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— ¿Puedo ofrecerte algo? ¿Una copita de cianuro?. [Social] [Priv. Gerome]

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— ¿Puedo ofrecerte algo? ¿Una copita de cianuro?. [Social] [Priv. Gerome]

Mensaje por Justine Lorsange el Dom Mar 12, 2017 7:37 pm

A paso seguro y con la barbilla en alto, la “cabeza” del castillo Lorsange se desplazaba por aquel pasillo de oscuridad impenetrable como un demonio acostumbrado a desfilar entre sombras. Traía puesto un vetusto albornoz de seda negra que antaño le perteneció a su madre, y que ahora lucía en ella sin tanta gracia. Devora Lorsange había sido una mujer de proporciones exageradas, altura envidiable (para los estándares del clan) y un hipnótico vaivén de caderas al andar que su hija se negaba terminantemente a emular, siquiera por nostalgia. Justine no podía evitar arrastrar los bordes de la prenda, que juntaba el polvo de los adoquines tras sus talones desnudos como si fuera la cola de un cuervo. Honestamente su madre había poseído un sin fin de atributos que Justine hasta el día de hoy envidiaba de manera enfermiza, pero el físico o la altura no figuraban en la lista; siempre se sintió cómoda en sus limitadas proporciones, que en más de una ocasión le salvaron la vida por no llamar la atención.

Bajo ésta prenda, además de una camisola esmeralda, llevaba un vendaje limpio y mejor hecho en el hombro izquierdo, apretando de manera correcta esa herida profunda que tantos estragos le había causado. La mujer corrió un mechón de pelo atrás de su oreja, sintiendo que el mismo aún estaba húmedo y muy pegado al cráneo. El baño había lavado por completo el maquillaje de sus labios y ojos, por lo que sus facciones infantiles lucían ambiguas y lánguidas; tenía la cara de un niño o de una niña que jamás había conocido la luz del sol.

A los nueve minutos de caminata ininterrumpida, la asesina se detuvo frente a una enorme puerta de hierro, que constaba de grabados en su superficie con criaturas horribles de colmillos tan grandes que les impedían cerrar  las fauces. Cómo ésta no tenía picaporte, Justine la empujo con su hombro sano en la unión de ambas batientes hasta que cedieron y se abrieron. La luz del fuego y el reconfortante calor que reinaba en la habitación no demoraron en pintar su piel  de un azafrán muy sutil;  aspiró profundo y concedió que el aroma de lo que fuera que se estuviera cocinando en aquel caldero le vigorizase el espíritu.

—Muy bien, tu compañega está en el pgimeg piso.–  Rompió el silencio mientras cerraba la puerta —Le deje suficiente cagne como paga que no se le ocug-a salig a explogag el castillo... – Se dio una media vuelta Pog su bien, más que nada, y pog el tuyo... que he activado las tgampas... – Justine sabía perfectamente que la criatura dormiría en una de las zonas más segura del castillo. El salón de baile no sólo estaba protegido por todas las habitaciones y los pasillos que lo circundaban, contaminados por la maligna ingeniería de su familia, sino también porque todas las ventanas que daban al exterior de la primera planta se hallaban tapadas por capas y capas de gruesas enredaderas con espinas del tamaño de pulgares. Así  que si alguien intentaba irrumpir en el castillo, podría morir un millón de maneras distintas antes de siquiera arrimarse al wyvern. —Si se gompe algo, tu lo ag-eglas antes de igte ¿Entendido?... Eso hacen los hombges ¿no?–  río con perfidia y rodeó la larguísima mesa rectangular que yacía en el medio de la cocina. Frente a ella, el fuego de una estufa leña de impresionantes dimensiones crepitaba y rugía con la fuerza de mil demonios. Las llamas superaban el metro de altura, llegando a lamer la base del caldero que estaba suspendido sobre ellas en una garra de piedra. Justine se dirigió hacía allí con paso ligero, para luego detenerse, pararse en puntitas de pie y  estirarse hasta alcanzar el cucharon de madera que había sobre el alfeizar de la chimenea.

—¿Y tu nombge es... ?–  inquirió, aunque por el tono bajo de su voz y la expresión abstraída de su cara daba la sensación de que la pregunta era más para ella que para él. Sumergió el cucharon en el contenido del caldero, removiendo suavemente el güiso espeso que estaba constituido principalmente por carne de caballo, verduras y especias varias.—Yo soy...–  Dejo el cucharon en su lugar, se dio una media vuelta y sonrió — Justine. Justine Logsange. Dueña y señoga de ésta cgipta, aunque ahoga no creo que exista título nobiliagio alguno que me sostenga...–  Chasqueo la lengua y se encamino hasta la silla más próxima, únicamente para detenerse atrás de ella y apoyar ambas manos en el respaldo. Los dedos de Justine eran enfermizamente pálidos, cruzados en todas sus falanges por delgadísimas cicatrices. —¿De dónde eges, mon ami? ¿Elibe o... es vives más allá del mag?... –  Quedo expectante, el gesto de su boca se asemejaba más a una media luna de dagas blancas que a una sonrisa de verdad.
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Re: — ¿Puedo ofrecerte algo? ¿Una copita de cianuro?. [Social] [Priv. Gerome]

Mensaje por Gerome el Dom Mar 19, 2017 2:40 pm

El joven estaba en la espera de su anfitriona. Ya había arreglado a Minerva en un lugar seguro, aparentemente. En ese castillo desvencijado. Lo había visto desde los cielos cuando llegaron a lomo de su Wyvern. Se veía que había pasado una batalla cerca aunque la estructura se mantenía casi íntegra. Nunca había notado ese pequeño lugar en mitad de la nada pero, cabe destacar, tampoco había tenido la oportunidad de volar por sobre estas tierras y visitar lugares como ese.  

La cocina en la que se encontraba era espaciosa, tenía aquella larga mesa rectangular que a él le recordaba las mesas de los comedores comunales del campamento de Ylisse. Él estaba sentado a la mesa, mirando a su alrededor. Una gran estufa a leña llamaba su atención. Había algo en un caldero que llenaba la estancia de un aroma particular, un aroma que al jinete le gustaba pero no determinaba que era exactamente lo que poseía ese líquido burbujeante del caldero. La habitación tenía varias repisas de piedra, algunas con frascos, otras con calderos más pequeños de hierro, pocillos de terracota, principalmente habían cucharones de madera y hierra colgando de clavos de hierro. Había un sinfín de juegos de cuchillos para varios tipos de cortes, desde cuchillos para cortar pan hasta cuchillas enormes que seguramente se usaron para desmembrar animales. Gerome nunca había estado en un lugar tan tétrico y acogedor a la vez.  

El calor del fuego prendido le relajaba el cansado cuerpo. Se había despojado de las partes más pesadas de su armadura, los protectores de pierna y hombros estaban junto a él en el suelo. Vestía como armamento solo sus botas, ya que debajo de los apliques metálicos de protección llevaba una vestimenta de tela negra con cuello alto, antebrazo con tela abultada y brazo aún protegido por los guantes de metal. Apenas unas decoraciones de líneas en dorado, dos líneas paralelas en la parte del pecho de su ropa, tenía. Se había desprendido de su capa también, que dobló cuidadosamente y que tenía las puntas chamuscadas por el anterior encuentro con magos. Obviamente la máscara no dejó su rostro en ningún momento pero si el pañuelo blanco que llevaba al cuello, el cual ahora tenía entre sus manos, doblándolo con cuidado.  

Escuchó la pesada puerta de la estancia abrirse. No se había puesto a fijarse mucho en los adornos de la puerta hasta ese momento. También había una puerta más pequeña que llevaba a una habitación que tendría montones abundantes de sal y demás recipientes con, posiblemente, vino y similares. El jinete nunca había estado en el mismísimo interior de un castillo, mucho menos uno tan particular. Pero lo que llamaba la atención de las puertas eran las criaturas que las rodeaban. Criaturas de portes grotescos talladas y moldeadas contra las puertas, en sus marcos. En especial la puerta por la que ahora entraba la mujer. Se veía poderosa siendo enmarcada por tal umbral, a pesar de su clara estatura menor.  

Gerome asintió, confiando en que su Wyvern estaría a salvo y bien alimentada. El hombre tenía una especie de conexión especial con Minerva, una línea directa a cómo se sentía, quizás un sexto sentido o similar que suelen tener los jinetes sobre sus monturas y viceversa. Ambos, tanto reptil como humano, habían sabido aprovechar ese vínculo. Aunque llamó su atención la mención de trampas... quizás algo extraño pero como no había visto a nadie en el castillo, siquiera un sirviente, asumió que una dama sola en un lugar así merecía tener todas las trampas asesinas que deseara. Y ese pensamiento no abandonó su mente, a pesar de estar con cierta curiosidad al respecto.  

-Minerva sabrá comportarse mansamente luego de haber peleado a su lado, no se preocupe-  

Mencionó. Y luego asintió nuevamente, con una vaga sonrisa en sus labios a la mención de reparar cosas. Hacía tiempo que no recibía un comentario respecto a tan banal tarea como reparar algo dentro de un hogar o, en su defecto, un castillo.  

-Sé bordar y coser, si de algo sirve para reparar cosas. Pero si algo llega a dañar ella, yo me ocuparé personalmente-

Si la mujer se había burlado de él con esa expresión, tal burla había pasado desapercibida por el hombre. La miró acercarse al caldero mientras respondía. El fuego que le daba calor y relajación se veía fuerte y de grandes dimensiones, curiosamente a él le seguía pareciendo acogedor, costumbrado a las grandes torres de fuego que solían haber en campamentos o... en zonas de guerra. La observó con creciente curiosidad, su postura era digna, era tan distinta que la del campo de batalla que poco faltaba para no reconocerla del todo. La miró a los ojos cuando ella se volteó y se presentó.

-Gerome y mi Wyvern se llama Minerva-

Respondió sin titubear en una voz cortés. No le llamó la atención la mención del titulo nobiliario o la ausencia del mismo pero que era señora de ese castillo, de eso no había duda. Se movía de tal forma que el castillo parecía amoldarse a ella y a sus pasos. Los dedos de ella sobre el respaldo de la silla se veían pálidos y cubiertos de marcas que demostraban una vida dedicada a la pelea, como mínimo. A su pregunta el respondió en una voz igual de concreta que antes. Su acento... su acento asumió que era el típico de Sacae pero porque nunca había cruzado ni media palabra con un habitante de aquellas zonas y preguntarle al respecto... sería imprudente, mientras él entendiera lo que dice en su generalidad, entonces no había necesidades de preguntas incómodas.  

-Ylisse, una distancia muy larga desde aquí, cruzando el mar, en efecto-  

Es curioso como nunca se molestaron en decirse los nombres en combate pero ahora que la batalla terminó y que la noche se cerró sobre sus cabezas, heridos y cansados, podían gastar ese tiempo en presentarse.  

-Una vez terminada la batalla y dejada atrás, me gustaría agradecerle su auxilio en los bosques. Probablemente Minerva y yo no hubiéramos podido manejarlo tan bien a solas, señora Lorsange-

Aprovechó en agradecer, aunque le costase admitir que la batalla estaba perdida antes de que ella llegara, aunque nunca supo su motivación.

-Pero sin sonar malagradecido... ¿Puedo preguntarle el porqué de su auxilio?-

Dejo resonar en el eco del recinto la pregunta. Sus ojos no dejaban de observarla a ella en general, a sus rasgos tiernos y su sonrisa que, en otro momento, diría que es la de un cachorro de Wyvern luego de darse una panzada de carne. Sus ojos eran más dorados que antes y se veía impedido de apartar su mirada de ellos.
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Re: — ¿Puedo ofrecerte algo? ¿Una copita de cianuro?. [Social] [Priv. Gerome]

Mensaje por Justine Lorsange el Dom Abr 30, 2017 12:43 pm

"Señora Lorsange" Justine degusto éstas palabras como si de catar un buen vino se tratase. Ya que si bien el ser la única integrante de una familia prácticamente extinta le convertía en la matriarca por defecto... encontrar a alguien foráneo que se lo reafirmase era lo más cercano al reconocimiento por meritos propios al que podía aspirar en aquellos tiempos, más aún con lo acostumbrada que estaba a sentir los besos fríos de una permanente soledad.

Entonces acentuó su sonrisa y separo las manos del respaldo —No, no suenas malag-adecido... suenas pgecavido y eso está muy bien. En los tiempos que co-gen más te vale fiagte de nada que pgoduzca sombga, mon ami...–  empezó a caminar con esa postura impecable que sólo podía reproducir en la seguridad de su castillo, rodeada de gárgolas, galimatías inscriptos en casi todas las superficies en una lengua sólo comprensible para  ella, y sumergidos en un silencio  de ultratumba provocado por el espesor de las piedras. Ella era cancerbero regente de ese oscuro panteón, la única que sabía que botones apretar para convertir cada pasillo en un infierno —Cuando los vi caeg pensé que se habían matado, pog supuesto. Es decig ¿A cuántas pegsonas conoces tu que hayan pasado pog lo mismo sobgevivan? Unos de mis tíos se mato de un golpe seco al pisagse la bagba cuando subía las escalegas... ¿Qué podía espegag entonces? – A las risas rodeo la mesa, pasando por detrás de cada respaldo hasta detenerse frente al único que estaba ocupado —Mi objetivo en ese momento fue el de ig hasta ustedes, gobagles y haceg de sus cuegpos algo más... útil. Me entiendes ¿ciegto?– Para dar énfasis al peligro de sus palabras, paso la fría yema de su dedo índice sobre esa delgada ranura de piel que dejaba a la vista el cuello largo de tela en la indumentaria del chico, como si estuviese repasando el renglón de algún libro —¡Imagina mi sogpgesa cuando descubgí que estabais vivos!... Fue menesteg un cambio de planes. Pocas cosas hay en este cochino mundo que odie más que a esos soldados... a esos... a esos "emeg-idos". Les ayude a ustedes y ustedes me han ayudado a mi... Todos felices.–

Reanudo su paso, dirigiéndose hacia el mueble ancho postrado a la izquierda de la puerta de ingreso. Un armario de madera de olivo, con un juego de seis portezuelas en la parte baja, dos repisas más arriba, y otros seis compartimentos en la parte superior a una altura a la que Justine siquiera podía aspirar a alcanzar. La asesina se arrodillo en el suelo, abriendo la segunda puerta contando desde  la derecha y estiro el brazo en su interior, extrayendo rápidamente dos cuencos hondos tallados en hueso. —Aquí nos gusta apgovechag todo lo que esté a nuestgo alcance–  Se puso de pie y busco sobre la primer repisa dos cucharones, también tallados en hueso. —La piel, los huesos, la cagne, las agmas (estén sanas o gotas), las agmadugas de metales gepujados... todo puede seg ge adaptado o acondicionado paga volveg a usagse. Sin embag-o...–  Sus ojos quedaron fijos en el escudo familiar que había tallado en el lomo de los estantes —No pienses que os he tgaído aquí paga emboscaglos. Después de vegos peleag me he dado cuenta de que vivos y en buenos tégminos conmigo sois mucho más útiles...–  Aunque el castillo escondiese en sus entrañas todo tipo de trampas que funcionaban excepcionalmente gracias a un acondicionamiento continuo, en esa habitación ambos estaban a solas... y ella, sin sus flechas, podía ser tan fuerte como un mondadientes sacándole pecho a una lluvia de piedras.

Encamino sus pasos en dirección a la enorme estufa leña, dejando los cuencos y las cucharas sobre el alfeizar. Inmediatamente busco el cucharon de madera y un trapo de cuero de caballo que yacían sobre la misma superficie. El reflejo de las llamas sobre el semblante de las gárgolas apostadas a cada lado regalaba la impresión de que estas estaban vivas, gesticulando de forma errática e independiente a lo que sucedía en torno a ellas. Gracias al hermetismo de la puerta, la completa ausencia de ventanas y a lo robusto de las piedras, la temperatura se mantenía en un incremento lento pero paulatino. Sumergió el cucharon de madera en el  caldero y  revolvió el contenido. Su sonrisa se borro de repente  —Voy a necesitag de tu ayuda. Sácalo del fuego y déjalo ahí ag-iba  Con la mano que sostenía el trapo de cuero señalo a su derecha, hacia una pequeña repisa de piedra. La verdad es que después de haber logrado detener la hemorragia de su hombro herido, lo que menos quería era extralimitarse cargando un condenado caldero y tirar todo el trabajo a la basura.

A contra luz, los ojos de la asesina resaltaban como dos brasas incandescentes, mientras que los contornos de su menuda figura vestida de negro estaban delineados por una luminosidad dorada y difusa.  
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