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A la lengua y a la serpiente hay que temerles. (priv. Izaya - Gannon)

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A la lengua y a la serpiente hay que temerles. (priv. Izaya - Gannon) Empty A la lengua y a la serpiente hay que temerles. (priv. Izaya - Gannon)

Mensaje por Invitado el Jue Jun 30, 2016 12:59 am

Los restos del gran dragón caído siempre habían sido su lugar favorito para pensar. Estar ahí en soledad, dejándose acariciar por las suaves brizas del desierto, sentir el calor de la arena bajo sus pies, todo eso siempre le era extremadamente relajante y hacia que se sintiera en comunión con su espiritualidad. Podía sentir el llamado de la gran bestia, su feroz energía vibraba fuertemente en la zona y su vos, como un murmullo, viajaba con la briza susurrando sus órdenes de dominio y subyugación a sus devotos.
El fornido hombretón se mantuvo erguido contemplando la gigantesca carcaza que consistía el cráneo de su señor, y mientras seguía con la mirada hacia el resto de sus vertebras, le llamó la atención como en esta área no había emergidos a la vista. Como interpretar esto? Los emergidos eran tan respetuosos hacia su señor que mantenían distancia? O la energía que emanaban sus huesos los hacia mantener distancia? Eran amigos o enemigos de Grima? Todavía no tenía todas las respuestas, pero prono, muy pronto las tendría.

Su encapuchado compañero tosió a sus espaldas sacando de sus pensamientos al fornido noble.
-Mi señor… ya es hora-
-Correcto, partamos a conocer a nuestro nuevo informante pues-
Cubrió su cabeza y rostro con un fino chal negro con ribetes dorados, en el mismo estilo que se cubrirían las mujeres locales. No esperaba pasar por una mujer, solo no hacer sus rasgos reconocibles para los ojos ajenos. El lugar de encuentro era apartado de su castillo en una zona poco frecuentada por los comunes para evitar comentarios o rumores, pero toda precaución era poca, máxime cuando la mitad de la corte de tu país quiere verte muerto, y la otra mitad en un calabozo. No, el gran conquistador de batallas, luchador incansable y erudito duque de Gerudo no se iba a dejar pillar tan fácilmente en alguna actitud sospechosa, sus ideales estaban demasiado arriba para rendirse y su ego demasiado grande como para dejarse intimidar por esa hueste de comadrejas.

El lugar elegido para el encuentro era fácil de encontrar, pero difícil de ver a la distancia. Era entre un par de riscos naturales que se formaban a la derecha del gran cráneo de su señor, un callejón natural que permitía a una pequeña delegación apenas entrar, pero a dos hombres sentarse cómodamente. Era perfecto, un lugar donde las paredes naturales no acallaría sus palabras con el viento y mantendría sus figuras escondidas de ojos curiosos. También era común de ver al robusto hombretón yendo a visitar el sagrado lugar, por lo que su presencia allí, de ser detectado, seria fácilmente justificable.
Se acomodó sobre una piedra baja en el estrecho pasaje mientras su compañero y amigo de infancia permanecía parado a su lado, con la mirada fija en la abertura de entrada al pasaje.
-Creé que sea de confianza?- musitó nervioso el delgado mago, mientras dejaba que su mano acariciara el lomo de su tomo mágico, reflejo que tenía desde la niñez cuando estaba nervioso y que siempre sacaba una sonrisa al duque.
-He sabido que es un extranjero que vive en nuestras tierras. Como confiar en alguien que no es de nuestra patria-
-Justamente por eso, mi querido amigo. Alguien de afuera quien no tiene nada que perder y todo para ganar.–
Colocó su mano sobre el hombro de su compañero.
-Ten calma, todo saldrá bien. -


Última edición por Gannon el Jue Jul 28, 2016 4:10 pm, editado 1 vez
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A la lengua y a la serpiente hay que temerles. (priv. Izaya - Gannon) Empty Re: A la lengua y a la serpiente hay que temerles. (priv. Izaya - Gannon)

Mensaje por Izaya Orihara el Mar Jul 26, 2016 3:55 pm

Izaya pensó que no había un nombre más adecuado para el dragón caído. Grima: sensación molesta de intranquilidad, disgusto o desagrado causada por una cosa. El esqueleto polvoriento no provocaba ni el mínimo atisbo de admiración en el informante, que más bien creía que el espectáculo era macabro, pero no lo suficiente para ser interesante. Los huesos le asqueaban, como un recordatorio de que incluso las criaturas adoradas como dioses podían perecer y ser pasto de la arena y el tiempo. ¿Qué quedaba del Gran Dragón? Izaya no era capaz de ver o sentir nada que otorgara cierto sentimiento especial a la zona. Ni poder, ni la electricidad que existía alrededor de los magos y las criaturas de amplias habilidades. Allí solo existía la sequedad del desierto, la soledad de la tierra infértil y amarillenta, y el calor de un clima que no hacía más que ayudar al decaimiento de Plegia.

A los ojos rojos del estratega, no había nada más patético que adorar a algo cuyo cadáver aún moraba en las inmediaciones. Por supuesto, Izaya no creía que aquellas ruinas óseas pertenecieran a Grima. Ni siquiera estaba seguro de que su composición fueran huesos, sino que podían haber sido construidas hacía mucho tiempo con aquella forma en particular y ese conocimiento había sido perdido con el tiempo. Pero entendía que los seres humanos necesitaran creer en esas cosas para seguir adelante con sus míseras vidas. La idea de un Dios no le era ajena a Izaya, que a menudo fantaseaba con el concepto pues su carácter arrogante y narcisista le hacía soñar con ejercer el papel de una divinidad ante sus amados humanos. Según sus cálculos, no estaba tan lejos de lograrlo. Al fin y al cabo ¿No era labor de las religiones el controlar a sus creyentes? Y eso Izaya sabía hacerlo muy bien.

Había acudido tiempo antes de la reunión con Gannon con la intención de observar el lugar pues, aunque llevaba años con una casa en Plegia y conocía la ciudad muy bien, nunca había estado en las afueras. La labor de reconocimiento fue simple y rápida. No había demasiado que ver salvo el viejo esqueleto del dragón caído, las bastas inmensidades del desierto y la poca presencia de los Emergidos en la lejanía, que no parecían atreverse a acercarse a los detritos óseos. El informante se paseó entre las costillas y la enorme cabeza hueca sin ninguna clase de respeto. De vez en cuando hacía comentarios o hablaba para sí mismo en voz alta, y acompañaba sus palabras de golpecitos a los huesos o saltaba de un risco a otro sin preocupación. No encontró a nadie en los alrededores. Lo único que parecía atreverse a seguirle era el viento que borraba sus pisadas, como si nunca hubiera estado allí en primer lugar.

Cuando hubo concluido la inspección, alzó la mirada rojiza al cielo cubierto de una fina bruma producto de las tormentas de arena, y consideró que ya era hora de ir al punto de encuentro con el duque de Gerudo. Caminó tranquilo y una vez que hubo llegado al saliente, se sentó con tranquilidad a la espera de que llegara su nuevo contratante. Hacía tiempo que esperaba que alguna de las familias de Plegia se pusieran en contacto con él. Si bien llevaba años en el área, los nobles no confiaban en su sangre de extranjero y en su profesión de estratega-informante. Izaya encontraba divertidos tales recelos, tan normales en personas que veían como su poco control se iba evaporando en un país destinado a la ruina. Pero tarde o temprano se darían cuenta de que Plegia no podía salvarse desde dentro, pues allí habían comenzado sus problemas.

El premio al más espabilado fue a parar a Gannon, duque de Gerudo y, según su información, un estratega como él. No era de extrañar que un militante dotado de inteligencia fuera el primero en darse cuenta de aquello que Izaya llevaba mucho tiempo sabiendo. O quizás ya lo intuía, pero el orgullo parecía ser algo que todos los plegianos compartían por igual. El informante sonrió y entornó un poco los ojos, de una forma astuta y poco amistosa. Una vez contactado, no había perdido tiempo en ofrecer sus servicios a tal noble cliente, que le había citado en aquel lugar en vez de en la comodidad de una de sus residencias. Tal decisión destapaba mucho más de Gannon de lo que el duque tendría conciencia. Una primera reunión siempre se hacía donde la persona interesada en los servicios de Izaya se encontraba más a gusto y segura, sin temor a ser encontrada o escuchada por algún enemigo. El supuesto esqueleto de Grima debía significar mucho más para Gannon que para un ciudadano normal. Si bien la gente común adoraba al Dragón Caído, no tenía constancia de hordas de personas que fueran a rezar a aquel lugar tan alejado y polvoriento. El duque parecía que era diferente, más religioso, más intransigente. Y, aunque muchos pensaran que no, eso era fácil de manipular y doblar al antojo de cualquiera que supiera como hacerlo.

Su rostro mostró entonces una sonrisa recatada, en una expresión mucho más placentera e incluso con cierta neutralidad. Por dentro, una suave risita le acompañaba. Escuchó las pisadas fuera y suaves murmullos, de modo que decidió incorporarse para saludar de una manera más formal al duque cuando entrase en la cavidad. Al verle, no puso sino sonreír un poco al notar que su rostro y cabeza estaban siendo protegidos por el velo oscuro. Alguien de su estatura y con su cuerpo eran fácilmente reconocibles a pesar de que ocultase su rostro. Más incluso si era un noble reconocido, con rasgos tan distinguibles. Al informante ni se le había pasado por la mente el esconder su cara. Nunca lo había hecho, y dudaba que lo hiciera.

- Mi estimado Señor, es un placer poder conocerle, por favor, siéntese y acompáñeme, – dijo en tono apacible, pero con cierto deje de un ronroneo. -  Soy Orihara. Izaya Orihara. Como dejó claro en su misiva, nadie me ha seguido. He sido especialmente cuidadoso de no dejarme ver por el pueblo. He podido comprobar el terreno, y no hay nadie en el área que pueda resultar una molestia. Sin duda, nuestros asuntos podrán ser tratados con la más absoluta discreción en este lugar.

Izaya se sentó en el lugar que ocupaba con antelación y se acomodó con tranquilidad. Nada en su postura o en sus actos dictaba que se encontraba nervioso, porque no lo estaba. Rezumaba tranquilidad y seguridad. Su sonrisa no flaqueaba a pesar de que Gannon era mucho más corpulento y alto que él y en ese pequeño espacio no podía huir. Y es que a pesar de que el informante podría estar en desventaja en ese lugar, lo cierto era que había dejado claras indicaciones para las personas que vivían con él en su residencia en la ciudad, para dar a conocer a la nobleza las intenciones del duque de Gerudo si él llegara a desaparecer tras el encuentro. Izaya era precavido y nunca dejaba cabos sueltos, incluso con clientes peligrosos y con mucho más poder político que él. Era un superviviente, el mejor jugador en el tablero, y así lo dejaba ver su sonrisa falsa y sus ojos perspicaces.
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A la lengua y a la serpiente hay que temerles. (priv. Izaya - Gannon) Empty Re: A la lengua y a la serpiente hay que temerles. (priv. Izaya - Gannon)

Mensaje por Invitado el Mar Ago 16, 2016 12:15 am

El ominoso noble levantó el mentón al inspeccionar a quien sería su nuevo sirviente. Un muchacho delgado al que apenas le daba edad para razonar propiamente, la tez tan pálida evidenciaba al extranjero, al igual que lo grueso de sus prendas. No parecía portar armas, ninguna visible ante los dorados ojos del estratega militar, lo cual hizo que levantara una ceja, o tenía algún as bajo la manga, o este chico era más confiado de lo que era esperable en esa tierra donde las traiciones eran moneda corriente, por su propio bien esperó que fuera la primera opción, ya que en caso contrario esta reunión no tendría sentido alguno ya que el muchacho no llegaría a fin de mes con vida.
Escéptico todavía de si este era el verdadero profesional  que le habían vendido o si había sido víctima de alguna estafa, el noble prosiguió con la presentación.

-Saludos joven Orihara- Dijo con parsimonia - Como ya sabrá, soy lord Gannon, duque de Gerudo. Muchas gracias por aceptar reunirse conmigo.-

Antes de tomar cualquier otra acción se volvió para tener un breve dialogo por sobre el hombro con su criado, en el cual le indicó que saliera del risco y que vigilara en el exterior. Este intentó pelear la orden pero terminó acatándola sin poner más resistencia, dando una forzada reverencia al pálido informante y marchando a la entrada del callejón de piedra.
Una vez que estuvieron a solas el fornido pelirrojo tomó asiento finalmente donde le indicara su anfitrión quedando todavía con demasiadas inseguridades como para tocar el tema principal que los había reunido.

-Debo admitir que estoy sorprendido- soltó libremente no bien terminara de acomodarse en el suelo.
-Como un jovenzuelo como usted de rasgos tan marcados de nuestras tierras rivales haya sobrevivido tanto tiempo en esta tierra sin llevar armas consigo.
Así que cuénteme, joven Orihara.  Cuénteme la maravillosa hazaña que ha hecho para que un  muchacho de Altea pueda pasear por nuestras tierras todavía conservando todos sus dientes. O es acaso usted de Ylisse quizá?
– Preguntó levantando el mentón, tratando de indagar todavía más en la procedencia de tan enigmática figura.
-De seguro es una historia fascinante la que se esconde detrás de que tengamos que reunirnos en tan precario callejón, entre rocas como bandidos, en lugar de sentarnos en mi cómodo estudio disfrutando algún coctel de mi colección.
Dígame, soy todo oídos.-
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Mensaje por Eliwood el Jue Sep 08, 2016 10:45 pm

Tema cerrado. 10G a Izaya.
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