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[Campaña de liberación] Send my Regards from Hell [Priv. Jeanne]

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[Campaña de liberación] Send my Regards from Hell [Priv. Jeanne]

Mensaje por Izaya Orihara el Dom Abr 23, 2017 7:34 am

Plegia era un país que se encontraba entre los favoritos de Izaya. Era irónico que la comunidad internacional no pensara demasiado en la teocracia, siendo uno de los estados menos populares en el mundo frente a otros países más fuertes en el terreno militar como Nohr, o teocracias más poderosas como Begnion; pero que al mismo tiempo era el único lugar en el mundo en el que los Emergidos campaban a sus anchas sin asesinar a la población ni destruir todo a su paso. Sin duda alguna, Plegia tenía algo que no se encontraba en ningún otro sitio, una dualidad extraña que Izaya se esforzaba por entender pero que se le escapaba de entre los dedos. ¿Qué tenía de especial esa tierra yerma, con viejos huesos atribuidos a un dios inexistente, y con la población subyugada por un grupo de fanáticos por dichos huesos, y la entidad que decían representar? Lo cierto es que Plegia era interesante precisamente por eso: por su tremenda obsesión hacia Grima y la enorme cabida de la religión en todos los aspectos de la vida.

Izaya no era religioso, ni creyente. Desde joven, había detestado y admirado al mismo tiempo el poder que los dioses ejercían sobre los seres humanos. Las convenciones sociales, las leyes de los gobiernos, el modo de vida de la gente corriente, eran normas impuestas para controlar y manipular. A la mayoría de las personas no les importaba ser guiadas como borregos, como animales domesticados. Pero, desde siempre, Izaya no había sido una persona normal. Era lo que muchos denominarían como un “bicho raro”, un “personaje extravagante”, un perturbado, un loco, alguien desequilibrado. No encajaba en la sociedad, pero no pretendía hacerlo. Pretendía estar por encima de ella, como lo haría un Dios. Parecía un ciudadano modelo, educado y rico, pero hacía tratos con mercenarios a cambio de información que luego usaba para manipular y hacer daño a los demás. Conceptos como el bien o el mal no le interesaban, pues prefería vivir con el dicho: “Es absurdo dividir a la gente en buena y mala. La gente es tan sólo encantadora o aburrida”. Él, por supuesto, se consideraba encantador.

Pero todos sus esfuerzos de ser carismático con los emergidos y tratar de entablar una conversación se probaban fútiles. Como buen observador de las muchedumbres, Izaya pasaba gran parte de su tiempo como informante aprendiendo de los demás solo por medios visuales. Su interés principal eran los seres humanos, pero en su trabajo había tenido que investigar a gente de otras razas, en especial brandeds, pues los laguz, como era de esperar, no merecían un interés tan grande por parte de sus clientes, y la mayoría del mundo. No obstante, en el nuevo cometido que le había dado el marqués de Pherae, debía observar a los emergidos: seres que habían despertado en él la misma curiosidad que una piedra. Mentía. Hasta una piedra era menos aburrida que un triste emergido, pues podía al menos lanzarla contra algo o alguien, era manipulable, mientras que los emergidos no hacían caso a nada ni nadie, de forma aparente.

El estratega llevaba toda la mañana dedicada a la observación de los emergidos de Plegia, sin demasiadas conclusiones sacadas salvo que se estaba aburriendo a niveles desorbitados. Llevaba siguiendo a la misma criatura un buen rato, un emergido con pinta de general que le había llamado la atención al salir de su casa en el centro de la ciudad. Dicho ser, había caminado tranquilamente por casi todo el vecindario como si estuviera dando un paseo matutino. No se detuvo en ningún lugar, pero tampoco parecía tener un destino en mente, pues su paso era bastante lento y se tomaba su tiempo para girar en las calles o recorrer las plazuelas. Izaya se preguntó si acaso estaba haciendo una ronda de reconocimiento, lo que se apuntó mentalmente para añadirlo al informe que le enviaría a Eliwood sobre lo aprendido de los emergidos allí. No necesitaba ni un cuadernillo para apuntar gracias a su excelente memoria, aunque admitía para sus adentros que bien podría estar dibujando en un papel para pasar el rato.

Hastiado de la situación, se aproximó aún más al emergido, a tal punto que caminaban a la par. La criatura no se inmutó; ni bajó el ritmo, ni le empujó, ni le atacó. Más interesado, el informante comenzó a hablarle, con el cuerpo en tensión por si debía salir corriendo en caso de ataque. - ¿A dónde vas? – no tuvo respuesta. - ¿Qué haces aquí? – silencio. - ¿Entiendes lo que digo? – más silencio. Izaya continuó: ¿Sabes hablar? Os he escuchado decir algunas palabras en alguna ocasión, pero tal parece que no sois muy parlanchines. No sé cómo no os aburrís, si yo no pudiera hacer uso facultativo del habla, me aburriría muchísimo. El intelecto humano se alza por medio del diálogo, aunque eso no es algo que puedas entender demasiado bien, ya que no sois humanos ni habláis demasiado. Ni tampoco es que seáis muy inteligentes, todo sea dicho. Seguramente sea por vuestra carencia de habilidades comunicativas y el poco pragmatismo que tenéis con vuestra vida diaria.

A medida que charlaba con el emergido, o más bien le dedicaba un monólogo, el estratega se iba sintiendo más cómodo, a tal extremo que comenzó a hablarle sobre diferentes teorías comunicativas y de los actos del habla que él mismo había ido desarrollando en su cabeza. Fueron caminando por la ciudad y callejeando entre las estrellas avenidas hasta llegar a uno de los puntos limítrofes que indicaban el final de la ciudad de Plegia. Allí, el emergido se detuvo por fin. Curioso, Izaya se paró sobre sus pies para observarle con atención. - ¿Qué te pasa?, ¿Ya te ha quedado clara la diferencia entre lo constatativo, lo realizativo, y lo performativo? – le preguntó y alzó la mano para tocarle un brazo al emergido, como para llamar su atención. Craso error, pues la criatura viró la cabeza de forma brusca y sacó inmediatamente su enorme espada con la clara intención de rebanarle algún miembro al informante. Por su parte, Izaya no perdió tiempo y se apartó de un salto de la vera del enemigo. Por el rabillo del ojo, vio que otros emergidos se habían aproximado como llamados a la batalla. - Estupendo.  – bufó.
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Re: [Campaña de liberación] Send my Regards from Hell [Priv. Jeanne]

Mensaje por Jeanne el Vie Abr 28, 2017 5:39 am

No era extraño ver patrullar a Jeanne por la ciudad de Plegia y, con ello lo que conllevaba, ya que gran parte de la ciudad conocía el caótico temperamento de la general que los observaba y su profunda fe en aquel Dios que la ciudad veneraba como epicentro de su vida. Y es que ella era la Espada de Grima, nombre que se había ganado a base de demostraciones suficiente impactantes como para saber que había que tener  cuidado con su afilado mirar tanto como de la que era su arma predilecta y que caracterizaba a la general ataviada con la oscura armadura y la amplia capa que ondeaba a su paso.

Y ya fuera seguida de más guardias como sola, causaba el mismo efecto en las calles de aquella ciudad, y bien sabían aquellos que pudieran haber cometido algún error que estaban siendo observados. Y esa presión, esa manera de sugestionarse era una de las mejores maneras de descubrir herejes, sí... ¿Qué mejor para ello que atacar directamente a la mente del pecador? Así era.

Por otra parte, también estaba el curioso detalle de supervisar que ninguna de aquellas tropas de emergidos que había rondando por las calles como si de meros transeúntes grises se tratasen fueran a montar un caos. Aunque estaba ya demostrado que, si había una guerrilla, no era por culpa de los 'calmados' emergidos que simplemente caminaban, si no porque algún inútil con cerebro de ameba les molestaba y, se creaba la guerrilla, sí.

Claro que, el hecho de simplemente patrullar hacía que Jeanne a veces deseara que hubiera alguna pelea aunque solo fuera para meterse de por medio y tener algo más que hacer que patearse cual mula las calles. Porque no, no era divertido caminar solo, era tremendamente tedioso y aburrido, prefería hacer otras cosas. Pero cual fue su sorpresa mientras se dirigía hacia las afueras el empezar a escuchar el característico sonido de las armas rechinar al salir de sus vainas y los gruñidos de aquellos soldados grises. ¡Oh! ¡Pelea! Pero...

Apresuró su paso, manteniendo su mano enguatada sobre el pomo de su espada, lista para desenvainarla en cualquier momento y, ya teniendo asumido que los emergidos no iban a contestarle y que, alguien era el culpable de aquello, frunció un tanto su ceño.- ¡A ver! ¿Quién coño ha sido el subnormal licenciado en estupidez que los ha molestado? -Exclamó alzando la voz en un imponente tono capaz de hacerse oír a la lejanía. Pero, cuando ya estaba suficiente cerca como para apreciar perfectamente el panorama, vio como el emergido con gran armadura y que fácil le sacaba un par de cabezas a Jeanne se giraba para mirarla y comenzar a sopesar a quien atacar. Y ese periodo de tiempo también fue suficiente para hacer ver a la general quién era el culpable de todo aquello. Parpadeó levemente tras reconocerle, porque sí sabía quien era. Como para no saberlo...- Izachín~ - Canturreó con un tono altamente mordaz y burlesco mientras se acecaba, haciendo resonar sus pasos en el suelo con mayor soltura y gracilidad de la esperada dado que estaba cargando con una armadura encima.- ¿Porqué diantres andas molestando a los emergidos en la ciudad~? Si quieres que te abran las entrañas, te sales fuera de Plegia. Aquí dentro no, caca, eso no se hace - Y regañándole como si hablara con un travieso niño, rompió esa 'tierna' pero hilarante escena cuando desenvainó su espada y su sonrisa se tornó más macabra tras agachar un tanto su cabeza, observando con una deliciosa agresividad a aquellos emergidos que se acercaban cada vez más.- Pero... no te negaré que me has dado el entretenimiento del día...
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Re: [Campaña de liberación] Send my Regards from Hell [Priv. Jeanne]

Mensaje por Izaya Orihara el Jue Jun 01, 2017 6:51 am

No solo había perdido el día siguiendo a los emergidos de un sitio a otro sin hallar respuestas a sus preguntas, sino que la guinda al pastel había sido que le atacasen. Ahora tendría que librarse de ellos como pudiera, lo que parecía una auténtica pérdida de recursos y de valioso tiempo. Él sabía que podía resultar molesto, más que nada porque se lo habían dicho miles de veces, pero no creía que hubiera sido para tanto en esa ocasión. Más bien debería estar agradecido de que se había molestado en enseñarle algo que no aprendería en la escuela primaria de emergidos. Había compartido valiosa información con él, de forma gratuita, y él se lo pagaba tratando de rebanarle el cuello. Él no tenía la culpa de que fueran unos monstruos reprimidos y puritanos que se sobresaltasen con un pequeño toque del brazo. Ah, cómo les odiaba: su falta de humanidad y de intelecto, su brutalidad sin sentido, su incapacidad de comprender sus palabras y ser manipulados. Peores que las bestias de Tellius.

Les detestaba con todo su corazón, pero aun así les sonrió de forma afilada y falsa, una expresión casi de aceptación en su rostro. Entrecerró los ojos y suspiró. – Mirad, chicos, creo que esto de la violencia física no es lo mío. Una cosa es que me guste para sazonar un poco un rendez-vous, y otra muy diferente que sea sadomasoquista. Sin el sado, gracias. – aclaró, porque era importante. – De todas maneras, esto no es ningún encuentro de esos, más que nada porque sois más feos que escupirle a un padre. Vamos, muy feos. Así que no me interesa nada el dolor en esta situación. Lo mejor para todos sería que me fuera por esa callejuela de ahí, así, sin molestar a nadie. – Sugirió, pero los emergidos tenían una idea muy diferente. Si bien se habían quedado quietos en su sitio al ver que Izaya no trataba de huir o luchar de vuelta, pronto habían continuado su camino para matar al que había osado meterse en su camino.  Cerca suyo había dos con espadas, y uno con una lanza. Fuera como fuera, el informante estaría en clara desventaja por emplear dagas, aunque eso nunca le había molestado. Tenía otras habilidades para contrarrestar e igualar la lucha.

Pero tal parecía que la suerte estaba de su parte. Sonrió abierta y tranquilamente a Jeanne, que hacía acto de presencia con sus palabras mordaces y una obvia sed de sangre. Ah, amaba a la gente de Plegia, eran seres humanos de lo más interesantes. – ¡Juana! – exclamó, como quién saluda a una amiga íntima. - ¿Yo?, ¿Molestar a los emergidos? – preguntó con un a mano en el pecho. -  Sabes que nunca haría nada como eso, ellos solitos se molestan a sí mismos. Gracias a Grima que has aparecido, ahora puedes encargarte tú de ellos, ya que te gusta tanto pegarte con unos y con otros, Juanita mía. – hizo el falso amago de alejarse del lugar, pero las criaturas se lo impidieron, obviamente. Era lo que esperaba. No tenía verdadero interés en irse ahora que la general había aparecido. Seguro que tenía para él respuestas que los estúpidos emergidos no le darían. Pero un poco de teatro nunca venía mal.

Esquivó el primer mandoble con facilidad, moviéndose a la derecha con un gesto fluido, como quién cede el paso. La espada cortó el aire y casi llegó al suelo, de la fuerza bruta empleada. El estratega aprovechó el desplazamiento para sacar su propia arma con una mano, y con el codo del brazo contrario aprovechó para golpear la articulación del emergido que portaba la espada, haciendo que la soltase. En el tiempo que tardó en recuperarla de la tierra, Izaya apoyó una palma en el suelo y, como una peonza, le puso la zancadilla y le tiró hacia atrás para seguidamente clavarle una de sus cuchillas certeramente en la yugular. El emergido pataleó, aún sin morir, pero a punto de hacerlo, pues se estaba ahogando con su propia sangre y perdía grandes cantidades del líquido vital. Un sonido metálico a su izquierda le hizo retroceder un par de pasos, para tener mejor visualización del nuevo enemigo y evitar que le clavase su lanza como si de un pincho moruno se tratase. – Por lo menos uno de nosotros se divierte. - Le comentó a Jeanne mientras la veía desenvolverse con la espalda.
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Re: [Campaña de liberación] Send my Regards from Hell [Priv. Jeanne]

Mensaje por Jeanne el Dom Jun 04, 2017 9:20 am

Espera, ¿Acababa de llamarla Juana? Sí, había escuchado bien. Eso por un momento la dejó con la duda de si desconcertarse por el extraño mote o reírse a carcajadas, ya que... bueno, ella había empezado esa disposición a usar apodos. Ese Izachin travieso...~ Y sin esperar un segundo siquiera a escuchar las hilarantes excusas que ese chico pudiera ir mencionando, comenzó a acercarse con una macabra sonrisa hacia ese gigantesco general que portaba la espada y que volvía a parecer atento a la pequeña figura de la general. - Oh, claro. ¿Cómo iba a esperar eso, que estos muñecos grotescos fueran a decidir atacarte de la nada? De verdad, qué malas maneras las mías, querido mío. Deja que remiende mi 'error' entonces. Hale, fus fus~~ - De todas formas ya intuía que ni puñetero caso le haría. Pero también era cierto que ese toma y da inverso era reciproco, ya que Jeanne tampoco haría mucho caso a lo que pudiera decir el tactician.

Su espada rasgaba la superficie del suelo a medida que avanzaba, sacando un chirriante sonido y, una vez quedó frente a aquel emergido, ladeó un tanto su rostro con cierta indiferencia en ese momento. - Ah... estos bichos, en el fondo, acaban siendo algo aburridos... Es mejor cuando se 'arrepienten' y suplican - Confesó mientras alzaba por fin su espada y, fue cuando decidió adelantar ella el ataque, no dejar un hueco a aquel ser grisáceo a que le atacara primero. Y así, fue que comenzó la danza de espadas, el entrechocar de los aceros que chirriaban y cantaban con su propio timbre. Ese sonido bélico al que tan habituada estaba. Sí... eso, se podía decir que era ya su hogar. Esa 'necesidad'.

Con gracia adquirida por los años de experiencia pero ligeramente mermada por el hecho de portar una armadura, siguió luchando contra aquel emergido hasta que vio un hueco desprovisto de defensa y, fue a atacar ahí, pero en el último momento realizó una finta con el objetivo de distraerlo y, lo que acabó rebanado fue el brazo de aquel general, a la débil altura de la articulación del codo. La sangre comenzó a correr mientras observaba como retrocedía y, con una sonrisa la general se relamió, limpiando su rostro de la sangre que pudiera haberle alcanzado. - Venga, vuelve aquí. Veamos que puedo cortarte la siguiente vez...~ - Casi canturreó mientras avanzaba con ligeros pasos hacia la figura del tullido emergido, pero de reojo captó las acciones del culpable de toda aquella escena y, no pudo menos que esbozar un puchero de desacuerdo tras ver que se había cargado a uno de sus entretenimientos. - ¡Oh, joder! No te los cargues tan rápido, que me arruinas la diversión, maldita sea - Se quejó directamente, pateando un par de veces el suelo antes de volver a prestar atención al emergido que parecía mantener su espada en la otra mano con gran torpeza. Y eso, hizo que rodara su mirada la general y parara el ataque de la espada del soldado antes de desviarla y atacar hacia el costado, intentando alcanzar las zonas articuladas de la armadura para hacer el mayor daño posible.
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Re: [Campaña de liberación] Send my Regards from Hell [Priv. Jeanne]

Mensaje por Izaya Orihara el Mar Jul 18, 2017 9:23 pm

Izaya arqueó una fina ceja con extrema diversión cuando la loca de Jeanne pateó el suelo como una niña enrabietada. Una sonrisa de medio lado adornó sus labios, y tuvo que reprimir una carcajada porque no era el momento para risas, ya que un nuevo emergido que acercaba a ensartarle con su lanza. Aun así, no pudo evitar un resoplido de burla y rodar los ojos de la figura de la general al nuevo enemigo. Intento agarrar la lanza, pero el emergido tiró de ella de vuelta con tanto ímpetu que el informante salió despedido hacia delante. Cayó en el suelo arenoso con las manos por delante y aprovechó el impulso para dar una voltereta y volver a incorporarse de un pequeño salto. Giró el cuerpo para estar de nuevo de frente al soldado, que realizaba complicadas piruetas con la lanza en mano, como para demostrar sus habilidades. Algo realmente estúpido, pues ninguno de los presentes iba a sentirse impresionado por el espectáculo: sus compañeros emergidos no tenían emociones, como las bestias inmundas que eran, y dudaba que a Jeanne se le cayeran las bragas por algo así. En su caso, básicamente le daba asco todo lo que esas criaturas hicieran.

- No sé qué encuentras de divertido en esto. Es tedioso, es más aburrido cuando, como has dicho antes, suplican. Estos no lo hacen. Y yo que estaba en Plegia en busca de un poco de paz y de tranquilidad al estilo Plegiano, - es decir, guerra y caos, - pero del tipo en el que los emergidos te dejan vivir al final. Yo, que soy un señor, estaba tenido una plácida conversación con estos caballeros y así me lo pagan. Tratando de asesinarme. Los modales terminan en la letrina. ¡Qué terrible destino! – exclamó, con la mayor teatralidad posible y fingiendo un gesto de dolor. En realidad, sabía que había estado tentando a su suerte desde el principio, pero según él lo veía: quién no jugaba con fuego nunca se quemaría, pero moriría de frío. Así que había continuado sus pullitas y el seguimiento al soldado emergido, en vez de dedicarse a otros asuntos que no terminasen con su cabeza en una pica, que es lo que pretendía hacer el emergido con la lanza, que no desistía en sus empeños. El informante empezaba a cansarse del baile. No de una forma física, pues eso apenas le agotaba, sino que se aburría.

- No puedo evitar matarlos rápido si son unas piltrafas. ¿Qué clase de emergidos vienen a Plegia? – y justo cuando preguntaba eso, la lanza fue arrojada desde lejos, pues había ido dejando al sujeto atrás, y de no ser por sus buenos reflejos se habría visto empalado por ella. De una pirueta a la derecha, que le hizo arrastrarse un poco más por el suelo sucio de la ciudad para su disgusto, esquivó el arma por los pelos. Cansado por la situación, y ciertamente molesto por la cantidad de ejercicio físico que le estaban obligando a hacer, arrojó varias de sus dagas al desarmado emergido. Le resbaló en la armadura las dos primeras, por pura suerte. La tercera, no obstante, se clavó de forma certera sobre la ceja del emergido, penetrando en el cráneo con un sonido desagradable y sorteando el yelmo que portaba pero que solo cubría la parte central de su frente. El informante había atinado al ojo, pero suponía que ese lugar no estaba mal del todo, sobre todo porque sabía que no podría recuperarse de ese golpe.

- Aunque me sorprende que andes mutilando a estas criaturas, Juana, querida. Pensaba que eran algo así como amiguitos de la gente de Plegia. ¿Acaso no son aliados vuestros? – le preguntó como si no le interesase, pero era obvio que tenía curiosidad en saber la respuesta. Sus orbes rojos relucieron con un tinte travieso, sin enmascarar del todo que deseaba una contestación. El anterior emergido cayó al suelo sin apenas un quejido, y un reguero de sangre salió de su cabeza perforada. Sin pensarlo dos veces, Izaya se alejó de un espadachín con la espada muy larga y unas ganas renovadas de hacerle pedazos. Miró unos momentos hacia atrás, y eso fue suficiente como para que uno de ellos le agarrase del cuello, le pegara un fuerte puñetazo en la cara, y lo lanzara contra la tierra con terrible brutalidad. Ah, eso había dolido. Seguramente tendría un ojo morado. Tosió contra el suelo y notó que ni siquiera podía abrir el órgano visual, para desgracia suya. – Son realmente odiables. – exclamó, refunfuñando. – Qué poco gusto, mira que pegar a un hombre como yo. Es casi bestialidad. – terminó canturreando, como si le diera igual.
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Re: [Campaña de liberación] Send my Regards from Hell [Priv. Jeanne]

Mensaje por Jeanne el Dom Ago 06, 2017 7:12 am

Bueno, no podía quitarle razón a las palabras del tactician. Y solo atisbó de reojo como aquel chico acababa comiendo polvo pero lograba recuperarse. De todas formas, Jeanne tenía otra cosa en la que fijarse. En una gran e inútil cosa la que tenía delante, sangrando como un cerdo degollado solo que a la altura de su brazo cortado y que recibió de lleno el golpe de la espalda de la general... aunque no como era debido. Su espada se quedó atorada en los pliegues de la armadura, sin lograr atravesar el metal pero sí llegando a dar un fuerte golpe en el costado de aquel emergido que se tambaleó.

Parpadeó, desconcertada por unos instantes antes de intentar apartarse al ver que no, no era capaz de quitar en ese momento su espada y que, ese terco emergido no daba lugar a dejar en paz la pelea, no. Dio un brinco, intentando echarse atrás aunque el ataque torpe del maltrecho general emergido logró darle, mas no fue más que un golpe parado por su propia oscura armadura que quedó rasguñada por la espada y le hizo soltar un jadeo, inclinándose hacia delante por inercia al haber perdido el aliento esos segundos. Con sus manos a la altura del abdomen, alzó su mirada para clavar su mirada malhumorada en ese emergido que se había atrevido a golpearle.

- ¡...Serás...! -Bramó tras recuperar la respiración, irguiéndose a pesar de sentir aún entumecida la zona golpeada. A tomar por saco todo. - Cargatelos. ¡Rápido! -Prácticamente fue una orden, aunque visto lo visto se podía interpretar como directamente un aviso de muerte para los emergidos. Tosió un poco, aclarándose la garganta. - Y deja en paz los modales, maldito. ¿Cómo se te ocurre hablarles como si fuera un día de parranda con amigos? Normal que los modales se fueran a la letrina - Claro, ahí había cosas que especificar. Como el hecho de que era una regla general que no había que tocar, hablar ni similares con los emergidos en Plegia. Sólo dejarles hacer, así de simple. Pero siempre había algún mentecato que rompía aquello y hacía que las escaramuzas en la ciudad surgieran. Ella no se quejaba al respecto... pero no quitaba que eran ganas de hacer el zoquete.

Y sin más, se acercó a aquel emergido maltrecho que ya parecía querer blandir de nuevo su espada contra ella, pero la opción de la general fue darle una patada con rabia a la altura de las gónadas del hombre que cayó de espaldas. Y agachándose con un quejido contenido en su garganta, pisoteó la mano del emergido para que soltara la espada y poder tomarla como suya ya que su propia espada seguía atorada en el costado del mismo. A grandes males, grandes remedios. Poco después, la cabeza del general mutilado estaba separada del cuerpo como previamente había sucedido con el brazo.

Al dar media vuelta, vio como de nuevo el chico comía tierra en el suelo y encima tenía un lado del rostro rojo como la grana. - Felicidades, Izacchin, te han arreglado la cara gratis - Se mofó un poco con una ahogada risa. Y si, había dejado en el aire la pregunta de aquel tipo con aires de despreocupado a pesar de haberse roto la cara. Pero no pudo distraerse mucho más, ya que un emergido con una hacha más grande que su torso se acercó con claras intenciones de cortarla como un cacho leña. Y se apartó a tiempo, y pudo observar de reojo como el suelo quedaba marcado por la hacha cuando colisionó contra él. Tendría que ponerse más en ello... eso, y recuperar su espada. Total, malo sería que no fuera capaz de sacar de un cadáver su arma.
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Re: [Campaña de liberación] Send my Regards from Hell [Priv. Jeanne]

Mensaje por Izaya Orihara el Lun Oct 09, 2017 5:25 am

Casi inmediatamente, el ojo izquierdo Izaya comenzó a hincharse y a ponerse oscuro. No podía abrirlo, y la mera acción le provocó una puntada nítida de dolor que le atravesó el cráneo. No ayudaba el hecho de haber sido tirado por el suelo y que su cabeza diera vueltas. Concentración. No debía perder la calma y la compostura. Había estado en situaciones mucho peores en las que había salido como vencedor, y allí tenía a Jeanne para ocuparse del grueso de la batalla. El informante no era un luchador, y se notaba, por lo que la presencia de la general plegiana era en cierta medida consoladora. Si es que acaso alguien podía hallar consuelo en alguien como ella. El caso era que solo debía intentar que no se le acercaran lo suficiente como para herirle de gravedad. Por suerte, escapar era una de sus grandes habilidades.

El emergido espadachín corrió hacia él, por lo que Izaya tuvo que rodar por el suelo como una croqueta polvorienta para poderse mantener fuera de su alcance. Ya le pediría la cuenta del tinte a Jeanne o sus superiores, una compensación por su pobre trabajo para defender a los débiles civiles como él. En cuanto pudo, se levantó corriendo y salió disparado como una flecha hacia un lugar de espaldas a los edificios por los que ya había visto que no llegaban más refuerzos. Desde ahí podría controlar mucho mejor lo que sucedía en el campo de batalla sin miedo a que le ensartaran por la espalda como una sardina en espeto. Eso se había vuelto algo muy necesario sobre todo por el fatídico estado de su hermoso ojo, inútil de momento. Sin embargo, aunque estuviera algo magullado, su mente obraba a las mil maravillas, al igual que su lengua mordaz.  

- A ti no te vendrían mal un par de arreglitos, Juana, querida. – comenzó a decir mientras se apresuraba a alejarse de los enemigos. - No sé qué les pasan a las boutiques aquí en Plegia que solo venden andrajos. Esas piernas deberías lucirlas, tú que puedes, y deberías tratar de maquillarte con algo más que con la sangre de tus enemigos. Como primeras sugerencias. – le comentó, porque sí, tenía muchas más cosas que añadir, pero como no quería tener dos ojos morados se las guardó para sí mismo. Además, ya había cabreado a los emergidos como para encima ganarse la ira de Jeanne. Ella era mucho más peligrosa que todos los monstruos de la Nación Oscura, casi rozando un comportamiento más parecido al de una bestia que al de un ser humano, pero Izaya suponía que era lo que sucedía con la mayoría de la gente que vivía allí. O te hacías el pez grande que se come al pequeño, o eras devorado.

A pesar de todo lo sucedido, no había perdido detalle de que Jeanne no le había contestado per se a la pregunta que le había hecho, pero aun así sus palabras fueron suficiente respuesta para él: incluso los altos cargos como la general evitaban conflictos con los emergidos, que no eran tampoco sus amigos por la manera en la que le estaban intentando atizar. Bueno, lo cierto es que no le sorprendía, pero era un poco decepcionante que aún no hubieran logrado controlar a las criaturas del país, que tan mansas se mostraban normalmente. También era posible que no hubiera preguntado a la persona correcta. El trabajo del buen informante era averiguar quién valía y quién no. – Por cierto, ¿donde está nuestra querida Morgan? Me gustaría verla ahora que estoy pasando unos días en Plegia y tomar el té o hablar de chicos, o cualquier cosa que hagan las niñas de su edad ahora. – comentó con tranquilidad, como si no tuviera un myrmidon armado frente a sí con la intención de matarle. – Ah, y ese ladrón que tienes enfrente puede intentar desarmarte, yo que tú le mataría antes de que suceda. – canturreó y siguió corriendo.
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