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[Campaña de liberación] El halcón, el zorro y el dragón de la suerte. (Lukardia, Zalanna y Nowell)

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Re: [Campaña de liberación] El halcón, el zorro y el dragón de la suerte. (Lukardia, Zalanna y Nowell)

Mensaje por Invitado el Sáb Dic 17, 2016 3:19 pm

Pocos segundos después, Nowell abrió los ojos. Un pitido constante en sus oídos escondió de él todos los ruidos a su alrededor, el escozor en su garganta lo obligó a toser para recomponerse y al inhalar sólo volvió a toser al sentir el humo colándose por el pañuelo y llenando su pecho. Unos puntos negros bailaban delante de sus ojos, desorientándolo más de lo que estaba y tardó unos pocos segundos más en sentir el calor. Cuando todos sus sentidos se activaron, casi de un brinco se puso de pie, ignorando el repentino mareo que lo atrapó.
Empujó el suelo con sus manos y con un tropezón se apartó de las maderas que ardían a un lado de él. El fuego le había chamuscado la chaqueta, sentía la piel tirante, la boca seca y estaba seguro de que esa distorsión que veía se debía a que uno de los lentes se había roto. Se los quitó de un tirón, arrastrándolo hacia abajo de un tirón y corriendo con eso también el pañuelo que le cubría la boca. Se sacudió, un par de astillas cayeron al suelo y movió la cabeza de un lado a otro mientras la urgencia subía por su espalda.
¡Focus, Nowell! Se gritó apretando los dientes y observó a su alrededor, llevándose un brazo a la nariz para evitar que el humo se colara. Lo que antes había sido una sala de estar rojiza por las llamas ahora era un desastre de maderas. Parte del techo se había destruido y donde no había madera quemándose estaba el humo negro cubriendo todo. Tenía que salir de allí rápido. Subir, buscar a la familia para saber si seguía viva y escapar antes de que todo se viniera abajo.
Con otra maldición de por medio, porque esas nunca se le acababan, se apresuró por entre el destrozo y ubicó las escaleras que ya estaban siendo consumida. La madera negra de la baranda le impidió sostenerse de ella, por lo que se apresuró a subir antes de que el fuego destrozara los escalones. Saltar no era opción si alguien estaba herido, quedarse adentro y ser devorado por el fuego no era una posibilidad; no ahora, no luego de...
Sacudió la cabeza nuevamente. ¡Tenía que enfocarse! Luego pensaría en lo demás. Llegar la primer piso del lugar le fue relativamente fácil, las llamas ascendía por detrás de él pero en el pasillo principal aún no estaban presentes. Se adentró por allí preguntando si había alguien consciente, si alguien lo escuchaba, y por entre una nueva explosión más pequeña que la anterior le pareció escuchar el grito del un niño.
Se detuvo, gritó de nuevo. La voz volvió a surgir pidiendo ayuda, estaba cerca. Nowell no dejó de llamar al muchacho hasta que pudo dar con él. Encontró la puerta donde debía entrar pero al empujar descubrió que estaba trabada por dentro, como si algo hubiese caído allí y trabado la salida. La explosión, estaba seguro de que era por las dos explosiones ocurridas. Con una maldición nueva, el consejero se alejó y sacó su tomo de magia, entre toces y respiraciones agitadas llamó a la magia que corría dentro de él. Un bloque negro se formó frente al mago y con un movimiento lo envió contra la entrada, golpeando una vez, llamando de nuevo a su magia y golpeando de nuevo hasta que la puerta pareció floja.
Nowell golpeó con su hombro dos veces la entrada y la tiró abajo. Al ingresar notó que las llamas de afuera del edificio lamía las ventanas y dentro del lugar un niño de doce años estaba tosiendo junto a su hermano, inconsciente en el suelo. Al verlo entrar, el menor se puso de pie y señaló a su hermano entre sollozos seguidos de accesos de tos. Con rapidez, el consejero se quitó el pañuelo y se lo dio al niño para que se cubriera mientras iba a atender al menor, tocó su cuello buscando pulso y encontró un latido muy débil. Eso era urgente, tenían que salir de allí.
Apenas revisó si el mayor tenía heridas antes de ponérselo sobre la espalda y sostenerlo con una mano mientras que con la otra tomaba una de las del menor.

—Mi... mi padre... —lloró el pequeño jalando de Nowell.

—Lo siento, vendré por él luego —prometió el consejero jalando de él y para salir al pasillo.

No estaba seguro de que la casa aguantaría y de que podría volver a entrar, su prioridad en ese momento era salvar a los dos pequeños. Si podía volvería a entrar, y si no... Bueno, estaba claro lo que pasaría.
Caminaron juntos por el pasillo y envió al niño a ir tras él mientras bajaban las escaleras con la mayor prisa y el mayor cuidado posible. Nowell tanteaba un poco antes de bajar, con miedo de que el suelo se deshiciera bajo su peso y con un mareo más grave a cada segundo. Estaba seguro de que era por el aire, por el humo que le entraba a los pulmones, por el esfuerzo doble que eso y el calor lo obligaban a hacer. Por la adrenalina aún no se había dado cuenta de que la parte trasera de su cabeza sangraba.
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Re: [Campaña de liberación] El halcón, el zorro y el dragón de la suerte. (Lukardia, Zalanna y Nowell)

Mensaje por Invitado el Sáb Dic 17, 2016 7:11 pm

El abrazo estuvo de más, completamente de más. No es que lo hiciera por ellos, en lo absoluto, era un tema de negocios y conveniencia. Le era favorable tener a alguien como Nowell de contacto, en especial si tenía suficiente poder como para ser reconocido por los guardias y encontrar información sobre las personas que estaba bvuscando. Zalanna era un buen reemplazo para ayudarlo, pues él no tenía intenciones de arriesgarse. Como algo colateral se haría cargo de ella y lo dejaría en paz por un momento. Si todo salía bien y escapaban de aquel desastre él podría seguir su camino sin ellos dos y contactarlos cuando lo creyera necesario ¡Era perfecto!

La muchacha se fue tras los guardias y el ladrón relajó su postura y estiró ambos brazos.

—Bien, bien, veamos...

No tenía mucho por hacer, el soldado al que el General le había dado las tareas estaba haciendo su trabajo con el entrenamiento de un experto. El muchacho sonrió de lado mientras veía cómo ayudaban a cargar a las mujeres y a los niños en las carretas y, cuando estas estaban repletas, un cochero iniciaba la retirada en dirección al enorme castillo en la lejanía. Así tenía que ser, esos niños no debían quedarse huérfanos, mucho menos por una situación como aquella.

Chistó y comenzó a caminar en sentido contrario, donde estaban los hombres. Los soldados les habían dicho que no podrían abordar los carromatos y que tomaran las armas para defenderse hasta que volvieran los viajes con los más necesitados. Ellos serían la carne de cañón y la última defensa para los más inocentes. Algunos estaban decididos pero la gran mayoría daba pena con sus rostros angustiados, sosteniendo lanzas y espadas como si no supieran que lo que tenían entre manos podía ayudarlos a superar su contratiempo. No eran soldados, pero eran muchos.

—¿Listos para la primera pelea, caballeros? —Los llamó poniéndose al frente. Por supuesto, él no tenía permiso de estar allí pero mientras colaborara ¿quién podía decirle algo? Mostró una sonrisa confiada e hizo bailar la daga en su mano—. Ya sé lo que están pensando: "Somos unos mequetrefes que solo usamos un cuchillo para untar manteca" pues caballeros, el cuchillo, clavado en un ojo, es igualmente peligroso y gracias a estas cositas filosas en nuestras manos podemos hacer algo.

—¡No me jodas! —exclamó un hombre escuálido del lado derecho, un tanto alejado. Los demás de giraron a verlo—. ¡Nos dejaron aquí como muñecos para los emergidos! ¡Vamos a morir!

Luka estalló a carcajadas.

—¡Por supuesto! ¡Qué tontos son, ¿verdad?! Hablaré con los guardias, les diré que dejen aquí a sus esposas y sus hijos para que mueran por ustedes. No se preocupen, ustedes se salvarán y ellos serán héroes. ¿Quién más está de acuerdo?—. Su tinte fue agrio, su mirada afilada y su mano libre en la cintura, relajado. Cualquiera podría decir que a pesar de sentirse despreocupado el muchacho podía ser muy cruel cuando lo quería. El silencio se presentó entre los ciudadanos presentes y nadie levanto la mano—. Eso pensé. Voy a repetirlo: ¿Listos para la primera pelea, caballeros?

Lo dijo con más fuerza, dejando su postura desgarbada por una más firme. Elevó su daga al cielo y los hombres contestaron con un bramido al unísono. Los más espantados y débiles se contagiaron de la multitud. ¡Controlar a las personas era tan sencillo!

El joven se dio la vuelta justo a tiempo para ver como media docena de emergidos se acercaban calle arriba. Los soldados se apresuraron a interceptarlos, pero también sería una buena manera de elevar la moral de aquellas nuevas tropas. No importaba la inexperiencia, cualquier ser humano era capaz de blandir un arma y matar con ella.

—Mucho mejor —canturreó en voz baja a la vez que los civiles pasaban a su lado corriendo en dirección a los enemigos, dispuestos a "ser héroes" y ganar un poco de tiempo.
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Re: [Campaña de liberación] El halcón, el zorro y el dragón de la suerte. (Lukardia, Zalanna y Nowell)

Mensaje por Invitado el Dom Dic 18, 2016 8:37 pm

Los músculos de las piernas le ardían con fiereza a la altura de los muslos. Bajó de un salto al suelo cuando se vio a unas cuadras del humo del incendio. El ambiente estaba viciado y cargado, denso. Se detuvo un instante para poder rasgar por encima del dobladillo de su remera y armar con eso un barbijo improvisado que anudó detrás de su nuca. Lista para correr los 200 metros restantes fue detenida por un dolor tajante en su costado derecho que la obligó a saltar de costado y girar.

Un lancero de ojos rojos y facción perdida volví a preparar un golpe con la lanza, aguantando la respiración y el dolor se impulsó hacia el frente contra el Emergido. Por suerte un arma de largo alcance como aquella no se hacía efectiva si se reducía la distancia al enemigo, con un movimiento rápido ajustó la navaja en su mano derecha y la clavó en ojo derecho del maldito. Empujó el filo dentro de la cavidad hasta llegar a mojar parte del puño en la sangre, la misma gravedad separó la cabeza de la navaja al cuerpo caer al suelo.

Cayó de rodillas junto a él y se miró el costado. Tenía un corte por debajo de las costillas que sangraba más de lo que hubiera querido. Maldijo y se quitó la remera, quedando sólo con las vendas ajustadas en el pecho, la cortó a lo largo hasta formar con la remera un largo pedazo que pudo anudar en torno a su cintura presionando la herida. Rebuscó entre el cinto del pantalón la bolsa de hierbas que llevaba siempre con ella y se dispuso a masticar un trozo del jengibre que Anna le había regalado.

Desesperada por haber perdido demasiado tiempo se puso de pie, vio otro emergido avanzar por la calle y procuró esquivarlo para poder seguir su camino. Lamentablemente la velocidad era menor que antes, el dolor era difícil de ignorar. Maldijo cuando el emergido casi logra alcanzarla a los pocos metros de llegar a destino, cerró los ojos lista para recibir el golpe de espada del paladín.

Cinco segundos tardó en no sentir nada. Cuando abrió los ojos el Emergido caía frente a ella con una flecha atravesada en la cabeza.

- ¡Señorita! ¿Se encuentra bien? -

- ¡S-SÍ! -Respondió automática retomando la marcha. Apenas se giró a ver al arquero de Durban para agradeder.- ¡Gracias! -Corrió unos metros más hasta ver de primera mano la casa prendida fuego, el segundo piso estaba desmoronándose por el fuego. Observó las filas de Durban y a las personas que iban alejando, a los soldados peleando a... a... ¿En qué lugar estaba Nowell? ¡Había ido en esa dirección! ¡Estaba segura!

Trotó hasta el grupo de combatientes que, alejado, reunía, protegía y despachaba a los últimos civiles de la zona. Tomó el brazo del desocupado y preguntó sin siquiera esperar que girara verla.

- El consejero real, Nowell, ¿dónde se encuentra? -Entre sorprendido y confundido se limitó a responder "sacando los civiles de la casa". Zalanna se quedó estátitca, soltándolo lentamente. El hombre no llegó a reaccionar, apenas su rostro se compuso para fruncir el ceño y cuestionarla, la Manakete ya había salido disparada en dirección a la casa incendiada. ¡Era un estúpido! Había sospechado que podía encontrarlo ahí, pero tener la seguridad elevaba las ganas que tenía de darle un buen golpe en la cabeza.
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Re: [Campaña de liberación] El halcón, el zorro y el dragón de la suerte. (Lukardia, Zalanna y Nowell)

Mensaje por Invitado el Lun Dic 19, 2016 1:13 am

Llegaron a salvo, aunque no muy sanos, a la planta baja del edificio y el consejero lideró la marcha deteniéndose cuando una madera cayó desde el techo que estaba cediendo cada vez más. Aún no había escuchado la voz del padre de los muchachos y temía que el alquimista no sobreviviera a ese incendio, pero no podía simplemente dejar a los jóvenes en peligro para ir a buscarlo. Su prioridad eran ellos.
Sacudió un poco la cabeza, sintiendo de nuevo esa molestia que picaba en la parte posterior, y continuó avanzando mostrándoles el camino. La puerta abierta frente a ellos estaba cubierta por las llamas que se asomaban por allí, entraban, mordían la madera y huían nuevamente al exterior avivadas por el aire. Nowell tosió cuanto más cerca estuvieron y animó el pequeño, hablando tan alto como podía para superar el ruido del crepitar de la madera, para que se apresuraran.
No tardaron en salir al exterior y el consejero extendió una mano hacia el menos para arrastrarlo lejos de la casa. Se detuvieron a mitad de la calle. la gente alrededor se acercó para preguntarse cómo estaban pero Nowell los ignoró. Dejó al mayor de los niños en el suelo, escuchó el sonido de su corazón y suspiró aliviado. Aún latía.

—¡Atiendan al mayor! —bramó con fuerza poniéndose de pie.

El niño más pequeño, a un lado de su hermano, lo observó con sus grandes ojos negros brillantes por las lágrimas que su cuerpo producía para expulsar la ceniza que lo cubría. Con una sonrisa tranquilizadora, el ex-pirata se sacó la chaqueta manchada de sangre y se la pasó por los hombros al niño. El calor del fuego de seguro había chamuscado mucho la piel del niño y la temperatura fría del exterior, tan repentina y húmeda, podría dañarlo.

—Estará bien —le prometió y se dio rápidamente la vuelta, dirigiéndose apresuradamente una vez más hacia la casa. Aún quedaba el padre de los niños dentro.

Tosiendo, mareado y con la garganta completamente raspada, el Consejero volvió a adentrarse en el lugar y subió las escaleras. La parte inferior sólo era una enorme sala en la cual no veía puertas y muchas de las paredes, carbonizadas, se habían caído por lo que no podía buscar a nadie allí. Arriba, en cambio, había encontrado dos puertas más que no abrió y de seguro por allí tenía que estar el padre. Lo que a Nowell le preocupaba era que ese lugar fuera en donde había ocurrido la explosión.
Sin molestarse en dar vueltas o en llamar a nadie, el consejero pasó de largo las habitaciones revisadas y se dirigió a la primera puerta cerrada. Tras abrirla encontró el suelo destrozado, una caldera caída con el interior en llamas y el metal rojizo y un hueco que daba a la siguiente habitación que tampoco había abierto. Soltó una maldición porque el lugar resultaba inaccesible y corrió a la siguiente puerta, de un empujón con su hombro logró abrirla y dentro de la habitación en llamas, con la ventana explotada, encontró a un hombre mayor caído en el suelo. El cabello entrecano del hombre estaba chamuscado, su rostro manchado de hollín y no parecía estar respirando.
Una vez más, Nowell se apresuró al herido sin darse cuenta de que el techo estaba cediendo. Con prisas, sin cuidado, intentó levantar al hombre del suelo cuando notó que él tenía el pie atrapado bajo una estantería que se había caído ante la explosión del otro lado. Jaló una vez del hombre para sacarlo pero apenas pudo moverlo, luego intentó mover el mueble pero estaba completamente trabado.
Tosió ante el esfuerzo y en su intento de tomar aire volvió a atragantarse. Ya no podía más, sentía que se quedaba sin aire, el calor lo estaba mareando y su cabeza dolía. Se llevó una mano a la parte posterior, allí donde ardía, y al tocar notó que tenía húmeda la zona. No debió mirarse los dedos manchados de rojo para saber que estaba peor de lo que había imaginado. Sonrió con tristeza. Si perdía más tiempo él quedaría atrapado y eso no sería bueno, Luka y Zalanna habían quedado solos y no podrían dar demasiadas explicaciones sobre su accionar si él moría allí.
Con un intento renovado de fuerzas volvió a intentar mover la estantería y algo crujió. No fue la madera del mueble, ni la que lo trababa ni mucho menos una tabla cercana, sino que fue justamente por sobre su cabeza. Fue el instinto lo que lo movió en ese instante y en un parpadeo se había hecho hacia atrás, apartándose mientras el techo se desmoronaba sobre el mueble aplastando más al mayor. ¡Así sería imposible sacarlo! Y, como si fuera para poco, el hombre atrapado no reaccionaba.
Nowell observó las tablas y tejas ardiendo, el humo se ascendía subiendo como una nube por el nuevo orificio y soltó una maldición. Se puso de pie, con ira, con molestia, con impotencia corriendo por él pues no podía hacer nada por el hombre. Entonces, escuchó un quejido. Volvió la mirada, el rostro impasible del hombre inconsciente estaba contraído en una mueca de dolor.

—¡La puta madre! —insultó el muchacho sin contenerse y volvió a su tarea.

Estaba vivo, el hombre estaba vivo. No podía dejarlo allí.
Sacó de su alforja el tomo de magia e invocó a sus poderes para crear los pilares de siempre. Iba a recurrir a la solución drástica. Los pilares fueron cayendo sobre la madera una y otra vez, golpeando las tablar ardientes contra las del mueble, aplastando más la pierna del mayor hasta que algo se quebró. Dos cosas se quebraron. El hombre mayor volvió a quejarse, la madera del mueble cedió y Nowell se apresuró a sacarlo. Lo arrastró hasta poder sacarlo y notó que la pierna del hombre estaba rotada en un ángulo imposible con los huesos en su lugar. Se disculpó con él mentalmente. Estaba seguro de que estar vivo y roto era mejor que muerto y calcinado.
Se puso a un lado del hombre y lo levantó pasando uno de los brazos del inconsciente por sobre sus hombros. Ahora era momento de salir. Pero, como siempre, había un detalle que no había notado: la entrada había sido bloqueada cuando el techo colapsó.
Volvió a maldecir a todos los dioses, dragones, fuerzas mágicas o lo que fuera posible maldecir. Si no podía ir por allí, lo único que quedaba era la ventana. Se volvió hacia allí, con los vidrios explotados no había barrera con la salida y simplemente quedaba poder pasar por allí, pero si hacía que el hombre herido pasara primero él podría caer de cabeza y matarse del golpe, si pasaba él antes que el inconsciente entonces podría atorarse el hombre y terminar por ahogarse.
Nowell suspiró, molesto por tener que tomar la situación drástica. Sujetó el tomo de magia con una mano, con la otra se aseguró de dejar el hombre bien pegado a él y llamó rápidamente a su magia. El pilar negro se formó delante de él y el consejero le dio la espalda, con cuidado calculó la inclinación, giró el pilar en el aire concentrándose en eso en vez del fuego que lo asfixiaba. Una vez estuvo en posición, se aseguró de poner un pie sobre la ventana y al mismo tiempo que daba un pequeño salto como para colgarse de la ventana activó su magia.
El pilar negro avanzó hacia él y lo empujó con tanta fuerza que perdió el aire, pero el envión lo ayudó a salir de la ventana arrastrando consigo al hombre inconsciente. En un reflejo, Nowell cubrió con su cuerpo al alquimista, cerró los ojos y dejó que la gravedad hiciera el resto del trabajo.
Golpeó contra el suelo de espaldas, sintió que algo crujía, que su herida ardía, se quedó sin aire de nuevo y luego no sintió nada más.
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Re: [Campaña de liberación] El halcón, el zorro y el dragón de la suerte. (Lukardia, Zalanna y Nowell)

Mensaje por Invitado el Lun Dic 19, 2016 4:46 pm

Para no ser él el que estaba peleando las cosas estaban saliendo bastante bien. A pesar de su entrenamiento nulo los hombres dieron un paso al frente y se encontraron con los emergidos haciendo el uso de sus espadas y sus lanzas como el instinto les indicaba. No que estuviera mal, cuando una persona estaba al borde de la muerte solía pelear con más ímpetu, contra los emergidos la técnica quedaba en segundo plano, lo primordial era mantener a los soldados improvisados el ánimo y la adrenalina en alto y, con respecto a eso, Lukardia tuvo una idea que se halagó a sí mismo por ello.

Como buen "mensajero de familia de nobles y dedicados mensajeros" el muchacho se la pasó yendo y viniendo mientras gritaba. Iba a las caravanas, contaba cuantas salían y cuantas quedaban, la urgencia hacía que las personas subieran a toda velocidad y los caballos se lanzaran al trote. Inició entonces una cuenta regresiva: volvía a la retaguardia del frente y anunciaba cuántas carretas faltaban para que todo aquello terminara. Escuchar los números hacía que todos, soldados y civiles, gritaran con renovadas fuerzas y volvieran a su tarea de ser carne de cañón. Él no pensaba arriesgar su vida allí adelante y, por supuesto, algunas bajas comenzaban a notarse.

Finalmente el último carromato salió pero cuando Luka llegó a anunciar que ya todos ya estaban a salvo notó que la pelea había acabado, al menos por el momento, y que los hombres se estaban reagrupando con los soldados. Sonrió y decidió dejarlo como estaba, lo que decidieran o como se organizaran ya no era asunto suyo.

Decidió regresar a hablar con el hombre que el General había dejado a cargo. Nuevos sobrevivientes llegaban pero era una cantidad que podían manejar. Gracias a la iniciativa a esa pequeña victoria más hombres tomaban las armas y el ejército improvisado había crecido un poco más. Se quedarían allí protegiendo el perímetro por lo que él fue encargado de avisar a Nowell y al general sobre el desarrollo de los eventos. Poco a poco iban ganando terreno.

Luka asintió, tomó su bolsa y la de Zalanna (que la había dejado olvidada y no iba a desperdiciar algo que se pudiera vender) y se marchó prometiendo que daría las noticias, una clara mentira, su objetivo era conseguir un caballo y marcharse de allí lo antes posible. Confiaba en que Nowell y Zalanna podrían salir juntos del problema, los quería de contactos, es verdad, pero tampoco tanto como para arriesgar su propio pellejo, tenía cosas por hacer.

Mientras corría calle abajo se preguntó dónde podría conseguir un caballo. En la huída muchos aldeanos se habían llevado los suyos y ya de por si no había una cantidad exagerada de equinos que pudieran ser olvidados o robados en un intento de salvar vidas. ¡Ah, pero momento! Él conocía a una persona que tenía un caballo olvidado. Lo lamentaba por Nowell.... no, no lamentaba nada, le agradecía por su descuido. Sus pies se pusieron en marcha regresando al sitio donde todo había comenzado.
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Re: [Campaña de liberación] El halcón, el zorro y el dragón de la suerte. (Lukardia, Zalanna y Nowell)

Mensaje por Invitado el Mar Dic 20, 2016 5:45 pm

Siquiera tuvo que preguntar por el consejero, apenas unos segundos después de plantar los pies frente a la casa en llamas, el inconfundible cuerpo de él salía disparado por una de las ventanas del piso superior. Ni el shock ni el cuestionamiento pudieron dejarla quieta. A pesar de que todo comenzó a pasar para ella en cámara lenta, de que su cerebro y oídos parecían cubiertos en algodón, de que sus ojos sólo distinguieran el cuerpo tendido de Nowell en el suelo y reconocieran al instante una herida abierta en su cabeza, a pesar de que la sensibilidad en sus extremidades se reducía a un hormigueo constante, tardó sólo unos segundos en llegar junto a él. Se agachó para poder tomarlo entre brazos, pero contrario a bajar como se suponía: subió.

Comenzó a gritar y forcejear, estirando las manos hacia él. No fue hasta que dió con algo contundente en su codo que giró la cabeza y comprendió: primero, que aquello que había golpeado era la nariz ahora rota de un hombre; segundo, que ése hombre era un soldado de Durban alejándola de Nowell.

Algo que no llegaba a ser procesado por ella era todo el griterio del ambiente. Todas aquelas voces entre cantos de victoria, instrucciones y pedido de refuerzos quedaban perdidas, lejanas y hundidas en agua. Se sentía estúpida por no verse incapaz de hilar una oración, sólo balbuceaba viéndose impotente mientras el rostro se le llenaba en lágrimas. Entendía la mirada preocupada del soldado y asumía que estaba preguntando cómo se encontraba, pero darlo por sentado sería estúpido. Realmente no lo escuchaba y mucho menos podía responder.

Se encontró siendo arrastrada hacia una carreta de auxilios civil. La ingresaron y la sentaron en una de las camillas, como ella aún forcejeaba por oponerse y zafarse para salir, acabaron atándola de las muñecas y finalmente de los talones, disculpándose antes de ingresar un niño junto al adulto que había volado con Nowell desde la edificación. No perdió de vista al consejero, las pocas fuerzas que ya no podía usar para tironear, estaba enfocándolas en no perder de vista el más mínimo detalle de cómo lo transportaban a una carroza diferente, una con el sello real. Quería gritarles que le cuidaran, quería gritarle a él que la esperara, pero antes siquiera de poder intentarlo las puertas de la carreta se cerraron vendándole los ojos.

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Afuera, los empleados de la Corona recibían una atención preferencial del Castillo. Las carretas eran más amplias y con médicos de élite que trabajaban en el mismo vehículo en el trascurso al castillo con la idea de estabilizar, adelantar curaciones y diagnosticar a los soldados aprovechando el tiempo. Con cinco espacios cada una esperaban a llenarse antes de partir a destino. A la par trabajaba una carreta muy diferente que se encargaba de los decesos.

Con la situación de los emergidos contenida y la zona despejada, los soldados ahora sólo ayudaban a las carretas auxiliares, se organizaban para reparar daños y contener a los civiles restantes.

El vehículo auxiliar que llevaba a Nowell era el último en hacer la ronda de levantamiento, deteniéndose como última parada en la concentración de evacuados. Se detuvo frente a los soldados que habían organizado la última contención y ahora asignaban heridos y bajas a las carrozas que correspondieren. El General a cargo del soporte en el incendio de calles más arriba, descendió de un salto de sitio junto al conductor, el mismo General que había corrido a asistir por consejo y pedido del Noble Lukardia Von Celes, preguntando si quedaban heridos de la armada a quienes llevar.
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Re: [Campaña de liberación] El halcón, el zorro y el dragón de la suerte. (Lukardia, Zalanna y Nowell)

Mensaje por Invitado el Miér Dic 21, 2016 4:40 am

Cuando volvió a abrir sus ojos sintió que su cabeza iba a explotar. Era diferente a la primera vez dentro de al casa en llamas, esa vez no podía culpar a nada en el aire o en la temperatura de su estado, esa vez era simplemente su cabeza que parecía querer matarlo. Respirar le costaba un poco, a cada inspiración y exhalación sentía que todo su interior ardía, pero el mismo tiempo sus pulmones estaban aliviados. Sin embargo, ante cada movimiento del suelo, sentía su cuerpo molesto y tenso.
Momento, el suelo no se mueve, no a no ser que haya maremotos o terremotos o... que no estuviera en el suelo. Cuando su mirada se enfocó notó que no estaba manteniendo los ojos cerrados o tenía la cabeza tapada, sino que sobre él había un techo y que lo que se movía era todo a su alrededor, no solamente el suelo. Con un quejido que pareció un siseo, volvió su cabeza a un lado para poder observar lo que sucedía y notó que cerca de él había un soldado recostado en el suelo de la carreta. Notó que iba en un transporte por el ruido de los cascos de los caballos y el traqueteo de las ruedas, por la forma de las cosas dentro y porque era la única explicación posible. Pero, si estaba en una carreta: ¿qué había pasado?
Para empezar, ¿cómo había llegado hasta allí? Recordaba haber vuelto a entrar en la casa del alquimista para buscarlo, encontrarlo y tener que casi destrozarle una pierna para sacarlo de donde estaba y luego nada. Apretó los parpados con fuerza intentando hacer memoria y eso provocó que su cabeza le diera una puntada a modo de regaño, como diciéndole que no era momento para eso. ¡Pero lo era! ¿Cómo demonios había terminado de nuevo inconsciente si...? Ah, era verdad, se había lastimado la cabeza y lo había notado mientras intentaba sacar al alquimista. Recordaba sus dedos manchados de sangre.
Con un esfuerzo monumental, elevó lentamente una de sus manos y la observó. En la penumbra dentro de la carreta notó que sus dedos estaban manchados. Bueno, eso explicaba una parte de todo aquello. De seguro se había desmayado dentro de la casa en llamas. Dejó caer su mano sin fuerzas y esta golpeó contra las tablas de madera. No, si se hubiera quedado allí estaría muerto, ¿verdad? ¿O acaso alguien lo había sacado? No, no, si es que acaso tuvieron que ir a por él eso significaba que el alquimista... ¡Pero le había prometido al niño que sacaría a su padre!
Aquella simple idea de haber fallado le produjo un retuerzo de culpa en el estómago y en un impulso imprudente intentó sentarse, pero ante el mínimo movimiento su cuerpo cedió evitando que hiciera tonterías. El estrépito de su espalda chocando contra el suelo alertó a una persona que rápidamente se acercó a él, se trataba de un hombre que de seguro lo superaba en edad y estaba vestido con ropas blancas que lo identificaban como uno de los sanadores de turno para aquel desastre.

—Alto ahí, Consejero —le advirtió llegando a su lado—, será mejor que te quedes quieto. Saltar desde una ventana no es una idea muy original, ¿sabías?

Nowell lo observó con un gesto de extrañeza mientras lo obligaba a acostarse boca arriba de nuevo. ¿Saltar desde...? Ah, eso. Bueno, técnicamente no era saltar; pero seguía siendo la misma tontería. Podría haber hecho muchas cosas diferentes, elegir otros caminos, buscar otras soluciones pero con tantos puntos en contra y su cuerpo al límite admitía haberse dejado llevar un poco por el pánico.

—Tenía que asegurarme de que no podía volar —bromeó con muchas ganas y a pesar de eso el médico rió un poco.

—No te pases de listo, te has salvado de suerte.

Eso no era exactamente lo que a él lo importaba. De hecho, su salud le traía bastante sin cuidado cuando tenía que poner la de otros por delante. ¡Vaya! Eso sí que era ser blando, y pensar que él siempre había sido un tanto más hosco con las personas y de no meterse. ¿Qué le estaban haciendo esas Islas a su carácter? Suspiró.

—¿El alquimista y el mayor de los niños? —Su pregunta dejó callado al médico.

—El mayor de los hijos del alquimista está bien, aunque a su padre no pude verlo demasiado pero tiene posibilidades de sobrevivir —le confirmó para alivio de Nowell—. Sin embargo, es posible que su pierna quede mal.

Eso ya se lo imaginaba.
Cerró los ojos, cansado todavía, con el cuerpo pidiéndole descanso a pesar de que su mente seguía en alerta. Aún podían sufrir el ataque de un emergido, aún podían pasar muchas cosas malas, pero sabía que preocuparse era en vano puesto que no podría hacer absolutamente nada estando como estaba. De hecho, era probable que su tomo de magia hubiese quedado dentro de la casa y eso lo dejaba todavía más indefenso. Cualquier enemigo que atacara en un momento así lo destrozaría.
¡Y Yuuko también lo destrozaría cuando lo viera así! Entre el problema del día anterior con Luka y Zalanna y lo que acababa de hacer, era un milagro si salía vivo. ¡Cierto! ¡Luka y Zalanna! Allí tendría dos personas que lo querrían asesinar también, cuando la manakete se enterara de la tontería que había hecho no podría buen rostro -le era fácil imaginarlo- y el zorro... bueno, por alguna razón suponía que le diría que era un idiota o un chiflado y usaría eso en su contra por el resto de su vida. En su imaginación, la reacción del ladrón era la más sutil de todas.
Pensar en ellos lo llevó a más preguntas, después de todo no sabía si habían llegado bien a destino o qué había ocurrido y no podría ir a verificarlo, así que sólo le quedara una cosa:

—Doc —llamó al sanador y cuando este dio a entender que le estaba prestando atención con un sonido, pues el Consejero tenía los ojos cerrados y por tanto no lo veía, prosiguió—, hay dos muchachos que venían conmigo a quienes envié a los refugios.

—¿Quieres que contacte con ellos? —Nowell asintió—. ¿Cuáles son sus nombres?

—Luka y Zalanna —murmuró sin mucha energía el Consejero—. Luka es un muchacho de cabello largo y... simpático —dijo sin saber si la elocuencia del muchacho podía ser catalogada así realmente o si acaso esa descripción era suficiente para explicar algo sobre el muchacho—. Zalanna es una muchacha bonita, de cabello verde —explicó ya casi balbuceando. Sentía cómo su cuerpo pedía reposo y quería apagarse.

—Te avisaré su estado cuando me informen.

—No —sentenció Nowell—, si están bien, llévelos donde yo esté.

—Pero...

—Yo me haré responsable.

Sin necesidad de ver el rostro del sanador Nowell  supo que su afirmación y su estado no coincidían, que más que darle seguridad al médico lo estaba dejando peor y que nadie le creería nada estando herido y magullado como estaba. Sin embargo, cuando abrió los ojos para observar el rostro del hombre, notó que sus ojos amables estaban puestos en él y que asentía con suavidad.
En respuesta, Nowell sonrió con tranquilidad.
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Re: [Campaña de liberación] El halcón, el zorro y el dragón de la suerte. (Lukardia, Zalanna y Nowell)

Mensaje por Invitado el Dom Dic 25, 2016 2:15 pm

A pesar de que ya no quedaba mucha gente por el lugar y que habían evacuado todo el edificio se alegraba saber que la yegua de Nowell continuaba en las caballerizas con otro caballo abandonado más. En las calles continuaban yendo y viniendo los guardias y se escuchaban explosiones y todo tipo de ordenes y llantos, pero al menos los emergidos habían reducido en número y los pocos  que se había cruzado en su trayecto por las calles estaban ya controlados o distraídos peleando con alguien. Luka no tenía tiempo ni para ayudar ni para irrumpir y aparte ¿por qué lo haría? Regresar había sido así de sencillo y agradecía todos sus años en la calle por permitirle tener un buen sentido de la orientación y no perderse.

Abrió la puertecilla del establo, tomó las bridas y volvió a agradecer a su suerte por encontrar al caballo con el bozal y la montura ya preparadas. Ató a un lado y al otro del animal su bolsa y la de Zalanna, haciendo contrapeso en ambos lados y montó al caballo de un solo movimiento.

—Bien preciosa, hagamos un trato. Yo te saco de este hoyo de la muerte y tu me llevas a donde yo quiero.

Apretó con sus piernas haciendo un movimiento. La yegua dejó de pastar la hierba seca del suelo y se movió un par de pasos, pero se detuvo y relinchó. Lo intentó de nuevo, pero no hizo caso. ¡Lo que le fataba! un caballo tan tozudo como su dueño.

—Bien, haremos esto de mala manera

Desenfundó una de sus dagas, única cosa útil que tenía a mano, y con la parte plana de la hoja le dio un fuerte golpe en los cuartos traseros. El animal se asustó, corcoveó y se impulsó hacia adelante con una corrida, haciendo que el ladrón tuviera que usar toda su fuerza de piernas para no caer por el movimiento.

Salieron de las caballerizas, Luka la hizo virar calle arriba, saltaron un cuerpo destrozado y continuaron por la calle empedrada. No tenía mucha velocidad, pero era notable la fuerza que imponía el animal en cada trote, se notaba que era apto para largas distancias.

Pasaron junto algunas carretas, una de ellas con un símbolo distintivo que Lukardia no conocía, y continuaron adelante. Dejó al caballo tomar el camino que deseaba cuando, sin indicárselo, llegó un punto en el cual dobló a la izquierda sin perder el ritmo.
"Este animal sabe el camino hacia algún lado" se dio cuenta el muchacho y lo dejó estar, de todas maneras no conocía Durban lo suficiente como para tener un destino, su prioridad era salir de allí con vida, encontrar un sitio y prepararse para continuar con su búsqueda cuando las cosas se calmaran.

Su rostro fue impagable cuando finalmente el animal se detuvo. Observó hacia arriba la enorme estructura que se plantaba frente a él. Estaban frente al castillo, al parecer el recadero no había mentido cuando le dijo que trabajaba para la gobernante del lugar pero, nuevamente, ese no era un lugar para él. En realidad, tenía que alejarse de allí lo más posible.

Volvió a tomar las bridas y a tirar, logrando que el caballo, tal vez más cansado, diera la vuelta, resoplara, y comenzara a caminar al paso en dirección opuesta. No quería preguntar si tanto Nowell como Zalanna se encontraban bien. No sabía si estaban allí siquiera si estaban vivos, era mejor así, cada uno a su vida como correspondía. Había sido bueno conocerlos de todas formas, eran encuentros que él disfrutaba mucho.

—¿Es usted Lukardia? —El guardia que se puso frente a su caballo (en realidad de Nowell pero detalles) lo sorprendió con los pensamientos en otra parte y la guardia baja, haciendo que reaccionara demasiado tarde— ¡Lo sabía! Usted es el mensajero que nos ayudó en el puesto de avanzada. Tiene que venir conmigo, son ordenes.

El soldado tomó al caballo de una de las correas en su cabeza y lo empezó a dirigir nuevamente para el interior del castillo. Era demasiado tarde para negarse o para decir que estaba equivocado, pero su mente entró en pánico, aquello no estaba en sus planes.

—Oye, espere soldado. Soy un mensajero muy ocupado y con todo este alboroto aún tengo mucho por hacer, ordenes de Nowell, no puedo dejarlas de lado.

—Oh, no se preocupe, fue el mismo Nowell el que pidió por su presencia. Dijo que lo llevaramos inmediatamente con él.

El ladrón pestaneó un par de veces y soltó una maldición en voz baja que gracias al ruido circundante el soldado no pudo escuchar. ¡Sabía que no tenía que relacionarse con ellos! Lo tenían bajo la mira y no le permitían marcharse, había caído en la trampa más básica de todas y no podía hacer nada pues, al final del día, no tenía ninguna clase de influencia sobre nadie más allá de la actuación y las mentiras. Era la primera vez en mucho tiempo que se sentía frustrado, enojado, y con ganas de hacerle una maldad al estúpido del recadero. Tenía ganas de bajarse del caballo, abandonar todo y salir corriendo, eso era lo que su instinto le decía que hiciera. Pero esa vez la parte racional tenía razón: Estaba en una puta isla ¿cómo demonios iba a escapar sin que lo encontraran?

Maldijo su mala suerte y se dejó guiar en silencio, como un niño enfurruñado. No había mucho más que pudiera hacer.
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Re: [Campaña de liberación] El halcón, el zorro y el dragón de la suerte. (Lukardia, Zalanna y Nowell)

Mensaje por Eliwood el Jue Ene 05, 2017 1:46 am

Tema cerrado. 110G a cada participante. (Ya que el tema es parte del registro para support B y no posterior, no obtiene bonos adicionales.)

Nowell ha gastado un uso de su tomo de Ruina.
Lukardia ha gastado un uso de sus dagas de bronce.

Cada uno obtiene +2 EXP.
Afiliación :
- LYCIA -

Clase :
Great Lord

Cargo :
Marqués de Pherae

Autoridad :
★ ★ ★

Inventario :
Vulnerary [1]
Dagas de acero [4]
Espada de acero [4]
Katana de bronce [3]
Gema de Ascuas
.

Support :
Marth
Lyndis
Nils

Especialización :

Experiencia :

Gold :
3197


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Re: [Campaña de liberación] El halcón, el zorro y el dragón de la suerte. (Lukardia, Zalanna y Nowell)

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