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Crowley

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Crowley

Mensaje por Crowley el Miér Mayo 24, 2017 6:37 pm

Crowley
Mercenario
"Just look at history. Nothing kills more humans than human"

Datos
Nombre: Crowley Eusford

Edad: 68 (aparenta 28)

Clase: Mercenario - Branded

Especialización: Hacha

Afiliación: Mitgard

Ocupación: Guardaespaldas - Herrero

Personalidad
Describir a Crowley con una palabra es fácil: desinteresado.

En general es una persona pacífica y solitaria. Salvo que se le encargue alguna tarea, pasa el día en su forja haciendo armas, herramientas y algunas pequeñas piezas de armadura, o preparando sus licores caseros en la parte de atrás. Si bien no es un fino artesano del metal, sus armas son fuertes y macizas, pone especial empeño en eso y siempre las prueba él mismo antes de entregarla al cliente.

Este fornido hombre ha perdido casi por completo el interés en el mundo y sus habitantes. Odia a humanos y laguz, y a los segundos les aborrece con especial saña ya que estos le atacan no bien le ven. A los humanos los odia porque sabe que si se enteran de su naturaleza le atacaran de forma tan o más salvaje que un laguz, pero sabe que son más fáciles de engañar, por lo que puede convivir con ellos, pero ambas especies se han ganado su rencor.
Antaño supo ser un gran guerrero, preocupado por una nación y una causa. Pero el dolor de la traición de estos ha hecho que se encierre en sí mismo y ya no le interese socializar con  extraños, cerrando su círculo social únicamente a su hermano mayor y a aquellos que él le señale como personas de confianza.

Su hermano es el único que le ha demostrado amor incondicional y por ende es en la única persona en quien confía. No le importa lo que los rumores digan de él, o incluso  que lo vea haciendo cosas que podrían tildarse de malvadas o amorales. Vive para protegerlo, para pagar por los años en que le dio la espalda. Así que no importa la atrocidad que este haga o le obligué a hacer, el apartará la mirada o apretará los ojos y pondrá manos a la obra. Hará cualquier cosa por proteger a su hermano o para no perder su amor.

Es de entendimiento lento, bastante lento. No se podría decir que es tonto al cien por cien, pero sí que no es el caballo más rápido del corral. Es muy bueno trabajando con las manos y peleando, pero su táctica es siempre avanzar destruyendo todo lo que hay en su camino. Su carencia de inteligencia lo compensa con una gran docilidad a la hora de seguir órdenes, las cuales acatará al pie de la letra sin perder un segundo en pensar si le comprometen físicamente o no si vienen de Ferid. Su hermano es quien le enseñó a leer y escribir, y le tomó años.  
No suele entender conceptos abstractos, no obstante, gracias de nuevo a su hermano, sabe lo mínimo sobre monedas y trueque.


En el amor…. Muchas han sido las que han gozado de sus caricias y murmurado su nombre entre sus brazos. Disfruta mucho de intimar con mujeres, pero nunca se ha quedado con ninguna. Las mujeres son criaturas frágiles y delicadas y las trata con mucha ternura cuando comparte lecho con ellas. También, como ex guardián de un prostíbulo, jamás pone un dedo sobre una dama que le haya negado el permiso, no importa que tanta entusiasmo tenga en el momento.

Le encanta pelear. No sabe si es por su mitad bestial o porque simplemente es un hombre violento, pero si hay una mínima insinuación de conflicto, él la va a tomar. Raras veces inicia él el combate, salvo que se presente ante él un luchador que prometa tener habilidades espectaculares, ahí le retará sin dudarlo.

La deidad a la que le rindió culto la mayor parte de su vida es Ashera.  Pero desde que las cosas terribles le pasaron únicamente por su mestizaje ha perdido interés en demostrar fervor religioso. No le guarda rencor, solo ya no le reza o presenta tributos.

Historia del personaje
En Gallia hay varios tipos de poblados. Están las grandes comunidades de laguz, donde las bestias se organizan dentro de su propia jerarquía. Y los poblados de humanos, que suelen estar en los límites del reino y ser la principal fuente de comercio de la región. En uno de estos poblados, entre los velos del burdel de una ciudad portuaria, nació Crowley.  Segundo hijo de una popular prostituta y un laguz tigre el cual abandonó la ciudad hace mucho tiempo atrás.
El pequeño niño nace y crece entre los abrazos y amor incondicional de su madre, quien haciendo una clara diferencia con su hermano mayor, casi le reconoce exclusivamente a él como su descendencia.  “Es el fruto de aquel hombre bestia tan salvaje y apasionado, el mejor que he tenido y claro, me ha dejado lo mejor” Esas fueron las faces que escuchó más a menudo el pequeño infante cuando se referían a su progenitor. Palabras que no entendía por supuesto, pero el cariño con que su madre las profesaba le hicieron pensar que se trataba de un hombre bueno y gentil, tanto o más que su madre.

Su niñez fue extremadamente amorosa y feliz. Su madre le mimaba siempre que tenía ocasión, y las caricias y abrazos nunca le faltaron.
Su hermano, por otro lado, era quien le acompañaba durante las largas horas que su madre trabajaba, y era este quien caminaba a su lado y le enseñaba con dedicación y paciencia a su medio hermano.
Ferid era maravilloso a los ojos del pequeño. Un joven que sabía leer y escribir a la perfección. Le enseñaba sobre monedas, comercio y las mejores formas para hacer un trueque y salir ganando en la diferencia. A Crowley todas estas cosas hacían que le doliera la cabeza, pero que su hermano las manejara con tanta naturalidad como caminar generó una fascinación en el hermano menor al punto que lo seguía a todos lados como un patito a su madre.  
Si bien hasta este punto Ferid siempre se muestra amable y ligeramente apegado a Crowley, no es hasta que le sale la marca en la espalda que este no muestra su verdadero cariño hacia él.
A los diez años, ya casi alcanzando en altura a su hermano mayor, el pequeño nota que algo nuevo le ha aparecido en el cuerpo, una extraña mancha en medio de los omoplatos con una forma  muy similar a la que tantas veces vio en la espalda baja de su hermano. Corriendo, sale del baño para mostrársela a su hermano  y este le cubre rápidamente advirtiéndole que nunca debe dejar que nadie la vea o sepa de esa marca jamás.
Fue la primera vez que Crowley vio a su hermano y a su madre pelear en su presencia. No entendió que pasaba. Porque que le apareciera una mancha en la piel deprimía tanto a su madre al punto que no salió de su habitación por dos días. Su hermano por otro lado se pegó más que nunca a él, aconsejándole y haciendo más intensivos sus estudios sobre trueque y comercio, casi obligando a que pasara a su lado todo el tiempo.
Cuando su madre por fin abandono su auto impuesto confinamiento, abrazó al pequeño de cabello mixto y lloró por un largo rato mientras balbuceaba disculpas varias. Sin saber qué hacer, este le devolvió el abrazo solo centrándose en estar feliz por haber recuperado los abrazos de su madre.
Desde ese día Crowley empezó a ser más consciente de las constantes miradas de odio que recibía su hermano y empezó a generarse una ira contenida en su corazón. Ahora que entendía que no había hecho nada malo, solo que le saliera una marca en el cuerpo al niño no le entraba que por solo eso le miraran tan mal a su hermano, cosa que no lo hacían con él, solo porque no sabían que él también la tenía. Fue entonces cuando empezó sus primeras riñas con los acosadores. Al principio eran solo malas miradas a todos los que desviaban la vista, pero con el tiempo y a medida que el niño empezó a transformarse en hombre, estas miradas fueron transformándose en palabrerías, amenazas, hasta que llegaron a encuentros físicos directamente. La primera vez todavía está hasta el día de hoy grabada en su retina: Estaban en el mercado comprando vivieres para todo el burdel, el cual Ferid llevaba administrando con la veterana dueña codo a codo desde algún tiempo. Un par de granjeros, viejos clientes del establecimiento y conocedores de la naturaleza del peliblanco, osaron empujarle cuando pasaban a su lado simulando muy torpemente que fue un accidente. Crowley, que para entonces ya gozaba con cierta musculatura heredada de su padre, no se lo pensó ni un instante. Saltó sobre la espalda del granjero tacleándole bestialmente e intentando noquearlo a golpes de puño. Obviamente nada pudo hacer el joven pre adolecente contra dos hombres curtidos y esa noche debió pasarse la noche entera con un paño húmedo sobre su primer ojo negro. Pero de ahí en más no se detuvo. Siguió escarmentando a todo aquel que mirara mal a su hermano. Al principio perdiendo todos los combates pero lentamente, a medida que ganaba años, tamaño y experiencia, las derrotas empezaron a disminuir y el miedo en sus adversarios a aumentar. Al llegar a los dieciséis años, ya tenía la musculatura y habilidades suficientes como para sacar a los clientes indeseables del  burdel por su cuenta sin tener que llamar a la guardia.
Ese fue el inicio de la época dorada de los hermanos Eusford, o así suele recordarlo el menor. Bajo la administración de Ferid y con la vigilancia y seguridad de Crowley el burdel  tuvo su auge. Ferid se había encargado de conseguir toda una nueva gama de tés y esencias afrodisiacas que hacía que los clientes consumieran más horas y mujeres por visita, y con los fuertes brazos del otro cuidando que estos no hicieran nada indebido con las chicas, estas gozaban de un maravilloso y seguro entorno de trabajo, lo que  se tradujo en una mayor partida ganancial para Ferid y en un sinfín de mimos y caricias para Crowley. Las damas del local, no bien vieron que el pequeño de los hermanos empezaba a convertirse en hombre, comenzaron a echarle el ojo y a agradecer con ser vicios de toda clase los cuidados que este les daba. Así fue como a su corta edad gozó de un sinfín de lecciones  en el arte de amar, y cuando le terminó de salir la barba ya tenía con la misma técnica que un hombre de vasta experiencia.

Al mismo tiempo que trabajaba de seguridad en el burdel, Crowley empezó, bajo sugerencia de su madre, a emplearse como ayudante con el herrero local. El trabajo en la forja es duro y cubre de callos sus manos, pero es embriagadoramente gratificante y el joven hombre aprende el oficio con la pasión como si hubiera nacido para ello. A los pocos meses de estar bajo la tutela de ese viejo barbón, el aprendiz consigue ya hacer por sus propios medios cuchillos , herraduras y otros elementos simples. Al año ya ha forjado su propia armadura completa y ha aprendido a forjar espadas, lanzas y hachas.
Una cosa que llama la atención de su maestro  es que este siempre trabaje en el calor de la forja pero que jamás se quita la camisa. Un día intrigado le pregunta por el hecho, pero el aprendiz simplemente responde “Si yo trabajara sin camisa, tendríamos las puertas y ventanas tapadas de damas, y no nos dejarían trabajar en paz”. Ambos se rieron de tal ocurrente comentario y el asunto quedó zanjado para alivio del branded.

Muchos son los clientes que visitan al viejo herreros, y en su gran mayoría soldados, mercenarios y guerreros de toda clase que llegan con sus armas rotas y sus armaduras abolladas esperando que los hábiles artesanos las dejen como en su primer día.  El tamaño del aprendiz llama la atención por lo que muchos se le acercan para hablar o jugar pulseadas. Al joven nada le gusta más que escuchar heroicas historias de tierras lejanas, y le conmueve la idea de un guerrero luchando por una noble causa, por un rey, por un reino. Al crecer en Gallia, nunca conoce o se menciona a ningún rey, por lo que un grupo de viajeros originarios de Bern le venden la idea de su noble monarca y su justa visión. Los soldados estaban de pasada y pronto siguen camino tierra adentro, pero dejando en el joven la semilla del heroísmo plantada en la mente y echando raíces.
Cuando estos pasan de regreso a los meses y le ofrecen venir con ellos a Bern, Crowley salta de júbilo en el lugar y va corriendo a casa de inmediato a contarle a su familia su buena fortuna: Que se iba a enlistar en un ejército y ser un honorable soldado al servicio de un rey.

Su madre le abrazó en el acto, dichosa de júbilo y alegría. “Mi hijo será un caballero! Mi hijo será un héroe!” Repetía sin cesar mientras estrujaba las mejillas del grandote y las bañaba en besos.
Por contrapartida, su hermano tuvo la reacción completamente opuesta. Insistió y repitió que era una mala idea, le recordó su naturaleza y las consecuencias que tenía ser descubierto. Pero el inocente Crowley nunca vivió en carne propia el infierno que si sufrió su hermano antes de que este supiera decir su nombre, y ya se sentía suficiente capaz de enfrentar cualquier adversidad que se le presentara. “Al fin y al cabo… yo siempre alejo a lo que vienen a molestarte a ti, no? Me puedo defender solo contra lo que sea.” Fue el torpe argumento que le presentó a Ferid quien claramente dolido simplemente se marchó esa noche y no volvió a tocar el asunto.
A los pocos días le llegó el momento de partir junto a sus nuevos colegas. Su madre se le colgó de los brazos apretándolo tan fuerte que al propio Crowley le sorprendió que la mujer tuviera tanta fuerza. LA despedida de su hermano fue más fría, aunque, pese a que seguía oponiéndose a la tesitura de su hermano, le extendió una pequeña suma de oro, pero que en ese momento para el hermano menor era una fortuna y una bandera blanca para su partida. Estrechó a su hermano en un abrazo elevándolo del suelo en contra de su voluntad, dejándole de despedida un apretón cargado del cariño que siempre le había profetizado y prometiendo escribir seguido para no perder el contacto.
Y sin más partió, hacia una tierra nueva, desconocida y cautivante. Hacia una nueva vida.

***

Varias semanas estuvo en viaje el joven soldado rumbo a su nueva nación, pero finalmente llegaron a Bern y a su imponente capital.  Allí, por temas plenamente burocráticos que sus nuevos camaradas intentaron explicarle pero que el muchacho no logró entender, debió mentir sobre su ciudad de nacimiento  decir que había nacido en una ciudad la cual le costó pronunciar y que estaba en una región la cual nunca siquiera visitó en toda su estadía en Bern, pero pese a no entender nada Crowley hizo lo que se le pedía y pronto estaba en los barracones junto con los nuevos reclutas, todos tanto o más ansiosos que él por empezar el entrenamiento.

Los primeros años fueron los más difíciles. Desde aprender a pelear y no simplemente descargar su hacha con fuerza hacia adelante, acostumbrarse a tomar sus duchas en solitario para no revelar su marca en la espalda, y no gozar de casi compañía femenina y tener que esconderse en los arbustos para satisfacerse el mismo. Aunque lo más difícil de todo fue el perder a su primer amigo por culpa de la guerra.
Crowley pensó que, tras tener que cargar a su compañero de barracas sobre su espalda solo para que el clérigo le dijera que no había forma de salvarlo, en ese momento casi va a su letrina a tomar sus cosas y volver a su ciudad natal. Y casi lo hace, si no fuera que esa misma noche, otro grupo de guerreros de su mismo pelotón, le cortaron el camino a las barracas, le pusieron una jarra en la mano y lo empujaron con ellos a la taberna más cercana. Esa noche fue mágica, aprendió su primera canción para beber, una que hablaba de lo corta que es la vida pero lo dulce que es si se tiene cerveza a su lado. Gracias a esa pegajosa tonada la vida volvió a tener otro significado para él. No importaba tanto el mañana, era el “ahora” lo importante. Los caídos eran recibidos por Ashera, los sobrevivientes se vendaban las heridas y seguían la batalla que los otros habían dejado atrás, levantando la vista al cielo  prometiendo que pronto se verían de nuevo, pero esa noche no.

De esa noche de alcohol no solo aprendió un par de canciones sino que ganó a cuatro buenos amigos, cuatro con los que pelearía a partir de ese día y por muchos años codo a codo. Con los que se cuidarían mutuamente las espaldas y a los que llamaría amigos por varias décadas.
Esos cuatro soldados que se reunieron de manera casi fortuita en la taberna llegaron a ser nombrados generales y por lo tanto a dirigir sus propios batallones. Si bien Crowley era el menor de todos ellos, su habilidad de leer y escribir le ganó un rápido ascenso y pronto estuvo vistiendo la pesada armadura con el escudo de Bern tallado en el pecho, cargándolo con orgullo.
Veinte años estuvo al servicio de Bern como general. Veinte largo años donde supo ganarse el amor de su nueva patria, un reino del cual se sentía parte. Allí, al llegar a la ciudad del campo de batalla, los niños corrían a ponerse a su lado y marchar a su par, exclamando alabanzas y admiración. Él solía alborotarles el cabello y prometía que algún día ellos también serían como él.  Paso seguido se reunía con sus colegas en alguna posada a intercambias anécdotas de batallas y unas cuantas jarras de cerveza, inventar canciones o, de ser necesario, palmarse mutuamente las espaldas.

Tuvo un sinfín de amantes, a cuál de todas más hermosa y más exuberante, mas nunca sentó cabeza con ninguna y, como niño que creció en un burdel, cuidó siempre bajo sus métodos conocidos de no dejar impregnada a ninguna. Sabía que su mestizaje era una carga cuasi diaria de llevar y no quería pasarle esa antorcha a ningún inocente niño.


Su vida en Bern fue feliz, tanto o más que su infancia. Si bien la vida militar era estricta, para alguien de su constitución y habilidad de combate no fueron problema. Y como hombre que prefiere meter el pecho a los problemas su pelotón era siempre con el menor cantidad de bajas.
Además de eso sus amistades se estrecharon. Asistió a la boda de varios de sus amigos cercanos e incluso llegó a ser el hombre de honor en una de ellas. En todas las festividades y fechas importantes, eran ellos quienes se turnaban en hacerle un lugar en su mesa y si, Crowley llegó a apreciarlos tanto como si compartiera sangre con ellos.

Pero el destino no se puede evadir por siempre.
A medida que pasaban los años más y más eran notorios los cambios que el tiempo iba dejando en sus colegas, pero tal cambio parecía no tener efecto en Crowley, quien con calculados cuarenta o cincuenta años de vida no ostentaba ni una sola cana en su cabello.
Los rumores empezaron a correr, las voces se empezaron a esparcir, hasta que una palabra que era poco pronunciada en ese continente llegó hasta los idos de los locatarios: branded.
El concepto llegó bajándose de un barco de Tellius, pero corrió como fuego en pólvora. A la semana que se asimilara todos ya manejaban las características de los mestizos con sub humanos, y las miradas sobre sus hombros crecieron más y más.
El orgulloso pueblo de Bern era extremadamente celoso en cuanto a que extranjeros habitaran dentro de sus muros, y si Crowley era en efecto un mestizo con sub humano no solo daba cuenta de su aberrante mestizaje, sino que le había mentido a la nación entera sobre su origen.
Crowley tragó saliva mientras la escolta le llevaba a reunirse con su comandante. Todo estaba pasando tan rápido que al muchacho ni siquiera le había dado tiempo de pensar en huir. Cuando su superior le ordenó desvestirse supo que su destino estaba sellado, pero todavía tenía fe. Esperanzas de que todo esto fuera solo una mala broma.
Las expresiones de sorpresa y desprecio fueron las esperables cuando se retiró la camisa. De inmediato fue acusado de traición y condenado a muerte en ese mismo instante. Sentencia que hubiera sido cumplida en el acto de no ser por la intervención sorpresiva en la habitación de uno de sus cuatro buenos amigos. Agitado por la larga carrera para llegar a tiempo, el hombre rogó por la vida del branded. Le recordó al comandante todas las buenas acciones que este había hacho en campaña, las victorias conseguidas, las vidas que salvadas. El superior tomó en consideración sus palabras y cambió la sentencia a destierro. Crowley intentó cruzar una mirada con su gran amigo salvador, pero este no le miró al retirarse de la oficina. Con la cabeza fija en el empedrado del suelo se giró sobre sus talones y se marchó tan raudo como entró. Y esa fue la última vez que le vio.  

Es puesto en el cepo durante una semana donde el pueblo  entero que antes corrió a sus brazos y le aclamó como héroe, ahora se toman turnos para escupirle el rostro o arrojarle piedras a la distancia. Siempre con la espalda al descubierto para que todos puedan ver su vergüenza, Crowley fue obligado a ver como la locura acontecía a su alrededor. Como de la noche a la mañana su estatus, su prestigio e incluso su libertad se habían esfumado solo por hacerse pública su marca de nacimiento.
Todavía con las manos unidas a su cabeza por una firme placa de madera, es obligado a caminar el largo trecho que separa Bern son su vecino y rival Secae. El largo recorrido de varios días es hecho con apenas comida y bebida y extenuantes jornadas de caminatas con malas botas en  un camino de piedras afiladas. Al llegar al límite, los guardias le remueven el cepo y lo arrojan en la hierba rival, como quien arroja basura en el patio del vecino. Tendido yace sobre la hierba un tiempo, recordando todavía todas las batallas que liberó en nombre de Bern, la gente que tuvo que matar y las familias que destruyó solo en nombre y beneficio del pueblo que ahora lo desechaba como basura maloliente. No es ira lo que siente, sino tristeza. La tristeza que solo sienten esos que depositan su confianza en la persona equivocada.

Sabiendo que allí tendido sobre la hierba solo terminaría de alimento para alguna criatura carroñera, juntó energías y se puso de pie una vez más, tambaleante caminó por la verde espesura hasta que encontró un pequeño carromato de un granjero que iba camino a cosechar sus cultivos. Al verle tan destartalado el hombre de un salto se bajó y corrió presuroso a ayudarle, haciendo gala de ser buen samaritano pero también cuidando y viendo que el hombretón estuviera desarmado. En la parte de atrás del carromato, Crowley se dejó atender las heridas de los brazos y pies, siempre dándole las gracias al buen hombre por todo lo que hacía por él, pero en el segundo que le retiró la capa para atenderle las heridas de la espalda, la buena actitud se convirtió en gritos y blasfemias. El cambio fue terriblemente abrupto, en un segundo le estaba dedicando palabras suaves y al siguiente le vociferaba que se bajara de su carromato. El mestizo intenta suplicarle que le escuche, que no va a hacerle nada malo , pero pese a todo el granjero saca un cuchillo de entre sus ropas  e intenta clavarlo en las carnes del branded, pero este contaba con años de entrenamiento militar y movimientos tan aprendidos que la llave salió por si sola. No lo pensó, sus manos actuaron por su cuenta antes de que su mente fuera consciente de lo que pasaba. Le arrebató el arma y la hundió en su pecho haciendo a la hoja entrar por las costillas y deslizándola hacia arriba hacia sus órganos más vitales. El granjero se estremeció unos instantes en las manos de Crowley quien recién empezaba a ser consciente de lo que había hecho y pedía disculpas sin cesar.
No había nada que pudiera hacer, el daño ya estaba hecho. Sin honores saqueó todo lo que pudo del carromato del granjero, incluyendo sus botas, un poco de comida y una hacha de leñador. Antes de partir prendió fuego el carromato y se encaminó hacia el pueblo más cercano.
En su mente lo sabía, ya no quedaba nadie en este país o en el vecino con el que pudiera contar, así que decide viajar lo más rápido posible de regreso a Gallia, a su ciudad de origen, y quizá allí encontrar un rostro amigable.

Llega a una ciudad portuaria en Valentia y, como siempre, los niños curiosos corretean a su lado alabando su gran estatura y llenándolo con toda clase de preguntas. Ya no les alborota el cabello, ya no les hace promesas o cuenta historias, con un ademan los mueve de su camino y continua sin siquiera mirarlos.
Con lo que le robó al granjero y a un par más de desdichados que tuvieron la mala suerte de cruzarse en su camino, consigue pagar el viaje en barco, así que pronto está en altamar camino a su patria, a lo que él cree que es su hogar. Solo quiere alejarse de todo. Ya sabe que los humanos le atacaran como un perro rabioso no bien vean su marca en la espalda. Es extremadamente consciente de esto y por eso pasa la mayor parte del viaje en solitario. Gruñendo o mirando hacia la gente que se le acerva mucho por atrás, y llegando a darle un buen puñetazo a los pocos que osaron en tironearle de la capa.


***

Llega de nuevo a Galia, a su ciudad natal solo para enterarse que el prostíbulo donde trabajaba antaño hace años cerró.
Sin Ferid para llevarle los números y sin Crowley para echar a los indeseables el lugar es ahora una posada y taberna de mala muerta que cambia de dueño de tanto en tanto. Todavía hay prostitutas en la sala común a la pesca de clientes, pero estas no son ni la sombra de hermosas que eran las muchachas con las que creció.

Nadie le puede contar demasiado sobre el asunto pero Crowley, ahora haciendo cuentas, calcula que pocos en el pueblo quedan que les puedan recordar. Ya han pasado más de veinte años desde que se fuera y ya nadie le recuerda a él o a su hermano.
Crowley empieza a sentirse desesperado. Desde que fuera desterrado de Bern no ha logrado encontrar el nuevo paradero de Ferid y no sabe ya a donde ir. Albergaba la esperanza de que lo encontrara alguna pista en su ciudad natal, pero nadie aparenta recordarlos ya.

Desanimado se le ocurre un nuevo plan: buscar a su padre. Ya que su madre mortal ya no existe y no logra encontrar noticias de su hermano, va en busca de su progenitor el cual si madre siempre le describió en varias coacciones, agregándole siempre “lo mejor que nunca tuve” a su descripción.
Con tan buenas referencias al mestizo no le cabe dudas de que encontrará un laguz benévolo y gentil que le acogerá de brazos abiertos, sin sentarse a pensar en el hecho de que jamás volvió para buscarlo o saber de él.
Si bien tal nueva meta le motiva no dura demasiado, ya que el destino tenía otros planes para él.

A las pocas millas de abandonar la ciudad humana, se encuentra con un par de laguz gato exploradores. Intenta acercarse a ellos para hablar pero estos no se comportan de forma civilizada e instintivamente le atacan no bien verlo. Crowlwy no da crédito a lo que pasa y se ve obligado a pelear por su vida en una injusta pelea de dos contra uno. Las bestias no dan tregua y tras una larga batalla y dejándolo mal muerto en medio de la ruta le escupen y le patean en el suelo antes de alejarse.

El cielo se encapota y una larga e incesante tormenta cae sobre el malherido Corwley tendido en pleno camino de tierra. Está peor que al principio. No tiene a donde ir, no tiene a quien acudir y está mal herido en las planicies de Gallia donde ya descubrió que la próxima fiera que dé con él terminará con su vida sin ningún motivo más que su aroma.  
A rastras se esconde dentro de una madriguera abandonada esperando que su resistencia natural a las heridas le cierren suficiente sus cortes en la espalda como para animarse a arrastrarse a la aldea humana de regreso.
En esos días de soledad y confinamiento, sobrevive comiendo pequeñas alimañas que osan pasar cerca de su cueva y bebiendo de una par de charcos que hay dentro de la cueva. Su cuerpo no se puede mover pero su mente si, y todo el amor que jamás sintió hacia los humanos se evaporó más rápido que el agua en los charcos que bebía.
Pierde su fé en la humanidad y gana un odio bestial hacia los laguz. Y culpa…. Le carcome la culpa de haberse marchado cuando su hermano le rogó que se quedara, y de no haber corrido a buscarlo cuando en sus cartas le contó que había sido atacado por los humanos en Crimea.
En su confinamiento llega a la realización que las únicas personas que se han preocupado o dado amor en su vida fueron Ferid y su madre, quienes aun sabiendo su naturaleza nunca se apartaron de su lado, y el fue un mal agradecido por abandonar el suyo.
Su madre ya está muerta, se lo había informado ya en sus cartas, es solo su hermano todo lo que le queda. Y en esa fría cueva promete al cielo, a Ashera y a todos los dioses que escucharan, que lo encontraría y se encargaría de cuidarlo y acompañarlo por lo que le quedara de vida.

Las heridas en su espalda cierran lo suficiente como para que pueda cubrirlas con los jirones de su capa y  volver a la ciudad donde un milagro le espera. Un halcón ha llegado hace pocos días a la ciudad con una carta de su hermano, donde le dice su nueva dirección, un ducado alejado en las inhóspitas tierras de Silisse.
No pierde un segundo más. No bien lee la carta va directo a los muelles buscando un barco que se dirija al frio país. Para pagar su boleto vendé sus botas y su hacha e incluso arregla con el capitán que trabajará en cubierta una vez que sus heridas mejoren. Así es como consigue ponerse en marcha. Prácticamente corriendo en busca de su hermano. Todo lo que le queda en esta vida. Todo lo que le importa.

Extras
*mide 1.95 m de alto
*Le gusta beber cerveza e incluso tiene una receta para hacer la suya propia.
*Hace sus propias armas y armaduras
*Canta espantoso, pero le encanta cantar, en especial cuando está solo en su forja
*Confía ciegamente en Ferid y sigue su palabra a rajatabla
*Mientras estuvo en Bern, su hermano le escribió contándole un muy feo momento que había vivido. Las responsabilidades del momento le impidieron salir corriendo a buscarle y a la siguiente carta que recibió de él ya estaba mejor. Aun así siente culpa de no haber ido a buscarle.
*Tiene las orejas ligeramente en punta al igual que los colmillos más afilados de lo normal, producto de su mestizaje.
*Ha comido carne de laguz
*Su de marca branded está en medio de los omoplatos

Procedencia
Nombre original del personaje: Crowley Eusford
Procedencia: Owari no Seraph

Spoiler:


Afiliación :
- MITGARD -

Clase :
Mercenary

Cargo :
Guardaespaldas | Herrero

Autoridad :

Inventario :
Hacha de bronce [2]
Vulnerary [3]
.
.
.
.

Support :
None.

Especialización :

Experiencia :

Gold :
453


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Re: Crowley

Mensaje por Marth el Miér Mayo 24, 2017 7:09 pm

• Ficha aprobada •


M a r t h
FichaCronologíaRelaciones ❝Lo lamento pero... no puedo permitirme una derrota.❞

Premios:






Afiliación :
- ALTEA -

Clase :
Great Lord

Cargo :
Príncipe de Altea

Autoridad :
★ ★ ★ ★

Inventario :
esp. de bronce [2]
esp. de acero [4]
Vulnerary [2]
.
.
.

Support :
Eliwood
Eugeo
Artemis

Especialización :

Experiencia :

Gold :
1748


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