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[Social] What harm did I ever do to the Gods? [Priv. Seraphiel & Yrumir]

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[Social] What harm did I ever do to the Gods? [Priv. Seraphiel & Yrumir]

Mensaje por Sissi el Vie Abr 14, 2017 12:15 pm

Sissi caminaba por una de las galerías del palacio ducal, sus movimientos lentos y quedos, nada parecidos a su forma de andar de siempre. Donde antes había pasión, vida, y luz, ahora solo quedaba una figura delgada, con un brazo y hombro sujetos con un pañuelo en cabestrillo, y unos ojos ensombrecidos por el cansancio y la amargura. Hacía un par de noches, el ducado había sido víctima de un ataque nocturno. Protegidos al amparo de la oscuridad, los terribles seres habían acometido contra las murallas, derribando y masacrando todo aquello que encontraban en su camino. Aún recordaba el dolor en su espalda al sentir las decenas de emergidos tirando de sus alas, y el dolor en su pecho al ver a sus amigos caer, a su pueblo ser despedazado, y no poder hacer nada por remediarlo. Ni siquiera su transformación en una dragona tan brillante y poderosa podía soportar el peso del mundo en sus hombros. No tenía ni los recursos, ni las amistades, ni las fuerzas necesarias para garantizar la supervivencia de su gente en el desierto. Al contrario, cada día escaseaba más la comida, y sus intentos de abrirse paso en la comunidad internacional habían terminado con rechazo o amenazas, o con palabras educadas que no prometían una amistad. Tampoco tenía el poder para acabar con miles de emergidos ella sola. Porque eso es lo que estaba: completamente sola.

¿Qué le había hecho ella a los dioses, que mereciera ser castigada de esa forma tan cruel? se preguntó mientras ingresaba en sus aposentos, situados al final del pasillo que había ido recorriendo con lentitud. Era una cuestión que llevaba días en su cabeza y para la que no hallaba respuesta. Y, sin embargo, no podía dejar de darle vueltas, una y otra vez. Trataba desesperadamente de encontrar una explicación a la continua mala suerte que había acaecido sobre Hatari, que no paraba de llenarse de más y más emergidos cada día, como una infección que va acabando con todas las células sanas de un cuerpo enfermo, que termina por perecer ante el agente hostil. Podían llamarse de muchas maneras, pero el enemigo que devoraba el mundo con hordas de soldados era una plaga asoladora y terrible, el fin de muchos mundos individuales para las personas que habitaban las tierras caídas. Sissi sentía esa misma terminación aproximándose a ellos, sin apenas inmutarse por la resistencia de los ciudadanos de Sindhu. Tuvo que hacer lo que todo líder debía hacer en esos casos: tomar una decisión. La suya fue evacuar la Ciudad Redonda, mandar construir barcos que pudieran transportar a su pueblo lejos de Hatari, a unas tierras mejores en las que poder establecerse de nuevo.

El prospecto de un lugar en el que establecerse mantenía aún una mínima esperanza en su corazón roto, pero el dolor seguía siendo aún demasiado grande como para que Sissi se mostrara alegre. Había muchas emociones negativas dentro de ella, atascadas en su garganta y en sus ojos, sin dejar salir ningún quejido, ni una lágrima. Así llevaba días, con el brillo apagado de sus ojos dorados, y el rostro pálido por la ansiedad, el miedo, y la tristeza. Miró alrededor de su estancia, apenas iluminada por varias velas que alejaban, tenues, la oscuridad de la noche de Hatari. Cerró la puerta tras de sí y se quedó unos momentos quieta y en tensión en medio del lugar, sin mover un solo músculo. ¿Qué había hecho ella para merecer la ira de los dioses? Con su brazo sano, metió la mano en uno de los bolsillos de su larga blusa beige, con diminutos motivos florales decorando la tela, y de allí sacó su Dragonstone, cuya superficie dura, preciosa, y tornasolada, reflejó destellos de luz en el rostro y cabello de Sissi, que llevaba recogido en una larga trenza rosa.

Su vista siempre había calmado a la manakete, pero en esa ocasión no fue así. Comenzó a temblar, y sus cejas se fruncieron con molestia y dolor. Apretó el pedrusco con su mano, con toda la fuerza que tenía con su aspecto humano, y cuando no pudo romperla con la débil presión de su palma, la tiró con enfado al suelo, lejos de ella. La Dragonstone rebotó en la superficie de piedra, y se deslizó por toda la estancia sin apenas sufrir un rasguño. Entonces, la duquesa se dejó caer de rodillas, su falda de terciopelo burdeos no pudo minimizar el golpe sobre el duro y helado piso. - ¡MALDITA SEA!, ¿QUÉ QUIERES DE MÍ, NAGA? ¡RESPÓNDEME!, ¡RESPÓNDEME! – gritó a la habitación vacía y oscura, con tanto ímpetu que casi pareciera que creía que la misma diosa aparecería allí a contestar las plegarias de la manakete. Pero no fue así. No hubo rayo de luz en la noche, ni la súbita venida de la dragona sagrada a través de los ventanales abiertos de par en par. Ni siquiera la luna, fría y distante en el firmamento, se inmuto ante el dolor de las palabras exclamadas. A nadie le importaba. No había ojos posados en Hatari: la tierra donde las estrellas fugaces morían como los sueños y esperanzas de sus habitantes.

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Re: [Social] What harm did I ever do to the Gods? [Priv. Seraphiel & Yrumir]

Mensaje por Seraphiel el Vie Mayo 12, 2017 5:07 pm

¡Oh qué cobarde de su parte!

Desde que había visto en pie a la duquesa, a Sissi su querida amiga y aquella oscura sombra, se había alejado, casi de forma imperceptible lo había hecho, pretendiendo estar ocupado aún cuando eso no era cierto, buscando cualquier escusa para no tener que verse sumergido en su dolor que, por ley natural sentiría también. Era un cobarde, sí, lo sabía, deseaba jamás volver a sentir tales sentimientos otra vez, suficiente había tenido con la oscuridad que aquella fatídica noche ahogó los cielos de Serenes, hasta el punto que ni siquiera los Dioses se habían atrevido a mirarlos con misericordia. ¡Pero Sissi era su amiga, por Ashera! Era su deber estar allí con ella, intentar animarla, decirle que todo estaría bien aunque no fuese así... Aunque la misma esperanza pareciese muerta.

Pero le temía al rechazo, que sus sentimientos, que su propio temor fuesen transparentes para otro ser ligado a la naturaleza como una Manakete podía estarlo. Él lo habría sentido, entonces... ¿Por qué no Sissi también? Y en medio de su incertidumbre, pasó aquellos días alejado también, fingiendo no ver cuando, al menos para él, todo aquello estaba más nítido que el agua. El sufrimiento contenido, el miedo detrás de todo, su propia incertidumbre y el dolor, aquél corroyente dolor que antes o después vencería y sería visible. ¿Realmente la dejaría sola en aquél tipo de situaciones, cuando más necesitaba de apoyo? No pudo hacer más que darle vuelta a aquello, disgustado consigo mismo mientras observaba desde el jardín del palacio un punto inexistente, lejos en medio de la oscuridad.

¿Pero qué pasaba con él? ¿No había sido él quién había dicho que no volvería a quedarse de brazos cruzados? Había dicho que actuaría, que haría algo...

Mordió su labio inferior con molestia y suspiró segundos después. Vale. Calma. Despejaría su mente. Cruzado de brazos se apoyó parcialmente en una enredadera que bellamente adornaba las muras de palacio, esperando quizás que le consolase, a pesar de saber que no lograría el efecto deseado. Cerró sus ojos, dejando escapar un silencioso suspiro mientras sus hombros caían, desanimados y su atención viajaba al cielo, aquella noche curiosamente más oscuro de lo que recordaba. Se sentía molesto y frustrado, quién sabía lo que eso podía causar a su ánimo, quizás, las mismas estrellas brillaban en el cielo con luz diferente para todos, dependiendo de lo que su corazón sintiese al respecto. O quizás fuese solo una extraña forma de los Dioses para sufrir con sus creaciones. Probablemente todo fuese nada más que su propia imaginación.

Despegándose de la pared se alejó del jardín en dirección al interior del palacio, ignorando como pudo los sentimientos de preocupación y desasosiego que quizás los demás también sintiesen, casi como si los propios sentimientos de Sissi llegasen hasta ellos. Como si ella fuese su corazón y ahora, todos sufriesen por saber que su luz más que nunca estuviese tan apagado. Quizás, nuevamente no fuese otra cosa que su propia imaginación. ¿Pero de qué podía estar totalmente seguro si siquiera confiaba en si mismo? Se atrevió a preguntar a algunos de los sirvientes donde poder encontrar a la duquesa y, sin dudarlo ni un instante siguió sus indicaciones. La acababan de ver entrar en su habitación... Claro ¿En qué otro lugar podría estarlo? Apresurado, pero intentando permanecer con una tranquila expresión siguió hacia aquél lugar, parando ante la enorme puerta una vez llegado. Suspiró y pegó poco más sus alas a su espalda, casi en un gesto dubitativo.

"Estúpido Rhett... ¿Donde estás cuando ella te necesita?"

¡Pero él seguía allí! Y a pesar de que ella no estaba presente, la Duquesa Madre sí lo había estado. Ella había sido su sol en medio de la tormenta y años después, aquella joven Duquesa había seguido su ejemplo. ¿Qué habría sido de él sin ellas dos? Se lo debía... No, no era eso... Realmente anhelaba hacerlo, ayudarla, porque... Para eso existían los amigos, creyó.

A pesar de todo, cuando su mano estuvo a punto de acercarse a la puerta y tocar, una repentina oleada de malestar pareció golpearle, traspasar las gruesas puertas y resonar como si de un propio y poderoso lamento se tratase. No era su canción, no eran más que puros sentimientos coléricos. Se estremeció y sus plumas por reflejo se erizaron y antes de poder avanzar con su idea, descubrió con desconcierto que su mano estaba parada, temblando, sin querer seguir su razonamiento lógico, sino a su instinto natural. Retrocedió su mano, levantando la otra para taparla y calmar aquél inesperado temblor. Debía entrar ¿Cierto? Se lo había propuesto, entraría... No podía quedarse allí inmóvil, inútilmente asustado.

Pero...
¿Qué podía hacer él?

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Re: [Social] What harm did I ever do to the Gods? [Priv. Seraphiel & Yrumir]

Mensaje por Yrumir el Mar Jul 25, 2017 6:07 am

Yrumir se había sentado en una silla que habían dejado tirada. La había arrastrado de uno de los que habían sido rincones de estudio para los estudiantes aplicados de la Universidad hasta allí el centro abierto del edificio donde se alzaba imponente la estatua en honor al primer bibliotecario que había tenido la institución. El que menos libros había tenido que organizar, pensó su último sucesor con gracia. El dragón sujetaba entre sus pequeñas manos de infante un libro de pequeño tamaño de hojas de color amarillento del tiempo  y esquinas arrugadas. Era un libro antiguo y olvidado por todos, tan olvidado que no se habían dado cuenta que se lo habían dejado. Yrumir se lo había encontrado en las estanterías vacías mientras daba su último paseo por el que había sido por más de cien años su lugar de trabajo, su casa, su sitio. Levantó la cabeza hacia la estatua. Frente a frente se encontraban quien había visto colocar el primer libro en una de esas estanterías y llenado el edificio de conocimiento y el que había vaciado el lugar de cualquier palabra escrita en papel y había retirado el último libro de una estantería.

Lo único que restaba era el silencio. Un silencio diferente al que había reinado y era regla en la biblioteca desde hacía siglos. Que no era interrumpido por las conversaciones en bajito de los estudiantes rebeldes, de los ruidos de pasos o de un libro cayéndose con un fuerte golpe contra el suelo a causa de su peso. El anterior silencio era uno lleno de vida. Pero ahora había sido sustituido por otro silencio muy diferente. Frío, resultado de la omisión.

El silencio del vacío.

Sólo él y ese libro quedaban con vida en esa biblioteca. El resto eran madera y piedras como carcasas vacías que nunca se volverían a llenar. No podían llevarse los muebles. Suerte que habían podido movilizar gran parte de la colección que albergaban entre esas paredes, aunque habían tenido que verse obligados a dejar centenares de ejemplares, porque no todos cabían en un barco. Ahora estaban desperdigados por esa tumba como los huesos de un cadáver perdido en un panteón. Haber organizado la desmantelación de la Biblioteca había sido como socavarse el corazón poco a poco. Él se había consagrado en cuerpo y en alma a aquel lugar, y sin pensar en que podía depararles el futuro había creído que viviría ahí dentro feliz toda su vida. No quería cambiar de sitio. No quería cambiar de vida. ¿Por qué no todo podía haber seguido como siempre? Era una pregunta que al infante le asaltaba muchas veces a lo largo de esos días. Sabía las múltiples respuestas y razones. Pero se la volvía a repetir, inevitablemente.

Se levantó y puso en pie. En las paredes había relieves dentro de un medallón de la cara del resto de anteriores bibliotecarios. Había hecho lo posible por proteger su legado pero no había sido suficiente. Con la cabeza gacha rodeó la silla y poco a poco se dirigió a la única salida que quedaba abierta. El eco de sus pasos que reverberaba y el sonido de la puerta lateral por la que salió fue lo último que se escuchó dentro de la Biblioteca de la Universidad de Sindhu.

Sin pensar, en nada concreto el pequeño dragón caminó por las calles del círculo más interno de la ciudad hasta donde se encontraba el Palacio Ducal. Agarraba fuerte el libro y sus ojos estaban clavados al suelo como estacas. Un fantasma en vida que caminaba por lo que quedaba de una ciudad cuyo único sino era ser comido por la arena del desierto. Volvió una vez la cabeza hacia atrás y observar el grandioso edificio de la biblioteca. En el ventanal de la planta más alta aún había un boquete de cristal roto. La visión de la infraestructura le causó una punzada de dolor que le hizo apartar la mirada. Luego se transformó en una presión en su pecho. Continuó su camino sin mirar más hacia lo que dejaba atrás, con una lágrima resbalando en cada mejilla.

Tardó en llegar al Palacio Ducal. Una vez dentro, podría haberse dirigido a su habitación y lamerse en soledad las heridas como usualmente hacía. Sin embargo, esta vez su mente no le dirigía a estar sólo. El dolor era tan insoportable que su subconsciente no le iba permitir tomar esa decisión por voluntad propia.
Al llegar en frente de su destino se encontró con dos alas blancas delante de la puerta. El dragón se colocó junto a la garza y sus ojos llorosos buscaron los del otro. No saludó y se quedó mirándole en silencio.
Llamaré yo — Dijo finalmente mirando la puerta de la habitación. Yrumir no era tan perceptivo como su amigo, pero incluso él sentía ese sentimiento de desolación que emanaba de allí. Su puño se alzó y golpeó la puerta con suaves toques. La opresión que sentía en el pecho le hizo ser impaciente.

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Re: [Social] What harm did I ever do to the Gods? [Priv. Seraphiel & Yrumir]

Mensaje por Sissi el Mar Jul 25, 2017 4:00 pm

El silencio fue lo único que contestó las preguntas en grito de Sissi. Por unos instantes, pensó que quizás tendría una revelación de la Diosa Naga, pero tras unos segundos en donde solo pudo escuchar su propia respiración, supo que la quietud era su respuesta. Herida, y llena de un sentimiento terrible de abandono, la duquesa cerró los ojos y volvió a exclamar: ¡MALDITA SEA! – Echó el cuerpo hacia delante y con su brazo bueno golpeó el desnudo suelo de piedra, desprovisto de alfombras. Su puño cerrado impactó contra la dura superficie repetidas veces, hasta que el miembro comenzó a dolerle y el dorso de su mano se ensangrentó por la acción. Mirándola por detrás, cualquiera hubiera pensado que estaba rezando, pero no era así. Estaba lejos de orar a ningún dios del mundo. Su figura arrodillaba temblaba de miedo, de una ira y una desesperación que nunca antes hubiera podido sentir. Su cabello, recogido en una trenza floja, comenzó a salir de su lugar cada vez que la duquesa dejaba salir su frustración contra las baldosas de colores. Los largos mechones cayeron por su rostro, y se quedaron pegados al sudor de su frente. Su salud se había deteriorado en los días consecuentes a la Batalla de las Murallas; su peso había menguado, grandes ojeras habían aparecido bajo sus ojos dorados, y su pelo ya no era de un lustroso color rosa, sino que había perdido todo su brillo y vida.

Sus heridas no eran físicas, pues apenas le dolía el brazo que tenía en cabestrillo, pero el sufrimiento en su interior era real, real y más doloroso que cien flechas en el corazón. A los golpes que daba contra el suelo le acompañaban sollozos silenciosos, como lágrimas atragantadas que no lograban salir de sus ojos. - ¡Contéstame, Naga! – exclamó con un grito ahogado. Los collares de cuentas de oro a su cuello rebotaban contra las piedras y, no pudiendo aguantar más su sonido sordo, Sissi agarró ambas alhajas con su mano ensangrentada y los apretó contra su pecho oprimido con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos bajo la capa de sangre fresca. Alzó la mirada y la posó en su Dragonstone, que brillaba con sus reflejos azules al otro lado de la habitación, sin inmutarse por el espectáculo de su portadora. Dejó caer los hombros, su mirada de repente fija en los dos collares que en su tiempo pertenecieron a sus padres. En un susurró, continuó: Toda mi vida he seguido vuestras enseñanzas. ¿De qué me han servido?

Un sollozo escapó de su garganta, y las siguientes palabras salieron de su boca primero en un diminuto hilo de voz, para ir creciendo a medida que hablaba hasta ser exclamaciones. - He buscado la paz. He gobernado con generosidad y compasión. He minimizado el daño que podría haber hecho a otros. He protegido a los débiles. He atesorado a los inocentes. He perdonado a mis enemigos, y no les he deseado ningún mal, incluso si ellos sí que lo han deseado para mí. He amado a la Tierra, y al Sol, y a los Océanos. He respetado a los animales y a todas las razas laguz y beorc. He despreciado las riquezas cuando eran a costa de los pobres, he dado limosna a quién me lo ha pedido. He defendido a los locos y a los tontos. He dedicado mi tiempo y mi trabajo a los demás. He luchado contra la tiranía y no me he postrado ante ningún hombre o grupo de hombres. He tenido paciencia e indulgencia con la gente, y les he tratado del mismo modo que me gustaría que me trataran a mí. He perseguido la verdad, y he cumplido las leyes divinas que enseñaste a nuestro pueblo. He seguido cada una de tus enseñanzas con fe ciega. He cometido muchos errores, y mis fuerzas han flaqueado, pero siempre me he redimido de mis malas conductas y he tratado de mejorar. ¡He hecho todo lo que se ha pedido de mí! ¿¡QUÉ MÁS QUERÉIS!?

Su voz en grito se perdió en el eco de la estancia. A lo largo de los días había ido recogiendo lo que pensaba que era esencial para abandonar el Ducado, pero había dejado muchas cosas atrás, pues antes primaba transportar a sus ciudadanos y objetos de mayor valor que tonterías materiales. Así pues, la mayoría de sus muebles se habían quedado en su lugar, así como vasijas y artículos no esenciales, como elementos decorativos. Las estanterías aún seguían repletas de utensilios y libros, copias de los que ya habían cargado en los barcos encargados del transporte de los volúmenes de la Biblioteca. Las plantas que no se llevaría seguían en sus tiestos de arcilla, sufriendo ya la falta de agua, pues Sissi no las había regado desde la mañana de la batalla. Se podían ver cómo las flores morían, y las plantas que servían de condimentos se desplomaban por el calor y la sequedad. Los pequeños brotes multicolores que le habían salido a los cactus yacían en la tierra seca, en vez de en lo alto de la espinosa planta. A un lado de su escritorio medio-vacío, los bustos de sus padres parecían juzgarla. Las facciones blancas de las estatuas eran frías y estrictas, sin rasgo de calor o amabilidad. La manakete las observó mientras habló, como si les retase a contestarla. Pero ellos tampoco lo hicieron. Solo eran cenizas y recuerdos, y al igual que Naga, no musitaron una palabra.

El rostro de Sissi estaba rojo, cubierto de lágrimas y con una expresión de dolor y cólera. Ira contra los dioses, contra sus padres, contra los emergidos, pero sobre todo contra ella misma. - ¡¿Qué he hecho que merezca tal castigo?!- gritó. ¿Acaso no era suficiente con lo que ya le había tocado vivir? Hija de un padre asesinado, hija de una madre asesinada. La mayoría de sus seres queridos habían muerto, o estaban en paradero desconocido. Su pueblo era odiado y discriminado por el mero hecho de no odiar y no discriminar como los demás. - ¿¡Dónde está la justicia que recompensa la nobleza y castigaba al mal?!, ¿Dónde estáis cuando se os implora con verdadera necesidad!? -  Allí no había ningún Dios. Habían abandonado Hatari y a todos sus habitantes, y a Sissi con ellos. La duquesa apretó los dientes, presa de un fuego que la consumía por dentro y amenazaba con acabar con todo lo bueno que aún vivía en su interior. En su vida había experimentado una ira tan enorme, que la ahogaba y se expandía por su corazón y sus pulmones, hasta que no podía respirar más que su propio dolor. Apretó el puño con tanta fuerza contra las cuentas que, de un tirón, se desprendieron de los cordeles que las mantenían unidas y las bolitas rodaron por todo el suelo. Tiró los restos de los collares lejos de ella, y las cuentas de oro fueron a parar a cualquier rincón de la habitación. Olvidadas.

Se levantó temblando del suelo. No podía escuchar nada, salvo el sonido de su propia respiración y los latidos de su corazón desbocado. Se acercó hacia los bustos de sus padres y, con violencia, los tiró al suelo para que también se hicieran añicos. Sus rostros blancos chocaron contra el piso y se destruyeron con facilidad. El mismo destino tuvo cualquier objeto al que Sissi pudo echar mano. Tiró los tinteros, las vasijas y los cuadros contra los muros, contra los muebles, y contra el mismo suelo. No era dueña de sí misma, ni del dolor que la atravesaba como una lanza y que la hacía actuar de esa manera tan impropia de ella, pero tan normal en las personas rotas. Sus adoradas plantas sufrieron también la desgracia de ser lanzadas por doquier, y sus restos regaron el suelo con tierra y fragmentos rotos de arcilla. Absorta, y sin prestar atención a su alrededor o a la presencia de sus dos estimados amigos que habían llamado a su puerta, agarró un abrecartas que había caído junto al resto de objetos de su escritorio, y con la afilada herramienta, se lanzó encima de la cama y apuñaló el colchón repetidas veces, sacando el relleno y esparciendo plumas blancas por todas partes.
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Re: [Social] What harm did I ever do to the Gods? [Priv. Seraphiel & Yrumir]

Mensaje por Seraphiel el Miér Ago 09, 2017 4:39 pm

Casi ni se percató de la llegada de Yrumir, a pesar de que en su momento agradeció que tomara la iniciativa y llamara a la puerta, algo que él, al menos por el momento no habría podido hacer. Se preguntó entonces si alguna otra vez había visto los ojos rojos del dragón blanco por llorar... Se dio cuenta que su corazón volvió a quebrarse más por eso, porque, queriendo o no, Yrumir había sido una de las pocas personas con las que había tenido el atrevimiento de hablar, había sido quién le enseñó el idioma de los humanos, había sido amable con él a pesar de que, siempre había tenido la sensación que no era tan fácil para él contenerse, quizás por ese mismo motivo se dedicaba a molestarle. Pero ahora, ver sus llorosos ojos... Fue como darse cuenta que detrás de esa fuerte personalidad, había un lado más débil también. Era obvio, pero no cambiaba que se le hiciese extraño. Se dio cuenta que no era algo que le gustara, ver sus ojos rojos por el llanto. Era normal, prefería que ninguno de ellos tuvese que llorar.

Pero, entonces, cuando llamó y de su interior no se escuchó nada, a punto estuvo de pensar que quizás Sissi no estuviese allí. Quizás no fuese otra cosa que un deseo egoísta de escapar del dolor, pues estaba claro, al menos para él, que ella estaba allí, rodeada de una oscuridad tan honda, que por un instante él mismo se perdió. Volvió a temblar, sus manos se apretaron más entre si y luchó para mantenerse firme, al menos un poco. ¿Qué era eso? Ah, seguía siendo esa mezcla de tristeza, de dolor, de enfado... ¿Decepción? Era tan fuerte... Casi olvidó como respirar por un instante, como ahogado por un viento sin escrúpulos. No hubo respuesta y por un instante, por una breve fracción de segundos, se planteó el dar media vuelta y alejarse tal cual su instinto le exigía. La otra parte, quizás aquella más temeraria y terca, le susurraba avanzar. Y claramente, Sera hacía tiempo que había dejado de prestarle atención a su instinto. Al instinto que había hecho intentar escapar a su clan en vez de enfrentar el mal, de luchar en contra de las llamas.

Bajó sus brazos, aún temblorosos, a un lado y otro de su cuerpo y finalmente, tras inspirar hondo e intentar calmarse, dio un paso al frente, hacia la boca del lobo– Ya es suficiente –Se sorprendió cuando escuchó su propia voz, no era tan clara y firme como se sentía en realidad. Pero extendió una mano y abrió las puertas de par en par. Y por un instante, permaneció de pie, en el umbral, como golpeado por la misma oscuridad. Aquella habitación estaba hecha un desastre... Y si alguna vez había sido el tipo de lugar al cual le gustaba ir, lleno de flores y de agradable energía, ahora era la misma cueva de la oscuridad, fría y desconsolada. Casi podía sentir las plantas llorar de dolor, el mismo mármol de las esculturas de los padres de Sissi provocar un frío aún más desgarrador. Pero nada de todo aquello se comparó a la escena de la cama: a Sissi apuñalando el colchón, a las plumas blancas que se esparcían por el suelo... Por un instante, solo una fracción de segundos, por algún extraño motivo las plumas quemadas de las garzas pasaron por delante de sus ojos, junto al fuego.

¿Por qué ahora? ¿Por qué de nuevo?

Mordió su labio inferior y con la cabeza en alto, pero con las manos apretadas en un puño tan fuerte que sus nudillos terminaron blancos, avanzó hacia el frente, quedando delante de la cama. Removió sus alas casi como si fuese a perder el equilibrio y necesitara volver a balancearse. Seguía temblando con suavidad, en contra de sus propios deseos. ¿Por qué su raza seguía siendo tan débil? Pero ¿Quién no se sentiría así delante de una persona que, siempre habían visto calmada y positiva? Era como... ¡Como si el cielo se viniera abajo de golpe! Como si cualquier hilo de esperanza se tensara tanto hasta acabar roto y en el proceso, tú terminarías herido por él– ¡Ya basta, Sissi! –Levantó su voz, mucho más alta de lo usual. Sus ojos azules, fijos en ella tenían un brillo de desaprobación. Sí, lo entendía, él quizás antaño habría hecho lo mismo si su ser se lo hubiese permitido. Habría destruido, habría gritado, pero no había tenido forma, no podía ir en contra de su propio ser. Pero la entendía– ¡Escúchame! –Pronunció.

Si existen Dioses. Si Naga o Ashera realmente están observando. Nunca, jamás, van a actuar –Oh, no, eso no estaba bien. No tenía sentido. No tenía por qué decir eso, pero era horriblemente cierto, al menos, para él, no estaba culpando a las deidades aún así, oh, no se atrevería a pesar de todo– Ashera no impidió que Serenes se calcinara. Naga no impidió que los emergidos destruyan Sindhu –Por un instante miró al suelo. Quizás siquiera lo estaba escuchando, quizás simplemente estaba hablando solo, como un loco. Quizás solo estaba soñando todo aquello. ¡Oh, maldita sea todo!– Así que Sissi, la única que los puede salvar, la única que puede hacer algo por ellos, por los habitantes de Sindhu, eres solo –Su voz se quebró, lentamente, la última palabra, ese "tú" sonó tan débil, al borde del llanto, aún cuando en sus ojos aún no había rastro alguno de ello, de posibles lágrimas. Porque no habría sido correcto, no en ese preciso momento– Un nuevo hogar puede ser construido, pero las vidas Sissi... Los muertos no volverán de la tierra... Pero ellos, la mayoría están bien, está con vida, te están esperando.
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