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The way of a warrior [Entrenamiento] [Priv. Hikaru]

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The way of a warrior [Entrenamiento] [Priv. Hikaru]

Mensaje por Invitado el Dom Mar 13, 2016 6:17 pm

Había llegado al punto en el que ya no toleraba lo que mi madre estaba haciendo conmigo y con mis hermanos, desde la muerte de mi padre no se había dedicado a otra cosa más que a controlar la vida de todos nosotros tomando ella las decisiones que nos correspondían a nosotros. Buscaba sin parar a las demás familias nobles para conseguirnos algún compromiso con alguna de las hijas de éstas, o algún hijo, en el caso de mi hermana. Podría soportar todo esto simplemente ignorándola de no ser también que en caso de no encontrarnos pareja nos obligaría a tomar el camino de un monje, ¿qué tenía en la cabeza esa mujer?, ¿acaso cree que mi padre estaría orgulloso de ver que es ella la que decide por nosotros lo que de nuestras vidas sería? Yo no lo creía así, y si mis hermanos no se atrevían a confrontarla era problema de ellos, porque estoy seguro que ellos están igual de hartos que yo. Pareciera que ya olvidaron que somos hijos de un guerrero, y que lo ideal sería seguir sus pasos, por él y por nuestro país.

Y ahora estaba aquí, caminando lo más rápido que podía para huir de mi madre que me estaba siguiendo tratando de alcanzarme. “Demonios, parece que no se va a cansar…”, pensaba mientras seguía avanzando sin detenerme para nada. La razón por la que me encontraba en esta situación era simple, mi madre había llegado con una familia noble, padres e hija, y había interrumpido el entrenamiento que estaba teniendo con uno de mis hermanos para decirme que había quedado de acuerdo con ellos para que la hija de ellos y yo quedáramos comprometidos aun cuando antes le había dejado claro que no aceptaría a nadie, al menos de momento, para seguir los pasos de mi padre y convertirme en el honorable guerrero que él fue en vida, ¿pero le importó? Pues al parecer no, y eso era algo imperdonable para mí. Inventé alguna excusa para poder entrar a la casa y agarrar algo de dinero que tenía guardado gracias a ahorrar todo lo que el ayudarla en el negocio me traía, ropa y algunas cosas que me podían ser útiles para irme rápido de casa después de una discusión entre mi madre y yo.

¡Alexander Delacroix! ¡Vuelve aquí inmediatamente!—gritó, llamando la atención de algunas personas que pasaban por ahí quienes miraban con curiosidad la escena. Aun seguía detrás de mí siguiéndome el paso, me temía que no se le veía con intenciones de detenerse—. ¡Si no vuelves en este instante te juro que habrá consecuencias graves!
Te pedí una cosa antes, madre. Una cosa que no era tan difícil de cumplir—respondí sin detenerme, asegurándome que me escuchara lo mejor posible e ignorando las miradas curiosas de las personas—. Y no lo cumpliste aun así, aún insistes en manejar mi vida y la de mis hermanos sin tomar en cuenta lo que nosotros opinamos. Has llevado a esa chica y a su familia para arreglar un matrimonio conmigo sin haberme preguntado antes e ignorando además mi petición de no hacerlo—me detuve no con la intención de regresar a casa, sino más bien para encararla y decirle las cosas directamente, tenía la esperanza de que así lograría convencerla—. Lo siento, madre, pero enserio estoy harto que la que diga que será de mi vida seas tú y no yo.

Ella, aprovechando que me había detenido me tomó del brazo con fuerza. Intente liberar el brazo, pero no me fue posible.

¡Lo hago por el bien de ustedes y de nuestra familia!—gritó. No respondí, solo le miraba con una expresión de incredulidad, cosa que captó— No me pongas esa cara, sabes bien que intento mantener el apellido Delacroix en reconocimiento, con la muerte de tu padre es mi deber hacerlo. Ademas, ¿qué no piensas casarte? ¿Qué piensas hacer de tu vida sin alguien que te guíe?
Madre, yo en ningún momento puse en duda tus intenciones—respondí serio y viéndola a los ojos. No estaba muy seguro de lo que acababa de decir, pero no me convenía contradecirla más por ahora—. Mas tus métodos no son los adecuados, a mí parecer. Sí me voy a casar algún día será con alguien que YO elija—seguí hablando, respondiendo ya a sus preguntas—. No con una mujer a la que no conozco de nada y que tú me has traído porque sí, por muy noble que sea. Lo que pienso hacer de mi vida es seguir los pasos de mi padre, ser un honorable guerrero, como él.
¡Puras patrañas!—podía notar en su cara una leve expresión de molestia—. No sabes lo que dices, Alexander. ¿Cómo piensas lograr eso si quien te enseñaba era tu padre y ya no está con nosotros?—comenzó a caminar en dirección a casa jalándome a mí del brazo—. Ahora, regresemos a la casa que esa chica y su familia nos esperan para arreglar los últimos detalles a su compromiso.

La obligué a detenerse empujando con fuerzas a la dirección contraria a la que ella caminaba, aferré mis zapatos lo más que podía al suelo para que le fuera aún más difícil llevarme de vuelta a casa.

¡Puedo encontrar a alguien más que me enseñe! ¡Inclusive podría hacerlo yo solo sin necesidad de alguien mas!—intenté soltarme, de nuevo sin éxito. Estaba dispuesta a llevarme a casa, al parecer—. Gracias a mi padre ya tengo algunos conocimientos en combate, así que no será difícil encontrar a alguien que expanda lo que ya sé. Por ahí afuera hay bastantes personas que aceptarían, estoy seguro. Y estoy dispuesto a demostrarte que puedo lograrlo, madre. Ahora...—moví mi mano libre hacia la funda en la que guardaba mi espada de forma que lo notara— puedes liberarme por tu cuenta o tendré que hacer que lo hagas a la fuerza.

En realidad eso ultimo no lo decía enserio, ella seguía siendo mi madre después de todo, por más despreciable que pudiera llegar a ser y no me perdonaría si llegara a herirla. Mi única intención era asustarla para que me soltara sin problemas y poder irme a encontrar a quien podría ayudarme con mi meta. Lo único que esperaba era que las personas que veían la situación no creyeran que de verdad desenfundaría la espada o eso podría traer problemas.
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Re: The way of a warrior [Entrenamiento] [Priv. Hikaru]

Mensaje por Invitado el Mar Mar 29, 2016 1:01 am

Un honorable guerrero.

Las palabras quedaron pululando por su mente: un incesante repiqueteo que pronto se volvió ensordecedor, un eco de inconmensurable potencia que poco a poco se abrió paso por su subconsciente, provocando una reacción en sus sentidos. ¿Qué derecho tenía el joven, aquel chico que le era completa y totalmente desconocido, para hablar de convertirse en un noble guerrero, cuando se limitaba a gritarle a la mujer de la que provenía, la que con tanto amor debía de haberlo criado y que, por sus palabras, aún seguía preocupándose por su bienestar? La escena no cabía en su mente: en vez de un noble guerrero, el chico parecía encaminado a ser apenas una diva más, un noble creyéndose rey tan solo por portar sangre de renombre y poseer más tierras que otros. Incluso el propio general, sin una pizca de sangre azul, era más noble que aquel que clamaba serlo.

Ni siquiera recordaba cómo había llegado hasta allí; debía ser uno de aquellos efímeros días en los que se encontraba libre de su trabajo, dejado a su suerte en un mundo en conflicto donde su labor no era requerida. No podía decir extrañaba aquel sentimiento de estar al límite, de pender literalmente de un hilo; no podía declarar que sentía cierto vacío cuando su vida no peligraba, pues el caso no llegaba hasta semejante extremo, pero tampoco podía decir que estaba a gusto con esa sensación de inacción. Su cuerpo estaba acostumbrado a la batalla, forjado a través de incontables luchas en lejanos páramos; poco a poco, su mente se había ido adaptando, aceptando el hecho de que su vida se desarrollaría y acabaría en un campo de batalla. Ahora que estaba en una ciudad, rodeado de personas ajenas a la guerra y despreocupadas por el conflicto, se sentía como un extraño.  Sin embargo, la calma no parecía ser capaz de durar mucho tiempo más; de alguna forma, la violencia siempre lograba encontrarlo allí donde se escondiese.

La situación se fue poniendo más tensa; de alguna forma, muchos momentos antes, supo que terminaría interviniendo. En cierto modo, se conocía a sí mismo con tanto detalle que sabía cómo inevitablemente reaccionaría, mucho antes de ver el verdadero desarrollo de la escena. Sabía que terminaría interponiéndose, aún sin conocer a ninguno de los dos, sin que realmente le afectase en ningún aspecto de su vida: porque en parte detestaba a todos aquellos que hacían apología a la violencia injustificada, y en parte porque creía que aquel muchacho necesitaba aprender que la vida no se basaba en caprichos.

El poseer una espada y el saber usarla podían abrirle varias puertas a un hombre: pero no servía de nada un guerrero sin disciplina. Podía ponerle una espada en la mano a un hombre y convertirlo en un guerrero, en una máquina asesina; pero, si le enseñaba a ser disciplinado, a controlar su temple, podía transformarlo en un soldado, y demostrar así realmente cuán valioso podía llegar a ser uno. Frente a él, tenía a un simple muchacho que, por un capricho que realmente a él no le importaba, estaba a punto de alzar su filo contra un civil. Simplemente inconcebible, inadmisible. Debía actuar.

Terminó avanzando; en la izquierda portaba su imponente escudo, que hacía juego con aquella gruesa armadura que llevaba por encima de su cuerpo. No traía el casco consigo, pues había creído no necesitarlo: ya suscitaba miradas curiosas sin él. Llamar más la atención nunca había sido especialmente su interés; pero, al intervenir, sabría terminaría creando una escena. Una que, lamentablemente, creyó necesaria.

La fuerza solo debería ser usada para proteger —musitó, tomándolo del brazo por el que sostenía la empuñadura de su espada, aún en su funda; ejercería él mismo fuerza, apretando e inmovilizando mano. Le dolería, sí, pero eso era apenas una ínfima demostración de la fuerza que poseía—. No te atrevas siquiera a soltar una amenaza si no estás dispuesto a sufrir por ella. —completó, sin soltarlo.

Tan solo aflojaría su agarre si veía el contrario desistía de su actitud amenazante; caso contrario, tenía aún toda la tarde, y realmente no había otra cosa más importante con la que ocupar su tiempo. No llevaba su espada consigo, pero no la necesitaba para enfrentarse a un chico que, a su ver, hablaba mucho pero poco podía hacer al respecto.

Ahora, suelta la espada, y explica el problema —la mujer comenzó a hablar, llamando su atención; el general clavó sus amarillos ojos en ella con semejante seriedad e intensidad que las palabras contrarias se atoraron, y el silencio volvió a colmarlo todo—. Bien. Habla. ¿Qué te aqueja? —preguntó.

Iba a ser un día largo, y lo sabía desde antes de que la respuesta llegase.
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Re: The way of a warrior [Entrenamiento] [Priv. Hikaru]

Mensaje por Invitado el Dom Abr 17, 2016 11:14 pm

La insistencia de mi madre en ordenarme y obligarme en volver con ella se detuvo en el instante en el que solté la amenaza de sacar mi espada. Ya no estaba arrastrándome a la fuerza en dirección a nuestro hogar pero aun no me liberaba del todo, me seguía sosteniendo del brazo sin darme oportunidad a mí de liberarme, aunque se podía notar cierta inseguridad en el agarre, seguro era porque estaba atenta a si intentaba algo con mi arma, pero no era capaz de hacerle daño a mi madre. Estaba en una situación bastante difícil pues no veía a mi madre con la intención de soltarme, una lástima pues yo no tenía la intención de volver a casa. Estaba comenzando a desesperarme cada vez más, veía imposible convencerla por las buenas de dejarme ir. Empuñé el mango de la espada como si fuera a sacarla  solo para darle un pequeño susto.

Madre, por favor, te lo pido por las buenas y no quiero tener que hacerlo por las malas—advertí sosteniendo la empuñadura de la espada, lograba notar cierto grado de nerviosismo en el agarre de ella—. Así que simplemente suéltame y déjame ir.
N-no te atreverías, Alexander—contestó tartamudeando, al parecer comenzaba a creérselo, la cosa estaba mejorando—. Ahora deja de decir tonterías y quita la mano del arma.

“Demonios”, pensaba, al parecer ni con todas las amenazas que le había dado estaba dispuesta a ceder y dejarme ir, al parecer tendría que asustarla un poco más haciéndole creer que hablaba enserio con las amenazas. Suspiré fingiendo derrota para que aligerara aún más su agarre, cosa que sorprendentemente funcionó. Debía aprovechar la libertad para desenvainar la espada y con eso lograr asustarla así que me apresuré a deslizar la espada y… mi brazo no podía moverse.

De un momento a otro había una presión en mi brazo que me lastimaba la mano y hacía imposible el moverla para usar la espada, mi suerte iba de mal a peor, ¿ahora qué era lo que me inmovilizaba el brazo?, ¿mi madre de nuevo? Imposible, ella no tenía tanta fuerza. Dirigí mi mirada hacia arriba solo para encontrarme con un hombre de cabellos negros y una mirada seria cuya vestimenta era una robusta armadura característica de generales, lo que me faltaba, esto de verdad había empeorado.

Eso lo tengo muy claro, señor. Mi padre así me lo ha enseñado—le respondí sin soltar la empuñadura de mi espada, no sabía con qué intenciones se había acercado así que no bajaría la guardia—. Pero a mí parecer en este momento no me quedó de otra más que hacerlo pues mi madre aquí presente debe aprender que no todo puede ser como ella quiera.

Lancé una mirada rápida hacia donde mi madre estaba parada mientras decía lo último, estaba sonriendo de orgullo por la situación en la que me encontraba, odiaba esa sonrisa de ella. Había empezado a hablarle al recién llegado pero fue silenciada inmediatamente por una mirada del mismo. Volví mi mirada al hombre, al parecer solo estaba tratando de calmar la situación y no se iba a poner del lado de nadie, al menos no era tan malo y solo bastaba con explicarle con sinceridad lo que pasaba. Abrí la mano que sostenía la empuñadura de la espada para soltarla y alejaba mi mano de ella.

La situación es esta—comencé a hablar mientras me acomodaba y vigilaba que mi madre no intentara entrometerse—. Mi padre hace tiempo que murió defendiendo a este, su país. No murió sin dejarnos nada, no, estamos en una muy buena posición económica y somos una familia noble al ser mi padre un marques—hice una pausa asegurándome de que se esté entendiendo y de que mi madre siguiera callada—. Desde la muerte de mi padre mi madre ha estado buscando a mis hermanos y a mí una esposa como método de seguir siendo una familia sonada, aunque ya lo seamos…
¡No solo es por eso, Alexander! ¡Es para que tengan su futuro bien planificado y no se les ocurra una tontería como se te está ocurriendo a ti justo ahora!
Madre—interrumpí ya de forma tranquila pues no era necesario ocupar la fuerza ya—. Por favor, déjame hablar a mí. Continuo—de nuevo dirigí mi mirada al hombre—. Yo le había dicho que de ninguna forma quería que me fuera buscando un matrimonio y que me dejara elegir a mí lo que sería de mi vida, siendo esto el ser lo que mi padre fue, un gran guerrero. Ella no hizo caso a esa simple petición. En este momento está en casa una chica y su familia esperando para arreglar los últimos detalles, por eso es que estamos aquí justo ahora. Porque ya no soporto el que ella esté controlando mi vida y no me deje seguir los pasos que mi padre tomó y ser como él. Eso es todo.

Terminé de hablar, ahora todo quedaba en que el hombre entendiera mi situación. Podía ser que inclusive me ayudara a convencer a mi madre de dejarme ir para al menos partir de buena forma, aunque aún si ella no quería yo no regresaría a casa. Mantenía mi mirada fija en él mientras esperaba su respuesta a mi explicación.
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Re: The way of a warrior [Entrenamiento] [Priv. Hikaru]

Mensaje por Invitado el Mar Jun 07, 2016 2:21 am

Ciertamente tenían ideas diferentes.

Según el muchacho, su accionar estaba justificado en base al hecho de que su madre era demasiado insistente y que, para demostrarle que todo no podía salir como ésta quería, estaba dispuesto a desenvainar su espada. Poco le importaba el hecho de que lo hiciese para amedrentarla, educarla o dañarla: era el hecho en sí mismo el que no toleraba, el que le parecía infinitamente despreciable. Su filosofía estaba basada en firmes y arraigadas creencias, y el muchacho, en tan solo unos pocos movimientos, había logrado despreciar todas y cada una de las enseñanzas que hacían de él mismo un gran guerrero; uno que sobresalía no por su habilidad por la espada ni por su valentía, sino por su honor, algo que estimaba por sobre todas las cosas, incluso por sobre su propia vida: podía morir peleando, defendiendo a los suyos, pero moriría con honor, jamás retractándose de sus palabras o sus estocadas. No había lugar en el camino del guerrero para dudas.

Y, pese a todo, el muchacho que frente a él se postraba, en aquella quejosa actitud que poco hacía para agradarle, quería convertirse en uno de los suyos. Se quedó en silencio, enarcando una ceja, analizando todas las palabras y justificaciones que el joven tenía para él: no porque le importasen en absoluto, sino porque sería descortés el simplemente callarlo.

Bien —comenzó; no soltó el agarre, sino que hizo aún más presión sobre la muñeca ajena. Si el muchacho no estaba dispuesto a alejarse del arma, él lo obligaría, aunque tuviese que usar su fuerza para ello—. Entonces yo te enseñaré que tampoco podrá ser como tú quieres. No hay justificación que valga para el desenvaine de una espada —soltó sin más, contentándose con clavar su mirar en la fémina, que una vez más entendió no era el lugar ni el momento de seguir con su plática familiar. Aquel pasaba a ser un asunto más serio, y el General no tenía la capacidad de tolerar berrinches sin sentido, menos si éstos venían de personas que se hacían llamar adultas—. Mucha gente muere para que tú no tengas que usar un arma, y tu idea se basa en amenazar con ella. Inadmisible —finalizó.

Al final, el muchacho pareció entrar en razón, o al menos recuperar la cordura suficiente para saber que lo que hacía no era del todo correcto —o, muy por el contrario, no había recapacitado en absoluto sobre el asunto, limitándose a quitar la mano de la espada por temor a lo que el General podía hacerle. El muchacho de oscuros cabellos no era una persona afán de la diplomacia, pero tampoco estaba dispuesto a herir a inocentes por un simple malentendido —sin embargo, cuando de disciplina se trataba, era más estricto y exigente, incluso aunque el destinatario de sus palabras fuese un completo extraño. Había tenido la gracia, o la desdicha, de encontrarlo en su día libre, y si bien había dejado la espada en casa, aún tenía el escudo consigo. La joven diva podría llevarse alguna que otra enseñanza del General, si es que prestaba algo de atención a la práctica, en vez de justificar su teoría.

Terminó quedándose quieto escuchando con deliberada atención todo lo que el muchacho tenía para decirle; de ser un  completo desconocido pasaba a ser algo diferente, como un panorama al que poco a poco se le iban agregando detalles, una figura difusa que adoptaba paulatinamente contornos más definidos, develando algo más allá de la primera, confusa y poco agradable impresión que le había dado.  No era una presentación favorable, pues aún hacía hincapié en diferentes caprichos, pero por lo menos ahora tenían algo de sentido. Clavó su mirada en la fémina, fulminándola con sus ojos, obligándola a callar nuevamente; el muchacho lo hacía con palabras, pero él se limitaba a mantenerse silente, pues no necesitaba más para imponer su voluntad.

Bien —comenzó, una vez el contrario hubo de terminar. Clavó su gran escudo en el suelo de un solo movimiento, destrozando la tierra y haciendo que se quedase en su lugar. Se cruzó, entonces, de brazos—. Entiendo que busques seguir los pasos de tu padre, pero no serás siquiera una sombra de un guerrero digno si no aprendes primero algo de disciplina —apuntaló, serio, mirándolo de arriba a abajo. Enfocó un momento sus orbes en la fémina que a su lado se mantenía, como si quisiese analizar el contexto en el que habitaban, y las razones por la que ambos serían como eran—. Quieres escapar de tu hogar, y de tus responsabilidades como hijo soltero de un marqués muerto. Quieres huir en vez de afrontar lo inevitable. Ése no es el camino del guerrero —aseveró. No quería se tomase como un ataque personal, pero el hombre de oscura cabellera se caracterizaba por decir lo que pensaba, sin filtrar sus palabras—. Debes volver, disculparte con la muchacha y la familia por el tiempo que les has hecho perder, y negar rotundamente cualquier vínculo que los una, si casarte no es tu voluntad. Y usted, señora —apuntaló, sus facciones encarando ahora a las de la aludida—. Manténgase al margen, por favor, pues no hará nada para ayudar. No le imponga condiciones: enséñele a imponerse sus propias reglas, su propio código, y a seguirlas —continuó, severo como siempre, todavía cruzado de brazos—. Y si no sabe cómo, busque a alguien que sí. Si lo que quiere es darle un futuro, es lo mínimo que podría hacer. Sin disciplina somos meras bestias —finalizó.

Esperaría al desenlace de sus comentarios; sabía podía ser atacado desde el hecho de que no tenía autoridad alguna para hablarle así a ninguno de los dos, teniendo en cuenta que era apenas un General del ejército, pero quería verlos intentar el refutar sus palabras. El beneficio de hablar con la cruda verdad era que, para contradecirla, se necesitaba de un gran esfuerzo, y muchas veces éste resultaba inútil, sin importar cuán grande. Todavía cruzado de brazos alternó su mirada entre los dos presentes, observando de vez en cuando más allá de ellos, a los transeúntes que se habían parado cómodamente a los costados de la calle para observar el espectáculo. No le molestaba, pues no ejercían presión sobre él, sino sobre ellos: si la fémina se dignaba de tener algo de honor, aunque sea como miembro de la nobleza, entendería que no tenía muchas opciones diferentes a aceptar la propuesta del General, al menos si no quería quedar mal parada socialmente. No sabía en qué momento había decidido ayudar al joven, pero creía que, por lo menos, podía inculcarle algo de respeto, disciplina, y quién decía que no, incluso instruirle en el arte de la lucha. Pero todo dependía de la reacción de cada uno, y cuántas ganas tuviesen de colmarme la paciencia al General y arruinar así su día libre.
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Re: The way of a warrior [Entrenamiento] [Priv. Hikaru]

Mensaje por Invitado el Dom Jul 10, 2016 12:14 am

La situación entre mi madre y yo se había complicado en cuanto llegó aquél hombre que me sostenía la mano con la que empuñaba mi espada no permitiéndome hacer ningún movimiento. La situación no podía ponerse peor de lo que ya estaba, el solo ver la expresión victoriosa de mi madre al verme en esa situación me asqueaba aunque algo me decía que aun ella no era la que había ganado esto, pero al mismo tiempo yo tampoco. Intenté explicarme un poco el por qué había ido hasta el extremo de desenvainar mi espada para poder librarme de mi madre, con suerte y podría hacer que viera que quien estaba mal era ella y no yo. En cuanto terminé de decir lo que tenía que decir el pelinegro contestó, poniendo aún más fuerza en el agarre de mi brazo.

Veo que aún no ha entendido nada, señor—respondí tratando de no hacer ningún gesto que mostrara molestia ante el agarre de su mano en mi brazo—. No quiero que las cosas salgan como yo quiero, no, y mucho menos trataba de justificarme. Si lo que yo quiero es arriesgar mi vida por la seguridad de las personas, así como mi padre lo hacía, no dejaré que mi madre me lo niegue.

A mi madre se le notaban las ganas de contestarme eso ultimo pero no se atrevía, la había intimidado. A juzgar por las frías miradas que el hombre le dedicó a mi madre mientras hablaba conmigo no estaba equivocado en que no se pondría del lado de ella pero a la vez veía muy difícil que se pusiera del mío. No me quedaba de otra más que confiar en que entendería mi situación con lo que ya le había dicho antes, después de todo no le estaba mintiendo y era obvio que quien más razón tenía entre mi madre y yo era yo.

Rindiéndome en el agarre de mi brazo solté mi espada para que así me dejara ir y poder hablar de una mejor manera sobre el asunto pues a la fuerza no lograría nada. Una vez libre me dispuse a explicarle de mejor manera las cosas. El porqué de la pelea, la situación que se había dado poco antes que fue lo que inició todo y las cosas que mucho antes le hice jurar a mi madre pero a las cuales no hizo caso a pesar de que ella las había aceptado, o al menos había fingido aceptar. En cuanto terminé de contarle me quedé de pie en mi lugar paseando la mirada entre el hombre y mi madre manteniéndome lo más serio que podía en esos momentos. Fue entonces cuando el hombre comenzó a hablar, clavando su escudo en el suelo con tanta fuerza que la tierra en donde lo hizo se quebró, quedándose el escudo en pie. Di un paso hacia atrás por precaución de lo que el hombre podría hacer sin perder mi mirada seria. Lo que decía me hacía enfadar, se atrevía a decir que no llegaría a ser como mi padre, ¿quién era él para decir eso? Aunque lo quería, no reaccioné de ninguna forma, no era buena idea perder de vista que se habían reunido a nuestros alrededores personas curiosas que se mantenían viendo el pequeño evento que estaba ocurriendo aquí. Actuar de mala manera sería una muy mala idea teniendo en cuenta eso así que solo me limité a escuchar de mala gana. Aunque sus palabras no iban dirigidas solo a mí, le dirigió unas palabras a mi madre también quien no aguantó mas.

¡No! Ni Alexander ni usted están en la razón, joven. Yo opino que…
¡Madre!—interrumpí a mi madre con un grito para evitar que convenciera al hombre de sus ideas y para que los curiosos no se enteraran de nada que no les perjudicaba a ellos—. La cosa justo ahora es entre él y yo, así que si nos permites…

Sin dejarla hablar dirigí mi vista al hombre enfrente de mí. Me trataba de tranquilizar para que mi tono al responder no sonara como reto o queja.

No estoy escapando de mi hogar, estoy escapando de ella—contesté señalando con mi cabeza a mi madre sin apartar la vista de él—. De ella y del control que quiere aplicar sobre mí y sobre mis hermanos. Y vale, si ellos están a gusto con que ella esté manejándolos es problema de ellos, yo por mi parte quisiera poder decidir por mí mismo el cómo quiero llevar mi vida, usted entiende, ¿no es así? ¿Acaso no es normal que uno decida por sí mismo sobre su vida?—hice una pequeña pausa para ver a mi madre, quien aún intimidada por el hombre no se atrevía a hablar por más que quisiera hacerlo. Regresé mi mirada al hombre—. Sobre de que no llegaré a ser ni la sombra de mi padre permítame decir que está equivocado y es algo que quisiera probarle a mi madre y ahora a usted porque sé que soy hábil con la espada. Que no lo engañe un solo momento, la disciplina es algo que tengo muy presente, pero justo ahora no puedo no reaccionar de mala gana ante el control que mi madre intenta interponer. Ahora, sobre volver a mi hogar y pedir disculpas tendré que negarme. No por ser maleducado sino que conozco a mi madre y sé que algo hará para que no vuelva a salir de casa si ella así no lo quiere, ¿entiende, no? Ella puede regresar sola desde aquí y explicarles todo lo que pasó, la casa no está muy lejos de aquí de todas formas.
¿Ve, joven? ¿¡Ve lo maleducado que es este chico!? ¿A caso usted cree que sobreviviría allá afuera él solo?

Mi madre quien desde hace tiempo quería hablar lo hizo de la manera en que solo ella sabía. Ya no la interrumpí, la dejé hablar pues ya no tenía caso el detenerla. Ya había dicho todo lo que quería decir, ahora solo quedaba ver qué era lo que opinaba el hombre de todo eso. Sabía que por cómo estaba no había dicho las cosas de buena manera, pero al menos había sido totalmente sincero con sus pensamientos.
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Re: The way of a warrior [Entrenamiento] [Priv. Hikaru]

Mensaje por Invitado el Dom Jul 10, 2016 7:48 am

Aquello no iba a terminar bien.

Si bien no había tardado en llegar a aquella conclusión, podía decir que el desenlace se hacía más evidente con cada instante que transcurría; las palabras, tanto propias como ajenas, tan solo servían para incrementar el ardor de aquella llama, el fuego de aquella orgullosa hoguera que ardía en el pecho de ambos combatientes. Ninguno estaba dispuesto a ceder su posición, sin importar cuán indefendibles fuesen sus argumentos. El general sabía muy bien que su razonamiento no tenía falla alguna: podía ser no tan ducho como otros en el arte del convencimiento, y su labia podía no ser impecable como la propia de quienes nacen en cunas de oro y rodeados de buenos maestros, pero sabía cómo expresar la dura realidad, y cómo hacerse imponer con argumentos claros y concisos, tan difíciles de refutar como la mismísima realidad que había de rodearles.

Lo he entendido todo —sentenció, esta vez clavando su frío mirar en los ojos de aquel que osaba menospreciar su juicio—. Si no accedes a lo que tu madre quiere, es porque inevitablemente buscas imponer lo que tú quieres, lo admitas o no —explicó. No aflojaría el agarre, ni sentiría compasión alguna por el muchacho: si tanto ansiaba exponerse a la vida adulta, a querer arriesgar su vida entre las filas militares, entonces le daría una demostración de cuán débiles podían ser las convicciones cuando éstas no tenían fundamentos, de cuán poco podían durar las esperanzas de los hombres ante la cruda realidad—. Eso es indiferente. La cuestión sigue siendo la misma: estás usando los medios erróneos para demostrar tu punto. —concluyó, sabiendo que sus palabras lo incitarían inevitablemente a querer alargar esa discusión.

Dejó ambos hablasen, y tuvo la suerte de no tener que intervenir nuevamente en el diálogo entre ambas partes: ya se había convertido en un miembro pleno de aquel argumento, desplazando entonces a la madre de su contrincante a una posición meramente observadora, un papel secundario que carecía de importancia o relevancia alguna para la cuestión. Podía bien quedarse o irse, pero no le dejaría intentar adentrarse en una cuestión que, ahora podía afirmarlo, se había convertido en propia, aunque hubiese comenzado siendo enteramente ajena.

Tu hogar es donde está tu familia —sentenció, tan duro como siempre. Pero ahora había algo más, no en su labia, sino en sus ojos: algo peor, algo lleno de dolor, de un inflexible sufrimiento capaz de quebrar el alma del más duro guerrero. Algo que databa de hacía mucho tiempo, de una herida que jamás habría de sanar, de historias de pérdida y añoranza que daban fe de que hablaba, no por querer imponerse, sino para dar un consejo sabio, ganado a través de la experiencia y de las duras pruebas que el Destino ponía a los hombres buenos, condenados a sufrir por su bondad—. Aprovéchalo mientras aún lo tienes. —Fue todo lo que dijo al respecto.

Pasó, entonces, con rapidez a la segunda cuestión, a la siguiente orden del día: una que le llamaba en extremo la atención, en parte porque tenía la curiosidad suficiente como para querer indagar en la psiquis ajena, y en parte porque adoraba los fervorosos combates verbales sobre cuestiones como el honor, la disciplina y el deber: asuntos muchas veces subestimados, menospreciados, y que realmente resultaban superiores a muchas otras problemáticas mundanas que tan vanamente se planteaban en el día a día, algunas tan irrelevantes que resultaba gracioso aún siguiesen perdiendo el tiempo en ellas.

Arqueó una ceja, claramente decepcionado ante el argumento ajeno, que casi era una ofensa a cualquier otra explicación que él mismo hubiese dado anteriormente: una descripción tan escueta y vacía, tan carente de significado alguno, que hasta se planteó el sentirse ofendido por haber tenido que escucharla. El general podía ser muchas cosas, y ciertamente no se le podía adjudicar el adjetivo «malévolo», pues distaba mucho de ser alguien pérfido, pero había en él una notable intolerancia hacia las personas que hablaban sin saber sobre temas en extremo importantes para él. Lo miró, queriendo destrozarlo con la mirada, como si todas las escenas bélicas que él hubo de experimentar, como si toda la furia y el dolor se juntasen en un único vistazo, apabullante como solo éste podía serlo.

Dices que tu padre era un gran guerrero, y eso no lo pongo en duda —explayó, poniendo su entera atención en aquel fragmento de la discusión—. Pero tan solo me das la razón. Si tu mejor argumento es que eres «hábil con la espada», entonces ni siquiera mereces llamarte guerrero. Ni hablar de ser uno grandioso. La comparación casi resulta una ofensa —continuó, soltando las palabras con una convicción propia de quien había ya pasado por las diferentes etapas de aprendizaje en su vida, y ahora hablaba por experiencias propias—. Ser un guerrero comienza mucho antes de tomar un arma. Y no te confundas: tener habilidad con una espada no te hace más digno; en todo caso, si esa es tu única cualidad destacable, te hace menos digno que un soldado promedio —Se cruzó de brazos, la armadura de placas que llevaba torciéndose sobre sí misma para permitirle el movimiento—. Si no puedes evitar reaccionar de una manera agresiva ante una situación que no te gusta, entonces tu disciplina es apenas una excusa, un intento —apuntaló, tan serio como siempre. Resultaba difícil no ser tan tajante, pero es que le molestaba el hecho de que hablase tan impunemente sobre conceptos que apenas y debía conocer; sin embargo, hacía gala de lo que él mismo decía, manteniéndose tan sereno como al principio, sin importar qué dijese o le fuese dicho—. La disciplina de un guerrero se ve en mayor medida cuanto más adversa te sea la situación, y cuanto más calmo te mantengas. Y si tu impulso fue desenvainar la espada, entonces ya has perdido el combate que tú mismo quisiste plantear. —concluyó, esperando de esa forma dar por finalizada aquella cuestión.

Se percató de cómo la madre intentó intervenir, pero en vez de interrumpir sus palabras y recordarle su posición en aquella conversación, limitando su presencia al mero hecho de existir, dejó hablase, usando las incógnitas planteadas como medio para catapultar su argumento y mover drásticamente las tornas de la conversación. Sabía que el intercambio de opiniones podía extenderse indefinidamente, y mucha experiencia tenía ya en cuestiones políticas y diplomáticas, que solían durar más tiempo que el conflicto real en sí mismo.  Por ello, había decidido comenzar a mover las piezas, aunque fuese un poco, para tantear así el terreno y comprobar hasta qué punto su contrincante sostenía lo que acababa de decir.

No podría decir maleducado, pero tampoco está completa su formación. No es un chiquillo como para que lo muevan con hilos, ni un adulto como para dejarlo a la deriva —argumentó; esperaba aquellas palabras no necesitasen de una explicación más concreta, pues ésta solamente le haría perder tiempo, algo que podría perder perfectamente en otro lugar—. Y no, allá afuera no sobreviviría. Se daría cuenta demasiado tarde cuán inútil resulta ser hábil con una espada cuando los Emergidos lo tengan rodeado mil a uno. —completó, hablándole a la fémina, pero cambiando muy ligeramente de objetivo su mirar, esperando entendiese que realmente no le dirigía las palabras a ella, sino a él.

Sin embargo, y si tan ansioso está por morir allá afuera, podría ofrecerme a entrenarlo —propuso. Era una locura en sí misma, pero ya se había hecho, y él tenía todas las capacidades físicas y mentales como para poder instruir el arte de sobrevivir a alguien que pudiese necesitarlo, y que pudiese necesitarlo realmente pronto—. Al menos hasta asegurarme que pueda sobrevivir lo suficiente como para que, cuando realmente muera, digan algo bueno de él, y no sea una simple estadística más. —finalizó, mirando de hito en hito a ambos participantes, buscando en ellos la reacción al propio comentario.
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Re: The way of a warrior [Entrenamiento] [Priv. Hikaru]

Mensaje por Invitado el Dom Ago 07, 2016 9:17 am

Aquel pelinegro decía que lo entendía, pero las palabras que le siguieron me decían lo contrario. Mi madre no tenía por qué controlar cada aspecto de mi vida, ya no era un bebé, tenía la edad suficiente como para decidir por mí mismo. Desde hace un rato me había dado cuenta que por más que intentara liberarme no podría hacerlo. La fuerzo del pelinegro era bastante, así que no me quedaba de otra más que seguir hablando.

Opino que si lo que mi madre quiere de mi vida es algo que yo de momento no quiero tengo el derecho a decirlo—respondí bajo para que ella no escuchara, no quería que se metiera en la conversación—. Es mi vida, después de todo. Ella hizo lo que le correspondía al darme la vida y al cuidarme y se lo reconozco pero no la dejaré que intente cobrarme decidiendo ella por mí las cosas que debo decidir yo—guardé silencio por un momento. Después de un rato decidí soltar la espada—. Si quiere puedo explicarle con más detalle todo, sin armas de por medio.

Mis palabras al parecer habían convencido al pelinegro de por fin soltarme el brazo, al cual sobé con la mano que tenía libre. Levanté mi espada y la guardé en la cubierta de ésta ubicada en mi cinturón. Mi madre, viendo la oportunidad de hablar no dudó en hacerlo haciendo que tuviéramos una pequeña discusión. De reojo veía a aquellas curiosas personas susurrarse unas a otras, pero me importaban muy poco justo ahora. Con unas cuantas palabras logré callarla, aunque seguro lo hacía para no quedar mal frente al pelinegro. Cuando hubo un silenció fue mi oportunidad de hablar y explicarle todo al pelinegro.

No estaba seguro de cómo me sentía en ese momento. Había soltado todo lo que tenía que decir con la intención de que aquél hombre viera que quien tenía la razón era yo y que la que estaba mal era mi madre. No le había dicho ninguna mentira así que confiaba en que al menos vería que estaba siendo completamente sincero. El ambiente comenzaba a sentirse tenso cuando empecé a sentir a mi madre mirándome fijamente. No podía verla y no tenía intención de dirigirle la mirada y aun sin verla podía notar aquella expresión de enojo que siempre ponía cuando estaba empezando a perder una discusión. Era raro que se estuviera manteniendo callada, para este punto normalmente ya estaría gritando a los cuatro vientos tratando de hacer creer que la única opinión válida era la de ella. Solo podía pensar en una explicación del porqué era posible que estuviera conteniéndose, el hombre de armadura la intimidaba.

Fueron unos pequeños segundos que a mí me parecieron minutos los que el hombre se tardó en empezar a hablar, y estaba diciendo que lo había entendido. Había logrado que viera lo equivocada que estaba mi madre. Las primeras palabras del pelinegro me habían hecho sentir un pequeño golpe dentro de mí. “Tu hogar es donde está tu familia.” Podía parecer algo simple pero algo en la forma en qué lo dijo me pareció raro. De forma discreta moví mi mirada hacia aquél hombre delante de mí y algo en su rostro me hizo recordar el día en que mis hermanos y yo recibimos la noticia de la muerte de nuestro padre, y fue entonces que sentí en mi rostro un cambió de expresión repentino a la vez que un nudo en la garganta. Desvié la mirada dirigiéndola al suelo evitando que se notara aquello pasando a continuar escuchado lo que decía el pelinegro.

Dices que no pones en duda que mi padre fue un gran guerrero pero después das por hecho que no me enseñó ninguna de esas cosas que mencionaste—respondí aún con la mirada en el suelo y tratando de disimular mi tono de voz. Respiré hondo por unos momentos para tranquilizarme, en cuanto lo hice levanté la mirada—. Obviamente nos enseñó disciplina y honor, a mis hermanos y a mí, me refiero. Es solo que a ella no puedo demostrarle ninguna de esas cosas—señalé con mi cabeza a mi madre quién soltó un leve quejido, seguramente aguantando el decir algo—. Y yo sé que de momento no llego a ser un gran guerrero, pero es por eso que quiero intentar convertirme en uno y no voy a dejar que mi madre no me lo permita. Soy hábil con la espada y mi padre me enseñó además a tener honor y disciplina, aunque aquí no lo parezca. Sé que puedo honrar el nombre de mi padre siguiendo el camino que él eligió. Es por eso que me enoja que ella no me entienda—guardé silencio por unos momentos, para este punto mi tono era serio, sin buscar pelearle a sus argumentos, solo quería que al menos entendiera mis razones. Me había ganado y debía reconocerlo, pero no se lo diría directamente—. Ahora, admito que hice mal en reaccionar queriendo usar mi espada, pero entienda mi frustración hacia ella y los obstáculos que me pone.

Lo había dicho todo, ahora solo quedaba esperar su respuesta. Mi madre venía otra vez a hablar, de nuevo no la miraba. Si ella quería seguir intentando verse como la portadora de la razón absoluta ya la iba a dejar. El pelinegro le respondió, pero no de la manera en que ella esperaba, lo supe en el momento que escuché que había pisoteado el suelo con fuerza y porque yo también había escuchado lo que el hombre había dicho. No le dio la razón ni a ella ni a mí, pero lo primero que había dicho dejaba ver que ella no tenía derecho a controlarme. Lo último que había dicho, aunque pareciera que era parte de lo que le decía a ella, el que me dirigiera la vista a mí me decía que quien debía escucharlo era yo. Desvié la mirada, no por disgusto sino más bien para que no viera cualquier señal de que pensaba en que tal vez él tenía razón en eso. Con lo que terminó era algo que no me esperaba. Se estaba ofreciendo a entrenarme. No iba a desaprovechar esta oportunidad pues el hombre parecía pertenecer al ejército de algún país y tal vez podía aprender varias cosas de él.

No—comenzó a decir mi madre—. Yo me niego, no lo apru…
Acepto—me apresuré a responder, interrumpiendo a mi madre. Mientras respondía la veía en silencio tratando que entendiera que esta decisión la tomaría yo. Desenvainé mi espada tranquilamente, sin intención de alguna de agredir—. ¿Le parece un primer encuentro para que pueda ver lo que sé y así guiarse en lo que debo aprender?

Pregunté tranquilamente con mi mirada ahora dirigida al pelinegro. La cara de frustración de mi madre mientras yo hablaba no tenía precio, no aceptaba el haber perdido. Decidí no hacerle mucho caso, ahora solo quedaba esperar la respuesta del hombre frente a mí.
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Re: The way of a warrior [Entrenamiento] [Priv. Hikaru]

Mensaje por Invitado el Mar Ago 16, 2016 11:10 pm

Post en construcción.

Un equipo de Emergidos ligeramente inteligentes está trabajando arduamente en la realización de este post. Volveremos con más noticias en la brevedad.
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Re: The way of a warrior [Entrenamiento] [Priv. Hikaru]

Mensaje por Eliwood el Miér Oct 26, 2016 4:31 pm

Tema cerrado. 30G a Alexander.
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Re: The way of a warrior [Entrenamiento] [Priv. Hikaru]

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