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It never rains but it pours [Priv. Izaya]

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It never rains but it pours [Priv. Izaya]

Mensaje por Invitado el Jue Jun 23, 2016 3:19 pm

Volver a su país natal debería proporcionarle un sentimiento de lo más nostálgico, pero a decir verdad, Shizuo no tenía recuerdos para nada bonitos de Ylisse y estaba bastante seguro por las noticias que tenía de su hermano, que el menor tampoco había vuelto allí. Pero no todo era tan horrible, ese país también simbolizaba una nueva página en su historia donde intentaba buscar su nuevo camino y al final buscar su ansiada vida tranquila, a pesar de que no lo estaba consiguiendo demasiado.

Shizuo tenía que admitir que el hecho de que había vuelto no era más que una mera coincidencia, había escuchado sobre que necesitaban mercenarios por la situación irregular que se estaba dando no solamente en las tierras la reina Emmeryn sino que el mercenario había visto a aquellos ejercito de seres que no parecían humanos sino como extrañas marionetas, atacando a muchos más países por los que había tenido que acudir a trabajar o atravesar de camino a otros. No tenía ni la más remota idea de donde provenían ni cual era su misión pero era algo que le beneficiaba a todos los mercenarios como él: siempre habría trabajo en cualquier parte si continuaban causando en caos y destruyendo las zonas civilizadas que quedaban a su paso.

Tampoco era tan insensible como para estar paseando por una de las zonas más emblemáticas de la ciudad como podía ser el mercado modelo y no sentir nada, porque podía recordar cosas oscuras como cuando se enteró de que su sangre estaba mezclada y de que no era un humano en sí como siempre lo había creído, pero también podía recordar cosas bonitas de cuando su vida no dependía de estar vagando de un punto a otro y de comprobar los trabajos a su alcance, así como el dinero que tenía. Por el momento se desconectaría un poco de las preocupaciones que rondaban de su cabeza y pasearía por el mercado, la hora no acompañaba y todavía no tenía hambre... pero quien sabía si había algo apetecible, Shizuo podría hacer espacio en su estomago.

Escondió sus manos dentro del yukata y apoyó ese peso sobre la cinturilla que ataba su vestimenta, mientras avanzaba con pasos no demasiado apresurados para poder observar que había a su alrededor. A pesar de que era por la mañana, había bastantes personas paseando por el lugar y no solamente los mercaderes tratando de vender su mercancía, era algo particular, debido a que las personas normalmente se acercaban más tarde para abastecerse de más comida. Quizás solo era que Shizuo no había pasado últimamente por grandes capitales como podía ser la de Ylisse y ahora incluso aquella cantidad de gente le parecía bastante, a pesar de ello, no le molestaban.
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Re: It never rains but it pours [Priv. Izaya]

Mensaje por Izaya Orihara el Jue Jun 30, 2016 7:27 pm

El mercado de Ylisse era famoso en todo el mundo por la calidad de sus productos, su ambiente alegre y acogedor, y la seguridad de sus calles. Eso no quitaba que existieran lugares para realizar actividades ilegales como apuestas no-reguladas por la ley, o el intercambio de bienes que no pudieran conseguirse en las tiendas normales. Sin embargo, esa mañana Izaya no tenía interés en sumergirse en la esfera del hampa y los mercenarios de la ciudad, tarea mucho más óptima al abrigo de la noche. El sol pegaba con fuerza sobre los transeúntes que, ajenos a la atenta mirada del informante, vivían sus vidas con tranquilidad y a la espera de encontrar la mejor oferta para sus compras. Por el lado contrario, Izaya se resguardaba en las sombras de los toldos de los puestos, entretenido al observar a las personas y sus diferentes circunstancias. Ni siquiera lo hacía con una meta en particular salvo su propio disfrute. La humanidad siempre le había fascinado. No había criatura en la tierra capaz de sorprender al informante tanto como la raza humana. Medir su predictibilidad, o maravillarse con sus alocadas decisiones, era la pasión no tan secreta de Izaya que, si bien era el que tiraba de los hilos de vez en cuando, detestaba verse metido en el problema en sí. Era un jugador ajeno a la partida, a pesar de ser el que movía las fichas y disponía el tablero. Como un Dios.

Seguía, desde hace rato, un camino sin rumbo. Paseaba por las callejuelas y criticaba con ojo avizor los productos que se vendían. A veces sonreía a las personas con las que se cruzaba. Otras se paraba a charlar amigablemente con las señoras mayores que solían invitarle a probar una muestra de su mercancía, que Izaya rechazaba con educación y la mejor de sus risas. El informante caía bien, era carismático, encantador y educado y, si no le conocías, sentirías aprecio por él de inmediato. Dejaba a todos sus amados humanos atrás con la impresión de que habían conocido a un joven muy agradable, y que ojalá pudiera visitarles de nuevo, sin saber que lo mejor sería que eso no sucediera.

Un puesto en concreto llamó su atención por el secretismo que ofrecía. Una anciana estaba sentada tras largas telas de colores oscuros, que funcionaban a la vez como protección contra el sol y como el velo perfecto para evitar ojos indiscretos. Frente a ella había una mesa baja tapada con un mantel negro en el que se podía leer: Rueda de la Fortuna. Encima reposaban varios objetos entre los que destacaban las cartas del tarot, que Izaya conocía bien porque tenía una baraja, una esfera de cristal verdoso, varias gemas de tonos brillantes y un montoncito de huesos viejos y amarillentos. A su alrededor había dos piras en las que estaban clavadas numerosas varillas de incienso que daban al lugar un olor dulce y reminiscente. Numerosos utensilios de toda índole colgaban de las telas, empleándose de cuerdas y palos de madera para su sujeción.

La pitonisa tenía dibujado un tercer ojo sobre la frente cuyo iris era de color púrpura. Tenía el cabello blanco recogido en un moño de trenzas sobre la cabeza que cubría con un manto semi-traslúcido granate. Sus ojillos negros y penetrantes se clavaron en los de Izaya nada más entrar. Era la mirada de alguien que había vivido muchas vidas y que recordaba todas y cada una de ellas. La anciana poseía un rostro arrugado y oscurecido por los años que provocó en el informante un escalofrío de repulsión. Si bien era amable con las personas mayores, no despertaban en él la misma curiosidad que la juventud, pues consideraba que sus posibilidades de aprender o de superarse eran ínfimas y por tanto, eran aburridas. Estaba a punto de pasar de largo y dejar el puesto de la bruja atrás, cuando sintió un tirón en el brazo que le hizo girar la mirada y ver que la vieja le había agarrado con un bastón que tenía una punta metálica y con forma de ganzúa. El pico se había clavado en la gruesa tela de su capa y no parecía que fuera a ceder. Con el ceño fruncido, Izaya se giró para encarar a la pitonisa. Había algo en el aire del lugar que le hacía removerse incómodo. Sin embargo, la anciana no solo no le dejó irse, sino que le obligó a sentarse sobre la sillita de madera frente a la mesa. Poseía una fuera increíble para ser tan pequeña y huesuda. El informante fue a replicar con un comentario mordaz, pero la bruja se le adelantó y habló:

- Ah, puedo ver a un niño solo en una habitación, ¿Qué edad tiene el niño? – comenzó con una voz grave, extraña, como de otro mundo, de otra época. A Izaya se le erizaron los vellos del cuerpo pero decidió quedarse a escuchar lo que aquella vidente senil estaba tan desesperada por decirle. Como poseída, miraba a un punto en la lejanía, pero su agarre en el informante seguía siendo igual de fuente que antes. Ella continuó:

- Sí, sí. Puedo ver al niño sentado en una silla frente a una mesa vacía. Las velas se han apagado. La nieve cae tan espesa que nadie espera poder salir nunca más de sus hogares. La casa cruje. Hay personas en otros pisos pero nadie acude a la habitación. El niño es pequeño. Oh. La mesa no está vacía. Una carta. Una carta mojada y fría reposa sobre su madera. Está abierta. Rota. Las manos del niño están heladas. Heladas como la tormenta que se desata sobre el pueblo y que estremece a la gente. Pero el niño ni parpadea. Es noche cerrada, y nadie va a buscarle. Sigue solo. Las personas en la casa duermen, pero él no. Observa un fuego inerte que no puede sacudir el hielo que empieza a formarse en su corazón. ¿Qué edad tiene el niño? Es pequeño, muy pequeño. Y sin embargo ha entendido las palabras de abandono escritas en el papel. Ah. Rabia. Odio. Resolución. Empieza a entender. O quizás no. La noche pasa. El niño sigue solo, solo, solo. La mañana nunca llega. El sol se esconde tras la nieve. El niño se ha vuelto de hielo. Más cartas en la mesa. Iguales: frías y rotas. Las personas que viven en la casa no van a por él. Nadie va a por él. Nadie recuerda que nació en un día cruel como ese. ¿Cuántos años tiene el niño, Izaya?

La voz de la anciana había llegado profundo en el informante que había mantenido un rostro frío e impávido todo el tiempo, a pesar de que sentía como la vieja podía ver a través de él. Todo el ambiente se le hizo opresivo, como si ya no estuviera en el mercado de Ylisse, sino en una prisión hecha de recuerdos olvidados, pesadillas y los peores miedos de la infancia. Enfadado, Izaya se incorporó con tanta fuerza que la ganzúa rasgó su preciosa capa de pelo de lobo gris, pero no podía importarle menos. No podía entender cómo un humano se atrevía siquiera a tratar de entenderle o ver dentro de él. Una sonrisa emergió a sus labios, pero sus ojos refulgían con una tormenta de fuego e ira. La bruja se mantuvo en su asiento de cuero viejo, imperturbable al peligro en el que se encontraba.

- ¿Algo más que compartir, oh sabia anciana? – preguntó con veneno en la voz y sacó de su manga una daga afilada y plata, con la que la apuntó. Si bien no planeaba herir a ninguno de sus amados humanos, esa señora debía conocer su lugar e Izaya se lo mostraría encantado. Sonrió con cierta amabilidad falsa. – Tengo curiosidad en saber mi futuro también.

- Te abrirán el pecho, pequeño niño. Los puedo ver: tus órganos atados en nudos, y flores blancas y púrpuras que nacen de los cementerios entre tus costillas. Sus pétalos escapan por tus labios como si sufrieras una enfermedad y te ahogan, no te dejan respirar. Tus huesos tienen nombres, más de cien, más de mil, que nunca son el mismo. Pero ese dolor en tu pecho solo ha tenido un nombre a través de las eras. Crees poder comerte el mundo, pero serán las mareas de los océanos y las llamaras de los volcanes las que te engullan a ti. Y te asfixiarás en el sabor amargo de la sal tras tus dientes y serás un devoto del hambre y la sed. Te quedarás pensando si el color rojo siempre sabe igual o si solo eres tú. Y encontrarás a alguien que habite bajo tu piel, en tus venas, en tus huesos, destinado a ser así desde hace mil vidas. Y hambriento y salvaje,  serás otro niño perdido, cuyos ojos vacíos viajan hacia el sol. Pero, pequeño niño, solo los dioses pueden llegar allí, y tus alas son frágiles y mortales, y no llegan a domar el fuego del gran astro. Y solo quedarán las ruinas del pequeño niño que creyó poder tocar el sol, pero su cuerpo ardió. Porque cuanto más grande es la subida, mayor es la caída.

La anciana parecía querer decir algo más, pero Izaya no se quedó para escuchar nada más. Irrumpió en carcajadas sonoras que seguro que se podían escuchar desde la calle principal del mercado y guardó su arma como si la anciana no supusiera el más mínimo peligro. En su rostro apareció una sonrisa retorcida y arrogante, que unida a su ceja alzada le daba un aspecto de no haber creído ni una sola palabra.

- Eso ha sido patético. – espetó de forma cruel.- No negaré que tengas potencial para la poesía, pero por lo menos utiliza unas líneas diferentes para cada pobre cliente que logras meter en tu excusa de comercio. Mínimo haz que nos sintamos identificados con lo que nos dices. Oh, perdón, con lo que prevés. – se rio de nuevo y tiró una bolsa con monedas sobre la mesa, que la mujer no hizo amago de recoger, solo observaba callada a Izaya. – Toma, contribuyo como un buen ciudadano del mundo a dar dinero a los pobres y los necesitados.

Con pasos elegantes, salió del misterioso puesto sin mirar atrás, donde la vidente se había quedado en el mismo lugar como si quisiera añadir algo que Izaya no le había dado la oportunidad de exponer. El estratega se peleó con las telas de la entrada para lograr llegar al exterior, pero justo al poner un pie en la calle, se chocó con fuerza contra un hombre corpulento, alto y rubio, al que dirigió una sonrisa falsa y venenosa y al que reprochó con un tono de voz cantarín.- Oh querido, ¡mira por donde vas!
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Re: It never rains but it pours [Priv. Izaya]

Mensaje por Invitado el Dom Jul 03, 2016 9:39 am

Volver a su país natal no tenía por qué proporcionarle pensamientos tan negativos en su mente, pero la verdad es que de manera inconsciente lo hacía. Shizuo pensaba que ya había pasado página y que en cierto sentido había admitido que no era totalmente un humano como aquellos que paseaban con plena tranquilidad por la ancha calle del mercado central de la capital de Ylisse. Pero no era cierto; se odiaba a sí mismo y era por eso que ansiaba buscar una vida que le permitiese vivir tranquilo y sin ninguna clase de obstáculo, así no debería pensar demasiado en su sangre mezclada que hacía ser al mercenario errante distinto de los demás, con más fuerza, con instintos más finos y menos humano. Y había sido totalmente estúpido al pensar que pasear por el mercado podía ser una forma de relajarse entre tarea y tarea que le habían encomendado en diferentes sitios.

Su antigua patria le traía recuerdos agridulces, después de todo aunque allí pasó una infancia no demasiado terrible, sí que pasó una adolescencia terrible. No estaba preparado para que sus “padres” que no eran más que una figura adoptiva, le pateasen de casa y que con ello también hubiera arrastrado a su hermano menor a una vida llena de complicaciones, pero su hermano había sido demasiado cabezota como para que el rubio consiguiese hacerle cambiar de opinión y convencerle de volver a casa. No lo admitiría nunca en voz alta, porque Shizuo se sentía culpable de haberle arrastrado a su propio mundo; pero haber tenido al menos una persona que confiase en él en aquella dolorosa revelación había sido lo único que le había animado a seguir adelante y no haber adoptado alguna decisión estúpida acerca de su vida.

Pero cuando Shizuo se había percatado de pasar más tiempo del necesario en aquella ciudad no era algo bueno para su inestable humor, ya se encontraba en medio de aquel inmenso mercado y no en algún punto donde pudiera retroceder fácilmente para continuar su camino en algún lugar alejado de la civilización. No estaba prestando demasiada atención a su alrededor, es decir, lo único que le importaba es continuar avanzando por aquella calle central hasta eventualmente salir de allí y punto. Su cabeza estaba pensando en otras cosas como la ruta que debería tomar para su próximo trabajo y un recuento mental de las monedas que tenía en aquel momento para sobrevivir, mientras andaba con los brazos cruzados con parte de ellos dentro del yukata que le quedaba algo descubierto y apoyando el peso de sus brazos sobre el cinto que se encontraba atado en su cadera.

Quizás porque no tenía toda su atención puesta en la calle de su alrededor, fue que se chocó contra un hombre más bajito que él y cuyo rostro le parecía familiar, aunque no podía determinar de qué. También había la opción de que simplemente se pareciese a alguien con quien se había topado a lo largo de sus viajes, pero Shizuo tenía que admitir que no era demasiado bueno recordando rostros ajenos de personas con las que no había tenido mucho contacto con. Pero no le gustó nada aquella sonrisa para nada sincera que el otro mostraba así como aquella voz que al mercenario le sonaba como si más bien se estuviera riendo de él. – Deberías ser tú el que mirase por dónde anda. ¿Y qué es lo que te parece tan gracioso, pulga? – No pudo evitar que en su rostro se formase una mueca de desaprobación y que su ceja se alzase mostrando el enfado que por el momento, estaba logrando contener por muy poco.
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Re: It never rains but it pours [Priv. Izaya]

Mensaje por Izaya Orihara el Sáb Jul 09, 2016 1:31 pm

Izaya tenía una memoria envidiable, que ya les gustaría a muchos estudiosos poseer. Su denominado “palacio mental”, una estructura vastísima en la que era capaz de almacenar grandes cantidades de datos, le permitía no solo recordar preciada información, sino acceder a ella de una manera fácil y rápida. Incluso si las memorias estaban enterradas por el tiempo transcurrido, si Izaya buscaba con un objetivo en mente, podía recurrir a ellas sin problemas. Era como una enorme biblioteca dividida por fechas, personas y lugares. Había datos más importantes que otros, pero todos tenían su propio espacio.

Al mirar al alto hombre rubio, una  alarma en su cabeza se disparó, pero no dejó que se demostrara en su atractivo rostro. Su sonrisa siguió siendo la misma, y el único cambio que pudo notársele, fue como sus orbes rojizos se afilaron algo más, como si estuvieran analizando a la persona frente a él. Y ciertamente era lo hacía. Izaya tomó nota no solo de su aspecto físico, sino de su voz, su tono, su ropa, sus ademanes y, por supuesto, sus palabras. El último insulto fue la última clave que necesitó para hallar en su palacio mental la información pertinente al desconocido, o más bien conocido, pues ambos se habían encontrado mucho tiempo atrás, en otro país, en otras circunstancias.

Nunca olvidaría al hombre al que había jurado su peor enemigo. ¿Cómo no habría podido distinguirle antes? Sin duda las palabras de la vieja bruja le habían perturbado más de lo que imaginaba si no había sido capaz de reconocer a Shizuo Heiwajima. No. No era Shizuo Heiwajima para él. Era Shizu-chan. Su sonrisa aumentó al notar el sabor del apodo en su paladar: agridulce, como una forma de retribución deshonesta. Al fin y al cabo, ¿qué era una persona sin su nombre? Un renegado de la sociedad, un ser roto y odiado. Por eso Shizuo había sido despojado de él. No solo por Izaya, sino por todo el mundo. Ese era el destino de los marcados, de los seres antropomórficos que habitaban en un mundo humano sin ser uno del todo. Eran existencias complicadas entre una identidad y otra, sin poder tomar ningún bando más que el suyo propio: detestados y esclavizados, abandonados por los laguz y los humanos. Shizu-chan era el modo en el que Izaya le llamaba, solo él. El resto del mundo se le dirigía de otras maneras: bestia, monstruo, sub-humano, insultos que el informante había empleado en su cabeza para Shizuo también.

Hacía unos ocho años desde la primera y última vez que se habían visto. Un encuentro que había cambiado su vida para siempre y que había logrado que el corazón del estratega encontrara a un ser al que no era capaz de amar. Su amor incondicional por los humanos, y su indiferencia hacia los laguz, habían sido eclipsadas por un odio terrible hacia el marcado, un animal con cuerpo de hombre que atentaba contra la humanidad que Izaya tanto decía adorar. Por aquel entonces, el informante acababa de empezar a recorrer los diferentes continentes y a establecer alianzas con mercenarios y a asentar raíces en el bajo mundo. En uno de los tratos más importantes hasta el momento, Shizuo se inmiscuyó con su rabia y su fuerza brutal y casi hace que todo por lo que Izaya había luchado tanto se fuera desbaratado.

La bestia no atendía a razones y no se dejaba manipular por los ademanes y palabras del joven estratega al que, según miró, selló con las palabras “no me caes bien” una eterna enemistad. De vez en cuando Izaya recordaba los hechos acontecidos ese día. Si bien no se habían vuelto a ver hasta ese momento, Shizu-chan no andaba nunca muy lejos de sus pensamientos, aún más al encontrarse a algún marcado o un laguz durante sus continuos viajes. Irónico había sido que se vieran allí, de la forma más extraña. Si Izaya creyera en el destino o en los hados, hubiera sentido un escalofrío al estar tan cerca de un animal con tanta capacidad destructiva. Pero el informante no era un humano corriente, y por eso lo que sintió en sus venas fue las palpitaciones de adrenalina que lanzaban su corazón desbocado. Su sonrisa aumentó y dejó escapar de entre los labios una risita suave y sarcástica. Sus ojos rojos se mostraron arrogantes y retaron a los de Shizuo con cierta prepotencia.

- ¿Qué qué me parece gracioso? Cualquiera diría que has empeorado con la edad, Shizu-chan, – dijo suave, su voz cargada de un desdén disfrazado de falsa amabilidad. – Como buena bestia, parece que los años no solo sirven para empeorar tu triste humor y aumentar el terror que sienten los humanos por ti, sino para hacer de tu patética memoria, algo aún más patético.

Vigiló sus movimientos, sus ademanes y la forma de sus músculos bajo el yukata que llevaba. Un monstruo impredecible como Shizuo debía de ser vigilado en todo momento, pues su fuerza monstruosa podía ser empleada en cualquier momento, de cualquier manera. La piel de Izaya estaba de punta, sus piernas listas para saltar en el momento en el que el marcado hiciera el mínimo gesto de lanzarse hacia él. Casi podía respirar su rabia, toda esa agresividad que no hacía más que aumentar la sonrisa afilada del informante.

- Me pregunto si la gente a tu alrededor sabe de ti, Shizu-chan. – se rio un poco.-  ¡Por supuesto que no! No te habrían dejado entrar aquí de ser así. Deberías saber que eres un peligro para todo el mundo, con esa fuerza descomunal tuya. Me asombra tu capacidad de pasear por las calles sin la más mínima preocupación. Un monstruo como tú debería estar encerrado para evitar mayores daños a la humanidad. – Comenzó a provocar con comentarios punzantes, crueles y el tono más dulce que poseía. – ¡No en medio de uno de los mercados más prósperos del mundo!

Mientras iba hablando, dejó caer su capa rasgada sobre uno de sus brazos. A pesar de lo mucho que la adoraba, podía mandar hacer una exactamente igual en nada de tiempo. Prefería ir sin ella, a tener que pasearse por las callejuelas de Ylisse con una prenda rota. Bajo el tejido, llevaba puesto ropas oscuras de fino cuero negro: suaves, ligeras y resistentes. Rápido, arrojó la capa como si colocara un mantel sobre la cabeza del monstruo, de forma que quedara cubierto y cegado por ella. Aprovechó para salir despedido en una dirección particular, seguido por una serie de comentarios insultantes y una risa divertida. Su cuerpo ágil se movió entre la gente con elegancia, velocidad e ímpetu. Empleó cualquier saliente para huir de Shizuo del que estaba seguro que caería en sus provocaciones. Al fin y al cabo, el encuentro se parecía bastante al de la última vez.
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Re: It never rains but it pours [Priv. Izaya]

Mensaje por Invitado el Vie Ago 05, 2016 9:17 am

Hacía más de quince años que recorría mundo, en parte, porque no tenía otra opción y la otra parte, porque quería ser más fuerte para que la única persona que había demostrado que él era alguien importante, no se viese afectado porque Shizuo no tenía ninguna manera de subsistir y eso no era una opción dentro de sus planes. Si se le sumaba el hecho de estar viajando durante tanto tiempo por diferentes países al de que el mercenario no era bueno recordando rostros ni nombres de personas los cuales no habían sido demasiado trascendentales en su vida, hacía que el branded en realidad no recordase la mayoría de pasos que había dado con anterioridad en su viaje.

Tampoco es que le importase en absoluto, porque según su punto de vista, no había nada importante lo cual tuviera que ser recordado de estar viajando de ciudad en ciudad y de continente en continente haciendo tareas para ganar monedas para seguir viajando y así sería hasta el final de los días. Las personas con las que se topaba en sus viajes… bueno, era como una consecuencia más de su oficio pero nada más ni nada menos. Por eso, aunque el hombre delante de él pudiera haberle reconocido en el pasado porque sus caminos una vez se hubieron cruzado, para Shizuo no era más que una persona como cualquier otra que pudiera estar andando por aquel mercado. Pero el destino no estaba de su parte y tuvo que toparse precisamente con alguien, que le había jurado enemistad eterna. Eso sí, Shizuo no se daría cuenta de ello ni le reconocería hasta mucho después que su reencuentro en Ylisse.

La confusión se adueñó de su cuerpo cuando escuchó la forma tan cercana de hablar por parte del otro e incluso sabía su nombre, pero no se sentía nada a gusto con que un completo desconocido llegase a llamarle “Shizu-chan”. Quiso escuchar sus palabras por si aquellas daban alguna pista de quien podía ser aquella pulga de ojos carmín, pero las palabras eran como cuchillos y sabían dónde acertar, ¿Quién demonios era aquel tipo y porque tenía tanta información de él? Tendría que recordar algo tan importante, alguien que pudiera odiarle de aquella forma como para poder recordar cada detalle sobre el mercenario, para después de aquellos años saber cómo atacarle. Y sin embargo, ninguna imagen del pasado se le venía a la mente. Nada. Nada de nada. Y contra más pensaba, más nervioso se ponía por no llegar a recordar algo que quizás sería de lo más evidente.

- ¿Quién eres y porqué me conoces? – Sacó sus manos de dentro del yukata y se lo acomodó un poco, andando hacía el tipo y mostrando sin ningún tipo de barrera que su enfado cada vez iba en aumento. Aquella pulga se lo había dicho, era del pasado pero no había dado ninguna información reveladora que pudiera encender una bombilla en su memoria. – No metas a los civiles en esto, dime, ¿Dónde se cruzaron nuestros caminos? – Pero no pudo contener más la poca paciencia que tenía cuando escuchó todas aquellas tonterías sobre que era un monstruo y debería ser enjaulado. ¡Como si fuera el único jodido branded en el mundo! No había conocido a muchos de su misma posición, aunque podía decir que no la mayoría de ellos habían heredado fuerza sobrehumana como una característica de su sangre mezclada, pero joder, ir tentando a la suerte y molestando a alguien que se sabía que era de esa calaña no podía ser algo bueno. Le desconcertaba, ¿A caso quería pelear? ¿Qué le arrancase la cabeza? Porque dios, iba a hacerlo y lo iba a disfrutar.

Iba a abalanzarse encima de aquella pulga cuando se le adelantó a sus actos y le tiró aquella capa que tenía entre manos, Shizuo tuvo los reflejos necesarios para quitársela de encima cuando sus ojos solo vieron más que oscuridad, pero no fueron los reflejos necesarios como para parar a la pulga que había salido corriendo rápidamente para huir de él. ¿Estaba loco? ¿Por qué lo provocaba de aquella forma? Oh… Él solo quería una vida tranquila, pero no dejaba de encontrarse gente estúpida que se interponía en su camino. Salió corriendo detrás de él, pero sin interesarse demasiado en lo que se encontraba a su alrededor; empujaba a los civiles y pasaba por encima de los comercios ajenos, pisando sus mercancías. Estaba demasiado enfadado como para que los demás le importasen lo más mínimo, estaba cegado por la ira y solo quería destruir aquel tipo que sabía tanto de él. - ¡No huyas pulga, vuelve aquí! – Vio una caja de manzanas en el suelo y no se lo pensó dos veces; la cogió y la lanzó disparada contra aquel tipo, todo eso sin dejar de perseguirlo.
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Re: It never rains but it pours [Priv. Izaya]

Mensaje por Izaya Orihara el Miér Ago 31, 2016 2:00 pm

Izaya se mentía a sí mismo al fingir que no le importaba que Shizuo no le recordase. Al fin y al cabo, era bastante decepcionante pasarse casi ocho años odiando al monstruo que le había destrozado uno de sus primeros planes para con la humanidad, para que luego el susodicho no supiera ni quién era él. Sin embargo, como el informante hacía con todas las cosas que le disgustaban o perturbaban su estado de ánimo, encerró esos sentimientos en lo más profundo de sí mismo, en las penumbras que nunca osaba visitar. Después sonrió más abiertamente que nunca, con sus dientes en una mueca afilada y las comisuras de sus labios formando un ademán prepotente y socarrón. Podría ser que el rubio no tuviera memoria de Izaya, pero el modo en el que se estaba comportando era casi una réplica de su primer y último encuentro. El estratega se conformaba, por ahora, con eso. Con saber que podía hacer a Shizuo reaccionar de la manera que él deseaba, incluso con el pasar de los años.

Cómo había añorado la sensación de peligro al ser perseguido por una bestia como Shizuo Heiwajima. Ni todos los conflictos que había creado a lo largo del tiempo podían asemejarse al fluir de la adrenalina por sus venas, a huir de la misma muerte con cabello dorado y músculos del acero más fuerte del mundo.  Estaba tan contento, que una risa se escapaba de su garganta, suave pero al mismo tiempo desafiante, como si le dijera al mercenario que no tenía lo que había que tener para alcanzarle. Y es que, con total certeza, Shizuo podría romperle todos los huesos del cuerpo, pero en el tema de rapidez Izaya estaba muy por encima. Su cuerpo menudo y delgado bailaba entre las personas sin perder en ningún momento el equilibrio o dudar en sus pisadas. Empleaba cada risco, cada saliente, para impulsarse hacia delante y dejar atrás al monstruo que no cejaba en sus empeños como la criatura testaruda que era.

Intentaba, además, que Shizuo destrozase la mayor cantidad del mercado posible. A su paso, todo se hacía añicos. ¡Maravilloso! Esos puños seguían siendo capaces de reducir a escombros hasta la ciudad más próspera del mundo. Segundos antes había estado bramando sobre que Izaya no debía meter a los civiles en su rencilla, y ahora les lanzaba por el aire, les apartaba de su camino, y aniquilaba con sus nudillos desnudos su único medio de sustento y sus hogares. Con esto, el estratega probaba su punto de que el alma de la bestia que dormía dentro del mercenario tenía más poder que el alma humana que ansiaba la paz. Lo cual era irónico, pues todos los seres humanos ansiaban la guerra de una manera o de otra.

Izaya sonrió y utilizó las repisas de la ventana para dejar el suelo del mercado atrás y subirse a los edificios, desde allí tomó un momento para empujar una tabla de madera, que medio sobresalía por el tejado, para que cayera encima del monstruo. Se rio con ganas, el sonido mezclado con el bullicio que la gente hacía al huir despavorida, alarmada por una confrontación que nunca habría imaginado ver en Ylisse. ¿Qué era aquel chico rubio que parecía humano pero no lo era? ¿Un laguz? ¿Un monstruo? ¿La muerte? Daba igual, debían alejarse lo más rápido posible de él si no querían perecer como las casas y comercios que comenzaban a desmoronarse.

- ¿Este baile no te recuerda a nada, Shizu-chan? – preguntó Izaya mientras saltaba de un techo a otro. - ¿Hoshido, quizás, hace ocho años? - Sorteó las chimeneas con humo, aprovechando la distracción para cambiar de dirección. Se dejó caer por las tejas de pizarra negra de una vivienda, y al llegar al borde saltó al otro lado de la calle, por encima de las cabezas de los asustados comerciantes y los guardias que no podían creer lo que estaban viendo sus ojos. Ágil, se agarró de un balcón que empleó para estabilizarse de un giro, y entrar por los ventanales que daban al exterior y que se encontraban entre-abiertos. Dentro no había nadie, y no lo había habido en bastante tiempo si la cantidad de telarañas y polvo eran una indicación. - ¡Por aquí Shizu-chan, no te pierdas! –llamó a su espalda y desapareció entre las habitaciones mohosas y chirriantes. Olía a humedad y a podrido, y si afinaba el oído, era capaz de escuchar el sonido de la carcoma al comerse la madera.

Izaya se escondió con pasos suaves, que incluso en la chirriante casa abandonada podrían pasar desapercibidos. Mientras que allí había una especie de calma producto de la dejadez y la desolación, en el exterior reinaba el caos. Gritos de dolor, de auxilio, de sorpresa les seguían, pero no parecían traspasar el aura de melancolía de los listones descompuestos de las paredes y los suelos corrompidos y a punto de ceder. El informante se hizo uno con las sombras del lugar y aguardó a que el monstruo hiciera su aparición. Se fue moviendo poco a poco, con cuidado de no ser visto y que sus pisadas se confundieran con los quejidos de la vieja construcción.

- ¿Les escuchas, Shizu-chan? ¡Es por ti! Porque a pesar de que tu no me recuerdes a mi, -comenzó a decir desde la oscuridad con cierto tono reprobatorio que pretendía esconder un deje de molestia. – yo sí recuerdo las consecuencias de tu sangre monstruosa. Pensé que ya te habrían sacrificado como a un perro rabioso, pero tal parece ser que aún infectas a los humanos con tu presencia. - Mientras hablaba, iba cambiando de escondrijo para que no se supiera exactamente donde estaba. Se aprovechaba de la cantidad ingente de estancias y puertas para que cuando Shizuo entrase en una, él ya salía por la otra. Esperaba el momento exacto a que la guarda real de Ylisse se agolpara en las afueras, frente al balcón donde muchas personas les habían visto desaparecer. Los caballos relinchaban nerviosos, y los hombres preparaban las armas para contener a la amenaza que había destruido parte de su preciado mercado. Izaya sonreía al imaginar el choque entre ambas fuerzas. La humanidad en contra de la bestialidad.

- ¿Sigues sin saber quién soy, Shizu-chan? ¿Quién más te llama por ese nombre si no yo?
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- ILIA -

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Tactician

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Informante

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Vulnerary [3]
Espada de bronce [2]
Gota de Veneno [1]
Dagas de bronce [2]
Dagas de acero [4]

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Experiencia :

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808


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Re: It never rains but it pours [Priv. Izaya]

Mensaje por Invitado el Dom Oct 09, 2016 6:33 am

Para Shizuo Heiwajima, el pasado era pasado y era algo que no debía tocar. No era un tipo emocional porque no se molestaba en recordar aquellos detalles que podrían volverle nostálgico, porque estaba seguro que si miraba al pasado se arrepentiría de muchas cosas que habían ocurrido, cosas que principalmente trataban sobre su hermano pequeño, pero era lo único que podría ser importante para él. No le importaba si las demás experiencias eran alejadas de su memoria, porque desgraciadamente al no tener un hogar al que volver y ser un mercenario errante que se pateaba todos los continentes en busca de trabajos remunerados con los que sobrevivir, tenía muchas más experiencias acumuladas de las que gustaría hablar. A eso, también le tenía que sumar que no aparentaba su edad, sino que tenía unos cuantos años más escondidos bajo su jovial aspecto, lo que le hacía barajar todavía más aventuras a sus espaldas.

No era de extrañar entonces, que el mercenario no recordase a ese tipo. No era su hermano y sea lo que fuera que hubiera pasado entre ellos, tampoco tenía que ver con Kasuka... Así que solo sabía que su existencia le cabreaba aun sí no podía acabar de relacionar porqué. Recordaba Hoshido, y tanto que la recordaba. Comparado con Nohr, Hoshido era preciosa y los ropajes que actualmente llevaba puestos procedían de allí, le gustaban los yukatas aunque le había costado acostumbrarse a pelear con ellos de forma cómoda. Pero la cuestión es que no acababa de relacionar qué era lo que había sucedido entre ellos 8 años atrás en Hoshido porque aquel hombre tenía una extraña fijación en él, fijación que el deducía porque trataba de no ser tan evidente pero esa pulga parecía saber cada detalle de su vida. Y eso era algo que no toleraba y todavía lo enfurecía más, por lo que no podía evitar continuar persiguiéndole mientras intentaba aclarar su mente, al mismo tiempo que avanzaba por el mercado sin ninguna clase de cuidado, pisando en los mismos puestos causando grandes estragos y de vez en cuanto, tirando alguna que otra caja para intentar parar el rumbo del otro hombre pero este decidió alejarse del mercado y tomar otro rumbo, rumbo que Shizuo también siguió.

- ¿¡Porqué debería acordarme de un tipo tan molesto como tu!? ¡Baja! - Le molestaba que la gente corriese despavorida a su alrededor, que probablemente en su lugar, Shizuo hubiera actuado de igual forma pero en ese caso, el hombre no tenía la suficiente capacidad de análisis como para tener empatia con esa gente. Cuando intentó seguirle, tuvo que esquivar una tabla de madera que se abalanzaba sobre él, pero para su gracia o desgracia, su parte halcón hacía que fuera más sensible a esos detalles y no fue un problema evitar que le golpearse, para rápidamente subirse a los tejados inestables de aquellos edificios. Estaba demasiado enfurecido como para percatarse de donde le llevaba, su cuerpo se movía solo y solo le seguía, sin mucha dificultad por sus propias habilidades.

Y una vez en aquella vieja construcción, no tuvo problemas para localizar la presencia del otro hombre aunque hubiera elegido una posición estratégica para pasar desapercibido. Los halcones tenían buen oído y buena vista, rasgos que había heredado, aun sí la mayoría del tiempo no usaba demasiado sabiamente esas habilidades por ser algo innato; estaban ahí. - Si tantas ganas quieres de que desaparezca de tu vista, ¿Porqué no lo haces tu por mí? Oh, no hay problema, puedo eliminarte yo mismo. - Esta vez no se abalanzó corriendo hacia la posición donde la pulga se encontraba sino que daba pasos cortos mientras le escuchaba, pero finalmente su mente relacionó todas las palabras y memorias, lo que hizo que el mercenario se parase en seco.

-Espera. Tu eras aquel tipo, el que tenías mercenarios contigo cuando yo estaba trabajando en Hoshido temporalmente. ¿Qué cojones hacías interrumpiéndome? Me da igual, no tengo un trauma por ello pero me cabreas de todas formas. - Ni siquiera recordaba su nombre, y quizás acababa de conectar con una experiencia pasada que no era la correcta: no le importaba, solo quería destrozarle por completo. Por lo que esta vez si corrió en esa dirección, pegando un puñetazo en el suelo por error que abrió un boquete en el suelo.
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Re: It never rains but it pours [Priv. Izaya]

Mensaje por Izaya Orihara el Lun Nov 07, 2016 9:14 am

¿Por qué le odiaba tanto? Un ser como Shizuo apenas debería importar a Izaya, que se vanagloriaba en su amor por la raza humana, a la que el otro obviamente no pertenecía por entero. Y sin embargo, y a pesar de los años trascurridos entre ambos encuentros, era incapaz de no obsesionarse con él. Por supuesto, lo negaría como si su vida dependiera de ello si alguien le preguntara. Pero la realidad era que no había pasado semana sin que sus pensamientos vagaran hacia el monstruo de cabellos dorados. Nada debería hacerle diferente. Sin embargo, Shizuo Heiwajima no era un hombre normal. Desde su mismo nacimiento había algo en él que discrepaba con su deseo de paz y tranquilidad, algo salvaje, complejo y contradictorio. El informante solía decirse que era su sangre animal,  imposible de querer por un amante de la humanidad, pero la realidad era que le odiaba porque había sido de las pocas personas en negar algo a Izaya.

Cuando le vio en Hoshido, el por aquel entonces joven Orihara, no más que un muchachito delgado e inteligente que comenzaba a meterse en el mundo del hampa, se sintió intrigado por su tremenda fuerza. Si tuviera alguien así de su lado, nada se interpondría en su camino. Pero Shizuo no quería dinero, ni amistad, ni parecía creerse ni una sola palabra que saliera de sus finos labios. Casi como si hubiera sabido cómo era el informante sin apenas conocerle, como si sus ojos vieran más allá, y sus oídos pudieran separar la verdad de las mentiras. El rechazo generó instintivamente rechazo. ¿Qué deseaba Shizuo por encima de todo? Una aburrida paz. Izaya se la arrebató de la forma más sencilla posible: le privó de su humanidad llamándole monstruo, bestia, de modo que la gente le temiera y le rechazara. No sería bienvenido en ningún lugar del mundo. Y ya no sería Shizuo Heiwajima para él.

Sino Shizu-chan.

Un apodo creado al añadir un sufijo que en Hoshido servía para etiquetar a la persona como una mujer joven. Una bestia con nombre de chiquilla. Qué humillante.  O por lo menos eso era lo que Izaya creía, aunque con toda posibilidad el monstruo ni siquiera entendiera porqué había decidido ese nombre. Sin embargo, todas las acciones del estratega, todas sus palabras, debían su origen a una razón específica. Nunca hacía nada sin motivo, sin esperar algo a cambio: una reacción a su acción.  Y Shizuo, Shizu-chan, no solo reaccionaba cual un animal ante el peligro, sino como una reacción de alquimia compuesta por elementos volátiles. Hacía que corriera la adrenalina por sus venas de tal forma que su cuerpo estaba en alerta, atento a cada cosa que el otro hiciera y dijera. Sonrió torcidamente de oreja a oreja cuando, por fin, reconoció quién era.

- ¡Mira que eres lento, Shizu-chan! – exclamó con doble sentido, no solo por el hecho de que le había costado recordar lo sucedido hacía ocho años, sino porque sus golpes apenas se acercaban al informante. Era demasiado ágil, demasiado rápido. Rio con ganas, divertido por la situación, con ciertos dejes de crueldad.

La casa chirriaba de forma grotesca a cada paso que daban. El sonido parecía un eco de los fantasmas que aún creían vivir en el desolado lugar, solo poblado por polvo,  arañas, y los dos intrusos  que se habían atrevido a interrumpir el terrible letargo de la vieja mansión. Más allá de las quebradizas paredes, se podían oír como quedos murmullos los gritos y exclamaciones de los habitantes de Ylisse, que se quejaban del desastre del mercado ocasionado por un extranjero rubio. Pasos ajetreados, acompañados por el sonido metálico de sus espadas al chocar contra la armadura del cinto, indicaban que los soldados buscaban al perturbador de la paz.

El pesado golpe de Shizuo contra el suelo llamó la atención de los miembros del ejército Ylissiano, pues el viejo y endeble caserón comenzó a tambalearse. Los cimientos se rompieron bajo la fuerza del puño de la bestia, y las vigas y los muebles se desplomaron unos contra otros, y esto generaba que el propio edificio colapsara sobre sí mismo. Su existencia etérea y arcaica veía su fin en forma de destrucción. No se iba en paz, sino que su terreno era una zona de guerra, librada entre dos personalidades enfrentadas. Los pocos cristales reventaron y cayeron sobre la calle. La gente corrió aterrada por la presencia de los afilados proyectiles y por el derrumbe que tendría lugar en pocos momentos.

Estaba claro para Izaya que, en algún momento, el monstruoso poder del Marcado destruiría el lugar, pues por esa misma razón le había llevado allí. Su lugar estratégico no solo le había permitido mezclarse en las sombras, que no servían en demasía con Shizuo, sino que tenía a la derecha, a pocos pasos, una ventana cubierta por unas cortinas raídas por cuyos agujeros se colaban círculos de luz. En cuanto la estructura comenzó a ceder, el estratega corrió en esa dirección desprovista de muebles y demás objetos que pudieran suponer un obstáculo. Utilizó su cuerpo delgado, ágil, y ligero para saltar por el ventanal: encogió las piernas y puso los brazos frente a sí en gesto de defensa. La tela oscura evitó que los cristales se le clavaran al quebrarse en miles de diminutos pedacitos.

Una vez en el aire, y empleando la energía de su salto, estiró  las manos lo máximo posible para agarrarse al primer saliente que encontrara, que resultó ser el poyete del balcón vecino. A su espalda la casa se desplomó hacia abajo y creó una tremenda humareda gris. Algunas piedras y trozos de madera alcanzaron a los soldados cercanos, pero la mayoría hacía caso omiso del peligro y buscaban ya al culpable para llevarle a la justicia. Nadie parecía prestar atención al joven que colgaba por el lado contrario al que registraban y en donde se arremolinaba la gente, pues la nube de polvo bloqueaba su visión. El informante bajó con cuidado de no atraer miradas hacia mismo, y, tras limpiarse un poco, se interno entre la multitud como un ciudadano más.
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Re: It never rains but it pours [Priv. Izaya]

Mensaje por Eliwood el Miér Nov 23, 2016 10:08 pm

Tema cerrado. 30G a cada participante.
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Marqués de Pherae

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Re: It never rains but it pours [Priv. Izaya]

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