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Fin del mundo (Priv. Faysal Taghia)

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Fin del mundo (Priv. Faysal Taghia)

Mensaje por Seimei el Jue Ago 25, 2016 5:20 pm

El día empezaba especialmente temprano para los esclavos del Señor del Desierto. El primero en alzar una oreja era el gato negro enroscado sobre su cama de almohadones, siempre atento a su entorno, como buen desconfiado que era. Alzando la cabeza lentamente, este abrió sus grandes ojos de pupila rasgada y se estiró de su posición, sabiendo por instinto y costumbre que era su hora. Con un andar lleno de gracia, sus cuatro patas le llevaron silenciosamente lejos del lecho de su amo, evitando despertarlo prematuramente. Una vez que hubo tomado distancia, lamió un poco el dorso de su pata derecha para frotarla contra el pelaje de su rostro, luego la otra pata para alcanzar mejor el otro lado, y terminó tomando su forma bípeda y acomodándose el cabello con los dedos de aspecto humano. Era más fácil hallar acomodo por la noche en su forma felina, además de más cálido, pero arreglarse era más fácil en su otra forma. Antes de despertar a los demás y dejar que le viesen, necesitaba acicalarse a sí mismo a la perfección, así que estaría necesitándola. Procedió con su rutina con calma, cambiándose a una de las pocas mudas de ropa limpia que le quedaban, negra como siempre, una chaqueta con una apertura bastante amplia que dejaba descubierto el cuello y parte del pecho, cerrada por un único broche debajo, fácil de retirar si hacía falta. Un largo pañuelo de seda negra alrededor del cuello, atado en un lazo a un costado, y listo. Siguió en busca de su cepillo y concienzudamente se peinó el cabello así como el pelaje de la cola, para luego buscar los aceites aromáticos con que la mantenía sedosa.

Allí estaba el problema. Los recursos se acababan, los lujos como ropa limpia y perfumes antes que la comida y especias. Seimei habría preferido hasta que fuese al revés, pues le urgía enviar a lavar su ropa y la de su amo, como también reponer el aceite que al parecer se había terminado. Intentó sacar un par de gotas útiles de la botella, pero fue imposible. Bajó la orejas y movió la cola de lado a lado en descontento. Tendría que quedarse así... quizás al siguiente mensajero que enviaran podría encargarle conseguir algunas cosas, pero no sería rápido.

"La culpa es de este horrendo sitio...", pensó él, el esclavo que tendría que lucir un poco menos que perfecto al atender a su amo. Pronto se acabarían las comodidades destinadas al duque Taghia también, y no quería pensar en el momento en que debiese decirle que sus capas favoritas no estaban disponibles, o que no había más vino de Carcino para servirle. Le ponía de horrendo humor. Con la mirada delatando un poco su tensión, se fue a despertar a los demás, intentando sonreír con la calma de siempre para ellos, al enviarlos en sus primeras ocupaciones de la jornada. Debía mostrarse siempre gentil, siempre agradable y complaciente, aún si no estuviera de humor para ello. Era parte de su deber. Aún en un lugar como ese, donde no tenían acceso a casi nada, todo debía proceder con fluidez a los ojos del amo. Algunos debían cazar, otros recolectar, organizar, recibir al mensajero con noticias del hogar, confirmar el estado de sus negocios, preparar el desayuno... y Seimei debía despertarlo con un reporte del estado de todo, así como entretenerlo, asistirle en prepararse y en todo lo que pidiese para su día. Así tenía que ser. Estuvieran donde estuvieran, pasara lo que pasara.

Su amo lo había llevado al Fin del Mundo. ¿Acaso no era irónico? Seimei no solía jurar ni prometer, pero a la única persona a la que le había hecho promesas, recordaba decirle algo parecido alguna vez. "Estaré contigo. Te seguiré, y espero que desees llevarme, pues será hasta el fin del mundo." Gracioso que allí terminaran yendo. Donde sólo habían escombros de civilización. Todo por una búsqueda personal del Señor del Desierto. El gato volvió a aproximarse a su amo, ahora cargando su vestimenta, sus joyas y un par de cartas que le correspondían. Tras él, otro esclavo traía un cuenco de agua y un par de paños de buena tela para el aseo, lo cual dejó cerca antes de retirarse de la habitación. Seimei también depositó lo que cargaba en el suelo alfombrado a un lado del lecho, siempre moviéndose con lentitud y elegancia, para luego sentarse cuidadosamente al borde del mismo. Su amo aún dormía plácidamente. No pudo contenerse de seguir en silencio y quietud unos momentos más, aprovechando esa privacidad y esa calma para observarlo. Le gustaba observar, memorizarse cada pequeño detalle respecto a cualquiera que le pareciese interesante. Su amo, a quien adoraba, era el objeto principal de su atención, y como tal, podría verlo dormir por todo el tiempo que tuviera. Aunque también había un horario que cumplir, Seimei podía ser especialmente quisquilloso con las rutinas y los horarios, no iba a empezar a romperlos ahora.

-
Mi amo. - Pronunció en su voz suave y gentil, aunque el problemita con sus aceites le hacía sentir muy desarreglado, y le dificultaba poner una sonrisa en su rostro. Su mano se posó inofensivamente sobre la ajena, sin garras pues las tenía limadas y redondeadas, apretando un poco mientras miraba al rostro del hombre, a la espera de verle abrir los ojos. - Estoy aquí. Buenos días. -
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