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[Social] The Truth of Life is Close to Hell. [Priv. Judal]

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[Social] The Truth of Life is Close to Hell. [Priv. Judal]

Mensaje por Izaya Orihara el Vie Jun 02, 2017 8:07 am

Ya se había hospedado en un par de ocasiones en esa posada, siendo uno de sus mayores descubrimientos en una de las primeras veces que había ido a Durban. Le gustaba por su cercanía a los muelles, su centralidad dentro de la ciudad portuaria, y cómo estaba estructurada por dentro. No era un sitio de hospedaje normal. La entrada era pequeña, con un mísero portón de madera entre el exterior y el vestíbulo, que no era más que un pasillo sin amueblar en el que había dos puertas, una al fondo y otra a la izquierda, y una mesa a la derecha. Allí, una vieja bruja contaba monedas de cobre con dedos sucios a la luz de una única vela. Su cabello blanco y rizado, como una tela de araña alrededor de su cabeza, le daba un aspecto aún más macabro a su rostro arrugado, provisto de una enorme nariz puntiaguda y unos ojillos negros como la noche. Estaba sentada sobre un taburete alto, y desde ahí vigilaba a todas las personas que entraban y salían de su posada. Reinaba el silencio, salvo por el tintineo del dinero, la carrasposa tos de la anciana que le aquejaba de vez en cuando, y las voces lejanas de los demás huéspedes.

- Ah, Orihara. – masculló la mujer, apenas habiendo levantado la vista de lo que traía entre manos. Nunca había conocido a nadie que pudiera recordar rostros y nombres con la facilidad con la que ella lo hacía, salvo él mismo, por supuesto. Asintió con la cabeza brevemente, una sonrisa encantadora en los labios. Su falsa postura relajada ni siquiera parecía indicar que se estaba muriendo de frío, aunque así fuera. La bruja dejó sobre la mesa una llave sucia, con un cordón de cuero del que solía colgar cuando nadie la estaba usando. Por unos momentos abrió los labios como para preguntar algo sobre el acompañante del estratega, pero una bolsa mojada frente a ella la calló por completo. Avariciosa, la abrió para descubrir que su interior estaba lleno de monedas de oro, mucho más relucientes y preciosas de las que antes contaba con un mimo escrupuloso. No volvió a dirigir la vista al frente, pero añadió: Ya tienes la chimenea encendida, ahora mandaré a alguien a subirte algo de comer, que estás escuchimizado.

Izaya se rio como si fuera el chiste más divertido del mundo y se lo agradeció de forma encantadora. Estaba claro el mensaje que había dado con la cuantiosa cantidad de dorado dinero: ni preguntas sobre su acompañante, ni comentarios a otras personas sobre él. Como si ni siquiera existiera, como si nunca hubiera entrado en aquella taberna de Durban. No era la primera vez que hacía algo así, cualquiera que le conociera sabría que era un hombre privado pese a sus continuos actos de presencia por doquier, y que se guardaba para sí mismo. Si bien había mucha gente que sabía quién era él, pocos eran los que sabían algo a ciencia cierta sobre su persona o su vida. Corrían rumores, por supuesto, pero, ¿cuántos de ellos eran verdaderos, ¿cuántos falsos?, ¿dónde comenzaba la verdad y dónde la mentira? Ni siquiera él podría saberlo, de tantas falacias que se había contado, tantas máscaras recubrían su verdadero ser. Con Judal se le habían resquebrajado, pero era una muestra de debilidad que no dejaría a ninguna otra persona ver, y mucho menos una vieja bruja de Durban.

El informante le hizo un gesto al bailarín para que fuera hacia el final del pasillo tras tomar la llave de la estancia. La puerta de la izquierda llevaba a lo que era la taberna en sí, un amplio bar en el que se reunía la gente a comer y a beber bajo el amparo de las chimeneas, y a charlar animadamente con el sonido del destartalado piano de fondo. La segunda puerta daba a unas escaleras que subían al piso de arriba, donde estaban las alcobas de los huéspedes. La arquitectura de la taberna gustaba a Izaya porque permitía una mayor privacidad que otros locales en los que no había división entre la entrada y el bar. Lo cual favorecía que ambos hermanos pudieran escurrirse sin ser vistos al segundo piso. Había apenas una única vela en medio de la galería superior que daba luz al tétrico lugar. No obstante, el estratega se movía como una sombra más, familiarizado con su entorno. Tomó a Judal del brazo para que no se cayera con un escalón traicionero, aún más con el agua que les empapaba y que les podía hacer resbalar, y le guio hacia la habitación adecuada, no fuera a ser que se metiera en donde no debía.

Había pedido el cuarto con las mejores vistas, aunque con la tormenta que arreciaba en el exterior no se podía apreciar en su magnitud el increíble paisaje de la plaza y el puerto. La chimenea crepitaba de forma agradable, dando luz y calor a todo el recinto. El suelo de madera estaba cubierto por gruesas alfombras, donde descansaban varios baúles con las pertenencias de Izaya para el viaje que nadie había osado tocar. El resto del espacio lo ocupaban una inmensa cama con un dosel de terciopelo burdeos, un escritorio de cara al ventanal, y una zona provista de una mesita redonda y dos butacas de cuero. En uno de los rincones había una portezuela que daba al cuarto de baño, también acondicionado para los huéspedes más pudientes: una tina, un tocador, y toallas algo ásperas de lino. El informante cerró la puerta tras ellos con llave y se volvió hacia Judal. – Puedes usar lo que quieras del baúl grande. – se inclinó para abrir el enorme cajón y dejar a la vista una gran cantidad de ropa. La mayoría era del estilo que llevaba en ese momento, pero al fondo había ropajes menos convencionales como vestidos de mujer y maquillaje. Izaya ni pestañeó al mostrarlo.

Mientras dejaba que el otro cotillease entre sus pertenencias, se quitó su amada capa de piel y la dejó en una banqueta frente a la chimenea con un suspiro y un mohín de disgusto. Le encantaba ese abrigo. Después se quitó la camisa y se puso una manta que encontró alrededor de los hombros mojados y se sentó en una de las butacas a pesar de llevar el pantalón aún húmedo. Parecía estar inmerso en profundas cavilaciones. Pasó los ojos rojos del fuego de la hoguera hacia Judal después de unos segundos de reflexión. - Puedes pasar al baño si quieres, aunque si vas a estar mucho rato podrías darme el libro que llevabas antes para que lo vaya secando, o las páginas podrían arrugarse. – sugirió y apoyó la barbilla en una mano, su expresión más relajada. Se permitió sonreírle con cierta diversión que aún no llegaba a sus ojos. – Prometo no usarlo para hacer barquitos de papel.
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Re: [Social] The Truth of Life is Close to Hell. [Priv. Judal]

Mensaje por Judal el Mar Jun 13, 2017 4:54 pm

Ingresó a paso apresurado casi pisando los talones de su hermano, con la pesada capa mojada contra su cuerpo temblaba como si fuese una hoja en otoño en medio de una ventisca y no se molestaba en ocultarlo así como su mala cara de disconformidad y prejuicio al lugar donde estaban entrando. El se hospedaba en el castillo real y cuando no lo hacía en las tabernas y posadas más elegantes que el dinero pudiese pagar, siempre ingresaba sobre pisos alfombrados, maderas pulidas y mármol, aquellas tablas viejas y resquebrajadas dejaban ver agujeros que estaba seguro que eran criaderos de ratas, agradecía a la poca luz para no verlas corretear bajo sus pies o siquiera ver la mugre que debían tener. Miró a su alrededor y se quedó un paso por detrás del pelinegro de cabello corto, cuando miró a la anciana no mantuvo la mirada, desagradable para sus ojos se dedicó a examinar un viejo cuadro que atacado por la humedad de la costa ya había perdido tanto color que no eran más que manchas negras, marrones y verdes que parecía, con mucha imaginación, que alguna vez había sido un paisaje boscoso. El sonido de las monedas de oro le hizo mirar la mesa, reconocía ese tintineo en cualquier lugar, incluso con afilada mirada podía llegar a calcular más o menos cuanto dinero había en esa bolsa, no entendía por que siendo su hermano tan pudiente se hospedaba en ese hueco de arañas.

Sin querer estar ni un segundo más en aquel recibidor esperaba que a menos la habitación fuese mejor y la promesa de una chimenea y una comida cliente se sentía muy seductoras como para expresar descontento en voz alta. Obediente subió apresuradamente las escaleras, detenido por el brazo de su hermano al momento que su peso le hacía resbalar sobre una tabla suelta, molesto miró al pelicorto con severidad, mudamente recriminándole y culpándole por el incidente, a fin de cuentas era él quien le había llevado a ese lugar. Siguió con más calma y cuidado, deshaciéndose del agarre, aún no sintiéndose del todo cómodo con la idea de su nuevo familiar. Entró a la habitación con gusto, alegre de que fuese más acogedora que la entrada ya siendo un gran avance de que sus pies se hudieran un poco en la mullida alfombra - Gracias... intentaré regresarte la ropa antes de irme, pondré la mía a secar frente a la chimenea. - lo primero que se quitó fue los zapatos, no ensuciaría el lugar con zapatos embarrados y mojados, eran de suela de yute y tela por encima, muy livianos y con buena tracción para moverse así como muy livianos, pero naa abrigados, dentro del calzado sus pies iban descalzos. Acercó uno de los banquillos a la chimenea y extendió sobre este la capa violeta de bordados dorados para que se secase y pareció dudar mucho antes de quitarse también la prenda superior semi trasparente y el pequeño top que cubría la parte superior de su pecho. Era delgado y sin la ropa que loo disimulaba era un cuerpo sin mucha gracia por si solo, no tenía curva alguna en su cintura y sus músculos eran delgados apenas marcados por su delgadez. Su piel era pálida y contrastaba con su cabello profundamente negro, entrelazando sus dedos entre la trenza la fue deshaciendo quitando las abrazaderas doradas que lo sujetaban hasta que fue una cascadas de ondas cayendo por su espalda hasta sus pantorrillas. Estremeciéndose de frío se arrodilló frente al baúl y sin mucho cuidado comenzó a sacar ropa, acostumbrado que todo le quedase grande era de sorprenderse que la mayoría fuese aproximadamente de su talla - Olvídalo, no tocarás ese libro, le pertenece al príncipe y aún debo estudiar de el. No es un juguete y no confío en tus manos torpes. - dejó apartados un par de pantalones negros y una camisa que parecía ser femenina por lo entallada que era pero no teniendo ningún detalle de volados y siendo de cuello recto se veía que era de varón - Tomaré esto. Ya regreso, no toques nada mio. - amenazó metiéndose al baño casi de un portazo aunque afuera solo había quedado su capa y un par de prendas de ropa, se había llevado consigo el bolso que colgaba de su cinturón donde estaba el libro.

Tardó un buen rato allí dentro, se lavó el maquillaje de su rostro así como sus pies y manos por la suciedad de la calle, se secó con cuidado y revisó su cuerpo desnudo frente al espejo, sobretodo donde alguna vez había tenido heridas para comprobar que no se veían cicatriz alguna, últimamente había participado en algunas peleas y se había herido, experiencias horribles pero más horrible era el pensar en su cuerpo con cicatrices que pudiesen entorpecer su trabajo. Conforme con no ver rastro alguno se vistió, solo sintiendo un poco holgada la camisa pero sin problema con ello salió con un peine de carey en su mano se acercó a la cama sentándose en el borde de esta permaneció un rato en silencio mientras pasaba su cabello húmedo sobre su hombro y comenzaba a peinarlo dese sus puntas con cuidado, finalmente habló con un tono bajo como si temiese romper el silencio - No tenías cepillo de pelo de jabalí, este servirá igual para desenrredarlo pero debo regresar al castillo pronto por que si se me seca el cabello y no lo cepillo se me arruinará. - era una excusa demasiado barata como para ser tomada enserio.
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Re: [Social] The Truth of Life is Close to Hell. [Priv. Judal]

Mensaje por Izaya Orihara el Dom Sep 03, 2017 4:44 pm

No le molestó que Judal no le cediera el libro, incluso si se había ofrecido a secarlo con buenas intenciones. Era un intelectual, al fin y al cabo, y no quería que un tomo se volviera arrugado y feo. Pero, el bailarín estaba en todo su derecho de mostrarse posesivo con sus pertenencias, pues no se conocían muy bien y no es que Izaya fuera una persona en la que la gente confiase de buenas a primeras. Al contrario, el informante no se encomendaba a nadie y, por tanto, la gente hacía lo mismo con él. Desde siempre, había aprendido que, si quería algo, debía tomarlo por cualquier medio o ganárselo, así que no le sorprendió que Judal viviera con una especie de filosofía parecida. Se encogió de hombros y se rio de forma suave, aunque jocosa. – Nunca nadie me había acusado de tener manos torpes. – comentó. Era verdad. Al contrario, se solía alabar su buena caligrafía, el buen uso que hacía de las cuchillas, y su destreza para satisfacer las exigencias de sus amantes en el dormitorio. Sus palmas eran suaves, como las de cualquier persona poco dada a las batallas, y sus diestros dedos largos adornados por anillos simples de plata parecían los de una mujer. Se miró las uñas con fingido interés y añadió con cierto canturreo: Me portaré bien.

No pasaron ni treinta segundos desde que Judal se metiera en el baño para que Izaya se levantara de su asiento. Dejó que la gruesa manta de piel cayera de sus hombros sobre el sillón, mientras él se movía por la habitación. Primero, movió las banquetas con la ropa mojada para que ambas estuvieran a una distancia corta del fuego, pero no lo suficiente como para que se quemasen en caso de que saltara alguna chispa traicionera. Izaya no había tocado la ropa, y Judal no había dicho nada de mover el mueble, así que era algo justo. Comprobó que había leña suficiente para durar unas buenas horas, y añadió un tronco pequeño para quedarse más tranquilo. Atravesando la chimenea había un hierro en el que colgaba una tetera de color negro. Izaya le echó agua de una jarra de la zona del tocador. Con el calor del fuego, dentro de poco comenzaría a hervir y podrían disfrutar de un té que les quitara el frío de los huesos. Aunque lo cierto era que el informante no tiritaba tanto como su hermano. La mayoría de su vida había vivido en Ilia, y allí hacía frío de verdad, no como la suave lluvia que les había caído.

Sin embargo, comenzaba a estar incómodo con los pantalones mojados, y sería conveniente ponerse una camisa en caso de que fuera a coger un resfriado. No recordaba la última vez que había estado enfermo, y prefería que eso siguiera así. Rebuscó en el baúl hasta que encontró una camisa gris, con las mangas largas algo más ajustadas en la muñeca y un cuello en pico, que dejaba ver el comienzo de su pecho. Aún estaba algo mojado, pero no pareció molestarle que las gotas de agua de su cabellera azabache empapasen los hombros de su nueva prenda. Se quitó también los pantalones, que dejó cerca del fuego junto a los calcetines y botas, y se cambió a otro par que eran iguales. Aunque a Izaya le parecían muy diferentes por la textura, el número de botones, y detalles menores, pero lo cierto era que eran negros como los anteriores. Como tenía los pies helados, se puso unos calcetines y, en caso de que Judal quisiera unos y se le hubieran olvidado, los lanzó sobre la cama. Recogió el baúl y lo cerró. Hacía todo de forma metódica y hasta maniática, costumbres desde la niñez. Podría estar residiendo en un antro de mala madre, pero nadie podría decir que no mantenía su espacio limpio y ordenado.

Normalmente, solía canturrear o hablar para sí mismo. No obstante, en esa ocasión se mantuvo callado, pensando en sus propias cosas. Por suerte, colocar todo a su gusto le sirvió para encontrar un poco de su perdido control y sentirse más cómodo con los acontecimientos. Satisfecho con el resultado, volvió a coger la manta, de suave piel de lobo gris, y se la colocó como una capa sobre los hombros. Se sentó en el escritorio, de espaldas al gran ventanal cubierto por una cortina de terciopelo. Encima de la mesa brillaba una triste vela, con la que el informante aprovecho para encender una lámpara de aceite que había comprado en un bazar de Jehanna. Casi podía pretender que estaba solo en su habitación del hostal. Judal no hacía demasiado ruido tampoco, y el crepitar del fuego y la calidad de la manta sobre su cuerpo le trajo una especie de sosiego. No obstante, habría que ser un incrédulo para creer que un poco de cobijo podía hacer desaparecer la situación en la que estaban.

Era obvio que necesitaban hablar, y por eso Izaya había adoptado un deje más profesional. Frente a él, colocó las cartas que había ido intercambiado con los padres adoptivos de Judal antes de visitarles y descubrir la verdad. También varios retratos a carboncillos de sus dos padres, que mantuvo escondidos bajo unos pergaminos por si acaso su hermano quería verlos. Izaya apenas podía mirar sus caras sin querer destruir el estúpido papel. Junto a todo lo demás, dejó varias misivas de su padre y madre, informándole de su estancia en Jehanna y, años después, la carta que le había dicho que sus progenitores habían muerto. En la superficie de aquel mueble se encontraba casi toda lo que había podido averiguar de lo acontecido en ese periodo de separación con sus padres, en los que habían dado a luz a un hermano menor que, por azares del destino, se había encontrado con él. Le observó en silencio cuando salió del baño, aunque pretendía estar escribiendo algo. Su caligrafía era impecable, pero las palabras inconexas delataban que era una pretensión.

Alzó las cejas y una ligera sonrisa asomó a sus labios ante la patética excusa de su hermano. – Se te arruinará más si vuelves a salir a la calle. Puedo hacer llamar un carruaje de donde sea que te estés hospedando, pero seguramente tarde en llegar. – aun así, no hizo amago de levantarse para llamar al servicio. Había pagado a la vieja para que no se les molestase incluso si había un incendio en el carcomido edificio. Lo que sí que le hizo incorporarse fue el silbido de la tetera, ya con el agua lista. - ¡Ah! Justo a tiempo. ¿Qué tipo de té te gusta? – no le miró directamente. Dolía comprobar lo mucho que se parecían entre ellos sin maquillaje de por medio. - ¿O prefieres algo más fuerte? – Señaló un lugar de la repisa donde había varias botellas sin abrir de alcohol, regalos de clientes satisfechos. La mayoría eran vinos de alta calidad, aunque había otros tipos de bebidas como sidra, hidromiel y aguardientes. Ninguna botella estaba abierta. – Puedes ir sentándote donde quieras, - técnicamente Judal estaba sentiado ya en la cama, pero Izaya prefería que se levantase de ahí, no fuera a dejar el colchón mojado con tanto pelo, - aunque en la mesa hay cosas que quiero que veas.

Hablaba de forma amena, con confianza, aunque se notaba que no estaba del todo cómodo por la manera en la que sus manos jugaban con los objetos a su alrededor. Se tomó su tiempo en ir a la tetera. – Es todo lo que he podido averiguar, - confesó de repente, en relación a la cantidad de papeles que había sobre la mesa, – pero creo saber la historia detrás de todo. La pregunta es, ¿tú quieres saberla? – y su corazón se estremeció con la mera idea de que Judal dijera que no, que prefería irse a su casa y no volver a tener nada que ver con el roto informante. Se sentía débil en las piernas, y se insultaba mentalmente por su flaqueza de espíritu. Era irónico como, después de tanto intentarlo, aún seguía siendo perseguido por su pasado. Nunca podría dejarlo atrás, pero quizás con el bailarín no sería necesario hacerlo.
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Re: [Social] The Truth of Life is Close to Hell. [Priv. Judal]

Mensaje por Judal el Lun Oct 09, 2017 11:18 pm

Los movimientos naturales de su hermano confirmaban que era el dueño de aquel espacio, si bien la posada no estaba a su nombre y no era el dueño legal de aquella habitación la forma en que se movía por la misma delataban lo posesivo que era en su espacio y lo bien conocido que lo tenía, la confianza de alguien que sabe exactamente donde se encuentra cada cosa por que él la puso en ese lugar. Esta actitud relajada a la vista, como estar escribiendo o levantarse a preparar el té como si nada hubiese ocurrido solo empequeñecían al bailarín que permanecía sentado en el borde de la cama con la mediática tarea de desenredar su largo cabello. En aquello parecían bastante similares, así como el informante buscaba control en las tareas metódicas el consejero también lo hacía. Se sentía más tranquilo con aquel movimiento familiar incluso si no se trataba siquiera del peine que siempre utilizaba y era uno muy diferente.

No respondió a las palabras de Izaya respecto al carruaje, una parte suya no quería irse aún, no así, por algo le había seguido, pero por otra parte solo quería regresar a su vida incluso si esta era una mentira. Ya sabía algunas cosas pero se negaba a aceptarlas, sabía que no se parecía a sus padres en Begnion, sabía que sus facciones no eran propias de la gente de allí, incluso había llegado a pensar que era un hijo de los barcos, un engaño de su madre a su padre, pero no que era completamente ajeno a ese matrimonio en cuanto a lazos de sangre. El peine hacía un suave sonido, como una uña contra la seda, cuando pasaba por el cabello húmedo, a veces se sentía un suave “ting” cuando los dientes se tensaban en algún nudo y se liberaban cuando el nudo cedía. Fuera de ello el sonido de los pasos suaves del hombre de cabello corto y como manipulaba la tetera llenaban el ambiente, en segundo plano el crepitar del fuego y finalmente de fondo el golpear de las gotas de agua contra el cristal de la ventana, aún lloviendo con violencia en el interior. Sentía su rostro desnudo al no llevar maquillaje, los rasgos se notaban más masculinos pero así mismo se evidenciaba que no era solo efecto del maquillaje su aspecto delicado. Su mandíbula era afilada así como su nariz, sus ojos almendrados y labios delgados le daban un perfil un tanto andrógino. Levantó la mirada por un momento deteniendo su tarea, revisó desde su posición las botellas, solo una mirada rápida - Té negro, ponle licor de miel para endulzar, no más que un chorrito. - el alcohol ayudaría para hacerle entrar en calor rápidamente.

Siguió peinando, tenía una gran cantidad de cabello, mojado se había ondulado y el viento le había enredado bastante por lo que tendría bastante antes de terminar. No quería aún enfrentar aquello, no se sentía aún preparado así que descaradamente ignoró lo que el otro le dijo, con una actitud bastante infantil optó por apertar sus labios y con un gesto exagerado echar su cabello hacia atrás - Tsk. Este peine es horrible. No puedo hacerlo solo, tendrás que ayudarme. - Se subió más a la cama sin tener demasiado cuidado, subió sus pies descalzos y cruzó sus piernas, jaló sin cuidado de las mantas para cubrirse los hombros y pasando su mano por su nuca tiró de su cabello hacia arriba para liberarlo sobre su espalda y parte en la cama. Miró al informante con las cejas fruncidas en un gesto caprichoso y le extendió el peine - Ten cuidado, si tiras puedes quebrar el cabello, ve desde las puntas y sube solo cuando ya no hayan más nudos. - si bien su hermano no tenía forma de saberlo aquel gesto era más de lo que permitía a cualquiera. Su cabello era su orgullo, no permitía que nadie lo tocase, mucho menos que lo peinaran donde corría el riesgo que le jalasen o lo enredasen aún más, pero quería intentar compartir algo íntimo con él, algo que le confirmase que aquel hombre si tenía alguna clase de relación con él. No era lógico aquel pensamiento pero confiaba en aquella corazonada de que era ese tipo de pruebas las que necesitaba más que lo que fuese que hubiese sobre la mesa.

Esperó tenso con el peine extendido, no había pasado ni un segundo que sintió miedo, pudo ver su mano temblar un poco en el aire y sintió el palpitar de su pecho. No tenía sentido que tuviese miedo pero repentinamente temía al rechazo, que el otro negase a sus exigencias. Pensó en retirar su mano, pedir por el carruaje y huir a la seguridad del castillo, encerrarse en nuevamente en su caja emocional y continuar con su vida como hasta el momento. No se movió pero sus ojos espiaron por la comisura la mesa a la que se había referido Izaya. Veía los papeles apilados, esperando a ser tomados, pero él no sabía aún si quería tomarlos. Volvió a mirar al otro, esta vez su ceño no se encontraba tenso, solo miraba al pelinegro como si recién comenzase a ver las similitudes de sus rasgos.
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