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All That You Leave Behind [ Priv. Alim ]

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Mensaje por Sissi el Dom Sep 11, 2016 11:38 am

El sol iluminaba con fuerza la Ciudad Redonda. En esa clase de días, nadie osaba aventurarse al desierto, pues los rayos del gran astro hacían de la arena puro fuego. Incluso los labriegos, cuyos campos se extendían a lo largo del río y más allá de los muros de la ciudadela, limitaban sus horas de trabajo al amanecer y al atardecer. Todo el mundo se guarecía en las sombras de los jardines, en las orillas de los canales, o en las casitas blancas donde el calor era más soportable. La gente agradecía la presencia cercana del agua, núcleo del sustento de Sindhu y fuente de vida. De no ser por el oasis resguardado que habían logrado encontrar, la supervivencia en Hatari habría sido imposible.

La Duquesa de Sindhu, sin embargo, no parecía hacerle mucho caso al vigor de la radiación solar que amenazaba con quemar su piel si se descubría un poco. Una falda larga cubría sus piernas desde la cintura hasta los tobillos, dejando los pies desnudos a la vista. Su torso y parte de los hombros los tapaban una blusa fina y ajustada, que no llegaba a esconder su estómago, ni su cuello, ni su rostro. Para ello, Sissi empleaba un largo lienzo de purísima seda que envolvía a su alrededor y con el que protegía además su cabeza del sol. El conjunto era de un color rojo apagado, con una banda ancha del borde de un tono más rosáceo y las costuras doradas. La monotonía de la ropa era rota por los tres collares de oro que siempre llevaba Sissi al cuello, cada uno de diferente tamaño y forma. Sus brazos apenas contaban con un par de brazaletes decorativos, lo suficientemente arriba para que no le molestaran en su tarea.

Versicolores mariposas volaban de loto en loto, de vez en cuando rozando las manos cubiertas de tierra de la duquesa. En la vereda del río, tras el Palacio Real, estaba el pequeño huerto que Sissi llevaba cuidando desde que tenía apenas cincuenta años de edad. La cercanía con los canales traía una suave brisa que calmaba el bochorno y alborotaba, con delicadeza, su túnica de trabajo. No tenía fuerza suficiente como para estremecer las palmeras o los árboles de tronco más grueso, y apenas movía las flores que eran atendidas con esmero. Había un cierto sentimiento de bienestar allí, con el perfume de los brotes nacientes, acrecentado por el calor, y las dulces tonadas de los remeros, típicos navegantes de los canales con sus embarcaciones de vela que transportaban cereales, pescado y hasta personas.

Sissi se alzó de su posición de rodillas y se limpió las palmas con la larga falda rojiza, que quedó mancha de tierra negra. Después pasó el dorso de su mano por su frente para quitar las gotas de sudor que se habían posado allí tras el tiempo bajo los rayos solares. Miró con una sonrisa satisfecha más allá del huerto, más allá de los canales. A través de las gruesas hojas de los datileros podía ver el ducado extenderse hacia el desierto y terminar a las puertas de la ardiente arena. Se guareció los ojos con los dedos extendidos en posición de visera y observó con orgullo como su pueblo continuaba viviendo a pesar de las malas experiencias de los años anteriores.

Desde su posición, pudo discernir como se acercaba a donde ella estaba un grupo de guardias. Sissi frunció un poco el ceño, preocupada por la inesperada visita. Parecía ser algo grave por los rostros intranquilos que traían. La duquesa fue a su encuentro con prisa. Los cuatro soldados, dos humanas y dos laguz, hicieron una breve reverencia ante la presencia de su señora.

- Su alteza. Estábamos haciendo la ronda de vigilancia desde la primera muralla y hemos visto algo extraño en el desierto. – Comenzó a explicar uno de los laguz tigre. – Al principio pensábamos que se trataba de una caravana, pero Sindhu no espera hoy la llegada de nadie: ni comerciantes, ni viajeros, ni huéspedes. Su tamaño, además, nos hace sospechar que no es un grupo grande, incluso puede ser una sola persona.

- ¿Se comporta de forma sospechosa? – preguntó la duquesa,- podría ser un emergido separado de su grupo, aunque hace bastante que ninguno se acerca tanto a Sindhu.

El tigre dudó un poco y miró a sus compañeros antes de continuar: La verdad es que la figura no se movido en las últimas dos horas. La hemos estado vigilando cada pocos minutos, pero no parece haber cambiado mucho de lugar. Un Emergido, un Lobo o cualquier otro animal, hacía tiempo que habrían abandonado el desierto. Hace demasiado calor y esas no son sus pautas de comportamiento.

Tras un momento de reflexión interior, Sissi pidió que la llevaran hacia las almenas desde donde se podía ver la tan misteriosa presencia. Allí había otro grupo de guardias, entre los que se encontraban un mago y un profesor de la universidad. Ambos discutían si se trataba de un grupo de sujetos o, por el contrario, una única presencia. Las dunas impedían ver con claridad, y la posición del sol, a contraluz, hacía incluso más difícil la tarea de reconocimiento. La manakete no podía discernir más que los demás, apenas unas sombras inmovibles entre las vastas regiones de arena. Se le formó un nudo en el estómago al pensar en las dos opciones posibles: podría ser un vigía de otro país, encargado de analizar su Ducado y reportar de vuelta, o podría ser un viajero perdido que se había adentrado en Hatari sin saber las consecuencias que eso traía.

- Preparad una partida de exploración, vamos a salir. Sea lo que sea, debemos saber qué es. – ordenó con amabilidad la duquesa, antes de comenzar el camino hacia la puerta de salida más cercana. Unos guardias gritaron la petición a otros que estaban más abajo, que comenzaron a ensillar a varios dromedarios. – Tened preparados tanto a los sanadores en caso de que sea una persona herida, como a un grupo de soldados, no sabemos si puede ser una trampa. Esperemos que no sea nada malo. – añadió con un suspiro suave que fue reemplazado por una sonrisa tranquila.

En pocos minutos el grupo que partiría hacia el desierto estaba listo: Sissi a la cabeza, seguía por dos laguz tigre que se habían transformado, tres soldados humanos a lomos de sus respectivas monturas, y un mago. En caso de necesitar refuerzos, el mago haría una señal luminosa para alertar a los guardias que ya se preparaban en caso de amenaza. La duquesa se cubrió el rostro con la túnica roja, apenas dejando entrever sus ojos, y partió al galope encima de un dromedario. Los demás siguieron su ejemplo de protegerse del sol y partieron junto a ella. La arena del desierto se levantó a su paso. Sus pequeñas partículas granuladas se colaban por los pliegues de sus ropas y en la nariz y boca de cualquiera que no estuviera prevenido. El sol no tenía piedad sobre Hatari que, más allá de Sindhu, no era más que grandes extensiones de fuego abrasador.

Ropa de Sissi:
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Mensaje por Invitado el Vie Oct 14, 2016 5:50 pm

El joven mago respiró con lentitud en el aire caliente, reseco, recordándose a sí mismo guardar calma y no apurar demasiado lo que le quedaba a su botella de agua. La empinó pero sólo bebió un par de tragos, prudente y resistiéndose a la tentación de volcarse el resto encima, pues contemplaba todavía la posibilidad de mezclar el agua restante con uno de sus vulneraries, rebajando la medicina espesa sólo para tener más líquido para después. Volvió a poner el corcho en la botella y dejarla de lado. Si lo tomaba con calma, aún podía estar bien. Podía hallarle salidas a esa situación. Si algo había generado en él aquella lenta existencia de más de cinco décadas, era una inconmensurable paciencia y duradera tranquilidad. Sólo debía seguir tomándoselo con lentitud, y pensar bien antes de proseguir.

Exhaló un largo suspiro, apartándose el cabello sudado que insistía en caer pesadamente a impedirle la vista, y bajó la mirada a cuenta nueva al libro en su regazo. Al menos, tenía sombra; la suficiente como para que el reflejo del sol en las páginas blanquecinas no le encandilara los ojos. La tela que usualmente llevaba envolviéndole la cabeza, cual curioso sombrero blanco, era la que se hallaba extendida sobre él y cayendo sobre su pequeña figura, transformándole en su propia reducida carpa de resguardo. Portándola como una capucha, dejaba el sol a su espalda cubierta y una apertura al frente. Y así, sentado de piernas cruzadas en la arena, el pequeño fantasma entre las dunas ondulantes por el extremo calor se mantenía relativamente estable por unos minutos más. Con pacienia y un par de tragos de agua se volcaba a su última idea contra el calor de Hatari, más inclemente aún que el de Jehanna; aquel era uno al que había vivido acostumbrado, así como al ardor de la arena contra los pies y el fuego sobre sus palmas. Pero Hatari era distinto. Y cuando el calor que siempre había sido su aliado, su elemento, se tornaba en un enemigo natural, el pequeño sabio creía con toda firmeza que su mejor libro de magia tendría que ofrecerle algo de ayuda. Así como podía evitar que el fuego lo quemara al conjurarlo, debía de haber una forma de fortalecerse contra el calor de los elementos no puros, sino en expresión sobre el mundo. Algún hechizo que aún no hubiese aprendido, o un uso ignorado a algo que ya conociese.

Tan al norte como el norte iba, tan perdido en su camino y desprotegido entre las dunas, no le quedaba más que hacer. Alzó un brazo para mantener la tela estirada sobre su cabeza y hacer una sombra lo más amplia posible con la tela blanca, la otra mano pasando páginas en el tomo. Hallaba hechizos para deshacer el fuego al instante, llamados a aumentar el calor en el cuerpo del mago sin llegar a conjurar flama, pero nada para resistir extremas temperaturas sin repercusión. Se sentía exhausto, mas no aún desesperanzado. En el peor de los casos, probaría todo lo que pareciese medianamente plausible, o echaría a caminar un poco más sujetando la tela sobre sí. Había supuesto que encontraría el gran oasis y la ciudad en torno a este antes de que un nuevo día le atrapase todavía en el desierto, pero si otra jornada más era requerida, la superaría de algún modo u otro. Tenía mucho que ver antes de rendirse a dejar de existir.

El ruido sordo de los animales andando en la arena no llegó a los oídos tapados del pequeño marcado, con la cabeza tan embotada y doliendo tan intensamente ya, mas la arena que se removía sí le alcanzó. De inmediato Alim cerró su tela más cercanamente alrededor de sí, cerrando los ojos y esperando a que pasara. No era una tormenta de arena, no era un día como para que una ocurriese. Tendría que pasar. Cuando los momentos transcurrieron aún sin que acabase, no tuvo más opción sino la de costosamente ponerse de pie, girándose hacia el grupo a lomo de camellos que se le aproximaba. Veía a una muchacha de aspecto agradable adelante, alguna clase de laguz a juzgar por las alargadas orejas sobresaliendo de entre su cabello rosa; tras ella, dos laguz más y algunos hombres armados, soldados seguramente. Nada que significase buena señal para Alim. - Oh, no... - Murmuró para sí, cerrando los ojos unos instantes, abatido. La señorita y los demás laguz podrían olerlo o presentirlo como lo que era, por seguro; solía pasar, y las reacciones abarcaban toda la gama entre el temor y la agresión. Los soldados, en su experiencia, simplemente no representaban nada bueno, se les pusiera donde se les pusiera. Juntando nuevamente aplomo y tranquilidad, Alim esperó a que llegasen a él.

- Señorita... - Llamó, decidido a apelar a ella antes que a cualquier otro. Quien cabalgaba al frente era la líder; caso contrario, seguía siendo la persona de aspecto más gentil entre todos ellos. Dio un paso adelante y de inmediato alzó a la mujer la vista clara y profunda de un niño sin una mente infante, extendiendo inofensivamente su libro frente a sí. - Si me rindo y dejo mis libros, ¿puedo pasar en paz? - Planteó en suma seriedad. Una procesión con soldados implicaba un combate, pero mientras pudiese hacerlo, Alim optaría por rendirse pacíficamente antes que luchar. Creía que era algo que podría negociar con la muchacha, preparado ya a soltar el tomo de fuego ante ella.
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Mensaje por Sissi el Vie Oct 21, 2016 6:05 pm

Sissi no estaba preparada para lo que vieron sus ojos sobre la arena: un medio-hijo, apenas un muchachito, se había montado su propia tienda de campaña con un lienzo blanco para protegerse del calor, o por lo menos intentarlo. Hasta que no estuvo frente a él no daba crédito a lo que había observado desde lejos, pero era real. Parpadeó un poco, sus ojos dorados puestos en la figura que parecía algo resignada a lo que fuera a sucederle. Había presenciado esa clase de conducta muchas veces a lo largo de los siglos; a veces llegaban viajeros, en especial aquellos cuyos antecesores habían sido laguz y humano, que en su empeño por abandonar ambos mundos terminaban en Hatari. Algunos deseaban morir, otros escapar de un mundo de odio hacia lo diferente. Entonces se topaban con el ejército de Sindhu, o sus altas murallas, y renunciaban a todo sueño, pues pensaban que allí les sería arrebatado de la misma manera que en los países del sur.

Pero su ducado les probaba que estaban equivocados una y otra vez. Los medio-hijos, a los que no se les solía llamar marcados pues tenía cierta connotación negativa para la gente de Sindhu, les habían aceptado desde que la Ciudad Redonda fuera apenas un reducto de casitas al lado del río. Ellos, más que nadie, simbolizaban que la unión entre humanos y laguz era posible, y que el amor no entendía de atributos biológicos para existir. Si bien era cierto que entre las primeras generaciones había cierto recelo a esta creencia, pues muchos de ellos eran vástagos de acoso sexual, al cabo del tiempo esas asperezas se iban limando gracias al apoyo de la comunidad, a la necesidad de seguir adelante, a lograr construir su propio vergel donde nada de ese odio tuviera cabida.

Algunos laguz, no acostumbrados a vivir en esta clase de sociedad, decían que se sentían de una manera extraña junto a un medio-hijo, quizás por su olor o porque su mera existencia era incómoda. Sissi, y muchas otras personas que eran autóctonas de Sindhu, no entendían a qué se referían. Para ellos, que llevaban toda la vida acostumbrados a sus presencias, lo único que les sobresalía era que tenían la capacidad de saber cuando uno de ellos estaba cerca, pero nada fuera de lo inusual, y por supuesto nada molesto. Un profesor de la universidad, que había dado clase a Sissi cuando era joven, se lo había explicado de una manera que todos en el aula habían entendido. Dijo:

“Es todo cuestión de la sociedad en la que uno se cría, en el ambiente al que está más acostumbrado. ¿A cuantos de aquí le gusta el queso? Veo que a muchos, pero, ¿a cuantos os gustan los quesos de olores fuertes?, a muchos menos. Seguramente a los que os gusten los quesos con olores fuertes sea porque vuestros padres los comen, por lo que estáis acostumbrados al olor y a su sabor. Los demás, que seguro que ni os habéis atrevido a probarlo, decidís que no os gusta porque no estáis acostumbrados al olor. Pues la situación de los laguz de fuera de Sindhu, con los medio-hijos de Sindhu es parecida. A todos nosotros nos gustan, ¿verdad? son parte de nuestro día a día, e incluso muchos de vosotros estáis aquí hoy. Pero hay laguz que en su vida han visto a un hijo entre su raza y los beorcs, de modo que se sentirá raro porque sus mundos son diferentes y aún no han logrado convivir en paz. Todo es cuestión de costumbre.”

Sissi aún recordaba las palabras del profesor, que poco después habían ocasionado una discusión algo tonta, pero divertida, sobre si los medio-hijos olían realmente a queso o si todo había sido en sentido figurado. Las memorias le hicieron sonreír, sus comisuras se alzaron en un gesto amable mientras indicaba su montura que flexionara sus patas para que pudiera descender a tierra con mayor facilidad. Los miembros de su grupo aguardaron una señal de su señora y miraron a su alrededor, en busca de la perpetua presencia de Emergidos que cada vez se volvían más audaces y se acercaban más a Sindhu. Una vez en el suelo ardiente, del que Sissi se protegía con una sandalias de suela gruesa, caminó hacia el muchachito que le ofrecía el libro que le distinguía como mago. Sin embargo, los ojos suaves y dorados de la manakete estaban fijos en la figura desconocida, pues trataban de analizar si el chico estaba bien de salud o si las dunas y el calor le habían provocado delirios que no eran del todo inusuales.

Cuando llegó frente a él, se inclinó un poco para quedar a su altura y le sonrió de forma gentil y amigable. Rechazó el tomo que le había sido ofrecido con suavidad, y lo empujó de vuelta hacia él. – No deberías rendirte nunca. – Le dijo con convicción en sus palabras. – Y mucho menos en el desierto de Hatari. Es un lugar muy peligroso incluso para jovencitos que tienen sangre de poderosos laguz como tú. – comentó tranquila, y añadió: Y no te preocupes, hemos venido a ayudarte. ¿Cómo te llamas? Yo soy Sissi, y estas personas que me acompañan son soldados de Sindhu, nuestro hogar. – juntó ambas manos e hizo una suave reverencia de cabeza, a modo de saludo.- Te hemos visto desde allí, aunque nunca hubiéramos imaginado que nos encontraríamos contigo y tu pañuelo-parasol, ha sido muy inteligente por tu parte. Pero no te puedes quedar aquí, es peligroso por el calor y porque ahora muy muchos Emergidos en Hatari.

Sissi le miró a los ojos azules e inspeccionó su rostro. – Además tienes mal color. Es posible que te vaya a dar una insolación. Es muy común, en especial con el calor y el sol que hace hoy. – le dijo, su voz algo preocupada y sus finas cejas rosas fruncidas en concentración. Se acercó un poco más y tomó el rostro del joven muchacho, de una forma amable, para después despejar su frente con una mano y apoyar sus labios allí durante unos momentos para ver si tenía fiebre.  – Tu temperatura corporal es alta y estás sudando. Debes de sentirte cansado y algo mareado, ¿verdad? – le preguntó, alarmada.- Te llevaré a un sitio donde podrás descansar, vamos a cuidarte, no te preocupes.  

Daba igual de quién se tratara, Sissi era protectora por naturaleza. Aunque sí que era cierto que sentía una debilidad especial por los niños, o cualquiera que aparentara menos años que ella, y por las personas que necesitaban alguna clase de ayuda. Su gran percepción de las energías de la gente le permitían saber, al mismo tiempo, si dicha persona era merecedora de su asistencia. Al tocar al medio-hijo había sabido de inmediato que no supondría ningún peligro para su Ducado, y que, realmente, la pobre criatura solo era una víctima más de las terribles tierras de Hatari. Sintió una tremenda simpatía por él, y la necesidad de ayudarle lo máximo posible, lo que incluía el llevarle al hospital lo más rápido posible para evitar que se desmayara o que sufriera algún lesión mayor por el calor.

Su dromedario, una criatura algo terca y de naturaleza celosa, se acercó a ellos y se tendió con las cuatro patas flexionadas junto a ellos. Miró mal a Alim. Rumiaba algo con la boca, que Sissi esperaba que no fuera un escupitajo que lanzara en pos de un alma desprevenida. La duquesa le acarició un poco, sin necesidad de incorporarse, y después tomó una cantimplora que tendió sin ningún tipo de reservas al jovencito, con la intención de que bebiera para calmar su sed un poco y que no se sintiera mal durante el camino de vuelta.  – Mira, este es Jorobado, es mi dromedario. Que no te dé miedo, vas a ir conmigo todo el rato, así que es imposible que te caigas. Si te sientes mal, solo dímelo, por favor. – le explicó, su voz amable y tranquila, aunque sentía algo de angustia por la salud del niño.
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Mensaje por Invitado el Vie Nov 18, 2016 4:28 pm

Bajo aquel inclemente sol de un día que parecía infinito, la mujer frente a la procesión descendió como si no le resultara nada menos que normal. Frente a personas que no sufrían de la debilidad que a él le afectaba en esos momentos, Alim no podía tomar otra postura sino la de la rendición, esperando que su suerte siguiese siendo tan brillante como siempre y le evitase el peor de los posibles desenlaces. Al menos, por lo pronto, era sólo ella la que se acercaba, con manos desarmadas a excepción de las piezas de joyería que resplandecían bajo el sol y tintineaban suavemente en cualquiera de sus movimientos. Cuando se agachó frente a él, supo que las cosas no tomarían aquel rumbo y una oleada de alivio relajó sus hombros. Podía ser mucho más complejo que eso, pero se inclinaba a creer que era una buena señal.

No estaban allí para impedirle el paso o para retirarlo del área. Podía, entonces, volver a respirar tranquilo y hablarle sin temor, sino con el toque de humor que le era característico. - Flexibilidad, señorita. Depende de en qué, pero no me suele molestar rendirme en varias cosas, con tal de poder salir a varias otras. Pelear y ganar no me interesan, así que me rindo primero. ¡No le pida a un mago dejar sus trucos! - Su carta de presentación, como siempre, debía ser una pizca de misteriosa y otro tanto de simpática, si deseaba asegurarse una estadía en cualquier sitio. Por supuesto, el método se volvía menos efectivo cuando detectaban con tal rapidez lo que él era; la mujer de curioso color de cabello se lo había dejado en claro rápidamente, y de una forma novedosa y curiosa. Había aceptado que aún en sus años hallaría siempre algo nuevo para sorprenderlo, mas aquello era ir bastante lejos. Su sangre era reconocida y aún la oferta de auxilio era dada. - Hmmm... - Lo consideró un poco, extrañado y sin hallar forma apropiada de responderle. Entre tanto, guardó su libro de regreso; uno a cada lado de la cadera, envueltos en una gruesa tela que se ataba allí. Las palabras le fallaban. Atinó a responder la pregunta que le era hecha, al menos, con una sonrisa bastante amplia para su exhausto estado. - ¡Oh! Alim, señorita; Alim el Ilusionista por ciertos lares. -

No negaría que necesitaba la ayuda, por supuesto que la necesitaba y la recibiría sin pensárselo, sólo era extraño que viniese sin esfuerzo ni negociación. Era posible que el calor le estuviese haciendo soñar toda esa situación, pero si así era, se preocuparía tan sólo al despertar. Cuando ella lo miró al rostro, más o menos a su altura, se encontró incapaz de enfocar la mirada de regreso con presición, haciendo de los ojos de la manakete de a ratos un borrón y de a ratos un destello, confusos entre los reflejos de los aretes en sus alargadas orejas. No obstante, percibía con claridad lo que hacía; sus manos frescas en comparación resaltaban lo suficiente, un alivio donde se posaran. Aunque distante por sus oídos tapados y dolor de cabeza, oía también su voz, llevándose la impresión de que la mujer le trataba exactamente como a un niño. Su forma de hablarle era amable y curiosamente explicativa, actitudes que por costumbre y experiencia reconocía como las de un adulto hacia un niño. Su aspecto jugando a favor nuevamente, según asumía, pues lo cierto era que no le molestaba en absoluto recibir tal trato. Dejaba vacíos, por supuesto, pero era mejor que el desdén.

- Pues si le digo que estaba por mezclar un vulnerary con el resto del agua que tenía... mmhm, sería bueno no estar al sol. Se lo agradecería mucho. - Respondió lo mejor que pudo, en cierto modo disfrutando de la súbita y abundante atención. No quitaba que se preocupara un poco de lo que los laguz detrás pensarán de él, pero podría seguir a la mujer sin cuidado. Intentó no hacer un mal espectáculo de sí mismo al serle acercada nueva agua, agua mucho más fría que lo que le venía quedando a él, aunque no pudo contener la necesidad de apretarse la cantimplora contra el rostro y suspirar por la frescura de la superficie. Sus mejillas cálidas y enrojecidas por el sol, que seguramente se quedarían quemadas al igual que su nariz, recibían bien el alivio. Costaba decidirse a apartar el rostro de allí, mas la necesidad de beber no era una que pudiese posponer mucho más, por lo que terminó haciendo su mejor esfuerzo por dar tragos normales y no volcarse. Tras ello, aún cuidadoso de conservar y no excederse, cerró el contenedor y se acercó un poco más a las piernas de la manakete. No deseaba apartarse más de unos centímetros si podía evitarlo. - ¡Le debo una ya, señorita Sissi! ¡Gracias! - Dijo, todavía no tan debilitado como para no ser consciente de modales.

Todavía con la tela blanca sobre su cabeza, haciéndole sombra, miró al animal y fue incapaz de discernirlo como mucho más que una montaña de arena más oscura. No obstante, a raíz de lo que la mujer decía lo entendía suficientemente bien, como también que seguía tratándolo a él con sumo cuidado. - Nunca vi un animal de este tipo... ojalá pudiera verlo mejor. Suena bien. - Sonriendo, se acercó al trote al animal e intentó hallar el sitio por donde debiera trepar, si acaso una joroba, la otra o el espacio en medio, o quizás detrás. No terminaba de quedarle claro, por lo que sólo trepó de momento, probando a buscar acomodo; si algo permanecía en él acorde a su aspecto físico, era su curiosidad por todo lo que aún no conocía en el mundo. Aún así, se expresaba con calma al respecto, volcado a analizar lo mejor que pudiese todo lo que veía. - Alguien como usted tampoco, hmm. ¿Que clase de laguz es usted? Las aves tiene orejas más o menos así, a veces, pero no tan largas. No es un ave, tampoco loba. -
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Mensaje por Eliwood el Miér Nov 23, 2016 10:10 pm

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