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¡Subiendo la moral! [Campaña] // P. Henrietta

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¡Subiendo la moral! [Campaña] // P. Henrietta

Mensaje por Invitado el Sáb Abr 16, 2016 9:14 pm


E..li..za..beth. Eliza..beth. Elizabeth. ¡Elizabeth! Podría escribir su propio nombre, o mejor dicho sólo la primera parte. Aún desconocía exactamente las sílabas que lo componían, y únicamente era capaz de memorizar las letras en el orden correspondiente. Eclair, llevaba una letra inicial igual a su otro nombre, y allí era donde más podía llegar; ya que la siguiente letra le era conocida, pero difícilmente la recordaba como tal. "Elizabeth E". Si, cada vez un paso más cerca de aprender a escribir y leer su nombre completo. Podía leerlo, y con saber cómo era su nombre, aún necesitaba de tiempo para analizar y dar con la letra que debía aprender también a plasmar sobre el papel. ¿Cómo habrían hecho los nobles para vivir toda su vida escribiendo y leyendo? ¡Era complicado y aburrido! ¿Era realmente una herramienta que abría el paso a la humanidad? ¿No era más simple arreglar las cosas hablando personalmente? Sabía que con el tiempo no sólo tendría que escribir su propio nombre, sino ser capaz de alcanzar una caligrafía digna y hasta un inmenso conocimiento de palabras en general. ¿De qué otro modo podría dirigirse a otros reyes sin quedar mal? No había pedido ser una reina, pero no quería fallarle a su difunto padre, ni a su gente... Aprendería a escribir tarde o temprano, era por quienes lo hacía.

―Eclair. E, ¿ese? Es. Elizabeth, ¡ele!. Esl.― Musitaba para sí misma a la par que escribía lo que creía. Sacerdote: ―¡Está mal!― Respondía de inmediato el anciano del templo real al ver como la reina fallaba tanto su caligrafía como en su ortografía, golpeando sus dedos con una varilla de madera como castigo. La joven retiro los dedos por reflejo entre lágrimas de dolor por el golpe. ¡Aprender era un infierno! ―¡Letra "C"! Vuelva a empezar y continué estudiando las letras― Alegó en un tono severo y regio el viejo hombre que le enseñaba. No podía ponerle excusas, su actual deber era aprender aunque no le gustara; aunque sus dedos en aquel momento difícilmente podían sujetar la pluma para escribir sobre el papel. ―¡Sí!― Afirmaría de inmediato la joven reina sujetando la pluma entre sus dedos nuevamente. Acto seguido, el sacerdote abriría la puerta de su habitación para retirarse; posteriormente debería de volver a ver sus avances, pero dado que el templo estaba a su cuidado, no podía estar allí por más tiempo. Ya tenía tarea para hacer, y por poco que fuera, era mucho para su nivel.

No le gustaba escribir, leer, estudiar ni prácticamente nada de lo que le enseñaban. ¿Por qué todo tenía que doler? Una letra mal, y le golpeaban los dedos. Una lectura errada y le golpeaban con un libro. En la mesa debía usar los cubiertos sin levantar los brazos, o le pinchaban entre las costillas. No podía caminar encorvada y le golpeaban la espalda. Debía ser alguien completamente diferente. La vida de los nobles también tenía su lado difícil, y era la parte de tener que aprender. Jamás habría imaginado que las enseñanzas podrían ser tan duras. ¡Lo que debieron sufrir los niños de su reino! Pero ella sabía muy bien que, si ellos habían logrado dominar dichos actos, ella también debía ser capaz; no por ella, sino por ellos. Debía honrar a su padre y dar una buena imagen para representar a los suyos. Le ardían sus dedos, y la tinta caía manchando la hoja por el temblor de sus manos adoloridas. ¡Debía resistir!


❣ o~o~o ♥ ❤ ♥ o~o~o ❣

Dos horas de inmensa tortura habían acabado. Había leído las letras que hasta ahora sabía de memoria, e intentado recordar las demás para luego poderlas plasmar. Aunque su nombre seguía igual, ahora sabía que la C y la S eran diferentes. Al momento de acabar, frotó sus dedos masajeándolos suavemente; aunque el tiempo hubiera pasado, sus pequeños huesos aún dolían. El sacerdote regresó, y tras preguntarle sobre el abecedario, pudo notar que en su ausencia había continuado trabajando. No le golpeó por manchar las hojas, simplemente le castigó con más cosas para estudiar para el próximo encuentro, números y letras; cursiva e imprenta. Aprovechó el estar un momento a solas con ella para avisarle que la duquesa estaba en el palacio, y que al mismo tiempo, se alistaba para realizar un viaje en defensa de la frontera. Este quería que se encontraran, y que juntas se marcharan.

Le aconsejó claramente estar presente en las filas de los ejércitos que la duquesa había reagrupado; para que de ese modo, siendo la reina de aquellos guerreros, la moral se elevara hasta lo más alto. Grandes hombres presenciaban las batallas y otro incluso participaban. Ella era inútil en el combate, y estar entre armas y emergidos le podía resultar fatal. Sin embargo, si estar en peligro les ayudaría a mantener los ánimos, no dudaría en dejar su encierro infernal, para ir a un campo de batalla mortal. Cualquiera fuera lo que decidiera, su persona podía peligrar. Ya sea un simple dolor por la tortura del forzado aprendizaje, o por morir a manos de un monstruo invasor.

Crédula de todo lo que este le decía, simplemente asentía. No le importaba salir, ya hacía bastante que no tenía la oportunidad de salir de su habitación, había sido una semana completamente horrible en la cual no le permitían ni siquiera comer fuera, para que de este modo, pudiera centrarse completamente en su aprendizaje. Cuando el hombre finalmente se retiró, poco después de dejarle las cosas en las que tendría que trabajar al regresar; ella también salió. Levantó su incómodo vestido en su parte delantera para poder correr una vez había cerrado la puerta de su habitación. ¿Pero en qué parte estaba la duquesa? ¡Debía buscarla y no era exactamente un pequeño lugar! Aceleró su paso su friendo ahora por su calzado. ―¿Han visto a Henrietta?― Preguntó durante su paso a un soldado que andaba de guardia; este sorprendido y sin reaccionar como quizá debiera haberlo hecho, respondió con el respeto que pudo expresar, que en la puerta delantera debía de estar.  

Corrió y tropezó. Se quitó su calzado y continuó. Era un largo camino afelpado el que debía de recorrer; y justo antes de llegar al gran pórtico delantero, los guardias que custodiaban la puerta la abrieron por ella. ―¡Henrietta!― Gritó repentinamente sin denotar si realmente estaba allí. ―¡Iré con usted!― Añadió súbitamente bajando las escaleras con varios saltos. No estaba armada para el viaje, pero tampoco era como que tuviera alguna clase de arma. Sólo tenía su vestido, y sus zapatos en una de sus manos. ―¿Henrietta?― Reiteró por última vez su nombre al verla finalmente. No importaba el equipaje, aún si así debiera irse, se subiría a cualquier caballo que le dijeran -aunque no sabía montar- y partiría dejando el estudio atrás.
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Re: ¡Subiendo la moral! [Campaña] // P. Henrietta

Mensaje por Invitado el Jue Abr 21, 2016 11:58 am

Los cascos de un caballo resonaron en la entrada del castillo de la duquesa, donde un mensajero hacia acto de presencia ante el encargo de enviar una carta fuera del reino. El hombre dejo su caballo y con delicadeza, se encaminó a las puertas del castillo. Mensajero: ―He venido por la carta de la duquesa― Informó el atareado hombre a los guardias que custodiaban el castillo. Guardia: ―La duquesa está tomando su té en este momento. Lamento informarle que deberá ser paciente.― Replicó el hombre armado, y ambos esperaron simplemente allí parados. Temían interrumpirle.

Un día soleado, sin señal de ráfagas de viento, y lleno de tranquilidad en los alrededores del castillo como en la ciudad de Alaýen. Una mañana perfecta para la Duquesa quien se encontraba sentada en el balcón bebiendo una taza de fino té, con su vestido de color rosa hecho de la más fina seda que se pudiera conseguir en el país, su cabello alvino perfectamente peinado, recogido, trenzado y adornado con una flor recogida de sus jardines. Los guardias se encontraban en la puerta para que nadie la interrumpiera y su sirvienta en una esquina esperando no ser castigada como había ocurrido durante el alba.

Acercando sus brazos hacía en juego de té de gran calidad, la mujer tomó con su mano izquierda el pequeño plato en donde se encontraría posada la taza, la cual sostuvo por el asa con el dedo índice de su diestra, extendiendo el meñique por simple educación y elegancia. Elevo ambas manos hasta el nivel de su pecho para así terminar de llevar únicamente la taza hasta su boca y tomar un pequeño e insonoro sorbo de su contenido. Inmediatamente volvió a depositar nuevamente la taza sobre la mesa.

Al pasar los minutos, la duquesa habría terminado en paz su té para que así su sirvienta, una joven laguz felina, retirara en silencio la taza de la mesa. De este modo la mujer llevó su vista a un pequeño sobre en el cual se encontraría una carta ya escrita y lista para ser enviada a cierta persona. Tras derretir cera roja sobre esta, tomó el sello para dejar impreso en su cierre el emblema de la casa Helene; el cual sería un águila con sus alas extendidas. Al levantarse de su asiento, la mujer recogió el sobre para así encaminarse hacia la puerta. ―Entregue esta carta al mensajero.― Ordenó a uno de los dos guardias en el instante en que le abrieron la puerta. Este sin decir una palabra y manteniendo la mirada hacia el suelo, tomó la epístola y acató.

En su cuarto, la mujer se encontraba siendo vestida para el viaje que la esperaba. Las sirvientas colocaron el peto ajustándolo a la comodidad de su cuerpo y extendiendo sus brazos, le sujetaron sus hombreras y protectores. Peinaron nuevamente su cabello para colorar cómodamente su casco con su tan reconocido adorno de plumas de águila. Ya lista para el viaje hacia la capital, la duquesa se dirigió a la entrada del castillo donde ya estaría preparado su caballo blanco, sus hombres listos para partir, y sin mencionar las águilas que serían utilizadas durante el combate como era costumbre en sus batallas. Al partir a esas horas de la mañana, llegarían al anochecer al palacio real.

Durante la madrugara de la mañana siguiente, la duquesa, quien habría pasado la noche en la capital tras una largo y agotador viaje, se encontraba actualmente organizando, junto a los distintos comandantes del ejército, a las tropas apostadas en la capital. Con un total de doscientos hombres de la capital, sumándole los quinientos que trajo desde su ciudad, constaban con un total de setecientos soldados para acabar con los emergidos que habían sido avistados en la frontera. Si bien superarían a los enemigos en número, la mujer no se arriesgaría a perder hombres innecesariamente llevando un número más reducido.

La mañana habría terminado, las tropas estaban organizadas y listas para partir, pero en el último momento una inesperada interrupción haría acto de presencia. La duquesa habría desenvainado su espada para decapitar a quien le interrumpiera, si se tratara de uno de sus hombres, pero en este caso no sería así, la soberana de reino se encontraba clamando su nombre, lo que la obligó a desmontar para voltearse a ella y realizar una reverencia como saludo. ―¿En qué puedo ayudarle?, princesa.― Cuestiono la noble ante el llamado de su reina, quien se ofrecería a ser parte de la pequeña incursión. Normalmente cualquier otro noble lo hubiera negado, mas ella era diferente, al conocer el ejército, sabía que la presencia de su mayor gobernante mantendría la moral el alto. ―Sera un gran honor para mí y los soldados que nos acompañe, majestad.― Respondió la astuta mujer. Llevar a la reina podría ser peligroso, pero según los exploradores que se mantenían constantemente vigilando al grupo de emergidos, estos eran tan solo un pequeño grupo por lo que la soberana no correría peligro alguno.

―Princesa, si desea acompañar a su ejército al combate, permitame mencionar que no sería seguro estar sin protección.― Advirtió la mujer a la inexperta soberana. ―Esta claro que cualquier soldado, incluyéndome, la protegerá de cualquier peligro. Aun así, permitame sugerir que lleve una armadura, ya que nos dirigimos al campo de batalla.― Añadió al instante y al hacer una señal a una sirvienta que estaría bajo las órdenes de Henrietta durante la preparación en la capital, esta se acercó a su reina. Sirvienta: ―Majestad, por favor acompañeme.― Mencionó la sirvienta al acatar las ordenanzas de la duquesa, tras dar una leve reverencia y seguidamente se retiró junto con Elizabeth.

Luego de que la soberana se ausentara prepararse, Henrietta recordó cierto dato importante que habría pasado por alto. La reina no sabía montar a caballo, por esta razón llamó a uno de sus caballeros, quien al instante se acercó a su capitana. ―Durante nuestro trayecto te encargaras de transportar a nuestra reina.― Sentenció sin darle tiempo a que accediera, ya que si no aceptaba dicha tarea, el hombre conocía las consecuencias.
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Re: ¡Subiendo la moral! [Campaña] // P. Henrietta

Mensaje por Invitado el Mar Abr 26, 2016 3:09 pm


¡El guardia tenía razón! Henrietta realmente se encontraba en la entrada del castillo, y aparentemente a punto de partir. Había tenido suerte de salir en aquel momento, ya que de lo contrario, habría sido demasiado tarde y debería haberse quedado estudiando. Aunque por otro lado, eso podría haber sido lo mejor, ya que el ir con la duquesa significaba arriesgar su vida y no sólo su integridad física. ¿Había sido la mejor elección? Dada la respuesta de la duquesa, esta claramente entendió que no le resultaría un contratiempo el llevarla al campo de batalla, ¿pero esto significaba que su vida no peligraba? Sabía de la duquesa, que siempre dirigía grandes escuadrones, y siempre regresaba con vida de estos viajes, ¿eran realmente tan inseguros? El sacerdote del templo se lo había sugerido, y no tendría sentido que la enviara a una muerte segura tras haber ofrecido su vida a su familia. Todo era complicado, no comprendía las cosas que realizaban la realeza ni la nobleza.

En primeras instancias al escucharle habría creído que hacía referencia a gente que la protegiera, mas al continuar hablando pudo comprender a que se refería al decir "protección"; ropa pesada y más incómoda que la que usaba. Henrietta sugirió a la inexperta reina el usar una armadura para proteger su persona si esta planeaba acompañarle en su viaje; designando para ello a una sirvienta quien se encargaría de vestirle adecuadamente. Sin decir nada ante todo lo que acababa de escuchar, con entusiasmo siguió a la sirvienta nuevamente hasta el castillo, donde tras ingresar a una habitación que era utilizada como bodega, la sirvienta tomó de allí armaduras que le parecían ser del tamaño más aproximado. Se veían incomodas, y seguramente lo serían. Sirvienta: ―Por favor alteza, extienda sus brazos― Dijo la mujer con el debido respeto. En respuesta la reina alzó sus brazos, para que de ese modo, pudieran probar que peto era de su medida. Su pecho era algo abultado, y su estatura no era demasiado alta, por lo que se complicaba el encontrar una pieza que pudiera encajar libremente sin necesitar sujetar con vendajes su pecho.

Encontróse con las partes más acertadas, la sirvienta ayudó a la reina a desvestirse, para así cambiar sus vestimentas por unas más apropiadas a donde se iba a dirigir. No podía dejar que llevase aquel vestido, mas no tenía a su disposición un buen atuendo para la tan inesperada situación. Vendó su el pecho de su majestad para poder colocar con mayor eficiencia el peto sobre su cuerpo, extendiéndole sus brazos posteriormente para agregar al conjunto un par de hombreras y brazales de su talla. Acabó por vestirse con un atuendo un poco más ligero y con mayor movilidad que aquel vestido que llevaba con anterioridad, y sobre este, las partes de la armadura que le habrían quedado mejor. Finalmente junto a la sirvienta volvió a salir del castillo, su pecho vendado y con un peto que le apretaba, protectores en sus brazos y una vestimenta visualmente no tan agradable como su vestido, pero de mayor confianza para el campo de batalla. ―Gracias― Agradeció Elizabeth a la sirvienta, una vez se encontraba en la puerta principal. Sirvienta: ―Ha sido un honor, su majestad― Replicó la empleada del castillo ante una reverencia. La reina partió nuevamente hasta donde se encontraría la duquesa, pero esta vez calzada con algo más cómodo en sus pies.

―Lista― Alegó la joven soberana con algo de entusiasmo, aunque no sabía si les habría molestado el que hubieran tenido que esperarle, pues su pecho había resultado una pérdida de tiempo algo mayor. Caballero: ―Su alteza, tendré el honor de ser su escolta personal― Dijo un caballero montado en un equino negro y adorable. ―¿Debo subir con usted?― Preguntó la soberana dudosa. ―Así es, alteza, permítame― Respondió el hombre extendiendo su mano para ayudarle a subir delante de este. ―Puede decirme Eli o princesa― Alegó al tomar su mano al momento de ser alzada hasta el caballo, donde tras sentarse, se abrazaría al caballero por temor a caerse. ―Como desee, princesa. Sujétese bien― Concluyó el caballero cortésmente; ¿pero por qué nadie le llamaba simplemente Eli?

El ejército estaba listo para partir, inicialmente desde antes, y tras el contratiempo de alrededor de veinte minutos en el que debieron esperar a la reina alistarse para sumarse a ellos, estaban listos para partir otra vez. No se había perdido mucho tiempo, acelerando el paso un poco podría recuperarse sin mayores dificultades. Los escuadrones comenzaron a movilizarse bajo órdenes de la duquesa, su capitana general. Tendrían un día o dos de viaje para poder llegar a su destino, la frontera del norte. Durante todo el trayecto, Elizabeth seguía cuestionándose el qué podría hacer para ayudarles, ya que ella personalmente no sabía combatir. Podría juntar leña por si querían prender una fogata, o hasta podría pescar si en algún momento se acercaran a las aguas; no sería mucho, pero era mejor a no hacer anda. ¡No era del todo inútil! Fuera de las cuestiones políticas, podía hacer varias cosas.
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Re: ¡Subiendo la moral! [Campaña] // P. Henrietta

Mensaje por Invitado el Jue Mayo 05, 2016 2:32 pm

La unión de la soberana al ejercito fue una verdadera molestia para la duquesa, aunque lograra tener la moral de sus soldados en alto con la presencia en la inmadura reina, el avance de las tropas se había retrasado, fueron tan solo unos cuantos minutos, pero aun así era tiempo perdido. Durante esos minutos que debieron esperar, Henrietta, ordeno a las sirvientas del lugar que se prepararan para partir de forma inmediata, ya que al tener a Elizabeth en sus filas sería una molestia cada mañana para que solo se colocara la armadura y ella no se ensuciaría las manos. Solo faltaba la llegada de la reina lista para partir.

Los cascos de los caballos, los golpes de los escudos y las lanzas contra las armaduras, las carretas llevando suministros entre medio de cada grupo de soldados, en resumen el sonido del ejercito marchando se escuchaba por la ciudad, en la calle principal de esta, los habitantes observaban desde las puertas, ventanas y callejones el partir de los soldados, los niños maravillados miraban a los soldados, quienes partían para protegerlos de los enemigos. En poco tiempo el ejército ya habría dejado la ciudad y tomaron rumbo hacia el lugar donde fueron vistos los emergidos. Después de unas horas de viaje, la duquesa considero que era el mejor momento para dar la primer orden del viaje, por eso, miro a los soldados que estarían en una carreta no muy lejos de ella, y en cuanto estos se percataron de aquella mirada, la mujer levanto su mano derecha dándoles una señal al mostrarles los tres dedos centrales e instantáneamente los hombres abrieron la jaula que tendría el número tres dibujado en ella y del lugar salió un águila para tomar vuelo.

El animal que surcaba los cielos rápidamente se dirigiría a la retaguardia donde el segundo de los dos grupos de caballería se encontraría, ya que el primero lideraba la marcha del ejército. En el momento que el ave llego a su destino, descendió para que quien liderara el grupo montado pudiera observarla fácilmente y luego de bajar lo suficiente, esta comenzó a dar unas cuantas vueltas sobre el hombre que al ver la acción del animal dio órdenes para que su tropa se separara en varios grupos, de esta forma tendrían vigilado un gran área en caso de que el enemigo intentara emboscarlos. De esta formar el ave volvió a la carreta para ser encerrada nuevamente y el ejército continúo su marca.

Varias horas más tarde, la mujer que lideraba el ejército ordeno que soltaran a seis águilas, exactamente el mismo número de grupos montados que se separaron horas atrás, estas volaron en seis direcciones diferentes en busca de aquellos grupos y minutos más tarde cuando los animales ya no eran fácilmente visibles el ejército detuvo su marca. Era hora de levantar el campamento, todos los hombres comenzaron a levantar las carpas, las primeras en levantarse serian aquellas que corresponderían a la duquesa y a la soberana, además una carreta que transportaba lo necesario para una gran carpa, llevando también una enorme mesa, había sido dejada de lado ya que sería la tienda que funcionaría como cuartel al momento de enfrentar a los emergidos.

Al ver como todo transcurría sin contratiempos durante la preparación del campamento, la duquesa se dirigió a ver a su soberana. ―Princesa, disculpe la interrupción― Anuncio su llegada. ―Espero que no le sea molesto el que debamos acampar, pero no puedo permitirme que los soldados estén agotados para la batalla― Agrego para dar a entender el motivo de campamento. ―Se bien que no podrá disfrutar de las comodidades del palacio en esta pequeña tienda, pero si tiene algún problema no dude en comunicármelo.― Menciono para que se logre ver su supuesta preocupación, ya que realmente no le importaba que , la branded debería acostumbrase al ambiente en el cual pasaría los siguientes días, quiera o no.

Mientras la duquesa se encontraba junto a la soberana, el resto del ejército continuaba preparando el campamento. En el centro se encontrarían todas las tiendas de quienes poseían los puestos más importantes, a estas los rodeaban las que pertenecían a los simples soldados y último lugar solo quedarían los que deberían dormir a la intemperie. Mientras los comandantes y líderes de cada batallón, se dirigieron al lugar donde se mantendrían a las águilas en cuanto lograron ver que varias de las enviadas anteriormente por la duquesa estarían volviendo al campamento con los informes de las patrullas. En cuanto llegaron, revisaron los repostes que trajeron las aves que ya habían vuelto para cerciorarse de que todo estaba en completo orden. La primera noche pasaría sin contratiempos.
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Re: ¡Subiendo la moral! [Campaña] // P. Henrietta

Mensaje por Invitado el Jue Mayo 19, 2016 7:02 pm


Las horas de viaje transcurrían lenta y paulatinamente. Era muy aburrido viajar a caballo, y más si personalmente no se llevaban las riendas del corcel. Elizabeth permanecía aferrada al caballero por simple temor a caerse del equino, cerrando los ojos en cada desnivel que se pudiera divisar delante del camino. Entre galope y galope de largo silencio, su atención fue captada por el grupo de aves con gran elegancia la duquesa había comenzado a movilizar. La gracia en pleno vuelo que esas aves demostraban, creaban ante su perspectiva, una obra de arte aérea que llenaba su ser con deseos simples pero egoístas. Quería tener un ave de mascota. Si tales águilas podían asemejarse al actuar de dos hombres semidesnudos abrazándose y rozando sus marcados músculos tallados por Naga entre sí con un ocaso de fondo, ella querría definitivamente tener aquel ave presente a su alrededor. Nada más que por un deleite a la vista, y sin mencionar que también sería alguien de compañía.

Por la mente de la reina comenzaron a circular numerosas imágenes del castillo, pero en dicha ocasión con aves junto a sí misma. La belleza del lugar se animaría más al tener consigo un ave sobrevolando el lugar. Las sirvientas y soldados podrían quedar maravillados del mismo modo que ella lo había estado al ver aquel despliegue de las aves de la duquesa. Sin embargo, como a ella no le gustaba que estas debieran de vivir en el encierro, por lo que su imaginación hacía de cuenta que con plena libertad, estas eran fieles a su hogar. Emplumados animales que serían tratados con dignidad porque ella lo ordenaba. Desearles las buenas noches cuando se fuera a dormir, y darles de comer algunas semillas a escondidas. Tonteras sin demasiada razón pesaban una tras otra por su mente, imaginando cual incoherente posibilidad pudiera pensar. ―Quiero un ave― Murmuró para sí misma maravillada con lo que sus ojos presenciaban, habiendo tomado una firme decisión, la cual claramente realizaría una vez que volviera, si es que regresaba con vida de aquel viaje en el cual se había encaminado.

La imaginación que volaba libremente convirtió el inmenso tiempo en un abrir y cerrar de ojos. Ya que mientras pensaba en plumas y aves volando, el caballero que la había transportado ya se encontraba descendiendo del caballo para ayudarle a bajar de él. No se había percatado como su pequeña mente había jugado por horas tan sólo al ver algo que sus ojos habían apreciado. ―¡Oh! No, adelante― Replicó inmediatamente al escuchar la voz de la duquesa que se dirigía a ella. Escuchó con detenimiento su preocupación, aunque realmente no le molestaba en lo absoluto el tener que estar alejada de las "comodidades" del palacio, siendo que había nacido y vivido en un bosque durante diecisiete años. ―No se preocupe Henrietta, pero le avisaré cualquier cosa― Concluyó, dejando que la mujer continuara con lo que debiera hacer sin convertirse a sí misma en un estorbo, pues no había nada que pudiera hacer en aquel momento por ella; o eso era lo que ella creía.

La joven e inexperta soberana dedico su tiempo a observar cómo se alzaban las tiendas, debido a que era a primera vez que veía algo así. No sabía que existieran casas que se pudieran trasladar de un lado a otro, así como tampoco comprendía como era que se mantenían estables una vez levantadas su estaban compuestas por telas principalmente. Llegó a creer que algo tenía que hacer. Todos los soldados trabajaban en el levantamiento del lugar, y hasta la duquesa lideraba todo el movimiento; pero ella personalmente no hacía nada por colaborar. Fue entonces que se le ocurrió la idea de juntar algo de madera seca para poder encender una fogata y hacer que los hombres no pasaran frío durante la noche -claro que ella aun no sabía que las tiendas no sería frías exactamente-

Elizabeth comenzó a caminar siendo seguida por el grupo de sirvientas que Henrietta había ordenado trasladar. Y para su pesar, cada vez que se disponía a agacharse para levantar una mísera rama del suelo, una mujer de traje de sirvienta se le adelantaba y la alzaba por ella. Intentó ir por otra, y nuevamente lo mismo ocurrió; no importaba cuantas quisiera levantar, no le permitían cargar nada del suelo por su cuenta. De repente la indignación la abrumó y sólo se rindió. No le permitían hacer absolutamente nada, la sobreprotegían por más que ella sabía sobrevivir bien por su cuenta. Era algo literal, y hasta ella lo pudo notar; cuando en el suelo se quiso sentar, colocaron un pequeño cojín debajo de sus posaderas, impidiendo siquiera que el suelo sucio y frío pudiera sentir. Y entonces, la noche pasó. Ella durmió y nada logró hacer por los hombres que darían la vida por ella. ¡Qué feo era que no le dejaran hacer nada!
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Re: ¡Subiendo la moral! [Campaña] // P. Henrietta

Mensaje por Invitado el Sáb Jun 11, 2016 12:23 pm

Luego de terminar la pequeña charla con la soberana, Henrietta se dirigió hacia su tienda de campaña donde podría recostarse para descansar, donde a la misma vez, podrían encontrarla en caso de cualquier emergencia que ocurriera en el campamento. Para su suerte, un comandante, logró encontrarse con la duquesa antes de que esta se acostase. De este modo pudo informarle del regreso de las águilas con el mensaje de los grupos de exploración, sin arriesgar su pellejo.

A la mañana siguiente, luego de que le ayudasen a lavar su rostro, una sirvienta la peinaría y vestiría con su armadura nuevamente. Lo primero en hacerse fue dirigirse al lugar donde se hallaban las águilas, para ordenar que las enviaran nuevamente con las patrullas de expedición. De este modo avisaría que continuaran con el trayecto; por lo que al ver el despliegue de las aves, los soldados rápidamente comenzaron a levantar el campamento. Finalizado esto, con todos los miembros del ejército listo para partir,  los encargados de cuidar los caballos trajeron al corcel blanco que tenía el cabello trenzado. Este era el caballo pura y exclusivamente perteneciente a la duquesa, e instantáneamente luego de montarlo, el ejército comenzó a moverse.

A diferencia del primer día de viaje, transcurrieron los siguientes días y noches sin otorgar descanso a sus hombres. La elegante y tirana mujer concluyó con que esta sería la mejor forma de recuperar el tiempo perdido a causa de su reina. Avanzando sin descanso deberían de poder encontrarse con el puente al norte el rio Pheribio, donde tras cruzarlo encontrarían muy posiblemente, la zona de avistamiento de los enemigos. No obstante, la tiránica dictadora era consciente de la necesidad de otorgar el descanso necesario a sus peones, para que de este modo, fueran más eficientes a la hora de empuñar sus armas bajo su bandera. Por esta simple razón, la duquesa ordenó que detuvieran la marcha y volvieran a levantar el campamento. La fría mujer sabía que aun superando en número al enemigo, podría tener grandes bajas si no permitía que sus hombres descansaran. Fue entonces que el campamento se levantó, a escasos kilómetros de donde se encontraría finalmente el puente.

Con las tiendas de campaña levantadas, los soldados más despabilados montarían guardia mientras sus compañeros recibían un merecido descanso. Henrietta, antes de tomar un descanso como los demás, se reunió con los comandantes de cada batallón y con la soberana que le acompañaba. De este modo esperaba comunicar como se movilizarían las tropas una vez que cruzaran el puente más allá de las llanuras costeras. Una vez que todos estuvieron informados, los comandantes se retiraron para así poder descansar finalmente. Mientras que, ella haría exactamente lo mismo que sus piezas de ajedrez. No obstante, había algo de vital importancia que debía atender primero, y para esto se dirigió junto a Elizabeth antes de que esta pudiera retirarse. ―Princesa.― Pronunció levemente para llamar su atención. ―Si no le es molestia, me complacería si acepta acompañarme con una taza de té.― Dijo finalmente, esperando la aceptación a la propuesta que le había a la soberana.
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Re: ¡Subiendo la moral! [Campaña] // P. Henrietta

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