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[Campaña de liberación] Puertas doradas del alma [Sion-Pebb]

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[Campaña de liberación] Puertas doradas del alma [Sion-Pebb]

Mensaje por Invitado el Lun Nov 14, 2016 9:50 pm

-Urgh…- me quejé queda mientras me limpiaba las comisuras de los labios luego de haber devuelto aquella asquerosa sopa de quién-sabe-qué-bicho-del-mar. La luna como un espejo de plata, bruñía las aguas quietas de los mares que rodeaban Durban. Luego de mi paso por Hatari, sentía que algo dentro de mi había cambiado. No solamente sentía que carecía de algo esencial dentro de mí, algo que todos los otros, no-emergidos, tenían y que yo debía encontrar. Sino que me percaté de lo poco que sabía del mundo pese a mi medianamente lucrativo trabajo de espía. Era como si la mitad de mi vida que había vivido fuera de las cuatro paredes en aquella choza del marquesado, habían estado supeditados a una visión borrosa, como si durante años hubiera llevado una venda que selectivamente me dejara ver lo necesario para mantenerme a salvo y sin hambre.

Menuda espía aquella, que no conocía la verdadera miseria, el dolor en carne propia en el campo de batalla, los gruñidos de los emergidos a flor de piel. Si quería ver todo y no perderme nada debía viajar, abrir mis alas y vivir con mi odio, no dejarme consumir por él. Podía sentir como poco a poco la magia oscura crecía dentro de mí y se volvía más fuerte. De lo que no estaba segura era de mis propios límites. Aunque esa preocupación era mínima. No había ni una sola alma viva diera ni medio gold por mi y lo mismo sucedía a la inversa. Lo que en verdad me mantenía en vela durante las noches, desde que comencé mi viaje era esa perversa nausea producto del movimiento del mar. Más de una vez pensé en tirarme por la borda y seguir nadando hasta la primera piedra que encontrase, pero aquella era una idea realmente tonta.

En mi afán por alejarme de las logias turbias y oscuras de lo más bajo de Begnion, decidí continuar mi camino a través del agua. Lo que jamás sospeché era lo mal que podría sentarme el suave arrullo de las olas del mar sobre la dura resistencia que ofrecía la veloz embarcación. Los espasmos cada vez menos violentos y más espaciados en el tiempo, me permitieron levantar la vista hacia el cielo nocturno. -Oh…¡¿por qué?!- dije casi a voz de grito cuando por fin la obviedad de la tormenta que se estaba formando me golpeó en la cara. -Eh, ¿qué pasa?- preguntó un marino subiendo a cubierta alarmado por mis alaridos y encontrando rápidamente en mí la fuente de tan penosos sonidos. En mi defensa solamente pude señalar al cielo justo antes de que una nueva oleada de náusea casi me sacara por la borda.

El marino impidió que cayera al vacío justo a tiempo, me tomó de un brazo y me condujo al mástil principal. -Aye, cuando estés mejor entra por la trampa- dijo señalando hacia la oscuridad tan conocida. Había estado allí debajo durante semanas enteras antes de que el capitán mismo me obligase a tomar algo de aire fresco. Asentí una vez y aprovechando un solo instante de claridad me lancé al vacío donde me aguardaba un piso suave y mi conocido camarote. Al tocar el suelo escuché claramente las carcajadas del viejo marino. Algo en su semblante siempre me había parecido distinto, él era uno de los pocos que no había sido diezmado por mi sola presencia. Parecía que a su alrededor había un aura tan espesa que apostaría que ni siquiera pegándole físicamente con mi tomo de ruina podría traspasarlo. Pero ahora creía entender por qué: sus ojos, a la luz de la luna tenían un destello místico. Tenía que ser uno de ellos… un Laguz.

* * *

ESTABA TOTALMENTE segura de que no había forma de que volviera a subirme a una de esas embarcaciones infernales en el resto de mi vida. La última noche había sido por lejos la peor, tal vez por mi impaciencia por tocar finalmente puerto o tal vez por la tormenta, o simplemente la presencia conocida de uno de sangre pura… no lo sabía, pero tampoco estaba dispuesta a corroborarlo de alguna otra forma. Me bajé en el primer lugar donde el barco ancló y ojee con mucho interés la distancia entre el conglomerado de islas que conformaban Durban. Ciertamente, siendo mi primera vez allí tenía mucho que admirar y dado que no había tenido mucho tiempo para prepararme durante la larga travesía, ahora todo parecía sentirse más fuerte, vívido y hermoso.

Sabía que no estaba en la isla principal, pero bastante cerca. Tenía entendido que eran muy rigurosos con eso de la seguridad por aquellos lares, pero no esperaba que de hecho fuesen tan eficientes y proactivos. Luego de verificar mi procedencia, el dominio de la magia y que no portaba armas además de mi usado tomo, me facilitaron una especie de moneda de latón bastante curiosa. Tenía gravada una mariposa que probablemente era un trabajo muy detallado, pero esos bichos no me gustaban en lo absoluto, ni siquiera en pintura, mucho menos una alegoría de ellas en mi bolsillo. Suspiré, arqueé una ceja en desagrado y la guardé como si fuese mi objeto más preciado.

Al igual que Hatari, esas tierras también estaban siendo martirizadas por los emergidos. El mercado hablaba, las calles susurraban, se podía respirar la tensión incluso entre la muchedumbre. Me compré una hogaza de pan y algo de cerveza fría. Mientras disfrutaba de los alimentos observé a un grupo de jóvenes –de unos quince o dieciséis años- haciendo de las suyas. Se encontraban escondidos tras unos arbustos a un lado del sendero, sus espaldas hacia mi posición. Aguardaban en silencio y cuando alguien pasaba hacían algo que espantaba a las personas y por lo que ellos se reían. ¿Ladrones? me pregunté con cierta curiosidad. Tenía entendido que las islas en las que me encontraba eran bastante… “sensibles” con el asunto de respetar el orden, por lo que la situación me pareció de lo más curiosa. Digna de ser observada.

Al cabo de varias pruebas más comprendí de qué iba el asunto; se estaban haciendo pasar por emergidos. Ciertamente eso no me parecía muy chistoso ni mucho menos inteligente, pero por el momento no tenía nada más que hacer. Cuando me aburrí decidí buscar una posada para pasar la noche. No es que fuese tarde, pero quería descansar en una cama que no se moviera por una vez en varias semanas. Estaba decepcionada de no haber visto a ninguna autoridad en los alrededores, pero tampoco era como que aquello me fuese a quitar el sueño.

El sendero tenía suficientes árboles como para bloquear lo suficiente el sol y poder quitarme los pañuelos, pero al igual que hacía siempre en un lugar desconocido, decidí mantener mi rostro en el anonimato. Tal vez fue esa decisión la que detonó los sucesos siguientes. Una madre casi histérica, un par de niños llorando a su lado. Guardias a su alrededor tomando su declaración y otros buscando en los alrededores. De pronto, yo era la única que estaba siendo rodeada y amenazada con distintos tipos de tomos por una fila de ojos imperturbables y demandantes.

-Descúbrase el rostro y muestre las manos. ¡Queremos ver su emblema!- ordenó uno.
-Kukuku…- no podía contener mi risa, aquello era hilarante y poco menos que hiriente. Unos mocosos hacían estragos e iban por la única persona con el rostro cubierto. Mi actitud no era exactamente positiva… por lo que la guardia amenazó al unísono y de forma tácita. Lentamente solté uno y otro pañuelo, que cayeron al suelo con suavidad. No quería ver sus expresiones ¿Para qué? habría asco, miedo, repudio, odio… en cambio fijé mi vista en una figura que parecía de altura –y no solamente física- ojos dorados y el cabello más hermoso que hubiese visto jamás.

Mantuve mi mirada en aquellos orbes hipnotizantes, como si fuesen un ancla hacia una realidad paralela, un lugar donde los branded no fuésemos la escoria de la sociedad. Esperaba con arrogancia y resignación cualquier castigo que estuviesen pensando en aplicarme por estar en un mal lugar durante un mal momento.
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