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Un respeto que se gana. [ Priv. Eliwood ]

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Un respeto que se gana. [ Priv. Eliwood ]

Mensaje por Izaya Orihara el Miér Jun 22, 2016 10:38 am

La presencia de la comitiva llamó la atención de las personas que estaban en la plaza del castillo, que se apresuraron a retirarse de su camino. El grupo lo encabezaban cuatro jinetes, seguidos por un carruaje y dos pajes a caballo que iban resguardando la retaguardia. Los sirvientes de la ciudadela, atareados toda la mañana con las tareas propias de su cargo y oficio, dejaron todo a un lado para admirar la fuerza de las monturas, la gentileza de los caballeros, y la belleza de la carroza. Desde el interior, Izaya les observó cuidadosamente por un lado de las cortinas de terciopelo granates. Los rostros sorprendidos hicieron que esbozara una pequeña sonrisa, como si le divirtiera la ingenuidad e incultura por la que se caracterizaba el pueblo llano.

Los miembros de la servidumbre habían escuchado que su Señor esperaba a alguien, pero su identidad no había sido revelada. Si se hubiera tratado de un noble, habrían tenido instrucciones específicas y su trabajo hubiera sido mayor. Supusieron, entonces, que el invitado debía ser un plebeyo como ellos pero con alguna utilidad para su señor y por eso tenía permiso para entrar a la casa del Marqués. No obstante, no hubieran imaginado que alguien sin título nobiliario pudiera hacer ostentación de tanta riqueza. El dinero y la posición estaban estrechamente ligados en las mentes del vulgo. Una persona rica era noble. Una persona pobre no lo era: así habían sido las cosas siempre, y así debían serlo. No eran capaces de comprender que el mundo podía cambiar con el paso del tiempo. Incluso después de la llegada de los Emergidos, la gente se obcecaba en las mismas doctrinas enseñadas por sus padres, sus abuelos, sus bisabuelos, y todos los que antes hubo. Y sin embargo, la realidad era muy diferente: había personas de sangre real sin nada más que un título, y había otros que poseían el mundo con sus grandes arcas de oro a pesar de la carencia de sangre aristócrata.

Dentro del vehículo, Izaya se rio para sí mismo, sobresaltando a los demás ocupantes: dos mujeres jóvenes y una niña a punto de entrar en la adolescencia. Las tres le miraron algo turbadas, pues su señor no había emitido palabra desde que, al entrar a Lycia desde el norte, hubieran alquilado unos caballos de refresco en un puesto fronterizo. Todos los miembros de la comitiva habían seguido al informante desde Ilia, siendo todos ellos habitantes de la casa que tenía Izaya allí. Cuando su señor se iba de viaje solía llevarse a una o dos personas con él, pero nunca el gran número de acompañantes que había elegido en esa ocasión. Si no le conocieran, pensarían que quería impresionar a alguien, pero si algo habían aprendido de él, es que nunca hacía lo que parecía obvio. Su risa inundó el espacio entre el sillón donde se había recostado su señor, y el que compartían las tres. Se miraron las unas a las otras, sin saber qué hacer o decir. Sus dudas se resolvieron cuando un “ALTO” hizo que se detuvieran.

En el exterior, el grupo se había inmovilizado frente a la escalinata que daba paso a la entrada del imponente castillo.  Los guardias del marquesado se apresuraron a averiguar la identidad de tan misterioso visitante, que no portaba ningún emblema ni estandarte. Uno de los caballeros le tendió la misiva real, con el escudo del Marqués Eliwood, en el que se citaba la presencia del Señor Izaya Orihara. Los murmullos de los sirvientes, que se habían aproximado tímidamente con la imperiosa necesidad de averiguar quién era el ocupante de la carroza. Si bien el nombre no lo habían escuchado jamás, su suave pronunciación y el misterio que lo rodeaba provocaron una nueva ola de curiosidad. La apuesta que parecía ganar, en cuanto a su identidad, parecía ser la de que era un anciano gordo y feo, pero acaudalado gracias al comercio y al trato con nobles. Izaya podía escuchar sus voces, demasiado emocionadas como para guardar un tono bajo, y su sonrisa se ensanchó.

Los pajes desmontaron de sus corceles, que fueron atendidos por dos guardias reales,  y abrieron las portezuelas del carruaje. Ayudaron a salir a las dos mujeres primero, que generaron una nueva ronda de cuchicheos por la gracia de sus rasgos y sus hermosas ropas de encaje bordado. La niña emergió después con un rostro redondo, ruborizado y pecoso. En su pequeña mano tenía agarrada una más grande, cubierta por unos guantes de cuero oscuro que se perdían en un brazo largo y semi-cubierto por una capa cuyo borde era piel de lobo gris. Izaya emergió tranquilo y con una sonrisa amable en el rostro. Sus ojos rojos otearon la concentración de sirvientes que se había aproximado, la posición diligente de los guardias, y la entrada al castillo que de un momento a otro mostraría al Marqués.

Les dirigió a todos un asentimiento gentil de cabeza y descendió los peldaños hasta el suelo con gráciles movimientos. Un silencio uniforme se extendió por el patio, solo roto por las pisadas de los inquietos caballos y el sonido de su respiración. El Señor Orihara no era nada de lo que hubieran imaginado, y eso les generó un sentimiento contradictorio: admiración y envidia a partes iguales. Aunque quisieran, no podían resentir a alguien de apariencia tan afable y encantadora. Los humanos tenían dificultades para odiar las cosas dotadas de belleza y bondad, y a los ojos de los allí presentes, Izaya se presentaba así.

- Lord Orihara, ¿Quiere que mandemos sus caballos a los establos? – preguntó el que parecía ser el jefe de los guardias, rompiendo así la quietud.  Izaya le observó y le dirigió una pequeña sonrisa cálida.

- No soy un Lord. – comentó con voz suave, carismática, que no pretendía ser condescendiente, sino corregir un error.- Pero sí, estaría muy agradecido si mis caballos y mis jinetes pudieran descansar.

El soldado hizo una reverencia, algo nervioso en el cambio de protocolo, y comenzó a dar órdenes a sus subalternos para dirigir el carruaje y los animales hacia las caballerizas, donde serían alimentados, cuidados y puestos a descansar tras el viaje. Los cuatro hombres que habían guiado la comitiva siguieron las indicaciones de los soldados de Pherae y marcharon también.  El jefe aprovechó para indicar a los sirvientes, con voz algo brusca, que ayudaran a descender el equipaje del Señor Orihara. Despavoridos, y con algo de mala manera pues su curiosidad no se había saciado del todo, se alejaron del grupo y siguieron al carruaje cuyo techo iba abarrotado de diferentes pertenencias y baúles. Los pajes fueron con ellos.

- Cuanta amabilidad. Sin duda la calidez y amabilidad que he escuchado de Pherae es cierta. – dijo Izaya maravillado. El guardia asintió a sus palabras e hinchó el pecho con orgullo.

- El Marqués nos ha hecho prosperar y nos ha liberado de la amenaza de los Emergidos. A él le debemos nuestra libertad y nuestro honor. – respondió con la voz cargada de emoción. No obstante, se recuperó rápido y carraspeó. – El Marqués debe estar al llegar, por favor aguarde unos momentos más.

Izaya hizo un movimiento afirmativo con la cabeza y procedió a quitarse los guantes de las manos, en señal de respeto hacia el título de nobleza de Eliwood, que más tarde tendió a una de las damiselas que se habían quedado con él. Pocos segundos después, un soldado anunció la presencia de su Señor, y al vislumbrar una cabellera naranja, Izaya hizo una reverencia y mantuvo la cabeza agachada, a la espera de que el noble le permitiera levantarse. Apenas imperceptible, e imposible de ver debido a su posicionamiento, las comisuras de los labios de Izaya se curvaron.
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Re: Un respeto que se gana. [ Priv. Eliwood ]

Mensaje por Eliwood el Miér Jun 29, 2016 2:08 am

Un estratega traído de Ilia. Un hombre cuyo contacto le había sido otorgado, a la vez que extendidas las más altas recomendaciones, por más de un contacto suyo en Ostia. Aún cuando llegaba ya el día de recibir a tal hombre, el estratega e informante cuyos servicios había pactado contratar a largo plazo, Eliwood no conseguía quitar de sí la inquietud que todo el asunto traía. Pondría las manos a fuego por el marquesado aliado y cualquier hombre por cuyo desempeño testificaran con tanta seguridad, mas había un deje de duda aferrado aún a la noción de llevar a oídos extranjeros los asuntos para los que requería a Izaya. No era su método usual, pero lo que había pedido era lo que sabía que necesitaba, y lo que estaba obteniendo era precisamente eso; no era un hombre terco y se rehusaba a convertirse en uno al avanzar por él la edad. Debía seguir adelante.

Porque había mucho que ni él ni su limitado círculo de caballeros de largos años en servicio podían hacer. Porque el marqués era mil veces más un diplomático que un hombre hecho para la guerra, lo sabía, y la situación en la que había entrado no cabía ya sobre su sólo juicio. Por aquel motivo había sido absoluto y certero en sus intenciones, pidiendo no menos que semanas del tiempo del extranjero y ofreciendo hasta un pago antelado para asegurar el trato. Estadía, trabajo y protección absoluta. Lo que de ninguna forma había podido adelantar eran los detalles de la labor que al proveniente de Ilia aguardaba; demasiada exposición para su gusto. Se encomendaría al estratega, sin dudas, era sólo que le tendría primero. Si el misterio no le había impedido dirigirse hasta allí, no suponía que encontrasen ningún otro inconveniente.

Y su llegada quedaba más que confirmada, al avistarse la comitiva del extranjero cruzando la muralla exterior de la ciudad de Pherae. Tenía al sitio entero en revuelo, lo suficientemente reducido en territorio y en población como para que una sola emocionante noticia cruzara la ciudad de punta a punta en escaso período de tiempo. Al tiempo que los guardias pasaban aviso y los preparativos eran ultimados, la gente hacía lo suyo en aproximarse a la vía principal para avistar al carruaje en su trayectoria, aglomerándose muchos de ellos frente al castillo, donde se detendría finalmente el vehículo. Como si a la población le sobrase tiempo para inocente cotilleo y ánimos para seguir el suceso con tal atención; ajenos al mundo fuera de las murallas y de la jurisdicción que el marqués de Pherae protegía, se respiraba entre ellos una clase de despreocupada alegría que en aquellos tiempos le escaseaba al mundo. El invitado real era la novedad que todos deseaban ver, nada más relevante en aquella jornada.

El mismo marqués no era muy distinto, en ese sentido. Ansiaba ver al Izaya que ya le había sido descrito por quienes le habían recomendado, pues en ninguna clase de descripción física o mención de su carácter habría de hallar lo que le interesaría verdaderamente. Detalles de mirada, gestos, habla. Sabría reconocerle a primera vista, pero oh, no juzgaría el calibre del varón sino con sus propios ojos, antes de proceder en cualquier forma. Así como tenía un minucioso gusto por las artes y la delicadeza de las cosas, lo tenía por las personas; contaba con poder distinguir el gesto de un hombre gentil por sobre el de uno malicioso o deshonesto. Quería apreciar él mismo a su estratega temporal. Así, pues, no faltó la atención del pelirrojo a toda cuanto se le informaba sobre la procesión y el hombre, como no faltó su pronta presencia en las puertas del castillo, abiertas de par en par por sus diligentes caballeros.

Se encontraba con que la mitad de su trabajo allí ya estaba hecho: el tinte de celebración que tanto se esforzaba por poner a cada marcha, ingreso o salida de importancia en la ciudad, lo había otorgado ya la vistosa procesión del extranjero, por sí misma. El hombre de entrada edad que sin embargo no aparentaba sus años, si acaso enteros cinco menos, arqueó una ceja al poner una entretenida sonrisa en sus labios. Sin moverse aún de su sitio pasó la vista por la escena desplegada frente a él, hasta dar con el esbelto varón de cabello negro y traje igualmente oscuro, hallándole en los instantes en que soltaba la mano de su más joven acompañante. Ciertamente daba una grata impresión. Tan sólo podía decir que parecía joven para la reputación que le precedía, construida al punto en que estaba, mas no había nada que criticar en ello. Cuando siervos y pajes se apartaron, Eliwood echó a andar, bajando por la escalinata de piedra. Pulcro al punto de perfección en cada detalle, caminaba con las manos tras la espalda, la postura en perfecta rectitud y un gesto de muda placidez en la azul mirada; jamás se permitía otro semblante sino aquel, la dignificada formalidad encarnada en telas costosas y pequeños detalles de oro. El estratega se inclinaba tan pronto le notaba, mas nada en particular cambió en el semblante del pelirrojo sino hasta detenerse frente a él.

- Al fin le veo en persona. - Su voz, al menos, sí reflejaba sus años, profunda y naturalmente fraternal. Regresó la inclinación con tan sólo un gesto leve de la cabeza, hasta donde era prudente que en su estatus hiciese, seguida de un gesto de la mano que invitaba a alzarse. Buscó la mirada del otro hombre de inmediato, deseando captar detalle de la expresión de su rostro al proseguir. - Soy Eliwood, marqués de estas tierras, mi ansiado invitado. Encantado de conocerle. Por favor, permítase un descanso de su travesía y venga conmigo. - Indicó. La voz de las personas a su alrededor jamás se alzaba tanto como para entorpecer el intercambio o requerir que pidiese silencio, mas los cuchicheos emocionados persistían, y acompañado de estos el marqués se giró para regresar al interior del castillo, flanqueado de un par de sus guardias, el resto quedando atrás para guiar el ingreso del estratega o asistirle si necesitaba de algo más.

Las grandes puertas fueron cruzadas, desplegándose a la vista el recibidor principal del castillo. Una construcción más pequeña de lo que podría ser, mas colmada de decoración: una hilera de retratos, pinturas y estandartes en cada pared, un camino alfombrado pasando entre dos imponentes estatuas cuales guardias de la morada, justamente representando dos jinetes en sus corpulentos caballos de guerra. Apenas las puertas fueron cerradas nuevamente, el marqués habló con un tono un tanto más jovial. - Causó toda una conmoción allí afuera, ¿no? - Comentó, sin necesidad de volver la vista a Izaya para que su voz reflejase la sonrisa en sus labios. - ¡Me ha encantado! Dias así son mis favoritos. - Alabó, notoriamente alegre. Sí, la conmoción con la llegada de Izaya simplemente le había fascinado. No era un hombre que saliese a menudo de sus cuatro paredes, criado con oro entre manos y restringido a ese ambiente, hallaba honesto disfrute en algo de emoción que viniese desde afuera. Además, era la clase de ambiente que buscaba tener e Izaya había encajado a la perfección. Finalmente se detuvo al pie de la gran escalera que tomarían, girándose hacia el invitado. - Oh, pero espero la atención no le haya incomodado. La gente sabe, por seguro, que se trata de asuntos de guerra; estos últimos años siempre es así. No le ven como nada distinto a lo que verdaderamente es. Es sólo que las movilizaciones se toman a buen modo aquí. - Habló con la verdad, la que él mismo había construido en sus años de gobierno. Pherae podía estar al borde del abismo, pero mientras su marqués hiciera de cada salida al campo de batalla un desfile, un motivo de asombro y júbilo, mantenía a la gente en paz. Siempre lo había hecho de ese modo, imagen ante todas las cosas, la tranquilidad pública como primera prioridad. No se explicó de sobra, tan sólo bajando la vista un poco en contemplación. - Podría decirse que hacemos de ello causa de celebración. -
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Re: Un respeto que se gana. [ Priv. Eliwood ]

Mensaje por Izaya Orihara el Lun Jul 11, 2016 4:47 pm

Izaya sabía que era atractivo. Desde que hubiera nacido, la gente a su alrededor había alabado su rostro perfecto y su complexión delgada. Su piel nívea, su cabello azabache que enmarcaba sus pómulos altos, sus cejas finas y pestañas largas, le daban cierto aspecto femenino y delicado, tan envidiado por la gente tosca y tan apreciado por los  de más noble aspecto. Pero sin duda, Izaya sabía que su rasgo más notable eran sus ojos almendrados, de un color bermellón cuya tonalidad variaba según la emoción que el informante dejara entrever.  No había nada más expresivo en el rostro humano que la mirada. Lo que se solía escuchar era “los ojos son el espejo del alma”, y aunque no creyera en la existencia de una esencia particular dentro de cada ser vivo, sí que pensaba que los ojos podían traicionar aquello que uno guardaba dentro.

Por eso mismo había invertido años y años en el dominio de su propio cuerpo y sus emociones: cualquier gesto que Izaya hiciera, estaría absolutamente pensado. Cada sonrisa, cada parpadeo, cada postura que asumiera estaba hecha para ejercer en el contrario una respuesta, para manipularle a actuar de una determinada manera. Así impedía que nadie pudiera averiguar cuales eran sus intenciones al mismo tiempo que instaba a la gente a fiarse de él. A veces, daba miedo la cantidad de confianza que depositaban en las manos del temible informante. Usaba sus ojos como un arma de la que nadie sospecharía. Enseñaba a los demás lo que querían ver, lo que sus corazones más anhelaban. Y por esa misma razón le odiaban: representaba todas las cosas horribles que no eran capaces de realizar por sí solos. Todos los vicios, las inseguridades, los trastornos, las obsesiones.

Por supuesto, no siempre trataba con personas así. Cada cliente era un individuo autónomo en sí mismo al que Izaya se presentaba según mereciera la ocasión. No era lo mismo hablar con un pobre, que con un rico; un noble o un campesino, un héroe o un ladrón. La sonrisa debía variar, el modo de mover las manos, de apartarse el cabello de la cara, de toser, de hablar. Aunque las personas no se dieran cuenta, todo aquello que veían en los demás se reflejaba en su propio comportamiento, y así, un simple acto inocente truncaba el destino de gente al otro lado del mundo: caótico, impredecible, humano. El auténtico arte era saber como hacer que ese efecto no se volviera en contra del causante, y para ello uno debía ser el mejor en lo suyo y saber más que nadie. E Izaya era un maestro.

Al alzar los ojos, los clavó con cierta timidez en los del Marqués, pero resolutivos igualmente. Asomó a sus labios una sonrisa carismática que no pudo sino aumentar cuando el honorable señor le dio la bienvenida. –Izaya Orihara, - dijo a su vez, haciendo de nuevo otra breve inclinación de cabeza, apenas un gesto de respeto.- El placer es todo mío, mi Lord. Le entrego mis servicios y mi asistencia. Estoy a su más absoluta disposición. – amable, respondió. Siguió la capa azul de Eliwood cuando le instó a acompañarle al interior. Mientras que los jinetes y los pajes desaparecían rumbo a las caballerizas, las dos muchachas jóvenes y la niña caminaron junto a la escolta del noble, que se encontraban varios pasos tras los dos hombres, a la distancia perfecta de necesitar su ayuda, pero lo suficientemente lejos para evitar que participaran de la conversación.

Fingió admirar la decoración del gran recibidor. Para el informante, los objetos que poblaban las paredes no eran nada sorprendentes. Esperaba que hubiera al menos una sala así en el castillo: llena de tapices con motivos de batallas ganadas, retratos familiares y diferentes objetos que demostraran la nobleza de la familia de Eliwood, que había regido esas tierras durante generaciones. Sin embargo, se tomó su tiempo en recorrer la estancia, su rostro curioso no demostraba el poco interés que tenía al reconocer escenas de las que ya había leído, y personas cuyo nombre e historia ya sabía. No. Aquello que captaba su atención de verdad era un objeto móvil, que avanzaba tranquilo en la calidez de su hogar y portaba una corona sobre la frente, apenas visible tras un cabello llamativo y rojizo. Eliwood era más interesante que todos los cuadros y estatuas de Pherae juntas. Se preguntó hasta dónde llegaría esa inocencia que parecía traspirar por todos los poros de su piel. Debía de haber algo que hubiera evitado su muerte hasta ese momento. Al fin y al cabo, los idealistas y las personas de carácter ameno eran las que menos duraban en el mundo. Por eso mismo, el informante pensó que el Marqués debía esconder muchas otras cosas bajo esa sonrisa y esa amabilidad, e Izaya no podía esperar a descubrirlas.

Se rio un poco al escuchar los halagos que le dirigía el noble, causados por la grata impresión de su comitiva al entrar en el marquesado. Sus mejillas pálidas mostraron un suave rubor, visible a pesar de que el estratega negara un poco con la cabeza.- Realmente no ha sido labor mía, mi señor. Las personas que me acompañan están aprendiendo cómo se ha de servir a personas de cuna noble. – comenzó a explicar,-  Debe saber que en Ilia no existen apenas trabajos que no sean de labores mercenarias o académicas, por lo que la mayoría de las personas deciden emigrar y buscar un trabajo digno fuera del país. Por supuesto es una tarea dura, la de servir en otros lugares que no sean mesones y tabernas, por lo que ellos aprenden conmigo gracias a mis pequeños viajes. Así que cuando salgan a buscar trabajo estarán entre los mejores y podrán mantener a sus familias. – dijo con sinceridad, sus ojos brillantes con cierto orgullo por las personas que le habían acompañado. En realidad sí que estaba bastante contento con la puesta en escena que, a sus ojos, había sido justo lo que quería.

- Seguro que serán realmente felices cuando sepan que el marqués ha elogiado el modo en el que se han desenvuelto. No creo que exista para ellos mayor recompensa que complacer a las personas que respetan. – añadió, y dirigió a Eliwood una mirada penetrante, a pesar de que le daba la espalda al estar a punto de subir por la escalinata. Estudió su gesto y sus palabras, y con timidez alzó un brazo como para rozar el hombro del noble en un gesto consolador, como el que entiende el duro peso del mundo sobre los hombros. Pero, en último instante, bajó la mano y se sonrojó, algo avergonzado por sus acciones tan fuera de lugar. A pesar de que Eliwood se dirigía a él con simpatía, no se debía olvidar que Izaya no era su igual. Que estuviera hablando con él ya era un honor para alguien como el informante, que no gozaba más nombre que el de una familia muerta y cuyo apellido se había ido olvidando.

- Cada líder hace lo que debe para lograr la supervivencia de su pueblo. Y si algo he aprendido en estos últimos años, es que no hay nada más honorable. – dijo con absoluta claridad y convicción, sus ojos rojos relucientes. “Y nada más estúpido,” pensó.
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Re: Un respeto que se gana. [ Priv. Eliwood ]

Mensaje por Eliwood el Sáb Jul 23, 2016 11:17 pm

Según se le había dicho respecto al estratega, este no era un hombre de noble estatus. Bien posicionado, claro, nadie con su talento sería alguien impresentable, mas sorprendía aún que estuviese en condiciones tales como para presentarse con todo lo que había traído. Su habla y su comportamiento eran igualmente grata sorpresa para el resguardado pelirrojo, que habría esperado algo distinto de personas más simples; no desdeñaba ni repudiaba aquellos escalafones, más bien todo lo contrario, pero seguía teniendo una imagen mental mucho más estereotípica de lo que tendría que encontrarse en ese hombre. Ver a alguien un poco como él, con modales pulidos, voz amable y mirada encantadora, era un sorpresivo desenlace.

Su mayor miedo quedaba descartado. Respecto a un estratega apropiado, aquel miedo había sido ver a un hombre más guerrero que diplomático, alguien cuya especialidad fuese el combate. No quería un estratega que ganase batallas, no exclusivamente. Buscaba a alguien que fuese capaz de comprender prioridades superiores, a quien pudiese encargar velar por lo que él mismo deseaba; no conocía cercanamente, pero veía en Izaya a alguien más refinado que eso. Social, definitivamente. Consciente y preocupado de aquellos que tenía a su alrededor, si juzgaba por la clase de sirvientes que venían con él y su trato hacia estos. Quizás alguien lo suficientemente humanitario, después de todo, como para poder servirle como estratega de guerra sin perder conciencia respecto a los individuos, el costo que Eliwood jamás quería pagar por ninguna clase de victoria. Si podía emitir algún otro juicio, sería sólo el de ver por sobre su hombro, notar su mirada atenta pasar por la habitación y su agraciado rostro colorearse por meras palabras; transparente humildad, transparentes gestos que congraciaban.

- Aah, le hacen buenos compañeros de viaje, entonces. - Respondió, breve, por cuanto prefería oír al otro hombre. Había mucho que le dejaba profundamente fascinado respecto al mundo lejos de su hogar, los estilos de vida que sólo conocía observando desde su altura, todo tan ajeno y distinto. Le oía con marcado interés al hablar de ello, ladeando la cabeza un poco en mayor atención cuando mencionó cuanto significaría para su séquito sus gracias. - ¡Vaya! Entonces sí, por favor, remítales que ha sido fantástico, me alegraría mucho motivarles de esa manera. ¡Me honra a mi! - No disfrazó en absoluto la emoción en su tono. Era alguien que podía actuar, sí, también mantener la calma en las peores situaciones imaginables, pero su ilusa naturaleza podía salirse de entre sus manos bastante a menudo.

Se volvió hacia el varón de menor estatura a tiempo para verle bajar la mano, aquella que había acercado en empatía a su hombro. El gesto no pasó en absoluto desapercibido, y aunque Eliwood lo mirase con un parpadeo descolocado, no lo tomaba a mal modo. Un poco extraño que alguien de su posición fuera a por esas confianzas, sí, pero no era molestia. Por lo que representaba, supo apreciarlo. Tan sólo arqueó una ceja con una mirada entre interesada y entretenida, y pretendió que nada acababa de suceder, como era su especialidad; prosiguió naturalmente, remitiendo cuidadosamente a memoria las impresiones que el hombre daba. - Ha dicho usted que es limitada la clase de trabajo a la que puede acceder en Ilia. Me imagino, pues, que usted mismo ha trabajado fuera del reino más de alguna vez ya; de alguna forma tan notoria y admirable como para que hasta mis vecinos supiesen de usted, y por supuesto, me lo recomendasen. ¿Será que ha prestado ya servicio en la guerra, Izaya? ¿O no se trata de eso? - Preguntó. A un hombre le precedía su reputación, claro, pero las historias no siempre venían completas. - No es que requiera su completo trasfondo, verá. Sólo me causa curiosidad saber en mayor detalle qué clase de estratega es. -

Y tras aquellas palabras continuó el camino, gesticulando con el brazo estirado y una leve inclinación a que su acompañante se dirigiese escaleras arriba, de modo que anduviese a su lado en lugar de un par de pasos tras él. Parecía lo adecuado. El alfombrado al centro de la escalera amortiguó los sonidos de los pasos, que de otro modo habrían hecho un leve eco en la amplia estancia. Al alcanzar la cima, Eliwood solo necesitó de mirar al par de criado y criada que aguardaban a un lado para saber que tenían sus preparativos listos; toda el ala Oeste en aquel piso dispuesta para el uso del invitado, el Este dejado como siempre, pues contenía las habitaciones de uso personal del marqués, así como el estudio que más a menudo utilizaba. - Asumo que ha de estar usted cansado de su travesía y en necesidad de instalarse y descansar, mi estimado invitado. Estos jovenes le guiarán a las comodidades que he dispuesto para usted y le ayudarán en todo lo que necesite, en cuanto lo desee. Sin embargo... entiendo que también, quizás, he sido misterioso en exceso al no expresar el motivo entero por el que deseaba contratarle por tanto tiempo. Me gustaría corregir eso. - Habló con la misma perpetua calma. No pretendía poner al hombre a su trabajo de inmediato, pero suponía que unos minutos en su estudio y cierto adelanto de las cosas sería provechoso, al menos para que comenzase a idear. Por supuesto, si no era demasiado presuroso de su parte. - Si no es problema, le retendría conmigo un tiempo más y, al menos, aclararía mis intenciones. Como guste usted. -
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Re: Un respeto que se gana. [ Priv. Eliwood ]

Mensaje por Izaya Orihara el Dom Jul 31, 2016 8:44 pm

- Lo haré. – respondió, aún algo ruborizado y con la voz un poco ronca, como si no esperase esa reacción de parte un marqués hacia los sueños de personas de menor escalafón social.

Eliwood e Izaya no podrían ser más diferentes. El informante podía ver como Eliwood caía cada vez más en las mentiras y medias-verdades que salían de sus labios con la mayor sinceridad para oídos ajenos. Acostumbrado desde tierna edad, Izaya era capaz de hacer brotar de su boca hasta el cuento más extraordinario y relatarlo con la mayor honestidad posible. No habría tenido manera de seguir vivo en su mundo si no hubiera aprendido ese y mucho más trucos con los que manipular y salir con ventaja de cualquier situación. Así era la vida más allá de los muros de piedra de los castillos, para la gente que nacía sin tierras, ni títulos, ni familia.

El noble, por otro lado, era un iluso con una buena educación que le salvaba del desastre. Alguien tan ingenuo, lanzado al mundo real, no habría llegado a sobrevivir más allá de la niñez. Y sin embargo, nacer como un Marqués había sido su gran refugio y su gran perdición al mismo tiempo. Por un lado, había evitado el dolor del pueblo llano, los llantos ocasionados por el hambre y el frío, las supersticiones que nacían del analfabetismo y la posibilidad de perder a toda la familia en una guerra que se libraban entre grandes señores de los que nunca habría oído hablar. Y por otro, esa misma carencia de verdadero sufrimiento era lo que podría desencadenar la ruina del pelirrojo. La actitud que mostraba ante el informante, tan casual, tan despistada, tan dispuesto a creer cualquier cosa que saliera de los labios de Izaya, le hacían parecer como un niño grande: un hombre con sueños infantiles al mando de un marquesado y un ejército.

Pero el estratega lo entendía, entendía por qué Eliwood no había tenido necesidad de cambiar su actitud hacia una más acorde a la edad que debía poseer. Su simpatía y afable carácter incitaban a cualquier persona a llevarse bien con él, a aceptar todo lo que decía. Por supuesto, su posición como Marqués de Pherae y su sexo masculino ayudaban bastante. Una mujer en su misma situación y con la misma personalidad no habría logrado el apoyo que sabía que el noble tenía. Izaya, no obstante, no discriminaba entre sus amados humanos. Les quería a todos de igual manera, sin importar su jerarquía social, sus títulos, su género, sus preferencias sexuales. Les amaba como lo haría un dios, sin verdadera preocupación por un individuo en particular, sino por toda la raza en su conjunto.

Había cierta justicia en sus métodos. ¿Acaso los infortunios asolaban solo a los miserables y los harapientos? No. Los dioses destruían y creaban al azar, sin ninguna clase de miramientos por las fichas que caían del tablero o las que ocupaban el puesto que otra había ostentado. El informante sentía satisfacción en tejer redes no solo entre los pobres, sino alrededor de los nobles, los poderosos, los dirigentes del mundo. Como una clase de demonstración de que la sociedad humana se basaba en cimientos frágiles, capaces de ser aniquilados por más palabras que acciones.

Sin ninguna duda, el hombre despertaba una curiosidad en Izaya que no la experimentaba por ninguna otra raza.  Esa fascinación por la personalidad humana le hacía tener esperanza para con Eliwood. Si bien un primer análisis sobre la psicología del pelirrojo había sido cuanto menos aburrida, aguardaba con paciencia descubrir el lado más oscuro, si lo hubiera. La gente no era todo blanco o negro, sino escalas de grises que iban evolucionando hacia un lado u otro según la etapa de la vida.

Mientras una parte de su cerebro iba pensando en sus cosas, otra prestaba atención a todo lo que decía el Marqués. Una sonrisa suave asomó a sus labios, como una especie de disculpa. – Lo siento, mi Lord, pero no puedo hablar de los requerimientos de mis otros clientes. Como sabrá, trabajo bajo unas estrictas normas de confidencialidad. Protejo la vida privada y las peticiones de las personas que acuden a mi porque considero que es de vital importancia que esta clase de asuntos queden en confidencialidad, pues si la información fuera revelada a otras fuentes, no solo mi vida pero la vida de mi cliente estaría en peligro. Espero que pueda comprenderlo, pues el mismo trato le daré a usted.

Izaya habló con tranquilidad pero con un tono que no dejaba lugar a dudas sobre la importancia del salvaguardo de la intimidad, y fue subiendo los escalones poco a poco, al mismo paso sin apresuramientos del Marqués. Ahora que caminaban juntos, podía girar la cabeza para mirarle con amabilidad sin perder de vista los peldaños. – Sin embargo, si desea saber qué clase de estratega soy, así en términos generales, eso me es más sencillo de explicar. Podría decirse que soy un estratega poco habitual. Me especializo en resolver dudas o problemas de personas que no pueden acudir por diversas razones a un analista en sus propias tierras. Ya sea porque carecen de uno o porque la visión de un extranjero puede ser más útil. Mi labor no es la de dirigir ejércitos ni dictar órdenes. – explicó, haciendo una pausa para mirarle fijamente como si eso fuera muy importante.

- La misión de liderar un ejército no debe recaer más que en los generales y comandantes del ejército y en las órdenes del Señor. Lo que ofrezco como estratega es la información necesaria para que mi cliente pueda actuar de la forma que considere óptima. Analizo lo que se me pide y hago reportes que puedan servir para proceder ante una situación.  Por supuesto, estos servicios se acomodan a los gustos de cada uno y no tengo problema en asumir otros roles mientras el contrato siga en pie. Hay quienes prefieren una labor analista más que una informativa, o al revés, o que desean ambas cosas. Si está en mi mano, cumpliré lo que se me ordene.

Izaya finalizó con una leve sonrisa, sus mejillas algo rojas por la larga explicación. Casi parecía que se avergonzaba de hablar de esa manera de sí mismo, como si estuviera enumerando cualidades y no explicando a qué se dedicaba. O quizás algo tímido porque su profesión difería tanto de las de los demás estrategas. Unos pasos más atrás aparecieron las muchachas que habían seguido a una distancia prudente al noble y al informante. Junto a ellas caminaban los guardias reales, siempre atentos a su señor. Al escuchar las palabras de Eliwood, Izaya hizo un gesto amable a las mujeres para que subieran hasta su posición.

- No creo que haya inconveniente en que le acompañe ahora mismo, he dormido en el viaje y estoy descansado. – comentó con suavidad. Cuando las tres féminas llegaron hasta su lugar, les dio indicaciones de asentarse cómodamente en las estancias que el marqués tan amablemente había predispuesto. La niña pequeña tiró de su manga, algo insatisfecha con la respuesta, pues lo normal a su edad era querer estar en el centro de la acción. Izaya suspiró y se arrodilló frente a ella. Le susurró algo al oído, imposible de ser discernido por nadie, y pronto el rostro de la chiquilla estaba iluminado y con una sonrisa de oreja a oreja. Satisfecho, el estratega se incorporó y regresó su atención al marqués, con una sonrisa en los labios. – Niños. – se limitó a decir mientras la comitiva de criados y acompañantes desaparecía por el Ala Oeste y solo quedaban allí Eliwood, Izaya y los soldados.
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Re: Un respeto que se gana. [ Priv. Eliwood ]

Mensaje por Eliwood el Vie Ago 19, 2016 4:44 pm

En términos generales, Eliwood era muy consciente cuando otra persona no estaba siendo honesta. Tenía buen ojo para ello; siempre lo había tenido, aunque el sentido no se había vuelto verdaderamente refinado sino hasta que aprendiese él mismo a mentir. Curiosamente, de Izaya no veía seña alguna que le pusiera alerta o le indicase que no era la clase de persona que querría cerca, sino todo lo contrario. Desde los grandes rasgos hasta los pequeños gestos, nada veía que no fuese de su agrado, inclusive bajo el filtro que representaba saber que se trataba de alguien de bajo nacimiento, pues se hallaba a sí mismo un poco más encantado de los modales ajenos considerando aquello. No creía que la bondad pudiese ser fingida ni el cariño falsificado, fuese por lo que fuese, era allí donde trazaría siempre la línea e Izaya parecía bondadoso. Lucía como un hombre honesto en la forma en que se mostraba a sí mismo, y todo lo que había para mostrar lucía idóneo. Un poco extraño era que un mismo hombre fuese de su gusto así como el del marquesado aliado, que conocía como favorecedor de un calibre mucho más rudo de caballeros, pero aún podía ser que se lo recomendasen sólo a base de desempeño, sin miras a su carácter en sí.

Eliwood no tenía quejas, por más que realmente estuviese vigilando y juzgando. Su especialidad solían ser las apariencias, su perpetua y mayor deshonestidad la impresión que constantemente proyectaba de que todo estaba siempre bien, bajo control, un futuro feliz y seguro en el horizonte, todo perfecto desde su persona hasta sus dominios; pero allí donde miraba en ese momento, con su mejor sonrisa puesta y los ojos plenamente atentos, no estaba detectando apariencias engañosas. Más humildad de la que habría creído plausible, un carácter más enternecedor del que pudiese imaginar de acuerdo a su profesión, claro, pero nada digno de desconfianza. Palabra a palabra, Izaya se pintaba en las impresiones del marqués como exactamente la clase de persona que le caía bien. Con demasiada presición.

Le sorprendía un tanto que no respondiese siquiera si había estado en empleo durante y en relación a la guerra, pero no podía presionarlo por ello. El secretismo era parte del código de honor de un mercenario, al parecer también de un estratega a contrato, por lo que no había nada de malo en esa actitud, sino tan sólo la curiosidad con que Eliwood se veía obligado a quedarse. De todos modos, su interés era otro y esa curiosidad sí sería saciada, aunque la respuesta no fuese simple ni específica. Definir qué clase de estratega era su invitado había sido una complicada petición para empezar, mas disfrutaba oír de sus propios labios el modo en que este se explicase. Mantuvo la mirada en el joven, jamás incómodo con el contacto visual, sino todo lo contrario, y le escuchó con impasiva consideración. No mostró seña de aprobación o desaprobación mientras el pelinegro hablaba, tan sólo atento.

- Hmm, ya veo... un analista y un informante. - Dijo con un leve asentimiento de la cabeza, apartando la vista al mostrar entonces una leve, discreta pero complacida sonrisa. Le había agradado la definición, claramente. Como lo decía él: resolvía problemas, no ganaba batallas, ni parecía en lo más mínimo interesado en adentrarse activamente en movimiento militar. - Entonces no es un estratega de combate en absoluto. - Confirmó, aunque lejos de tomarlo como una carencia, estaba viéndolo positivamente. Ese mínimo aire avergonzado en su invitado, como si se disculpase por el rol que no llenaba, le impulsaba de inmediato a animarlo al respecto. No había palmada al hombro ni siquiera un roce a lo alto del brazo, no estaba en los modales del hombre mayor tocar a los demás en casi ninguna situación a lo largo de las jornadas, pero la practicada sonrisa reconfortante y la calidez transmitida en su voz solían bastar, cuando lo intentaba. - Aunque yo tampoco lo soy, desafortunadamente. Un hombre jamás es excelso en una labor que no disfruta, pues jamás llegará a hacerla su destino y su definición; como tal, por más que haya dirigido al ejército del anterior marqués antes de ascender a su título y a otros luego de, sé que no soy verdaderamente un estratega en el campo de batalla. Sin embargo, mi estimado, sí soy un general, y aquello de lo que carecemos no es realmente algo que haga falta aquí. Con un general basta, el resto no lo deseo. Pero un analista sí es mucho más acorde... - Se llevó una mano enguantada al mentón. Le había gustado el término, a fin de cuentas. - Sí, creo que usted será lo que hace falta. -

Esperaba que con eso, al menos, se sintiese un poco bienvenido. Los detalles se afinarían, muy probablemente en breve, pero tenía buenas expectativas respecto al joven de ojos rojizos y su capacidad para trabajar con él. Aparentemente podrían cuanto menos iniciar entonces, si enviaba a sus acompañantes a lo que Eliwood asumía que sería supervisar el orden de todo y descansar. Le aguardó mientras se encargaba de convencer al resto de su comitiva de partir, poniendo ambas manos tras la espalda y tomando la distancia de un paso más. Lo dicho anteriormente sobre aquellas personas le dejaba bastante seguro de que no eran la familia de Izaya, ni hermanas ni hijas, pero era algo que respetaba igualmente. Después de todo, no era secreto que el marqués era padre y en segundo plano, que tenía gran debilidad por la familia y los niños; la esposa con quien había necesitado contraer matrimonio rápidamente para establecerse en su título ya no estaba con él, además de que su hijo era casi un caballero ya, pero los instintos seguían ahí. No emitió palabra alguna, pues nada le haría apresurar al otro hombre en esa clase de situación, sólo aguardó a que la tratase a su modo. Cuando Izaya se hubo vuelto de regreso hacia él, le recibió de buenos ánimos. - ¡Descuide! Estoy muy acostumbrado. Mi muchacho alguna vez fue mucho más exigente... - Dijo sólo eso, con una risa y un leve movimiento de la cabeza que indicaba que no era nada serio. En gran parte se contenía porque sabía que las personas que Izaya traía no eran sus hijas, caso contrario, habría tenido mucho que decir respecto a su niño ya bastante crecido, su orgullo y esperanza. - Podemos proceder. Venga conmigo. -

Guió al hombre por el pasillo correcto, corta trayectoria hacia el mayor de sus estudios. A aquellas alturas, el sol no siempre conseguía dar contra los ventanales, pues estos se orientaban hacia el jardín interior del castillo; se proyectaba sólo en intervalos a través del camino, igualmente suficiente para iluminar el interior del lugar. Al final, a la última torcedura en el piso, el marqués abrió paso a la habitación en que más tranquilamente trabajaba. El estudio revelado a los ojos del invitado era tanto o más grande que un dormitorio maestro, dotado en su centro de un pequeño juego de mesa baja y dos sillones enfrentados, tras el cual se hallaba el gran escritorio principal y la silla que el pelirrojo usualmente ocupaba. A excepción de la ventana de cortinas entrecerradas tras la silla del marqués, cada espacio de pared en la estancia estaba ocupado; donde no eran pinturas de la familia del marqués, eran de las más fantasiosas escenas de la historia de Elibe, imagenes de guerreros antiguos o de majestuosos pero terribles dragones. Aquellas eran sus favoritas, aunque se había alegrado de adquirir una que otra pintura igualmente mítica e increíble en sus viajes al extranjero. Los mapas nuevos y antiguos enmarcados ordenadamente en un área específica, con suma atención a detalle, ofrecían una vista mucho más lejana que sólo la de Pherae. Por supuesto, todo aquello dejaba espacios, mas Eliwood había sabido llenar estos con reliquias adosadas a la pared, piezas de armadura, escudos antiguos y alguna que otra curiosidad. El hombre no pretendía despilfarrar, no pretendía ser descuidado con sus riquezas, pero tenía la soltura como para permitirse sus gustos y cuando surgía la oportunidad, adquiría.

Con toda la normalidad y placidez del mundo, el varón se adentró en ese conocido escenario, sujetando la puerta para su invitado él mismo antes de cerrarla detrás. No había muchos soldados dentro del castillo; con lo pequeño que era Pherae y lo escaso de su milicia, el hombre no estaba en ánimo alguno de poner a más que los mínimos indispensables en su propio hogar, así que no se hallaba acompañado y atendido en cada paso. No obstante, las criadas seguían siendo bastantes y tan atentas como siempre. Habiéndose adelantado a las necesidades del señor, yacía ya sobre la mesa baja un juego de té con las tazas vacías pero un hilillo de humo aromático saliendo de la tetera. Más allá, una jarra de vidrio esmerilado con un líquido oscuro dentro, presumiblemente vino, a juzgar por el tipo de copas a un lado. Eliwood tomó aquello también como algo natural. - ¡Ah! Sírvase con toda confianza, Izaya. -
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Re: Un respeto que se gana. [ Priv. Eliwood ]

Mensaje por Izaya Orihara el Jue Sep 08, 2016 8:50 am

¿Por qué Izaya podía caer tan bien, o tan mal, a las personas? Aunque pareciera extraño, era porque el informante les daba lo que más codiciaban. Estos deseos la mayoría del tiempo no eran buenos, sino oscuros y tóxicos. Los clientes que los formulaban, al contrario, no eran por naturaleza malos, ningún ser humano lo era a ojos de Izaya. Pero lo que más anhelaban en el mundo solía salirse de las normas éticas de la sociedad, y debían recurrir al estratega para ello. Daba igual de quién se tratara, Izaya era equitativo con toda la humanidad. Ya que había decidido amarla, lo justo era tratar a todos de la misma manera, aunque respetando las individualidades y deseos de cada uno.

Como un molde, el informarte se transformaba bien en un santo, bien en un demonio, dependiendo de las circunstancias. No por ello dejaba de ser quién era, sino que proyectaba una imagen falsa, hecha acorde a las personalidades de los demás. Y ahí recaía el hecho de que la gente apreciara a Izaya o lo detestara. Si, por ejemplo, un noble que creía en el honor le pedía que descubriera la debilidad de su peor enemigo, esa persona desde el principio odiaría al informante porque representaría la inmoralidad de su propia alma. En cambio, un noble realista con el mismo deseo, seguramente apreciaría el humor ácido de Izaya y su cortante elocuencia. La diferencia radicaba en que uno se mentía a sí mismo, y el otro se conocía y se aceptaba como era.

En última instancia, y en mucha menor medida, estaban los hombres honestos con deseos honestos. El informante apenas había encontrado a un puñado de estos individuos en sus años de trabajo. Eliwood era de los últimos. Confundía a Izaya con su máscara, con una cara que pretendía asemejar la suya. El marqués podía ver la luz que iluminaba el agua del calmo remanso, pero se olvidaba de las oscuras profundidades que había debajo. En los casos de clientes honestos con deseos honestos, el informante debía realizar un poco más de trabajo extra. Normalmente solía investigar quién era su contratante para tener la mejor baza en caso de que el trato fuera mal, pero las personas como Eliwood requerían una indagación mucho más exhaustiva pero que no solía ser difícil.

En base a sus gustos y temperamentos, Izaya creaba una imagen que complaciera a su interlocutor y que proyectaba con esmero, pues le interesaba tener clientes satisfechos tanto del lado más inmoral, como del extremo íntegro de la sociedad. No le supuso demasiada complejidad encontrar información sobre el carácter del marqués, tan conocido y alabado por su amabilidad y buena gestión de Pherae. Se decía que amaba a su hijo por encima de todo, y que daría la vida por su pequeño pero próspero territorio. Los rumores que el estratega había escuchado, se confirmaron gracias a las personas que le habían recomendado a Eliwood. Sin duda, y ahora podía comprobarlo de primera mano, el noble era encantador, educado, y fraternal, un auténtico padre para todos sus ciudadanos.

En ese sector, la edad de Izaya jugaba a su favor, pues estaba más cerca de la edad de su hijo Roy que la del Marqués, y además parecía más joven de lo que era. Aplicar a su aspecto una personalidad algo cohibida, quizás por la presencia de alguien de alto rango, pero que aún así podía desenvolverse con facilidad, era una buena idea que probaba ser bastante efectiva en ese momento. Se preguntó qué pensaría Eliwood si supiera que todo lo que veía era producto de un exhaustivo análisis para hacer de Izaya una persona que le fuera grata en todos los aspectos. No había nada honesto en sus movimientos calculados y ensayados, ni nada natural en el rubor de sus mejillas. ¡Por supuesto que era lo que el otro necesitaba!, sería muy mal informante, y un peor estratega, si no se hubiera hecho cargo de eso. Estos pensamientos le hacían sonreír por dentro, pero su semblante seguía siendo el mismo que había portado desde que hubiera bajado del carruaje.

Entró en la estancia tras un tímido, “Gracias” al ver que el noble le sujetaba la puerta y la cerraba tras su paso al interior. Al contrario de la sala principal a la que habían accedido en el primer piso, el despachó despertó en Izaya cierta curiosidad. Si bien el espacio era bastante claustrofóbico, se podía aprender mucho de una persona por las cosas que colgaban en sus paredes, y los libros en las estanterías. Se preguntó si Eliwood había decorado la galería de la entrada o si ese gusto por los espacios llenos de objetos corría en el sangre de los Pherianos. O quizás estaban tratando de compensar el pequeño tamaño de su país, o el de otras cosas. Quién era él para juzgar los fascinantes complejos humanos.

Sin embargo, dejó a un lado sus comentarios interiores sarcásticos, y mostró en su semblante cierta admiración que no era fingida del todo, pues le sorprendía la capacidad que tenía Eliwood de moverse por un sitio tan abarrotado como aquel. Izaya era un hombre mucho más práctico, y mucho menos materialista que, salvo algunos contados objetos, lo demás le daba igual mientras tuviera la misma comodidad. Siguiendo las indicaciones del noble, avanzó con tranquilidad, aunque sus hombros estaban algo tensos, hacia la mesa.

- ¿Qué asiento prefiere tomar, Lord Eliwood? – preguntó el estratega con voz suave y encantadora, pero con dudas, como quién no sabe qué debe hacer a continuación. Sin embargo, no logró escuchar la respuesta, pues un suave llamado interrumpió la conversación. Izaya dirigió su mirada rojiza hacia las elegantes puertas de madera y una suave sonrisa asomó a sus labios. – Por favor, permitidme. Creo saber de quién se trata.

El informante fue hacia los portones y los abrió con tremendo cuidado. Al otro lado emergió la niña que apenas unos minutos antes había estado en su pequeña comitiva. Tenía sus rollizas mejillas rosadas y salpicadas de pecas, y sus grandes ojos brillaban con emoción infantil. En sus manos portaba una bella caja de madera oscura a la que se apegaba como si su vida dependiera de ello. Izaya se rio un poco y urgió a la niña a entrar con un: Mi querida Lydia, ¿Qué traes ahí? ¿Algo para el Señor?

La pequeña avanzó decidida hacia donde se encontraba Eliwood e hizo una reverencia torpe pero tierna. Después, le tendió ilusionada el objeto al noble. Izaya volvió a cerrar la habitación y, sonriente, se colocó tras la niña y puso sus dos manos sobre los hombros de la menor.

- Es un regalo, Señor Lord Eliwood, Señor, – dijo ella con extrema rapidez.- Es un ajegdrez. – Añadió, trabándose en la pronunciación. Izaya asintió y esperó a que el marqués abriera la tapa para explicar: Así es, como ha dicho Lydia, es un ajedrez. Pero no uno cualquiera. Habrá podido comprobar que su tamaño es bastante reducido, esto es porque es un ajedrez de viaje. Hay veces que una travesía inoportuna no permite cargar demasiados objetos, por lo que este ajedrez está pensado para que, incluso cuando el espacio es menor, aún pueda disfrutar de uno de los mejores juegos ideados por la humanidad. – presentó orgulloso el regalo. Si bien la caja era hermosa y de madera buena, la decoración era bastante simple. El interior, forrado de terciopelo azul marino, ofrecía, en cambio, otro espectáculo: descansaba entre los pliegues una tabla cuyos cuadrados eran blancos y azules, unos hechos de mármol puro y liso, y el otro de lapislázuli lustroso y fuerte. Las figuritas, colocadas nítidamente a un lado, estaban fabricadas de ambos materiales, cada bando de un color.

- Comprobará, además, que el escudo de Pherae está enmarcado en cada una de las fichas. Porque, si bien los territorios del mundo suelen enfrentarse a enemigos fuera de sus fronteras, al final nuestro peor enemigo somos nosotros mismos. – Terminó por decir Izaya orgulloso de su regalo, por mucho que para un noble no supusiera más que una baratija más, que acompañaba con una sonrisa encantadora.
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Re: Un respeto que se gana. [ Priv. Eliwood ]

Mensaje por Eliwood el Mar Oct 11, 2016 4:42 pm

Lo natural para él, en ocasiones tales, era tomar el sillón más grande y posicionarse frente a su invitado, del otro lado de la mesa baja para discutir sus asuntos; el concepto de ponerse a nivel con otra persona era uno que manejaba muy poco, pues realmente era ciego a ello. Quitarse la capa o los guantes le parecía sobrada informalidad, así como le parecería suficiente simpleza y humildad servir el té por sí mismo. En ese sentido, era un hombre hecho en un molde e incapaz de tranformarse en cualquier otra cosa, a veces siquiera de imaginar algo distinto. Se encaminó sin dudarlo un instante, al tiempo que tiraba un poco de cada punta en los dedos de sus guantes, para terminar por retirarlos con suavidad; entre aquello fue que el toque en la puerta le hizo volverse en aquella dirección, permitiendo sin más que Izaya fuese a por ello. Curioso por la interrupción en su estudio, lugar al que a tan pocos daba acceso, se quedó a la espera de ver lo que podía hallarse del otro lado. Por supuesto, cualquier inconformidad se borró al instante en que descubrió que se trataba de la pequeña de antes, el punto blando en su espíritu tocado nuevamente.

No pretendería interrumpir al informante con su joven protegida, sino limitarse a permanecer atrás y a la espera, mas parecía que el asunto era con él. Con las manos tras la espalda y una sonrisa paciente, dejó que la niña hablase, pensando distraídamente en que aún podría estar a tiempo de tener una hija si no estuviese ya enviudado y terco en su luto. Era una ilusión que sólo en eso se quedaría. Conteniéndose de reír por el error en la pronunciación, pues a su propio hijo solía ofenderle de sobremanera algo así, sólo se agachó para recibir con una parsimoniosa reverencia el obsequio; si la niña se había esforzado en hacer una, caballerosamente debía él corresponder. Enseguida abrió con delicadeza la caja de madera, apareciendo ante sus ojos el tablero incrustado y las piezas acomodadas, cada una en su espacio en el terciopelo, acompañado de la explicación que ofrecía el estratega. Eliwood abrió los ojos un poco más ampliamente, con cierta emoción, haciendo amago de tomar una pieza mas desistiendo de forma rápida.

- ¿De viaje? Pero es tan bello... podría cargarlo, claro, pero me apenaría tanto exponerlo a peligro. ¡Y las piezas! No las ensuciaría por nada. - Rió, dejándolo sobre la mesa para liberar sus manos, y así volver a dirigirse a la niña. Esta vez apoyó una rodilla en el suelo frente a ella, a modo de tomar las diminutas manos en una versión bastante más cuidadosa del gesto que con una adulta habría de tener, besando el dorso de una. A la mayoría de menores que había tratado les divertía ser incluidos en el noble mundo adulto; más aún a las niñas, por lo bien tratadas que implicaba ser. Se esforzaba por ser considerado y hacerse agradable. - Se lo agradezco infinitamente, pequeña dama. ¡Hallaré modo de retornarlo! Ah, qué tal sí... - Se puso de pie, abriendo la puerta para asomarse a esta, llamando con un gesto de la mano a un joven criado que transitaba por el final del pasillo. Esperó a que se acercase antes de hablar. - Lleve a los más jóvenes de la procesión de mi invitado al patio, junto a las caballerizas, ¿sí? No ha de ser nada tan vistoso como los pegasos de Ilia, pero al menos estos se quedan y se permiten acariciar. -

En efecto, un alto y fornido caballo de guerra era todo lo opuesto a un pegaso, pero quizás la forma tan erguida y rítmica de andar de los suyos bastase para divertir un poco. Instó a la joven muchacha a ir, ni presuroso ni indiscreto en retirarla, dejando que las palabras de Izaya permanecieran en sus oídos entre tanto. No había nada extraño, sino apenas un toque pensativo en lo que había dicho sobre las piezas del juego; no terminaba de encajar en la mente del marqués, que sentía que debía de estarle buscando otro sentido, mas no lo hallaba. Todo parecía en orden, simplemente perfecto. Hasta la interrupción había estado bien, de cierto modo. Y era todo tan preciso, tan impecable, que al volver a quedar a solas con el informante, por un efímero momento, Eliwood se preguntó si había algó más allí que debería de estar viendo. Su mirada cayó de regreso en la agraciada sonrisa en el rostro del hombre de Ilia y el pensamiento fue descartado en breve, por lo súbito y desatinado que había sido para empezar. Estaba leyendo de sobra donde no había nada. Si Izaya parecía irrealmente perfecto, debía ser sólo porque estaba esforzándose por ser agradable.

- Hmm, veamos, pues... - Murmuró, al intentar volver a su carril. Se acomodó en el sillón de un lado de la mesa, gesticulándole el opuesto al invitado. Tenía misterios que retirar y asuntos que plantearle al estratega. Comenzó, no obstante, por servir el té; al retirar a un costado la bandeja, mostró bajo esta el mapa mundial de tamaño un poco reducido respecto al que se hallaba en la pared, pero adecuado a la mesa, recubierto en un marco de vidrio que evitaba que se dañase y lo mantenía extendido. Solía ser útil de tener a mano. - ¿Aceptará una taza o hay algo más que pueda ofrecerle? - Consultó mientras se ocupaba en poner su taza frente a sí y disponer igualmente cerca del azucarero y la tetera. Servía comenzando por el invitado, por lo que esperaba la respuesta ajena antes de tomar la tetera.

Su mirada se desvió al otro objeto en la mesa, la caja con el juego de ajedrez que había dejado abierta. Una contenta sonrisa apareció en sus facciones al verla, pues aunque no fuese para el propósito destinado, podía darle cierto uso en ese momento, si acaso sólo para manipular un poco las preciosas piezas y verlas fuera del terciopelo. - Esto me servirá, si no le molesta, para plantearle la situación con que buscaría su ayuda. - Explicó ya animadamente, acercando la caja de madera para tomar las piezas y posicionarlas concienzudamente no sobre el tablero, sino sobre el mapa en la mesa. Los dos caballeros azules así como la pieza del rey fueron a parar a Lycia, representando a sus fuerzas. Las piezas blancas, en toda su variedad, fueran puestas lentamente en variados puntos del resto del mapa, una o dos en reinos ajenos al suyo. - Si represento mi situación inicial... sería esta. Todos ellos serían los emergidos, y estos caballos mi propio ejército; buenas piezas, mas no suficientes para derrotar a todas las blancas. Ni siquiera a estas. - Gesticuló a tres peones blancos rodeando Lycia, los que serían los emergidos en proximidad inmediata. Entonces, apartando las manos un poco, se dispuso a tomar algunas piezas azules más; una torre, un alfil, un par de peones y a la reina, y mientras los ponía en el reino de Altea, continuó hablando. - Eso sería, hasta que entrasen más piezas a la partida, y apoyo para las dos piezas que poseía... - Enfrascado en acomodar el tablero, movió a la reina azul hacia Lycia, y agregó luego de ella a otro alfil y algunos peones. Con cuidado puso en una posición horizontal en lugar de en pie a los peones que rodeaban Lycia, dejando así tanto a Lycia como Altea defendidas por un gran número de piezas azules y sin enemigos en su inmediata proximidad, sino tan sólo el resto de piezas blancas esparcidas por el mundo.

- Esta sería mi posición actual. - Pronunció en voz baja entonces, apartando las manos por completo del tablero. En la diestra se quedaba con el rey y reina blancos, pues no veía lugar lógico para ponerlos. - Suficientes piezas azules como para jugar una partida contra las blancas, ciertamente. Y con Lycia en una situación estable y tanto de mi lado, ¿por qué no habría de hacerlo? No estoy en contra de ello. Pero en mi experiencia como general, no vería tal cosa como un movimiento inteligente. Ambos lados perderían incontables piezas, pero la partida no podría llevarse a fin, al menos no con una victoria por mi lado. Y es porque no podría hallar y vencer estas piezas... - Extendió la mano con el rey y la reina, líderes del bando ajeno. Mientras lo hacía alzó la vista al estratega con una leve sonrisa; bastante se había entretenido ayudándose con las piezas a ilustrar, mas debía pausar para asegurarse de que el joven estuviese comprendiéndola hasta el momento.
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Re: Un respeto que se gana. [ Priv. Eliwood ]

Mensaje por Izaya Orihara el Dom Oct 23, 2016 2:15 pm

Izaya no podía estar más orgulloso de Lydia, su pequeña niña demoníaca que había llevado a la perfección su papel predilecto: el de damita coqueta, adorable e inofensiva. Nada más lejos de la realidad, pues la niña era lo que podía considerarse una “abeja reina”, la clase de chica que atrae a otras mujeres a rodearla e idolatrarla, y cuya actitud es dominante, extremadamente manipuladora y con cierto nivel de inteligencia que se emplea para estar siempre por encima de los demás. Es adorada por todos, que además la temen y la respetan, y se vale de ello para convertirse en una reina para quién sus pequeños zánganos y obreras  trabajan. Había cierta retrospectiva de futuro en ello, pues la infante hacía todo esto de forma natural, con la inocencia cruel de los niños, pero Izaya estaba seguro de que en unos años aprendería a usar esa actitud y esa apariencia angelical para su beneficio. Al fin y al cabo tenía al mejor maestro para ello.

No pudo evitar sonreír un poco más ampliamente, sus ojos algo entrecerrados en una expresión de pura satisfacción, siempre con el atino de hacerlo cuando Eliwood estaba de espaldas a él y no podría comprobar el cambio de sus facciones, pero que Lydia podía verle perfectamente. Incluso si le viera, no parecería más que un hombre orgulloso, aunque ella sabía perfectamente que era por otras razones. Se regocijaba, de nuevo, en ser el más inteligente de una partida en la que solo el informante sabía que se jugaba. Por supuesto que esto no era culpa del Marqués, pues Izaya lo estaba dando todo de sí para que no se diera cuenta de que era parte de un complicado plan para que todo lo que veía le gustara. ¿Quién sospecharía de la dulce niña que no sabía pronunciar bien ajedrez? Sus hoyuelos encantadores se encargaban de desviar la atención sobre cualquier teoría infundada sobre él, a pesar de que los rumores sobre su persona solían ser suficiente para acallar los malos pensamientos sobre su oficio.

La niña parecía, así mismo, aún más contenta al comprobar que había realizado a la perfección la tarea encomendada por su protector. No podía dejar de pensar en el poni que le compraría a su regreso a Ilia, regalo prometido por el estratega si Lydia cumplía con lo establecido. ¡Y encima el Lord le permitía ir a las caballerizas! No cabía en sí de gozo por el trato recibido, en especial lo que concernía a la oportunidad de acariciar potros y grandes jamelgos de batalla. Se rio de forma cándida y agradeció al marqués de nuevo, torpe y dulce como cuando se hubo presentado en el despacho. Izaya se despidió de ella con una suave caricia en la cabeza y un: “Pórtate bien, querida.” Que, internamente, provocó cierto terror en la menor, que salió de la habitación tan pronto como tuvo oportunidad. Aunque esa clase de actitud no era extraña en un niño, siempre tan llenos de energía y a veces tan ajenos a las normas sociales y la etiqueta.  

El estratega, por su parte, siguió los pasos del Marqués y se sentó en el sillón que se le había indicado. – Una taza de té sería perfecta, mi Señor, muchas gracias. – le dijo con educación, rechazando por ende cualquier clase de alcohol que también pudiera ofrecérsele. Una vez servida la bebida humeando, tomó la taza con ambas manos, en un movimiento elegante, y dio un ligero sorbo, apenas mojando sus labios, y alzó la mirada rojiza hacia el marqués con cierta sorpresa genuina.- Adelante, mi Lord. Las piezas le pertenecen, son suyas. – Lo cierto es que eso, por encima de todo, captó la curiosidad de Izaya, que tan dado era a jugar con las piezas de los juegos de mesa y de las cartas. Prestó extremada atención a cada uno de sus movimientos sobre el mapa: la colocación de cada peón, cada alfil, cada torre, cada caballo. Mientras el noble explicaba por qué las piezas tenían ese lugar, el cerebro del estratega no solo absorbía la información como una esponja, sino que iba planteándose preguntas sobre las propias elecciones de Eliwood para las figuras. Evitó alzar una ceja en muchas ocasiones al ver como pintaba, a su parecer, el paradigma internacional de esa forma tan ingenua y necia. Él, por su parte, no habría elegido las fichas de esa manera, y muchos menos el rey para sí mismo, pues era la ficha más débil del tablero: a las que todas las demás intentaban comerse o proteger. Que Altea fuera la Reina era algo que guardó en el fondo de su mente para ser rescatado y analizado con posterioridad.

Por ahora lo único en lo que podía pensar era en lo malo que era Eliwood en establecer proporciones y lo necesitado que estaba de un buen analista. Debía de ser muy buen general para que su marquesado hubiera sobrevivido con esas dotes de examen tan pésimas. El simple hecho de creer que sus fuerzas, por mucho que estuvieran aliadas con las de Altea, fueran equivalentes a las del masivo ejército emergido le daba una idea de lo perdido que estaba el Marqués, incluso si él mismo no lo sabía. Casi tenía ganas de ser él quién recolocara las piezas sobre el mapa y le diera una dosis de realidad que nadie parecía haberle inculcado. A veces, Izaya se sentía rodeado por idiotas. Pero en ese momento, al escuchar su petición, más que nunca.

- ¿Quiere saber dónde están el Rey y la Reina de los Emergidos? – preguntó, su voz suave, sorprendida, pero sin demostrar nada de lo que Izaya sentía en esos momentos. Suspiró con suavidad antes de dejar la bebida sobre la mesa, con cuidado de no manchar el mapa o que se interpusiera en algún camino.

El estratega estaba acostumbrado a que sus clientes le pidieran imposibles que no era capaz de llevar a cabo. No por su falta de capacidad en su profesión, sino porque eran cosas que desde el punto de vista racional no tenían sentido. Una vez, un mercader extremadamente rico le pidió ayuda para encontrar a su hija, enferma mental, que se había fugado unas noches antes. Izaya hizo lo que se le había pedido y halló a la muchacha. Al regresar con ella, sin embargo, su padre le preguntó si podía curar su extraña enfermedad.  Contestó que no, que él no podía hacer nada por ella más que buscar a los mejores médicos y clérigos para que fueran ellos los que se encargaran de las cuestiones de salud. Por supuesto, el hombre entró en cólera, pues por algo le había contratado. En otra ocasión, un alto señor que tenía rivalidades con su vecino, le ordenó que buscara todos los trapos sucios de su enemigo y que hiciera un ensayo analítico de qué casa saldría vencedora en caso de entrar en guerra. De nuevo llevó a cabo su tarea: el adversario no tenía secretos de vital importancia, o que fueran a cambiar las tornas, pues de enfrentarse sería él quién ganaría. Como el otro, también se enfureció por las respuestas de Izaya. Y como estos ejemplos, el informante podría citar miles iguales a ellos.

Lo cierto era que la mayoría de sus clientes creían que el estratega les pertenecía solo por el hecho de que le habían pagado cuantiosas sumas de oro. La mayoría del tiempo les dejaba vivir con esa ilusión de la que se habían alimentado durante toda su vida al contratar ladrones y mercenarios. Pero lo cierto era que la situación era a la inversa: todos ellos, cada persona con la que Izaya mantenía alguna clase de relación, le pertenecían a él, pues era quién manejaba sus secretos y sus inquietudes, aquella información por la que cualquiera sería capaz de matar. Si por algo sus servicios eran tan caros, no se debía a que tuviera demasiado interés en el dinero, sino que sería estúpido ignorar el valor y la comodidad le otorgaba al estratega. Además, sus servicios eran exquisitos, fiables, y siempre hechos con la más nítida pulcritud. Nada de medias tintas. Otra cosa, bien diferente, era lo que sucedía después de que el contrato finalizase: ahí entraba en juego la imaginación del informante para causar estragos y divertirse a costa de los demás. En los ejemplos expuestos con anterioridad, Izaya había cambiado las tornas para ambos hombres: en el primer caso hizo que la amada hija loca  intentara, sin éxito, suicidarse, lo que fue una gran deshonra para la familia; en el segundo, fue el vecino quién invadió al rival que en principio había tenido la idea. Si el estratega había algo que ver con ambas cosas, nunca pudo probarse.

Por supuesto, esto no lo hacía Izaya con todos sus clientes, ni mucho menos, de lo contrario se quedaría sin consumidores de su oficio y su reputación cambiaría a una de los hombres más buscados, en vez de uno de los más cotizados. Todo dependía del interés que tuvieran para él y de las ventajas y desventajas de llevar a cabo sus planes. Eliwood, como Marqués de Pherae y un hito político en la esfera de Lycia y el continente de Elibe, era alguien que Izaya prefería tener en buenos términos. Si quedaba satisfecho con el informante eso podía abrirle nuevas puertas en las que tenía mucho interés por cruzar. Por eso, el informante quería hacerlo lo mejor posible, pero el noble había comenzado con peticiones absurdas.

- Con todo el respeto, me temo que eso es imposible, señor. – le dijo con voz seria, pero cierta tranquilidad en su rostro. Sus ojos estaban puestos en los del otro con gravedad. – Si tanto la reina, como el rey, estuvieran entre nosotros puedo asegurarle que lo sabría. Pero puesto que no me ha llegado información de tal calibre puedo concluir con que la razón por la que no les encuentra no es otra más que porque aún no están aquí. – entrecerró la mirada un poco y aguardó unos segundos antes de continuar. Su explicación sería algo compleja, y quería que Eliwood entendiera a qué se refería con esa frase. – Si estas figuras estuvieran en el mapa, no solo yo, sino usted y todos los ciudadanos del mundo lo sabríamos. Cuando llegaron las tropas emergidas se abrió el suelo, se notaron temblores y todos pudieron comprobar como de esos enormes agujeros salían emergidos, de ahí su nombre. Hasta este día nadie ha podido averiguar de donde vienen porque nadie se aventurado dentro de uno de esos agujeros y ha vivido para contarlo. – Se recostó un poco en su asiento antes de continuar hablando.

- Estoy al tanto de los rumores que circulan sobre otros países siendo los que han ocasionado la aparición de este ejército abominable, pero lo cierto es que es un fenómeno que nos afecta a todos por igual, salvo los que han logrado hacer desaparecer de su territorio a los Emergidos, claro. – aclaró.- Antes he dicho que es imposible saber dónde están el Rey y la Reina porque aún no están “aquí”. Bien, es posible que el Rey sí que esté aquí pero no sepa que es el Rey. ¿Qué quiero decir con esto? Si tomamos como ejemplo la labor del rey en el ajedrez, es una pieza fundamental que determina la partida. Aplicado a la vida real, los reyes serían los países del mundo: la comunidad internacional, el territorio en sí. ¿Por qué? Porque como los reyes, se han de proteger por las demás fichas, que serían la sociedad, el ejército, y la clase gobernante, y solo pueden atacar a otras fichas, o territorios, con las que compartan una frontera marítima o terrestre, o una casilla. – explicó antes de tomar su té con suavidad y beber un poco.- La simple razón por la que no sabemos qué país es el que ha ocasionado o creado a los Emergidos es porque ellos mismos, por lo que sea, no saben que son el Rey. Les escuda su propia ignorancia. Sin embargo, yo no me preocuparía tanto por tratar de buscar al Rey, que no deja de ser un poder bastante menor, sino que dirigiría más conciencia a la siguiente pregunta: ¿Qué cree que sucederá cuando la reina venga a conquistarnos? Los Emergidos que nos rodean son todos simples peones, puede que algún caballo, quizás un alfil. Pero la Reina aún no ha llegado, y ella es la que mayor poder tiene en la partida.
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Re: Un respeto que se gana. [ Priv. Eliwood ]

Mensaje por Eliwood el Vie Nov 11, 2016 11:58 pm

De todos los objetos que llegaban hasta el estudio del hombre mayor, demasiados eran los que terminaban volviéndose tan sólo parte de la decoración. La mayoría eran esa clase de adquisición, de por sí, y otros que podían llegar a utilizarse, como las exóticas espadas de lugares distantes e instrumentos musicales únicos en su manufactura, resultaban demasiado preciados para que Eliwood considerase arriesgarlos a daño. No obstante, darle un pequeño uso a cualquier pieza le complacía, cuando surgía ocasión de hacerlo. Aunque no fuese el correcto uso de las piezas de ajedrez, tenerlas sobre el mapa en aquellos momentos le había divertido a su manera. Creía, de igual modo, que era una forma bastante transparente de exponer, para quien conociese el uso de cada pieza en el juego.

Ante los ojos de un recomendado analista, no tendría sentido hablar en eufemismo o mostrar en una forma suavizada los hechos más difíciles; al contrario, sería contraproducente entorpecer su labor de esa forma. Era por ello que no titubeaba en poner sus piezas de tal modo. No tenía problemas en reconocer que su liderazgo no era más que eso, liderazgo formal y derecho de sangre, respaldado por apenas suficientes fuerzas como para mantener al mismo Pherae sano y salvo. De tener que considerarlo, no podría asegurar que fuese capaz de abarcar toda Lycia. Eliwood era el líder de su lado de la partida, mas en ninguna forma el más fuerte combatiente, y por tanto movía como suya la pieza del rey; no con orgullo, sino con aceptación. Donde el verdadero poderío residía era en la reina, que honestamente reconocía como Altea, país con fácilmente quince o veinte veces sus fuerzas, lideradas por un muchacho de dieciséis con el derecho y poder de regir sobre Pherae si se le antojase. Un marqués se veía en complicada posición si se aliaba con un príncipe, más aún un extranjero, como sería para cualquier hombre que se aliase a otro de mucha mayor posición pretendiendo total libertad. Era otra clase de batalla con que lidiar, mas una mucho más sutil, de la que prefería preocuparse a solas y encargarse por sus propios medios. Pero aquel era el rol de cada uno, y era el que había permitido a un rey de muy poco manejar más piezas de las que le habrían correspondido.

No estaba en mala condición en absoluto. En efecto, a esas alturas, su mayor problema consistía en no hallar al rey y la reina opuestos. Aunque no era precisamente lo que pretendía que el informante le diese, no desaprovechó la oportunidad de oír lo que tenía para decir al respecto; la postura de que no estuviesen siquiera presentes en el tablero le interesaba, así como la forma en que recomendase proceder según aquel pensamiento. Era un hombre paciente, de todos modos, y oír le venía bien. Llevando la taza de té a sus labios y manteniendo la azul mirada sobre el joven al otro lado de la mesa, tomó nota de su mesura en explicar lo que él creía. Aguardó a que terminase, sin atreverse a interrumpir ideas nuevas, tomándose el tiempo de dejar que el aroma del té le relajase.

- Comprendo. Comprendo que es mucho lo que ve también, pero descuide, no pretendo que la respuesta que busco pueda ser comprada con tal simpleza de su repertorio de conocimientos adquiridos. Hombres más ricos lo habrían hecho antes. No obstante... - Tomó a conciencia la pausa necesaria para ordenar sus pensamientos, decidiendo por donde comenzar. Su vista bajaba a las piezas en lugar de a Izaya, y la pieza de rey y reina enemigos que hasta entonces había mantenido en su mano fueron dejados junto al mapa que obraba como su tablero, sin ser hallada posición correcta para ellos, como Izaya había indicado. Titubeó al alejar la mano, regresando para tomar al rey y verdaderamente apartarlo, guardándolo en la caja del juego. - Tiene razón en que la pieza que hemos estado persiguiendo y atacando no es la correcta, creo y deseo creer que no se trata del gobierno de ninguno de estos reinos, y que aquella que hemos de temer está aún por surgir. Aquella reina, aquella pieza que busco... creo que usted no ha de conocer su posición tampoco. Probablemente no sepa nada sobre ella. Es lo que he creído todo el tiempo, inclusive al pedir sus servicios. Quizás parezca tonto, pero ruego no se sienta ofendido por esa clase de pensamiento en mi y me oiga un poco más. - Dio una sonrisa ladeada y tranquila en disculpa; si sonreía con suficiente amplitud, se tornaban perfectamente obvias las arrugas que con el tiempo se habían formado en uno que otro punto de su rostro, inevitables marcas del tiempo que portaba cuan grácilmente podía.

- Si he de impedir que peores tiempos vengan y he de ver culminados los que ahora atravesamos, he de luchar del modo que conozco como el más eficiente y provechoso. No se trata de iniciar una larga batalla entre cuantos ejércitos se involucren, sacrificando incontables vidas, sino de llevar la lucha a su punto clave; como cualquier ejército sensato que marcha a la capital de su opositor, o como cualquier general sensato que busca la derrota del opuesto para detener al resto de los soldados. De ser posible, derramaría la menor sangre posible en el camino hacia la victoria. No sé quienes son los hombres que han surgido de la tierra, por qué su silencio o si son conscientes siquiera de sus actos. Siendo así, la verdad es que no me tranquiliza derrotarlos en combate. No me siento apto para decidir si son tan descartables sus vidas. Así como prefiero conservar vidas entre mis tropas, preferiría reducir bajas en las de mi oponente, en el proceso de llevar todo esto a cúlmino. ¿Me comprende? Aún si sólo hay peones y alfiles a mi alrededor, no deseo sólo seguir derribándolos mientras ignoro si la reina vendrá o no. - Se explicó con lentitud, a tono parejo y calmo. Era por ello que no pretendía hallar en Izaya a un guerrero o un comandante que consiguiese incontables victorias en el campo de batalla, sino a un estratega que no necesitase muchas. La misericordia era de suma importancia para el marqués; un rasgo blando que él mismo reconocía, pero que se rehusaba a tomar como una debilidad o una actitud prescindible. Sería misericordioso y triunfaría con honor, o no triunfaría. Mantuvo la vista cuidadosamente en el joven de Ilia, de sobremanera interesado en su impresión de todo ello.

Se adentraban en el verdadero motivo de aquel encuentro, siendo aquel el punto en que con más seriedad debía de tratar sus asuntos el marqués. Borrando momentáneamente de sus labios la sonrisa usual, procedió a aclarar lo que más relevante sería para su acompañante. - Lo que pretendo pedir de usted es, por tanto, no la información concreta ni una indicación respecto a qué ruta seguir, sino su servicio en conseguir tal información o en hallar tal ruta. ¿Cree usted que podría encontrar a la reina? Si tuviese cualquier recurso que pudiese necesitar, si estuviese equipado con las tropas que estimase necesarias... ¿podría pensar en cómo buscarla? ¿Por donde empezar? He sido un general por mucho tiempo, mas jamás un estratega, ni un hombre verdaderamente talentoso en el oficio de la guerra. Actualmente, desconozco siquiera donde comenzar a buscar o cómo. Reconozco mi limitación en situaciones que no me son afines. - Recurría, pues, a un hombre con un tipo de intelecto muy distinto al suyo, uno que creía capaz de ver cosas que él mismo pasase por alto. Y si aquel hombre podía hacer lo que él no, estaba preparado para poner en sus manos el manejo sobre buena parte de sus recursos.
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Re: Un respeto que se gana. [ Priv. Eliwood ]

Mensaje por Izaya Orihara el Miér Dic 07, 2016 9:31 pm

Era posible que Izaya hubiera esperado demasiado de esa reunión. En el camino de ida, e incluso desde el momento en el que recibió la invitación, su cabeza había ido cavilado acerca de los posibles motivos por los que su presencia sería requerida. Como persona de mente despierta y una enorme imaginación, había examinado punto por punto todas las razones y sus posibles planteamientos y consecuencias. La probabilidad de que le requiriera para algo relacionado con los emergidos era muy alta, pero aún así habría deseado que no fuera el caso. Los Emergidos, como grupo, le aburrían y le producían un hastío increíble. No era secreto que a Izaya le interesaban muy poco los asuntos que no tenían que ver con los humanos, y no había nada que tuviera menos afinidad con la humanidad que la mera existencia de los Emergidos.

En un inicio sí que había llamado su atención el ejército de muertos que no parecía venir de ningún lugar en específico. Como todo el mundo al principio, a él también le sorprendió que países tan desparejos atacaran lugares lejanos a sus costas o con los que nunca había habido ninguna clase de relación, ya fuera ofensiva o defensiva. En el momento del ataque, el informante estaba en su hogar de Begnion. Los temblores, los gritos, el choque de espadas hicieron que saliera al exterior y allí vio algo que supo que no tenía ningún sentido: banderas de Ilia y otras naciones de Elibe. Era absolutamente imposible que hubieran declarado la guerra y que él no lo supiera. No tenían los medios para realizar una incursión a esa escala: ni los recursos, ni las tropas, ni la estrategia adecuada.

Si bien los emergidos atacaban con un objetivo fijo, que era arrasar con todo y asesinar al mayor número de personas posible, a Izaya le resultó bastante obvio que había una misión que aunque no declarada, era lógica: enemistar a un país con otro, crear una situación de pánico total para que los países se enfrentaran entre ellos y que la destrucción llegara de varios lugares a la vez. Divide y vencerás. Ese aspecto hubiera deseado que se desarrollase más, pero los gobernantes también se dieron cuenta de la treta y apenas se habían creado disputas por ello, salvo en los casos de que ya existiera alguna clase de rivalidad que justificara esas acciones. Lo cierto era que no había que ser demasiado listo para darse cuenta, con el mero hecho de hablar las cosas quedaría bastante claro que los Emergidos no había llegado de un país en particular, sino de muchas brechas a lo largo de los continentes.

Puesto que los Emergidos no habían logrado sazonar un poco el panorama internacional, y su único mérito había sido que los Estados se lanzaran a crear alianzas más que enemistades, Izaya pronto había perdido el interés en ellos que con el tiempo se había transformado en molestia y aberración. Le repugnara que existieran seres con tanto parecido al de sus amados humanos pero que no fueran uno. No podían ser manipulados, ni se les podía hablar, ni tenían la capacidad de razonar y sorprenderle. No tenía problemas en matarles si se le brindaba la oportunidad y se metían en sus asuntos. Aunque no por ello se dedicaba en exclusiva a aniquilarles, ni mucho menos. Tenía muchas otras cosas que hacer: era un hombre ocupado y cuyo trabajo requería una dinámica constante en la que, de no ser por interés propio, no perdería el tiempo con esas alimañas.

Por esa misma razón, y a pesar de los rumores que circulaban sobre su origen, Izaya no se había preocupado demasiado por la “cuestión emergida”. Había escuchado las habladurías, y tenía sus propias teorías, pero nada más. Además, supuso que Eliwood no requeriría, en primera instancia, nada que ver con los Emergidos porque su territorio ya había sido liberado de ellos. Pero el marqués le había vuelto a sorprender con el idílico deseo de exterminar la plaga de todas partes del mundo atacando el problema de raíz. Solo que necesitaba al hombre adecuado para encontrar determinada cepa oscura. En su interior el estratega suspiró, pero se dijo a sí mismo que primero debía ganarse su confianza, y lo bueno ya llegaría. Por suerte si Izaya era algo, era paciente. Además, una parte de sí mismo se lo había tomado como algo personal el noble había dudado de sus habilidades. Que no se hubiera preocupado por descubrir la identidad de la Reina, no quería decir que no tuviera algunas pistas o ideas.

- No me ofendo, mi señor, no se preocupe.- le aseguró con una pequeña sonrisa educada, como si el comentario no le hubiera ofendido en absoluto.

Si bien en su interior estaba algo molesto por el rumbo de los acontecimientos, no dejó que ni el más mínimo resquicio atravesara su perfecta máscara pensativa. Escuchó con atención todo lo que el noble le decía y tomó nota de cada gesto que hacía, a la espera de poder sacar más información de su propio lenguaje corporal, pero Eliwood era tan honesto en sus ademanes como en sus palabras. Un idealista que, sin embargo, no parecía tener un acercamiento tan ingenuo a la realidad y a las necesidades de su marquesado como habría esperado. Podría decir lo que quisiera, pero no debía de ser un mal general si era capaz de razonar que la posibilidad de un enfrentamiento no era asequible si no se disponía de recursos suficientes,  y que una victoria conseguida a un elevado precio, al final no era una victoria.

Sus pensamientos vagaban por esos terrenos, cuando Eliwood terminó de elaborar en las funciones que esperaba que Izaya desempeñara para él. El estratega parpadeó con suavidad y se echó atrás en su asiento. Una pierna se alzó sobre la otra y la posicionó flexionada sobre la rodilla contraria. Con los codos apoyados en ambos brazos del asiento, y las manos entrelazadas frente a su rostro, daba todo el aspecto de estar cavilando sobre lo que le acaba a de decir. Tras unos momentos en los que permaneció en silencio, alzó la mirada hacia el marqués y  clavó en sus ojos azules su mirada inteligente y roja. – Nunca he presenciado, ni he estudiado, sobre guerras prolongadas de las que algún país sacara provecho. Un día de gloria puede suponer muchos años de guerra en los que se perderán hombres, crecerá el descontento de forma tanto interna como externa, los impuestos aplastarán al pueblo, y los recursos se agotarán al mismo tiempo que la confianza de la gente en el gobernante. Querer acabar con un conflicto cuanto antes, sobre todo uno de este calibre, es la postura correcta y más lógica de proceder. – comenzó a decirle con voz calmada. Con la misma tranquilidad, se incorporó de su asiento y tomó con tremendo cuidado la figura del rey que el marqués había guardado en la caja y la mantuvo en su mano. Giró la pieza de un lado a otro, para poder analizarla por todos sus ángulos.

- Usted desea creer que no hay ningún país culpable, ningún rey, entre nosotros. Pero mi deber como estratega es sugerirle que en esta clase de situaciones hay que dejarse llevar por los hechos, y no por lo que nos gustaría que sucediera. Los hechos son bastante claros: un ejército enemigo enviado por alguien desconocido se dedica a atacar cualquier territorio sin distinción, salvo una de la que hablaré después.  Bien, este modo de actuar no tiene ningún sentido si se tratara de un enemigo nuevo del que nunca antes hubiéramos oído hablar. Una persona nueva se presentaría, haría un espectáculo, dejaría claro quién es el que está detrás de los ejércitos negros de Emergidos: se posicionaría como el nuevo ente hegemónico del mundo. No. Nuestra reina nos conoce muy bien, sabe como funciona el mundo. Tanto que nos ataca en nuestros dos puntos más débiles: la inexistente unidad internacional, y el desconocimiento. Ambas tienen consecuencias casi tan terribles como las hordas enemigas, pues nos dividen, hacen que los países desconfíen unos de otros, que se culpen entre ellos y que surjan guerras entre nosotros. Quién conoce a su enemigo, y además se conoce a sí mismo, no albergará duda alguna sobre el resultado de cien batallas. Si se conoce a sí mismo, pero no conoce al enemigo, por cada victoria conseguida sufrirá una derrota. Si no se sabe quién es la Reina, esta guerra no tendrá fin y, como he dicho antes, un conflicto prolongado no trae gloria a nadie. – hizo una pausa y tomo a la reina con la otra mano y el mismo respeto. Puso a las dos figuritas juntas en el centro de la mesa y en medio del mar del mapa, de modo que no pertenecieran a ningún país.

- Ahora mismo no puede saberse a ciencia cierta quién es la reina, pero puedo decirle algunas cosas acerca de ella en base al análisis de la situación: primero, es vengativa. La llegada de los Emergidos es como la venganza de un niño que trae a sus amigos mayores para que peguen a quien le han molestado. La Reina debe de estar bastante molesta o resentida con nosotros por algún motivo, así que ha decidido destruirnos. Segundo, esta venganza tiene unos puntos fuertes pero flaquea y parece ideada por un niño y nacida de la necesidad infantil de ver desaparecer algo que nos irrita. Me explico, es cierto que el hecho de atacar con banderas de otros continentes pueda haber creado confusión al principio,  pero si quería hacer que las naciones se enemisten de verdad, debería haber utilizado banderas de países por naturaleza enemigos, como por ejemplo Nohr y Hoshido, y no banderas de países que provienen de continentes con los que nunca han tenido relación. Todo el mundo se ha dado cuenta ya de hay algo que no encaja porque la estrategia de la Reina ha sido bastante pobre. Le salva el hecho de que hay muchos emergidos, la gente está muy desinformada, y que apenas hay tiempo para meditar la situación, de modo que los líderes actúan en muchas ocasiones sin parar a pensar y responder las preguntas que rodean a los emergidos. La Reina no es tan lista como parece, pero tiene mucho poder y eso es algo que debe tomar muy en cuenta.

Apoyó la palma izquierda en la mesa y la cadera contra el borde. Su otra mano tomó la taza de té y terminó el poco contenido que aún humaba con suavidad. Se notaba que no decía las cosas a la ligera, sino que cada palabra tenía una meditación y razón de ser. No titubeaba, ni había parones de duda en su exposición, sino que las frases salían de sus labios con seguridad y una firme creencia en lo que decía, aunque en ningún momento empleó un tono arrogante, paternalista o altanero. Una cosa es que Eliwood creyera que el estratega era un buen chico, y otra muy diferente que pensara que era un iluso o un estúpido, cosa que será contraproducente para el estratega que tanto empeño había puesto en presentarse como un honorable y eficiente analista.

- Me ha pedido que la encuentre. Puedo hacerlo, pero para hallarla necesito encontrar al rey primero. Uno no se entiende sin el otro, si estoy en lo correcto en que la Reina no es alguien desconocido en este mundo. Me refiero, la Reina debía de tener una nacionalidad, ¿no?, o lealtad a algún territorio. Si esto es así, debe haber algún país, el rey, que debe estar beneficiándose de la llegada de los Emergidos, o por lo menos no está sufriendo las consecuencias de los demás estados, como Plegia, una nación cuyos emergidos no destruyen ni atacan a la población. Es la única excepción que haya podido ver en el mundo. Sin embargo, en Plegia parecen estar tan confundidos por esto como el resto, por eso le he dicho antes que puede que el Rey no sepa que es el Rey. Aunque debo añadir que aún no he averiguado lo suficiente como para sacar conclusiones totalmente respaldadas por mis palabras. –se apresuró a añadir.- Esto son meras suposiciones aún. Sin embargo, si averiguo qué nación tiene las mayores papeletas para ser el Rey de la partida, puedo comenzar un análisis constructivo en base a la historia, los recursos, y las personalidades de renombre que hayan habitado allí y que puedan sentir alguna clase de resentimiento por el mundo. Cada vez tengo más claro que la labor de los Emergidos es distraernos de lo importante, como un ilusionista callejero haría para sorprender al público con sus trucos. Nos alejan de lo verdaderamente importante, pero conmigo no lo conseguirían.

De repente, como asaltado por una duda importante, dirigió la mirada rojiza hacia el marqués con cierta premura y un gesto de alarma. – Tendrá que perdonarme. Espero que esto sea lo que esperaba que hiciera. Si prefiere que proceda de otra manera, solo dígamelo, o si tiene alguna queja, no dude en expresarla. Mis servicios se ajustan a los pedidos de cada cliente para garantizar su completa satisfacción con los resultados. Aunque le seré sincero y le diré que lo que le he dicho antes es, a mi parecer, el método más lógico y rápido de lograr encontrar a la Reina. Otros medios podrían resultar mucho menos inquisitivos y lentos. Pero estoy a su servicio, mi señor, usted dicta el camino y yo lo sigo si está en mis facultades hacerlo. – y de nuevo, Izaya sacaba a relucir ese muchacho algo tímido y educado que parecía estar ganándose la confianza de Eliwood. Internamente, el informante estaba disfrutando más de lo normal con la charla. Incluso si era sobre Emergidos, el mero hecho de exponer sus ideas, sus análisis, y escuchar su propia voz le llenaba de un regocijo enorme.
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Re: Un respeto que se gana. [ Priv. Eliwood ]

Mensaje por Eliwood el Miér Dic 28, 2016 7:11 am

A sus ojos, Izaya era una persona similar a él, mediática y paciente. Al necesitar de alguien que pudiese salvaguardar sus deseos y prioridades, alguien que valorase las vidas individuales tanto como hacía él y sopesara los asuntos del mismo modo en que hacía él, inconsciente había buscado un reflejo suyo; alguien de distinta mente pero afines ideales, compatible. Izaya, de forma fluida y natural, había adoptado ese papel. Desde la primera vista en las puertas del castillo hasta la última palabra dicha en su despacho, había sido desde dulce y agradable como persona, hasta sagaz, culto y entendido como analista, cada rasgo que el marqués esperase ver siendo expresado eventualmente. Era aquella similitud la que terminaba despertando un sentimiento extraño e indefinido, que Eliwood dejaba de lado por cuanto las cosas continuaban progresando satisfactoriamente. Demasiada exactitud y perfección no era exactamente una falla. Por sobre todo, mientras no reconociese bajo esa definición sus impresiones de Izaya, nada irregular saltaría a su vista.

No presionó al muchacho en sus pausas, a sabiendas de que lo que planteaba no era tema ligero ni fácil de encarar. Tan sólo le observó entre tanto, hallándole bastante acorde al paisaje de muebles finos y un estudio ordenado y luminoso a su alrededor. Parecía acomodarle, más que intimidarlo, para alivio del hombre mayor que intentaba ser un complaciente anfitrión. Cuando finalmente el pelinegro comenzó a dar voz a sus ideas, el marqués guardó su silencio y tan sólo le siguió con la mirada, apoyando la diestra con calma en el posabrazos de su silla. Cierto era que una guerra larga no beneficiaba a nadie, mantenida sólo por los más insensatos generales; al ser mencionado en ese contexto, sin embargo, se hizo obvio en su gesto y el entreabrir de sus labios el impulso de preguntar por qué o quién sería llevada de tal modo, contenido por los modales que le indicaban que sería descortés interyectar. La respuesta, de todos modos, vino poco más adelante en las palabras del analista, al insinuar que algo había de excesivo y arbitrario en la ejecución de aquel gran acto.

Comprendía, mas aquel entendimiento no le traía alivio alguno. Frunciendo el ceño en un gesto consternado, el pelirrojo bajó la vista un poco, a un inexacto punto del suelo de la habitación. - En efecto, sí es un acto desmedido... cuan irracional como un deseo vengativo o destructivo suele ser. No logro imaginar intereses o ambición que puedan involucrar estragos a esta escala... y sin embargo, tampoco puedo imaginar una Reina que permita que tanta destrucción ocurra como mero daño colateral. Me temo que no puedo imaginarlo en absoluto. - Respondió. Era una descorazonante teoría, en aquel aspecto. Sin embargo, en el resto de la exposición había algo que el marqués veía como una portentosa señal, a lo que alzó la vista con viva atención al delgado varón. - Pero... tiene usted completa razón en que, de tratarse de una estrategia mayor que juegue con el relacionamiento de cada reino, no está construida de la mejor forma. Como dice, enemigos más realistas, como Nohr y Hoshido, podrían haber sido impuestos. Y sin embargo aquella Reina ha tomado otra ruta, tan simple que parece... desinformada, ahora que me lo menciona. O descuidada, inclusive. Quizás con esta simple estrategia de continente contra continente le sea suficiente para causar el efecto deseado, pero en cierto modo me alivia que erre. Por supuesto, también me alivia que usted, Izaya, sea capaz de señalar tal error. - Alabó en discreta medida, sin variar en demasía su tono, sino que dando apenas una cálida sonrisa. Halagar estaba en su naturaleza y era ya subconsciente hábito suyo, aunque tenía más que buenos motivos en aquella instancia. Tanto las limitaciones de su oculto enemigo como la capacidad del hombre a quien contrataba eran buenas noticias para él, ameritando una expectativa optimista de lo que podrían llegar a lograr, dado tiempo.

Y entonces estaba el Rey, asunto del que Izaya presentaba también sus conclusiones hasta el momento. Desde aquel ángulo tomaba el interés de Eliwood inclusive más que la Reina, no por ser un blanco más detectable y accesible, sino porque su posición podía tornarse delicada muy fácilmente. Le preocupaba. Pensó en ello detenidamente, dispuesto a ordenar con más cuidado sus prioridades, cuando la voz del joven le llamó una última vez, agregando nada más que mediáticas palabras y disculpas. Al instante provocó en el hombre mayor una leve risa, dejando tan notorio gesto en su rostro que esta vez fue inevitable la aparición de las pequeñas arrugas junto a los ojos azules. Al parecer, el varón de Ilia se había excedido hablando para sus propios estándares, mas no había llegado en ningún punto a aburrir al marqués aún, tampoco a ser imprudente, por lo que la disculpa era innecesaria. Pretendiendo reconfortar, aprovechó la cercanía del estratega al borde de la mesa para llevar una mano con sumo cuidado tras su hombro, estableciendo un delicado contacto.

- Descuide, por favor. Así está bien, he pedido su asesoramiento y es lo que ha dado. No se preocupe por explayarse. Disfruto oír. - Le habló pacientemente, animándole con una cálida sonrisa a no dudar en expresarse. Su trato hacia aquellos menores a él seguía siendo especialmente considerado, aunque entre él y su acompañante actual no existiese una brecha tan grande; se trataba simplemente del instinto protector que siempre surgía. Aquello que podía hacerle ver demasiado paternal con las personas equivocadas, o demasiado encantador cuando no correspondiese, no era más que su reacción natural. - Aunque, según su planteamiento, será mucho más productivo comenzar por buscar al Rey que se beneficia de estos actos, que a algo tan esquivo como la Reina que los causa... y yo, personalmente, prefiero que sea así también. Me preocupa el reino o área beneficiada, especialmente si lo son fuera de su propio conocimiento. Pueden resultar culpados con facilidad, si otros llegasen a hallar un patrón... desearía, pues, que seamos los primeros en hallarlo, y constatar si es consciente o no de cualquier involucramiento con los emergidos. - Se explicó, marcando así el curso que querría seguir, así como el modo en que desearía ocupar al analista. Apartó su mano y le miró al rostro, alcanzada su decisión. - Esa es mi petición. De allí en más, quizás también se facilite el resto de la búsqueda hasta la verdad de este penoso asunto. ¿Podrá proceder de ese modo, Izaya? -

El trabajo era de gran escala y en absoluto simple, por supuesto. Estaba tan preparado para ser paciente, como para afrontar un presupuesto considerable; detalles como aquellos, asumía que serían mejor delimitados en reuniones posteriores y más extensas, aunque había uno que sentía necesario nombrar. Convencido de la importancia de ello, no demoró en acotarlo. - Por supuesto, no pretenderé entorpecer el resto de sus ocupaciones, ni acaparar por completo su servicio. Comprendo que lo que pido requerirá tiempo, seguramente viajes y otras dificultades. Correré con tales gastos, y naturalmente le daré su tiempo en indagar a gusto; entre tanto, siéntase libre de proseguir con sus demás trabajos. Tan sólo le pido que persista en mi encargo, pues no sabemos con cuanto tiempo contamos en realidad, y que de tanto en tanto me envíe palabra suya al respecto. - Con lo cual cubría los hechos y condiciones del trabajo propuesto, mas sin prisa alguna aguardaba las respuestas del otro, separando de sí su propia taza vacía en la mesa. Su atención había sido completamente separada de aquello, enfocada en el trabajo por delante.
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Re: Un respeto que se gana. [ Priv. Eliwood ]

Mensaje por Izaya Orihara el Vie Ene 27, 2017 5:18 pm

El objetivo de Izaya, de una manera que casi resultaba obvia, había sido caerle bien a Eliwood. Le había sonreído de forma amable, no había rodado los ojos o bufado cada vez que decía algo estúpido o idealista, y había pretendido humildad cuando sabía que tenía razón en todo lo que decía, por mucho que el marqués se negara a aceptar algunos de los datos que había expuesto. A pesar de ese conocimiento sobre la aptitud de sus habilidades, el ser alabado se agradecía. No solo aumentaba su ego personal y alimentaba su necesidad de ser reconocido, sino que le servía para medir la impresión que había dejado en el noble. Los elogios le indicaban que iba por buen camino, así como las sonrisas y muchos otros datos que le proporcionaba el lenguaje corporal de Eliwood. El estratega se sentía satisfecho consigo mismo, tanto que se dio unas palmaditas mentales y se propuso a sí mismo el añadir “actor” a sus competencias personales cuando la gente le ofreciera un empleo.

Pero entonces, Eliwood hizo algo que a Izaya no le gustó ni un ápice: le tocó. No era un saludo, ni una despedida, sino un gesto que pretendía ser reconfortante pero que provocó que los cabellos de la nuca del estratega se alzaran y su estómago se revolviera de forma desagradable. Si no tuviera tanto control sobre su propio cuerpo, y no fuera lo suficientemente listo, habría apartado al marqués de un manotazo. No es que Izaya fuera la persona más táctil del mundo, y mucho menos si no había sido él quién hubiera iniciado contacto o hubiera accedido a ello. Repelía en gran medida, y especialmente, los actos de cariño o dependencia dirigidos hacia su persona porque no les veía el sentido. El gesto que a muchos les hubiera parecido amable y encantador, irritó al informante y  le llenó de una estampida de emociones contradictorias: supo reconocer sorpresa, molestia y rabia, aunque no supo a que se debían. También había más sentimientos que no pudo identificar y que apartó a un lado en favor de insultar mentalmente al marqués.

No eran amigos. No era su padre. No eran nada el uno para el otro: solo un anciano marqués que había contratado a un informante porque era demasiado mayor como para hacer el trabajo por sí mismo. Él era Izaya Orihara, no había necesitado cariño paternalista desde su más tierna infancia cuando sus padres habían abandonado su residencia en pos de viajar por el mundo. Esa clase de relación, por tanto, se le hizo intrusiva y desagradable, casi repulsiva.  Lo que sí que necesitaba era empleo. Eliwood era su cliente, nada más. Solo un instrumento en el gran plan que tenía para su vida y para el que necesitaba dinero. Si el mayor había pensado algo diferente, estaba muy equivocado. Izaya no estaba ahí para placar su soledad o transformarse de repente en su más estimado confidente y amigo; Tampoco para rellenar el hueco que su hijo debía de haber dejado porque se había cansado de aguantar a un padre así y ahora ya no le hacía tanto caso como antes. No entendía del todo porqué le molestaba tanto, quizás porque esa muestra de afecto estaba dirigida a alguien que no era él, sino a la idea que Eliwood se había formado del propio informante.

Lo que hizo, al no comprenderse a sí mismo, fue enterrarlo todo en las capas más profundas de su ser, en el pozo oscuro donde siempre metía las emociones con las que no quería lidiar. En el exterior, sin embargo, no se visualizó el torbellino que vivía Izaya en su interior: su máscara perfecta quedó en su lugar. Lo único que fue visible a Eliwood, apenas por segundo, fue una mirada algo entornada, unos ojos que relucieron con algo parecido al peligro y que indicaban que no debía repetir lo que acababa de hacer. Pero en un pestañeo había desaparecido junto con la postura tensa que agarrotó sus hombros y la tirantez de una sonrisa algo más afilada. Volvía a ser el muchacho encantador y agradable de antes. Lo hizo de forma tan natural que uno ni siquiera pensaría que Izaya hubiera cambiado en un principio.

- No debe preocuparse, soy un hombre dedicado a su trabajo así que lo que me pide no resultará un inconveniente en absoluto. - dijo en tono ligero. Forzó una sonrisa amable en sus labios. - Paso más tiempo viajando por el mundo que en casa, de modo que mientras realizo otros cometidos más urgentes, seré capaz de realizar el encargo que me ha pedido al mismo tiempo. Lo que vaya descubriendo se lo iré mandando de la forma más discreta posible, por supuesto. Su petición podría ser juzgada de delicada en algunos países, de modo que la información que le haga llegar estará a buen resguardo de ojos y oídos ajenos a los suyos. – Tampoco estaba en el interés de Izaya el ser tachado de espía o traidor. Él era un informante, y su cometido, por tanto, era proporcionar valiosos conocimientos a sus clientes, fuera lo que fuera lo que necesitaran. A veces eran secretos, a veces identidades, a veces una ubicación. Su trabajo iba mucho más allá que el chivateo. Su calidad como autónomo le hacía ser fiel, a su peculiar manera, a sus contratantes y sus pedidos. Nunca mentía en cuanto a su lealtad, dedicada exclusivamente a sí mismo y no a una bandera, de modo que no podía ser un espía porque nunca pretendía favorecer a un país en particular, sino finalizar su trabajo y pasar al siguiente. Aunque a veces sí que era un poco traidor, solo que la gente no se enteraba de que había sido obra suya y dirigían su odio, en cambio, a algún chivo expiatorio de su elección.

- Seguramente le envíe un análisis detallado de cada país que visite en relación a los emergidos. – continuó diciendo Izaya, ya más recuperado de la agitación anterior y con los latidos de su corazón remitiendo en cantidad.- Ya tengo una idea de cómo proceder: iré continente por continente visitando primero los países libres que hayan expulsado a la mayoría de los emergidos de sus tierras, después iré a aquellos que están en lo que me gusta denominar “la zona gris”: ni libres de emergidos, ni infestados por ellos. Los países cuyo gobierno haya caído o que se hallen en situación pésima no creo que los incluya en el informe porque su relevancia actual es mínima y, como se puede comprobar con su destrucción, no se están favoreciendo de la llegada de los emergidos y, por tanto, pueden ser tachados de la lista de posibles reyes. – se valió de sus largos dedos para ir señalando a grandes rasgos los países que, según lo que había escuchado, no debían visitarse debido a la gran cantidad de emergidos que poblaban su territorio.

- Mi primer destino será Akaneia, por supuesto, – continuó y señaló dicho continente en el mapa.-  y el primer país que investigue será Plegia. Si bien no es un país libre de emergidos, no se puede decir que esté invadido por ellos. No sé si habrá escuchado algo relacionado con la nación oscura, pero los Emergidos de Plegia conviven con los ciudadanos como si nada. No queman sus casas, no quitan vidas y, aunque parezca extraño, dejan que la gente siga sus quehaceres cotidianos. Es el único lugar del que tengo conocimiento de que esto suceda, por lo que lo hace un buen sitio por donde comenzar. – a pesar de que lo que decía sonaba peligroso, su voz no tembló. Al contrario, se dejaba entrever que no era un extraño a esas circunstancias, sino que debía conocerlo bastante bien. – En Plegia, y en base a los descubrimientos realizados, decidiré el segundo país al que investigar.

Obvió mencionar a Altea, que había escuchado que era un potente aliado de Lycia en esos momentos.  Si Eliwood tenía algún pedido en especial, como el no investigar ese país, esperaría a que le diera instrucción de proceder de la manera en la que él deseara. Se aclaró la garganta y se irguió de nuevo. Dirigió la mirada rojiza hacia el marqués.- Y creo que esto sería todo por ahora, mi señor. ¿Tiene alguna duda que aclarar o sugerencia que quiera indicarme?
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Re: Un respeto que se gana. [ Priv. Eliwood ]

Mensaje por Eliwood el Dom Feb 12, 2017 7:36 pm

Eliwood, pese a no ser un hombre combativo o realmente hecho para las escaramuzas que en que tanto terminaba participando, no era alguien fácil de intimidar. La ira, los malos modos o la alteración de otros hombres no solía mover su semblante cordial, no por ignorar lo que le fuese dicho o gesticulado, sino por elección. Prefería continuar en la forma que se le había inculcado como la correcta. No obstante, resultaba de sobremanera extraño recibir una mala mirada de parte de quien conseguía empleo con él, tan breve que suponía que quizás no fuese la primera, fuera de su vista. Nuevamente la interrogante respecto al muchacho en general se hizo presente en fuero interno, opacada por las palabras amables a continuación, mas dejándole el pensamiento a medias y un extraño sabor de boca. Su trabajo era lo que debía de juzgar, a fin de cuentas, aunque su carácter se volvía algo confuso entonces. Algo a contemplar posteriormente, si fuese prudente. No obstante, mantuvo el apacible gesto de siempre y consideró con cuidado el peso de lo dicho. Prefería abstenerse de cualquie actividad de aspecto sospechoso, aunque, como el otro decía, era muy posible que cualquier simple obersvación y reporte situacional lo pareciese.

- Perfecto. No pretendo adentrarnos en asuntos que verdaderamente no nos correspondan, sin embargo, dejaré en sus manos juzgar, así como la seguridad de sus informes. Incluso algo como esto debe realizarse por la ruta correcta. - Dijo, marcando así sus límites personales. Quizás dificultase un tanto el trabajo, pero lo consideraba una forma más segura y provechosa de proceder. Lo último que podía permitirse era acarrear más problemas a él y a Pherae. Curioso, regresó la vista atentamente al joven al comenzar a nombrar este, en concreto, los sitios por los que iniciaría. No había reinos en particular definidos aún, lamentablemente para la curiosidad que aquello le generaba, pero al menos sí pautas iniciales. Eliwood recapituló para sí mismo los reinos caídos de los que sabía. - Sí... es razonable descartar aquellos, cuanto menos. Los compadezco. Igualmente es muy probable que me aproxime a más de uno en el futuro, de modo que de darse la remota posibilidad de que haya algo inusual por observarse, le haré saber, por si pudiese complementar el resto de sus operaciones. - Agregó. Ya habían asuntos aguardándole en Regna Ferox, para su desagrado. Quizás, pronto los hubiese también en Bern.

Sin embargo, en breve y antes de que sus cavilaciones le llevaran por rumbos que tendían a apesadumbrarlo, escuchó lo que deseaba: muy lejos de la resolución a la que apuntaba sobre el asunto de los emergidos, pero un primer paso claro, que era ya más de lo que él mismo podía o habría podido dar, desde su estancada posición. El punto de inicio en Akaneia era un avance. Dado algo en lo que poner esperanza, regresó el ánimo a su mirada al oír sobre Plegia. - Sólo oigo leyendas e historias sueltas, lamentablemente. - Respondió, negando con la cabeza para indicar que no era conocedor del asunto. El último par de años le había quitado la libertad de alejarse del continente cuando lo deseara o necesitara, y aunque era posible que pudiese darse algo de licencia al respecto después de ver encaminada la reconstrucción, tomaría tiempo aún. Sin embargo, lo poco que había oído concordaba con lo que Izaya informaba, dejándole en claro que tan curiosas historias resultaban ser la verdad. Parpadeó en desconcierto, mas no podía decir que fuese una noticia del todo desagradable, pues despertaba más curiosidad que cualquier otra cosa. - ¡Hecho, pues! Seguramente será buen sitio de inicio. Estaré esperando. -

Los términos estaban establecidos. Con ello, era suficiente para el marqués, como también estimaba que debía ser mejor para el estratega. Darle tiempo deberia de ser prudente, útil para el planeamiento de lo que yacía por adelante. Por tanto, desde el momento en que el joven de Ilia lo preguntase, el hombre mayor negaba ya con la cabeza, apoyando sus manos en sus rodillas al alzarse de su asiento. - Finos detalles únicamente, joven. Plazos, presupuesto, materiales... asuntos que requieren más preparación. Volveré a verle para eso. De momento, es suficiente. - Respondió, mirándole con una sonrisa aprobatoria. Poniendo sus manos tras su espalda en recta postura, avanzó hasta posicionarse junto al asiento del otro, en una tácita señal de que le acompañaría a la puerta. - Su equipaje y habitaciones debe estar preparadas ya. Descanse, distráigase. Debo atender algunos asuntos, pero no tardaré en finalizar los preparativos de esto. Hasta entonces, estimado... -

Estima era una palabra acertada, pese a todo. Aún sin conocer al pálido muchacho de Ilia, lo que valoraba era su mentalidad y el ángulo que planteaba para su trabajo, acordes a las expectativas de Eliwood de un hombre instruido en asuntos más apartados que la victoria o derrota en guerra. Era lo que necesitaba, y en eso la persona frente a sí cumplía. Por otro lado, debía recordar que era joven aún; su impecable comportamiento y persistente reflejo de perfección, sumadas al pequeño gesto incongruente de hacía pocos minutos, hacían al marqués creer que era alguien aún en desarrollo de su potencial y su estabilidad propia. Quizás no la persona que se le había presentado, imposible de saber con certeza qué era lo que yacía debajo y por qué la barrera se había hecho tan quebradiza en ciertos puntos, delatando la existencia de algo más, pero no era importante de momento. Sólo algo que resonaba con su propia intuición, pues si con un arte se había hecho tremendamente familiar, era el de la complacencia para con los demás. Tenía derecho a ello y no era propio del mayor hurgar de esa forma en las personas. Le escoltaría a la puerta, se despediría por la tarde, eventualmente el contrato se realizaría del modo profesional, y lo próximo que sabría de él, si acaso lo único por un larguísimo tiempo, serían reportes en papel. De Izaya sabría lo que sus ataduras le impedían ir a ver con sus propios ojos, como también lo que había aceptado no ser capaz de hallar.
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Re: Un respeto que se gana. [ Priv. Eliwood ]

Mensaje por Eliwood el Dom Feb 19, 2017 11:21 pm

Tema cerrado. 50G a cada participante.

Al ser el único personaje en su primera clase, sólo Izaya obtiene +1 EXP.
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Re: Un respeto que se gana. [ Priv. Eliwood ]

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