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[Social] Nuevo hogar, viejos conocidos [Priv.Sissi]

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[Social] Nuevo hogar, viejos conocidos [Priv.Sissi]

Mensaje por Bâhir el Vie Abr 21, 2017 1:46 pm

A pesar de todos sus esfuerzos, el arranque de la Universidad en el nuevo Shindhu estaba llevando mucho más trabajo del que había calculado. No era solamente la restauración y acondicionamiento de los edificios que iban a usarse en la ciudad del conocimiento y la enseñanza, sino también mejorar los caminos que la conectaban con la capital y otros puntos importantes del territorio, asegurar el transporte de los materiales necesarios para la construcción, llevar un claro control sobre que llegaba y salía de la ciudad, confirmar la presencia de todas y cada una de las obras literarias salvadas de la destrucción que habrían sufrido de haberse quedado en el desierto… Un trabajo como aquel tenía una carga psicológica y física que pocas personas podrían asumir sin sufrir un ataque de nervios. Pero, por suerte para el territorio, Bâhir era la cabeza pensante tras la reconstrucción de la universidad.

El profesor de historia se encontraba cansado, mucho más de lo que se había sentido nunca. Ni en su juventud, atravesando el desierto a camello o pasando noches sin dormir por culpa de algún examen extremadamente intimidante, había dedicado tanto esfuerzo y concentración a una tarea como la que ahora tenía entre manos. Por supuesto, tenía a un equipo cualificado a sus órdenes, pero en ningún momento pensó en relegar alguna de sus responsabilidades en ellos, pues el trabajo de levantar de nuevo aquella parte de Shindhu recorría sobre sus hombros solamente, como s fuera un castigo que el mismo se hubiera impuesto para tratar de aplacar a su conciencia, la cual le recordaba día y noche como había abandonado la ciudad redonda cuando más necesaria era su presencia. Ni el haber encontrado un nuevo hogar, ni el saber que la duquesa y el resto del consejo se encontraban a salvo había calmado su culpa. Solamente el ver los avances en la construcción de la nueva universidad calmaba su pesar en cierta forma, pues con aquella visión comprendía su mente que, a pesar de todo lo que había sucedido, el nuevo reino se levantaría de nuevo, más poderoso y orgulloso que nunca.

-Adelante.- Un suave golpe a los portones de madera de su estudio privado rompieron los pensamientos en los que se encontraba atrapado desde hacía horas: Números, cuentas, planos… El maestro arquitecto aún no había llegado a la ciudad, por lo que el historiador se había visto obligado a asumir, como buenamente podía, las tareas de supervisión y aprobación del presupuesto de obra y construcción. -Maestro.- La puerta derecha se abrió con suavidad, revelando tras ella a una de las refugiadas del viejo ducado, una muchacha de pelo blanco, una joven laguz gato para los estándares de la raza animal, que se había ofrecido voluntaria para ayudar en la construcción de la ciudad universitaria desde el primer día de obras. -Acaba de llegar uno de los emisarios de la duquesa. Su cohorte no debería tardar más de una hora en llegar.- Tal nueva hizo que el profesor inclinara su cabeza hacia atrás, llevándose ambas manos al rostro y masajeándose el mismo, tratando de eliminar la pesadez de sus párpados y el cansancio de su mente. En ningún momento se había olvidado de aquella visita, ¡que la tierra le tragara si lo hacía! Pero el trabajo que tenía pendiente había absorbido más tiempo del que esperaba haber puesto en ello. -Bien… Ofrecedle algo de comer y beber al emisario. Y que la cocina prepare algo para la duquesa. Té y frutas, nada demasiado pesado ni empalagoso.- Un asentimiento fue lo único que respondió la muchacha, abandonando inmediatamente la estancia para dirigirse a donde el cumplimiento de aquel encargo la llevara.

Con pesadez, Bâhir se levantó de su silla y se quedó en pie, observando el mar de notas, plumas y tarros de tinta que tenía sobre su mesa. Todo completamente ordenado, colocado de forma que sabría coger un documento en concreto con los ojos vendados, pero que sería descortés para recibir a Sissi, más aún cuando era su primer encuentro desde que abandono el ducado tiempo atrás. Las manos del profesor, doloridas por haber pasado horas escribiendo, empezaron a separar y ordenar cada hoja de papel, limpiar cada pluma y cerrar cada bote de tinta, asegurándose de dejar a un lado los vacíos para que algún sirviente se encargara de deshacerse de ellos en cuanto fuera posible. Una vez se sintió contento con el resultado, el hechicero se dirigió a un rincón de la estancia, cerca del gran balcón del que disponía su estudio, donde le esperaba una jofaina llena de agua, un espejo y una pila de bronce vacía, la cual llenó hasta la mitad de forma aproximada. La frescura del líquido en su rostro, tras mojarlo en un par de ocasiones, hizo que el sueño y el cansancio desaparecieran levemente, pero su reflejo le demostró que era muy probable que la duquesa se diera cuenta de ello: Su peinado mostraba señales de empezar a deshacerse, la sombra de una barba asomaba en sus mejillas, y bajo los párpados cargaba con oscuras marcas que indicaban su falta de sueño, de un tono que destacaban incluso sobre su tono marrón natural. “Leve precio a pagar si eso significa la recuperación de Shidhu.” El mago se ofreció a sí mismo una sonrisa cansada, antes de secarse el rostro con un paño de felpa y dirigirse al rincón más alejado de la estancia, donde había mandado colocar un biombo de madera y tela y uno de los trajes que habían llegado en uno de los más recientes envíos desde la capital. Claramente, no iba a presentarse ante la reina con ropas sudadas y mangas manchadas de tinta.

Al salir de su estudio, cuatro sirvientes le esperaban ya ante las puertas: Dos para acompañarle hasta la entrada del complejo universitario, donde recibirían a la duquesa, y dos para limpiar cualquier mancha que hubiera en la estancia y retirar lo que no fuera necesario, como papeles descartados, ropa para lavar o cualquier cosa de ese estilo. Mientras estos entraban en la habitación Bâhir descendió por los pasillos de piedra, escoltado por los dos laguz de aspecto más joven que el suyo pero mucho más ancianos, llegando hasta la entrada a la residencia de los profesores, desde donde se encaminaron a paso marcado hasta el arco de piedra que marcaba el inicio de la Universidad, el lugar de entrada a la ciudad del conocimiento y el punto de encuentro con Sissi, quien no tardaría en llegar allí al fin, reencontrándose así con el beorc que había hallado un nuevo hogar para su pueblo tras el largo viaje por el que se había visto obligada a pasar.
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Re: [Social] Nuevo hogar, viejos conocidos [Priv.Sissi]

Mensaje por Sissi el Dom Mayo 21, 2017 6:12 pm

El viaje de la Ciudad Blanca a la universidad se había desarrollado, para sorpresa de todos, sin el menor indecente. Habían ido desde la capital en barco, bordeando el litoral a una buena distancia, pero sin perder de vista tierra en ningún momento. A veces, se habían acercado lo suficiente como para poder observar el verde y salvaje paisaje selvático, junglas enteras que llegaban hasta el mar y cuyas plantas caían por el borde del abismo de los acantilados. Sissi había pasado gran parte del tiempo apoyada en la baranda del navío, observando en silencio la maravillosa naturaleza que se extendía ante sus ojos. Al final, incluso le habían sacado una silla del interior y le habían colocado una mesa pequeña en la que podía dejar algunos libros y disfrutar de una copa de vino blanco mientras, sentada, meditaba y disfrutaba del trayecto. Era algo que llevaba tiempo necesitando, unos momentos de paz para poder respirar y ordenar sus pensamientos en cuanto a la nueva situación que tenía entre manos.

Todo había sucedido con tanta velocidad, que la futura reina llevaba días con un mareo permanente, una sensación de malestar en el estómago que en más de una ocasión le había provocado el vómito. Tenía tanto miedo, tanta ansiedad, que el estrés acumulado en su cuerpo le hacía estar en continua tensión, a punto de saltar ante cualquier cosa que pudiera dispararle las alarmas. Cada vez que iba a dormir, soñaba con el exterminio total de su pueblo, sus cuerpos devorados por las llamas y atravesados por el acero de los emergidos. Si solo hubiera podido ser más fuerte, más rápida, más inteligente, habría logrado detener su expansión por Hatari, y nada de eso habría sucedido. En cambio, se había dedicado a tratar de labrarse alianzas, a jugar a ser alguien que en realidad no era, ¿para qué? Ahora era una duquesa sin ducado. Ninguna de las personas con las que había hablado, fueran quienes fueran, habían acudido en su auxilio. Ni siquiera grandes amigos suyos, como Rhett, habían regresado para ayudar contra la invasión.

Sin embargo, Sissi no les echaba en cara lo más mínimo por ello. Si había alguien que tenía la culpa, era ella, que no había sabido compeler a la gente a su lado, a su lucha. Había sido demasiado afable, demasiado dispuesta a complacer a los demás sin pensar sus prioridades primero. No había sabido escoger sus batallas, ni el tiempo dedicado a ellas. Sus errores, su inmadurez, y su falta de juicio habían llevado a su ducado al desastre. Debía ser mejor, superarse a sí misma, ser aquella persona que su pueblo necesitaba ahora más que nunca. La misma Sissi notaba que se había endurecido, que había perdido la ingenuidad con la que había abierto el ducado al mundo. Ahora conocía mucho mejor al mundo, y a los líderes que en él habitaban. Sabía que estaba sola, que no podía, ni debía, esperar la cooperación de los demás países porque ellos no eran nadie. Al menos de momento. La manakete se había hecho una promesa: si querían ver fuerza, ella les demostraría lo que era ser fuerte. No dejaría que la destruyeran con tanta facilidad. Tenía un nuevo hogar que proteger, y no dejaría que el nuevo territorio cayera como el anterior.

Aun así, era difícil vivir con el corazón roto. En cada respiración, Sissi rezaba que los trozos quebrados y afilados no se hundieran en sus pulmones. Pero era un sueño fútil, pues no podía esperar que algo así no tuviera repercusiones mucho más profundas en ella. No había escape a las heridas abiertas, a los quejidos de dolor, y a las cicatrices que aún estaban por llegar. El único consuelo que le quedaba, es que habían logrado sobrevivir. No todos, pero al menos una parte había logrado llegar al sur de Valentia sanos y salvos. Los que quedaban, debían luchar por rehacer sus vidas. Si había algo que la había sorprendido, eran las pocas lágrimas que había derramado su pueblo. De inmediato, habían acatado órdenes y se habían puesto con las labores de reconstrucción. No había tiempo que perder. Ella no era la única que se negaba a perder un reino de nuevo. Un reino que se declararía finalmente con su coronación en apenas una semana. Dejaría de ser Sissi, Duquesa de Sindhu, para ser Sissi, la primera de su nombre, Reina de Sindhu. El pensamiento le provocó cierta angustia que le hizo sentir nauseas. Se tapó la boca con una mano y cerró los ojos, tratando de eliminar el malestar de sí misma. Necesitaba urgentemente el consejo de Bâhir.

Por suerte, pronto llegarían a la Bahía de los Tigres, en cuyo extremo izquierdo estaba situada la Universidad. Según le habían contado, era una ciudad que observaba toda la bahía y el horizonte desde una posición estratégica en lo alto de los acantilados, todo un espectáculo de belleza, arquitectura, y naturaleza. Estaba deseando verla, pues durante su tiempo en el nuevo Sindhu solo había estado en la capital y en lugares cercanos, no queriendo abandonar la Ciudad Blanca durante mucho tiempo, pues se requería mucho trabajo allí. Su visita a la famosa institución, sin embargo, era necesaria antes de ser coronada, tanto para comprobar los progresos como hacerse ver a los estudiantes que poco a poco ibas acostumbrándose a la nueva vida allí, y todo gracias a su querido amigo y profesor, que tanto empeño parecía estar poniéndole a la reconstrucción del lugar. El cambio de pensamiento sirvió para relajar a la futura reina, que se quitó la mano de la boca y sonrió un poco. A lo lejos podía ver el puerto, y diminutos puntos que se movían de un lado a otro, con toda posibilidad personas que deseaban ver a la Manakete que había llegado un día como enviada por Naga para ayudarles.

Sissi se incorporó y pidió a varias sirvientas que recogieran la mesa y la sillita, y que guardasen sus libros con el resto de su equipaje. Tomó un lienzo de tul, de líneas rosas, naranjas y doradas, y cubrió su cabeza con él. Su largo cabello caía a lo largo de su espalda, con mechones sueltos sobre los hombros. Estaba decorado con joyas sobre su frente hechas de perlas y oro. Sus orejas puntiagudas sobresalían por los múltiples pendientes que colgaban de ellas y que eran visibles a través de la tela semitransparente que las cubría. Para el viaje por mar, se había vestido con un saree mucho más abrigado para protegerse de la brisa fría. Consistía en una larga falda carmesí, con una cola larga que arrastraba al caminar, una túnica de seda rosa oscuro que iba por encima de la falda, y un lienzo de la misma tela y color que la túnica superior con la que se envolvía los hombros y brazos. Todo estaba decorado con punzadas en hilos de oro y plata, lo que le daba al conjunto un aspecto muy elegante, propio de una reina. A pesar de que llevaba muchas capas de ropa, Sissi se movía de forma ágil en las prendas, pues los tejidos eran suaves y ligeros, y no le molestaban lo más mínimo.

Al llegar al puerto, la futura reina descendió por la tabla colocada para que los pasajeros llegaran al muelle bajo los gritos y aplausos de los allí presentes. Varios guardias vigilaban que la muchedumbre no se saliera de control y que nadie se pusiera en medio de la calesa preparada para transportar a los recién llegados a la Universidad desde allí. Sissi saludó de forma educada e hizo más sencillo el trabajo de los soldados al no pararse a charlar demasiado, pues para eso tendrían los días posteriores en los que visitaría la facultad y se dedicaría a ver a los estudiantes. Así lo prometió a los presentes antes de meterse en el carruaje que, tirado por un par de caballos, subió por el camino de tierra hacia el conjunto de edificios que formaban la universidad. Sissi no perdía detalle del exterior, absorbiendo con la mirada todo lo que podía. Aún quedaba mucho que hacer, pero sin duda Bâhir había realizado de momento un gran trabajo. Sonrió al pensar que quedaban pocos minutos para poder encontrarse con su amigo, al que había echado tanto de menos desde su marcha de Hatari. Al igual que en el puerto, un grupo d personas se habían conglomerado en la entrada, donde su calesa se detuvo.  Un sirviente abrió la puerta y le tendió una mano a la manakete para ayudarla a bajar del transporte. Dedicó una sonrisa gentil a los reunidos, para el gusto general, y buscó con la mirada a su estratega, divisándole de inmediato al frente de todo el mundo.

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Re: [Social] Nuevo hogar, viejos conocidos [Priv.Sissi]

Mensaje por Bâhir el Mar Jun 13, 2017 6:49 pm

Los pensamientos del mago, mientras se encontraba en pie ante las puertas de piedra de la Universidad, no se detuvieron en ningún momento en tópicos mundanos ni pasables, pues no tenía tiempo para cualquier cosa que no fuera la recuperación de la ciudad del conocimiento y la enseñanza, mucho menos cuando debía presentar ante su señora los avances que se habían realizado desde el día uno de las construcciones, cuando él mismo y un puñado de estudiantes y habitantes de la zona se habían puesto manos a la obra para restaurar una antigua ciudad portuaria y convertirla en la capital intelectual de Shindhu. En el momento de su llegada casi todo estaba derruido y abandonado, pero el intenso trabajo por parte de cada vez más trabajadores, tanto contratados como voluntarios, había conseguido que, en mucho menos tiempo del que Bâhir habría imaginado en sus días más optimistas, el lugar se encontrara casi optimizado para reanudar vida diaria, clases e investigaciones. Por supuesto, aún habría muchas obras que realizar después del inicio de la rutinaria actividad, pero con lo más fundamental cubierto nada podría detener el renacimiento de la Universidad en el sur del que pronto sería un nuevo reino en el mundo.

Aquel era otro tema que debía tratar con Sissi, pero esta vez en completa privacidad, pues un asunto de magna importancia como aquel no convenía ser discutido a oídos públicos, sobre todo cuando otras coronas de Valentia y continentes cercanos ardían en deseos de saber más sobre aquel territorio nacido de marginados y reprimidos durante siglos. El estratega solo debía mirar a su alrededor para ver como aquella idea era completamente cierta, pues a cada minuto más y más personas acudían al arco frente al que se encontraba para esperar la llegada de su salvadora, alguien sobre quien solamente habían escuchado relatos y vagas descripciones hasta el momento, aunque todos tenían algo en común: La dama a la que debían su seguridad era una Laguz, al igual que muchos hombres y mujeres que peleaban por expulsar a los emergidos de la jungla y trabajan incansablemente para volver a levantar los poblados y ciudades que tales seres habían destruido a su paso. Por tal cosa era imposible distinguir en ningún par de ojos de los allí presentes rencor o desprecio. No importaba la raza de Sissi, la dama rosa venida del norte, pues ella había acudido a su auxilio sin importar que fueran Beorc, aquellos que durante cientos de años habían condenado a los suyos al dolor de la discriminación pero aun así había venido a su tierra con una mano abierta en gesto de ayuda y salvación. ¿Cómo iban a oponerse a su llegada cuando era tal cosa lo que les había salvado del fuego y la oscuridad?

La multitud iba en aumento sin descanso, pues todos querían presenciar la llegada de la futura reina por sí mismos. La expectación había ido creciendo a medida que los días pasaban y los rumores volaban, y había llegado a un punto en el que se había permitido detener todo trabajo y obra durante tres horas para que todos los involucrados en la reconstrucción de la Universidad tuvieran tiempo de ver llegar a la manakete. Por supuesto, a su llegada Bâhir se había encontrado con un gran tumulto expectante, el cual había formado un improvisado semicírculo frente al arco de roca tallada con relieves naturales pero a falta de la inscripción del lema de la Nueva Universidad, pero había conseguido abrirse paso hasta el frente sin dificultad alguna, pues su rostro era conocido por todos los allí presentes, ya fuera por su labor como dirigente de las obras o por la de primer embajador de la futura reina en aquel país. Así, delante de una muralla cuya entrada aún no estaba finalizada, todos los habitantes de la ciudad se reunían ante ella, a la espera de divisar la comitiva que acompañaba a la antigua duquesa y futura reina. El murmullo era constante, pues todos hablaban de cómo sería en persona la dama de quien tanto habían oído hablar o se pasaban rumores de su belleza y fuerza, pero ninguna queja ante la espera o señal de cansancio salió de entre los labios de los asistentes. La queja era para el trabajo, y aquel era un momento de gozo.

Finalmente, la señal que todos esperaban llegó. Uno de los vigías de la muralla anunció que podía ver a la comitiva en la distancia, portando el emblema del elefante y anunciando con brillantes colotes su presencia en el camino abierto entre la vegetación de la jungla. Solo con estas breves palabras el murmullo creció junto a la expectación y el nerviosismo, algo de lo que Bâhir no pudo evitar contagiarse, expresándolo a través de un leve movimiento ascendente y descendente de su pulgar derecho, el cual se movía sobre los relieves de una de sus doradas pulseras. Habían pasado muchas lunas desde la última vez que se había encontrado con la duquesa, y solamente la tinta les había mantenido en contacto durante un tiempo tan aciago como aquel… Pero verla en persona, comprobar de primera mano que se encontraba en buen estado de salud, y escuchar de sus labios que el resto del consejo y los ciudadanos de Shindhu se encontraban bien de forma mayoritaria era algo con lo que llevaba tiempo soñando y por lo que perdía el sueño en igual cantidad, pues siempre sentía sobre su cuello el Beorc su conciencia en forma de espada que le atravesaría si comprobaba que su aventura había dañado al ducado de forma que no podría recuperarse de forma alguna.

Mas todos estos nervios y dudas se congelaron cuando sus pupilas, y las de todos los allí presentes, se clavaron en la del pequeño grupo de soldados Shindhi que protegían una dorada calesa, en la cual pudo ver sin complicaciones a su señora, a aquella a quien tanto debía… Allí estaba Sissi, con su rosácea piel brillando tanto como la recordaba y su pelo protegido bajo un velo de múltiples colores y  piedras preciosas. Mas que, mientras era esto en lo que se fijaba el pueblo, Bâhir solo observó su figura y rostro, respirando finalmente con alivio y dejando escapar una leve sonrisa en su tenso rostro cuando comprobó cómo, a pesar del exilio y el dolor, la futura reina de Shindhu se encontraba tal y como la había dejado: En buen estado de salud y con un aura de esperanza que inspiraba a cualquiera a creer en sus palabras. Puede que la traumática experiencia la hubiera cambiado, con seguridad lo habría hecho de alguna forma, pero en su núcleo seguía siendo la mujer a la que el hijo del desierto debía lealtad y respetaba.

Nada más poner un pie en tierra, ayudado por uno de sus sirvientes, el estratega del futuro reino comenzó a caminar hacia ella, acompañado por dos ayudantes Laguz y con una cascada de pétalos de rosa a su alrededor, una señal de respeto y adoración que los habitantes de la Universidad llevaban días preparando, pues según ellos aquello era lo mínimo que podían hacer para mostrarla una pequeña parte del aprecio y respeto que la mostraban, y ahora llevaban a cabo lanzando las delicadas flores de color escarlata, blanco y rosa a sus pies desde la muralla y las primeras filas, convirtiendo el suelo de tierra en un suave manto que nada tenía que envidiar de aquellos que adornaban los suelos de las grandes fortalezas y castillos del mundo. -Mi señora.- Finalmente llegó hasta la manakete el estratega, deteniéndose a no más de tres pasos de ella, procediendo inmediatamente a llevarse su puño derecho al pecho, justo sobre el corazón, e inclinar su cuerpo hasta que la línea de su espalda quedo paralela al suelo, sintiendo su blanco traje de gala estirarse en la zona lumbar por la reverencia que llevaba a cabo junto a sus acompañantes y ayudantes. -Me llena de alivio y alegría ver que habéis llegado hasta nosotros sin percance alguno, y os puedo asegurar que vuestra gente siente lo mismo.- No recuperó la verticalidad completa hasta que se le permitió hacerlo, momento en el que cruzó ambas manos de nuevo en su espalda mientras observaba el rostro de su señora detenidamente durante unos segundos, sonriendo una vez más al comprobar que, efectivamente, el dolor que cargaba en sus hombros por su pueblo no la había roto, sino que la había hecho más fuerte y madura, pero sin perder a cambio su optimismo e ilusión. -Permitidme el honor de ser el primero en daros la bienvenida a la Nueva Universidad de Shindhu.- Dando un paso a un lado, y extendiendo su brazo hacia las edificaciones, Bâhir permitió que la manakete contemplara el paisaje que ante sus ojos se extendía sin dificultad, el de una ciudad aún en reconstrucción, pero que estaba cerca de ser el centro del mundo en conocimiento una vez más. -Os espera un refrigerio para descansar del camino en las nuevas residencias de los profesores en caso de que necesitéis reponer fuerzas antes de mostraros los avances realizados si deseáis tomarlo.- Recuperando su más reconocida pose de manos tras una estirada espalda, el estratega esperó pacientemente la respuesta de su señora. Si fuera por él, Sissi iría directamente a su estudio, donde tal refrigerio estaba preparado, y así podría informarse de todo lo que había sucedido durante el viaje al sur de Valentia y las causas del mismo antes de abordar temas de más importancia. Pero, conociendo a su futura reina como la conocía, esperaba que decidiera observar el estado de la reconstrucción en primer lugar, a pesar de la fatiga que el viaje por mar y tierra la habría causado… De una forma u otra, la decisión estaba en sus manos, y Bâhir la respetaría fuese cual fuese.

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Mensaje por Sissi el Lun Ago 21, 2017 3:57 pm

Decían los poetas, que una persona solo podía nacer en un lugar del mundo. Pero que, sin embargo, podía morir cientos de veces en cientos de lugares: en el exilio, en las prisiones del alma, en la patria transformada en una pesadilla por la ocupación y la opresión. Sissi había nacido en Begnion, en la sucia y oscura celda de un grupo de traficantes de esclavos. Su madre había lamentado que la diminuta manakete, tan pequeña que podría cargarla con una sola mano, hubiera venido al mundo de aquella manera, condenada desde su mismo nacimiento a una vida de servidumbre y dolor. Se había jurado que, si alguna vez salían de allí, nunca dejaría que algo le sucediera a su hija. La protegería incluso si eso significaba mentirle sobre la vida más allá de las murallas de la Ciudad Redonda. Así, Sissi había crecido creyendo que el mundo era un lugar más bueno y amable de lo que era en realidad. La primera vez que había salido del ducado, creía poder salvar a todos aquellos que necesitaran su ayuda. Veía la oportunidad de viajar como algo maravilloso, una opción para ver con sus propios ojos los milagros de la naturaleza y las obras de la gente.

Había estado tan equivocada.

Sin duda alguna, había descubierto una tremenda belleza en los miles de rincones nuevos e inexplorados. Había visto tierras llenas de encanto y esplendor, que habían despertado en ella sentimientos de emoción y la habían conmovido hasta las lágrimas. Pero no había hallado solo Luz en esos increíbles parajes. Había sido una niña ingenua al salir de Hatari. En ese entonces no sabía la realidad que el resto de los continentes vivían. Cuanto más se acercó a ella, más pudo vislumbrar la Oscuridad que habitaba en cada rincón, en cada ciudad, en cada beorc, en cada laguz, en cada medio-hijo. Antes, creía que podía salvar el mundo. El suyo, al menos; y que, con solo quererlo y creer en sí misma, podría traer la paz y terminar guerras. Sabía tan poco en ese entonces. La mujer que estaba frente a ese tumulto de gente no era la misma que una vez viviera en el desierto. Había cambiado de una forma que solo las verdaderas tragedias podían hacer suceder. Su ignorancia sobre la verdad del universo, sobre el racismo, el odio, y la venganza, la había matado. Y casi había hecho lo mismo con su gente.

Su país había sido destruido, su ducado aniquilado. Exiliados de todo lo que conocían, habían sido obligados a huir como refugiados al sur del mundo. Y allí, en Valentia, habían encontrado un nuevo hogar. Y todo gracias al hombre que Sissi tenía enfrente. Si no fuera por él, ninguno de ellos estaría allí, y Sissi habría perecido de la pena y la desolación. Bâhir le había dado una nueva esperanza, un nuevo comienzo, una nueva vida. Sus ojos dorados se suavizaron, y su rostro amable adquirió una expresión mucho más gentil al ver al maestro estratega, pues no solo era un leal servidor a la futura reina, sino que era un querido amigo y un compañero confiable. Se había preocupado por él, y verle en buen estado de salud era un alivio para su corazón. Podía notar que estaba cansado porque su impoluto cabello no estaba tan bien recogido como las últimas veces que le había visto, y porque podía ver las crecientes ojeras bajo sus ojos oscuros. Tendría que tener una buena charla con él sobre cuidar su salud y dormir las horas necesarias, aunque sería algo que comentaría ya en la intimidad, sin estar frente a tantísimo número de personas que miraban expectantes a la manakete.

Cuando Bâhir le hizo una reverencia para darle la bienvenida a la nueva Universidad, Sissi hizo lo propio, pero de forma más suave y ligera, apenas un asentimiento de su rosada cabeza que acompañó con un toque a la cabellera negra del estratega para indicarle que podía alzarse. Le sonrió de forma cálida ante la gran bienvenida que le estaba dando, y extendió el gesto a todos los congregados. Tenía puesta toda su atención, ninguno perdía detalle de sus movimientos o sus expresiones faciales, tan abiertas y sinceras. – Es un gran honor para mí poder visitar la Nueva Universidad de Sindhu. Puedo ver el gran trabajo que todos han estado haciendo, y el empeño por volver a reconstruir una ciudad asolada por la guerra y el fuego. – observó los rostros a su alrededor y continuó: Vivimos en una era de penumbras, pero mientras existan aquellos que se atrevan a seguir luchando, la oscuridad no triunfará sobre la luz. Hay quienes piensan que solo la fuerza brutal, o un poder desmesurado pueden lograrlo. Pero yo he aprendido que eso no es cierto. Lo que verdaderamente puede salvar a este mundo es la unidad, el trabajo duro, y el amor: hacia la patria, hacia la familia, hacia uno mismo.

Habló con voz suave, pero su tono se alzaba sobre el silencio de los ciudadanos, que parecían contener la respiración ante sus palabras.  - Da igual quienes seamos, de dónde provengamos, nuestra raza, nuestro credo. Este país es nuestro hogar ahora. Y las manos que lo están levantando son las nuestras. Las de nadie más, las de nadie menos. Veo manos valientes y gentiles, fuertes y abiertas, capaces de hacer todo lo que se propongan. Confío en ellas, y en todas y cada una de las personas aquí reunidas, al igual que se ha depositado confianza en mí para que Sindhu prospere y vuelva a ser un lugar de bonanza y paz. – hizo una breve pausa, en la que ninguno de los presentes se atrevió a hablar o hacer el más mínimo movimiento o sonido. Las flores habían dejado de ser lanzadas, las respiraciones se contenían, la muchedumbre acallada por la presencia de la manakete, que irradiaba calma y serenidad. – Sin embargo, nada de esto hubiera sido posible sin mi leal estratega y amigo. – la mirada dorada de la futura reina se posó en Bâhir, al que le dedicó una sonrisa radiante. – Él nos ha dado esta nueva esperanza en la que nos hallamos todos. – y sin decir más, Sissi comenzó a aplaudir, y todos los que antes la aguardaban, tenían su atención puesta en el alto y moreno profesor, y sus manos se sumaron al río de palmadas que pretendían celebrar las sinceras palabras de la manakete. Ese reconocimiento era lo mínimo que podía hacer por Bâhir. Les había salvado y la gente debía saberlo.

En mitad de los aplausos, Sissi se acercó a su amigo y cruzó sus dos brazos, de tal manera que eran un caballero llevando de paseo a una dama. – Tomaré el refrigerio más tarde, mi estimado Bâhir. Todo el mundo ha estado trabajando muy duro para volver a reconstruir esta ciudad. Quiero que me enseñes lo que te ha estado hacer perder el sueño todas estas últimas semanas. Hay mucho de lo que debemos hablar, y considero que es mejor hacerlo con el aire en nuestras mejillas, y una nueva hermosa ciudad que contemplar.
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Re: [Social] Nuevo hogar, viejos conocidos [Priv.Sissi]

Mensaje por Bâhir el Jue Sep 21, 2017 6:18 pm

La imagen de la Ciudad Blanca que Bâhir dejó a sus espaldas cuando partió en su viaje al sur del mundo era una que él jamás olvidaría. La guerra contra los emergidos aún no había alcanzado sus imponentes muros blancos, y los mismos no mostraban señal alguna de que en el mundo entero se peleara contra seres que solo deseaban destrucción. La había dejado atrás con la primera luz del alba, y la salida del sol tras sus torres y edificios dio un aspecto de eternidad al ducado, le dio una imagen de ser el faro del mundo, el lugar donde el mañana debería forjarse a través de los esfuerzos de mentes jóvenes y poderosas, de soñadores que buscaban crear un futuro de unión entre todos los continentes y razas que pueblan el mundo. Allí estaban mentes despiertas de laguz y beorc, y allí estaba el consejo que todo ello lideraba, dirigido por una duquesa de corazón bondadoso y sonrisa de niña que descubría el mundo entero con la misma ilusión cada despertar.
Que equivocado había estado. Que necio había sido al pensar que todo sería igual sin él.

La noticia de la caída del ducado destruyó su mente durante horas, lo hizo incapaz de articular una sola palabra y creó en su mente una imagen de oscuridad y fuego, donde todos aquellos a quienes había conocido alguna vez ahora ardían entre muros de mármol teñidos de negra ceniza, y eran devorados por podridas mandíbulas mientras ruina y muerte caían sobre todos ellos en forma de diabólicos seres de infernales ojos rojos… Su mente creó la imagen de su señora siendo derribada del cielo por centenares de flechas, la de sus consejeros siendo derribados uno a uno por innumerables hordas de emergidos. Sus pensamientos se convirtieron en una oscuridad que solo era iluminada por la llama que era el ducado de Shindhu ardiendo hasta sus cimientos en una noche sin luna ni estrellas, envuelta en un negro velo que se extendía de forma lenta pero imparable por el mundo entero, existente solo por la razón de acabar con todo lo que fuera bello. La mente del estratega se había vuelto contra él, llenándolo de remordimientos, duda y odio a sí mismo, a su incapacidad para ser útil a quien le había dado la responsabilidad que había evadido cuando más necesaria era, y a su falta de juicio para haber sabido que su lugar durante la defensa de Hatari era en la mesa del consejo, no en el sur de un continente destruido en busca de un libro que ni siquiera había sabido hasta horas antes de recibir la aciaga carta. Durante horas había permanecido en una solitaria y silenciosa vigilia de remordimientos, en la que peleaba contra sí mismo para salir de ella. Hasta que finalmente fue capaz de tomar su propio pergamino, tinta y pluma, y escribir a su señora sobre las nuevas que el mismo tenía, sobre la posibilidad de comenzar de nuevo en el sur, en un mundo tropical y lleno de vida.

En aquel instante, Bâhir no se veía capaz de juzgar ni pensar que pasaría con el reino de Beorc y Laguz… Pero cuando llegó el día en el que vio de nuevo a Sissi, cuando la vio marchar entre pétalos de rosa lanzados por aquellos a quienes había salvado tanto en valentía como en Hatari,  el mago sintió por primera vez en mucho tiempo como una pequeña parte del inmenso sentimiento de culpa que atenazaba su alma se marchaba. Aún existía y existiría hasta su muerte, pero ver a su futura reina una vez más le hizo saber que tal vez, y solo tal vez, sus pecados tuvieran expiación.

El ligero toque de Sissi en su cabeza fue toda la señal que el estratega necesitó para alzarse de nuevo, pasando a poner sus brazos al frente de su torso en lugar de su espalda, pero manteniendo una de sus manos agarrada a la muñeca contraria, liberándola solamente para mostrar a la manakete la Nueva Universidad por primera vez, aunque regresó a una posición más formal cuando Sissi comenzó su discurso, hablando del orgullo de su gente, de la terrible realidad de guerra a la que se enfrentaban, de las fuerzas que eran necesarias para vencer aquella batalla… Al escuchar a su futura reina hablar de aquella manera, Bâhir no pudo evitar que una sonrisa apareciera en su rostro, pues allí no solo veía a la dama que le había otorgado su puesto en la Universidad, sino que empezaba a ver también a una auténtica gobernante, a alguien que jamás dejaría que su gente volviera a pasar por lo que ya habían pasado. Con aquellas palabras no sintió otra cosa salvo orgullo por haberla jurado servicio y lealtad en esa vida y todas las siguientes.

Pero su gesto cambió cuando unas inesperadas palabras salieron de entre sus rosáceos labios. Palabras de agradecimiento hacia él, hacia el hombre que la había abandonado en el momento de mayor necesidad… Sus manos comenzaron a aplaudirle mientras su rostro se volvía de nuevo serio e inexpresivo, y sus propios dedos comenzaron a temblar aún agarrados al metal cuando todos los asistentes a la llegada de la futura reina se unieron en un poderoso aplauso hacia él, hacia quien había dejado atrás Shindhu cuando su consejo era más necesario.

Bâhir sabía en su corazón de corazones que no merecía aquel gesto.

El brazo de su señora hizo que dejara de mirar a los habitantes de la reconstruida ciudad del conocimiento para centrarse en ella de nuevo, escuchando de sus propios labios como decía las palabras que tristemente imaginaba que ya diría. -Razon lleváis en vuestras palabras mi señora, pero considerad lo siguiente.- Con su brazo alrededor del propio, el estratega comenzó a caminar en la misma dirección por la que él se había dirigido a la gran entrada, pero con un paso mucho más tranquilo que aquel que llevaba cuando se dirigía al encuentro. -Dentro de dos horas, todos estos hombres y mujeres, Laguz y Beorc, comenzarán a trabajar de nuevo en reconstruir la sede del conocimiento del mundo, hombro con hombro y sin dar importancia alguna a su raza.- Sus pies caminaban tranquilos junto a los de ella, trayéndole recuerdos de cuando compartían conversaciones en los jardines de la vieja ciudad redonda del desierto, cuando la contaba historias de lugares que había visitado e historias que había escuchado. -Dentro de cuatro horas, el sol comenzará a descender del cielo, proyectando sombras sobre las calles de la Nueva Universidad que hacen sus imperfecciones bellas como la jungla de esta tierra.- Los vítores de la gente que había acudido a ver llegar a la futura reina no desaparecían a pesar de haber partido ya sirviente y monarca hacia otra dirección, aunque cierto era que muchas personas comenzaban ya a abandonar el lugar, dirigiéndose a sus trabajos o a aprovechar lo que les quedaba del descanso concedido en un rincón de sombra o en su taberna favorita. -Dentro de seis horas, la noche habrá caído sobre la ciudad y todos los edificios estarán iluminados por velas y lámparas de aceite, haciendo que sus calles parezcan la estrellada bóveda que habéis visto sobre vuestra cabeza cada noche de vida- El camino de ambos continuó en todo momento, con un ritmo tranquilo pero que servía para que la dama rosa pudiera contemplar con todo lujo de detalles el renacimiento de la Universidad.

-En todo ese tiempo, vos podréis descansar vuestro cansado cuerpo del duro viaje que habéis pasado, relajar vuestra mente de la pesadez que son las dudas que poseéis, y dar descanso a vuestra alma al saber que la Universidad está en pie de nuevo, y nada cambiará de lugar aunque os toméis un tiempo para vos misma.- Una tierna sonrisa apareció en la faz del estratega, quien dirigió su mirada a la mujer a quien debía lealtad eterna, de aspecto delicado y frágil pero cientos de años más anciana y sabia que él. -Si insistís en ver la Nueva Universidad en este mismo instante, yo no tengo el poder para deciros que no se hará así… Pero es mi obligación y deber recordaros que  todo cuerpo tiene un límite, y no sería beneficioso para nadie que el cansancio del viaje os haga efecto a mitad del recorrido, obligándoos a reposar a desgana cuando teníais la oportunidad de hacerlo anteriormente.- Aquellas palabras coincidieron con la llegada de ambos, junto a la guardia de la reina, frente a la residencia de los profesores de la Universidad. Allí tenía preparado Bâhir el recibimiento que su futura reina merecía, y en una de las más amplias y cómodas salas planeaba ofrecerle el descanso que su cuerpo necesitaba… Solo quedaba que su consejo fuera escuchado, y Sissi accediera a reponer sus fuerzas antes de caminar entre las calles de la renacida ciudad del conocimiento.
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Re: [Social] Nuevo hogar, viejos conocidos [Priv.Sissi]

Mensaje por Sissi el Jue Oct 26, 2017 11:17 am

Sissi tenía una expresión apacible en el rostro, pero en sus ojos brillaba la preocupación. Tenía la mirada puesta en su confiable estratega, y en el semblante serio que había adoptado cuando la futura Reina le había agradecido por su trabajo y su labor para con su pueblo. Por instinto, dejó escapar su aura pacífica de manakete, que envolvió a todos los viandantes en las inmediaciones. No se le pasó por alto, sobre todo cuando estuvo agarrada de su brazo, las oscuras ojeras bajo sus párpados, y el cansancio que parecía rezumar por todos los poros de su piel. Bien podría haberse cambiado de ropa, y perfumado, pero había signos que no podía esconder. Dudaba que Bâhir hubiera decidido dejarse barba, después de haberle visto durante tantos años bien afeitado con los cabellos atados de forma impoluta. No. Era obvio que no se había estado cuidando, y aun así insistía en que ella lo hiciera, pese a que se hallaba en el pico de su energía. Le dedicó una sonrisa amable y entornó un poco los ojos, con aceptación.

– Está bien, mi querido Bâhir. Tenemos muchas cosas de las que hablar antes de recorrer la Universidad. Como bien dices, es importante descansar, así que aprovechemos esas horas para contarnos nuestras aventuras y reponer energías. Las noches en Sindhu son demasiado hermosas como para perdérnoslas durmiendo. - Hizo un gesto gentil con los guardias, que abrieron las puertas del estudio y les dejaron pasar. Tras unas palabras de agradecimiento, y la orden de Sissi de que no fueran molestados a no ser que se tratase de una urgencia, cerraron los portones a sus espaldas, dándoles privacidad. En ese mismo instante, la manakete, que se había mostrado tranquila y serena frente a sus ciudadanos, pasó a tener una gran sonrisa de oreja puntiaguda a oreja puntiaguda. Se separó del brazo del estratega para poder lanzarse a darle un gran abrazo por el que se había estado conteniendo. Se colgó de su cuello de un saltito, y al ser mucho más alto que ella, sus pies quedaron flotando en el aire a unos 30 centímetros del suelo. – Te he echado mucho de menos, Bâhir. Me alegra tanto verte. – musitó sin separarse de su agarre. Su voz se notaba emocionada, algo craquelada al final.

Era consciente de que, ahora que iba a ser reina, tenía la obligación de mostrarse de cierta manera frente al público. Cuando había sido más joven, e incluso durante sus años como la Duquesa de Sindhu, no le había importado ser cariñosa con sus amigos, y demostrarles continuamente lo mucho que les apreciaba, pero ahora debía dejar de lado comportamientos tan “salvajes” y “poco decorosos”, y guardarlos puertas adentro. Era la manera de proteger a sus seres más queridos, y de ser reconocida por el mundo como una líder capaz. La niña debía de dejar de ser, y la mujer debía nacer. A lo que se negaba, era a presentarse como una monarca fría y distante, como muchos otros habían sugerido. No lo era, ni nunca lo sería. Prefería que su pueblo sintiera amor por ella, en vez de miedo u odio. Ya había suficientes de esas terribles emociones en el mundo como para encima hacer que sus ciudadanos, a los que había jurado proteger, sintieran eso por ella.

La paz verdadera no se lograba amedrentando; esa clase de paz era una absoluta mentira. Ella les daría amor, respeto, y armonía, apoyada por un sistema legal igualitario para todos. Y esperaría lo mismo a cambio. La Ley se encargaría de lidiar con aquellos que fueran en contra del bien de la sociedad y desearan corromperla con actos delictivos. Seraphiel, su estimado embajador, le había hablado de un Gobernador que apresaba a delincuentes y los reformaba. Esperaba poder reunirse con él en poco tiempo para poder acordar una beneficiosa alianza que asegurase la justicia en el país. Esa era una de las cosas que tenía que comentarle a Bâhir, entre muchas otras como su idea de crear una imprenta en el terreno universitario o la precaria situación del mundo y la necesidad de establecer buenas alianzas con los países vecinos. Sin embargo, antes de ello, debía regañar a su estimado amigo por el poco cuidado que estaba teniendo consigo mismo. Dejó de rodearle el cuello con los brazos, y regresó a tener los pies sobre la piedra del suelo. – Lo que no me alegra nada es verte así de descuidado. Es mi obligación recordarte que los beorc debéis descansar como el resto de seres vivos. Si te esfuerzas más allá de tus posibilidades, y acabas enfermando, me enfadaré mucho. – puso sus manos sobre sus caderas y levantó una ceja. Su preocupación era evidente.

- Ahora vamos a sentarnos y vas a comer algo. Nada de excusas de que no tienes hambre. ¿Cuándo fue la última vez que te cuidaste? La universidad no puede ser reconstruida y organizada por personas cansadas y muertas de hambre.
– instó al moreno estratega a sentarse en la cómoda zona destinada a que ambos descansaran. – No me obligues a tener que vigilarte para que no hagas tonterías como a Seraphiel o a Yrumir. ¡Y mira que pelos me traes! Recuerda que eres una figura pública tú también. Debes dar una buena imagen a los que dependen de ti. – comentó con falsos resoplidos. Su voz era gentil, pero sin duda dejaba claro que no estaba contenta con el poco tiempo que Bâhir se estaba dedicando a sí mismo. Le hizo sentarse en uno de los cómodos sillones y ella le rodeó para estar detrás de él. Con confianza, empezó a tocar su cabello negro para ponerlo en orden, como debía haber estado. – Al fin y al cabo, la futura Mano de la Reina tiene que cuidarse casi tanto como la Reina misma.
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Re: [Social] Nuevo hogar, viejos conocidos [Priv.Sissi]

Mensaje por Bâhir el Miér Nov 29, 2017 7:59 pm

El brazo de Sissi rodeando el suyo mientras su andar se volvía similar en ritmo y longitud de los pasos trajo al hombre de piel oscura recuerdos de una época mejor. Su memoria devolvió al presente numerosos momentos como aquel en los jardines de la ciudad redonda, allá en el norte, entre las arenas de Hatari. Recordó conversaciones sobre el último libro que habían leído, el grupo mercader de tierras extranjeras que había entrado por primera vez en el ducado, los estudiantes del maestro y las políticas de la duquesa. Temas banales e importantes, conversaciones serias o  carentes de importancia alguna… Era una época en la que podían ser dos personas unidas por la amistad y nada más. Más de uno podría haberles usado como el perfecto ejemplo de que el abierto gobierno de la blanca ciudad entre las dunas funcionaba, de que Laguz y Beorc podían convivir en paz y armonía ayudándose los unos a los otros en pos de construir un mundo mejor, una sociedad más justa.  ¿Y que otro mejor ejemplo había que el de la dirigente nacida como esclava y el hijo de un comerciante de tales? Ambos caminaban codo con codo, sin prejuicio alguno en sus rostros y voces, disfrutando de la compañía ajena en todo momento.

Pero bien sabía el estratega que tales tiempos de felicidad habían quedado atrás. Puede que Sissi hubiera sobrevivido al exilio junto a gran parte de su pueblo, y puede que Shindhu fuera ahora un reino en vez de un ducado, pero el precio a pagar por tal cambio era uno que Bâhir pagaría siempre. En el desierto había quedado el hombre que una vez fue, en la jungla era un humano maldito, con la sombra de un pecado en su espalda que jamás podría perdonarse.

El presente volvió a su realidad junto a las palabras de la futura reina, quien tomaba la oferta de su estratega sin rebatir ni negociar, algo que provocó una pequeña sonrisa en el oscuro rostro del mago. Pero este gesto se convirtió en uno de sorpresa cuando, en el preciso instante en el que las pesadas puertas de madera de la habitación se cerraron, la manakete literalmente saltó a su cuello y lo rodeó con ambos brazos, abrazándolo por primera vez en meses, desde antes incluso de la partida de Bâhir a Valentia. -La alegría es mutua mi señora. Ha pasado demasiado tiempo desde nuestro último encuentro.- De forma suave, como quien teme romper porcelana o cristal, los brazos del profesor rodearon la espalda de Sissi con delicadeza pero firmes, mientras su mente decidía volver a recordar fragmentos del pasado en los que ella estaba envuelta, pero no tan positivos en ese momento.

A su mente regresó el terror que sintió al leer la carta que le informó de que Shindhu había caído, la impotencia de no poder hacer algo por Sissi y el dolor que oprimía su pecho al saber que había traicionado la confianza de su señora al haberla abandonado en el momento de más necesidad. Regresó a su consciencia el insomnio de la primera noche tras ser informado del destino de la ciudad blanca, pues cada vez que cerraba los ojos veía a sus ciudadanos pasados por la espada y colgando de murallas teñidas de rojo escarlata y gris ceniza. Recordó la imposibilidad de vaciar su mente y pensar, de poder conciliar en sueño sin pesadillas mientras esperaba la respuesta de la manakete. El peso sobre sus hombros cuando supo de los movimientos que ella iba a realizar y la tarea que tenía por delante a partir de ese momento… La culpa y la presión en su pecho. Las lunas que sus ojos habían visto por la falta de sueño y las jornadas sin probar bocado ante la pinza que sentía en su estómago. El peso en su espalda y la daga en su corazón. Ni siquiera la reconstrucción de la Universidad y el haber visto a Sissi a salo habían aliviado su dolor. Solamente habían sacado el filo un poco, quitado una pluma que estaba sobre la mochila de rocas con la que cargaba constantemente.

Los brazos de la rosácea Laguz se aflojaron, y esa fue todo lo que necesitó Bâhir para igualar el gesto, viendo como los pies de Sissi regresaban al suelo y volvía a quedar a la altura que siempre tenía cuando hablaba con su estratega, la suficiente como para que ella tuviera que alzar su cuello y él tuviera que inclinarlo hacia el suelo. -No hay nada que me aterre más que vuestra ira, pero me veo obligado a asumir el riesgo de provocarla.- Una leve y breve risa escapó de su garganta fugazmente, producto de la maternal y seria imagen que la futura monarca había adoptado frente a él. Uno solía ver a madres en tal posición en la puerta de sus casas, a la espera de que sus hijos regresaran  para escarmentarles por alguna gamberrada que habían realizado, no a una reina en potencia reunida con uno de sus asesores. -Me veo en la obligación de recordar que los Beorc somos mucho más resistentes de lo que parecemos, así que no os preocupéis por ello… Además, vos misma habéis visto el estado de los trabajadores. Su moral y salud están en perfecto estado.- A sabiendas de que entraría en una batalla sin fin si declinaba la oferta, el mago tomó asiento en uno de los cómodos sillones de la estancia, viendo como la manakete comenzaba a rodear su posición para emprender algo que el estratega comenzaba ya a imaginar que sería. -¿Y cómo se encuentran ambos? No he tenido tiempo para enviarles misivas, por lo que hace demasiado que no se sobre ellos.- Las palabras de Sissi confirmaron las sospechas de Bâhir, y pronto sintió los finos dedos de la dirigente de Shindhu en su cabeza, arreglando y ajustando su peinado en una rutina que había hecho en repetidas ocasiones durante los años, dejando aún más claro que la falta de reposo del beorc era clara.

Las siguientes palabras de la monarca borraron por completo el cansancio de la mente de mago.

-¿…Mano de la… reina?- El rostro del profesor se giró levemente, lo suficiente como para poder observar con total seriedad el de la manakete, el de la mujer que acababa de hablar tan ligeramente de un título tan importante. Durante unos segundos tal fue a congelada imagen que allí se veía, la de los dedos de Sissi en el pelo de Bâhir, la de ambos mirándose en un constante silencio que envolvía todo, desde el mover de las cortinas hasta el sonido de las calles de la nueva universidad. Si alguien pudiera ver el momento creería que el tiempo se había detenido, pues no había movimiento perceptible siquiera en las pupilas de los presentes o en sus pechos por el respirar.

Pero todo terminó con un leve escapar de aire y una pequeña sonrisa en el rostro del mago, gestos que relajaron su rostro y devolvieron sonido al mundo por arte de magia. -Si intentáis comprar con títulos una promesa de descanso os invito a desistir.- Con la certeza de quien sabía que todo era una pequeña broma del otro, Bâhir giró su rostro de nuevo hacia el frente, observando la mesa repleta de exóticos manjares y bebidas de delicioso olor que invitaban a uno a servirse una taza lo antes posible. -Contadme sobre vuestra llegada a la jungla. ¿Qué os parece vuestro reino hasta ahora?- Sabía bien el estratega que Sissi nunca había visto un lugar como aquel, y por eso mismo estaba interesado en la opinión de la futura monarca sobre el territorio, pues una de las más importantes virtudes de un rey era el amor a su tierra, y el beorc no sabía si su señora había abrazado su nuevo hogar desde el fondo de su alma, o su corazón aún lloraba por las doradas dunas de Hatari que envolvían a la Ciudad Blanca por todos su costados. -Y antes de nada mas, tomad asiento por favor. Comed y bebed sin preocupación. Mi pelo no empeorará con el paso de las horas, pero si lo harán vuestra sed y hambre.- Por segunda vez durante el encuentro extendió la mano el hombre de piel oscura, invitando a la Manakete a sentarse junto a él en el amplio sillón para poder conversar en comodidad y tranquilidad.

Tenían mucho de lo que hablar y ponerse al día, y sería mucho más sencillo para ambos si estaban en las mismas condiciones: En cómodo reposo y con comida en el estómago.
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