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Protegiendo un valioso territorio. [Priv. Quinella] {Campaña}

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Protegiendo un valioso territorio. [Priv. Quinella] {Campaña}

Mensaje por Invitado el Lun Mayo 23, 2016 6:57 pm

Varios días pasaron desde que la duquesa viajó desde su castillo a la base militar al sur de su territorio. La mujer había realizado el susodicho viaje para realizar las diversas inspecciones correspondientes que debía realizar para mantener el orden de sus tropas y cuarteles. El mantenimiento del lugar se encontraba bajo su responsabilidad. Durante su estadía en el lugar, revisó los almacenes de armas, armaduras, establos, y todo lo que tuviera relación con el ejército; sin mencionar que había aprovechado a participar en algunas patrullas por los alrededores, además de una vigilancia nocturna en una aldea que se encontraba cerca. Ya todo se encontraría en orden, no había presencia de errores ni contratiempos. Henrietta estaba aprovechando los últimos días en la base observando el entrenamiento de los soldados cuando,  un repentino e inesperado visitante, apareció en el lugar con un mensaje que cambiaría los planes de la mujer.

Los soldados se estaban alistando, todos se dirigían a sus respectivas posiciones para comenzar a movilizarse en cuanto todo estuviera listo. El ejército se encontraba a la espera para comenzar el viaje, ya se habían preparado varias carretas con suministros para partir, y la duquesa ya estaba lista para volver a su castillo en su ciudad Alaýen; o eso hubiera sucedido de no ser gracias al inesperado visitante que había hecho acto de presencia en la base de la costa, ahora el ejército marcharía hacia Corbia donde un grupo de emergidos había sido avistado cerca de las minas aproximadamente hace cuatro días.

El ejército marchaba sin descanso con la cantidad de hombres que disponían en aquel momento, al no poder dejar la base desprotegida, Henrietta había delegado únicamente un grupo selecto de los soldados disponible en el lugar: cincuenta jinetes, ciento cincuenta soldados de infantería, sesenta arqueros y diez caballeros capaces de liderar una pequeña cantidad de hombre en caso de que debieran separarse en pequeños pelotones. Aun así, camino a Corbia, había varias aldeas en las cuales podrían reclutarse campesinos dispuestos a colaborar por la causa. Entregándoles armas a quienes aceptaran contribuir a costa de su propia vida.

o―o―♘♓―♗―♓♘―o―o

Durante el amanecer del tercer día de viaje, los soldados se encontraban desmantelando el campamento y acomodando todo nuevamente en las carretas para continuar avanzando en su trayecto hacia las tierras de Corbia. Fue en ese momento en el que, un explorador que volvía de su patrulla nocturna, se presentó ante la líder del ejército informando que estarían cerca de un pueblado con el cual se encontrarían antes de dejar el territorio de la duquesa. Luego de escucharlo la mujer ordenó continuar con la marcha, si nada los detenía podrían llegar al pueblo antes del anochecer para reclutar algunos hombres y reabastecerse con más suministros. Después de horas marchando, el sol estaba pronto a ocultarse por el horizonte. En aquel momento, el poblado que había mencionado el explorador, se realzó ante el ejército. Por lo que sin titubear, la duquesa ordenó continuar la marca y detenerse cerca del lugar.

Todos en el pequeño asentamiento se encontraban confusos, ¿por qué el ejército estaba tan cerca de sus hogares? No era raro ver un pequeño grupo de soldados que estuviera patrullando, y cuando eran menos de veinte, significaba que el recaudador de impuestos había puesto un pie en el pueblo. Pero en esta ocasión eran más de cien. Mientras el pelotón se preparaba para pasar la noche, los habitantes, que no superaban las sesenta personas,  incluidos entre ellos a niños, mujeres y ancianos, comenzaron a reunirse en una pequeña plaza central.

Posteriormente ante una espera de varios minutos, estos lograron ver que, una mujer montando un caballo blanco, se acercaba seguida de varios escoltas.  Entre los más jóvenes miembros de la aldea se escuchaban pequeños murmullos, todos se preguntaban quién era esa mujer; hasta que el jefe de la aldea apareció detrás de los habitantes. Anciano: ―¡Silencio todo el mundo! ¿Acaso no les hemos enseñado a mostrar respeto?― Silenció y reprochó ante la falta de educación demostrada por los jóvenes hacia las persona allí presentes. Este, sin más que parlar, continuó avanzando hasta dejar a todos los habitantes detrás de sí mismo; demostrando ser quien actuaría como representante. Anciano: ―Duquesa Helene, bienvenida a nuestra humilde aldea.― Dijo con un contundente respeto agachando su cabeza como reverencia en señal sumisión. Seguidamente los demás aldeanos imitaron su gesto en silencio; varios estaba perplejos, ¿qué podría hacer la duquesa en una miserable aldea como esa? ―Alcen sus cabeza, seré breve, estamos marchando hacia Corbia donde se ha avistado un grupo de enemigos. Aquellos enemigos que arrasaron estas tierras hace un par de años. ― Alegó con determinación aclarando con exactitud la razón de su pronta e inesperada visita. ―Necesitamos reabastecernos. Pero no sólo eso; hemos venido en busca de jóvenes que estén dispuestos a unirse a mí para acabar con estos enemigos.― Continuó aclarando todas sus necesidades, en espera de que alguien fuera lo suficientemente valiente como para alzar la mano en el instante. Con sus palabras los más jóvenes comenzaron a hablar entre ellos y a cuestionarse si unirse a la duquesa les podría ser beneficioso, o si valía la pena ayudar al país. ―Nos iremos al amanecer, si tienen algo que aportar al ejército, serán recompensados.― Concluyó.
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Re: Protegiendo un valioso territorio. [Priv. Quinella] {Campaña}

Mensaje por Quinella el Dom Mayo 29, 2016 1:05 pm

Hace varios meses que Quinella se adentró en el -relativamente- nuevo país de Nagayen, trayendo consigo nada más que la experiencia adquirida en sus viajes. Cumplió el primer objetivo, residir allí, pasando la prueba de conducta impuesta por el clero gracias a su buena presencia y una perfecta fachada de ideales y comportamiento necesarios en personas de fe. El destino impuesto para la sacerdotisa dejaba bastante que desear, ayudando al sacerdote de una pequeña capilla en una villa poco poblada y alejada de los núcleos urbanos importantes. Nada que no pudiese haber esperado dada su condición de extraña y extranjera, cuyo asilo solo fue abalado por su labia y talento. Ejerció su labor sin queja alguna ayudando a los habitantes de aquél pueblo, dejándose ver con buenos actos y palabras... Y algún que otro truco de magia, por qué no decirlo, pocos religiosos podían hacer lo que ella. Su poder curativo, acompañado de una buena interpretación, conseguía decorar sus terapias para que parecieran pequeños milagros. Mientras la sacerdotisa se ganaba día a día la fe y el corazón de la gente estudió con dedicación todos y cada uno de los libros que tenía la pequeña ermita, esperando a que su influencia alcanzara los pueblos vecinos y consiguiera asentarse en una posición mucho menos humilde. Los días pasaron sin que sucediera nada memorable en la villa, pero Quinella era paciente y tenía una amplia perspectiva, podía ser capaz de esperar incluso años mientras aprovechaba ese "sedentarismo" para seguir fortaleciéndose. Solo necesitaba libros nuevos y un lugar seguro pero, afortunadamente, llegó a sus oídos una opción que aceleraría las cosas.

Los murmullos atravesaron las paredes de piedra de la capilla interrumpiendo el estudio de la sacerdotisa, el alboroto se estaba desarrollando en la plaza principal de la aldea, precisamente donde se encontraba el hogar -la iglesia- de la clériga. La voz alzada del anciano jefe del pueblo terminó de despertar su curiosidad, salió de la ermita y se apoyó en el portón de madera sin llamar la atención de la gente, quienes contemplaban asombrados la presencia de la duquesa de Phebia. Sus necesidades fueron atendidas en el momento que las expuso, rápidamente el asentamiento dispuso todo lo necesario para reabastecer el destacamento militar. También buscaba engrosar sus filas para la campaña, donde su autoridad quedó confirmada, siendo capaz de despertar el interés de los más jóvenes para que se enrolaran en el ejército. Quinella había encontrado la excusa perfecta para cambiar de aires, aunque su deber era para con la iglesia, nadie podía cuestionar la decisión de servir a la mismísima Henrietta. Bajó los pequeños escalones de piedra de la capilla y se adentró hasta el centro de la plaza con gran presencia y elegancia. - Milady. - Acompañó su saludo con una reverencia. - Mi nombre es Quinella, guardiana de la fe de esta villa. Conozco de primera mano la amenaza a la que estamos expuestos, al igual que los males que cultivan esos seres oscuros. Aunque no puedo ayudar a acabar con sus estragos hay otros síntomas que sí puedo tratar, tales como el dolor y la desesperación a base de fe. Además de sanar el cuerpo y el alma de los que lo necesiten, bendeciré los territorios recuperados para que Naga vuelva a velarlos y protegerlos. Eso es todo, le ofrezco mis humildes servicios.
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Re: Protegiendo un valioso territorio. [Priv. Quinella] {Campaña}

Mensaje por Invitado el Dom Jun 12, 2016 7:49 pm

Tras haber terminado de dar el aviso, los más jóvenes que se cuestionaban entre ellos si deberían unirse al ejercitó o no, fueron rápidamente llamados por los más viejos del lugar para que los ayudaran a reabastecer a la duquesa. En ese momento, Henrietta junto a los hombres que la acompañaban, estaban a punto de volver al campamento pero fueron interrumpidos por una mujer que se les acerco. Esta educadamente saludo realizando una reverencia hacia la mujer de mayor posición y luego de presentarse se ofreció para acompañarla como una más de sus peones en la escaramuza. En cuanto termino de hablar, la duquesa luego de observarla de pies a cabeza hablo. ―Me alegro que de que una valiente desee unirse a mi causa en este encuentro.― Le respondió a Quinella eh instantáneamente junto con una leve reverencia, por su “respeto” a la religión, desde su caballo añadió. ―Tener entre nosotros a una guardiana de la fe, seguidora de Naga será de utilidad para bendecir las minas a las cuales nos dirigimos.― Seguidamente la duquesa se acomodó en su caballo ya que debía volver al campamento, pero antes solo girando su cabeza para ver a la recién reclutada. ―La estaremos esperando en el campamento, recuerde que partiremos al amanecer, tome lo que le haga falta, el ejército le proporcionara la comida y lo que le sea útil para su trabajo. Ahora con su permiso, nos retiramos.― Con esas palabras la mujer se despidió y al campamento nuevamente con sus soldados se dirigió.

Nuevamente en el campamento, se reunió con los líderes de cada batallón para hablar de lo que sucedería al llegar a las minas y como actuarían para enfrentar a los emergidos dependiendo la situación, a la vez le informaron a la mujer que ya habrían enviado un grupo de exploradores para inspeccionar el camino más adelante y así asegurarse de que marcharían sin ningún contratiempo. Al retirarse los líderes, Henrietta decidió dar una pequeña caminata para inspeccionar como los campesinos traían, en una carreta, alimentos para reabastecer al ejército y al ver como terminaron su trabajo, la mujer volvió a su tienda para así poder dormir tranquilamente.

Al siguiente día, durante la salida del sol, los soldados comenzaron a desarmar el campamento, durante ese tiempo la duquesa se preparó lavando su rostro, peinándose y colocándose la armadura con la ayuda de una sirvienta que habría viajado con ella para atender sus necesidades. Al terminar, la mujer salió fuera de la carpa eh instantáneamente los guardias que vigilaban la entrada llamaron a un grupo de soldados y comenzaron a desarmarla. Una vez fuera, la mujer se dirigió hacia el lugar donde uno de los lideres les estaba indicando, a los pocos valientes de la aldea que se unieron a ejército, donde deberían ubicarse para mantener la formación.

A la misma vez que se les termino de dar las indicaciones a los novatos y estos comenzaran a moverse hacia el lugar que les indicaron, la duquesa se habría acercado lo suficiente para lograr escuchar la estupidez de uno de sus peones. Soldado: ―¡Mucha suerte novatos, y bienvenidos a las filas de la reina demoniaca!― Menciono el hombre que portaba una lanza con un tono burlón, era obvio que no se habría percatado de que la “reina demoniaca” estaba cerca y al escucharlo se le acerco, mientras los que estaban alrededor de aquel hombre se alejaron dejándolo completamente solo. ―Realmente me ha interesado lo que acaba de mencionar. Sería malo preguntar, ¿de quién está hablando?― Pregunto al hombre que estaba de espaldas frente a ella, quien con solo mirarlo era notorio que lo comieron los nervios al ver que nadie se rio de su comentario y al instante se le alejaron, al escuchar aquella vos femenina el soldado trago salva y se giró para ver detrás de él a la mujer que serbia. Soldado: ―M-mi se-señora, es un ma-m-malentendido. N-no me refería a usted. ¡Se lo juro!― Dijo en su defensa aquella cucaracha que al ver como la mujer lo miraba soltó su arma e inmediatamente se arrodillo frente a ella hasta casi golpear de lleno su cabeza contra el suelo. Soldado: ―¡Por favor perdóneme! ¡Era tan solo una pequeña broma para asustar a los novatos! ¡PERDONEME POR FAVOR! ¡Tengo una esposa e hijos que alimentar! ¡SE LO RUEGO, POR..!― Parloteo la cucaracha inútilmente rogando por su vida hasta que la espada de la mujer atravesó su garganta, instantáneamente la sirvienta que acompañaba a la mujer le dio un pañuelo con el cual limpio la suciedad que habría quedado en su espada y luego la envaino. Seguidamente miro a los soldados de a su alrededor que habrían presenciado la muerte de aquel idiota que se atrevió a insultar a su señora. ―Conocen las reglas, y el castigo por romperlas. Que esto no se vuelva a repetir.― Anuncio la mujer para los soldados que se mantuvieron en silencio. Todos sabían que estaba prohibido falta el respeto a un superior y dentro del ejercito nadie se salvaría con un simple castigo ya que no se puedo confiar en quienes no te pueden respetar a aquellos de mayor autoridad.―Partiremos de inmediato, ¡todos a su posición!― Ordeno inmediatamente la capitana del ejército quien se retiró tras sus últimas palabras para montar su caballo y así dirigir sus tropas. Inmediatamente los hombre que presenciaron el espectáculo se retiraron a sus lugares ignorando completamente al compañero que habían perdido, algunos que seguramente eran cercanos al soldado caído, mostraban en sus rostros el dolor de la perdida, pero lo ignoraron dejándolo donde cayó para seguir las ordenes de la duquesa ya que si las ignoraban tan solo para cerrar los ojos del muerto, ellos correrían por el mismo camino. De esta forma los novatos lograron observar el resultado de faltar el respeto a un alto mando, no del ejército, sino del reino.

Off:
Bueno espero que te guste. Acá podrás ver lo que pasa en el reino con aquellos que insultan o faltan en respeto a un superior :'D
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Re: Protegiendo un valioso territorio. [Priv. Quinella] {Campaña}

Mensaje por Quinella el Dom Jun 26, 2016 9:32 am

Un inciso previo:
Oh god llevo casi dos semanas sin responder lo siento de veras soy un desecho xdxdxdxd(?)

Quinella fue evaluada por la duquesa durante unos segundos antes de que diera el visto bueno a que se incorporara entre sus filas. Una sobria sonrisa se esbozó en la cara de la sacerdotisa una vez escuchó su respuesta, además con buenas palabras, al parecer no tenían ninguna personalidad religiosa en el ejército. Se inclinó de nuevo para mostrar su conformidad y agradecimiento evitando así interrumpirla mientras hablaba. Solo elevó la voz cuando Henrietta le formuló sus directivas. - Me tendréis allí tan pronto como sea posible. - Respondió con suma corrección. - Sin duda antes de que llegue el alba. - añadió. - Nos vemos entonces. - El pueblo siguió trabajando para suministrar lo que la mujer había solicitado, mientras tanto Quinella entró en el templo para recoger sus pertenencias.

- Es verdad que te marchas, entonces. - Comentó el sacerdote, el cual había estado ayudando durante todo ese tiempo. - Así es, necesitan mi presencia en un lugar como ese, por eso me ofrecí voluntariamente. - Respondió amablemente, sus ambiciones personales nunca fueron un impedimento para llevarse a la perfección con todos y cada uno de los habitantes de la pequeña aldea.

[...]

Quinella estaba preparada a la salida de la aldea cuando los primeros rayos de luz anunciaban el comienzo del alba, junto al puñado de los jóvenes que habían sido enrolados en el séquito de la duquesa. Acompañó a los nuevos reclutas de camino al campamento, desmarcándose de ellos una vez habían llegado, al fin y al cabo ella no era un peón militar más. Apartada del resto, pero igual de presente en la charla que dio uno de los veteranos a los recién llegados para orientarlos en su nueva posición. Algunos consejos fueron útiles a pesar de que la mayoría de sus indicaciones no estaban pensadas para la incorporación de una sacerdotisa. Normas básicas de conducta, rutinas, horarios... Aunque la lección más importante la dio la propia Henrietta, quien llegó justo a tiempo para escuchar la estúpida frase de bienvenida de su subordinado. Quinella tuvo que contener la risa ante el momento cómico que se había dado. Realmente se había metido en un buen lío por la forma en la que estaba excusándose miserablemente. - "¿Cual será el castigo? ¿Interminables horas de guardia, limpiar las monturas, quizá unos azotes?" - Especulaba la sacerdotisa con sumo divertimento. El castigo impuesto por la duquesa cortó tajantemente con la sonrisa de Quinella al igual que con la vida del que la afrentó, sembrando el terror de los novatos, entraron en shock al presenciar dantesca escena. - "Que radical..." - Pensó contemplando con apatía como el desdichado se ahogaba en su propia sangre. ¿Qué debía hacer ahora? El cuerpo moribundo del hombre yacía sin atención en el suelo, ignorado completamente por compañeros y amigos. ¿Despertaría la ira de su superior si ofrecía la extremaunción a ese hombre? No. No arriesgaría el pellejo formando parte de la escena. Rezaría por su alma en la intimidad una vez toda la tensión del momento fuera cosa del pasado.

La compañía recogió el asentamiento y puso rumbo hacia las minas infestadas, dejando atrás al compañero sin ofrecerle entierro. Quinella tuvo que tranquilizar a alguno de los nuevos para que no cometieran alguna insensatez, en realidad no era tan difícil. La sacerdotisa avanzaría en lineas posteriores junto a los miembros más valiosos del escuadrón, aunque era consciente de que si estaba allí era por su ineptitud en combate. Visto lo visto, sería la curandera de Henrietta o alguno de sus generales, pero tenía dudas de si la expondría al peligro si las cosas llegaban a torcerse. Tendría que ganarse la simpatía de la duquesa para acabar con esa incertidumbre.
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