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[Campaña de liberación] A la Séptima Mañana [Privado | Izaya]

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[Campaña de liberación] A la Séptima Mañana [Privado | Izaya]

Mensaje por Morgan el Lun Abr 24, 2017 12:16 am

Era el séptimo día hospedándose en el mismo refugio de la misma ciudad del Oeste, más de lo que Morgan había estado quedándose en cualquier punto de Ylisse, y el lugar seguía bajo asedio. La resistencia se había replegado hacía tres días al interior de los muros del fuerte allí situado, rindiendo a los emergidos las viviendas y campos de cultivo fuera, a favor de resguardarse y luchar desde una posición más aventajada. Refuerzos habían sido enviados desde la siguiente gran ciudad, pero la situación seguía igual, irresuelta. El mismo limbo de inquietud y agitación, de luchar y defender, de sanadores, clérigos y toda mano disponible sanando cuan rápido se pudiera a los heridos para mantener sus números, de combatientes dándose un par de horas de sueño inquieto cuando los emergidos retrocedían a reagruparse, mientras las murallas aguantaban y la vida se sostenía de los recursos almacenados, suficiente para meses. A veces, luchar contra los emergidos era como intentar contener al mar de azotarse contra la costa, sin muralla capaz de anteponerse a su poderío y persistencia. No obstante, entre los esperanzados recordatorios de que existía la posibilidad de vencer, como los viajeros sabían que en Altea había sucedido, y la eficacia del ejército ylisseano que aún no se veía bajar los brazos, la victoria no lucía imposible. Los días de batalla eran largos, pero aún sin declive.

Desde el inicio, la permanencia de Morgan allí había sido accidental. Había supuesto que ese sería el siguiente lugar que los emergidos atacarían, siguiendo el camino por el que los había estado rastreando, pero no era parte de su idea terminar dentro en el asedio. A todas luces, era del lado de los emergidos que verdaderamente estaba, aunque Ylisse le agradara en cierta medida. El problema era que no podía dejar el fuerte ylisseano. Debía permanecer allí cuanto menos tres días más, como un breve mensaje desde Plegia había recomendado hacer, pues era el sitio donde sabría hallarla alguien que estaba ya en camino a su encuentro. Alguien que deseaba ver a la heredera sacerdotal, por algún motivo. Era por eso que permanecía resguardada dentro, con los civiles, analizando fijamente sus mapas dibujados y anotaciones de letra ininteligible, observando los combates desenvolverse y preocupándose por la posibilidad de un escenario en que los emergidos perdieran. Ayudar era algo que ciertamente no podía ser, pues no deseaba el exterminio de las tropas; desde el principio, su objetivo era nada más que desviarlos fuera del reino, haciendo todo lo que debiese para ver que su único camino de marcha posible fuera hasta la frontera con Nohr. Podían llegar unos menos, por supuesto, pero no quería perder los miles que pretendía llevar. Así, la situación se había vuelto cada vez más complicada y su estadía cada vez más problemática.

Recién al sexto día había decidido cómo cambiar un poco el plan. Si podía generarse allí una defensa suficientemente sólida, que hiciese parecer que se habían fortalecido a una escala peligrosa muy de súbito, quizás los emergidos dejaran el sitio en paz y prosiguieran por la ruta un poco más al Norte. Bien sabido estaba que un emergido no sentía temor, pero eran criaturas inteligentes, con la capacidad de analizar sus movimientos bélicos tanto o más bien que cualquier ejército de hombres; no se les podía asustar, mas sí forzar a tomar otra decisión. Así pues, al sexto atardecer de asedio y sin señal de la persona que la buscaba todavía, Morgan había tenido que tomar armas también. Con algo de insistencia y gracias a la adaptabilidad del buen sabio que dirigía la defensa del sitio, los conocimientos de la estratega sobre emergidos habían sido oídos y las grandes puertas quedaron selladas, abarricadas por fuera y reforzadas por dentro. Al campo salió una última carga de todos los hombres disponibles, con la pequeña plegiana entre ellos. Estaba enfocada; mataría los emergidos que fuera necesario para convencer a los demás de retirarse.

Para cuando despuntaba el alba del séptimo día, Morgan se veía con los ánimos en el mismo sitio de siempre, pero el cuerpo exhausto. Los brazos ardían ya al tener que alzar la espada. Su cabello y su rostro, salpicados de sangre al principio, mostraban ya manchas secas de donde la mano de la misma joven había pasado, futilmente intentando secar o limpiar. La chaqueta de estratega que tanto apreciaba no había ido sobre sus hombros al campo de batalla, y con buena razón; el resto de sus prendas estaban ya sucias por doquier, con una alargada rajadura tras la espalda y un área empapada de rojo oscuro mostrando el lugar donde había sido herida, aunque tratada a buen tiempo con brebajes curativos. Su aspecto era deplorable, pero su enfoque no salía de lo que era crucial: soportar y vencer. El insinto de dominación estaba en ella, empujándola pese a todo a lanzarse siempre con la avanzada, apretar los dientes y blandir con cuantas fuerzas pudiese su espada, matar antes de que alguien más llegara a ella. Así funcionaba la guerra, desde que recordaba y conocía. Sin sentimientos negativos, sólo la elección entre ganar o ceder.

- Ahora bien, Morgan... un problemita. - Se dijo entre cansinos jadeos, tambaleándose un poco al retroceder cuesta arriba. No parecía haber más enemigos en su zona y sus aliados estaban algo apartados de ella como para oír sus murmullos, pero no se dirigían a oídos más que los suyos propios. Blandió la espada hacia abajo para sacudir fuera del filo la sangre que la permeaba, enderezándose de su postura de ataque y exhalando. Torció el gesto al darle una mirada general al campo de batalla. - Aún si la situación aquí está estable, el hecho es que estamos bajo ataque. Esperando a un sujeto en un lugar bajo ataque. Viendo todo esto así, ¿se acercará o no el sujeto en cuestión? Hay que pensarlo... - Suspiró tras dar voz a sus pensamientos. El lugar era ese, pero un viajero que lo viera bien podía decidir no acercarse hasta no notarlo más pacífico. En el último tiempo, eso había empezado a hacerla dudar. Interrumpiendo su propia línea de ideas con la aparición de una sombra de gran tamaño sobre ella, la estratega alzó la vista a los cielos, frunciendo el ceño extrañada al ver lo que parecía ser la silueta de un platón de pegasos. Jugdralitas, a juzgar por el tamaño. Se movió hacia terreno un poco más cubierto, estimando una mala idea quedarse a campo abierto con amenazas en el aire. A sabiendas de que a los emergidos poco les importaban las palabras de los humanos, Morgan no dudó en alzar la voz aún más mientras andaba. - ¿Y cómo vamos a encontrarnos así, en todo caso? ¡Instrucciones poco claras! -
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Re: [Campaña de liberación] A la Séptima Mañana [Privado | Izaya]

Mensaje por Izaya Orihara el Dom Abr 30, 2017 4:30 pm

Morgan le traía por el camino de la amargura. ¿Es que acaso no podía estarse quieta donde debía? Es como si lo hiciera para fastidiar al estratega de mayor edad o algo. Justamente se le había ocurrido la brillante idea de salir de Plegia, su eterno y adorado hogar, cuando Izaya estaba haciendo preparativos para visitar el oscuro país. Por supuesto, no había cabido en su cabeza que Morgan saldría de Plegia justo en el lapso de tiempo que tardaría en ir de Elibe a Akaneia, pero así había sido. En otras circunstancias no le habría importado cambiar de rumbo, e incluso lo habría considerado interesante y sorpresivo en un buen sentido, pero lo que había comenzado como un desvío se había convertido en una pesadilla para Izaya. Había pocas personas que fueran tan pacientes como el estratega, pero sentía estar soportando más de lo que merecía.

El principio del infierno había comenzado cuando al llegar a Ylisse, le informaron de que no podía llegar con su carruaje al lugar donde estaba Morgan. Se encontraba bajo asedio y cualquier carromato que se acercara a las inmediaciones sería rápidamente atacado por los emergidos. Ante esto, Izaya trató de ir con un grupo de soldados, una nueva comitiva, que sería enviada en auxilio de las tropas que quedasen en el mismo fuerte. La compañía del infame estratega fue aprobada de buen grado, pero para ir con ellos debía ser en sus términos, y eso suponía dejar atrás su carruaje, pues era demasiado lento para el pequeño ejército que viajaría a caballo. No había suficiente dinero en el mundo que les convenciera de lo contrario, ya lo había intentado de todas las maneras posibles.

A pesar de ser un orgulloso plebeyo, dato que a menudo utilizaba para sacar de sus casillas a nobles más empobrecidos que él, lo cierto era que Izaya disfrutaba de un estilo de vida muy acomodado y sin problemas. Detestaba viajar a caballo, pues el trote del animal lograba marearle y no podía aprovechar el tiempo de trayecto para nada útil, como lo haría en una carroza ya que al menos allí podía leer y conversar sin vomitarle al que estuviera al lado. Pero, precisamente, para poder seguir teniendo ese estilo de vida privilegiado para aquellos que no eran de la nobleza, debía trabajar. Y su último encargo había sido precisamente aprender sobre los emergidos, de quienes esperaba que Morgan supiera algo interesante. Se repetía constantemente que lo hacía porque amaba su trabajo, su vida, y que además necesitaba el dinero extra para poder hacer frente al gasto que supondría tener un esclavo manakete en poco tiempo.

Accedió a regañadientes momentos antes de que el grupo partiera rumbo al fuerte, sin saber que se arrepentiría meros segundos después. Un caballero ruidoso, grande, y a lomos de un semental de aspecto bravo, le agarró del abrigo por la parte de la espalda como si no pesara nada, y sin pedir permiso le colocó en la parte trasera de su montura. Fue un acto humillante para el orgulloso informante, que antes hubiera preferido tener que dirigir su propio caballo a tener que compartirlo con un bruto que no callaba ni debajo del agua. ¡Encima le había levantado por los aires como si no fuera nada! Una auténtica pérdida de control que Izaya se tomó bastante a pecho, por mucho que el resto de soldados ni pareciera recaer en que el caballero llevaba un nuevo cargo. Muchos de ellos llevaban consigo a otra persona, en su mayoría arqueros, que no podrían disparar y cabalgar al mismo tiempo. Izaya supuso que esa era una estrategia para evitar más muertes de caballos, tan valiosos en esos tiempos, y que les salía rentable ya que el fuerte no estaba a suficiente distancia como para cansar en demasía a los animales que llevaban dos jinetes.

Partieron con premura, y cabalgaron a alta velocidad gran parte del camino, con el fin de llegar a la siguiente mañana a la fortaleza. El informante se mantuvo callado la mayoría del trayecto, mareado y odiando la decisión que había tomado. Maldijo más de mil veces a Eliwood por su estúpido encargo, a Morgan más de dos mil por su estúpido viaje, y cuando se quedó sin gente a la que maldecir, miró fijamente la cabeza del caballero, con una mirada tan agresiva que casi pareciera que fuera a salirle fuego de las cuencas, y que de ese modo la cabeza del soldado explotaría. Había estado hablando todo el rato sobre su vida, en especial sobre su sueño de ser un héroe como los de las leyendas y proteger a gente desvalida. No lo dijo de forma implícita, pero Izaya supuso que él entraba en ese calificativo, tan delgado y sin una espada al cinto, un estratega que más bien parecía un ratón de biblioteca. Qué equivocado estaba.

Lo bueno era que en ningún momento trató de conversar con el informante, sino que le dejaba mirar hacia arriba y responder cada media hora con algún monosílabo. Estaba más concentrado en no marearse y formar una escena aún más humillante, y que además probase al caballero que sí que era débil. No lo era, y antes moriría que dejar que se visualizara una mínima flaqueza en su carácter o constitución. Ninguno de los dos durmió durante la noche, pero Izaya era la mayoría del tiempo una persona insomne, de modo que no se sentía cansado salvo por el hecho de tener las piernas dormidas y un poco de malestar general, nada irreparable. Ya despuntaba la mañana cuando desde su colina se pudo visualizar el fuerte a lo lejos, y una batalla aun librándose en las inmediaciones. El general del batallón decidió dividir su grupo en varios pelotones, uno iría en auxilio de los que aún luchaban con los emergidos que quedaban, otro se quedaría esperando, y el último daría un rodeo para ver si había alguna otra pelea en curso.

Su caballero estaba en la comitiva de reconocimiento, pero Izaya no iba a pasar ni un momento más con él. Se bajó de un salto de la montura y estiró las piernas para librarse de la sensación de agarrotamiento. Ipso facto, el hombre se quejó ante la pérdida del frágil estratega, que podía acabar siendo víctima del acero enemigo si él no estaba para protegerle heroicamente con su espada. Una risa salió de la garganta del informante. - Parece que no puedes callarte. – le dijo, una enorme sonrisa en sus labios. Dulce, pero cortante y cruel al mismo tiempo. El soldado se puso algo pálido, sorprendido por el súbito cambio de actitud del delgado estratega, que no se quedó solo en ese comentario, sino que prosiguió: Me aburres. – finalizó, sus ojos rojos fijos en los del joven caballero que se había quedado, por primera vez, completamente mudo. – Vuelve cuando tengas algo interesante que aportar.

Y con esas últimas palabras, Izaya se dio media vuelta y comenzó a subir un montículo de piedras cercano, a la espera de tener una mayor visualización del campo de batalla y saber si podía distinguir a Morgan desde allí. A medida que escalaba, podía ver la colina entera, atestada de cuerpos humanos y de emergidos por iguales. Sus cadáveres regaban el suelo, mientras que el cielo se poblaba de pegasos que parecían rastrear el área. Suerte que tenían de haber traído a un buen número de arqueros que podrían acabar con ellos cuando estuvieran a distancia de tiro. Bufó y exclamó en voz alta: ¡Como la hayan matado, es que me tiro por el despeñadero!
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Re: [Campaña de liberación] A la Séptima Mañana [Privado | Izaya]

Mensaje por Morgan el Mar Mayo 16, 2017 4:21 pm

Buscando cobertura al aproximarse a la arboleda circundante, Morgan salió de vista unos momentos. Cualquier volador era un depredador para la infantería, si sabía caerles en picada, y ella no estaba por confiarse con nada cuando las cosas apenas empezaban a marchar mejor. Desde allí observó el vuelo de las criaturas, abriendo y separando su formación para que la mayoría comenzase a atacar, mientras el resto de los pegasos sobrevolaban el fuerte en busca de un punto de acceso. - No dan un respiro... - Morgan murmuró, descontenta y con solo una pizca de respeto por la perseverancia de las criaturas. Los momentos quieta le habían permitido recobrar el aliento, pero no mucho más. La situación podía dar un giro a lo peor si no se daban prisa todos, incluyéndola, por que enseguida echó a correr de regreso a la estructura de piedra fuertemente sellada, intentando no involucrarse con distracción alguna en el camino.

Ya había flechas en el cielo, dando caza a los refuerzos alados. Al aproximarse más, pudiendo llegar a oír las ordenes gritadas entre los oficiales del ejército, la joven de revuelta melena oscura comprendió que arribaban refuerzos de su lado del combate también, ylisseanos de algún otro punto del reino que habían podido prescindir de algunos hombres que enviarles. De aquellos eran la caballería que rodeaba el campo de batalla, cargando arqueros que ya disparaban a los pegasos enemigos. Con buen motivo, los ánimos en general mejoraban entre los soldados en la línea de ataque; la misma Morgan dio un gritito de alegría y un pequeño salto en su lugar, puño arriba, previendo un buen término a todo. Hasta se olvidaba temporalmente de su planeado encuentro. Con renovadas fuerzas, la formación entera se adelantó en el campo, dispuesta a encargarse de todo emergido en tierra. Agotando sus recursos con soltura para el empuje final, los magos supervivientes con que contaban, escasos en número pero hábiles discípulos del sabio a cargo del fuerte, tomaron la delantera para unirse en hechizos que enviaban derredor ráfagas de fuego, acalorando el ambiente en su totalidad y tornando el suelo ascuas al moverse por lo bajo.

Fue entonces, mientras se esforzaba por repeler a cuanto emergido se acercaba demasiado a la formación, exhausta y más que deseosa de terminar de una vez, que Morgan notó la única figura sobre una colina. Creyéndose engañada por su vista, se apartó el cabello de los ojos, parpadeó, entornó la mirada y probó otra vez, pero allí seguía. En principio sospechó que se tratase de más enemigos aproximándose, mas en breve creyó reconocer los grandes rasgos, la constitución en general y el afelpado borde de una chaqueta de viaje. Independientemente de si fuese acertada o no su sospecha, echó enseguida a saltar en su sitio, agitando en alto los brazos, espada en la zurda todavía, intentando llamarle la atención. Si tan sólo ella tuviese fuego que lanzar a lo alto o siquiera flechas con las que dar señal. Debió cesar en lo que hacía para contener con el la espada ladeada la arremetida de un lancero, pateándolo hacia atrás con las fuerzas que le quedaban antes de que la mujer a su derecha lo terminara con su propia arma. Entonces, retrocediendo y separándose un poco del centro del caos, Morgan probó otra vez a llamar la atención.

Nuevamente hizo señas al hombre de cabello negro en terreno alto. Allí le esperaba, del otro lado de casi medio kilómetro de un combate en su más feroz y desesperado punto, con refuerzos de ambos lados apoyando a cansadas y ensangrentadas tropas. A través de un campo de cuerpos desperdigados, con áreas del suelo en ascuas y ráfagas de fuego aún surcando los aires para repeler la aproximación del enemigo. La defensa se sostenía y se sobreponía, pero el sacrificio de todo un día y una noche de batalla anterior yacía a la vista, enseñando tragedias y sacrificios pasados. El aire olía a sangre vieja y, ahora, a carne y tela quemadas. Y Morgan se hallaba a salvo aún, pero sospechaba que su deplorable estado no sería suficiente para cargarla todo el camino hasta el hombre si fuese por su propia cuenta, teniendo suficiente para sus brazos con la tarea de mantener su postura defensiva y atacar sólo lo que viniese a por ella. Sostenía la espada con ambas manos ya, blandiéndola como si de una bastarda o un mandoble pesado se tratara, en lugar del bronce ligero que era. Avanzar, de momento, le resultaba imposible.
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Re: [Campaña de liberación] A la Séptima Mañana [Privado | Izaya]

Mensaje por Izaya Orihara el Mar Jul 18, 2017 2:28 pm

Al llegar a la cima de la colina, sacó de entre los pliegues de su abrigo unos binoculares que solía llevar en todo momento, sobre todo cuando viajaba. Si bien muchos se preguntaban si acaso le gustaba observar las aves o el horizonte al ir en barco, lo cierto era que Izaya analizaba a más gente con ellos que a otras cosas. A pesar de disfrutar de muchos pasatiempos intelectuales, propios de su trabajo y de su propio deleite, lo cierto era que dedicaba la mayor parte del tiempo a lidiar con personas de carne y hueso, en su mayoría humanos, y a estos últimos era para los que reservaba el derecho de ser observados con su apreciado objeto de vigía, aunque en los últimos tiempos también los había empleado para analizar movimientos emergidos y evitar morir en batalla. Gajes del oficio, suponía. Se tomaba tan en serio su trabajo que había acudido al frente de una guerra que no pretendía librar en busca de una niña autóctona de Plegia, pero que justo no estaba allí, sino en un país con una ideología contraria al culto a Grima. Y no solo eso; como pudo comprobar a través de las lentes, Morgan además estaba librando la lucha allí, como si fuera suya.

Interesado, y con muchas preguntas en mente, siguió sus movimientos mientras repartía mandobles a los emergidos que osaban atacarla, y solo dejó de observarla cuando la Hija de Dios Oscuro comenzó a distraerse de la batalla al hacer aspavientos para llamar su atención. – Niña, que te van a dar. – se dijo, entre risas, divertido porque repitiera sus acciones dos veces, a riesgo de ser alcanzada por un golpe en el intento. Izaya era rápido en sus búsquedas visuales, producto de haberlo hecho millones de veces antes. No le costó encontrar a Morgan entre los cientos de soldados Ylissianos, incluso si estaba cubierta de la roña del enfrentamiento y no llevaba su típico atuendo de plegiana. El espectáculo a su alrededor era aterrador, con cadáveres por doquier y llamas que consumían cientos de cuerpos con sus largas lenguas anaranjadas. Sin duda alguna, los refuerzos habían sido necesarios para detener el sitio de la fortaleza y ganar al ejército emergido. Sin embargo, solo un tercio de los caballeros de su compañía habían entrado en el conflicto.

Giró el rostro para mirar al otro lado de la colina, y vio que el grupo enviado a revisar los alrededores y comprobar que no había más batallas librándose, regresaba en perfecto estado. Suponiendo que pronto irían a ayudar a sus compañeros, Izaya comenzó a bajar el montículo para unirse al nuevo cargamento de tropas. Morgan no había tenido muy buen aspecto, cubierta de sangre y suciedad, pero el informante esperaba que no muriese hasta haber podido hablar con ella.  Aunque, vaya Hija de Grima sería si unos inmundos emergidos terminasen con su vida de esa forma. – Ya voy, mujer, ya voy. – exclamó, pese a que era consciente que no podría escucharle. Descender de la colina fue más sencillo de lo que fue subir, y no tardó apenas en unirse de nuevo a los caballeros que formaban una línea de ataque y esperaban la orden de su comandante para aplastar al ejército visceral de criaturas que habían osado alzarse contra el mundo. Los arqueros prepararon sus flechas y los soldados alzaron sus armas en alto: espadas brillantes, gruesas hachas, y lanzas afiladas que esperaban ser utilizadas en breves.

Viendo que sus compañeros ya estaban a punto de llegar, el primer pelotón de caballeros arreó a sus monturas y con un rugido se lanzaron contra todo el frente, en una hilera perfecta que barrería a los enemigos al mismo tiempo, como los labriegos segaban un campo de trigo. Izaya se mantuvo a un lado, apartándose de en medio y esperando la aparición de su dulce caballero con su brillante armadura y su gran bocaza.  Pasado el mareo del trayecto, y viendo la necesidad de tener a alguien que le llevase colina abajo, esperaba que su compañero de viaje no se hubiera tomado muy mal sus palabras anteriores. Nada sería más humillante que tener que andar al lugar donde estaba Morgan, además de ser muy peligroso para un estratega tan poco adepto al terreno bélico como lo era él. Solo había una manera de comprobarlo: levantó un brazo y plasmó una dulce sonrisa en los labios que nunca llegó a sus ojos, fijos en el hombre que le había dado un dolor de cabeza durante toda la noche. Al reparar en la figura menuda del estratega que le aguardaba pacientemente, el soldado de Ylisse se emocionó y devolvió el gesto. Arreó a su caballo para ir directo a por Izaya y, con toda posibilidad, agarrarle de aquella forma tan degradante para volver a colocarle en los cuartos traseros del jamelgo.

El estratega le vio llegar como si fuera un perro que, olvidando que su amo le hubiera regañado cinco minutos antes, regresaba fiel y amorosamente a su lado. No obstante, no iba a dejar que le hiciera eso dos veces. Entrecerró los ojos y justo cuando estaban pasando los caballeros en barrida a su alrededor, Izaya se colgó con agilidad y sin esfuerzo alguno aparente de las cintas de cuero que ajustaban la ligera armadura del corcel en su pecho, dirigió todo su peso primero hacia la izquierda, y después como un péndulo y aprovechando el movimiento del animal, se dejó llevar hacia la derecha. Flexionó su cuerpo de tal manera que se elevó en el aire, y en cuanto los caballeros comenzaron su descenso al campo de batalla, la gravedad hizo su trabajo y asentó al estratega detrás del jinete. Una sonrisa de suficiencia adornó sus labios, que aumentó al escuchar la exclamación de sorpresa de su compañero de trayecto. Quizás en otra ocasión hubiera alardeado de su buena forma física y las ventajas de practicar gimnasia, pero se limitó a señalar a la zona general donde estaba Morgan y dijo: Hay una damisela en apuros con la que tengo una cita, no desearía que la matasen antes de ello.

Si le molestó lo que le dijo Izaya, no se demostró en sus acciones, pues cabalgó en la dirección señalada. Pronto, el nuevo convoy de caballeros impactó en el campo de batalla, y comenzó a barrer a los enemigos que aún no habían caído con los asaltos anteriores. Su noble caballero hizo un buen trabajo en acabar con los emergidos de primeras, mientras el informante prestaba atención a su entorno para tratar de ver a Morgan. Entre cuerpos incendiados, picas clavadas en el suelo, caballos muertos, y múltiples enfrentamientos, pudo divisar la figura de la Hija de Grima. – ¡Por allí! – exclamó, llamando la atención del jinete. Sin embargo, no pudieron avanzar demasiados pasos. Una lanza se incrustó con certera precisión en el cuello del caballo, atravesando su piel donde la armadura no le cubría. Con un relincho de sufrimiento el animal cayó al suelo. El caballero fue disparado hacia delante, pero el informante estaba agarrado con tanta fuerza a la silla que siguió la misma trayectoria del corcel y quedó semi-sepultado por su gran cuerpo contra el suelo.
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Re: [Campaña de liberación] A la Séptima Mañana [Privado | Izaya]

Mensaje por Morgan el Jue Ago 10, 2017 7:22 pm

Seguir vigilando la posición del hombre en la colina se había vuelto poco menos que imposible, con la cantidad de vitales distracciones que acechaban a Morgan. Su espalda estaba cuidada tras la línea defensiva, pero cualquier cosa que se moviera ante ella o por sobre su cabeza era de peligro; cualquier descuido podía ganarle una herida letal. Y aunque cualquier otro soldado contara con los numerosos sanadores que todavía tenían de su lado para volver a ponerle en pie tras todo lo humanamente soportable, no pensaba así Morgan, quien no quería tener mucho que ver con sanadores de Naga si podía evitarlo. Temía que que la marca de Grima en su mano ardiera o su cuerpo sufriera una aflicción similar a la de los más debilitantes rituales plegianos si esa magia la tocaba. Su cooperación con los ylisseanos no podía llegar a ese punto. Por ello, el momento en que fuese gravemente lastimada sería en definitiva el fin. Puesta a la defensiva por necesidad, la estratega ponía todo de sí contra cada arma apuntada o cada flecha que amenazara descender sobre ella. Cada enemigo era afrontado con la más pronta estocada a través del pecho o al mentón, bajo el casco, un punto de acceso que la altura de la muchacha ponía a disposición.

Para cuando pudo mirar en busca del hombre entre los soldados otra vez, ya no lo halló. Se rehusaba a creer que hubiera sido idea suya, su memoria podía ser tan difusa y frágil como el reflejo sobre aguas poco profundas, pero sus sentidos funcionaban a la perfección. En lugar de ello, lo que divisaba era el avance de los refuerzos de caballería, cortando a través del enemigo con sobrecogedor ímpetu, dotados de la energía que las tropas presentes habían estado perdiendo todo ese tiempo. Los soldados de su lado intercambiaron llamados de alivio y esperanza. Morgan, también, volvió su rostro ensuciado a un lado y al otro, hallando que los enemigos cesaban de llegar hasta ella, dándole un instante para recobrar el aliento de a jadeos. Fue entonces que lo vio: una combinación de colores pálidos y negro, un hombre formando parte de la escena y a la vez no, instalado tras un jinete sin ser activa parte del combate, sino un observador demasiado cercano. Parpadeó, las pestañas de su ojo derecho algo pegajosas de sangre seca o quien supiera qué, jurando que llegaban a verse al rostro un segundo antes de que la lanza se interpusiera, atravesando el cuello del caballo que montaba. Previendo una cantidad de malos desenlaces demasiado larga para siquiera pensarla toda en ese instante, Morgan tomó algo más de aire antes de lanzarse adelante con los músculos de las piernas demasiado calientes como para sentir su propio cansancio.

En toda carga, siempre había bajas en la línea frontal. El punto en que un ejército chocaba contra el otro era el más caótico, resultando usualmente en la prímera línea perdiendo más soldados de los que lograban pasar. Era mal sitio al cual dirigirse por voluntad propia, pero pasada un poco la oleada, era allí justamente donde la pequeña plegiana se dirigía, corriendo entre caballos en cuya trayectoria se aseguraba de no cruzarse y hombres enfrascados en combate. Había reconocido más que bien al que había caído con aquel caballo, y tenía tan poco que ver con Ylisse como lo tenía ella. Debía ser él la persona a quien le habían mandado aguardar. Llegando al animal caído, a sabiendas de lo que algo tan pesado podía causar cuando caía sobre una persona, buscó de inmediato lugar de donde empujar. El tiempo no sobraba. No obstante, su compacta figura no era en absoluto desprovista de fuerza y creía poder hacer algo. Soltando su espada, rodeó el cadáver animal para encontrar cuanto sobresaliera de Izaya, y sin fijarse demasiado en nada se agachó a agarrarlo. Ambas manos bajo las axilas del hombre, pie firmemente puesto en el caballo muerto, empujó y haló con todas sus fuerzas. Sus modos eran bruscos y carecía de la menor petición de permiso o advertencia, no tenía la sutileza para nada de eso en tal situación.

- Izan... Isai... ¿Isaías? ¡Izaya! - Entre el esfuerzo, de forma entrecortada, fue intentando recuperar de su memoria el nombre del sujeto. Era más un intercambio consigo misma que con el otro, realmente, pues ni se había fijado si estaba consciente y se inclinaba a asumir que no. Le costaba de sobremanera retener nombres, información tan puntual y específica que no podía incorporar a algo práctico. Ciertamente le conocía, pero podía olvidar mucho. De cualquier modo, sin tener tanto éxito como deseaba por su sola cuenta, enseguida ladeó el rostro hacia los primeros ylisseanos reconocibles que hallaba. - ¡Heeey! ¡Tú, tú! - Gritó, mas por sobre el caos de mismo combate su voz era difícil de distinguir, y aunque alguna mirada se posara en ella de forma pasajera, los hombres tenían suficiente de qué ocuparse. De ningún modo aceptando ser la segunda prioridad, lo sacrificable en una situación de presión, Morgan sólo tomó aire y gritó más fuerte, tanto que raspara en su garganta. Con aquello sí consiguió miradas. - ¡OIGAN! ¡UN POCO DE AYUDA AQUÍ! -

Entendiendo con rapidez la situación a mano, un par de soldados se dispusieron de inmediato a ayudar a apartar el caballo caído. Había mucho que Morgan tendría que estarle diciendo a alguien que conocía su identidad, tal como que se abstuviera de referencias religiosas mientras estuviera en Ylisse o que omitiera la nacionalidad de cualquiera de ellos, pero ni para ello tenía paciencia en ese momento. Y ya había demasiada gente a su alrededor, de todos modos. En mitad del campo de batalla la forma de comportarse debía ser otra, la sutileza podía ser dejaba por completo de lado; la estratega comprendía eso y obraba segura, enfocada y tan brusca como hiciera falta, sin parar a consultar con el mismo Izaya.
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