje por Gerard Van Reed el Jue Sep 07, 2017 11:17 am


El ardor, si bien no insoportable, sí era suficiente para que el caballero se hallase en un severo escollo en caso de seguir combatiendo. Su lanza había sido arrojada al suelo, incapaz de mantener a su dama y a su arma a la vez. Tan era su malestar que no logró fuerzas ni para evitar que Corrin desmontase del caballo. ¿De dónde habría sacado tal agilidad...? Había oído algo frágil caer al suelo unos metros más atrás. Giró la cabeza con tal de resolver la incógnita, y con la mirada halló una botellita de cristal en el suelo. ¿Un vulnerary? Eso explicaría sus renovadas fuerzas.

- ¡Corrin, no! ¡Dejad ...que realice mi deber como caballero...! - Aún respirando con dificultad, intentó detenerla, vociferando con insistencia. Gerard había hecho un juramente, después de todo. Aunque no fuese algo permanente, su cometido era protegerla, dar su vida si era lo necesario. Era obvio que su primer impulso fuese pelear él. Sin embargo, una familiar sensación en la mejilla le vino a la mente, como también su voz...

- ¡No pienso esperar de brazos cruzados a ser salvada o rescatada. Sencillamente no puedo! -

Abrió más los ojos, reparando en la familiaridad de aquella situación. Estaba ocurriendo exactamente lo mismo. Por supuesto, recogerla con su corcel había sido lo adecuado, pero... ¿acaso no la había reconocido ya como una noble guerrera? ¿Insultaría su honor de esa forma una vez más? No. Sonrió, dando una expresión que mostraba la polaridad entre dolor y realización; por fin lo comprendía. - A vuestras órdenes, milady. - No le cabía duda: Corrin podría encargarse.

Con una mano en las riendas y otra en la alforja, dio la orden concisa a su caballo de ponerse en marcha a toda velocidad: debía ir al origen del humo generado por aquellos conjuros de los emergidos: las casas llameantes que había cerca de la entrada del pueblo. De camino, no pudo evitar girar la cabeza, dispuesto a volver si Corrin necesitaba ayuda, pero el emergido no tardó en recibir un noble y justo corte de la bella espada de la chica de cabellos cenizos. Por supuesto. No tenía ninguna oportunidad frente a alguien como Corrin.

Apartando cualquier duda restante, alcanzó aquello que buscaba: él también usaría una poción Vulnerary. Todavía le quedaban, a pesar del viaje. Abrió con todo el cuidado que pudo el recipiente y, de la misma forma que había tenido que hacer una vez durante su entrenamiento, vertió su contenido en su espalda, por debajo de su armadura. Cuando la superficial quemadura dejó de dolerle, pasó a verter el resto, de la misma forma, en su pecho, para así acabar de curar las quemaduras de su anterior batallas, que si bien se habían ido sanando, aún no habían desaparecido. Se guardó las últimas gotas para beberlas, y de esa forma, recuperarse un poco del cansancio.

Era hora de acudir al rescate de la joven de cabellos dorados, si es que lo necesitaba. - ¡Milady! ¿Dónde estáis?- Sin respuesta. No estaba en la entrada; ¿se habría metido en una de las casas? Sus ojos pasaban de un lado a otro, examinando la los alrededores, así como buscando la mayor concentración de humo en la calle. Por fin llegó hasta la viviendo que al parecer había sido alcanzada con más fervor por las llamas. Frente a ella, en el suelo, algunas figuras femeninas.

Allí estaba. La joven mercenaria que les había pedido ayuda. Por supuesto, debía ponerla a salvo lo antes posible, pues el fuego de la casa la cubría en su totalidad; ¿cuánto faltaría para que se desplomase todo? - ¡Hay que extinguir el fuego, caballeros, vamos! ¡Todavía no se ha terminado!- Gritó a los hombres que estaban a lo lejos, aún recuperándose de la batalla. Por suerte, se acercó a él un señor ya entrado en edad, probablemente un civil que había salido por fin de su casa.- Encargaos de esa mujer, buen hombre, ¡y reunid a los aldeanos para que traigan agua! - El altruista aldeano, mayor pero corpulento, logró levantar a la mujer de al lado, cuya hija la siguió de cerca, aún llorando.

Gerard hizo lo mismo: se agachó, deslizó una mano bajo la rodilla de la joven y otra bajo su espalda, y la levantó, con todas las fuerzas que pudo reunir. Por suerte, se hallaba renovado, con lo que no le costó mucho. Rápidamente se apartó, dando un gran paso alejándose de la casa. Un segundo después, se escuchó un crepitar todavía más intenso, cristal rompiéndose, y madera partirse. Una de las vigas principales de la casa se partió, dejando caer todo aquello que sostenía, seguramente un piso entero y el techo. Gerard corrió para apartarse del derrumbe, y por suerte, logró conseguirlo a tiempo, al igual que el ciudadano de antes.

Se habían salvado, y por suerte, los aldeanos se encontraban organizándose, uno de ellos llevando ya un cubo de agua para extinguir las llamas y que no siguiesen extendiéndose. Dio un suspiro de alivio y bajó un momento la cabeza. Qué ligera era ella, y ahora que se fijaba, qué joven. La mercenaria que se había quedado peleando incluso cuando sus asociados habían huido, contra espadachines y temibles soldados acorazados. La segunda heroína con la que se había encontrado ya, que había rescatado a una civil y su hija de un abrasador infierno. - Milady. ¡Milady! - Intentó despertarla, pero no hizo movimientos bruscos. Tal vez lo mejor sería dejar que se acabase despertando sola. ¿Acaso no había hecho ya suficiente?
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Re: [Campaña de liberación] Guerreros rurales (Priv. Corrin y Gerard)

Mensaje por Alanna el Jue Sep 07, 2017 5:49 pm

¡Venga, Anisse, más brío! ¡Sé que puedes hacerlo mejor que eso! —Alentada por los ánimos que una enérgica Hellen le voceaba con la espada en alto, dio un paso atrás para dar un último resoplido y recolocar sus dedos en el mango del hacha. Anisse podía notar cada una de las fibras musculares de sus brazos arder como la lava, incluso creyó haberlas escuchado gritar de la presión a la que se estaban sometiendo. O tal vez es que el cansancio empezaba a afectarle sobremanera y se imaginaba cosas. Fuera como fuese, aquello no le impidió flexionar las rodillas e impulsar su cuerpo rebosante de fragor y adrenalina, de nuevo a la carga. Tal y como estuvo practicándolo, se adelantó a torcer la cintura para ondear el hacha, pero un torrente de aguijonazos, producto de la fatiga acumulada, la hicieron doblar el tobillo en un estúpido rictus e irse de morros al suelo. Entre el amargo sabor a hierba que saboreó y su dolorida nariz por el trastazo, sin duda lo que más la molestó fue la sonora carcajada de la otra chica. —¡No tiene gracia, Hellen!—le reprochó, escapándosele un agudo gallo. La malvada y cruel de su amiga siguió riéndose entre dientes a su costa, aunque tuvo la decencia de tenderle una mano y ayudarla a levantarse. —Lo siento, lo siento. No te enfades, anda. —dijo, divertida.

Anisse torció el gesto de la boca, malhumorada cual chiquilla a la que le acababan de gastar una broma pesada, y se espolsó la ropa. Miró de reojo a Hellen, que se quedó un rato evaluándola de arriba abajo y puso los brazos en jarra. —Bueno, creo que con esto ya podemos dar por finalizado el entrenamiento por hoy. —¡¿Ya?! ¡Pero si aún podía aguantar un poquito más! Abrió la boca con la intención de protestar, pero la mercenaria le alzó el índice y le dedicó una mirada severa—. He dicho que se acabó por hoy, señorita. ¿O es que no te das cuenta de que ya estás para el arrastre? Tienes que aprender a respetar tus propios límites y no realizar sobresfuerzos. Imagínate que esto no hubiese sido un combate de entrenamiento. —Frunció el ceño—. O que te hubieses quedado atrapada en esa casa ardiendo.

¿Qué? —parpadeó repetidas veces, confusa. ¿Casa ardiendo? ¿De qué estaba hablando? Entonces, las manos de Hellen se posaron en sus hombros, reconfortantes, y sintió su suave y cálido apretón. Su amiga compuso un mohín. —Esos dos viajeros deben de estar muy preocupados por ti, ¿no crees? Así que va siendo hora de regresar, milady… milady…

[…]

Milady. ¡Milady!

Fue abriendo los ojos con lentitud y despertando de lo que creyó ser uno de los sueños más vividos que tuvo. Refunfuñó, todavía perezosa y con el cuerpo entumecido. ¿Por qué tenía la sensación de estar suspendida en el aire por algo? Cuando la vista se le despejó, lo primero que se encontró delante de ella fue un rostro que al principio le despertó dudas, pero pronto afloró el torrente de recuerdos y cayó en la cuenta. —¡Sois vos! —Hizo un leve esfuerzo para levantar el tronco hacia el joven caballero, pero se asustó al percibir que estaba tumbada en una superficie inestable. Desorientada, miró alrededor suyo para descubrir que no erró al pesar que la estaban alzando en el aire. Por los brazos del chico. Poco a poco, su mente fue procesando aquello hasta darse cuenta de su situación. Y entonces su rostro se encendió de pura vergüenza y el corazón le dio un vuelco. ¡Santísima Naga! ¡¿Qué había pasado?! ¡¿Por qué él la estaba…?! A punto estuvo de caerse de los brazos del caballero cuando se revolvió, pegando un gritito y agarrándose con fuerza a sus hombros. —¿P-podéis bajarme al suelo, por favor? —le pidió, incapaz de dirigirle la mirada por el bochorno.

Por fin, con los pies sobre tierra firme, el pálpito de su pecho fue aminorando, aunque seguía con el temblequeo en las piernas, por no decir lo recelosa que se encontraba con el muchacho. «Oh, dioses… Tierra trágame», sus orbes zigzagueaban de un lado a otro, alternando entre su compañero y el vacío en el que trataba de refugiarse. Sin embargo, asuntos más importantes le vinieron a la cabeza y tuvo que tragarse su pudor —La familia… Quiero decir, la madre y su hija. ¿Cómo se encuentran? —Atendió con sumo  anhelo a la respuesta del joven y se llevó una mano al pecho, quitándose un gran peso de encima—. Qué alivio. Cuando me encontré a su madre en el suelo, por un momento llegué a temerme que la pobre criatura se quedaría huérfana. No me lo hubiese perdonado jamás de que les ocurriese cualquier cosa. —Pero estaban a salvo, gracias a que actuó de inmediato y que pudo aguantar hasta el último aliento antes de desplomarse—. Oh, ¿pero y vos? Y vuestra compañera. ¿Dónde…?

A la doncella de cabello plateado la halló en la pequeña colina de la que se sirvieron los condenados magos para disparar su hechicería por doquier, salvo que ninguno de ellos seguía en pie. ¡Albricias, lo lograron! Por último, oteó el pueblo, y salvo las columnas de humo de las que se encargaban los aldeanos de reducir, no daba con ningún otro peligro existente. No había más demonios de ojos rojos amenazándoles.

Por lo que… —¿Se… acabó? —preguntó, vacilante. Tuvo que volver a mirar en derredor y pellizcarse un brazo para concienciarse de que no seguía soñando. Sus ojos se abrieron de par en par y se volteó hacia el caballero, cogiéndolo de las muñecas y sonriendo de oreja a oreja—. Lo logramos. ¡Lo logramos! Aún sigo sin poder creer… —Entonces se percató de las confianzas que se tomó para zarandearlo y lo soltó de inmediato. El rubor volvió a sus mejillas y ladeó la cabeza—. Disculpadme, no ha sido lo más apropiado por mi parte. Yo… —carraspeó y se llevó las manos a la espalda, cambiando el peso de un pie a otro—. No sabéis cuanto os agradezco a ambos lo que habéis hecho por toda esta gente inocente, de lo que habéis hecho por mí. Encontrar a personas tan nobles y de buen corazón me hace recuperar la esperanza en este mundo. Y, bueno… También prometí devolveros el favor fuera como fuese, ¿no? Por favor, no dudéis en pedirme lo que sea. Es lo mínimo que esta humilde servidora… Cielos, ahora caigo que no conozco vuestros nombres. —Sonrió de lado y se llevó una mano al pecho en un gesto grandilocuente, pero también muy teatral—. Mi nombre es Alanna. Es todo un placer conoceros.
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Re: [Campaña de liberación] Guerreros rurales (Priv. Corrin y Gerard)

Mensaje por Corrin el Mar Sep 12, 2017 1:00 pm

Se permitió unos segundos para mirar alrededor y observar el crudo escenario que una vez había sido aquella pequeña colina. Decenas de cadáveres se encontraban esparcidos por el lugar, emergidos y pueblerinos, todos ellos sin vida o, en casos milagrosos, inconscientes. En aquella ocasión no habían tenido tanta suerte, no contaban con ningún beneficio a su favor por lo que el resultado no había sido tan satisfactorio como les hubiera gustado a ella y a sus compañeros, pero por lo menos habían evitado que el pueblo quedara sepultado ante las oscuras garras de aquellos demonios de ojos rojos, tan humanos como bestias a la vez.

Las últimas batallas ya estaban siendo ganadas cuando decidió limpiar su espada, usando una zona con hierba para ello. Los aldeanos remataban a los moribundos emergidos que restaban, usando sus utensilios del día a día: Palas, azadas, hoces, rastrillos…incluso en algunos casos cuchillos caseros que usarían para cortar los alimentos. No obstante, estaba dando resultado. Suspiró con alivio, mordiéndose el labio por dentro. Aquellas batallas le estaban enseñando más que cualquier entrenamiento que pudiera llevar a cabo entre las paredes de su castillo, no por las técnicas o estrategias que pudiera aprender, sino por las consecuencias reales que no había sido capaz de ver nunca salvo en su imaginación cuando sus hermanos relataban sus historias. Solían dejar de lado la parte referente a la muerte y la miseria, de los heridos y de las familias rotas, pero al final era eso lo que restaba. Lo que permanecía en sus mentes para mejorar y evitar que ese resultado volviera a ocurrir.

Sacudió aquellos pensamientos de su cabeza por un momento, todavía le quedaba saber qué hacía sido de sus dos amigos. El caballero había escuchado sus palabras y había corrido a socorrer a la joven del hacha. Aún no sabía nada de lo que había ocurrido con el percance del fuego, así que corrió ladera abajo, buscando con la vista algún indicio tanto de buenas como de malas noticias, si bien lo que pudo observar a lo lejos hizo que esbozara una sonrisa. Su compañera se estaba despertando en los brazos del castaño, era una buena señal, más aún si lograba ponerse en pie como lo había hecho. Todavía más si guardaba las fuerzas necesarias para mover al otro de aquella manera, desde luego era digna usuaria de sus armas si poseía aquella fuerza en los brazos después de toda la presión a la que había sido sometida.

No pudo contener una risita que se escapó conforme se acercaba a ellos dos, estirando el brazo para saludar una vez se encontraba a unos cincuenta metros de los susodichos –¡Se os ve con buena cara a ambos! –Se apresuró a decir pese a las manchas de hollín de ambos y los rasguños propios con la pelea. Pero seguían con vida tras una dura batalla contra los emergidos y eso, para ella, significaba que eran afortunados y que se encontraban sanos y a salvo. Una vez se encontró frente a frente con ellos volvió a sonreír, más ampliamente aunque dejó caer los hombros, víctimas del cansancio y de la tensión acumuladas en la batalla, tomando aire hondamente una vez más. Señaló al lugar del que venía, las colinas que tenían frente a ellos y orgullosamente se encargó de confirmar la buena noticia –No he visto de camino ningún emergido más, todos los que restaban ya han pasado a mejor vida, hemos logrado evitar que destruyeran esta aldea, entre todos –finalizó, mirando a su nueva compañera, quien había luchado como una verdadera guerrera experimentada –Vuestras habilidades son dignas de reconocimiento, joven de las hachas –no haber llegado a tiempo a escuchar su nombre no era un problema para elogiar sus habilidades.

Seguidamente se dirigió al caballero, quien contaba con su plena confianza ya, posándole una mano en el brazo de este –Gracias por confiar en mí en ese momento, y por haberme salvado de sufrir como mínimo un ataque por parte de aquellos magos –tragó saliva, recordando aquel angustioso momento en el que las consecuencias de la magia negra se habían extendido tanto por su cuerpo que había quedado inmóvil y desprotegida ante aquellos enemigos que fácilmente podían haber causado su muerte –De verdad que os lo agradezco –repitió, agachando levemente su cabeza. Si su familia se enterara de aquel percance probablemente no dejarían que saliera al exterior de nuevo, así que ahora entendía con mayor claridad la precaución que debía tener, la importancia de evitar actor temerarios pero también la suerte de contar con buenos amigos a tu lado.

"¿Buenos amigos?" , definitivamente eso eran.
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