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[Campaña de liberación] [Flashback] La teoría de los fuegos artificiales [Priv. Sindri - Rem]

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Re: [Campaña de liberación] [Flashback] La teoría de los fuegos artificiales [Priv. Sindri - Rem]

Mensaje por Ram de Montmorency el Mar Sep 12, 2017 5:06 pm

¿Ínfulas de bravuconería? Ram tuvo que esforzarse por contener las ganas de replicar. No tenía sentido tratar de discutir con un bibliotecario tan obcecado por su propia magia corrupta. Hablaba como si la Oscuridad fuese un ente vivo al que hubiese que temer. ¿Que la magia arcana estaba más allá de la comprensión humana? Simples paparruchas de un joven con la mente carcomida. Sus orígenes podrían ser contradictorios e inciertos, pero la doncella estaba convencida de que a diferencia de la luz, del fuego, del viento o del trueno, la Oscuridad no era más que un elemento impuro y defectuoso, imposible de hallar por sí solo en la naturaleza, y que se nutría gracias a las almas de hechiceros insensatos dispuestos a ofrecer las suyas. Así pues, la sirvienta mantenía la convicción de que la magia arcana no era nada más, ni nada menos, que una quimera nacida del ansia de poder de los hombres. De ahí que fuese tan inestable y peligrosa, aunque terriblemente efectiva en combate. Poco importaba que el bibliotecario pareciese empeñado en darse aires de profesor e intentase ilustrarla con mentiras. Ram tampoco pretendía cambiar su opinión. No era una ignorante, y tenía más motivos que nadie para aborrecer la Oscuridad.

El joven, sentado todavía sobre su silla, continuó hablando. El tono de su voz y sus palabras dejaban entrever que disfrutaba de la situación, como si creyese que tenía total y pleno control sobre todo lo que estaba aconteciendo en la biblioteca. La soberbia imagen que proyectaba en esos momentos distaba tanto de la primera impresión que le había dado cuando actuaba como un inocente y parlanchín empleado, que Ram dudaba de si se encontraba frente a la misma persona. Esto reforzó su convicción de que en realidad, toda aquella pantomima de antes no había sido más que una mera actuación para confundirla.

Decía que la magia de ánima era limitada y segura si se comparaba con la oscura. La doncella se mordió el labio al escuchar eso. Odiaba que su interlocutor subestimase el potencial que ella atribuía a sus poderes, pero una vez más, se contuvo de caer en las trampas conversacionales del brujo. La realidad era que ella permanecía de rodillas en el suelo, mientras que él seguía soltando altivos monólogos destinados a engrandecerse a sí mismo. Sin embargo, el nombre con el que éste anunció que empezaría a llamarla a partir de ese momento, le gustó tan poco que no pudo evitar protestar.

Por vuestro bien… —empezó a decir imitando la manera de hablar del bibliotecario—. Os aconsejo que me llaméis por mi nombre: Ram Amelia Isabella de Montmorency.

Se percató tarde del detalle de que una vez más había empezado a hablar con esos formalismos tan típicos de la servidumbre, usados a diario en el oficio de criada. Culpa de sus buenas costumbres, tan inmerecidas por alguien como el joven mago oscuro. Tampoco pretendía retractarse después de haber cometido una equivocación como aquella. Hacerlo la haría parecer aún más diminuta frente al empleado, por lo que decidió que seguiría refiriéndose a él de la misma forma de ahí en adelante. Tan solo esperaba que éste dejase de hacer tantas mofas, y que no malinterpretase la situación creyendo que en realidad le profesaba algo de respeto por haberla derrotado.

Por otra parte, la reacción del joven al ver cómo el trozo de pergamino que le había quitado ardía hasta convertirse en cenizas desconcertó sobremanera a la doncella. Tamaña actuación podría garantizarle sin duda el primer puesto en un concurso internacional de sarcasmos. Mas su insolente actitud garantizaba que en realidad no había notado nada extraño en el conjuro escrito, ni siquiera los innumerables y confusos garabatos en lenguaje antiguo. Ram se negaba a que sus secretos cayesen en manos de terceras personas, sobre todo si éstas eran magos oscuros, por lo que se contentó con sonreír desafiante. No importaba que su interlocutor se creyese ganador, pues ella tampoco había perdido. Su investigación estaba a salvo, y era completamente capaz de escribir cientos de pequeños pergaminos idénticos o aún mejores que ese que acababa de perder. Lo que de verdad le preocupaba, en cambio, era que ahora se encontraba indefensa, y no podría hacer más magia a menos que consiguiese un libro o artefacto apropiado con el que poder canalizar de manera adecuada sus poderes. Mas por fortuna estaba en una biblioteca. Quizá hubiese cerca alguna sección de la que pudiese extraer un volumen si se daba la emergencia.

Al escuchar la opinión de Ram con respecto a los emergidos, el bibliotecario se levantó por fin de su asiento. Parecía complacido por la respuesta que ésta le había dado, y se acercó alegremente al cadáver de Regulus.

Los emergidos no hacen daño a nadie por hacerlo. Siempre tienen un motivo para atacar —se explicó.

Ram tenía una mente despierta y curiosa. Así que los misterios de la aparición de los emergidos, así como sus patrones de comportamiento, no habían pasado desapercibidos para ella. De vez en cuando le gustaba informarse acerca de los últimos movimientos de éstos, pero por desgracia, los datos al respecto escaseaban tanto que prefería dedicar la mayor parte de su tiempo libre en estudiar magia, en vez de preocuparse por indagar en lo indagable. Opinaba, sin embargo, que aquellas criaturas de aspecto humano hacían algo de bien en el mundo: su amenaza fomentaba la unión y forja de alianzas entre reinos que antaño preferían malgastar sus recursos y riquezas en guerras que no llevaban a ninguna parte. Todo esto a costa también de innumerables vidas inocentes, pero a Ram no le gustaban las personas de todas formas.

El bibliotecario siguió haciendo bromas una vez encontró el manojo de llaves que el emergido abatido había intentado llevarse. La doncella endureció su mirada en cuanto escuchó aquello de la “llave de mi corazón”, y no se suavizó hasta oír que había una zona restringida. El joven razonó en voz alta que la única manera de asegurarse de que no habían accedido emergidos a dicha área de la biblioteca era entrando en ella. Por primera vez, Ram tenía que reconocer que aquella lógica era aplastante, principalmente porque ella también quería echar un vistazo a esa “zona restringida". Aunó fuerzas para incorporarse de nuevo, y avanzó hasta ponerse al lado del mago oscuro.

Desde luego que me apunto a esta excursión —dijo con cierto brillo de emoción en sus ojos—. Pero exijo que dejéis de llamarme Candela ahora que sabéis mi nombre.
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Re: [Campaña de liberación] [Flashback] La teoría de los fuegos artificiales [Priv. Sindri - Rem]

Mensaje por Sindri el Vie Sep 15, 2017 11:39 am

Sindri suspiró para sus adentros, tratando de adivinar de alguna manera u otra lo que estaba pasando por la cabeza de la mujer. Su gélido semblante no daba absolutamente ninguna pista más allá de una mirada severa que podría compararse a la de cualquier maestra de escuela mal pagada ante un alumno díscolo. El bibliotecario no encontraba en aquella sirvienta nada más que un silencioso aire de desdén, ignorando absolutamente sus avisos sobre la Magia Arcana, la más poderosa de las magias y ante la que la Magia de Ánima no podía hacer otra cosa que inclinarse. ¿No podía aprender ella algo de la magia que empleaba y reconocer el lugar en el mundo que le habían reservado? Tal posición ante la Oscuridad no hacía más que hacerla parecer una sabelotodo ante el Mago Arcano, quién conocía de primera mano los riesgos a los que se sometía.

La Oscuridad era mucho más poderosa, y antigua, de lo que cualquier persona pudiera concebir en su limitada mente. Era una verdadera némesis de la razón. Sindri había intentado profundizar más en la Oscuridad más allá de la magia que ofrecía… pero era imposible. No importaba cuanto descendiera, cuanto aprendiera o las novedades que descubriera: ante él siempre quedaba un mar de sombras, cuestiones y preguntas esperando que continuase. Deseando que continuase. Casi provocándole para que lo hiciera. Pero en el fondo de su ser lo sabía: no era más que algo insignificante jugando con un poder que escapaba a su entendimiento y que seguía vivo porque o bien había caído en gracia a la Oscuridad o ella no se había percatado de su presencia. Y no sabía cuál de las dos perspectivas era más aterradora. El hecho de estar en la cuerda floja y poder caer en cualquier momento o qué sucedería si Los Poderes Más Antiguos fijaban su atención en él.

Tuvo que reprimir un escalofrío. El conocimiento era una carga cruel que llevar, incluso el que traía el ínfimo intento de ver el mundo entero a través de un cerrojo.

Empleó toda la fuerza de voluntad que pudo encontrar en su cuerpo para desviar su consciencia de los oscuros pensamientos sin respuesta y analizó el pedacito de información que le acababan de otorgar – Ram Amelia Isabella de Montmorency. – repitió en voz alta para sí mismo. La primera cosa que le llamó la atención no es que su madre hubiera decidido darle tres nombres, no, sino que tuviera un apellido. ¿Apellidos? Esos eran para los nobles o gente de postín, lo que quería decir que la sirvienta o bien tenía tras de sí una dinastía o acababa de inventarse cuatro nombres al momento. El muchacho dudaba cuál de las dos era y si la mujer que tanto parecía detestarle le daría una respuesta verdadera así como así. Pero no tenía nada más ahora por ahora – Creo que el nombre que elegí yo era muy bonito, pero honraré su petición, señorita de Montmorency. – Montmorency. No podía decir que reconociese aquél apellido en absoluto. Y dudaba mucho que le hubieran dado un cuarto nombre, el “de” que precedía la palabra lo marcaba bien como apellido. No era de ninguna casa noble de Ilia ni de Lycia. Especialmente de Lycia. Ésas las conocía muy bien. ¿Quizá alguna familia noble de Etruria o Bern? No las conocía tan bien, pero había algo que no acababa de encajar.

Como estoy seguro que recuerda de antes, me llaman Sindri. Sindri a secas. No tengo ningún nombre delante, detrás ni apellido siquiera. – contestó tras escuchar la respuesta positiva de la mujer que llevaba el traje de sirvienta y exponer algo que era técnicamente verdad. De forma distendida, dándole vueltas a lo suyo, se acercó a una de las numerosas estanterías que había cerca y comenzó a pasar el dedo por algunos lomos polvorientos, a la búsqueda de algún tomo en particular – Motivos que desconocemos por completo, debo añadir. No es que se expliquen mucho, ¿sabe usted? Ni siquiera hay información que los Emergidos hablen… pero la lógica dicta que se tienen que comunicar entre ellos de alguna manera. – ponderó mientras seguía en la búsqueda con un tono distendido y nada tenso, como si estuviera hablando con el difunto Regulus sobre las últimas noticias que escuchó en la posada.

¡Ajá! – finalmente sacó triunfantemente un pequeño tomo rojo de la estantería. Tras observarlo durante unos instantes desde varios puntos de vista y limpiar un poco de polvo que tenía encima, dejándolo así más presentable para una señorita, dio unos pocos pasos hacia Ram Amelia Isabella de Montmorency y dejó el librito en la mesa más cercana a la sirvienta – Un Tomo de Fuego de práctica. Es una copia que usan los Magos de la Academia del tomo de verdad. Algo menos potente, pero mucho más seguro para su uso en una Biblioteca. No delegará en mí su entera protección, ¿verdad? Ahuhuhu~ – con una sonrisa de oreja a oreja, el bibliotecario se dirigió al quicio de la puerta que separaba la sala de la biblioteca con el largo pasillo que los llevaría a la zona restringida. Sin embargo, no pudo evitar añadir – Ya sé que no se le ocurrirá emplear el Tomo de Fuego proporcionado para atacarme, amenazarme o alguna acción indigna de una dama. Volveríamos a empezar, acabaría con el mismo resultado y tendría que volverme a escuchar mientras desvarío sobre temas aburridos. Y nadie quiere eso, ¿cierto? – volvió a guiñar el ojo a la sirvienta, dotando aquellas palabras con un aire jovial muy fuera de lugar.

Agarrando bien su Tomo de Ruina y tras mirar el pasillo en ambas direcciones en busca de Emergidos, señaló una dirección con su mano izquierda para entonces decir – ¿Se encuentra lista, señorita de Montmorency? La caminata no es larga, pero quién sabe cuántos Emergidos nos encontraremos por el camino. – y es que mago prevenido vale por dos.
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Re: [Campaña de liberación] [Flashback] La teoría de los fuegos artificiales [Priv. Sindri - Rem]

Mensaje por Ram de Montmorency el Dom Sep 17, 2017 6:06 pm

El bibliotecario repitió su nombre con delicadeza. Como si estuviese analizándolo detenidamente mientras lo pronunciaba. Ram estaba acostumbrada a presenciar reacciones similares siempre que se presentaba ante extraños, siendo esa una de las razones por las que prefería mantenerse en el anonimato. Odiaba que le hiciesen preguntas acerca de sus tres nombres o, sobre todo, de su extraño y peculiar apellido. Era de saber común que los apellidos eran para gente importante de reinos importantes, y ella, como legítima heredera de la familia de Montmorency, tenía verdadera sangre noble recorriendo sus venas. La historia de cómo había acabado cayendo en desgracia junto a su hermana gemela, limitándose a trabajar a las órdenes de un sabio anciano como sirvienta, era uno de sus más sombríos secretos. Sin embargo, el mago oscuro, lejos de interrogarla como solían hacer otros, mencionó que respetaría su voluntad a pesar de que consideraba que Candela era un nombre bonito. La doncella frunció el ceño al escucharle. Ya no sabía si el bibliotecario seguía riéndose de ella o si de verdad estaba hablando con sinceridad. “Candela” sonaba a “Candil”, o incluso a “Candelabro”. Semejante apodo podía constituir perfectamente una mofa apropiada para una maga de ánima especializada en el fuego.

A continuación, el mago oscuro se presentó como Sindri, dando además a entender que ya le había dicho su nombre hacía poco. No tenía apellidos ni nada por el estilo que le identificase como alguien importante, por lo que la doncella llegó a la conclusión de que debía de tratarse de un pobre plebeyo con delirios de grandeza. Nadie especial, pero con el suficiente mal gusto como para interesarse por el estudio de la magia arcana.

Me temo que había olvidado vuestro nombre, entonces —respondió Ram. No recordaba que Sindri se le hubiese presentado antes, pero esta vez confiaba en la veracidad de lo que éste decía. Al fin y al cabo, una mente tan brillante y ocupada como la suya tendía a desprenderse de la información innecesaria.

Tras el tardío intercambio de cordiales presentaciones, el bibliotecario se dirigió a una de las estanterías dispuestas alrededor del vestíbulo. La sirvienta ignoraba sus propósitos, mas se limitó a no quitarle el ojo de encima mientras éste paseaba sus dedos entre los lomos de los libros. Ram aprovechó para dedicarse sí misma unos segundos de su tiempo. Necesitaba asimilar la extraña situación en la que se encontraba. Todo había sucedido tan deprisa, que verse a sí misma intercambiando palabras con un asqueroso mago oscuro seguía antojándosele inverosímil. Luego estaba lo de la intrusión de los emergidos en el edificio. ¿Por qué tardaban tanto los guardias locales en llegar? El tañido de las campanas de emergencia debería haber bastado para alertarles del peligro, y sin embargo, en aquella zona de la biblioteca no había nadie más que ellos dos, hablando como si nada acerca de una supuesta área restringida que los emergidos podrían estar interesados en visitar.

El mago oscuro continuó hablándole. Ram escuchó con atención sus deducciones acerca del misterioso comportamiento de aquellas extrañas criaturas obsesionadas en invadir y extender su presencia por todo el mundo. Decía que lo más lógico era pensar que éstas podían hablar entre ellas para coordinarse.

Discrepo —respondió ella—. Tengo mis hipótesis, pero en mi humilde opinión, los emergidos no se pueden comunicar entre sí. Más bien creo que son meros títeres controlados por alguien…

La doncella hizo una pausa para añadir cierto suspense a la conversación. Normalmente prefería hablar poco, pero las cuestiones intelectuales despertaban muchísimo su interés. Sobre todo si tenían que ver con la magia, pese a que aún así, siempre procuraba resumir sus argumentos en la menor cantidad de palabras posible.

Carezco de evidencia para probar mis afirmaciones, pero no me extrañaría que hubiese algún nigromante como vos detrás de todo este desastre.

La exclamación de euforia del bibliotecario que acababa de encontrar lo que buscaba sobresaltó un poco a la sirvienta, que prefirió limitarse a permanecer inmóvil donde se encontraba. No se fiaba de Sindri, y nunca se fiaría de él. Además, estaba igualmente convencida de que el joven estaba al tanto de ese detalle. ¿Por qué razón entonces se comportaba como si no existiesen hostilidades entre ellos dos? Ram de verdad había tenido la intención de herirle con su magia de fuego instantes atrás. Peor todavía: de haberse dado la situación al revés, la doncella estaba segura de que habría reducido a cenizas al mago oscuro a la primera de cambio.

¿A qué estáis jugando? —preguntó entonces, en busca de una respuesta que satisficiese sus dudas. Esperaba a que Sindri, quien en esos momentos dejaba sobre una mesa cercana un libro de magia de ánima, lograse entender lo que quería decir más allá de esas breves palabras.

Ram recogió a continuación el tomo prestado y lo hojeó rápidamente para familiarizarse con su contenido. Los hechizos descritos en él parecían pobres y limitados, pero estables. De manera que sería muy difícil que prendiese fuego a un estante de madera por accidente. La sirvienta asintió satisfecha, y siguió al mago oscuro con el volumen debajo del hombro.

¿Acaso os preocupa que os vuelva a atacar? —respondió a la advertencia de su compañero antes de que éste abriese la puerta—. Continuad. Os cubro las espaldas.
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Re: [Campaña de liberación] [Flashback] La teoría de los fuegos artificiales [Priv. Sindri - Rem]

Mensaje por Sindri el Lun Sep 18, 2017 8:27 pm

No se preocupe usted, señorita de Montmorency. No es que nadie se moleste a preguntarlo. O que se quede en la memoria. Se sorprendería de saber las veces que mis compañeros de profesión me preguntan el nombre. – lo último sólo era un poco exagerado: era cierto que los bibliotecarios de mayor rango no lo reconocerían en una multitud, pero… ¿Qué jefe podría reconocer los subordinados de los subordinados de sus subordinados? También influía que él hiciera un esfuerzo para pasar desapercibido, el bibliotecario Sindri suficientemente amigable como para no despertar rumores o antipatías, pero tampoco tan conocido como para ser la comidilla del día en la posada. Sus investigaciones requerían de discreción en su justa medida, los Magos Arcanos no eran exactamente vistos con buen ojo por el populacho o el vulgo… pero ¿Quién iba a buscar Magia Arcana en las habitaciones de un edificio que lindaba con una escuela de taumaturgia? – Suelo recibir muchos “Eh, tú” o “Eh, muchacho”. “Joven bibliotecario” si es alguna señora mayor que me recuerda de vista. Muy buena gente.

Y con un gesto universal de “por aquí”, Sindri comenzó la caminata, guiando a la sirvienta por las entrañas de la Gran Biblioteca de Ilia en búsqueda de la zona restringida. Los haces de luz levantaban sombras juguetonas al paso del Mago Arcano con la capa al viento. Ahora una vuelta a la izquierda. Ahora una a la derecha. El siguiente cruce hay que ir recto. Pues claro que sabía dónde estaba la zona restringida, el lugar más privado de la Gran Biblioteca de Ilia, donde sólo podían acceder aquellos miembros con más rango. Especialmente ya que no le dejaban entrar. Debía conocer al dedillo aquella zona en la que no se le permitía entrar, no fuera a llegar con error y meterse en un buen lío. Además, ¿Cómo iba a pasar cada semana en esperanzas que alguien se hubiera dejado la puerta abierta si no sabía por dónde caía?

¡Así me gusta! ¡Hipótesis sin fundamento! – la voz suave del bibliotecario, llena de jovialidad y sorna, rebotó por los pasillos vacíos y sin vida. Eran los menos utilizados del lugar por lo mencionado anteriormente, además que no tenían salida al exterior. Si los Emergidos entraban, la gente normalmente quería salir de donde fuera – La “lógica”, las “pruebas” y la “presunción de inocencia” son viles herramientas que los Magos de Ánima no utilizan, no señor. Residen puramente en manos de los Magos Arcanos. ¿Quién quiere investigar cuando apuntar el dedo, como una verdulera acusando a la pescadera de incitar un rumor sobre ella, es más fácil? – si algo sabía bien es que los Magos de Ánima eran muy comodones y perezosos en cuanto a sus estudios. Se movían siempre en el mismo círculo de magia conocida en el que ya no podían hacerse más avances y sobre el que todo estaba escrito. Podían investigar más allá, pero en el momento que veían algo que desconocían o que no entendían de buenas a primeras simplemente lo censuraban, lo llamaban “malo” y castigaban a todo aquel que se acercaba. La Magia Arcana era “malvada” porque requería un mínimo de esfuerzo y no permitía atajos como el talento. Seguramente también creían que las nuevas recetas de la cafetería eran la obra de un poder maligno – La necromancia (no confundir con la nigromancia, por favor) es algo que claramente está al alcance de la Magia Arcana. Pero claro, ¿Qué no lo está? – comenzó a explicar mientras seguía caminando.

Los Magos Arcanos de mayor nivel pueden invocar sirvientes de la Oscuridad para las tareas de cada día, como por ejemplo cocinar o cortarles el pelo. Normalmente esqueletos, porque esos son fáciles de animar y no requieren mucho esfuerzo. – puso la mano izquierda en el codo derecho y movió el brazo por la articulación, mostrando un punto donde se focalizaban las energías arcanas – Pero los Magos Arcanos podemos identificar la Oscuridad dentro de la gente u objetos. Así es como nos reconocemos entre nosotros tan fácilmente como con un apretón de manos. Y como sabemos de quién debemos guardarnos. Hay una razón por la que el plural de “Mago Arcano” es “guerra”. Si realmente quiere acabar con Magos Arcanos, simplemente haga un esfuerzo para juntarlos en una habitación y ellos solos harán el trabajo sucio por usted. – en Plegia habían academias de Magia Arcana, según el Príncipe Pelleas de Daein. Qué locura. Academias de “aprende a evitar que setenta y nueve otros estudiantes te apuñalen mientras duermes” más bien – Lo que quería decir es que no puedo notar la Oscuridad dentro de los Emergidos, requisito indispensable para tener relación con la Magia Arcana. Provengan de donde provengan o sea quién sea el que los controle como marionetas, como usted apunta, no es la Oscuridad. – ladeó la cabeza por un momento – Y dudo que sea un Mago Arcano el que los controle. Si uno se hubiera hecho con tal ejército, puede apostar su adorable cofia de sirvienta que ya hubiera amenazado en conquistar tres o cuatro países a la vez. Tal vez cinco.

Una sonrisa ladina se aposentó en su cara, mientras parecía hablar al aire – ¿Juego? Al único juego en el que participo es el gran juego de la vida, donde la diversión brilla por su ausencia. No me reprochará divertirme un poco en este aburrido mundo, ¿cierto? – y si de algo sabía mucho un bibliotecario era sobre el aburrimiento, el no poder hablar durante horas para no crear un eco que dure minutos entre las bóvedas del lugar – No me preocupa que me vuelva a atacar, me preocupa cuándo me volverá a atacar. Por su comportamiento entiendo que tratará de “cubrirme” la espalda de llamaradas a la mínima que me despiste. Pero le pediría que si tiene que acabar conmigo, me deje primero echar un vistazo a la zona restringida. – tras pararse en seco, colocó su Tomo de Ruina bajo el brazo y movió las manos arriba y abajo sin ritmo mientras miraba a la sirvienta – No querrá que mi fantasma la persiga por no haberme dejado morir contento, ¿no es así? Me tendría hablando a su lado las veinticuatro horas del día sin pausa sobre los temas más banales que pudiera encontrar. Se lo prometo. Ahuhuhu~

Volviendo a la caminata, Sindri volvió a coger con la mano izquierda su tomo de Magia Arcana y continuó rumbo a la zona restringida con paso ligero – Sinceramente, no tengo nada en contra de usted. Quiere acabar conmigo, pero eso tampoco es tan grave. Los seguidores de la Oscuridad se han ganado su mala fama a plomo, al fin y al cabo. Aunque también es cierto que… – pero dejó ahí la frase, ya que tendrían que torcer a la derecha en el próximo pasillo… y se vislumbraban dos alargadas sombras estáticas en el suelo. El bibliotecario subió una mano a los labios marcando “silencio” y se acercó con todo el sigilo que pudo a la esquina. No iba a sacar la cabeza, claro que no, pero sacó de su bolsillito un pequeño espejito que llevaba siempre consigo puesto que su madre le había inculcado la higiene y pulcritud como “grandes valores de todo hombre que se precie”.

No era un espejo muy grande ni muy caro (¡El sueldo de un bibliotecario no da para tanto!) pero la superficie lisa del metal al enfocarse correctamente le devolvió la imagen clara de dos figuras que jamás había visto en su vida, con ropas extrañas y extranjeras del mismo estilo que la del Emergido que había quedado atrás. Más o menos. Y tomos de magia. Esos rectangulitos de colores sí que los veía bien. Miró a la sirvienta y asintió con la cabeza con decisión, incluso acercándole el espejito si lo quería comprobar ella misma.

Y con ese gesto, aguardó una señal de la Maga de Ánima, ya fuera positiva para lanzar un ataque o negativa, para buscar otra ruta.
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Re: [Campaña de liberación] [Flashback] La teoría de los fuegos artificiales [Priv. Sindri - Rem]

Mensaje por Ram de Montmorency el Vie Sep 29, 2017 7:31 pm

Ram siguió de cerca a Sindri a través de un interminable laberinto de pasillos y corredores. Las galerías de piedra por las que caminaban, silentes y vacías, hacían reverberar el tímido sonido de los pasos conforme ambos magos se adentraban en las profundidades del edificio. La sirvienta había oído muchas historias acerca de los sótanos de la Gran Biblioteca de Ilia. Se decía que albergaban una importante cantidad de archivos útiles para el estudio de la magia, aunque nunca había tenido la oportunidad de comprobar la veracidad de dichos rumores con sus propios ojos. Sus visitas a la biblioteca solían ser breves y sus consultas específicas, por lo que rara vez disponía del tiempo necesario como para pasear entre las secciones con la tranquilidad que le gustaría. No obstante, aquel día era una excepción. Podía utilizar el ataque de los emergidos para excusarse por su ausencia en la mansión, evitando así reprimendas e interrogatorios incómodos por parte de los demás criados.

La doncella tenía motivos de sobra para desconfiar de las intenciones de su misterioso guía. Ni siquiera había oído hablar alguna vez acerca de esa supuesta zona restringida, y sin más armas que el ajado tomo de fuego de práctica que sujetaba entre sus brazos, se encontraba completamente a merced del mago oscuro. No necesitaba volver a hojear el libro para saber que ninguno de los conjuros básicos escritos en él le serviría para rechazar un ataque directo de magia arcana y, sin embargo, estaba depositando gran parte de su confianza en aquel joven que tanto detestaba. Sindri podría ser un hechicero corrupto y egocéntrico, mas no un mentiroso. Si de verdad existía una zona restringida en un lugar recóndito de la biblioteca, a Ram no le importaba aliarse temporalmente con el mago oscuro con tal de echar un vistazo al material que hubiese dentro.

Por desgracia, las mofas sarcásticas del bibliotecario distaban mucho de cesar. Tras escuchar las deducciones de la sirvienta con respecto al origen de los emergidos, espetó una exclamación que resonó por los pasillos carentes de vida, y empezó a criticarla con dureza. Tanta pomposidad en su habla hartaba, y la doncella se encargó de exteriorizar su desagrado mediante una mueca de enojo. ¿Acaso Sindri disfrutaba usando cualquier cosa que dijese como un peldaño para engrandecerse a sí mismo? Ni siquiera se esforzaba en tomar en serio sus hipótesis, tachando todo lo que decía como si no fuese nada más que un disparate. La sirvienta aguantó el rapapolvo como pudo, asegurándose de escuchar todo lo que el mago oscuro quería decirle antes de formular una réplica con la que defenderse. Después de soltar tanta palabrería innecesaria —que involucraba pequeñas metáforas con verduleras y pescaderas— Sindri empezó a hablar acerca de un tema realmente interesante. Ram prestó atención a aquellos reveladores datos que le permitían comprender mejor la relación entre la oscuridad y aquellos que ofrecían sus cuerpos y almas con tal de ganarse su favor. El bibliotecario le explicó que aquellos que canalizaban la energía oscura eran capaces de detectarla en el interior de otras criaturas, y sugirió que una manera eficaz de deshacerse de ellos podría consistir en reunirlos a todos en una habitación. La sirvienta titubeó un segundo al escuchar esa última pieza de información.

Sindri terminó su lección improvisada diciéndole que él no notaba restos de oscuridad en los emergidos, razón por la cual no debía de existir relación directa entre éstos y la magia arcana.

He oído que los habitantes de Plegia han aprendido a convivir con esas abominaciones —empezó a decir la sirvienta—. Me pregunto cómo lo habrán conseguido.

Prefería desviar el rumbo de la conversación antes que tener que reconocer abiertamente que se había precipitado con sus conclusiones. A su parecer, el bibliotecario carecía de motivos para engañarla, por lo que no tenía más remedio que creer en su palabra y descartar que hubiese un poderoso hechicero detrás de la aparición de los emergidos. Sin embargo, seguía convencida de que debía de haber alguien o algo detrás de las motivaciones de esas criaturas. Aunque fuese lo que fuese, a ella le traía sin cuidado. Confiaba en que el tiempo daría al final todas las respuestas necesarias para comprender el origen de los emergidos, a menos que éstos ocupasen primero todos y cada uno de los países del mundo.

Hay otra cosa que no entiendo —dijo a continuación, intentando ocultar el matiz personal que incluía su siguiente pregunta—. ¿Por qué habéis dicho eso acerca de juntar magos oscuros en un solo sitio? ¿Es que acaso no sentís algo como… camaradería, tal vez?

Ram esperó expectante una respuesta. Su odio visceral e irracional por la magia arcana nacía de algo mucho más profundo que las connotaciones negativas que ésta tenía para la mayoría de la gente. La oscuridad le había arrebatado muchas cosas importantes, y hasta había sentido su nauseabunda caricia a una muy temprana edad. Quizá por eso se negaba en rotundo a considerarla una especie de entidad a la que rendir devoción. Sabía, o al menos, quería saber que tan solo era una quimera nacida de la codicia y el ansia de poder de los hombres. Mas poco importaban sus convicciones e hipótesis teóricas, pues la oscuridad seguiría habitando para siempre en su memoria. De vez en cuando se manifestaba en forma de terribles pesadillas, atormentándola con viejos recuerdos de un pasado traumático. Despierta, Ram sabía que no tenía por qué temer a la oscuridad. Pero ¿cómo distinguir la realidad de la irrealidad en mitad de un sueño?

A la pregunta de a qué estaba jugando, Sindri respondió sonriente y con ingenio. La sirvienta, al sentirse familiarizada con lo que el bibliotecario decía, no pudo evitar suspirar con algo de melancolía.

Tengo que daros la razón. Vivimos en un mundo muy aburrido…

A continuación, el mago oscuro aclaró que no temía que ella fuese a atacarle, sino que le preocupaba el momento en el que ésta se decidiese a hacerlo. La doncella frunció el ceño y negó varias veces con la cabeza al oír semejante disparate. Pero su expresión de desaprobación cambió bruscamente a una de desagrado al imaginarse al fantasma de Sindri persiguiéndola.

Perdí ante vos. Puedo ser hábil con mi magia, pero este tomo prestado no hace milagros. Tampoco tengo garantías de que me perdonéis la vida si vuelvo a intentar haceros daño —se explicó Ram. Le dolía que el bibliotecario la creyese capaz de atacarle por la espalda, tal y como debían de hacer los sucios magos arcanos como él. Ella era una orgullosa maga de ánima que confiaba plenamente en su fuerza, y de querer batirse en duelo contra Sindri, primero se habría asegurado de que estuviesen en igualdad de condiciones.

El joven, que continuaba conversando con ella, se calló de repente y con un gesto le invitó a que hiciese lo mismo. Captando al instante lo que el hechicero quería decirle, la criada se colocó al lado de su compañero y observó la imagen reflejada de los emergidos que parecían vigilar la entrada a la zona restringida. Eran dos: uno de ellos portaba lo que parecía un tomo de magia de fuego, y el otro un tomo de magia de trueno. Las cubiertas de los libros eran inconfundibles, y a diferencia de los curiosos atavíos de sus portadores, éstas parecían estar en perfectas condiciones. Ram no esperó a hacerle un gesto a Sindri para avisarle de sus intenciones, y simplemente salió al encuentro de los emergidos dispuesta a acabar con ellos. Con el libro de práctica abierto en su mano izquierda, canalizó su energía a través de las páginas y conjuró una diminuta esfera de fuego que ni siquiera llegó a acertar contra el primero de sus oponentes.


Última edición por Ram de Montmorency el Dom Oct 01, 2017 6:56 pm, editado 1 vez (Razón : Eliminar errata.)
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Re: [Campaña de liberación] [Flashback] La teoría de los fuegos artificiales [Priv. Sindri - Rem]

Mensaje por Sindri el Dom Oct 01, 2017 6:37 pm

Sindri suspiró sonoramente. No por el hecho que sintiera la necesidad de suspirar, sino porque dotaba a la situación de más comicidad. Trató de concentrarse en lo que había pasado en los momentos anteriores a que la mujer decidiera que ella valía por diez Sages y se lanzara a la carga contra dos Emergidos.

Allí estaba él, escuchando a la sirvienta. ¿Era él o no había una combatividad tan exagerada en su voz? Casi como si estuviera dispuesta a dejar pasar que tenía razón en algo. Casi. Ello sorprendió en gran manera al Mago Oscuro, quién había dado por sentado que no encontraría ningún tipo de aceptación, por muy tácita que fuera. No pudo dejar de alzar una ceja y mirar fijamente a la Maga de Ánima, con una ceja arqueada inquisitivamente. Era algo completamente diferente de la miríada de acusaciones que había notado que Ram de Montmorency le había lanzado desde el preciso momento que había descubierto su especialización taumatúrgica. El disgusto a la Magia Arcana y a sus practicantes era algo normalísimo, las cazas de brujos solían ser comunes en varios lugares del mundo. O, como las llamaban los Magos Arcanos, “el momento de probar las maldiciones más experimentales”. Sindri jamás había estado en una, pero decían que era algo bastante divertido, siempre y cuando la turba fueran campesinos con antorchas y horcas.

Plegia quedaba muy lejos, pero no pudo sino recordar la conversación que tuvo tiempo ha con Pelleas entre aquellos muros. Una conversación donde Plegia y Grima tuvieron un papel muy marcado, puesto que el Príncipe de Daein estaba convencido que los Magos Oscuros sacaban su poder de Grima, y no de la Oscuridad. Una propuesta interesante, más había allí varios problemas que el bibliotecario había apartado de su mente hasta el momento – ¿Por “esas abominaciones” se refiere a los Magos Arcanos o a los Emergidos? ¿O a ambos? Porque tengo información de primera mano sobre la existencia de… “prestigiosas academias de Magia Arcana” en Plegia. – dotó de tono rimbombante a ciertas palabras de esa frase. La sonrisa no abandonó el rostro del muchacho, mientras bromeaba un poco. Visto lo visto, ambas podían ser abominaciones para ella, por lo que tampoco iba a pasar la oportunidad para un chiste – Si han conseguido que los Magos Arcanos no se maten entre ellos a la primera de cambio, no me extraña tanto que compartieran mesa con los Emergidos. – había rumores sobre Emergidos que no atacaban a según qué lugares, pero no eran más que habladurías seguramente. O malos entendidos. O simplemente calumnias – Plegia es un lugar bastante misterioso, ¿no cree usted? Acháquelo a la distancia, a los rumores o a la curiosidad que todos tenemos hacia lo desconocido. Podría ser una visita bastante interesante, pero… ¿Un desierto? Es tan diferente al clima de Ilia… – los viajes estaban a la orden del día para Sindri, pero normalmente era para establecer alguna comunicación entre bibliotecas, ir a buscar tomos o, simplemente, investigar.

Pero la siguiente pregunta sorprendió todavía más al bibliotecario, quién no pudo evitar reflejarlo en el rostro. ¿La mujer que parecía detestar tanto y tanto la Magia Arcana no sabía algo tan crucial sobre ellos? Normalmente sólo se odiaba algo con tanto ahínco tras conocerlo bien, pero… allí estaba ella, pensando que los Magos Oscuros estaban en armonía y cantaban canciones de hermandad alrededor de hogueras – No puedo hablar en nombre de todos los Magos Arcanos. Pero estoy bastante seguro que los que se desvían de esta norma dejan de serlo pronto. – negó con la cabeza, recordando sus años de enseñanza con su maestra, la Sabia Oscura Sigyn. ¿Cuánto debería transmitir a la sirvienta? No es que fueran secretos del oficio, pero dudaba que la Maga de Ánima aceptara las verdades de la Oscuridad así como así – Pero no existe camaradería entre Magos Arcanos como tal. En absoluto. Al contrario, un Mago Arcano es tan enemigo de otro como usted lo es. Por necesidad. – era un tema que no sabía bien cómo abordar, puesto que para él era un conocimiento extremadamente básico. El bibliotecario miró de arriba abajo a la mujer que se presentó como Ram Amelia Isabella de Montmorency con ojo crítico, pero todavía con la sonrisa en su rostro. Asumir era el primer paso para equivocarse, al fin y al cabo. Un traje de sirvienta, sí, pero complementado con instrucción para la Magia de Ánima y provista de una inagotable hostilidad hacia la Magia Arcana. Menudo enigma de persona, ¿cierto?

A diferencia de la Magia de Ánima, que permite atajos como el “talento” o la “predisposición natural”, la Magia Arcana exige dedicación y trabajo duro a todos sus practicantes. El conocimiento y el saber son el núcleo del poder de un Mago Arcano igual que el pacto con un espíritu lo es para un Mago de Ánima. Como más investigamos y profundizamos en las verdades del mundo, nuestro vínculo con la Oscuridad se refuerza y podemos acceder a mayores planos de poder. – Sindri, en su búsqueda de algo en lo que pudiera dedicarse, había recurrido a los sabios de Ryerde para ver si podía convertirse en Mago de Ánima. Pero tras un estudio largo y prolongado, éstos confesaron a su padre que el muchacho no tenía la mínima semilla de talento para la Magia de Ánima y jamás podría blandir un grimorio. ¡Las vueltas que daba la vida! Sin talento, sin habilidad, sin predisposición de un destino cruel había obtenido un poder más allá del alcance de aquellos vejestorios decrépitos – Los Magos Arcanos son, por predisposición, individualistas y herméticos con recelo por sus investigaciones. Seguro que no debo siquiera mencionar el valor que esas investigaciones tienen para los otros Magos Arcanos, ¿cierto? Somos competidores directos por el favor de la Oscuridad. – era un resumen muy… simplista, pero tampoco tenía tiempo para hacer una clase magistral para Ram de Montmorency. No había mentira en sus palabras, al menos, pero debía matizar para que no hubiera malentendidos tampoco.

Obviamente, eso no quiere decir que no haya maestros dispuestos a enseñar Magia Arcana a alumnos, puesto que los Magos Arcanos sin entrenar son muchísimo más peligrosos de lo que usted pueda imaginar que uno bien entrenado es. Suelen ser las personas más amables y bienintencionadas de entre todos nosotros, con unas férreas morales y vocación de ayudar. – no tenía sino palabras buenas sobre su maestra, y por nada del mundo sería contrario a lo que dedicaba su vida – Pero esos Magos Arcanos son la excepción. Si hay uniones entre usuarios de las Artes Arcanas normales y corrientes suelen ser para un objetivo concreto y por el tiempo más limitado posible, puesto que es imposible evitar… fricciones. Desconfiamos más entre nosotros que ante alguien como usted, que exterioriza su odio tan vehementemente. – cerró los ojos y se encogió levemente de hombros para dar algo más de fuerza a la frase. “Te pillé viendo mis notas”. “Eso es porque me mentiste sobre los resultados”. Cruce de hechizos al canto.

Negó una vez más con la cabeza, ahora con una expresión más graciosa ante ese espejismo que quería conjurar la Maga de Ánima. ¿Una imagen de buena perdedora ahora? El bibliotecario no podía sino no tomarlo en serio – Obviamente es usted alguien honorable y que en un duelo sería justa y razonable. “Quemar bibliotecas” debe ser una actitud que añadieron al libro de buenas formas cuando yo no miraba. – sabía bien que los Magos de Ánima usaban los trucos más sucios posibles para conseguir algo de ventaja sobre los Magos Arcanos, cuya taumaturgia era muchísmo más poderosa que la suya. Un Mago Arcano, en cambio, no necesitaba nada que no tuviera ya.

Pero ahora todo había quedado muy muy atrás…

La Magia de Ánima había fallado, lo que tampoco sorprendió al muchacho, y lo que quedaba en el lugar eran dos Emergidos que sabían de la presencia de la mujer. Podrían haber intentado un ataque conjunto o haber improvisado algo… pero no, había que hacer todo como ella quería. Abrió el Tomo de Ruina y, con una encantación, salió de sopetón de su escondite lanzando su hechizo. Los usuarios de Magia de Ánima eran el mejor blanco para Sindri, por alguna razón parecía que su puntería se incrementaba cuando se enfrentaba contra uno. ¿Quizá la Magia Arcana buscaba activamente sus objetivos? No lo podía saber del cierto.

La masa de Oscuridad impactó silenciosamente en el vientre del Emergido que portaba el Tomo de Fuego quién, al parecer, no le paró absolutamente ninguna atención. Pero unos momentos después, antes que pudiera incluso abrir el grimorio, se derrumbó cuán largo era sobre el suelo del pasillo para no volverse a levantar nunca más. Restaba un problema: Sindri no podía usar dos hechizos seguidos y seguía habiendo un Emergido en pie con un Tomo de Trueno, listo para desencadenar la furia del elemento sobre uno de los presentes.

¿Encuentra en su ser un segundo hechizo que lanzar a nuestro invitado, señorita de Montmorency? ¿Aunque sea otro de distracción? – preguntó alguien que envolvía sus palabras de muy falsa preocupación. Trató de atraer la atención del Emergido, dando un par de pasos al frente en actitud algo amenazante. A fin de cuentas, él tenía la Oscuridad que le protegiera y estaba (casi) completamente seguro que podría resistir bien el hechizo. Pero no lo hacía por caridad, no. Si había más Emergidos delante, más le valía contar con algo de ayuda, aunque hubiera un buen número de posibilidades que se volviera contra él – Creo que esto me va a doler más de lo que quisiera yo, pero menos de lo que desearía usted… – aunque realmente esperaba que no se llegara a eso.
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Re: [Campaña de liberación] [Flashback] La teoría de los fuegos artificiales [Priv. Sindri - Rem]

Mensaje por Ram de Montmorency el Vie Oct 06, 2017 2:07 pm

Pese a que no se encontraban en el momento más indicado para bajar la guardia, Ram no dejaba de darle vueltas a la breve conversación que acababa de mantener con Sindri. Las revelaciones del bibliotecario hacían que se cuestionase si de verdad ella sabía todo lo que necesitaba saber acerca de la magia arcana, o si por el contrario la mayor parte de su conocimiento respecto al tema provenía de simples conjeturas e información incorrecta. Tener de familia a una secta de brujos obsesionados con acabar con su vida o la de su hermana no ayudaba a que no tuviese ciertos prejuicios hacia los usuarios de la magia oscura. Ram ladeó la cabeza, confundida. Algunas de las cosas que decía Sindri se contradecían con las endebles verdades que ella había aprendido largo tiempo atrás y, sin embargo, si observaba las nuevas piezas de información desde distintos ángulos, desde diferentes perspectivas… terminaban por encajar de una manera u de otra en el complejo rompecabezas que escondía su apellido. Una parte de sí misma le sugería que dejase de pensar en esas tonterías. ¿Qué más daba que los magos oscuros tuviesen tendencias autodestructivas entre ellos? ¿O que pudiesen percibir la oscuridad que moraba en otras criaturas? ¿Y qué era eso de las academias de magia oscura en Plegia? Saber más o saber menos acerca de la relación de las energías arcanas con sus usuarios no cambiaba absolutamente nada. La derrota a manos del que ahora era su compañero de aventuras temporal le había abierto los ojos, y eso tan solo debía de servirle como impulso para reforzar su propósito de hacerse más fuerte. Una victoria sobre un mago oscuro supondría una victoria frente a la oscuridad y, por lo tanto, también frente a las sombras que la acechaban en su pasado. Eso era lo único que debía importarle por el momento.

La criada apartó así las dudas y recobró su compostura característica. Ya se preocuparía más adelante de poner orden a sus pensamientos, pues tenía preferencia concentrarse en la batalla que ella misma acababa de iniciar. Había optado por atacar a los emergidos en vez de buscar una ruta alternativa por la que pudiesen acceder a la zona restringida porque consideraba preferible eliminarlos por separado. Si existía otro grupo de enemigos detrás de esas grandes puertas de madera gruesa, nada aseguraba que esos dos centinelas no decidiesen unirse a sus compañeros en el último segundo, empeorando aún más la situación para los dos magos. Era preferible asegurar una ruta de escape por si acaso se encontraban en problemas ahí dentro.  No obstante, y a pesar de su rápida planificación, la sirvienta no llegó a sospechar en ningún instante que su tomo de práctica llegaría a fallarle en el peor de los momentos. Ram se limitó a contemplar, impotente y con una expresión severa dibujada en su rostro, cómo la diminuta esfera ígnea que había conseguido materializar se deshacía penosamente a los pies de los dos emergidos que custodiaban la entrada. Los seres de aspecto humano percibieron enseguida la amenaza, y con sus propios tomos de magia en mano, se prepararon para contraatacar.

¿Qué significa esto? —llegó a decir incrédula, antes de que Sindri saliese de su escondite y derribase de un solo hechizo al emergido que manipulaba el fuego. La criada trastabilló al haber sentido de cerca la siniestra masa oscura conjurada, tan silenciosa como letal, mientras que la víctima del bibliotecario se desplomaba contra el suelo de piedra del corredor, sin ni siquiera haber podido abrir su libro para protegerse. Ram apartó su mirada bruscamente y apretó los dientes con rabia. Ya no estaba luchando contra Sindri, y tampoco tenía intención de hacerlo. Mas eso no significaba que hubiesen dejado de ser rivales. Resultaba humillante que la magia arcana hubiese triunfado allí donde su magia de ánima había fracasado.

Sindri dio a continuación unos pasos al frente para tratar de llamar la atención del emergido que aún quedaba en pie. Como si pretendiese servir de escudo humano para detener el inminente ataque del emergido del tomo de trueno. Aún frustrada consigo misma, Ram alzó de nuevo la vista al escuchar el comentario del brujo. No hacía falta ser una erudita para notar la falsa preocupación con la que éste imbuía a sus palabras, y comprender que en realidad se sentía más que preparado para resistir un impacto directo de un conjuro eléctrico.

Dejad de decir tonterías. ¿Qué clase de libro me habéis entregado? —espetó de forma mordaz, mientras empezaba a hojear a toda prisa el grimorio por segunda vez—. ¿Acaso no sois tan poderoso como presumís? Acabad con esta farsa y derribad al que queda.

Lamentaba para sus adentros no poder contar en esa ocasión con su manuscrito personal. Pues el tomo de práctica que el bibliotecario le había entregado como sustituto no estaba preparado para herir a alguien, aparte de que ni siquiera canalizaba de manera eficiente su magia. Escrito como un simple manual con el que ayudar a magos de ánima novatos a controlar las energías taumatúrgicas ligadas al elemento del fuego, sus páginas contaban con numerosas restricciones que impedían a la sirvienta canalizar grandes cantidades de magia de una sola vez. A expensas de un poder limitado e inferior al de un tomo de fuego normal y corriente, el grimorio impedía que los aprendices sufriesen accidentes al manipularlo de manera incorrecta. Ram suspiró con fastidio. Eso significaba que tampoco podría recurrir a sus pequeños trucos de lenguaje antiguo para aumentar la eficacia de los conjuros, y que sería imposible que pudiese usar su talento para manipular la intensidad de las llamas que invocase. Ignoraba si Sindri era consciente del tipo de tomo que le había dado, pues se trataba un castigo más que apropiado para una maga de ánima que utilizaba de manera constante sus dones para imponerse sobre los demás en batalla.

Mientras que Ram no apartaba la vista del libro de magia, el emergido restante posó su mirada en su compañero caído. Sus ojos rojos refulgían a través de la tenue oscuridad del final del pasillo, y al alzarlos de nuevo, dejó entrever sus maliciosas intenciones antes de que empezase siquiera a materializar una masa dorada en mitad del aire. La esfera de electricidad invocada medía menos de un metro, pero parecía lo bastante compacta como para producir daños devastadores. Después de mantenerla estática por unos escasos instantes, el hechicero enemigo la arrojó contra el bibliotecario.

Por favor, absteneos de haceros el héroe —intervino de improviso la sirvienta que, agarrando al mago oscuro del jubón, trató de apartarlo para tomar la iniciativa. Los brillantes hilos dorados que danzaban alrededor de su cuerpo, crepitantes y etéreos, sugerían que había estado preparando un poderoso conjuro. Ram tampoco actuaba movida por la caridad. Tan solo había decidido que ya era hora de que el bibliotecario le profesase un poco de respeto. Con el tomo de práctica apoyado en una mano, apuntó con el dedo índice de la otra a la esfera dorada que se precipitaba hacia ellos. De repente, el corredor se iluminó con el intenso fulgor de más de un centenar de diminutas bolas de fuego flotantes que se materializaron por todo el pasillo. Tan numerosas como las estrellas que cubrían el firmamento de Ilia, habían sido invocadas por la hechicera en menos tiempo que el de un parpadeo. El espectáculo duró menos de dos segundos, pues con un leve gesto de la maga de ánima, todas ellas se precipitaron velozmente a un punto determinado y conformaron una esfera tan compacta y del mismo tamaño que la del emergido. Sendas masas de pura magia concentrada chocaron entre sí en el último momento, y se disolvieron en el aire produciendo una tímida e inofensiva explosión taumatúrgica.

Al ver que su hechizo había fracaso, el emergido abrió de nuevo su libro dispuesto a atacar otra vez. Mas la sirvienta estaba preparada. Sin perder ni un instante, comenzó a canalizar su energía de forma constante a través del grimorio para seguir conjurando pequeñas bolas de fuego que, ni bien materializadas, se precipitaban contra el brujo enemigo. Varias de ellas impactaron contra el tomo de trueno de éste, y lo prendieron en llamas, mientras que otras calcinaban diferentes puntos del cuerpo del emergido. La lluvia de proyectiles ígneos no cesó hasta que la criatura de aspecto humano se derrumbó junto al cuerpo de su compañero, completamente inerte.

Esto es verdadera magia —dijo Ram en un tono de voz impasible, repitiendo la misma frase que Sindri había dicho en el vestíbulo al acabar con el primero de los emergidos.

La sirvienta suspiró mientras cerraba el desgatado libro de práctica e hizo un gesto con la cabeza al mago oscuro para indicarle que continuasen avanzando. En el fondo se sentía bastante agotada, no por la cantidad de energía que había utilizado en la batalla, sino por la carga psíquica que había supuesto lanzar tantos hechizos al mismo tiempo.
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Re: [Campaña de liberación] [Flashback] La teoría de los fuegos artificiales [Priv. Sindri - Rem]

Mensaje por Sindri el Dom Oct 08, 2017 3:53 pm

Sindri no sabía si sentirse halagado, ignorado, impresionado o desinteresado. Como sujeto ávido de experimentos que era, decidió subconscientemente que todo aquello a la vez era un buen plan… pero casi como todos los cócteles preparados por un amateur, provocaron una mueca extraña al que los bebía. Tuvo que recomponerse ante lo sucedido puesto que había sido algo equivalente al caer rodando por una escalera de caracol.

A ver, ¿Qué había sucedido exactamente ahí?

Es un libro de prácticas. Prácticas. ¿Sabe usted qué es una práctica, señorita de Montmorency? – entornó los ojos un poco, ¿Acaso la sirvienta nunca había tenido contacto con la miríada de “Mi Primer Tomo de Ánima” que circulaban en todas y cada una de las academias de magia? Era como un espadachín que veía una espada de madera de madera y comenzara a hacer preguntas sobre ella – Para perfeccionar una habilidad, uno se entrena en un entorno controlado con movimientos especialmente diseñados para tal efecto. Tiene numerosos beneficios, créame usted. – ¿Acaso la mujer no se lo había preguntado? No podía hacer una pregunta y esperar que el muchacho, con una disposición de ayudar sardónicamente, no la contestara. Aunque hubiera enmascarado la pregunta hasta ser completa y totalmente retórica. Detalles. Minucias – Por ejemplo, y es un ejemplo al azar, no fallar un hechizo en un momento crucial de la batalla. – ¿Y esta era la Magia de Ánima que tanto se suponía que debía temer? Aunque se le antojaba bastante injusto criticar a alguien que no estaba usando un tomo conocido, sino algo que los aprendices empleaban para no quemar nada importante. Pero eso no se lo iba a decir a ella, claro que no: los practicantes de Magia de Ánima siempre miraban por encima del hombro a los demás magos, fuera cual fuera su especialidad. Los (escasos y raros) usuarios de la Magia de Luz porque la Magia de Ánima la vencía en el Triángulo de las Armas. Los usuarios de la Magia Arcana “porque es una magia corrupta y malvada”, por lo que no contaba para nada que su fueguecito o chispitas fueran apagadas por la Oscuridad con la misma facilidad que una vela.

Verá, la Magia Arcana es un poco más… impredecible que la Magia de Ánima. Ustedes tienen un poder limitado, extremadamente limitado, pero seguro. Nosotros tenemos acceso a algo de mejor calidad, pero cada hechizo es un peligro en sí mismo. – masculló, con los ojos fijos en el Emergido que no parecía estar alzando la mano para llamar su atención. Cada hechizo era una obra de arte en calidad y creación… por necesidad, más que por cualquier otra cosa. Debía ser perfecto y hacer todos los pasos que mandaba la tradición, o la Oscuridad podía volverse contra él sin problema alguno – ¿Sabe el dicho de “calidad antes que cantidad”? Aplíquelo a los Magos Arcanos. La paciencia es una virtud, señorita, y Aquleia no se construyó en un día. – si sonaban como excusas es porque lo eran, y Sindri sería el primero en reconocerlo en cualquier otra ocasión. “Si uso la Oscuridad sin las medidas de control necesarias nadie de Ilia lo lamentará… porque no quedará nadie para hacerlo” sería algo apropiado que decir, pero no iba a dar más flechas a alguien que parecía tener un carcaj entero contra la Magia Arcana. Lo que, teniendo en cuenta lo que acababa de pensar, quizá había algo de verdad en sus acusaciones.

Entonces, de la nada, notó un tirón en lo que sería su tronco que le hizo trastabillar y caer al suelo sobre su espalda. No tanto por la fuerza, sino por la sorpresa y por el hecho que su cuerpo estaba algo magullado, se vio con un nuevo punto de vista de la situación actual – Viendo su afición de quemar bibliotecas, creo que estoy bastante más capacitado para ser un héroe que usted. Desde una perspectiva totalmente moral, claro. – se quejó y levantó una mano hacia el techo, como haciéndose notar entre todo el batiburrillo de cosas que estaban sucediendo. Trató de incorporarse, pero un punzante dolor en el tronco hizo que se doblara hacia un lado de sopetón. Parecía que había subestimado el poder que la fuerza de concusión tenía sobre un cuerpo que, si bien escudado del viento, no tenía mucha más defensa contra los golpes que un humano normal y corriente. No fue hasta que se apoyó con el brazo entero en la pared más cercana que pudo cambiar su posición y disfrutar de un juego de luces.

Había que reconocer una cosa: la Maga de Ánima sabía lo que estaba haciendo. Dos hechizos consecutivos, incluso empleando la Magia de Ánima, suponían una carga monumental en las reservas de cualquier mago. Hasta ahí lo más esencial que cualquier adepto a la magia podría entender con solo un vistazo. Más uno tenía que apreciar que estaba empleando un catalizador… mediocre, por llamarlo suavemente, y que ambos hechizos tenían una potencia considerable. Uno repelió un hechizo de un Grimorio normal y corriente (desde el punto de vista del bibliotecario), y el segundo fue suficiente para terminar de un solo golpe a otro Mago, alguien versado en las energías arcanas y con más defensa que otros seres. No quería usar la palabra “impresionante”. Ni siquiera pensarla, de hecho.

Sin embargo.

Mucho se podía discutir de las diferencias teóricas entre distintas ramas de magia o acercamientos llenos de ánimos escaldados por centenares de años de lucha. Pero eso era una demostración de Poder. Qué poder había conjurado desde su alma era totalmente irrelevante, puesto que podía tomar numerosas formas. Era claramente poder. Sin discursos, sin más palabras que las necesarias para entonar un eco irónico (¡Claro que lo había entendido!). Había una cierta belleza en aquella eficiencia sin cuartel, aquella fría entonación de acontecimientos carente de emoción, visible sólo para alguien totalmente en el suelo. Como un fresco en un jarrón detallando una escena mitológica o un tapiz hecho con la piel de una peligrosa bestia que tuvo que ser cazada. No tanto lo que mostraba como lo que su mera existencia implicaba. Poder, sin duda.

Pero todo lo bueno tiene que acabar y, mientras se frotaba los ojos que le hacían chiribitas por seguir la mirada a alguna chispita, todo el panorama estaba en calma. Una calma tensa. Silenciosa. Recordó que estaba estirado en una posición sumamente falsa y que quizá, solo quizá, ya era hora de levantarse – Ay, ya sabía yo que en su glacial y estoico corazoncito había algún lugar para mí. ¿Qué otra razón habría para no dejar que me electrocutaran? En el fondo es usted un trozo de pan. O un trocito de croissant, quizá. Comparar las damas con pan no es plato de buen gusto. – una pequeña y algo patética risotada, interrumpida por un poco de tos, fue la cancioncita que acompañó la escena de un bibliotecario incorporándose – No se lo preocupe, no lo diré a nadie. No fuera a empañar su reputación sin mancha de actuar contra la Magia Arcana. – le guiñó el ojo, como si fuera alguna broma con un compañero de trabajo que contarían felices durante el siguiente almuerzo.

Verdadera magia. ¿Le gustó la frase? La pensé al momento, para divertirme a costa del Mago de Viento. Salga de mí o de sus finos labios, es una frase que se me antoja llena de humor ahora que la pienso bien. ¿No le sucede a usted lo mismo? – era un alarde, nada más, para enfatizar que uno era poseedor único de lo verdadero y los otros no tenían más que imitaciones baratas. El bibliotecario ponderó mientras se acercaba a los cuerpos sin vida si aquello le hacía ser un hipócrita y si lo dicho para una audiencia podía ser usado contra él, pero el olor a carne quemada le hizo abandonar aquellos pensamientos. Cubriéndose la nariz con una manga, movió un poco el enemigo que había derrotado él hasta encontrar lo que quería. Satisfecho, se dio la vuelta y sólo volvió a hablar cuando estuvo seguro de estar a salvo del olor – El vulgo y los legos le darían la razón. La suya es la magia que quieren ver. Luces. Colores. Sonidos fuertes. Ya sabe usted, lo que más se acerca a la magia que cuentan los cuentos y las fábulas. ¡Podría dedicarse a los espectáculos! – con una sonrisa, Sindri le mostró su premio: un Tomo de Fuego que, por lo que parecía, no estaba muy usado – Un sombrero puntiagudo de ala ancha y una capa larga hasta el suelo, ambas de color lila y con un estampado de estrellas. Un carro para llevar el escenario de pueblo en pueblo. ¡La vida de nómada! ¡Imagínelo! – viendo que él se había pasado dos años viajando con una troupe y como aprendiz de una vidente/Sabia Oscura, el muchacho sabía bien de lo que hablaba. Era una vida algo difícil, pero entretenida en su manera para alguien que había vivido en un castillo toda su vida – Aunque quizá debería sonreír un poquiiiiiiiito más. Una cara tan severa asustaría cualquier niño que se dejara caer a ver su espectáculo. – y por “un poquito” quería decir “mucho más”.

Aún lo anteriormente dicho y sin que sirva de precedente alguno… – tendió el Tomo de Fuego a la sirvienta con una sonrisa. Quizá prefería tener un tomo mejor que aquél de práctica y, visto lo visto, si lo quería incinerar podía hacerlo con la misma facilidad con el tomo que llevaba ahora mismo – Me complace decirle que ha hecho usted un buen trabajo, Ram Amelia Isabella de Montmorency. – estaba seguro que su opinión no le importaba absolutamente nada, teniendo en cuenta su opinión sobre los Magos Arcanos. Pero él había sido educado bien y con modales, por lo que no reconocer los logros ajenos se le antojaba completamente descortés. No costaba nada ser cortés con todo el mundo, aunque te hubieran intentado matar antes… el intento de homicidio no era una excusa suficiente para abandonar los modales ante nadie.

Pero había algo más que hacer antes de continuar. Podría considerarse una mano tendida, metafóricamente hablando. Seguramente se ganaría una gran y fea quemadura si lo intentara – Augh. Auch. Uy. Ay, ay ay. – se llevó la mano con la que no sostenía el tomo al estómago, al lugar justo donde había impactado el hechizo del Mago de Viento tiempo ha. Se dobló un poco, simulando una punzada de dolor súbita– Creo que el golpetazo contra el suelo se me sumó a la herida. Necesitaré unos momentitos para recuperarme. – el hecho que la mujer continuara impertérrita tras dos hechizos era sorprendente y ofenderla sugiriendo un parón era una idea que podía acabar con su cabello en llamas. Pero sabía de buen grado la mella que podían hacer dos hechizos poderosos y seguidos en un taumaturgo. Él bien que lo evitaba a todo precio – No se preocupe, solo necesito unos segunditos. Estamos cerca de la entrada, de todos modos. Girando a la izquierda en el próximo cruce nos esperan dos planchas de acero que se hacen pasar por puertas. Las puertas de la zona restringida. – señaló el camino con fingida debilidad empleando la cabeza. Si las puertas habían resistido hasta ahora, resistirían dos minutos más. Y si no, al menos estarían abiertas.
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Re: [Campaña de liberación] [Flashback] La teoría de los fuegos artificiales [Priv. Sindri - Rem]

Mensaje por Ram de Montmorency el Sáb Nov 11, 2017 3:34 pm

La hechicera feroxí se mantuvo rígida e inmóvil en mitad del pasillo, esforzándose por disimular el incontrolable temblor que se había apoderado de su cuerpo. Empezaba a afrontar las consecuencias de haber malgastado la mayor parte de sus fuerzas en aquella infructuosa demostración de poder, mas se sentía satisfecha con el resultado de todas formas. Derribar a un mago rival con solo dos hechizos era una proeza casi inalcanzable para una hechicera autodidacta de su edad, y más proeza era aún que lo hubiese hecho utilizando un endeble tomo de práctica. La teoría detrás de su ataque era en realidad bastante sencilla: debido a que el libro solo le permitía canalizar pequeñas cantidades de magia para conjurar bolas ígneas de tamaño despreciable, había optado por materializar una gran cantidad de esferas al mismo tiempo. Las suficientes como para que su potencia total fuese equivalente a las de los tradicionales tomos de fuego, trueno o viento. De esa manera había conseguido contrarrestar el hechizo de electricidad del enemigo canalizando una cantidad de energía taumatúrgica moderada y razonable. El segundo conjuro compartía la misma naturaleza, pero se diferenciaba del primero en que Ram había controlado cada pequeña bola de fuego como un proyectil independiente. Aunque a ojos ajenos no lo pareciese, lo que la sirvienta había invocado en un lapso tan corto de tiempo era un incontable número de micro hechizos. Por ese motivo la carga psíquica que semejante hazaña suponía comenzaba a manifestarse en ella. Pero a pesar de que sentía su mente algo nublada, y notaba sus extremidades entumecidas por un agotamiento difícil de describir, la sirvienta prefería fingir que se encontraban en perfectas condiciones para continuar con la visita a la zona restringida. Mostrarle a Sindri signos de debilidad habría dañado aún más su orgullo herido.

Sin embargo, y como ya era costumbre, el bibliotecario no perdió la oportunidad de abrir la boca y seguir provocándola con más comentarios mordaces, aun estando malherido y tendido en el suelo. Ram frunció el ceño por enésima vez, preguntándose si existía en el mundo algún remedio con el que hacer que Sindri dejase de hablar, aunque solo fuese por un mísero instante. Que a continuación el joven la comparase de manera gratuita con un croissant, no ayudaba a relajar la tensión presente en el ambiente. Peor aún le sentó que hiciese referencia a su odio visceral hacia las artes arcanas. La hechicera no buscaba granjearse una fama semejante, y de hecho ocultaba a Rem y al amo Kato el rechazo instintivo que sentía hacia los magos oscuros. Temía que de quedar su pequeño secreto al descubrirlo, ambos empezasen a hacerle preguntas que ella no deseaba contestar. Y si bien su hermana gemela compartía también algo de desconfianza hacia los practicantes devotos a la Oscuridad, lo cierto era que ella nunca habría intentado atacar a Sindri en el vestíbulo de la biblioteca estando en su lugar.

Si vos no le contáis nada a nadie acerca de mí, yo no le diré nada a nadie acerca de la verdadera naturaleza de vuestra magia… —le espetó con voz altiva y sin voltear el rostro para mirarle—. O de lo que vamos a aprender una vez lleguemos a nuestro destino. Suponiendo que en primer lugar vos no me hayáis mentido.

La única razón por la que Ram había accedido a acompañar al bibliotecario era la supuesta ”zona restringida”. Tenía el presentimiento de que quizá allí podría encontrar información útil que la ayudase a completar su investigación acerca de la materialización de fuegos artificiales, pero tampoco quería pecar de ingenua y creer ciegamente en la palabrería del mago arcano. Sindri ya había demostrado ser bastante astuto y agudo con lo que decía, por lo que cabía la posibilidad de que todo aquello fuese una patraña con segundas intenciones. Además de que había algo inquietante en su comportamiento. A diferencia de lo que ocurría con otros individuos que había conocido, la sirvienta se sentía desconcertada al no ser capaz de leerle el pensamiento a su compañero. No obstante, debido a que le costaba mantener la compostura frente al bibliotecario, no podía permitirse el lujo de bajar la guardia, o de depositar siquiera un mínimo de confianza en él. Sabía que los seres humanos tenían una tendencia natural a la mentira y el engaño, por lo que en silencio, procuraba analizar con atención cada palabra y cada nueva información que Sindri le proporcionaba.

La magia de ánima se rige por las reglas de los elementos de la naturaleza. Eso la hace, junto a la de luz, más verdadera que la que vos utilizáis —respondió con hostilidad a la pregunta de su interlocutor—. He oído que solo se puede utilizar la magia arcana mediante un ritual específico, ¿o eso también es producto de la superstición colectiva?

¿Cómo podía considerarse verdadera la Oscuridad si ni siquiera podía utilizarse sin llevar a cabo un rito previo? Los magos oscuros jugaban con fuerzas que escapaban a la comprensión del erudito más versado, sin importarles tener que someterse a una magia tan primitiva y salvaje. Tan insondable como peligrosa. Ram estaba convencida de que a diferencia de las demás artes taumatúrgicas, la esencia de aquella era sin duda alguna perversa. Por muchas vueltas que le diese, no podía aceptar una magia que no entendía de reglas y cuyo único propósito era el de causar daño.

La sirvienta observó callada a Sindri mientras éste se acercaba a los cuerpos inertes del fondo. No le sorprendió verle cubriéndose la nariz para evitar el olor a carne quemada, puesto que ella hacía lo mismo siempre que derribaba a algún desventurado emergido que osaba acercarse demasiado a la mansión del amo Kato. Sabía por experiencia propia que el hedor que emanaba de las quemaduras solía ser demasiado desagradable, mas lo consideraba tan solo como un pequeño inconveniente fácil de ignorar, y también un precio despreciable a pagar a cambio de poder utilizar el fuego como arma; el más impetuoso de los tres elementos de la magia de ánima. Mientras tanto, y completamente ajeno a las cavilaciones de la doncella, el bibliotecario recuperó el tomo de uno de los emergidos caídos y se dispuso a entregárselo. Aprovechó para hacer un inciso en que podría dedicarse al mundo del espectáculo. Ram torció aún más su expresión de desagrado al escuchar eso, incapaz de aseverar si el comentario iba en serio o era otra mofa más.

Señor Sindri. Soy una sirvienta, no un mono de feria —dijo aceptando el tomo de fuego que su compañero le tendía. La idea de llevar una vida como nómada artista le parecía insoportablemente deshonrosa. Aunque sin herencia que poder reclamar, sangre noble seguía corriendo por sus venas. Lo que el joven dijo a continuación resultó inesperado. Incapaz de creer que lo que estaba oyendo, Ram no pudo evitar que una ligera expresión de extrañeza se dibujase en su rostro. ¿Acaso la estaba… felicitando? Después de todos los anteriores comentarios que el bibliotecario le había dedicado, aquella sí que era una sorpresa inesperada.

Mu…muchas gracias —respondió titubeante—. Vos habéis hecho también un gran trabajo.

Pero justo en ese preciso instante, cuando Ram por fin empezaba a sentir que su esfuerzo había recibido una pequeña pizca del reconocimiento que merecía, Sindri empezó a quejarse de manera teatral y exagerada. La doncella volvió a adoptar su semblante gélido característico y le dirigió una mirada penetrante. Haciendo alusión al hechizo de viento que había recibido de lleno en el vestíbulo, y al golpe que se había dado contra el suelo cuando ella lo había apartado antes, le pedía que parasen un rato porque necesitaba recuperar el aliento. En parte, eso también eran buenas noticias para la criada, que no estaba segura de poder lanzar otro hechizo poderoso sin perder el conocimiento en el proceso.

¿Estáis intentando hacerme sentir culpable? Esto os pasa por creeros escudo y no persona.

Ram nunca había conocido a un mago tan insensato como él. ¿Ponerse delante de la trayectoria de un conjuro enemigo? Una auténtica locura. Por regla general, los hechiceros pasaban tanto tiempo estudiando que apenas tenían tiempo para ejercitar sus cuerpos. Esa carencia de fuerza bruta y resistencia los convertía en objetivos muy vulnerables, y por ello hasta el más joven de los aprendices sabía que lo mejor era mantenerse lo más lejos posible del peligro. La sirvienta no sentía preocupación alguna por el estado de Sindri. Si de verdad le dolían sus heridas tanto como se quejaba, era culpa suya.

Me adelantaré para comprobar si hay peligro —añadió antes de reemprender la marcha a solas, dispuesta a seguir las indicaciones del mago oscuro. Se adentró con paso inseguro en el pasillo de la izquierda, y aprovechó que el bibliotecario ya no podía verle para apoyar su temblorosa mano en la pared. Mantener su fachada impertérrita delante de su compañero había sido una tarea difícil, por lo que rogaba que éste se tomase su tiempo antes de reunirse de nuevo con ella. Importaba poco que en ese momento fuesen aliados, pues ella seguía pensando en el joven como un rival. De mostrar debilidad, estaría dándole la razón a Sindri y a sus argumentos de la superioridad de la magia arcana sobre la de ánima, por lo que no podía permitir que la viese en ese estado tan vulnerable. De un momento a otro sus temblorosas piernas cedieron y, apoyando el resto de su cuerpo junto a la pared, se dejó caer al suelo. Tenía algo de sueño.

Parece que me he pasado otra vez… —murmuró para sí misma.

Fue entonces cuando, al alzar la vista de nuevo, vislumbró a lo lejos las dos planchas de metal que hacían de portones para la supuesta zona restringida. Pero tal y como había sospechado, ambas habían sido abiertas a la fuerza. Sin una llave con la que acceder al sitio, los emergidos debían de haberla abierto con explosiones taumatúrgicas bastante potentes.

Oh, no…
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Re: [Campaña de liberación] [Flashback] La teoría de los fuegos artificiales [Priv. Sindri - Rem]

Mensaje por Sindri el Vie Nov 17, 2017 9:48 pm

¿Estamos enlazados ahora usted y yo? ¿Somos compañeros en un crimen? ¿Cómplices tal vez? – una enorme sonrisa adornó el rostro del Mago Oscuro, cuyo humor surcaba los cielos al imaginarse el esfuerzo que la mujer debía haber invertido en siquiera imaginar los dos juntos en algo. Nada nuevo bajo el sol. La Maga de Ánima hacía exactamente lo mismo que cualquier otro hubiera hecho en su lugar: tratar al Mago Arcano de turno como algo que no era receptáculo de derechos humanos, saltando el evidente anacronismo. No era especial. Al final, uno se acostumbraba y dejaba de esperar que cualquier otra persona le tratara con el respeto y la dignidad que merecía por ser un humano. No podías dejar que las pequeñas cosas, como tener absolutamente todo el mundo en contra, empañasen tu visión o te afectaran psicológicamente. ¿Y qué si no podías confiar en nadie? ¿O si en cada sonrisa se ocultaban los colmillos del lobo? Eso sólo quería decir que lanzaras donde lanzaras un hechizo, estarías acertando a un enemigo – No soy capaz de imaginar cuánto esta información debe valer para usted para hacer un pacto con alguien como yo. Ya sabe usted, un Mago Oscuro. Pero entraré en su jueguecito, Ram Amelia Isabella de Montmorency, nadie de Ilia conocerá sobre su disgusto por los practicantes de las Artes Arcanas de mis labios. – si bien Sindri ocultaba… ¿Cómo lo había llamado Ram? ¿“La verdadera naturaleza de su magia”? ante la mayoría de seres, bien era cierto que la regla se volvía laxa por momentos. ¿Exceso de confianza por parte del Mago Arcano? ¿Reconocimiento de la falta de posibles peligros a su alrededor? Vivir escondido lleno de dudas por temor a ser reconocido parecía ser algo del pasado. Al fin y al cabo, la gente tenía que temerle a él, y no al contrario.

¿“Más verdadera”? ¿En base a qué? ¿Más hipótesis sin fundamento a las que se aferran para dormir mejor por las noches? ¿Eso en lo que sobresalen los practicantes de su rama de magia? – alzó las palmas de sus manos al techo con los brazos doblados y movió la cabeza en símbolo universal de negación, cerrando brevemente los ojos. Su tono era de alguien que estaba entretenido, como el de alguien al que acababan de explicar un chiste no muy bueno, pero suficientemente divertido – Ah, no, los límites hacen algo verdadero en su opinión. Eso debe ser un consuelo para los que practican su magia, viendo la miríada de límites que tienen y lo poco que se esfuerzan para remediarlos. Ven una pradera hasta el horizonte, lista para ser explorada, pero prefieren quedarse dentro de las cuatro vallas que plantaron sus tátara-tátara-tátara-tátara-tátara-abuelos por razones desconocidas. – ¿Acaso los Magos de Ánima eran tan altivos que se creían poseedores de todo el conocimiento sobre la magia? ¿O tal vez tenían miedo de lo que no entendían? El primer paso sería aprender más sobre ello, incluso un aprendiz podía llegar a esa conclusión. Pero no, simplemente admitir que quedaba mucho por descubrir parecía una afrenta a su ser. Ningún Mago Arcano se podía jactar de conocer nada de la Oscuridad, sería como alguien que tras mirar un dedal lleno de agua de mar gritaba  a los cielos que conocía qué había al fondo del océano – Su culto a su ethos es encomiable, pero no hace más que presentar argumentos sin más fundamento que “porque lo digo yo” o “lo dice algún Mago de Ánima muerto hace siglos”. Ni siquiera sabe las reglas por las que se rige la Magia Arcana, y dudo que un Mago de Ánima haya puesto el más mínimo esfuerzo en aprender nada de la Magia de Luz.

Ladeó entonces la cabeza, mirando fijamente a la sirvienta puesto que había reparado en algo que había dicho. Que no era mucho, no nos engañemos, era más fácil hacer hablar a una estatua de hielo que a esta mujer… y seguramente sus palabras serían mucho más cálidas. Haría algún chiste a su expensa sobre la dicotomía fuego-hielo, pero es que la mujer tenía una muy limitada gama de expresiones – Oh, claro, porque la Magia de Ánima es algo que se aprende de nacimiento sin ayuda de nadie, ¿verdad? No es que haya, no sé, digamos, un pacto entre los magos y los espíritus. – hizo alusión al hecho que en Elibe, los Magos de Ánima conseguían sus poderes mediante un contrato con un espíritu elemental. Le parecía bastante entretenido el hecho que le pareciera extraño tener que invitar la Oscuridad dentro, pero que un espíritu te llenara de fuego o de electricidad era completamente normal – ¿Tienen una tabla de quién es aceptable recibir poder y de quién no? Pero acertó en el hecho que se requiere un ritual muy específico en el que se invita que la Oscuridad entre dentro de uno. Muy peligroso. Muy peligroso. Tiene un índice de fatalidad altísimo y muchos alumnos no vuelven a ver jamás la luz del sol. Muerte del cuerpo o muerte del alma prematura. – no era más que tiempo prestado, puesto que un Mago Oscuro acabaría encontrando uno de los dos finales. O bien la Oscuridad le acababa quitando más de lo que podía permitirse o un héroe de brillante armadura y más brillante espada se entrometía en su camino y la historia acababa como siempre terminaba.

Sin embargo, lo impensable sucedió. Debía ser uno de los signos del Fin de los Tiempos, junto con que los mares se secaran y que los cielos se rasgaran. Esperaba sinceramente otra mirada glacial y una respuesta altiva como “me ofende que esperase algo distinto de mí” o “como corresponde a un Mago de Ánima, herético insolente” – ¿Eh? ¿Q-qué…? – un Mago Arcano, especialmente Sindri, estaba acostumbrado a ser despreciado, temido y, en cierto modo, odiado. Nada nuevo. Sonríe, tómatelo con filosofía, y así les duele más. No dejes que te llegue dentro, simplemente usa sus insultos de escudo. ¿Y qué si eres un Mago Oscuro? ¿Y qué si tu magia era impura a sus ojos? Sonríe. Sonríe. Aunque no quieras sonreír. Aunque lo último que te apetezca sea sonreír. Pero ahora no sonreía – U-uh. Tú… ¡Usted! Gracias a usted también… – su cabeza funcionaba a pleno rendimiento. ¿Estaba mintiéndole? ¿Estaba siendo sincera? Parecía sincera. ¿Le estaba halagando a pesar de su condición de Mago Oscuro? ¿Era un factor determinante? ¿Le había felicitado lo suficiente él de acuerdo con las reglas de la educación? ¿Debía agradecérselo? Sus ojos iban de un lugar al otro, incapaz de clavarlos con seguridad en algún lugar. No estaba acostumbrado a los halagos o a los agradecimientos. Nunca lo había estado. Desde pequeño, siempre lo hacía todo mal y al ir creciendo su mediocridad no hizo sino mantenerse estable. Incluso ahora, como Mago Oscuro, no era mucho más que un aprendiz recién graduado. ¡No estaba preparado para recibir felicitaciones!

Ah, pero allí estaba una respuesta fría y calculada, sin ningún tipo de reparo. Dio una mano metafórica y fue metafóricamente rechazada, por decirlo así. Con eso sí que podía trabajar. La sonrisa volvió a sus labios. La comodidad regresó. Con eso sí que podía trabajar – ¿Oh? ¿Va a adelantarse por si hay peligro? ¿Por mí? ¿Para que no me pase nada malo? Adelante, adelante~ – con una semi-reverencia, el bibliotecario dejó paso a la sirvienta, señalándole de nuevo el lugar por el que era casi como una mofa. Observó con curiosidad su partida y esperó un momento. Dos momentos. Tres momentos. No había rastro de ella y no escuchaba ninguna pisada en su dirección – – cerrando los ojos, apoyó su espalda contra la pared y cruzó los brazos, dejando que las piernas reposaran un instante. Se sentía como si le hubieran caído cuarenta años de golpe, con los músculos agarrotados y magullados. Pero no era algo físico, el cuerpo de un Mago Arcano estaba preparado para el desgaste, al menos más que el de cualquier otro mago – No puedo ser un héroe… ¿verdad…? – masculló entre dientes, llevándose la mano a la cara brevemente. Obviamente, él no estaba hecho para ser un héroe. Para ser reconocido por otros, ser laudeado, que su madre se sintiera orgullosa de él por una vez en su vida. Para que lo miraran con aprecio. No, él era el malo. El escollo a vencer por el héroe. Sabía como funcionaba La Historia – Si el mundo sólo va a ver a un Mago Oscuro como alguien sin honor y en el que no merece la pena confiar… – desplazó la mano por su cara, dejándola lívida y que cayera por su propio peso. Su voz se transformó poco a poco en un susurro gutural – … entonces no tiene sentido tratar de ser otra cosa. – y, desde el fondo de su alma, suspiró. El último encontronazo con la fiera dama glacial había abierto viejas heridas que creía cerradas. O al menos enterradas bajo kilos de vendas.

Tuvo que obligarse a moverse tras estar quieto un par de minutos. No era típico de él obcecarse en asuntos que no tenía el poder de cambiar, por muy personales que fueran. Inspirando y expirando varias veces, volvió a esbozar en su cara la máscara de una sonrisa y, poco a poco y con el Tomo de Ruina bajo su brazo, recorrió el camino hasta donde estaba la mujer de espaldas, mirando fijamente… el quicio de una puerta. Bueno, dos. Las que estaban en el suelo. No haciendo su función, claro. Carraspeó suavemente para atraer la atención de Ram antes de decir – ¡Señorita De Montmorency! ¡No hacía falta abrir la puerta a hechizos! Tenía yo la llave aquí. – claro que era una chanza. Sindri calculó que ella sola hubiera tardado un buen rato a hacer aquel estropicio, y él no había escuchado absolutamente nada. A no ser que fuera experta en el olvidado arte de las explosiones silenciosas, claro. Tratando de esconder su curiosidad, caminó casi de puntillas hasta el quicio de la puerta y miró dentro de la sala.

No esperaba nada de lo que vio.

Una sala, completamente circular, con estanterías y vitrinas hasta donde la vista podía alcanzar. Sin decoraciones y sin más fuentes de luz que unas velas de cera en algunas paredes estratégicas. ¿Qué maravillas contendrían? ¿Qué conocimiento esperaba que se recogiera, como una manzana madura? Preguntas que tendrían que esperar, porque en el centro de la habitación dos figuras con capa estaban registrando la vitrina central, de espaldas a la entrada. Una opción muy poco práctica, pero su vestimenta sugería que eran del mismo grupo de Emergidos que los de antes. Quién sabe lo que pasa por sus cabezas – No creo que tenga ni siquiera que mencionar que no debe fallar con su magia de fuego. Aquí no. Aquí sí que no. – susurró preocupado a la sirvienta, lo suficientemente suave para que no le pudieran escuchar los Emergidos. Una chispa fuera de lugar y aquel tesoro antiguo (y más seco que el desierto) acabaría como unas inusables cenizas – Por lo que apunte bien, por favor.
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Re: [Campaña de liberación] [Flashback] La teoría de los fuegos artificiales [Priv. Sindri - Rem]

Mensaje por Ram de Montmorency el Lun Nov 27, 2017 7:05 am

Ram apretó los dientes con furia mientras trataba de contener las ganas de farfullar una palabra malsonante. Pese a que una parte de sí misma ya había predicho que era probable que quedasen más emergidos en el interior de la biblioteca, en ningún momento había imaginado que sin la llave apropiada éstos hubiesen conseguido acceder a la zona restringida. Mas los dos portones de acera destrozados no sugerían únicamente lo evidente, sino también que los enemigos restantes debían de ser más hábiles con la magia que sus compañeros caídos. Ni siquiera ella, una hechicera con talento innato para manipular las energías taumatúrgicas a voluntad, sabía cómo generar explosiones tan potentes como para hacer añicos el metal. Consciente de que lo mejor sería evitar otro enfrentamiento directo, la doncella se dispuso a hacer acoplo de sus fuerzas restantes para intentar incorporarse de nuevo. Su trabajo todavía no había terminado y, por mucho que le disgustase la idea, debía avisar a Sindri del peligro antes de continuar. Sin la ayuda del mago oscuro, dudaba poder derribar por su cuenta a más de un emergido en su precario estado actual. La criada extendió una mano temblorosa para aferrarse a un ladrillo que sobresalía de la pared. El cansancio que sentía amenazaba con hacerle perder el equilibrio de un momento a otro, pero pensar en la recompensa que aguardaba más allá de aquellas dos planchas de metal tiradas en mitad del pasillo le dio fuerzas para levantarse con algo de dificultad. Una vez de pie, Ram cerró los ojos y se maldijo a sí misma en silencio. No quería aceptarlo. No podía aceptarlo. Después de todo el esmero y dedicación que había puesto para estudiarla, ¿tan débil era su magia? Ahora que podía disfrutar de un momento a solas, le costaba dejar de darle vueltas a lo que el bibliotecario le había estado diciendo todo el rato. El Triángulo de la Magia era una ley fundamental que todo hechicero conocía, pero pese a que dictase que las fuerzas elementales eran inferiores a las oscuras, Ram había crecido convenciéndose de que tal vez —y solo tal vez— si llegaba a dominar su magia de fuego hasta cierto punto podría hacer frente a la oscuridad que acechaba en su pasado.

Por desgracia, el breve enfrentamiento contra Sindri había diezmado toda esperanza que pudiese albergar al respecto. Sin necesidad de mover un dedo el bibliotecario le había hecho algo, aunque todavía no sabía muy bien el qué. “Y no pude hacer nada para resistirme al poder de su magia arcana...”. Consternada por una rabia que rara vez se atrevía a mostrar en público, la doncella cerró su mano libre en un puño y aporreó la pared más cercana hasta hacerse daño en los nudillos. No quiso reparar en la sangre que empezó a brotar de su herida con timidez, enfurecida al reconocer su propia debilidad. Para derribar a un emergido de un solo golpe había tenido que utilizar una cantidad ingente de sus energías, pero Sindri podía hacer lo mismo sin necesidad de quedarse completamente exhausto. De repente, una idea peligrosa cruzó su mente. Aunque el pensamiento fue fugaz, la sirvienta se imaginó a sí misma aceptando aquello que más aborrecía. Aquello que se empeñaba tanto en destruir.

No —dijo en un tono de voz firme, aunque allí no hubiese nadie para escucharla.

Ram abrió de nuevo los ojos y clavó la mirada sobre el tomo de fuego que el bibliotecario le había entregado instantes atrás. No podía vacilar ni ceder a la tentación de seguir el camino más fácil, o terminaría perdiéndose a sí misma en el camino. Una maga de ánima carente de confianza en su propio poder no tenía más valor que un despojo callejero cualquiera. Ni los tres elementos eran débiles, ni el Triángulo de la Magia podía ser una ley tan inquebrantable como todos creían ciegamente. Debía seguir abrazando todas esas limitaciones de las que Sindri se burlaba, y seguir creciendo como hechicera en sintonía con ellas. Solo entonces se atrevería a volver a Regna Ferox para llevar a cabo aquello que había tenido que hacer largo tiempo atrás. Una expresión repleta de determinación se dibujó en su rostro mientras empezaba a recuperar su compostura característica. Hacerse cada vez más fuerte. Ése era el único propósito por el que debía preocuparse por el momento.

La doncella feroxí no reparó en la presencia del bibliotecario hasta que éste carraspeó e intervino con un nuevo comentario desenfadado. Ram se volvió para mirarle. Supuso que le debía una disculpa por haber desconfiado de su palabra, ya que después de todo, al final de ese pasillo sí que existía una habitación que tenía todo el aspecto de ser una zona restringida al público ordinario del edificio. Junto con Sindri, se acercó con cuidado al quicio de la puerta para echar un vistazo a su interior, quedándose sin más palabras que de costumbre al descubrir la enorme sala circular que tenían delante. Sin ventanas que alumbrasen su interior, la única luz presente era artificial y procedía de las velas de unos escasos candelabros sujetos a las paredes. Innumerables estanterías constituían su sobria ornamentación, con viejos volúmenes, grimorios deteriorados y artefactos mágicos capaces de tentar la mirada de cualquier mago curioso.

No puede ser… —murmuró. Más que una zona restringida, aquel lugar parecía una segunda biblioteca oculta dentro de las entrañas de la primera. Ni siquiera el estudio del amo Kato contaba con tantos libros. Anonadada por el descubrimiento, la hechicera tardó en reparar en las dos figuras encapuchadas que estaban inclinadas sobre la vitrina de cristal del centro de la sala. Supuso que debían de ser los emergidos responsables de destruir las puertas de metal. Antes que nada, tendrían que encontrar alguna manera de deshacerse de ellos para poder echar un vistazo apropiado a las maravillas que albergaba aquella cámara. Sindri pareció leerle el pensamiento, y le pidió en un tono de voz inusual en él que tuviese sumo cuidado a la hora de utilizar su magia. Pese a que tenían sus diferencias, Ram asintió con la cabeza. Comprendía mejor de lo que el bibliotecario creía los riesgos que albergaba su elemento. La más mínima chispa inoportuna podría bastar para prender fuego al entero lugar, por lo que tendría que tener sumo cuidado a la hora de utilizar su siguiente hechizo. Con los nervios a flor de piel, la doncella abrió su tomo de fuego y empezó a describir con el dedo índice una serie de símbolos mágicos frente a ella. Las etéreas runas se manifestaban de un color dorado antes de desvanecerse en mitad del aire.

Limitadores. Evitan que mi magia se descontrole demasiado —explicó para tranquilizar a su acompañante una vez hubo terminado el breve ritual—. Respondiendo a lo que vos dijisteis antes, lo cierto es que yo no hago pactos con espíritus.

Pese a que Ram se había mantenido completamente callada en el momento, seguía pensando en las anteriores réplicas de Sindri. Sabía que no merecía la pena seguir discutiendo con él, puesto que ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder frente a los argumentos del otro, pero no pudo evitar reparar en que el bibliotecario parecía dar por supuesto que ella utilizaba la magia de ánima según los criterios de los eruditos de Ilia. Aparte de que ella no creía en la existencia de los espíritus como tal, despreciaba a todo hechicero que utilizaba fuerzas ajenas como suyas. En su lugar prefería emplear su propia energía vital como fuente de origen de su magia, tal y como hacían los antiguos magos del continente de Valentia, y utilizaba tan solo los escritos de su grimorio manuscrito para refinarla y darle forma a su antojo. Una aproximación peligrosa que siempre la dejaba algo exhausta. Pero antes de que pudiese decir nada más, un hilillo de sangre brotó de su nariz, dejando patente ante el bibliotecario que la cantidad de energía vital que había empleado antes le estaba pasando factura. Ram extrajo un pañuelo de tela blanca de uno de sus bolsillos y se limpió, manteniendo un semblante gélido para intentar quitarle importancia a lo que acababa de suceder.

Señor Sindri —empezó a susurrarle de nuevo. Se sentía algo avergonzada por lo que estaba a punto de reconocer en voz alta, pero el deseo de echar un vistazo al material que había en el interior de la sala superaba con creces cualquier rencilla—. Creo que solo puedo aguantar un hechizo más. Tengo que acercarme para no fallar.

Sin aguardar a una respuesta afirmativa por parte del bibliotecario, la criada se agachó y entró en el lugar aferrando entre sus dedos el tomo de fuego. Procuraba hacer el mínimo ruido mientras se aproximaba a la pareja de emergidos que aún no parecían haber reparado en su presencia. Pese a su semblante inexpresivo, sentía su corazón palpitar con malsana insistencia. Ambos magos tenían solo una oportunidad para acertar a sus respectivos objetivos. Debían aprovechar el factor sorpresa para derribarlos al mismo tiempo, o se arriesgarían a que una de esas criaturas se diese la vuelta y empezase a lanzar hechizos sin importarle el lugar en el que estaban los cuatro.

Transcurridos unos minutos, Ram por fin se encontraba a unos escasos metros de sus oponentes. Mientras empezaba a canalizar un silencioso torrente de energía taumatúrgica, volvió su mirada hacia Sindri y le hizo gesto con la mano para avisarle de que ella atacaría al emergido de la derecha. Tan acostumbrada a que con su hermana gemela no necesitase intercambiar demasiadas palabras, no tenía manera de estar completamente segura de que el mago oscuro hubiese comprendido el plan. Por ese motivo, se permitió depositar por primera vez un mínimo de confianza en el bibliotecario. Incorporándose de nuevo, apuntó con su mano derecha a la criatura a la que pretendía atacar, y conjuró una esfera de fuego que envolvió en llamas su figura encapuchada. Un fuerte olor a carne quemada se extendió por toda la sala a la vez que la hechicera feroxí se desplomaba agotada contra el suelo.
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Re: [Campaña de liberación] [Flashback] La teoría de los fuegos artificiales [Priv. Sindri - Rem]

Mensaje por Sindri el Sáb Dic 09, 2017 8:42 pm

¡Limitadores! ¡Como si ustedes necesitaran todavía más de ésos! – ahora resultaba que había maneras de crear espacios en los que la Magia de Ánima no funcionase correctamente. Había observado con atención como las runas se apagaron de la misma forma que lo haría una endeble llama de una vela a media noche. ¿La propia Magia de Ánima era la responsable de la creación de los limitadores? Sindri no conocía de ningún ritual con tal efecto y dudaba que la Magia de Luz, que en el Triángulo de la Magia era inefectiva contra la Magia de Ánima, tuviera la capacidad de crear tal situación. Situación impensable en el ámbito de la Magia Arcana. El poder de la Magia Arcana tenía una sola y única fuente: la Oscuridad. Tratar de usar una maldición o un ritual para coartar el poder de otro Mago Arcano sería el equivalente de decir: “Mi señora Oscuridad, présteme su poder para limitarla”. La Oscuridad hace aquello que desea cuando lo desea, no hay fuerza en este mundo que pueda detenerla – Hay veces que su rama taumatúrgica me da cierta lástima, si le soy completamente sincero. – había potencial, tanto potencial, en la Magia de Ánima. Tanto por explorar. Tanto por descubrir. Tanto por hacer. Pero cada Mago de Ánima se contentaba con, simplemente, llegar hasta los límites de lo conocido y parar ahí en seco. No daban más pasos, casi como si tuvieran miedo a la innovación y a lo que había más allá. Se auto imponían reglas draconianas sin ningún sentido y se condenaban unos a otros al ostracismo y al escarnio público cuando se las saltaban.

Hablando de Magia de Ánima, ¿A qué se refería cuando afirmó que no hacía pactos con espíritus? Los pactos con los diversos espíritus elementales eran la base de la Magia de Ánima. Era como decir que uno usaba la Magia Arcana y no había llevado a cabo el ritual necesario, o que empleaba la Magia de Luz pero no pertenecía al clero. Era lo que en su profesión llamaban “presupuesto habilitante”. Además, un practicante de las Artes Arcanas tenía pleno conocimiento que sus hechizos podrían volverse contra él en un instante, por lo que debía estar preparado en cuerpo y mente cada vez. Abrió la boca para protestar y lanzar una acusación cuando algo en la cara de la damisela le hizo parar en seco, no pudiendo evitar clavar en ello la mirada. Con un movimiento experto, la mujer sacó un pañuelo y confirmó las sospechas de Sindri con unas pocas palabras: tantos hechizos complejos seguidos le estaban comenzando a pasar factura.

El Mago Oscuro frunció el ceño y dejó de sonreír, algo harto extraño en él. No dijo absolutamente nada, sumiéndose en el silencio más sepulcral, y asintió con la cabeza de manera grave y decidida. Mostrar algún tipo de piedad cuando era obvio que no era requerido sería un grave insulto al cuál no estaba dispuesto a rebajarse. Habiéndose criado en una corte, conocía bien el orgullo de los nobles y el esfuerzo que dedicaban a crear una máscara de estoicismo en la que podían rebotar cantos rodados. Le recordaba a su madre en cierta manera, una mujer con un carácter tan férreo que vería un árbol doblegarse antes que ella. No podía evitar sentir respeto hacia el tipo de persona que, enfrentada con un problema de una magnitud extrema, hacía de tripas corazón y dedicaba sus últimas fuerzas en continuar adelante. Rendirse era fácil, Sindri lo había hecho ya y lo sabía bien, pero se aprendía más caminando el arduo camino que rodando por la pendiente como un tonel viejo.

No merezco ser llamado “señor”. Creo que sólo Sindri bastará a partir de ahora. Espero que no le importe despojar de tal honor a un mísero Mago Oscuro como yo. – susurró Sindri mirando al suelo donde estaban los Emergidos. ¿Se lo había dicho verdaderamente a ella? ¿O simplemente se recordaba su lugar en el mundo? No quería honoríficos en aquel momento. Había algo que se retorcía en lo más hondo de su ser cada vez que lo oía con la voz de la mujer. ¿Alguna vez habéis recibido un premio que no habéis ganado o halagos por algo que no era vuestro? Ese mismo sentimiento – Esperaré atentamente mi turno, señorita De Montmorency. – dicho y hecho, el bibliotecario se sumió en las sombras, aguardando el momento que sus hechizos volvieran a apagar la vida de otro ser.

El trance de la expectación hizo que el tiempo transcurriera tan lentamente que podría jurar que habían pasado horas desde que la sirvienta puso el primer pie en la Zona Prohibida. Como una cazadora experta con un arco roto, pudo acercarse lo suficiente a su presa para que su hechizo fuera letal, cosa confirmada por el repugnante hedor que impregnó la sala y el hecho que sólo quedaba un Emergido en pie. Mirando en derredor, Sindri trató de asegurarse que ninguna chispita había salido de su trayectoria inicial hasta que un segundo sonido quedo llamó su atención. Al parecer, Ram de Montmorency no estaba exagerando cuando dijo que sólo podía aguantar un hechizo más puesto que acababa de desplomarse en el suelo. ¿Era esa la señal que comenzaba su turno?

El muchacho salió de entre las sombras con paso ligero y se dirigió hacia el Emergido. Si los de su calaña no tuvieran una expresión ilegible la mayoría del tiempo, el muchacho juraría que tenía cara de sorprendido y todo. Era algo completamente natural: ¿A quién se le podía imaginar que una silenciosa y sigilosa doncella y damisela mágica y mortal aparecería de la nada para matar a tu compañero de un fogonazo para caer al suelo sin sentido? La visión de un Mago Arcano caminando hacia ti debía ser algo común en comparación – Entre usted y yo, no le culpo por querer entrar en la Zona Restringida. – una masa de oscuridad salió de su mano antes que el enemigo pudiera acercarse a él, retumbando como un enjambre de avispas. No le dio tiempo a desenfundar su arma. ¿Qué arma usaría? Ya daba igual. Ya daba todo igual – Al fin y al cabo, todo el mundo se muere de ganas de ello. – si hubiera algún tipo de gafas para proteger la vista de la luz del sol, seguramente se las hubiera puesto en aquel momento. Pero como no las tenía, se contentó de mirar como era la única figura que quedaba todavía en pie en la sala. Olía a victoria. Y a cera vieja.

¿Y ahora qué?

El bibliotecario se acercó de manera prudente a los dos Emergidos caídos. No es que tuviera que comprobar las señales vitales del que cayó por obra de los poderes más oscuros, pero es que la Magia de Ánima dejaba mucho que desear en su aspecto más bélico. Una vez se aseguró que los Emergidos no iban a levantarse se dirigió hacia la figura que, en teoría, sí debía hacerlo: Ram Amelia Isabella de Montmorency. Una vez estuvo a una distancia correcta, teniendo en cuenta las normas de la etiqueta y el buen gusto relativas a la gente del otro género inconsciente (Tomo tres, Sección cuatro, Capítulos uno y dos), el Mago Oscuro dejó salir un suspiro leve. Quizá de alivio. Quizá de cansancio.

¡Cuánta destrucción podía llevar a cabo alguien tan pequeñito! No solo había llevado a cabo más que él en aquellas luchas pasadas, sino que lo había hecho primero con un tomo mal diseñado para la lucha y después teniendo que luchar contra límites externos. Era tan claro como la luz del día en los níveos mantos de Ilia que esta personita tenía talento para la magia. A diferencia de ella, las victorias de Sindri no provenían de otro lugar que la Oscuridad, de la ventaja del Triángulo de Armas.  ¿Debía sentirse orgulloso? Porque no se sentía orgulloso. De hecho, sus ánimos decayeron todavía más al pensar la diferencia entre un mago sin talento como él y alguien como Ram de Montmorency. Debían tener una edad semejante, ¿cierto? Ella no parecía mucho mayor, pero tampoco mucho más joven. Pero la diferencia en habilidad… no importaba cuánto esfuerzo invirtiera Sindri, lo único que podía invertir de hecho, si alguien con talento invertía tanto como él. Estaban en dos mundos distintos. Él estaba en un mundo distinto de aquellos que tenían talento. Un mundo más allá de las nubes.

Sin ya sonrisas de ninguna clase, Sindri se dio la vuelta y comenzó a dar un paso. Pero un recuerdo primordial tiró de él con tanta fuerza que lo paralizó totalmente. Una voz tan suave como la seda, pero tan inflexible como el castillo de piedra de Ryerde. Oh, porqué, porqué habría pensado en su madre antes. Si su madre, por alguna razón, tuviera conocimiento que había dejado así a una dama en el frío y gélido suelo de Ilia tan seguro como que mañana saldría el sol lo buscaría por todo Elibe, por todo el mundo, para propinarle una de las regañinas más intensas que la humanidad ha visto desde el albor de los tiempos. Podía mirar de tú a tú a seres del abismo. Podía reírse a costa de Emergidos y monstruos. Pero nada, nada en esta existencia le daba más pavor que su madre, la marquesa Toriel de Ryerde, enfadada con él.

Cambio de planes. – masculló entre dientes con un sudor frío en la frente, y comenzó a desenganchar el broche de su capa. Una capa marrón que, si bien distaba mucho en color y sofisticación a las que vestían en Lycia, estaba hecha con lana de oveja de Ilia y cosida por las expertas manos de los sastres de Ilia. En otras palabras, aislaba del frío mejor que cinco mantas con ascuas entre ellas. Tras guardarse el broche en el zurrón, extendió la capa cuán larga era y la dejó sobre la inconsciente figura, guardando de no tocarla él en absoluto, cubriéndole de hombros abajo – Duerme y descansa, pequeña maga. – con un escalofrío al perder su fuente principal de calor pero con la certeza que su comportamiento era completamente irreprochable incluso por la más estricta de las institutrices de la nobleza, el Mago Oscuro se dirigió hacia la estantería más cercana.

No sabía cuánto tiempo tenía antes que la gente volviera a la Gran Biblioteca de Ilia, por lo que si quería conseguir algo de información confidencial y secreta bien tenía que apresurarse. Pero… ¿Qué debía buscar? ¿Información sobre los escritos de algún Mago Oscuro de antaño en los que basarse? ¿Notas sobre la Quintaesencia, la sustancia que podía alargar su vida más allá de la de cualquier dragón? ¿O tal vez algún tipo de recopilación de enseñanzas sobre runas para debilitar otras artes mágicas, como las que había en la sala? Podrían ser valiosísimas si hay más Magos de Ánima tan hostiles como Ram de Montmorency en un futuro cercano. ¿O tal vez…?

Fi… fo... fu… fucsia… Fuego. – Sindri recorrió con parsimonia las distintas estanterías tratando de ignorar los tomos que podían distraerle. Y habían tantos. Tantos¿Habrá algo sobre cómo hacer fuegos artificiales?
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Re: [Campaña de liberación] [Flashback] La teoría de los fuegos artificiales [Priv. Sindri - Rem]

Mensaje por Ram de Montmorency el Vie Dic 15, 2017 1:15 pm

Cuando Ram recobró el sentido, el primer pensamiento que cruzó su mente fue el de querer saber por cuanto tiempo había permanecido sumida en aquel profundo letargo. Sentía un hormigueo desagradable que entumecía sus extremidades, así como el peso de una cálida tela que la protegía de sucumbir ante el frío glacial imperante en la sala. La hechicera prefirió mantenerse inmóvil por el momento, consciente de que hacer lo contrario sería contraproducente hasta que no estuviese segura de poder ponerse en pie de nuevo. En realidad, estaba bastante más familiarizada de lo que le gustaba admitir a permanecer en ese estado debilitado y vulnerable, mas pese a que el amo Kato y su hermana pequeña ya le habían intentado disuadir en numerosas ocasiones de que siguiese utilizando la magia de manera tan imprudente, parecía seguir siendo incapaz de reconocer sus propios límites.

Aún con los ojos cerrados, Ram frunció el ceño al pensar una vez más en su maestro y en Rem. Ellos no lo entendían. Ni siquiera podían entenderlo. Sus motivaciones personales, su obsesión por imponerse sobre los demás, o incluso la ira que la cegaba en determinados momentos… Desde aquel fatídico día en el que su padre había fallecido por su culpa, Ram había aprendido que el mundo era un lugar cruel e implacable regido por la ley del más fuerte. Por la ley de aquel con el poder suficiente como para forjar su propio destino y también el de aquellos que estuviesen por debajo de él. Desde aquel fatídico día en el que su padre había fallecido por su culpa, todo lo que le importaba a Ram había empezado a girar únicamente en torno a su concepto distorsionado de lo que era la fuerza. Por ese motivo, nadie podía comprender mejor que ella lo frustrante que podía llegar a ser la sensación de impotencia y de debilidad que llevaba carcomiéndola desde niña. Le daba igual que en la mansión la elogiasen constantemente por su talento innato para la magia, de la que había aprendido a servirse como hacía un carpintero de la madera de un bosque. Le daba igual ser capaz de preparar talismanes protectores y poder jugar con hechizos sacados de su propia inventiva que a menudo escapaban de su control. Todos esos logros acababan de perder su significado después de conocer a Sindri. Nada había cambiado después de todos esos años: seguía siendo igual de débil que de pequeña, e incapaz de crear su propio camino.

En comparación a toda la retahíla de oscuras sensaciones y pensamientos que la atormentaban constantemente, aquel malestar pasajero que la obligaba a permanecer inmóvil sobre el suelo de la zona restringida no era algo que la preocupase en demasía.

Cuando empezó a sentirse un poco mejor, Ram volvió a abrir los ojos. Aún aturdida, parpadeó varias veces para intentar acostumbrarse de nuevo a la oscuridad que reinaba a su alrededor. Las estanterías repletas de ajados volúmenes de saber centenario seguían allí, al igual que las tenues velas de los candelabros que a duras penas conseguían iluminar la estancia. La hechicera se sorprendió a sí misma al preguntarse por un breve instante si el bibliotecario estaría bien, sobre todo porque por una vez, sus temores no involucraban una causa egoísta ulterior. ¿De verdad se había preocupado por el estado de un repulsivo mago arcano? La doncella no pudo evitar poner los ojos en blanco de manera infantil mientras dialogaba consigo misma en silencio. Llegó a la conclusión de que debía de haberse golpeado la cabeza en el momento de perder el sentido. Además, era evidente que Sindri debía de estar en perfectas condiciones. Después de todo ella se había asegurado de garantizarle la victoria con su último hechizo. Quizá incluso el joven ya hubiese consultado todos libros que quería, dejándola sola en mitad de aquella lúgubre biblioteca secreta.

Pero el sonido de una voz distante y familiar la disuadió de seguir pensando en que la había abandonado a su suerte. No pudo evitar que una débil sonrisa se formase en sus labios al descubrir que Sindri, el gran mago oscuro capaz de derribar emergidos de un toque sin despeinarse, era de esos que hablaban consigo mismos en voz alta. Al menos, esa fue la excusa que se dio para justificar el alivio que sentía tras volver a oír su desagradable parloteo.

Ram empezó a incorporarse poco a poco con algo de dificultad. Las piernas le temblaban conforme apoyaba su peso sobre ellas, pero pudo ponerse en pie de nuevo después de sujetarse a la patas de la vitrina que los emergidos derrotados habían estado inspeccionando. Con paso vacilante, caminó con cuidado para tratar de alcanzar al bibliotecario que parecía ocupado mirando los tomos de una estantería particular. Sin embargo, y sin saber muy bien por qué, se detuvo unos metros antes de llegar hasta él. Su mirada se desvió hacia la manta improvisada que había dejado atrás al levantarse, y a continuación volvió a posarse en Sindri. Comprendiendo lo que había ocurrido mientras ella estaba inconsciente, la hechicera cerró los ojos un momento y suspiró con incomodidad. Sin mediar palabra, deshizo sus pasos para recoger del suelo la capa del mago oscuro, procurando doblarla con delicadeza y en silencio. No quería distraer al bibliotecario de su labor, así como también deseaba ahorrarse el contestar a la predecible pregunta de si se encontraba bien después de haber recobrado el sentido. Fue así como, con la capa doblada en una mano y el tomo de fuego en la otra, se atrevió por fin a llamar la atención de aquel que había sido su compañero de batalla.

¿Creéis en el destino, Sindri? —le preguntó sin previo aviso—. Esa… fuerza que se dice que escapa a la comprensión humana, y que establece un camino determinado para cada uno. Es el destino quien dicta quiénes somos, o quiénes seremos hasta que llegue el final de nuestros días…

En su rostro ya no existía atisbo alguno de la fachada de dureza que tanto se esforzaba por mantener frente a los demás día a día. Ram hablaba con voz indecisa, mientras mantenía la vista clavada en el suelo de piedra de la zona restringida. Desprovista de un semblante gélido detrás del cual proteger sus verdaderas emociones, la imagen que daba la hechicera no distaba en lo absoluto de la de una joven insegura de diecisiete años. Sabía frente a quién estaba sincerándose. Intuía que más tarde se arrepentiría de ello pero, ¿qué importaba? Seguir fingiendo ser alguien que no era delante de quien ya conocía la mentira terminaría siendo aún más lamentable.

Odio el destino —espetó con brusquedad—. ¡Lo odio!

Su grito iracundo reverberó en las paredes de la sala con la misma contundencia que sus palabras. La hechicera tardó en darse cuenta de que estaba apretando con fuerza la capa y el libro de magia. Mas cuando lo hizo, relajó de inmediato los dedos de la mano. Alzando de nuevo la vista para mirar a los ojos a Sindri, le devolvió el manto. Imaginaba que éste no debía de estar entendiendo nada de lo que le estaba diciendo, pero por algún motivo difícil de discernir, tampoco le importaba demasiado parecerle una demente histérica. Lo poco que había aprendido junto él en ese tiempo, junto a sus conversaciones tensas y las batallas que habían librado ambos contra los invasores emergidos, había bastado para que en ella afloraran de nuevo sus mayores temores y frustraciones. Recuerdos de un pasado terrible que no podía dejar atrás, pero del que tarde o temprano tendría que hacerse responsable. Sabía en lo más profundo de su ser que su desagrado hacia el bibliotecario se debía a una sarta de prejuicios autoimpuestos, a su empeño en convertirlo en la encarnación de su culpa. De un destino al que tanto anhelaba oponerse. No obstante, pese a la crueldad que había mostrado hacia Sindri en continuas ocasiones, éste había encontrado el momento de acercarse a su cuerpo inconsciente y cubrirle para que no se enfriara. Podría parecer un pequeño gesto a ojos ajenos, pero para Ram significaba mucho más que eso. Si tan solo no hubiese estado tan cegada por el rencor y el deseo de venganza, quizá hubiese encontrado en Sindri un compañero en el que confiar… quizá hasta a un amigo, tal y como había pensado al conocerlo y descubrir que éste no sentía miedo hacia ella y su comportamiento errático.

No espero que entendáis lo que digo. Tampoco busco vuestro consuelo. Pero seréis testigo de la nueva promesa que me haré a mí misma. Quiero que sepáis que por muchas veces que tropiece en el intento, algún día podré cambiar mi destino.

Los ojos de la hechicera se desviaron a continuación a las estanterías que adornaban las paredes de piedra del lugar. Recorrió cada una de ellas con la mirada ausente, como si estuviese viendo algo más allá de los viejos libros que ocupaban los simplones estantes de madera, y cuando terminó, procedió a acercarse a una mesilla para dejar encima el tomo de fuego. Ram dejó escapar un nuevo suspiro melancólico, enfrascada como de costumbre en sus pensamientos. Había querido visitar la zona restringida en búsqueda de un saber determinado, recibiendo a cambio un conocimiento bien distinto, pero sin duda alguna bastante más revelador. Supo que su presencia allí sobraba ahora. Por esa razón dio la espalda a Sindri y empezó a caminar hacia la salida, deteniéndose un segundo antes de cruzar la puerta.

Espero que nuestros caminos se crucen de nuevo en un futuro —dijo antes de desaparecer de la vista del mago oscuro, ignorante de que esa sería la última vez que pisaría la Gran Biblioteca de Ilia.
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Re: [Campaña de liberación] [Flashback] La teoría de los fuegos artificiales [Priv. Sindri - Rem]

Mensaje por Sindri el Vie Dic 22, 2017 9:14 pm

¿Destino, dice usted?

La doncella debía estar hecha del acero más bruñido imaginable. ¿Acaso no acababa de lanzar una verdadera cascada de hechizos en el pasado inmediato? ¿Cuánto había pasado desde que se había desplomado? ¿Minutos quizá? ¿Quizá un cuarto de hora? ¿Veinte? Cuando había libros de por medio, Sindri era un muy mal árbitro del tiempo, por lo que no pudo asegurar nada con certeza. Lo que sí era incuestionable era el hecho que la Maga de Ánima había superado todas sus expectativas en cuanto a resistencia y tiempo de recuperación. ¿No se suponía que la Magia de Ánima no hacía nada por sus usuarios y que sólo la Magia Arcana fortalecía el cuerpo de los hechiceros? ¿De donde sacaba tanta energía, tanta fuerza, que parecía tener un pozo sin fondo? No cuadraba. Nada tenía sentido en aquel momento.

Ram de Montmorency no dejaba de sorprenderle a cada metafórico paso. Y cada paso era una zancada por delante de él.

La estoica doncella había dado paso a una guerrera fría, fiera y letal enarbolando esferas candentes que podrían haber sido letales. Pero incluso cuando tenía todo en contra, era capaz de tejer hechizos funcionales y adaptables al combate. Pudo incluso lanzar dos seguidos con un catalizador mediocre. ¡Con un catalizador mediocre! Sindri no se veía capaz de lanzar dos conjuros seguidos con el Tomo de Ruina, el más elemental de todos ellos. Todo ello era ya algo encomiable. Pero además la sirvienta tenía la capacidad de recuperar suficiente energía en un período de tiempo mínimo como para poder levantarse, hablar y caminar. Con unos cálculos rápidos como el relámpago, el Dark Mage determinó que tal gasto de energía podría dejarle en la cama durante un tiempo mucho, mucho más largo.

Tuvo que reprimir las ganas de formular una pregunta, que comenzó a arderle en el pecho. Las palabras fluyeron tan naturalmente que su cara se contorsionó en una mueca por un segundo, traicionándole. ¿Quién eres realmente, Ram de Montmorency?. Claro que no la podía preguntar. Ella no estaría dispuesta a responder. Él no estaría dispuesto a responder si fuera ella. Pero él no era ella. Él no era como ella. Una duda afloró en su mente. Una duda que ponía en jaque los cimientos de todo lo que conocía sobre la magia. Sobre algo más importante, más elemental, más básico que el Triángulo de la Magia.

Yo… – su confusión fue patente desde el primer momento, puesto que por segunda vez se quedó sin palabras. Paralizado. Primero, ella le había hecho caso y le había llamado Sindri a secas, lo que le hizo trastabillar mentalmente… ¡No pensaba que lo iba a hacer de verdad! Y de la nada sacar un tema tan etéreo y nebuloso que poco tenía que ver con lo acaecido – ¿L-lo odia? ¿A él? – el grito de la mujer, una ruptura del silencio tácito de la Biblioteca, lo sobresaltó y tuvo que reprimir un salto. Todos los sentidos le indicaban que, de una manera u otra, estaba ante algo que no tenía que estar viendo. Una Ram de Montmorency desprovista totalmente de la férrea determinación y convicción de la que había hecho gala hasta el momento. O tal vez… una Ram de Montmorency tal y como correspondería a alguien de su edad, más allá de la magia y la hechicería. Sí, no se había podido fijar bien hasta ahora (ya fuera por la ineptitud de los hombres para ver estas cosas, por la urgencia de la situación o porque lo había tratado de matar), pero Ram era una muchachita bastante joven.

Supongo que hay un Destino. Pero, de ser así, tiene que responder por varios crímenes cometidos contra mi persona… – trató de aligerar un poco el ambiente con un intento de humor, pero ni siquiera él encontró razón para reír o, siquiera, sonreír. ¿Tenía derecho acaso a bromear en un momento como éste? ¿Aquí y ahora? Su mente le gritaba que lo mejor era respetar los deseos de la Maga de Ánima y dejar que ella llevara la conversación.

No podía negar que la idea del destino era una muy seductora, reconfortante incluso, si lo mirabas desde la distorsionada óptica del bibliotecario. Al fin y al cabo, nada era nunca culpa tuya. Si fracasabas, si algo no iba bien, si la gente te despreciaba, si a nadie le importas… eso era inevitable, ¿verdad? No es que pudieras haber hecho algo para cambiarlo de todos modos. Por ello… ¿Por qué preocuparse? ¿Por qué esforzarse? ¿Por qué esperar algo mejor? Él era un Mago Oscuro y acabaría sus días como tal: moriría por la Oscuridad o moriría a manos de un Héroe. La muerte del alma o la muerte del cuerpo. No lo podía cambiar. No tenía poder alguno para hacerlo. La Historia funcionaba así – Una promesa… ¿Para mí? ¿Me la confía a mí? – aguantó con curiosidad y cansancio la mirada de la que había sido su oponente en busca de algún atisbo de mentira, de engaño o de falsedad. Alguna indicación que iba a romper el momento en una carcajada cruel y decir “que no, claro que no a alguien como él”. Pero en sus ojos sólo veía una determinación y convicción sin límites, una fuerza que podía hacer retroceder el oleaje con sólo ordenarlo.

No pudo sino sonreír con gusto, quizá por primera vez con absoluta sinceridad desde que había comenzado esa aventura en la Gran Biblioteca de Ilia. Confianza en él, eso sí que era algo nuevo en aquél páramo helado. Con absoluto cuidado, casi para no romper el hechizo, alcanzó la capa expertamente doblada y la aceptó de buen grado – Estoy seguro que si alguien puede cambiar lo que está escrito en piedra esa es usted, señorita de Montmorency. – respondió únicamente el bibliotecario con voz afable. Sindri estaba convencido totalmente que él no podría hacerlo jamás. ¿Pero ella? Si algo le había mostrado es que subestimarla era un craso error y que era más que capaz de hacer lo que él consideraba imposible. ¿Por qué no una hazaña digna de los héroes de leyenda?

Tras ver como se giraba la sirvienta, Sindri entendió que era el momento de la despedida. Recordando los modales de los que tendría que estar haciendo gala, el Dark Mage se quedó quieto observando como la protagonista de la escena salía para que cayera el telón final y sonaran los aplausos. Pero antes que cruzase el umbral, encontró oportuno decir – Cuídese, señorita Ram Amelia Isabella de Montmorency. Espero que la próxima vez que nos encontremos pueda mostrarme cuánto ha cambiado su destino.

Esperó un momento. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Silencio. Ni siquiera el le llegaba el sonido de los zapatos de la mujer repiqueteando contra el frío suelo de la Gran Biblioteca de Ilia. Sólo entonces, cuando se aseguró por completo que nadie podía oírle, consideró oportuno susurrar algo que no podía guardarse dentro más tiempo.

No me gustaría estar en el lugar del Destino ahora mismo.
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Re: [Campaña de liberación] [Flashback] La teoría de los fuegos artificiales [Priv. Sindri - Rem]

Mensaje por Eliwood el Mar Dic 26, 2017 3:07 am

Tema cerrado. 110G a cada participante.

Sindri ha gastado un uso de su tomo de Ruina.
Ram ha gastado un uso de su tomo de Fuego.

Ambos obtienen +2 EXP.
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Re: [Campaña de liberación] [Flashback] La teoría de los fuegos artificiales [Priv. Sindri - Rem]

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