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[Social] I Have Died Everyday Waiting For You. [Priv. Rhett] [+18]

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[Social] I Have Died Everyday Waiting For You. [Priv. Rhett] [+18]

Mensaje por Sissi el Sáb Jun 03, 2017 5:20 pm

Sissi contempló su reflejo en el inmenso espejo del tocador. Su largo cabello rosáceo caía en una cascada ondulada por su espalda hasta llegar a su cintura, sólo sueltos algunos mechones que se habían quedado frente a sus largas orejas puntiagudas. No llevaba apenas ninguna joya encima, pues había ido dejándolas de forma cuidadosa en el joyero frente a ella: cada collar en su lugar y cada adorno en su cajón correspondiente. Lo único que dejó sin tocar fueron los pequeños y sencillos pendientes que colgaban de la parte más alta de sus orejas, que no le molestarían al dormir. En la mesa había diferentes bandejas de plata en las que descansaban brazaletes adornados con todo tipo de piedras semi-preciosas, y elaborados anillos de oro, cada uno en un plato diferente. Encima de un montón de joyas dormitaba plácidamente su Dragonstone, que desprendía un fulgor azulado que se mezclaba con otros muchos colores al darle la luz desde diferentes ángulos. Allí estaba segura de que nada malo podía sucederle. Al hallarse en su alcoba, Sissi la dejaba junto a sus otras alhajas cuando se iba a ir a la cama, sin miedo a que fuera robada o perdida.

El tocador se componía de una cómoda de alabastro, un sillón bajo, y un enorme espejo rectangular enmarcado en madera tallada. La pared a su alrededor tenía pequeños resquicios cuadrados, en los que se habían colocado velitas individuales que daban una gran iluminación natural al rincón incluso de noche. Su brillo, además, era mucho más agradable que el de las antorchas, perfecto en su justa medida para las labores de acicalamiento de la reina. Frascos de cristal, rellenos de líquidos de múltiples colores, estaban al alcance de su mano: fragancias, aceites y cremas de todas partes del mundo, aunque la mayoría se hubiera hecho con los ricos materiales de la selva de Sindhu. Otros jarrones de cerámica guardaban en su interior algodones, polvos de mica, y diversas sombras y tintes para maquillarse, aunque Sissi en ese momento se dedicaba a lo contrario, a limpiar su rostro antes de dar por finalizada una cansada jornada de trabajo. La recuperación del territorio, la reconstrucción de las ciudades, y los nuevos tratos comerciales y alianzas que iba estableciendo poco a poco requerían una gran cantidad de tiempo que la Reina Manakete dedicaba con gusto por el bien de su joven nación.

Sin embargo, cuando Sindhu descansaba, Sissi encontraba por fin tiempo para sí misma. Hacía tiempo que el sol se había puesto, y en su lugar había salido una hermosa luna llena, blanca y resplandeciente. Su luz se filtraba por los ventanales abiertos del balcón, que daba una luminosidad plateada que se juntaba con el brillo de las lámparas de aceite. Desde el exterior, el cuarto de la reina era como una estrella la oscuridad del resto del palacio real. Ajena al resto del mundo, que se dedicaba a cobijarse en sus casas y regresar al lecho con sus seres amados, Sissi encendía varillas de sándalo e incienso. El olor picante del humo se mezclaba con la fragancia de rosas y diversas otras flores.  En un plato de mármol blanco habían cortado varias rosas rojas, a las que habían desprendido de las espinas y la mayoría de las hojas, de modo que solo quedaba el capullo medio-abierto y el tallo limpio. La manakete abrió con cuidado un bote achatado y redondo de cristal, con una tapita que hacía juego con los adornos de la pieza principal. En su interior había agua de rosas, cuyo olor llenó su pecho y la hizo suspirar de placer. Tomó una de las rosas y mojó sus pétalos con el líquido, e inmediatamente llevó la flor a sus labios, que acarició con suavidad para hidratarlos con el perfume y el agua.

Entrecerró los ojos, perdida en sus propias cavilaciones. Tenía tantas cosas en las que pensar, y tan poco tiempo para ello. En Hatari gozaba de mayor autonomía para meditar, pero en el nuevo Sindhu apenas podía respirar de la gran cantidad de trabajos a realizar. No obstante, al abrigo de la noche se permitió tomar aire y llenar sus pulmones por completo. Al exhalar, volvió a examinar su reflejo en el espejo y se sonrió a sí misma: Estamos bien. Estamos a salvo. – Se recordó, porque había veces que necesitaba escuchar aquellas palabras en voz alta. Por supuesto que eso no se aplicaba a todos. Habían perdido a muchas personas por el camino. Puso un gesto de dolor cuando la imagen de Rhett pasó por su mente. Era un destino muy cruel permanecer ignorante sobre el estado de una persona amada. Si por lo menos supiera qué había sido de él encontraría algo de paz en su alma, pero desde su despedida apenas había tenido constancia de sus andanzas. ¿Habría perecido en batalla?, ¿Habría sido secuestrado por esclavistas de laguz?, ¿Se habría enamorado de alguien, abandonándoles a su suerte? No. No abandonándoles. Abandonándola a ella. Cada preguntaba le hacía llegar una nueva oleada de desesperación y ansiedad. No debía pensar en eso. Solo lograba hacerse aún más daño.

En el tocador había apoyado también varias cartas unidas por un lazo de seda azul: proposiciones de matrimonio provenientes de muchos lugares, de hombres incluyentes que creían poder ofrecer a Sissi algo que ella no podría rechazar. Todas y cada una de ellas habían sido refutadas con amabilidad, lo que en más de una ocasión había hecho que los pretendientes lo intentaran con más ahínco, convencidos de que la Reina estaba jugando a hacerse la dura. Nada más lejos de la realidad. No estaba entre sus planes un casamiento cercano, y mucho menos uno que tampoco suponía tantas ventajas para su pueblo. Antes nunca hubiera pensado en casarse sin amor, pero tanto había cambiado que ya era una convicción de la que no estaba tan segura. ¿Acaso no era hipócrita predicar sobre la importancia del amor verdadero, pero casarse por conveniencia? Sin embargo, desde que era reina había aceptado que muchos privilegios le serían negados por el bien de su país. Eso incluía, en caso de necesidad, contraer matrimonio con un desconocido que, a cambio, pudiera ayudar a Sindhu. Era triste pensar en lo poco que valían los sentimientos, en la ausencia del significado del amor.

La manakete se incorporó y se dirigió al balcón, a tomar un poco del aire fresco que mecía las cortinas blancas de algodón. Sus pies descalzos se desplazaron por las suaves alfombras sin hacer apenas ruido. Llevaba puesto unos pantalones holgados de color hueso, decorados con hilos de oro en formas geométricas. En la parte superior portaba una camisa roja con un escote redondo, y encima una túnica de mangas largas, ajustadas y semi-trasparentes de tul rojizo. Se ataba entre sus pechos con unos cordones, uniendo la chaqueta como si fuera un camisón. La parte del torso estaba ornamentada con flores rosas que contrastaban con el fuerte bermellón del resto de la pieza, que caía hasta la mitad de sus piernas. Haciendo juego con las demás prendas, un pañuelo colgaba de sus dos brazos y atravesaba su espalda, en caso de que quisiera mayor protección frente al leve frío de la noche. Al salir a la terraza de piedra se refugió en él, agradecida. En su mano derecha aún cargaba con la rosa que antes acariciaba sus labios húmedos, que juntó contra ella como si tuviera miedo de que se la llevase el viento. Se asomó al balcón, y la hermosa vista nocturna de Sindhu emergió a sus ojos.

Suave, en apenas un susurro, recitó para sí misma:  

"No es amor, un amor que cambia siempre por momentos,
o que a distanciarse en la distancia tiende.
Oh, no.
Es un faro imperturbable,
que contempla las tempestades y nunca se estremece.
Es la estrella para todo barco sin rumbo,
cuya valía se desconoce, aun tomando su altura.
No es el amor bufón del Tiempo,
aunque los rosados labios y mejillas
caigan bajo un golpe de guadaña.
El amor no varía con sus breves horas y semanas,
sino que se afianza
incluso hasta en el borde del abismo."

Sissi dejó que las palabras murieran en su boca de una forma agridulce, y después suspiró, agotada, sus ojos puestos en la negrura del océano. No recordaba cómo continuaba el poema, o si era parte de un compendio. Solía leérselo su padre cuando era más pequeña, pero tras tantos años sin escucharlo, su recuerdo se había desvanecido un poco, incluso si antes se lo sabía totalmente de memoria.

Ropa de Sissi:
Inspiración:
Nota: ¡El poema es un soneto de Shakespeare!
Afiliación :
- SINDHU -

Clase :
Sacred Manakete

Cargo :
Reina de Sindhu

Autoridad :
★ ★ ★ ★ ★

Inventario :
Dragonstone [2]
Dragonstone [5]
Vulnerary [3]
DragonStone Plus [5]
hacha L. de bronce [1]
.

Support :
Kija
Sera
Yrumir

Especialización :

Experiencia :

Gold :
292


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Re: [Social] I Have Died Everyday Waiting For You. [Priv. Rhett] [+18]

Mensaje por Rhett Orión el Mar Jun 13, 2017 9:16 pm


“Mis palabras agonizaron en el menoscabo, siendo no más que el fané de éste mustio amargo”

Sus ojos contemplaron el cielo profundamente nocturno, inmenso, colmado de suspendidos cosmos de estrella. Desde el suelo todo era distinto, existían altos árboles conectados unos a otros en abundancia, y los sonidos, por supuesto, los sonidos de la naturaleza estaban vivos. El dragón reparó más en ellos que en su cielo, incluso si la vista se le estaba oscureciendo, era el cansancio que le pedía a gritos tomar un breve descanso. Pero no lo estaba haciendo, Rhett no dejaba de seguir su rumbo. Una vez más, las riendas lo impulsaban con toda firmeza avante, consiente que, de no ser así, la tortura seguiría siendo más inminente. Ya había esperado lo suficiente, el tiempo lo ahorcaba sin desvelo, ¿cuántas estaciones había tenido la insolencia de perder? ¿Cuánta había sido su impudicia? ¿Desde cuándo sus promesas habían muerto ante ella? Llevó ambas manos a su rostro, entrelazando los dedos en su oscuro cabello, encajando aquellas despectivas uñas para liberar la angustia de su pecho. Era cierto. Sin importar lo que hiciese no podía cambiar el pasado, era incapaz de borrar aquellos recuerdos de su preciada ciudad arrasada ante los despreciables. Se volvió a recordar así mismo, en frente de aquellas murallas destrozadas por los enemigos, las marcas de zarpas que mutilaron el camino, esas casas que pertenecían a toda la gente del ducado, y el palacio trágicamente derrumbado. Cuánto fue su enfurecimiento y deseo de arrancarse el corazón con las garras. Su cuerpo arrodillado y sus manos hundidas en la oscura arena habían probado el ácido de la impericia. Hubiera elegido morir en aquel instante a vivir para siempre en la decadencia, después de todo ya no existía nada para él tras perderlo con toda su impotencia y terrible realidad. Fulminado por el desgarrador golpe del augurio. Pero no tuvo la manera de hacerlo, incluso si tal fuese su último deseo, había optado por investigar a fondo, contando cada uno de los destrozos pero sin encontrar las suficientes señales de que se haya desatado una masacre. Descubriendo implícitamente que las herramientas de obra habían desaparecido y que el ducado mostraba destrozos desesperados por el enemigo. Tal vez no fueron capaces de encontrar almas que lapidar, por lo que intentaba creer en la posibilidad de que muchos hubieran logrado huir.

No obstante, Rhett no dejaba de sentir como la culpa lo desentrañaba, siendo nomás que un fracasado tras no haber protegido a los ciudadanos cuando lo necesitaban, fallándole a su padre ante su promesa de combatir todas esas posibles guerras con total incumbencia y responsabilidad. Estaba seguro que cuando lo volviese a ver éste iba a declararlo “digna inmundicia” y lo tenía merecido, lo aceptaría sin impugnaciones. Y por último, estaba aquel ser al que más le había mentido, rompiendo todas sus promesas, abandonándola de nuevo como cuando el primer desastre de Sindhu fue desatado… ni siquiera podía pensar en su nombre. Ella no merecía más engaños, ella seguramente estaba mejor sin él, apostaba su vida a que ya no lo necesitaba. No sería más que una molestia, y aunque no tenía el permiso de entristecerse, sentía un incisivo dolor en el pecho, y el desespero reflejado en sus facciones afectadas. Pero si estaba seguro de ese pensamiento ¿por qué seguía caminando? Sus pasos no se detenían aunque su cuerpo clamaba que lo hiciera, porque de seguir adelante el golpe del agotamiento se volvería insoportable. Sin embargo, era más fuerte el peso de todas esas promesas y el deber de Rhett por mostrarse arrodillado frente a su duquesa. Así ella podría proporcionarle el más merecedor de los castigos. Pero ¿qué haría si estaba de nuevo en letargo? ¿Qué haría si llegaba y no la encontraba? Se detuvo en seco. Ya no existiría nada. Destensó las uñas de su cabello y dejó caer ambos de sus brazos a los costados como si hubiese perdido la capacidad de moverlos. El dragón intentaba convencerse así mismo de que nadie le iba asegurar lo que creía hasta que lo tuviera de frente. Había escuchado desde Senay el alboroto que se hizo en tierras provincianas ante el surgimiento de un reino que tenía el nombre de Sindhu. Ah. Nadie estaba bien informado, pero no se podía olvidar el rostro de Rhett sorprendido, estaba casi seguro que sus piernas habían estado a punto de desvanecerse por la importancia de aquella noticia. Una noticia que se convirtió en su única verdadera esperanza.

El dragón no se detenía, existía la indagación y el anhelo de comprenderlo todo, quería por fin librarse de toda esa espera buscando a la duquesa y el sitio en el cual se refugiaba. Deseaba verla y disculparse. Deseaba que todos esos temores existentes dentro de su cabeza fueran una simple ilusión pasajera. Con tal de no entorpecerse comenzó a morder su labio inferior con fuerza, manteniendo despiertos todos sus sentidos frente al dolor, sin lograr entender por qué estaba tan abatido y cansado. Sabía que no había dormido desde Senay, pero ¿era necesario dormir cuando ya tenía un sitio al que dirigirse? Había aguantado más tiempo y sabía que si encontraba a la duquesa, toda su endeblez culminaría. Liberó su labio y tomó un profundo respiro. Fueron incontables las desviaciones que tomó, casi perdiendo la certidumbre de encontrar un sitio habitable entre tanta riqueza de árboles y flores. Hasta que finalmente, frente a sus ojos, se alzó forjado un reino al que quiso llamar Sindhu con anhelo, un reino que se mostraba glorioso ante aquellas luces que con dulce silencio se despedían hacia la eclipsada bóveda celeste. El pigmento de sus ojos volvió a adquirir aquella fulgurante tonalidad dorada, haciéndolo olvidar de inmediato las extenuaciones del viaje. Sintió sus pisadas más firmes, así como la agilidad en sus piernas liberadas. Entró al reino sin pensárselo, y observó los alrededores, aun considerando que tal vez ahí no se encontraba su duquesa. Estaba oscuro pero las luces se reflejaban con mayor claridad por la nueva y grata vista que se le confería. No hacía nada de ruido al caminar, pero el dragón pensaba que lo hacía por lo acelerado de su andar. — Duqu…. — Tosió un poco, incapaz de formular alguna palabra ante una garganta reseca. “¿En dónde estás?” Pensaba, ávido por querer verla. El sitio era bastante grande, apenas y podía encaminarse correctamente sin el inconveniente de encontrarse con un callejón sin salida. Si tan solo pudiera convertirse en dragón e ir volando hasta el palacio, pero ya lo había hecho en su recorrido, y era consiente que si trataba de hacerlo de nuevo no sería capaz de conseguirlo. No iba a actuar desmedido, Rhett intentaba mantener la sensatez en sus decisiones, y lo correcto en lo mismo. Conteniéndose tal cual taxativo.  

Se dejó conducir sin seguridad, no era mala su orientación pero era consiente que no encontraría el camino hacia el palacio con tanta simplicidad, la altura de los hogares no se lo permitían ni dejaban más fácil, pero era seguro que lo haría en cualquier momento. Por ello, tras varios minutos de camino y sin más distracciones, consumado de tiempo, al fin le tuvo de frente. Un enorme palacio de perfecta tanto inmaculada entrada, la cual por supuesto era vigilada por soldados que la resguardaban de cualquier enemigo. Rhett ni siquiera tuvo intención de idear un plan y se posó delante de ellos. El encuentro no fue para su suerte agradable, los soldados se posaron delante de él precavidos a una posibilidad de ser atacados. — — Su garganta seguía reseca, en realidad no estaba preparado para entablar una conversación convincente para que lo dejaran entrar sin preocupaciones. Después de todo, no dejaba de ser un simple extraño. “Discúlpenme” Pensó afligido y apenado antes de mirar diligente a uno de ellos, levantando un puño para alcanzarlo y golpearlo con brutalidad en el rostro. La necesaria para apenas dejarlo inconsciente. Para cuando quiso irse en contra de otro, éste ya lo tenía entre el filo de su arma, intentando herirlo con cada paso que se acercaba, logrando rasgar sus prendas y parte de su piel en el acto. Sin embargo, Rhett no podía permitirse perder en un combate que le parecía tan decisivo, y mucho menos estando tan cerca. No esperó más y propinó otro golpe en cuanto tuvo la oportunidad de hacerlo. El soldado cayó al suelo desvanecido, pero nada le sería fácil, también era consciente que lo sucedido afuera del palacio no pasaría desapercibido; por lo tanto se apresuró para entrar y encaminarse por la extensión de relucientes pasillos. En cada escondite comenzó a escuchar las voces de varios soldados armados, a sapiencia que lo estaban buscando y que lo arrestarían en seguida por ser un intruso. Había hecho mal pero, aquello era lo único que se le había ocurrido a falta de plena confianza y escrúpulo mismo. Necesitaba encontrar a la duquesa.

Sus pasos resonaban apenas en los pasillos, su vista se dirigía de puerta en puerta, subiendo escaleras y escondiéndose de los guardias. Era bueno en hacerlo, después de todo, no dejaba de ser el hijo de un comandante de guerra y tenía que estar preparado para cualquier conflicto que surgiera. Tomó un poco de aire y continuó avanzando. ¿En dónde estaba? ¿En qué puerta? No se detuvo ante nada, tal vez la duquesa ya sabía que alguien había osado por entrar a la fuerza en su palacio y que andaba suelto por ahí. Seguramente había cambiado de localización, o tal vez… seguía en su habitación. En su lecho. Durmiendo desde entonces. “No, no, no” Sabía que estaba tomando un gran riesgo, también era consiente que no había hecho nada por investigar quién era el gobernante del reino. Todas esas acciones las había tomado impulsivamente. ¿De verdad seguía siendo aquel dragón pacífico y aplacado? Después se disculparía, prometía que lo haría, pero no dejaría de buscarla.

Delante de él una gran puerta se hizo presente, los grandes y dorados candiles situados a sus costados le propiciaban ese símbolo de importancia. El dragón no quiso hacerse esperanzas, pero sus ojos querían comprobarlo, querían saber quién estaba del otro lado. Recordó aquel juego de niños, un corazón que nombraba a otro, latientes como una repercusión de empalme. Y si era cierto, el cumplimiento como el resquebrajar de esa promesa estaba a centímetros de distancia. Se detuvo antes de llamar a la puerta y se recargó en ella, sus ojos miraban fijamente la amplitud del pasillo que había recorrido mientras captaba suaves fragancias provenientes de la habitación a sus espaldas. — Sissi… — Se dignó a decir su nombre con una voz apenas perceptible. El corazón estaba estrujándolo por dentro, se estaba ahogando en el desespero y muriendo por el reencuentro. ¿Qué debía hacer? ¿Llamar a la puerta? Y después qué haría… qué encontraría. “Maldita sea” Las dudas acrecentaron los confines de su desolación, no hacía más que sufrir cuando estaba a punto de revelarlo. “Hazlo, ¡hazlo! No lo hagas por ti, hazlo por ella. Todo lo que hago es por ella” Volvió a suspirar, decidiendo darse media vuelta y llamar a la puerta. Dos débiles golpes y una vuelta completa a la perilla. La madera apenas crujió ante su intromisión y Rhett se abrió paso en el interior de la habitación. Reparó en los adornos de sus paredes que propiciaban luz en el amplio interior, en los instrumentos a su alrededor tan significativos de su duquesa. Todo era tan familiar, tan enormemente cálido….

El dragón no dejó de buscar con la mirada, ¿en dónde estaba ella? ¿Acaso no se daba cuenta quién la estaba buscando? ¡¿Se había ido?! Hahaha. Era claro, la duquesa no iba a estar en su habitación. Ella estaba ocupada, incluso nada le aseguraba que la encontraría en el reino. ¡Se había ido justo cuando el dragón había vuelto! Que idiota y patético, así de solitario era su camino, justo como su padre se lo había dicho. Moriría completamente solo si osaba perder el camino. Moriría en la memoria de todos. “Si, eso es, ya no necesito esto. Esa promesa se desvaneció en la memoria de la duquesa. No importa. Ella necesita ser feliz. No la merezco, nunca la merecí.”

Tch… — Colocó una palma en su oído y cerró los ojos. Estaba seguro que perdió los estribos en algún momento de su viaje. Nada le había afectado tanto que estar separado de la Manakete y de la gente a la que apreciaba. De modo que debía mantener la calma si esperaba encontrarla de nuevo. No había revisado toda su habitación, pero tampoco deseaba mostrarse con un aspecto atroz. La mejor decisión que podía tomar era esperar hasta la maitinada y presentarse ante el reino con mejores prendas, así como en un mejor estado. Incluso si la espera seguía prolongándose y las contradicciones de su razón continuaban asediándole. Suspiró con otro punzante dolor en pecho pretendiendo volver como un cobarde por el camino ya recorrido. Sin embargo, una vez escuchó un simple y sencillo sonido proveniente dentro o fuera de la habitación, dirigió instintivamente la vista hacia todas partes. ¿Era la duquesa? ¿En dónde estaba? Pocos pasos fueron suficientes para presenciar el sutil desliz de cortinas blancas que no dejaban de tambalearse con la fría brisa del aire. Detrás de ellas un balcón estaba esperándole, y el dragón se dirigió hacia el sin demora alguna. Extendió un brazo rápidamente, tomando la tersura alba y retirándola de su camino para por fin contemplar lo que había del otro lado. — Duquesa Sissi… — Un océano nocturno, y el reflejo rosáceo de un ser que no se encontraba ahí. Su mano quería sentir esa mejilla irrealista, una ilusión maldita. El golpe de sus rodillas contra el suelo fue agravatorio, paciente a que el pesimismo profundo le cegara la vista. — Lo merezco, ¿verdad? Usted no está aquí, no existe más en este lugar. — Susurraba aflictivo. ¿De verdad se trataba de una ilusión? Sonrió sombríamente, ya no importaba. Todo cayó desdeñable. Había perdido la cabeza por alguien que ya no lo necesitaba.
Afiliación :
- SINDHU -

Clase :
Red Dragon

Cargo :
Soldado (Ejército de Sindhu)

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Re: [Social] I Have Died Everyday Waiting For You. [Priv. Rhett] [+18]

Mensaje por Sissi el Miér Jun 21, 2017 11:16 am

Los ojos de Sissi recorrieron la bahía, con sus aguas oscuras apenas iluminadas por los diminutos barcos de los pescadores, que salían a atrapar peces de noche para venderlos en el mercado por la mañana. La luna que brillaba hermosa en el firmamento, poblado de millones de estrellas, también les ayudaba a encontrar el camino a casa, con su haz de luz platinado. Había quienes decían que era un destino solitario vivir allí arriba, en un lugar tan frío y distante. Pero la manakete no lo creía así: había dolor en la figura del gran astro lunar, pero también había cambio, pues era diferente cada noche. Era un símbolo de anhelo y deseo al que todos los poetas habían dedicado en alguna ocasión unas palabras de amor. Sissi amaba al sol sobre todos los astros, lo había hecho desde que nació. Amaba incluso a la inclemente estrella que brillaba en Hatari, tan llena de muerte y poder.

Sin embargo, no podía evitar verse reflejada en la Luna: al igual que ella, se podía transformar, y su nueva apariencia podía traer bendiciones o desgracias. Al fin y al cabo, una persona sensata debía siempre temer la noche sin luna y la ira de una dragona. Al mismo tiempo, ambas eran una presencia eterna. Sus largos años de vida harían que la manakete viviera para contemplar los cambios del mundo, si no sucumbía en batalla antes que a la maldición de su lento envejecer. Y, al igual que la reina del cielo nocturno, la reina de Sindhu tenía sus propios cráteres, sus propias cicatrices. Cometía errores, y no era perfecta, pero no necesitaba serlo. Sissi negó con la cabeza y dirigió los ojos dorados a la rosa en sus manos, bañada por luz de luna. Apretó el tallo entre los finos dedos. No obstante, ella no sería impasible como el astro nocturno, que observaba sin voz ni voto las desgracias del mundo. No contemplaría el color y el sufrimiento de la tierra desde las alturas sin hacer nada por evitarlo. Sí, era cierto que la luna influía en las mareas, pero, ¿qué era una corriente de agua frente a un huracán? Sissi no se contentaría con transformar la vida a su alrededor de forma simple, sino que daría todo de sí para mejorar la situación de su pueblo.  

Daba igual el coste, su país iba por delante de cualquier cosa en el mundo. Su tierra era como su piel; los volcanes su corazón, la selva los cabellos de su cabeza, los ríos y los mares su sangre; y su gente eran los hijos que aún no había tenido. Cada daño infringido en ellos lo sentía como propio, como una ofensa hecha contra ella misma. Había defraudado a su pueblo ya demasiadas veces, ahora tenía el poder y la autoridad para evitarlo. No sería de ese tipo de monarcas que se reclinaban en su asiento y dejaban que los ricos se aprovechasen del pobre, y que otros rigieran por ellos a cambio de una vida despreocupada y despreciable. Haría lo que debía hacer una reina: gobernaría. Atrás había quedado la niña que solo deseaba plantar árboles y crecer junto a ellos. La niña que había soñado que siempre estaría rodeada de sus seres queridos, que nunca le pasaría nada malo mientras estuviera protegida tras los muros de la Ciudad Redonda. Esa niña había muerto en Hatari, junto con el recuerdo del ducado que existió y de las personas que nunca más regresarían a ella: como sus padres, o Rhett.

Una parte de Sissi aún rezaba porque él estuviera a salvo y bien, y que quizás algún día volviera a su lado. Se lo pedía a Naga todas las noches, con el alma encomendada a la voluntad de la diosa y su corazón llorando cada amanecer cuando descubría que nada había cambiado. En la mesilla junto a su cama, había una lámpara redonda de aceite en forma de flor, que había encendido por Rhett nada más volver a Hatari después de sus viajes por Begnion, Goldoa e Ylisse. La llama no se había apagado desde entonces, simbolizando la esperanza de la Manakete de que el dragón regresara con ella.  Ni siquiera el viaje hasta Valentia en barco había logrado que la luz remitiera, pues seguía crepitando de forma tranquila en su sitio. Sissi giró el rostro hacia ella, visible a través de las largas cortinas blancas, y suspiró. Esa noche volvería a rezar como las anteriores, pidiendo lo mismo una y otra vez: “por favor, Naga, deja que vuelva conmigo”.  Justo iba a volver dentro de la habitación, a musitar sus oraciones antes de rendirse al sueño, cuando unos gritos provenientes de los pisos inferiores llamaron su atención. Se asomó al balcón y pudo comprobar como un pelotón de soldados armados corrían dentro de palacio por una de las entradas. Estaban demasiado lejos como para que Sissi entendiera lo que decían, pero parecían bastante exaltados e inquietos.

Un escalofrío le recorrió la espalda, dejando su piel erizada, a pesar de que no tenía frío. No sabía por qué era. Inquieta, y turbada por el pensamiento, creyó escuchar lo que no era. Pensar en cosas tan tristes y dolorosas para ella siempre tenían ese efecto en la reina. Dejó escapar el aire de sus pulmones, ya que por unos momentos había dejado de respirar, y tomó la decisión de ir a ver qué es lo que sucedía. Eso era lo importante ahora, no los sueños imposibles que nunca dejaría de soñar. Temía que hubiera habido algún conflicto con los emergidos, aunque no habían sonado las alarmas de ataque, o que algún criminal hubiera osado entrar en palacio. No eran pocos sus enemigos. Se tensó, presa del pánico, al recordar que había dejado su Dragonstone junto al resto de joyas y que, si alguien osaba atacarla ahora, estaría indefensa. Debía protegerles. Se giró de forma abrupta, soltando la rosa en el movimiento. Sin embargo, sus pasos no la llevaron muy lejos. Se quedó estática en su sitio, como un cervatillo que ha escuchado un ruido en medio del bosque.

Ahí, frente a ella, estaba ese alguien al que anhelaba ver por encima de todo en el mundo. Y estaba vivo.

¿Cuántas veces había soñado ese momento? Tantas que ni podía recordarlas todas. Ni siquiera, por unos breves instantes, pudo hacer memoria ni de quién era ella misma, siendo él lo único que existía en su mente y corazón. No lo sabía, pero tenía lágrimas en los ojos dorados, y una expresión cuya emoción era imposible de descifrar porque eran muchas a la vez: ilusión, gozo, desazón, sorpresa, consternación… Abrió los labios como para hablar, pero no parecía capaz ni de hacer algo tan simple. Se había quedado congelada en el sitio, sin creerse del todo que sus plegarias habían sido concedidas. Podía escuchar su voz, pero no sabía si creer que incluso aquello era una quimera, un sueño lúcido como los que alguna que otra vez ya había tenido. Haciendo acopio de una voluntad etérea, inconsciente, dio unos pasos hacia el dragón. Alargó la mano con temor, todo su cuerpo temblando. Unos breves segundos después, y habría podido rozar la mejilla de aquel a quién había estado aguardando tanto tiempo.

Pero tuvo que regresar de golpe a la realidad, de la que se había desprendido durante unos largos segundos que le parecieron eones, con la entrada de los guardias en la habitación. - ¡Su majestad! – exclamó un hombre joven, ataviado con una armadura con el emblema de Sindhu. Era seguido de forma diligente por un escuadrón formado por sus subalternos, siendo él el capitán. Habían visto la puerta entornada y, temiendo por la seguridad de la soberana, habían tenido la osadía de penetrar en el interior sin pedir permiso. - ¡Ha entrado un enemigo en palacio! Estamos aquí para defenderla en caso de que-… ¡Está aquí!, ¡En los aposentos de la Reina! Rápido, ¡A las armas! – al principio no había visto a nadie en la estancia, pero las sombras del balcón que se proyectaban por el haz de luz lunar les habían delatado. Sin duda un sujeto que golpeaba a los encargados de proteger el orden civil y forzaba su entrada en palacio no debía tener buenas intenciones. Los guardias apuntaron con sus espadas y lanzas al dragón, que se había arrodillado frente a la manakete con una actitud de derrota que nunca había visto en él. Quería levantarle y decirle que nunca más hiciera eso, que, si ella había prometido no darse nunca por vencida, él debía hacer lo mismo.

Pero la presencia de las armas en alto desvió la atención de Sissi. Con las cejas fruncidas, los ojos brillantes, y las mejillas húmedas, alzó la palma de la mano frente al capitán del pelotón con un gesto claro para que se detuviera. – Os prohíbo que le toquéis un cabello. – dijo la reina, y su voz dulce sonó imperativa y fuerte en la habitación. Era una orden. De inmediato, los soldados dirigieron la mirada hacia ella y obedecieron por instinto. ¿Se habrían equivocado persona, quizás? Fuera como fuera, les llenó de vergüenza el ser reprendidos de aquella manera por la soberana, y mucho más por hallarse en la privacidad de su habitación. Todos ellos miraron al suelo, incómodos y sin saber muy bien qué hacer. El capitán enmudeció unos segundos, sus ojos abiertos como platos. Por supuesto que él no conocía a Rhett, pues no era de los ciudadanos de Hatari, por lo que la única explicación que hallaba a que se encontrase allí era que deseaba algún mal a la reina.

- P-pero, su majestad, este hombre ha agredido a algunos de sus guardias, y se ha abierto paso de forma forzosa hasta aquí. No creo que sea seguro para usted entablar conversación con este criminal, podría atacarla también. – comenzó a musitar, y fue elevando la voz a medida que hablaba. – Le prometo que no sufrirá daño alguno, como usted siempre insiste, pero debería llevarle a las mazmorras donde no pueda hacer daño a nadie más. – Era bien sabido por todos que la soberana prefería solucionar problemas por medio de la palabra y la enseñanza que por la fuerza, lo que le llevaba a más de un problema, por lo que los soldados preferían tomar medidas antes de que saliera herida.

Sissi les dedicó una mirada penetrante y, dando un rodeo por un lado de Rhett, les dijo: Os equivocáis. Este hombre jamás me atacaría. Le conozco desde hace más de ochocientos años, no es un simple criminal. Sea lo que sea que haya hecho para llegar aquí, mañana por la mañana me haré cargo de juzgar los daños y aplicar las medidas correspondientes. Pero, por ahora, deseo que nos dejéis a solas y que volváis a vuestros menesteres. Descansad, haceos cargo de los soldados agredidos, y transmitidles mis disculpas por no por no poder ir a verles ahora mismo. Ahora, desearía que nos dejarais a solas. – resumió, sin dar mayores explicaciones sobre quién era el intruso, pero sin tener la necesidad de darlas. Con pose digna, escoltó a los soldados fuera de la habitación sin problemas ni quejas por su parte, y supervisó que ninguno se quedase allí. Con el corazón a flor de pecho, y temblando como una hoja, cerró el portón con llave. Con los ojos pegados a la madera, susurró: Si me doy la vuelta, ¿seguirás ahí? O, ¿acaso todo ha sido producto de un sueño?
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Re: [Social] I Have Died Everyday Waiting For You. [Priv. Rhett] [+18]

Mensaje por Rhett Orión el Sáb Jul 08, 2017 6:19 pm

De aspecto pusilánime, el dragón fue cegado por la lasitud y la conturbación del viaje, derrotado por el miedo y la desesperación; el dolor en cada parte de su cuerpo seguía siendo el resultado del esfuerzo superado por sus propios límites. Divagaba en su maldita ilusión, en el reflejo de la duquesa frente suyo, ella se mostraba solemne, honorable, y él simplemente fracturado por el halo de su augusto. Escuchó voces, varias, tal vez lo guardias lo encontraron y lo llevarían en cualquier momento a una de las celdas más cercanas. Estaba bien, lo merecía por perpetrar el palacio violentamente, en busca de algo que ni siquiera sabía que encontraría. Se hubiera reído pero la voz le escaseaba, no dejaba de tener una garganta reseca que propiamente se dañaba, rasgando sus cuerdas vocales. Por lo tanto, hubo un momento en el que se mantuvo en silencio, escuchando las alegaciones ajenas, sin aun creer lo que estaba sucediendo. El maldito sueño parecía tan autentico, tan realista, incluso apreció un notable cambio en las palabras de su duquesa. ¿Por qué su fantasía era tan desalmada? De un segundo a otro dejó de escuchar más aullidos, quizá todos habían salido de esa ficción pasajera, fue que se puso de pie lentamente, recargando las puntas de sus dedos en el suelo con tanta pesadez que le resultó complicado separar las manos del firme. Sus ojos opacos presenciaron el exterior desde el balcón, un hermoso marino nocturno se expandía en el horizonte, y después se volvió hacia el interior de la habitación. Contemplando la espalda de su duquesa, parada en frente de la puerta, caminó hacia ella y se detuvo en cuanto la escuchó de nuevo: Si me doy la vuelta, ¿seguirás ahí? O, ¿acaso todo ha sido producto de un sueño? Abrió los labios ligeramente, quería formular alguna palabra, una que le dijera que nada de lo que estaba viviendo era un sueño. Pero el dragón sabía que se equivocaba, el mundo no dejaba de serle tan jodidamente cruel. Tragó un poco, lo suficiente para humedecer el interior de su gaznate y forzar su propia voz. Ya no podía quedarse más callado. — ¿Qué le asegura que esto… no es producto de mi sueño? — Expuso en un tono bajo y ronco, siguió acercándose a su entelequia, si es que lo era, para acorralarla en la puerta posando ambas de sus manos a los costados de su cabeza, así no tendría oportunidad de desaparecer por más ilusión que fuera.

Tal vez, ni siquiera estoy aquí con usted, mi preciada duquesa. — El tiempo hablaba, las estaciones también, podría ya haber muerto desde que fue atacado por los emergidos en las prolongaciones del mar ahogándose en sus profundidades. Tantos factores, tantas cosas que había vivido y pesado en su viaje, ya no podría considerarse el mismo desde que vio en devastación las ruinas de la ciudad a la que tanto amó. Y si la mente era mucho más acérrima en las decisiones de un individuo, y poderosa que la fuerza bruta, entonces fácilmente podría quebrantar el raciocinio de aquel que dudaba y se mortificaba, hasta el punto de hacerle caer en la misma insania. También existía la esencia del alma, que como la del dragón, se había direccionado hacia varios sentidos incapacitándolo de la orientación necesaria para tomar un camino concreto. No dejaba de ser su deseo seguir el trayecto de Sindhu, de sus habitantes, de la duquesa, pero incluso él dudaba si era el correcto, tal vez no sería más que un triste cuento, una delusión que se le escaparía como agua entre los dedos. — No sabe cuánto esperé a que este día llegara, cuánto contuve la desesperación y el desasosiego. Quería encontrarla después de tanto tiempo, me hice de tantas esperanzas e ilusiones nefastas. ¿Creé que me he vuelto loco? Dejé de diferenciar la estatuaria realidad de lo que es inexistente, todo sigue siendo tan palpable como las otras miles de ensoñaciones falsas… — Cerró los ojos, recordando fragmentariamente, por esa misma razón había dejado de descansar y pernotar bajo los cielos atiborrados de estrellas. Siempre le hacían soñar con su volver a Sindhu, dentro de su imagen reconocía a cada uno de los ciudadanos mientras observaba y apreciaba los pocos cambios realizados incluso después de tantas estaciones marchitadas; el celeste lo acortejaba de la misma manera, podía diferenciar en sus extensas faldas cada uno de sus coloridos celajes, y cuando contemplaba la tierra, se hincaba para apuñarla y estimar su agradable humedad provocada por los abundantes cernidillos. El dragón continuamente sonreía para sus adentros en aquellos recorridos, tomando libros de la biblioteca y después llevándoselos a la duquesa por las historias interesantes que contaban. Platicaban, trabajaban, evocaban el pasado y al final simplemente desaparecían, se ensombrecían entre la nada. — Déjame despertar… — Su corazón era apisonado sobre miles de saetas envenenadas, a gritos el músculo se quejaba, palpitando con fuerza. No se soportaba así mismo, todo le indicaba que una parte de lo que estaba sucediendo en aquella habitación era real, la duquesa existía frente a sus ojos y no se destrozaría como todos esos espejos que alguna vez la reflejaron. Pero otra le desgañitaba que de nuevo caería en el mismo círculo vicioso, y terminaría más herido y loco que la primera vez que decidió creer en su maldita felicidad. En el mundo que lo amaba y cuidaba. ¿Acaso existía? Dudó apesadumbrado.  

Bajó con lentitud una de sus manos al hombro de la duquesa, aferrándose a su prenda rojiza, sintiendo la textura entre cada menudo hilo que la conformaba. ¿Qué tan ilusorio era? Siguió palpándola entre las yemas de sus dedos, era suave, ligera y tan delicada que estaba seguro del poder desgarrarla en cuanto menos se lo esperara. — Volví a Sindhu… y encontré sus escombros, sé que usted defendió a los residentes con ahínco, tornándose en su forma bestial para batir a los enemigos entre sus punzantes garras e incisivos colmillos. —  Había escrutado minuciosamente en cada parte de la ciudad, en las zonas más despiadadas que la guerra y la masacre habían abandonado. Sabía que todos en su momento tuvieron la exigencia de proteger su hogar, nadie en su remota vida hubiese querido abandonar esas altas murallas que durante tanto tiempo fueron el pilar de sus esperanzas y anhelos. Pero al final la desdicha los había sujetado a todos por igual, forzándolos a abandonar aquellas preciadas tierras que alguna vez supervivieron el exánime terreno desértico. — Debió ser doloroso, asfixiante, intenté imaginármelo tantas veces pero sé que nunca será suficiente. No puedo ni siquiera pedirle que me perdone por no haber estado ahí para proteger el ducado, para secundarla a usted y brindarle todo mi apoyo. Yo simplemente fallé. —  Admitió con un aire ensombrecido, contristado, odiaba admitir que en cada uno de sus objetivos había fracasado. Retrocedió de su entelequia a paso firme, mirándola con dolor y amargura, quería que se fuera para por fin liberarla de tan terrible inmundicia ¿Por qué nada salía como lo esperaba? ¿Por qué continuaba siendo insuficiente para los que apreciaba? El dragón parecía estar fuera de su alcance, aquel hermoso trayecto que alguna vez se había imaginado junto al ducado y a la manekete, tal vez solo había sido una creencia perecedera impuesta por una vida que tarde o temprano perdería. Maldición. ¡Maldición!

No quería seguir pensándolo, no quería desmoralizarme. ¿Qué tanto me había cegado? ¿Por qué mi cabeza no me permitía pensar correctamente? Sentí nauseas, el cuerpo se me entumecía, mi pecho se ahogaba entre cada profundo respiro. Cerré los ojos con fuerza, necesitaba despertar de una vez, necesitaba que la luz del sol me apartara de este sueño. Ahora.

Por favor, Sissi.

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Re: [Social] I Have Died Everyday Waiting For You. [Priv. Rhett] [+18]

Mensaje por Sissi el Miér Ago 23, 2017 7:55 pm

Antes de que Rhett la envolviera en sus brazos, colocados a ambos lados de su cuerpo, la rodeó su olor, una esencia que durante siglos había solo suya. Sissi había aprendido a reconocerla allá donde fuera. Incluso si solo eran rastros antiguos, podría saber que se trataba del aroma de Rhett. A veces, para diferenciar si se trataba de un sueño o no, respiraba en el cuello de su figura, y descubría que, en efecto, era una nueva fantasía producto de sus deseos de volverlo a ver. Hasta entonces, todos los reencuentros que había tenido con el dragón habían sido quimeras, meros espejismos de una mente ilusa y a veces ingenua. Cada vez que despertaba, se recordaba que no estaba bien vivir de esa clase de ensoñaciones, pues había miles de personas que dependían de ella para dirección, consejo, y fortaleza. Ya no era una duquesa de un ducado alejado de la mano de los dioses, ya no vivía de forma salvaje y libre, sin preocupaciones de un mundo que nunca hubiera llegado a tocarla de no ser por los emergidos. Gobernar sobre un territorio tan extenso y sobre tantos ciudadanos significaba sacrificio y entrega absoluta. ¿Qué partes de ella misma ya no eran suyas, sino de su pueblo? Ya no podía reconocer dónde terminaba su armadura, y dónde comenzaba su piel. Era el escudo de su país, las escamas que protegen carne suave y delicada.

Y, aun así, su corazón se estremecía con cada palabra del dragón, y sus piernas temblaban. Su voz, profunda y rasposa, provocó un escalofrío que recorrió su espalda por entero hasta terminar en su cuello. Su largo cabello rosa tapaba esa parte tan vulnerable de su cuerpo, cuyo vello se había levantado de repente en alerta, sintiendo la proximidad de la figura masculina. Giró un poco el rostro por encima de su hombro, y miró el rostro de Rhett. Notaba su cansancio, su tristeza y melancolía. ¿De verdad él pensaba que ella no era real?, ¿o se estaba burlando de su incapacidad para saber si era verdad o mentira lo que veía? Sissi había sabido de inmediato que su encuentro, finalmente, no era un sueño. Solo había necesitado aspirar su olor para estar segura. Su corazón de estremeció en su pecho. No. Rhett no se atrevería a embaucarla. Pero, ¿acaso ese hombre quebrado era el amigo que una vez conoció como la palma de su mano? – No te atrevas a engañarme. Sé que estás aquí. – musitó en un diminuto hilo de voz, su voz rota. Tenía miedo de descubrir lo mucho que ambos habían cambiado, lo que la distancia había transformado en algo muy diferente.

Sabía con certeza, además, que no estaba inmersa en una fantasía porque en ellas nunca se habían reencontrado de esa manera. Los sueños de Sissi eran recurrentes y repetitivos, y nunca cambiaban su patrón. Cuando aún existía el Ducado en Hatari, la manakete se había levantado de la cama cientos de veces y había corrido a las murallas en mitad de la noche. Al encontrarla los guardias cada mañana en la misma puerta cerrada, les había contestado que había ido al encuentro del dragón, al que había visto llegar entre las oscuras dunas para reunirse con ella. Aunque nunca recordaba cómo había llegado allí, o si había estado consciente cuando eso sucedía. Al final, se había dado la orden de cerrar las puertas de la casa ducal para que la duquesa no escapase, pues podría hacerse daño si caminaba dormida. No obstante, los sueños no la abandonaron. Ni las pesadillas. Daba igual que fueran iguales a las de todas las noches, el sufrimiento se repetía con cada falsa mirada áurea, y cada falso mechón de cabello oscuro.

Pero el Rhett que tenía a las espaldas no era un sueño quimérico. El aliento que le levantaba los pelos de la nuca era real, al igual que su sombra y su oscura tez, su cuerpo era una silueta negra al estar a contraluz de las velas. La reina se sintió intimidada y vulnerable. En el pequeño espacio que le había dejado el dragón contra la puerta, se giró sobre sí misma para darle la cara. Se pegó a la madera del portón, con ambos brazos caídos a ambos lados de su torno y las dos manos apoyadas en la superficie que la respaldaba. Si no tuviera algo en lo que sujetarse, estaba segura que sus temblorosas piernas le harían caer al suelo. La respiración se quedó en su garganta atascada, mucho más ahora que estaba frente al soldado. Santísima Naga, pensó, sin apenas aliento. Su corazón se constreñía ante la belleza salvaje de sus facciones, la intensidad de sus orbes dorados, y la fuerza de sus músculos. Esa clase de detalles sobre los que nunca había recaído parecían de repente sobresalir por encima de todo. Nunca habían estado tan cerca el uno del otro, de esa manera tan íntima. Allí no existía la inocencia. Sentía que podría ser engullida de un momento a otro por el dragón.

Pero Rhett no era el único hecho de fuego.

Sissi era una manakete: energía concebida en carne y escamas, una dragona cuyas generaciones anteriores habían tomado aspecto humano. Dentro de sí ardía una llama incontrolable. No se dejaría intimidar por mucho que su respiración se acelerase y su corazón amenazara con salírsele de entre las costillas. Las crispas crecían con cada palabra que musitaba Rhett. No quería hablar de la caída de Hatari y la destrucción de los emergidos a su paso por el ducado. Había mucho dolor en esos recuerdos, y esas cicatrices aún no habían sanado. Era un tema muy hiriente para ella, y, unido a la mezcla de poderosos sentimientos que la asfixiaban, no pudo hacer más que alejarse de él. Se agachó y pasó por debajo de su brazo con suavidad y agilidad, gracias a su cuerpo delgado y a que no llevaba ropas muy constreñidas. Casi sentía que su tacto la había quemado cuando la había agarrado. Con pasos débiles, se apartó del dragón. No pudo ir muy lejos, y terminó buscando apoyo en uno de los postes de la cama, que sujetaban un dosel compuesto por varias capas, una de terciopelo burdeos y otra de muselina blanca. Luchando las ganas de llorar, la Reina murmuró: Te esperé todo lo que pude. Huimos por el río. Hasta la última noche recé que aparecieras en el horizonte. No digas más.

Cerró los ojos y giró el rostro a otro lado. Ambos sabían que él nunca había vuelto al Ducado mientras ella estuviera allí. – Maldijeron Hatari. Incluso si hubiéramos estado al tope de nuestras fuerzas, no hubiéramos podido luchar contra tantos emergidos. Los dioses también abandonaron el desierto. No es culpa tuya, Rhett. Lo único que pasa es que ya no era nuestro destino estar allí. – Sissi sabía que el resultado habría sido el mismo, estuviera allí el dragón o no. Él no tenía que cargar, y no debía hacerlo, con la responsabilidad de ver su Ducado destruido. Si solo hubiera escogido mejores aliados, quizás no estarían en esa situación, pero eso solo dejaba palpable su fracaso como duquesa. No le echaría en cara eso a Rhett. Lo que no remitía que, de una forma u otra, estuviera algo enfadada con él. Abrió los ojos, pero los dejó en el suelo, sin atreverse a hacer contacto visual con él. - ¿Por qué no me escribiste para decirme que estabas vivo? – le preguntó en un hilo de voz, pero a medida que siguió hablando subió en intensidad como las sensaciones que la devoraban por dentro.

- ¿Sabes cuántas veces te escribí yo? Al principio, mandaba cartas todos los días, pero los mensajeros y las palomas dejaron de regresar. Los Emergidos acabaron con toda la vida de Hatari que reptase por las dunas, bebiera agua en los oasis, o cruzara el cielo abrasador. Ni siquiera sé si te llegó alguna, si a mí no me llegaron las tuyas, o si simplemente decidiste no responderme. Ni una sola carta me llegó. Ni una. No sabía si estabas vivo o muerto, o si habías sido capturado por esclavistas, – tomó aire, y cerró los ojos. Sus manos estaban apretadas en puños que le dejaron los nudillos blancos. Aún recordaba la rabia que la había consumido en los momentos de mayor debilidad, y cuyo fuego le había hecho destrozarse las manos al golpearlas contra el suelo. – Al final, incluso pensé que quizás habrías huido con alguna hermosa mujer que te hubiera dado paz y tranquilidad, una vida lejos de la desolación de Hatari y las pobres decisiones de una duquesa que, alguna vez, creyó poder salvar ella sola al mundo.

Suspiró y volvió a inhalar por la boca, el llanto acumulado en el fondo de su garganta, amenazando con salir de un momento a otro. - Y, sin embargo, estás aquí.  Todos me dijeron que estarías muerto, que no volverías. Pero te has abierto a paso a puñetazos entre mis guardias, has levantado a todo el palacio, y ahora todos sabrán que se equivocaban. Pero tú también te equivocas. No te perdonaré si tratas de engañarme y decirme que esto es un sueño. No te atrevas a mentir a tu Reina. – alzó la mirada y, girando la cabeza para clavar sus ojos dorados en Rhett, continuó: Aunque dejara de mandar cartas, nunca he dejado de creer que volverías.
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Mensaje por Rhett Orión el Sáb Sep 09, 2017 6:32 pm


Fluyendo a creces la incertidumbre lo recorría, hundiéndolo en la obcecación, alejándolo de su querer y arrebatándole en cada ferviente movimiento la convicción precedente de su existir. Seguía mirando la figura aliciente de Sissi tan de frente, cercana e incomparable a otras, el tacto era quien trataba de arraigarlo a ella sin cuidado. Pero, solo entonces, su escaza y falaz razón volvía a indicarle que en cualquier momento terminaría más que despierto y afligido, convencido de que nuevamente había roto el precioso reflejo de la manakete y que el único sobrante sería el martirio abominable al no estar como siempre fuerte a su lado. La verdad, no estaba seguro si podría aguantarlo otra vez, odiaba observar como el sutil pigmento de Sissi se fulminaba en la umbría de cada recuerdo, vacío sueño, e indescriptible calígine de miedo. Y, como toda noche, se moriría del desespero y ahogaría sus trémulos ruegos al cielo. Las desmoralizaciones ya habían sido lo suficiente crueles para sentirse tomado del cuello y asfixiado con exaspero, quedándose casi recobrante de aire solo para levantarse y no resignarse en su voluntad de seguir buscando al ducado, a su duquesa. Sin embargo, pese a que ninguna desesperanza lo había orillado a doblegarse, eso no significaba que el camino había sido fácil, más bien siempre tuvo que ser lo contrario. Agobiado, reconcomido y debilitado, nada había dejado de arrullarlo, tanto como el desvelo divagaba en forma de espectros a la redonda de su descanso. ¿Por qué el dragón no se daba cuenta? ¿por qué no observaba con cuidado y difería en la duquesa? Así como el cielo estaba repleto de estrellas, la cabeza de Orión se colmaba de fugaces y vanas promesas, que se perdían en la nebulosa neurastenia y acababan con su agudeza.  

Observó a la manakete apartarse lentamente, y la escuchó tan clara como las otras veces, pero esta vez sus palabras serían diferentes. No hablaba como siempre, no le dedicaba una hermosa sonrisa, no ansiaba un dichoso futuro, ni deseaba ver crecer al ducado en el Hatari que tanto conoció. Hablaba de una realidad, de un escape, de aquella partícula canicular que se había dejado atrás en un desierto perecedero, lleno de esperpentos carroñeros. Era toda una continuidad que Rhett tanto había ansiado saber. Fue en ese instante que sintió una punzada arraigarse a su corazón, haciéndolo parpadear como si despertara de una abstraída ilusión. Volvió a fijar una mirada sutil en los alrededores, captando una esencia tan clara como dulce, envolviéndole la respiración y comprimiéndole cada pulmón. ¿Qué era la realidad? Reconoció la tensión en cada tendón de sus músculos, y el dolor en su espalda embrutecida de tantas noches que pernoctó en un terreno duro y frío. Los nudillos de sus manos padecían de un impacto, realizado cuando irrumpió en el palacio. Ah. De verdad que todo lo había olvidado, estaba molido y sobre exigido pero nada de eso le importaba. El dragón seguía ahí de pie, seguro de que no volvería a caer, mientras aun trataba de convencerse que la duquesa no se apagaría de manera tan simple como el soplido hacia una vela.

Con la mirada fija en Sissi, negó con sutileza, las facciones en su rostro mostraban una soledad casi ilusoria y vacía; sus ojos no eran tan estoicos como siempre, aquella vez ambas de sus doncellas áureas sentían pena, deambulaban taciturnas, pero más que eso sentían nostalgia y la expresaban con soltura. — Ni el destino ni los dioses tenían el derecho de arrebatarle lo que tanto amó y se dedicó a proteger desde siempre. Tal vez un soldado más no hubiese marcado la diferencia, pero... ¿de qué sirve ser uno si no se logra defender lo que usted, lo que el pueblo, lo que yo mismo juré amparar en contra del enemigo? — Dijo en un tono bajo y dio unos lentos y cortos pasos hacia el frente. La culpa acrecentaba con cada palabra, recuerdo y pensamiento lejano de Hatari. Había puesto gran parte de su esfuerzo para consumar los mandatos que, en ese entonces, su duquesa había reposado sobre sus manos con las más grande de las confianzas. Pero incluso así, no lo había logrado, no pudo llegar a tiempo, más parecía que el destino lo había escrito de tal manera que el dragón simplemente quedaba varado lejos de ella. — ... — Volvía a parpadear cada vez más claro, escuchando en silencio lo que pudiese ser un reclamo. Tanto que tomó un suspiro para dejar de sentirse transido, mientras trataba de entender aquella cuestión sobre las cartas. No lo entendía, o trataba de no hacerlo, aunque mientras más y más cavilaba terminaba induciendo la veracidad de sus presentimientos. Aquellas misivas que habían tomado un rumbo directo el uno hacia el otro, habían llegado a su destino, no obstante, bajo un destinatario desacertado y pronto destruidas en el acto.

Cerró los ojos y apretó la mandíbula para tratar de controlar un malestar creciente de enfurecimiento. Nunca pensó que la duquesa hubiese llegado a creer en tantas cosas, haciéndole pensar que estuvo muerto, o que había huido lejos de ella para vivir cómodamente. Nada de eso había sucedido, nada en absoluto, ahora se daba cuenta de lo iluso que había sido. Fue, entonces, que levantó la mirada con lentitud, aún más convencido de que el reflejo frente a él de verdad existía, porque de ser un sueño jamás se hubiera sentido tan molesto y exasperado, ni tampoco le habría hecho abrir de los ojos de tal manera que dolía y se arrepentía, y más que todo eso, jamás se habría sentido tan vivo y lleno de alegría. Rhett estaba ahí, en la habitación de la mujer a la que tanto había buscado incluso después tantas complicaciones e insoportables tropiezos.

Una presencia casi idílica, una realidad al alcance de sus manos, era sobrecogedora, tanto que bajaba con un nudo en su garganta y se resguardaba alborozadamente con cada presión indescriptible sobre el pecho. Creyó en sus palabras y también volvió a tomárselas con franqueza, pero eso no era lo único que deseaba hacer, el dragón tenía tanto en la cabeza que ni siquiera tentó en sus propios gestos llenos de sorpresa. — Esto no es sueño. — Susurró y dio otro paso al frente sin quitarle la mirada a Sissi, captando a través de su mirada aquel enfado y la tristeza corroborada con cada una de sus palabras. Ella estaba ahí, viviendo, respirando, mirándolo y creyendo en el dragón, tonto dragón, de este instante. Una pequeña línea ascendente decoró sus labios, y después cerró los ojos, negando de nuevo. — Jamás fue mi intención hacer que pensara todo ello, también le escribí, pero después de una carta no volví a recibir respuesta… — Controló lo más que pudo la manera de dirigírsele, dentro del dragón cabía sobradamente un sentimiento de alegría, pero no podía mostrarlo, no cuando estaba a punto de decir algo tan amargo. — En cuanto salí del ducado, le envié una carta a mitad de camino, en ella le conté un corto transcurso, lo sé, tal vez no tenía mayor importancia pero aun así, antes de salir el país, quise enviarla. — Suspiró y bajó la mirada, reposándola en el suelo mientras recordaba. — Recibí una respuesta en cuanto llegué a Jugdral, pero no era de usted. Era de mi padre. — Cerró las manos con fuerza y las apretó de tal manera que el estrujamiento hizo que comenzaran a temblar de la intensidad ejercida. — “Conoce tu lugar, hombre irreverente, y concéntrate en tu deber antes de enviar nimiedades. A la duquesa Sissi no le interesará tu carente existencia, hasta que dejes de traer a ella más que una impotencia.” — Destensó cada parte contraída y volvió los ojos a la manakete. — Incluso después de eso, seguí enviando misivas, y también esperé las suyas. Incluso sabiendo que era hasta probable que él hubiese interceptado cada una de ellas, cada paloma mensajera, cada hombre; ser un general de guerra no te da el derecho de hacerlo, pero ser como mi padre te libra de toda imposición si eso es lo que se cree correcto. — Aun así Rhett no tenía excusa, estaba seguro que debía seguir insistiendo con sus cartas, tantas que su padre no hubiese podido descartar. Pero mientras más había tratado de conseguir relaciones benefactoras para el ducado y ampliar conocimientos, con el paso del tiempo también había dejado de enviarlas, tanto así que los lapsos escasearon y terminó por ser el más demorado.

No es necesario que me perdone, si algo me ha mantenido de pie, fueron los deseos de volver a verla y de cumplir aquella última promesa: la de regresar. — Subió lentamente una mano y la reposó sobre su propio antebrazo, en el cual yacía un rasguño provocado por el arma filosa de un soldado afueras del palacio. — He caído hasta el grado de ya no considerarme aquel soldado al que usted puede confiar su resguardo. Mis palabras no valen frente al destino, y usted con encontrarse aquí me ha demostrado que estará bien incluso si este dragón hubiese muerto en el camino. — Habló calmo, a pesar de que por dentro un efecto de ineptitud lo estaba consumiendo, ¿de qué había servido prepararse durante tanto tiempo si al final no habría podido proteger a la duquesa? No era más que patético. — Siempre mantuve la creencia de que usted en alguna parte me esperaba, y mi deber era ir en su encuentro incluso si estuve a momentos de perecer en el trayecto. No pude simplemente rendirme sin saber lo que había sido de usted, del pueblo, de la gente a la que tanto estimé. — Terminó por bajar la mirada e inclinarse hasta el punto de posar ambas de sus rodillas, una por una, sobre el suelo. En aquella perspectiva lo único que vería era a la manakete en lo alto, más allá de su alcance, así estaría bien. — Le he mentido tantas veces con cada promesa rota, con cada palabra, de tal forma que ni siquiera puedo creer en mí mismo. Pero aun así he logrado volver, lo cual sería lo único bien hecho ante usted, ahora dígame ¿verdad que esto es un sueño? Pese a la realidad que nos rodea, incluso yo he llegado a pensar que se trata de una fantasía, casi como una hermosa ilusión en la que le expongo lo que siento. — Los ojos de Rhett comenzaron a humedecerse con tanta presteza que tuvo que cerrarlos y bajar la cabeza para que Sissi no se percatase. No sabía el porqué de aquella reacción, pero era consciente de que no se debía a los sentimientos de su lamentación y desconsuelo, sino de algo más gratificante que moraba en la plenitud. — Lo que siento es alegría al encontrarla y poder ver con mis propios ojos que se encuentra bien. Es una ingente felicidad que vale cada segundo. — Alzó tenuemente una pequeña sonrisa, y suspiró para relajarse. En su viaje, incluso segundos antes de irrumpir en la habitación de la manakete, no había evitado imaginarse con desespero la peor de las situaciones, y aun sabiendo que el cargar con tales presentimientos era una grave equivocación, el temor y el desaliento vividos con tanta rigurosidad en cada tramo de su recorrido no le habían permitido pensar de otro modo.

Duquesa... — Negó un breve instante y prosiguió. — Reina Sissi, no he vuelto para retomar mi pasado porque falté en mi deber como un soldado y su escudo. Le he causado pesadumbres, entré a su palacio sin detenimientos irrumpiendo su paz e hiriendo a sus fieles guardias. Cometí tantas faltas en contra de usted que no sería justo redimirme moral y físicamente de su ley establecida. Si he vuelto es para aceptar mis equivocaciones y recibir un castigo imparcial a lo ejecutado. Por lo que, por favor, llame a sus guardias e impóngalo sin postergaciones. — Al dragón no le importaba ni un poco lo que pudiese ocurrirle si la duquesa tenía la última de las palabras, era lo justo, y lo aceptaría como era debido. Por supuesto que dolía, decir cada una de esas palabras le habían hecho sentir mucho peor de lo que esperaba, pero aun así nada se comparaba a la profunda dicha de encontrarse frente a ella. De verdad que, tanto había ansiado regresar solo para quedarse a su lado, pero el paso del tiempo le había dado el convencimiento de que ese deseo no podría cumplirse mientras más pensaba en sus ofensas, siendo así que la única opción que le quedaba era ceder lealmente a lo venidero. Jamás había tenido miedo de ello.
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Re: [Social] I Have Died Everyday Waiting For You. [Priv. Rhett] [+18]

Mensaje por Sissi el Dom Oct 15, 2017 7:36 am

Sissi tembló de ira y desazón. Sus uñas se clavaron en las palmas de sus manos, de la fuerza que ejerció al apretar los puños a sus costados. A medida que Rhett hablaba de lo que había hecho su padre, el fuego en sus venas se propagaba con fuerza y violencia. ¿Cómo se había podido atrever a hacerle eso a su propio hijo, a su propia duquesa? Pero el padre de Rhett, al que Sissi había llamado desde que era una pequeña infante “Babu-ji”, no era un hombre como los demás. Desde que hubiera tomado el cargo de Duquesa, se había dado cuenta de la cruel realidad que rodeaba al general que había jurado proteger a su familia. Sentía el desprecio al mirarla, y veía su trato hacia Rhett como si fuera escoria. Más de una vez intentó adoctrinarla en lo que él pensaba que era el camino correcto de un líder. De no ser por el respeto que Sissi tenía hacia su amigo de la infancia, y por su propio carácter amable, habría revocado los derechos de ese hombre que se creía con la potestad de hablarle de aquella manera.

Una parte de ella siempre quiso complacerle. Era el progenitor de una sus personas más importantes, así como el estimado amigo de sus propios padres. La habían educado para ser gentil con sus mayores, y respetar la sabiduría de sus palabras, como personas mucho más experimentadas que ella. Sin embargo, Babu-ji no sentía estima por Sissi, como en más de una ocasión había dejado claro. Recibía a menudo críticas por la mala situación en Hatari, de la que le echaba la culpa a su carácter débil y poco preparado para gobernar. Decía que le faltaba carácter, que era una ingenua, que sus ideales les habían debilitado tanto que había causado su propia destrucción. Cuando Rhett vivía en el ducado, no recibía detracciones tan severas y ponzoñosas, pero desde su desaparición era un hecho continuado. La manakete había trato de ignorarle, luchando cada día hasta caer exhausta y duplicando su trabajo para estar siempre ocupada. Pero Babu-ji siempre encontraba el momento idóneo para hacer saber a Sissi lo que opinaba de ella y de su gobernanza.

Con el paso del tiempo, la entonces duquesa se dio cuenta de que había un dolor aplastante en su corazón que lo había vuelto negro. Sin embargo, esa infelicidad que parecía sentir, ese descontento, obligaba a los demás a sufrirlo también, como si fuera la única manera de fortalecerse. Era lo que había tratado una y otra vez con Rhett, hasta hacerle creer que no valía un ápice, cuando para Sissi su precio no podría ser nunca medido. Cualquier carta del dragón la habría atesorado como si fuera lo más valioso en su vida, y, sin embargo, se había visto privada de esa pequeña luz que habría disipado sus dudas y pesadumbre que durante mucho habían plagado de pesadillas sus sueños. Babu-ji había cometido más de un acto de traición contra ella, y si hubiera viajado con ellos al nuevo Sindhu habría pagado por sus crímenes. General o no, había jurado obedecerla, protegerla, y guiarla, pero sus actos habían sido más bien de maltrato, acoso, y vileza. La Reina no dejaría que ninguna persona la tratase así nunca más, fuera quién fuera.

No obstante, y a pesar de que no guardaba simpatía por el padre de Rhett, su corazón se estremeció al tener que explicarle por qué no estaba en Sindhu con los demás. Meditó durante unos segundos si acaso debía decírselo o no en aquel momento tan lleno de emociones. Quizás le rompería por entero saber que su último miembro familiar ya no estaba allí. Pero Sissi nunca en su vida había mentido al dragón, ni le había ocultado información, y esa no sería la primera vez. Babu-ji no se merecía un hijo como Rhett. Y Rhett no se merecía un progenitor como Babu-ji, que tuviera tanto poder sobre él incluso cuando hacía tiempo que no habitaba en el mundo. Mas debía contarle lo que había sucedido, dejar descansar la memoria del general y que con el paso de los años se dulcificara hasta crear un recuerdo diferente de él, en el que no primase los actos que tanto dolor les habían ocasionado a ambos. – Rhett, hay algo que debo contarte. – se acercó a él con suavidad y jugueteó nerviosa con sus manos. Tenía las marcas rojizas en las palmas donde había apretado con las uñas en un momento de ira que ya había pasado. El dragón estaba de rodillas frente a ella, seguramente agotado por todo lo que estaba sucediendo. La Reina sentía los latidos de su pecho como un eco ensordecedor. Su corazón lloraba por el de su querido amigo de la infancia.

Con una mano temblorosa le acarició una mejilla, húmeda por unas lágrimas que no podía esconder de ella. – Tu padre no está aquí. Lo siento tanto. Cayó en la Batalla de las Murallas. Luchó con valentía, y lideró a los soldados con honor. Hizo lo que pudo, pero eran demasiados, e incluso un general de su calibre no es inmune al dolor y al cansancio. Siento no haber podido salvarle. – habló en voz suave, con verdadera aflicción por el dragón. Emanaba de su cuerpo una poderosa aura de tranquilidad y sosiego, que trataba desesperadamente de dispersar los malos sentimientos que se habían acumulado a su alrededor. – Pero quiero que sepas que él te quería.  Estuve con él en sus últimos momentos, y puedo decirte que te quería a su manera. Estoy segura de ello. – Eso era lo que la manakete había decidido creer. Había sido una situación muy traumática para ella, y no quería recordarla ni hablarle a Rhett sobre lo que había estado discutiendo con Babu-ji. No merecía más tiempo, ni más sufrimiento.

Sintiéndose débil, Sissi se tendió de rodillas frente a él, las manos que antes tenía posadas en su rostro descendieron por su cuello y se posaron en los hombros del dragón unos momentos antes de seguir el recorrido por la espalda y quedarse ahí, apretándole contra ella con fuerza, en un abrazo del que Sissi no quería separarse nunca. Al aspirar su olor, no pudo más que dejar caer las lágrimas que tanto había estado conteniendo. Era como un sueño, estar tocando a Rhett después de la enorme cantidad de tiempo transcurrido. - ¿Cómo puedes pensar que he estado bien todo este tiempo que has estado lejos de mí? – le preguntó, tan sorprendida que parecía escandalizada. El aire se le quedó en la garganta, e hizo que su voz temblase. Lágrimas acudieron rápidas a sus ojos. - He muerto cada día que te he estado esperado. ¿Acaso no ves lo mucho que te quiero?, ¿Cómo eres capaz de pensar eso de mí? No necesitas ser útil, de la manera en la que describes, para querer que estés a mi lado. Aunque tú no creas en ti, yo sí que lo hago.

Las lágrimas caían libres por sus mejillas, hundió la cabeza en el hueco de su hombro y restregó un poco la húmeda mejilla por la zona de forma inconsciente. - Le pedí a Naga que no te convirtieras en él. – en su padre. - Le rogué que tuvieras la capacidad de ser gentil contigo mismo, de ser una persona con flaquezas y debilidades. Sé que tu padre te crio para estar hecho de acero, y tener los colmillos siempre afilados. Sé que esperaba de ti que fueras un guerrero, un soldado, un héroe. Pero incluso el acero puede doblarse, y los colmillos pueden romperse, y yo no quiero ver cómo te conviertes en un arma que acabe olvidada en un rincón cuando se haga vieja. Tampoco quiero ver como se quema tu cuerpo en una pira, como sucede con todos los héroes que terminan siendo mártires por su país. Le pedí a Naga que, incluso si los dioses te necesitaban, que, si necesitaban tu corazón, o tu fe, o tu valor, o tu fuerza, que pudieran encontrar a otro que no fueras tú para darlo todo por ellos. Le dije a Naga que me interpondría en medio de cualquiera que exigiera algo de ti, que quisiera algo de ti. Porque sé que tienes un corazón bondadoso, y si alguien te ordenase que le dieras todo, tú lo harías incluso hasta que no quedase nada de ti salvo polvo donde una vez hubo un cuerpo que yo pude abrazar. Rogué a Naga que no cargase el peso del mundo sobre tus hombros nunca más, que nadie estaba hecho para soportar algo así, pues eso solo puede terminar con tus hombros y tus rodillas rotas, y con la sepultura de ti mismo bajo el peso de todos los demás. Supliqué a Naga que eligiera otros héroes, que te devolviera a mí de donde fuera que estuvieras. Que te dejara volver a casa conmigo. Y lo ha cumplido. Estás a salvo, estoy aquí.

Nunca había deseado que Rhett fuera un arma que abandonase cuando ya no la necesitase. Al contrario, quería que el dragón fuera libre de expresar sentimientos y depender de los demás como cualquier otra persona. Ahora le tocaba a ella protegerle a él. – No estoy contenta con lo que has hecho para entrar aquí, pero es tarde, y no deseo pensar en nada de eso ahora. Mañana será otro día. Ahora, solo quiero que me abraces. – musitó, con el corazón latiéndole con tantísima fuerza que Rhett también debía sentirlo a través de sus pechos pegados.
Afiliación :
- SINDHU -

Clase :
Sacred Manakete

Cargo :
Reina de Sindhu

Autoridad :
★ ★ ★ ★ ★

Inventario :
Dragonstone [2]
Dragonstone [5]
Vulnerary [3]
DragonStone Plus [5]
hacha L. de bronce [1]
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Support :
Kija
Sera
Yrumir

Especialización :

Experiencia :

Gold :
292


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Mensaje por Rhett Orión el Jue Ene 04, 2018 11:47 pm


Por cada escucha, el dragón interpretó la melódica realidad en las palabras de la reina de Sindhu, haciéndole comprender que el tiempo, el dolor, y las emociones estaban presentes en esa habitación. Eran llevaderas del tiempo atrayendo los recuerdos lejanos en un mar de dunas floreciendo sobre el horizonte, viviendo e interactuando bajo el golpe de olas caniculares a un dragón que lo creía ficticio. Sin embargo, todo lo que experimentaba nunca fue por alegría más opuesto; contemplándose en un camino bélico de alma y cuerpo que tomaba forma en aquellos ojos desbordados de suvenires secretos. Era imposible engañar la realidad dictada por un corazón que no ocultaría el hecho de querer describir a la mujer que esperó con profundo anhelo. Una mujer cuyo rostro persistía en los encuentros somnolientos del guardián austero, antiguo protector de una princesa, forjado para avalar el camino de una duquesa, y preparado para morir en honor de ella; su reina. Si así lo creía, entonces, ¿de qué serviría ser “empleado” para un futuro cuya relación al pasado se media en constelaciones de diferencia? Palabras, sensaciones y más pensamientos adoptados por el padre del dragón, eran la amarga remembranza de un encuentro que había imaginado distinto. Siendo este ser de sombría el que llevaría a Orión, a través de los labios de su duquesa, una noticia que lo consternaría sin misericordia. —¿Caer en batalla? — Preguntó en un tono bajo y estupefacto, sin saber cómo tomarlo. No lo creía siquiera posible, no existía forma en la que ese imponente dragón de furia y fuerza descomunal hubiese sido derrotado por las criaturas que tanto repudió hasta el final de sus días. Sin embargo, tampoco le parecía concebible rechazar las palabras de Sissi y no creerlas, si algo siempre había admirado de ella era la sinceridad y franqueza con la que siempre se enfrentaba a los demás por más pesar que a estos les pudiese caer sin indulgencia. Por lo tanto, decidió confiar en esas difíciles palabras, tratando de creer que su padre en su último aliento había sido capaz de mostrar algo de aprecio hacia un hijo que siempre pareció aborrecer en cada acto de incomprensible enseñanza. Y aun así, pese al dolor y el miedo que dejó quemar sobre su corazón atento, y a la dispersión de resentimientos devorándolo por dentro como fuego sempiterno, el dolor por mucho no se hizo a esperar dentro esa soledad atestada de recuerdos. El peso volvió a caer sobre ese espíritu cansado y humillado, siquiera en la batalla había sido capaz de mostrarle a su padre la magnitud de su verdadera valía, ni tampoco tendría la oportunidad de acallar sus palabras en vista de lo correcto que fue tornando su propia vida sin la obligación de seguir sus infames mandatos, pero para Velorux todo había acabado antes de que Orión tuviera la oportunidad de mostrárselo. Era un impacto demasiado fuerte para él, en donde la sensación de libertad se veía evaporada sobre un contrito geiser de lamentaciones. Mas no obstante, deseó que se encontrara con la verdad después de la muerte, en un empírico mundo que lo llevara hacia la mujer que tanto amó y que perdió en manos de atávicas vilezas. Una madre, y una esposa, que tanta falta les había hecho a ambos cuando el cielo comenzó a oscurecerse y el caos se fue disipando en el mundo.

Pero, ¿qué sería del mundo sin recuerdos amargos, dolor y tempestades?

Continuó arrodillado frente a Sissi con el corazón desbocado, y los pensamientos enrevesados. La noticia lo hizo sentirse desmoralizado, vacío, con un respirar doloroso que era insuficiente al tratar de apaciguar la persistente frustración proviniendo de su intangible centro. No, realmente no esperaba sentirse así cuando finalmente pudo reencontrarse con la duquesa que, desde entonces, estuvo buscando sin detenimiento, pero, ¿cómo podía apegarse a esa felicidad cuando del otro lado se sentía atacado por una pérdida que era pesadumbre en la actualidad que desconocía? Borde al báratro, esperó con una espantosa ansiedad las órdenes de una reina que se había vuelto magnánima para su gente y servidores, era un valor que Rhett contemplaba inalcanzable desde el sitio en el que se encontraba; afligido desde el recuerdo de quienes lo creían muerto y maldecido por un progenitor que continuaba vivo desde su propio tormento. Solo entonces, la dignidad comenzó a hundirse ante el peso de la malaventura, creyendo que era un buen final para alguien que no dudaría en priorizar la fulgurante y maravillosa vida de la manakete sobre la suya. De esa forma los segundos fueron cambiando el corazón de Orión, volviendo la rudeza y el coraje de esa esencia en una raquítica consistencia desbaratada. No obstante, una astronómica felicidad continuó esbozando hacia la firme postura de Sissi, estando seguro que el camino al que ella tomaba dirección le brindaría la prosperidad que tanto buscaba, pues pese a contemplar un camino lleno de espinas, su corazón jamás se vería envilecido por la crueldad de un pasado que tampoco le había mostrado compasión ante la faena de los emergidos. La manakete también había padecido desgracias, había perdido un pueblo, un hogar donde alguna vez habitó el amor que conocía, un apego que se vio cubierto por la arena del desierto. Ah. De verdad admiraba esa fortaleza, una valentía que todos conocían, una fuerza que jamás podría verse superada. La duquesa se había vuelto en el alcázar de su dinamismo, dejando que en sus manos volviera a conocer la calidez que pensó extraviada hace tiempo.

El efecto hizo que el dragón alzara el rostro cuando sintió a Sissi envolverlo en un abrazo, haciéndolo escuchar únicamente sus palabras antes que los dañinos y abrumadores pensamientos le continuaran consumiendo. Se enfocó en esas amables sinfonías que lo cubrieron de un fantasioso sueño, un espacio en donde las oraciones empezaron a sanar el daño que fue adoptando constantemente en su camino. Comenzó a experimentar el ritmo de un corazón acelerado, estrechándose y liberándose ante la honestidad de su duquesa. Un lapso en donde el tiempo fue silenciado por una cándida serie de armonías conectadas entre sí, despejando esa mente de lo insano, fracción en fracción, frente un camino de lágrimas abandonando la resistencia de un dragón que las privó salir conforme las estaciones. ¿Era real lo que escuchaba? ¿La duquesa siempre había rogado a Naga por él? La melancolía abundó en sus facciones sin más postergación al enorme valor que le dio a sus plegarias. Sin embargo, no experimentó un sentimiento de alegría estar enterado de ellas, no cuando él había sido causante que la duquesa muriera cada día que estuvo esperándolo. Simplemente no podía perdonarse todo el agobio que le había hecho experimentar bajo esos soles y lunas en las que también no dejó de pensar en el bienestar de ella, en su vida, en la longevidad que la había tornado maravillosa como la inteligencia y sabiduría de la cual era poseedora por naturaleza. Rhett había pensado en todo mientras rogaba al firmamento que una estrella fugaz apareciese para cumplir su deseo. El anhelo de tenerla a su frente y captar el dulzor de su aroma, una gentil rosa del desierto que embelesaba como el brillo de su belleza, haciéndolo sucumbir ante esos ojos dorados que deslumbraban en las líneas fascinantes de su sonrisa. Incluso, si no había contemplado los destellos en las noches de sueño, no dudaba que sus ruegos habían tomado forma mostrándole el camino correcto; un suceso que no podía dejar de agradecer internamente, mientras sentía como el fuego de la vida comenzaba a protegerlo desde cuerpo de la manakete.

Reina Sissi —. Enunció el dragón no demorando en corresponder el entrañable pedido, situando los brazos alrededor de esa cintura para poseer su espalda por primera vez después de tanto tiempo a través de sus propias manos. — Lo siento tanto —. Dijo en un tono de voz bajo, cerrando los ojos, avivando los sentidos, y percatándose del corazón ajeno liberándose como el suyo. — He sido ignorante de lo que usted sentía, de sus ruegos y sus deseos. Siempre me valoré como “algo” que pudiese ser abandonado sin lamentos ni dificultades, pese a que mucho después me viera resignado a padecer en la bruma del oscuro olvido, y sin embargo, no había más error que me delatara. Incluso si alguna vez creí conocerla mejor que cualquiera, los factores del tiempo en un lago de pesadumbre me hicieron olvidar sus más hermosas características: el amor, la amabilidad, el afecto que jamás duda en ofrecer a todos aquellos que la rodean, gente que también la aprecia sobre todas las cosas. Pero yo lo olvidé cuando dejé de sentirme apto para contemplar su filantropía. Decidí volverme en un viejo recuerdo, y en una espada inservible, para vivir como un condenado en la amargura de mi propia voluntad—. Habló asumiendo la realidad que veía correcta sin dejar de aferrar sus manos a la espalda ajena. — Y fue en mi ceguera, y en mis errores que destrocé su gentileza y nuestros recuerdos. Fue en mi lentitud para reencontrarme con usted que el miedo comenzó apoderándose de mi lucha por hacerlo, haciendo de mis pisadas un camino más doloroso lleno de promesas rotas como cristales que dificultaron toda osadía que tomaba para acercarme. Pero no hubo más miedo que habitara en mis adentros que la idea de volver a Sindhu y no encontrarla. De toparme con una noticia que me hubiese deshecho por completo. Así que también rogué a que mis pesadillas no tomaran forma. Desee con ahínco que mi destino corriera junto al suyo, que los pétalos de rosa no se marchitarán en un lecho donde el pernoctar fuese necesario para recuperarse del dolor y el lamento—. Fue en ese momento que Orión dio un suspiro antes de bajar las manos y tomar distancia de Sissi, unos cuantos centímetros en los que pudo contemplar el rostro de ella y volver a perderse en esos ojos cristalinos envueltos en lágrimas que ni él era capaz de ocultar. — Ahora me doy cuenta que mis deseos existen en usted, y en la fuerza que emite su corazón tan palpitante como el mío justo ahora—. Lo había estado haciendo después de escuchar las palabras ajenas, suponiendo que éstas le habían brindado el vigor que necesitaba para dirigirse a ella sin temor de extinguirla como el débil fuego viviendo en sus delirios. Solo entonces pudo alzar una mano con lentitud para colocarla sobre la mejilla de su reina, acariciando en un grácil movimiento aquella tersa realidad frente a un intento por ahuyentar la tristeza bajando sobre ella. — Han pasado estaciones desde que intercambié palabras con un hombre que cuidó de mí por muy poco tiempo, pero que se volvió en la constancia de mi viaje por lo que dijo con certeza sin siquiera conocerme—. Empezó a decir proyectando una calma que alguna vez fue característica de su carácter todos los días que habitó en Hatari, mientras por otro lado, sus ojos continuaban observando a la mujer que apreciaba sobre el ingente plano de constelaciones residiendo en un universo que desconocía. — Es algo que me juré declarar el día que mis manos tocaran sus mejillas y en sus ojos encontrara el destello que, bajo los cielos nocturnos, esperé para cumplir mi única y primera ambición —. Porque solo en Sissi había hallado las alusiones de su realidad, una paz que le permitiera respirar sin verse orillado a caer ante la fuerza de los diluvios, y desaparecer en los presagios del caos haciéndose uno con su destino.— Sé que debo respetar las instrucciones de mi padre, sé que no puedo traicionar esos fundamentales deseos impuestos sobre mí antes de su muerte. Pero esto es algo que ya había decido romper, una voluntad que me dio fuerza y me atrajo hasta usted, porque no hay manera en la que quiera vivir con más arrepentimientos teniéndola nuevamente frente a mis ojos—. Y por dentro pidió a su padre que lo perdonara por no ser la viva imagen de lo que él esperaba, por haberse vuelto en la base de alguien que actuaba conforme los sentimientos empezaban a consumirlo por dentro. Esbozó una débil sonrisa; — Aún recuerdo las incontables veces que fui a buscarla con la excusa de cerciorarle cuál era el estado de los soldados que vigilaban el interior y exterior de la ciudad. Las veces que me pasaba estudiando sin detenimiento solo con el tal de ser un apoyo más que aliviara el peso que usted cargaba, las ocasiones que tuve que cubrirla cuando sus parpados finalmente caían en las noches que el frío era más denso en el desierto, los diversos momentos en los que no dejaba de preocuparme cada vez que el cansancio se notaba plenamente en sus facciones. Siempre pensé que eso era suficiente para alguien que no podía desembocarse en palabras de preocupación ni alegría. Alguien como yo que nunca estuvo seguro de lo que realmente sentía. Y sin embargo, la lejanía y el temor de no verla nuevamente, me hicieron ver que nunca hice nada por averiguarlo. En un longevo cielo azul donde las oportunidades para mí eran infinitas, caí en la equivocación de esperar a que la respuesta viniese por si sola. Fui demasiado ingenuo, y aunque ahora sé que todo ha cambiado, y que mis sentimientos van a ser un peso más para usted en estos tiempos. No volveré a desperdiciar ningún segundo que me encuentre a su lado, ni lamentaré el hecho de decirle lo tanto que la he amado. Que su vida siempre ha habitado en mi corazón, y que si algo llegase a sucederle, yo estaría muriendo en consecuencia. Son siglos en los que conociéndola fui experimentando la dicha y el amor, haciéndome desear que mis días sean más largos si estoy a su lado. Porque yo por Sissi volvería a cruzar mares y desiertos, y porque volvería a renacer con el tal de verla nuevamente sonriendo.—. No hubo palabra que vacilara en un estado donde su corazón hablaba, ni sentimiento que opacara en la verdad que contemplaba. Solo era un dragón siendo sincero hacia una reina que no deseaba perder nunca más.
Afiliación :
- SINDHU -

Clase :
Red Dragon

Cargo :
Soldado (Ejército de Sindhu)

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