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[Entrenamiento] Far from the Madding Crowd. [ Priv. Rhett ]

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Mensaje por Sissi el Vie Sep 16, 2016 9:53 am

Sissi y los miembros de su comitiva viajaban hacia el sur desde Hatari. Daein había quedado hace tiempo atrás, y ahora se sumergían en el territorio de Begnion. Su misión era visitar distintos países con los que establecer diferentes alianzas y acuerdos. La Duquesa de había ofrecido a presentarse allá donde considerasen, pues entendía que su novedosa presencia en el mundo generase dudas. Cualquiera podía mentir en una carta y usar el engaño para atraer a un enemigo a una trama. Del mismo modo, y aunque le encantaría enseñar su ducado al mundo, comprendía que antes de invitar a diferentes naciones conocidas por su militarismo y agresiva política exterior, sería mejor conocer a los líderes en persona.

La oportunidad de salir de Hatari, y en especial del Ducado, era algo que, además, no podía dejar pasar. Cuando sus padres estaban vivos apenas la dejaban abandonar los muros de la Ciudad Redonda, y mucho menos sin estar debidamente acompañada. A sus ojos no estaba lista, pues su transformación era inestable y aunque tuviera cientos de años de edad, su cuerpo apenas había comenzado a madurar. Sissi lo aceptaba, pero soñaba con volar y ver todo el mundo: las tierras sin descubrir, donde nadie hubiera puesto pie antes. Cuando despertó de su letargo fue como volver a nacer, salvo que ya no tenía ni padre, ni madre, y le tocaba hacer frente a un ducado al borde de su destrucción.

Y a pesar de todo, Sindhu había salido adelante, incluso cuando todo parecía perdido para ellos . Habían pasado dos años muy difíciles, en los que Sissi se tuvo que enfrentar a una reforma de la política de aislacionismo, y a los terribles costes que suponía una guerra con los emergidos, tanto económicos como humanos. ¿Cuál era la solución a la cantidad ingente de problemas? Mantenerse en pie, continuar, y confiar en las personas a su alrededor, en los que aún quedaban con ella. La Duquesa miró a su derecha y sonrió al joven que cabalgaba a su lado y se rió un poco para sí misma. Lo primero que le venía a la mente con esos pensamientos era él, Rhett, su más fiel amigo, una de las pocas personas a las que recodaba allí con ella desde que hubiera nacido.

Sissi sintió una calidez dulce en su pecho, que acompañaba a los colores del atardecer que se ponía sobre el bosque de Serenes. En los extremos limítrofes aún quedaban árboles altos y antiguos que no habían sido consumidos por las llamas del gran incendio. Las especies vegetales, tan diferentes a las del desierto, fascinaban a la manakete, que al observarlas desde su caballo, hacía pequeños recordatorios de sus lecciones en la Universidad: robles, hayas, nogales… Los nombres de cada especie venían a su cabeza al reconocer las hojas y los troncos. La tímida luz del crepúsculo se filtraba entre las ramas, y creaba diminutos redondeles de luz que iluminaban a los viajeros de Sindhu.

Reinaba la paz, o eso parecía, pues a medida que iban avanzando, Sissi comenzó a sentir como si una terrible pesadumbre acaeciera en el lugar y se instalara en su corazón. El bosque, que al entrar había estado teñido de verde, se fue transformando en un amasijo oscuro de sombras y troncos retorcidos. La tragedia que había vivido Serenes se le hacía tan presente a la duquesa como si acabara de suceder. Las patas de los caballos levantaban humaredas de polvo gris al pasar sobre el suelo carbonizado. Si antes adornaba el rostro de Sissi una sonrisa gentil, ahora tenía las cejas fruncidas con desasosiego. Sabían que encontrarían Serenes quemado hasta sus cimientos, pero no esperaban hallar tal destrucción a la naturaleza. Como si las llamas hubieran sido una enfermedad que la tierra aún poseía y evitaba que crecieran nuevos brotes, nuevas vidas. Antes les acompañaban los sonidos de los pájaros, del viento, de las risas de los viajeros de Sindhu que bromeaban entre ellos con camaradería. Pero ahora solo se podía escuchar los resoplidos de sus monturas y el metal de las espuelas.

El atardecer no se presentaba como una vista maravillosa que contemplar, sino como una reminiscencia de lo que había acontecido allí. Sus colores anaranjados y rojos se contrastaban contra los árboles calcinados y proyectaban largas sombras contra la comitiva. Casi pareciera que el bosque de Serenes volviera a arder. El desolador paisaje se extendía allá donde los ojos dorados de la duquesa podían ver, como una pesadilla sin fin. Sin embargo, entre los negros troncos, Sissi visualizó una estructura diferente. Era una enorme roca, en cuya parte superior había un altar con columnas que no había sido víctima del fuego, tantos años atrás.  

- Creo que deberíamos pasar la noche aquí. – le sugirió Sissi a Rhett. No elaboró demasiado en sus razones para acampar en un lugar así, pero sabía que él entendería que no podía irse de allí sin haber presentado sus respetos frente a la Familia Real de Serenes.

Le sonrió con suavidad, en un gesto amable y luminoso que tan foráneo le era al bosque. Los únicos sentimientos que Sissi podía sentir, eran los resquicios de una tremenda tristeza, miedo y odio. Nada positivo. Los años pasados no habían mitigado los lamentos ni los gritos del bosque que había perecido por las llamas, sino que se habían hecho aún más patentes. Le tendió las riendas de su corcel a Rhett y añadió: volveré en un rato. No creo que haya Emergidos en este lugar tan apartado, pero sería bueno explorar un poco los alrededores. Y no te preocupes, no me pasará nada. Estaré aquí al lado. – Se rió un poco y se bajó de su caballo de un pequeño salto.

Su larga falda se manchó de ceniza y carbón mientras se alejaba del grupo, que ya había sido alertado de que la Duquesa deseaba detenerse. El color negro contrastaba con el fondo verde pálido de la prenda, y con los encajes de flores rosas y doradas que lo decoraban. Se envolvió en una tela semi-transparente de un rosa muy claro con los dobladillos bordados que apenas mitigaba las bajas temperaturas del lugar, pero era mejor que ir con el vientre al aire, pues su top rosa solo cubría su pecho. Sin embargo, a Sissi no parecía preocuparle el frío, ni que sus pies descalzos se tornaran azabaches con cada paso que daba. Iba directa hacia las esculturas de mármol resquebrajado, a las altas columnas que aún sostenían el techo del panteón real.

Al llegar frente a la gran roca y el altar, juntó ambas palmas y agachó la cabeza en la posición de respeto propia de Sindhu. Musitó para sí misma algunas palabras antes de sentarse de rodillas y con el mismo gesto con las manos. Cerró los ojos y se quedó en silencio y con la cabeza gacha. Largos mechones de su cabello caían libres hacia delante, pero Sissi los ignoraba. El mundo exterior ya no gozaba de importancia para la duquesa. Allí, en medio del abandonado Bosque de Serenes, solo estaba su mente y corazón, y la magia que había quedado atrás de los Antiguos Reyes de las Garzas. Un mundo privado para los pocos que podían escuchar las historias que contaba el bosque y que la  aislaba del exterior. Ni siquiera escuchó los pasos que se acercaban a ella y que anunciaban una nueva presencia.


Última edición por Sissi el Miér Abr 26, 2017 7:09 am, editado 2 veces
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Mensaje por Invitado el Vie Sep 23, 2016 10:07 pm

FAR FROM THE MADDING CROWD

Viajeros de ideario filantrópico, transcurrió una temporada desde el establecimiento de nuevos objetivos que comenzaron a centralizarse en la bonanza y próximas alianzas del Ducado de Sindhu. Motivo por el cual se conformó un grupo que se trasladaría desde Hatari hacia el sur, atravesando Daein y finalmente avanzando a las tierras de Begnion. Una comitiva que acompañaba sin más preámbulo a la Duquesa Sissi, la cual fomentaría relaciones con líderes de valiosas tierras y demás extensiones. No era un grupo que tomaba con desgane sus obligaciones, más parecían agradecidos el hacer compañía de tan valiosa y admirable Manakete, haciéndose un hecho veraz que la estimación aumentaba a mayores rasgos por parte de Rhett; su acompañante, aliado y leal amigo desde un tiempo retrospectivo. Dragón que apreciaba más que nadie el estar a su lado, convoyándole y escoltándole, al igual que el grupo de viajeros que la seguían a su próximo destino. Eran varías razones que agradecía, manteniendo su propia decisión de ver por ella cuando más lo necesitase, o no, y ante toda mediación ser quien responda en su lugar en momentos arduos e intrincados. Intentar ser su más grande apoyo, aunque el dragón ciertamente infería que las características fuertes y osadas de la Duquesa Sissi la socorrerían en cualquier obstáculo e inconveniente, sin embargo, ella, un ser de mayor índole, siempre necesitaría de aquel que la cuidase, aquel que fuese su arma, su escudo, su puño, para hacerle frente al impasse. Ese sería y procuraría ser Rhett.  

Se trasladaban a caballo, y como era propio de Rhett, él se mantenía rigurosamente atento a su alrededor, aunque a simple vista llegase a mostrar lo contrario a causa de los rasgos serenados que determinaban su rostro. Llegó a mirar de reojo a la Duquesa Sissi por un tiempo prologado, solo así esbozando ligeras sonrisas que emergían de sus labios instintivamente. El sitio, los altos y majestuosos árboles, y el verdor que llegaba a extenderse, quedaban miríficos a los suaves cromáticos que proporcionaban los celajes de atardecer. Y con ello, Rhett llegó a pensar que podría ser un atractivo perenne mientras la Duquesa Sissi no dejara de armonizar con el natural panorama. Sin embargo, tal pareciese ser víctima de un sueño efímero que llegó a culminar con la nueva presencia de tonos abrasados y cenicientos. El suelo se tiñó opaco, descubriéndose a la vista lo que parecía ser la culminación de vida a causa de los efectos de tragedia.

Pese al fenecimiento de propiedad natural se continuó avanzando, manteniendo un sorprendente silencio que a consecuencia de ello los soplidos del viento comenzaron a dejar roses de estremecimiento y umbría, no obstante, nadie pareció temer a las circunstancias, más era la deferencia que los viajeros mantenían de manera firme frente al bosque de Serenes, en donde no demoraron en hallar a lejanía el altar perteneciente a la antigua familia real. Se esclareció un singular asombro en los rostros de los viajeros quienes distinguieron una arcaica estructura montada sobre una monumental roca. Los ojos áureos del dragón desearon observar con mayor detalle, manifestando interés por unos cuantos segundos, sino antes prestar atención a lo que la Duquesa Sissi llegó a sugerirle. “Descansar en el Bosque de Serenes” Pensó detenidamente, considerando el bienestar que implicaría el descansar sobre tierra abrasada con tumultos de ceniza, y demás peligros que podrían surgir entrando la noche con la posibilidad de irrupción por parte de los Emergidos. Rhett prefería pensar en la comodidad de la Manakete ante todo, pero comprendía y entendía su principal propósito y motivo, incluso si consideraba su bienestar a grandes rasgos, terminó asintiendo con sutileza. — Muy bien, entonces se estará montando una guardia al transcurso de toda la noche — Se volvió su mejor alternativa, alzando apenas las comisuras de sus labios para denotar una simple sonrisa; en todo caso conocía las motivaciones de la Duquesa Sissi y esos gestos de respeto hacia aquellos que habían existido y reinado en su momento. “Un ser perceptivo teñido de bellos colores que otras almas pintan en la reminiscencia de cada espíritu”

Tomó las riendas del corcel, quedándose con los labios ligeramente entreabiertos al contemplar la amable expresión de la duquesa, solo después parpadeando cuando la escuchó y vio bajar del caballo. — Entendido. — Asintió a ojos cerrados, y ulteriormente dio la orden de detener el avance, prosiguiendo a un mirar áureo que se llegó a profundizar en la duquesa que en particular había dicho algo muy importante “No te preocupes, no me pasará nada” Palabras que menguaron el afán de Rhett por querer protegerla, y quien pese a todo seguía preocupándose por el bienestar de ella. — ¿No preocuparme? Eso es imposible. — Musitó con inigualable calma solo cuando la vio tomar una distancia en donde ya no sería capaz de escucharlo, aumentando con magnificencia el control de sus emociones para no hacer denotar ese sentimiento de ansiedad e inquietud.

El dragón prosiguió a dar órdenes por un breve momento al grupo, informándoles de lo que se llevaría a cabo y atribuyéndole a cada quien una responsabilidad. También respetando y considerando por encima de todo las palabras de la duquesa Sissi, así eligiendo a unos cuantos para que exploraran los alrededores y aseguraran el área antes de que entrase la noche. Claro que, como si ya fuese de esperar, Rhett mismo se dio el compromiso de también hacerlo, mientras otros decidían montar un vivaque en el sitio más seguro que encontraran. Después de todo, necesitaban estar listos antes del término del crepúsculo.

En otro intervalo.

No se advirtieron las pisadas pesadas, rápidas, zancadas de alguien que iba decidido. Alguien ajeno, cuyos fines no mostraban buenos propósitos. A lejanía vio un grupo, al cual se acercó con sumo sigilo, demasiado imperceptible para ser verdad. Encontró una oportunidad de oro, y caminó hacia “ella”, esperando el momento justo para…


Separado del grupo Rhett exploró los alrededores, no encontrando nada más que el lóbrego escenario del Bosque Serenes, y considerando la idea de no haber nada que pudiese resultar un problema para los demás, y en especial para la Duquesa Sissi. De esa manera, decidió regresar sino, claro estaba, asegurarse del bienestar de la Manakete, caminando incluso a paso ágil sobre el suelo, divisando en cuanto antes el altar de mármol y acercándose a éste para garantizar su cuidado. Solo así llegó a verle, alguien atípico caminaba hacia la hermosa mujer que solía aislarse en lo más arcano de su corazón. ¿Era una emboscada? — — No pensó más y con presteza intervino la barbarie del total ajeno, se situó a un lado de éste y lo tomó del cuello, elevándolo por sobre su altura para verlo del rostro. — Ugh…. ¿cu-cuándo? — El silencio en los movimientos del dragón fue indispensable para tomar por sorpresa al individuo de larga capucha oscura, quien ahora forcejeaba con el brazo de Rhett para que lo soltara. — ¿Qué es lo que necesitas? — Preguntó sin dejar de ejercer una terrible presión en el cuello del sujeto, más el impulso insano del dragón parecía disfrutarlo, deseando con desespero castigar al quien pudo haber atacado al ser que tanto apreciaba y estimaba, a la Duquesa Sissi.

Pensó...

Pensó y soltó al individuo, dejando que éste cayera al suelo mientras tosía para recobrarse del oxigeno. — Te recomendaré que lo digas… — Ordenó con más calma y se cruzó de brazos, esperando en sus adentros a que la Manakete no hubiese presenciado tal acto, aunque ¿de verdad lo esperaba? Como si eso fuese posible.


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Mensaje por Sissi el Lun Oct 10, 2016 2:14 pm

La rodeaba el silencio. El viento frío apenas movía las quebradizas ramas de los árboles, que seguían en su lugar a pesar de las tragedias acaecidas y el fuego que había asolado todo el horizonte; fragmentos de memorias, recuerdos oscuros, pesadillas que se repetían como un eco. Sissi rezaba una plegaria que no sabía si llegaba al bosque, si era escuchada por los espíritus que antes habitaban esas tierras. El horror, la angustia, y la tristeza entorpecían sus pensamientos y llenaban su corazón de congoja, y su mensaje de paz se perdía entre los lamentos de la naturaleza destruida. Serenes seguía sufriendo, y sus heridas continuaban abiertas y sin nadie que fuera a coserlas. La duquesa se vio tan abrumada por esos sentimientos negativos, que por sus mejillas corrieron lágrimas cálidas que rodeaban su barbilla y caían al suelo negro una a una. Sentía el dolor del lugar como el suyo propio. Apretó una mano contra otra, en una posición más de súplica que de rezo, y le pidió a Naga que aliviara la aflicción y pena. Nadie, ningún ser, se merecía ese suplicio. Cada entidad tenía derecho a lograr la paz tras tantas penurias, desde las piedras, a las flores, a los pequeños animales que aún vivían entre los escombros del bosque.

Hubo un momento que la congoja se hizo tan grande para ella, que tuvo que tomar aire porque se ahogaba. Se obligó a abrir los ojos y puso una palma contra su corazón e intentó calmar su rápido latido, que se había desbocado como si hubiera despertado de un mal sueño. Tardó unos segundos en recomponerse y en notar la humedad de sus mejillas, que tanteó con los dedos que después miró algo desconcertada. Al abstraerse de esa manera no era consciente de lo que sucedía a su alrededor, ni de las propias reacciones de su cuerpo. Su mente hallaba un lugar que Sissi había construido especialmente para huir de la realidad, donde podía concentrarse y protegerse del mundo exterior, pero eso también la aislaba de todo lo demás. Ni siquiera se percató de la conmoción pocos metros más allá hasta que vio por el rabillo del ojo como un cuerpo impactaba contra el polvo negruzco y formaba una humareda.

Giró el rostro, y sus ojos brillantes por haber llorado se dilataron al ver a un desconocido en el suelo y a Rhett exigiendo que hablara. El hombre derribado se tomaba la garganta y trataba de respirar, pero la sonrisa cruel en su rostro no indicaba que fuera a exponer sus motivos para estar allí. Iba vestido con unos andrajos que debían haber sido cuero de mala calidad hacía tiempo, pero el desgaste habían hecho del conjunto unos jirones de tela que se mantenían unidos por remiendos y cadenas. La capa raída ya no cubría su cabeza, sino que al ser derribado se le había caído hacia atrás y desvelaba unos ojos pequeños y azabaches, que miraron al dragón con malicia. Sonrió a Rhett con unos dientes amarillentos donde los tuviera, pues las cavidades negras en su dentadura daba a indicar que carecía de la mayoría de estos huesos.

- ¿Qué es lo que busca un hombre en un lugar como este? – preguntó el sujeto y se rio de forma tosca, en parte por que aún seguía sin aliento. Sin dar una respuesta verbal a su retórica cuestión, tosió y señaló con un gesto vicioso a la gentil duquesa que permanecía ignorar todo lo que estaba diciendo, pues aunque el bosque estaba en la más absoluta calma, la distancia y el tono bajo en el que habló le imposibilitaron entender nada.

Para comprobar ella misma la realidad de la situación, Sissi se incorporó de su posición de rezo sin perder de vista al extraño hombre sin buenas intenciones. Rhett le había neutralizado por alguna razón y la manakete confiaba completamente en su juicio, casi a ciegas. Se limpió en el proceso un poco las rodillas renegridas y avanzó unos pasos hacia ambos. – Rhett, ¿Qué ha suced-..? – Sus palabras fueron acompañadas por un sonido ajeno silbante, que cortó el aire y provocó que su voz se quedara atascada en su garganta y no terminara su pregunta. Su cuerpo, por inercia, se fue hacia atrás y hacia la izquierda, y causó que la joven duquesa perdiera el equilibrio y cayera con estrépito contra su brazo y costado izquierdo. El movimiento seguía la dirección de la flecha que había aparecido de entre los múltiples árboles carbonizados, y que había atravesado el pecho de Sissi entre el hombro y el corazón. La fuerza del proyectil al impactar fue tal, que no solo se introdujo con fuerza en la suave piel, sino que atravesó músculos y tendones hasta chocar contra el omoplato donde se quedó clavada.

Tal fue la rapidez del ataque, que Sissi no pudo racionalizar el suceso hasta que su cabeza colisionó contra el suelo y sintió el polvo y la sociedad filtrarse por su boca y sus fosas nasales. Y aún allí, tuvo que parpadear varias veces a través de la densa nube que quemaba sus ojos para poder entender porqué había terminado tirada en el piso. Le dolía el brazo y el torso, y le costaba encontrar la respiración. Se llevó una mano a la zona de donde provenía el dolor, y sintió la rugosa textura de la flecha que sobresalía de ella más de cincuenta centímetros. De la herida brotaba un fino hilo de sangre que, en su recorrido gravitatorio, manchaba su camisa y la tela que usaba contra el frío, pero Sissi sabía que lo peor sucedía dentro de ella, donde sus músculos se habían desgarrado y donde posiblemente su pulmón habría sido dañado por el impacto del arma.  Tosió con ganas, ahogada por la confusión, el dolor punzante, y la niebla de hollín a su alrededor, pero intentó incorporarse.

Sin embargo, el mundo a su alrededor vivió una experiencia muy diferente. Sus acompañantes, una vez hubieron comprobado que, efectivamente, no estaban solos en Serenes, se lanzaron contra las fuerzas ofensivas que habían osado asaltarles primero. Sin embargo, lo que les hizo perder todo pronóstico de diálogo fue el ataque que sufrió su duquesa. Algunos soldados habían entrado al claro para avisar de que había enemigos cerca, posiblemente ladrones o mercenarios, cuando vieron que aquellas alimañas, aquellos seres faltos de intelecto, bondad o gentileza, herían a su amada señora. Los miembros laguz del grupo se transformaron de inmediato, enfurecidos, y se abalanzaron contra los arqueros para hacerles pedazos. Los magos lanzaban hechizos contra todo aquel que osara luchar de vuelta, y defendían a aquellos que podían ser heridos por otros lugares.  

Sissi era consciente de lo que sucedía pero como si todo fuera desfasado, más lento de lo que era en realidad, como si el tiempo hubiera decidido que iba demasiado deprisa y que debía aminorar el paso. Preocupada, miró de un lado a otro, según le permitía el dolor de su pecho, para comprobar que ninguno de sus ciudadanos fuera lastimado por el grupo de bandidos.  Estaba medio-incorporada, con una mano sobre la herida y la flecha saliendo de entre sus dedos. No lograba visualizar a Rhett por ningún lado, y lo único que oía eran los gritos de pavor que se mezclaban con los aullidos lastimeros del bosque, que sufría de nuevo a manos de los hombres. Su cuerpo comenzaba a temblar, producto de la adrenalina que viajaba por cada vena para mantener consciente a Sissi que, a pesar del caos y la confusión, tiró con suavidad del proyectil de madera, a la espera de ver si podía sacarlo con facilidad, pero le produjo un dolor tan grande, que hizo que de sus labios saliera una mezcla entre un grito y quejido de angustia.
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Mensaje por Invitado el Vie Dic 09, 2016 8:07 pm


La mirada más austera del dragón careció de confianza frente al hombre atípico, quien no hacía más que evidenciar ojos ácidos que se profundizaron en los suyos, comparables a la sonrisa desagradable que extinguía oportunidad alguna de recibir un trato de fe, y finalmente aquellas palabras y tal atrevido señalamiento a la Duquesa Sissi no hicieron más que agravar la reticencia que evidentemente había provocado en el dragón. — No podrás tocarle ni un cabello — Objetó frio, severo, dando unos cuantos pasos con el tal de quedar más de cerca y firme al desagradable hombre. Sin embargo, cometió una grave equivocación, tal vez volviéndose el más terrible craso que se hubiese permitido perpetrar. Descuidar a la Duquesa Sissi. Se volvió hacia la fémina tan pronto la percibió acercándose, demasiado tarde, demasiado incapaz de protegerla. La expresión del dragón cambió radicalmente, viendo como una delgada flecha era liberada de un sitio recoveco, alcanzando bajo su línea de alcance y de forma súbita a la Manakete. Rhett observó cómo esta se clavaba entre su corazón y hombro, haciéndola caer al suelo, herida, afectaba por la velocidad y la filosa punta de la flecha que ahora parecía profunda. Dolorosa. El corazón del dragón latió con estrépito al presenciar, más no poder evitar aquel suceso, y sintió un terrible tormento en el pecho, como el ramalazo de una aguja que lo atravesaba tortuosamente. Si alguna vez hubiese absuelto al atípico de su condena, ahora Rhett no hacía más que pensar en cómo lo martirizaría hasta pagarla.

En el desolado y cenizo bosque de Serenes se volvió a contraer un enfrentamiento, enemigos desalmados, infelices, que arremetieron en contra de la avanzada, la cual apropió inmensurables fuerzas con el expreso suceso que había malherido a la Duquesa Sissi. Dando preludio a los lamentos que amedrentaban los oscuros maltrechos del bosque, entre ellos la presencia del dragón fue latente, con los pensamientos entremezclados, arrastrando al desagradable hombre de capucha quien forcejeaba para soltarse de sus fuertes manos. — Están perdidos, el bosque quedaría cinéreo de sus cadáveres si estuviese ardiendo — Quedando fuera de vista de la Duquesa Sissi, con razón de ser, había osado por eliminar a cada uno de los enemigos que tuvieron la mala fortuna de enfrentársele. Maldito era muy poco para el atroz camino que se había abierto, recordarlo se le hacía divertido, algunos enemigos habían quedado perfectos con las cabezas destrozadas y cráneos rotos en los gruesos y ásperos troncos que alguna vez fueron hermosos árboles. Mientras el hombre de asquerosos dientes era arrastrado por sobre los tumultos de ceniza que ennegrecieron su rostro y penetraron sus ojos, dejándolo incapaz de ver su entorno, con lágrimas que caían sobre sus mejillas por el ardor que irritaba sus corneas y hería sus pupilas. — Son demasiado débiles pero astutos, escondiéndose como viles cobardes. — Una suave risa contrajo su pecho, mientras soltaba al hombre y entrelazaba sus propias manos, tronándose los nudillos y destensando posteriormente sus dedos. — Si mis desnudas manos acabaron con la mayor parte de ustedes, incrédulos, es posible que nuestras fuerzas ya los hayan eliminado a todos. — Habló mientras permanecía al tanto de algunos enemigos que portaban armas ineficaces, pequeñas, que se acercaban para confrontarlo, que estúpidos eran, jamás podrías triunfar sobre un dragón especializado en el arte limpio y sucio del combate por medio de décadas y más décadas. — Les enseñaré que no pueden herir a nuestra Duquesa sin recibir las consecuencias — La vileza decoró lo más profundos de sus ojos áureos y delineó su sonrisa, irremediablemente las palabras del dragón eran posesivas, desatentas, perdidas y ahogadas en la venganza. El hombre lloraba por los ojos y quejaba, entretanto Rhett se ocupaba del endeble enemigo, permitiendo que el delgado filo de sus navajas cortara apenas pequeñas líneas de su piel, aprovechando la proximidad de sus cuerpos para tomar sus extremidades y fracturarlas, esencialmente sus brazos y piernas que permanecían expuestas y sin alguna clase de armadura que las resguardara. El dragón se reía en sus adentros, lamiendo sutilmente sus labios, burlándose y deseando humillar a las figuras abstractas de respiraciones exánimes que en cualquier momento serían cubiertas por el cinericio del bosque. Los lamentos de pronto comenzarían a fenecer entre pútridos frutos de equívocas decisiones, y aquello infería al lamentable y flébil estado del hombre ennegrecido. ¿Acaso él tenía la culpa de todo? ¿De la impotencia del dragón para proteger a la Duquesa Sissi? No, ni un grado de ella había pecado, sin embargo a miserables ojos del ejecutor, instruidos bajo la firmeza cruel y despiadada de su propio padre durante desgarradores siglos, terminaron por “escogerlo” a él para desfogar el furor de su inutilidad y deficiencia. Así, de forma inquina, su castigo no sería más que abominable...

Rhett, volviste a hacerlo.

Cálmate.

Respiré, y aunque el fragor cesaba sentía que mis manos temblaban histéricas como si retumbaran tambores de batalla. Avergonzado, ultrajado de hechos y humillado. Engañé mis palabras, herí mi corazón y deshonré la quietud de mi silencio. Me envilecí aunque me juré no volver a hacerlo. ¿Suficiente sería pedir disculpas al cielo? Cerré los ojos y pensé en la razón de ello. Mi estimada Duquesa Sissi. Apreté el puño con fuerza y tomé un camino directo hacia ella. Podía saberlo, el bosque gritaba, las almas penaban y abucheaban. Era tanta mi vergüenza que rogaba no fuese notable, sin embargo me esforzaría por hacer de ella el más mínimo óbice. Pocos pasos y mi corazón se estrechaba. Me ahogaba.


Como una inadvertida brisa de aire, el dragón buscó el corazón de la Manakete rodeando oscuros troncos de mustios árboles, soportando la inquietud de forma recóndita y manteniendo la grata seguridad de hallarla cerca. Ante todo, sabía que nada volvería a dañarla tras haber aniquilado al enemigo que en algún momento hubiese osado por acercársele. También tenía la certeza en que la comitiva se haría cargo de resguardarla tal como era su primordial objetivo y misión en aquel viaje; y pese a haber fracasado en mantener su seguridad, lo único que podrían hacer por la Duquesa Sissi, aunque sonase erróneo y deficiente, sería el asegurarla y auxiliarla hasta posicionarse en un sitio seguro en el territorio de Begnion. Por sobre todo, debían asistir la grave herida que afectaba el cuerpo de la Manakete, trágico proyectil punzante que no hacía más que alterar al dragón, incluso si asiduamente debía mantenerse impasible ante situaciones difíciles. Necesitaba encontrarle en cuanto antes, pensaba que había perdido un valioso tiempo incluso si había destrozado a los enemigos de una terrible forma rauda; asimismo tampoco tenía la certeza de cómo realmente se encontraría, si la flecha ya estuviese fuera de su cuerpo, o si aún seguiría dentro. Cierto sentimiento de ignorancia lo agravió implícitamente solo volviéndose pensamientos constantes que no cesarían hasta que no conociese la verdadera situación. — Duquesa Sissi — La llamó entre susurros, dispuesto a hacer lo que fuera necesario por la mujer solemne.

No demoraría hasta que sus ojos hallaran su delgada figura, lo cual momentáneamente mitigo la razón de su nerviosismo. — Duquesa Sissi — Volvió a llamarla, esta vez al colocarse frente a ella, terminando por observar la tortuosa flecha y el sitio en el cual yacía clavada. Los ojos del dragón tentaron a enfatizar el airar profundo que le causaba verla, acrecentando la furia con la sangre de su apreciada Duquesa derramada, más el dolor que aplastaba su corazón y el pesar tras no poder evitarlo se pronunció descuidadamente en sus apenadas facciones. Sin embargo a total esfuerzo de mantener la calma tomó un profundo respiro y simultáneamente se arrodilló frente a la Duquesa. — Debemos sacarle la flecha — La formulación de sus palabras fue atenta, casi como un amable susurro que le costaba decir con verdadera calma, tanto necesitaba que aquello no fuese más que un acto pasajero. Realmente le anhelaba con todas sus fuerzas. — Permítame encargarme. — No sería fácil, de forma invariable todo dependería del camino que se había abierto la flecha dentro del cuerpo de la Manakete y por supuesto que el dolor sería evidente al momento de extraerla.  — Por favor, resístalo — Rogaba que no fuese doloroso, que su Duquesa no sufriera, que ella no estuviese en esa situación. Solo bastaría de un débil respiro antes de proceder a desclavarla.
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Mensaje por Sissi el Mar Dic 27, 2016 9:02 am

El Bosque de Serenes volvía a estar en llamas. De las nubes de polvo oscuro emergieron figuras aladas, los fantasmas de las garzas que habían vivido en aquel lugar hacía muchos años y que habían perecido en el fuego. Aquellas entidades existían en una especie de condena, cuyo castigo era ver repetir el evento de su desgracia una y otra vez, por el fin de los días. En ellas no existía la gracia ni la delicadeza propia de su especie, sino que su esencia era un dolor fijo y penetrante suspendido por siempre en el tiempo. Por unos instantes, Sissi creyó que estaban vivas, tan reales eran sus movimientos ajetreados al huir de las piras incendiarias y tan auténticos los gritos de angustia y tortura al ver que su hogar estaba siendo reducido a cenizas. Pero nada estaba allí de verdad. Ya no había garzas en el Bosque de Serenes, y no existía ningún fuego salvo el que había prendido las almas de los soldados de Sindhu al luchar por su Duquesa. Todas aquellas imágenes existían solo en su alborotada cabeza, que era capaz de visualizar, gracias a la percepción de su alma dragón, los terribles sucesos que habían desolado una civilización entera. El dolor que Sissi sentía en sus propias entrañas no hacía más que maximizar esas percepciones, a tal punto que hubo un momento que no supo lo que era realidad, y lo que era fantasía.

Pero entonces oyó la voz de Rhett. O más bien, sería más exacto decir que fue su alma la que escuchó que el dragón la llamaba. Dos simples palabras, “Duquesa Sissi”, disiparon la pesadilla en la que se había hallado envuelta como si solo hubiera sido un mal sueño. Despertó así del embrujo de los espíritus atormentados de Serenes, y regresó al mundo de los vivos. Tomó una gran bocanada de aire opacado por el polvo levantado y todo su pecho sufrió el dolor del movimiento de inspiración. Le ardía el brazo y todo el costado izquierdo, y no ayudaba que su mente aún estuviera recuperándose de todo lo que había sucedido en pocos minutos y que sin duda había ayudado a confundirla. Aún así, ladeó la cabeza a pesar de que le hacía daño hacerlo para mirar hacia el extremo del claro por el que sabía que llegaría Rhett, incluso si no había pruebas tangibles que lo indicaran así, la manakete sabía que sería así.

Ellos dos siempre habían tenido esa clase de relación en la que se podían encontrar no importaba la distancia o los obstáculos entre ellos. Los padres de Sissi solían comentarlo cuando ambos eran pequeños y jugaban a las escondidas. Por mucho que se ocultaran el uno del otro, era imposible que no se hallaran casi al instante, casi como si estuvieran atraídos por un impulso magnético mucho más poderoso que nada. Al principio les había resultado curioso, pero a medida que los niños iban creciendo se habían dado cuenta de que no era algo al azar, sino que había un hilo invisible que les unía. Como si Naga lo hubiera predispuesto así. Nunca le habían dicho nada a Sissi, salvo en una ocasión cuando era joven, y ella les había contestado con toda la inocencia de la niñez: “Solo siento donde está y así le encuentro. Es muy fácil.” No obstante, si sus padres estuvieran vivos y volvieran a preguntarle, la Duquesa tendría una respuesta muy diferente a la candidez infantil de aquellos días.

Le bastaba un simple roce o el olor para identificarle; y si se quedara ciega, podría reconocerle por el modo en que respiraba o en que pisaba el suelo. Le reconocería en el fin del mundo, incluso en la muerte.

Y no se equivocaba: Rhett apareció por el lugar que ella creía y se aproximó a donde la Duquesa yacía tendía. No podía verle demasiado bien por las lágrimas y el hollín que empañaban sus ojos, pero no necesitaba hacerlo para sentir la desesperación que emanaba del Dragón. El corazón de Sissi sufrió un flechazo de culpabilidad por provocar tal sentimiento en su más querido amigo. Poco antes le había prometido que estaría bien, que no le sucedería nada. Había sido descuidada, había creído que el mundo fuera de las murallas de la Ciudad Redonda era igual al interior de Sindhu. Sin embargo, desear algo no lo convertía en realidad. Su descuido no solo había ocasionado dolor a los ciudadanos que la acompañaban, sino que le había hecho romper la promesa de mantenerse a salvo. Un quejido salió de su garganta al levantar la mano izquierda para tocar el rostro compungido del soldado. – Perdóname, Rhett. – dijo con voz quebrada. Volvió a abrir los labios para decir alto más, relacionado con lo de extraer la flecha de su cuerpo, cuando varios soldados corrieron hacia ellos.

- ¡Mi Duquesa! ¡Le traemos a una sacerdotisa para que la sane! Ya no quedan enemigos en el área, pero los demás están terminando de reconocer el perímetro por si acaso.

Tras parpadear un poco, Sissi pudo ver que los miembros del grupo que se habían aproximado no estaban en las mejores condiciones. Al igual que a ella, habían sido asaltados mientras recorrían el Bosque de Serenes. La sanadora sujetaba el báculo contra sí misma, lista para realizar su labor a pesar de que debía de estar cansada por el esfuerzo en curar a otros antes de saber que su Señora había sido herida también. La manakete negó con la cabeza con extrema delicadeza, apenas un suave movimiento.- Rhett puede hacerse cargo de mi. Sana a los demás soldados heridos, como a ellos, y levantad el campamento. No haremos noche aquí.

- ¡Pero, está herida! – exclamó el muchacho, preocupado, mientras miraba a Rhett como esperando que él dijera algo.

- Es una orden, por favor, cúmplela. – le susurró Sissi que, a pesar de estar mandando, no perdía esa amabilidad que la caracterizaba. Los soldados hicieron una reverencia y les indicaron que había un arroyo pasado el mausoleo de los antiguos reyes de Serenes. Añadieron que sería bueno limpiar la herida de la Duquesa allí, y que en breves llevarían una manta y material de coser para que pudiera suturarle la herida. La reticencia que siempre había mostrado su señora hacia el empleo excesivo de la magia era conocida por todos, y por tanto no había necesidad en tratar de hacerle cambiar de opinión. Además, las órdenes eran órdenes y debían ser cumplidas. El pequeño grupo se alejó para cumplir lo mandado, no sin cierta pesadumbre.

Cuando estuvieron lejos, Sissi abrió sus entornados ojos hacia el Dragón: Ahora. – dijo con debilidad. La adrenalina comenzaba a desaparecer, pero poco después volvió a dispararse con más fuerza que nunca. El dolor no se hizo esperar. A medida que la flecha abandonaba su pecho, un grito de tremenda angustia salió de su garganta. Comenzó a salir sangre por su nariz, que se mezcló con los lagrimones de sus mejillas y la tierra negra que había manchado todo su cuerpo. No daba un espectáculo agradable. La Duquesa se retorció en su sitio de forma violenta y llevó una mano sucia a la herida para cubrirla a pesar de que no era lo más higiénico que podía hacer. En ese momento tampoco era muy consciente de que estaba haciendo eso, pues primaba sobre todo el instinto natural de tratar de mitigar el dolor en la medida de lo posible. El líquido rojo manchó toda su palma y se escapó entre los dedos, recorriendo con su brillante humedad su cuello, su cabello, y su pecho. Mientras, Sissi lloraba.

Disclaimer:
La frase en cursiva "Le bastaba un simple roce o el olor para identificarle; y si se quedara ciega, podría reconocerle por el modo en que respiraba o en que pisaba el suelo. Le reconocería en el fin del mundo, incluso en la muerte." es del libro "La Canción de Aquilles" de Madeline Miller. Es de mis frases preferidas del libro y de la vida y creo que va a la perfección con lo que siente Sissi por Rhett. Todos los derechos de autor van a ella.
Sissi
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Sacred Manakete

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Mensaje por Invitado el Lun Ene 09, 2017 11:28 pm


La insólita zozobra había arremetido como el apriorístico filo de una flecha contra la defensa, ambigua y rígida, del dragón hasta sus trasfondos. Después de tanto tiempo por fin volvía a experimentar el miedo de llegar a perder al ser que más estimaba en su nimio pero amado mundo. Ahora, tenerle asilado lo alteraba, propiciándole nada más que malestar y resentimiento, vergüenza sobre sí mismo. Su rostro pudiese simular la esclarecida y diáfana calma que sagazmente otros verían como la ventana a una taciturna alma, sin embargo evidentemente para alguien como el dragón era solo un simple cristal que reflejaba contrariedades. Ver el estado de la Duquesa Sissi lo destrozó por completo, y sintió que la sangre de sus venas se esparcía entre ardentías por todo su cuerpo violentamente. Rhett enrabiaba con desesperación y mientras los segundos pasaban comenzaba a escarmentarlo a través de un dolor más interno que externo. Su pecho se estrechaba, su corazón temblaba. Flaqueaba con solo ver a la Manakete herida, esforzándose así misma por mantener la compostura pese que el daño podría extinguirle la vida. La mano de la mayestática sobre su rostro, pidiéndole disculpas con una voz quebradiza provocó al instante en Rhett un gesto herido. Sabía perfectamente lo que quería decirle y por ello mismo se sintió un maldito miserable. No necesitaba escuchar sus disculpas, más porque eran términos que él debía ofrecer antes que nada y nadie. Por eso mismo, lo enfermaba captarlo de los labios de la mujer a quien debía proteger tal como lo señalaba su primacía, incluso si ella había prometido tener cuidado de la hostilidad y adversidades siempre buscó asegurarla por su cuenta. Así que quiso negárselo de manera rotunda aunque la presencia de los demás soldados terminó mitigando su obligación.

Al escuchar le pareció factible usar la magia de la sacerdotisa, deseaba que el daño causado en el cuerpo de la Duquesa llegara a fenecer tan pronto como fuese posible. Era necesario, una flecha que atravesaba un cuerpo siempre suscitaba una gran dificultad, y de ahí una gran herida que debía ser tratada de forma sutil y delicada. No obstante, sus profundos ojos áureos se acentuaron en la negación de la Manakete, con la aseveración de que el dragón podría hacerse cargo de ella, y con cierto breve énfasis acalló cualquier exigencia de su parte que la hiciera cambiar de opinión, haciéndolo sentir culpable pero también bastante capaz. Conocía a la Duquesa, su carácter y coraje eran inestimables, aunque también su amor y cuidado para con los demás era preocupante. Igual que Rhett. Sabía que procuraría el bienestar de otros antes que el suyo propio, y no tenía derecho de negárselo, aunque de verdad anheló que en esos momentos la Manakete pensara más en sí misma, que fuese egoísta por un segundo y sanara su herida. Pero fue incapaz de pedírselo, sentía el palpitar de su corazón más agudo, sin saber si era su propia adrenalina, o de algo más que no conocía. Parpadeó apenas reparó en la mención de los soldados que estarían esperando en el arroyo para limpiar la herida de la Manakete, haciendo que Rhett volviera su mirada sin decir una sola palabra. Deseaba decir algo, pero el desequilibrio y alboroto que formaba su mente y sus penumbrosas entrañas no dejaban de aturdirlo de forma inevitable, orillándolo a que tomara de un breve suspiro, evitando que las manos que sostenían con delicadeza a la Duquesa le temblaran con indecisión. Jamás se perdonaría sentirse inseguro frente a ella, si en esos momentos debía ser el más maldito inflexible para tomar la acción de desclavarle un proyectil que no había sido capaz de evitar y que dolería como el apuñalear de un demonio.  

Volviendo a tomar un suspiro se movió un poco para recargar el peso de la espalda de la Duquesa Sissi sobre su antebrazo y tener la posibilidad de sujetarla con fuerza. El dragón la miró a los ojos, encontrándola con la misma mirada puesta sobre él, tantas veces había visto tal viva tonalidad dorada que siempre lo hacía sentir serenado, sin embargo aquella vez le produjo un dolor en el pecho apenas escuchó la frágil orden. Rhett cerró por un momento los ojos y con un gesto inquebrantable se acercó al rostro de su venerable Manakete, posicionando grácilmente su frente sobre la de ella sin inmutarse. — Por favor… — Pensó, o más bien rogó para sus adentros que el dolor no se intensificara cuando tomó con firmeza el astil de la flecha. La delgadez del proyectil hizo que el puño se le cerrara por completo, y al cabo de unos instantes comenzó a removerla siguiendo la pista de su trayecto. De inmediato escuchó la aflicción de la duquesa sobre sus oídos, y el movimiento brusco de su cuerpo hizo que la tomara firmemente para que no se lastimase de forma inconsciente. La mano que sostenía la flecha cambió de posición y entre sus dedos con fina calma dio ligeros movimientos circulares para abrirse paso entre la piel de la duquesa, haciendo todo lo posible por contenerla y evitar romper la delgada madera. Por suerte la herida no había cerrado y en un instante se vio con la flecha desenterrada de su cuerpo. Tomó aire, conteniendo el dolor y la angustia en sus facciones al ver el estado de la Manakete, era consiente que debía cerrar su herida o si no ella podría agotarse entre más pérdida de sangre. Negó un poco al verla cubrir su herida con la palma de su mano y en cambio rasgó gran parte del costado de su camiseta blanca para envolver la abertura. — Esta bien… Duquesa Sissi… está fuera. — Musitó dejando escapar un sutil quebrantar en su voz. La acomodó nuevamente, recargándola en su pecho y limpiándole con la demás tela sus lágrimas, y cualquier rastro de sangre que presentaba su nariz. Lamentablemente no pudo hacer más, era difícil poder atenderla con solo dos manos, por lo que tomó el brazo que no estaba herido de su estimada duquesa para dejar su mano apoyada contra la tela improvisada para que ejerciera presión sobre su propia herida. Así, en un rápido pero suave movimiento la levantó para cargarla entre sus dos brazos, envolviéndola con delicadeza, evitando sujetarla con torpeza para no sufrir cualquier accidente. — La llevaré al arroyo, se debe de limpiar su herida, y si es necesario… deje que la magia de la sacerdotisa la atienda, por favor… —Caminaba, pero apretaba un poco el paso abriéndose camino desde el bosque hasta el mausoleo de antiguos regidores, y aunque quería permanecer en silencio algo le exigía seguir hablando, tal vez así distraería a la Manakete del dolor. — Mi padre me enseñó un poco a tratar heridos de flecha, los libros también han sido de ayuda. — Formulaba algo distante, sin embargo aún seguía pensando en qué decir en aquellos momentos, de modo patente el dragón no era bueno para las conversaciones, más si eran después de un enfrentamiento contra los viles y hostiles, demás al terror de ver a la Manakete herida. Era complicado.

Lograba ver el sitio y aunque se encontraba un poco retirado, el sonido del arroyo era perceptible a oídos agudos. — Duquesa Sissi, anteriormente terminé negando su disculpa aunque de verdad la estimo y respeto, pero después de todo fue mi culpa el que haya salido herida, por lo tanto soy yo el que ofrece disculpas. No logré percatarme del ataque ni evitarlo, lo cual pudo haberle costado la vida… — Pronunciaba, recordando lo insoportable que se le hacía cierto sentimiento de alguien inservible e ingenuo. — Sentí miedo de que algo llegase a sucederle… — Aquellas palabras apenas fueron pronunciadas con rectitud, sin embargo finalmente cuando vio el arroyo de cerca tomó una postura seria y se situó con los soldados, quienes se mostraron desmedidamente preocupados. Había que dejar que se ocuparan de la Duquesa Sissi, parecían de hace tiempo listos para atenderla y suturarle la herida, era lo más primordial y agobiante. Caminó y la recostó con cuidado sobre la manta tendida y levemente acolchonada que le habían preparado. Esperando con ansiedad que se hiciesen cargo de ella, por lo tanto le dirigió una mirada a los que yacían dispuestos y asintió para que comenzaran.  


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Mensaje por Sissi el Vie Ene 20, 2017 6:58 pm

El corazón de Sissi se rompía con el dolor de Rhett. Casi pareciera que la flecha hubiera atravesado su músculo bombeante de sangre, hogar de sentimientos, y no su hombro, de lo mucho que sufría. Lamentaba no tener una mano libre para acariciar su rostro y eliminar todo rastro de tristeza que se hubiera aposentado allí. Pero no podía hacerlo, porque Rhett la había cambiado de posición para que fuera la Manakete quién apretara la tela contra su herida y evitara que aún más sangre abandonara su cuerpo. Saber que ella era la causante de sus gestos de congoja, que había sido su propia incapacidad de defenderse lo que había llevado al dragón a resentir de aquella manera, provocaron que la Duquesa llorase con más ganas. Ni siquiera necesitaba estar con contacto con Rhett para sentir en su propia piel, en su propio interior, todas esas emociones que el otro experimentaba. Eran palpables, tan claras y visibles como la luna que comenzaba a asomar en el firmamento. El atardecer había llegado poco a poco a su fin. Las lenguas naranjas del Gran Astro se iban escondiendo en el horizonte, a medida que llegaba la noche al bosque de Serenes.

Le escuchó hablar de la forma tan amable con la que siempre se dirigía a ella. Hubiera deseado responderle, pero notaba un nudo en la garganta que le impedía formular palabra. Lo único que abandonaba sus labios eran suaves quejidos y sollozos que pretendían que no se escucharan demasiado alto. La adrenalina no ayudaba a que Sissi se sintiera mejor consigo misma. Estaba alerta, consciente de todo a pesar de que a veces se sentía confundida por el entorno y el dolor nublaba cada pocos minutos su cabeza. Se enfocaba en Rhett, en percibirle a él, en comprender todo lo que pudiera decirle, gentil a pesar de que, de nuevo, volvía a meterle en problemas como aquella vez hacía más de cien años. Por supuesto Sissi sabía que no podía cargar con toda la culpa, porque al final el agravio lo habían cometido los atacantes en ambas situaciones, pero no frenaba el remordimiento por ser tan débil y crédula.

Alzó la mirada hacia el dragón. Quería ser sincera con él, abrirle su corazón de la manera en la que siempre lo había hecho desde que hubiera nacido. No había en sus recuerdos un solo momento en el que no hubiera habido la más tremenda honestidad entre ambos. Sissi acogía a Rhett como sus padres le habían enseñado, que a su vez habían aprendido de la Reina Naga, la Dragona Sagrada que velaba por todas las criaturas. Dijera lo que dijera, fuera lo que fuera, Sissi le perdonaría porque Rhett no merecía cargar con una culpa que le pertenecía a ella. La Duquesa debía ser el lugar de descanso del dragón, su amigo y su subordinado al mismo tiempo, pero en vez de ser ella, su amiga, su Duquesa, la que le cuidara, era al contrario. Rhett se había tornado en el remanso seguro que mantenía lejos el dolor y evitaba que el filo de las espadas llegaran a ella. Rhett aplacaba los sonidos atronadores de las tormentas, y convertía todo en el gentil murmullo de las hojas de los palmerales al mecerse con la brisa cálida del desierto. Nadie en el mundo podría sujetarla de la forma tan suave en la que lo haría él.

No sabía cuándo había sucedido esto, pero el interior de Sissi se llenó de angustia al pensar que no solamente  había fallado en su intención de proteger al dragón, sino que su propia debilidad le generaba tal dolor que el sufrimiento que padecía se hacía patente en su rostro a menudo estoico para el que no le conociera. La meditación provocó que tomara aire con rapidez, asustada por la posible solución de ese enfrentamiento con los bandidos: cuando se hería a alguien amado, ya fuera con acciones o con palabras, esa persona empezaba a quererte menos, y la gente que no te amaba se acababa por alejar de ti. Si Rhett se volvía a ir, como aquella vez años atrás, la manakete no estaba segura de que pudiera sobrevivir. Ambos se separarían en un par de días y ella iría de camino a Goldoa, a visitar al príncipe Kurthnaga, mientras que el dragón viajaría a Thracia en busca crear nuevas alianzas con Sindhu. Esa clase de ruptura no se sentía como tal, pues Sissi confiaba en que volvieran a reunirse en casa. No obstante, si era Rhett el que se iba por voto propio, sin razón aparente, y sin reencuentro planeado, entonces sería tal y como había sucedido cuando la Duquesa dormía en su profundo letargo. El Dragón se fue del Ducado, de Hatari, y dejó a Sissi luchando por despertar de ese sueño del que era prisionera. Por supuesto, esto nunca lo había hablado con él, ni se lo había mencionado en ninguna ocasión desde que él regresara el día que los Emergidos atacaron la Ciudad Redonda. Pero no significaba que el miedo no siguiera presente en su corazón.

Sin embargo, al escuchar sus últimas palabras, las lágrimas dejaron de correr por su mejillas sonrosadas y una expresión de auténtica sorpresa adornó su rostro. El corazón le latió con fuerza y se quedó unos momentos sin respirar, al no poder creer que el dolor de Rhett no iba a hacer que la abandonase, sino que, al igual que ella, ambos sufrían si el otro lo hacía. Con ese mismo gesto entre felicidad, aflicción, y liberación, fue tumbada con cuidado sobre una manta colocada junto al arrollo. Varios soldados hombres hacían guardia más adelante alrededor de una fogata. Los caballos y las provisiones estaban con ellos, mientras que las mujeres del grupo, entre las que había dos que habían estudiado medicina más una sacerdotisa, eran las que habían montado el improvisado centro médico para la duquesa con su propio fuego. Habiendo sido informadas de que la herida había sido de flecha, habían reunido el material necesario para suturar la abertura y aliviar el dolor que debía sentir su estimada señora. El dragón asintió a las presentes para que comenzaran su labor pero Sissi se agarró a él con fuerza unos segundos.

Había empleado su brazo malo, pero apenas notaba como la carne se resentía y como la sangre empapaba la tela blanca. Ignoró los gritos alertados de las muchachas al ver que la Duquesa se seguía lastimando,  y se aferró a Rhett como si él fuera toda su vida y se la estuvieran arrebatando de entre las manos. – Espera, no te vayas. – Le dijo. Su diestra abandonó el lugar sobre la herida, y tanteó unos momentos entre su túnica superior con torpeza. Segundos después sacó una piedra redondeada, de múltiples colores tornasolados que brillaron a la luz de la hoguera: su Dragonstone. Se la tendió sin el más mínimo vacile, confiando en él, por encima de todo el mundo, para que cuidara una de sus posesiones más valiosas, aquello que despertaba su parte dracónica y que portaba siempre con ella. Le entregaba así la mitad de su alma para que la protegiera de todo mal, con la confianza ciega de que no dejaría que nada le sucediera. Fue su manera de decirle sin palabras que lo que había sucedido no había sido culpa suya, y que seguía creyendo en él con todo su corazón. Dejó la piedra sobre la palma de Rhett, y las puntas ensangrentadas de sus dedos acariciaron con suavidad la mano contraria unos instantes, antes de caer con un movimiento violento sobre su estómago.

La acción produjo en las improvisadas enfermeras cierto revuelo que, viendo que la manakete se quedaba quieta y les dejaba hacer, procedieron a su labor. Una de ellas le pidió a Rhett que les diera privacidad para obrar con tranquilidad. Entonces, las mujeres comenzaron a desnudarla con tremendo cuidado, y la piel de la duquesa resplandeció bajo la luz de las llamas como una flor de luna iluminada por el crepúsculo: pálida, lumínica, bañada por el calor.  Sin embargo, tres feas cicatrices circulares rompían esa homogeneidad, como mapas de pesadillas que aún no se habían curado. Cortaron los ropajes de Sissi, arruinados por el polvo negro del suelo y la enorme cantidad de sangre que había perdido y que, en algunas zonas, se había mezclado con la tierra para formar una pasta mugrienta y desagradable. Debían revisar que no había sufrido ningún ataque en alguna otra parte del cuerpo, y las ya destrozadas prendas solo estaban en el camino, además de que ropa sucia causaba infecciones y ensuciaba las heridas. Al comprobar que solo debían preocuparse por su hombro, la cubrieron con una túnica de color tostado, hecha de una tela caliente y suave.  Al mismo tiempo, las mujeres habían ido apartando con cuidado la camiseta rasgada de su hombro, que se había pegado de forma bastante desagradable a la herida abierta y al separarlos volvió a fluir la sangre por doquier.

Rápidas, limpiaron la herida y comenzaron a coser. Sissi al principio trató de acallar sus quejidos, pero terminó por lanzar al aire algunas exclamaciones, resoplidos, y sollozos de angustia que se le escaparon. A veces se retorcía, pero el equipo la mantenía inmóvil para que la operación fuera un éxito. No era lo que podría considerarse como una buena paciente. Por suerte, no tardaron demasiado en suturar la carne, a la que aplicaron un ungüento de olor fuerte que escocía, y después envolvieron con tiras de algodón blanco bajo la sonrisa agradecida de Sissi. Puesto que sabían que la duquesa se iba a negar, de nuevo, a la cura que podía proporcionar la sacerdotisa, que ya estaba bastante cansada por haber tratado a todos los demás soldados como se le habían indicado, le ofrecieron un Vulnerary con la esperanza de que el dolor remetiera y que por lo menos el tejido más exterior se curase. En otras circunstancias lo hubiera pensado, pero en ese momento tomó el pequeño frasco y tragó el contenido por su garganta seca con sed. Los efectos se sintieron de inmediato y el efecto de energía le dejó la cabeza como en una nube. Ah, quería ver a Rhett. ¿Por qué no estaba allí con ella?, ¿Acaso se había ido? Las figuras estaban algo distorsionadas, y la poca claridad que ofrecía el fuego no ayudaba a distinguir quién era quién.

- Debería descansar, Duquesa. Sé que ha dicho que no haremos noche aquí, pero no creemos que sea seguro viajar de noche y estando usted herida. – le comentó una de las doctoras con suavidad. Las demás muchachas estaban recogiendo todo para poder hacer sus camas después.  – No es el mejor lugar, pero al menos hemos encontrado agua y ya no hay enemigos que vayan a hacerle daño. Por favor, duerma y recupere fuerzas.

Pero Sissi no podía dormir sin saber que Rhett estaba mejor ahora que ella también lo estaba. Asintió de forma pausada a sus palabras y miró a su alrededor. - ¿Rhett? - preguntó con voz queda.

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Mensaje por Invitado el Dom Feb 05, 2017 11:59 pm


A través de sus manos, cándidamente teñidas de un color vivo escarlata, y de sus ojos eléctricos de manifiesto tormentoso, intentaba controlar cualquier inservible grado de azorar que le convocaba el temor y la angustia. Tentándolo a un ahogado respirar, tan doloroso como un inopinado golpe en el pecho. Deseando irrefutable que el deseo de finalizar un capitulo ineficazmente logrado de su vida concluyera de alguna manera. Un pensamiento que al cabo de un instante lo hizo negar con la cabeza. No iba a huir del conflicto, no correría como un vil cobarde que se dejaba vencer al más mínimo tropiezo, ni se dejaría conducir por la terrible vesania. Su obligación, lo verídico y que por sobre todo importante en aquel momento, era estar con la Duquesa Sissi. Apoyarla. Hacerla sentir segura. Sabía Rhett que también había fallado en lograrlo, se había fallado así mismo como a la Manakete, pero no iba a seguir desmoronándose. Dentro de sus mil cristales rotos, existía una gran fortaleza que no iba a ser abatida ni destrozada, que evitaría ante todo que lo lesivo se adentrara con sus ludibrios. Así mismo soportando el miedo, palpando la realidad que le indicaba que nada estaba perdido, que nadie le había arrebatado a su preciada Duquesa, porque ella se encontraba entre sus brazos. Llorando, escuchando, viviendo. Era lo único que el dragón necesitaba para seguir caminando.

Sus palabras de disculpa y aclaraciones estaban destinadas para ser el único quien cargase con toda la culpa, porque los años afuera del Ducado de Sindhu, del desierto, lejos de su hogar tanto del letargo de la Duquesa Sissi, lo habían preparado. Así como sus exhaustivos entrenamientos adoptados por su padre, quien severamente le advertía que de no ser capaz de defender y atacar por la conveniencia de su pueblo y soberanos, sin venia “estaría condenado a padecer ante los demás como el súmmum réprobo de porquería”. Todo aquello lo había capacitado para arrastrar los deslices que el camino le arrojaría frente a descuidos. La pericia propia del dragón lo indicó cuando la acometida pactada por tales ubicuos enemigos, a los que ingenuamente tomaron a la ligera, fue realizada. No existía más discusión, incluso si Rhett presenciaba la culpa de la Manakete tan palpable entre sus honestos gestos apropiados de angustia y tristeza, así como sus ojos llenos de atribución por lo que había ocurrido, jamás la recriminaría por ello, ni siquiera en grado de equivalencia. Aunque no pudo evitar sincerarse al manifestar su miedo y el terror con la idea de perderla. Porque ante todo, Rhett era incapaz de imaginarse una vida tan cálida sin ella, sin tener que secundarla cuando más necesitase de su ayuda, sin poder ver su luciente cabello rosáceo bañado por los azafranes rayos de un atardecer en el desierto, ni sus ojos tan vivos que centelleaban nuevas emociones cada día de su longeva vida. Existía admiración de por medio, claro estaba, el dragón siempre se mostraba atento a sus palabras, adorando su dulce voz cantarina, y a su vez sintiéndose aceptado en su compañía. Tal vez nunca había sido de muchas palabras, más parecía frio para exponer sus emociones, pero Rhett sabía que la Manakete las conocía sin tener que verlas ni escucharlas. Su corazón se sentía acompañado cuando Sissi respondía a sus silenciosos y reservados llamados. Ella se había vuelto para Rhett su calor, su fuerza e insoslayable vida.  

Así mismo, la noción del tiempo a través de indeterminados pensamientos de la Duquesa Sissi le pareció eterno. Claro que el dragón siempre agradable pensaba y agradecía fielmente tener el honor acompañarla, no obstante, cierta ocasión más parecía enredado en las despreciadas calígines, inquieto a la idea de volver a descuidarla. Volviendo a experimentar tal incomprensible pulsación en el pecho cuando la recostó con sumo cuidado sobre la manta, desamparando sus manos del aquel cuerpo y en cambio asintiendo a los presentes para que comenzaran. Sin embargo, tan instantáneo como un parpadeo, sus ojos se abrieron con desconcierto cuando sintió el agarre de la Duquesa Sissi. La presión era para su sorpresa fuerte, lo que pudiese hacer de su herida algo más grave si seguía ejerciendo fuerza con cierto nivel de imprudencia. Rhett la miró levemente inquieto, contrayendo aquel increíble palpitar dentro de su pecho, quedándose pasmado cuando miró sus acciones, en el cual se le fue entregado la más significativa de sus posesiones. El dragón contempló la Dragonstone sobre la palma de su mano, sintiendo el grácil roce de los dedos de la Manakete antes de que éstos desaparecieran ahogadamente en una caída sobre su estómago. Escuchó al instante la agitación de las enfermeras, así como sintió la imperceptible pero desmesurada conmoción de sus sentidos ahogados en su apretaba mandíbula. Permaneciendo en su sitio, mirando a su duquesa predilecta, soltando un poco sus facciones para responderle. — Entiendo — Musitó evitando el temblequear de su voz, asintiendo ligeramente con la cabeza, y elevando su mano para delinear con gentileza la tersura de la mejilla ajena tal como el bello acariciar de una cala blanca. — Estará bien — Pensó antes de levantarse cuando se lo pidieron, retirándose algo vacilante al llevarse consigo una parte del corazón de su duquesa. El cual no dejó de tomar con firmeza.  

El pesar de sus piernas lo condujo despacio junto a los soldados, los cuales nerviosos permanecían vigilantes. Algunos laguz que no portaban armadura le ofrecieron al dragón una camiseta ligera al ver cómo había quedado la suya, tan manchada y rota al tratar con la herida de la Duquesa Sissi, que literalmente dejó al albo teñido de un rojo granate. Rhett aceptó y se cambió en brevedad, aunque todas sus prendas inferiores no mostraban el mejor de los aspectos. Sin embargo, de alguna manera, todos lucían igual, entre rasguños que presentaban sus ropajes al igual que sus armaduras, así que aprovechó para limpiarse las manos y el rostro como le habían sugerido. Pero aquello claramente no era lo que más le preocupaba, por lo que se separó de los soldados y la llama de la anaranjada fogata para estar solo ante la vasta nocturnidad. Aprovechando la comodidad de un tronco tiznado para recargarse, claramente sin dejar de portar entre su mano la Dragonstone de Sissi, la cual en ningún momento había soltado. La observó durante varios minutos, contemplando la monocromía de la piedra que destellaba varios de sus colores, era tan preciosa que no tenía palabras para describirla. Sus ojos se cerraron y acercó la Dragonstone a su pecho, dejando el objeto colindando a su corazón palpitante. El calor pronto comenzó a emanar de su centro como si quisiese entibiarlo, sin dejar de pensar en el bienestar de la Manakete, deseando querer verla para cerciorarse que se encontraba saludable. — Sé que lo está — Separó la piedra de su pecho y continuó viéndola, confiando fielmente en que no existía ningún peligro. Pero si en eso confiaba, ¿por qué sus manos temblaban? Reparó en sus dedos que sujetaban con fuerza la tan valiosa posesión de la Duquesa, pero no era lo mismo para lo demás que apenas perfectiblemente temblaba. Intentó no quebrarse en pensamientos de pesadumbre y ser víctima de la ofuscación, porque como lo había dicho antes, no iba a perder ante los óbices de la supervivencia.

Tomo un profundo suspiro, masajeándose en brevedad su sien antes de levantarse y volver con la agrupación de los soldados. En donde uno de ellos apenas se percató de su presencia se le acercó con clara celeridad. — La Duquesa Sissi se encuentra mucho mejor, queríamos avisarle pero nadie lo encontraba. — Apenas escuchó al soldado, además de las indicaciones que se habían dado de pernoctar en aquel espacio hasta la maitinada, que Rhett parpadeó extrañado, y sin decir nada se volvió hacia donde podría encontrar a la Manakete. Sus pasos fueron tan rápidos que en segundos se encontró a un lado del río en el cual la había dejado en primera estancia, considerando que no debían movilizarla después de haberle tratado una herida tan delicada de flecha. Por lo menos, así es como debería de ser, cuando sus ojos la captaron. — ¡Duque--…. Duquesa Sissi. — Interrumpió cualquier signo de exclamación y negó con la cabeza. Acercándose para en instantes situarse a un costado de ella y contemplarla bajo la luz ambarina de la fogata oscilante. Notando que ya no existía algún indicio de suciedad en su delicado rostro, ni rastro de sangre sobre su blanquecina piel. Captó el fuerte olor del ungüento, lo cual le indicaba que la habían tratado con sus mayores cuidados. No pudo evitar delinear con sus labios una tenue sonrisa. — Duquesa Sissi ¿Cómo se siente? — Entonó en un volumen de voz bajo, conteniendo tal felicidad que tuvo que apartar por un momento el rostro para que su emoción no fuese tan perceptible. Sentir el alivio, la calma, el poder volver a respirar con el abonanzar de un tiempo de ataraxia. Respiró. — Esto le pertenece — Extendiendo el brazo abrió la palma de su mano, entregándole la Dragonstone que con tanta rigurosidad había estado cuidando. Aquella piedra de tan significativo valor que le había conferido el honor de cuidar y que le hizo sentir en su manera afortunado. — No me separé de ella, siempre permaneció en mi mano. — Aseguró con el medido cumplimiento.

El dragón cerró los ojos por un momento, cayendo en cuenta que no había discurrido en qué decirle a la Manakete en cuanto la tuviera de frente. En vez de ello, se había quedado observando su Dragonstone como si fuese lo único para lo que había nacido. Tan vigilante e impertérrito, que en su momento se sentía capaz de recordar a la perfección su forma orbicular y matices de fulgor rimbombante. Terminó por abrir los ojos, para mirarla a su vez afable. — Me causa bienestar que se encuentre bien, los soldados estuvieron preocupados, más ansiosos que nada. No sabe cuánta alegría les dio enterarse que estaba bien. — Tal vez sonase indirecto, y en su parte inconsciente, pero de manera taxativa nadie más ansiaba saber cómo estaba Sissi que Rhett. Incluso le pareció un poco inoportuno que fuese uno de los últimos en enterarse, haciendo los segundos de espera cargantes entre aherrojes. Mismos que fueron liberados en cuanto se encontró frente a ella. — Por ahora es mejor que descanse Duquesa Sissi, debe estar cansada por el proceso y tratamiento para curarle la herida. Esta vez no hay enemigos, por lo que podrá dormir lo que sea necesario para recuperar sus energías. — Era lo único que necesita el dragón, ver descansar a la duquesa después de un día tan duro que le había suscitado aquel ataque aversivo. — Me gustaría, si no es inconveniente, quedarme cerca de usted, cuidándola. No es que suponga que exista algún peligro, pero ya no podemos seguir bajando la guardia. — Apretó ligeramente su mano envolviéndola en un firme puño, que evidenciaba el malestar que aún existía por lo ulteriormente sucedido. Aunque no cabía duda que Rhett, más que nada, anhelaba quedarse a su lado y velar por su descanso. Después de todo era lo mínimo que podía hacer por ella ante la ponderable lluvia de luz creciente. Una noche que bien parecía estar ahogada en partículas grisáceas de favila abrasiva.
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Mensaje por Sissi el Miér Abr 26, 2017 9:10 am

Dejó escapar un suave suspiro de entre sus labios agrietados. Había estado conteniendo el aire, en cierto modo aterrada al no ver a Rhett nada más marcharse las soldados. Sin embargo, aquella ansiedad duró poco, pues el dragón apareció raudo a su vera, cargando con él la Dragonstone que Sissi le había encomendado con confianza ciega. Al igual que ella, estaba visiblemente mejor, aunque la Duquesa no podía apreciarle del todo debido a la oscuridad del entorno y al cansancio acumulado en sus párpados. El vulnerary tenía en ella el doble efecto de mantenerla despierta a pesar del sueño que cada vez se iba apoderando más de cuerpo. Se encontraba como en todas aquellas noches en las que el insomnio la había acechado, impidiéndole rendirse a su agotamiento y manteniéndola desvelada, pero no del todo atenta a lo que sucedía a su alrededor. Allí, en ese caso, no le molestó como en otras ocasiones, sino que agradeció tener más tiempo para poder hablar con su estimado Rhett, y saber de sus labios cómo se encontraba.

Él se adelantó a preguntar qué tal estaba ella, a lo que sonrió suave, lo suficiente como para no herirse aún más la deshidratada piel de su boca. Hubiera pedido un bálsamo para mitigar las asperezas nacidas por el polvo y el estrés, pero estaba tan desconcentrada que ni siquiera cruzó por su cabeza el pensamiento. Su mirada dorada, algo preocupada momentos antes, se apaciguó, y en su lugar quedó una expresión gentil y dulce, como si la mera visión del soldado fuera suficiente para calmar mares embravecidos y huracanes de viento gris. No podía ver con total claridad, pero con él nunca lo necesitaba.  – Estoy bien. Me han dado un vulnerary y apenas siento dolor. Solo estoy un poco cansada, pero siento que aún no puedo dormir. – musitó, y entornó los ojos para focalizar aquello que le tendía Rhett de vuelta. Oh, su Dragonstone.

La piedra relució a la luz de la cercana hoguera, con un brillo anaranjado y algo verdoso, producto del reflejo de la luminosidad ambarina en su superficie azul. La manakete estiró el brazo sano como para tomar el preciado objeto, pero en su lugar cerró los dedos del dragón sobre la piedra y dijo: Por favor, cuídamela un poco más. Te encargo su protección hasta que sea hora de despedirnos, y me halle en un mejor estado para poder cargar con el legado de mis padres. – se sonrojó, un suave rubor que no era producto del calor del fuego se extendía por sus mejillas pálidas. - No confío en nadie más para que haga esto por mí. – Para guardar parte de su alma, para protegerla del mal y de la oscuridad del mundo, para cuidar de ella con el esmero que él ponía en todas y cada una de sus atenciones hacia Sissi.  Le volvía a confiar una de sus pertenencias más preciadas, un símbolo de la intimidad, respeto y cariño que había entre ellos y que llevaba existiendo desde hacía tantos siglos que la duquesa no podría recordar el momento exacto.

- Siento haberos preocupado. Aunque me alegro de que, a pesar de la emboscada, nadie haya salido fatalmente herido. Ni siquiera yo. Hace falta mucho más que una flecha para lograr lo que esperaban. – No obstante, si ese mismo proyectil le hubiera dado en el corazón, poco podría haber hecho nada para sobrevivir, pues algo así la habría matado casi de inmediato, pero no quería que Rhett pensara en ello. Lo que importaba en ese momento era que todo se había acabado y que estaban a salvo. - Aunque sigo sin entender la razón tras ello. No somos nadie, ni cargamos cosas de gran valor. Es extraño que un grupo de bandidos esté aquí, en un bosque como este, ¿no? Nunca hubiera supuesto que gente de ese tipo habitasen el pobre Serenes. – Frunció un poco el ceño. Para Sissi, era algo muy cruel el asesinar y robar en un cementerio de árboles y vidas. No podía comprender el raciocinio que hubiera detrás de las acciones de los malhechores. Quizás se debiera a su agotamiento mental, pero algo le decía que posiblemente nunca lo entendiera del todo.

Las palabras de Rhett le hicieron sonreír de nuevo. - Siempre habrá sitio a mi lado para ti. – dijo con total convencimiento de sus palabras, gentiles y honestas. Ni siquiera debía preguntar aquello, si algo era natural en su vida era que Rhett había estado siempre con ella. Sentir su constante presencia era algo tan normal para la duquesa como respirar. -Estoy cansada, pero no podré dormir si no descansas a mi lado. ¿Dormirías conmigo como cuando éramos pequeños? – El cómodo lecho donde estaba acostada era demasiado amplio para ella sola. Su cuerpo menudo apenas ocupaba la mitad del espacio, por lo que el dragón no tendría problema para tumbarse con ella. Y lo cierto era que, no se sentía a salvo sin la reconfortante figura de Rhett a su lado. Recordaba las veces que, de pequeños, se escapaban de sus respectivas habitaciones y terminaban durmiendo arrebujados en cualquier lugar. Pero estaban juntos. A la mañana siguiente, el padre de Rhett se lo llevaba a entrenar, y ella regresaba al estudio. El estar separados era el peor castigo que pudieran tener.

Para Sissi, esa seguía siendo la peor tortura de todas a pesar del tiempo transcurrido. Era un secreto que guardaba dentro de sí, sin saber muy bien porqué lo hacía. Suponía que era para no inquietarle, o no cargarle de mayor preocupación de las que el dragón ya parecía tener. Si hubiera estado en un estado mental completamente lúcido, no habría añadido nada más a su ofrecimiento de descansar con ella, pero estaba agotada, herida y se sentía muy vulnerable en aquel estado de dependencia. Lo miró directamente a los ojos y susurró, apenas en un hilo de voz: Tengo miedo de irme a dormir y no despertarme, o de que, al hacerlo, tú no estés conmigo. Prométeme que te quedarás hasta que abra los ojos por la mañana. – Era extraño en ella el pedir algo con esa vehemencia, y mucho menos exigir. Pero eso no hacía más que denotar que todo lo que decía era pura sinceridad. Su corazón abierto de par en par.

– Creo que no volverte a ver es lo que más miedo me puede dar en esta vida. Sé que es nuestra obligación separarnos, para cubrir mayor terreno y ver si hallamos aliados en nuestros viajes, pero se me encoje el alma al pensar que no puedas regresar a Hatari. Prométeme, también, que volverás sano y salvo conmigo. Antes me has dicho que sentiste miedo de que algo me pudiera suceder. Yo también lo siento. Aquí. – y puso su mano sana sobre su pecho, en el mismo lugar donde se bombeaba sangre con tanta fuerza que el músculo amenazaba con salírsele del cuerpo.
Sissi
Sissi
Afiliación :
- SINDHU -

Clase :
Sacred Manakete

Cargo :
Reina de Sindhu

Autoridad :
★ ★ ★ ★ ★

Inventario :
Dragonstone [2]
DragonStone Plus [4]
Lágrima de Naga
Tónico de def [1]
Escrito Mítico
DragonStone [1]

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Mensaje por Invitado el Lun Jun 05, 2017 7:59 pm


Sus hombros se distendieron, sintiendo el quimérico abandono de aquellas garras lacerantes, llenas del terror y la bestialidad con la que se aferraron a ellos. Libre al fin de la presión sofocante de su pecho, yéndose con la inquietud que arribó con constancia en sus pensamientos. Su vista más clara, observaba lo único que le interesaba. Una duquesa sana, viva, dulce, como en aquellos días que la visitaba en el despacho del ducado, encontrándola plena en la importancia de sus ocupaciones, y ayudándola cuando era necesario. Maldición. Aquellos bellos recuerdos que olvidó ante la ira de su insuficiencia. Se sintió atestado de vergüenza, pero no podía decirlo, no era capaz de decirle a su duquesa lo que había hecho cuando esa flecha tuvo el atrevimiento de atravesar su pecho. El dragón volvió a perder el control un momento, ridiculizando a su enemigo, arrastrando su vida por el lecho de la desgracia y humillación. También, lo mucho que se sintió divertido tras retorcer aquellos cuerpos. Apretó los ojos. No tenía que volver a recordarlo. Prefirió sumirse en las palabras de su duquesa, en la suavidad de su voz y en la gentileza con la que se le dirigía. Su mano había estado ocupada por su valiosa Dragonstone, tanto tiempo permaneció dentro de ella, que en cuanto decidió regresársela sintió la pérdida de su calidez alguna vez cercana a su corazón. No obstante, sus ojos volvieron a la piedra, resguardada aún más dentro de su mano, envuelta imprevisiblemente en los dedos de Sissi. Escuchó su orden con tanta atención que asintió de inmediato. Volviendo a experimentar esa presión en el pecho, pero distinta a la anterior, aquella sensación no lo incomodaba ni afligía, ésta dependía de una experiencia tan distinta como maravillosa…. y le suscitaba alegría. — Duquesa Sissi… — Sus ojos volvieron al rostro de la Manakete, estaba completamente agradecido por sus palabras, volviéndose tan valiosas que esperaba recordarlas aún más cuándo la ira deseara atentar en sus terribles confines. — Es un honor, juro solemnemente que la protegeré hasta que el día de la despedida arribe. — No podía decir nada más al no conocer una mejor manera de expresarlo, después de todo nunca había sido bueno en ello, y sin embargo estaba seguro que manifestaría su gratitud ejecutando su orden de la mejor manera posible. No estaba en sus planes defraudarla, en ningún momento propondría esa posibilidad en sus voluntades. La razón de ello era porque no existían palabras más importantes que las de Sissi. ¿En qué momento sus palabras comenzaron a tener tanto significado? Una débil sonrisa delineó sus labios. En realidad, lo recordaba. Un pasado tan claro como los días más soleados del ducado, una brisa tan cálida y fresca perteneciente a las estaciones más fértiles del pueblo que amaban. El día en el que estuvo consciente que la Duquesa Sissi también podría necesitarle.  

Tiene razón, una flecha no es capaz de derrotarla. No podría hacerlo… — Creyó el dragón, incluso olvidando la prevaleciente posibilidad de que si la trayectoria hubiese sido unos milímetros más temeraria, la Manakete no habría sido capaz de sobrellevarlo. Decidió olvidarlo, optando por pensar detenidamente en la causa de lo sucedido mientras observaba los alrededores. — Existe la posibilidad de que ellos se aprovecharan de esa suposición Duquesa Sissi, eligiendo el sitio menos ideal para residir, viviendo bajo la necesidad de atacar a quienes se guiaron por lo más probable y aprovechándose de lo que esto pudiera ofrecerles. — Ellos también habían sido bastante ingenuos, creyendo en lo más factible, y en consecuencia, volviéndose previsibles ante el peligro que los esperaba. Aquello significaba que aún no estaban preparados para el exterior, un mundo lleno de distintas eventualidades. Era importante aprender de sus equivocaciones para no tener que volver a experimentarlo. Rhett por su parte jamás olvidaría lo sucedido.  

Bastante considerada había sido su pregunta, el desear permanecer junto a la duquesa para procurar su bienestar era una cuestión que iba más relacionada a que si en realidad se sentía más cómoda acompañada. El dragón no dejaba de creer que tal vez necesitaba estar sola, después de todo lo sucedido, era necesario que nadie permaneciera tan cercano si estaba muy debilitada. Además, Rhett siempre había optado por recuperarse de sus heridas de manera aislada, refutando la idea de ser visto en aquel estado tan endeble como para llegar a ser objeto de burla. O tal vez, estaba volviendo a los ideales de su padre y a su necesidad por ser considerado alguien cuya mayor fortaleza prepondere sobre la de los demás. A ello se le sumaba que Rhett había dejado de mostrarse con tantas libertades hacia la duquesa, así como hacia otras personas, por sobre todo, existía aquel estado reservado que no se lo permitía. Una variedad de hechos que lo conducían a tomar ciertas acciones no tan razonables para aquellos que lo conocían. De manera sencilla el dragón no dejaba de ser un lío dentro de su cabeza, sino hasta que la Duquesa terminaba por sacarlo de su propio embrollo. Escucharla fue suficiente como para deshacerse de todas sus disparidades, lo cual no dejó de provocarle otra presión en el pecho, o más bien un desmedido pulso en el corazón. — Entiendo. — Su idea era permanecer sentado a un metro de distancia, aproximadamente, en un sitio donde pueda cuidar de ella sin mayor problema. No obstante, escuchar lo consiguiente de la Manakete le tomó por sorpresa, más evidente aún fue un instantáneo rubor en ambas de sus mejillas. El simple hecho de recordar aquellas veces que dormían juntos de pequeños, le causó tan increíble sentimiento de ternura que no creyó ser él mismo en ese instante. Casi incapaz de controlar una pequeña risa que no dejaba de ser tan escaza en su personalidad tan seria y fría. Por suerte pudo contenerla, incluso si sus ojos no paraban de mostrarse contentos y agradecidos de poder escuchar a Sissi con tanta amabilidad y gentileza. De modo que no iba a negárselo, si el dragón lo que más quería era estar cerca de ella.

Por supuesto que era imposible que no dejara de existir el miedo, si ambos sabían que sus caminos se separarían en un futuro no muy lejano. El miedo, creador de las peores ideas, planteaba la posibilidad de separarse y no volverse a ver, lo cual se convertía en uno de los más grandes temores de Rhett. Odiaba imaginarlo, un mundo en el que la Manakete no formaba parte de su día a día, un celeste que perdía su tonalidad a causa de su ausencia. Y es por ello que su rostro evidenció un pequeño afligir una vez escuchó sus palabras. Claro que se quedaría, no se iría a ningún lado incluso si la Manakete no despertaba. La esperaría. — Prometo que estaré aquí hasta que abra los ojos. — No pensaba irse de cualquier modo, estaría con la duquesa, cuidándola toda la noche sin descanso, por ella no dudaba en perder sus horas de sueño. Porque su temor no dejaba de ser el mismo, temía que la duquesa no volviera sana y salva a Sindhu. Que algo pudiese sucederle en el camino y que él no llegara a estar ahí para resguardarla. — Duquesa Sissi, volveré sano y salvo. No importa cuanto sea el tiempo que nos desfase, quiero que esté convencida que nuestros caminos no dejarán de reencontrarse. — El dragón estaba convencido que sin importar la lejanía y el tiempo, estarían de nuevo juntos. Y no temía aportar en ello, era algo indiscutible.

Sus ojos se mantenían directos en la Manakete, contemplando el cansancio en sus ojos y reparando en el débil respirar de su pecho. Considerando incuestionable la necesidad de su descanso lo antes posible. — Duquesa Sissi, no quisiera que tema. Es evidente que soy yo el que debería temer por no verla cruzar esa frontera. Esa frontera que garantiza nuestro reencuentro. — Enfatizó, recostándose con lentitud a un costado de ella, ladeando el rostro para no perderla de vista, y envolviendo protectoramente su Dragonstone entre la fuerza de sus dedos, queriendo mantener su constante contacto. — Prométame Duquesa Sissi, por favor, que usted volverá sana y salva. Prométame que se cuidará y que no caerá en los engaños. Prométame que si cae, volverá a levantarse con mayor fortaleza. Prométame que la volveré a ver y que sin importar el tiempo que estemos lejos, no temerá ni entristecerá. Por favor, dígame que confiará. — Sus palabras en voz baja aguantaban la angustia, mientras aquel rostro que se mostraba estoico ocultaba la inquietud de sus temores y la ansiedad que le provocaban. — Lamento sonar suplicante y tomarme aquella libertad, pero… aunque tengo la suficiente confianza en usted y en su fuerza, supongo que es necesario para mí escucharlo de sus palabras. Aquellas palabras en las que nunca dejaré de creer. —Era cierto, el dragón conocía a la duquesa y era capaz de encomendarse ciegamente a ella, no existía otra persona con quien pudiera hacerlo. ¿Era extraño de su parte? Suspiró.

De cerca era mucho más notable, el agotamiento era un factor más que evidenciable en las facciones de la Manakete, y el dragón no dejaba de preocuparse. — Duquesa Sissi, ha de estar bastante cansada, por favor, cierre los ojos y… descanse. — No quería seguir entreteniéndola, era más importante que durmiera, estaba seguro que al día siguiente podrían seguir hablando. De cualquier forma, el dragón continuaría cuidándola, incluso en el pequeño ejército los soldados iban a tomar turnos para asegurar el área, procurando que los rufianes no volvieran a tomarles por sorpresa. Se esperaba que fuese una noche larga.
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Mensaje por Sissi el Vie Jun 09, 2017 8:08 pm

Cuando Rhett se acostó con ella, Sissi se giró sobre su hombro sano para poder quedar frente a él también. Puso una mueca al moverse, pues los puntos le tiraban en la herida, pero no era algo que le doliera de verdad, y por ello tenía que agradecer a los poderes analgésicos del vulnerary, que le había remitido en gran medida el daño de la flecha. Inmediatamente tomó aire, y al encontrar la postura correcta se relajó.  Le sonrió de forma confiable y gentil, y añadió un “estoy bien”, en caso de que se preocupase por su gesto de aflicción que, a pesar de que había durado unos segundos, había sido muy visible pues ambos se encontraban frente a frente. La duquesa se juntó al dragón, buscando su calidez en la noche y su tranquila presencia. Había sentido un poco de ansiedad por si Rhett no accedía a descansar con ella, pero la expresión en sus ojos delataba que lo deseaba tanto como Sissi. Su penetrante mirada áurea hizo que se ruborizara un poco, del placer y la felicidad.

Se encogió un poco, colocándose en posición fetal, con el brazo herido bien doblado contra su cuerpo, y la mano buena entre su cabeza y la almohada. A su alrededor se formaba un halo de cabello rosáceo, que seguía sucio de polvo negro y de sangre por la emboscada anterior. Quizás deberían haberle hecho una trenza, o recogérselo con una lazada de cuero, pero tanta había sido la prisa por atenderla, y luego por dejarla descansar, que nada de ello se les había pasado por la mente a las mujeres del Ducado que la habían atendido. Sin embargo, Sissi ni lo sentía, siendo apenas una preocupación nimia de todas las que ocupaban su pensamiento. Si acaso, en la mañana, procuraría verse presentable para continuar el viaje y no parecer una mendiga al presentarse frente al Príncipe Kurthnaga en Goldoa dentro de varios días. Pensar sobre su estado físico le hizo fijarse en el de Rhett, al que aún no había preguntado si se hallaba bien de salud después del terrible encontronazo con los bandidos.

Se fijó a través de ojos cansados en su ropa en mal estado, aunque estaba limpio de toda la sangre que había visto en su camisa y brazos con anterioridad. Debía de haberse cambiado a lavado en el tiempo en el que ella estaba siendo tratada. Mirase donde mirase, no parecía tener ninguna herida visible, y eso la hizo suspirar con obvio alivio. Las mujeres que la habían curado ya le habían dicho que nadie había muerto de su grupo, pero que alguno que otro había sufrido lesiones en la pelea de las que se encargarían después de cuidar de la duquesa. Sissi se culpaba de ello, pues había sido su poco entendimiento de la lógica de los sureños lo que les había metido en aquel aprieto. Pero, ¡acaso no era extraño residir en un bosque quemado y atormentado por los fantasmas del pasado! Estaba demasiado agotada como para razonar un pensamiento tan distinto al de ella, así que solo dejó escapar el aire y se juntó más al dragón. Sus cuerpos estaban casi pegados, pero Sissi no salvó la distancia por completo, sino que se quedó a un palmo de él, lo suficiente como para poder mirar hacia arriba y hacer contacto visual.

No podía aplicarse lo mismo a sus pies que, de inmediato, y con una tremenda confianza, se mezclaron con los de Rhett en un tinglado de piernas por doquier. Si alguno de los soldados del Ducado pensaba que era indebido su modo de actuar, a la manakete le daba igual. Cualquiera que la conociera a ella, o a Rhett, sabría que no pasaba día en el que no estuvieran juntos. Desde hacía siglos habían caminado el uno junto al otro, apoyándose en su amistad y en sus vivencias en común. No había palabra que pudiera destruir ese vínculo, ni espada que pudiera partirlo en dos, ni siquiera los eones del tiempo podrían alterarlo. Conocer a la Duquesa era conocer a su inseparable Soldado. Habría que estar ciego para no verlo, o loco para criticar una relación que trascendía cualquier ley social o de los hombres, siendo su naturaleza algo mucho más espiritual. Así llevaba siendo desde hacía más de ochocientos años, y así seguiría siendo, si Rhett se lo permitía. Sissi le observó con grandes ojos dorados, pasó la vista por su fuerte mentón, por su piel morena, por todas las facciones de su rostro serio. Escuchaba sus palabras, absorbiendo cada promesa, cada súplica como si su vida dependiera de ello. Cualquiera habría tachado al dragón de estoico y serio, incluso mientras hacía aquellas peticiones a la Duquesa, pero ella podía leerle mejor que nadie en el mundo. Sabía interpretar el brillo de sus orbes, los ligeros cambios en su tono de voz, las emociones que su padre le había prohibido tener.

- Te lo prometo, Rhett. – murmuró la manakete, su voz dulce pero llena de certeza. Trataría de cumplir todo lo que el otro le había pedido. Aunque en ese momento no le pareciera difícil, no podía saber lo que aguardaba el futuro. Al menos ella no viajaría sola, solo el dragón, otro dato por el que preocuparse por él. – La esperanza y la realidad no son excluyentes, sino que a menudo existen al mismo tiempo. La esperanza puede convertirse en verdad. Incluso si nuestro futuro no es pura tranquilidad, ni lo que hubiéramos soñado en un principio, la esperanza intrínseca en nuestra existencia puede alentarnos, incluso de la forma más sencilla, a seguir el camino hacia la luz. – Tomó aire y continuó. – Tengo la más absoluta convicción de que volveremos a vernos. Así lo quiera la sagrada figura de Naga. Rezaré por nuestro reencuentro todos los días. Rezaré por que sea en el menor tiempo posible, pero si nuestra separación se alarga, te esperaré.

No sabía qué más decirle, pues despedirse de él era algo que nunca había tenido que hacer en su vida. De repente se vio en una situación en la que le quería hablar de tantas cosas, pero para las que ya no tenía más horas, pues el momento de decir adiós estaba al caer, y ella debía descansar. Notaba como sus párpados se cerraban y el cansancio se apoderaba de su cuerpo por completo. Bostezó con suavidad y asintió ante las palabras del dragón de que debía dormir. Le sonrió una última vez antes de acomodarse lánguidamente con el rostro entornado en la dirección de Rhett y cerrar los ojos. Con sus rosados labios entreabiertos, y justo antes de caer rendida al sueño, susurró: cruzaría océanos de tiempo para encontrarte.
Sissi
Sissi
Afiliación :
- SINDHU -

Clase :
Sacred Manakete

Cargo :
Reina de Sindhu

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★ ★ ★ ★ ★

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Dragonstone [2]
DragonStone Plus [4]
Lágrima de Naga
Tónico de def [1]
Escrito Mítico
DragonStone [1]

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Especialización :
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Mensaje por Invitado el Mar Jun 27, 2017 11:55 pm


Para Rhett el tiempo trascendía en cambios inmemoriales, por lo que era muy poco lo que decía sino eran afanados de sus propias vivencias, e incluso tratándose de ellas, seguía siendo una cantidad ridícula de palabras las que salían de sus labios. Eso lo convertía en el peor especialista para narrar grandes acontecimientos que no fuesen escritos, pero si de algo se era seguro, es que sin importar la mala retención de hechos fidedignos, lo que el dragón en absoluto no olvidaba era cada uno de los sucesos que tenían en su parte propia relación con la Duquesa Sissi. Hacía más de varios siglos que recordaba la sincronía de ciertos eventos, incluyendo sus ineludibles encuentros, haciéndole pensar en cuyas épocas infantiles que alguien pretencioso los guiaba al mismo sitio y tiempo para que de ahí una relación aprovechable llegara a nacer. Pero poco después, a falta de verdaderas justificaciones, Rhett simplemente había aceptado que la línea de su trayectoria era cercana a la de Sissi, y que por esa misma razón no iba a ser fácil separarse de su lado; lo recordaba también, aquella fue la primera vez que se sintió contento. El que su mirada quedara fija en el rostro de la duquesa, una vez se recostó junto a ella, le permitía apreciar con mayor cuidado el agotamiento naciente en sus facciones: como lo era el peso que cargaban sus ojos soñolientos, y el desvaído pigmento de colores naturales que en esa ocasión lucia la tersura de su piel. Detalles que jamás se le escapaban y que se reflejaban ingentes hacia Rhett, razón por la cual se preocupaba e impacientaba por pronto verla en un mejor estado.  

La impaciencia le desvió un segundo de tan dichosa presencia contigua a la suya, del corazón apasionado perteneciente a la Manakete y el brillo dormilón de sus pupilas doradas observándolo directamente. Sus piernas entrelazadas, justificaron un rubor efímero y una atención más que evidente en el dragón. Habiendo descendido del rostro con antelación para observarla y escucharla sin problema. Sabiendo que no olvidaría el apogeo de sus palabras, rebosantes de confianza, como si poseyera el convencimiento mismo del reencuentro dependiente de la alta esperanza y fortuita realidad. Lo entendía y también creía, le pediría al tiempo que fuese lo suficientemente justo como para hacer de las fronteras un camino menos extenso. Que lo observara a él de forma minuciosa, y que se diera cuenta que sin la duquesa, no era del todo bueno. En realidad, nunca creyó que una despedida encontrándose a la deriva le dijera más de lo que alguna vez se hubiese imaginado. Los cambios como siempre atraían en sus olas innumerables de recuerdos, causando miedo, y avivando sentimientos. Más que maravilloso, el dragón creía que los cambios lograban alcanzar inherentes conocimientos, delatando incluso reservados secretos y susurros silenciados en más de 800 años. ¿Qué residía dentro de él, y dentro de la duquesa? Cuánto hubiese agradecido el saberlo, preguntarle el tipo de emociones que ahora se encontraban vivas dentro de ella. ¿Eran gratas? ¿eran inquietas? Mantendría el cuestionamiento hasta otro día, no dejaba de ser más importante el descanso para un siguiente amanecer lleno de asiduas movilizaciones.

El asentir y remover agotado de Sissi finalmente le indicaba que se determinaría a tomar reposo, lo cual no dejó de agradecerle el dragón, quien en parte contempló a profundo detalle el tenue cerrar de sus ojos y escuchó atento aquel susurro tan adormilado como repleto de gran significado. Rhett acallado por sus palabras continuó observándole, aún más directo que antes, a sabiendas que incluso el verla dormir de manera profunda aún podría significar el tenerla presente célicamente. Un ser tan receptivo que en letargo escuchaba a perfección lo que ocurría a sus alrededores. De nuevo recordó el pasado, aislando entre sus dedos un rebelde mechón de la duquesa y devolviéndolo a los demás cabellos que caían libremente a su costado. ¿Cómo antes no había estado ahí? Contemplando tal finura adormilada, y el haberle dicho que se encontraba junto a ella en espera de su anhelante despertar; todo en vez de aventurarse fuera de las murallas desérticas. Rhett se sentía compungido por varios hechos, pero también era consciente que el lamentarse no tendría mayor significado. En cambio, persistiría en glorificar la residencia de su actualidad y la armonía de quienes lo acompañaban en ella. Lo había dicho antes, los cambios eran necesarios para obtener grandes resultados, y en ellos debía presenciar la realidad de los deseos de Sissi, que existían dentro del dragón, dentro de los ciudadanos, y de quienes la apreciaban. — Estoy seguro que usted no estará tan perdida en lejanía como este dragón lo estará sin su compañía. —  Musitó sosiego, dedicando una breve y gentil sonrisa a la figura durmiente a su lado, un gesto que se dispersó tal cual ceniza con la brisa del aire. El sitio no era en demasía frío pero tampoco poseía las cualidades acogedoras de su atardecer, y aunque era carente que los escalofríos deambularan mientras seguían sumiéndose en la nocturnidad del bosque, continuaba siendo una excusa insuficiente para que el dragón no se entornara más próximo a la duquesa. Seguía siendo preventivo a los cambios constantes de la temperatura, después de todo era desconocedor del clima de Serenes y no quería pensar en que la Manakete encontrándose debilitada sufriera de frío constante por la noche.  De cualquier modo Rhett seguiría despierto y atento a sus alrededores, incluyendo a los soldados que harían guardia para prevenirse de los enemigos.  

Apenas asomara el sol, la caterva se alistaría para abandonar el bosque y dar proseguimiento a un recorrido más apresurado en vista de los pequeños daños sufridos por la emboscada. Reanudarían el camino siendo precavidos y sensatos a los peligros sorpresivos, esperando proporcionarle la suficiente seguridad a la duquesa antes de llegar a su destino. Por supuesto, antes que nada se esperaría por su despertar no forzoso, preparando para ella un tónico suplente del vulnerary compuesto de hierbas medicinales que portaba la sacerdotisa por si las extenuaciones del camino debilitaba a los soldados, y que no dejaba de ser necesario para amainar los incómodos dolores de su herida causada por la flecha. Varias decisiones se tomarían sin que Rhett se encontrara distanciado de la Manakete, sus acciones comprometidas estaban ante el cargo y promesa misma declarada. Esperaría el alborear junto al destello dorado de sus ojos y mantendría oculta su Dragonstone el tiempo que fuese necesario. Mas era consiente que sería poco, los minutos, épocas y estaciones acontecían de manera efímera por más que así no lo deseara. Y el dragón limitado e incapaz de mostrarse indiferente terminó declarando su acongoja de lo que aquello podía ocasionarle, temores que al ser honesto no dejaban de serle relevantes. Rezaría igual que Sissi, creería sin atosigar su reencuentro, y mandaría las suficientes misivas para mantener el asiduo contacto más lejos que la lontananza. — Tendré mucho que contarle. — Grandes esperanzas tenía en hacerlo, tal como escuchar lo mismo provenir de ella. Nadie esperaría tanto como el dragón, y nadie se afligiría tanto si la espera culminaba tan trágica como de manera inesperada. Había riesgos que observaban, pero su confiar fehaciente perduraba. Solo si ahí la Manakete se encontraba.
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Mensaje por Eliwood el Lun Jul 10, 2017 10:01 pm

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