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[Campaña de liberación] Guerreros rurales (Priv. Corrin y Gerard)

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[Campaña de liberación] Guerreros rurales (Priv. Corrin y Gerard)

Mensaje por Alanna el Jue Jul 20, 2017 5:29 pm

Aquella mañana reinaba ante todo el ulular del viento. Era el único sonido que se podía escuchar en los campos de cultivo colindantes a los pequeños poblados del área rural de Ylisse, sin una triste alma por allí que arase el terreno o recogiese los frutos de la cosecha de ese año que tanto sudor y lágrimas costaron. En los pueblos no era muy diferente, pues lo que venían siendo las animadas plazoletas, siempre rondando el último chismorreo entre las esposas de los ganaderos, estaban completamente desiertas. Muchos de los pueblerinos decidieron hacer caso a las indicaciones de los guardeses y evacuar la zona antes de que fuese demasiado tarde, aunque otros tantos amaban su tierra y hogar lo suficiente como para negarse a abandonarlo, por lo que prefirieron resguardarse en sus casas hasta que el peligro pasase. Fuera como fuese, los vientos de ese día traían consigo malos presagios.

La tensión en el ambiente era tan densa que podía cortarse con un cuchillo. Sobre todo, en un pequeño puesto de vigilancia que quedaba a unos pocos metros de la aldea más retirada. A diferencia del resto, destacaba por ser el único lugar en el que quedaba algo de vida, pues a los pies de este se hallaban cerca de una veintena de hombres, todos ellos armados como fuese. Los guardeses de los pueblos, la guardia fronteriza, mercenarios…

¡De ninguna manera! ¡No pienso permitirlo! —Y allí estaba ella, con los brazos en jarra y alzando la voz con genuino cabreo. Alanna, que en esos momentos estaba echa una furia, se plantó delante de un hombre que le sacaba cabeza y media, de barba desaliñada y mirada enervada. —Acordasteis con esta gente que les ayudaríais a defender sus tierras y a echar a los invasores que vienen por el este. ¡Es cuestión de tiempo que lleguen hasta aquí! ¡No podéis retractaros y abandonarnos justo ahora!

Mayor razón para que nos larguemos de aquí, cría estúpida. —El tipo en cuestión con el que discutía, el líder de la milicia de mercenarios, chasqueó la lengua ante su tozudez. Tal y como dijo Alanna, se les contrató para apoyar a los pocos defensores con los que contaban y suplir la inexperiencia en combate de algunos. Ese fue el trato, pero…—En ningún momento acordamos luchar contra esos demonios con piel de hombre. No estoy tan tarado como para que mi grupo y yo nos lancemos a una misión suicida, y menos teniendo aquí a una cabeza hueca que no sabe a lo que se enfrenta.

Alanna apretó los puños y fulminó con la mirada al mercenario, indignada antes las palabras que le dedicaba. ¡Pues claro que sabía a lo que se enfrentaba! El último informe que recibieron fue que el pequeño ejército que avanzaba hasta su posición portaba el blasón de un país que se hallaba más allá del mar de Akaneia. Para ser concisos, del continente que se hallaba en el norte, Jugdral. Cualquier soldado, mercenario, o individuo que estuviese puesto en los asuntos políticos del país sabría que toparse con un pelotón que marchase alzando la bandera extranjera era sinónimo de problemas. Implacables y sin ningún ápice de compasión, sus tropas ya habían causado estragos en Ylisse, y se desconocía cual era el motivo o el aliciente que movía a aquellos hombres con la infamia de carecer de sentimientos. Vivían por y para la guerra.

Estaba aterrada, claro. ¡Cómo no iba a estarlo a sabiendas de que esos desalmados fueron los que le quitaron la vida a Hellen! Era horroroso con solo imaginarse sus últimos momentos, con lo poco que le habían contado del modo de operar que tenían esas malas bestias. Pero no podía mostrarse débil y permitir que tantos meses dejándose la piel para estar preparada y lista para batirse contra ellos quedasen en saco roto. —¡Cobardes! ¿Acaso sois capaces de dejar en la estacada a estos pobres…? ¡Ah! —Alanna cayó de culo al suelo tras el empujón que le dio el líder de los mercenarios, ya harto. —Suficiente. Mátate tú sola si tantas ganas tienes de hacerte la heroína delante de unos campesinos.— Ladeó la cabeza hacia sus hombres y vociferó—: ¡Nos largamos!

Dicho y hecho. El mercenario y sus seis hombres cargaron con sus armas y dieron media vuelta, sin dirigirles la mirada al resto de guardias que los observaban marcharse con aprensión. Uno de los guardeses más jóvenes se acercó a Alanna y le tendió la mano para ayudarla a levantarse, la cual aceptó con la cabeza gacha. —Entonces… traeré ayuda… —masculló en voz baja. Se espolsó la ropa y encaró a quienes se quedaron a luchar con una expresión confiada que forzó—. Iré a buscar más gente dispuesta a luchar para que nos ayude. Os lo prometo. —Los otros se quedaron callados, observándola con una expresión indescriptible. Si tuvieron intención de responderle, Alanna no lo sabría, porque salió disparada al pueblo de al lado.

Y ahora, ¿qué hacía? Dijo que iba a buscar ayuda, pero no era tan tonta para engañarse a sí misma y pensar que, de haber quedado alguien con las agallas de plantarles cara a los invasores, ya habrían acudido al resto. O tal vez si lo era, porque empezaba a pensar que lo de “cría estúpida” que le soltó ese tipejo le venía como anillo al dedo si pretendía que un grupo de guerreros inexpertos y una mercenaria les plantasen cara a un pelotón de soldados entrenados. No sabía exactamente por qué razón corrió al pueblo, si fue por lo desesperada que estaba, o porque no se atrevía a mirar a aquellos hombres a la cara de la vergüenza que la corroía.

Nada más llegar a la plaza del mercadillo, se llevó las manos a la boca para hacerse oír —¡Los invasores están a punto de venir! ¡Necesitamos que todo aquel que pueda empuñar un arma nos ayude! — Apretó los labios en una fina línea, «Por favor, que venga alguien…».
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Re: [Campaña de liberación] Guerreros rurales (Priv. Corrin y Gerard)

Mensaje por Corrin el Lun Jul 31, 2017 11:05 am

No podía creer que ya hubieran transcurrido varios días desde que había tenido lugar la memorable batalla en la que su compañero de viaje y ella se habían enfrentado a un numeroso grupo de emergidos, insaciables de sangre y violencia, consiguiendo salvar a los pueblos costeros de la zona de un destino atroz. Podía considerar aquella como su primera batalla real, sin entrenamientos, sin tiempo para pensar en una verdadera estrategia, sin fuertes hombres entrenados y valerosos que la apoyaran, pero también sin remordimientos. Probablemente aquella había sido la más imprudente de sus obras, pero también la más satisfactoria al escuchar las alabanzas y la gratitud que expresaban los aldeanos cuando hubieron desembarcado. No podía pensar en mejor manera de haber comenzado sus andanzas por aquellas tierras vecinas pero desconocidas a la vez, y tampoco encontraba el momento para continuar investigando y ayudando, en caso de ser necesario.

Varios días de camino con la compañía del caballero habían resultado en una relación de amistad y confianza aún sin necesidad de expresarlo con palabras. Contaba con su mano en caso de apuros, no le cabía duda alguna, y también para ayudar a los demás. Sabía que aquel no era su reino, de ninguno de los dos, pero existían ocasiones donde la procedencia no era lo más importante, sino las intenciones de los actos, aquello forjaba la naturaleza y la personalidad de un hombre o una mujer, y con ello el cómo se sería recordado.

Montados a lomos del caballo del joven, podía divisar a lo lejos las primeras casas, desperdigadas, que indicaban la presencia de una población en los siguientes metros. Sonrió para sí misma, cerrando los ojos durante un par de segundos. Lo cierto era que prefería caminar a pie en vez de cabalgar a lomos del equino. Estaba acostumbrada a recorrer largas distancias con sus pies desnudos, y realizar el camino sobre el animal le había producido cierto dolor de piernas que no iba a admitir. Por lo menos era cierto que la distancia recorrido había sido mucho mayor, así que no todo habían sido inconvenientes –Pronto vamos a llegar, lo cierto es que tengo curiosidad por conocer sobre esta aldea también, su situación es bastante cercana al reino de Nohr, así que a lo mejor comparte algunas costumbres con ellos, ¿crees que podría ser así? –preguntó a su acompañante.

No se encontraban demasiado lejos de la frontera, además. Ante cualquier problema podría sencillamente excusarse y regresar a su hogar, con su padre y sus hermanos si el peligro acechante era superior a sus fuerzas y posibilidades, pero pretendía continuar por lo menos durante algunas aldeas más, nunca desvelando su verdadera identidad. La incursión de una princesa enemiga en otro reino supondría casi una declaración de guerra o la ruptura de la paz que por el momento reinaba entre Ylisse y Nohr. No podía arriesgarse a aumentar el peso sobre los hombros de su hermano mayor. Si nadie sabía quién era, ninguno de ellos correría peligro.

Cuando hubieron llegado, finalmente, a la entrada del poblado bajó del lomo del animal. Le acarició por su buen servicio antes de proseguir a pie, a su lado. Las casas eran sencillas, de una o dos plantas como mucho. Por suerte el suelo pavimentado de las calles principales arrojaba una sensación de no encontrarse en un pueblo pequeño. Sabía que las aldeas fronterizas no eran más grandes, pero tampoco las más pequeñas debido a su importancia milita y económica para el reino en el que se hallase. También le sorprendió la cantidad de hombres armados con los que se estaban cruzando, especialmente por el rostro.

Tengo la sensación de que algo está pasando, Gerard –observó desde abajo a su compañero. Después de la larga charla que habían compartido días atrás tras su batalla contra los emergidos habían accedido a utilizar sus nombres propios. Simplemente sus nombres, como dos personas iguales que trabajan juntos, mano a mano, durante el viaje que les espera.

Muchos de ellos caminaban apresurados de un lugar a otro, dando voces que a veces no entendía por las palabras rudas y expresiones coloquiales que utilizaban. Frunció el ceño, porque desprendían una sensación de alarma que era capaz de reconocer –Creo que deberíamos preguntar qué es lo que ocurra, quizás no haya sido el mejor momento para venir a este lugar, aunque desde lejos no parecía que fuéramos a encontrarnos nada extraño –tragó saliva un momento, la sensación de alerta le recorrió todo el cuerpo, sería mejor que encontraran pronto una respuesta, la cual no tardó demasiado en llegar.

¡Los invasores están a punto de venir! ¡Necesitamos que todo aquel que pueda empuñar un arma nos ayude! –aquellas palabras resonaron no muy lejos de allí. La calle en la que se encontraban conducían a lo que parecía ser la plaza central de la población. Se apresuró hacia aquella muchacha que pedía ayuda a gritos, tenía que conocer el peligro si estaba solicitando ayuda. Lanzó una mirada fugaz al caballero, caminando delante de él. Sabía bien que al tratarse de una mujer sería menos agresivo si comenzaba a hacer preguntas que si lo hacía un hombre, así que se acercó, dejando un par de metros entre ella misma y su interlocutora –Mi compañero y yo acabamos de escuchas vuestras súplicas, joven, me preguntaba si serías tan amable de explicarnos la situación, somos dos forasteros que viajamos por este reino y desconocemos qué podría causar tal revuelo.

Tenía una mala sensación, solo esperaba que no fuera a cumplirse de nuevo.
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Re: [Campaña de liberación] Guerreros rurales (Priv. Corrin y Gerard)

Mensaje por Gerard Van Reed el Lun Jul 31, 2017 6:47 pm


Estaban aún en las primeras horas del día, uno algo nublado. Las heridas superficiales que había sufrido Gerard en la batalla estaban ya cicatrizándose, por lo que cabalgaba en perfectas condiciones ya. Se encontraba en buena forma; a pesar de lo que llevaba ya viajando desde que había dejado Grannvale, entre combates aquí y allá, no perdía su toque. Empuñaba su lanza, ya bastante desgastada, con la mano que tenía libre. En aquella ocasión, se encontraba cabalgando por zonas rurales de Ylisse con Corrin, la joven de cabellos cenicientos junto a la que había derrotado a los emergidos que atacaron el barco al que llegó al continente.  

Habían atravesado el mar hasta llegar a tierra continental, para luego emprender el viaje hacia el suroeste; tras una llanura, pronto vislumbraron campos de cultivo. Seguramente, habría algún pueblo ganadero cerca. Sterkenburg era un caballo fuerte, de guerra; llevar a dos personas no le era un sobreesfuerzo. Además, Corrin era una joven de esbelta figura, no constituía una gran carga para la bestia. Miró la parte trasera de su cabeza mientras cabalgaba; cabello ceniciento, orejas puntiagudas… ¿era realmente humana? Akaneia estaba llena de misterios. De lo que no había duda era, por supuesto, la enorme nobleza de la chica, y lo mucho que le debía. Sí. Hasta que no saldase su deuda, no dejaría su lado. No se limitaría a facilitar el viaje de la chica mediante su caballo. Iba a protegerla con todo su ser.

Asintió ante la pregunta de su compañera de viaje. - Sí, milady Corrin. - Intentaba no llamarla tanto "milady", pero la deuda aún permanecía activa, por lo que por supuesto, la trataría como alguien de mayor autoridad, además de las normas de etiqueta típicas.  - Según lo que sé, en Nohr creen en Grima. En Ylisse, en cambio, en Naga. Mantendrán su fe en la luz, ¿o se habrán corrompido con la oscuridad del dragón oscuro? La verdad es que es una pregunta fascinante, y una prueba de fe para los aldeanos. - Por supuesto, Gerard, como ex templario, enseguida se iba al tema religioso.  Y claramente, como guerrero anti herejes, conocía, al menos de nombre, las religiones de la mayoría de países. Podía pararse horas hablando de religión, de lo importante que era mantener la luz y rechazar la oscuridad.

Efectivamente, llegaron a un poblado ganadero normal y corriente, como había vislumbrado a lo lejos. Ajustó el paso de su caballo al de Corrin, que había bajado ya, y se adentraron en la aldea. - Mi instinto me dice lo mismo. Y creo que os equivocáis, Corrin. Si de verdad ocurre algo malo… - Asintió hacia ella, su voz llena de determinación. -… hemos llegado justo a tiempo para ayudar. - Por su honor como caballero. Y estaba seguro de que ella sentiría lo mismo. Tenía todos los ideales de un noble caballero, al fin y al cabo.

De todos modos, aldeanos corriendo de un lado a otro, algunos huyendo, hombres llevando armas…  algo estaba ocurriendo, sin duda. Un ataque, probablemente. ¿Bandidos? Oh, cómo le gustaría ver bandidos de vez en cuando, que la respuesta sea tan sencilla como que unos malhechores se cebasen de pobres plebeyos. Pero hasta entonces, no había sido esa la verdad. Como confirmando dicha línea de pensamientos, una voz les alertó desde delante. Una joven de cabellos dorados estaba pidiendo ayuda. Detectó un hacha de aspecto simple pero firme en el cinto de la chica, por lo que era posible que se tratase de una de las defensoras del pueblo, que sería parte de la guardia local. Corrin se le adelantó para hablar con ella; inicialmente se quedó observando, pero tras mirar a su alrededor una vez más, quiso cerciorarse de algo. Agarró firmemente su lanza, aunque mantuvo su posición, algunos metros por detrás de Corrin.

- Tengo experiencia militar; ¿podríais decirnos más sobre estos “invasores”? - Paró un momento. Recordó lo que había visto en el mar, aquellas banderas se había podido observar en el barco enemigo. - ¿Sabéis si llevan estandartes del continente de Jugdral, por una casual? - La misma bandera que había estado ondeando el suyo, como buque mercante Grannveliano. Estaba completamente seguro de que Grannvale no había enviado tropas. Y claro, ya sabía que los soldados de ojos rojos no eran humanos normales. ¿Pero y si había un país en cada continente que los enviaba, realmente? No, no, demasiadas conjeturas. Por entonces, solo cabía esperar la respuesta de aquella joven de cabellos dorados, y sus indicaciones. Como viajeros, no tenían una mayor autoridad que la que tendría ella. Estaba preparado para seguir órdenes, si hacía falta. Por ejemplo, usar su caballo para explorar y detectar el número y tipo de enemigos sin duda ayudaría a preparar una defensa, si es que realmente el poblado estaba bajo ataque, como parecía.
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Re: [Campaña de liberación] Guerreros rurales (Priv. Corrin y Gerard)

Mensaje por Alanna el Jue Ago 03, 2017 1:17 pm

La garganta le dolía de lo que estaba conteniendo sus insufribles ganas de gritar a pleno pulmón, o incluso de llorar, porque la frustración la estaba superando con creces. Nadie salió de sus casas o se acercó hasta la plaza para acudir a su llamada de auxilio. Claro que, ¿no era eso lo que se temió desde un principio? Estaba haciendo allí la estúpida, demostrándoles a quienes se resguardaron en sus hogares y a los que quedaban por evacuar que no tenían ni los hombres, ni las armas suficientes para defender sus casas y campos de los invasores de Judgral. Con esas premisas, acababa de tirar por los suelos cualquier posibilidad como una tonta. No iba a venir nadie, por mucho que lo exclamase a los cuatro vientos, o le rezase a los dioses.

O eso último creyó como imposible, porque lo que sucedió a continuación casi podría haberse considerado como un milagro que la mismísima Naga le brindó en un acto de compasión. El eco de unos cascos contra el pavimento la hizo detenerse en cuanto se dispuso a vociferar otra vez y se volteó. Allí, en frente suya, fue sorprendida por la repentina aparición de dos figuras bastante peculiares, porque lo último que Alanna se esperaba es que acudiese alguien que no fuese un campesino o mercenario. Una joven dama de cabellos cenizos y ojos carmesíes, y detrás suya un muchacho que montaba en un destrero. Ambos con indumentarias que no podían pertenecer a un cualquiera. Y, lo más importante, ambos armados.

La chica fue la primera en hacer contacto con ella, presentándose por ambos como dos viajeros que estaban de visita por Ylisse, y le inquirió acerca del problema en cuestión. Su tono, tan cortes y refinado, la cogió desprevenida y provocó que se irguiese por acto reflejo, como en la época en la que solía recibir en su viejo hogar a los invitados más distinguidos. Ya sospechaba por sus vestimentas, pero con la lengua que se gastaba era obvia su procedencia de buena familia. Seguramente se aplicase lo mismo a su compañero. Aquel tono educado obligó a Alanna desenterrar sus propios modales de alta alcurnia que creía ya olvidados. —Invasores, milady. Hace unas pocas horas se dio la voz de alarma por un ejército extranjero que se dirigía a los poblados de esta zona. Pertenezco a la compañía destinada en la línea de defensa, pero somos muy po… —Calló de súbito, dándose cuenta a tiempo de lo que estuvo a punto de revelarle y, de una forma u otra, dejarle caer que necesitaban ayuda de inmediato.

Así pues, ¿por qué no se lo dijo? Tenían armas, seguro que no las llevarían en sus cintos de adorno si se fijaron en el estado de evacuación de la aldea y optaron por acercarse a ella a preguntar, en vez de hacer lo más lógico y marcharse antes de que la oleada les pudiese salpicar. Sin embargo, dentro de ella se estaba librando un conflicto entre su desesperación y su moral que le impedía, simple y llanamente, pedirles ayuda tal cual. ¡Por Naga, no podía hacerles aquello! Estaban allí, como si hubiesen llegado desde los cielos por sus plegarias, y sabía que sería la última oportunidad que las divinidades le darían, pero su conciencia le impedía arrastrar a dos extranjeros que ninguna obligación tenían con ellos y que luego les ocurriese cualquier desgracia en el campo de batalla.

Pero por cada segundo que seguía en silencio, debatiéndose que hacer, era otro segundo que el ejército de monstruos restaba a que los alcanzasen. «Dioses, ¿qué hago? Si les fuerzo y algo sale mal…No me lo perdonaría nunca». Hasta que el joven jinete se adelantó a ofrecer su ayuda, alegando tener conocimientos militares. Pero, oh, la guinda del pastel fue su interés por si el enemigo portaba el blasón de Judgral. Alanna abrió los ojos como platos. —¡¿L-los conocéis, mi buen señor?! —Y pese a saber de quienes se trataban, de las atrocidades que cometieron en su país, de que semejantes bestias no podían ser humanas por su crueldad, eran capaces de ofrecerse voluntarios.

Entonces, un rumor le llegó desde los campos de cultivo que no quedaban demasiado lejos de su posición, escuchándose el choque de metales, el puro clamor de la batalla. Sudor frio resbaló por la nuca de Alanna, con el conocimiento de que el tiempo se le agotó.

Decidió tragarse su moral y, por mucho que le pesase, ser egoísta en un momento crucial. —Entonces, si sabéis a lo que nos enfrentamos y tenéis experiencia en la guerra, os lo suplico: ayudadnos, por lo que más queráis. Soy la única mercenaria que queda de los que se contrató, los demás nos han abandonado en el último momento, y tan solo quedan guardias que, como mucho, se habrán enfrentado a bandidos que no suponían una gran amenaza. —Inclinó la cabeza, con los ojos vidriosos—. ¡Por favor, os lo suplico! Haré cualquier cosa que me pidáis, lo que haga falta, pero ayudadme a que esta buena gente no muera en vano.
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Re: [Campaña de liberación] Guerreros rurales (Priv. Corrin y Gerard)

Mensaje por Corrin el Sáb Ago 05, 2017 7:40 pm

Miró de reojo a su compañero cuando empezó con aquellas conjeturas referentes a la religión de la zona, al conflicto que nunca se resolvería: Naga, Grima, Anankos. Hasta donde tenía conocimiento era uno de los motivos que favorecían la aparición de guerras y batallas a veces, incluso, entre reinos vecinos, como ya había pasado con el suyo propio. Más de una vez había tildado aquello como descabellado, sin embargo, teniendo en cuenta que era lo que movía a las personas, quizás fuera el asunto con mayor importancia –Lo cierto es que la cuestión que planteas es cuando menos interesante, caballero Gerard, no obstante debo reconocer que perteneciendo este pueblo a Ylisse, aun cuando se encuentre en la frontera, podría considerarse un acto de traición que sus creencias fueran las del vecino, ¿podríais imaginaros tal situación? No solamente estarían aislados por sus propios vecinos, sino probablemente por el reino entero, por eso aunque su devoción sea distinta, probablemente deberían ocultarlo –respondió. Lo cierto era que no quería entrar en ningún tipo de conflicto o discusión en aquel momento, cuando las cosas parecían tornarse verdaderamente serias. Su compañero también lo había sentido, la tensión era palpable en el ambiente y por ello deberían dejar las cuestiones religiosas para otro momento.

Cerró los ojos durante unos segundos para poder concentrarse de nuevo  en el problema actual. Parecía ser que sobre aquella aldea una sombra pronto iba a cernirse, buscando sumergir todo en profunda oscuridad. Pretendía acabar no solo como la vida individual de cada persona, sino con la energía y la viveza de un pueblo entero, porque nuevamente los emergidos, aquellos demonios humanos pero incapaces de sentir dolor alguno, pretendían atacar a un pequeño pueblo del reino de Ylisse. No podía ser casualidad, no cuando apenas unos días atrás otra batalla había tenido lugar. Desconocía el motivo, pero los atacantes parecían tener en su mira el reino vecino al suyo. ¿Formaría parte de alguna estrategia? ¿Sería puro azar? ¿Permanecerían allí o cruzarían la frontera, adentrándose una vez más en su hogar? ¡NO! No solamente por su reino, sino por esos aldeanos, debían hacer algo.

No le sorprendía tampoco que los seres demoníacos llevaran el estandarte de Jugdral, estaban actuando de la misma forma que ya lo habían hecho con anterioridad, provocando que la tensión entre los continentes aumentara si se tenía desconocimiento del autor del ataque. No entendía bien a qué jugaban, qué pretendían o si tenían un líder que les indicaba en cada momento cómo proceder, pero desde luego aquello no era una acción dejada al azar. Estaba premeditada, igual que los ataques indiscriminados.

Se acercó más a la joven, acortando la poca distancia que las separa, lo suficiente para tomar su mano, con el ceño ligeramente fruncido –Podéis confiar en nosotros, nos es la primera vez que luchamos contra los emergidos, tenemos experiencia, comprendo vuestras dudas pero, a diferencia de lo que podáis pensar, nosotros mismos nos estamos ofreciendo –aquello no entraba en sus planes. La primera cruzada contra aquellos enemigos había sido tediosa, con numerosas pérdidas de valientes marineros , pero habían logrado sobrevivir gracias a los aportes conjuntos que habían realizado. Aquella vez, sin embargo, se iban a encontrar en un escenario mucho más amplio que un navío, lo cual también agradaba las posibilidades de peligro. No podía imaginar la opresión y la impotencia que debía sentir la rubia ante el ataque inminente y el abandono de sus compañeros. Cobardes.

No parece que las posibilidades sean demasiado altas si contamos con pocas fuerzas y además estas no tienen demasiada experiencia –suspiró ligeramente, mirando al caballero de reojo. Nuevamente el peso de la batalla recaería sobre ellos y sobre su nueva compañera, quien también parecía curtida en batallas. Pese a aquellas súplicas, denotaba un carácter fuerte y con voluntad, que solamente poseen aquellos que no tienen miedo. O cuanto menos saben enfocarlo al ataque –Será mejor que nos posicionemos de forma estratégica, ¿existen algunos bidones o productos inflamables que podamos usar? Quizás haya algún arquero entre los soldados que pueda sernos de ayuda en ese caso, de lo contrario pienso que deberíamos formar barricadas y obligarlos… -se quedó callada de pronto, al escuchar la cercanía de los enemigos, no daría tiempo a preparar nada.

Ya están aquí –sentenció, con la mirada fija a lo lejos. Los sonidos metálicos de las armaduras y el polvo que levantaban del rural camino así lo confirmaban. La batalla estaba a punto de comenzar.
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Re: [Campaña de liberación] Guerreros rurales (Priv. Corrin y Gerard)

Mensaje por Gerard Van Reed el Dom Ago 06, 2017 12:51 pm


La joven parecía más que inquieta. ¿De verdad era una mercenaria? Su intenso deseo por proteger a esos aldeanos sugería que sería una noble soldado que defendía Ylisse, no un simple matón a sueldo. Por aquello y el dialecto que usaba, Gerad no pudo evitar verse reflejado en ella por un momento. - Vuestro anhelo es puro, milady. Os ayudaremos a lidiar con estos viles bellacos. - Asintió con la cabeza. Se giró hacia Corrin, de todas formas, esperando una confirmación, pero no era más que protocolo. Por supuesto que la joven de cabello cenizo aceptó. No la conocía del todo bien, pero ese tipo de cosas de ella las tenía claras.

Esperaba tener tiempo para hablar de estrategias y tácticas con los aldeanos y los pocos hombres armados que quedasen, como había empezado a hacer su compañera de viaje, pero fueron interrumpidos. - Sí. No hay tiempo para idear un plan, Corrin. - Como había dicho ella, si se enfrentaban a emergidos, con toda seguridad estarían en desventaja en cuanto a experiencia, y al parecer, también en cuanto a números.

No había tiempo que perder. Cabalgó con su destrero hacia donde procedía el choque de metales, adelantándose a las dos jóvenes para observar el campo de batalla antes de sumergirse en él. Pasó casa tras casa, recorriendo así el sendero que atravesaba el pueblo, hasta la otra entrada del pueblo. Y allí estaba un escenario semejante al que se había imaginado. Uno que había visto en otras ocasiones; la más reciente, a bordo de aquel navío. Soldados de miradas vacías se enfrentaban a una claramente inferior fuerza compuesta de poco más que milicianos, hombres con escasas protecciones y armas simples, como lanzas y hacha de baja calidad. Para colmo, vio a unos pocos con armas improvisadas, como horcas. Además de esto, eran menos, y algunos estaban luchando con el miedo grabado en sus seres, gritando atemorizados. Los enemigos eran, claramente, emergidos, y de no hacer nada, desbordarían con extrema facilidad a la defensa del pueblo, aún sin ser más que una veintena en total, aunque solo pudiese fijarse en los que había delante.

Esperó entonces a que llegase Corrin y la doncella de cabellos dorados antes de cargar a lo loco, como solía hacer antaño. - Dos unidades acorazadas, lanceros, espadachines… Pero no es la primera vez que sobrevivimos a algo así. - No era jinete de pegaso, por lo que no tenía vista aérea, pero al menos a los enemigos más cercanos sí podía identificarlos. - Una situación muy parecida a la de hace unos días, milady. Espero que esta vez no tengan wyverns. - No podía estar seguro de lo que había dicho; al fin y al cabo, la última vez aquel semidragón había estado como escondido. Pero asintió de todas formas con la cabeza hacia Corrin al decir aquello, para intentar darle ánimos… aunque sin sonreír, como de costumbre.

Se dirigió entonces hacia aquella valiente y noble mercenaria. - Confío en que habréis evacuado ya a niños, ancianos y enfermos. - No había tiempo que perder, pero era un hombre que respetaba la escala de autoridad, y su primera impresión de ella había sido muy positiva. -Vos sois miembro oficial de la defensa del pueblo, a diferencia de nosotros. ¿Alguna estratagema a seguir, milad-...? - Pero un grito de dolor hizo que girase la cabeza. Dos de los guardas se encontraban en el suelo ya, sufriendo por el dolor de sus heridas. No; no podía esperar más. - ¡Adelante, Sterkenburg!- Y así cargó Gerard, sin esperar a una posible táctica que mejorase la situación y revertiese las tornas.

Lanza en mano, se preparó para cargar contra el emergido que se encontraba más cerca de la entrada, el que había superado ya a varios guardias. Agitó las riendas una y otra vez para conseguir más velocidad, calculó bien la distancia a la que debía atacar -tarea fácil gracias a su experiencia como caballero templario- y usó la inercia que le proporcionó su caballo para abatir a su enemigo de un solo golpe, gracias a haber apuntado cuidadosamente al corazón de aquel soldado. Por supuesto, no lograría lo mismo con el resto, pues su lanza no era más que una simple arma de bronce, y acababa de usar el factor sorpresa. Pero aún así, pelearía lo mejor que pudiese contra aquellos seres, para enviarles de vuelta al abismo del que fuese que procedían.

Después de todo, le generaba una total repulsión que hubiese gente como aquellos mercenarios que había descrito la joven de cabellos dorados. ¿Aceptar el dinero, para luego huir con el rabo entre las piernas? Cada vez le repudiaba más que su cargo como caballero errante se comparase tan a menudo con el de una simple espada a sueldo. Esa mañana Gerard lucharía no solo para defender a los inocentes, como había jurado hacía tantos años al ser nombrado caballero. No. También lo haría para demostrar que él era mucho más que un mercenario. Por su orgullo y su honor. Y por Naga, la diosa en la que aún creía firmemente, a pesar de todo lo ocurrido.
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Re: [Campaña de liberación] Guerreros rurales (Priv. Corrin y Gerard)

Mensaje por Alanna el Miér Ago 09, 2017 4:17 pm

El acto de la joven de cabellos blanquecinos por cogerle la mano la dejó del todo patidifusa, encogiéndose sobre si misma por algo que a grandes rasgos, resultaba tan banal entre dos mujeres. Aun así, consiguió sosegarla por un momento, el justo para atender a sus palabras. Alanna notó la seguridad y la convicción en su tono, además de que el joven jinete se le unió a su ofrecimiento. Se seguía sintiendo como una persona horrible, pese a que ambos alegaban ofrecerse sin necesidad de que ella tuviese que rogar. De todas formas, ya no había marcha atrás. —Os lo agradezco de todo corazón. Prometo que tal muestra de honor no será en vano, y haré todo lo que esté en mi mano para pagárosla. —Se llevó una mano al pecho. Ellos habían jurado ayudarla con toda su buena voluntad. Ella iba a jurar que no permitiría a esos monstruos hiciesen daño a nadie, ni a los pueblerinos, ni a esta buena gente.

Pero debían actuar ya. Los restallidos de los metales entrechocando eran más fuertes que nunca, y eso imposibilitó elaborar cualquier estrategia. El caballero fue el primero en salir a trote hacia la salida del pueblo, aprovechándose de la velocidad de su montura. Alanna le hizo un gesto a la muchacha para que la siguiese. —¡Rápido, por aquí! —Echó a correr, con el corazón golpeteándole el pecho de lo desbocado que estaba. Una parte de ella no quería imaginarse lo que encontraría al atravesar las calles y alcanzar los campos. Pero la realidad l golpeó con toda su crudeza y se topó de narices con una encarnizada… ¿contienda? No, aquello era más bien brutalidad y abuso contra unos pobres campesinos que, como mucho, se podían defender a duras penas. Sus armas y protecciones no podían compararse con el equipo militar con el que contaban sus rivales, ya de por sí superiores en habilidad y atacándoles sin compasión alguna, ni tan poco por una razón lógica. Lívida de pura rabia, agarró su hacha sin sacarla del cinto y apretó los dientes. Tenía miedo, pero también un inconmensurable deseo de descargar su frustración contra esos malnacidos.

Los murmullos del joven caballero la disuadieron de su arrebato, en especial cuando oyó de sus labios la palabra: —¡¿W-wyverns?! —Con la cara blanca como una sábana, miró al cielo para darse cuenta de que se trataba de una falsa alarma. Suspiró de alivio. ¡Por Naga! Ni loca quería a una de esas bestias aladas en su contra. Así pues, su compañero la inquirió con el proceso de evacuación. —En efecto, se están llevando evacuaciones y dudo mucho que no falte mucho para que terminen, pero… —Esbozó una mueca, afligida—. Todavía queda gente en las casas, y la mayoría de ellos se niegan a abandonarlas. Sé que os sonará terco por su parte, pero no quieren perder lo poco que les queda aquí. Lo único que podemos hacer por ellos es evitar que… —Calló con los gritos desesperados que tronaron en el aire. Allá donde mirase, no había más que guardias malheridos en el suelo, o acongojados por la crueldad de los invasores. El muchacho partió en pos de defenderlos con su destrero. Era imperativo que hiciese lo mismo cuanto antes, por lo que le pidió a la dama albina: —Cubrid a vuestro compañero. Yo me encargaré de este flanco y me uniré a vos de inmediato—. Le dio un toque en el hombro antes de armarse con su hacha y salir corriendo a la batalla.

Apretó su agarre en la empuñadura y esprintó hacia el que consideró el problema más grande con el que podrían lidiar, en más de un sentido. Su objetivo se trataba de los dos guerreros acorazados que, santo cielo, se alzaban como unos malditos titanes de hierro que imponían a los pueblerinos que osaron enfrentarse a ellos, ya fuese para frenar su avance o evitar que causasen más estragos. Los guardias apenas se atrevían a arrojarse sobre ellos del pavor que les infundían, limitándose a apuntarles con unas mediocres lanzas que temblaban en sus manos. Alanna aceleró de tal forma que casi parecía estar corriendo en el aire, arqueó el brazo con el que sostenía el hacha y dio una larga zancada que la propulsó hacia el coloso. No descargó el peso de su arma de manera inútil contra un objetivo blindado, si no que dirigió el impacto hacia su hombrera. Chispas saltaron del choque del metal, pero consiguió que la pieza de metal saliese por los aires. Trastabilló al aterrizar, justo a tiempo de percatarse de que el hombre acorazado se fijaba en ella, con unas cuencas vacías y enrojecidas que le provocaron un escalofrío.

Entonces, la punta de una lanza se hundió en el hombro desprotegido, y después otras dos más. Los guardias que no se quedaron perplejos por la entrada de Alanna fueron lo bastante avispados para aprovechar aquella oportunidad de oro. No obstante, el gigantón se volteó, ignorando que tuviese tres lanzas clavadas en la carne. En el momento que le dio la espalda, Alanna volvió a la carga una vez más, desatando un grito de guerra y dejando caer su hacha en el cuello del monstruo. Pasaron un par de segundos insufribles hasta que este se tambaleó y cayó al suelo como un plomo.

Le arrancó el arma de su cuerpo y se pasó una mano por la sudorosa frente. Resopló, y apuntó a la otra unidad acorazada. —¡No son invencibles, ya lo habéis visto! ¡Todos juntos y caerán! —Esperaba que sus palabras de aliento consiguiesen el efecto deseado en los aldeanos. Ya había visto con sus propios ojos que podían ser capaces si colaboraban. No iban a caer si antes luchar.
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Re: [Campaña de liberación] Guerreros rurales (Priv. Corrin y Gerard)

Mensaje por Corrin el Jue Ago 10, 2017 12:16 pm

No había necesidad de palabras cuando con una simple mirada podían entenderse entre los tres. Estaban preparados y listos para la batalla, tanto mental como físicamente. Incluso si no contaban con tiempo suficiente para poder trazar un plan no perderían, se alzarían victoriosos porque la humanidad estaba de su lado, no perderían contra unos demonios desalmados como esos emergidos. Asintió nuevamente al caballero y la joven rubia, antes de soltar su mano para dirigirse al frente. Corrió detrás de su ahora compañera, notando como la sangre circulaba velozmente por toda la extensión de su cuerpo. Notaba el palpitar de las yemas de los dedos, llenos de tensión por la batalla que se avecinaba. Cuando hubieron llegado a la entrada del pueblo, donde ya se encontraba el castaño, la visión que se les ofreció fue desalentadora. Aquel escenario no era mucho mejor que el del navío donde apenas unos días atrás había combatido, mas la determinación de los aldeanos en este caso parecía dudar en comparación con la de los marineros.

Desenvainó su espada, mirando al frente sin apenas pestañear –¿Contra qué nos enfrentamos, caballero Gerard? –preguntó, aun cuando sabía que la pregunta no era necesaria. Había tomado por costumbre utilizar aquel distintivo con su compañero desde que se habían presentado a la taberna, incluyendo a lo largo de su viaje. Sabía que estaba orgulloso de serlo, por lo que no le suponía esfuerzo alguno añadirlo –Sus fuerzas son poderosas… mas yo también espero que esta vez no cuenten con la ayuda de un wyvern –miró a la joven acompañante con la que contaban, notando su temor hacia un posible dragón enemigo. Aquella era la reacción más normal. Se trataba de una bestia en mano de unos enemigos ya lo suficientemente poderoso sin necesidad de contar con un animal salvaje y aterrador, robusto y rápido. Un compañero letal. Un enemigo letal, para ellos –No os preocupéis, por el momento parece que no se encuentra entre los enemigos, si bien debemos tener presente que podría ser su baza secreta, no podemos descuidarnos en ningún momento, estad atenta, por favor –le rogó. Su buen corazón la honraba, no le gustaría que pereciera en aquella batalla.

Le sorprendió que todavía se estuvieran llevando a cabo evacuaciones, aunque no tanto que hubiera quienes se reusaban a abandonar su hogar. Si ella se viese obligada a dejar su reino sentiría una pena e impotencia insoportables, y lucharía por quedarse en su lugar, así que comprendía bien a esas inocentes personas.

Pero las vidas de los aldeanos ya estaban comenzando a disminuir. Los emergidos no habían dado tregua alguna, ni siquiera habían lanzado ningún aviso sobre el inicio de la batalla, solo mataban indiscriminadamente a cualquiera que se interpusiera entre su objetivo y ellos. No necesito de la sugerencia de la rubia para salir corriendo al frente, empuñando la espada con ambas manos –Cuidaos bien, joven mercenaria, si necesitáis ayuda en ese flanco, ¡avisad! –gritó, antes de que el fragor de la batalla y los aceros enfrentados ensordecieran cualquier palabra que buscase salir de su boca.

Los emergidos se habían dividido en dos flancos. El mayor, situado en el frente, era donde se encontraban ella y el caballero, luchando para evitar una entrada directa en la aldea. El más pequeño, intentando abarcar más terreno por una zona lateral, era donde se encontraba la joven de cabellos dorados, luchando con fiereza. Era necesario acabar con ambos, pero si lograban sostener el envite principal y acabar con el flanco menor, podían contar con una posibilidad. Volvió a correr detrás del caballo de su compañero, sorprendiendo a un emergido que aguardaba a que este se encontrara despistado para atacar. No vio venir el filo de su espada, la cual se clavó en el costado penetrando casi sin resistencia alguna. Debían aprovecharse de los huecos en las armaduras para dar golpes certeros, pues aun estando heridos o moribundos eran igual de peligrosos.

Escuchó vítores por la zona donde la joven se encontraba. Probablemente alguien habría asestado un buen golpe, alimentando la moral y el espíritu de sus compañeros. Ellos necesitaban hacer lo mismo con ese frente, todos unidos serían capaces de vencerlos. Se desvió ligeramente hacia la derecha, procurando no estorbar al caballero, para proteger a uno de los aldeanos que peleaba contra un emergido que prácticamente le doblaba en tamaño. Amortiguó el golpe contra su hoja, notando un fuerte calambre a lo largo de sus brazos, pero por lo menos había evitado que se derramara sangre. No aguantaría mucho más de aquella manera pues la fuerza del enemigo era más que considerable. Tuvo suerte de que el joven aldeano supiera reaccionar, saliendo del shock en el que se encontraba para clavarle su hacha de leñador en el pie al emergido. No profirió ningún grito de dolor, no pareció detenerse, no se asimilaba a un humano –¡Huid ahora mismo! –logró gruñir al muchacho, el cual no necesitó pensárselo para acatar aquella sugerencia. Corrin, una vez el otro estuvo lo suficientemente lejos del alcance del emergido, dio un fuerte salto hacia atrás, rodando por el suelo para evitar una herida mortal. Notó un palpitar en el brazo izquierdo. Le había alcanzado aunque fuera superficialmente. Aquel monstruo era un duro rival.
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Re: [Campaña de liberación] Guerreros rurales (Priv. Corrin y Gerard)

Mensaje por Gerard Van Reed el Sáb Ago 12, 2017 6:17 pm


Las doncellas guerreras se unieron enseguida a la batalla, Corrin yendo a su lado y la joven de cabellos dorados al flanco. Gerard combatió lo mejor que sabía, contando con su experiencia previa frente a aquellos seres. Debido al gran número de aliados con escasa o nula experiencia, decidió que en vez de entablar combate con unidades por separado, se centraría en usar la velocidad que le proporcionaba su montura y la longitud de su lanza para dañar al mayor número posible de emergidos, con la esperanza de atraer su atención y de que los aldeanos lo tuviesen más fácil en sus duelos.

Primero penetró el brazo de un espadachín que estaba por atravesar a un aldeano que se encontraba en el suelo, y a continuación avanzó un metro con su caballo y apuntó al hombro de otro enemigo que había cerca, un lancero. Efectivamente, el primer emergido acabó soltando su espada debido a la herida repentina; como también estaba herido en un costado, dos aldeanos cerca clavaron sus armas de bronce en él. El lancero pasó a perseguir al caballero, pero este simplemente le evadió. A continuación, fue directo hacia otro de los emergidos que estaban entablando combate contra sus aliados… ¡en ese caso, con Corrin! Un alto y corpulento emergido que portaba un hacha se dirigía a ella de forma impasible.

Gerard no dudó; sí, era un caballero, pero había aprendido ya que había veces, como era la defensa de inocentes que se veían envueltos en un conflicto mayor que ellos, era más importante preservar vidas que tener una lucha justa. Es por ello que, mientras el emergido “bárbaro” se encontraba de espaldas, repitió lo que había estado haciendo hasta entonces, y con su lanza atravesó al emergido a través del hueco que tenía su armadura bajo el brazo de su arma. Sin duda, eso le facilitaría el duelo a Corrin. Sin tener tiempo de intercambiar más que una mirada de complicidad y asentir la cabeza, siguió con su cometido. Así, no intentaba dar golpes letales, sino herir y dejar incapacitados lo antes posible a sus enemigos, dejándoles el ataque final a los aldeanos.

En un momento de respiro, giró la cabeza hacia la otra parte de la batalla, donde había oído un grito femenino desenfrenado. La joven de cabellos dorado dio un poderoso hachazo en uno de los enemigos de pesada armadura, consiguiendo abatirlo. Sin duda, demostraba no solo valor y nobleza, sino saber combatir, y para colmo, saber cuándo usar las palabras adecuadas para así subir de ánimo a sus aliados. Sonrió ligeramente. ¿Cuántas valientes y capaces guerreras más encontraría en Ylisse? De todos modos, a pesar de que quisiese ir a ayudarla, en el centro había aún más enemigos, y no podía dejar a Corrin, a quien le debía la vida, desprotegida.

Justo cuando estaba pensando en aquello, como si de un mal agüero se tratase, de repente, se escuchó un temblor de lejos. Una figura salió de uno de detrás de una de las casas a toda velocidad; tras cruzar la esquina, se dirigió a la entrada del poblado, donde se encontraban luchando. El jinete, de ojos rojos, montaba un enorme pero veloz caballo negro con el que enseguida cargó hacia los defensores. Pasó cerca de uno de los aldeanos que se encontraban heridos en el suelo, pero en vez de atacarle, siguió cabalgando hacia el grupo mayor, y en concreto, hacia el lado derecho del grupo… exactamente donde estaba Corrin. El emergido fue acercándose progresivamente, de treinta a veinte metros, quince… hasta que otro jinete se interpuso en su camino. - ¡Tu rival soy yo!- Gerard, que le había visto venir desde lejos, le dirigió una potente lanzada que el emergido bloqueó con destreza.

Al menos, el ataque fue suficiente para detener al jinete de ojos rojos, que enseguida puso distancia entre los dos, y entonces, en lugar de cargar hacia la chica de nuevo, encaró al caballero. Gerard entendió a la perfección sus intenciones. Tal vez  aquellos seres no tenían sentimientos, pero sus tropas sí parecían inteligentes. (Espero que no tengan otras unidades ocultas como ese jinete.) Giró la cabeza hacia Corrin. - Milady, parece algo más fuerte que los demás, mas volveré a vuestro lado enseguida. Mi lanza no perderá ante un jinete emergido, os lo aseguro.  Volvió a dirigirse a aquel enemigo, dispuso su lanza y alzó la voz. - ¡Acepto el reto, ser! - Agitó las riendas y dio una patada al costado de su caballo, para máxima velocidad. El emergido hizo lo mismo.

El corazón de Gerard le latía fuertemente por el fragor de la batalla, y concretamente entonces, por tal duelo que estaba teniendo. Pocas veces había tenido la oportunidad de enfrentarse a jinetes que no fuesen sus compañeros de academia en entrenamientos, pues como templario, solía enfrentarse a magos herejes o a asesinos que atentaban contra la vida de algún noble importante. No a caballeros con su mismo armamento.

Por supuesto, su objetivo principal era el de luchar para proteger a los inocentes. Pero muy en el fondo, Gerard disfrutaba combatiendo, y más aún haciéndolo por una causa como aquella, como un caballero. Y, por supuesto, era importante demostrarse ser mejor jinete que cualquiera de los emergidos que hubiese.

Estaban a veinte metros de distancia. Diez, cinco…  las lanzas, con las puntas dirigidas el uno al cuerpo del otro. ¿Cuál de los dos saldría victorioso?
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Re: [Campaña de liberación] Guerreros rurales (Priv. Corrin y Gerard)

Mensaje por Alanna el Mar Ago 15, 2017 9:27 am

No era la primera vez, ni dudaba en que sería la última de todas, que cruzaba armas con aquella plaga de nefastas criaturas de ojos rojos. Había escuchado historias terribles sobre sus asedios, se había enfrentado a ellos y, comprobado en sus propias carnes que el título de “monstruos” no se les concedió exclusivamente por su falta de emociones, o su incapacidad para sentir dolor. Luchaban como si de verdaderas bestias se tratasen, pero lo más temible de todo, es que no llegaban a comportarse como bestias en su plenitud; podían razonar, como cualquier otro ser humano. Su grave error fue confiarse en que semejantes criaturas contasen con una capacidad de adaptación que asustaba.

Fue así como el segundo invasor acorazado resultó ser un auténtico problema con el que lidiar. De la muerte de su otro compañero, había sacado en claro que si dejaba actuar a los campesinos, débiles en comparación suya, aunque numerosos, tendría la desventaja. Quizás por eso adoptó un estilo de combate mucho más agresivo que el del otro: con su enorme lanza en mano, la ondeó con una potencia desmesurada que repelió las delgadas armas de los guardias con suma facilidad. Aquellos que no retrocedieron por el golpe, lo hicieron más que nada por la congoja de ser partidos por la mitad. Alanna, que estaba sintiendo que sus ánimos infundidos se iban disipando como una llama que estaba a punto de extinguirse, no perdió más tiempo y se propulsó de una patada a la espalda del gigantón, en un intento de repetir la misma estratagema que con el anterior. Sin embargo, lo que no pensó fue que este aprendiese del descuido que marcó el fin del otro, y que estaba preparado para afrontar un ataque sorpresa. El corazón de Alanna se detuvo por unos segundos cuando su rival giró la cabeza y la miró con aquellos ojos con el color de la sangre. Acto seguido, enarboló la lanza y la echó hacia atrás para golpearle en el costado con el mango. Notó que el aire se le escapaba de los pulmones, para luego salir rodando por los suelos.

Dolía. Dolía lo que no estaba escrito. Se retorció sobre sí misma y se llevó una mano a la zona del golpe. No daba crédito a la suerte que tuvo, ya no solo porque no acabase con una costilla rota, también estaba el hecho de que su enemigo usó la parte roma de su arma. Tirada como estaba en el suelo, un escalofrío la sacudió de imaginarse lo que pudo haber pasado si se hubiese tratado de la punta de la lanza.

Entonces, el invasor se volteó del todo y comenzó a avanzar hacia a ella. Sus pesados pasos retumbaban en la tierra como los de un oso gigantesco que se abalanzaba a por su presa. Su cabeza pronto hizo dar la voz de alarma, y Alanna se apresuró en clavar las uñas en el suelo para impulsarse y levantarse con un salto. Corrió de frente hacia él, embriagada por la sensación de peligro inminente que despertaba sus instintos de luchar, de sobrevivir. Vio la lanza del invasor acercarse a su rostro, a una velocidad que parecía que el tiempo se hubiese ralentizado. El corazón le dio un vuelco, la señal de la que se sirvió para responder ante ello y arrojarse al suelo con una sesgada. El filo del metal tan solo le rozó uno de sus mechones de pelo, hasta que se perdió de su vista y acabó deslizándose justo debajo del acorazado. Su diestra pronto agitó su hacha para arremeter contra una de sus piernas, encajando en el hueco libre que quedaba detrás de la rodilla.

El efecto fue inmediato. El titán se derrumbó e hincó una rodilla. No sentiría dolor, pero seguía siendo un ser de carne y hueso, y toda herida tenía sus consecuencias. —¡Ahora! —gritó a pleno pulmón. Lo que siguió a ello fue el aluvión de lanzazos que le cayó por parte de los guardias, aprovechándose de los espacios entre las placas de metal. Alanna supo que no haría falta que interviniese contra un enemigo que ya estaba sentenciado, por lo que les dejó el resto a ellos y corrió calle abajo, para ayudar al otro flanco.

Precisamente, en el que había dejado a la dama y al caballero a cargo. En mitad de la carrera se fijó que dos figuras trotaban a una velocidad vertiginosa, con sendas lanzas en mano y dispuestas a hacer contacto entre ellas. Reconoció a su joven aliado, confrontando a otro jinete que cabalgaba sobre una bestia negra. Asumiendo que una batalla entre monturas se le escapaba de sus posibilidades, se dirigió de inmediato a apoyar a la muchacha. La avisó agitando un brazo. —Joven dama, el otro flanco del frente ya ha sido reducido. Contad con mi apoyo para lo que se avecina, y también con el resto de aliados que se nos unirán en breves. —Una pizca de alivió la invadió al haberse visto capaz de alentar a los pueblerinos inexpertos con un poco de arrojo. Más, se prometió a si misma que debía ser cuidadosa de ahora en adelante y evitar situaciones como las de antes. Apretó con fuerza la empuñadura de su hacha y asintió—. Cuando estéis lista.
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