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[Social] The Truth of Life is Close to Hell. [Priv. Judal]

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[Social] The Truth of Life is Close to Hell. [Priv. Judal]

Mensaje por Izaya Orihara el Vie Jun 02, 2017 8:07 am

Ya se había hospedado en un par de ocasiones en esa posada, siendo uno de sus mayores descubrimientos en una de las primeras veces que había ido a Durban. Le gustaba por su cercanía a los muelles, su centralidad dentro de la ciudad portuaria, y cómo estaba estructurada por dentro. No era un sitio de hospedaje normal. La entrada era pequeña, con un mísero portón de madera entre el exterior y el vestíbulo, que no era más que un pasillo sin amueblar en el que había dos puertas, una al fondo y otra a la izquierda, y una mesa a la derecha. Allí, una vieja bruja contaba monedas de cobre con dedos sucios a la luz de una única vela. Su cabello blanco y rizado, como una tela de araña alrededor de su cabeza, le daba un aspecto aún más macabro a su rostro arrugado, provisto de una enorme nariz puntiaguda y unos ojillos negros como la noche. Estaba sentada sobre un taburete alto, y desde ahí vigilaba a todas las personas que entraban y salían de su posada. Reinaba el silencio, salvo por el tintineo del dinero, la carrasposa tos de la anciana que le aquejaba de vez en cuando, y las voces lejanas de los demás huéspedes.

- Ah, Orihara. – masculló la mujer, apenas habiendo levantado la vista de lo que traía entre manos. Nunca había conocido a nadie que pudiera recordar rostros y nombres con la facilidad con la que ella lo hacía, salvo él mismo, por supuesto. Asintió con la cabeza brevemente, una sonrisa encantadora en los labios. Su falsa postura relajada ni siquiera parecía indicar que se estaba muriendo de frío, aunque así fuera. La bruja dejó sobre la mesa una llave sucia, con un cordón de cuero del que solía colgar cuando nadie la estaba usando. Por unos momentos abrió los labios como para preguntar algo sobre el acompañante del estratega, pero una bolsa mojada frente a ella la calló por completo. Avariciosa, la abrió para descubrir que su interior estaba lleno de monedas de oro, mucho más relucientes y preciosas de las que antes contaba con un mimo escrupuloso. No volvió a dirigir la vista al frente, pero añadió: Ya tienes la chimenea encendida, ahora mandaré a alguien a subirte algo de comer, que estás escuchimizado.

Izaya se rio como si fuera el chiste más divertido del mundo y se lo agradeció de forma encantadora. Estaba claro el mensaje que había dado con la cuantiosa cantidad de dorado dinero: ni preguntas sobre su acompañante, ni comentarios a otras personas sobre él. Como si ni siquiera existiera, como si nunca hubiera entrado en aquella taberna de Durban. No era la primera vez que hacía algo así, cualquiera que le conociera sabría que era un hombre privado pese a sus continuos actos de presencia por doquier, y que se guardaba para sí mismo. Si bien había mucha gente que sabía quién era él, pocos eran los que sabían algo a ciencia cierta sobre su persona o su vida. Corrían rumores, por supuesto, pero, ¿cuántos de ellos eran verdaderos, ¿cuántos falsos?, ¿dónde comenzaba la verdad y dónde la mentira? Ni siquiera él podría saberlo, de tantas falacias que se había contado, tantas máscaras recubrían su verdadero ser. Con Judal se le habían resquebrajado, pero era una muestra de debilidad que no dejaría a ninguna otra persona ver, y mucho menos una vieja bruja de Durban.

El informante le hizo un gesto al bailarín para que fuera hacia el final del pasillo tras tomar la llave de la estancia. La puerta de la izquierda llevaba a lo que era la taberna en sí, un amplio bar en el que se reunía la gente a comer y a beber bajo el amparo de las chimeneas, y a charlar animadamente con el sonido del destartalado piano de fondo. La segunda puerta daba a unas escaleras que subían al piso de arriba, donde estaban las alcobas de los huéspedes. La arquitectura de la taberna gustaba a Izaya porque permitía una mayor privacidad que otros locales en los que no había división entre la entrada y el bar. Lo cual favorecía que ambos hermanos pudieran escurrirse sin ser vistos al segundo piso. Había apenas una única vela en medio de la galería superior que daba luz al tétrico lugar. No obstante, el estratega se movía como una sombra más, familiarizado con su entorno. Tomó a Judal del brazo para que no se cayera con un escalón traicionero, aún más con el agua que les empapaba y que les podía hacer resbalar, y le guio hacia la habitación adecuada, no fuera a ser que se metiera en donde no debía.

Había pedido el cuarto con las mejores vistas, aunque con la tormenta que arreciaba en el exterior no se podía apreciar en su magnitud el increíble paisaje de la plaza y el puerto. La chimenea crepitaba de forma agradable, dando luz y calor a todo el recinto. El suelo de madera estaba cubierto por gruesas alfombras, donde descansaban varios baúles con las pertenencias de Izaya para el viaje que nadie había osado tocar. El resto del espacio lo ocupaban una inmensa cama con un dosel de terciopelo burdeos, un escritorio de cara al ventanal, y una zona provista de una mesita redonda y dos butacas de cuero. En uno de los rincones había una portezuela que daba al cuarto de baño, también acondicionado para los huéspedes más pudientes: una tina, un tocador, y toallas algo ásperas de lino. El informante cerró la puerta tras ellos con llave y se volvió hacia Judal. – Puedes usar lo que quieras del baúl grande. – se inclinó para abrir el enorme cajón y dejar a la vista una gran cantidad de ropa. La mayoría era del estilo que llevaba en ese momento, pero al fondo había ropajes menos convencionales como vestidos de mujer y maquillaje. Izaya ni pestañeó al mostrarlo.

Mientras dejaba que el otro cotillease entre sus pertenencias, se quitó su amada capa de piel y la dejó en una banqueta frente a la chimenea con un suspiro y un mohín de disgusto. Le encantaba ese abrigo. Después se quitó la camisa y se puso una manta que encontró alrededor de los hombros mojados y se sentó en una de las butacas a pesar de llevar el pantalón aún húmedo. Parecía estar inmerso en profundas cavilaciones. Pasó los ojos rojos del fuego de la hoguera hacia Judal después de unos segundos de reflexión. - Puedes pasar al baño si quieres, aunque si vas a estar mucho rato podrías darme el libro que llevabas antes para que lo vaya secando, o las páginas podrían arrugarse. – sugirió y apoyó la barbilla en una mano, su expresión más relajada. Se permitió sonreírle con cierta diversión que aún no llegaba a sus ojos. – Prometo no usarlo para hacer barquitos de papel.
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Re: [Social] The Truth of Life is Close to Hell. [Priv. Judal]

Mensaje por Judal el Mar Jun 13, 2017 4:54 pm

Ingresó a paso apresurado casi pisando los talones de su hermano, con la pesada capa mojada contra su cuerpo temblaba como si fuese una hoja en otoño en medio de una ventisca y no se molestaba en ocultarlo así como su mala cara de disconformidad y prejuicio al lugar donde estaban entrando. El se hospedaba en el castillo real y cuando no lo hacía en las tabernas y posadas más elegantes que el dinero pudiese pagar, siempre ingresaba sobre pisos alfombrados, maderas pulidas y mármol, aquellas tablas viejas y resquebrajadas dejaban ver agujeros que estaba seguro que eran criaderos de ratas, agradecía a la poca luz para no verlas corretear bajo sus pies o siquiera ver la mugre que debían tener. Miró a su alrededor y se quedó un paso por detrás del pelinegro de cabello corto, cuando miró a la anciana no mantuvo la mirada, desagradable para sus ojos se dedicó a examinar un viejo cuadro que atacado por la humedad de la costa ya había perdido tanto color que no eran más que manchas negras, marrones y verdes que parecía, con mucha imaginación, que alguna vez había sido un paisaje boscoso. El sonido de las monedas de oro le hizo mirar la mesa, reconocía ese tintineo en cualquier lugar, incluso con afilada mirada podía llegar a calcular más o menos cuanto dinero había en esa bolsa, no entendía por que siendo su hermano tan pudiente se hospedaba en ese hueco de arañas.

Sin querer estar ni un segundo más en aquel recibidor esperaba que a menos la habitación fuese mejor y la promesa de una chimenea y una comida cliente se sentía muy seductoras como para expresar descontento en voz alta. Obediente subió apresuradamente las escaleras, detenido por el brazo de su hermano al momento que su peso le hacía resbalar sobre una tabla suelta, molesto miró al pelicorto con severidad, mudamente recriminándole y culpándole por el incidente, a fin de cuentas era él quien le había llevado a ese lugar. Siguió con más calma y cuidado, deshaciéndose del agarre, aún no sintiéndose del todo cómodo con la idea de su nuevo familiar. Entró a la habitación con gusto, alegre de que fuese más acogedora que la entrada ya siendo un gran avance de que sus pies se hudieran un poco en la mullida alfombra - Gracias... intentaré regresarte la ropa antes de irme, pondré la mía a secar frente a la chimenea. - lo primero que se quitó fue los zapatos, no ensuciaría el lugar con zapatos embarrados y mojados, eran de suela de yute y tela por encima, muy livianos y con buena tracción para moverse así como muy livianos, pero naa abrigados, dentro del calzado sus pies iban descalzos. Acercó uno de los banquillos a la chimenea y extendió sobre este la capa violeta de bordados dorados para que se secase y pareció dudar mucho antes de quitarse también la prenda superior semi trasparente y el pequeño top que cubría la parte superior de su pecho. Era delgado y sin la ropa que loo disimulaba era un cuerpo sin mucha gracia por si solo, no tenía curva alguna en su cintura y sus músculos eran delgados apenas marcados por su delgadez. Su piel era pálida y contrastaba con su cabello profundamente negro, entrelazando sus dedos entre la trenza la fue deshaciendo quitando las abrazaderas doradas que lo sujetaban hasta que fue una cascadas de ondas cayendo por su espalda hasta sus pantorrillas. Estremeciéndose de frío se arrodilló frente al baúl y sin mucho cuidado comenzó a sacar ropa, acostumbrado que todo le quedase grande era de sorprenderse que la mayoría fuese aproximadamente de su talla - Olvídalo, no tocarás ese libro, le pertenece al príncipe y aún debo estudiar de el. No es un juguete y no confío en tus manos torpes. - dejó apartados un par de pantalones negros y una camisa que parecía ser femenina por lo entallada que era pero no teniendo ningún detalle de volados y siendo de cuello recto se veía que era de varón - Tomaré esto. Ya regreso, no toques nada mio. - amenazó metiéndose al baño casi de un portazo aunque afuera solo había quedado su capa y un par de prendas de ropa, se había llevado consigo el bolso que colgaba de su cinturón donde estaba el libro.

Tardó un buen rato allí dentro, se lavó el maquillaje de su rostro así como sus pies y manos por la suciedad de la calle, se secó con cuidado y revisó su cuerpo desnudo frente al espejo, sobretodo donde alguna vez había tenido heridas para comprobar que no se veían cicatriz alguna, últimamente había participado en algunas peleas y se había herido, experiencias horribles pero más horrible era el pensar en su cuerpo con cicatrices que pudiesen entorpecer su trabajo. Conforme con no ver rastro alguno se vistió, solo sintiendo un poco holgada la camisa pero sin problema con ello salió con un peine de carey en su mano se acercó a la cama sentándose en el borde de esta permaneció un rato en silencio mientras pasaba su cabello húmedo sobre su hombro y comenzaba a peinarlo dese sus puntas con cuidado, finalmente habló con un tono bajo como si temiese romper el silencio - No tenías cepillo de pelo de jabalí, este servirá igual para desenrredarlo pero debo regresar al castillo pronto por que si se me seca el cabello y no lo cepillo se me arruinará. - era una excusa demasiado barata como para ser tomada enserio.
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Re: [Social] The Truth of Life is Close to Hell. [Priv. Judal]

Mensaje por Izaya Orihara el Dom Sep 03, 2017 4:44 pm

No le molestó que Judal no le cediera el libro, incluso si se había ofrecido a secarlo con buenas intenciones. Era un intelectual, al fin y al cabo, y no quería que un tomo se volviera arrugado y feo. Pero, el bailarín estaba en todo su derecho de mostrarse posesivo con sus pertenencias, pues no se conocían muy bien y no es que Izaya fuera una persona en la que la gente confiase de buenas a primeras. Al contrario, el informante no se encomendaba a nadie y, por tanto, la gente hacía lo mismo con él. Desde siempre, había aprendido que, si quería algo, debía tomarlo por cualquier medio o ganárselo, así que no le sorprendió que Judal viviera con una especie de filosofía parecida. Se encogió de hombros y se rio de forma suave, aunque jocosa. – Nunca nadie me había acusado de tener manos torpes. – comentó. Era verdad. Al contrario, se solía alabar su buena caligrafía, el buen uso que hacía de las cuchillas, y su destreza para satisfacer las exigencias de sus amantes en el dormitorio. Sus palmas eran suaves, como las de cualquier persona poco dada a las batallas, y sus diestros dedos largos adornados por anillos simples de plata parecían los de una mujer. Se miró las uñas con fingido interés y añadió con cierto canturreo: Me portaré bien.

No pasaron ni treinta segundos desde que Judal se metiera en el baño para que Izaya se levantara de su asiento. Dejó que la gruesa manta de piel cayera de sus hombros sobre el sillón, mientras él se movía por la habitación. Primero, movió las banquetas con la ropa mojada para que ambas estuvieran a una distancia corta del fuego, pero no lo suficiente como para que se quemasen en caso de que saltara alguna chispa traicionera. Izaya no había tocado la ropa, y Judal no había dicho nada de mover el mueble, así que era algo justo. Comprobó que había leña suficiente para durar unas buenas horas, y añadió un tronco pequeño para quedarse más tranquilo. Atravesando la chimenea había un hierro en el que colgaba una tetera de color negro. Izaya le echó agua de una jarra de la zona del tocador. Con el calor del fuego, dentro de poco comenzaría a hervir y podrían disfrutar de un té que les quitara el frío de los huesos. Aunque lo cierto era que el informante no tiritaba tanto como su hermano. La mayoría de su vida había vivido en Ilia, y allí hacía frío de verdad, no como la suave lluvia que les había caído.

Sin embargo, comenzaba a estar incómodo con los pantalones mojados, y sería conveniente ponerse una camisa en caso de que fuera a coger un resfriado. No recordaba la última vez que había estado enfermo, y prefería que eso siguiera así. Rebuscó en el baúl hasta que encontró una camisa gris, con las mangas largas algo más ajustadas en la muñeca y un cuello en pico, que dejaba ver el comienzo de su pecho. Aún estaba algo mojado, pero no pareció molestarle que las gotas de agua de su cabellera azabache empapasen los hombros de su nueva prenda. Se quitó también los pantalones, que dejó cerca del fuego junto a los calcetines y botas, y se cambió a otro par que eran iguales. Aunque a Izaya le parecían muy diferentes por la textura, el número de botones, y detalles menores, pero lo cierto era que eran negros como los anteriores. Como tenía los pies helados, se puso unos calcetines y, en caso de que Judal quisiera unos y se le hubieran olvidado, los lanzó sobre la cama. Recogió el baúl y lo cerró. Hacía todo de forma metódica y hasta maniática, costumbres desde la niñez. Podría estar residiendo en un antro de mala madre, pero nadie podría decir que no mantenía su espacio limpio y ordenado.

Normalmente, solía canturrear o hablar para sí mismo. No obstante, en esa ocasión se mantuvo callado, pensando en sus propias cosas. Por suerte, colocar todo a su gusto le sirvió para encontrar un poco de su perdido control y sentirse más cómodo con los acontecimientos. Satisfecho con el resultado, volvió a coger la manta, de suave piel de lobo gris, y se la colocó como una capa sobre los hombros. Se sentó en el escritorio, de espaldas al gran ventanal cubierto por una cortina de terciopelo. Encima de la mesa brillaba una triste vela, con la que el informante aprovecho para encender una lámpara de aceite que había comprado en un bazar de Jehanna. Casi podía pretender que estaba solo en su habitación del hostal. Judal no hacía demasiado ruido tampoco, y el crepitar del fuego y la calidad de la manta sobre su cuerpo le trajo una especie de sosiego. No obstante, habría que ser un incrédulo para creer que un poco de cobijo podía hacer desaparecer la situación en la que estaban.

Era obvio que necesitaban hablar, y por eso Izaya había adoptado un deje más profesional. Frente a él, colocó las cartas que había ido intercambiado con los padres adoptivos de Judal antes de visitarles y descubrir la verdad. También varios retratos a carboncillos de sus dos padres, que mantuvo escondidos bajo unos pergaminos por si acaso su hermano quería verlos. Izaya apenas podía mirar sus caras sin querer destruir el estúpido papel. Junto a todo lo demás, dejó varias misivas de su padre y madre, informándole de su estancia en Jehanna y, años después, la carta que le había dicho que sus progenitores habían muerto. En la superficie de aquel mueble se encontraba casi toda lo que había podido averiguar de lo acontecido en ese periodo de separación con sus padres, en los que habían dado a luz a un hermano menor que, por azares del destino, se había encontrado con él. Le observó en silencio cuando salió del baño, aunque pretendía estar escribiendo algo. Su caligrafía era impecable, pero las palabras inconexas delataban que era una pretensión.

Alzó las cejas y una ligera sonrisa asomó a sus labios ante la patética excusa de su hermano. – Se te arruinará más si vuelves a salir a la calle. Puedo hacer llamar un carruaje de donde sea que te estés hospedando, pero seguramente tarde en llegar. – aun así, no hizo amago de levantarse para llamar al servicio. Había pagado a la vieja para que no se les molestase incluso si había un incendio en el carcomido edificio. Lo que sí que le hizo incorporarse fue el silbido de la tetera, ya con el agua lista. - ¡Ah! Justo a tiempo. ¿Qué tipo de té te gusta? – no le miró directamente. Dolía comprobar lo mucho que se parecían entre ellos sin maquillaje de por medio. - ¿O prefieres algo más fuerte? – Señaló un lugar de la repisa donde había varias botellas sin abrir de alcohol, regalos de clientes satisfechos. La mayoría eran vinos de alta calidad, aunque había otros tipos de bebidas como sidra, hidromiel y aguardientes. Ninguna botella estaba abierta. – Puedes ir sentándote donde quieras, - técnicamente Judal estaba sentiado ya en la cama, pero Izaya prefería que se levantase de ahí, no fuera a dejar el colchón mojado con tanto pelo, - aunque en la mesa hay cosas que quiero que veas.

Hablaba de forma amena, con confianza, aunque se notaba que no estaba del todo cómodo por la manera en la que sus manos jugaban con los objetos a su alrededor. Se tomó su tiempo en ir a la tetera. – Es todo lo que he podido averiguar, - confesó de repente, en relación a la cantidad de papeles que había sobre la mesa, – pero creo saber la historia detrás de todo. La pregunta es, ¿tú quieres saberla? – y su corazón se estremeció con la mera idea de que Judal dijera que no, que prefería irse a su casa y no volver a tener nada que ver con el roto informante. Se sentía débil en las piernas, y se insultaba mentalmente por su flaqueza de espíritu. Era irónico como, después de tanto intentarlo, aún seguía siendo perseguido por su pasado. Nunca podría dejarlo atrás, pero quizás con el bailarín no sería necesario hacerlo.
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Re: [Social] The Truth of Life is Close to Hell. [Priv. Judal]

Mensaje por Judal el Lun Oct 09, 2017 11:18 pm

Los movimientos naturales de su hermano confirmaban que era el dueño de aquel espacio, si bien la posada no estaba a su nombre y no era el dueño legal de aquella habitación la forma en que se movía por la misma delataban lo posesivo que era en su espacio y lo bien conocido que lo tenía, la confianza de alguien que sabe exactamente donde se encuentra cada cosa por que él la puso en ese lugar. Esta actitud relajada a la vista, como estar escribiendo o levantarse a preparar el té como si nada hubiese ocurrido solo empequeñecían al bailarín que permanecía sentado en el borde de la cama con la mediática tarea de desenredar su largo cabello. En aquello parecían bastante similares, así como el informante buscaba control en las tareas metódicas el consejero también lo hacía. Se sentía más tranquilo con aquel movimiento familiar incluso si no se trataba siquiera del peine que siempre utilizaba y era uno muy diferente.

No respondió a las palabras de Izaya respecto al carruaje, una parte suya no quería irse aún, no así, por algo le había seguido, pero por otra parte solo quería regresar a su vida incluso si esta era una mentira. Ya sabía algunas cosas pero se negaba a aceptarlas, sabía que no se parecía a sus padres en Begnion, sabía que sus facciones no eran propias de la gente de allí, incluso había llegado a pensar que era un hijo de los barcos, un engaño de su madre a su padre, pero no que era completamente ajeno a ese matrimonio en cuanto a lazos de sangre. El peine hacía un suave sonido, como una uña contra la seda, cuando pasaba por el cabello húmedo, a veces se sentía un suave “ting” cuando los dientes se tensaban en algún nudo y se liberaban cuando el nudo cedía. Fuera de ello el sonido de los pasos suaves del hombre de cabello corto y como manipulaba la tetera llenaban el ambiente, en segundo plano el crepitar del fuego y finalmente de fondo el golpear de las gotas de agua contra el cristal de la ventana, aún lloviendo con violencia en el interior. Sentía su rostro desnudo al no llevar maquillaje, los rasgos se notaban más masculinos pero así mismo se evidenciaba que no era solo efecto del maquillaje su aspecto delicado. Su mandíbula era afilada así como su nariz, sus ojos almendrados y labios delgados le daban un perfil un tanto andrógino. Levantó la mirada por un momento deteniendo su tarea, revisó desde su posición las botellas, solo una mirada rápida - Té negro, ponle licor de miel para endulzar, no más que un chorrito. - el alcohol ayudaría para hacerle entrar en calor rápidamente.

Siguió peinando, tenía una gran cantidad de cabello, mojado se había ondulado y el viento le había enredado bastante por lo que tendría bastante antes de terminar. No quería aún enfrentar aquello, no se sentía aún preparado así que descaradamente ignoró lo que el otro le dijo, con una actitud bastante infantil optó por apertar sus labios y con un gesto exagerado echar su cabello hacia atrás - Tsk. Este peine es horrible. No puedo hacerlo solo, tendrás que ayudarme. - Se subió más a la cama sin tener demasiado cuidado, subió sus pies descalzos y cruzó sus piernas, jaló sin cuidado de las mantas para cubrirse los hombros y pasando su mano por su nuca tiró de su cabello hacia arriba para liberarlo sobre su espalda y parte en la cama. Miró al informante con las cejas fruncidas en un gesto caprichoso y le extendió el peine - Ten cuidado, si tiras puedes quebrar el cabello, ve desde las puntas y sube solo cuando ya no hayan más nudos. - si bien su hermano no tenía forma de saberlo aquel gesto era más de lo que permitía a cualquiera. Su cabello era su orgullo, no permitía que nadie lo tocase, mucho menos que lo peinaran donde corría el riesgo que le jalasen o lo enredasen aún más, pero quería intentar compartir algo íntimo con él, algo que le confirmase que aquel hombre si tenía alguna clase de relación con él. No era lógico aquel pensamiento pero confiaba en aquella corazonada de que era ese tipo de pruebas las que necesitaba más que lo que fuese que hubiese sobre la mesa.

Esperó tenso con el peine extendido, no había pasado ni un segundo que sintió miedo, pudo ver su mano temblar un poco en el aire y sintió el palpitar de su pecho. No tenía sentido que tuviese miedo pero repentinamente temía al rechazo, que el otro negase a sus exigencias. Pensó en retirar su mano, pedir por el carruaje y huir a la seguridad del castillo, encerrarse en nuevamente en su caja emocional y continuar con su vida como hasta el momento. No se movió pero sus ojos espiaron por la comisura la mesa a la que se había referido Izaya. Veía los papeles apilados, esperando a ser tomados, pero él no sabía aún si quería tomarlos. Volvió a mirar al otro, esta vez su ceño no se encontraba tenso, solo miraba al pelinegro como si recién comenzase a ver las similitudes de sus rasgos.
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Re: [Social] The Truth of Life is Close to Hell. [Priv. Judal]

Mensaje por Izaya Orihara el Vie Nov 17, 2017 11:24 am

Judal no se levantó de la cama, y, aunque en otras ocasiones esa clase de actitud hubiera irritado un poco al informante, descubrió con sorpresa que en el fondo le daba igual. Al fin y al cabo, tampoco es que soliera dormir mucho allí, siendo más común encontrarle recostado en su silla y usando los brazos flexionados sobre el escritorio como almohada. Entendía que se quedara allí mejor, quizás su estrategia con todo el asunto familiar no estaba siendo la mejor. En su defensa, diría que era una situación nueva, cuya comprensión se le escapaba por la poca familiaridad que tenía con asuntos de esa índole en los que él estuviera envuelto. No sentía que estuviera siendo bueno tratarlo como si fueran negocios, a pesar de que era la forma en la que Izaya trataba la mayoría de sus relaciones personales. Ambos estaban incómodos y no deseaba que Judal huyera y dejaran la situación sin resolver. Una parte de sí mismo pensó que eso le sería insoportable.

Estuvo pensando en cómo lidiar con todo mientras preparaba los tés negros. Le sorprendió gratamente que prefiriera el mismo tipo de bebida que él, aunque por su parte no le gustaba que estuviera dulcificado. Se inclinaba más hacia todo lo que fuera fuerte e incluso amargo. Miró las botellas de alcohol hasta que vio la de licor de miel, estaba como las demás sin abrir. Tras echarle un chorrito a la taza de Judal, la devolvió a su sitio y agarró la bandeja donde había colocado la vajilla con sus respectivas cucharillas, dos servilletas de hilo bordadas, y ambos platos bajo las tazas de porcelana blanca. El líquido ámbar humeaba, obviamente muy caliente después de haber salido de la tetera al fuego. Izaya tuvo cuidado de no verter su contenido, aunque sus movimientos seguían siendo igual de suaves y desinteresados como si estuviera cargando algo de poco valor.

Mientras rumiaba cómo enfrentar la situación, su hermano le sacó de sus pensamientos con su petición, o más exigencia, de que le ayudase a peinar su cabello. El informante se quedó estático en el lugar, su cara mostrando sorpresa. No obstante, al segundo una sonrisa de oreja asomó en sus labios. Era increíble la ilusión que había sentido de repente. Se rio un poco y contestó: Llevo el pelo corto, a mí sí me sirve. Además, no dejo que nadie más use mis cosas, nunca debes fiarte de lo que haya en la cabeza de los demás. ¿Piojos? No gracias. Suficiente tenemos con la plaga de emergidos. Así que por eso no tengo más cepillos. – bromeó de buen grado y dejó la bandeja, de material rígido, encima de la cama. Las tazas estaban a su alcance, pero al estar apoyadas no había riesgo de que se cayeran, a no ser que alguno hiciera algún movimiento muy brusco como para que la cama se hundiera y precipitase el té.

Era cierto que Izaya era muy posesivo de sus cosas personales. No compartía, y no dejaba que nadie entrase en su terreno más íntimo. Sin embargo, con Judal eso se daba de forma natural, sin siquiera ser una intrusión porque, por alguna razón, casi parecía que debía estar allí, usando lo que era suyo sin problemas. Se sentó detrás de él y agarró el peine con total confianza. No comentó el ligero temblor de la mano ajena, pues dentro de sí mismo estaba igual. – Aunque sí que sé peinar cabello largo. Tengo una niña bajo mi cargo, Lydia, que cuando era más pequeña me dejaba jugar con sus peinados. Ahora ya no quiere porque dice que es demasiado mayor y que ella puede. Es una de mis aprendices, por así llamarles: niños que por alguna razón se han quedado solos en el mundo, pero que destacan por su inteligencia y su capacidad para sobrevivir. – comenzó a pasar el peine como Judal le había indicado. Su trabajo era metódico. Comenzó por el lado derecho de la cabeza y de ahí de movía hacia la izquierda, a fin de no dejar ni un solo mechón sin cubrir.

- Intentó robarme una vez. Por supuesto que no lo consiguió, pero aun así hice un trato con ella: trabajemos el uno para el otro. Ella se aprovecha de la buena vida que yo le ofrezco, y yo me aprovecho de sus habilidades presentes y futuras. Es un trabajo justo, creo yo. En Ilia no hay muchas más formas de ganarse el pan, de todas maneras. Es un país helado en el que solo hay mercenarios y unos pocos intelectuales en la Gran Biblioteca. Incluso se podría decir que mis servicios son una mezcla de ambos, un informante que vende lo que sabe al que pueda pagarlo. – comenzó a explicar, su voz tranquila. Se le hacía muy fácil hablarle a Judal de su vida. Creyó que, si se presentaba antes, todo sería más sencillo después. Al fin y al cabo, ambos eran desconocidos. Tendría que cambiar eso.

- Padre y madre tenían una gran casa en el pueblo cercano a la Gran Biblioteca. Eran comerciantes, muy buenos en lo suyo, debo decir. Y, como tal, viajaban a menudo. No tengo muchos recuerdos de ellos, la verdad. Básicamente me crió el servicio, aunque no considero que dar de comer sea “criar” per se. Digamos que soy autodidacto en la mayoría de cosas que sé o he aprendido. – se rio un poco con esto. A pesar de que muchos pudieran pensar que era algo triste, el modo en el que Izaya lo contaba dejaba patente que estaba muy orgulloso de sí mismo y su propia inteligencia. – Cuando tenía como cuatro años empecé a estudiar en la Gran Biblioteca con varios tutores. Supongo que para entonces ya ni siquiera madre vivía en Ilia. No la culpo, si yo hubiera sido ella hubiera hecho lo mismo, porque tampoco es que sea el país más vivaracho del mundo. Tú tienes suerte de no haber nacido allí.  Pero bueno, yo no tuve tanta suerte y me tocó quedarme en tierra helada.

Se encogió de hombros como si no fuera la gran cosa y después tomó un sorbito de su té hirviendo. El sabor caliente le resultó agradable. – A los siete me informaron de que ambos habían perecido en un ataque de bandidos en Jehanna. Según mis cálculos, la carta tardó varios años en llegarme, entre investigaciones y demás. Bueno, lo cierto es que tampoco es que fuera un acontecimiento que cambiase mi vida por completo, ya que en realidad había vivido sin padres la mayoría de la vida. Pero el negocio sí que cambió. Comerciar con objetos o comida no era lo mío. Así que empecé a hacer tratos con los mercenarios, y poco a poco empecé a labrarme una reputación. Habré tardado años, pero ahora mis servicios tienen fama internacional y llaman la atención de plebeyos y nobles por igual, sean de donde sean. – No tenía miedo en admitir sus propios logros, que superaban con creces los de muchos otros que nacían con una bandeja de plata.

- Si lo piensas bien, si me hubiera quedado siendo un aburrido comerciante nunca te habría conocido. Nunca habría sabido que somos hermanos. – allí, Izaya se detuvo y solo continuó peinando el largo cabello de Judal, a la espera de que el otro hiciera alguna mención de querer saber lo que iba a continuación. Por su parte, ya le había contado muchas cosas sobre sí mismo, muchas más de las que nadie sabía. Se las había ofrecido de forma sincera, verdadera, y gratuita, cosa que viniendo de él era un gran logro. Sin embargo, no podía apresurar a Judal, y obligarle a saber algo para lo que no estaba preparado psicológicamente. Pero, según su modo de verlo, ¿alguna vez estaba uno preparado para acontecimientos que te cambian la vida?

OST:

Me parecía perfecta para ambos!
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Re: [Social] The Truth of Life is Close to Hell. [Priv. Judal]

Mensaje por Judal el Dom Ene 28, 2018 8:33 pm

El que tomase el peine de su mano era un gran alivio, como si le quitase 500 kilos de sobre sus hombros en aquel simple gesto. Ni siquiera lo miró pero sintió el cambio de presión sobre la cama, la bandeja fue puesta cerca de su lado y poco después el hundimiento de la superficie le indicó que el pelinegro de cabello corto se había sentado a su espalda. Con los hombros tensos y la espalda recta se quedó en silencio los primeros segundos, expectante mientras su mente intentaba desenmarañar aquella masa de sentimientos que le presionaba el pecho. No era especialmente apegado a su familia pero si los tenía en gran estima, se enviaba cartas con sus padres de manera bastante seguida y le parecía un horror pensar que aquellas dos personas no eran quienes le habían parido. Cuanto más lo pensaba más le aterraba aquella idea y más extraño se sentía ante toda la situación en general. Tomó aire y el aroma del te llenó sus pulmones, familiar y reconfortante estiró un brazo para tomar su taza, pese a que estaba caliente, solo la acercó a su rostro y dejó que el bao cálido del vapor llenase su nariz.

El primer contacto del peine en su cabello fue como una descarga eléctrica, aquellas que se podían sentir cuando se tonteaba demasiado con su ropa y tocaba después una manija de metal como la de su arcón. Su espalda se arqueó un poco y después se relajó con un pequeño suspiro. Solo le había tomado por sorpresa y para relajarse solo tomó un pequeño sorbo de té, apenas un poco por la temperatura del mismo. Escuchó lo que tenía que decir el otro, en principio con algo de hastío pero después con más interés. Su voz y la forma de hablar se le hacían agradables y nada pesadas, sencillas de seguir, no como su señor, el príncipe de Daein, que hablaba en un tono bajo y tan entrecortado que había que hacer un esfuerzo para seguir sus palabras sin perderse o pedir que las repitiese en un tono más alto. Donde encontraba pequeños huecos ponía su opinión aunque sin interrumpirlo - No me gustan los niños. Si uno intenta robarme le haría cortar los pulgares. - no había ni una milésima de gramo de sentimiento paternal en el pelinegro, su falta de paciencia y su cicatería le hacían el peor candidato para tener a alguien a su cuidado - No veo que clase de provecho puedas sacar de una pequeña ladrona. Cría cuervos y te arrancarán los ojos, ¿nunca oíste ese dicho? - movió un poco su cabeza solo para mirarle sobre su hombro, pero se volvió a la pared casi de inmediato para permitirle seguir con su trabajo en su cabello.

Teniendo un poco más de comodidad y enfrascándose en un silencio casi antinatural cuando las palabras sobre sus padres comenzaron a resonar en la habitación, subió los pies a la cama cruzando sus piernas, sus codos se apoyaron en sus rodillas y sus manos sostuvieron la taza delante de sus labios. Dando pequeños sorbitos y soplando de a momentos escuchó con una mezcla de temor y alivio, en parte no quería escuchar infancias alegres y felices, si realmente aquellas otras personas eran sus padres entonces era huérfano y habría perdido algo muy valioso sin saberlo. Tampoco podría soportar haber perdido algo mejor de lo que había ganado, aunque no parecía ser el caso, de hecho hasta podría decirse que había corrido con suerte si pensaba en la situación fríamente. Aquel joven se había criado solo en medio de una tierra helada de nadie y había tenido que pelear su camino en la vida, él en cambio había crecido entre bolitas de algodón contando con dinero, tutores y contactos para abrirse paso en la vida con comodidad. No lo envidiaba y eso ayudaba a no levantar más paredes entre ellos. Cuando pareció que había terminado y solo el sonido de sus propios sorbos pequeños de té y el pasar del peine en sus cabellos llenó la habitación, se dispuso a hablar - Nací en Jehanna. Mis padres son comerciantes y tenían muchos tratos en esas tierras, mi madre me contó que nací en un campamento mientras vivían allí por una temporada ya que el negocio estaba aflorando y el metal allí era barato. Cuando tuve suficiente para viajar volvieron a Begnion donde me crié, mi padre insistió que era un mejor país para mi crianza que tierra de salvajes, a parte allí pudieron vender a muy buen precio lo que habían trabajado en Jehanna. - hizo una pequeña pausa, midiendo un poco hasta que punto quería decir lo que ocultaba. Se presentaba ante todos como un noble, vestía como tal, actuaba como tal, hablaba como uno y definitivamente gastaba como uno. En donde llegaba era rápidamente aceptado como parte de la nobleza pero sabía que sería diferente si sabían sus origines. Sin embargo con aquel hombre decidió confiar, pese a que su razonamiento lógico le decía que era un suicidio contarle tal cosa a un  informante nada más ni nada menos, y siendo él el consejero personal del príncipe de Daein. Pero no pensaba con demasiada claridad y como muchas veces cometía el error de dejarse llevar por su pecho y no por su cabeza - Mis padres son de cuna humilde, comerciantes de lanas y chucherías, mi madre hacía pequeños trabajos de herrería como cuchillos y ollas... pequeñas cosas que pudiese hacer en una forja de barro hecha por mi padre... pero en Jehanna aprendió a hacer joyería y mi padre consiguió buenos tratos comerciales, ahorraron mucho para hacer crecer el negocio y cuando regresaron a Begnion conmigo mi madre se especializó en la joyería exótica y a pedido. - extendió su brazo mostrando uno de los anchos brazaletes dorados - Ella me hizo todas las joyas que cargo. Se hicieron rápidamente de fortuna, mi padre se codeó con grandes comerciantes y se ganó la confianza de varios nobles por sus productos de calidad inigualable, comenzó a comercializar con especias y sedas, compraba materia prima para mi madre, oro y rubies principalmente convirtiendose en sus productos principales. - sonrió al notar que sentía orgullo de sus padres, de haber logrado tanto y haber llegado a donde estaban, sabía que ese orgullo se convertiría autoáticamente en verguenza si contaba esto mismo delante de alguien de auténtica sangre azul, pero frente a Izaya podía sentirse más relajado al respecto.

- Estudié con tutores desde pequeño, se me enseñó a leer y escribir para poder ayudar a mi padre con sus cartas, fue educado en matemáticas y en oratoria seguido por historia y política, indispensable para poder tener una charla decente con cualquier persona en Begnion. Aprendí a bailar y junto con otro bailarín fuimos preferidos en los bailes de salón de las familias más renombradas. Trabajé como consejero y contador de condes y marqueses, incluso para la corona de Nohr y actualmente a la corona de Daein. Mis padres se quedaron en Begnion, son nobles con tierras en la gran potencia de Tellius. - se sentía el tinte de orgullo y arrogancia en sus palabras. Sin mentiras, no las necesitaba para mostrar sus logros. Pero seguía estando el elefante en la habitación, algo que el informante parecía haberlo asimilado mucho mejor que él...

Se removió un poco en la cama, la bandeja se meció pero no llegó a tirar nada de encima de esta, de lado al pelinegro llegó a mirarlo, veía el parecido, veía la lógica en lo que decía pero aún no quería creer en ello - Quizás no sea la persona que buscas... una gran casualidad tal vez, mucha ilusión de tu parte, ¿pero realmente crees que uno se cruza así como así por la vida con su hermano perdido? ¿incluso si este tiene claro sus orígenes y quienes son sus padres? - y claro, estaba lo más obvio también... el hecho de que sus padres ambos fuesen rubios, algo bajos y de ojos celestes y miel, y él, alto de cabello negro como la noche y piel blanca como la luna no se parecía en ellos en lo más mínimo y sin embargo parecía ser el calco de aquel varón que le peinaba.
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Re: [Social] The Truth of Life is Close to Hell. [Priv. Judal]

Mensaje por Izaya Orihara el Sáb Feb 17, 2018 2:27 pm

- La verdad es una mera ilusión. Lo que para ti es cierto, para mi puede ser una gran sarta de bobadas y viceversa. Lo que yo crea no es apenas importante, llegado este punto. suspiró y dejó de peinar el cabello de Judal unos momentos. Cruzaron miradas rojizas. – Lo que debes decidir tú, es si te conviene o no aceptar esta información. Te la ofrezco sin engaños, ni falsedades, si deseas oírla toda. De no quererlo, no volveré a tocar jamás el tema. Podrás descansar aquí, secarte, y llamaré a un carruaje para que te lleve de vuelta a Palacio. – hizo una pausa y bebió un poco de su taza de té, que había estado abandonada un buen rato y ahora ya no estaba tan caliente como antes. – Me considero una persona pragmática, pues así lo requiere mi oficio.  O sé algo, o no lo sé. Lo que sospeche, imagine, o suponga no dejan de ser meras conjeturas que en mi línea de trabajo muchas veces pueden resultar la muerte.

Al terminar, dejó la taza en su platillo de porcelana, con dibujos a juego. - A veces no queda más remedio que trabajar con lo poco que pueda deducir, pero en la mayoría de casos investigo a fondo antes de tomar una decisión. ¿Crees realmente que habría hecho este viaje solo por molestarte? – alzó una ceja, interesado por lo que tendría que decir. – Tengo mucho que perder, incluso mi propia vida. Bien podrías decidir que soy un lunático y mandar a las autoridades que me apresaran. Las leyes de Durban se inclinarían a tu favor, pues eres estudiante de magia, y yo no domino nada de este arte. Además, como bien has dicho, trabajas para la Corona de Daein. Una palabra tuya podría hacer que me decapitasen por calumnias o difamaciones. – habló tranquilo y se encogió de hombros al final, en lo más mínimo preocupado por que Judal hiciera eso cuando le estaba peinando el cabello de forma tan diligente. Volvió a tomar el cepillo y continuó donde lo había dejado.

- Sería más sencillo si no fuéramos hermanos. – dijo sin malicia alguna, más bien con cansancio, como algo hubiera meditado muchas veces. - Tengo muchas responsabilidades y metas en mi vida, y encontrar a alguien que pueda ser mi hermano perdido no entraba en mis planes. No tendría que preocuparme de si mi supuesto hermano corre peligro por algo que haya hecho yo. Tengo muchos enemigos, gente que ha entrado en mis juegos y se han dado cuenta demasiado tarde que no deberían haberlo hecho. ¿Qué puedo hacerle? Tengo un alma intranquila y los seres humanos son demasiado interesantes como para no meterme en sus asuntos. A veces sale bien, a veces sale mal. Sea como sea, hay más de una persona que querría ver mi cabeza en una pica. Si supieran que tengo un miembro de mi familia vivo, estoy seguro de que irían a por él. Harían lo posible por vengarse. Si aceptases lo que te digo, esos enemigos serían tuyos. Ni siquiera sería muy recomendable que la gente supiera de nuestros lazos.

Tomó aire y miró fuera de la ventana. Las cortinas cubrían gran parte de ellas, pero un hueco quedaba a la vista. Gotas perladas de lluvia empapaban el cristal, y a lo lejos eran visibles las figuras luminosas de rayos, que poco después iban acompañados de sus hermanos los truenos. – Cuando nos vimos antes, intenté que me odiaras. Pensé que sería más fácil si decidías no tener trato conmigo nunca más. Podríamos volver a nuestras vidas tras un encuentro desagradable, para olvidarlo al poco tiempo y nunca volver a pensar en el otro. Me habría quitado un problema de encima, y a ti te habría librado de esta conversación. Que sepas que tampoco es mi forma favorita de pasar la noche. – la sinceridad era un milagro extraño en sus labios, pero estaban tan cargadas de honestidad cruda y real, que Izaya se sorprendía a sí mismo. Quizás estaba enfermo, y por eso había adquirido una personalidad tan débil. Pero entonces miraba el rostro de Judal, y su corazón se retorcía. Le había ofrecido irse, abandonarle, pero no quería hacerlo. Era egoísta, quería que se quedase junto a él, que le quisiera como nunca lo habían hecho sus padres, o nadie. Aun así, otra parte de él, los sentimientos cínicos que le hacían arruinar vidas, en especial la suya, eran difíciles de controlar. Sabía que se estaba pintando en una oscuridad no muy atractiva, pero tenía miedo. Miedo de ser aceptado por ser algo que no era, y después abandonado una vez Judal se diera cuenta de lo roto y solo que estaba. Masoquista, pensó que, si le iban a dejar otra vez, mejor que fuera desde un inicio.

- No te voy a engañar, sería un insulto a tu inteligencia y a la mía. No soy la persona perfecta para tener como pariente. afirmó con una risa sin gracia, casi ronca. Por algo sus padres le habían abandonado, suponía. – Tengo a tanta gente a mi cargo porque me son útiles, y yo soy útil para ellos. Una relación simbiótica, podríamos decir. La comparación con cuervos les va perfecta, también. Les crío para que sepan hablar y servir, pero también engañar y robar información que luego me transmiten a mí. Se hacen con trabajos en hogares importantes en todo el mundo, y otros que no lo son tanto, y me mantienen al corriente de lo que sucede en uno u otro lugar. Por supuesto, ha habido miles de veces en las que han intentado sacarme los ojos. Podría contante tantas anécdotas que te mantendría despierto días enteros. No te preocupes, no lo haré. Solo quiero que sepas que sí, sé lo que es que lo que hagas se vuelva en tu contra.  Aunque realmente, si eso no sucediera nunca, creo que la vida sería muy aburrida. Y sigo vivo, ¿no es así? Eso habla volúmenes sobre quién es siempre el vencedor.

Y sonrió. Sonrió de forma segura, de forma prepotente, casi pareciera que fuera a estallar en carcajadas en cualquier momento. Adoraba cuando sus adorables humanos trataban de sublevarse, sin saber que él mismo había sido quien los había instado a ello. Jugaba con ellos como un gato con la comida. ¿Harían esto o lo otro?  Las posibilidades eran infinitas, y aun así Izaya estaba preparado para salir victorioso de cada una de ellas. Era un superviviente en un mundo en el que el débil era devorado por el fuerte, pero incluso la lucha de poderes entre las élites mundiales era brutal. Para ser un jugador activo en el tablero, y no un mero peón, uno debía salirse de su casilla, y ascender en la escalera del caos tan alto como pudiera, sin importar los medios. Como los padres de Judal, aunque fueran un ejemplo más suave que el suyo propio. No había comentado que parte de esa historia ya la sabía, pues antes de reunirse con su hermano había hecho una extensa investigación sobre esa familia. Había preferido seguirle la ilusión a Judal de que aún había salida de esa situación.

Ojalá él pudiera hablar así de alguien, con esa clase de orgullo, pero Izaya solo se tenía a sí mismo y su trabajo. Era difícil olvidar el dolor, pero a Izaya se le hacía más complicado recordar las memorias más dulces, los mejores momentos que hubiera tenido con sus padres. Tenía cicatrices del daño, la soledad, y el abandono, pero ninguna de las sonrisas que pudieran haberle dedicado. Quizás es que había sido demasiado pequeño como para retener tales cosas en la cabeza, pero él sabía que no era así: simplemente se aprendía muy poco de la paz. Desde que se hubieran marchado con sus negocios a otros países, Izaya había estado en guerra, y lo seguiría estando por siempre. Lucharía por lo que quería, lo que deseaba, lo que sabía que él merecía. Tenía muchas ambiciones. Pero en ese instante, libraba una batalla consigo mismo, entre tratar de mantener a Judal a su lado, o dejarle ir como deseaba. Estaba perdido, y ningún tipo de información o estrategia parecía funcionarle para salir de tal encrucijada. Carraspeó un poco y continuó: esto es lo que soy, Judal. Un informante que vende sus servicios al mejor poster, un plebeyo que ha cenado con personas poderosas, tanto de altas cunas como de baja cunas, y que siempre ha tenido lo que ellos necesitaban. Una persona que no cree en conceptos como el bien, o el mal, o en los Dioses. Y que, sin embargo, ahora le está peinando el pelo a un noble que apenas conoce de nada porque cree que es su hermano perdido. Porque sí, lo creo. Lo creo aun cuando yo no creo en nada ni en nadie. Creo que eres mi hermano, Judal, y si me dejas, puedo demostrártelo.
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Mensaje por Judal el Dom Abr 08, 2018 4:33 pm

Contuvo el aire y se mordió la lengua para no gritar en contra de lo que decía: ¿“la verdad es una ilusión”? Nunca había escuchado tal tontería y más viniendo de un informante. Judal era un ser terco y cerrado en muchos aspectos y este era uno, para él la verdad era una sola, siempre había un fundamento y una raíz y nunca una verdad podía ser compartida por dos justificaciones diferentes, si una flor era roja no había forma que otra persona no la viese roja a no ser que tuviese algo mal en los ojos. Pero cayó, no era momento de discutir esa clase de cosas y había visto por experiencia que la gente no tendía a cambiar de opinión de manera tan acotada y conveniente,  a no ser que hubiese algo que él no estuviese viendo. Mantuvo por un momento la mirada ajena antes de volverse nuevamente hacia el frente, mirando la hilera de botellas de colores en la estantería. Pensativo consideraba lo que el pelinegro le decía con suma seriedad, aunque el tono tranquilo con que le decía que podía mandarle matar le despertaban dudas y sospechas, la más probable es que si el consejero optaba por esta opción era que el informante ya estaría fuera de Durban en el momento que Judal pusiera un pie en el castillo, ya estaría en medio del mar cuando la guardia comenzase a moverse y tocando puerto en otro país cuando finalmente terminasen de revisar el lugar y constatar que efectivamente no estaba. Igual le dejaba un sabor algo amargo en la boca que intentó pasar con lo que quedaba de su té.

En lo pequeños silencio podía escuchar el azotar de las gotas de agua contra los cristales, amenazantes de volverlo a mojar si llegaba a salir. La verdad es que allí con el fuego ya secándose estaba mucho más cómodo de lo que quería admitir, y sentir como le peinaban el cabello con tanto cuidado le adormecía un tanto. Sus pensamientos se volvieron un poco más lento y tomando solo pequeños subrayados de los comentarios ajenos. Cosas como “sería más fácil si no fuésemos hermanos” le quedó haciendo eco en su mente mientras dejaba la taza vacía sobre el platillo. El oficio del informante era claramente peligroso pero él estaba bien protegido, siendo Pelleas un mago oscuro de alto nivel no tenía que preocuparse de ataques que pudiesen atentar contra ellos, y si estaba a solas siempre se había encontrado la manera de salir airoso de situaciones peliagudas. Tenía la auto confianza de los tontos. Tenía sospechas también y su silencio dejaba en evidencia que pensaba en ellas, él tenía un puesto muy conveniente, un puesto que podría ser una mina de oro para cualquier informante, cercano a la corona de Daein y viajando con su heredero siendo ni más ni menos que su consejero, era admitido en las mesas de negociación o estrategia, en cenas con nobles y sabios, bromeaba con los guardias que cuidaban los aposentos de los reyes y bailaba con los jóvenes amantes de personas importantes que susurraban sus fechorías a su oído con intención de impresionarlo. Solo aflojar un poco la lengua del pelilargo podría significar cientos de monedas de oro para el pelicorto. Pero a su vez estaban las cartas... ¿podrían ser falsas? Podrían... Pero también podrían ser verdaderas. Era más sencillo solo irse pero no se caracterizaba por hacer lo más fácil en el momento de tomar decisiones, si no lo que más le convenía.  Y si bien era conveniente para un informante tenerlo a él, también era conveniente para él tener un informante. Incluso dejando de lado la sangre que corría por sus venas aquella unión podía ser de gran conveniencia.

- Te lo permito. Te permito que me lo demuestres. - fueron finalmente sus palabras después de un pequeño silencio. Había demasiadas cartas sobre la mesa como para poder anticipar la próxima jugada del otro y cual sería el resultado pero quería arriesgarlo todo, quería ese “todo o nada” que llevan a la gloria a los apostadores o los dejan en la calle. Tenía familia ya pero quería algo más que solo padres, quería saber como era tener hermanos y quería alguien de su edad para tener esa complicidad que solo se veía en las obras satíricas de las plazas. También quería saber la verdad, no quería vivir en una falsa vida y ahora no podía solo hacerle oídos sordos y ojos ciegos, no si ya sabía suficiente como para que le pinchara en el fondo de su mente por el resto de su vida.
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Re: [Social] The Truth of Life is Close to Hell. [Priv. Judal]

Mensaje por Izaya Orihara el Lun Abr 16, 2018 12:03 pm

No era un secreto que a Izaya le gustaba hablar. Quizás era un efecto adverso de ser tan atento para escuchar a los demás, pero lo cierto era que amaba el sonido de su propia voz y consideraba que sus deducciones eran dignas de ser expresadas en alto. Podía ser que sus oyentes estuvieran de acuerdo o no, no le importaba. Sabía argumentar, sabía convencer, sabía cautivar. Y al mismo tiempo, no se le pasaba por alto que toda persuasión tenía un efecto adverso en cada persona, una innata necesidad de oponerse a algo que antes no se hubiera pensado. La psique humana le fascinaba a tal punto, que la piscología y filosofía detrás de los procesos mentales y de comportamiento de las personas eran debates típicos que tenía consigo mismo. Hablaba a menudo en su propia cabeza o en voz alta, puesto que no era común encontrar a alguien que quisiera perder el tiempo en entender su modo de ver las cosas, de analizar su entorno y a todos los que allí hubiera. Por eso, a veces perdía la noción de que no estaba solo, sino con otras personas, y se iba por las ramas. Pues que Judal no le interrumpió, Izaya siguió a lo suyo, peinando y hablando y siendo mucho más sincero de lo que había sido con nadie.

Así, no tardó en terminar toda la melena del bailarín. El resultado era bueno, si él mismo se permitía juzgar su obra. Las hebras negras estaban lisas y bien cuidadas tras el paso del cepillo. Una vez finalizado, dejó el instrumento a un lado de la cama y se echó un poco hacia atrás, con los brazos alzados como estirándose después de estar mucho tiempo en la misma postura encorvada. Estaba dejando a Judal digerir todo lo que le había dicho, que era bastante. Casi se le pasan sus palabras de no ser porque rompieron el silencio de la habitación, apenas enturbiado por el ruido de la tormenta contra la posada. De inmediato posó su mirada en la espalda de su hermano y sonrió con cierto orgullo y satisfacción. Por unos momentos se le había acelerado el corazón pensando que iba a renegar de todo y dar la orden de cortarle la cabeza. Se alegraba de que no fuera así, de que decidiera confiar en él para revelar su turbio pasado familiar. Entendía que eso era algo desagradable, que lo que pedía el cuerpo era esconderse y no pensar en ello. Sin embargo, tal y como Izaya se había enfrentado primero a la verdad, ahora era el turno de su hermano. Apenas se conocían, pero el informante ya sentía orgullo por Judal.

De un saltó se bajó de la cama y después agarró la bandeja con las tazas de té, una vacía, otra con el contenido frío, y la dejó en una mesa pequeña y redonda donde no molestaría. – Si vamos a tener esta conversación será mejor que empecemos a beber algo un poco más fuerte. Alcohol, eso necesitamos. Tú quédate aquí, que estaremos más cómodos. – comentó y se dirigió presto a la estantería donde descansaban todas sus perfectas botellas, apenas sin abrir o utilizar. - ¿Qué quieres beber? Dime algo que sea fuerte, nada de las tonterías que toman las mujeres de la corte que están a dieta. Yo voy a tomar esto, es un regalo de Mitgard. Al parecer es la bebida más popular entre los guerreros más reputados. – abrió la botella, olió el contenido y puso cara de desagrado. Izaya no solía beber y mucho menos alcoholes fuertes, pero él también necesitaba el apoyo extra. Sin mucha ceremonia le dio un buen trago al que le siguió un gesto de que no le había gustado nada. – Ugh. Esto da mucho asco, pero no es vomitivo del todo. Servirá. – una vez Judal le dijo lo que deseaba, volvió con todo ello a la cama y lo dejó ahí junto a dos copas de plata. – Yo que tú empezaría. Cuanto antes mejor.


Se sirvió una copa del veneno mitgardiano y correteó al escritorio. Allí tomó una selección de lo más importante y regresó al colchón. Esta vez estaban el uno frente al otro. El informante se colocó con las piernas cruzadas y fue extendiendo en el espacio entre ellos los documentos en orden cronológico de cara a Judal. Lo primero a la derecha hasta finalizar en los últimos papeles a la izquierda. Comenzó a explicar desde el principio: Para que cerciores mi identidad, aquí está mi certificado de nacimiento, con el año en el que nací, mis padres y mi residencia en Ilia: Izaya Orihara, varón, ojos rojos, pelo negro, sano. Esto estaba en los archivos de la Gran Biblioteca, la única copia existente es la que ahora tienes frente a ti. Varios años más tarde, tenemos cartas que me mandaron cuando se fueron de viaje. La mayoría son de Jehanna, allí el negocio les prosperó y se quedaron a vivir allí. – hablaba con tranquilidad, casi indiferencia, pero eran obvias las cicatrices. Las misivas estaban arrugadas, a veces rotas o con manchas que indicaban que alguien había llorado sobre ellas. Izaya solo había tenido cuatro o cinco años al recibirlas.

– Esta es la última que me mandaron, después, puedes ver que hay un vacío de casi dos años. Según mis cálculos debiste de nacer en esta época, pero mis padres nunca me escribieron sobre ti. Tampoco te mencionan en esta otra en la que el jefe del poblado me explica que mis padres han muerto. Un ataque de bandidos, los que se resistieron acabaron en una caja de pino. Los que no, al parecer fueron esclavizados, aunque eso lo supe después. – frunció las cejas. - Lo único que no he podido averiguar nunca es por qué nadie me habló de ti. Jehanna es una zona con mucho crimen, puede ser que su misiva fuera interceptada con otros objetos de los mensajeros, o puede que simplemente no pensaran en decírmelo. Fuera como fuera, nunca creí que tuviera un hermano hasta que te conocí. No es por nada, pero físicamente somos demasiado parecidos, así que empecé a investigar. Mi primer punto de referencia fue Jehanna, obviamente. Ahí mis conjeturas empezaron a cumplirse. – bebió de su copa un buen trago y prosiguió.

- Lo siguiente que verás es una página arrancada de un libro de registros: residencia, nacimientos y defunciones de los últimos veinticinco años del poblado. Mis padres salen registrados, estos son sus nombres. – los señaló pero no los pronunció. – Sale la fecha en la que formalizaron su estancia allí y la fecha en la que fueron enterrados en el cementerio común, sin demasiados honores, sus ataúdes eran los más baratos que los vecinos pudieran costearse después del ataque. Pero debajo, apenas ahí legible, está inscrito un nacimiento a la familia: sin nombre, varón, ojos rojos, pelo negro, sano. – ahí Izaya alzó la mirada y la posó en la de su hermano. Sin palabras le dijo que era él. – Debías de tener pocos meses cuando el ataque sucedió. Las viejas del lugar lo recordaban bastante bien cuando les hablé de ese día. Algunas de ellas fueron capturadas como esclavas junto a los niños y bebés, tú debías de estar entre ellos. Os llevaron a Renais, pero las autoridades se encargaron de destapar la operación. Las supervivientes regresaron a Jehanna con los niños, pero tú no lo hiciste.

Ahí titubeó un poco entre darle el último papel o no, pero al final lo hizo con un suspiro. El alcohol comenzaba a inundar sus venas de forma agradable a pesar del horrible sabor. – Lo último es una concesión de adopción, puedes ver en el sello que el gobierno de Renais lo autorizó. Salen los nombres de tus padres, tu nombre, y la siguiente descripción: Judal Rukh, varón, ojos rojos, pelo negro, sano. – para terminar de decir lo último tuvo que servirse otra copa. – Todo lo que ves es único en el mundo, todas las copias son inexistentes o han sido destruidas. Lo único que queda es tu certificado de “nacimiento” en Begnion que afirma que eres el hijo natural de las personas que te criaron, tus padres adoptivos. Aunque tú sepas la verdad, estás a salvo. – Era un consuelo mínimo, pero Izaya había sido muy exhaustivo en no dejar ningún tipo de pista o de conexión entre ambos. En cuanto murieran las viejas de Jehanna, solo ellos poseerían ese conocimiento.
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