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[Campaña de liberación] A la Séptima Mañana [Privado | Izaya]

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[Campaña de liberación] A la Séptima Mañana [Privado | Izaya]

Mensaje por Morgan el Lun Abr 24, 2017 12:16 am

Era el séptimo día hospedándose en el mismo refugio de la misma ciudad del Oeste, más de lo que Morgan había estado quedándose en cualquier punto de Ylisse, y el lugar seguía bajo asedio. La resistencia se había replegado hacía tres días al interior de los muros del fuerte allí situado, rindiendo a los emergidos las viviendas y campos de cultivo fuera, a favor de resguardarse y luchar desde una posición más aventajada. Refuerzos habían sido enviados desde la siguiente gran ciudad, pero la situación seguía igual, irresuelta. El mismo limbo de inquietud y agitación, de luchar y defender, de sanadores, clérigos y toda mano disponible sanando cuan rápido se pudiera a los heridos para mantener sus números, de combatientes dándose un par de horas de sueño inquieto cuando los emergidos retrocedían a reagruparse, mientras las murallas aguantaban y la vida se sostenía de los recursos almacenados, suficiente para meses. A veces, luchar contra los emergidos era como intentar contener al mar de azotarse contra la costa, sin muralla capaz de anteponerse a su poderío y persistencia. No obstante, entre los esperanzados recordatorios de que existía la posibilidad de vencer, como los viajeros sabían que en Altea había sucedido, y la eficacia del ejército ylisseano que aún no se veía bajar los brazos, la victoria no lucía imposible. Los días de batalla eran largos, pero aún sin declive.

Desde el inicio, la permanencia de Morgan allí había sido accidental. Había supuesto que ese sería el siguiente lugar que los emergidos atacarían, siguiendo el camino por el que los había estado rastreando, pero no era parte de su idea terminar dentro en el asedio. A todas luces, era del lado de los emergidos que verdaderamente estaba, aunque Ylisse le agradara en cierta medida. El problema era que no podía dejar el fuerte ylisseano. Debía permanecer allí cuanto menos tres días más, como un breve mensaje desde Plegia había recomendado hacer, pues era el sitio donde sabría hallarla alguien que estaba ya en camino a su encuentro. Alguien que deseaba ver a la heredera sacerdotal, por algún motivo. Era por eso que permanecía resguardada dentro, con los civiles, analizando fijamente sus mapas dibujados y anotaciones de letra ininteligible, observando los combates desenvolverse y preocupándose por la posibilidad de un escenario en que los emergidos perdieran. Ayudar era algo que ciertamente no podía ser, pues no deseaba el exterminio de las tropas; desde el principio, su objetivo era nada más que desviarlos fuera del reino, haciendo todo lo que debiese para ver que su único camino de marcha posible fuera hasta la frontera con Nohr. Podían llegar unos menos, por supuesto, pero no quería perder los miles que pretendía llevar. Así, la situación se había vuelto cada vez más complicada y su estadía cada vez más problemática.

Recién al sexto día había decidido cómo cambiar un poco el plan. Si podía generarse allí una defensa suficientemente sólida, que hiciese parecer que se habían fortalecido a una escala peligrosa muy de súbito, quizás los emergidos dejaran el sitio en paz y prosiguieran por la ruta un poco más al Norte. Bien sabido estaba que un emergido no sentía temor, pero eran criaturas inteligentes, con la capacidad de analizar sus movimientos bélicos tanto o más bien que cualquier ejército de hombres; no se les podía asustar, mas sí forzar a tomar otra decisión. Así pues, al sexto atardecer de asedio y sin señal de la persona que la buscaba todavía, Morgan había tenido que tomar armas también. Con algo de insistencia y gracias a la adaptabilidad del buen sabio que dirigía la defensa del sitio, los conocimientos de la estratega sobre emergidos habían sido oídos y las grandes puertas quedaron selladas, abarricadas por fuera y reforzadas por dentro. Al campo salió una última carga de todos los hombres disponibles, con la pequeña plegiana entre ellos. Estaba enfocada; mataría los emergidos que fuera necesario para convencer a los demás de retirarse.

Para cuando despuntaba el alba del séptimo día, Morgan se veía con los ánimos en el mismo sitio de siempre, pero el cuerpo exhausto. Los brazos ardían ya al tener que alzar la espada. Su cabello y su rostro, salpicados de sangre al principio, mostraban ya manchas secas de donde la mano de la misma joven había pasado, futilmente intentando secar o limpiar. La chaqueta de estratega que tanto apreciaba no había ido sobre sus hombros al campo de batalla, y con buena razón; el resto de sus prendas estaban ya sucias por doquier, con una alargada rajadura tras la espalda y un área empapada de rojo oscuro mostrando el lugar donde había sido herida, aunque tratada a buen tiempo con brebajes curativos. Su aspecto era deplorable, pero su enfoque no salía de lo que era crucial: soportar y vencer. El insinto de dominación estaba en ella, empujándola pese a todo a lanzarse siempre con la avanzada, apretar los dientes y blandir con cuantas fuerzas pudiese su espada, matar antes de que alguien más llegara a ella. Así funcionaba la guerra, desde que recordaba y conocía. Sin sentimientos negativos, sólo la elección entre ganar o ceder.

- Ahora bien, Morgan... un problemita. - Se dijo entre cansinos jadeos, tambaleándose un poco al retroceder cuesta arriba. No parecía haber más enemigos en su zona y sus aliados estaban algo apartados de ella como para oír sus murmullos, pero no se dirigían a oídos más que los suyos propios. Blandió la espada hacia abajo para sacudir fuera del filo la sangre que la permeaba, enderezándose de su postura de ataque y exhalando. Torció el gesto al darle una mirada general al campo de batalla. - Aún si la situación aquí está estable, el hecho es que estamos bajo ataque. Esperando a un sujeto en un lugar bajo ataque. Viendo todo esto así, ¿se acercará o no el sujeto en cuestión? Hay que pensarlo... - Suspiró tras dar voz a sus pensamientos. El lugar era ese, pero un viajero que lo viera bien podía decidir no acercarse hasta no notarlo más pacífico. En el último tiempo, eso había empezado a hacerla dudar. Interrumpiendo su propia línea de ideas con la aparición de una sombra de gran tamaño sobre ella, la estratega alzó la vista a los cielos, frunciendo el ceño extrañada al ver lo que parecía ser la silueta de un platón de pegasos. Jugdralitas, a juzgar por el tamaño. Se movió hacia terreno un poco más cubierto, estimando una mala idea quedarse a campo abierto con amenazas en el aire. A sabiendas de que a los emergidos poco les importaban las palabras de los humanos, Morgan no dudó en alzar la voz aún más mientras andaba. - ¿Y cómo vamos a encontrarnos así, en todo caso? ¡Instrucciones poco claras! -
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Re: [Campaña de liberación] A la Séptima Mañana [Privado | Izaya]

Mensaje por Izaya Orihara el Dom Abr 30, 2017 4:30 pm

Morgan le traía por el camino de la amargura. ¿Es que acaso no podía estarse quieta donde debía? Es como si lo hiciera para fastidiar al estratega de mayor edad o algo. Justamente se le había ocurrido la brillante idea de salir de Plegia, su eterno y adorado hogar, cuando Izaya estaba haciendo preparativos para visitar el oscuro país. Por supuesto, no había cabido en su cabeza que Morgan saldría de Plegia justo en el lapso de tiempo que tardaría en ir de Elibe a Akaneia, pero así había sido. En otras circunstancias no le habría importado cambiar de rumbo, e incluso lo habría considerado interesante y sorpresivo en un buen sentido, pero lo que había comenzado como un desvío se había convertido en una pesadilla para Izaya. Había pocas personas que fueran tan pacientes como el estratega, pero sentía estar soportando más de lo que merecía.

El principio del infierno había comenzado cuando al llegar a Ylisse, le informaron de que no podía llegar con su carruaje al lugar donde estaba Morgan. Se encontraba bajo asedio y cualquier carromato que se acercara a las inmediaciones sería rápidamente atacado por los emergidos. Ante esto, Izaya trató de ir con un grupo de soldados, una nueva comitiva, que sería enviada en auxilio de las tropas que quedasen en el mismo fuerte. La compañía del infame estratega fue aprobada de buen grado, pero para ir con ellos debía ser en sus términos, y eso suponía dejar atrás su carruaje, pues era demasiado lento para el pequeño ejército que viajaría a caballo. No había suficiente dinero en el mundo que les convenciera de lo contrario, ya lo había intentado de todas las maneras posibles.

A pesar de ser un orgulloso plebeyo, dato que a menudo utilizaba para sacar de sus casillas a nobles más empobrecidos que él, lo cierto era que Izaya disfrutaba de un estilo de vida muy acomodado y sin problemas. Detestaba viajar a caballo, pues el trote del animal lograba marearle y no podía aprovechar el tiempo de trayecto para nada útil, como lo haría en una carroza ya que al menos allí podía leer y conversar sin vomitarle al que estuviera al lado. Pero, precisamente, para poder seguir teniendo ese estilo de vida privilegiado para aquellos que no eran de la nobleza, debía trabajar. Y su último encargo había sido precisamente aprender sobre los emergidos, de quienes esperaba que Morgan supiera algo interesante. Se repetía constantemente que lo hacía porque amaba su trabajo, su vida, y que además necesitaba el dinero extra para poder hacer frente al gasto que supondría tener un esclavo manakete en poco tiempo.

Accedió a regañadientes momentos antes de que el grupo partiera rumbo al fuerte, sin saber que se arrepentiría meros segundos después. Un caballero ruidoso, grande, y a lomos de un semental de aspecto bravo, le agarró del abrigo por la parte de la espalda como si no pesara nada, y sin pedir permiso le colocó en la parte trasera de su montura. Fue un acto humillante para el orgulloso informante, que antes hubiera preferido tener que dirigir su propio caballo a tener que compartirlo con un bruto que no callaba ni debajo del agua. ¡Encima le había levantado por los aires como si no fuera nada! Una auténtica pérdida de control que Izaya se tomó bastante a pecho, por mucho que el resto de soldados ni pareciera recaer en que el caballero llevaba un nuevo cargo. Muchos de ellos llevaban consigo a otra persona, en su mayoría arqueros, que no podrían disparar y cabalgar al mismo tiempo. Izaya supuso que esa era una estrategia para evitar más muertes de caballos, tan valiosos en esos tiempos, y que les salía rentable ya que el fuerte no estaba a suficiente distancia como para cansar en demasía a los animales que llevaban dos jinetes.

Partieron con premura, y cabalgaron a alta velocidad gran parte del camino, con el fin de llegar a la siguiente mañana a la fortaleza. El informante se mantuvo callado la mayoría del trayecto, mareado y odiando la decisión que había tomado. Maldijo más de mil veces a Eliwood por su estúpido encargo, a Morgan más de dos mil por su estúpido viaje, y cuando se quedó sin gente a la que maldecir, miró fijamente la cabeza del caballero, con una mirada tan agresiva que casi pareciera que fuera a salirle fuego de las cuencas, y que de ese modo la cabeza del soldado explotaría. Había estado hablando todo el rato sobre su vida, en especial sobre su sueño de ser un héroe como los de las leyendas y proteger a gente desvalida. No lo dijo de forma implícita, pero Izaya supuso que él entraba en ese calificativo, tan delgado y sin una espada al cinto, un estratega que más bien parecía un ratón de biblioteca. Qué equivocado estaba.

Lo bueno era que en ningún momento trató de conversar con el informante, sino que le dejaba mirar hacia arriba y responder cada media hora con algún monosílabo. Estaba más concentrado en no marearse y formar una escena aún más humillante, y que además probase al caballero que sí que era débil. No lo era, y antes moriría que dejar que se visualizara una mínima flaqueza en su carácter o constitución. Ninguno de los dos durmió durante la noche, pero Izaya era la mayoría del tiempo una persona insomne, de modo que no se sentía cansado salvo por el hecho de tener las piernas dormidas y un poco de malestar general, nada irreparable. Ya despuntaba la mañana cuando desde su colina se pudo visualizar el fuerte a lo lejos, y una batalla aun librándose en las inmediaciones. El general del batallón decidió dividir su grupo en varios pelotones, uno iría en auxilio de los que aún luchaban con los emergidos que quedaban, otro se quedaría esperando, y el último daría un rodeo para ver si había alguna otra pelea en curso.

Su caballero estaba en la comitiva de reconocimiento, pero Izaya no iba a pasar ni un momento más con él. Se bajó de un salto de la montura y estiró las piernas para librarse de la sensación de agarrotamiento. Ipso facto, el hombre se quejó ante la pérdida del frágil estratega, que podía acabar siendo víctima del acero enemigo si él no estaba para protegerle heroicamente con su espada. Una risa salió de la garganta del informante. - Parece que no puedes callarte. – le dijo, una enorme sonrisa en sus labios. Dulce, pero cortante y cruel al mismo tiempo. El soldado se puso algo pálido, sorprendido por el súbito cambio de actitud del delgado estratega, que no se quedó solo en ese comentario, sino que prosiguió: Me aburres. – finalizó, sus ojos rojos fijos en los del joven caballero que se había quedado, por primera vez, completamente mudo. – Vuelve cuando tengas algo interesante que aportar.

Y con esas últimas palabras, Izaya se dio media vuelta y comenzó a subir un montículo de piedras cercano, a la espera de tener una mayor visualización del campo de batalla y saber si podía distinguir a Morgan desde allí. A medida que escalaba, podía ver la colina entera, atestada de cuerpos humanos y de emergidos por iguales. Sus cadáveres regaban el suelo, mientras que el cielo se poblaba de pegasos que parecían rastrear el área. Suerte que tenían de haber traído a un buen número de arqueros que podrían acabar con ellos cuando estuvieran a distancia de tiro. Bufó y exclamó en voz alta: ¡Como la hayan matado, es que me tiro por el despeñadero!
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Re: [Campaña de liberación] A la Séptima Mañana [Privado | Izaya]

Mensaje por Morgan el Mar Mayo 16, 2017 4:21 pm

Buscando cobertura al aproximarse a la arboleda circundante, Morgan salió de vista unos momentos. Cualquier volador era un depredador para la infantería, si sabía caerles en picada, y ella no estaba por confiarse con nada cuando las cosas apenas empezaban a marchar mejor. Desde allí observó el vuelo de las criaturas, abriendo y separando su formación para que la mayoría comenzase a atacar, mientras el resto de los pegasos sobrevolaban el fuerte en busca de un punto de acceso. - No dan un respiro... - Morgan murmuró, descontenta y con solo una pizca de respeto por la perseverancia de las criaturas. Los momentos quieta le habían permitido recobrar el aliento, pero no mucho más. La situación podía dar un giro a lo peor si no se daban prisa todos, incluyéndola, por que enseguida echó a correr de regreso a la estructura de piedra fuertemente sellada, intentando no involucrarse con distracción alguna en el camino.

Ya había flechas en el cielo, dando caza a los refuerzos alados. Al aproximarse más, pudiendo llegar a oír las ordenes gritadas entre los oficiales del ejército, la joven de revuelta melena oscura comprendió que arribaban refuerzos de su lado del combate también, ylisseanos de algún otro punto del reino que habían podido prescindir de algunos hombres que enviarles. De aquellos eran la caballería que rodeaba el campo de batalla, cargando arqueros que ya disparaban a los pegasos enemigos. Con buen motivo, los ánimos en general mejoraban entre los soldados en la línea de ataque; la misma Morgan dio un gritito de alegría y un pequeño salto en su lugar, puño arriba, previendo un buen término a todo. Hasta se olvidaba temporalmente de su planeado encuentro. Con renovadas fuerzas, la formación entera se adelantó en el campo, dispuesta a encargarse de todo emergido en tierra. Agotando sus recursos con soltura para el empuje final, los magos supervivientes con que contaban, escasos en número pero hábiles discípulos del sabio a cargo del fuerte, tomaron la delantera para unirse en hechizos que enviaban derredor ráfagas de fuego, acalorando el ambiente en su totalidad y tornando el suelo ascuas al moverse por lo bajo.

Fue entonces, mientras se esforzaba por repeler a cuanto emergido se acercaba demasiado a la formación, exhausta y más que deseosa de terminar de una vez, que Morgan notó la única figura sobre una colina. Creyéndose engañada por su vista, se apartó el cabello de los ojos, parpadeó, entornó la mirada y probó otra vez, pero allí seguía. En principio sospechó que se tratase de más enemigos aproximándose, mas en breve creyó reconocer los grandes rasgos, la constitución en general y el afelpado borde de una chaqueta de viaje. Independientemente de si fuese acertada o no su sospecha, echó enseguida a saltar en su sitio, agitando en alto los brazos, espada en la zurda todavía, intentando llamarle la atención. Si tan sólo ella tuviese fuego que lanzar a lo alto o siquiera flechas con las que dar señal. Debió cesar en lo que hacía para contener con el la espada ladeada la arremetida de un lancero, pateándolo hacia atrás con las fuerzas que le quedaban antes de que la mujer a su derecha lo terminara con su propia arma. Entonces, retrocediendo y separándose un poco del centro del caos, Morgan probó otra vez a llamar la atención.

Nuevamente hizo señas al hombre de cabello negro en terreno alto. Allí le esperaba, del otro lado de casi medio kilómetro de un combate en su más feroz y desesperado punto, con refuerzos de ambos lados apoyando a cansadas y ensangrentadas tropas. A través de un campo de cuerpos desperdigados, con áreas del suelo en ascuas y ráfagas de fuego aún surcando los aires para repeler la aproximación del enemigo. La defensa se sostenía y se sobreponía, pero el sacrificio de todo un día y una noche de batalla anterior yacía a la vista, enseñando tragedias y sacrificios pasados. El aire olía a sangre vieja y, ahora, a carne y tela quemadas. Y Morgan se hallaba a salvo aún, pero sospechaba que su deplorable estado no sería suficiente para cargarla todo el camino hasta el hombre si fuese por su propia cuenta, teniendo suficiente para sus brazos con la tarea de mantener su postura defensiva y atacar sólo lo que viniese a por ella. Sostenía la espada con ambas manos ya, blandiéndola como si de una bastarda o un mandoble pesado se tratara, en lugar del bronce ligero que era. Avanzar, de momento, le resultaba imposible.
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Re: [Campaña de liberación] A la Séptima Mañana [Privado | Izaya]

Mensaje por Izaya Orihara el Mar Jul 18, 2017 2:28 pm

Al llegar a la cima de la colina, sacó de entre los pliegues de su abrigo unos binoculares que solía llevar en todo momento, sobre todo cuando viajaba. Si bien muchos se preguntaban si acaso le gustaba observar las aves o el horizonte al ir en barco, lo cierto era que Izaya analizaba a más gente con ellos que a otras cosas. A pesar de disfrutar de muchos pasatiempos intelectuales, propios de su trabajo y de su propio deleite, lo cierto era que dedicaba la mayor parte del tiempo a lidiar con personas de carne y hueso, en su mayoría humanos, y a estos últimos era para los que reservaba el derecho de ser observados con su apreciado objeto de vigía, aunque en los últimos tiempos también los había empleado para analizar movimientos emergidos y evitar morir en batalla. Gajes del oficio, suponía. Se tomaba tan en serio su trabajo que había acudido al frente de una guerra que no pretendía librar en busca de una niña autóctona de Plegia, pero que justo no estaba allí, sino en un país con una ideología contraria al culto a Grima. Y no solo eso; como pudo comprobar a través de las lentes, Morgan además estaba librando la lucha allí, como si fuera suya.

Interesado, y con muchas preguntas en mente, siguió sus movimientos mientras repartía mandobles a los emergidos que osaban atacarla, y solo dejó de observarla cuando la Hija de Dios Oscuro comenzó a distraerse de la batalla al hacer aspavientos para llamar su atención. – Niña, que te van a dar. – se dijo, entre risas, divertido porque repitiera sus acciones dos veces, a riesgo de ser alcanzada por un golpe en el intento. Izaya era rápido en sus búsquedas visuales, producto de haberlo hecho millones de veces antes. No le costó encontrar a Morgan entre los cientos de soldados Ylissianos, incluso si estaba cubierta de la roña del enfrentamiento y no llevaba su típico atuendo de plegiana. El espectáculo a su alrededor era aterrador, con cadáveres por doquier y llamas que consumían cientos de cuerpos con sus largas lenguas anaranjadas. Sin duda alguna, los refuerzos habían sido necesarios para detener el sitio de la fortaleza y ganar al ejército emergido. Sin embargo, solo un tercio de los caballeros de su compañía habían entrado en el conflicto.

Giró el rostro para mirar al otro lado de la colina, y vio que el grupo enviado a revisar los alrededores y comprobar que no había más batallas librándose, regresaba en perfecto estado. Suponiendo que pronto irían a ayudar a sus compañeros, Izaya comenzó a bajar el montículo para unirse al nuevo cargamento de tropas. Morgan no había tenido muy buen aspecto, cubierta de sangre y suciedad, pero el informante esperaba que no muriese hasta haber podido hablar con ella.  Aunque, vaya Hija de Grima sería si unos inmundos emergidos terminasen con su vida de esa forma. – Ya voy, mujer, ya voy. – exclamó, pese a que era consciente que no podría escucharle. Descender de la colina fue más sencillo de lo que fue subir, y no tardó apenas en unirse de nuevo a los caballeros que formaban una línea de ataque y esperaban la orden de su comandante para aplastar al ejército visceral de criaturas que habían osado alzarse contra el mundo. Los arqueros prepararon sus flechas y los soldados alzaron sus armas en alto: espadas brillantes, gruesas hachas, y lanzas afiladas que esperaban ser utilizadas en breves.

Viendo que sus compañeros ya estaban a punto de llegar, el primer pelotón de caballeros arreó a sus monturas y con un rugido se lanzaron contra todo el frente, en una hilera perfecta que barrería a los enemigos al mismo tiempo, como los labriegos segaban un campo de trigo. Izaya se mantuvo a un lado, apartándose de en medio y esperando la aparición de su dulce caballero con su brillante armadura y su gran bocaza.  Pasado el mareo del trayecto, y viendo la necesidad de tener a alguien que le llevase colina abajo, esperaba que su compañero de viaje no se hubiera tomado muy mal sus palabras anteriores. Nada sería más humillante que tener que andar al lugar donde estaba Morgan, además de ser muy peligroso para un estratega tan poco adepto al terreno bélico como lo era él. Solo había una manera de comprobarlo: levantó un brazo y plasmó una dulce sonrisa en los labios que nunca llegó a sus ojos, fijos en el hombre que le había dado un dolor de cabeza durante toda la noche. Al reparar en la figura menuda del estratega que le aguardaba pacientemente, el soldado de Ylisse se emocionó y devolvió el gesto. Arreó a su caballo para ir directo a por Izaya y, con toda posibilidad, agarrarle de aquella forma tan degradante para volver a colocarle en los cuartos traseros del jamelgo.

El estratega le vio llegar como si fuera un perro que, olvidando que su amo le hubiera regañado cinco minutos antes, regresaba fiel y amorosamente a su lado. No obstante, no iba a dejar que le hiciera eso dos veces. Entrecerró los ojos y justo cuando estaban pasando los caballeros en barrida a su alrededor, Izaya se colgó con agilidad y sin esfuerzo alguno aparente de las cintas de cuero que ajustaban la ligera armadura del corcel en su pecho, dirigió todo su peso primero hacia la izquierda, y después como un péndulo y aprovechando el movimiento del animal, se dejó llevar hacia la derecha. Flexionó su cuerpo de tal manera que se elevó en el aire, y en cuanto los caballeros comenzaron su descenso al campo de batalla, la gravedad hizo su trabajo y asentó al estratega detrás del jinete. Una sonrisa de suficiencia adornó sus labios, que aumentó al escuchar la exclamación de sorpresa de su compañero de trayecto. Quizás en otra ocasión hubiera alardeado de su buena forma física y las ventajas de practicar gimnasia, pero se limitó a señalar a la zona general donde estaba Morgan y dijo: Hay una damisela en apuros con la que tengo una cita, no desearía que la matasen antes de ello.

Si le molestó lo que le dijo Izaya, no se demostró en sus acciones, pues cabalgó en la dirección señalada. Pronto, el nuevo convoy de caballeros impactó en el campo de batalla, y comenzó a barrer a los enemigos que aún no habían caído con los asaltos anteriores. Su noble caballero hizo un buen trabajo en acabar con los emergidos de primeras, mientras el informante prestaba atención a su entorno para tratar de ver a Morgan. Entre cuerpos incendiados, picas clavadas en el suelo, caballos muertos, y múltiples enfrentamientos, pudo divisar la figura de la Hija de Grima. – ¡Por allí! – exclamó, llamando la atención del jinete. Sin embargo, no pudieron avanzar demasiados pasos. Una lanza se incrustó con certera precisión en el cuello del caballo, atravesando su piel donde la armadura no le cubría. Con un relincho de sufrimiento el animal cayó al suelo. El caballero fue disparado hacia delante, pero el informante estaba agarrado con tanta fuerza a la silla que siguió la misma trayectoria del corcel y quedó semi-sepultado por su gran cuerpo contra el suelo.
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Re: [Campaña de liberación] A la Séptima Mañana [Privado | Izaya]

Mensaje por Morgan el Jue Ago 10, 2017 7:22 pm

Seguir vigilando la posición del hombre en la colina se había vuelto poco menos que imposible, con la cantidad de vitales distracciones que acechaban a Morgan. Su espalda estaba cuidada tras la línea defensiva, pero cualquier cosa que se moviera ante ella o por sobre su cabeza era de peligro; cualquier descuido podía ganarle una herida letal. Y aunque cualquier otro soldado contara con los numerosos sanadores que todavía tenían de su lado para volver a ponerle en pie tras todo lo humanamente soportable, no pensaba así Morgan, quien no quería tener mucho que ver con sanadores de Naga si podía evitarlo. Temía que que la marca de Grima en su mano ardiera o su cuerpo sufriera una aflicción similar a la de los más debilitantes rituales plegianos si esa magia la tocaba. Su cooperación con los ylisseanos no podía llegar a ese punto. Por ello, el momento en que fuese gravemente lastimada sería en definitiva el fin. Puesta a la defensiva por necesidad, la estratega ponía todo de sí contra cada arma apuntada o cada flecha que amenazara descender sobre ella. Cada enemigo era afrontado con la más pronta estocada a través del pecho o al mentón, bajo el casco, un punto de acceso que la altura de la muchacha ponía a disposición.

Para cuando pudo mirar en busca del hombre entre los soldados otra vez, ya no lo halló. Se rehusaba a creer que hubiera sido idea suya, su memoria podía ser tan difusa y frágil como el reflejo sobre aguas poco profundas, pero sus sentidos funcionaban a la perfección. En lugar de ello, lo que divisaba era el avance de los refuerzos de caballería, cortando a través del enemigo con sobrecogedor ímpetu, dotados de la energía que las tropas presentes habían estado perdiendo todo ese tiempo. Los soldados de su lado intercambiaron llamados de alivio y esperanza. Morgan, también, volvió su rostro ensuciado a un lado y al otro, hallando que los enemigos cesaban de llegar hasta ella, dándole un instante para recobrar el aliento de a jadeos. Fue entonces que lo vio: una combinación de colores pálidos y negro, un hombre formando parte de la escena y a la vez no, instalado tras un jinete sin ser activa parte del combate, sino un observador demasiado cercano. Parpadeó, las pestañas de su ojo derecho algo pegajosas de sangre seca o quien supiera qué, jurando que llegaban a verse al rostro un segundo antes de que la lanza se interpusiera, atravesando el cuello del caballo que montaba. Previendo una cantidad de malos desenlaces demasiado larga para siquiera pensarla toda en ese instante, Morgan tomó algo más de aire antes de lanzarse adelante con los músculos de las piernas demasiado calientes como para sentir su propio cansancio.

En toda carga, siempre había bajas en la línea frontal. El punto en que un ejército chocaba contra el otro era el más caótico, resultando usualmente en la prímera línea perdiendo más soldados de los que lograban pasar. Era mal sitio al cual dirigirse por voluntad propia, pero pasada un poco la oleada, era allí justamente donde la pequeña plegiana se dirigía, corriendo entre caballos en cuya trayectoria se aseguraba de no cruzarse y hombres enfrascados en combate. Había reconocido más que bien al que había caído con aquel caballo, y tenía tan poco que ver con Ylisse como lo tenía ella. Debía ser él la persona a quien le habían mandado aguardar. Llegando al animal caído, a sabiendas de lo que algo tan pesado podía causar cuando caía sobre una persona, buscó de inmediato lugar de donde empujar. El tiempo no sobraba. No obstante, su compacta figura no era en absoluto desprovista de fuerza y creía poder hacer algo. Soltando su espada, rodeó el cadáver animal para encontrar cuanto sobresaliera de Izaya, y sin fijarse demasiado en nada se agachó a agarrarlo. Ambas manos bajo las axilas del hombre, pie firmemente puesto en el caballo muerto, empujó y haló con todas sus fuerzas. Sus modos eran bruscos y carecía de la menor petición de permiso o advertencia, no tenía la sutileza para nada de eso en tal situación.

- Izan... Isai... ¿Isaías? ¡Izaya! - Entre el esfuerzo, de forma entrecortada, fue intentando recuperar de su memoria el nombre del sujeto. Era más un intercambio consigo misma que con el otro, realmente, pues ni se había fijado si estaba consciente y se inclinaba a asumir que no. Le costaba de sobremanera retener nombres, información tan puntual y específica que no podía incorporar a algo práctico. Ciertamente le conocía, pero podía olvidar mucho. De cualquier modo, sin tener tanto éxito como deseaba por su sola cuenta, enseguida ladeó el rostro hacia los primeros ylisseanos reconocibles que hallaba. - ¡Heeey! ¡Tú, tú! - Gritó, mas por sobre el caos de mismo combate su voz era difícil de distinguir, y aunque alguna mirada se posara en ella de forma pasajera, los hombres tenían suficiente de qué ocuparse. De ningún modo aceptando ser la segunda prioridad, lo sacrificable en una situación de presión, Morgan sólo tomó aire y gritó más fuerte, tanto que raspara en su garganta. Con aquello sí consiguió miradas. - ¡OIGAN! ¡UN POCO DE AYUDA AQUÍ! -

Entendiendo con rapidez la situación a mano, un par de soldados se dispusieron de inmediato a ayudar a apartar el caballo caído. Había mucho que Morgan tendría que estarle diciendo a alguien que conocía su identidad, tal como que se abstuviera de referencias religiosas mientras estuviera en Ylisse o que omitiera la nacionalidad de cualquiera de ellos, pero ni para ello tenía paciencia en ese momento. Y ya había demasiada gente a su alrededor, de todos modos. En mitad del campo de batalla la forma de comportarse debía ser otra, la sutileza podía ser dejaba por completo de lado; la estratega comprendía eso y obraba segura, enfocada y tan brusca como hiciera falta, sin parar a consultar con el mismo Izaya.
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Re: [Campaña de liberación] A la Séptima Mañana [Privado | Izaya]

Mensaje por Izaya Orihara el Sáb Oct 14, 2017 9:10 am

El golpe le hizo sumirse en la más profunda oscuridad. Al caer, sin poder encontrar una salida a tal destino, su cabeza se chocó con el escudo abandonado de algún soldado de Ylisse. La capa de sangre y mugre no evitó que el duro metal, cuya superficie era irregular por los gravados que lo decoraban, se clavase en su cabeza y le hiciera un corte profundo por el que comenzó de inmediato a salir sangre. Regueros de líquido rojo cayeron por su frente y su cuello, que contrastaban con su pálida piel y daba una sensación de que el informante estaba peor de la realidad. Estaba inmovilizado en el suelo por el peso del caballo muerto, que aún dejó salir unos relinchos desesperados y agonizantes antes de quedar inmóvil sobre una pierna y el costado izquierdo de Izaya. El fango mohoso y blandengue ayudó a que el peso muerto de la montura no tuviera serias repercusiones en sus huesos que, salvo estar muy entumecidos, adoloridos, y magullados, no se rompieron. Sin embargo, al estar algo hundido fue complicado para sus socorristas el sacarle de ahí.

El hasta entonces impoluto estratega se había convertido en un pintoresco cuadro. Casi parecía que llevaba horas en el campo de batalla y no unos pocos minutos. No se movió un ápice cuando Morgan tiró de él, totalmente inconsciente. Sin embargo, los berridos de la joven estratega retumbaron en su oído y se hicieron paso a través de la maraña de oscuridad que nublaba su mente. Una chispa de adrenalina, producto de su despertar, encendió sus sentidos de golpe, aunque no fuera capaz de abrir sus pesados párpados o hablar. Como siempre, su cerebro iba mil pasos más adelante que las ataduras corporales de sus órganos y músculos. Trató de hallar sentido al penetrante dolor que le retumbaba la cabeza, y al líquido caliente que sentía manar de sí mismo. Caballo. Caída. Dolor. Estaba herido y alguien le auxiliaba. Su salvador tenía voz femenina y algo pedante. Salvadora, entonces. Si hubiera podido, Izaya se habría reído y habría asegurado emocionarse porque tan respetable autoridad hubiera reparado en un humilde estratega como él, pero no era capaz de formular palabras, solo de pensar.

Unos brazos más fuertes tiraron de él con tanta fuerza que por un momento creyó que iban a dejar sus piernas bajo el caballo y que solo recuperarían su torso y cabeza. El pánico por quedar lisiado y todo lo que eso implicaba, le hizo sacar una renovada fuerza de voluntad para, al menos, dejar patente su disconformidad. Sus finas cejas oscuras se fruncieron en su frente con desagrado, y, de un momento a otro, sus párpados se abrieron de par en par y fijó su penetrante mirada rojiza en uno de los soldados que habían ido a socorrerle. Estúpidos brutos sin atisbo de inteligencia. Los ojos del informante parecían refulgir con una ira fría que abrió boquetes en la cara del pobre muchacho que dejó escapar un sonido de sorpresa al notar como le estaban mirando: casi como si el herido quisiera herirle a él. – Corta la correa.Imbécil. Era obvio que si no podían sacar su pierna izquierda de debajo del animal era porque había algo que se lo impedía. El suelo era fangoso, y no sería difícil arrastrarle gracias a la superficie resbalosa, pero si por mucho que tirasen, no funcionaba, había que tomar otras medidas y desarrollar otra estrategia.

Su voz salió de forma apática y nítida a pesar de que era obvio que le costaba aún recuperar el aire. El soldado se apresuró a hacer lo que le decía, como si tuviera miedo de lo que una persona con esos ojos pudiera hacerle. Una vez que el muchacho en cuestión se agachó al lado del caballo para desensillarlo, Izaya giró el rostro hacia Morgan. Estaba enfadado, y cualquiera lo notaría a por la falsa sonrisa que adornó sus labios pero que nunca llegó a sus ojos. Mucho diente, y poca suavidad. – Qué cosas tiene la vida, que nos reúne en un sitio como este, pequeña amapola silvestre. -  Si hubiera sabido que algo así le pasaría, ni siquiera se hubiera molestado en salir de Plegia. Se habría quedado allí haciendo sus propios asuntos mientras esperaba que Morgan volviera de jugar a los soldaditos. Amapola la había llamado, la versión inocente de la adormidera, la planta de donde se sacaba esa droga tan popular entre el hampa de la sociedad. Aunque ahí, cubierta de roña y sangre seca, Morgan no tenía ningún aspecto inocente. ¿Acaso alguien que venía de Plegia podría serlo?

Observó el rostro de la joven durante unos momentos, antes de que un movimiento más allá de ella llamarse su atención. Un mercenario se arrastraba por el suelo con una pesada hacha, que estaba claro que le impedía ir más rápido. Un corte en el muslo derecho, por el que brotaba un reguero de sangre, debía de ser la causa por la que no podía tenerse en pie. El nervio no le funcionaba y el hueso debía de haber sido roto. Incluso esos monstruos no escapaban a las desventajas biológicas de tener un cuerpo mortal, incluso si no sentían dolor. Una valkyria caminaba detrás suyo y le curaba de sus heridas. Si la emergida conseguía dotarle de salud completa, estarían en problemas. ¿acaso alguno de los soldados pusilánimes que les rodeaban sabrían enfrentarse a un hacha con sus lanzas? No podía ver más que niños recién sacados de la academia, los veteranos se habían ido al grueso de la batalla, lejos de ellos. Además, el cansancio no les ayudaba. - Florecilla, ¿y tu espada?, hay alguien que necesita el golpe de gracia por allí. – añadió con un gesto de la cabeza. Ni siquiera podía mover los brazos. Le dolía todo demasiado. Su respiración entrecortada dejaba patente que aún no se recuperaba del golpe en la cabeza.
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Re: [Campaña de liberación] A la Séptima Mañana [Privado | Izaya]

Mensaje por Morgan el Vie Nov 10, 2017 12:37 pm

En algún momento de los muchos en que la joven no prestaba cercana atención, Izaya había despertado. Escuchó su voz alzarse no en adolorido grito ni mucho menos, sino musitando algo ininteligible para ella; entonces, celebrando que no debía tener nada roto ni arrancado del cuerpo Morgan soltó una risa breve, de poco aliento. Con eso sabía que viviría, que estaría sano y salvo en poco tiempo. Hubiera chocado los cinco con alguien si lo hubiera disponible. Por lo pronto no pudo hacer más que centrarse en el rescate, retomando su posición tras el hombre para rodearle el torso con firmeza con ambos de sus brazos, una mano sujetándose la muñeca opuesta al cerrar el agarre. Apenas fue librado de la montura y el cuerpo del animal apartado sólo un poco más, haló del cuerpo masculino pero en exceso delgado, moviéndolo sin demasiada dificultad fuera de su atasque. Sólo debía cuidar cómo distribuía el peso con las piernas dobladas bajo sí, cómo acomodárselo contra el pecho y no se hacía problema alguno, alguien debería recordarle al sujeto alimentarse un poco más contundentemente luego. Con el rostro vuelto en su dirección el informante podía hablarle con cuanta calma quisiera a la plegiana, pues en esa proximidad igualmente le oía.

Simpático, a su parecer. Poco le preocupaba el tono preciso cuando le llamaba como a una flor, o lo que entendía ella que sería una flor, pues de nombres y tipos no sabía lo más mínimo. Sonrió ampliamente, contenta y orgullosa. Cualquier cosa que interpretara como halago, seguramente a la adorable y querible persona que era aún sucia de las largas horas de combate, servía. - ¡Cierto! Tú descánsate un poco, ya nos ponemos al día. - Le respondió un poco rápido, muy consciente todavía de la compañía en la que se hallaban y lo desfavorable que sería dicho en voz alta el vínculo que los relacionaba. No iba a arriesgarse mucho, tratando con un hombre que sabía inteligente y disimulado cuando hacía falta, pero que claramente había sufrido un par de golpes considerables en la cabeza. Se dispuso a dejarle a resguardo por mientras el combate se resolviera, buscando todavía donde apoyarle o a quien encargarlo cuando el varón de cabello oscuro y húmedo de sangre volvió a hablarle. Su casual advertencia le hizo frenar. Bajándolo de inceremoniosa forma, alerta enseguida al peligro, viró con la mirada pasando por el suelo a sus pies. - Mi espada, mi espada, ¿dónde la acabo de dejar? Huh... -

No se trataba de más que una espada cualquiera de bronce liviano, ya la segunda que gastaba en el transcurso de su viaje por Ylisse, pero justo en ese momento la necesitaba. Una mirada rápida al enemigo que Izaya había dado a notar le dio más certera idea de la presión del asunto y la convenció de que si no la tenía, tampoco había tiempo como para seguir buscándola. El báculo de la valkyria emitía la luz propia de la sanación y el emergido bajo ella comenzaba a intentar incorporarse. Tornada de súbito seria, la estratega se alzó aprisa, evadiendo al portador de hacha para correr directamente a la mujer; sanadores primero en combates de pocas unidades, vieja lección que su padre le había enseñado y que se le hacía ya instinto. Eliminar al sanador acortaba la vida del bando opuesto, eliminaba el factor de victoria por cansancio que siempre se inclinaría a favor de los emergidos. Alerta de la mujer que se lanzaba a por ella, la valkyria se apresuró a blandir lo que tenía entre manos en su dirección, golpeando el costado de la plegiana con la base del báculo antes de apuntar a su cabeza con la ancha punta, revestida de aros de metal que protegían la gema central. Dolorosamente alcanzada por el primer impacto en sus heridas recientes, Morgan supo evadir el segundo, terminando por embestir de cuerpo a la sanadora para enviarla al suelo bajo sí.

No contaba con mucho con qué atacarla, pues hasta el báculo había caído separado de ambas, pero siempre tenía sus puños; aún si un emergido no reaccionara al dolor de un golpe, se le podía aturdir momentáneamente. Así hizo la estratega enseguida, propinando dos rápidos puñetazos a un mismo costado de la cabeza de la valkyria, antes de buscar a tientas en el suelo cualquier objeto afilado o contundente, cualquier resto de armadura o arma perdida, con la que terminar el trabajo. Sus dedos dieron contra el familiar mango de una espada estándar, la de algún otro caído. Tomándola y notando en la falta de peso que el arma yacía quebrada, perdiendo poco menos de la mitad de su largo, igualmente utilizó el filo lateral para cortar el cuello del enemigo sostenido bajo el peso de su menudo cuerpo, dándole muerte en no más que un segundo o dos. Para ese entonces, los soldados en la proximidad habían notado ya lo que sucedía y terminaban con el mercenario del hacha antes de que este se incorporase. Echándose atrás y soltando la espada rota, Morgan los observó mientras se apartaba del rostro el cabello algo tieso de variada suciedad.

- ¡Bien! - Soltó un pesado suspiro, incorporándose cansina pero satisfecha. Sin más enemigos en las inmediaciones, sino el grueso de la batalla desenvolviéndose más adelante, consideraba ese su momento de salir del asunto; era una victoria esperando a ser tomada, nada más, y ella tenía más que hacer. Podía dejarlo así. Esforzándose por no arrastrar los pies a causa del agotamiento de la jornada, regresó a donde se hallaba el enviado de Plegia, poniéndose ante él y enseguida pasando una mano frente a su rostro una única vez para ver si reaccionaba, si se había quedado consciente. - Voy a replegarme, tengo que llevar a mi amigo por ayuda. ¡Suerte! - Dijo, dejando así en incuestionable claridad que se separaría de los soldados del área, dejándolos a su deber mientras ella atendía lo suyo. No habría servido ser acompañada en un momento así; ni que Ylisse se preocupara en particular de su persona, de todas formas, al no saber de quien se trataba. Ladeó la cabeza y ofreció sus brazos para enderezar o alzar al informante, dispuesta a llevarlo a algún sitio donde pudiera hablarle a solas. Su voz bajó instintivamente en volumen, aunque no conseguía ser precisamente gentil o confortante, sino llana. - ¿Puedes, tipo... caminar o renguear o algo más o menos así? Te puedo cargar, pero no sé si por mucha distancia, estoy hecha paté. -
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Re: [Campaña de liberación] A la Séptima Mañana [Privado | Izaya]

Mensaje por Izaya Orihara el Jue Ene 04, 2018 11:25 am

Le dolía el modo en el que Morgan lo cargaba, pero no se podía evitar. Cualquier tipo de brusquedad sería desagradable en sus huesos entumecidos, y su piel golpeada y morada. Aun así, no se quejó. Jadeaba, algo inevitable porque el aire no parecía llenar sus pulmones con la velocidad necesaria, pero no dejó escapar ningún otro sonido de disconformidad mientras la estratega le arrastraba sobre el fango. Excepto cuando le dejó caer sin gracia contra el suelo, en esos instantes Izaya dejó escapar todo su aliento con cierto sofoco momentáneo, y en su rostro se fruncieron las cejas y tersaron los labios en una mueca de dolor. Entre las largas pestañas de sus ojos entrecerrados, vio como la plegiana se lanzaba al ataque con lo que podía, en su caso los puños hasta hallar un arma que pudiera ayudarle en su misión. Por su parte, él trató de incorporarse para hacerse útil en la batalla, pero el mero hecho de forzar los músculos de una de sus piernas se le hacía insufrible. No estaba cortado para ello, para la guerra y los enfrentamientos físicos y brutales.

Así pues, se quedó en su sitio, aunque hizo un esfuerzo con los brazos para incorporar su torso y quedar apoyado contra el lomo de una montura caída. El sudor de su frente se mezclaba con la sangre, que caía por su sien, su mejilla, y después caía por su barbilla. Parpadeó y enfocó su vista en el frente, siguiendo los movimientos de Morgan con menos atención de la que le hubiera gustado poner. A su alrededor, el mundo daba algunas vueltas, aunque Izaya estaba seguro de que era el único con esa percepción, pues el resto de combatientes seguían fijos en su sitio, sin sentir el bamboleo de la tierra y el cielo que él mismo experimentaba. Recostado en el tibio cuero del caballo, se permitió unos instantes para cerrar los ojos, irritados y enrojecidos por el polvo y la suciedad de la batalla. No obstante, un segundo de distracción fue suficiente como para sentir un agarre fuerte y doloroso en su pierna derecha.

Devolvió su mirada a la tierra y vio como una gran mano, cubierta de armadura salpicada en rojo, rodeaba su pantorrilla y tiraba hacia sí. El metal se clavó en su carne, atravesando incluso sus altas botas negras, hechas con piel fina y flexible, ligeras y perfectas para viajar. Un sonido ahogado salió de la garganta del informante, que en un movimiento inconsciente se agachó y trató de zafarse de los dedos armados. La mano pertenecía a una emergida que estaba semi-sepultada por otros cuerpos. Debía de haber caído en batalla, quizás inconsciente, pero no muerta del todo. No volvería a irse sin llevarse a alguien con ella. Izaya intentó patalear, y en un momento de adrenalina su visión se aclaró, y el dolor de sus miembros se disipó. Buscó en sus bolsillos las cuchillas que siempre guardaba con él, pero con todo lo que le había sucedido debían de habérsele caído, ya los encontró vacíos.

Un tirón de su pierna le devolvió la espalda al fango, mientras la emergida trataba de reptar hacia él. Quizás no tenía piernas, o quizás el peso de sus compañeros o enemigos muertos sobre ellas le impedían avanzar con facilidad. Llevaba una pesada armadura, que también la hacían más lenta. Pero era fuerte, por cómo era capaz de atraer al estratega hacia ella con un simple giro de muñeca. Izaya frunció los ojos, malhumorado, y giró el cuerpo hacia la izquierda y sobre el suelo, mientras que flexionaba su pierna libre para agarrar la daga de bronce que tenía escondida en el zapato. La mayoría de las personas se la guardaban en la bota derecha, pero la suerte del ambidiestro era, además, tener el doble de posibilidades de sorprender a tu adversario. Con un movimiento fluido, aunque algo torpe para lo que solía ser él, dejó caer el filo del arma sobre la mano enemiga, pero simplemente resbaló en la metálica superficie protectora. El agarre se afianzó.

- Asquerosa criatura, ¡déjame tranquilo! – exclamó en un siseo lleno de veneno, y se echó hacia delante con todo el dolor fantasma de sus músculos para atacar cualquier enclave débil que pudiera tener la emergida. Sus armas no surtirían efecto contra esa clase de unidad defensiva, pero incluso las fortalezas más protegidas tenían lugares débiles, como pozos, respiraderos, o pasadizos secretos. Y los emergidos no eran la excepción. Buscó cualquier superficie corporal que no estuviera cubierta por armadura. Apuñalaría cientos de veces el mismo punto si tuviera que hacerlo, con tan de librarse de ese enemigo tan repugnante que había osado amenazarle. Sus ojos rojos, muy brillantes y nítidos en comparación al barro de su piel, dieron enseguida con el rostro de la emergida, en un estado parecido al suyo. La odió. – No mereces parecerte a un ser humano. – y el cuchillo se clavó en la tierna carne de los mofletes, en los ojos, en cualquier lugar que su hoja pudiera perforar y hacer brotar sangre.

Repitió la acción como un loco, hasta que el agarre se volvió débil, y el guante de acero cayó al suelo. Jadeando, Izaya se echó hacia atrás, agotado. Agarraba la daga entre sus dedos como si le fuera la vida en ello. La mano de Morgan delante de su cabeza le sorprendió de tal manera que, si estuviera en su naturaleza el ser imprudente o impulsivo, la hubiera atacado al considerarla una enemiga. Por suerte, el estratega pensaba todo dos veces antes de actuar, y reconociendo el rostro y su voz, dejó caer su postura ofensiva y se relajó mínimamente. Aunque se le notaba el cansancio, borró de su expresión cualquier tipo de molestia, para volverla cordial. Aceptó la ayuda de la joven para incorporarse y devolvió el puñal a su lugar. La adrenalina aún corría por sus venas fuerte y segura, aunque no por mucho tiempo. Sonrió a Morgan de forma encantadora. – Solo necesito que seas temporalmente mi bastón, florecita, creo poder caminar en poco. Recemos porque haya sanadores donde sea que vayamos.

Y a eso le dedicó una sonrisa ladeada, divertida, como quién comparte un secreto o una broma interna, que solo ellos pudieran comprender. Izaya no creía en ningún tipo de deidad como Naga o Grima, pero eso no le impedía exclamar “¡Por Naga!” o “Por Grima” dependiendo del país en el que se encontrase o según cual fuera su compañía. A veces, como en ese caso, lo dejaba a la interpretación de los oyentes, que oirían lo que querían. Con confianza, se acomodó con un brazo sobre los hombros de la plegiana para que le ayudase a caminar y suspiró con cierta teatralidad. En un tono bajo, confidencial, apenas hablándole al oído, continuó: Podría volar, si eso significara alejarme de aquí. No te preocupes, seguro que hay algún campamento médico no muy lejos, con la cantidad de bajas que ha habido. A pesar de que seguirías siendo encantadora como paté, no querría verte arrodillada frente a ninguna de esta gente. - Sacó de los bolsillos internos de su abrigo un pañuelo blanco que pronto se volvió ocre con los restos de sangre de sus dedos. Con elegancia, frotó la mejilla de Morgan para limpiarla un poco. – Así mejor. ¿Qué tal te encuentras, querida? Hace tiempo que no nos vemos. Tenía pensado hablar contigo con una taza de té en la mano, pero el destino es ciertamente caprichoso.
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Re: [Campaña de liberación] A la Séptima Mañana [Privado | Izaya]

Mensaje por Morgan el Lun Feb 05, 2018 12:23 am

Izaya aún estaba despierto, allí iba una complicación que afortunadamente no entraría en la lista de las ya existentes. Al volver a él, Morgan se hacía bastante idea de por qué parecía inclusive más agitado de lo que había estado al dejarlo, con la mirada en extremo despierta y una cuchilla en las manos, mas no emitió comentario al respecto. Nada había más común en la realidad de Ylisse y de tantos otros sitios esos días, sobraba ahondar y si no se veía peligro todavía sobre ellos, lo mejor sería sólo proceder. Cuanto menos, tuvo el instinto de retornarle la sonrisa con el doble de ánimos, siempre contenta de recibir el buen trato que tan segura estaba de merecer. Por ese motivo, no le recriminaría siquiera el tener que ayudarlo a andar, pese al ardor sordo pero prevaleciente que se asentaba en sus extremidades, producto de los músculos agotados. - Puedo hacer eso. No pesas nada, o sea, creo que mi hermano pesa más y le llevas una cabeza. - Rió con mesura, y aunque no fuera de forma intencionada, hizo demonstración de lo dicho al pasarse el brazo ajeno por sobre los hombros y alzarse, impulsando consigo el cuerpo del pelinegro. Con un leve ajuste más, le halló suficientemente acomodado como para comenzar a andar.

La escena digna de una pintura del palacio de Plegia, kilómetros de cuerpos desperdigados y tierra quemada, fue puesta a espaldas de la joven mujer y su compañía, cuyas palabras oía sin lograr por lejos su misma discreción. En cambio, en su rostro se dibujaba sin reparos una mueca incomforme, torciendo el labio inferior en mohín. - Nada de qué preocuparse, yo también medio que... prefiero resolvernos sin ellos. Son tipos muy de Naga, me da repelús que me pueda pasar algo si me curan con sus báculos, ¿sabes? No inspira buena espina probar. Así que mejor nos vamos yendo por aquí, la batalla ya está en el saco y los emergidos se tendrían que replegar Norte en algún momento. Se acaba la fiesta. - Explicó, moviéndose tan aprisa como podía. En su paso por Ylisse, no había recibido curación que no fuese de sus propias pócimas una sola vez, sospechando demasiado del contacto entre magia de creyentes en Naga y su propio cuerpo. No estaría, pues, llevando a Izaya de regreso a la fortaleza para ser tratados por sus ylisseanos curanderos, sino en otro rumbo. De momento no ofreció mucha más explicación, ni tuvo ocasión en verdad de darla, pues le distraía el contacto del pañuelo contra su mejilla sucia. Un pequeño raspón que se había hecho ella misma por error con el dorso del guantelete metálico ardió una pizca, pero nada grave. Al contrario, apreciaba el arreglo. Sacudió la cabeza para que el cabello, también, cayera un poco más a lugar. - Oye, no me veo... muy desastrosa, ¿no? Papá siempre me recordaba componerme después de pelear, pero es que en eso estoy todavía, en eso estoy. -

En un contexto como aquel, nadie prestaba atención a dos personas andando tras filas, retirándose. Era por ello que Morgan ni siquiera hacía gran esfuerzo por ocultarse en esos momentos, tan sólo desviándose del camino hacia la entrada de la fortaleza para en cambio rodearla, llevándose al informante por el exterior de la muralla de piedra, resguardados a su sombra de un insistente sol matutino. Suponía que hallaría sitio para descansar, ponerse al tanto y esperar a que las cosas se tranquilizaran. Con la cansina sonrisa de alguna forma mantenida en los labios, hizo medio gesto de encogerse de hombros ante sus palabras, mas antes de responderle guardó aliento para terminar lo que hacía. Torciendo el camino, se aproximó a un pequeño espacio con un tronco de picar, un par de hachas de leña y una vacía casucha que hacía las veces de depósito temporal en una jornada de cazar en el terreno colindante o de reunir leña. Allí, en los cortos escalones de la entrada, fue intentando bajar a Izaya con cuidado.

- ¿En serio hace mucho que no nos vemos? No me... acuerdo bien. Mala memoria, ¿sabes? - Preguntó, frunciendo el ceño sólo un momento en concentración antes de negar con la cabeza. Aunque no lo tomaba con gravedad alguna, el hecho era que había sufrido más de una barrida a su memoria por efecto de los numerosos rituales a los que había sido sujeta en su tierra natal. Aquello había terminado ya, no se había conseguido lo que se buscaba y los intentos habían cesado, pero la rota capacidad de retención de la joven jamás parecía poder componerse. Muchas cosas se veían envueltas en la neblina de lo vago, lo reciente y lo distante. Como fuera, no le preocupaba en demasía. Desembarazada de su carga humana, se enderezó y dio un paso atrás, soltando la larga exhalación de una jornada de trabajo terminado. - Pero ahora podemos hablar, de todas formas. Asumo que es a ti al que me decían que esperara, ¿eh? ¿Por qué será? - Curiosa, pensaba sólo dejar al otro explicarse, mas de antemano le faltaba una cosa más que hacer. Tanteándose de a palmadas los varios bolsillos de la ropa, sacó una cantimplora de metal bastante rallada, marcada con una etiqueta escrita para que en ningún instante de distracción la plegiana confundiera su agua de beber con lo que era vulnerary. Se la tendió al varón. No era una taza de té para compartir, pero le parecía similar. - Fondo arriba, con esto tendrá que bastar por ahora. -
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