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Una verdadera locura - Priv. Hikaru

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Una verdadera locura - Priv. Hikaru

Mensaje por Invitado el Mar Mar 08, 2016 12:38 am

A 5 centímetros por segundo caen los petalos de un cerezo,
A 5 centímetros por segundo se separan las personas cuando no van cogidas de la mano,
A 5 centímetros por segundo se unen aquellas personas que no se conocían.


Una sombra cabizbaja avanzaba sin pausa recorriendo todo aquel jardín de flores. Apenas podía levantar la cabeza y andar. Mantenerme con los ojos abiertos era todo un esfuerzo que me dolía en lo mas profundo de mis entrañas, ya no te digo ni siquiera andar. Cada paso era un pinchazo directo a su estomago, el cual había sido negado de comida durante un día entero.

Una especie de criatura voladora soltó un chillido justo pasando encima mio, lo que hizo que mirara hacia arriba. En apenas unos instantes, una pequeña ardillita voladora se posó en mi  hombro con algo en el pañuelo que tenía ligado en el cuello. Levanté una mano para que se sentara ahí y miré lo que llevaba la pequeña criatura en el pañuelo escondido. Tras hurgar un segundín me encontré una pequeña baya en su interior. Sonreí y suspiré de impotencia y me llevé la baya a la boca. La mordí varias veces, cada una mas amarga que la otra hasta final darme cuenta de que la desesperación por comida había entrado en su cuerpo.

Los pétalos de un árbol de cerezo caían lentamente hasta el suelo, apelotonarse en montañas que parecían nubes de algodón dulce. Unas dulces y apetitosas nubes de algodón de azúcar... con esa textura que parecía sacada del hogar de Naga y el sabor hecho por las lagrimas de las mas bellas damas de Hoshido... Y por alguna razón, pensando en eso acabé con la cabeza metida de lleno en uno de esos montoncitos. Desconocía si la razón era un simple como: "Perdí la cabeza del hambre.", "me dolían las piernas y me caí." o era algo mas estúpido como "Tenía tanta hambre que pensaba que los pétalos eran algodón de azúcar y me tiré a lo loco." Fuera la que fuera, solo había un culpable, el hambre y el cansancio de estar dos días andando.

Después de la caída, Horo bajo de mi hombro y agarró uno de mis dedos con sus patitas. Al notar la suave sensación de su pelo sonreí y empecé a acariciarla, todavía tirada en el suelo hasta que al fin caí dormida, lo que provocó los gritos de la pequeña ardillita mientras me mordía el dedo indice y me arañaba la mejilla, pero seguía sin reaccionar. Ah... Fue realmente una gran tontería pensar que podría llegar al próximo pueblo sin dormir, si... Una verdadera locura.
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Re: Una verdadera locura - Priv. Hikaru

Mensaje por Invitado el Mar Mar 08, 2016 1:35 am

Un día libre no implicaba, en ningún sentido, libertad. Era apenas una excusa para darle a su cuerpo un merecido descanso de aquella pesada armadura —una de la cual no sabía desprenderse completamente. Sus días libres implicaban el patrullar las calles, el vagar sin sentido alguno por Hoshido, rogando algún acontecimiento mantuviese ocupada su mente. Cualquier distracción era suficiente a la hora de mantenerlo lejos de sus internas cavilaciones, alejado de aquel horrendo tren de pensamiento que lo llevaba inevitablemente a su pasado, directo al corazón de dos oscuras sombras que yacían enterradas en el lugar donde, hacía mucho tiempo, había tenido un hogar. La soledad era una excelente compañía, pero su insistencia había comenzado a fastidiarle. Por eso, aquel día, había preferido serenar su mente, calmar su temple en un lugar sagrado y pacífico como lo era aquel magnífico jardín.

Desde donde habitaba hasta su destino había un largo trecho, por lo que había cargado provisiones; llevaba una bolsa marrón, de mediano tamaño, aferrada a su cuerpo con una correa oscura que pasaba desde su hombro hasta su cintura, donde también descansaba la empuñadura de su katana. Era un día hermoso para caminatas de esa índole: el calor no atacaba con toda su dorada furia, y el viento se encargaba de refrescar los fatigados rostros de la muchedumbre, que andaba en una eterna coreografía de aquí para allá. Algún que otro mirar se posaba, de vez en cuando, en aquel gran hombre que iba abriéndose paso con maestría. Tenía el escudo colgado en su espalda, cubriéndola completamente; el casco lo había dejado en su hogar, pero aún llevaba el collar de placas que cubría todo su cuello y sus hombros. El pecho, por su parte, yacía prácticamente descubierto en su totalidad, salvo en la parte superior, por encima de la caja torácica, donde finalizaba su metálico collar. No estaba exhibiéndose, ni mucho menos: pero necesitaba darle a su cuerpo un respiro, a quitarle de encima el peso de una armadura completa. Llevaba una faja negra cubriéndole la parte baja del pecho y el vientre, que le proveía de una sensación de ligereza que no recordaba haber sentido desde hacía mucho tiempo. Sobre su hombro reposaba su pequeño gato, que había sabido acompañarlo en travesías semejantes. Estaba dormido, pero de alguna forma, seguía manteniendo el equilibrio.

Sus pasos le llevaron hasta el jardín de Naga: un lugar sagrado, encomendado a un Dios en el que él no creía del todo, pero que tampoco estaba dispuesto a desprestigiar. Hizo una alabanza al pasar por delante de su templo: si existía, no quería faltarle en absoluto el respeto. Después de todo, era el patrón de su nueva patria. Sin embargo, su atención no se perdió enteramente entre cavilaciones religiosas y dudas teológicas, sino que fue dedicada a algo mucho más real, más cercano: un cuerpo tirado en medio del campo de flores. Primero miró en rededor, casi sorprendido: ¿cómo es que nadie más le había visto? Y aún peor, ¿cómo es que nadie aún le había ayudado?

Sus pasos retomaron la marcha, esta vez aún más veloces que antes: en cuestión de momentos, estuvo arrodillado al lado del cuerpo. Un pequeño animal que reconoció como una ardilla parecía mordisquear lo que podía, en un intento de despertarle. El gato que yacía sobre su hombro despertó casi de inmediato, y se lanzó como un depredador hambriento; pero, a medio camino, el propio soldado logró detenerlo.

Kuro, abajo. Él no es tu almuerzo. —sentenció. El animal era inteligente, y aunque impredecible, seguía siéndole extrañamente leal.

Se sentó sobre sus talones, y buscó voltear el cuerpo; recién entonces cayó en la cuenta de que se trataba de una fémina. No hacía demasiada diferencia en cuanto a su accionar, pero debía cuidarse de que sus intenciones no fuesen malinterpretadas. Intentó moverla lo suficiente para que su cabeza se recostase sobre las piernas propias, que le harían no sólo de soporte, sino también de almohada.

Conocía casos de desfallecimiento; en los viajeros eran muy frecuentes, pues su espíritu aventurero no daba cuenta de los límites propios del cuerpo, yendo más allá de lo permitido. Normalmente caían por falta de comida, bebida, o sueño —en los casos más extremos, los tres factores actuaban en conjunto. Él mismo había experimentado los síntomas de semejante fatiga, y sabía cómo solucionarla de forma gradual y sin sobresaltos para el exhausto compañero: una solución que, viendo el estado ajeno, parecía precisar. Se descolgó la bolsa, y sacó de ella una cantimplora de cuero: estaba llena de agua fresca y dulce. La destapó, y vertió un poco sobre un paño, para luego colocarlo sobre la frente contraria. Eso la despertaría sin lugar a dudas, aunque fuese lo suficiente para hacerla reaccionar.

Oye, despierta —murmuró, haciendo una ligera presión del paño contra la frente; un par de gotas caerían, recorriendo su rostro. La frialdad seguramente le haría despertar—. Es un buen lugar para dormir, pero no de esa forma. —le susurró, cantimplora en mano, dispuesto a ofrecérsela si se despertaba: debía de tener sed, y si tenía hambre, también podía ayudarle en ese aspecto.

Después de todo, había ido preparado para tener un día libre.


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Re: Una verdadera locura - Priv. Hikaru

Mensaje por Invitado el Mar Mar 08, 2016 12:43 pm

Aunque estuviera con los ojos cerrados, podía oír los chillidos de Horo preocupada en sus orejas, pero no tenía energías ni para hablar. Aunque estaba immobil y con los ojos cerrados era consciente de lo que ocurría. Estaba simplemente... Descansando los ojos después de un largo viaje. Por supuesto, solo estaría una media hora así hasta recuperar suficiente energía hasta llegar al próximo pueblo. Luego dormiría un día entero en la posada y comería en el restaurante mas delicioso del lugar, si, eso mismo. Por eso, aunque fueran treinta minutos, el roedor debía protegerla, para que nada malo se acercara a mi.

Pero los gritos de la ardilla cambiaron a unos de pánico apenas unos minutos después de la caída. No quería abrir los ojos, era mas, no podía abrirlos. Aquel chillido y los mordiscos no eran suficientes para sacarme de ese momento de relajación, pues bien sabía que Horo podía salvarse de todo peligro. Era un pequeño roedor, pero, al igual que ella, fue criado como un ninja, podía huir de el lugar si fuera necesario. Pero los chillidos se detuvieron en cuanto una voz masculina intervino, pidiéndole a un tal "Kuro" se detuviera. Eso me llamó la atención, pero no reaccioné ante la situación, pues sentía que aquel hombre no tenía malas intenciones.

Notó que movían su cuerpo y como su cabeza acababa sobre algo. Era algo blandito, así que supuse que era una almohada, como la mujer mas afortunada del mundo, solté un corto gruñido y me coloqué mejor, con la cabeza mas hundida que antes completamente cómoda, como si estuviera en una cama y una involuntaria sonrisa se dibujó en mis labios, la que rápidamente desapareció cuando noté como un paño fría caía sobre mi frente.

Ah...— Mis ojos se abrieron lentamente con la voz del chico y al notar el frío contra la cara. Pestañeé dos veces mirando al cielo, sin saber bien lo que pasaba. Pese a que había estado consciente todo el rato todavía tenía que poner en orden sus ideas. Mi corazón todavía latía a la velocidad de un halcón así que se tomó unos segundos para calmarse y respirar bien. La ardilla subió por mi brazo, quedándose justo encima de su pecho.

Lo siento, Horo.— Miré a la pequeña criatura y le acaricié el pelaje suave con el  dedo que le había mordido y una pequeña sonrisa. —La próxima vez me compro una tienda de campaña.— le contó a la ardilla, como si le diera la razón en algo. Después de eso, el roedor se fue de encima de la chaqueta y se escondió debajo de esta, en una pequeño bolsillo interno de este.

Seguidamente dirigí la mirada al chico que tenía su mano sobre mi cabeza, por simple curiosidad. Era un chico de pelo oscuro y con la cara magullada por todos lados. Analicé su expresión unos segundos para al fin preguntar: —¿Tienes comida?

Aunque estaba siendo completamente maleducada al preguntar una cosa así nada mas conocer a alguien, tenía una hambre de un lobo en invierno y sus instintos estaban saltando antes que su razonamiento. Se comería lo que fuera mientras tuviera buen sabor y la llenara algo. Aún eso se quedaría en las piernas de aquel hombre, no siempre te encontrabas con gente tan amable que te dejara reposar la cabeza en ese lugar. Además... se estaba tan cómodo...

¡Ah!— Abrí los ojos un poco mas al darme cuenta de lo maleducada que estaba siendo y levanté el torso de el sitio donde estaba estirada con cuidado y una vez estaba sentada, giré mi cuerpo 180º para estar de cara al chico y me crucé de piernas, apoyando las manos en los tobillos de estas. —¿Donde están mis modales...? Me llamo Shiho. ¡Gracias por ayudarme!— acabó de decir, con una gran sonrisa que denotaba mi alegría.
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Re: Una verdadera locura - Priv. Hikaru

Mensaje por Invitado el Mar Mar 08, 2016 3:43 pm

Incluso aunque la contraria no pareciese tener intenciones de levantarse, ya fuese porque estaba lo suficientemente cómoda o demasiado cansada como para hacerlo, no cabía duda de que seguía viva: ese dato terminó por eliminar la única preocupación que había colmado su mente hasta entonces. Lo último que hubiese querido en aquel plácido día habría sido el encontrarse tan de cerca con una muerte, especialmente en un lugar sagrado como aquel, imperturbable. Que se tiñese de sangre era casi blasfemo: no importaba si creía o no en las deidades que por esos lares regían, lo cierto era que manchar un escenario tan bello era sacrílego.

Se mantuvo inmóvil; se había puesto a sí mismo, inconscientemente, en una posición incómoda. No porque le molestase el hecho de que la contraria encontrase cómoda sus piernas, sino porque prefería sentir la libertad de mover su cuerpo a voluntad, en vez de tener que moverse con cautela para no perturbar el sueño ajeno; uno que sabotearía intencionalmente momentos después.

Para su suerte, al muchacha no tardó en entrar en razón: era difícil arrancar a alguien de un profundo sueño, pero él sabía cómo lograrlo de tal forma que la vuelta a la realidad no resultase especialmente nociva para la mente. De alguna forma, ella no parecía terminar de entender la magnitud del acontecimiento, o siquiera percatarse de la presencia del joven soldado.

Puedes sobrevivir durmiendo a la intemperie. Una tienda de campaña no es tan necesaria —le respondió, casi entrometiéndose en una conversación ajena, una que ella había entablado con la pequeña ardilla, que ahora había desaparecido de su vista—. Las provisiones, por otro lado, sí son necesarias. Te recomendaría comprases de esas primero. —finalizó, retirando el trapo de su frente. Ya no lo necesitaba.

Tapó la cantimplora y la dejó al lado de la bolsa que llevaba. Sin mediar palabra alguna, y ante la petición ajena, terminó por buscar un trozo de pan y tendérselo completo a ella; era su almuerzo, pero supuso aguantaría hasta la cena. Ella necesitaba más de la comida que él. Tenía, junto al pan, varios frutos silvestres que había recolectado, cada uno mejor que el otro. Tenía algunos frutos enteros: melocotones y mandarinas, que había conseguido del mercado local antes de partir. Un pequeño tazón de arroz, una mínima porción, completaba su ración para aquella tarde.

No llevo carne, pues suele ser más de lo que puedo pagar —musitó, volviendo a asir la cantimplora de cuero; la destapó, bebió un pequeño sorbo, y se la ofreció a la contraria—. Pero tengo fruta, pan y arroz. La dieta de un soldado. Espero te sea suficiente. —finalizó, casi excusándose o disculpándose por la pobreza de su almuerzo.

Un brusco movimiento le sorprendió; uno que posicionó a la contraria ahora sentada frente a él. Quizá estaba revitalizada, o quizá estaba demasiado hambrienta y utilizaba sus últimas fuerzas para adoptar una posición que le permitiese comer. Sin importar cuál fuese la verdadera respuesta a su incógnita no formulada, terminaría sacando un melocotón y tendiéndoselo.

Ten, come primero. Preocúpate luego por los modales —afirmó; era un tono amigable, pero que dejaba entrever cuán poco podían importarle los modales o la etiqueta cuando la salud, el bienestar o la vida misma estaban en riesgo—. Soy Hikaru, soldado de Hoshido. Un placer, Shiho —continuó, adoptando una posición similar a la ajena: el estar sentado sobre los propios talones podía cansar a cualquiera. Terminó sentado, con las piernas cruzadas una por encima de la otra—. Y no te preocupes por ello. Me gusta poder ser de ayuda —afirmó, como si eso de alguna forma sirviese para quitarle culpa a la contraria, y que pudiese comer en paz; no necesitaba agradecerle, pues hacía mucho tiempo había dejado de ayudar para recibir algo a cambio. Su verdadera satisfacción llegaba si podía ser de utilidad o beneficio para alguien—. ¿De dónde vienes, Shiho, que tan cansada has llegado? ¿De dónde eres? —preguntó al final. Quería dejar comiese primero, que recuperase fuerzas, y luego respondiese sus pocas dudas.

Kuro, su pequeño gato, reapareció; se había dado por vencido, descartando la idea de almorzarse a la ardilla. Caminó con parsimonia a su alrededor, para subirse de un salto, primero a sus piernas, y luego a su hombro, donde se acomodó y volvió a dormirse. Quizá el olor a comida terminase despertándole luego, pero si no podía comerse al pequeño animalito, no tenía por lo pronto excusa alguna para seguir despierto. El soldado, por lo pronto, se contentó con tomar otro sorbo de la cantimplora; la comida estaba prácticamente destinada a la contraria en su totalidad, y no le molestaba en absoluto dejársela, pero incluso alguien como él necesitaba de un poco de agua.
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Re: Una verdadera locura - Priv. Hikaru

Mensaje por Invitado el Mar Mar 08, 2016 11:12 pm

Estaba realmente sorprendida por la amabilidad del chico. No todos los viajeros que se había encontrado habían sido tan amables como aquel chico estaba siéndolo conmigo. Incluso en su voz se notaba que era buena gente, aunque por algunos de sus rasgos podría parecer alguien agresivo.

Después de presentarme, rápidamente cogí el melocotón que el chico me ofrecía y me lo lleve a la boca, dándole un buen muerdo. Nada mas notar el sabor dulce en la boca cerré los ojos y me entró un escalofrío por todo el cuerpo. Era justo lo que necesitaba para acabar de despertar mis neuronas y extremidades, una dulce fruta llena de energía. La sonrisa aumentó, mientras masticaba, feliz. La ardilla, oliendo el dulce alimento, salió de su escondite en la chaqueta por el cuello, apareciendo solo para inclinarse hacia delante para oler la fruta. Al verla, rompí uno de los trozos con los dedos y se lo dí para que comiera. Estábamos las dos realmente hambrientas.

Y entonces, las preguntas inevitables empezaron a surgir.

Puesh vengo... — Empezó a hablar con la boca llena, pero lo tragó todo antes de continuar. Vengo de un pueblo por allá al norte. Tomé un camino y salí de él ... No me acuerdo bien porqué, pero empecé a andar sin encontrar camino hasta llegar aquí.— aclaré. —Por el camino no encontré ningún pueblo ni nada, cazaba animales como conejos para comer, pero hace 2 días dejaron de aparecer. Debe ser la zona...— Justo después  empecé a mirar a mis alrededores. Era un sitio mas bonito de lo que había visto antes estando medio zombie, además que tenía un templo. Era normal que los animales no aparecieran estando en la zona en la que estaba, pues todo lo que les rodeaba era territorio sagrado dedicado al culto de Naga.

De golpe me percaté que aquello de "venir del norte" y andar sin rumbo alguno parecería muy sospechoso, sobretodo en los tiempos que corrían así que me explayé un poco mas sobre a lo que se dedicaba, para evitar sospechas, aunque siendo ella quizás dudaría todavía mas.

Verás, soy una trotamundos. No tengo familia ni lugar al que llamar hogar, así que deambulo un poco por todos lados.— Le dí otro muerdo al delicioso melocotón y lo mastiqué lentamente dejando que el dulce sabor dejara rastro en mi boca. —Hasta este día todavía no he salido de Hoshido porque me dedico a explorar pueblos y zonas del país. No tengo mejor cosa que hacer, al fin y al cabo... ¡Ah! Y Horo también me acompaña.— acabé de explicarle al chico mientras que con la mano le hacía mimos en la cabeza a la pequeña ardilla y le daba el mordisco final a aquel melocotón. Con apenas una pieza ya había conseguido revitalizarme y estaba preparada para dominar el mundo! Bueno, quizás no tanto, pero después de una siesta, seguro que si,

Pero entonces se me ocurrió que yo también podría hacerle preguntas. No quería ser machacada a preguntas, yo ya sabía suficiente de mi misma, quería saber de otros!

Y Hii-kun... Ah espera, ¿te puedo llamar así? Siempre me da por ponerle apodos a la gente...— aclaré rascándome la cabeza ante lo que solté. Sabía perfectamente que seguiría llamándolo así aunque le dijera que no, ahora que se le ocurrió el mote, pero aun así quería preguntarle por si se debía esperar una reacción positiva o negativa al apodo. —¿Como es la vida siendo un soldado? ¿No estas un poco demasiado... "sujeto" a las ordenes que te dan?— pregunté realmente curiosa. Yo siempre había sido un alma libre, que iba a su bola, según mis necesidades, así había sido en el pueblo y así fui en los dos últimos años. Mis ojos, abiertos como platos, buscaban la respuesta en la expresión del chico con curiosidad.
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Re: Una verdadera locura - Priv. Hikaru

Mensaje por Invitado el Vie Mar 11, 2016 1:01 am

Se reclinó hacia atrás, adoptando una posición ligeramente más relajada. No se había dado cuenta hasta después de ello que, hasta el momento, había mantenido una posición alerta, con la guardia sutilmente alta: quizá era un instinto superior, uno que le impedía confiar plenamente en alguien que acababa de conocer o, quizá, era un sexto sentido de supervivencia, que le indicaba hasta el más puro de los corazones podía ceder a la oscuridad. No existía persona en aquel mundo a la que se le pudiese dar la espalda completamente, sin temer la posibilidad de ser apuñalado. Quería creer: quería creer que aún había bondad, pura e inocente, rondando por el mundo. Pero la guerra se había empecinado en mostrarle que aquello era apenas una vana ilusión de quienes preferían los tiempos de antaño.

La vio comer, y él mismo se tomó el lujo de cortar un poco de pan y darle un mordisco: si bien su almuerzo había sido interrumpido, y ahora la comida era dedicada a la fémina, todavía podía aprovechar un poco de lo que había preparado para su travesía diaria. Incluso siguió, distraído, el movimiento de la ardilla, que aparecía para comer de la fruta. De pronto vio algo volar por encima de su hombro: algo grande, ágil, y completamente negro.

Tuvo que atrapar a su gato en el aire con su mano libre para evitar se comiese a la ardilla de un bocado.

Era un esperpento inteligente; simulaba estar apaciblemente dormido para, una vez su presa se decidiese a aparecer, saltar de improvisto, garras por delante, y conseguir de esa forma una nutritiva cena basada en ardilla. El gato quedó con las patas colgando, la mano del soldado sosteniéndolo del pelaje. Lo movió a un costado de su propio cuerpo, y lo volvió a soltar: un maullido de reprobación fue lo único que soltó antes de volver a su hombro y, ahora ya enteramente vencido, tirarse a dormir.

El norte... —masculló, una vez hubo de tragar el pequeño trozo de pan que se había llevado a la boca—. Hace tiempo que no visito esa zona, la situación actualmente me lleva más al sur —aclaró. La labor de un soldado se traducía en recorrer sinuosos caminos, y terminar en páramos muy lejanos a los que se conocían—. ¿Cómo está todo por allí? ¿Ha habido avistamientos de Emergidos? —cuestionó, tanto curioso como preocupado. Si había problemas, sería el primero en ir a investigar.

¿Estuviste dos días sin alimento? —arremetió, escuchando sus palabras. Estaba sorprendido: el agotamiento de una travesía semejante ya era un factor a tener en cuenta, pero realizar el viaje sin comida era algo digno de admiración—. Bueno, siempre puedes alejarte del camino y buscar algún campo o bosque. Quizá eso te salve de alguna emergencia alimentaria. —agregó, siendo apenas un tip extra de supervivencia que había aprendido en sus infinitas caminatas.

Es raro encontrar alguien parecido a uno —comentó finalmente, dando a entender que tanto él como ella eran trotamundos, y que ambos carecían de un lugar al que volver a descansar—. A veces es incluso egoísta pensar que todos los males del mundo están reservados para uno mismo —apuntaló. No eran tan diferentes en ese sentido pero, al menos, él no ahondaría en ese aspecto de su vida. Muy dolorosos eran los recuerdos, y muy recientes eran las cicatrices como para querer recorrerlas de nuevo—. Pero supongo el camino siempre es hacia adelante. Si alguna vez tienes la oportunidad de viajar a otra parte, hazlo. Hay un hermoso mundo allá afuera. Que la guerra no evite aprecies eso. —finalizó, ofreciéndole el trozo de pan que le quedaba en la mano, ahora que ya había terminado de comer la fruta.

¿Hii...? —empezó, sorprendido. Hacía mucho nadie le ponía un apodo. No terminaba de saber si le gustaba o no, pero tampoco le incomodaba: y eso era, ante todo, una buena señal—. Es... extraño, pero adelante. —no necesitaba darle permiso, pues estaba seguro lo haría de todas formas aunque se negase, pero quería que supiera que no le molestaba. La otra pregunta le hizo pensar; nunca había tenido que describir cómo era su vida, ni se había parado a pensar del tema. Se conformaba con, irónicamente, seguir viviendo—. Arriesgada. Poco valorada. Infinitamente satisfactoria. —concluyó.

De alguna forma, todo lo que pensaba al respecto se resumían en esos tres conceptos. No había descanso para un guerrero de su clase: los Emergidos podían aparecer en cualquier momento, amenazando a quienes había jurado proteger, y si ellos no se aparecían, siempre había algún que otro bandido dispuesto a tomar su lugar a la hora de arruinar un buen día. ¿Y si moría luchando? No sería recordado por ello. Era apenas una silueta más: un epígrafe en un obituario, un nombre perdido en una historia que a nadie le interesaba escuchar. Pero, ¿acaso lo hacía por la fama? Terminó esbozando una sonrisa ante su propia idea.

Sigo las ordenes porque creo en ellas y en los hombres que las dan, no porque deba hacerlo. Jamás hice algo con lo que no estuviese de acuerdo —se explayó: no era un traidor, ni un soberbio soldado, ni mucho menos un sublevado. Era, en todos los aspectos de la palabra, un idealista—. Sirvo a Hoshido, y lo protegeré cada vez que me sea posible, pero tampoco me limito a eso. Como tú, soy un trotamundos: pero en vez de admirar el paisaje, intento resguardarlo. Esta guerra ya ha provocado demasiados daños al mundo, y alguien tiene que evitar se ponga peor, ¿verdad? —compartió.

Su idea era una locura, pero no lo decía con aires de grandeza: lo decía con un sincero deseo en su corazón, uno de un futuro pacífico en un mundo más agradable. Un deseo que parecía alejarse cada vez más; una probabilidad disminuyendo hasta sonar irreal, como el desvarío de un loco general.

Y, dime, ¿por qué nunca saliste de Hoshido? —cuestionaría al fin. No tenía sentido, teniendo pasión por transitar caminos lejanos, el quedarse restringido a un único país, especialmente en un mundo tan grande y variado—. ¿Hay algún motivo particular, o simplemente no se presentó la ocasión? —cuestionó, una idea formándose poco a poco en su mente. No era tan descabellada, si se ponía a analizarla—. Dentro de poco estaré viajando a Tellius. Si, por alguna razón, gustases de visitar otros lugares, puedes hacer de ésta una invitación. Si no, un simple comentario entre viajeros —concluyó, usando un tono más ameno; no había compromiso alguno, y se lo proponía con toda bondad, pues no había dobles argumentos en su prosa.

Tomó la cantimplora de cuero, y dándole un pequeño sorbo para refrescar la garganta, se la ofreció a ella, pues quizá necesitase de agua para terminar de tragar los alimentos que había estado comiendo. No esperaba realmente una respuesta satisfactoria, o una respuesta en sí, pero le interesaba saber qué diría la contraria —y, más que eso, el razonamiento detrás de su decisión, sea cual fuese ésta.
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