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Ingreso al Internado [Priv. Kagura]

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Ingreso al Internado [Priv. Kagura]

Mensaje por Invitado el Dom Mar 06, 2016 11:31 am

Plegia, uno de los lugares más oscuros, siniestros y espeluznantes que he tenido la desgracia de visitar… y eso que vengo de Nohr. En realidad Nohr no es tan malo como cuentan, y si bien tiene ciertos inconvenientes (como la escarpada e infértil geografía), lo cierto es que su sociedad está bastante bien. Admito que, cuando Leon me propuso ser su espía y consejera, esperaba encontrarme algo mucho peor en los archivos y forma de vida del reino, pero por fortuna el príncipe se preocupa por sus ciudadanos y hace todo lo que puede.

Supongo que por esa razón tenía la leve esperanza de encontrarme algo parecido en Plegia… mas fue en vano. Bueno, al menos no puedo considerar ni medio normal ver emergidos pululando por las calles como si tal cosa, y no digamos ya del trato que daban a los chavales en los internados de Grima… sobre todo teniéndome que infiltrar en uno.

El problema era simple. Habían llegado a Ylisse rumores sobre Erhard D’Mort, el director de cierto orfanato, de quien se decía que estaba desarrollando, usando de prueba a sus alumnos, unas máquinas que funcionarían con magia. Obviamente Ylisse llevó a alguien a investigar el asunto, pero éste nunca regresó, por lo que envió una carta discreta a Nohr pidiendo apoyo y rogando que nadie más se enterase. Obviamente Leon le prometió ayuda, y debido al riesgo de la misión decidió enviar allí a su mejor informante y espía: yo.

Afortunadamente, aunque ya hacía tiempo que se había disuelto la Jauría, todavía tenía contactos con ciertos miembros con los que trabajé antiguamente. Uno de ellos se había fugado de un internado en Plegia, y pudo llegar a escapar por pura suerte. Gracias a él logré reproducir un mapa con la estructura básica y distribución de estos internados, lo que me vino de perlas cuando pude comprobar de primera mano el tamaño del edificio. Realmente, decir que se trataba de una mansión habría sido un eufemismo.

Pero aquel excamarada me facilitó mucho las cosas: no sólo me había prestado ropa para pasar desapercibida entre los magos oscuros, sino que me había puesto al tanto del ritmo de vida que solían llevar estas escuelas. Fue por ello que, cuando uno de los encargados salió al patio para llenar unos cubos en el pozo privado, yo ya lo estaba esperando sobre el árbol. Le caí encima y quedó inconsciente del mismo golpe, por lo que no tuve problemas en cambiarnos la ropa y atarlo y amordazarlo tras el árbol, junto al muro y unos arbustos que lo mantendrían escondido. Su uniforme era una larga túnica con una capucha negra, así que era ideal para pasar desapercibida, además de que pude aprovechar las largas mangas para atarme las dagas (con sus respectivas fundas) en los antebrazos. Además, antes de irme cogí también su tomo de magia, por si necesitase improvisar en algún momento.

Entré en el edificio con los cubos de agua, por la misma puerta por la que había salido aquel tipo. Tal y como supuse, se trataba de la cocina: aquello indicaba que el plano era correcto y que seguían lavando los platos por la noche. Salí de allí y, recordando el mapa de memoria, fui avanzando por los pasillos desiertos sin hacer ruido alguno. Era lógico que no hubiese nadie; todos debían de estar dormidos. Sin embargo, a pesar de que todo estaba oscuro y las piedras de las paredes parecían negras, no encendí luz alguna. Mis habilidades ni se acercaban a las de un laguz, pero mi sangre de gato me permitía acostumbrarme a la oscuridad mucho mejor que cualquier beorc. Obviamente jamás podría distinguir los detalles, pero sabía que no tropezaría ni me perdería.

No tardé demasiado en encontrar el despacho. Obviamente la puerta estaba cerrada con llave, pero con un par de ganzúas logré abrirla sin mayores problemas. Abrí despacio, pero tras cerciorarme de que realmente no había nadie, entré con cuidado y cerré la puerta tras de mí. Dentro había mil libros, documentos y cachivaches, de algún modo aparentemente ordenados en el caos, pero por suerte la luz de la luna llena entraba perfectamente por el ventanal del despacho y podía utilizarla para intentar distinguir  los documentos que necesitaba.

Sin embargo, casi no había empezado a mirar por los cajones del escritorio cuando oí ruidos en la puerta. Asustada, los cerré de golpe y fui hacia una de las esquinas de la estancia, donde un grueso armario disimularía mi presencia. En el momento en que el sujeto entró, aguanté la respiración, sin hacer un solo ruido. Si avanzaba un poco más podría ver de espaldas a la figura, pero de momento no tenía ni eso. ¡¡Maldita sea!! ¡A saber lo que me harán si me encuentran aquí!
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Re: Ingreso al Internado [Priv. Kagura]

Mensaje por Kagura el Dom Mar 06, 2016 3:09 pm

Poco después de enviar la carta de auxilio a Nohr, Ylisse también decidió pedir ayuda a Hoshido. Los rumores eran preocupantes: se decía que en Plegia un poderoso mago oscuro estaba desarrollando peligrosas máquinas de guerra en secreto. Su nombre era Erhard D’Mort, y dirigía uno de los siniestros orfanatos que daban tan mala fama a Grima. Fuesen ciertas o no las historias, transcurrían tiempos muy turbulentos en los que no era tarea sencilla mantener frágiles alianzas entre los distintos países. Sobre todo debido a la desconfianza y las inquietudes arraigadas en los últimos años debido a la amenaza de los Emergidos. Si de verdad alguien en la temida teocracia de Plegia estaba experimentando en clandestinidad con armas impulsadas por el poder de la magia, el resto de países de Akanaia debería tomar cartas en el asunto antes de que fuese demasiado tarde.
Cuando las autoridades de Hoshido recibieron el urgente mensaje de Ylisse, aceptaron ofrecerles apoyo casi sin dudarlo. Y como la misión secreta requería de excepcional discreción, tomaron la decisión de enviar a Grima a uno de sus mejores shinobi a investigar.
La peligrosa tarea fue encomendada al Nhat, miembro y líder del clan ninja Yato, además del maestro de la impulsiva kunoichi llamada Kagura, que al enterarse, suplicó de inmediato que le encargasen a ella dicha misión. Como era de esperarse, su petición fue rechazada de inmediato, ya que ni siquiera había completado su adiestramiento ni recibido su propio irezumi -que tradicionalmente en el clan sólo se les otorgaba a aquellos que hubiesen superado la Prueba Final-. La idea de que una genin tan joven en edad y experiencia se encargase de un cometido tan importe no sólo para Hoshido, sino también para Ylisse, era totalmente impensable. Pero Kagura estaba tan dispuesta a demostrar su valía, que ignoró por completo las órdenes que se le dieron y robó el pergamino oficial con los detalles de la misión, partiendo inmediatamente rumbo a Grima y sin pensar mucho en las consecuencias que aquel acto le acarrearía.

Grima era de verdad un lugar oscuro y extraño. Bajo la tenue luz de una luna llena parcialmente oculta tras las nubes, los altos edificios de piedra y de madera podrida que se disponían en hileras desordenadas a ambos lados de las frías callejuelas, adquirían un aspecto casi fantasmagórico. No llovía, pero toda la ciudad estaba envuelta en una densa neblina que realzaba la oscuridad y el misterio de aquellas tierras. Y los fuertes vientos que de cuando en cuando se filtraban por los recovecos de la urbe produciendo escalofriantes aullidos capaces de erizar el vello de la piel del hombre más valiente. El ambiente rezumaba humedad, y aunque a esas horas apenas había nadie fuera de su casa, Kagura no podía dejar de pensar que la estaban vigilando constantemente. Empezaba a arrepentirse de haber ido a aquel país, tan diferente en todos los sentidos a Hoshido.

Mientras cavilaba y se dirigía a su destino, oyó el potente estruendo de un trueno en la lejanía. Una tormenta se acercaba.

—In-terna-do… Inns-mouth…— susurró Kagura para sus adentros mientras leía con voz temblorosa el cartel oxidado que yacía torcido a un lado de una muralla. ¡Por fin! Ese debía de ser el lugar. Alzó la mirada entonces para contemplar el enorme y oscuro edificio que se erigía más allá de dicha muralla y contuvo el aliento a causa de la estupefacción. El Internado u Orfanato Innsmouth era vasto. Constaba de amplios jardines e invernaderos, repletos de plantas y árboles mustios y sin gracia. La pelirroja, tras contemplar el paupérrimo estado de los vegetales, ya no albergó ninguna duda más a sus sospechas: los magos oscuros debían de tener el sentido de la estética directamente atrofiado.
El edificio principal, construido a partir de ladrillos de color negro, también era enorme y de apariencia poco acogedora. Más que una mansión, se asemejaba a un castillo abandonado. La ninja pudo ver que las cortinas que tapaban el interior de las estancias se encontraban en muy mal estado, y a juzgar por la disposición de las ventanas, supo que sin contar con el sótano, el orfanato debía de contar con cinco pisos como mínimo. A Kagura no le costó mucho infiltrarse en el edificio a través de una de esas ventanas, puesto que la mayoría ni siquiera estaban cerradas. La fortuna le sonreía, pues fue a parar justamente a una habitación muy amplia que parecía ser la lavandería. Con esmero, buscó un uniforme que le quedase bien y se internó aún más en el lugar.

Los pasillos por los que transitó la disfrazada pelirroja estaban vacíos, probablemente porque era ya muy tarde y la mayor parte de los docentes y alumnos se encontraban descansando en sus alcobas. Estaba oscuro, pero la sangre laguz corría por sus venas con mucha intensidad, así que no tuvo necesidad de encender luces para orientarse mejor.
Quería buscar pistas o evidencias que demostrasen las inquietudes que los gobernantes de Ylisse habían plasmado en el pergamino, y para ello tenía más o menos una idea aproximada de a dónde dirigirse: al mismísimo despacho de Erhard D’Mort. El problema radicaba en que ignoraba dónde se ubicaba dicha habitación. Pero Naga cuidaba de los suyos, y la racha de buena suerte que estaba teniendo aquella noche aún no parecía acabarse. Kagura pensó que lo más probable era que un mago tan poderoso como Erhard quizá pecase de arrogante. ¿Y dónde colocaría alguien arrogante su despacho? ¡Exacto! ¡En un lugar alto, a la vista de todos! Por ello continúo su paseo nocturno en dirección a la última planta del orfanato.

— ¡Bingo!— se felicitó a sí misma Kagura. Como había pensado, en el último piso de Innsmouth había un enorme portón con una placa que decía inocentemente “DESPACHO DEL DIRECTOR”. Enseguida y olvidando por completo ser precavida, se dispuso a abrir la puerta de golpe. El cerrojo no estaba echado, pero ese detalle no le pareció raro. Al fin y al cabo, la ventana de la lavandería por la que se había infiltrado tampoco había estado cerrada.

Una vez dentro del despacho, la kunoichi se quitó la capucha, dejando caer libre su melena pelirroja. Algo más relajada, inspiró profundamente, para después arrugar la nariz con desagrado. Olía intensamente a polvo y moho. ¿Es que acaso los magos oscuros no limpiaban nunca? Pero enseguida interrumpió sus cavilaciones y se acercó al escritorio. Cuanto antes terminase con la misión, mejor. Sin sospechar que a escasa distancia de ella se encontraba, oculta gracias a un armario, una espía enviada por el Reino de Nohr, comenzó a hurgar sin cuidado los archivos y papeles que había en el interior de los cajones.

Mientras Kagura buscaba y buscaba los documentos en completa oscuridad, escuchó otro trueno acompañado de una repentina llovizna que la sobresaltó. Se dio la vuelta bruscamente y, horrorizada, descubrió al fin que no estaba sola.

— ¡¿Q-quién es usted?! —le preguntó intentando en vano ocultar su sorpresa. Instintivamente adoptó una posición defensiva, propia de las artes marciales de Hoshido. En aquella ocasión no llevaba armas, así que si aquella figura encapuchada actuaba con hostilidad, se las tendría que apañar para defenderse únicamente con los puños. La kunoichi no se percató de que al sobresaltarse, el pergamino oficial de la misión se le había caído al suelo y había rodado hasta detenerse a los pies de la espía.
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Re: Ingreso al Internado [Priv. Kagura]

Mensaje por Invitado el Mar Mar 08, 2016 7:45 pm

Cuando la figura se acercó, supe al instante por la ropa y la altura que se trataba de un alumno. O, más exactamente, una alumna… o al menos eso parecía desde detrás, viéndole el pelo. ¡¿Qué narices hacía una estudiante a estas horas en el despacho del director?! ¡¿Robar exámenes?! A pesar de todo, permanecí absolutamente quieta, casi sin respirar, en mi esquina, esperando que se fuese cuanto antes del despacho. Si todo salía bien, podría cumplir con mi cometido cuando se largara.

Pero no tuve tanta suerte. El ruido del trueno me detuvo el corazón, sobre todo cuando noté completamente fijos en mí los ojos de la niña. Al menos mi rostro seguía semioculto por la capucha. ¡¿Cómo iba a responder a su evidente pregunta?! Sin embargo, un ruido me hizo mirar al suelo y pude ver sin problema un pergamino.

Quieta ―ordené, tratando de ocultar mi sorpresa, al tiempo que sacaba el libro que robé al otro mago. No tenía la menor idea de cómo narices usar esta maldita cosa, así que simplemente lo dejé abierto sobre la mano izquierda antes de agacharme a recoger el pergamino―. No te muevas. Te estoy vigilando.

No sabía cuál de las dos estaba más asustada, pero esperaba que al menos el paripé me sirviera de tapadera. Desenrollé el pergamino con mi mano derecha en alto, teniendo siempre a la niña en mi campo de visión. No pude leerlo bien, pero palabras como “Hoshido”, “Ylisse”, “información”, “máquina” y “misión secreta” valieron para hacerme una idea de lo que pasaba. ¡¿También habían contratado a Hoshido?! ¡Pero si ni nos han dado tiempo a nosotros! ¡¿Nos habrían pedido la misión a la vez?!

Bajé el pergamino, sin saber qué puñetas hacer con la chica. ¡¿Cómo se les ocurre mandar a una niña?! ¡¿En qué estaban pensando?! Por un momento imaginé que tal vez fuera branded o híbrida, porque no parecía tener orejas de laguz… y la única explicación que encontraba es que la chica no fuese tan joven como parecía… ¿Podría ser que tuviésemos la misma edad? ¿Pero y si no? ¿Y si fuese realmente una cría?

Pero todo eso daba igual, sobre todo si la última hipótesis resultaba ser verdadera. ¡¿Qué narices iba a hacer con ella?! No podía seguir fingiendo ser una profesora y mandarla con el resto de alumnos; si la descubrían la matarían. Por un lado eso podría convenirme si realmente fuese una híbrida, porque entonces debería notar que yo soy branded, pero claro, bastante se está esforzando Leon para limar asperezas con Hoshido como para que se vayan a enterar de que abandoné a una de los suyos, a UNA NIÑA, a su suerte en Plegia. ¡MALDITA SEA! ¡No tengo tiempo de hacer de niñera!

Sin poder hacer otra cosa, y sin bajarme la capucha, guardé el libro. Total, iba a dejarla irse sabiendo que era una espía; no hacía falta ser muy listo para saber que yo era otra... pero prefería que no recordase mi cara, sobre todo si podía notar que yo no era beorc. Aun así, hablé con franqueza.

Hagamos algo ―propuse, mirándola con seriedad mientras enrollaba el pergamino y comenzaba a caminar hacia ella―. Olvídate de esto. Di que hubo dificultades y tuviste que abandonar la misión. Estamos en Plegia, así que ni siquiera tendrás que dar muchas explicaciones ―indiqué parándome frente a la chica y tendiéndole el documento―. Lárgate y vuelve a casa.

Si era lista, me haría caso. Este no era lugar para ella. Además… no me convenía tener competencia. ¿Estaría logrando intimidarla? Esperaba que así fuera, porque los verdaderos magos serían mucho peores que yo si la descubrían. Ciertamente me molestaba su presencia, pero en el fondo lo hacía por su bien y todo...
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Re: Ingreso al Internado [Priv. Kagura]

Mensaje por Kagura el Miér Mar 09, 2016 8:48 pm

El despacho de Erhard D’Mort era amplio y su atmósfera opresiva. Como sucedía con la mayor parte del internado, sus paredes se habían erigido con ladrillos negros mientras que el piso estaba recubierto superficialmente por desgastadas tablas de madera de roble que crujían al pisarlas. El habitáculo constaba por lo tanto de dos pisos, aunque el segundo en realidad acababa en un balcón que permitía tener una vista panorámica del resto del despacho y de la planta inferior (las dos ladronas se encontraban en esta segunda planta del despacho). Cuatro columnas de estilo gótico sujetaban el techo que había sido pintado de tal manera que emulase el cielo estrellado, mientras que una gárgola de piedra -apoyada en su respectivo pedestal sobre la puerta de entrada- vigilaba con una mirada inerte e iracunda la estancia. El resto de la decoración era compleja. En principio, las paredes negras estaban prácticamente escondidas detrás de altos armarios y estanterías repletas de papeles y ajados volúmenes de magia antigua, en conjunto con las numerosas mesas, alfombras y tapices de todo tipo de formas y tamaños que ocupaban el resto del lugar. Este peculiar mobiliario, sumado a los numerosos artilugios de naturaleza desconocida dispuestos de manera desordenada por todas partes, conformaba una caótica e insana composición capaz de quitarle las ganas a cualquier ladrón de buscar algo en específico.

Por desgracia, la misión encomendada a Kagura debía de ser cumplida sin demora. ¡La presencia de la figura encapuchada no hacía más que entorpecer su trabajo! Pero obedeció su orden sin rechistar, principalmente porque no quería terminar reducida a cenizas si osaba desobedecerla. Al fin y al cabo, la estaba amenazando con uno de esos tomos de magia oscura. No obstante y pese a no poder verle bien el rostro, pudo deducir por su voz que la extraña debía de tratarse de una mujer.

Las dudas le asaltaban continuamente, y como aquel lugar le ponía los pelos de punta, pensar con raciocinio le estaba resultando complicado. La ninja se limitó por tanto a quedarse inmóvil en su sitio, pero sin dejar de mantener su característica postura defensiva, lista para actuar si la situación se volvía desesperada. Observó como la encapuchada recogía con suma cautela un pergamino del suelo que se le antojó muy familiar. “Espera... ¿eso no es?” En efecto, se trataba del pergamino oficial de Hoshido. ¿Cómo había podido llegar hasta ahí? Porque una cosa estaba clara: ella no podría haber cometido un error tan tonto como dejar que se le cayese. ¡Al fin y al cabo era una orgullosa kunoichi del clan Yato!

La figura misteriosa guardó entonces el libro y enrolló el pergamino mientras le proponía que abandonase la misión. Kagura habría comprendido más rápidamente que la extraña también era una espía de no ser porque se hallaba ocupada conteniendo sus ganas de protestar. ¡¿Pero cómo se atrevía esa alfeñique pelazarzas a decirle que se largase?! Ya se había amedrentado una vez ante la posibilidad de ser alcanzada por un conjuro, ¡pero no estaba dispuesta cumplir otra orden más de la encapuchada! Sus puños temblaban, pero no precisamente de miedo. Odiaba que siempre la infravalorasen por ser tan joven e inexperta. Y para demostrar de una vez su valía al clan Yato, no estaba dispuesta a regresar a Hoshido sin la información que buscaba.

-¡Menudo valor tienes, embustera!- insultó Kagura a la contraria sin reparar en que estaba alzando la voz más de lo que debía. Su lengua era especialmente viperina cuando malinterpretaba conversaciones y se enfadaba. Sonó otro trueno, esta vez acompañado de un relámpago. -¡Quién ha fallado la misión eres tú!-

Entonces extrajo de su túnica un cuaderno de investigación, cuyo siniestro revestimiento de cuero parecía piel viva, y lo sostuvo en alto para que la extraña lo pudiese observar bien gracias a la luz de la luna, que se filtraba por el enorme ventanal próximo a ellas. Lo había encontrado mientras hurgaba en el cajón del escritorio y como su título le había parecido tan peculiar, lo había guardado enseguida dentro de su uniforme. Concretamente rezaba con mucha inocencia en la portada: “CUADERNO DE DESARROLLO DEL PROYECTO X”.

-Yo ya tengo lo que necesito. Así que adiós.- añadió con un tono de voz irritante, dirigido especialmente para herir el orgullo de la encapuchada. Kagura le dio la espalda y empezó a marcharse.
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Re: Ingreso al Internado [Priv. Kagura]

Mensaje por Invitado el Mar Mar 15, 2016 4:38 pm

No me pasó por alto el temblor de sus puños cuando le tendí el documento. Si sus manos no hubiesen estado cerradas, habría pensado que era por miedo… pero sus ojos indicaban con claridad que más bien era rabia lo que sentía. ¿Tanto se enfadaba por una sugerencia de lo más lógica? Iba a intentar de nuevo convencerla, pero sus palabras (o prácticamente gritos) atravesaron la habitación antes de que yo pudiese abrir la boca. ¡Pero ¿qué le pasa a esta niña?!

¡¿Perdona?! ―repliqué casi sin darme cuenta de que también había alzado la voz. ¡¿Se podía saber en qué narices había mentido para que me llamara embustera?!

Pero todo aquello dejó de tener importancia cuando, tras su última acusación, la chica me enseñó un cuaderno que era claramente el que yo estaba buscando. ¡¿Cómo lo ha encontrado tan rápido?! ¡¿Se podía saber qué porquería de seguridad tenían en este sitio?! ¡¿De qué servía tanto lujo en un despacho si no le ponían ni una mísera llave al escritorio?! En cualquier caso, me bastó ver que la chica daba un paso hacia la puerta para cogerla del hombro y empujarla un poco hacia detrás, lo justo para que yo pudiera ponerme frente a ella e impedirle el paso hacia la única puerta.

No puedo dejar que te lleves eso ―dije metiendo el pergamino en el que le asignaban la misión a la niña en el mismo zurrón negro en que llevaba el libro.

Acto seguido dejé toda precaución y, alzando los brazos a la altura del pecho, coloqué una muñeca frente a la otra. Con un fuerte y rápido tirón rompí los hilos que me ataban las armas a los brazos, por lo que enseguida me encontré empuñando dos dagas ante la joven pelirroja. Si quería cruzar la puerta, debía pasar antes por mí.

Dame ese cuaderno y te dejaré marchar ―sentencié con una posición de ataque―. Esto no es un juego, y te aseguro que yo soy lo menos peligroso que te vas a encontrar mientras tengas ese documento… pero si tengo que matarte para que lo sueltes, lo haré.

La miraba con tal seriedad que no dejaba la menor duda de mis intenciones. Sin embargo, si bien había herido a gente, lo único que había matado hasta ahora eran animales y emergidos. La realidad es que sólo pretendía asustarla, pero si tenía que hacerle un par de cortes para que se rindiera, lo haría. Aun así, lo principal era que la chica creyera que podría matarla sin miramientos.


Última edición por Karen el Jue Mar 17, 2016 6:40 pm, editado 1 vez (Razón : Una falta de ortografía XD)
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Re: Ingreso al Internado [Priv. Kagura]

Mensaje por Kagura el Miér Mar 16, 2016 8:42 pm

A Kagura se le escapó una exclamación de asombro al ver cómo la otra espía sacaba dos dagas de las mangas de su túnica con un dinámico gesto. ¡Aquella idea para esconder armas pequeñas era una genialidad! ¿Por qué no se le había ocurrido a ella antes? Mientras admiraba la brillante puesta en escena de la encapuchada, se prometió a sí misma que intentaría imitarla una vez hubiese regresado a Hoshido. La mujer le exigió entonces que le entregase el siniestro cuaderno que le había mostrado instantes atrás bajo la advertencia de que si no lo hacía, la asesinaría. Como cabía esperar, la reacción de Kagura ante la amenaza fue incrédula al principio. Pero pronto se recompuso limitándose a observar con cierto desdén a su interlocutora. ¿De verdad creía que sería capaz de matarla? ¿A ella precisamente? No pudo evitar soltar una carcajada provocadora como respuesta. Al ser una kunoichi del clan Yato, la habían forzado a acostumbrarse a la muerte desde una muy temprana edad. No le gustaba mucho arrebatar vidas, pero tampoco podía negar que el asesinato no fuera una de las actividades que mejor se le daban. Para una asesina como ella, escuchar a otra persona amenazándola de esa manera resultaba muy extraño y hería su orgullo.

-Entonces ven a por mí.- la desafió. ¡No podía evitarlo! Sabía que lo más sensato sería llegar a un acuerdo con la otra espía, pero por otra parte, le encantaba luchar. Y la extraña le acababa de dar la excusa perfecta para entablar un combate. Alzó entonces su brazo derecho en dirección a su nueva contrincante, mostrándole las cuatro diminutas esferas de cristal que sujetaba entre sus dedos. La fórmula detrás de la creación de aquellos objetos constituía uno de los secretos ancestrales más celosamente guardados de su clan, pues cada uno de los recipientes contenía diferentes sustancias gaseosas que al entrar en contacto todas ellas juntas, producían una densa masa de gas de color rojo capaz de cubrir áreas tan grandes como la propia habitación en la que se encontraban. En efecto y en síntesis, eran bombas de humo. Y es que aunque Kagura no portase consigo ni una de sus características cuchillas arrojadizas, tampoco se encontraba totalmente indefensa. Una sonrisa taimada se le dibujó en el rostro mientras dejaba caer las esferas de cristal al suelo, que se rompieron a la vez liberando un denso velo de humo carmesí que envolvió todo el despacho casi al instante.

De haber sido un poco más sensata, Kagura se habría dirigido al enorme y único ventanal del vasto habitáculo para huir. Pero de haber hecho eso también habría descubierto prematuramente que por alguna razón, una especie muro de invisible impedía que nadie pudiese escapar por dicha ventana. Habría destapado entonces una verdad un poco incómoda de asimilar: todo el internado estaba protegido por un poderoso encantamiento arcano que no permitía que los intrusos pudiesen salir del edificio sin la expresa autorización del propio Erhard D’Mort.

En cambio, lo único en lo que pensaba Kagura en esos momentos era en aprovechar aquellos pocos segundos de distracción. Con rapidez y a ciegas, se abrió paso hasta el segundo piso del cuarto mientras suplicaba a Naga en silencio que le prestase su ayuda de nuevo. Habría jurado ver antes una oportuna vitrina de cristal en la que se encontraban expuestas una serie de dagas rituales junto a otros artefactos de naturaleza mágica. Sus plegarias tuvieron grata respuesta, pues no tardó en hallar a tientas lo que buscaba. Dándole las gracias Naga, empuñó con firmeza un puñal de grabados arcanos y se escondió detrás de una estantería.

A la espera de que se disipase la neblina roja, escudriñó minuciosamente el panorama. De repente, le pareció ver una silueta oscura oculta parcialmente por el humo. Por lo que le arrojó el estilete en dirección a lo que suponía que sería una de sus piernas. Su puntería era certera, y a pesar de que esa herramienta ritual era mucho más pesada que los cuchillos kunai a los que estaba acostumbrada, pudo calcular la trayectoria que seguiría el arma sin problemas.
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Re: Ingreso al Internado [Priv. Kagura]

Mensaje por Invitado el Jue Mar 17, 2016 10:00 pm

Aunque no podía adivinarse desde fuera, lo cierto es que me hizo gracia el asombro de la niña cuando me vio sacar las dagas. Si su juventud e imprudencia no fueran suficientes, aquel nuevo dato confirmaba que no era más que una aprendiz. ¿Tan mal andarían en Hoshido como para no poder permitirse ni un espía profesional?

A pesar de todo, la joven no se intimidó. De hecho, admito que el desdén con que me miraba era insultante, pero más lo fue la carcajada que soltó sin venir a cuento. ¡¿A qué se cree que está jugando?! Si cualquier otro hubiese podido hacer gala de un valor necesario, ella no hacía más que demostrar que estaba cegada por el orgullo, y que era precisamente eso lo que la llevaba a una peligrosa temeridad. Decidí que tenía que tomar provecho de ello para darle una lección, y teniendo en cuenta cómo se ha comportado hasta ahora, probablemente no me faltarán oportunidades.

Pero no sería aún. Estaba preparada para que, tras aquella provocación, la chica se armase con sus propias dagas, mas en su lugar sacó cuatro pequeñas esferas de cristal que sujetaba con habilidad entre sus dedos. Parecía que tenía experiencia con eso, pero yo no había visto nada parecido en mi vida. ¿Qué se supone que hacía eso? ¿Debería estar asustada? Su sonrisa y el movimiento de su mano fueron suficientes para hacerme retroceder, temiendo que aquello fuese a explotar o algo peor. Sin embargo, no fue eso lo que ocurrió.

El humo rojo se expandió casi al instante por toda la habitación, y yo retrocedí movida por el instinto, en primer lugar porque tras de mí se encontraba la única puerta que había en la habitación (y era posible que la chica decidiera aprovechar la confusión para cruzarla), y en segundo porque era la única zona en la que podía dar unos pasos sin temor a tropezar con algo del desordenado cuarto. Además, al mismo tiempo que retrocedí me agaché un poco y aguanté la respiración: cubrí mi nariz y boca con la tela de la capa con la mano derecha (porque aquello podía ser venenoso) y utilicé la izquierda para alzarla frente a mi rostro y utilizarla de defensa en caso de ataque. Mientras permaneció el humo volví a preguntarme qué narices sería aquello, y tomé la decisión interna de robarle a la chica aquellas esferas, en caso de tener más. Tal vez podría lograr reproducirlas si las analizaba… pero hasta entonces debía estar alerta.

Y a pesar de estarlo, no escuché caminar a la chica. Estaba claro que al menos había aprendido bien las prácticas de sigilo, pues a pesar de ser medio branded y tener muy buen oído no pude localizarla por sus pisadas… sino por el ruido de abrirse algo viejo, como una bisagra o algo así. Gracias a eso pude saber que se encontraba en el piso superior, por lo que caminé hacia ella en cuanto el humo comenzó a desvanecerse. Y gracias a Ashera que me moví.

El ruido de un choque metálico justo a mi derecha me alertó de que algo me había pasado bastante cerca, y me detuve alarmada, mirando hacia arriba con cautela. Cuando el humo se disipó, bajé mis ojos y pude ver una daga en el suelo, junto a una de las columnas de piedra negra que había a cada lado de la entrada. ¿Me habría confundido con el pilar? Si eso era así, tenía que reconocer que, si dejásemos a un lado la confusión, la chica tenía buena puntería. De hecho, fue por una pequeña marca que dejó la daga en la piedra que deduje que, de no haberme movido, podría haberme hecho un corte incluso sin ser directamente el objetivo, pues yo había estado muy cerca de aquella columna. Un simple corte podría no parecer grave a simple vista, pero ¿y si el cuchillo estaba envenenado? Sobre todo porque, viendo los adornos y extraños grabados que tenía (en cierta forma, bastante similares a los de los libros de magia de Leon), no parecía ser de la chica. ¿Así que era eso lo que había cogido?

Y entonces una idea comenzó a rondarme por la cabeza…

Menuda espía de pacotilla… ―comenté burlonamente, en voz alta y clara, mientras guardaba con cuidado el cuchillo ceremonial en mi zurrón, añadiéndolo a la “colección” de “cosas sospechosas” que parecía empezar a almacenar. Aun así, seguía agarrando con fuerza mis propias dagas―. ¿A quién se le ocurre venir desarmada a un internado plegiano? ¿Fue tu increíble intelecto lo que te llevó a creer que podrías vencer a un montón de magos con unas cuantas bolitas de humo? Y encima de que por pura casualidad consigues un arma, no se te ocurre otra cosa que arrojarla… Dime, ¿cómo vas a defenderte ahora? No es por nada, pero en Hoshido deben estar realmente desesperados para enviar a alguien tan inepto como tú…

¿La razón de aquella provocación tan evidente? Bueno, si bien la hipótesis de que estaba desarmada parecía ser factible, me costaba mucho creer que, por muy inexperta que fuera, realmente no llevase armas con ella... y la chica parecía lo bastante imprudente como para corregirme a gritos si me equivocaba, o dejarse llevar por la rabia si acertaba. En cualquier caso, lo más seguro es que acabase bajando la guardia.

Pero aquello no era todo. Esta niña no es la única que sabe caminar con sigilo, y es precisamente de eso de lo que me estoy aprovechando. Mientras hablaba me bajé la capucha para ver mejor y fui avanzando sin hacer ruido hacia el centro de la habitación, justo delante del enorme retrato de un hombre con la barba afeitada de una forma de lo más extraña, por no hablar de su pelo y aquel llamativo broche... En cualquier caso, había dos escaleras para subir al piso de arriba, una a cada lado de la habitación, completamente pegadas a la pared, pero no sabía cuál de las dos estaba más cerca de la chica. Esperaría armada en el centro del cuarto, mirando atentamente hacia arriba, hasta que la joven se delatase de algún modo. Sin embargo, si era lo suficientemente prudente para callarse, me dedicaría a tirar libros y otras cosas al piso superior hasta que algo le diera y decidiese actuar al respecto.
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Re: Ingreso al Internado [Priv. Kagura]

Mensaje por Kagura el Vie Mar 18, 2016 11:04 am

-¡¡QUE NO SOY UNA ESPÍA!! ¡¡MALDITA SEA!!- gritó iracunda Kagura a pleno pulmón mientras propinaba una potente patada de rabia a la estantería que había usado antes para esconderse. Sus sonoras palabras reverberaron por todas las paredes de la estancia con mucha fuerza, aunque a la kunoichi no le importó. ¡Estaba demasiado concentrada en la labor de odiar a la extraña como para prestar atención al escándalo que había desencadenado! ¡¿Pero qué se creía la mequetrefe esa para insultarla y menospreciar al Reino de Hoshido?! Reconocía al menos que en realidad, dirigirse desarmada al internado había sido un error bastante estúpido aunque derivase de un simple despiste. Mas confiaba plenamente en sus habilidades de infiltración y por ello estaba segura de que podría haberse salido con la suya a la hora de cumplir la misión de no ser por culpa de una alfeñique pelazarzas entrometida ¡Tendría que enseñarle una lección! Desarmada o no, con la ayuda de las Semillas de Loto Rojo o sin ella, le mostraría el abrumador poder de su ninjutsu.

La estantería pateada por Kagura se encontraba tan cerca del balcón, que terminó por precipitarse hacia la planta inferior causando un gran estruendo y quedando completamente destrozada por el impacto. Los fragmentos de cristal de una centena de frascos que instantes atrás se habían encontrado descansando en sus correspondientes baldas, ahora acompañaban a una larga colección de polvorientos libros desparramados sin orden por el piso de madera de roble.

La muchacha se libró como pudo de aquella túnica tan incómoda que limitaba tanto sus movimientos antes de lanzarse también por el balcón con un espectacular salto acrobático. Aterrizó sobre sus cuatro extremidades justo encima de los restos de la estantería en sincronía con un nuevo relámpago que iluminó parcialmente la estancia, y fijó su mirada enfurecida en la encapuchada. Sólo que en esos momentos ya no llevaba capucha. Kagura pudo entonces apreciar con claridad los rasgos de su adversaria, y se prometió a si misma que nunca los olvidaría. La espía enviada por Nohr era bastante bella y hasta le extrañó descubrir que su cabello era también pelirrojo y el color de sus ojos, azules.

En verdad se parecían un poco. Pero alejó de sus pensamientos esa impresión en cuanto se percató de que no había indicio de que su adversaria hubiese salido herida debido a su anterior ataque. Chasqueó la lengua con fastidio para mostrar su decepción y sostuvo el cuaderno de cuero en su mano derecha con aún más vehemencia.

Los atavíos -anteriormente ocultos bajo la túnica- que vestía la kunoichi en esos momentos consistían en su característico vestido rojo de seda, en unos pantalones negros y en unos zapatos del mismo color. Saltaba a la vista que su llamativo atuendo procedía de Hoshido, aunque nada de eso importaba, puesto que la otra pelirroja ya la había descubierto hacía rato. Kagura se incorporó con brusquedad y arremetió contra ella a gran velocidad. No le preocupaba mucho enfrentarse abiertamente a una adversaria provista con dos dagas. Sólo necesitaría desarmarla con la proyección marcial adecuada y dejaría de ser una amenaza, ¿verdad? Pero antes de que pudiese siquiera alcanzarla, sintió como algo rígido y frío la sujetó por el tobillo frenando su avance y provocando que tropezase contra el piso.

“¿Pero qué…? ¿Cómo puede ser posible?”

La gárgola de piedra, que originalmente se había encontrado posada sobre el pedestal ubicado sobre la puerta de entrada al despacho, clavaba en ese instante sus garras con tanta fuerza en su pierna que Kagura pensó horrorizada que pretendía desgarrarle la piel. Ya no le importaban el documento ni los insultos de la espía. En cambio, buscaba desesperadamente la manera de deshacerse de aquel monstruo inerte de mirada pétrea. La estatua encantada se movió entonces de nuevo: levantándola con vigor dos metros del suelo, la lanzó contra una de las columnas de la habitación. La colisión de su liviano cuerpo contra el sólido pilar de piedra resultó ser demasiado para Kagura, que profirió un leve quejido de dolor antes de quedar inconsciente.

La gárgola se inclinó a continuación para recoger el cuaderno que se le había caído a la kunoichi antes de emitir un bramido escalofriante y sobrenatural. Tras esto, volvió a quedar completamente inmóvil y la sala, en silencio.

-¡Bravo! ¡Bravo!-
dijo de pronto una voz altiva, masculina y afrancesada que aunque retumbaba por todo el lugar, no provenía de ninguna parte en específico. Fuese quien fuera la persona que acaba de decir eso, acompañaba sus palabras con vagos aplausos. La lluvia que podía oírse en el exterior se intensificó de golpe, como si algo las hubiese llenado de ímpetu de repente. -Os felicito de corazón. En serio. Habéis llegado incluso más lejos que ese gaznápiro espía de Ylisse.-

Aunque la voz se refiriese a las dos, en realidad sólo se estaba dirigiendo a la enviada de Nohr, ya que Kagura se encontraba aún desmayada.
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Re: Ingreso al Internado [Priv. Kagura]

Mensaje por Invitado el Dom Mar 27, 2016 8:14 pm

Iba a preguntarle qué era si no se trataba de una espía, pero la patada que propinó a la estantería logró tirarla hacia abajo, y no me quedó otra que dar un salto rápido hacia atrás para evitar el golpe. Se acabó. Ya me había hartado.

Sí, ¡está claro que no lo eres! ―reconocí completamente irritada, haciendo un largo corte en la falda de mi túnica (buscando moverme mejor con mis pantalones oscuros) mientras la niña se quitaba la suya―. Ni la peor espía del mundo se dedicaría a dar gritos en el lugar en el que se infiltra.

Pero antes de darme cuenta, la chica había saltado con gran agilidad y cayó magistralmente con el fogonazo de un relámpago. No es fácil impresionarme, pero debía admitir que aquel salto había sido épico tenía que tener mucha práctica para haber caído desde esa altura, y sobre madera astillada y cristales rotos, sin casi hacerse daño. ¿O es que estaba ignorando el dolor? Ambas respuestas eran igual de admirables, pero necesitaría más que eso para derrotarme. Fijé mi mirada en sus ojos llenos de rabia, y en aquel instante resultábamos tan parecidas que tuve que esforzarme por no ver en ella a una “yo” del pasado. Pero la impresión duró sólo lo que aquel breve destello de luz, y me preparé ipso facto para el inminente ataque que, por una vez, no necesitó anunciarme con sonido alguno.

Aunque… ¿cuánto tiempo podría durar ante mí si iba únicamente armada con el cuaderno que pretendía robarle?

Pero jamás lo descubriríamos, puesto que una inmensa sombra pareció surgir de la nada para abalanzarse contra la chica y agarrarla del tobillo. Retrocedí por puro instinto, tratando de comprender qué había sucedido, cuando comprobé con horror que lo que parecía una gran mole de piedra era, ni más ni menos, la gárgola que segundos antes custodiaba la entrada. De hecho, tuve que mirar hacia lo alto de la puerta para asegurarme de que realmente ya no seguía allí.

Incapaz de moverme, sin saber qué hacer en una situación que jamás habría creído mínimamente posible, comprendí que estaba tan desarmada como la chica. Después de todo, ¿qué podían hacer unas simples dagas de bronce contra roca maciza? Estaba claro que era imposible hacer algo sola, pero antes de que se me ocurriera qué hacer para ayudar a la joven, la gárgola ya la había lanzado contra una de las columnas y se hallaba ahora en el suelo sin moverse lo más mínimo. ¡MALDITA SEA!

Corrí de inmediato hacia el cuaderno que había caído al suelo, pero apenas me había dado tiempo a acercarme cuando la gárgola se me adelantó y, girando sobre sí misma, me tiró al suelo con una de sus alas. Un leve gemido escapó de mis labios con el impacto de la piedra, pero tras lograr ponerme en pie y retroceder tan rápido como me fue posible, pude comprobar con alivio que, a pesar del dolor y por puro milagro, no parecía tener nada roto. ¡¿Se podía saber cómo iba a hacer frente a aquello?!

Sin embargo, tras un chillido tan estremecedor como para helar la sangre en las venas, la estatua volvió a quedar completamente inmóvil, como si jamás se hubiese movido. ¿Sería aquella la oportunidad que estaba esperando?

No. Por increíble que pareciera, aún no había pasado lo peor. De hecho… estaba a punto de comenzar.

Una voz masculina, con cierto acento extranjero, retumbó por la habitación acompañada por perezosos aplausos. Por más que mirase en todas direcciones, comprobé alarmada que no parecía venir de ningún lugar en concreto. ¡¿De dónde salía toda esta magia?! Pero lo peor era que, como no sabía qué era lo que ocurría, mi único plan consistía en ganar tiempo como pudiera.

¡¿Quién eres?! ¡¿Qué es lo que quieres?! ―pregunté con voz alta y clara, fingiendo una resolución que no tenía, aun siendo evidente la verdad.

Una suave risa, levemente artificial, casi como si hubiese estado tan planeada como sus palabras, retumbó en el lugar. A pesar de todo, la respuesta no se hizo esperar.

No es muy cortés pedir una identidad de esa manera sin presentarse previamente, ¿no os parece? ―inquirió divertido pero sin perder ni por un instante la compostura, como quien comenta una obra de teatro entretenida―. Sin embargo, como soy todo un caballero, os diré mi nombre: soy Erhard D’Mort, director de este internado y… dueño del despacho en el que habéis irrumpido. No puedo preguntar de momento a la otra señorita, pero ¿tendríais la amabilidad de decirme cómo os llamáis vos? Estoy seguro de que podremos entendernos.

Su tono era varonil, pero suave como la seda. Aun así, por educadas que fueran sus palabras, no hacía falta ser un genio para saber que el sujeto era un cínico. Si quisiera ya me habría cogido con la gárgola, pero allí me tenía, en medio de su propio despacho, dejándome corretear “libremente”. Probablemente no tuviese escapatoria… pero lo intentaría.

Yo no tengo por qué entenderme contigo, ¡y mucho menos diré mi nombre! ―dije antes de echar a correr hacia la puerta, solo para comprobar que, efectivamente, estaba cerrada a cal y canto.

¡Pero qué descortesía! ―fingió ofenderse el hombre―. Espero que empecéis a tratarme con el debido respeto, o me veré obligado a tomar medidas.

Ignoré la voz y subí corriendo las escaleras para, una vez arriba, dar una patada a la vidriera y poder crear una ruta de escape. Pero… no funcionó. En su lugar, retrocedí unos pasos hasta dar con mi espalda en la barandilla, como si un muro invisible protegiese el cristal. No podía ser… Debía haber una ruta. ¡Al menos una! Sin embargo, el suspiro del hombre volvió a captar mi atención.

¿Ahora me ignoráis? Supongo que no me dejáis elección ―comentó con falsa pesadumbre.

¡No, no, esperad! ¡Puedo hablar con cortesía si eso es lo que queréis! ―sugerí mirando desesperada alrededor, intentando ganar tiempo para encontrar una ruta de escape por DONDE FUERA.

No, no, ya no es posible: en cuanto me descuidase volveríais a hablarme del mismo modo… Y los alumnos deben ser castigados para asegurarnos de que han aprendido la lección.

Antes de poder siquiera intentar bajar por las escaleras, la gárgola ya me cortaba el paso. Traté de huir por el otro lado, pero sus largos brazos agarraron con facilidad el mío, y tras el sonido de un golpe seco, todo se volvió oscuro…
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Re: Ingreso al Internado [Priv. Kagura]

Mensaje por Kagura el Lun Mar 28, 2016 8:58 pm

Kagura despertó súbitamente en medio de una impenetrable oscuridad que no pudo escudriñar bien ni siquiera con la ayuda de su excelente visión nocturna. ¿Dónde estaba? ¿Por qué lo veía todo tan negro? ¿Por cuánto tiempo había estado inconsciente? Se sentía tanto aturdida como desorientada, y las intermitentes punzadas de dolor que iba sintiendo en sus sienes tampoco ayudaban a que pudiese poner un orden a sus pensamientos dispersos. Aunque por suerte, el esmero que dispuso a la hora de organizar su memoria -en esos precisos instantes caótica- fue recompensado especialmente mientras recobraba la lucidez y se despertaba. Poco a poco fue recordando entonces su llegada al tétrico país de Plegia y los detalles más concretos de su misión en el Internado Innsmouth de Grima. Se acordó también del despacho del mago oscuro Erhard D’Mort, de la misteriosa espía pelirroja y de la breve pero violenta contienda que disputó contra ella, y finalmente, de la pétrea criatura que la había noqueado de un único golpe. Pensar en la gárgola encantada le transmitió escalofríos, y de no ser porque era incapaz de verlo para comprobarlo, juraría que la carne de su piel se acababa de poner de gallina.

Todavía le dolía el tobillo por el que la bestia de piedra la había atrapado.

Cuando Kagura intentó incorporarse con dificultad descubrió que en realidad tenía sus muñecas esposadas a lo que parecía ser una barra de metal adherida al suelo. Sus sospechas quedaron por lo tanto confirmadas: estaba atrapada.

-Esto es de locos…- murmuró para sí misma. La serie de eventos en los que se había visto envuelta aquella noche eran tan inverosímiles que parecían propios de los cuentos que los titiriteros y juglares trotamundos extranjeros daban a conocer en Hoshido. Para empezar, la arquitectura del internado estaba ridículamente diseñada y su seguridad era infantilmente penosa. Y luego estaba el asunto de la gárgola esa que se movía. ¡¿Pero cómo podía tener un pedazo de piedra vida propia?! Kagura tenía las esperanzas de que todo aquello no fuese más que un sueño, pero en esos momentos sus expectativas se habían visto truncadas al comprobar que estaba prisionera en una mazmorra desconocida. Mientras pensaba qué hacer a continuación, descubrió que podía escuchar el correteo de unas patitas que suponía que debían pertenecer a roedores, probablemente ratas.

-¿Oh? ¿Al fin ha despertado, señorita?- dijo una voz aterciopelada de repente que parecía proceder de la misma celda en la que se encontraba. Kagura, que aún no había terminado de asimilar su situación, no pudo evitar sobresaltarse. Un chasquido de dedos resonó por toda la estancia antes de que ésta se iluminase tenuemente como por arte de magia. Fue en ese instante en el que la kunoichi pudo descubrir al sonriente individuo que había hablado.
Erhard D’Mort era un hombre muy peculiar. Todo en él parecía ser extravagante, desde la afilada punta de sus zapatos de estilo gótico hasta su pulcro peinado sumamente bien cuidado que combinaba a la perfección con la particular barba que adornaba su pálida tez. Sus ojos eran de un color azul tan gélido como el propio hielo y estaban fijos en Kagura. Debía de tener por lo menos cuarenta años a juzgar por las arrugas de su frente, y aun así mantenía una apariencia jovial que no acababa de encajar con su singular atuendo. Vestía con caros ropajes y una túnica granate, aunque lo que más destacaba del conjunto era el broche dorado sujeto alrededor de su cuello.

Kagura aprovechó la luz para echar un rápido vistazo a su alrededor en un intento de orientarse. Se encontraban en una mazmorra bastante amplia y de forma cuadrada. Sin embargo, la ornamentación brillaba por su ausencia. Aparte de una tétrica e irregular inscripción hecha con sangre seca que decía en una de las paredes: “Larga y sin piedad es la tortura aquí…” y la única presencia de tres figuras -la del mago oscuro, la de la ninja y la de la espía (también esposada a un barrote al lado de Kagura)-, estaba completamente vacía.

Erhard, que había permanecido sentado pacientemente en el centro de la penumbrosa celda a la espera de que despertase alguna de las intrusas, se incorporó con suma elegancia para caminar en dirección a la kunoichi. Realizó una exagerada reverencia antes de presentarse y preguntarle a la muchacha por su nombre, pero al no recibir respuesta, se acercó lo suficiente a su interlocutora para acariciarle la cabeza. Como si de una mascota se tratase.

-Pobre, pobre criaturita. Dime, dime, ¿qué se siente al ser una abominación?- canturreó con su falsa sonrisa y un tono de voz irritante. Kagura comprendió lo que quería decir, pero se negó otra vez a contestarle y con una mueca de desprecio, le escupió en la cara. De repente, la compostura de Erhard D’Mort cambió radicalmente y respondió a la ninja que momentos atrás acariciaba con una sonora bofetada. A continuación se dio media vuelta mientras murmuraba varias maldiciones ininteligibles y desapareció por la única puerta que había en la celda. La kunoichi, cuya mejilla empezaba a hincharse por el golpe recibido, sólo llegó a entender la palabra “limpiar” y “volver”. Y entonces, la habitación quedó otra vez a oscuras.
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Re: Ingreso al Internado [Priv. Kagura]

Mensaje por Invitado el Dom Abr 03, 2016 2:00 pm

De algún modo me pareció volver a estar consciente, pero no podía estar segura del todo. Estaba tan mareada y todo el cuerpo, la cabeza, e incluso mis propios pensamientos parecían pesar tanto… Ni siquiera intenté abrir los ojos. Escuché sonidos distintos, algo así como voces, pero no terminaba de comprender lo que decían. Entonces, tras un breve ruido más seco, sonaron pisadas. Poco después, la oscuridad de mis ojos cerrados pareció apagarse un poco más.

Intenté moverme, pero un desagradable sonido metálico me hizo desistir en el acto. Tras forzarme a abrir los ojos pude ver, pasados unos segundos en que tuve que habituarme a las sombras, el brillo de las cadenas que me aprisionaban las muñecas. Aún más confusa que antes si cabía, alcé la mirada en busca de respuestas. Sólo entonces pude ver a la chica… y múltiples recuerdos golpearon al mismo tiempo mi mente.

Me levanté en un instante, a tal velocidad que, para no perder el equilibrio, tuve que apoyar la espalda en la pared de piedra que había tras nosotras.

¿Dónde está ese tipo? ―pregunté completamente seria, ignorando mi propio estado físico, reconociendo en aquel instante una de las voces como la perteneciente al tipo que las había observado.

El dolor de cabeza fue mitigando poco a poco, y pude entonces comprobar que, salvo el aún fuerte dolor en las costillas, parecía encontrarme perfectamente. Al menos de momento.

Y es que, mirando a nuestro alrededor, la escena parecía de todo menos halagüeña. La tétrica pintada de sangre en la pared, el inmenso espacio vacío en la gran sala… y es que solo se me ocurrían dos opciones, a cada cual peor: o bien la inmensa amplitud de la habitación se debía a que así podían ir trayendo distintos instrumentos de tortura, o bien era un lugar en el que tenernos cautivas hasta que nos llevasen a alguna de las dos (o a ambas) a la auténtica sala de tormentos. Definitivamente no podíamos quedarnos aquí.

Mira, está claro que no nos llevamos precisamente bien ―confirmé a la pelirroja―, pero si queremos salir de ésta no nos va a quedar otra que trabajar en equipo. Será difícil quitarnos las cadenas ―sobre todo porque obviamente me habían quitado el zurrón con todas mis herramientas, además de las armas, y no parecía haber nada cerca―, pero yo puedo hacerlo, aunque tardaré un buen rato y luego tendré fuertes heridas en las muñecas. Dudo que pueda pelear en condiciones después de eso, así que si tienes otra idea, es mejor que la digas ahora.
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Re: Ingreso al Internado [Priv. Kagura]

Mensaje por Kagura el Mar Abr 05, 2016 11:46 pm

-Por fin despiertas, embustera.- respondió Kagura a la pregunta realizada por la espía de Nohr. En realidad, no sabía qué significaba ese insulto con el que se refería reiteradamente a la otra ladrona pelirroja, pero como a la gente parecía ofenderle, ocupaba un lugar bastante relevante en su lista imaginaria de palabrotas favoritas.

La oscuridad que reinaba en el calabozo tras la imprevista retirada de Erhard D’Mort había disminuido en intensidad por alguna razón desconocida. Ahora Kagura podía reparar en todos y cada uno de los detalles a pesar de la poca luz existente gracias a su condición mestiza. Aun así, no podía dejar de preguntarse qué demonios pasaba en aquel lugar. La atmósfera era pesada y a la vez vacía, y podría jurar que se sentía observada desde que había puesto un pie en el internado. Era como si todo aquel extraño edificio estuviese embrujado y aquello, no suponía para nada una sensación agradable.

-¿Difícil quitarnos las cadenas?- preguntó en un tono sarcástico Kagura al escuchar la nueva sugerencia de su compañera de mazmorra. De repente, el repentino chasquido metálico de una cerradura abriéndose retumbó en la habitación, seguida del sonido de un par de cadenas cayendo pesadamente al suelo. La ninja pudo incorporarse entonces sin ningún problema. Sus muñecas estaban libres, y no dudó en mostrárselas con burla a la espía. En realidad no había supuesto un gran inconveniente librarse de las ataduras que la confinaban a permanecer en aquel tétrico lugar. Ya que a pesar de que era una evidencia que le habían quitado el cuaderno y el resto de sus herramientas, normalmente escondía muy bien un par de horquillas ligeramente trucadas para que funcionasen como ganzúas en casos de emergencia. Fueran quienes fueran los responsables de registrarla mientras estaba inconsciente, habían debido de subestimar sus habilidades de escapismo.

-Suerte con tu plan. Espero que él no regrese antes de que puedas hacer nada.- continuó la ninja, que parecía regocijarse de lo bien que le estaban saliendo las cosas esa noche a pesar de los recientes imprevistos acaecidos. Le sacó la lengua con desprecio. -¡Hasta nunca!-

Dicho esto, Kagura se encaminó en dirección a la salida intentando ocultar sus ganas de empezar a dar pequeños brincos de alegría. ¡Había quedado tan chachi! ¡No podía permitirse estropear su breve momento de grandeza dando rienda suelta a su entusiasmo! La puerta del calabozo estaba entreabierta, y la muchacha pelirroja se acercó a ella para echar un vistazo al otro lado antes de continuar. Lo que vio a continuación fue suficiente para cambiar la sonrisa pícara de su rostro y convertirla en una mueca de preocupación: ante ella se abría paso un largo corredor a cuyos lados se disponían en hilera incontables estatuas de gárgolas. Estaban inmóviles, pero después de los sucedido en el despacho de Erhard D’Mort, prefería no cruzar ese pasillo sola. ¡Así que rauda y veloz se dio media vuelta y cerró la salida de un portazo!

- P-pensándolo mejor… creo que es buena idea que trabajemos juntas- tartamudeó la kunoichi ruborizada sin atreverse a mirarle a los ojos a la espía, a la que no tardó en liberar de sus cadenas con las horquillas trucadas. -A todo esto, puedes llamarme Kagura.-
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Re: Ingreso al Internado [Priv. Kagura]

Mensaje por Invitado el Jue Abr 14, 2016 4:16 pm

Levanté la mano por pura inercia, y si no le di un bofetón que le habría vuelto la cara del revés, fue porque las cadenas me lo impidieron con un fuerte tirón de sonido metálico. Miré a la niña con rabia, sentimiento que había terminado de desvanecer toda confusión en mi mente.

¡Pero ¿se puede saber en qué narices te he mentido?! ―grité, sin preocuparme lo más mínimo alzar la voz. Total, ya estábamos encerradas, ¿qué era lo peor que podía pasar?―. Pero muy al contrario, tú, además de inaguantable, sí que eres una embustera. ¿No decías que no eras espía? ¡¿Entonces qué narices haces aquí encadenada conmigo?! ―vociferé ilustrando mis palabras con un movimiento de muñecas que volvió a provocar el famoso tintineo―. ¡¿O es que me vas a decir que decidiste infiltrarte en un internado plegiano porque te aburriste de jugar a las fiestas de té con tus peluches?!

Tras un par de segundos cerré los ojos e inspiré con profundidad, tratando de ignorar cualquier cosa que fuese a decirme la chica de vuelta. No la soportaba, pero ninguna de las dos sobreviviría mucho tiempo por aquí si no comenzábamos a trabajar en equipo… y así intenté explicárselo, como buenamente pude. Sin embargo, una vez más, la niña se rió de su ventura. Tuve que controlarme mucho para no estallar de nuevo… porque estaba convencida de que esa prepotencia sería nuestra ruina.

Sin embargo, de forma inexplicable, la chica soltó sus cadenas en un abrir y cerrar los ojos. Disimulé mi sorpresa como pude, aunque probablemente un poco tarde. Aun así, no me achanté lo más mínimo ante las burlas de la engreída adolescente, que no tardó en despedirse de mí, dejándome a mi suerte.

Tú lo has dicho… ¡Hasta nunca! ―respondí con orgullo mientras miraba su espalda con ojos entrecerrados de rencor oculto―. Probablemente yo muera horas después de que empiecen a torturarme, pero tú no durarás ni un minuto cuando vuelvas a encontrarte con esa gárgola… porque dudo que su objetivo sea capturarte viva si te encuentra merodeando por el castillo otra vez.

Y, sorprendentemente, la chica recapacitó por una vez en su vida. Lo cierto es que iba a ponerme a intentar quitarme las cadenas yo en cuanto ella se fuera, pero no iba a rechazar su ayuda… aunque debía admitir que la consideraba lo bastante imprudente como para que no mirase atrás, y mucho menos me escuchara.

Yo soy Verónica ―mentí con uno de mis pseudónimos menos comunes, ignorando el evidente (y comprensible) rubor de la chica mientras me frotaba levemente las muñecas―. Me alegra que hayas recapacitado ―dije significativamente con una sonrisa en los labios.

Sin embargo, no tuve más que asomarme por la puerta para comprender la verdadera razón de Kagura para soltarme: gárgolas. Gárgolas por todas partes. No iba a admitirlo, pero lo cierto es que yo también estaba preocupada… aunque la solución era fácil.

Miré por el suelo, cerca de la puerta, y vi una piedrecita. Tras cogerla, la lancé hacia uno de los lados del pasillo. Sin embargo, lo único que sucedió fue el repiqueteo de la piedrecita contra la roca del suelo. Se me escapó una risita: eran inofensivas.

Entonces, cerré los ojos. Sentí y escuché atentamente, pero no se notaba viento alguno. Probablemente  la única entrada (y salida) estuviese cerrada a cal y canto, así que tocaba explorar sin ayuda alguna.

Vale, intenta recordar el camino ―indiqué a la chica―. No podemos permitirnos perdernos.

Y, dicho esto, eché andar hacia el pasillo por donde había tirado la piedra, recogiéndola antes del suelo, esperando que la joven me siguiera.
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Re: Ingreso al Internado [Priv. Kagura]

Mensaje por Kagura el Miér Abr 20, 2016 2:12 pm

-Verónica es un nombre raro- comentó Kagura como si su opinión fuese novedad, ya que a decir verdad, todos los nombres extranjeros le resultaban igual de extravagantes. ¡En Hoshido se tenía mejor gusto en ese aspecto! Pero no dijo nada más y se limitó a seguir a la espía pelirroja por aquel pasillo vigilado por las inertes miradas de las gárgolas, aunque con el temor latente de que alguna de ellas despertase de repente para darles más problemas. Cavilaba también sobre el verdadero significado de la palabra embustera. En cierto modo, le había resultado decepcionante descubrir que no era más que un sinónimo para referirse a una mentirosa. ¿Por qué se ofendía tanto su compañera por un insulto tan inofensivo, entonces? Fuera como fuese, supo que tendría que renovar cuanto antes su repertorio de palabrotas favoritas.

El corredor era tanto ancho como largo, y su techo estaba sujeto por altas columnas arqueadas que adoptaban forma de ‘U’ invertida. Parecía que inclusive el diseño de las propias mazmorras tenía el objetivo secundario de intimidar a todo aquel merodeador indeseado. Y por mucho empeño que pusiese Kagura en no hacer ruido al caminar, cada uno de los sonidos de sus pasos se amplificaba al rebotar contra las paredes de aquel lugar. Esto, sumada la tétrica sensación de que alguien estaba vigilándolas, lograba ponerle una vez más los pelos de punta.

Por otra parte, el espacio por el que ambas transitaban constaba de una especie de plataforma estrecha y elevada a cuyos lados se disponían canales por los que circulaba agua sucia. De este líquido sobresalían también los múltiples pilares en hilera sobre los que las estatuas de piedra estaban realmente construidas. Con respecto a la iluminación, sólo se podía describir conque brillaba otra vez por su ausencia, puesto que el extenso pasillo apenas contaba con apenas dos o tres antorchas encendidas, mientras que el resto permanecían apagadas. Ante este hecho, Kagura no dejaba de preguntarse si por casualidad los estudiantes de aquel internado desarrollaban severos problemas de visión a causa de la falta de luz.

-Primero tenemos que recuperar nuestras cosas.- le recordó la ninja a su compañera mientras se adelantaba para liderar la exploración, ahora más envalentonada por el hecho de que las gárgolas parecían inofensivas. No soportaba a Verónica. Y sabía que Verónica tampoco la soportaba a ella. Así que pasase lo que pasase, tenía claro que en cuanto le dejase de ser útil la abandonaría a su suerte. Al fin y al cabo, estaba segura de que la espía estaría dispuesta a hacer lo mismo. ¡Tan arrogante! Todavía le hervía la sangre al recordar la gran ofensa exacta que la mayor le había dirigido en el despacho del payaso de Erhard D’Mort.

”Lárgate y vuelve a casa”

Precisamente se encontraba en ese lugar tan espeluznante por una única razón: quería demostrar que era tan capaz como cualquier otro miembro de su familia de afrontar una misión tan peliaguda. Estaba harta de que nadie la tomase en serio pues, ¿quién esperaría gran cosa de una genin novata? Ni siquiera Verónica la había tomado en serio incluso tras ver todo lo que podía hacer. Recordar todo aquello en esos momentos ayudó a que su resolución se hiciese más férrea. Recuperaría el pergamino oficial de Hoshido y regresaría a casa con el cuaderno de investigaciones bajo el brazo costara lo que costase. Pero antes, encontraría a D’Mort y le haría pagar caro la bofetada de antes. Decenas de escenarios diferentes en los que Kagura se imaginaba a sí misma vengándose del director del Internado Innsmouth de Grima pasaron por su mente, mientras una mueca iracunda se le dibujó en el rostro.

Caminaba, ahora más decidida que nunca, hacia la única puerta de salida que parecía haber en la alargada estancia. Pero al cruzarla, quedó completamente perpleja. Ante ella se abría camino otro pasillo idéntico al que acababa de dejar atrás. Las mismas gárgolas, los dos canales de agua sucia, las tres antorchas encendidas… ¡Todo era exactamente igual! ¿Qué demonios estaba pasando? Quiso darse la vuelta y avisar a Verónica, pero antes de que su compañera pudiese siquiera poner un pie en el nuevo corredor, la puerta que las separaba se cerró por sí sola.

Y una sonora carcajada perteneciente a una voz familiar resonó en su cabeza.

Kagura hizo caso omiso a la burla de Erhard D’Mort y trató de abrir la puerta. ¡Ni en broma quería quedarse sola en otro pasillo repleto de gárgolas de piedra! Pero estaba cerrada a cal y canto. Con la ayuda de una horquilla forzó la cerradura, para descubrir que al otro lado ya no estaban ni Verónica ni la otra estancia. Frente a ella, no había más y nada menos que una mazmorra bastante amplia y de forma cuadrada…

Pudo distinguir, para su horror, una tétrica e irregular inscripción hecha con sangre seca que decía en una de las paredes: “Larga y sin piedad es la tortura aquí…”

En efecto. Estaba otra vez en el punto de partida. Y esta vez, sin compañía.
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Re: Ingreso al Internado [Priv. Kagura]

Mensaje por Invitado el Lun Abr 25, 2016 9:54 am

Ya lo sé ―respondí de forma un poco cansina cuando dijo que teníamos que recuperar nuestras cosas. Era más que evidente.

Y es que ya cuando había dicho, un rato atrás, que mi nombre era raro, decidí que ignoraría todo lo posible las tonterías de la chica. Lo mejor era no darle conversación, intentar trabajar juntas en lo que pudiéramos y salir de aquí cuanto antes… preferiblemente con el cuaderno.

No sé qué se le pasó por la mente, pero de pronto Kagura comenzó a caminar más deprisa.

Ten cuidado… No deberías alejarte demasiado ―advertí desganada, sin hacer el menor intento de ponerme a su ritmo. Si activaba alguna trampa, la pillaría a ella antes que a mí.

Pero la trampa no resultó ser como aquellas en las que estaba acostumbrada, y ambas caímos en ella. Corrí de inmediato hacia la puerta en cuanto ésta se cerró de golpe, temiendo que fuese a ocurrirle algo a la chica. La puerta se abrió con suma facilidad, pero entre las risas de Erhard pude comprobar que no había absolutamente nada al otro lado… salvo un pasillo similar al que me encontraba, pero muchísimo más ancho, como si se tratase de una habitación increíblemente larga. Miré hacia todas partes. ¿Dónde se había metido Kagura?

Lancé la piedra de antes, pero ninguna trampa se activó. La recogí de nuevo y avancé con cautela, tratando de ignorar el miedo que poco a poco iba creciendo en mi pecho. Por más que me esforzase, era imposible ver el final en la oscuridad… aunque cada vez habría resultado más difícil verlo, sobre todo por la repentina niebla que cubría el lugar cada vez más. Sabía de sobra que era imposible que se formase nada parecido a la bruma en un lugar como éste, así que di por hecho que se trataría de un “truco de magia”, y que fue esa también la razón de la desaparición de Kagura. Sin embargo, la niebla se extendió con tanta rapidez que, para cuando quise volver, resultaba inútil buscar la salida. Una vez aquí, sólo podía seguir hacia adelante… y estaba completamente sola.

Caminé durante algún tiempo por un suelo que, aunque no podía ver, sentía que alternaba gradualmente entre piedra y tierra, hasta que acabó ganando esta última en su mayor parte. Casi caigo al tropezar con una piedra de forma extraña. Sin saber si quería realmente saberlo, pues ya lo sospechaba, retrocedió para palpar la piedra de forma casi circular. Efectivamente, pude notar con los dedos el grabado de un nombre y una fecha. Era una tumba.

Me puse en pie y caminé a mayor velocidad, intentando tranquilizarme: “es sólo magia, es sólo magia, es sólo magia, es sólo magia…”. Pensé que el hecho de que la niebla comenzara a disiparse parcialmente ayudaría a que no me tropezase con más lápidas, pero la certeza (ahora podía verlo) de encontrarme en mitad de un cementerio, no ayudaba en absoluto. Tampoco lo hacía el hecho de pisar huesos a menudo al caminar, pues el crujido de estos delataba mi posición sin remedio.

Pero era una ilusión. Sabía que lo era. ¿Cómo iba a haber una necrópolis en el sótano de un internado? Porque estaba en un internado. Seguía en un internado. Debía recordarlo, repetírmelo… pero las voces hacían cada vez más difícil la tarea de permanecer serena. Especialmente aquellas que pude reconocer como las de mis padres.

Corrí. Corrí, pero de nada sirvió taparme los oídos, pues sus voces sonaban en mi mente. Paré de golpe, horrorizada. Sus cuerpos, a medio descomponer, estaban exactamente ante mí, moviendo sus bocas sin carne ni piel, dirigiendo hacia mí sus susurros.

El terror me atravesó la garganta, impidiéndome gritar. Temí caer de rodillas ante el incontrolable temblor de mi cuerpo, pero al ver los cadáveres avanzando, acabé por conseguir fuerzas para correr sin ser siquiera plenamente consciente de ello. Pero no importaba cuan rápido avanzase, pues los cuerpos parecían moverse sin caminar, deslizándose al ritmo de la vista como si pudiesen estar en todas partes a la vez, repitiendo sus macabras ofertas de muerte.

Finalmente, la vi: una puerta. Corrí, corrí como nunca hasta ella y la cerré tras de mí justo en el instante en que mis padres me alcanzarían de forma definitiva. Comprobé el seguro varias veces, asegurándome de que estaba bien cerrado, temiendo tocarlo y abrirlo por accidente con el temblor de mis manos. No sé cómo, me contuve para no llorar. Me di la vuelta y vi que la habitación era pequeña, con una mesa en medio. Allí estaba mi bolsa.

Me abalancé sobre ella y comprobé con un alivio y alegría inmensos que tenía allí mis dagas. Al menos ahora podría defenderme. Pero ¿cómo iba a salir de allí? Puede que Kagura desapareciese tras la puerta, pero me negaba a arriesgarme a abrir la única salida y entrada del cuartito y encontrarme de frente aquellos cuerpos. Me estremecí sólo de recordarlo y traté, inútilmente, de alejar cuanto podía aquellas imágenes de mi cabeza. Probablemente tendría pesadillas sobre eso varios meses… si es que lograba salir viva.

Pero no tendría tanta suerte. La estancia comenzó a llenarse irremediablemente de agua, aunque ésta no parecía provenir de ningún sitio. “Es una ilusión, es una ilusión, es una ilusión…”, pero estaba fría, olía mal, había entrado por dentro de mis zapatos y hacía que la ropa pesase más y se me pegase a la piel… y subía cada vez más deprisa. No era una ilusión. Era real.

El miedo se apoderó de mí: debía elegir entre morir ahogada o que me asesinasen unos cadáveres que se parecían dolorosamente a mis padres. Entonces, la risa de antes retumbó en la estancia, alta y clara.

¿Te sientes más segura con ese cuchillo?

El agua ya me llegaba a la cintura. La respuesta era obvia: no podía defenderme del agua, pero tal vez las armas me sirviesen para intentar hacer frente a los fantasmas. Sin embargo, la sangre se me heló en las venas cuando comprobé, horrorizada, que la puerta no se abría. Intenté usar las dagas, pero era inútil. Estaba atrapada, indefensa… e iba a morir sin remedio. Las voces de mis padres resonaron en mi mente: “Ven con nosotros…”, “Te echamos de menos…”, “Deja que volvamos a ser una familia…

Ni siquiera me servía saber nadar, pues el techo no era precisamente alto. De hecho, el lugar era prácticamente del tamaño que tendría un pequeño panteón de cementerio. No pude hacer más que esperar mi muerte, impotente ante la crecida del agua, hasta que mis lágrimas se confundieron con ella cuando me resultó imposible respirar.

Sólo un eco resonó en mi mente antes de perder la consciencia...

No puedes defenderte de mí…
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Re: Ingreso al Internado [Priv. Kagura]

Mensaje por Kagura el Mar Mayo 17, 2016 9:31 pm

Mientras que Verónica se enfrentaba como podía a los crueles fantasmas de su pasado, Kagura lidiaba por su parte contra un problema no mucho menor. Se sentía atrapada en un bucle agobiante del que no sabía cómo salir, ya que cada vez que cruzaba aquella puerta ubicada al final del pasillo de las gárgolas, terminaba regresando a la mazmorra del principio de una o de otra manera. Tal era así que ya hasta había perdido la cuenta de todas las veces que había intentado escapar. Pero si de algo estaba segura era de que no podía darse por vencida. Por mucho que le inquietase sentirse observada por cientos de pétreas miradas, seguiría insistiendo con su tenacidad característica hasta poder romper los efectos de la ilusión bajo cuyo influjo deducía que se encontraba. Porque claro, ¡desde luego que no tenía sentido lógico todo aquello de los pasillos interminables! Ella sabía muy bien que los pasillos no podían ser interminables. Todo el mundo lo sabía. Así que el hecho de que no parase de recorrer el mismo pasillo una y otra vez tenía que ser arte de magia. ¡Y menuda manía estaba cogiendo a las artes de magia!

¿Todavía no te has rendido?

Y ahí estaba otra vez Erhard D’Mort. Por su tono de voz, si es que a esas palabras que oía resonar en su cabeza podían catalogarse como tales, Kagura podía deducir que el afrancesado mago estaba disfrutando de todo aquello. Aunque no podía culparle, ya que jugar con las mentes y esperanzas de sus prisioneras debía de resultarle muy divertido, y eso era un gusto que hasta cierto punto la kunoichi podía entender y compartir.

Asume que no vas a poder salir de aq… ¡¡Espera!! ¡¿Qué estás haciendo?!

Lo que Kagura estaba haciendo, aparte de nuevamente no hacer caso a nada de lo que Erhard le estaba diciendo, era empezar a correr en dirección al final del pasillo, para luego derribar la puerta a patadas, repitiendo el ciclo sin detenerse. Si tenía que romper una ilusión, ¡forzarla sin piedad podía ser un buen comienzo! Así es como ella hacía las cosas.

Detente…

Como respuesta a la orden de Erhard D’Mort y para sorpresa de la kunoichi, dos de las gárgolas cobraron vida y saltaron desde sus respectivos pedestales, interrumpiendo el estrecho camino que llevaba hacia la torturada puerta que Kagura ya había echado abajo demasiadas veces. La ninja se amedrentó, pues tenía todavía muy presente en la memoria el recuerdo de la gárgola que la había dejado fuera de combate en el despacho del director. Apretó los dientes y encrespó los puños. Quizá el bucle del pasillo no fuese nada más que una ilusión, pero algo le decía que esas abominables estatuas sí que eran bastante reales. ¿Por qué entonces no habían despertado al escuchar el sonido de la piedra que Verónica había lanzado antes? Quizá ambas ladronas habían dado por sentado demasiado pronto que esas criaturas se activaban al escuchar fuertes ruidos. Y aunque esa vez Kagura estaba muy dispuesta a luchar, no tenía ni las armas ni los medios para hacerles frente.

-¡Maldita sea!- exclamó la pelirroja a la vez que arremetía contra sus nuevos adversarios. Al menos tendría que cerciorarse de si esas gárgolas eran reales o de si formaban parte de la supuesta ilusión. Para su desgracia, resultaron ser lo primero. Y Kagura no tardó mucho en caer de nuevo en la inconsciencia… con uno o dos huesos rotos.


Al Internado Innsmouth de Grima no siempre se le había conocido bajo ese nombre. A decir verdad, Innsmouth no era más que una moderna denominación para una fortaleza arcaica cuya mera existencia se encontraba envuelta en un denso halo de misterio inescrutable. Mucho antes de que Erhard D’Mort llegase a las lejanas tierras de Plegia con la intención de remodelarla y convertirla en el orfanato que era en el presente, el oscuro y por aquel entonces deshabitado edificio ya gozaba de bastante mala fama entre los lugareños, que evitaban en la medida de lo posible acercarse a lo que llamaban “el Castillo Negro”. Era evidente que lo temían.

Los detalles acerca del origen de la fortaleza estaban rodeados de incluso mayores incógnitas, pues las historias ancestrales de la población local no aportaban ninguna clase de dato coherente concerniente a cuándo fue edificada o por quién. Al parecer, el Castillo Negro ya llevaba existiendo mucho antes de que alguien decidiese asentarse en sus alrededores. Aunque lo verdaderamente inquietante de la historia del Internado Innsmouth tenía que ver con las abundantes leyendas y rumores que lo situaban como el epicentro de toda maldad. “¡Ay del incauto que se atreva a penetrar las malditas paredes del Castillo Negro!” se había advertido durante mucho tiempo a los extranjeros cuando aún la fortaleza no era orfanato. Se decía que todo aquel que osase entrar en el lugar jamás saldría. Y si bien esa predicción fatal para los más valientes que tomaban la decisión de internarse en el Castillo Negro no se cumplía en la mayoría de los casos, sí que era verdad que había habido desapariciones.

Existían también antiguas historias sobre casos concretos, en los que gente supuestamente desaparecida conseguía regresar del castillo semanas o meses después de entrar en él. Estas anécdotas, aunque aisladas, tenían un detalle en común. Y es que sus protagonistas no volvían a ser los mismos de siempre. Como si estuviesen mentalmente desequilibrados, se contaba que acababan por quitarse la vida días después. No sin antes dejar atrás dibujos y manuscritos aparentemente incomprensibles y propios de un desquiciado.

La llegada de Erhard D’Mort acalló todos esos rumores e historias sin fundamento. Sin hacer caso a las advertencias de los lugareños más supersticiosos, inició su proyecto de remodelación del Castillo Negro demostrando a todo el mundo que el edificio tenía poco de maldito. Al final, la propia infame reputación de convertirse en uno de los internados de Grima bastó para opacar su mala fama previa. Al menos, lo suficiente como para que nadie asociase al siniestro -aunque moderno- Instituto Innsmouth con las viejas leyendas del antiguo Castillo Negro.


Los lentos pasos del desconocido eran tan livianos como el viento. Transitaba por los laberínticos pasillos del sótano del castillo como si los conociese mejor que nadie, andando en busca de algo. O más bien de alguien. La expresión imperturbable de su rostro, sumada a su porte esquelético y a sus penetrantes ojos plateados, bastaba para helar la sangre de todo aquel desafortunado que se tropezase con él. Desde luego, despedía un aura más atemorizante que la de cualquier emergido, pareciendo más un muerto que un vivo. Muy pocas veces se tenía la oportunidad de presenciar la figura de alguien tan alto como lo era aquel delgado hombre, que además llevaba su largo cabello blanco recogido en una coleta. Pese a que su apariencia recordaba a la de un viejo, si uno se fijaba mejor descubriría que en su rostro no existían más arrugas de las que habría en un joven de veinte años mal afeitado.

Detuvo su andar al llegar ante una determinada puerta polvorienta y mohosa. Al otro lado se encontraba su invitada, si es que podía llamársele de alguna forma. El fantasmagórico desconocido no necesitó girar el pomo de latón para que el portón se abriese, sino que éste obedeció su voluntad y le dejó pasar como si contase con conciencia propia. La figura delgada avanzó unos pasos, internándose en el pequeño y oscuro habitáculo ocupado por otra persona más. Tuvo que agacharse para que su cabeza no se golpease contra el techo y no necesitó de luz alguna para orientarse.

-Despierta.- le ordenó a la pelirroja en un tono de voz enfermizo pero firme. Al ver que esta no reaccionaba, probó a zarandearla sin delicadeza. -¿Me oyes? Despierta, Érika Delacour-

Tal y como había pronunciado, el desconocido conocía el verdadero nombre de la espía de Nohr. Sabía todo de ella. Quién era y qué quería. Sin embargo y por extraño que pareciese, jamás había coincidido con la mujer antes. Una vez despertase su invitada, insistiría en guiarla hasta donde se encontraba la otra chica extranjera, aunque no le contaría nada más aparte de que las necesitaba a las dos para vengarse del profanador. Claro estaba que si ambas se negaban a cooperar, tendría serios problemas.
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Re: Ingreso al Internado [Priv. Kagura]

Mensaje por Invitado el Miér Jul 20, 2016 4:16 pm

No pensaba. No sentía. No había nada más alrededor que una espesa bruma que nublaba mi mente. Sin embargo, no fui realmente consciente de ello hasta que una voz me llamó por mi nombre y me di cuenta que no era humo, sino oscuridad lo que en realidad me rodeaba. Solo cuando me percaté de que alguien me estaba moviendo, abrí los ojos de nuevo, aún confusa.

Espera… ¿Me había llamado por mi nombre?

Acto seguido traté de levantarme, pero cayendo de nuevo al suelo, pues aún estaba mareada por todo lo ocurrido.

Sígueme ―ordenó aquel hombre antes de salir de la minúscula instancia.
E-espera…

Traté de gritar, pero aún no tenía las fuerzas para hacerlo. Quise avisarle de los espíritus, pero al otro lado solo parecía haber un simple pasillo. Fue entonces, al intentar ponerme de nuevo en pie para no quedarme sola, cuando noté que mis ropas no pesaban tanto como esperaba… pues estaban completamente secas.  ¿Cómo es posible…?

Tuve que darme prisa para alcanzarlo, pues no parecía tener intención de esperar a nadie.

¡Un momento! ―ordené segundos antes de llegar a su lado―. ¿Quién eres? ¡¿Cómo sabes mi nombre?!
Eso no importa ―replicó el… ¿joven albino?―, pero sí sacaros de aquí… a todos. Ambas me ayudaréis.
Espera… ―pedí, intentando ordenar mis pensamientos―. ¿A qué te refieres con “a todos”? ―¿Hablaba también de los estudiantes y el director? No se me ocurría otra opción, por lo que deduje que sí―. Además, ¿quién eres? ¿Conoces a la cría? ¿No ha venido sola? ―pero si eso es así, ¡¿por qué conocería mi auténtico nombre?! Estábamos muy lejos de Begnion; no creía que fuera un espía aliado con Hoshido, pero…―. Pero sobre todo, necesito saber cómo has averiguado mi nombre. Es importante ―finalicé seriamente.

La voz de aquel hombre no se alteró lo más mínimo.

Como he dicho, eso no es importante.
¡Claro que lo es! ―espeté, pero el albino no parecía tener el menor interés en responderme de nuevo. Maldita sea, ¡¿por qué narices tengo que depender de alguien tan peligroso?!―. En cualquier caso, espero que al menos me des tu palabra de no pronunciar mi nombre ante la chica. Ante ella soy Verónica, ¿de acuerdo?

El hombre ni siquiera dio muestras de haberme oído, lo que me puso claramente nerviosa. ¡Maldita sea! Estaba claro que había algo extraño en él; no hacía falta ser branded para notar la diferencia en el aura del joven. Suponía que tendría que improvisar una vez saliéramos de aquí… porque la huida era la mayor prioridad ahora mismo. En cierto momento me acordé de Gaius, quien parecía tener un don para encontrar la salida de casi todo. ¿Qué haría él si estuviera en mi situación…?

Pero mis pensamientos se detuvieron cuando, tras pasar una puerta, llegamos al pasillo de las gárgolas, donde Kagura estaba tirada en el suelo. Corrí hacia ella en cuanto me recobré de la sorpresa. Parecía herida, y no es que contásemos con gran cosa por aquí. Lo único que estaba claro, es que nuestras posibilidades de supervivencia se reducían drásticamente si teníamos que cargar con ella.

Pfff… ¿Y ahora qué? ―pregunté más para desahogarme que por encontrar una respuesta.
Apártate ―ordenó aquel hombre.

Me hice a un lado, preguntándome si tendría vendas o algo, pues no llevaba ningún bastón de sanación ni similar. Sin embargo, me quedé con la boca abierta cuando su mano comenzó a desprender un brillo oscuro y, simplemente pasándola por encima de la joven, la sanó por completo. Segundos después, logré reponerme lo suficiente como para arrodillarme junto a la chica.

Kagura ―la llamé mientras la zarandeaba de forma enérgica, pero no violenta―. Oye, Kagura, ¿estás bien?

No sabía qué estaba pasando, pero si bien el albino nos estaba ayudando, estaba claro que era peligroso. ¡Ha sanado con magia oscura! ¡¡Con magia oscura!! ¡Y sin bastón ni nada! Cuando se lo cuente a Leon va a flipar en colores… Pero aún hay asuntos más importantes de los que preocuparse hasta entonces.

Vaya, vaya… ¿Cómo has llegado tan lejos?
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Re: Ingreso al Internado [Priv. Kagura]

Mensaje por Eliwood el Miér Oct 26, 2016 4:26 pm

Tema cerrado. 50G a Kagura.

Kagura obtiene un incremento de +1 EXP.
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Re: Ingreso al Internado [Priv. Kagura]

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