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Por cada travesía incompleta [Privado; Advari // Campaña]

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Mensaje por Invitado el Miér Feb 24, 2016 6:29 pm

Era un paisaje tan gris, que se le hacía hasta deprimente. Algo debía de haberle salido mal, debía de haberse equivocado de rumbo en algún punto, las señales eran las correctas pero ese no podía ser el sitio. La frágil y torcida arboleda en la que empezaba a adentrarse no podía ser el bosque de Serenes, tan reseco el terreno bajo sus pies, tan escuálidos y ennegrecidos los árboles derredor. Un viento carente del aroma de un bosque aullaba entre las ramas inertes, y poco hacía el hermoso cielo de la madrugada por dar más vivaz imagen a las llanuras de ceniza vieja y césped que apenas conseguía surgir, mayoritariamente reseco. Frente a ese paisaje, Alim se trepó a una roca tanto o más alta que su persona y se sentó en la cima, sobre una delgada capa de musgo, contemplando. Apoyó su mentón sobre sus manos y soltó un corto suspiro. Había tenido tantas ganas de ver el bosque, ahora sólo estaba tremendamente confundido, sabía que había seguido los caminos correctos pero tal no era el paisaje que los libros mostraban.

Rebuscó en su improvisado bolso, no más que una gran tela doblada que envolvía de una forma u otra sus cosas, hasta sacar el tomo del que había aprendido sobre Serenes. Las descripciones eran una cosa, pero había dibujos también, y hasta venían pintados. Se suponía que fuese verde y dorado, lleno de vida. Pero, claro, el libro que poseía era de unos 40 años atrás, un poco menos viejo de lo que era él. Una época en que el bosque aún no sufría lo que los ojos del marcado constataban ahora. Abriendo el tomo en la página que más recordaba, miró con nostalgia la ilustración ahora inalcanzable.

- Bosque de Serenes, al noroeste de Begnion... - Leyó el título en la página contigua; no podía evitar hacerlo en voz alta, en sus años a solas se había acostumbrado a hacerlo así y aunque ya no tuviese la agobiante falta de ruido para hacer mella en su humor, el hábito simplemente no se iba. Así mismo, pasó el dedo índice bajo la lectura a medida que pasaba líneas, la cabeza gacha para sumirse en el gran libro de destinos y maravillas. - Más allá de la cuenca del Ribahn, resguardado por el cordón montañoso que lo separa de Crimea, Gallia y Goldoa. Un lugar considerado sagrado, hogar de innumerables especies animales y vegetales, y de la mayor conección a las bendiciones de la diosa en las tierras. Serenes se mantiene al margen de relacionamiento con cualquier nación limítrofe y existe independientemente, por y para sus recursos naturales y sus habitantes, sin intervención humana. Regido por la raza laguz de las garzas, es un lugar pacífico que parece no marchitarse a través del año. Dícese ser el paisaje más memorable de Tellius... - La fina voz del aparente niño se alzó con facilidad en el viento silente y los campos llanos, hasta culminar en el golpecito de las páginas del libro siendo cerradas. Ya no suspiró, así era como las cosas habían resultado, nada que hacer al respecto.

Pero seguía siendo un desánimo, ir hasta allí para encontrarse con tal paisaje. No tenía la menor idea de lo sucedido en Serenes y ciertamente se lo cuestionaba, tan sólo podía imaginar que había sido un incendio enorme y devastador. Oía aves por allí y algo de césped intentaba crecer, pero no tenía idea de si un daño así fuese salvable, o cuanto pudiese tardar. Por el momento, pasear por los despojos no tendría mucho sentido, le quedaba claro que no encontraría mucho de nada allí. Suponía que podría volver después, cuando el tiempo cambiara esa imagen un poco, en un futuro que imaginaba que se le haría dos parpadeos. Era paciente, muy paciente, quizás le diese 10 años al asunto antes de volver, aunque quedaría con la duda en mente y sería difícil quitársela. Ni siquiera se decidía del todo a irse. Se preparó para guardar su libro y bajar de su roca, lento, demorando adrede.

El polvillo sobre la superficie de piedra se movía de forma extraña. Cuando reparó en ello, Alim se lo quedó mirando unos instantes, a ver si volvía a hacerlo. - ¿Hm...? - Curioso, el marcado se puso el libro bajo el brazo y se inclinó para mirar más de cerca, viendo el polvo grisáceo removerse en lugar como por un suave temblor. Sujetó su trenza cuando esta se le fue hacia adelante, la aventó de regreso a su espalda, y con una mirada de suma concentración siguió mirando. Raro. Algo hacía temblor. Se enderezó en su asiento y miró, tornando leve hasta su respiración. Si se concentraba mucho, oía pasos. Pesados y livianos a la vez; a la distancia no podía calcularlo, pero eran pasos. La idea de no estar a solas en el lugar le emocionó un tanto y, sonriente, siguió buscando en un lado y en el otro, perfectamente visible él sobre su alta roca.


Última edición por Alim el Sáb Mar 12, 2016 12:47 pm, editado 2 veces (Razón : lo escribi re dormido y habia una palabra repetida rara (?))
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Mensaje por Invitado el Vie Feb 26, 2016 2:47 am

El tiempo y distancia le separaba de cierto puerto. El aire libre se sentía magnífico en su cuerpo y el suelo, la tierra, la hierba y la piedra era maravillosa bajo sus pies. Vivía como un salvaje, pues una criatura salvaje era en el fondo, prefería no hablar si no tenía que hacerlo, alejarse de los beorcs aunque fueran presa fácil para comer. Sin armas de ningún tipo más allá de sus infalibles garras y colmillos, sin mucha ropa, ya que era molesto andarse atorando entre las ramas y zarzas cuando andaba en su forma humana, con sólo la túnica sucia de siempre cayendo por sus caderas, descalzo, dorado por el sol y con el pelo corto hecho un desastre. Nunca se había sentido más vivo aunque pasara hambre de vez en cuando. El hambre no era novedad para Advari.

La falta de habilidades para rastrear o ser sigiloso no le impedía, tenía resistencia, mucha resistencia producto de largas luchas en la arena. Y era terco. Nunca había aprendido a cazar adecuadamente en territorios salvajes. Acechar en dirección contraria al viento era algo lógico, pero el modo en que poner las patas para ir acercándose a una presa aun se le escapaba, los conejos le detectaban rápido con sus orejas escuchando cada ruido que pudiera hacer, por muy mínimo que fuera, los ciervos le veían cuando no se movía lo suficientemente despacio, cuando se acercaba demasiado rápido. Pero era terco, prevalecerá y aprendería, se sobrepondría al hambre.

Y si llegaba el caso, le quitaba la presa a otro animal. Ser carroñero no le molestaba más que el hambre. Y cuando se dio la oportunidad también había sacado un par de animales de trampas de cazadores para darse un festín.

Así, poco a poco, fue avanzando, dejando atrás paisajes más verdes. Pasó una fuente de agua donde se dio un par de chapuzones torpes e intentó aprender a nadar o pescar. Bueno en uno, el otro no tanto. Siguió adelante.

El aroma de aquel lugar era extraño. Ceniza, tierra, hierba seca. Aparte de algún ratón perdido o algún insecto bajo la tierra no sentía el aroma de seres vivos ahí. Era un mal lugar para cazar, dada su falta de habilidad, y un ratón no iba a satisfacerle ni de cerca. Lo que significaba que era un buen lugar para descansar y no temer a una partida de caza. Evidentemente nadie iba por ahí a caballo o algo así con arcos y flechas, o molestas sogas y lanzas. Había tenido suficiente de ello para que le durara una vida. Y si algún beorc se acercaba con su traqueteo de metales, sería capaz de escucharlos a la distancia y haría un buen bocadillo. La carne humana era bastante sabrosa, muy blanda y sin pelo molesto que picara su nariz cuando la mordía y desgarraba. Algunos eran muy flacos, pero podía estar seguro que la carne de los muslos y los órganos más limpios como el corazón y el hígado eran pura energía, además, si tenía suerte y le tocaba uno gordo podría proveerse de buena grasa que tanta falta le hacía. Era difícil encontrarse un animal gordito en lugares salvajes. Tal vez si cazaba ganado, pero no.

Bufó y volvió a olfatear. Había algo… ¿algo, o alguien? sus ojos dorados se estrecharon con sospecha. El aroma le era extraño. Decidido a no dejarse sorprender, se agazapó, aun con forma humana y prestó atención hacia los alrededores. Fue entonces que escuchó una voz ¿infantil? ¿cachorros? Alzó la cabeza con desconcierto, se volvió a agazapar y dio un gruñido de molestia. Volvió a avanzar, despacio muy despacio entre los árboles ennegrecidos que no brindaban mucha protección o camuflaje. Finalmente vio algo azul.

El rabo dio una ligera sacudida, la punta afelpada de rojizo color golpeteo contra sus pantorrillas a la vez que el varón analizaba a la pequeña figura. Había algo extraño en él.

- ¿Qué eres? - preguntó con descaro, viendo que era un crío y estaba solo le quitaba toda la precaución o el recelo.
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Mensaje por Invitado el Dom Mar 13, 2016 2:57 am

No era el mejor rastreando ni detectando ni nada por el estilo, de hecho, era ya inverosímil la cantidad de veces que se había perdido intentando ir de un lugar a otro en ese mundo de distancias fuera de su entendimiento, pero la quietud de la madrugada en un lugar tan aislado se lo hacía simple hasta a él. Cualquier cosa resaltaba, tan fácil como era ver al mismo branded en el claro del camino, solitario pero despreocupado. El ruido amortiguado se le hacía un poco más obvio con el paso de cada segundo. Eran pasos, sin duda. Pero le confundían, había un muy sutil remecer de la tierra y el golpeteo le parecía plural, lejano, tenía que ser algo muy pesado o una agrupación de muchos para hacer ese efecto, no sólo el par de pisadas del laguz que rondaba por ahí.

A él, Alim no le escuchó llegar, realmente. No hasta que el remecer de vegetación reseca estuvo justo frente a él, entre los matorrales de hojas quebradizas que parecían más marañas de zarza y espina que arbustos mullidos como debían ser. Nuevamente, una desilusión que de sólo notar, ponía un gesto desalentado en su rostro. Apenas al despunte del día, el esclarecimiento sobre el paisaje gris le dejaba entrever un poco los tonos de rojo vivo que se movían por ahí, una figura demasiado alta como para desaparecer fácilmente tras tan escuálidos escondites. Se inclinó hacia un lado y hacia el otro, ladeando la cabeza para buscar entre los árboles oscurecidos, nada de amenazante ni de amenazado en sus gestos. Podía haber un animal, podía haber una persona; cualquier cosa le habría venido bien, estaba desanimado sobre el resultado de su viaje y cualquier compañía solía serle buena, más en momentos así. Al oír la voz, aunque venía un poco súbita y no sonaba muy amigable, se enderezó en atención y puso una amplia sonrisa en sus facciones. Alguien con quien pudiera intercambiar palabras era tanto mejor, eso siempre.

- ¿Buenos días? - Probó pacientemente, a voz suave. No estaba ignorando su pregunta, no pretendía corregirlo ni mucho menos, era sólo que se ocupaba primero de bajar de su roca con un golpecito leve de los pies en el suelo; no acostumbraba usar calzado y lo evitaba cuando podía, envolviéndose los pies en tela cuando tenía que transitar terreno incómodo. Ni siquiera vestía para el clima de Tellius, el vestón ligero y abierto dejando a la vista el inicio de su marca, como entintada justo bajo la piel. No solía ver peligro donde este no se le echase encima directamente, y a veces ni siquiera así, por lo que no dudó en caminar en línea recta hacia donde el otro se ocultaba, ni siquiera cuidando ir despacio. - ¿Qué soy? Suena extraño preguntarlo así... ah, pero no importa. Soy un viajero, mi nombre es Alim. - Hubo una mínima pausa en sus pasos allí, para doblar las rodillas un poco, inclinar la cabeza moviendo la trenza que caía casi hasta sus tobillos. Le habían enseñado que era cortés presentarse de ese modo y lo aplicaba siempre que lo recordaba. - ¿Usted? ¿Es alguien que vive aquí? -

Al fin podía verle el rostro, lo penetrante del color de sus ojos y las interesantes marcas bajo estos. Y las orejas sobre su cabeza, claro estaba, entre cabello corto y de aspecto poco acicalado. No era el primer laguz que había conocido en sus viajes, pero nunca había visto uno con orejas redondeadas como aquellas; las de los gatos eran más bien largas, a veces hasta grandes para sus cabezas, y las de los tigres no tenían esa forma. De igual modo recordaba que ni una ni otra especie había sido muy dada a su compañía, siempre erizándose, siseándole o hasta temiéndole, aunque a él personalmente le encantasen. En el fondo, sabia a qué se debía. El recuerdo le hizo detenerse allí, del otro lado del arbusto que le superaba en altura, disminuyendo un poco su sonrisa a un gesto más quedo, menos emocionado. Bajó la vista y se recordó mantener su serenidad. Paciencia, paciencia. Estaba más o menos preparado para una reacción adversa, era usual, la aceptaría si así pasaba, pero no se detendría de antemano sólo por ello.

- Es un laguz, ¿cierto? ¿Es una clase de... gato? He visto muchos gatos antes. - Buscó con la mirada la cola tras el pelirrojo, las de los gatos solían ser más cortas pero un poco más peludas que las de los tigres. Ese laguz se le hacía algo novedoso y tenía honesta curiosidad, agachándose un poco para intentar verle bien entre los matorrales. No era que no quisiera explicarle las cosas, suponía que si se lo preguntaba lo haría, tampoco era como si fuese a retenerlo de querer irse o de echarlo de allí. Era sólo que no quería estar a solas en el lugar, especialmente cuando no sabía hacia donde partir a continuación, cortada tan de súbito la idea que había tenido sobre ese bosque. Iba a aproximarse todo lo que pudiera. Y todos esos pasos, numerosos y pesados, seguían aproximándose y remeciendo la tierra, pero cuando llegaran se fijaría.
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Mensaje por Invitado el Dom Abr 24, 2016 2:04 am

Por la diosa, que enrevesados eran los caminos del destino. Ponerle un bocadillo pequeño y delicioso ahí enfrente era mucha tentación para el león. El varón pelirrojo miró torvamente al chiquillo, era un niño precioso, todo sonrisas amplias y mirada inocente y crédula, el tipo de cabrito que uno convence de ir por si mismo al matadero o de meterse a la boca del lobo, león en este caso, por voluntad propia. Casi le hacía sentir pena por él. Casi. Siguió observándole, con las orejas tumbadas contra el cráneo y el rabo muy quieto y tenso, con excepción de una pequeña sacudida de la punta de un lado a otro, con rapidez, como si quisiera espantar algún insecto o una idea peligrosa. Se preguntó si era tan comestible y sabroso como se veía. Respiró hondo y trató de captar el aroma, no era experto cazador, pero incluso algo tan sencillo le sería fácil de realizar, tampoco era un incompetente en cuanto a sus instintos básicos.

Así que olfateó, y se congeló casi al instante. Un gruñido ronco saliendo de su garganta.

El aroma era perturbador, le erizaba el pelo de la nuca como lo haría la carne mala. Algo no era bueno en ese chico, por más inocente e inofensivo que quisiera parecer. Advari no sería engañado por las apariencias de nuevo. Aunque aquel aroma era muy confuso para su persona. Recordemos pues, que Advari había sido tomado como esclavo a muy temprana edad, y por tanto la mayoría de la información y costumbres que uno esperaría que un león supiera, él no lo sabía, era un ignorante. Desconocía el significado real de la marca de niño, pues aparte de algunos comentarios por ahí y por allá, no habían sido muy esclarecedores. Híbrido o monstruo no significaba gran cosa para él. A él mismo le decían fenómeno caníbal en ocasiones. Todo aquello era muy confuso. Y lo confuso le irritaba.

- ¿Qué eres?- repitió tercamente la pregunta, ignoró el buenos días y todo lo demás. Un viajero que olía extraño. Se acercó, saliendo de los arbustos, y olfateó más de cerca al niño. Si, no tenía duda, ese aroma venía de él. Que intrigante era aquello. Le tomó por la parte de atrás de la chaqueta y le alzó como si fuera un cachorro molesto cuando trató de ver su rabo (que grosero), todo para poder olfatearlo con más facilidad, llegando incluso a hundir la nariz en el vientre blandito y muy apetecible.

Solo una mordidita . Pensó relamiéndose los labios. No era laguz del todo, así que no se sentiría especialmente culpable.

- Tu olor es extraño- como si eso lo aclarara todo. ¿Y que si no tenía ni tacto ni respeto por el espacio personal de los demás? era grande y fuerte, podía pisotear lo que quisiera, y si se quejaba le mordería la pancita de conejo. Si, un conejito azul. Decidió que ese sería el nombre del chiquillo, si es que vivía más de un par de horas. Que problema.

Y hablando de pisotones. Una de sus orejas dió una sacudida leve, había más gente por ahí, seguramente no estaban muy lejos. Enseñó los dientes mostrando su molestia con todo ese asunto, había creído que las partidas de caza y esas tonterías estarían lejos de un sitio tan desolado. ¿Se había equivocado?

Y ni siquiera se dignó en dejar ir al muchacho, estaba a la altura perfecta para tener una buena vista de sus nuevas cicatrices.
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Mensaje por Invitado el Lun Mayo 09, 2016 4:21 pm

Ese gigante gato no estaba de ánimos amistosos, a Alim le quedaba claro, pero había conseguido aferrarse a personas menos amistosas que ese y no era que como si los laguz se lo hubieran hecho fácil alguna vez, prácticamente nunca. Consideraba que estaba yendo bastante bien. No le había lanzado un zarpazo hasta el momento, por ejemplo, y esa era linda suerte para empezar. Aún si prefiriese un poco más de esfuerzo, al menos un buenos días o algo por el estilo; no había caso, tenía que arreglárselas con la suerte que le tocaba. Sería paciente. Entendía muy bien la posición en que estaba, así que no presionaría al felino e intentaría que no se sintiese amenazado. Permaneció quieto cuando se le acercó, tan sólo alzando progresivamente la cabeza y hasta torciéndse un poco hacia atrás para mirarle en la sorprendente altura que ostentaba, y no se resistió cuando le tomó por la ropa para levantarlo.

- Waaa... - Bajó la vista a lo lejos que le quedaba el suelo ahora, colgado a la altura que estaba. Se lo tomaba todo con calma, no le temía al trato, ni a la altura, ni a su tono exigente y desconfiado. Lo importante era que no iba a quedarse a solas en ese triste lugar, por sobre todo lo demás. - ¡Bueno, bueno, no sea impaciente, señor-- a-ahaha! - Respondió con una leve risita, que se intensificó cuando el felino acercó el rostro y le rozo el estómago con la nariz. Aunque fuese delgado, la edad a la que su cuerpo se había atascado apenas comenzaba a dejar atrás lo infantil, todavía suave y blando en lugares como ese, que no habría de oler a mucho más que a polvo del camino y a vegetación. Se removió un poco por el cosquilleo, hizo su mejor esfuerzo por no reírse demasiado frente al felino que tan serio venía, aunque de lo único que realmente se preocupaba era de no caer. Y para eso tenía a mano al laguz. Cuando se sintió deslizar de su chaqueta se sujetó del brazo ajeno, de allí también podía colgarse cómodamente, era grueso y parecía que podía sujetarle como si nada.

- Pero, ¿cómo es que no sabe usted, señor? Si es un gato gigante, y los laguz se dan cuenta de todo por olfato... - Preguntó cuando hubo apartado el rostro, quitándole la causa de cosquillas. Trataba como "señor" a todo aquel que luciera más grande que él, así le habían enseñado a hacerlo, aún si sospechara o supiera que era el mayor. Y sobre ese señor en particular, ese hombre poco cubierto y de aspecto realmente salvaje, estaba seguro ya que se trataba de un gato gigante. Primera vez que veía uno crecer tanto. Tenía una cola un poco extraña, de pelo cortísimo que la hacía ver bastante fina y al final algunos mechones de pelo más largo y más intensamente rojo, también tenía orejas extrañas a los estándares que el mago conocía, pero dentro de todo, lo que le causaba era impresión. Impresión de que un gato llegara a ser así de grande, pues los que había conocido eran más bien esbeltos, flexibles y algo bajos. Por lo demás, no se explicaba cómo un gato podía no saber lo que era un marcado, cuando era conocimiento regular en cualquier nación laguz, pero de cierto modo le convenía. Podía explicárselo él de una forma delicada y quizás evitar que reaccionara de mala forma.

Habría aprovechado de hacerlo, de no ser porque el movimiento en las orejas ajenas le llamó la atención. No por el gesto en sí, que aún le fascinaba pero que conocía ya, sino por el ruido del que le alertaba nuevamente. El laguz parecía muy tenso al respecto. Borrando su sonrisa y tomando un gesto más serio, Alim volvió la cabeza en dirección al ruido de todos esos pasos. Quería estar con el gato gigante, quedarse, hablarle, pero todo eso tendría que esperar. - Oh. No es nada de qué asustarse, ¿de acuerdo? Luego le explico todo lo que quiera, pero ahora mismo no, que hay que salir del camino. Creo que este lugar no es muy seguro. - Dijo, pasando enseguida a buscar con la mirada algún escondite. No había mucho, tan sólo los arbustos y árboles secos de donde el gato había surgido, aunque más allá se tornaban un poco más espesos y había alguna que otra roca alta. Concluyó que servía y le apuntó al otro para ir, pues en su posición le costaba un poco liderar. - Oh, oh, ¡por ahí! Métase de regreso por ahí, ¿sí? ¡Vamoooos! -

Estaban en la ruta de algún ejército o al menos un escuadrón grande, de eso no le cabía duda. Y todo lo que tuviese que ver con soldados le desagradaba, no querría estar allí cuando pasaran. Se enfocó en que el gato gigante se moviera, estirando los brazos para intentar darle un par de toquecitos en el pecho; lo llegaba, pero volver la vista hacia allí le hizo detectar finalmente, entre las telas con que se cubría acá y allá, las cicatrices notoriamente recientes en la amplitud de su pecho. Todavía rojas, heridas terribles para alguien que, acostumbrado a la paz y a mantenerse lejos de la guerra, jamás había tenido que ver esa clase de horrores. Tenían que ser discretos, esconderse rápido y bajar las voces, pero Alim no pudo evitarlo: gritó, breve pero agudo, antes de cubrirse la boca con la mano para detenerse.
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Mensaje por Invitado el Lun Mayo 09, 2016 9:17 pm

Volvió a prestar atención al chiquillo. Era imposible no verle de vez en cuando, el conejito azul le tenía intrigado, lo suficientemente interesado en su origen que no contempló romperle el cuellito y escarbar en su vientre para ver si era algo que tuviera dentro. Claro, Advari no sabía nada de anatomía, pero había visto suficientes beorcs y laguz destripados que seguramente podría identificar si algo estaba ahí que no debería. Aun así, se contuvo, considerando que el niño podría explicarse mejor de lo que podría intentar adivinar. Las palabras y medias explicaciones no ayudaron mucho en su impresión.

- ¡Mierda! chico te estás pudriendo vivo o qué tienes ¿eres venenoso?- el rabo se sacudió aun más con la intriga. Aquella rareza no se le escaparía. - Es una extraña manera de defensa, como los sapos… pero sin que te orines en mi cara, lo cual es extraño, la mayoría de los críos estarían chillando a estas alturas- no se lo quería comer ahora que sabía que esa sensación rara de desconfianza de carne mala venía de él. No podía ser natural. De igual modo no era normal que estuviera tan confiado, sonriendo y riendo en sus manos. ¿Qué carajos? ¡Eso era casi aterrador! o era muy valiente o muy idiota.

Aunque no sería la primera vez que trago carne de porquería… ¿Qué tan malo podría ser?. Volvió a contemplar el bocadillo. Lo sopesó un poco. Bien se lo podía colgar al hombro, bastante portátil, perfecto para un par de comidas si lo racionaba inteligentemente. Tal vez si arrancaba una pierna y aplicaba un buen torniquete viviría lo suficiente para no echarse a perder, más de lo que ya estaba al menos. La comida viva era la mejor. Y si arrancaba una pierna y no un brazo eso le impediría correr e intentar huir de él. Nada más molesto que perseguir a una presa a medio comer que chilla, grita y suplica. Sí, era divertido en la arena, pero tenía hambre y gastar energías en persecuciones era tonto.

A menos que utilizara al conejito como práctica de caza...

Le miró evaluandolo. Y tan rápido como llegó, descartó la idea. No parecía especialmente veloz o listo -si se había quedado tan calmo mientras se acercaba y lo sujetaba- los conejos reales habían probado ser un verdadero dolor de rabo en sus intentos de caza, ese niño solo le haría perder energías y no aprendería nada. Que desperdicio sería además matarlo sin cuidado alguno.  Tal vez igual y si era venenoso, aún no terminaba de quitar esa idea del plato.

- Y soy un león, no un gato gigante- bufó enseñandole los colmillos. Muy felino por cierto. No entró en detalles sobre su ignorancia. Era inquietante no saber algo que al parecer todos sus compatriotas conocían, le hacía sentir ¿menos? no, solo molesto, decidió que eso era, molestia y volvió a gruñir. Muy buena forma de solucionar los problemas, gruñéndoles en la cara. - Se supone que no habría nadie más aquí… ¡Deja de chillar!- regañó cuando el otro soltó un gritito. Claro, su vozarrón no era lo más sútil de aquel lado del continente, así que si la vocecita del conejo no atrajo al menos a unos exploradores, su voz lo haría. Molesto por las órdenes dadas lo cargó como un saco de papas bajo el brazo.

- Ahora calla, o te comeré- amenazó muy serio y le dejó caer en el “escondite”. Las rocas y matorrales no ofrecían mucha protección pero era mejor que nada. si llegaba el caso, prefería tener algo a lo que darle la espalda si se veía acorralado, odiaba no saber exactamente qué había tras él. Olfateó con intriga. No entendía qué era lo que había asustado al conejito en primer lugar, claro, eran cicatrices, pero seguro no era tan malas ¿verdad?. Lanzó una rápida mirada a su pecho cubierto de costras a medio sanar. Al menos no estaba infectado de gravedad, solo ese enrojecimiento molesto.

Pronto, los pasos se acercaron, menos de los que había antes, pero aun así bastantes, los suficientes para preocuparse y erguir las orejas mientras se agazapaba, usando una zarpa para agachar la cabeza del conejito con él.
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Mensaje por Invitado el Jue Mayo 26, 2016 12:45 am

Alim no era precisamente fácil de alterar, tenía su inquebrantable paciencia y estaba más acostumbrado de lo debería a que se metieran con él, pero de algún modo, ofendía un poco ser llamado "venenoso", o tratado como carne descompuesta. Quizás porque era novedad. Había oído toda la gama desde ser un llamador de la mala suerte hasta alusiones despectivas a su sangre, pero nada como eso. Bastaba para sacar la sonrisa de su rostro y hacerle fruncir el ceño un poco, con toda la seriedad que podía él mostrar. - Un poco de respeto, hey... que no soy un sapo... - Murmuró, muy por lo bajo. En lo personal, le agradaban los sapos, pero no de la forma en que el gato gigante se lo decía.

Entendía su posición, entendía de donde venía la reacción desfavorable y tenía que tenerle paciencia. Persistiría, aunque se lo pusiese difícil. Y realmente estaba poniéndoselo difícil. Le hacía sentir demasiado observado bajo su pensativa y nada amigable vista, le enseñaba la afilada dentadura como si fuese a atacarlo sólo por estar ahí; pero no le sacudía de su brazo ni lo tiraba por allí para dejarlo a solas, así que el marcado guardaba esperanzas aún. Se quedó, a lo sumo entrecerrando los ojos y encogiendo los hombros por reacción inevitable cuando alzaba la voz de sopetón. El mayor daño probablemente lo había hecho él mismo al gritar, eso no había sido muy amable de su parte y no podría culpar al felino de no sentirse bien al respecto. Pero era justamente el hecho de que el aparente león estuviese lastimado lo que avivaba cualquier deje de empatía, reforzaba su convicción de que no debía ser intrínsecamente malo. Sólo era un laguz herido siguiendo instintos, de eso se convencía Alim. El horror de la cicatriz fresca a lo ancho del pecho ajeno daba lugar a una fuerte dosis de lástima, le hacía imposible enfadarse con él. No le juzgaría negativamente.

- Perdón por gritar... me tomó de sorpresa, es todo. Eso no estuvo bien. - Agachó la cabeza un poco ante el más grande, aceptando lo merecido del regaño. Había reaccionado peor de lo que reaccionaban los entendidos a él y su marca, debía admitir que se había pasado de la raya. Inclusive cuando el león le acomodó bajo su brazo, dejando su peso suspendido sin aparente esfuerzo sobre la mano y el antebrazo apenas, Alim sólo intentó mirarle esa gran distancia hacia arriba. Confiaba en que el león le sujetara y no hacía mucho esfuerzo por sostenerse él mismo, sólo dejar los brazos y las piernas colgar; desde donde estaba tenía una vista hasta mejor de las heridas en proceso de sanación, y ahora que el susto inicial había pasado quería verlas un poco mejor. Entre las costras y el tejido maltrecho llegaba a leerse la palabra escrita. Un insulto tristemente común. El pequeño mago no pudo abstenerse de preguntar, era directo, no tenía otra forma de manejarlo. - Pero... ¿por qué dice eso? Además, son heridas grandes. Deberíamos ir a un lugar donde se pueda sanar. ¿Duele? -

No ignoró por completo su amenaza, sólo le era difícil dada la situación. No obstante, quería demostrar que se portaría mejor, por lo que enseguida llevó sus manos sobre su boca para demostrar que no emitiría una palabra más, al tiempo que era dejado suelto. Enseguida se agazapó tras los matorrales, era compacto y sabía mantenerse oculto, con una rodilla apoyada en el suelo junto al otro pie, en caso de tener que alzarse aprisa. Situaciones similares le habían enseñado a proceder. No consiguió ver lo que los pasos señalizaban, pues la mano amplia y bastante pesada del león le presionaba por debajo del nivel de visibilidad, pero asumía de qué se trataba. Lo extraño era que había menos traqueteo metálico del previsible. Preocupado y deseoso de comprender, Alim se escabuyó de debajo de la mano ajena, pasando por sobre las piernas del felino para ir del otro lado, asomarse por el costado de las rocas, un solo ojo azul intentando discernir por entre hojas resecas de vegetación. No les veía con claridad, pero veía un par de capas cortas moverse por allí. Y oía murmullos que reconocía demasiado bien como invocaciones. Bajó la vista unos instantes, prestando atención a las palabras en busca del elemento que llamaban.

- Están trayendo fuego. - Concluyó al instante, hablando en susurros. - Tenemos que hacer algo... - Se expresaba en plural porque parecía lo natural, sin realmente pensarlo. Ambos estaban allí y no del lado de los invasores, eso significaba que estaban juntos en todo el asunto. Miró de soslayo al felino, firme en la expresión de su rostro. Serenes no era lo que había esperado ver, pero existía aún, algo de vida se aferraba todavía al lugar. No querría ver más daño hecho allí; si era, en efecto, que se enfocaban al bosque.
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Mensaje por Invitado el Mar Jun 14, 2016 1:31 am

- Sapo, conejo, todos son animales que brincan. Shhh… - Agitó una mano y mantuvo su mirada fija en la nula vegetación. Intentó olfatear algo, pero en aquel ambiente quemado su pobre e inexperta nariz tenía bastantes problemas para sentir cualquier cosa. Aun así arrugó un poco su nariz y exhalar varias veces por la boca. Inútil, solo el sabor a cenizas y a conejito. Ciertamente, pese a sus pensamientos nada saludables para el chiquillo, o a su actitud algo agresiva, Advari estaba mostrando mesura en su comportamiento hacia el peliazul. Y es que era un chiquillo, el tamaño menudo le desconcertaba un poco. Comúnmente sus contrincantes eran más de tamaño adulto. ¿O tal vez era solo que él era muy grande y el jovencito muy pequeño? como fuera, no terminaba de decidir qué hacer con él. Y una partecita suya se sentiría culpable por matar de un manotazo descuidado a Alim cuando este había mostrado preocupación por su bienestar. Tal ocurrencia era extraña también.

Todo en el conejito era extraño. Sacudió sus orejas molesto.

Ignoró sus preocupaciones por las heridas, sanarían tarde o temprano, todas las heridas lo hacían si se lamían y mantenían limpias para que no infectaran. Apartó las incomodidades que tenía por el hecho de que mostrara angustia por sus aparentes daños físicos. Él no se angustiaba por unas cuantas cicatrices más, el crío no debería tampoco. Miró con sospecha al niño cuando siguió insistiendo. Los ojos dorados no eran amables, receloso le olfateó una vez más, un leve gruñido entre los resoplidos. ¿Qué intentaba? su boca se torció de una mueca de desprecio. ¿Se atrevía a sentir nada parecido a lástima por él? ¿Ese pequeño bicho? - Estoy. Perfectamente. Bien- mostraba más dientes de los necesarios, pero el niño no parecía entender. Y si algo odiaba Advari era la lástima. Nunca la había obtenido cuando la necesitaba, no la aceptaría ahora. El rabo pesado golpeó contra sus piernas. Se estaba conteniendo de darle una bofetada por su impertinencia. El león nunca había sido muy paciente. Uno pensaría que estar encerrado días y noches en una jaula estrecha enseñaría algo de paciencia, pero solo era desquiciante dar vueltas y vueltas en un espacio reducido, apretado, asfixiante.

Tosió y jadeó ante el recuerdo, sacudiendo las orejas otra vez para enfocarse en lo que sucedía al frente. Un grupo  pequeño de humanos traqueteaban por ahí.

- ¿Fuego? ¿Cómo mierdas sabes eso?- desconocía mucho de magia. Miró los alrededores cenicientos y arqueó una ceja. - Y ¿Por qué jodidos va alguien a quemar una mierda de bosque ya quemado? ¿Son imbéciles o solo retrasados?- murmuró con enojo. Claro, igual querían asegurarse de que nada pudiera volverá a crecer ahí, pero esa tenacidad era ridícula. Sus pupilas se estrecharon con la luz. El fuego le era desagradable, muy desagradable.

- ¡AARRGG! ¡Bien! ¡Joder con sus putas flamitas! ¡les voy a reventar la cabeza!- No pensó, no había estrategia, solo un ataque bruto de cabeza, con garras y todo.
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Mensaje por Invitado el Dom Jul 03, 2016 2:39 am

- Ooh. Ya veo. - Alim convino con facilidad. Era un pacifista empedernido y si alguien le daba señal de que ciertos asuntos eran sensibles, sabía ser comprensivo. Le dejaría al león decir que estaba bien si eso quería. Pero no se lo creía ni por un momento, y nada podía hacer por cambiar la mirada que le daba: fija, atenta, con los ojos ampliamente abiertos y un gesto entre serio y consternado. Disimular no era algo que dominase en absoluto. Pero si así era mejor, estaría dejando de lado lo obvio e inclusive haciendo de cuenta que el laguz no estaba siendo excesivamente defensivo e impaciente, si era lo correcto. Después de todo, cada quien tenía su derecho a omitir la historia que les precedía; los dioses sabían que él preferiría borrar la suya, si la llevase expuesta así.

Volvió la vista adelante y resolvió hacer lo que pudiese por mantener las cosas en calma, ignorando un poco los gruñidos y malas señales de parte del laguz. Porque, viendo desde la perspectiva que ahora tenía, no estaba seguro de que las resoluciones que el gato gigante pudiese tomar fuesen del todo pacíficas. Por supuesto que él mismo no quería a los soldados en el bosque, menos si no estaban haciendo esa clase de daño, pero suponía que debía de haber una forma neutra de arreglaro. A lo usual, su proceder habría sido alejarse, buscarse otra ruta con menos problemas, mas sólo había un bosque Serenes en el mundo; simplemente dejar las cosas ser lo que fueran no le dejaba satisfecho. Escuchó la magia, intentó hallar allí cierta idea, cuanto menos inspiración. Por haber pasado sobre el laguz mantenía aún una mano apenas apoyada en el brazo ajeno, manteniéndose consciente de que allí lo tenía y de que, por el momento, estaba quieto.

- Puede preverse por las palabras que usan, pero no tenga miedo, no es tan... - Se calló al proseguir el gato gigante, su acrecentada molestia y su forma de hablar cada vez más agresiva le ponían un poco alerta, no muy seguro de qué decirle. Si tenía ya algo contra los soldados y su irrupción allí, parecía tener algo tanto peor contra el fuego. Alim lo sintió deslizarse de debajo de sus dedos, salir de allí en furia y a viva voz. Por unos instantes, no pudo hacer mucho más que permanecer boquiabierto, viéndole lanzarse de frente. Transformado o no, era formidablemente corpulento, lo suficiente como para lanzar a cualquier mago derecho al suelo bajo él. Los hechizos de uno fueron interrumpidos, nulos si no eran recitados en su totalidad, pues había caído con el libro bastante lejos de sí. El otro, claro, no quedó atrás; ni asustado ni particularmente sorprendido, pues era aparente que algo habían notado por allí entre los matorrales, terminó de reunir una ráfaga de fuego de considerable tamaño frente a sí. El marcado no conseguiría discernir si pensaba dirigirla hacia el laguz o hacia el bosque o inclusive hacia él, pero temiendo a cualquiera de las primeras posibilidades, Alim supo que debía de hacer algo. De inmediato.

Salió del escondrijo sacando ya su propio libro, enorme para él y de tapa roja brillante. Conjuró no más de cinco o seis palabras, lo suficiente para mandar al fuego desaparecer como había venido; presionado y no muy confiado en tener tiempo para todo, el pequeño mago se ayudó agitando el libro un poco para disipar ese fuego. Eso resolvía una crisis inmediata, claro, pero no ayudaba a la situación general en la que estaban. Los magos seguían estando allí. Y más allá, el cuerpo principal del ejército, que por fortuna no desviaba ruta ni se detenía por sólo un par de intrusos, pero a saber si no enviarían más hombres. No era un optimista panorama. Alim bajó el pesado tomo un poco, frunciendo el ceño y apretando los labios al intentar pensarle salida a todo ello. - Oh... qué hago ahora, dioses... - Murmuró. De algún modo, eso tenía que parar. Cada conjuro sería una amenaza, no tanto para él, quien en tan buenos términos estaba con los elementos, sino para lo que quedaba del bosue.

Miró por sobre el hombro al león, su espalda ancha, su postura intimidante. - ¿Asustarlos? Eso es. Un susto los hará irse de este sitio, ¿no? - Corrió hacia él. No veía que estado estaba ni qué hacía, pero no importaba. Era a quien tenía allí, necesitaba de él. - Ayúdeme, cualquier fuego que logren es peligro para el bosque, deben irse... ¿por favor? -
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Mensaje por Invitado el Lun Jul 25, 2016 2:21 am

Se lanzó, como una bestia pero en dos patas. El fuego le intimidaba. Lo odiaba en realidad. La idea sola de perder un segundo o dos en detenerse a pensar cómo actuar no se le pasó por la cabeza. Era un bruto directo. Su forma humana no era tan eficaz para atacar cuerpo a cuerpo como su forma leonina, carecía de garras para empezar, pero sus uñas descuidadas harían el trabajo.  Eso y que tenía la ventaja de los pulgares oponibles. Derribó al primer mago con facilidad, pero no contento con eso, le sujetó por las muñecas y se giró, usando su peso superior para mover al invasor y lanzarlo por encima de su cuerpo.

El sonido de carne golpeando el suelo era lo suficiente satisfactorio para provocar una sonrisa en su rostro.

- ¡JA! ¡Toma eso jodida mierda! a lanzar tus pútridos hechizos a otro lado apestoso y miserable de… ¡MIERDA!- el otro mago no había perdido el tiempo en crear fuego. Se erizó con rabia y soltó un par de dentelladas inútiles, ansiando clavar los colmillos en la carne blandita y sabrosa de su enemigo. Se atrevía a usar magia en su contra. Le escocía la herida en el pecho sólo de pensarlo.

Y eso que sólo había sido hecha por un usuario de magia, no por la magia en sí. Clavó las manos en el suelo bajo él, dejando surcos en la tierra a la vez que el cuerpo musculoso se tensaba con la ira. Un rumor bajo, el gruñido que nacía en su pecho y se ahogaba en la garganta, amenazador y rabioso. Poco más y comenzaría a espumar por la boca. U hocico. No podía mantener mucho tiempo una forma humana con tanta rabia llenándole.

- Tú… hijo de tu putísima madre, voy a eviscerarte, me tragaré tu contaminado hígado de mierda, arrancaré tus intestinos y te volveré a rellenar con ellos por el culo flaco- Hiseó y se convirtió en un león de melena corta, rojizo y furioso dando manotazos frente a él, las garras desenvainadas pero inútiles frente al fuego. No ganó nada más que unos cuantos pelos tostados y un ardor de patas.

- ¡GAOO!- Hiseó y gruñó, apenas si prestando atención al conejito azul hasta que estuvo ahí junto a él. ¿Qué quería? Le dió un manotazo; gentil, porque era un crío aunque apestara de esa manera tan extraña. Advari podía tratarlo con rudeza, pero era muy consciente de sus garras. Después de todo, no era lo mismo dejarlo caer, a partirlo en dos por un descuido.

- Grrr ¿Qué? ¿Qué quieres?- gruñó. No entendía de tácticas complejas, era cazador, salvaje, bruto y directo. Alim necesitaría explicarse más. Sacudió las orejas, incómodo ante la vocecita infantil pidiendole un favor de esa manera. Nadie le hablaba de esa manera. Gruñó de nuevo confundido. Un nuevo incremento en el hechizo de fuego le hizo recular empujando al pequeño peliazul con las ancas. Gruñendo todo el tiempo y usando las patas delanteras para lanzar tierra y piedras al mago.
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Mensaje por Invitado el Miér Ago 24, 2016 12:16 am

Aunque no le quisieran mucho cerca, Alim sabía un par de cosas sobre laguz y sabía, como gran ejemplo allí, que ese corpulento hombre de cabello rojo no era lo que llamaban un "civilizado". Nunca había estado en Gallia, esperaba poder estarlo algún día si no temiese aún que le comiesen vivo por su aroma, pero apostaría a que ese comportamiento era más similar al de los gatos salvajes en el reino mismo. Y con razón, claro, si estaban tan cerca del lugar. Toda la idea generó cierta ilusión en el mago, el llamado de algo nuevo y fantástico para ver, tal y como había estado queriendo. Le miró maravillado por lo animalesco de su comportamiento; inclusive estando todavía en su forma humana, el modo en que saltaba y se movía era inconfundible como el de un felino. Un felino pesadísimo, cuyas patas no eran un silencioso toquecito sobre césped sino un contundente golpe, pero un felino de todos modos, que parecía manejarse mejor a cuatro patas que erguido. Primera vez que veía algo así.

Y ya se había olvidado por completo de que podía estar en peligro. Al león le consideraba de su lado y con alguien así, por seguro, estaría a salvo. En aquellos momentos, en que le oía gruñir más fuerte de lo que creería que un hombre pudiese, se le antojó principalmente acariciarle la cabeza. Más bien querría abrazarse a su cuello a apoyar el oído para oír mejor, pero a lo que apuntaba era a bajarle los humos un poco, así que contenerse sería prudente. Hizo su mejor esfuerzo por pasar por alto la colorida e interesante forma en que hablaba y estiró una pequeña mano con cautela hacia él. Sólo le alcanzaría una oreja, o el pelo entre ambas, o algo así. El vocabulario del felino le causó hacer una pequeña mueca; no tenía la edad que mostraba y no era una persona del todo inocente, pero aún en sus años, no había oído a muchas personas amenazar justo así. No sabría decir si era mejor que se transformase o no, pero realmente le vendría bien calmarse un poco.

- Ssshhh, shhh, está bien. - Llegó a apoyar la mano contra una oreja peluda, más cálida de lo que esperaba que fuese, al tiempo en que una de las patas de pelaje rojo le empujó hacia atrás. Sintió las almohadillas bajo la pata apoyar contra su piel, no tan blandas como las de un gato normal, pero no dejaba de ser increíble. Había sentido las puntas de sus garras apoyar, pero no le habían lastimado. El pequeño de cabellera azul intentó mantenerse, estirándose, agarrando una oreja leonina con una mano y dando repetidas y rápidas palmaditas sobre la cabeza con la otra, como si eso fuese a relajarle. Siempre había querido acariciar a un laguz, pero tema aparte, no haber podido hacerlo en el pasado causaba que no supiese bien cómo proceder en ello. Insistía. - ¡Ssshh, sshh! Con calma, gato gigante-- señor, león, quiero decir, ¡con calma! -

El fuego casi ni le rozaba. Aunque danzara justo frente a él, las ráfagas atentando contra las patas del león, el mago sólo necesitaba agitar un poco su gran libro rojo, cual pesadísimo abanico, para hacerlo desaparecer en pequeñas ascuas en el aire, como si se deshiciera en una forma más inofensiva. Los puntos de destello rojizo se perdían en el aire a la brevedad. Cualquier calor que desde allí alcanzase su piel desnuda no sería grave, estaba acostumbrado a estar rodeado de fuego; era un muchacho de los desiertos de Jehanna y había conocido el ardor de arena asoleada contra las manos en demasiadas ocasiones, el fuego siempre había sido su elemento de práctica y el calor era algo que soportaba muy bien. Entendía que para el león no sería así, pero él podía cuidarlo. Disipó las llamas frente a él y volvió a su inventada tarea de sujetarlo por el pelo corto, arrimándose tanto que más o menos se escondía. Un poco más y estaría trepado encima.

- ¿Eh? Pues, quiero que no estén aquí... no sé bien cómo... - Respondió, un poco desconcertado. No sabía nada sobre pelear, tampoco le interesaba saber. Sólo quería terminar esa situación antes de que empezara en grande. - ¿Salte? ¡No, gruña mucho! ¡Écheles miedo! ¡Hágase grande y malo! Si le da un mordisquito a uno quizás el otro se asusta... - Sugirió apresuradamente. Todavían eran pocos, sólo veía a ese par por en frente, quizás si manejaban rápido la situación no llegarían a ser más. Ahora que comenzarían a actuar, Alim se adelantó un poco y terminó de treparse sobre el amplio lomo del león rojo, casi que horizontal sobre la espalda. Se afirmó con las piernas, aunque bastante tenía que abrirlas para poder apretar de un lado y del otro, mientras sus manos sujetaban el gran libro frente a sí. Ladeó la cabeza para acercarse a la oreja del laguz. - No le van a lastimar, yo le cuidaré, así que vaya tranquilo. - Aseguró a voz calma. Se afirmó y se preparó para lo que anticipaba como una fuerte sacudida.
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Mensaje por Invitado el Jue Sep 01, 2016 2:16 am

El pequeño Alim haría bien en mantener sus manitas para si mismo. Advari estaba bastante nervioso, el rabo leonino se sacudía contra sus patas traseras y gruñía a la vez que hiseaba a sus enemigos. Si no hubiera fuego enfrente las cosas serían bastante distintas; el león no era un cobarde, pero odiaba quemarse, en especial en su forma bestial. Después de todo, el pelo se quema con mucha facilidad. Y un león era todo pelo. Por más melena cortita que tuviera, seguía siendo arriesgado.

Pegó un poco el pecho al suelo y gruñó desde ahí con fiereza. Solo necesitaba un descuido del mago, o que se le acabara el aire al fuego y ese emergido estaría bien muerto y destripado antes de poder susurrar otro hechizo.

Y se encargaría de que ese libro no fuera útil otra vez. Sabía por su encuentro con cierto delicioso mago, que eran bastante inútiles sin esos tomos de magia a la mano. Se volvían deliciosos e indefensos beorcs cualesquiera sin los libros mágicos. Vulnerables físicamente. Ahora, si tan solo tuviera algo así como un comodín, o un truco que le permitiera evadir esos ataques.

¡Y al parecer lo tenía! en forma de ese niño pequeño peliazul. Uno que le trataba como si fuera una especie de perro muy grande.

- ¿Grrr?- Su expresión decía todo sobre lo confundido que estaba por el valor de ese escuincle diminuto y flaco. Podría partirle la mano de un mordisco, o tumbarle con un simple empujón brusco de su pata. Y no parecía consciente de su propia debilidad. ¿Acaso no sabía lo suavecito que era por el vientre?  ahí estaba al descubierto, como un conejito descarado tumbado panza arriba en un prado, tomando el sol e ignorante de la existencia de los zorros u otros depredadores.

Sacudió un par de veces la cabeza para quitar sus manitas de las orejas, era inquietante y se sentía bien. No quería sentirse bien. Se negaba a sentirse bien por un solo instante ante las manos de otra persona. Era invasivo. Y Advari no era una mascota mimada. Era un gladiador, un luchador hasta la muerte. Y a muerte había luchado todos sus combates. No había modo que esa sed de sangre fuera a saciarse hasta que clavara los colmillos en algo carnoso. Y dado que Alim era algo así como un aliado, dado que espantaba el fuego lejos de sus sensibles patas; eso y que era laguz de algún modo y de algún modo no lo era; aquellos invasores destructores de bosques le parecían un mejor sitio para desfogar su creciente ira.

Y si era más sanguinario de lo normal. Era irónicamente culpa del mismo chiquillo que intentó calmarlo antes. Su expresión se oscureció ante la manera tan infantil del otro de describir las acciones que quería que realizara. ¿Le quería grande y malo? ¿Quería que los asustara? si eran emergidos no se espantarían así de fácil. Ya lo había visto en el puerto. Mataban hasta morir. Y morirían. Se encargaría de ello. Bufó ante la idea de ser protegido.

- Un mordisquito, bien… le daré un mordisquito- Se abalanzó, ágil pese al cuerpo aferrado al suyo. Pequeño como era, Alim no representaba un gran esfuerzo de cargar para el enorme felino. Las patas aterrizaron pesadas contra el suelo solo una vez, y solo las patas traseras. Las delanteras, garras desenfundadas por delante, se hundieron en el vientre del mago, tirando hacia abajo para facilitar el morderle el cuello. Rápido y eficiente.

- Ahí está el mordisco- gruñó satisfecho y dejó el cadáver bajo sus patas sin prestarle más atención que esa. Se abalanzó contra el segundo mago, que ya había reaccionado ante la amenaza que representaban.
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Mensaje por Invitado el Miér Sep 28, 2016 9:44 pm

No creía que el gran felino fuese malo; no tenía motivo para creerlo. Brusco, sí, pero no malo, ni muchos menos un potencial enemigo. Se rehusaba a dejarse intimidar o retroceder a causa de sus gruñidos o sus fuertes gestos, pues no los tomaba como una señal negativa en absoluto. No para él, al menos, si tan notorio era que los dirigía a los hombres en frente, en cierto sentido cuidándolo al alejarlo con sus patas del peligro cada vez. Alim no insistiría en acariciarlo si claramente no era lo que deseaba en esos momentos, mas no dudó de treparse sobre él, ni pareció el león tener ánimos de echarlo de su lomo una vez que se hubo ubicado allí. Estaba dejándole estar. El pequeño mago se apretó contra el amplio sitio cubierto de corto pelaje rojo, sintiéndose cálido e inmensamente más seguro allí arriba. Agradecía ya a todas las estrellas por esa pequeña experiencia, aunque con enfrentamientos y magia malgastada debiese pagarla. Era una cosa más que ese vertiginoso e increíble mundo permitía.

Ahora el gran león cooperaría con él, y juntos terminarían la parte desagradable del asunto en poco tiempo. Eso era todo lo que quedaba. Le escuchó hablar entre sus gruñidos, confirmando que haría como él pedía, y se afirmó a su pelaje y al fuerte lomo para cuando se movieron. El felino saltó y por un momento todo fue borroso, mas Alim se confió a su improvisado compañero y se mantuvo quieto, sólo alzando la cabeza en su sitio cuando hubieron parado, aterrizando de regreso. Estaban asustando a los soldados, eso era lo que hacían; o lo que creía él, concentrado en buscar fuego en su entorno, hasta notar que algo le había salpicado en los antebrazos y un poco en el hombro. Un rojo vívido y espeso, demasiado notorio en su piel. Lo corrió un tanto al tantearlo con los dedos, incrédulo. De inmediato Alim miró al león, con la cabeza gacha sobre el mago enemigo; cuando la alzaba, lo hacía acompañado de un sonido húmedo, revelando los dientes y la parte inferior del hocico empapados de rojo. No era difícil imaginar lo que había hecho, aunque sí aceptar lo calmo que sonaba al respecto, hasta complacido. El niño se rehusó a creerlo hasta asomarse a ver el cuerpo inerte y con la garganta abierta.

Y en ese entonces, no fue capaz de gritar siquiera. El sonido quedó ahogado por la falta de respiración, llevándose una mano temblorosa cerca de la boca, sin saber si lloraría o vaciaría su estómago por el horror. Más sangre de la que había tenido cerca en su larga vida. Y no era la escena en sí, no era la sangre lo que le abatía, dejando sus ojos abiertos de par en par y una expresión de pánico en su juvenil rostro; era la brutalidad de ello, el descarte de tan preciada vida, arrancada a colmillos y garras de aquel ser. Alejó la vista y cerró los ojos, respirando agitado sobre el laguz en un rápido intento de calmarse. Súbitamente sentía una poderosa necesidad de limpiarse las pequeñas salpicaduras de sangre de encima, pues todo en él gritaba que no las quería tener ni cerca. Pero se movían, tenía que sujetarse y no había tiempo de nada.

Abrió los ojos al sentir calor cerca, descubriendo el fuego formándose frente a ellos, generado por el otro mago en una suerte de defensa. El marcado no faltó a su palabra ni olvidó su deber; moviendo su propio libro por delante, disipó el hechizo contrario con facilidad, retirando de en frente lo que había sido conjurado y comandándolo a regresar de donde había venido. El mago restante quedó expuesto, y aunque fuera una situación de elegir entre el enemigo o su aliado, Alim temió a lo que preveía sucediendo enseguida. Nuevamente cerró los ojos, ocultando el rostro tras la cabeza del laguz y murmurando incesantemente. - Vámonos lejos. Vámonos rápido, por favor, vayámonos de aquí... -
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Mensaje por Invitado el Sáb Oct 08, 2016 1:45 am

El salto interrumpido por el fuego se ganó un rugido de furia del león pelirrojo. Las zarpas abalanzándose hacia adelante un par de veces pero sin alcanzar al mago.  Retrocedió un momento, respirando agitadamente por la adrenalina y la ira. Sacudió la cabeza un poco y rugió amenazadoramente al otro mago. Si el humano o lo que fuera era lo suficiente tonto como para seguir amenazandole no iba a detenerse ante nada. Y tal vez luego de matarlos podría comer, antes de ser atrapados por el resto de la tropa.

Finalmente tuvo la apertura que necesitaba, gracias a Alim. Saltó y cayó sobre el humano con las zarpas por delante. Las garras largas, afiladas y muy descuidadas se hundieron con facilidad en la carne, rasgando y cortando el músculo y todo lo que hubiera en su camino, atorándose con los huesos de las costillas, lo que le obligó a usar las patas traseras para desgarrar y soltarse del cuerpo. Cadáver ahora.

Más satisfecho, relamió su hocico despacio, la lengua rosada cubierta de rojo tiñendo los mofletes felinos y los bigotes con manchas desiguales de sangre, dándole un aspecto aún más salvaje e inquietante. Para el león, el sabor era delicioso y apetecible en su hocico. El estómago le gruñó un poco, recordando que su última comida no había sido lo que uno podría considerar suficiente, al menos no para llenar a un león joven, menos por mucho tiempo. Si por Advari fuera, continuaría con su sanguinario asesinato y lo convertiría en un banquete delicioso.

Pero en cambio, tengo un pulguito llorón en el lomo . Pensó resentido, pese a estar algo agradecido por lo útil que era. Gruñó su descontento y hundió las garras en el cuerpo bajo él. Era muy útil para alejar el molesto fuego de su pelaje, pero a todas luces muy inocente ¿era su primera muerte acaso? bueno, la primera que veía. Era de esperar alguna ruptura emocional.

Ahora, si tan solo pudiera acabar aquello con una comida. Solo una.

- ¡Basta!- gruñó. Pero acató la petición, la súplica del enano. Poco esfuerzo le costó arrancar un brazo del último mago, aun medio vivo, y correr con él en el hocico y el peliazul al lomo. Correr entre ramas quemadas y troncos carbonizados era fácil, sin el entramado de arbustos que debió ser aquello en su mejor momento. Dejó algunos rastros de sangre tras ellos, pero solo los primeros tramos; un brazo dejaba mucho menos sangre que un cadáver completo. Finalmente, llegaron a una distancia considerable y redujo el paso. Fácil para el león, aun con el chiquillo encima.
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Mensaje por Invitado el Jue Oct 27, 2016 9:05 pm

La muerte escasa vez había sido ajena a la mentalidad del eterno pequeño. Pero aquello se había tratado de religión, filosofía, muerte natural y la levedad de las cosas; ya le era difícil aceptar aquella clase de muerte, que venía tan rápido por cada persona que conocía excepto él mismo, pero el asesinato era algo enteramente distinto y algo a lo que no había estado expuesto jamás. Cuatro décadas en un hogar seguro con una familia que le cuidaba del mundo, sin permiso siquiera de asomarse por una ventana para evitar que la gente conociera al niño que no envejecía, no le habían enseñado las partes más crudas respecto a sobrevivir. La violencia le inquietaba, los soldados le desagradaban y había sabido mantenerse alejado de ambas cosas. Por vez primera debía estar presente en la muerte temprana de un humano, o lo que veía como un humano, con la brutalidad y el exceso de sangre derramada que implicaba. Y algo de esa sangre estaba en él. Si de aquello se trataban las guerras del mundo, tenía cada vez menos ganas de saber y más deseos de regresar a su reclusión.

Por lo pronto, lo único que podía hacer era enfocarse en no sucumbir, no llorar aún, seguir prestando cuanta atención pudiese a lo que había a su alrededor y hacer lo que debiese, si algo había. De oír movimiento en el bosque tendría que abrir los ojos, así como de sentir magia en la atmósfera tendría que prepararse para contraatacar. Lo único que llegaba a sus oídos, sin embargo, era un asqueroso y húmedo crujido tras otro, acompañados ocasionalmente de los gruñidos del león. Prefería oír los horrores a ojos cerrados, que presenciar imagenes que sabía que su mente jamás soltaría; se acalló a la órden del laguz y así permaneció a través de aquellos momentos, a sabiendas que era una batalla terminada. Aún si todo revolvía su estómago, al menos estaba terminando.

Para su alivio, se alejaban ya del sitio. Todavía oculto contra el corto cabello rojo, Alim no supo de la porción que el león llevaba como alimento ni de la escena que dejaban atrás, apreciando únicamente la distancia que tomaban. Fue sólo tras largos momentos de aguardar e intentar normalizar su respiración que se atravió a abrir los ojos un poco, hallándose aún con el decayente paisaje de Serenes, mas lejos del sitio del combate y de la marcha. Retomando control de sí se alzó un poco sobre el lomo del laguz, notando que se movían a menor velocidad en aquella área. - ¿Ya estamos lejos? ¿Ya no hay más? - Preguntó, mirando alrededor con ojos apagados ya, sin mayor expresión en el rostro.

Bajó del lomo del laguz, ahora que podía. No estaba particularmente ansioso de alejarse de él, ni siquiera molesto con el felino por haber hecho lo que debía, pero podía estar sin el aroma extraño y pesado que en los últimos minutos Alim percibía de él. Alejándose unos cuantos pasos, con los pies en la tierra nuevamente, inhaló y exhaló en la quietud de aquel claro, intentando recobrar una serenidad que simplemente no regresaba. Se llevó una mano al pecho, sintiendo el golpeteo tan agitado y fuerte que se le hacía algo doloroso. Girarse hacia el laguz en busca de ayuda no hizo sino empeorarlo; la vista de lo que cargaba entre las fauces hizo al marcado gritar otra vez, ahora mucho más veloz en cubrirse la boca, cerrar los ojos y aguantarlo. Respiró agitadamente contra su mano, obligándose conscientemente a parar de temblar, hasta que se sintió capaz de hablar con la cabeza gacha y los párpados apretados.

- Señor león, yo... - Se esforzó por dirigirse a él de buena manera; no merecía menos, pues nada malo le había hecho a Alim. No había actuado de aquel modo para protegerlo a él, el mago era consciente, pero le había ayudado y le había retirado del lugar. La verdadera edad en la mente del peliazul se sobreponía a sus rachas de ingenuidad, indicándole que debía dejar al león ser lo que su naturaleza exigiese, hacer el menor revuelo posible y sólo proceder a lo suyo. Era una horrenda situación por sí sola; no necesitaba una mala reacción suya para empeorarla. Abrió los ojos nuevamente, manteniéndolos clavados en el suelo al erguirse. - Voy a irme de este lugar, después de todo. Gracias por no hacerme daño. - Dijo. Alzó las manos para frotarse los brazos, sintiendo su piel erizada aún, mas las salpicaduras rojas allí le hicieron desistir. Sin alzar la vista al laguz volvió a hablarle en una voz baja y queda. - Si le puedo pedir una última cosa, sólo quiero saber donde encontrar algo de agua... realmente quiero limpiarme. No quiero más de esto... -
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Mensaje por Invitado el Jue Oct 27, 2016 9:52 pm

Le ignoró mientras se bajaba de su lomo y comenzaba a recomponerse. No era asunto suyo como el niño lidiara con el aparente trauma de verle matar a algún beorc por ahí. Parpadeó pesadamente, olfateó los alrededores con pereza y se estiró un poco, sin soltar su pequeño bocado para llevar. Finalmente, caminó un par de pasos alejándose del chiquillo y se tumbó. Con la seguridad de que no eran seguidos, podía comerse aquel brazo. No iba a desperdiciar un buen alimento. Y dado que el chiquillo que olía raro no quería, no era problema suyo.

La piel cedió fácil a sus colmillos. Pronto el sonido de crujidos llenó el lugar. Advari estaba masticando con mucho entusiasmo los dedos, haciéndolos desaparecer en su hocico como si fuera una patita de pollo o algo igual de frágil. Había sangre, acumulada en las venas, la carne y los tendones. Estos últimos eran especialmente divertidos de tirar, las articulaciones crujieron cuando las desencajó de su sitio, lamió felizmente los líquidos y grasas que se acumulaban entre los músculos.

Estaba disfrutándolo. Y no dejaría que la timidez o falta de experiencia de un niño en asuntos del mundo le fuera a arruinar la comida bien ganada. En absoluto. No le prestó atención más que a medias a sus palabras hasta que el brazo terminó como unos huesos solitarios. Solo el hueso mayor del antebrazo y del hombro al codo.

-Deja de lloriquear y crece, el mundo está lleno de mierda como esa- comer o ser comido, la ley del más fuerte, como quisiera llamarle. Se sacudió un poco y bufó al escuchar la mención de agua. Claro que sabía donde había agua, al otro lado del bosque y no pensaba cruzarlo todo para aliviar al conejito sensible.

- Grrrr...- gruñó un poco al verle aun todo tembloroso e incómodo. Se acercó decidido y le tumbó de un manotazo pesado. Luego, teniendo ahí indefenso al chiquillo comenzó a lamer las manchas de sangre.

Su aliento debía apestar a carne y otras cosas, pero dado que para Advari era algo normal, no prestó atención a las quejas o luchas y se limitó a usar ambas patas para fijarlo en su sitio y continuar lamiendo la cara, el cuello y los brazos del niño. Pronto comenzó a tornarse de otro color, la piel rosa por el maltrato de la lengua rugosa del gran felino. Se relamió el hocico y se tumbó sobre él, dejándo que se retorciera bajo su pecho.
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Mensaje por Invitado el Mar Nov 08, 2016 9:08 pm

No tendría la ingenuidad de sucumbir al irracional impulso de levantar la vista, cuando sabía que lo que estaba allí para ver le desagradaría. Los sonidos se lo dejaban en claro. Soportó los crujidos con toda la serenidad que podía, ahogando su propia imaginación y enfocándose en cualquier otra cosa que en suelo viera. La falta de experiencia con la composición física de un hombre le ayudaba a no poner imagenes mentales a todo ello. Cuando el mordisqueo cesó, el marcado obtuvo una respuesta que no insinuaba a la más mínima cooperación o ayuda de parte del felino, pero que tampoco era un rechazo. - Me mantengo lejos de ello si puedo. Por eso no me agradan los soldados. - Respondió con calma ante el regaño. No terminaba de poner su temblor bajo control, pero se esforzaba cuanto podía por no tomar una actitud complicada. Escuchó al león gruñir y ponerse en movimiento, pisando con las cuatro pesadas patas de la forma en que se encontraba, y supuso que ya podría mirarlo sin hallarse con nuevos horrores. Alzó la vista a tiempo de ver su gran pata acercarse, empujándole otra vez con las almohadillas blandas pero algo rugosas en textura. No pudo evitar caer de inmediato, de trasero al suelo, demasiado liviano en aquel cuerpo que se mantendría pequeño por muchos años más.

El hocico del felino no estaba limpio, sino empapado, con el rojo de la sangre confundiéndose entre el color de su mismo pelaje. Así, cuando lo acercó para lamerlo e inclusive después del primer par de amplias lamidas, esparció más rojo en su piel de lo que su lengua recogió, más de lo que originalmente había tenido encima. Alim enseguida intentó moverse; el gesto le enternecía y lo apreciaba, pero la vista y el olor de la sangre era algo que no podría soportar por mucho tiempo más, menos que le agregasen manchas dispersas. No obstante, las patas sujetaron sus brazos delgados contra el suelo y sólo de sentir aquel peso, asumió que iba a tener que quedarse justo allí. Suspiró con resignación. Al menos, después de las primeras lamidas sí empezaba a irse la sangre, debía estar agradecido por ello. Toda una experiencia, además, la de tener un león así de cerca y que sólo le lamiera amistosamente, o lo que él asumía como amistosamente. Ladeó la cabeza con honesta curiosidad. Hasta cosquilleaba la extraña textura de su lengua, causando que la ausente mirada y el decaído humor cedieran; primero se arqueaba y removía a un lado o al otro, luego soltando una que otra automática risa según el punto de su cuello que rozara. Quedaba a adivinarse si el león lo hacía por ayudar, o porque lo hubiera estado molestando, pero terminaba en lo mismo. - Gracias por-- ah, ow, owww... - Las lamidas en el rostro eran las que más rasposas se sentían, como acababa de descubrir. Si el resto no dolía, era porque había sido algo gradual, aunque el enrojecimiento estaba ahí.

Y ya no podía ni separar el cuerpo del suelo, a medida que el león comenzaba a echarse. - ¡...eh! ¡Oiga, no, que pesa! Noooo... - Su voz se perdió contra el corto pelo de la melena naciente, al terminar de acostarse el laguz y quedar él más o menos atrapado. - Uff.... - Se quejó, soplando contra el pelaje. Sujetándose directamente de la cara del felino y retorciéndose pudo subir un poco, arrastrar la espalda hacia arriba y no ahogarse tanto ni perderse bajo él. En su lugar, quedó con los brazos en torno a la cabeza felina, tan grande en aquella perspectiva y en esa transformación. Miró a los ojos dorados y sonrió. - ¿Se está por echar la siesta de después de... eh... comer? Si quiere le dejo. -

No estaba de humor para ser insistente, o para buscar charlar tanto como habría hecho en otra ocasión. Y no era culpa del león, nada lo era, pero tampoco podía evitar estar así a su alrededor. Se tanteó el cuello irritado con las puntas de los dedos, alejándolas enseguida. Era una persona brusca, de eso no cabía duda, mas no necesariamente malo. Apoyó los antebrazos sobre el alargado hocico, apoyándose más cerca de sus ojos. - Sabe que no necesitaba matarlos, ¿no? Podíamos correr. O, al menos, no necesitaba hacerlo de esa forma. Uno no puede tomar todos los problemas a mordiscos... - Dijo, cuidadoso. Irritarlo no sería bueno, pero quería creer que a él ya no pensaba tomarlo a mordiscos. Ladeó la cabeza un poco. - Realmente lamento no ser de mucha ayuda con esas cosas, ya crecí de este modo y es tarde para cambiar. Pero usted parece un laguz joven. Quizás aprenda otras cosas. Quién sabe. -
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Mensaje por Invitado el Miér Nov 09, 2016 1:44 am

Con todo y el aroma extraño, Alim era muy delicioso de lamer. Divertido también con tanta queja y como se retorcía o reía. Era curioso que un acto tan simple le hiciera feliz. Ronroneo quedamente y continuó con sus lametazos hasta estar satisfecho con el resultado. Limpio y fresco, ya no tenía nada de que quejarse aparte de oler a león. Le olfateó más para estar seguro. Si, su aroma se había quedado bastante pegado al chiquillo. Frotó sus mejillas y barbilla contra la piel y ropa que alcanzaba a atacar y volvió a oler. Aún más fuerte el aroma. El ronroneo de satisfacción maliciosa se incrementó.

Cambió de opinión y decidió que aquel conejito útil era simpático. Era suave, educado y amable aun cuando le ponía en situaciones incómodas. Era delicioso de ver retorcerse y divertido. Ronroneó al escuchar la pregunta y parpadeó despacio. Advari podía ser una masa de músculos y crueldad cuando lo quería, pero tenía debilidad por los cachorros. Más por los cachorritos simpáticos como aquel. Lo atormentaría un poco, jugaría con él, pero al final de cuentas no le haría daño de verdad. Frotó su nariz contra la carita suave, haciéndole cosquillas con los tiesos bigotes y el vello de su hocico.

- No creo que te deje ir todavía, eres un enano frágil y hay emergidos y cazadores por ahí- dictaminó muy digno, sin dar muestras de querer moverse. Clavó las garras en el suelo e incluso se movió con mucho descaro, cual si fuera gallina empollando. Sintió la piel suave sobre su hocico y resopló, divertido por la actitud tan calmada del niño. No le temía, eso era fascinante. Volvió a verlo con interés al escuchar su vocecita reanudarse e intentar explicar su punto de vista, los ojos grandes y azules estaban muy cerca.

- Eran humanos maliciosos, no merecían nada menos- respondió con suavidad. -Tratar de quemar un bosque tan dañado es resultado de puro odio. Son el tipo de humanos que esclavizan a mi clase, los marcan con hierros al rojo y los cargan de cadenas, o si hay suerte según ellos, encuentran a algunos útiles para mascotas y tendrán una mejor vida de animales estúpidos y mimados… Pero no, no te preocupes demasiado, están lejos ahora-  insistió resoplando contra el chiquillo, distrayendose con el aroma extraño y el propio. - Tengo años aprendiendo a odiar, la esclavitud y las peleas de gladiadores no enseñan empatía y esos otros sentimientos de misericordia - se incorporó solo un poco. - No pienses demasiado en ellos, hay humanos muriendo en todas partes bajo sus propias armas, esto fue un acto de justicia-
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Mensaje por Invitado el Vie Nov 18, 2016 6:51 pm

El aroma a sangre no se iba con facilidad, aún si el pelaje del león estaba bastante más limpio tras tanto relamerse. Algo de rojo seguía en su dentadura, aunque el marcado intentara ignorarlo después de todo, permitiéndose distraer por los demás detalles que hacían aquel encuentro increíble; una especie poco vista de laguz estando con él, uno de aquel tipo arrimándose tan cerca y dejándose tocar. No había mejor forma de satisfacer curiosidad, sino examinando en cercanía el objeto de interés. Los golpecitos y el frotar de su hocico ayudaban igualmente a guiar su humor en otra dirección, disfrutando la sensación entre suave y rugosa contra su mejilla. La piel allí estaba mucho menos sensible que en su cuello después de las lamidas de aseo, pero era culpa de la edad de su cuerpo que fuese un sitio tan blando. Bastante más animado, Alim frotó su mejilla de regreso, emitiendo un quejido de esfuerzo al tener que empujar para que el hocico ajeno no lo echara a él hacia atrás otra vez.

Comenzaba a comprender que el laguz sí lo quería a salvo, después de todo, no sólo como una conveniencia momentánea. Sin embargo, comprendía en la misma medida que no era la clase de persona que lo mencionaría amablemente o lo admitiría con ternura, sino justo así, llamándolo frágil y echándose encima. No importaba; sus métodos y palabras apuntaban al mismo sentimiento detrás, uno que le hacía feliz. Sin decir nada al respecto el marcado se abrazó a la cabeza felina, apoyando el rostro contra el pelaje un poco más largo en las mejillas y escuchándolo hasta el final, paciente. Intentaba entender las ideas y el punto de vista de aquel laguz; deseaba entender a alguien que, como él, portaba una repudiable marca. Aquella con que él había nacido distaba mucho de la que otros habían puesto sobre Advari, mas el significado cargado era similar, el desprecio recibido por uno u otro. Aún así, no conseguía hallar en sí afinidad alguna hacia las palabras ajenas. Aunque las comprendiese, no concordaba.

- Un acto de justicia, hmmm... no sé si lo sea, león. Dijo usted mismo que aprendió mucho sobre odiar, no sé si haya sido un acto de justicia o uno de odio. En cualquier forma, no sé si seamos los adecuados para juzgar quien merece que le suceda qué... - Dijo, inclinándose siempre hacia sus preferencias pacíficas. Le quedaba claro que Advari tenía enemigos, o que veía más de los que tenía, como también que tenía la capacidad y fortaleza de enfrentarlos cuando se veía en tal situación. Para alguien así, suponía que era muy fácil recurrir a la violencia. No obstante, no pensaba abogar tan sólo por la paz y la evasión. - Pero me queda claro que esas personas pensaban hacer mal aquí, y me alegra que los haya detenido. - Prosiguió, dándole una palmada y una caricia sobre la cabeza. La única instancia en que podía apoyar la violencia era cuando esta era inevitable, la única forma de detener un mal mayor. - No diría que sea malo que siga deteniendo personas de malas intenciones... porque... son sólo esos los que odiaría y castigaría, ¿cierto? - Con aquellas palabras y aquella pregunta, conscientemente, había tomado las palabras del león y las había tornado en la mejor versión de la idea que pudiesen representar. A su modo, lo acorralaba a responder si sabría hacer lo correcto o no.

Habría deseado poder expresarle al laguz cuanto lo comprendía, en términos de lo que debía haber atravesado en el pasado. No había sido la propiedad de nadie antes, pero había sufrido a través de golpes, piedras y palabras de odio y temor. Su renuencia a hablar de temas poco felices se lo impedía. Desconociendo realmente cuanto podía llegar a entender sobre su acompañante continuó mientras daba una curiosa mirada derredor. - No he visto las cosas que usted ha visto. Por muchos, muchos años estuve encerrado en una habitación, sin saber qué había aquí afuera o qué cosas sucedían. Cuando salí, hace poco, encontré algunas cosas poco agradables... como este bosque. No se suponía que estuviera en este estado. Quisiera... no quisiera seguir estando aquí ahora. Preferiría irme y volver en 10 ó 20 años más. - Pretendía explicarse mejor, pero para eso necesitaba sus cosas, que suponía que se habían quedado bajo el león. Tiró de la punta de una gruesa y larga tela de un dorado opaco, que utilizaba de portalibros o de bolsa según necesitara. Recuperando sus desperdigadas pertenencias de donde habían estado aplastadas, abrió el libro que había estado utilizando como inspiración para su camino, y lo abrió en la parte que había estado leyendo antes, con su gran ilustración de como Serenes debía verse. El vibrante verde y las aves multicolores representadas, aún dentro del papel, eran lo más colorido en aquel paisaje de cenizas. Apoyó el borde inferior sobre sus piernas, con las páginas abiertas hacia el laguz. - Se suponía que se viese así, y probablemente algun día vuelva a verse. Sólo hace falta algo de paciencia, y de permitirle a las cosas sanar. -
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Mensaje por Invitado el Lun Nov 21, 2016 1:38 am

Le dió un empujón con la nariz. Resoplando un par de veces en su cara y su cabello, todavía grabando en su memoria el aroma del peliazul y encontrando muy entretenido que el chiquillo le imitara en algunas cosas, como el frotar de mejillas. Era difícil que no le cayera bien aquel conejito intrepido. Le traía buenos recuerdos, escasos como eran.

- Mhhrr- ronroneó sin comprometerse mucho al escuchar las palabras de Alim.  Tenía sus propios puntos de vista y no encajaban con los del niño. Justicia, odio, venganza. Al final de cuentas eran lo mismo solo cambiaba quien lo ejecutara y si los demás estaban de acuerdo o no con ello. El poder y las leyes iban de la mano. Y decidió que dado que lo salvaje no tenía ley, él se encargaría de implementar las propias. Nadie podía impedírselo, o nadie había sido lo suficientemente valiente para intentarlo. Pero no podía decirle al chiquillo que mataba por placer si quería. Parecía el tipo de crío que se obsesionaba o traumaba con ello, y recibir un discurso moralista en ese momento no se le antojaba. Así que hizo lo más lógico y mintió, así directamente.

- Pues claro. Fue solo un encuentro desafortunado- Desafortunado para ellos, yo obtuve una buena comida . parpadeó despacio, cerrando sus ojos dorados por unos momentos y apoyando su cabeza contra el peliazul. Las manos pequeñas le hacían cosquillas en el pelaje. -No les cazaba o seguía, solo me topé con ellos cometiendo un crimen ¿a quien debería corresponderles castigarlos? ¿Otros humanos? ¿A los habitantes asesinados del bosque? no había nadie, debía ser yo, y tú ayudaste- y eran humanos, merecían lo que obtenían por mancillar tierra salvaje de esa manera. Suspiró pesadamente.

- Deja de preocuparte por eso, bastante mal lo has pasado como para que cargues con problemas de otros. Tsk, al menos estas fuera de ahí también, disfrutarás más la libertad que estar encerrado en una caja - respondió con un gruñido leve. No quería escuchar más quejas o lloriqueos al respecto. Le inquietaba que el chiquillo dijera sobre estar encerrado, no parecía un esclavo con esa actitud, pero pudo ser una mascota o un esclavo favorecido. Se estremeció al pensar en ello, no quedaba mucha dignidad en un esclavo “favorecido”, el niño no se comportaba como uno, pero no tenía forma de saber con certeza. Le empujó con una pata y se incorporó para ver mejor el libro que le mostraba. Sus orejas se inclinaron hacia el frente e hizo pequeñas ruidos de placer con tantos colores. Las ilustraciones eran vivas, y más importante aun, ese libro tenía letras. Olfateó de cerca y sopló para que girara la página. Hacía mucho que no leía algo, se sentía algo oxidado. La lectura no era algo que se promoviera entre los luchadores, esclavos y mascotas. Noroeste de Begnion... y montañas nos separan de Gallia Miró con añoranza a lo lejos. Si tuviera el valor, solo tendría que ir. Podría hacerlo. Sacudió la cabeza y se concentró en la imagen una vez mas.

- Escuché que fue asunto de los malnacidos humanos, pero no se porque se originó, codicia lo más probable, son así, van por ahí capturando y quemando lo que quieren como una jodida plaga de langostas. Si siguen viniendo a quemar dudo que tenga oportunidad de recuperarse, se ensañaron con este sitio- desestimó el asunto con un encogimiento de hombros. Eso hacían los humanos y lo seguirían haciendo. Se necesitaría mucho para detenerlos. Emergidos o humanos, eran lo mismo cuando se ponían a destruir cosas y vidas.

- Tendrías que esperar mucho antes de que el bosque vuelva a verse así- señaló el dibujo con una pata. Se sacudió la melena y se puso en sus cuatro patas. Se estiró arqueando la espalda con pereza y miró los alrededores, tratando de averiguar hacia dónde iría ya que había llegado tan lejos. No tenía una meta clara además de ser libre y aprender sus límites.  - ¿Bueno? trépate como pulga- hizo un gesto hacia su espalda. -Crucé un río hace un rato, te llevaré ahí ya que querías agua, seguro puedes arreglartelas para no morirte si tienes agua cerca- no se sentiría culpable, no era asunto suyo lo que decidiera hacer con su vida. Pero era tan ingenuo que dolía.
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