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Un servidor de Altea [Privado | Marth]

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Un servidor de Altea [Privado | Marth]

Mensaje por Invitado el Vie Mar 04, 2016 11:57 pm

El día de la partida era nublado, denso y deprimente, como el reflejo del alma del último de los Ros. Se despedía de una buena familia de honrados posaderos, quienes le habían dado alojamiento por dos semanas a cambio de trabajo. Caiz realmente había tenido una buena estadía con ellos, pero ya estaba acostumbrado a decir adiós. Los nómadas estaban hechos de piedra, era esa su naturalidad. Además, luego de que un portavoz real trajera la noticia de que el reino de Altea se alzaba en armas por su liberación, el camino a recorrer se había trazado con cinceladas muy precisas. Arropando su espalda en una capa de viaje polvorienta que le habían regalado, y asegurándose de que las alforjas estaban bien sujetas a la montura, Caiz Ros empezó su travesía. Una que lo llevaría a terreno inexplorado.

Iba ligero. Su pobre yegua no aguantaría más que unas pocas viandas sumadas al peso insignificante de un flacucho como él. Lamentablemente, no siempre llovían las buenas pagas, y eso se apreciaba en el estado nutritivo de la que había sido su compañera durante meses. Caiz se atrevió a palpar el cuello del fiel cuadrúpedo como un vaticinio honrable de que no le quedaba demasiado tiempo. En la posada, era difícil encontrar a alguien capaz de tratar a una vieja yegua enferma. Las vías mercantiles se retrasaban con la amenaza de los emergidos a la vuelta de la esquina. Cuando muriera, el transporte de Caiz se volvería un problema serio. Si lograba su cometido, ciertamente, aquellos podrían ser sus últimos días de montaraz.

Actualmente, su ubicación era peligrosa, aunque no tanto como se habría esperado de una de las islas más alejadas de la ciudad capital. La posada en la que había permanecido quedaba a buen resguardo en una colina pedregosa de ascenso accidentado. Siendo este un relieve escabroso para el traslado de tropas, los emergidos que azotaban aquel lugar solían rodear la colina. Mercaderes y personas de bajo estrato que se veían obligados a pasar por allí, normalmente utilizaban la posada como punto seguro en sus viajes entre puerto y puerto. No obstante, Caiz sabía que, de empeñarse en ello, los emergidos no verían frustrado su avance arrollador en contra de la privilegiada construcción. Tampoco es que había algo relevante que él pudiera hacer al respecto. Al menos, no todavía.

El mundo estaba asediado por fuerzas incólumes, por lo que ningún lugar era cien por ciento seguro. La buena fortuna estuvo de parte del nómada, mientras se disponía a recorrer el largo trecho hasta el puerto que le llevaría al islote central, uno de los edenes de esa era. Un brío, el estertor de un gigante, acompañó al Despojado, al ritmo del apacible coceo de la cansada yegua, que no podría mantener un paso rápido salvo que el mismísimo Naga respirara sobre ella. Por esa razón, el trayecto llevó varias horas, en las cuales la única distracción de Caiz fue silbar una vieja canción de cuna, con la que recordaba a Lady Rhya, su occisa madre. De esa forma, y antes de que se diera cuenta, el murmullo de la multitud opacó sus silbidos. Un gran puerto había aparecido ante él.

¿Hay lugar en esta barcaza para un pobre vagabundo y su yegua, marino? —fueron las palabras que escogió Caiz para dirigirse al hombre que contaba monedas de cobre a la orilla de uno de los muelles; el navío de carga al que se refería se bamboleaba sobre el cariñoso oleaje.

Usted no tiene para pagar ni un puesto en el depósito —le había bastado al despreocupado contador una mirada para tachar al último Ros de pordiosero descapitalizado. No obstante, abrió los ojos de par en par cuando Caiz revolvió una de las alforjas, extrayendo cinco sólidas monedas que repiquetearon unas con otras— ¡Le aseguro que somos una compañía de transporte digna y respetuosa de la ley! ¡No subimos ladronzuelos a bordo!

Es dinero ganado de buena fe. ¿Conoce la Posada de la Colina? —dijo tranquilamente Ros. El marino asintió con desconfianza— Claro que la conoce. Todo hombre respetable como usted sabe que es un pilar para el comercio en esta isla. Soy un fiel servidor de Altea, y he ganado esta recompensa ayudando a mantener la integridad de tan loable establecimiento —Caiz supo que su plática hacía efecto al denotar la lenta metamorfosis en la expresión de su interlocutor. El tono de voz, la fluidez de las palabras: solo un noble hablaba así. Ahora, el marino probablemente estaría rogando a Naga el no haber ofendido a una figura de autoridad— Acéptelas, buen hombre. El príncipe Marth espera mi llegada.

La verdad había sido retocada con sutileza. Su Alteza no estaba al tanto de que el último superviviente del ducado de Ros iba a su encuentro; ni siquiera podía sospechar que seguía con vida. Pero fueron las palabras precisas para que nadie pusiera más reparos, y hasta la anciana yegua recibió un trato preferente. A media tarde, la barcaza se encontraba cruzando la gran bahía, con la proa apuntando al islote central de Altea, la gran capital de uno de los reinos más poderosos de Akaneia. Caiz, vigilando el mar apoyado en la baranda, se regocijaba en la brisa marina, respirando vigorosamente, cubriendo sus nervios bajo un manto de refrescante de libertad. Después de todo, Caiz no podía saber qué le depararía el destino esa noche.

Una extenuante jornada culminó cuando el barco tocó puerto en la capital, sobre la cual se apreciaba un infinito escenario crepuscular. A medida que los muchos mercaderes, aldeanos y mercenarios llenaban los muelles, Caiz se movía entre ellos con parsimonia, porque halaba de las riendas a una yegua que no iba más rápido que un asno carguero. La muchedumbre, comparada a la del muelle en la isla de la posada, era claramente superior. Los últimos viajes del día culminaban, desplegando variedades de personas, muchas de ellas exhaustas.

La capital de Altea enmarcaba la rigurosidad y la excelencia por la que era reconocida. Por sus calles no prosperaba injusticia alguna, y muchos habitantes de alto estrato podrían pensar en los emergidos como una fantasía... o una pesadilla de los barrios bajos de la sociedad. En su plaza central, los peatones finiquitaban sus asuntos cotidianos, y algunos se preparaban para entrechocar picheles en la taberna de preferencia. Cruzar la capital lentamente en dirección a palacio no fue un proceso tan engorroso. El sereno vespertino se esparcía sobre la gran fortaleza real, la cual Caiz observó con avidez y determinación. No se puede decir que los guardias reales no juzgaran de inmediato al joven por su basta apariencia, bajo la cual jamás podrían imaginar que se escondía el noble heredero que este clamaba ser:

Caballeros —llamó con cordialidad a los hombres de armadura brillante— Ansío que lo que ven no permita que los engañe. Soy Caiz Ros, el último heredero de Lord Corteon —el estratega combinó su saludo y anunciamiento con una estática reverencia— Solicito formalmente una audiencia con Su Alteza, el príncipe Marth.
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Re: Un servidor de Altea [Privado | Marth]

Mensaje por Marth el Mar Mar 08, 2016 2:08 am

Era difícil para todos, algunos más que otros claramente, si bien en la capital de Altea había habido presencia de emergidos, ya hacía más de un año que se había eliminado y la gente, sobretodo los nobles, tendían a olvidarse de la horrible situación que se vivía día a día a solo horas de distancia en las islas norte y en la frontera con Plegia. El aire de seguridad se respiraba en las calles de la isla de gobierno hacía que aquel lugar pareciera una realidad alterna si se venía desde afuera, ni bien se cruzaba el puerto y se adentraba uno a la ciudad se podía ver el aire alegre de sus ciudadanos realizando sus tareas diarias. Había una feria en la plaza principal, el escenario estaba ocupado por una compañía de teatro, mascaras y telas volando en vistosos movimientos entretenían a niños y adultos por igual, las risas decoraban el aire, banderines de colores cruzaban las calles de lado a lado, los puestos eran coloridos, vendiendo variedad de artículos, dese joyería económica, vasijas, ropa, alfombras, fruta, alcohol, dulces, incuso animales. La gente se movía de manera animada de puesto en puesto, comprando, regateando, como si nunca hubiesen escuchado que estaban en guerra fuera de aquellas paredes. No estaban de festividad alguna, simplemente era un día normal en el día a día de Altea.

El príncipe era, en parte, pieza de aquel rompe cabezas cuidadosamente armado mostraba un paisaje de perfección. Le costaba mantenerse en tierra, le costaba ser consciente de la situación fuera de aquellas paredes cuando todo se veía tan pacífico y perfecto, pero había salido, lo había visto con sus propios ojos. Hasta hacía unos meses solo había visto números al respecto, bajas de soldados, fosas que se agregaban a los campos santos, refuerzos que se debían enviar, enemigos caídos, pero no veía rostros, no veía familias destruidas, niños llorando, soldados heridos, aldeas quemadas, su tierra perdiendo su hermoso color, no hasta que decidió viajar a Elibe y encontrarse frente a frente con los primeros emergidos que él había visto, hacían dos años desde su aparición pero él nunca había dejado los muros del castillo... ahora que era consciente, había visto al enemigo, había luchado contra él y había visto que no eran humanos, había visto el vacío cruel de sus ojos y había visto lo que eran capaces, había sufrido heridas, había perdido hombres a su lado y había tenido que retroceder vencido. No podía continuar así. Su fiel aliado le había venido con un plan, la carta documento le había llegado una mañana de primavera, pesada de varias páginas, había leído el plan, había visto los planos, y los informes. Aquella carta había llegado en wyvern, correo especial y directo. Ya había comenzado a mover las primeras tropas y había hecho llamado de reclutamiento, estaría listo a tiempo y más aún cuando estaban a semanas de la visita del marqués de Pherae para que participe activamente en el movimiento de liberación de ambos países.

Se encontraba en su estudio, redactando un informe sobre los nuevos reclutamientos cuando recibió al vocero, la sorpresa recorrió su rostro, el apellido Ros era conocido entre a corte pero lo último que había escuchado de ellos era, justamente, su desaparición. Sabía del ataque y que su territorio, sin haber encontrado al heredero (o al menos así sabía el príncipe), había sido absorbido y re poblado por Altea. De inmediato creyó que aquella audiencia era por dicho tema, quizás un heredero desconocido que vendría a exigir sus tierras. En un movimiento fluido, la mano del príncipe secó la punta de la pluma en un paño destinado a aquello y puso en el portapluma esta limpia, tapó el tintero y se retiró un poco del escritorio - Hágale pasar a la biblioteca, en unos momentos me presentaré ante él. - El joven vocero asintió y fue a informar al noble recién llegado que le siguiese a travez de los pasillos del castillo, los pajes se encargarían de dar agua y comida a la vieja y fiel yegua.

El recibidor era amplio, estandartes con la bandera del país, finos bordados de hilos de colores, decoraban el lugar dándole toques de color a las paredes de roca, sobre el piso alfombras de color vino ahogaban los pasos de quienes las transitaban. A lo largo del pasillo altos ventanales daban al patio central, se veían animales entre las flores, un camino de piedra con bancos y un estanque de peces de colores donde unos faisanes tomaban agua, mostrando el camino al invitado hasta la biblioteca se le abrieron las puertas - El príncipe estará con usted en unos momentos, por favor, póngase cómodo. -. Como estatuas en el interior habían dos solados vigilantes, perdidos entre las paredes repletas de libros, no solo literatura si no regalos de distintas partes del globo se exhibían allí, así como cuadros de la familia real y composiciones de grandes guerreros enfrentando dragones. Centrando la estancia había sillones de un cuerpo con una pequeña mesa en medio, la cual no tardó en ser llenada por un sirviente que disponía ya un juego de té y un par de copas pequeñas para licor.

No pasó demasiado tiempo antes que la puerta se abriese dejando a la vista al actual regente de Altea, siendo su padre un hombre alto, ancho de hombres, un guerrero capaz de enfrentar a un toro con sus manos, era un poco contrastante ver a su hijo, aún en la adolescencia, delgado y de aspecto delicado apenas alcanzando el metro sesenta y cinco. Vestido con un traje azul oscuro y botas negras, no portaba pieza alguna de armadura, solo un grueso cinturón negro donde llevaría su sable, pero al estar dentro del castillo y en deber no lo portaba, sin embargo si llevaba su capa, plegada sobre uno de sus hombros sujeta por una gran joya roja y sobre su cabeza la tiara que había pertenecido a su hermana - Lord Caiz Ros, un placer conocerle. Lord Marth Lowell, príncipe y portador de la marca del exaltado quien le habla. - se acercó a paso decidido, pese a su corta edad y voz que evidenciaba su juventud, no se mostraba para nada dudativo en sus acciones. Se acercó rodeando la mesa donde el sirviente comenzaba a servir el té al peliazul y llenaba una segunda taza - Ruego que se ponga cómodo, veo que ha tenido un largo viaje. Un tanto inesperada su visita. - dijo con una sonrisa sin preguntar directamente, no sospechaba que fuese por el reclutamiento, más bien se inclinaba a algún asunto sobre el territorio.


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Re: Un servidor de Altea [Privado | Marth]

Mensaje por Invitado el Miér Mar 09, 2016 10:21 pm

La hospitalidad del príncipe era remarcable: ni bien el apellido de Ros fuera mencionado, se llamó a un vocero real y se hizo pasar al joven, a la vez que un paje conducía a la yegua a los establos del castillo. Caiz se preguntaba si la volvería a ver con vida, pero habían asuntos más urgentes que un animal de carga como aquel en sus últimas. La misión del cuadrúpedo había sido servir al estratega, y la había cumplido bien. Dados los quehaceres del errante de parche en esas tierras, Caiz gustaba de pensar que la vida de su yegua valía su peso en oro. Era parte de las elucubraciones del peliblanco.

Un enorme castillo como aquel no dilataba las pupilas de Caiz Ros. El ducado en el que se había criado no tenía una proporción semejante, pero la diferencia no era tanta como para no haber alimentado su imaginación todo este tiempo. Además, un noble como él había pasado la infancia estudiando fortalezas de toda índole; conocía a la perfección los componentes y la apariencia de hogares de reyes. También sabía cómo descubrir sus puntos débiles y penetrar sus defensas, y cómo armarse ante asedios. Su talento era todo lo que le quedaba, y la única razón de que en esos momentos estuviera allí, caminando al interior del amplio recibidor.

Caiz admiró las paredes engalanadas y dejó escapar vistazos al vistoso patio a través de los ventanales. Era, sin lugar a dudas, el sitio más majestuoso en que había puesto pie alguno. La biblioteca a la que fue conducido no hacía menguar el aspecto impecable de los pasillos. Era un vistoso salón amueblado y confortable, y quién sabe cuántas eras de conocimiento y sabiduría estarían empotradas en esas estanterías. El vocero anunció entonces a Caiz que el príncipe se reuniría con él de un momento a otro.

Muchas gracias —replicó cortésmente.

A pesar de que le habían dicho además que se pusiera cómodo, Caiz no consideró correcto tomar asiento hasta que el príncipe entrara. Se dedicó a pasear su mirada por los muchos retratos y cuadros artísticos que flanqueaban las estanterías, cruzado de brazos, hasta que se abrieron las puertas de la biblioteca. Caiz Ros y Marth Lowell, una vez en la misma habitación, se habrían parecido muchísimo en tiempos mejores. Ambos tenían altura y complexión similares, pero Caiz ya no era el adolescente enjuto y poca cosa que una vez fue. Marth, ciertamente, denotaba más imponencia, mas su apariencia no intimidaría a muchos.

El príncipe habló a medida que se acercaba a buen paso al joven Ros, presentándose con la propiedad del hijo del rey de Altea. Caiz presionó su brazo diestro contra su torso, y realizó una muy venerable inclinación ante el Lord.

Alteza, se le ve bien. Me impresiona y agradezco que haya podido atenderme con tal premura —saludó en respuesta el peliblanco.

La invitación de Marth a Caiz para ponerse cómodo no era tan desechable como la del vocero. Caiz enseguida apartó su capa para poder tomar asiento en uno de los mullidos sillones, mientras un glorioso chorro de té se derramaba en una taza que le fue dirigida por un siervo del castillo. Las palabras del príncipe no extrañaron a Caiz: este sabía bien que debía haber tomado por sorpresa a Su Alteza. Era hora de poner a prueba los conocimientos del Lord acerca de su condición.

Un viaje largo y lleno de complicaciones, sí que lo ha sido —la voz de Caiz denotaba cansancio, lo cual no era para menos. Hizo una pausa para degustar el delicioso té— Lamento mucho presentarme en estas condiciones tan deplorables, Alteza. Cuando menos se esperaría que lo mirara con ambos ojos, pero ni eso puedo ofrecer. ¿Me equivoco si afirmo que está al tanto de quién soy exactamente y cuáles fueron los sucesos que condujeron al ducado que gobernaba mi padre a caer en la desgracia? —preguntó, aunque luego sonrió forzosamente, cerrando su único ojo bueno— Perdone, debe conocer usted mucho sobre el caso. Es el príncipe de Altea, después de todo. Mi padre tenía al suyo en gran estima —añadió, esperando con cortesía la respuesta de Marth mientras sorbía un poco de la taza.
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Re: Un servidor de Altea [Privado | Marth]

Mensaje por Marth el Vie Mar 11, 2016 12:54 am

A la vista del príncipe no escapaba la apariencia del joven, no estaba exactamente limpio, tampoco sano, sus ropas no eran ni por asomo las que utilizaría un noble, pero el cabello blanco y su ojo color hielo era inconfundible rasgo de su familia, también sus modales propios de alguien de alta alcurnia valían más que aspecto que el príncipe comprendía que podía ser raíz de un viaje mal aventurado. No era la primera vez que un noble en apuros tocaba su puerta y tampoco sería la primera vez que le ayudaría, su relación con Nohr se basaba enteramente de aquel incidente con el príncipe de dicho territorio que ni siquiera con caballo había llegado. La yegua e Caiz estaría en buenas manos, los escuderos del príncipe sabrían darle buen trato a un animal cansado y siendo este de un visitante, no se atreverían a darle sino el mejor trato, incluso bañarla y cepillarla si su pelaje estaba demasiado sucio o sudado. Cuidaba mucho de sus visitantes, tanto como de sus invitados y más aún si eran amigos de la familia real, sobretodo de su padre.

Tomó asiento, no enfrentando al peliblando si no que a su derecha, tomó su taza cuando el sirviente terminó de servir, prestando de inmediato su atención a su interlocutor quien con un gesto de honor le saludaba, asintió con un ligero movimiento de cabeza, apenas una única inclinación - No podría ser de manera diferente, mentiría si no le dijese que ha sido sorpresiva su visita, pero para nada mal recibida. - había interrumpido su trabajo pero el apellido Ros había sonado mucho en la corte y a voz de su padre en el pasado, creyendo por extinta la familia era de gran alegría para el príncipe de recibir a uno de los herederos. Alzó su taza hasta que el borde rozó sus labios, el líquido caliente, pero no al punto de quemarle, expelía un delicado aroma a hierbas y cítricos, usando no solo las usuales hierbas para la infusión sino también pequeñas cantidades ralladuras de naranja y limón secas al sol, más que para sabor era para dar dejar percibir tintes más agradables cuando el vapor llegase a la nariz. Bebió un trago corto, probando la dulzura y bajó la taza.

Cedía la palabra mientras agregaba un poco de leche a su té y revolvía con un ligero tintinear en el silencio de la biblioteca, apenas se escuchaban los pasos amortiguaos del sirviente que recorría el lugar abriendo un mueble con botellas y seleccionaba algunas bajándolas y disponiéndolas en una bandeja para dejarle la selección final al príncipe si es que deseaban continuar después del té su charla con un licor dulce. Era apenas un movimiento de fondo, sin siquiera interrumpir la visión, pues cuidaba de no interponerse entre los dos nobles ni siquiera cuando atendía el servicio de té. Marth volvió a asentir con su cabeza, saltaba a la vista que no había sido un viaje placentero, y si mal no recordaba, lo último que había sabido del ducado era su caída en manos de emergidos cuando su padre aún estaba en vida... que mal dijera... en el frente de batalla. Debía cuidar su forma de hablar, pues la diferencia entre un rey muerto y un rey desaparecido era crucial a la hora de definir la vulnerabilidad de un reino. Volvió a beber para humedecer sus labios y garganta antes de tomar la palabra - No tiene por que disculparse, los tiempos que estamos pasando son crueles y es de admirar que tras lo que ha pasado pueda estar presente. La noticia de la caída del ducado de su padre llegó una fría mañana y si bien mi pare envió tropas a socorrer a su estimado amigo estas regresaron con las manos vacías y la triste noticia que habían llegado tarde. No encontraron rastro de su padre ni sus hermanos, los pocos supervivientes del ataque fueron socorridos y el territorio fue puesto bajo protección del reino. - la explicación era dada como quien dictaba una clase de historia, bien aprendidas sus lecciones, sin embargo no sonaba frío, si no que un tono cálido y de condescendencia entintaba la voz del príncipe volviéndole más empático a la situación.

Bajó la taza y el sonido de la porcelana al chocar entre la taza y el platillo hizo eco en el lugar por el momento de silencio que el príncipe daba, un momento de silencio por la desgracia que había azotado, no solo al ducado si no a su gente, a la familia Ros, el príncipe cerró los ojos un momento y volvió a hablar - ¿Están sus hermanos vivos también? ¿Su padre? Sin recibir noticias de su familia se presumía perecida en la desgracia. Lamentablemente no le conocía en persona por lo que solo sé de usted lo que he leído o lo que mi padre ha hablado. Lord Caiz Ros, el menor de cuatro hermanos sin embargo heredero. - Desconocía el destino que habían tenido sus hermanos, así como el plan retorcido que había llevado a cabo Lord Corteon. Solo lo que sabía era lo que exponía.


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Re: Un servidor de Altea [Privado | Marth]

Mensaje por Invitado el Vie Mar 11, 2016 12:40 pm

Incontables días habían pasado desde que el último Ros había dispuesto de las comodidades de un castillo. Volver a hacerlo reavivó recuerdos nítidos. Se vio a sí mismo degustando un té especiado muy parecido al que ahora bebía, sentado con su instructor de Historia en uno de los largos mesones de los salones del ducado. Junto a él, sus hermanos se aburrían anhelando salir al patio de armas a perfeccionar su técnica, mientras Caiz absorbía ávidamente los conocimientos impartidos por el viejo maestro, otra de las cientos de víctimas que la Batalla del Ducado de Ros había dejado. El joven estratega tenía en gran estima a aquel hombre; era uno de los que lo habían inspirado a escoger el camino que ahora transitaba.

Escuchó con atención las palabras del príncipe. En sus viajes por Akaneia, los rumores le habían llegado como moscas a la luz: el ducado Ros había sido tomado por el reino de Altea tras su caída. Sin embargo, no eran más que habladurías de plebeyos. Lo que le contara Lord Marth al respecto sería la versión oficial. Por esa razón, Caiz se había asegurado de ir con cuidado y seleccionar las palabras correctas, en pos de que Su Alteza le contara de primera mano qué destino real había deparado a su viejo hogar.

Cuando el hijo del rey terminó su breve historia, Caiz asintió brevemente, dejando descansar su ojo sano por un par de segundos para corresponder al instante de silencio que Marth dedicaba a los suyos. Una mejor persona se habría sentido conmovida por la actitud del peliazul, pero dentro de Ros ya no quedaba nada de eso.

Estaré eternamente agradecido con la familia real por haber auxiliado de cualquier forma posible a los sobrevivientes de la batalla. Son todos buenos hombres y mujeres. ¿De casualidad alguno ha hallado una nueva vida bajo su servicio, Alteza? —la pregunta de Caiz era de genuino interés, matizando su oratoria con un tono esperanzador. Era importante saber si alguien que lo conocía y había atestiguado ciertas cosas durante su crecimiento había pasado ahora a servir al castillo de Marth. En caso de que no, quizá el príncipe conociera sus paraderos, dato igual de útil para el peliblanco de parche.

Caiz se sintió aliviado al recibir la pregunta del príncipe en cuanto al destino que había deparado a Lord Corteon y a sus tres hermanos: Victor, Telis y Edan. Eso confirmaba que no sabía nada acerca de los sucesos deplorables que habían acontecido hacía muchos años en el ducado desaparecido. Por el bien de todos, Caiz consideraba que eso debía continuar así.

Mi padre... falleció el día del asedio —empezó a contar el heredero— Fue una cruenta batalla. Fuimos sitiados sin previo aviso. Según he oído, el ducado de Ros fue una de las primeras pérdidas notables que arrojó el surgimiento de los emergidos. Nunca los olvidaré: ojos vacíos, inhumanos, sin piedad alguna ni disposición a dialogar. Todos mis intentos por entablar conversación terminaron en un duelo de espadas. Portaban estandartes de Valentia y Elibe. Desplegué apenas tuve oportunidad una contraofensiva para reducirlos, y durante un tiempo pareció que lo lográbamos, pero eran demasiados, y perdimos prácticamente a todos nuestros hombres hasta vernos recluidos en uno de los bastiones. Cuando derrotamos a los últimos, quedábamos menos de diez guerreros. Mi padre fue asesinado por un emergido apenas atravesaron las defensas del bastión. Me cuesta recordar el resto. Solo sé que, de un momento a otro, habíamos reunido las provisiones que quedaban, un par de monturas para cargarlas y habíamos dejado atrás el ducado. Pensé en quedarme a esperar refuerzos de Altea, pero no conocía la magnitud del ataque y temía que en vez de refuerzos llegasen más amenazas. Por esa razón, desaparecí —tras contar la historia, Caiz tomó un respiro y volvió a sorber de su taza. El aroma exquisito del brebaje calmó su garganta un poco.

Nunca había contado aquello en voz alta. Sin embargo, ahora era pertinente hacerlo. Para su sorpresa, descubrió que podía hablar del tema sin mayores contratiempos, con una claridad y entereza que la mayoría no tendría al narrar semejante tragedia. Quizá Marth se percatara de la inusual normalidad con que Caiz hablaba, pero el estratega sabía que el regente no señalaría el detalle.

En cuanto a mis hermanos, no sé nada sobre su paradero. Los presumo muertos, pero quizá hayan escapado como yo. No puedo estar seguro —mintió Caiz con convicción. No le gustaba hacer eso, pero habían cosas más importantes que su honor en juego. Un honor que, de cualquier forma, estaba ya manchado irremediablemente— Sé que es inusitado que el menor de un grupo de hermanos sea el heredero, pero ninguno de ellos optó por suceder a padre. Tenían otros sueños e intereses en mente, Alteza. Sin embargo, los míos siempre han sido servir a mi nación... y mi nación ahora es Altea —añadió con mucha seriedad, mirando al príncipe directamente a los ojos— Alteza, los emergidos arrasaron con mi hogar y con mi familia. Permítame ayudarlo en su cruzada contra ellos. Nada me complacería más —pidió suplicante el guerrero táctico. Si Marth le concedía un puesto entre sus tropas, su misión habría sido un éxito.
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Re: Un servidor de Altea [Privado | Marth]

Mensaje por Marth el Sáb Mar 12, 2016 12:22 am

Habiendo ya pasado un poco la impresión de verle en tales condiciones y comprendiendo un tanto mejor la posición en la que se encontraba, comenzaba a sentirse en comodidad con la presencia del noble. Sus modales no se veían reflejados en su aspecto pero la verdad ahora no cabía duda que era un hombre de alta alcurnia y pese de que le llevaba casi una década de edad, podía sentirse a la par de una forma que aún no terminaba de comprender, pero ya su subconsciente comenzaba a captar aquel honor en ese hombre que le recordaba mucho al que le había inculcado su propio padre. Por tal razón al escucharle hablar con frialdad no se sintió extrañado si no todo lo contrario, una sensación familiar le recordó a su propia persona. Por motivos diferentes pero con el mismo resultado, Marth solía tratar todo tema sentimental con una frialdad casi matemática, contando y tratando los hechos como cartas sobre la mesa sin poner su corazón en ello, como príncipe y heredero, portador de la marca del exaltado, no tenía individualidad, era el representante de Altea y su futuro rey, sus decisiones, su vida entera pertenecían a su tierra, no era más que un eslabón de una larga cadena de herencia que tenía que mantener, tenía que ser fuerte y no permitir que esa cadena se rompiese. Lo había aprendido bien a mano de su padre y sus tutores, no podía demostrar debilidad, las lágrimas no eran algo que debiesen ser vistas en público, la tristeza tampoco, debía ser tan firme y sólido como una columna de hierro. Y así lo era, así como Caiz era capaz de hablar de la caída de su ducado, la masacre de sus habitantes y la muerte de su familia, el heredero a rey era capaz de hablar con la misma frialdad de la desaparición de su padre o la muerte de su madre. Este hecho simplemente hizo que le viese con más aprecio y como un hombre más centrado justificando así su supervivencia.

Mantuvo respetuoso silencio, solo emitiendo los sonidos sutiles de la vajilla al ser movida al tomar nuevamente la taza o del agua ambarina cayendo en su interior cuando el sirviente le rellenó para suavizar la leche que había puesto el príncipe con anterioridad. Asintió lentamente ante la aclaración de su familia, así que era el último del legado Ros, al menos en su conocimiento - Sueños que encajan muy bien en lo que me ha mostrado de su persona, estimado. - alabó el príncipe, sobretodo cuando aclaró su lealtad - No debe preocuparse por sus tierras y su gente, bajo el cuidado de Altea se le ha dado auxilio a los heridos y se ha ayudado a reconstruir lo caído. Pocas familias se quedaron allí trabajando la tierra, muchas emigraron a hogares más cerca de la costa donde encontraron trabajo en los pueblos resguardados por la milicia, seguramente buscaban seguridad. Igual cabe aclarar que desde hace un año que hemos modificado nuestra estrategia y grandes partes del territorio están completamente limpias de enemigos, siendo la zona contra la muralla de Ragna Ferox, una de ellas. Quienes se quedaron en sus tierras están a salvo. Han habido ingresos al ejercito, puedo facilitarle los registros si desea visitar a su gente. - dijo dejando en claro que no mantenía contacto directo, pero si había sido puesto en seguridad los nuevos ciudadanos.

Bajó finalmente su taza a la mesa, deteniendo con un gesto de su mano al sirviente que disponía a rellenar ambas, la suya no fue atendida y el sirviente esperó aprobación del invitado para saber si le llenaba o no la suya. El príncipe se inclinó apenas un poco hacia adelante, separando su espalda paralela al respaldo en una postura siempre correcta, que un noble del nombre de Caiz se prestase a la causa le interesaba - ¿Presenta sus servicios por iniciativa propia o ha escuchado hablar de las contrataciones que Altea ha presentado para una nueva empresa de liberación en el territorio y en el de sus aliados? - cuestionó pues había una diferencia bastante grande para el príncipe, aunque no afectaría a los resultados... quizás un poco, pero el trabajo sería otorgado. - Pierda cuidado que tendrá un puesto en las filas si es lo que desea, es conocida la habilidad con la espada que corre por sus venas. Su apellido es bien conocido por ello también. - agregó con una sonrisa.


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Re: Un servidor de Altea [Privado | Marth]

Mensaje por Invitado el Sáb Mar 12, 2016 5:58 pm

Las palabras del príncipe Marth se deslizaban con sutileza fuera de sus labios. Para un hombre como Caiz, de reconocida habilidad verbal, no le habría costado nada distinguir a su interlocutor como una figura de altísima alcurnia, solo por su forma de hablar, así el peliazul estuviera ataviado de lana basta y mugrienta. Lo que decía, sin embargo, agradaba a oídos del parchado. Para él, era mejor no reencontrarse con nadie de su pasado, por efímera que fuera su intervención en este. En lo que a Caiz respectaba, continuaba portando su apellido como una estrategia política, nada más que eso. De no necesitar encarnar a un noble de relevancia en esta guerra, se hubiera deshecho sin ningún remordimiento del Ros para siempre.

Es bueno oírlo. Confío en que todos a quienes alguna vez conocí tengan una calidad de vida envidiable de ahora en adelante. Me alegra descubrir que Altea les ampara —dijo, asintiendo con cordialidad ante la respuesta de Lord Marth— La verdad, querré echar un vistazo a los registros, Alteza. Sin embargo, son más urgentes los asuntos que ahora nos atañen —replicó a continuación, de manera muy educada.

Lord Marth se enderezó ligeramente, lo cual indicó a Caiz que había pasado a prestar más atención y la conversación había escalado un nivel de seriedad. No obstante, el estratega Ros mantuvo su postura de siempre en el sillón, alzando una delicada mano acompañada con una señal de la cabeza para dar a entender que podían rellenar su taza a gusto. Una vez el siervo lo hubo hecho, Caiz retomó con ahínco su delicioso té y escuchó atentamente al regente.

Al parecer, el príncipe deseaba conocer las razones tras la decisión de Caiz de prestar activamente sus servicios. Este no esperaba menos de una figura como él. Se permitió una leve sonrisa ante la aclaratoria de que tendría un puesto en las filas de la campaña de liberación fuera cual fuera su respuesta. De cualquier manera, él no esperaba dar otra que la verdadera.

Es bueno saber que mi padre y mis antepasados han dado fama al apellido Ros por sus habilidades en combate, hasta el punto de ser reconocida dicha fama incluso por un príncipe —empezó a hablar Caiz— Cada uno de mis hermanos era un gran espadachín. Me temo que nunca llegué a equipararme a ellos en nuestros entrenamientos individuales, cada semana en el patio de armas. Puede comprobar usted mismo lo que le digo, en cuanto a si fuera un prodigio de la esgrima, aún conservaría mi ojo derecho —Caiz hizo una pausa sonriendo de manera triste— Sin embargo, mis carencias no me quitan el sueño. Ese día perdí mi ojo, pero también eliminé a mis enemigos, aún cuando nos superaban en número de cinco a uno. Más que el ojo, pagué con muchas vidas por ello —Caiz solía decir algo con mucha frecuencia, mientras señalaba su parche negro: "esto, esto es lo que ocurre cuando soy atacado con la guardia baja... pero cuando estoy preparado, lo que perderán mis adversarios será mucho más que un ojo."

Era el momento para Caiz Ros de vender sus talentos al príncipe; de demostrarle lo útil que podía serle en aquella guerra por la libertad.

He oído de la alianza del reino de Altea con Lycia —admitió— Al principio, cuando recordé las banderas de Elibe y Valentia ondeando sobre los cadáveres de mi gente, tuve mis reservas. Pero ahora sé que esta prole de emergidos va más allá de mi entendimiento de este mundo. Escuchar acerca de la campaña y sus contrataciones fue lo que me movió a venir ante usted, Alteza. Pero no vengo como un vulgar mercenario a esperar una remuneración digna. Vengo como un estratega de guerra sin aspiraciones de riqueza o familia, cuyo deseo es hacer lo único que sabe hacer bien: planear, enfrentar... y ganar batallas —culminó su discurso, endureciendo el semblante de forma paralela a la gravedad de sus palabras.
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Re: Un servidor de Altea [Privado | Marth]

Mensaje por Marth el Dom Mar 13, 2016 7:09 am

El apellido de un noble no era solo un adorno o una herramienta de estatus, era un registro y una referencia. En particular para el príncipe, que un apellido era su identidad, su línea de sangre era lo que le daba el derecho de ser quien era y así mismo le quitaba su identidad individual como persona, generaciones de portadores de la marca del exaltado, prueba física de ser la línea de sangre del escogido por Naga, del fundador de la tierra que ahora gobernaba, misma sangre de fuertes guerreros mata dragones y de corazón fuerte y noble. Así como esa era su identidad, el apellido del hombre que tenía frente a si era igual, una carta de recomendación si así se quería. Un apellido que garantizaba una buena familia, sangre pura de guerreros fuertes, una prueba de que había tenido una crianza privilegiada con estudios en diferentes áreas tanto en la espada como en lo intelectual, el simple hecho de tener apellido ya marcaba la diferencia desde antes de ingresar a aquel salón, era por su apellido que tenía aquella oportunidad de reunirse con el príncipe frente a una cálida taza de té como el noble que era aún cuando su apariencia no era la de uno, era su apellido que le estaba dando el trabajo en ese momento.

El peliazul asintió una única vez - Así será, cuando esté usted establecido y disponga de tiempo le diré personalmente a mi escriba que le facilite los registros, aunque espero que entienda que no podrá llevárselos ni realizar copias, pero en esta biblioteca podrá revisarlos a gusto en presencia de mi escriba. - eran documentos oficiales de Altea, documentos que si bien no contenían información confidencial, no eran compartidos con cualquiera... era también su apellido que le daba acceso a ello.

Fijó su atención en el ojo faltante, en el parche más bien, miró alrededor de este buscando la presencia de alguna cicatriz, pero no escrudiñó demasiado para no parecer descortés volviendo a mirarle a su ojo bueno. No era demasiado raro ver hombres con alguna parte del cuerpo faltante, no solo ojo o dedos si no incluso miembros enteros... la guerra era cruel y no siempre había curanderos que pudiesen sanar a tiempo, o partes del cuerpo perdidas no podían ser simplemente materializadas con la magia divina de la curación. La ausencia de cicatrices visibles al menos sobre su piel descubierta dejaban al príncipe considerando que la cicatrización tan limpia se debía, justamente, a la presencia de un buen sanador. Lujo que no todos podían permitirse - Es preferible su ojo que la vida, estimado. Pero protegiendo a los suyos ha sabido mantener su cabeza en alto y no apenarse por su perdida, es solo muestra de lo que está dispuesto a dar por su gente. Solo habla bien de usted. - dijo en tono calmo y era la verdad que así lo veía y era sincero en eso.

La alianza con Lycia había sido algo que su padre había estado amasando por años incluso antes del ataque de los emergidos y pese a haber presentado sus dudas, el marqués de Pherae había sabido disolverlas tan rápido como habían aparecido. A la fecha se sentía agradecido de no haber caído en las palabras de sus consejales de sospechar de una posible trampa y alianza con los emergidos, pero habiendo viajado y visto con sus propios ojos que en aquellas tierras lejanas también sufrían los mismos ataques, fue suficiente para creer en las palabras del marqués. Ahora era este quien se encargaba de la parte táctica de dicho movimiento siendo un genio político del cual Marth no había visto precedentes antes. Que tantas personas se hubiesen enterado del movimiento de liberación era solo una de tantas cosas que agradecía a Eliwood y su gran manera de hacer publicidad.

Escuchó al otro aún con atención, descansando sus manos sobre su regazo - Tanto como espadas en el campo de batalla, inteligencia en la mesa de estrategia es igual o más importante. He de confesar que Altea no cuenta con estrategas de profesión y no es si no los propios generales que realizan los movimientos militares coordinados en su totalidad por mi persona y conejeros de confianza. Sus palabras denotan la seguridad que espero estén reflejadas en su trabajo pues como estratega está sobre sus hombros la vida de miles de soldados, no solo soldados si no que padres, esposos e hijos, ciudadanos de Altea. Una decisión mal tomada podría no solo ser una derrota si no una masacre. - era terriblemente consciente de esto desde que había visto con sus propios ojos a los hombres gritar de dolor heridos, había presenciado la muerte y el llanto de una mujer que pierde a su marido, ya no podía simplemente alienarse en números y fichas como había hecho en un inicio cuando recién había tomado el poder y ya cargaba con muchas muertes sobre sus hombros. Tomó un poco de aire y bajó su mirada a la taza con un fondo de líquido ambarino opaco por la leche - Sería un honor tenerle como estratega, su nombre me deja constancia de que no estoy cometiendo un error al nombrarle como estratega de la liberación de Altea y Lycia. Y permítame decirle que como estratega real será remunerado como tal y le será dada una vivienda como todo miembro de nuestro ejército. Si tiene alguna solicitud me gustaría saberla. Por favor, no haga cumplido. -


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Re: Un servidor de Altea [Privado | Marth]

Mensaje por Invitado el Dom Mar 13, 2016 9:16 pm

La audiencia con Lord Marth seguía su curso, manteniendo un rumbo fijo y estable que alegraba a Caiz. El príncipe era una persona sensata y capaz; Caiz no solía opinar así de todo el mundo, pero no solo su actitud le habían hecho simpatizar con el actual regente. En cierta forma, Caiz Ros veía en Marth Lowell un semejante. Era muy probable que nunca lo admitiera, ni siquiera para sus adentros, pero la estampa del príncipe, en su cabeza, encajaba con la suya, creando un enlace de empatía que servía de catalizador para que aquella conversación fluyera de la mejor manera posible.

El estratega parchado asintió con simplicidad ante las palabras de su interlocutor sobre los registros que le serían facilitados sobre su gente. Aquel asunto era totalmente secundario, pero la obsesión de Caiz con ocultar algunos hechos de su pasado probablemente lo llevarían a reencontrarse con elementos del mismo. En otro lugar y otro momento. En las pausas en las que Marth extendía su diálogo, Caiz alzaba delicadamente, con el tacto heredado de un duque, la taza para ingerir el poco té que le quedaba de la segunda vez que le había sido servido.

Las consecuentes palabras del peliazul dejaron claro a Caiz que iba por buen sendero en su oficio de representar ante el regente de Altea un hombre digno de sus pretensiones. No pudo más que agradecer con un calmado gesto la gentileza de Su Alteza. Sentando los precedentes de la plática, ya podía sospechar el guerrero táctico de su pronto nombramiento. Sería una oportunidad para saber si podía predecir bien a un hombre como Marth. Las elucubraciones de Caiz Ros, más que buscar aventajar con malicia a los demás, se basaban en un análisis profundo de las situaciones. Era nato en él hallar las virtudes y los defectos en todo, empeñándose a fondo en conseguirlo.

Se dedicó a oír atentamente al príncipe sin interrumpirlo una sola vez. A medida que hablaba, Caiz lo encaraba con una expresión insondable. Afinó los últimos detalles al informarle de que sería remunerado como un miembro importante de la campaña y que estaba abierto a solicitudes. A partir de ese instante, Caiz supo que su misión había sido un éxito: había pasado a engrosar las filas del ejército de Altea y comandaría una guerra de liberación en nombre de su nación. Pero no había chance alguno de celebraciones triviales. Nuevas y peligrosas misiones se mostraban ahora delante del estratega.

Como estratega a su servicio en este conflicto, le prometo una pronta victoria, Alteza. Honraré el haber depositado su confianza en mí con un país libre, capaz de lograr la libertad también para sus aliados —dijo Caiz, realizando una leve inclinación de cabeza en agradecimiento— Entiendo el peso que cae sobre mis hombros. He tenido el peso antes y experimentado de primera mano la muerte de inocentes y la tragedia que los emergidos son capaces de esparcir. Dedicaré mi vida a Altea y velaré por todos nosotros —concluyó.

Caiz se tomó un instante para pensar en cómo proceder ahora. Sabiendo bien sus fortalezas, se sentía seguro de sí mismo en el plan a trazar y en cómo exponerlo ante Lord Marth.

No solicito más que lo necesario. Es mi deseo, Alteza, tener la oportunidad de conocer a fondo todas nuestras disposiciones. Lo primero que he de hacer es visitar a nuestros aliados en Lycia y entender de primera mano lo que allá se vive y en qué posición se encuentran. Antes de emprender ningún movimiento bélico, un buen estratega debe conocer sus recursos y a sus aliados como la palma de su mano —expuso Caiz, sin dar muchos rodeos; así era él— Me gustaría realizar este viaje de reconocimiento lo antes posible, aunque entiendo si Su Alteza prefiere que me establezca y me familiarice primero con las tropas locales, o lo que considere oportuno. Añadido a ello, me gustaría un recuento de la situación actual, las planeaciones pre establecidas antes de mi llegada y los informes de guerra. Todo cuanto dicta el protocolo. Tanto si quiere encargarse personalmente de ponerme al día, legar a uno de sus concejeros la tarea o plantear otra audiencia en otro momento, procederemos según su criterio —culminó el ultimo Ros.
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Re: Un servidor de Altea [Privado | Marth]

Mensaje por Marth el Vie Abr 01, 2016 3:34 pm

Spoiler:
Perdón por la tardanza en el tema y si la respuesta está un poco floja, me está costando un poco retomar el ritmo y ponerme al día < / 3

Un apellido pesaba suficiente y en aquellas épocas un apellido era mucho más confiable que una recomendación, varias generaciones forjaban más la reputación y fortaleza de un heredero que un grupo de personas que simplemente dijesen la buena persona que era, por esa misma razón el príncipe aceptó sin dudar y con una sonrisa en su rostro al hombre que tenía delante. Asintió a sus palabras, muy complacido con lo que estaba escuchando y viendo, realmente no tenía quejas más que la obvia desprolijidad de su nuevo estratega, cosa completamente comprensible y excusable por las adversidades que había tenido que pasar. Estaba seguro que una vez establecido ya eso cambiaría. Los emergidos habían hecho caer en desgracia no solo a pueblerinos y soldados si no a muchas familias nobles, en conocimiento de esto Marth extendía su mano a compañeros de sangre azul sintiendo, de manera inevitable, más empatía hacia ellos teniendo algo de temor a la idea de llegar a caer en la misma desgracia. Si bien había sido criado con la idea de que él era intocable, heredero a la corona, portador de la marca de Naga, descendiente del elegido por los dragones sagrados para gobernar y guiar Altea hacia la paz, al estar en un campo de batalla y notar que los enemigos le herían a él tanto como a los soldados comenzó a ser más consciente de su mortalidad y con ello venían los temores.

Su mirada se había perdido unos instantes en el borde de su taza ya vacía, en algún momento había terminado su té y el quedarse con la taza en la mano pareció ser indicador a su sirviente de rellenarla, pues aún en el aire ya tenía la tetera vertiendo su contenido en la taza y agregando el chorrito de leche que solía suavizar el sabor. La mención de Lycia le hizo recordar su más cercano aliado, el marqués de Pherae, y como decía Lord Ros, era sabio que lo conociera. Tomó la palabra una vez que el hombre concluyó, dejando su taza de lado por el momento - Si su idea es conocer a los líderes, corre usted con suerte pues nuestro aliado directo, Lord Eliwood de Pherae, marquesado de Lycia, está actualmente en Altea siendo parte activa en la organización de esta liberación. Bajo el título honorario de General de las tropas de Altea ha emprendido viaje a la frontera con Plegia para hacer un reconocimiento de la situación en persona y trazar una nueva estrategia, actualmente simplemente estamos en posición de contención, pero esperamos poder retirar a los enemigos de nuestras tierras y poder expulsarlos de nuestra frontera. Puedo disponerle un viaje a la frontera para que se encuentre con Lord Eliwood en un par de días y si dispone de tiempo puedo ponerle al corriente de la situación en este momento que cuento con tiempo. - ofreció siempre dispuesto hacia el otro con una sonrisa amable.

No terminó el té, de hecho ni siquiera tocó la nueva taza que se le había servido, ya era más que suficiente y sobretodo si el otro accedía a proceder hacia el estudio adyacente a la biblioteca donde tenía los mapas de las zonas más afectadas en Altea. Si bien era solo una formalidad el esperar una respuesta positiva por parte del otro, ya había decidido que así se haría, por lo que no tardó en ponerse de pie y guiarle hacia la puerta junto a una alta estantería repleta de libros - Sígame al estudio por favor. Podrá disponer de los mapas que desee, poseemos una amplia carpeta actualizada con mapas generales de Altea así como zonales, de sus islas, condados y hasta de algunos poblados más claves. Actualizados por nuestros cartógrafos este año por lo que puedo asegurar su exactitud. El marqués Eliwood nos ha traído también mapas de Lycia así como de sus marquesados, incluso ha sido tan amable de traernos mapas de países vecinos en Elibe para poder trazar mejor nuestras estrategias y rutas. Confío que serán de confianza. - confiaba en el marqués, su forma de actuar le había hecho fundamentar aquella confianza. Su mano se apoyó en la puerta y tomó la llave de esta de la alta estantería que tenía al lado, para nada oculta al estar el presente así como sus guardias, solo apoyada en uno de los estantes, obviamente retirada cuando él no estaba. Con un pesado sonido de la cerradura la puerta cedió dando paso a la otra habitación.


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